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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:33:55 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Mi tio y mi cura + +Author: Alice Cherbonnel + +Release Date: November 2, 2008 [EBook #27121] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MI TIO Y MI CURA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN» + +JUAN DE LA BRÈTE + +MI TÍO Y MI CURA + +OBRA PREMIADA +POR LA ACADEMIA FRANCESA + +[Illustration] + +BUENOS AIRES + +1902 + + + + +PROEMIO + + +Las costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que +antaño fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee, +o quiere leer algo que llene los vacíos de los ocios domésticos, o las +treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La +novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y +mal susceptible. + +Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es más que un +daño. + +Nuestra librería nacional carece en general de libros bien escritos e +interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas +editoriales españolas no se ocupan en traducir más que las novelas de +escándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado de incapacidad moral +hemos llegado! + +Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser +elegida con tan mal tino, que es las más de las veces insulsa y anodina, +y su falta de interés coopera al falso descrédito de las obras buenas. + +Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de +fabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados con un barniz +de pseudociencia y dorados a fuego de pasión, llegan a encantar a un +grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun sueñan con la vida +del arte humano, del verdadero arte, que sin desdeñar nuestras miserias +de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono. +Ese arte existe todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por eso +dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y +funden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a la +publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es +decir, lo que tiene luz. + +Ese arte existe. ¡Y cómo! tal vez más brillante y vigoroso que nunca. +Francia, España, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por más que una +conspiración de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza +vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello +en las entrañas. + +La presente novela de Juan de la Brète, coronada con el premio Montyon +por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporación dispone +para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura, +y atravesada por esa ráfaga de poesía que orea los sudores de la vida, +cuando la vida es vida. + +Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos años el público +parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es +mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros +condenables, ni más barro que el de la tierra, los días en que llueve. + +RAFAEL FRAGUEIRO. + + + + +I. + + +Soy tan chica, que bien pudiera dárseme la calificación de enana, si mi +cabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporción con mi +estatura. + +Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridícula que +se atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seres +diformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden ser +codiciados por más de una hermosa dama. + +Sin embargo, lo exiguo de mi tamaño me ha hecho verter a hurtadillas +bastantes lágrimas. + +Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado una +alma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectáculo de +sus debilidades... y menos a mi tía. Este era mi modo de sentir a los +quince años. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones, +las alegrías, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizado +caracteres mucho más rígidos que el mío. + +Era mi tía la mujer más desagradable del mundo y yo la hallaba pésima, +en la medida de lo que podía juzgar mi entendimiento que aun no había +visto ni comparado nada. Su fisonomía era angulosa y vulgar, su voz +chillona, su andar pesado y su estatura ridículamente alta. + +A su lado, yo parecía un pulgón, una hormiga. + +Cuando le hablaba, tenía que levantar la cabeza, tanto como si hubiese +querido examinar la copa de un álamo. Era de origen plebeyo, y como la +mayoría de los de su raza, estimaba más que cualquier otra cualidad la +fuerza física y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio. + +Sus cualidades morales eran una fiel reproducción de las físicas, y +formaban un conjunto de rudeza y asperidades; ángulos agudos contra los +cuales rompíanse diariamente las narices los infortunados que vivían con +ella. + +Mi tío, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca, +casó con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carácter. Murió +poco después de su casamiento y yo no alcancé a conocerle. Cuando fui +capaz de reflexión, atribuí a mi tía esta muerte prematura, pues me +parecía con fuerzas suficientes para dar rápidamente en tierra, no digo +ya con un pobre tío como el mío, sino con todo un regimiento de maridos. + +Tenía yo dos años, cuando mis padres se fueron al otro mundo, +abandonándome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de mi +consejo de familia. Dejáronme los restos, no del todo malos, de una +fortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producían +una buena renta. + +Mi tía consintió en educarme. No le gustaban los niños, pero como su +marido había sido mal administrador, se vio pobre, y calculó con +satisfacción, que la holgura entraría en su casa junto conmigo. + +¡Que casa más fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de un +patio cuajado de estiércol, fango, gallinas y conejos. Detrás de ella +extendíase un jardín en el que crecían entremezcladas y en desorden +todas las plantas de la creación y sin que nadie se preocupara de ellas. + +Creo que no había recuerdos en memoria humana, de que se hubiera visto +nunca por allí, un jardinero que podase los árboles o arrancase las +malezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi tía ni a mi se nos +ocurriese ocuparnos de ello. + +Esta selva virgen me desagradaba, porque desde niña he tenido un gusto +innato por el orden. + +La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de la +campaña, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta de +una veintena de chozas. No había castillo, castillejo ni casa solariega +en cinco leguas a la redonda. Vivíamos en completo aislamiento. + +Mi tía iba algunas veces a C***, la ciudad más próxima al Zarzal. Pero +como yo deseaba ardientemente acompañarla, no me llevaba nunca. + +Los únicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de los +arrendatarios que venían a pagar censos y arrendamientos y las visitas +del cura. + +¡Oh, qué excelente hombre era mi cura! + +Venía a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, cargó +con la obligación de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era +conocida. + +Y continuó en su empeño con perseverancia, por más que yo ejercitaba su +paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprendía con facilidad. +Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho +de los derroches de elocuencia del cura y de sus múltiples esfuerzos +para extirpar de mi alma esa planta maléfica. + +Además, y esto era lo más grave, la facultad de raciocinar se desarrolló +en mi rápidamente. Entraba en discusiones que le volvían loco, y me +permitía apreciaciones que a menudo chocaban y herían sus más caras +opiniones. + +Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus +afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y +me avivaba el ingenio. Creo que él experimentaba la misma sensación, y +que lo hubiera desolado perdiendo mis hábitos ergotistas y la +independencia de mis ideas. + +Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la +satisfacción, cuando le veía agitarse en la silla, desgreñarse los +cabellos con desesperación, y embadurnarse la nariz con rapé, +olvidándose de todas las reglas del aseo, olvido que no se producía sino +en los casos serios. + +Con todo, si hubiese sido por él solo, creo que hubiera resistido muchas +veces al demonio tentador. Mi tía había tomado la costumbre de asistir a +las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por +hora. + +Ahora bien, la contradicción, aunque no fuera dirigida a ella, le +causaba furor: furor tanto más grande, cuanto que no se atrevía a decir +nada delante del cura. + +Por otra parte, el verme discutir le parecía una monstruosidad en el +orden físico y moral. Así es que yo nunca la emprendía directamente con +ella, porque era bruta y yo tenía miedo que me pegara. Por último, mi +voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), producía sobre +sus nervios auditivos un efecto desastroso. + +Con todo lo dicho, se comprenderá que me fuese imposible, absolutamente +imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi tía +y atormentar a mi cura. + +Sin embargo, yo quería al pobre cura; le quería mucho, y sabía que a +pesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta la +impertinencia, me profesaba el mayor cariño. No sólo era yo su oveja +preferida, sino también el objeto de su predilección, su obra, la hija +de su corazón y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclaba +un tinte de admiración por mis aptitudes, mis palabras y por todas mis +acciones. + +Había tomado su tarea con gran ahínco; se había propuesto instruirme, +velar por mi como un ángel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lógica +y mis arranques. Además, esta tarea pronto llegó a ser la cosa más +agradable de su vida, la mejor si no la única distracción de su monótona +existencia. + +Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con frío o con +tormenta, veía yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta las +rodillas y el sombrero debajo del brazo. No sé si lo he visto nunca con +él puesto. Tenía la manía de caminar con la cabeza al aire, sonriendo a +los viandantes, a los pájaros, a los árboles, a las flores del campo. + +Robusto y regordete, parecía que rebotaba sobre la tierra, que hollaba +con paso vivo y se hubiera pensado que le decía:--¡Eres buena y te +amo!--Estaba contento de la vida, de sí mismo, de todo el mundo. Su +benévola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordábame +esas rosas tardías que florecen aún bajo las primeras nieves. + +Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudían a su voz para +mascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antes +de salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, salía a +hacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurábase a abrirle +la puerta y a introducirle en el salón, donde me daba las lecciones. + +Mi tía plantada en un sillón, con el donaire de un pararrayos algo +grueso, levantábase al verle, saludábale con aire desabrido y se lanzaba +a galope al capítulo de mis fechorías. Hecho lo cual volvía a sentarse +lijeramente, tomaba la aguja de tejer, ponía su gato favorito sobre las +rodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasión de decirme algo +desagradable. + +El bondadoso cura oía con paciencia aquella voz ronca que rompía el +tímpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para él +y semisonriente amenazábame con el índice. A Dios gracias conocía a mi +tía desde hacía mucho. + +Instalábamonos junto a una mesita, que habíamos colocado cerca de la +ventana. Esta posición tenía la doble ventaja de tenernos bastante +alejados de mi tía entronizada al lado de la estufa, en el fondo de la +habitación, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas y +las moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve en +los árboles del jardín. + +El cura colocaba cerca de sí la caja de rapé, un gran pañuelo a cuadros +sobre el brazo del sillón y la lección comenzaba. + +Cuando no había sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientras +se tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo más +corto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra era +clara y mi estilo fácil. + +El cura sacudía la cabeza con aire satisfecho, tomaba rapé con +entusiasmo y repetía en todos los tonos: + +--¡Bien, muy bien! + +Durante todo este tiempo entreteníame yo en contar las manchas de su +sotana y en imaginarme lo que parecería con peluca negra, calzón corto y +casaca de terciopelo rojo, como la que mi tío abuelo ostentaba en su +retrato. + +La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me hacía +reír a carcajadas. + +Entonces, exclamaba mi tía: + +--¡Tonta, bobeta! + +Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenían el privilegio de ser +tan parlamentarias como explícitas. + +El cura me miraba sonriendo y repetía dos o tres veces: + +--¡Ah juventud! ¡hermosa juventud! + +Y un recuerdo retrospectivo de sus quince años le hacía esbozar un +suspiro. + +Después de esto pasábamos a la recitación de memoria, y ya las cosas no +marchaban tan bien. Era la hora crítica el momento de la conversación, +de las opiniones personales, de las discusiones y hasta también de las +reyertas. + +El cura amaba los hombres de la antigüedad, los héroes, las acciones +casi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor físico. Esta +preferencia era curiosa, porque, cabalmente, no había sido formado con +el barro de que se hace los héroes. + +Yo había notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y este +descubrimiento, aunque me le hacía más simpático, porque yo misma era +muy medrosa, no podía dejarme ninguna ilusión sobre su coraje. + +Además, su buena alma plácida, tranquila, amiga del reposo, de la +rutina, de sus ovejas y del cuerpo que la poseía, no había soñado nunca +con el martirio, y le veía palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillas +le permitían, cuando leía el relato de los suplicios aplicados a los +primeros cristianos. + +Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraíso de un salto heroico, pero +pensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente y +sin prisa. Carecía de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte, +para ver más pronto a Dios. Absolutamente: estaba decidido a irse sin +murmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegara +lo más tarde posible. + +Declaro que mi carácter, que no brilla por la cuerda heroica, está de +acuerdo con esta moral fácil y dulce. + +Pero con todo, le daba por los héroes; los admiraba, los elogiaba y los +amaba tanto más cuanto que indudablemente sentía que dado el caso, era +incapaz de imitarlos. + +En cuanto a mi, yo no dividía ni sus gustos, ni sus admiraciones. +Experimentaba una pronunciada antipatía por griegos y romanos. Había +resuelto por un trabajo sutil de mi imaginación, que estos últimos se +parecían a mi tía... o que mi tía se les parecía, como se quiera, y +desde el día en que hice esta comparación, los romanos fueron juzgados, +condenados y ejecutados en mi foro interno. + +Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historia +romana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Los +hombres de la República no me entusiasmaban y los emperadores +confundíanse en mi cabeza. Por más que el cura lanzaba exclamaciones de +sorpresa, se enfadaba y razonaba, era inútil: nada modificaba mi +insensibilidad y mi idea personal. + +Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scévola, yo terminaba así: + +--Quemó su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que +prueba que no era sino un imbécil. + +El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se +estremecía de indignación: + +--¡Un imbécil, señorita! ¿y porqué? + +--Porque la pérdida de su mano no reparaba su error--respondíale,--que +por ello Pórsena no quedaba ni más ni menos vivo, ni resucitaba el +secretario. + +--Bien, chiquita; pero Pórsena se asustó y levantó el sitio +inmediatamente. + +--Eso, señor cura, no prueba sino que Pórsena era un mandria. + +--Concedido. Pero Roma quedaba libre, y ¿gracias a quién? ¡gracias a +Scévola, gracias a su acto heroico! + +Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo +chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scévola, se exaltaba y +afanaba para hacerme apreciar a su héroe. + +--Sostengo lo que he dicho--replicaba yo tranquilamente;--no era más que +un imbécil y un gran imbécil. + +El cura exclamaba sofocado: + +--Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los niños pretenden +raciocinar. + +--Señor cura, vos mismo me habéis enseñado el otro día, que la razón es +la más bella facultad del hombre. + +--Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra +parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas. + +--Señor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido. + +Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreñaba el pelo con +energía, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada +de blanco. + +--Haces mal en discutir tanto, hijita mía--decíame algunas veces;--es un +pecado de orgullo. No seré siempre yo quien te conteste, y cuando estés +en lucha con la vida sabrás que no se discute con ella, sino que se la +sufre. + +Mas me importaba un bledo la vida. Tenía un cura para ejercitar mi +lógica y esto me bastaba. + +Cuando le había fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzábase en +dar a su fisonomía una severa expresión, pero se veía obligado a +renunciar a su proyecto, porque su boca risueña siempre, rehusaba en +absoluto obedecerle. Entonces me decía: + +--Señorita de Lavalle, repasará usted sus emperadores romanos, y trate +de no confundir a Tiberio con Vespasiano. + +--Dejemos a esos individuos, señor cura--respondíale yo;--me aburren. +¿No sabéis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habrían asado vivo, +o arrancado la lengua y las uñas, o picado en pedacitos menuditos, +menuditos, como picadillo de pastel? + +Ante tan lúgubre cuadro, estremecíase ligeramente el cura y se iba a +paso rápido y breve, sin dignarse responderme. + +Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba señorita de Lavalle. +Este ceremonioso nombre era la más viva manifestación de su enojo, y yo +sentía remordimientos hasta que le volvía a ver de nuevo con los +cabellos al viento y la sonrisa en los labios. + + + + +II. + + +Mi tía me maltrató mientras fui chica y yo tenía tal miedo de sus golpes +que la obedecía sin discutir. + +Hasta el día en que cumplí diez y seis años me pegó aún, pero fue por +última vez. + +A partir de ese día, fecundo para mi en acontecimientos íntimos, estalló +de pronto una revolución que rugía sordamente en mi espíritu desde hacía +algunos meses, y cambió completamente mi modo de ser para con mi tía. + +Por aquel tiempo el cura y yo repasábamos la historia de Francia, que me +jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y +restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible. + +Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneración, y sin +embargo, no quería a Francisco I. Esta antipatía era tanto más singular, +cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular. + +Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasión de +criticarle; así es que por espíritu de contradicción lo elegí yo por +favorito. + +El día a que me he referido más arriba, debía yo dar la lección +concerniente a mi amigo. Largo tiempo revisé la víspera buscando algún +medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no +podía hacer más que citar las expresiones de mi historia, al emitir +opiniones que se apoyaban más en una impresión que no en un +razonamiento. + +Hacía una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atravesó +mi mente una brillante idea. + +--¡La biblioteca!--exclamé. + +E inmediatamente atravesé corriendo un largo pasadizo y penetré por +primera vez en una pieza de regular tamaño enteramente atestada de +estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues +hilos de una multitud de telarañas. + +Esta pieza comunicaba con los departamentos que después de la muerte de +mi tío, se habían cerrado para no abrirse más, y olía de tal modo a +tasto y moho que casi me asfixié. Apresureme a abrir la ventana, que era +muy pequeña, no tenía postigos ni persianas y daba sobre el jardín; en +seguida procedí a mis investigaciones. Mas ¿cómo descubrir a Francisco I +en medio de todos aquellos volúmenes? + +Ya iba a abandonar la partida, cuando el título de un librito me hizo +prorrumpir en un grito de alegría. + +Eran las biografías de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive. +Tenía adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I, +vestido con el espléndido traje de los Valois. Lo examiné con asombro. + +--¿Y es posible--me dije,--que haya hombres tan lindos como éste? + +El biógrafo, que no participaba de la antipatía del cura por mi héroe, +hacía sin ninguna restricción el elogio de su belleza, de su valor, de +su espíritu caballeresco y de la inteligente protección que diera a las +letras y a las artes. + +Terminaba con dos líneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba +completamente y era que: + +«Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres. +Y que prefirió grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu, +a quien dio el condado de Etampes, que erigió en ducado para serle +agradable.» + +De estas pocas palabras, saqué yo las siguientes conclusiones: Primero, +como había descubierto desde hacía un mes que mi existencia era +monótona, que me faltaban muchas cosas, que la posesión de un cura, una +tía, conejos y gallinas no constituían la felicidad, colegí que una vida +alegre era evidentemente el reverso de la mía, y por consiguiente +Francisco I había dado, eligiéndola, pruebas de mucho juicio. + +Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la +caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres. + +Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi +también me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado +erigido en ducado, para serme agradable. + +--¡Bravo!--exclamé lanzando el libro hasta el techo y recogiéndolo +inmediatamente. Ya tengo con qué confundir al cura y convertirlo a mi +opinión. + +Por la noche releí en mi cama la pequeña biografía. + +--¡Qué hombre tan simpático este Francisco I!--me dije.--Mas ¿porqué el +autor habla sólo de su afecto a las mujeres? ¿Porqué no ha puesto que +quería también a los hombres? En fin, después de todo, cada cual tiene +sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi tía, pienso que +voy a preferir considerablemente a los hombres. + +Luego recordé que el biógrafo era de sexo masculino, y pensé que sin +duda habría tenido por cortés, amable y modesto, dejarse en el tintero y +pasar en silencio a sus congéneres. + +Y me dormí sobre esta luminosa idea. + +Levanteme contentísima al día siguiente. + +En primer lugar tenía diez y seis años, después la personita que se +miraba al espejo, tenía una carita que no le disgustaba; luego hice dos +o tres piruetas pensando en la estupefacción del cura ante mi nueva +ciencia. + +Cuando llegó, rosado y risueño, hacía mucho tiempo que llevada por mi +impaciencia me había instalado junto a la mesa. Al verle, me latió el +corazón, como late el de los grandes capitanes la víspera de una +batalla. + +Veamos, hija mía--me dijo así que hubo corregido los deberes y esbozado +una mueca al notar su laconismo,--pasemos a Francisco I y examinémosle +bajo todas sus faces. + +Arrellanose cómodamente en el sillón, tomó con una mano la tabaquera y +con la otra su pañuelo, y mirándome de soslayo, preparose a sostener la +discusión que preveía. + +Yo me lancé de golpe a mi asunto; me agité, me animé, me entusiasmé e +hice incapié sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de lo +cual pasé a mis conocimientos particulares. + +--¡Y qué hombre más encantador señor cura! ¡Su porte era majestuoso, su +fisonomía noble y hermosa; tenía una barba tan bonita, recortada en +punta y unos ojos tan lindos! + +Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado, +enderesándose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajas +de cartón, exclamó: + +--¿De dónde ha sacado usted todas esas tonterías, señorita? + +--Ese es mi secreto--repliqué yo con una sonrisita misteriosa. + +Y quemando mis navíos: + +--Señor cura: yo no sé lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco +I. ¿No sabéis que tenía mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba +prodigiosamente a las mujeres. + +Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos +reventar. + +--¡San Miguel, San Bernabé!--exclamó dejando caer su tabaquera con un +ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona saltó a tierra con +un desesperado maullido. + +Mi tía que dormía, se despertó sobresaltada y gritó: + +--¡Ah, bestia! + +Dirigiéndose a mi, y no al gato y sin saber de qué se trataba. Pero este +epíteto componía invariablemente el exordio y la peroración de todos sus +discursos. + +Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, quedé algo +confusa ante la fisonomía, verdaderamente extraordinaria del cura. + +Pero no tardé en continuar imperturbablemente: + +--Amó especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. ¡Confesad, +señor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse +en lugar de Ana de Pisseleu! + +--¡Santa Madre de Dios!--murmuró el cura con una voz sin fuerzas,--esta +niña está poseída. + +--¿Qué hay?--gritó mi tía, traspasándose el rodete con una de sus agujas +de tejer.--Échela afuera si se permite impertinencias. + +--Hijita mía--continuó el cura--¿dónde has aprendido lo que acabas de +decir? + +--En un libro--respondí lacónicamente, sin nombrar la biblioteca. + +--¿Y cómo puedes repetir tales abominaciones? + +--¡Abominaciones!--interrumpí escandalizada;--¿qué señor cura, os parece +abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? ¿Que +vos no las amáis? + +--¿Que dice? rugió mi tía, que habiéndome escuchado atentamente desde +hacía unos instantes, sacó de mi pregunta los pronósticos más +desastrosos. ¡Desfachatada! sin... + +--¡Calma, señora, calma!--interrumpió el cura, a quien parecía que en +aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme. + +--Déjeme usted explicarme con Reina. Veamos, ¿qué encuentras digno de +alabanza en la conducta de Francisco I? + +--¡Caramba! pues es bien simple--respondí con tono desdeñoso, pensando +que mi cura envejecía y empezaba a comprender con dificultad.--Todos los +días me predicáis el amor al prójimo, y me parece que Francisco I ponía +en práctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prójimo como a ti +mismo, por amor de Dios. + +No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el +que gruesas gotas de sudor corrían, echose hacia atrás en su sillón y +con ambas manos sobre el vientre, se entregó a una homérica risa, que +duró tanto, que me hizo saltar lágrimas de contrariedad y de despecho. + +--Por cierto--añadí, con temblorosa voz,--he sido bien tonta en +fatigarme para estudiar mi lección y haceros admirar a Francisco I. + +--Mi buena hijita--díjome por fin, recobrando su seriedad y empleando su +expresión favorita cuando estaba contento de mi,--lo que me extrañó +mucho, mi buena hijita, no sabía que profesaras tal admiración por las +personas que practican la caridad. + +--En todo caso, eso no es un motivo de risa--respondíle bruscamente. + +--Vamos, vamos, no nos enojemos. + +Y el cura aplicándome una palmadita en la mejilla, abrevió mi lección, +me dijo que vendría al día siguiente y dirigiose a confiscar la llave de +la biblioteca, que yo ignoraba conociese. + +No había aún el cura salido del patio, cuando mi tía se abalanzó sobre +mi sacudiéndome el hombro hasta la dislocación. + +--¡Bachillera, atrevida!--voceó,--¿qué has hecho para que el cura se +haya ido tan pronto? + +--¿Por qué se enfada usted--le repliqué,--si no sabe de lo que se trata? + +--¡Ah! ¿Conque yo no sé? ¿Conque no he oído lo que le decías al cura, +desfachatada? + +Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su cólera, me dio +una bofetada, me pegó con fuerza, y me echó como a un perrillo. + +Corrí a mi cuarto y me atrincheré sólidamente. Lo primero que hice fue +quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y +flacos de mi tía habían dejado marcas azules en mis hombros. + +--¡Ah, vil esclava!--me dije mostrándole los puños a mi imagen en el +espejo,--¿soportarás por más tiempo semejantes cosas? ¿Será posible, que +por cobardía, no te atrevas a sublevarte? + +Durante un rato me reprendí duramente; vino luego la reacción, caí sobre +una silla y lloré mucho. + +--¿Qué he hecho yo--pensaba, para que me trate así? ¡Qué odiosa +mujer!--Y en seguida:--¿por qué ponía el cura una cara tan chusca, +mientras yo recitaba mi lección? + +Y me eché a reír mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Pero +por más que intenté profundizar este problema, no di con la solución. + +Púseme después a contemplar melancólicamente el jardín, por la ventana +abierta, e iba ya recobrando mi sangre fría, cuando me pareció reconocer +la voz de mi tía que conversaba con Susana. Me incliné un poco para +escuchar la conversación. + +--Usted hace mal--decía Susana,--la pequeña ya no es una niña. Si usted +la maltrata, se quejará al señor de Pavol, que se la llevará. + +--No faltaba más. Pero ¿cómo quiere usted que piense en su tío? Apenas +sabe que existe. + +--¡Bah! la pequeña es avisada; le bastará un momento de memoria, para +enviaros a paseo, si la mortificáis, y sus buenas rentas desaparecerán +con ella. + +--¡Ah! tenéis razón... No le pegaré más, pero...--Se alejaban y no oí el +final de la frase. + +Después de la comida, a la que no quise asistir, salí en busca de +Susana. + +Susana había sido amiga de mi tía, antes de ser su cocinera. Reñían diez +veces al día, pero ninguna de las dos podía pasarse sin la otra. + +No se me creerá con facilidad, si digo que Susana quería sinceramente a +mi tía; sin embargo, es la pura verdad. + +Mas si perdonaba a mi tía su elevación en la escala social, se +desquitaba sin duda alguna con el prójimo, con las circunstancias y con +la vida, porque refunfuñaba siempre. + +Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos, vestía +constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca +fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginación como la de +la lechera de la fábula. + +--Susana--díjele colocándome delante de ella, con aire +resuelto,--¿conque yo soy rica? + +--¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita? + +--Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me +digas dónde vive mi tío de Pavol. + +--¡Quiero, quiero!--rezongó Susana,--se acabó la niña a fe mía. Ídos a +pasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé. + +--Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído lo que +decías a mi tía, no hace mucho. + +--Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de hacerme +hablar. + +Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis +preguntas. + +Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho tiempo de +codos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la luna, las +estrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable resolución de +no dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía en adelante, y de +emplear todo mi ingenio en desagradarla. + +Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al mismo +tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces. +Comprendí que ya no era la misma, y me dormí consolada. + +Esa noche soñé que mi tía, transformada en dragón, luchaba contra +Francisco I, que la partía con una gran espada. Me tomaba entre sus +brazos y huía conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado, +enjugándose el rostro con su pañuelo a cuadros. Torcíalo en seguida con +todas sus fuerzas y caía el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera +empapado en el arroyo. + + + + +III. + + +No bien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo, +abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia +en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano. + +--¿Qué hay? ¿Fuego?--interrogó mi tía. + +--No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa. La vaca ha +ido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo no +puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en +la huerta. + +--¡En la huerta!--exclamó mi tía que se levantó lanzándome una colérica +mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto +de sus únicos amores. + +--¡Mis lindos capones!--gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unir +su nota sombría a la nota chillona de su ama. + +--¡Ah, piel de Judas!--gritó mi tía. + +Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un +golpazo. + +--Señor cura--dije yo inmediatamente,--¿creéis que en el universo entero +haya otra mujer tan abominable como mi tía? + +--¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso? + +--¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado! + +--¡Pegado!--repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecía +que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan +delicado como mi persona. + +--¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas. + +Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado. + +--Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo--exclamó +precipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojos +hacia las puntas de sus zapatos. + +--¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seis +años!--y continué yo abrochando mi bata.--¿Sabéis que la detesto? + +Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante. + +--Veamos, veamos, mi buena hijita--díjome conmovido el cura,--cálmate y +cuéntame lo que tú le hiciste. + +--Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobre +mi como una furia. ¡Ah, qué odiosa! + +--Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas. + +--¡Sí, está fresca!--exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndome +a pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás! + +Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de manera +que continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogro +y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una +de las botas de siete leguas. + +--Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta +humillación con espíritu de penitencia, por tus pecados. + +--¡Mis pecados!--repliqué, deteniéndome y alzando levemente los +hombros,--bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tan +pequeños, que no vale la pena hablar de ellos. + +--¡De veras!--dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.--Entonces, +ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor +de Dios. + +--¡Oh, no, a fe mía!--le repliqué decididamente.--Quiero amar a Dios, +pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al verme +desgraciada. + +--¡Qué cabeza!--exclamó el cura.--¡Bonita educación la mía! + +--En fin--continué yo, emprendiendo la marcha nuevamente,--quiero +vengarme, y me vengaré. + +--Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame. + +--La venganza es el placer de los dioses,--proseguí yo, dando un salto +para cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza. + +--Vamos, hijita, hablemos con seriedad. + +--Pero si yo hablo seriamente--respondí, deteniéndome delante de un +espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación me +sentaba.--Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tía +como Judith a Holofernes. + +--¡Esta chica está hidrófoba!--exclamó desolado el cura.--Estese un +momento quieta, señorita, y no diga disparates. + +--Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía ni +un céntimo. + +Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada +de rapé en sus fosas nasales. + +--Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se +coloque. + +--¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porque +libertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente lo +que yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo que +están muertos y enterrados... ¿y os parece mal que haga lo mismo por mi +propia libertad? ¡Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!--añadí, +girando varias veces sobre mis talones. + +--Veo que tienes buena opinión de ti--respondió el cura, que hacía +esfuerzos por tomar severo aspecto. + +--¡Ah, excelente! + +--Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme? + +--Estoy cierta--continué yo, siguiendo mi idea,--de que Holofernes era +infinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendido +con él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediría +imitar a Judith. + +--¡Reina!--exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie. + +--No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré a +mi tía, tengo otro medio de vengarme. + +--Cuéntame eso--dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caer +sobre un canapé. + +Yo me senté a su lado. + +--Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol? + +--Sí, por cierto. Vive cerca de V*** + +--Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad? + +--El Pavol. + +--Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V*** +¿llegaría la carta? + +--Sin duda. + +--Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mi +tía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos? + +--Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?--díjome +escandalizado el cura. + +--Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo que +afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol, +y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío, +y no estoy muy lejos--continué después de un instante de reflexión,--de +hacerlo el día menos pensado. + +--¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente--dijo sonriendo el buen cura. + +--¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!--exclamé batiendo palmas. + +--Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debe +pegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas +sino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tiene +defectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva. + +Yo hice una mueca petulante. + +--No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, os +prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme. + +--¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré por +enfadarme. + +--Es más que una insubordinación--repliqué gravemente,--es una +revolución. + +--¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!--murmuró el +cura.--Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi +autoridad. + +--Escuchad--proseguí con zalamería,--os quiero con todo mi corazón, aun +más; sois la única persona que quiero en el mundo. + +La faz del cura se dilató radiante. + +--Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto. +Tengo mucho más talento que ella... + +Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con una +mordaz exclamación. + +--No protestéis--proseguí yo, mirándole de soslayo,--bien sabéis que +sois de mí misma opinión. + +--¡Qué educación, qué educación!--murmuró el cura con tono lastimero. + +--Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o temprano +nos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho más +talento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anoche +me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a +las estrellas por testigo. + +--Hija mía--díjome con seriedad el cura,--no me quieres oír, y te +arrepentirás. + +--¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yo +quien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con +vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte; +tengo marcas negras en los hombros. + +Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, no +tuvo tiempo para contestarme. + +--Ven acá, Reina--gritó ella, con la faz amoratada por la ira y la +desordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos. + +Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de +inteligencia a mi aliado. + +--Os dejo con el cura. + +Felizmente la ventana estaba abierta. + +Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín, +con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta para +cortarme la retirada. + +Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondida +detrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendo +los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía. + +Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perro +a quien se le arrebata un hueso. + +Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato, +arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y +por último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó una +botella y la tiró por la ventana. + +Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se había +servido y lo lancé detrás de la botella. + +--¡Ah miserable pilla!--vociferó mi tía, lanzándose sobre mí. + +--No se me acerque--le dije retrocediendo;--si me llega a tocar, esta +noche misma escribo a mi tío de Pavol. + +--¡Ah!...--dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido. + +--Si no es esta noche--proseguí,--será mañana o pasado, porque no quiero +que se me pegue. + +--Tu tío no te creerá--gritó mi tía. + +--¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mis +hombros. Sé que es muy bueno y me iré con él. + +No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío, +puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y última +vez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a su +respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia. + +Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazos +de Susana. + + + + +IV. + + +Declarada estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo en +luchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía a +abrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que el +cura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antes +de que hubiese concluido mi frase. + +Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatana +por naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamente +insuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta voz +conmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante del +espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen. + +¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mis +pensamientos íntimos! + +No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia +enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no +especifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que los +individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus +cualidades externas. + +Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De la +influencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre». + +No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que de +ninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte, +Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran +felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso, +cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correría +tras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con un +tantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gusto +por la contradicción para no convenir que estas cualidades no son la +distintiva de las mencionadas filosofías. Mas no hallando +suficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome con +profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en él +todos los días por espíritu de gratitud. + +Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaraces +y bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra por +mucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie es +perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que +no es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algo +peor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos. + +Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente con +mis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante de +mi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comida +discusiones que amenazaban degenerar en tempestades. + +Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que era +ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando +apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte, +jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadas +de mi propia mente. Desgraciadamente, érame imposible luchar contra su +experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de +tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unos +agentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada. +Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes con +quienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea del +género humano, en las circunstancias comunes de la vida. + +Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivos +secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación +(exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues no +oponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía. + +La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un +capón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano. + +El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciar +el arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando su +apetito. + +Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación era +no menos invariable que la lista de la comida. + +--Hace buen tiempo--adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no se +modificaba sino en el adjetivo. + +--¡Espléndido!--respondía alegremente el cura,--da gusto caminar con un +sol tan hermoso. + +Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre, +del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándose +sobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando el +encanto de un buen fuego. + +--Pero no hace calor--continuaba mi tía,--y ¡es sorprendente! en mi +tiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco! + +--¿Os sentaban los trajes blancos?--preguntábale yo rápidamente. + +Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía una +mirada preventiva antes de responder: + +--Sí, por cierto; bastante. + +--¡Oh!--exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cerca +de mi íntima convicción. + +--Y en mi tiempo--continuaba,--las niñas no hablaban sino cuando se les +dirigía la palabra. + +--Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía? + +--Cuando me hacían alguna pregunta y nada más. + +--¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía? + +--Sí, por cierto, sobrina. + +--¡Qué época horrible!--suspiraba yo, levantando los ojos al cielo. + +Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseaba +sus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel, +evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza. + +Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hasta +el momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por los +esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometida +a excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera. +Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba, +al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes y +huesos machacados, sino de monstruos de toda especie. + +--Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,--decía en el idioma +armonioso y elegante que le era peculiar. + +El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer, +bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición. + +--¡Herejes, bandidos!--proseguía mirándome con un aire terrible, como si +yo hubiese pertenecido a la especie en cuestión. + +--¡Hum!--hacía el cura. + +--¡No piensan más que en gozar y en comer!--continuaba mi tía, que se +acordaba de la miseria que le había legado su marido.--¡Agentes del +diablo! + +--¡Hum, hum!--proseguía el cura, moviendo la cabeza. + +--¡Señor cura!--exclamaba yo impaciente--¡hum, hum! no es un argumento +muy convincente. + +--Permitidme, permitidme--contestaba el buen hombre, perturbado en el +saboreo de su comida;--creo que la señora de Lavalle va más allá de su +idea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también es +cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran +confianza. + +--Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?--decía yo +con mi airecito cándido. + +--¡Voto a bríos!--exclamaba mi tía, que había substituido algunas +palabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que +le parecía muy aristocrática--¡voto a bríos! ¡cállate, necia! + +Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora se +mordía los labios. + +--¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y vuestros +romanos? + +--¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!--replicaba el +cura convencido de que decía una gran verdad. + +--¿Y los curas?--continuaba yo. + +--Los curas están fuera de combate--respondíame con bondadosa sonrisa. + +Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba del +privilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundo +de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, me +estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fuese +absolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y que +corría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia. + +Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme la +idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los +días: Juan el quintero, Petrilla y Susana. + +Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciaciones +debían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la +dejé para postre. + +Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta, +situada a un kilómetro de la casa. + +Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juan +que limpiaba su arado. + +--¡Buen día, Juan! + +--¡Buen día, señorita!--contestó Juan, quitando su bonete de lana, lo +que permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta +era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban +sometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio. + +--Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante--díjele, +haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia que +yo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba. + +--Mande usted, señorita. + +--Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensa +usted a este respecto, Juan? + +--¡Unos bandidos!--repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibiera +un monstruo delante de sí. + +--Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted. + +--¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser. + +--Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no, +que los hombres sean generalmente unos bandidos? + +Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, lo +que es signo seguro de profunda meditación. + +Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y +decisiva: + +--Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede ser +que no. + +--¡Cernícalo!--díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez. + +Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto toda +su persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro. + +Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan +y de mí misma. + +--¡Petrilla, ven!--grité. + +Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudió +inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos +y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según su +costumbre. + +--¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?--pregunele de pronto. + +--Acerca de los hom... + +Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomó +una punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posada +sobre la derecha mirándome de un modo embobado. + +--¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres? + +--Señorita, usted sin duda quiere jugar. + +--No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto. + +--¡Caramba! señorita--respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre sus +piernas,--si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo más +desagradables. + +Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar. + +--No hablo de lo físico--proseguí yo, alzando los hombros,--sino de lo +moral. + +--Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto--respondió Petrilla, +brillándole los ojos. + +--¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo? + +Petrilla se echó a reír a carcajadas. + +--Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que... + +Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza. Torció su +delantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las de +Villadiego. + +--¿Y después? ¡Termina! + +--Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy. + +Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en las +profundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz. + +--¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir a +Susana; lo que falta es que no quiera hablar. + +Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla +funcionar activamente. + +Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que sería +conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi +pregunta. + +--¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!--díjele con amabilidad. + +--Se hace lo que se puede--refunfuñó Susana,--y a quien no le guste, que +se queje. + +--Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo, ¿quieres +enseñarme a hacerlo? + +--Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos y +dejadme tranquila en mi cocina. + +No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuego +hacia otro punto. + +--¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tu +juventud? En tanto--pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su +marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella. + +Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme. + +--Todos tenemos nuestra primavera, señorita. + +--Susana--proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura para +llegar más rápidamente a mi objeto,--tengo ganas de hacerte una +pregunta... + +--¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?--añadí +pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre +ambos sexos. + +Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y me +respondió con una convicción contundente: + +--Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada. + +--¡Oh!--protesté yo, ¿estás segura de ello? + +--Tan cierto, como que os lo digo, señorita. + +Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por +tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran +representado a los bípedos, blanco de su antipatía. + +Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado por +Susana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y que +a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor +del cero. + + + + +V. + + +Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí +continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca. + +Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** +Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y +fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba +más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba +más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones +traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de +carromato, que en el lugar llamaban _maringola_. Aparecía mi tía de +tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro +negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta +desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor +o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento +la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin +llevar sobre sí el cuero de algún animal. + +Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas +de su origen. + +Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía +un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del +individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola. + +Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, +colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su +lado. + +Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí. + +--¡No hagas travesuras--decía mi tía,--y cuidadito con ir a la huerta! + +--¡No me revuelva la cocina!--gritaba Susana,--y para almorzar, +conténtese con la ternera fiambre. + +El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto +que quería decir: + +--Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido. + +Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos +sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como +árganas. + +Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás +maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave +ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para +desalentarme por tan poco. + +Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la +biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla +sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí +un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los +pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura +aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro. + +Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al +otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo. + +Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había +sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja +escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer +el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres +infructuosas experiencias di con lo que buscaba. + +Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la +fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de +mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en +frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi +cuarto, como si hubiera sido un tesoro, _La linda joven de Perth_. + +En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un +arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos +sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la +impresión que me hizo la lectura de _La linda joven de Perth_. + +Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se +saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más +bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un +modo ideal la obra de su corazón y de su mente. + +El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba +conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi +inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me +entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y +de movimiento. + +Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con +nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando. + +Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo +me había pasado aquel accidente. + +--¿Accidente?--exclamé sorprendida. + +--Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina. + +--La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera--observó mi +tía. + +--Sí, a una escalera--respondí,--es verdad. + +--¡Pobrecita!--exclamó el cura desolado,--y ¿caíste de boca? + +Yo hice una inclinación afirmativa. + +--¿Y te has puesto árnica, hijita? + +--¡Bah, no vale la pena!--prosiguió mi tía;--comed vuestra sopa, señor +cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está. + +El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó +furtivamente. + +Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba +en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien +me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor +preámbulo estallé en sollozos. + +--¡Dios mío!--exclamó el cura levantándose rápidamente.--¡Querida +Reinita, mi buena hijita! + +--No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***. + +Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante +orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por +ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó +en consolarme. + +--No es nada, mi bueno y querido cura--díjele yo enjugando mis lágrimas +y echándome a reír.--Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y +luego, debo estar horrorosa. + +--Como de costumbre--dijo mi tía. + +El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi +explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me +aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda +diligencia. + +Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto +que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de +fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que +era inútil tratar de analizarlo. + +Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter +Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías +reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si +han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi +inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa. + +Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me +olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los +personajes que excitaban mi imaginación. + +Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien +había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de +historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los +que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y +cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en +confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy +Robsart. + +--¿Qué has estudiado hoy?--preguntábame al llegar. + +--Nada. + +--¿Cómo nada? + +--Me fastidia el estudio--decía yo con tono cansado. + +El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los +espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera +dirigido a un piel roja. + +Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba, +desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes. + +Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de +herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era +fea. + +Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más +confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con +las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan +lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para +ser amada. + +El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con +desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido +de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para +lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable. + +Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de +no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la +cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que +nunca, producía el efecto de un penacho. + +Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca +de mi: + +--Volveré con la llave. + +Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir +mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas. + +Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y +las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar +de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que +había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador. + +Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el +origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en +usarla. + +Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal +disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo +inventaba. + +Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su +insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me +preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en +su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos. + +--¡Qué fea está usted hoy, Reina! + +Yo salté en la silla. + +--Aquí tiene--le dije pasándole el salero. + +--No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea. + +Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue +mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo +el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos. + +--No soy de su opinión--le repuse secamente,--me encuentro muy linda. + +--¡Qué disparate!--exclamó mi tía.--¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto +de la estufa! + +--Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre +malogrado--repliquele. + +Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba +bromas al respecto. + +--He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos +nos llamaban unas diosas. + +--¿Su hermana se parecía a usted, mi tía? + +--Mucho; éramos mellizas. + +--¡Qué desgraciado sería su marido!--dije yo con tono convencido. + +Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma. + +--Al fin y al cabo--proseguí con calma,--usted tiene naturalmente el +gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo... + +Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un +plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba +todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente +de toda su maldad para conmigo. + +--¡Es usted una serpiente!--exclamó con voz estrangulada. + +--No lo creo, mi tía. + +--¡Una serpiente! + +--Ya lo ha dicho,--respondí tranquilamente. + +--¡Una serpiente cobijada en mi seno!--repitió mi tía, que estaba +demasiado colérica para hacer gastos de imaginación. + +Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría +hallarme en semejante situación. + +--Permitidme--proseguí,--he estudiado ese animal en mi historia natural, +y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de +nadie. + +Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis +lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me +pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme: + +--¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol! + +Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas +partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; +en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia +ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de +una parva de heno. + +Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad +es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría +amarme así? Pero me consolaba leyendo _Peveril del Pic_. Era esta una de +mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa +de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía. + +Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque +le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se +escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar. + +--¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso! + +Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al +ver al cura de pie, delante de mí. + +Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan +consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus +diamantes trocados en avellanas. + +Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente. + +--¡Oh, Reina!...--comenzó. + +--Mi querido cura--exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi +corazón,--¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico! + +--Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti. + +Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy +limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar +de asunto. + +--Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada. + +--¿Desgraciada, Reina? + +--¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es +cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho. + +¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus +sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de +verdad. + +--¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita? + +--Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los +tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto. + +Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el +alma. + +El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy +distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y +miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin +despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de +pecado. + +--Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se +desvanecen. + +--Entretanto, esas cosas existen--repliqué, coincidiendo, en el +pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de +Francia. + +--Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de +Lavalle. + +--¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita? + +--Pero... sí--respondió el cura, con aire lastimoso. + +--¿Muy bonita? + +--Pero... sí--respondió en el mismo tono el cura. + +--¡Ah, qué contenta estoy!--exclamé saltando.--¡Cómo os quiero, señor +cura! + +--Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te +has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído +libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca. + +--¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla +muy bien de él. + +Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo, +radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino +que escuchaba con interés lo que le refería. + +En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto, +le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño. + +--Bien--me dijo,--te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo +lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer +más travesuras. + +Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto +para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la +misma opinión. + +Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue +desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en +el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no +conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en +el corazón o en la imaginación de las jóvenes. + + + + +VI. + + +Era un domingo. + +Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el único +oficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente. Mi tía entraba +primero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrilla +cerraba la marcha. + +Nuestra iglesia era vieja y pobre. + +El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de moho +verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba +formado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a los +fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio +santificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornado +con figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se +las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa, +admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que a +ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sería +absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen +mi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente +perfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gusto +del hombre. + +Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces el +número crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba +según la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien +rugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de que +poseía una hermosa voz, que era imposible criticarle. + +El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio, +de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el busto +del cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacían +mueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo. + +Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como +que las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunos +pozos, llegaba al púlpito. + +Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la +superficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos, +en el curso de su existencia. + +Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, y +el cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de su +vida la posesión de un púlpito. + +Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mi +tía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sus +tímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se trataba +de dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de su +prójimo. + +A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos +en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera. + +Una mañana le vi llegar fuera de sí. + +--Mi Reinita, ven, ven conmigo--exclamó. + +--¿A dónde, señor cura? + +--A la iglesia; ven pronto. + +--Pero a estas horas no hay misa. + +--Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido. + +Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal +contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno +de los mejores recuerdos de aquel tiempo. + +No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de +colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz: + +--¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un +púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante +bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de +nada, hijita, nunca. + +Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que mi +imaginación me había representado un púlpito, como algo de grande y +monumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja de +madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que, +hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños para +entrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; así +es que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas, +de quince centímetros de alto cada una. + +--Mira, Reina, mira qué buen efecto produce--decíame el cura.--Cuando +tenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lo +pintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad es +que pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiada +ambición. + +Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor del +púlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieran +sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel. + +A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía al +ensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su +felicidad sin preocupación alguna. + +--Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una +espléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo +declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que había +supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer +alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios +mío, haremos abstracción de él; he ahí todo. + +¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel +tiempo. + +Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la +esplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, y +de su espíritu algo infantil. + +--¡Si es que parece exactamente un púlpito!--decía riendo y +restregándose las manos. + +Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y me +extasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa +de la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, de +tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del +auditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos que +se agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso. + +Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito» que +tuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos. + +No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda para +echar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar +alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se +preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por +una tía y el aburrimiento de los sermones. + +No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero +un día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación, +le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se +propuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelante +contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros +vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla. + +Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamos +sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamente +lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos +hacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por el +pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos +horribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales, +permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba +tranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el paso +triunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano. + +El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que +gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que +se bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con +sus flores retóricas. + +Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa, +Susana nos dijo: + +--Tendremos tormenta antes de que concluya el día. + +Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vida +monótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los +relámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidos +se sucedían con mucha rapidez. + +Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por el +jardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba con +melancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estaba +condenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía. + +Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primer +piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con +los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y +nos traían la tormenta anunciada por Susana. + +Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo que +me, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mi +que ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yo +nunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lo +menos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba en +silencio. + +Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un +rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo +alrededor del talle. + +Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos: + +--¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita. + +Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse +en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una +estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas. + +Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar +entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al +sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a +quien hablar. + +Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura +enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado +de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal +aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y +observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento. + +De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la +escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista +de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar +golpes de puño contra la puerta. + +Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese +instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no +demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus +gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para +guarecerse en el Zarzal. + +En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y +no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche. + +Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos +produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo +nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba +por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes +facultades y hace estúpidos a los hombres superiores. + +Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos, +latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que +estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero +contento. + +--Señor cura--exclamó yo, corriendo hacia él,--hay un hombre en el +salón. + +--¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo. + +--No, no señor cura, es un verdadero hombre. + +--¿Cómo, un verdadero hombre? + +--Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien +vestido. Entremos pronto. + +Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi +tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía +agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía +estar tan a sus anchas como en su propia casa. + +Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más +hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y +expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes +de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una +risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba +alegría y amor a la vida. + +Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos +presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como +para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el +nombre de Pablo de Couprat. + +--¡De Couprat!--exclamó el cura;--¿sois tal vez hijo del excelente +comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo? + +--Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido? + +--Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente +hombre! + +--Sé que mi padre es querido por todo el mundo--respondió el señor de +Couprat, con el rostro más radiante que nunca.--Y el comprobarlo es +siempre para mi una nueva dicha. + +--Pero--continuó el cura,--¿no sois pariente del señor de Pavol? + +--Exactamente: primo en tercer grado. + +--Pues he aquí a su sobrina--dijo el cura presentándome. + +A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de +Couprat expresaba alguna admiración. + +--Me felicito de conocer tan encantadora prima--díjome con aplomo y +tendiéndome la mano. + +Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi +mano entre la suya sin la menor turbación. + +--No primo, exactamente--dijo el cura narigueando su rapé con +júbilo;--el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era +una señorita de Lavalle. + +--No importa--exclamó el señor de Couprat,--no renuncio a nuestro +parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían +matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle. + +Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre +nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión, +que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha +pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello +más que un recuerdo vago y casi desvanecido. + +Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela +que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo +héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, +tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en +una cualidad trascendental. + +Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis +imaginarios héroes. + +A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, +radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo +adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades. + +Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, +y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a +compartir nuestra mesa. + +Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un +desenfado que me encantó. + +Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana. + +--Susana--dije entrando con agitación en la cocina,--el señor de Couprat +come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas? + +--¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!--refunfuñó Susana;--hay lo que hay y nada +más. + +--Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón será +bastante? + +--No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted. + +Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizo +admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla, +pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho en +trecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, y +ofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo. + +--¡Bravo!--dije yo.--Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Hay +mucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada! + +--Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parte +ese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es un +hombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den. + +--Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!--exclamé indignada.--Entonces +¿no lo has visto? + +--Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo he +oído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo la +puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, que +a mí... + +Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia, +pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de +chamuscar el pavo. + +Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar una +mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones. +¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tres +saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los +cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras +otra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de tal +modo que cada comensal tenía seguramente que dislocarse para alcanzarlo, +puesto que la mesa era enormemente ancha. + +Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que el +fantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría. + +Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben +tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de +adaptarse al medio en que se hallaba. + +Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar, +felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la +aparición del pavo. + +--Es preciso convenir, señor cura--dijo,--que la vida es una dulce +invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor. + +--No hablemos mal de los filósofos--respondió el cura,--suelen tener +algo bueno. + +--Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si +fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los +filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que +así pudieran devorarse mejor. + +--¿Quién es Heráclito?--preguntó mi tía. + +--Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse +¡Dios mío! una cosa más ridícula? + +Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad... + +--Tal vez--insinué yo,--viviera con varias tías, y eso le habría agriado +el carácter. + +El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una +carcajada. + +El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que +trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó. + +--La historia, primita, no dice nada al respecto. + +--En todo caso--continué yo,--libraos de atacar a los antiguos; el señor +cura os arrancaría los ojos. + +--¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos +un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado. + +--Permitid--dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a +sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi +opinión,--permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos +actos heroicos que... + +--¡Ilusiones, ilusiones!--interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos +pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con +increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos +más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida! + +Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales. + +Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable +velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos +con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración. + +--Ya os había prevenido--nos dijo riendo,--que tenía una hambre de +caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año. + +--¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!--exclamó mi tía que tenía la +habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no +debía decirse. + +--Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora--respondió +con toda seriedad mi nuevo primo. + +--¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta. + +--Parece que sois completamente feliz--le dijo el cura restregándose las +manos. + +--¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, +veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural? + +--Algunas veces--respondió sonriendo el cura. + +--¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, +porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe +es la tontera humana. + +--Pues he ahí una desgracia. + +--Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de +deducir que se le deba imitar. + +--Os gustan las paradojas ¿verdad? + +--No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa +de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo +suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que +descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y +pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un +defecto: el de acabarse tan pronto. + +El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía +miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que +había contado para banquetear durante algunos días. + +Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y +metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia: + +--He hecho café; ¿lo traigo? + +--Quién te ha mandado...--comenzó mi tía. + +--Sí, sí--dije interrumpiéndola con vehemencia,--traelo en seguida. + +Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no +compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la +volvimos a ver en la sala. + +--Tenéis una excelente cocinera, prima mía,--dijo Pablo de Couprat, +paladeando su café. + +--Sí, pero tan rezongona... + +--Eso no es más que un detalle... + +--¿Y qué os parece mi tía?--le pregunté en tono confidencial. + +--Pero... bastante majestuosa--respondió de Couprat, algo en aprieto. + +--¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable? + +--¡Reina!--murmuró el cura. + +--Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo +quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas +cualidades de mi tía. + +--Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base +de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido +común. + +--¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos! + +--¡En cuánto a eso respondo de ello!--exclamó riendo,--y no tendríamos +necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo +mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío. + +--No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por +las mujeres una acentuada antipatía. + +--¿De veras?--preguntó riendo,--¿conocéis los gustos de Francisco I? + +Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una +expresiva guiñada, como diciéndole: + +--No os asustéis; ya comprendo. + +Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para +interpretar su oculta significación. + +--A propósito de tío--dije luego--¿conocéis mucho al señor de Pavol? + +--Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya. + +--¿Y qué tal es su hija? + +--Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro +años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda. + +--¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!--exclamé.--Nos veríamos con +frecuencia. + +--¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais +más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción +de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, +no sé que tenga el más mínimo vicio. + +--Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto +las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una +mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío. + +--Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada. + +--Os lo perdono--le dije con vivacidad.--Según eso, ¿me halláis linda? + +Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era +preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión +neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el +principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi +pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso +de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no +sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso. + +--¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos +ojos ni boca más bonita. + +--¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi +tía. + +--Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó +para ella la edad de la coquetería. + +--La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser +coqueta? + +--Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el +buen sentido de la palabra. + +--Vos no me habéis enseñado eso, señor cura--exclamé. + +El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de +las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba +su café, que le sabía a amargura. + +--El señor de Couprat se burla de ti. + +--¿Es cierto eso, primo? + +--De ninguna manera--respondió Pablo, que parecía que se divertía +grandemente.--Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no +es una mujer. + +--Pues entonces trataré de serlo. + +--Señorita de Lavalle--dijo el cura levantándose,--pasemos al salón. + +--¡Bah!--pensé,--ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada +malo. + +La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo +a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso, +seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que +su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse. + +Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los +pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos; +sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis +pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías. + +¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa! + +De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó +caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y +de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis +hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto +nada más lindo. + +--Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera--me decía +yo,--¿cómo es posible ser tan tonta? + +Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. +Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente +nuestra conversación. + +Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba +en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta, +no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase +terciar entre nosotros. + +¡Qué velada tan agradable! + +Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta +el patio. + +Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose +a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja: + +--Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía. + +--¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto? + +--Seguramente, y dentro de poco, según espero. + +Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana +tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un +placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia +de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme +a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del +cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente +dragón regordete y bondadoso. + + + + +VII. + + +Después de la partida del señor de Couprat viví varios días en una +especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba +múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues +fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar +una cantidad de sensaciones. + +Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y +mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar +absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el +alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora +semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un +dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la +bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de +hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o +frívolos. + +Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos +sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y +contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía, +de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que +había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si +hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas. + +Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones +hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma +por tan diversas fases? + +Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación +a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan +vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar +directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me +habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no +olvidar jamás. + +Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de +reposo, y a poco recaía en poder de ellas. + +Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar +ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi +hacerse la luz sobre un importante punto. + +Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora +del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría. + +Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no +dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente +correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había +parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su +corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi +lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por +consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz. + +Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy +bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la +simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por +Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo +quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras +que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de +Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos +misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni +sombra de mal. + +--Un cura--pensaba yo,--debe tener sobre el amor ideas erróneas y +extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin +embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y +tengo que saberlo. + +Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones +a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este +escabroso asunto. + +El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en +una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para +no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación +de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme +por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos +los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección. + +Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún +tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se +afanaba en explicarme mis problemas. + +--Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y +aquí, dados 2/5 multiplicados por... + +--Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay +sobre la tierra? + +--No, Reina, ¿qué cosa? + +--El amor, señor cura. + +--¿De qué estáis hablando hija mía?--exclamó inquieto el buen anciano. + +--¡Oh! de algo que conozco perfectamente--respondí, sacudiendo la cabeza +con aire de suficiencia.--Lo que no me explicó es por qué no me habéis +hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días. + +--He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas +que son puramente imaginarias. + +--¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que +se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora! + +--Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar +de él. + +--¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas! + +--Desgraciado de mi--exclamó el cura,--que tengo que habérmelas con +semejante cabeza. + +--No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo, +desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita. + +--El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha +tomado por una chiquilina sin importancia. + +--Nada de eso--repliqué ofendida,--nada de eso, puesto que me ha besado +la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento? + +--Vamos a ver--respondió el cura que estaba como sobre espinas. + +--Pues estuve a punto de saltarle al cuello. + +--¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce. + +--Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no +se me hubiera ocurrido eso. + +--¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces. + +--¡Oh! porque... + +Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de +reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar +una actitud que fuera conveniente. + +--Mi buen cura--le dije con voz insinuante,--si fueseis tan amable +como... + +--¿Qué más, Reina? + +--Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me +andan por la mente. + +Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una +gran resolución. + +--Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente +de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con +divagaciones. + +--Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso +mucho en el amor porque... + +--¿Por qué? + +--No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo +hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con +todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se +trata del señor de Couprat? + +--¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina? + +--Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi +mano, mientras que si fuerais vos... + +--Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas +nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella. + +--¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que +llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata, +es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo, +y luego un cura no se puede casar nunca. + +--Sí, sí--respondió maquinalmente el cura. + +--Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad? + +--Sin duda alguna, sin duda. + +--Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres +amen a varias mujeres. + +--Yo no sé eso--repúsome fastidiado el cura. + +--Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra +mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y +era casado. + +--Francisco I era un perdido--exclamó el cura exasperado,--y ese +Buckingham, a quien quieres tanto, era otro. + +--Cada cual tiene su carácter--respondíle,--y no sé por qué se les haría +un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora +de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he +descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de +amar, como yo no... + +--¿Qué, Reina? + +--Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los +perdidos, porque Buckingham es lo más interesante... + +--Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de +hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil. + +--¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay +tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño--continué como +soñando.--Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra +indignación? + +--Basta, Reina--dijo el cura fuera de sí.--Tienes un modo de formular +las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay +temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque +eres demasiado joven. + +Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus +pasos y le grité desde la puerta: + +--¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo +más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor! + +En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle +fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial, +para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al +que hacía los honores con tantos bríos como apetito. + +--Señor cura--le dije en tono relativamente humilde,--¿estáis enojado? + +--Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca. + +--Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor. + +--Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes. + +--¡Oh! que no comprendo...--exclamé yo, estallando inmediatamente,--en +cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra +sostendré que... + +--¡Bah!--exclamó desalentado el cura,--ya has faltado a tu promesa de +hace un momento. + +--Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de +todo esto. + +--Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita. + +Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura. + +Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no +volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una +irritabilidad de mal augurio. + +Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis +esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una +sombría tristeza. + +Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le +echó de casa. + +Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente +conversación: + +--Señora--dijo el cura, vengo a hablaros de Reina. + +--¿Sobre? + +--La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a +su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de +algunas novelas. Le hace falta distracción. + +--¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover: +estoy enferma. + +--Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario +escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa +durante algún tiempo. + +--¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no +querría volver aquí. + +--Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que +nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad +hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea +muchas cosas de las que no tiene la menor idea. + +--No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí. + +--Pero, señora--replicó el cura que se acaloraba,--os repito, que es +urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho, +estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat. + +--Poco me importa eso--repuso mi tía, que era incapaz de comprender las +razones del cura. + +--Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es +exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a +Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas +no es más que una niñería. + +--¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!--pensé yo.--Tratar de +niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al +señor de Couprat. + +--Señor cura--contestó mi tía, con su voz más áspera,--ocupaos de lo que +os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro. + +--Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir +que sufra--replicó el cura con una entonación que no le conocía. + +Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor +distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la +ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le +repito que es preciso escribir al señor de Pavol. + +--Esto es demasiado--exclamó mi tía, furiosa;--¿no soy yo el ama en mi +casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí. + +--Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si +no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de +ver constantemente a mi Reinita. + +El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada. + +--¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a +ser de nosotros, si no nos vemos más? + +--Qué ¿has oído la discusión, hijita? + +--Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué... + +--Vamos, vamos, Reina, un poco de calma--prosiguió el cura que estaba +tembloroso y encendido.--Esta misma noche escribiré a tu tío. + +--Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a +buscarme en seguida. + +--Esperémoslo--respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y +con tristeza. + +Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol +esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas +semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después, +la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi +existencia. + + + + +VIII. + + +Inmediatamente de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez +durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié +en la casa parroquial. + +El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora +de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan +rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace +fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos +telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al +entierro. + +Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo +repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al +Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a +C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a +recibirme allí. + +Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el +otro mundo sin gran cortejo de simpatías. + +Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de +tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches +de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y +en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un +hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado +en un soberbio arranque de misantropía: + +--No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una +niña decente, y lo que veo me espanta. + +Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de +ella para satisfacer a los manes de mi tía. + +Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y +pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de +hora en hora ante la idea de nuestra separación. + +El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos +instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de +reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo +contener el llanto. + +El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado +triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible +acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de +diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas +mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por +su ausencia. + +--Mi hijita querida--me dijo después de un largo silencio,--¿no te +olvidarás de tu viejo cura? + +--Jamás, jamás--respondile con vehemencia. + +--No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación, +Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una +inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da +mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los +incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas. + +--Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro +que me gustan mucho las fogatas. + +--Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita! + +--Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede +darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría +sobre el fuego... + +--Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita? + +--¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día. + +--Quiera Dios, que no sea así--exclamó el cura.--El agua fría, mi hijita +querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día, +ardientemente, para que sean alejados de tu senda. + +Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de +agua para calmar mi emoción. + +--Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy +marcado por la coquetería. + +--Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,--me dijo el cura +con su bondadosa sonrisa;--pero no es bueno abusar, Reina. Por otra +parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin +contar con que tu tío te sabrá guiar bien. + +--¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de +que agradaré, siendo tan linda... + +--Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados +y de la vanidad. + +--¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello. + +--¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura +revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu +edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con +el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad! + +--¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre +que sus ideas han de andar fuera de moda. + +--Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los +pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por +una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma. + +Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la +hora de la partida. + +--Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina. + +--Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse. + +--Cierto es--respondió el cura, que con la preocupación perdía la +cabeza.--Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes. + +Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos +para mascullar algunas migas de pan y pastel. + +--¡Ah!, ¡cuánto siento--exclamé, estallando en sollozos,--cuánto siento +dejaros, mi querido cura! + +--No lloremos, no lloremos; es absurdo--dijo el cura, sin darse cuenta +que por sus mejillas rodaban dos lagrimones. + +--¡Ah! señor cura--continué yo, presa de un repentino remordimiento, +¡cómo os he hecho enojar! + +--No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad. + +--¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura? + +No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y +logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a +reventar en sollozos. + +El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía +acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el +arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía +provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y +el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de +estar juntos un poco más. + +--Os escribiré todos los días, señor cura. + +--No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes; +pero con toda intimidad. + +--Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor. + +--Veremos--replicó el cura con sonrisa incrédula.--Harás una vida tan +nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu +exactitud. + +Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. +Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé: + +--Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos. + +--Eso pasará, pasará--respondió con voz entrecortada.--Adiós, mi hijita +querida; no me olvides y precávete, precávete... + +Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato. + +Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un +baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían +mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas. + +--¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!--exclamé. + +Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis +lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba +irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más +violenta agitación, sino completamente trastornado. + +Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el +consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos: + +--Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable. + +Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar. + +Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho, +quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a +ver tan pronto al señor de Couprat? + +Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi +ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la +vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo. + +Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la +impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el +vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana, +eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas +torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de +la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida +por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y +como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él +un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad +hacían honor al talento práctico de Susana. + +Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo +que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían +para mi un manantial de sorpresas y admiraciones. + +Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, +disimular cuidadosamente mis asombros. + +Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me +creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos +dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la +rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo. + +Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y +enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo +de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar: + +--Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que +esperar. + +Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo +cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo: + +--No más alta que una elfa, pero terriblemente linda. + +--Es también mi opinión, mi tío,--díjele bajando los ojos con modestia. + +--Ah ¡esa es tu opinión! + +--Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que +me ha dado el cura para vos, mi tío. + +--¿Y porqué no ha venido? + +--No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia. + +--Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero, +sobrina? + +--Sí, tío; está en mi bolsillo. + +--¿En tu bolsillo? ¿Y porqué? + +--Porque es espantoso. + +--¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? +No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago +registrar tu equipaje. + +Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el +sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era +muy poco higiénico para tal producto de la industria humana. + +Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla. + +--Ah, señorita--díjome Petrilla,--siento tanto dejaros, como sentiría si +dejase la mejor de mis vacas. + +--¡Mil gracias!--repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós. + +Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me +temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos +furtivos y sonoros. + +--¡Adiós, Juan! + +--Hasta la vista señorita--dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un +modo de demostrar emoción como cualquier otro. + +Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío, +completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y +por la novedad de mi posición. + +Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol. + +Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos +gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un +aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud. +Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un +efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía +más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques +de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico. +Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un +movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen +entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto +gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la +palabra. + +No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan +pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el +mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi +una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había +traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos +del cura. + +--Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen +mozo? + +--De ningún modo. + +Mi tío hizo una ligera mueca. + +--Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida? + +--Porque me muero de miedo, tío. + +--Miedo, y ¿de qué? + +--Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso! + +--Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningún +peligro. + +--Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol? + +--Por cierto, y está muy deseosa de conocerte. + +Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en el +Zarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***. + +Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía +conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros +de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la +triste figura que hacían en tan elegante vehículo. + +Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para +confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario. + +Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de +mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran +cantidad de preguntas que satisfacer. + +De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje +hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio. + +--Tío--le dije,--si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco. + +--Con mucho gusto, sobrina--respondió mi tío doblando inmediatamente su +diario.--Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De +qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política, +de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres? + +--Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, +creo, tío, que sé tanto como vos. + +--Es muy posible--replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi +aplomo.--Pues bien, elige tema. + +--Decidme, tío, ¿no sois algo impío? + +--¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina? + +--Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana. + +--¿Te burlas de mi? exclamó mi tío. + +--No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más +interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al +decir que todos los hombres eran unos herejes. + +--Que, ¿le faltaba el sentido común? + +--Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única +vez--respondí con calma. + +El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa. + +--¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te +llevabas bien con la señora de Lavalle? + +--Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez. +Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y +¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era +una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos. + +--Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me +felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a +ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada +y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy, +puesto que no eras feliz. + +--¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío? + +--Sí, por cierto--respondió el señor de Pavol, con vivacidad. + +--Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré +pronto. + +--¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y +hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse. + +--¿Que mi prima no es de mis mismas ideas? + +--Sí--respondió mi tío, algo ceñudo. + +--Tanto mejor--dije restregándome las manos.--Y mi prima ¿es alta? + +--Alta y linda--respondió complacido el señor de Pavol,--una diosa en +carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te +convencerás de ello, pues ya llegamos. + +En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al +castillo. + +Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata. + +Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga +una gracia a un súbdito. + +--¡Dios mío, qué hermosa sois!--le dije, contemplándola con sorpresa. + +Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima +se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su +fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la +admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda. + +Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un +perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con +pestañas obscuras y bien trazadas cejas. + +De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de +diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que +amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido +movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al +descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de +Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo +a rasgo a Juno; el nombre le quedó. + +Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi +tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo. + +--¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina? + +--No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto. + +--Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho +que eras linda. + +--¿Pablo de Couprat?--exclamé. + +--Cierto--dijo mi tío,--me he olvidado hablarte de él. Parece que se +guareció en el Zarzal un día de tormenta. + +--Bien lo recuerdo--respondí ruborizándome. + +--¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca? + +--Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te +ha vestido así, Reina? + +--Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y +estupidez--contesté con fastidio. + +--Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, +sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle. +No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en +seguida Juno te acompañará a tus habitaciones. + +Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente, +y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel +Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver +cumplirse mi destino. + +Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos +más que un punto imperceptible. + + + + +IX. + + +Mas, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque +este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada +al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta: + +«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos +que participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dónde +empezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, que +los árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño, +que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima es +bella como una hada. + +«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, no +me quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas +como Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señor +cura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro, +sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y +luego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... me +hubiese consolado. + +«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parece +desde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí. + +«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo que +vos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les +contaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimiento +delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo. + +«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo, +bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo, +muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera el +miedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido +cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso. + +«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos +de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones, +mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos, +he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible. + +«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante +las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reído +de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. ¡Qué diría del Zarzal! +Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, que +es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvienta +hice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara en +cosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta de +lo útil ni de lo práctico? + +«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos; +humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y los +pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como +provechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo, +tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté en +una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida y +me compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que había +en la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sino +que me había endeudado; pero ¿qué importa? puesto que soy rica. Mi prima +rió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que la +razón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo, +y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compra +cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias +y camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, querido +cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio a +la razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomía +seca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, que +incontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de la +elocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en mi +cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y que +por lo menos estoy contenta. + +«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo me +decíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que ver +con las jóvenes? + +«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchas +veces como a una tonta! + +«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto. +Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en +el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no +me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o +prender fuego al castillo. + +«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de +ser linda, poseo un buen dote. + +«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que +las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, +pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será +codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que +lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos +que... Pero ¡chist! + +«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo +el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi +corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más +no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. +¡Dios mío, que cosa linda es la vida! + +«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os +extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me +gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien +arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta +en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal. +A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada +instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os +llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos. + +«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé +porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese +todo está lleno de cariño. + +«Os quiero con toda el alma, señor cura.--_Reina_». + +Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con +beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto +alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que +veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos +sueltos y cara preocupada. + +--Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott--le +dije contemplándola con admiración. + +--Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,--vengo a charlar +contigo. + +--Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que mis +ideas... + +--¿Aun cuando se trate de casamiento?--prosiguió Blanca, que ya conocía +mi opinión sobre tema tan serio. + +--¿De casamiento? Ya estoy despierta--exclamé, incorporándome +rápidamente. + +--¿Deseas casarte, Reina? + +--¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más pronto +posible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres, +excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú. + +--No se debe decir que se ama a los hombres--dijo Blanca con tono +severo. + +--¿Por qué? + +--No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio de +una niña. + +--¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas. + +--¡Qué niña!--exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que me +pareció chocante.--He venido a hablarte de papá, Reina. + +--¿Qué pasa? + +-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya +varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. +Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si +siempre se opondrá a que me case. + +--Pregúntaselo. + +--¡Ah! ahí está el busilis--prosiguió Blanca, algo turbada;--te declaro +que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida. + +Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que +me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, +Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había +colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería +jamás a intimidarme. + +--A mi no me asusta nadie--exclamé, tomando mi almohada y largándola de +paseo al medio del cuarto. + +Blanca me miró con asombro. + +--¿Qué haces, Reina? + +--¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi +almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de +proceder sacaba de quicio. + +--Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. +Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para +tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar +critica? + +--Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a +mi tío y arreglo todo. + +Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para +notificarle que iba a entrar en batalla. + +Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya +desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo +eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al +palenque. + +--¿Tío, se puede tener hijos sin casarse? + +--No por cierto--respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta. + +--¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad? + +--¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos +responderían: sí; los misántropos: no. + +--Con todo ¿su opinión, tío? + +--No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la +Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana +especie. + +--Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando +criticáis el matrimonio. + +--¿Ah, sí?--dijo mi tío. + +--Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo +tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis +aceptar el matrimonio para todo el mundo. + +--¡Caramba!--prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal +expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar! +¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina? + +--El matrimonio--exclamé entusiasmada,--es la más hermosa de las +instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la +persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es +encantador! + +--¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina? + +--Porque yo... en fin, yo pienso así--exclamé dedicando a mi pasado una +sonrisa llena de misterios. + +--El matrimonio entrega una víctima al verdugo--murmuró mi tío. + +--¡Ah! + +Juno y yo protestamos con la mayor energía. + +--¿Y quién es la víctima, papá? + +--¡El hombre, canarios! + +--Pues, peor para los hombres--repliqué, que se defiendan. Lo que es yo, +estoy decidida a volverme verdugo. + +--Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas? + +--A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del +matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y +yo, deseo que sea cuanto antes. + +--¡Reina!--gritó mi prima estupefacta con mi audacia. + +--No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves +a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia. + +--¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por +nadie. + +--Sí, por cierto--dijo Blanca riendo,--¿a quién conoce? + +Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo +de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar +tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a +resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al +escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin +embargo, logré dominarme. + +--En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede +vivir sin amar. + +--Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina? + +--Pero, de la vida, tío--le respondí tranquilamente.--Recordad las +heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas. + +--¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado +conferencias sobre el amor? + +--¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en +cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo. +Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un +vidrio, entré por la ventana. + +--¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca +del amor? + +--Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que +trato. + +--¡Canarios!--dijo mi tío riendo.--Sin embargo, acabas de decirnos que +no quieres a nadie. + +--¡Es cierto!--repliqué rápidamente, medio turbada con mi +indiscreción.--Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la +experiencia? + +--¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y +luego me parece que tú tienes buena cabeza. + +--Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al +marido? + +--A ningún otro--respondió sonriendo el señor de Pavol. + +--Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido, +naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin +amar, concluyo, que es necesario casarse. + +--Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas. + +--¡Oh, eso no me importa!--respondió Blanca. + +--¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años. + +--Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso +extraordinario. + +--Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío? + +--Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo. + +Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me +levanté para brincar. + +--¡Entonces, no esperaré!--exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en +donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso. + +--¡Qué desfachatada eres, Reina! + +--¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que tú +misma me has pedido? + +--Es que dices las cosas muy pan, pan... + +--Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino. + +--Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá. + +--¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo +quiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el que +nos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedes +quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber. + +--¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador. + +Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujeres +hechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sin +pestañear las ideas de sus padres y sus tíos. + + + + +X. + + +El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo +de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría. + +Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había +usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa +admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de +exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra +el suelo. + +--¿A donde vas así, sobrina? + +--A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis +qué bien estoy? + +--Sí, en efecto, no estás mal. + +--¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle? + +--¡Lindísimo!--respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y +encantado con mi alegría. + +--¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se +presentará muy pronto. + +Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el +cuarto de Juno. + +--¡Mira!--exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi +prima no podía ver más que un torbellino. + +--Pero sosiégate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--¿Cuándo +serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta. + +--Mira, qué piececito. + +--¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como +tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería? + +--Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria. + +--Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que +no habrá sido el cura. + +--No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a +almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca? + +--Sí, el cura y dos amigos de mi padre. + +Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto +apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me +presentó. + +¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante! + +Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes +blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me +recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera +semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también +que la simpatía era recíproca. + +--Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las +manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre. + +Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera +sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su +hijo. + +Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso +vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis +fuerzas. + +Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente, +que quedé cortada. + +--Dadme la mano--le dije,--bien sabéis que nos conocemos. + +--No me atrevía a... + +--¡Qué tontería! + +--¿Qué es eso, Reina?--refunfuñó mi tío. + +--Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirándome con +cariño,--pero una hermosa flor. + +Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber +por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, +observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca. +¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con +aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos +francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi +tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se +había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas. + +No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una +parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor. + +Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a +éste, preguntándole: + +--¿Por qué no volvisteis al Zarzal? + +--No he podido disponer de mis acciones, señorita. + +--¿Y habéis, por lo menos, deseado ir? + +--Muchísimo, os lo aseguro. + +--Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar? + +--Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita. + +--¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de +ella. + +--Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por +cierto,--respondió sonriendo. + +--¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables? + +--No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus +del cariño. + +--Pues es una tontería--dije secamente. + +Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos. + +Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia +que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía +tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña +decepción pasó por mi alma sin herirla. + +El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de +Octubre. + +--Me alegro--respondió Juno. + +--Me enseñarás a bailar--le dije saltando sobre mi silla. + +--Pido que se me permita ser el profesor--exclamó Pablo de Couprat. + +--Pablo es un notable bailarín--dijo el comandante,--todas las señoras +desean bailar con él. + +--Y luego es tan buen mozo--añadí yo. + +El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi +tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el +rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó +las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su +disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había +dicho una necedad. + +Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a +encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el +modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me +habían llamado la atención. + +--Reina, eres muy mal educada--decía Blanca. + +--Habla así--respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi +víctima. + +El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente +dignidad que no me infundía respeto. + +Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima +caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba +mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón: + +--Es muy linda ¿verdad? + +--¡Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo +estremecer. + +Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y +seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las +mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más +alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del +señor de Pavol. + +Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer +ante él. + +--Reina, has estado ridícula. + +--¿Por qué, tío? + +--No se le dice a un joven, que es buen mozo. + +--Pero si me parece que lo es. + +--Motivo de más, para no decírselo. + +--¡Cómo!--contesté yo sorprendida.--¿Entonces debía decirle que lo +hallaba feo? + +--No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero +guárdala para ti. + +--Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa. + +--No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo +que no se piensa y ocultar lo que se piensa. + +--¡Qué horrible máxima!--exclamé asustada.--No la podré poner en +práctica jamás. + +--Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta. + +--¡Y dale con la etiqueta!--respondí, marchándome de mal humor. + +Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por +costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé +en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las +cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había +esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para +convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la +peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio. + +Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo, +pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos +consejos y con este final: + +«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te +ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy +al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo, +puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y +mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte +todavía. + +«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote: +desconfía de la imaginación». + +Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado. + + + + +XI. + + +Hacía tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que en +ese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara a +encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esas +plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque +son lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a su +naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando me +miraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevo +brillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiría +matices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción. + +Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado, +descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendo +con toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sin +embargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir para +consolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamente +formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros +tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el +señor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana, +dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteres +respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepción +hubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buen +número de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustos +y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor +del sol. + +Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por la +música venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañaba +siempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues lo +autorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca y +los vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tío +miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el +comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba +ardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba y +con razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios. + +Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de +otras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiese +tenido más experiencia. + +Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito +que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres. +Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras él +ejecutaba con brío un vals propio. Otras veces el profesor era él; mi +prima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban con +complacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, en +medio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días! + +No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativa +alegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventar +travesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazable +compañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, +hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuando +descomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto, +Blanca y yo decíamos: + +--Cuando venga Pablo, lo compondrá. + +Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en que +nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa +antipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que la +maldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo más +fácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señor +de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era +él lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, +porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento. + +--¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor que +todas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo. + +--¿De ese modo comprendéis el arte, prima? + +--¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato? + +--Sí, por cierto, lo creo. + +--Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son? + +--Eso es un pedazo de cielo, prima. + +Hice una pirueta y exclamé con aire patético: + +--¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometen +en vuestro nombre! + +Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor +parte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raro +era el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer. +Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, +como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo +advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca +disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes. + +Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de las +conveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; pero +se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no +perdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería. + +--Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina. + +--¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada +más. + +--Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina. + +--Es tan fea, tío. Y de veras, no siento mucha afección por las mujeres; +son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez +de ser personas fueran animales curiosos. + +--¿Cómo te atreves tú a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando +no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los demás? + +--Sí, pero soy linda; por consiguiente, me está permitido hacerlo. El +señor de C..., me lo dijo el otro día. + +--No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, ¿crees que los +hombres no te midan también de pies a cabeza? + +--Sí, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es +buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he +observado una porción de cosas. + +--Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar también, que la +corrección es una apreciable cualidad. + +Cuando nuestros invitados masculinos eran jóvenes, nos hacían la corte a +Blanca y a mi, y lo que es yo me divertía bastante; pero cuando eran +viejos... ¡Dios mío! surgía siempre la política a darme jaqueca. ¡Oh! +¡Cuánto me ha aburrido la política! + +Llegaban irritadísimos contra las tropelías del gobierno, pero hablaban +de ellas con cierta discreción hasta que algún bonapartista fogoso +exclamaba, que debía fusilarse a todos los republicanos, para +aterrorizarles. La ingenuidad de la frase hacía reír, pero esta +hecatombe imaginaria era la señal de zafarrancho para las exageraciones +y desatinos. Ya nos metíamos de cabeza en la política y no salíamos +hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar +a la república y a los republicanos, pero en el momento en que algunos +de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tenía buen +cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se +cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates. + +Envolvíase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su +fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista; +mientras que éste, en su foro interno, trataba de imbécil al +legitimista. Pero como la urbanidad no le permitía emitir su opinión +gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caía a plomo +sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba, +se les fusilaba, se les decapitaba y se les hacía picadillo; pues +bonapartistas y legitimistas se unían en un odio común, para barrer de +la faz de la tierra a tales bípedos. Se peroraba apasionadamente, se +gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponían como remolachas... lo +que no obstaba ¡ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi tío, de +tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida +ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusión en un terreno más +elevado que el del interés personal y las simpatías individuales. Nada +legitimista, y sin tener opinión determinada, no dejaba de ver que la +Francia, desde hacía un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo +esa una postura anormal, concluirá por perder el equilibrio y caer en un +precipicio en el que la enterrarían. + +Se reía de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a +menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia +chistosa. Jamás lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los +variados rugidos de sus huéspedes, seguro siempre, de que suya sería la +última palabra, pues veía claro y lejos. Sin embargo, sus antipatías +eran vehementes y execraba a los republicanos. + +No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber +guardar un justo medio: hubiese aceptado una república, si la hubiese +creído posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres, +que luchan de buena fe por una utopía. + +Algunas veces le oía llamar a nuestros gobernantes, jugadores de +raqueta, comparando las leyes que las dos cámaras se envían diariamente +una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con +ojos plácidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables +narices y se las aplastan. + +De donde saqué yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referiré a +su tiempo. + +Al señor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba +poco, escuchaba con interés. Bajo una corteza rústica escondía +conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una +altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo +que, como la mayoría de los hombres, habría tenido sus flaquezas y sus +errores; pero creía en un Dios, en el alma, en la virtud, y no +consideraba la incredulidad, la mala fe y el espíritu de impiedad y +difamación como signo de virilidad intelectual. + +Gustábale oír desarrollar sus sistemas a los materialistas y +librepensadores, y su silencio burlón hablaba elocuentemente, mientras +observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le +ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad, +les replicaba: + +--¡Caramba! señor, ¿sabéis que os admiro? Habéis llegado casi a la +perfecta humildad del Evangelio. Me avergüenzo de no poder seguir +vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedirá +siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo +que se revuelca en mi corral. + +Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le +gustaban los aldeanos, y pretendía que no hay nada más pillo y canalla +que un campesino. Así, aunque se le estimaba y respetaba, no era +querido. Sin embargo, hacía grandes limosnas y no desperdiciaba ocasión +para ejercitar su bondad; pero jamás se dejaba envolver por la malicia y +astucia de los buenos labriegos. + +Por último, si mi tío no había seguido carrera alguna, si no había sido +ni médico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomático, ni aun +ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas +tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejándose arrastrar por +las divagaciones de la época, y usando de su influencia para encaminar +al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi tío era un +hombre de talento, de corazón y de bien. Yo le quería mucho, y si no +hubiese hablado nunca de política, le hubiera creído sin defectos. En la +vida privada era ejemplar. Quería con locura a su hija, y en cuanto a +mi, pronto me tomó cariño. + +--¡Qué cosa horrible son los gobiernos!--decía yo al señor de +Couprat.--Sería necesario suprimirlos todos; por lo menos así no se +oiría hablar de política. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la +política. + +--Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión--me respondió riendo. + +--Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la +escucháis con placer; por lo menos, o así parece. + +--Es que Blanca tiene mucho talento. + +Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan los +mosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nos +incomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razón +que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que +no amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez que +ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombres +que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me +desesperaba pensando en sus mujeres. + +En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudes +desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una +existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces +mi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, se +preparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat. + + + + +XII. + + +Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi +primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de +un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso +porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente. + +De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía +al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia; +pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros. + +A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación. + +--¿No hace mucho que vivís aquí, señorita? + +--No señor; seis semanas, más o menos. + +--¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol? + +--En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias +a Dios! ha muerto. + +--En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423 +había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel. + +--¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero? + +--Defender el monte atacado por los ingleses. + +--¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto! + +--¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo? + +--¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un +bledo. + +--Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo? + +--Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los +romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar. + +Y partíamos, girando. + +Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de +Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras +riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba +tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque +fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo +bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no +hablaré por no escandalizar al prójimo. + +Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, +dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los +hombres y desesperé a todas las muchachas. + +El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que +tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de +partir, exclamé, desde el extremo del salón: + +--Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada. + +Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y +correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin +hacer caso de mis recriminaciones. + +Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé +mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda +voz. + +Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada. + +--¡Reina! ¿qué haces? + +--¡Ya ves, bailar! + +--¡Dios, mío! ¡qué niña eres! + +--Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría. + +--Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate. + +Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a +los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es +una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe +hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que +una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y... + +--¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,--sólo son +agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen +bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la +mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli... + +En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde. + +Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí +inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío +germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis +conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los +sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un +sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre +mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento. + +Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé: + +--¿Y? ¡Empezad, pues, tío! + +--Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más +respetuosa. + +--Pero tío--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi +intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para +oíros mejor. + +--Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza. + +--Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía +muchas veces que le haría morir de pesar. + +--Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo +por causa de una chicuela mal educada, como tú? + +--Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y +segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi +corazón. + +--¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis +lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan +inconveniente? + +--Especificad las acusaciones, tío. + +--Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido +inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado +por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba +cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el +brazo, le pareció muy chocante. + +--¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso! + +--Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia. + +--Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le +llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos +a él directamente. + +--Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está +obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las +personas. + +--¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de +otro delante de gente? + +--Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina. + +--Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía. + +--En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece +además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos. + +--¡Cierto, ya lo creo!--exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a +mis compañeros.--¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte +les había trampeado piezas y para que no se contrariaran... + +--Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete +semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario +mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías, +y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y +desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y... + +--¡Al fin y al cabo!--interrumpí, satisfecha,--así es como me gustan los +sermones. + +--No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente. + +--Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me +dijisteis: eres terriblemente linda. + +--Y ¿qué hay con eso, sobrina? + +--¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un +movimiento primo. + +--Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, +hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el +aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te +corresponde. + +--¡La dignidad!--exclamé,--y ¿para qué? + +--¿Cómo para qué? + +--No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno +tiene tan poca? + +--No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa? + +--¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La +verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y +entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los +ministros y los senadores? + +Mi tío se echó a reír. + +--Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los +dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te +dejaré ir más a ninguna tertulia. + +--¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la +Inquisición! + +--Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me +obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera +hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años, +mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum! + +--¿Por qué, tío? + +El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos. + +--¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo. + +--Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una +selva son la misma cosa. + +--En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y +reflexiona. + +Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré +en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los +cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación +con la mesura. + + + + +XIII. + + +Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de +que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es +poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en +práctica los consejos de mi tío. + +No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde +entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré +volverme seria y adquirir un sosiego relativo. + +Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión +del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que +mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era +aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía, +y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y +allegados. + +En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados +muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con +cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados +cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que +aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo. + +Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los +abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de +las nietecillas criadas en el fondo de los bosques. + +Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos +ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes +mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una +felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las +cabezas en veletas. + +¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre! + +Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de +asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y +matices. + +Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi +auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para +dedicarse a tan encantador pasatiempo. + +Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la +iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos. +Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres +más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios. + +Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa +y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla +admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y +pillerías que hacían mi felicidad. + +Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de +que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me +veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, +coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, +melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que +ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía +tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te +ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme +enormemente. + +A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo +instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda, +pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero +nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de +Couprat. + +Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una +semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado. +Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe, +alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de +personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema +psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no +tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía +y paso. + +El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado +cerca del Pavol. + +Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente +linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui +pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y +contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza. + +Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos +que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía +de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la +región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy +aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas +invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat, +demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y +satisfecho que las circunstancias requerían. + +Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas +de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía +agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi +tío decía: + +--Si tiene el diablo en el cuerpo. + +¡Sea tenido por infame el que mal piense! + +Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me +invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia. + +Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó. +Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo +de la sala, negándome rotundamente a bailar más. + +Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita, +y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas, +cuyas simpatías me había conquistado. + +--Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del +baile. + +--Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda. + +--Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la +señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas. + +--Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que +chocaría en otras, en ella es encantador. + +--Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor +de Couprat. + +--Así he oído decir. + +Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis +ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las +colgaduras que me ocultaban. + +Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía +velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle +que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón. + +Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía: + +--No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme +tanto? + +Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran +desgracia se cernía sobre mí. + +Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis +años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de +aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance. + +Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal +disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a +las más fugitivas impresiones. + +En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón. +El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de +Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados +entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat. + +Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin +cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera +podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión, +observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. +Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo +sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no +me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo +respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba +enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le +gustaban en la mujer amada. + +Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de +entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí: + +--¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis +maravillosamente. + +--¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!--exclamé +poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, +lanzaron un gruñido furibundo. + +--Creo que dormías, Reina. + +--No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú +interpretabas tu maldito Beethoven. + +--Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias +impresiones. + +--¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias +impresiones!--respondí con voz temblona. + +--¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido +anoche. + +--No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y +sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un +gusto. + +Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un +torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él. + +Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi +ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla, +cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que +pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de +amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente +desalentada. + +Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles, +que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez, +sino veinte. + +El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una +viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor. + +En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis +impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario. + +Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso +siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier +cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que +estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de +terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y +ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un +extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda. + +Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La +suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este +procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo +contenerse y respondió con una expresiva exclamación. + +--¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina? + +--Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío--respondíle, aproximándome +al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor +fuerza mis proyectiles. + +--¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza! + +--Os pido perdón, tío, pero no os había visto. + +--¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus +chucherías? + +--Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto! + +Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de +Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos. + +A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues +en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un +globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza. + +Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían +lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis +ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre. + + + + +XIV. + + +Tal vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin +tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad +increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un +solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho, +que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse +perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los +puntos sobre las íes. + +Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de +Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a +Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí +celos de Juno. + +¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, +pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor. +Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de +Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. +No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me +refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome +discursos. + +«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece +en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por +cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras +que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros +armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena +como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le +ordena»... + +Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban. + +De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar +de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince +días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras +caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; +pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no +despegaba los labios durante toda la comida. + +Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al +señor de Pavol. + +--¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina? + +--Nada, tío. + +--¿Te aburres? ¿Quieres viajar? + +--¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol. + +--Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un +tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas +de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días? + +--No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero +casarme. + +Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír +hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de +Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin +embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo +por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados. + +Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos +extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente +hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me +llamaron la atención. + +Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la +sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para +elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a +mis pretendientes. + +--¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?--me +preguntó Blanca. + +--No me casaré, si no encuentro lo que deseo. + +--¡Ah! ¿y qué deseas? + +--No lo sé aún--respondile con la garganta oprimida. + +Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención. + +--Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo? + +--Te juro, que no--díjele, zafándome de su caricia,--no quiero a nadie, +y cuando quiera, lo sabrás en seguida. + +Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en +aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un +hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no +se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en +presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo. + +--Hago lo mismo que tú, Blanca, espero. + +--Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome +sonriendo,--¡cinco pedidos a la vez: figúrate! + +--No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me +oprime, me asfixia. + +Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más +raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse +en el número de mis adoradores. + +¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la +sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo +más pronto posible. + +Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia. + +--Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano. + +--Que le aproveche, tío. + +--¿Te gusta? + +--Al contrario. + +--¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del +otro día que no valían nada. + +--Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío. + +--Vamos al señor P. muy bien... + +--¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca! + +--¿Y el señor de C.? + +--¡Un hombre espantoso! + +--Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente. + +--¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los +veintiséis años! + +--¡Ah!... ¿y el pequeño D?... + +--No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez +casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más. + +--Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le +reprochas? + +--Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé +valsar a tres tiempos--exclamé con indignación. + +--¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan +joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a +hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las +mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna +inmensa, familia honorable y muy antigua. + +--¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca--interrumpí con desdén. Tengo +horror a los abuelos, tío. + +--¿Por qué? + +--Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué +idiotez! + +--¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... +gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de +ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él? + +--No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la +punta de los dedos--respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar +mis afiladas manos. + +--Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. +Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y +quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una +contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que +la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente +en el Pavol cuando le plazca. + +--Muy bien, mi tío, haced lo que queráis. + +Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta +agitación. + +--¡Ah, quiere salir con la suya!--decíame mordiendo el pañuelo para +ahogar los sollozos;--ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en +cuatro días desaparezca de mi vista. + +Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi +repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con +prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni +renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde +hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era +profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio +para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre +que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor +atrae al amor. + +Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido +perfecto. + +Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, +con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente +señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda +de un portero de jesuitas. + +El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que +fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más +que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia +que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, +el criticarla. + +Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo. + +--¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes? + +--Sí--le respondí en un tono tan brusco como el de Susana. + +--¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?... + +--No. + +--Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido +llevabais! ¿Os gusta el azul? + +--Puesto que lo uso... + +El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor. + +--¿Os gustan los viajes, señorita? + +--No. + +-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero. + +--¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo! + +La conversación duró un poco más en este tono. + +Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor +impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se +paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y +abrevió la visita. + +Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca +mía. + +--Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto +para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas +por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda +tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero +quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena +lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le +Maltour almorzará con nosotros. + +--Bueno, tío, hablaré, perded cuidado. + +--Pero no vayas a decir tonterías. + +--Me inspiraré en la ciencia, tío--le contesté majestuosamente. + +--¿Cómo? en... + +--No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar. + +--No, sobrina, no se trata de... + +Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y +corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en +práctica la idea que acababa de ocurrírseme. + +Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la +Tartaria. + +El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme +sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos. + +Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de +cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con +nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos +detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación +ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos. + +--Veremos--me decía,--si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi +querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a +pocas horas me habré deshecho de ese intruso! + +Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del +que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, +al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol. + +Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón +al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me +hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le +Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios. + +--He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan +muchísimo los viajes. + +--Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante +distracción. + +--¿Y vos habéis viajado? + +--Sí, algo. + +--¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, +los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le +interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades. + +--¿Y qué es todo eso?--preguntó aturdido el barón. + +--¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria? + +--No, jamás. + +--¡No haber estado en Tartaria!--exclamé con desdén.--¿A lo menos +conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y +el diablo a cuatro? + +Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer +mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la +tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios +para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba +el mayor desconcierto y Blanca exclamó: + +--¿Has perdido la cabeza, Reina? + +--No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por +Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba +la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos +donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que +ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su +país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me +gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran +seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las +personas, y para extirparlo se... + +--Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos. + +--¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?--pregunté al barón. + +--Lo que decís de ella, no es muy halagüeño. + +--Para los que no tienen sangre en las venas--respondí +despreciativamente.--Cuando me case, iré a Tartaria. + +--A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina. + +--Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien +llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos. + +--¿Cómo? Comido por...--murmuró tímidamente el barón. + +--Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque +según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es +la de la viudez... + +El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no +resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis +caprichos _tártaros_, se fue y no volvió más. + +Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con +aire sentencioso: + +--Tío, quien quiere el fin pone los medios. + + + + +XV. + + +Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con +puntualidad dos veces por semana. + +Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí +de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en +inquietudes y tristeza. + +Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de +vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas +por el estilo de ésta: + +«Señor Cura:--Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os +parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo». + +O de esta otra: + +«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, +de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, +un mito; todo lo que queráis, menos realidad! + +«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, +sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!» + +Él me contestaba correo por correo. + +«Hijita querida:--¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace +tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de +tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será +tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y +por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, +Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y +conversaremos de tus preocupaciones.» + +Yo le respondí: + +«Señor Cura:--La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la +sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, +no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de +espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! +si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar +con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto +que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero +creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la +regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y +convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la +felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de +un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden +estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo. + +«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, +apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, +estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que +no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, +como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están +destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles. + +«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, +que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona +moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, +completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia +el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral +no arruine a lo físico... + +«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es +terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años? + +«Hasta la vista, mi viejo cura». + +Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura +la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a +paseo al monte San Miguel. + +Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el +comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y +prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto +soñador. + +Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo +hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme +mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de +mi mal humor positivamente insoportable. + +--¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!--decía yo, quejándome a +cada paso. + +--No son más que seiscientos, prima. + +--¡Oh! entonces me quedo aquí. + +--Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de +reumatismo. + +Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, +mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas +generaciones. + +¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la +maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que +duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, +puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el +rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y +cumplidos, sin pensar siquiera en mí. + +¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor. + +Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que +yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se +dignaba notarlas. + +--Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de +ella? + +--Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún +encanto. + +--¿Que no lo encuentras en ella misma? + +--De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas +arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo +eso no sirve para nada! + +--Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura +feudal--exclamó, riendo, mi tío. + +Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron. + +--Nos vamos a romper la mollera--gemía yo, aferrándome al brazo del +comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca. + +--¿Estamos tristes, Reinita?--me preguntó quedo el comandante. + +--Habláis como mi cura--respondí emocionada. + +--Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi? + +--Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie--contesté de mal +modo.--Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto +las opiniones de Susana. + +--¡Oh, oh!--dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que +tuve miedo de estallar en sollozos;--¡tanta misantropía en tanta +juventud! + +No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa +terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme +arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché +a llorar. + +--¡Ah!--pensaba,--cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho +tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda +mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios +mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia! + +Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que +me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba +vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en +la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis +propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que +arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado. + +De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío. + +--Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el +monte San Miguel? + +--Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo. + +En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la +poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que +recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de +felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del +porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el +camino cubierto con jirones de mi dicha. + +Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío +llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella +muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la +convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza. + +Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas +las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. +Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, +tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera +fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien. + +--Reina--díjome sin preámbulos--Pablo ha pedido mi mano. + +El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. +¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso +con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy +por creerlo. + +Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos +no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su +corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por +más que la alcoba estaba sumida en una media sombra. + +--¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma? + +--Un calambre--murmuré con voz débil. + +--Voy a buscar éter--dijo, levantándose diligentemente. + +--No, no--proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi +altivez que se desvanecía.--Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado. + +--¿Sufres de eso a menudo, Reinita? + +--No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello. + +Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un +importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, +que en breve pareció libre de su preocupación. + +--Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir? + +--Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus +aspiraciones. + +--Y a ti ¿te gusta? + +--Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero +hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo. + +--¿Qué defecto le encuentras? + +--No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un +excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y +luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será +convenir conmigo que está desprovisto de poesía! + +--Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy +natural--respondí conteniendo mis lágrimas. + +--En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen. + +--¿Entonces, lo desairas, Juno? + +--He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues +temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento +reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin +es un cumplido caballero. + +--Mas, supuesto que no le amas, Blanca... + +--Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el +hogar, no es necesario el amor. + +--¿Cómo puedes creer semejante cosa?--exclamé saltando de +indignación.--De veras que mi tío profesa doctrinas abominables. + +A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen +sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba +en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle +oídos. + +--Pablo te quiere mucho, Juno--murmuré yo casi sin voz. + +--Sí, desde hace tiempo. + +--¿Lo sabías? + +--Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo +habías notado? + +--Sí... algo--le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro +lleno de melancolía. + +Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su +mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa. + +Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su +padre, concluiría por dar su consentimiento. + +Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado +quince días después. + +¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento. + + + + +XVI. + + +Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa +increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció +casi decidida a otorgarle su mano. + +Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, +y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos +hombres. + +Pero esta resignación era sólo aparente. + +Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por +pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo +más sencillo era irme al otro mundo. + +Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él +con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi +enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la +idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las +gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había +muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su +ejemplo. + +Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis +pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir +al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano. + +Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le +pedí permiso para ir al Zarzal. + +--Más vale escribir al cura que venga, Reina. + +--No podrá, tío; nunca tiene un céntimo. + +--Es que no es nada divertido el viaje. + +--No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo +hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si +es que me lo permitís. + +--Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será +fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir? + +--Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a +dormir en la casa parroquial. + +--Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de +hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres. + +Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la +barba con aire preocupado. + +--¿Estás enferma, Reina? + +--No, tío. + +--Sobrinita--díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se +cumplan mis deseos. + +Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría +visto nada. + +Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que +era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran +éxito. Me abrazó con cariño y se retiró. + +Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía +de Blanca que deseaba ir conmigo. + +En el camino medité en las palabras de mi tío. + +--Lo sabe todo--pensé.--¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de +mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de +qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede +querer a otra. No entiendo a mi tío. + +Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. +Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su +vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario. + +Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, +mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a +mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que +profesaba a la etiqueta. + +Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro +de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a +paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar +almorzando. + +Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia +adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que +coloqué contra el muro a modo de banco. + +Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que +formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura. + +Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían +perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos +no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre +el cráneo, con indecible desolación. + +--¡Ah, mi pobre y bondadoso cura! + +Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y +me precipité en el comedor, como una bomba. + +El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció +de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la +etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus +brazos y lloré largo rato sobre su pecho. + +Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de +un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían +cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la +escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder +la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que +sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener +la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social +ante un sentimiento sincero y profundo. + +--La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo--exclamé sollozando. + +--¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal +conclusión? No, no; no es posible. + +Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con +enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un +pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con +caricias y frases cariñosas. + +--Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate--me +dijo separándome con dulzura. + +--Tenéis razón--respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi +bolsillo.--Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la +calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. +¡Comamos, señor cura! + +Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, +desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa +alegremente. + +--Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de +hambre. + +--Y no tengo casi nada que darte. + +--¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! +¡Es un banquete! + +--Y ¿has venido sola, Reina? + +--¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a +espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le +digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín. + +El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. +Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y +mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una +admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente. + +--Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura? + +--Digo... sí, algo, Reina. + +--Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que +acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan +bien. + +Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis +impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé +continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por +cierto, sin pensar en reñirme. + +--¿No voy camino del infierno, señor cura? + +--No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven. + +--¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os +he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad. + +--En todo caso, no lo pareces. + +--Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os +convenceréis. + +Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un +espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a +un lado de la chimenea. + +--Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme? + +Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí +tranquilamente. + +--Mi cura, me muero. + +Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, +en la que estaba a punto de introducir los dedos. + +--No tienes aspecto de eso, hijita. + +--¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos? + +--No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota +una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres? + +Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar +una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una +palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un +movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se +incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes. + +--¿Y bien, Reina? + +--Pues bien, señor cura, me muero de... amor. + +El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el +mismo cura no dio más que un salto pequeñito. + +--Estaba seguro de ello--dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, +que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos +tiempos,--estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina. + +--No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto +que amo. + +--¡Oh tan joven, tan niña! + +--¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de +Couprat. + +--¡Ah! ¿conque es él? + +--¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura? + +--Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él. + +--Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le +gusto. + +Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos +instante como petrificado. + +--¡Eso no es posible!--exclamó y con tal convicción que no pude ahogar +la risa. + +--No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha +pedido su mano. + +Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis +descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta +narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y +verdadera. + +El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio +mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la +consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se +esforzó en hacerme entrar en razón. + +--Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento. + +--¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces. + +--Sin embargo, sucede. + +--¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada. + +--¿Se lo has dicho a tu tío? + +--No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para +qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no +quisiera que supiese que le amo; preferiría morir. + +Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo. + +Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer +el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos. + +Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, +cuando el cura prosiguió semisonriendo. + +--Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham. + +-¡Ah! señor cura--repliqué rápidamente,--si Francisco I y Buckingham +estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría +contentísima. + +¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible +de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso +tema, me aconsejó resignación. + +--Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que +tienes delante de ti una larga vida. + +--Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me +casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad! + +Y traté de toser de un modo cavernoso. + +--No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien. + +--Bueno--dije levantándome,--veo que no queréis creerme. Aprovechemos +del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir +al Zarzal, señor cura. + +Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de +Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el +rostro del cura. + +¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar +ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la +ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y +mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta +casa! + +Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de +arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad +de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas +semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me +hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por +mi, lo hubiera creído sin dificultad. + +Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días +tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido. + +Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, +recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las +decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad. + +--¿Os acordáis, señor cura?--díjele indicándole el cerezo, a que había +trepado Pablo. + +--Pensemos en otra cosa, Reinita. + +--¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os +aseguro que no tiene defectos. + +Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener, +tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis +impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido. + +Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento +oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de +sabiduría y fácil de alcanzar. + +--¡Ah, mi cura--le respondía con toda seriedad,--no sabéis lo que es el +amor! + +--Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te +sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven. + +Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y +seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son +incomprensibles. + +Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza: + +--¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis! + +Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije: + +--Señor cura, esta noche he concebido una idea. + +--Veamos la idea, hijita. + +--Tengo ganas de que seáis cura del Pavol. + +--No se puede quitar a otro su puesto, Reina. + +--El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna +atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle? + +--Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia; +treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla. + +--¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre. + +--No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en +que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los +tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y +oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos +intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no +tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio +y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía +tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días +tan tristes de mi juventud. + +El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre +alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido +sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan +verdadera, tan dulce y tan sin hiel. + +--Sois un santo, mi cura--le dije tomándole la mano. + +--¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha +hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter +joven y activo. + +Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede +soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando +se sufren con valor las pruebas y tribulaciones. + +Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba +en desierto. + +Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda +convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor +desgraciado. + +--Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con +júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí. + +--Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara +todo. + +El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante +_landeau_ de mi tío, exclamó: + +--¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre +este coche y el carromato de Juan! + +--Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para +que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, +puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y +un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito. + +Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por +más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida, +sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza +había nacido en su corazón. + + + + +XVII. + + +Esta visita al cura sólo me hizo un bien pasajero. + +El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí +en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las +mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de +conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron +los acontecimientos. + +Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta +de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus +parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. +Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de +Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un +acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la +esperanza. + +El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para +acordarme eternamente de tan célebre día)--el segundo día, hacía un +tiempo espantoso. + +Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca +preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor +de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su +destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas. + +Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una +ventana. + +Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión +por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la +lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese +viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía +fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos +instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos +briosos corceles. + +De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba +a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla. + +--¡Qué aire de idiota tiene!--decíame yo, mirándola así, con los ojazos +fijos y casi atontados. + +--¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del +mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh, +inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré. + +En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo. + +Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:--¡Tenemos +visitas!--Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el +amigo de mi tío y su agregado de embajada. + +No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la +calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni +calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no +había visto jamás ningún hombre tan bello. + +Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas +matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente +elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su +expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la +aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés +hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una +posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca. + +Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida, +le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible +imaginar una pareja más bella. + +Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara +entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de +Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran +preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y +burlón. + +El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres +después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de +esto, cuando yo escribía al cura. + +«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y +caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y +de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad +entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero. + +«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece +que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me +reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista. + +«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. +¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un +átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a +quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué +consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se +tiene salud? + +«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el +Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día, +un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo, +llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole +entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría +a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un +marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar +la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella, +como dicen mi tío y la etiqueta. + +Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, que +jamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba +redondamente a dar su mano al señor de Couprat. + +«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como +antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la +dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi +cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero +hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me +parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros +hermosos cabellos blancos más delicados. + +«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido +verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he +reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré +de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada, +mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al +tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las +engalana con su propia belleza. + +«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué +estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se +resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el +arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está +decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué +caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo +insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez +la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. +No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible +se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y +desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor +cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este +instante! + +«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la +vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen +que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que +sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los +conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una +declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he +aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me +prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y +declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el +fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a +guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo +insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que +avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre! + +«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más +lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero +¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza? + +«Dadme luz, mi viejo cura». + +Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo. +Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el +matrimonio de Blanca. + +Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su +hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e +incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la +felicidad de una sobrina. + +Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna +veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan +entrañablemente sin que siquiera lo sospechara. + +Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni +atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y +poético. + +Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante. +Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural: + +--Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremos +siendo siempre buenos amigos. + +Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentir +hondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras, +y le notaba muy cambiado, moral y físicamente. + +Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubiera +sido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender que +nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura! + +De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaría +mejor. + + + + +XVIII. + + +El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco y +pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado. +Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que no +me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría y +espléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puesto +al unísono de su belleza. + +Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido. Bajó muy +emocionada; nos abrazamos todos patéticamente y... camino de Italia. + +--¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo. + +Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé, +pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa +de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía +especial preferencia. + +El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a +cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al +caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y +pintoresco. + +A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una +margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en +la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió +que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo +colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas +entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta +como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que +se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y +caer al agua. + +Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que +había escogido yo para mis meditaciones. + +Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y +a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser +sorprendidos en su líquido curso por el hielo. + +No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío +que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi +ternura, como diría el poeta. + +El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando +los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción +del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y +se esparcía sobre él. + +Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las +mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus +movimientos. + +Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente, +los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me +hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin +que él se fijara, le miraba de soslayo. + +--Prima... + +--¿Primo...? + +Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se +atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador +para alentarle. + +Frunció las cejas y exclamó con ansia: + +--Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos. + +--¡Muy buena idea!--repúsele yo con tono seco,--iré a vuestro entierro. + +Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me +miró con fijeza. + +--¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima? + +-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no +me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este +valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo. +Que cada cual haga su gusto en vida. + +Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de +mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su +lúgubre proyecto, quedaba desconcertado. + +--Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que +nos vimos me encontrasteis tan amable. + +--¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la +sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola? + +--¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no +ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de +Lavalle? + +--Lo habéis dicho, primo. + +Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y +poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh, +cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de +encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo +que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de +barro y con el infortunado barón de Le Maltour. + +--Vuestra tía era horrible, señorita,--me dijo volviéndose bruscamente. + +--Mis lindos ojos compensaban su fealdad,--respondí en igual tono. + +--¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza. + +--Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí +sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en +perfecta salud. + +--Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, +con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué +os he hecho? + +--Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro +cuerpo a la última mansión. + +--¡Mi cuerpo!--exclamó con doloroso escalofrío.--Aun no estoy muerto, +señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia. + +--¡Buen viaje, primo! + +Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos +con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus +pasos. + +--Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero +qué... ¿estáis llorando? + +--Pensaba en Juno--repuse logrando hacerlo con voz segura. + +--Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano? + +--Con mucho gusto, Pablo. + +¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más +bella, que había soñado poseer. + +Y partió para no volver. + +A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y +contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el +hielo. + +¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario +que la quiera prodigiosamente. + +Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado de +ella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es una +intrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras que +cerca de él, una almita?... + +--¿Qué haces ahí, Reina?--me interrogó mi tío, que había venido sin que +yo le sintiese. + +Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción. + +--¡Cómo! ¿Lloramos? + +--¡Qué tontos son los hombres, tío! + +--Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras? + +--Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,--proseguí +llorando. + +--¿Le crees capaz de semejante crimen? + +--No,--contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.--Tal atrocidad es +incompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que... + +--Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, +la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no +se equivoque más. + +--¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su +vida sin ser un fenómeno? + +El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una +conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia. + +--¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que +el Pico de la Aguja Verde. + +--Entonces, tío, el hombre es un animal indigno. + +Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más +que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana. + +--Con todo, Juno es tan linda. + +--Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y +plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de +que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al +Pavol y... + +Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré +alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que +predicen el porvenir con tanto aplomo. + +--Todo está muy bien,--me dije encaminándome lentamente hacia el +castillo,--pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer +durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será +preciso mandarle a Laponia. + +Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en +momentos en que el comandante subía a su carruaje. + +Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije: + +--Comandante ¿Pablo se va a Rusia? + +--Sí, su viaje está decidido. + +--He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor... + +Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me +había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar. + +-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí. + +--Los dados están echados--exclamé en voz alta golpeando el suelo con el +pie. + +Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos: + +--Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los +esquimales, os lo suplico. + +--¿Y por qué entre los esquimales? + +--Porque las mujeres de por allá son espantosas--balbuceé,--mientras que +las rusas son lindísimas. + +El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó +sencillamente: + +--Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia. + +--¡Cuánto os quiero!--exclamé con los ojos llenos de lágrimas y +estrechándole la mano.--Decidle que no permanezca mucho tiempo en las +chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan. + +Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo: + +--Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened +la vuestra. + +Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido +por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios +de la dignidad. + +Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos +salir del paso? + +Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y +escribí: + +«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices, +encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar de +Juno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso? + +«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres que +aman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura, +mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que el +señor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde. + +«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol». + + + + +XIX. + + +El único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la +instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil +demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor +de próxima separación. + +¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad +de los hombres! + +Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana +remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento. + +Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas. + +Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno +que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme +paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis +cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía +obligada a soportar. + +Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el +viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las +hermosas eslavas me daban un miedo horrible. + +--¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura? + +--Es de esperarse, Reinita. + +--Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En +qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera; +decidme que no es posible y que pronto me querrá. + +--Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer +lo contrario y prepararte de antemano. + +--Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor +cura. + +--¡Cuán poco juiciosa eres, Reina! + +--El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme +que me querrá, señor cura, decídmelo. + +--No deseo otra cosa, hijita querida,--respondíame el cura, quien a +pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el +ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese +dependido de semejante sacrificio. + +Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de +todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por +día. + +Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante +horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y +pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador, +con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el +Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí. + +Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi +melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor +de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este +solo hecho habría bastado para probarle su intensidad. + +Seis meses pasáronse así. + +Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el +jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había +refrescado la atmósfera y regado las flores del cura. + +Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia +de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba +arrebatar por risueñas esperanzas. + +Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que +doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me +recordaba las mejores horas de mi vida. + +De tiempo en tiempo, decíame el cura: + +--Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina, +que he encontrado ya más de quinientas? + +Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen +cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis +quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia. + +Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín +y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio +sacudimiento que sentí en mi vida. + +--¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina +¿dónde está? + +Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una +palabra. + +--¡Ah, allí está!--exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos. + +--¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de +volver a veros! + +Tomó mi mano y la besó. + +Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis +pensar mal de mí. + +Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero +cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba +esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando +le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa, +especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar +tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso +que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó +en sus brazos. + +Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso. + +Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las +manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a +la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas +veces a mi mente. + +--Querida Reina--murmuró Pablo a mi oído;--si hubiese conocido antes +vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo. + +Yo no respondí, porque lloraba. + +Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras +que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un +lado la cara y hacía esfuerzos por librarme. + +--Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara +hacia acá, Reina. + +Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y +exclamé: + +--¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja +Verde. + +--¿El Pico de la Aguja Verde?--preguntó sorprendido. + +--Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo +que ignorabais al partir? + +--Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido +recordando desde hace dos meses. + +--¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor? + +--Nada es más cierto, mi querida novia. + +¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras +que el cura lloraba de alegría. + +Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la +prisión en que las había puesto el cura. + +Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su +plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas +lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé +tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos, +y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por +gorriones y babosas. + +Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar +su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin +embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el +espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a +nombrársela. + +--¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo? + +--Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte. +¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina? + +No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije: + +--Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal... + +--¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso. + +--¡Oh¡--repuse mirándole solapadamente,--si mi tía era horrible. + +--No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más +encantadora... + +--Y la mesa tan mal puesta. Todo tan... + +--Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer +como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea +e inculta es la tierra en que brota. + +--Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje. + +--¡Oh! no, absolutamente, Reinita. + +Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado. + +--No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con +toda la sinceridad de mi corazón. + +Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba, +pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes. + +Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el +preguntarle: + +--¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada? + +--¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?--replicó +seriamente.--¿No tienes confianza en mi lealtad? + +--¡Oh, sí!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de +cariño. + +Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la +imagen de Blanca. + +Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta +confianza. + +--Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol. + +--¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones? + +--Sois muy poco discreto tío--le dije,--ruborizándome. + +--Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo +conocía. + +--¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses. + +--No, desde la primera vez que te vi, querida hijita. + +--Es posible. + +--Y Pablo no ha ido a Laponia--continuó, riéndose, mi tío. + +¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa +felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta +delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin +saberlo, había divulgado a todo viento. + +Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin +igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de +fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los +que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar +por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin, +nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo, +nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la +estimación por base. + +Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo +la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a +otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas +y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada +investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor +formal. + +A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él +admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle: + +--¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que +el amor no es la cosa más encantadora del mundo? + +--¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido +convencerte. + +--¿Y, no tenía razón? + +--Así parece--y sonreía bondadosamente. + +El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la +bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo +creo. + +Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba: + +--¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad! + +La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila. + +¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se +abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla. + +Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al +pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado +viejas para casarse. + +El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo +mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores, +deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el +gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos. + +Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y +mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. +Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me +repita eternamente... + +Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Mi tio y mi cura, by Alice Cherbonnel + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MI TIO Y MI CURA *** + +***** This file should be named 27121-8.txt or 27121-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/7/1/2/27121/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Mi tio y mi cura + +Author: Alice Cherbonnel + +Release Date: November 2, 2008 [EBook #27121] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MI TIO Y MI CURA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<p class="c un top15">BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»</p> + +<h2 class="top5">JUAN DE LA BRÈTE</h2> + +<hr /> + +<h1>MI TÍO Y MI CURA</h1> + +<p class="c">OBRA PREMIADA<br /> +POR LA ACADEMIA FRANCESA</p> + +<p class="imagen"><img src="images/001.png" alt="imagen no disponible" /></p> +<p class="c">BUENOS AIRES</p> +<p class="c">1902</p> + + +<table summary="toc"><tr><td> +<a href="#I"><b>Capítulos: I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII, </b></a> +<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a> +<a href="#XIV"><b>XIV, </b></a> +<a href="#XV"><b>XV, </b></a> +<a href="#XVI"><b>XVI, </b></a> +<a href="#XVII"><b>XVII, </b></a> +<a href="#XVIII"><b>XVIII, </b></a> +<a href="#XIX"><b>XIX</b></a> +</td></tr> +</table> + + + +<h3>PROEMIO</h3> + +<hr /> +<p class="non"><span class="letra">L</span><span class="smcap">as</span> +costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que +antaño fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee, +o quiere leer algo que llene los vacíos de los ocios domésticos, o las +treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La +novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y +mal susceptible.</p> + +<p>Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es más que un +daño.</p> + +<p>Nuestra librería nacional carece en general de libros bien escritos e +interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas +editoriales españolas no se ocupan en traducir más que las novelas de +escándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado de incapacidad moral +hemos llegado!</p> + +<p>Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser +elegida con tan mal tino, que es las más de las veces insulsa y anodina, +y su falta de interés coopera al falso descrédito de las obras buenas.</p> + +<p>Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de +fabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados con un barniz +de pseudociencia y dorados a fuego de pasión, llegan a encantar a un +grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun sueñan con la vida +del arte humano, del verdadero arte, que sin desdeñar nuestras miserias +de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono. +Ese arte existe todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por eso +dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y +funden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a la +publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es +decir, lo que tiene luz.</p> + +<p>Ese arte existe. ¡Y cómo! tal vez más brillante y vigoroso que nunca. +Francia, España, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por más que una +conspiración de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza +vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello +en las entrañas.</p> + +<p>La presente novela de Juan de la Brète, coronada con el premio Montyon +por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporación dispone +para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura, +y atravesada por esa ráfaga de poesía que orea los sudores de la vida, +cuando la vida es vida.</p> + +<p>Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos años el público +parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es +mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros +condenables, ni más barro que el de la tierra, los días en que llueve.</p> + +<p class="r smcap">Rafael Fragueiro.</p> + + +<hr /> + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I.</h3> + + +<p class="non"><span class="letra">S</span><span class="smcap">oy</span> +tan chica, que bien pudiera dárseme la calificación de enana, si mi +cabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporción con mi +estatura.</p> + +<p>Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridícula que +se atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seres +diformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden ser +codiciados por más de una hermosa dama.</p> + +<p>Sin embargo, lo exiguo de mi tamaño me ha hecho verter a hurtadillas +bastantes lágrimas.</p> + +<p>Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado una +alma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectáculo de +sus debilidades... y menos a mi tía. Este era mi modo de sentir a los +quince años. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones, +las alegrías, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizado +caracteres mucho más rígidos que el mío.</p> + +<p>Era mi tía la mujer más desagradable del mundo y yo la hallaba pésima, +en la medida de lo que podía juzgar mi entendimiento que aun no había +visto ni comparado nada. Su fisonomía era angulosa y vulgar, su voz +chillona, su andar pesado y su estatura ridículamente alta.</p> + +<p>A su lado, yo parecía un pulgón, una hormiga.</p> + +<p>Cuando le hablaba, tenía que levantar la cabeza, tanto como si hubiese +querido examinar la copa de un álamo. Era de origen plebeyo, y como la +mayoría de los de su raza, estimaba más que cualquier otra cualidad la +fuerza física y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio.</p> + +<p>Sus cualidades morales eran una fiel reproducción de las físicas, y +formaban un conjunto de rudeza y asperidades; ángulos agudos contra los +cuales rompíanse diariamente las narices los infortunados que vivían con +ella.</p> + +<p>Mi tío, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca, +casó con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carácter. Murió +poco después de su casamiento y yo no alcancé a conocerle. Cuando fui +capaz de reflexión, atribuí a mi tía esta muerte prematura, pues me +parecía con fuerzas suficientes para dar rápidamente en tierra, no digo +ya con un pobre tío como el mío, sino con todo un regimiento de maridos.</p> + +<p>Tenía yo dos años, cuando mis padres se fueron al otro mundo, +abandonándome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de mi +consejo de familia. Dejáronme los restos, no del todo malos, de una +fortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producían +una buena renta.</p> + +<p>Mi tía consintió en educarme. No le gustaban los niños, pero como su +marido había sido mal administrador, se vio pobre, y calculó con +satisfacción, que la holgura entraría en su casa junto conmigo.</p> + +<p>¡Que casa más fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de un +patio cuajado de estiércol, fango, gallinas y conejos. Detrás de ella +extendíase un jardín en el que crecían entremezcladas y en desorden +todas las plantas de la creación y sin que nadie se preocupara de ellas.</p> + +<p>Creo que no había recuerdos en memoria humana, de que se hubiera visto +nunca por allí, un jardinero que podase los árboles o arrancase las +malezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi tía ni a mi se nos +ocurriese ocuparnos de ello.</p> + +<p>Esta selva virgen me desagradaba, porque desde niña he tenido un gusto +innato por el orden.</p> + +<p>La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de la +campaña, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta de +una veintena de chozas. No había castillo, castillejo ni casa solariega +en cinco leguas a la redonda. Vivíamos en completo aislamiento.</p> + +<p>Mi tía iba algunas veces a C***, la ciudad más próxima al Zarzal. Pero +como yo deseaba ardientemente acompañarla, no me llevaba nunca.</p> + +<p>Los únicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de los +arrendatarios que venían a pagar censos y arrendamientos y las visitas +del cura.</p> + +<p>¡Oh, qué excelente hombre era mi cura!</p> + +<p>Venía a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, cargó +con la obligación de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era +conocida.</p> + +<p>Y continuó en su empeño con perseverancia, por más que yo ejercitaba su +paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprendía con facilidad. +Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho +de los derroches de elocuencia del cura y de sus múltiples esfuerzos +para extirpar de mi alma esa planta maléfica.</p> + +<p>Además, y esto era lo más grave, la facultad de raciocinar se desarrolló +en mi rápidamente. Entraba en discusiones que le volvían loco, y me +permitía apreciaciones que a menudo chocaban y herían sus más caras +opiniones.</p> + +<p>Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus +afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y +me avivaba el ingenio. Creo que él experimentaba la misma sensación, y +que lo hubiera desolado perdiendo mis hábitos ergotistas y la +independencia de mis ideas.</p> + +<p>Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la +satisfacción, cuando le veía agitarse en la silla, desgreñarse los +cabellos con desesperación, y embadurnarse la nariz con rapé, +olvidándose de todas las reglas del aseo, olvido que no se producía sino +en los casos serios.</p> + +<p>Con todo, si hubiese sido por él solo, creo que hubiera resistido muchas +veces al demonio tentador. Mi tía había tomado la costumbre de asistir a +las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por +hora.</p> + +<p>Ahora bien, la contradicción, aunque no fuera dirigida a ella, le +causaba furor: furor tanto más grande, cuanto que no se atrevía a decir +nada delante del cura.</p> + +<p>Por otra parte, el verme discutir le parecía una monstruosidad en el +orden físico y moral. Así es que yo nunca la emprendía directamente con +ella, porque era bruta y yo tenía miedo que me pegara. Por último, mi +voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), producía sobre +sus nervios auditivos un efecto desastroso.</p> + +<p>Con todo lo dicho, se comprenderá que me fuese imposible, absolutamente +imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi tía +y atormentar a mi cura.</p> + +<p>Sin embargo, yo quería al pobre cura; le quería mucho, y sabía que a +pesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta la +impertinencia, me profesaba el mayor cariño. No sólo era yo su oveja +preferida, sino también el objeto de su predilección, su obra, la hija +de su corazón y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclaba +un tinte de admiración por mis aptitudes, mis palabras y por todas mis +acciones.</p> + +<p>Había tomado su tarea con gran ahínco; se había propuesto instruirme, +velar por mi como un ángel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lógica +y mis arranques. Además, esta tarea pronto llegó a ser la cosa más +agradable de su vida, la mejor si no la única distracción de su monótona +existencia.</p> + +<p>Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con frío o con +tormenta, veía yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta las +rodillas y el sombrero debajo del brazo. No sé si lo he visto nunca con +él puesto. Tenía la manía de caminar con la cabeza al aire, sonriendo a +los viandantes, a los pájaros, a los árboles, a las flores del campo.</p> + +<p>Robusto y regordete, parecía que rebotaba sobre la tierra, que hollaba +con paso vivo y se hubiera pensado que le decía:—¡Eres buena y te +amo!—Estaba contento de la vida, de sí mismo, de todo el mundo. Su +benévola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordábame +esas rosas tardías que florecen aún bajo las primeras nieves.</p> + +<p>Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudían a su voz para +mascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antes +de salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, salía a +hacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurábase a abrirle +la puerta y a introducirle en el salón, donde me daba las lecciones.</p> + +<p>Mi tía plantada en un sillón, con el donaire de un pararrayos algo +grueso, levantábase al verle, saludábale con aire desabrido y se lanzaba +a galope al capítulo de mis fechorías. Hecho lo cual volvía a sentarse +lijeramente, tomaba la aguja de tejer, ponía su gato favorito sobre las +rodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasión de decirme algo +desagradable.</p> + +<p>El bondadoso cura oía con paciencia aquella voz ronca que rompía el +tímpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para él +y semisonriente amenazábame con el índice. A Dios gracias conocía a mi +tía desde hacía mucho.</p> + +<p>Instalábamonos junto a una mesita, que habíamos colocado cerca de la +ventana. Esta posición tenía la doble ventaja de tenernos bastante +alejados de mi tía entronizada al lado de la estufa, en el fondo de la +habitación, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas y +las moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve en +los árboles del jardín.</p> + +<p>El cura colocaba cerca de sí la caja de rapé, un gran pañuelo a cuadros +sobre el brazo del sillón y la lección comenzaba.</p> + +<p>Cuando no había sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientras +se tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo más +corto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra era +clara y mi estilo fácil.</p> + +<p>El cura sacudía la cabeza con aire satisfecho, tomaba rapé con +entusiasmo y repetía en todos los tonos:</p> + +<p>—¡Bien, muy bien!</p> + +<p>Durante todo este tiempo entreteníame yo en contar las manchas de su +sotana y en imaginarme lo que parecería con peluca negra, calzón corto y +casaca de terciopelo rojo, como la que mi tío abuelo ostentaba en su +retrato.</p> + +<p>La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me hacía +reír a carcajadas.</p> + +<p>Entonces, exclamaba mi tía:</p> + +<p>—¡Tonta, bobeta!</p> + +<p>Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenían el privilegio de ser +tan parlamentarias como explícitas.</p> + +<p>El cura me miraba sonriendo y repetía dos o tres veces:</p> + +<p>—¡Ah juventud! ¡hermosa juventud!</p> + +<p>Y un recuerdo retrospectivo de sus quince años le hacía esbozar un +suspiro.</p> + +<p>Después de esto pasábamos a la recitación de memoria, y ya las cosas no +marchaban tan bien. Era la hora crítica el momento de la conversación, +de las opiniones personales, de las discusiones y hasta también de las +reyertas.</p> + +<p>El cura amaba los hombres de la antigüedad, los héroes, las acciones +casi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor físico. Esta +preferencia era curiosa, porque, cabalmente, no había sido formado con +el barro de que se hace los héroes.</p> + +<p>Yo había notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y este +descubrimiento, aunque me le hacía más simpático, porque yo misma era +muy medrosa, no podía dejarme ninguna ilusión sobre su coraje.</p> + +<p>Además, su buena alma plácida, tranquila, amiga del reposo, de la +rutina, de sus ovejas y del cuerpo que la poseía, no había soñado nunca +con el martirio, y le veía palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillas +le permitían, cuando leía el relato de los suplicios aplicados a los +primeros cristianos.</p> + +<p>Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraíso de un salto heroico, pero +pensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente y +sin prisa. Carecía de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte, +para ver más pronto a Dios. Absolutamente: estaba decidido a irse sin +murmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegara +lo más tarde posible.</p> + +<p>Declaro que mi carácter, que no brilla por la cuerda heroica, está de +acuerdo con esta moral fácil y dulce.</p> + +<p>Pero con todo, le daba por los héroes; los admiraba, los elogiaba y los +amaba tanto más cuanto que indudablemente sentía que dado el caso, era +incapaz de imitarlos.</p> + +<p>En cuanto a mi, yo no dividía ni sus gustos, ni sus admiraciones. +Experimentaba una pronunciada antipatía por griegos y romanos. Había +resuelto por un trabajo sutil de mi imaginación, que estos últimos se +parecían a mi tía... o que mi tía se les parecía, como se quiera, y +desde el día en que hice esta comparación, los romanos fueron juzgados, +condenados y ejecutados en mi foro interno.</p> + +<p>Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historia +romana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Los +hombres de la República no me entusiasmaban y los emperadores +confundíanse en mi cabeza. Por más que el cura lanzaba exclamaciones de +sorpresa, se enfadaba y razonaba, era inútil: nada modificaba mi +insensibilidad y mi idea personal.</p> + +<p>Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scévola, yo terminaba así:</p> + +<p>—Quemó su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que +prueba que no era sino un imbécil.</p> + +<p>El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se +estremecía de indignación:</p> + +<p>—¡Un imbécil, señorita! ¿y porqué?</p> + +<p>—Porque la pérdida de su mano no reparaba su error—respondíale,—que +por ello Pórsena no quedaba ni más ni menos vivo, ni resucitaba el +secretario.</p> + +<p>—Bien, chiquita; pero Pórsena se asustó y levantó el sitio +inmediatamente.</p> + +<p>—Eso, señor cura, no prueba sino que Pórsena era un mandria.</p> + +<p>—Concedido. Pero Roma quedaba libre, y ¿gracias a quién? ¡gracias a +Scévola, gracias a su acto heroico!</p> + +<p>Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo +chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scévola, se exaltaba y +afanaba para hacerme apreciar a su héroe.</p> + +<p>—Sostengo lo que he dicho—replicaba yo tranquilamente;—no era más que +un imbécil y un gran imbécil.</p> + +<p>El cura exclamaba sofocado:</p> + +<p>—Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los niños pretenden +raciocinar.</p> + +<p>—Señor cura, vos mismo me habéis enseñado el otro día, que la razón es +la más bella facultad del hombre.</p> + +<p>—Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra +parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas.</p> + +<p>—Señor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido.</p> + +<p>Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreñaba el pelo con +energía, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada +de blanco.</p> + +<p>—Haces mal en discutir tanto, hijita mía—decíame algunas veces;—es un +pecado de orgullo. No seré siempre yo quien te conteste, y cuando estés +en lucha con la vida sabrás que no se discute con ella, sino que se la +sufre.</p> + +<p>Mas me importaba un bledo la vida. Tenía un cura para ejercitar mi +lógica y esto me bastaba.</p> + +<p>Cuando le había fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzábase en +dar a su fisonomía una severa expresión, pero se veía obligado a +renunciar a su proyecto, porque su boca risueña siempre, rehusaba en +absoluto obedecerle. Entonces me decía:</p> + +<p>—Señorita de Lavalle, repasará usted sus emperadores romanos, y trate +de no confundir a Tiberio con Vespasiano.</p> + +<p>—Dejemos a esos individuos, señor cura—respondíale yo;—me aburren. +¿No sabéis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habrían asado vivo, +o arrancado la lengua y las uñas, o picado en pedacitos menuditos, +menuditos, como picadillo de pastel?</p> + +<p>Ante tan lúgubre cuadro, estremecíase ligeramente el cura y se iba a +paso rápido y breve, sin dignarse responderme.</p> + +<p>Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba señorita de Lavalle. +Este ceremonioso nombre era la más viva manifestación de su enojo, y yo +sentía remordimientos hasta que le volvía a ver de nuevo con los +cabellos al viento y la sonrisa en los labios.</p> +<hr /> + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II.</h3> + + +<p class="non"><span class="letra">M</span><span class="smcap">i</span> +tía me maltrató mientras fui chica y yo tenía tal miedo de sus golpes +que la obedecía sin discutir.</p> + +<p>Hasta el día en que cumplí diez y seis años me pegó aún, pero fue por +última vez.</p> + +<p>A partir de ese día, fecundo para mi en acontecimientos íntimos, estalló +de pronto una revolución que rugía sordamente en mi espíritu desde hacía +algunos meses, y cambió completamente mi modo de ser para con mi tía.</p> + +<p>Por aquel tiempo el cura y yo repasábamos la historia de Francia, que me +jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y +restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible.</p> + +<p>Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneración, y sin +embargo, no quería a Francisco I. Esta antipatía era tanto más singular, +cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular.</p> + +<p>Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasión de +criticarle; así es que por espíritu de contradicción lo elegí yo por +favorito.</p> + +<p>El día a que me he referido más arriba, debía yo dar la lección +concerniente a mi amigo. Largo tiempo revisé la víspera buscando algún +medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no +podía hacer más que citar las expresiones de mi historia, al emitir +opiniones que se apoyaban más en una impresión que no en un +razonamiento.</p> + +<p>Hacía una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atravesó +mi mente una brillante idea.</p> + +<p>—¡La biblioteca!—exclamé.</p> + +<p>E inmediatamente atravesé corriendo un largo pasadizo y penetré por +primera vez en una pieza de regular tamaño enteramente atestada de +estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues +hilos de una multitud de telarañas.</p> + +<p>Esta pieza comunicaba con los departamentos que después de la muerte de +mi tío, se habían cerrado para no abrirse más, y olía de tal modo a +tasto y moho que casi me asfixié. Apresureme a abrir la ventana, que era +muy pequeña, no tenía postigos ni persianas y daba sobre el jardín; en +seguida procedí a mis investigaciones. Mas ¿cómo descubrir a Francisco I +en medio de todos aquellos volúmenes?</p> + +<p>Ya iba a abandonar la partida, cuando el título de un librito me hizo +prorrumpir en un grito de alegría.</p> + +<p>Eran las biografías de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive. +Tenía adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I, +vestido con el espléndido traje de los Valois. Lo examiné con asombro.</p> + +<p>—¿Y es posible—me dije,—que haya hombres tan lindos como éste?</p> + +<p>El biógrafo, que no participaba de la antipatía del cura por mi héroe, +hacía sin ninguna restricción el elogio de su belleza, de su valor, de +su espíritu caballeresco y de la inteligente protección que diera a las +letras y a las artes.</p> + +<p>Terminaba con dos líneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba +completamente y era que:</p> + +<p>«Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres. +Y que prefirió grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu, +a quien dio el condado de Etampes, que erigió en ducado para serle +agradable.»</p> + +<p>De estas pocas palabras, saqué yo las siguientes conclusiones: Primero, +como había descubierto desde hacía un mes que mi existencia era +monótona, que me faltaban muchas cosas, que la posesión de un cura, una +tía, conejos y gallinas no constituían la felicidad, colegí que una vida +alegre era evidentemente el reverso de la mía, y por consiguiente +Francisco I había dado, eligiéndola, pruebas de mucho juicio.</p> + +<p>Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la +caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres.</p> + +<p>Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi +también me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado +erigido en ducado, para serme agradable.</p> + +<p>—¡Bravo!—exclamé lanzando el libro hasta el techo y recogiéndolo +inmediatamente. Ya tengo con qué confundir al cura y convertirlo a mi +opinión.</p> + +<p>Por la noche releí en mi cama la pequeña biografía.</p> + +<p>—¡Qué hombre tan simpático este Francisco I!—me dije.—Mas ¿porqué el +autor habla sólo de su afecto a las mujeres? ¿Porqué no ha puesto que +quería también a los hombres? En fin, después de todo, cada cual tiene +sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi tía, pienso que +voy a preferir considerablemente a los hombres.</p> + +<p>Luego recordé que el biógrafo era de sexo masculino, y pensé que sin +duda habría tenido por cortés, amable y modesto, dejarse en el tintero y +pasar en silencio a sus congéneres.</p> + +<p>Y me dormí sobre esta luminosa idea.</p> + +<p>Levanteme contentísima al día siguiente.</p> + +<p>En primer lugar tenía diez y seis años, después la personita que se +miraba al espejo, tenía una carita que no le disgustaba; luego hice dos +o tres piruetas pensando en la estupefacción del cura ante mi nueva +ciencia.</p> + +<p>Cuando llegó, rosado y risueño, hacía mucho tiempo que llevada por mi +impaciencia me había instalado junto a la mesa. Al verle, me latió el +corazón, como late el de los grandes capitanes la víspera de una +batalla.</p> + +<p>Veamos, hija mía—me dijo así que hubo corregido los deberes y esbozado +una mueca al notar su laconismo,—pasemos a Francisco I y examinémosle +bajo todas sus faces.</p> + +<p>Arrellanose cómodamente en el sillón, tomó con una mano la tabaquera y +con la otra su pañuelo, y mirándome de soslayo, preparose a sostener la +discusión que preveía.</p> + +<p>Yo me lancé de golpe a mi asunto; me agité, me animé, me entusiasmé e +hice incapié sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de lo +cual pasé a mis conocimientos particulares.</p> + +<p>—¡Y qué hombre más encantador señor cura! ¡Su porte era majestuoso, su +fisonomía noble y hermosa; tenía una barba tan bonita, recortada en +punta y unos ojos tan lindos!</p> + +<p>Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado, +enderesándose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajas +de cartón, exclamó:</p> + +<p>—¿De dónde ha sacado usted todas esas tonterías, señorita?</p> + +<p>—Ese es mi secreto—repliqué yo con una sonrisita misteriosa.</p> + +<p>Y quemando mis navíos:</p> + +<p>—Señor cura: yo no sé lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco +I. ¿No sabéis que tenía mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba +prodigiosamente a las mujeres.</p> + +<p>Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos +reventar.</p> + +<p>—¡San Miguel, San Bernabé!—exclamó dejando caer su tabaquera con un +ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona saltó a tierra con +un desesperado maullido.</p> + +<p>Mi tía que dormía, se despertó sobresaltada y gritó:</p> + +<p>—¡Ah, bestia!</p> + +<p>Dirigiéndose a mi, y no al gato y sin saber de qué se trataba. Pero este +epíteto componía invariablemente el exordio y la peroración de todos sus +discursos.</p> + +<p>Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, quedé algo +confusa ante la fisonomía, verdaderamente extraordinaria del cura.</p> + +<p>Pero no tardé en continuar imperturbablemente:</p> + +<p>—Amó especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. ¡Confesad, +señor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse +en lugar de Ana de Pisseleu!</p> + +<p>—¡Santa Madre de Dios!—murmuró el cura con una voz sin fuerzas,—esta +niña está poseída.</p> + +<p>—¿Qué hay?—gritó mi tía, traspasándose el rodete con una de sus agujas +de tejer.—Échela afuera si se permite impertinencias.</p> + +<p>—Hijita mía—continuó el cura—¿dónde has aprendido lo que acabas de +decir?</p> + +<p>—En un libro—respondí lacónicamente, sin nombrar la biblioteca.</p> + +<p>—¿Y cómo puedes repetir tales abominaciones?</p> + +<p>—¡Abominaciones!—interrumpí escandalizada;—¿qué señor cura, os parece +abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? ¿Que +vos no las amáis?</p> + +<p>—¿Que dice? rugió mi tía, que habiéndome escuchado atentamente desde +hacía unos instantes, sacó de mi pregunta los pronósticos más +desastrosos. ¡Desfachatada! sin...</p> + +<p>—¡Calma, señora, calma!—interrumpió el cura, a quien parecía que en +aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme.</p> + +<p>—Déjeme usted explicarme con Reina. Veamos, ¿qué encuentras digno de +alabanza en la conducta de Francisco I?</p> + +<p>—¡Caramba! pues es bien simple—respondí con tono desdeñoso, pensando +que mi cura envejecía y empezaba a comprender con dificultad.—Todos los +días me predicáis el amor al prójimo, y me parece que Francisco I ponía +en práctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prójimo como a ti +mismo, por amor de Dios.</p> + +<p>No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el +que gruesas gotas de sudor corrían, echose hacia atrás en su sillón y +con ambas manos sobre el vientre, se entregó a una homérica risa, que +duró tanto, que me hizo saltar lágrimas de contrariedad y de despecho.</p> + +<p>—Por cierto—añadí, con temblorosa voz,—he sido bien tonta en +fatigarme para estudiar mi lección y haceros admirar a Francisco I.</p> + +<p>—Mi buena hijita—díjome por fin, recobrando su seriedad y empleando su +expresión favorita cuando estaba contento de mi,—lo que me extrañó +mucho, mi buena hijita, no sabía que profesaras tal admiración por las +personas que practican la caridad.</p> + +<p>—En todo caso, eso no es un motivo de risa—respondíle bruscamente.</p> + +<p>—Vamos, vamos, no nos enojemos.</p> + +<p>Y el cura aplicándome una palmadita en la mejilla, abrevió mi lección, +me dijo que vendría al día siguiente y dirigiose a confiscar la llave de +la biblioteca, que yo ignoraba conociese.</p> + +<p>No había aún el cura salido del patio, cuando mi tía se abalanzó sobre +mi sacudiéndome el hombro hasta la dislocación.</p> + +<p>—¡Bachillera, atrevida!—voceó,—¿qué has hecho para que el cura se +haya ido tan pronto?</p> + +<p>—¿Por qué se enfada usted—le repliqué,—si no sabe de lo que se trata?</p> + +<p>—¡Ah! ¿Conque yo no sé? ¿Conque no he oído lo que le decías al cura, +desfachatada?</p> + +<p>Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su cólera, me dio +una bofetada, me pegó con fuerza, y me echó como a un perrillo.</p> + +<p>Corrí a mi cuarto y me atrincheré sólidamente. Lo primero que hice fue +quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y +flacos de mi tía habían dejado marcas azules en mis hombros.</p> + +<p>—¡Ah, vil esclava!—me dije mostrándole los puños a mi imagen en el +espejo,—¿soportarás por más tiempo semejantes cosas? ¿Será posible, que +por cobardía, no te atrevas a sublevarte?</p> + +<p>Durante un rato me reprendí duramente; vino luego la reacción, caí sobre +una silla y lloré mucho.</p> + +<p>—¿Qué he hecho yo—pensaba, para que me trate así? ¡Qué odiosa +mujer!—Y en seguida:—¿por qué ponía el cura una cara tan chusca, +mientras yo recitaba mi lección?</p> + +<p>Y me eché a reír mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Pero +por más que intenté profundizar este problema, no di con la solución.</p> + +<p>Púseme después a contemplar melancólicamente el jardín, por la ventana +abierta, e iba ya recobrando mi sangre fría, cuando me pareció reconocer +la voz de mi tía que conversaba con Susana. Me incliné un poco para +escuchar la conversación.</p> + +<p>—Usted hace mal—decía Susana,—la pequeña ya no es una niña. Si usted +la maltrata, se quejará al señor de Pavol, que se la llevará.</p> + +<p>—No faltaba más. Pero ¿cómo quiere usted que piense en su tío? Apenas +sabe que existe.</p> + +<p>—¡Bah! la pequeña es avisada; le bastará un momento de memoria, para +enviaros a paseo, si la mortificáis, y sus buenas rentas desaparecerán +con ella.</p> + +<p>—¡Ah! tenéis razón... No le pegaré más, pero...—Se alejaban y no oí el +final de la frase.</p> + +<p>Después de la comida, a la que no quise asistir, salí en busca de +Susana.</p> + +<p>Susana había sido amiga de mi tía, antes de ser su cocinera. Reñían diez +veces al día, pero ninguna de las dos podía pasarse sin la otra.</p> + +<p>No se me creerá con facilidad, si digo que Susana quería sinceramente a +mi tía; sin embargo, es la pura verdad.</p> + +<p>Mas si perdonaba a mi tía su elevación en la escala social, se +desquitaba sin duda alguna con el prójimo, con las circunstancias y con +la vida, porque refunfuñaba siempre.</p> + +<p>Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos, vestía +constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca +fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginación como la de +la lechera de la fábula.</p> + +<p>—Susana—díjele colocándome delante de ella, con aire +resuelto,—¿conque yo soy rica?</p> + +<p>—¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita?</p> + +<p>—Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me +digas dónde vive mi tío de Pavol.</p> + +<p>—¡Quiero, quiero!—rezongó Susana,—se acabó la niña a fe mía. Ídos a +pasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé.</p> + +<p>—Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído lo que +decías a mi tía, no hace mucho.</p> + +<p>—Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de hacerme +hablar.</p> + +<p>Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis +preguntas.</p> + +<p>Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho tiempo de +codos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la luna, las +estrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable resolución de +no dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía en adelante, y de +emplear todo mi ingenio en desagradarla.</p> + +<p>Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al mismo +tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces. +Comprendí que ya no era la misma, y me dormí consolada.</p> + +<p>Esa noche soñé que mi tía, transformada en dragón, luchaba contra +Francisco I, que la partía con una gran espada. Me tomaba entre sus +brazos y huía conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado, +enjugándose el rostro con su pañuelo a cuadros. Torcíalo en seguida con +todas sus fuerzas y caía el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera +empapado en el arroyo.</p> + +<hr /> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III.</h3> + + +<p class="non"><span class="letra">N</span><span class="smcap">o</span> +bien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo, +abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia +en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.</p> + +<p>—¿Qué hay? ¿Fuego?—interrogó mi tía.</p> + +<p>—No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa. La vaca ha +ido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo no +puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en +la huerta.</p> + +<p>—¡En la huerta!—exclamó mi tía que se levantó lanzándome una colérica +mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto +de sus únicos amores.</p> + +<p>—¡Mis lindos capones!—gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unir +su nota sombría a la nota chillona de su ama.</p> + +<p>—¡Ah, piel de Judas!—gritó mi tía.</p> + +<p>Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un +golpazo.</p> + +<p>—Señor cura—dije yo inmediatamente,—¿creéis que en el universo entero +haya otra mujer tan abominable como mi tía?</p> + +<p>—¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?</p> + +<p>—¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!</p> + +<p>—¡Pegado!—repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecía +que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan +delicado como mi persona.</p> + +<p>—¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.</p> + +<p>Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado.</p> + +<p>—Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo—exclamó +precipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojos +hacia las puntas de sus zapatos.</p> + +<p>—¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seis +años!—y continué yo abrochando mi bata.—¿Sabéis que la detesto?</p> + +<p>Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante.</p> + +<p>—Veamos, veamos, mi buena hijita—díjome conmovido el cura,—cálmate y +cuéntame lo que tú le hiciste.</p> + +<p>—Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobre +mi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!</p> + +<p>—Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.</p> + +<p>—¡Sí, está fresca!—exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndome +a pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás!</p> + +<p>Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de manera +que continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogro +y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una +de las botas de siete leguas.</p> + +<p>—Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta +humillación con espíritu de penitencia, por tus pecados.</p> + +<p>—¡Mis pecados!—repliqué, deteniéndome y alzando levemente los +hombros,—bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tan +pequeños, que no vale la pena hablar de ellos.</p> + +<p>—¡De veras!—dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.—Entonces, +ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor +de Dios.</p> + +<p>—¡Oh, no, a fe mía!—le repliqué decididamente.—Quiero amar a Dios, +pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al verme +desgraciada.</p> + +<p>—¡Qué cabeza!—exclamó el cura.—¡Bonita educación la mía!</p> + +<p>—En fin—continué yo, emprendiendo la marcha nuevamente,—quiero +vengarme, y me vengaré.</p> + +<p>—Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame.</p> + +<p>—La venganza es el placer de los dioses,—proseguí yo, dando un salto +para cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza.</p> + +<p>—Vamos, hijita, hablemos con seriedad.</p> + +<p>—Pero si yo hablo seriamente—respondí, deteniéndome delante de un +espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación me +sentaba.—Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tía +como Judith a Holofernes.</p> + +<p>—¡Esta chica está hidrófoba!—exclamó desolado el cura.—Estese un +momento quieta, señorita, y no diga disparates.</p> + +<p>—Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía ni +un céntimo.</p> + +<p>Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada +de rapé en sus fosas nasales.</p> + +<p>—Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se +coloque.</p> + +<p>—¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porque +libertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente lo +que yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo que +están muertos y enterrados... ¿y os parece mal que haga lo mismo por mi +propia libertad? ¡Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!—añadí, +girando varias veces sobre mis talones.</p> + +<p>—Veo que tienes buena opinión de ti—respondió el cura, que hacía +esfuerzos por tomar severo aspecto.</p> + +<p>—¡Ah, excelente!</p> + +<p>—Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme?</p> + +<p>—Estoy cierta—continué yo, siguiendo mi idea,—de que Holofernes era +infinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendido +con él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediría +imitar a Judith.</p> + +<p>—¡Reina!—exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie.</p> + +<p>—No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré a +mi tía, tengo otro medio de vengarme.</p> + +<p>—Cuéntame eso—dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caer +sobre un canapé.</p> + +<p>Yo me senté a su lado.</p> + +<p>—Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol?</p> + +<p>—Sí, por cierto. Vive cerca de V***</p> + +<p>—Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad?</p> + +<p>—El Pavol.</p> + +<p>—Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V*** +¿llegaría la carta?</p> + +<p>—Sin duda.</p> + +<p>—Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mi +tía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos?</p> + +<p>—Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?—díjome +escandalizado el cura.</p> + +<p>—Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo que +afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol, +y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío, +y no estoy muy lejos—continué después de un instante de reflexión,—de +hacerlo el día menos pensado.</p> + +<p>—¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente—dijo sonriendo el buen cura.</p> + +<p>—¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!—exclamé batiendo palmas.</p> + +<p>—Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debe +pegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas +sino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tiene +defectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.</p> + +<p>Yo hice una mueca petulante.</p> + +<p>—No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, os +prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme.</p> + +<p>—¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré por +enfadarme.</p> + +<p>—Es más que una insubordinación—repliqué gravemente,—es una +revolución.</p> + +<p>—¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!—murmuró el +cura.—Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi +autoridad.</p> + +<p>—Escuchad—proseguí con zalamería,—os quiero con todo mi corazón, aun +más; sois la única persona que quiero en el mundo.</p> + +<p>La faz del cura se dilató radiante.</p> + +<p>—Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto. +Tengo mucho más talento que ella...</p> + +<p>Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con una +mordaz exclamación.</p> + +<p>—No protestéis—proseguí yo, mirándole de soslayo,—bien sabéis que +sois de mí misma opinión.</p> + +<p>—¡Qué educación, qué educación!—murmuró el cura con tono lastimero.</p> + +<p>—Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o temprano +nos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho más +talento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anoche +me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a +las estrellas por testigo.</p> + +<p>—Hija mía—díjome con seriedad el cura,—no me quieres oír, y te +arrepentirás.</p> + +<p>—¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yo +quien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con +vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte; +tengo marcas negras en los hombros.</p> + +<p>Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, no +tuvo tiempo para contestarme.</p> + +<p>—Ven acá, Reina—gritó ella, con la faz amoratada por la ira y la +desordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos.</p> + +<p>Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de +inteligencia a mi aliado.</p> + +<p>—Os dejo con el cura.</p> + +<p>Felizmente la ventana estaba abierta.</p> + +<p>Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín, +con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta para +cortarme la retirada.</p> + +<p>Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondida +detrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendo +los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía.</p> + +<p>Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perro +a quien se le arrebata un hueso.</p> + +<p>Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato, +arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y +por último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó una +botella y la tiró por la ventana.</p> + +<p>Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se había +servido y lo lancé detrás de la botella.</p> + +<p>—¡Ah miserable pilla!—vociferó mi tía, lanzándose sobre mí.</p> + +<p>—No se me acerque—le dije retrocediendo;—si me llega a tocar, esta +noche misma escribo a mi tío de Pavol.</p> + +<p>—¡Ah!...—dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido.</p> + +<p>—Si no es esta noche—proseguí,—será mañana o pasado, porque no quiero +que se me pegue.</p> + +<p>—Tu tío no te creerá—gritó mi tía.</p> + +<p>—¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mis +hombros. Sé que es muy bueno y me iré con él.</p> + +<p>No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío, +puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y última +vez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a su +respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.</p> + +<p>Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazos +de Susana.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">D</span><span class="smcap">eclarada</span> estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo en +luchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía a +abrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que el +cura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antes +de que hubiese concluido mi frase.</p> + +<p>Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatana +por naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamente +insuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta voz +conmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante del +espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.</p> + +<p>¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mis +pensamientos íntimos!</p> + +<p>No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia +enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no +especifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que los +individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus +cualidades externas.</p> + +<p>Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De la +influencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre».</p> + +<p>No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que de +ninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte, +Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran +felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso, +cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correría +tras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con un +tantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gusto +por la contradicción para no convenir que estas cualidades no son la +distintiva de las mencionadas filosofías. Mas no hallando +suficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome con +profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en él +todos los días por espíritu de gratitud.</p> + +<p>Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaraces +y bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra por +mucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie es +perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que +no es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algo +peor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos.</p> + +<p>Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente con +mis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante de +mi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comida +discusiones que amenazaban degenerar en tempestades.</p> + +<p>Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que era +ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando +apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte, +jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadas +de mi propia mente. Desgraciadamente, érame imposible luchar contra su +experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de +tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unos +agentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada. +Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes con +quienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea del +género humano, en las circunstancias comunes de la vida.</p> + +<p>Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivos +secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación +(exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues no +oponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía.</p> + +<p>La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un +capón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.</p> + +<p>El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciar +el arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando su +apetito.</p> + +<p>Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación era +no menos invariable que la lista de la comida.</p> + +<p>—Hace buen tiempo—adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no se +modificaba sino en el adjetivo.</p> + +<p>—¡Espléndido!—respondía alegremente el cura,—da gusto caminar con un +sol tan hermoso.</p> + +<p>Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre, +del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándose +sobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando el +encanto de un buen fuego.</p> + +<p>—Pero no hace calor—continuaba mi tía,—y ¡es sorprendente! en mi +tiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco!</p> + +<p>—¿Os sentaban los trajes blancos?—preguntábale yo rápidamente.</p> + +<p>Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía una +mirada preventiva antes de responder:</p> + +<p>—Sí, por cierto; bastante.</p> + +<p>—¡Oh!—exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cerca +de mi íntima convicción.</p> + +<p>—Y en mi tiempo—continuaba,—las niñas no hablaban sino cuando se les +dirigía la palabra.</p> + +<p>—Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía?</p> + +<p>—Cuando me hacían alguna pregunta y nada más.</p> + +<p>—¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía?</p> + +<p>—Sí, por cierto, sobrina.</p> + +<p>—¡Qué época horrible!—suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.</p> + +<p>Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseaba +sus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel, +evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza.</p> + +<p>Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hasta +el momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por los +esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometida +a excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera. +Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba, +al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes y +huesos machacados, sino de monstruos de toda especie.</p> + +<p>—Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,—decía en el idioma +armonioso y elegante que le era peculiar.</p> + +<p>El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer, +bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición.</p> + +<p>—¡Herejes, bandidos!—proseguía mirándome con un aire terrible, como si +yo hubiese pertenecido a la especie en cuestión.</p> + +<p>—¡Hum!—hacía el cura.</p> + +<p>—¡No piensan más que en gozar y en comer!—continuaba mi tía, que se +acordaba de la miseria que le había legado su marido.—¡Agentes del +diablo!</p> + +<p>—¡Hum, hum!—proseguía el cura, moviendo la cabeza.</p> + +<p>—¡Señor cura!—exclamaba yo impaciente—¡hum, hum! no es un argumento +muy convincente.</p> + +<p>—Permitidme, permitidme—contestaba el buen hombre, perturbado en el +saboreo de su comida;—creo que la señora de Lavalle va más allá de su +idea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también es +cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran +confianza.</p> + +<p>—Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?—decía yo +con mi airecito cándido.</p> + +<p>—¡Voto a bríos!—exclamaba mi tía, que había substituido algunas +palabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que +le parecía muy aristocrática—¡voto a bríos! ¡cállate, necia!</p> + +<p>Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora se +mordía los labios.</p> + +<p>—¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y vuestros +romanos?</p> + +<p>—¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!—replicaba el +cura convencido de que decía una gran verdad.</p> + +<p>—¿Y los curas?—continuaba yo.</p> + +<p>—Los curas están fuera de combate—respondíame con bondadosa sonrisa.</p> + +<p>Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba del +privilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundo +de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, me +estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fuese +absolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y que +corría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.</p> + +<p>Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme la +idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los +días: Juan el quintero, Petrilla y Susana.</p> + +<p>Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciaciones +debían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la +dejé para postre.</p> + +<p>Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta, +situada a un kilómetro de la casa.</p> + +<p>Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juan +que limpiaba su arado.</p> + +<p>—¡Buen día, Juan!</p> + +<p>—¡Buen día, señorita!—contestó Juan, quitando su bonete de lana, lo +que permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta +era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban +sometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio.</p> + +<p>—Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante—díjele, +haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia que +yo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba.</p> + +<p>—Mande usted, señorita.</p> + +<p>—Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensa +usted a este respecto, Juan?</p> + +<p>—¡Unos bandidos!—repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibiera +un monstruo delante de sí.</p> + +<p>—Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted.</p> + +<p>—¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser.</p> + +<p>—Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no, +que los hombres sean generalmente unos bandidos?</p> + +<p>Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, lo +que es signo seguro de profunda meditación.</p> + +<p>Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y +decisiva:</p> + +<p>—Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede ser +que no.</p> + +<p>—¡Cernícalo!—díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez.</p> + +<p>Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto toda +su persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro.</p> + +<p>Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan +y de mí misma.</p> + +<p>—¡Petrilla, ven!—grité.</p> + +<p>Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudió +inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos +y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según su +costumbre.</p> + +<p>—¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?—pregunele de pronto.</p> + +<p>—Acerca de los hom...</p> + +<p>Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomó +una punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posada +sobre la derecha mirándome de un modo embobado.</p> + +<p>—¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres?</p> + +<p>—Señorita, usted sin duda quiere jugar.</p> + +<p>—No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.</p> + +<p>—¡Caramba! señorita—respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre sus +piernas,—si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo más +desagradables.</p> + +<p>Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar.</p> + +<p>—No hablo de lo físico—proseguí yo, alzando los hombros,—sino de lo +moral.</p> + +<p>—Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto—respondió Petrilla, +brillándole los ojos.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?</p> + +<p>Petrilla se echó a reír a carcajadas.</p> + +<p>—Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...</p> + +<p>Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza. Torció su +delantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las de +Villadiego.</p> + +<p>—¿Y después? ¡Termina!</p> + +<p>—Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.</p> + +<p>Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en las +profundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz.</p> + +<p>—¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir a +Susana; lo que falta es que no quiera hablar.</p> + +<p>Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla +funcionar activamente.</p> + +<p>Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que sería +conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi +pregunta.</p> + +<p>—¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!—díjele con amabilidad.</p> + +<p>—Se hace lo que se puede—refunfuñó Susana,—y a quien no le guste, que +se queje.</p> + +<p>—Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo, ¿quieres +enseñarme a hacerlo?</p> + +<p>—Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos y +dejadme tranquila en mi cocina.</p> + +<p>No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuego +hacia otro punto.</p> + +<p>—¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tu +juventud? En tanto—pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su +marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.</p> + +<p>Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme.</p> + +<p>—Todos tenemos nuestra primavera, señorita.</p> + +<p>—Susana—proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura para +llegar más rápidamente a mi objeto,—tengo ganas de hacerte una +pregunta...</p> + +<p>—¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?—añadí +pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre +ambos sexos.</p> + +<p>Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y me +respondió con una convicción contundente:</p> + +<p>—Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.</p> + +<p>—¡Oh!—protesté yo, ¿estás segura de ello?</p> + +<p>—Tan cierto, como que os lo digo, señorita.</p> + +<p>Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por +tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran +representado a los bípedos, blanco de su antipatía.</p> + +<p>Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado por +Susana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y que +a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor +del cero.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">S</span><span class="smcap">in</span> embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí +continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.</p> + +<p>Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** +Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y +fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba +más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba +más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones +traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de +carromato, que en el lugar llamaban <i>maringola</i>. Aparecía mi tía de +tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro +negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta +desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor +o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento +la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin +llevar sobre sí el cuero de algún animal.</p> + +<p>Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas +de su origen.</p> + +<p>Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía +un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del +individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.</p> + +<p>Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, +colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su +lado.</p> + +<p>Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.</p> + +<p>—¡No hagas travesuras—decía mi tía,—y cuidadito con ir a la huerta!</p> + +<p>—¡No me revuelva la cocina!—gritaba Susana,—y para almorzar, +conténtese con la ternera fiambre.</p> + +<p>El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto +que quería decir:</p> + +<p>—Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.</p> + +<p>Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos +sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como +árganas.</p> + +<p>Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás +maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave +ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para +desalentarme por tan poco.</p> + +<p>Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la +biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla +sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí +un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los +pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura +aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.</p> + +<p>Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al +otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.</p> + +<p>Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había +sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja +escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer +el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres +infructuosas experiencias di con lo que buscaba.</p> + +<p>Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la +fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de +mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en +frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi +cuarto, como si hubiera sido un tesoro, <i>La linda joven de Perth</i>.</p> + +<p>En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un +arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos +sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la +impresión que me hizo la lectura de <i>La linda joven de Perth</i>.</p> + +<p>Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se +saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más +bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un +modo ideal la obra de su corazón y de su mente.</p> + +<p>El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba +conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi +inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me +entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y +de movimiento.</p> + +<p>Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con +nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.</p> + +<p>Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo +me había pasado aquel accidente.</p> + +<p>—¿Accidente?—exclamé sorprendida.</p> + +<p>—Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.</p> + +<p>—La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera—observó mi +tía.</p> + +<p>—Sí, a una escalera—respondí,—es verdad.</p> + +<p>—¡Pobrecita!—exclamó el cura desolado,—y ¿caíste de boca?</p> + +<p>Yo hice una inclinación afirmativa.</p> + +<p>—¿Y te has puesto árnica, hijita?</p> + +<p>—¡Bah, no vale la pena!—prosiguió mi tía;—comed vuestra sopa, señor +cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.</p> + +<p>El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó +furtivamente.</p> + +<p>Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba +en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien +me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor +preámbulo estallé en sollozos.</p> + +<p>—¡Dios mío!—exclamó el cura levantándose rápidamente.—¡Querida +Reinita, mi buena hijita!</p> + +<p>—No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.</p> + +<p>Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante +orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por +ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó +en consolarme.</p> + +<p>—No es nada, mi bueno y querido cura—díjele yo enjugando mis lágrimas +y echándome a reír.—Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y +luego, debo estar horrorosa.</p> + +<p>—Como de costumbre—dijo mi tía.</p> + +<p>El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi +explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me +aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda +diligencia.</p> + +<p>Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto +que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de +fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que +era inútil tratar de analizarlo.</p> + +<p>Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter +Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías +reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si +han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi +inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.</p> + +<p>Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me +olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los +personajes que excitaban mi imaginación.</p> + +<p>Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien +había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de +historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los +que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y +cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en +confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy +Robsart.</p> + +<p>—¿Qué has estudiado hoy?—preguntábame al llegar.</p> + +<p>—Nada.</p> + +<p>—¿Cómo nada?</p> + +<p>—Me fastidia el estudio—decía yo con tono cansado.</p> + +<p>El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los +espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera +dirigido a un piel roja.</p> + +<p>Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba, +desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.</p> + +<p>Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de +herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era +fea.</p> + +<p>Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más +confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con +las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan +lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para +ser amada.</p> + +<p>El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con +desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido +de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para +lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.</p> + +<p>Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de +no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la +cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que +nunca, producía el efecto de un penacho.</p> + +<p>Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca +de mi:</p> + +<p>—Volveré con la llave.</p> + +<p>Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir +mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.</p> + +<p>Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y +las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar +de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que +había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.</p> + +<p>Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el +origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en +usarla.</p> + +<p>Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal +disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo +inventaba.</p> + +<p>Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su +insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me +preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en +su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.</p> + +<p>—¡Qué fea está usted hoy, Reina!</p> + +<p>Yo salté en la silla.</p> + +<p>—Aquí tiene—le dije pasándole el salero.</p> + +<p>—No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.</p> + +<p>Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue +mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo +el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.</p> + +<p>—No soy de su opinión—le repuse secamente,—me encuentro muy linda.</p> + +<p>—¡Qué disparate!—exclamó mi tía.—¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto +de la estufa!</p> + +<p>—Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre +malogrado—repliquele.</p> + +<p>Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba +bromas al respecto.</p> + +<p>—He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos +nos llamaban unas diosas.</p> + +<p>—¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?</p> + +<p>—Mucho; éramos mellizas.</p> + +<p>—¡Qué desgraciado sería su marido!—dije yo con tono convencido.</p> + +<p>Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.</p> + +<p>—Al fin y al cabo—proseguí con calma,—usted tiene naturalmente el +gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...</p> + +<p>Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un +plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba +todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente +de toda su maldad para conmigo.</p> + +<p>—¡Es usted una serpiente!—exclamó con voz estrangulada.</p> + +<p>—No lo creo, mi tía.</p> + +<p>—¡Una serpiente!</p> + +<p>—Ya lo ha dicho,—respondí tranquilamente.</p> + +<p>—¡Una serpiente cobijada en mi seno!—repitió mi tía, que estaba +demasiado colérica para hacer gastos de imaginación.</p> + +<p>Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría +hallarme en semejante situación.</p> + +<p>—Permitidme—proseguí,—he estudiado ese animal en mi historia natural, +y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de +nadie.</p> + +<p>Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis +lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me +pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:</p> + +<p>—¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!</p> + +<p>Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas +partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; +en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia +ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de +una parva de heno.</p> + +<p>Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad +es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría +amarme así? Pero me consolaba leyendo <i>Peveril del Pic</i>. Era esta una de +mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa +de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.</p> + +<p>Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque +le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se +escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.</p> + +<p>—¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al +ver al cura de pie, delante de mí.</p> + +<p>Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan +consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus +diamantes trocados en avellanas.</p> + +<p>Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.</p> + +<p>—¡Oh, Reina!...—comenzó.</p> + +<p>—Mi querido cura—exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi +corazón,—¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!</p> + +<p>—Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.</p> + +<p>Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy +limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar +de asunto.</p> + +<p>—Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.</p> + +<p>—¿Desgraciada, Reina?</p> + +<p>—¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es +cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.</p> + +<p>¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus +sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de +verdad.</p> + +<p>—¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?</p> + +<p>—Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los +tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.</p> + +<p>Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el +alma.</p> + +<p>El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy +distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y +miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin +despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de +pecado.</p> + +<p>—Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se +desvanecen.</p> + +<p>—Entretanto, esas cosas existen—repliqué, coincidiendo, en el +pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de +Francia.</p> + +<p>—Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de +Lavalle.</p> + +<p>—¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?</p> + +<p>—Pero... sí—respondió el cura, con aire lastimoso.</p> + +<p>—¿Muy bonita?</p> + +<p>—Pero... sí—respondió en el mismo tono el cura.</p> + +<p>—¡Ah, qué contenta estoy!—exclamé saltando.—¡Cómo os quiero, señor +cura!</p> + +<p>—Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te +has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído +libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.</p> + +<p>—¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla +muy bien de él.</p> + +<p>Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo, +radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino +que escuchaba con interés lo que le refería.</p> + +<p>En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto, +le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.</p> + +<p>—Bien—me dijo,—te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo +lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer +más travesuras.</p> + +<p>Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto +para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la +misma opinión.</p> + +<p>Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue +desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en +el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no +conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en +el corazón o en la imaginación de las jóvenes.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">E</span><span class="smcap">ra</span> un domingo.</p> + +<p>Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el único +oficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente. Mi tía entraba +primero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrilla +cerraba la marcha.</p> + +<p>Nuestra iglesia era vieja y pobre.</p> + +<p>El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de moho +verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba +formado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a los +fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio +santificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornado +con figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se +las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa, +admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que a +ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sería +absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen +mi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente +perfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gusto +del hombre.</p> + +<p>Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces el +número crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba +según la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien +rugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de que +poseía una hermosa voz, que era imposible criticarle.</p> + +<p>El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio, +de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el busto +del cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacían +mueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo.</p> + +<p>Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como +que las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunos +pozos, llegaba al púlpito.</p> + +<p>Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la +superficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos, +en el curso de su existencia.</p> + +<p>Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, y +el cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de su +vida la posesión de un púlpito.</p> + +<p>Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mi +tía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sus +tímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se trataba +de dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de su +prójimo.</p> + +<p>A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos +en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.</p> + +<p>Una mañana le vi llegar fuera de sí.</p> + +<p>—Mi Reinita, ven, ven conmigo—exclamó.</p> + +<p>—¿A dónde, señor cura?</p> + +<p>—A la iglesia; ven pronto.</p> + +<p>—Pero a estas horas no hay misa.</p> + +<p>—Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.</p> + +<p>Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal +contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno +de los mejores recuerdos de aquel tiempo.</p> + +<p>No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de +colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:</p> + +<p>—¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un +púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante +bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de +nada, hijita, nunca.</p> + +<p>Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que mi +imaginación me había representado un púlpito, como algo de grande y +monumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja de +madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que, +hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños para +entrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; así +es que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas, +de quince centímetros de alto cada una.</p> + +<p>—Mira, Reina, mira qué buen efecto produce—decíame el cura.—Cuando +tenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lo +pintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad es +que pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiada +ambición.</p> + +<p>Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor del +púlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieran +sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel.</p> + +<p>A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía al +ensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su +felicidad sin preocupación alguna.</p> + +<p>—Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una +espléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo +declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que había +supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer +alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios +mío, haremos abstracción de él; he ahí todo.</p> + +<p>¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel +tiempo.</p> + +<p>Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la +esplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, y +de su espíritu algo infantil.</p> + +<p>—¡Si es que parece exactamente un púlpito!—decía riendo y +restregándose las manos.</p> + +<p>Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y me +extasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa +de la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, de +tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del +auditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos que +se agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso.</p> + +<p>Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito» que +tuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos.</p> + +<p>No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda para +echar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar +alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se +preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por +una tía y el aburrimiento de los sermones.</p> + +<p>No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero +un día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación, +le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se +propuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelante +contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros +vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.</p> + +<p>Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamos +sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamente +lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos +hacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por el +pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos +horribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales, +permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba +tranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el paso +triunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano.</p> + +<p>El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que +gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que +se bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con +sus flores retóricas.</p> + +<p>Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa, +Susana nos dijo:</p> + +<p>—Tendremos tormenta antes de que concluya el día.</p> + +<p>Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vida +monótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los +relámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidos +se sucedían con mucha rapidez.</p> + +<p>Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por el +jardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba con +melancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estaba +condenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía.</p> + +<p>Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primer +piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con +los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y +nos traían la tormenta anunciada por Susana.</p> + +<p>Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo que +me, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mi +que ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yo +nunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lo +menos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba en +silencio.</p> + +<p>Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un +rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo +alrededor del talle.</p> + +<p>Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:</p> + +<p>—¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.</p> + +<p>Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse +en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una +estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.</p> + +<p>Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar +entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al +sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a +quien hablar.</p> + +<p>Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura +enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado +de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal +aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y +observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.</p> + +<p>De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la +escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista +de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar +golpes de puño contra la puerta.</p> + +<p>Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese +instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no +demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus +gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para +guarecerse en el Zarzal.</p> + +<p>En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y +no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.</p> + +<p>Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos +produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo +nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba +por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes +facultades y hace estúpidos a los hombres superiores.</p> + +<p>Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos, +latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que +estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero +contento.</p> + +<p>—Señor cura—exclamó yo, corriendo hacia él,—hay un hombre en el +salón.</p> + +<p>—¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.</p> + +<p>—No, no señor cura, es un verdadero hombre.</p> + +<p>—¿Cómo, un verdadero hombre?</p> + +<p>—Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien +vestido. Entremos pronto.</p> + +<p>Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi +tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía +agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía +estar tan a sus anchas como en su propia casa.</p> + +<p>Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más +hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y +expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes +de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una +risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba +alegría y amor a la vida.</p> + +<p>Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos +presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como +para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el +nombre de Pablo de Couprat.</p> + +<p>—¡De Couprat!—exclamó el cura;—¿sois tal vez hijo del excelente +comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?</p> + +<p>—Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?</p> + +<p>—Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente +hombre!</p> + +<p>—Sé que mi padre es querido por todo el mundo—respondió el señor de +Couprat, con el rostro más radiante que nunca.—Y el comprobarlo es +siempre para mi una nueva dicha.</p> + +<p>—Pero—continuó el cura,—¿no sois pariente del señor de Pavol?</p> + +<p>—Exactamente: primo en tercer grado.</p> + +<p>—Pues he aquí a su sobrina—dijo el cura presentándome.</p> + +<p>A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de +Couprat expresaba alguna admiración.</p> + +<p>—Me felicito de conocer tan encantadora prima—díjome con aplomo y +tendiéndome la mano.</p> + +<p>Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi +mano entre la suya sin la menor turbación.</p> + +<p>—No primo, exactamente—dijo el cura narigueando su rapé con +júbilo;—el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era +una señorita de Lavalle.</p> + +<p>—No importa—exclamó el señor de Couprat,—no renuncio a nuestro +parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían +matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.</p> + +<p>Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre +nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión, +que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha +pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello +más que un recuerdo vago y casi desvanecido.</p> + +<p>Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela +que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo +héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, +tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en +una cualidad trascendental.</p> + +<p>Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis +imaginarios héroes.</p> + +<p>A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, +radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo +adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.</p> + +<p>Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, +y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a +compartir nuestra mesa.</p> + +<p>Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un +desenfado que me encantó.</p> + +<p>Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.</p> + +<p>—Susana—dije entrando con agitación en la cocina,—el señor de Couprat +come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?</p> + +<p>—¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!—refunfuñó Susana;—hay lo que hay y nada +más.</p> + +<p>—Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón será +bastante?</p> + +<p>—No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted.</p> + +<p>Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizo +admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla, +pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho en +trecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, y +ofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo.</p> + +<p>—¡Bravo!—dije yo.—Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Hay +mucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada!</p> + +<p>—Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parte +ese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es un +hombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den.</p> + +<p>—Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!—exclamé indignada.—Entonces +¿no lo has visto?</p> + +<p>—Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo he +oído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo la +puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, que +a mí...</p> + +<p>Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia, +pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de +chamuscar el pavo.</p> + +<p>Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar una +mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones. +¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tres +saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los +cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras +otra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de tal +modo que cada comensal tenía seguramente que dislocarse para alcanzarlo, +puesto que la mesa era enormemente ancha.</p> + +<p>Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que el +fantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría.</p> + +<p>Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben +tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de +adaptarse al medio en que se hallaba.</p> + +<p>Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar, +felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la +aparición del pavo.</p> + +<p>—Es preciso convenir, señor cura—dijo,—que la vida es una dulce +invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.</p> + +<p>—No hablemos mal de los filósofos—respondió el cura,—suelen tener +algo bueno.</p> + +<p>—Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si +fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los +filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que +así pudieran devorarse mejor.</p> + +<p>—¿Quién es Heráclito?—preguntó mi tía.</p> + +<p>—Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse +¡Dios mío! una cosa más ridícula?</p> + +<p>Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...</p> + +<p>—Tal vez—insinué yo,—viviera con varias tías, y eso le habría agriado +el carácter.</p> + +<p>El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una +carcajada.</p> + +<p>El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que +trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.</p> + +<p>—La historia, primita, no dice nada al respecto.</p> + +<p>—En todo caso—continué yo,—libraos de atacar a los antiguos; el señor +cura os arrancaría los ojos.</p> + +<p>—¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos +un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.</p> + +<p>—Permitid—dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a +sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi +opinión,—permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos +actos heroicos que...</p> + +<p>—¡Ilusiones, ilusiones!—interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos +pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con +increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos +más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!</p> + +<p>Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.</p> + +<p>Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable +velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos +con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.</p> + +<p>—Ya os había prevenido—nos dijo riendo,—que tenía una hambre de +caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.</p> + +<p>—¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!—exclamó mi tía que tenía la +habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no +debía decirse.</p> + +<p>—Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora—respondió +con toda seriedad mi nuevo primo.</p> + +<p>—¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.</p> + +<p>—Parece que sois completamente feliz—le dijo el cura restregándose las +manos.</p> + +<p>—¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, +veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?</p> + +<p>—Algunas veces—respondió sonriendo el cura.</p> + +<p>—¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, +porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe +es la tontera humana.</p> + +<p>—Pues he ahí una desgracia.</p> + +<p>—Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de +deducir que se le deba imitar.</p> + +<p>—Os gustan las paradojas ¿verdad?</p> + +<p>—No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa +de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo +suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que +descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y +pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un +defecto: el de acabarse tan pronto.</p> + +<p>El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía +miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que +había contado para banquetear durante algunos días.</p> + +<p>Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y +metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:</p> + +<p>—He hecho café; ¿lo traigo?</p> + +<p>—Quién te ha mandado...—comenzó mi tía.</p> + +<p>—Sí, sí—dije interrumpiéndola con vehemencia,—traelo en seguida.</p> + +<p>Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no +compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la +volvimos a ver en la sala.</p> + +<p>—Tenéis una excelente cocinera, prima mía,—dijo Pablo de Couprat, +paladeando su café.</p> + +<p>—Sí, pero tan rezongona...</p> + +<p>—Eso no es más que un detalle...</p> + +<p>—¿Y qué os parece mi tía?—le pregunté en tono confidencial.</p> + +<p>—Pero... bastante majestuosa—respondió de Couprat, algo en aprieto.</p> + +<p>—¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?</p> + +<p>—¡Reina!—murmuró el cura.</p> + +<p>—Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo +quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas +cualidades de mi tía.</p> + +<p>—Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base +de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido +común.</p> + +<p>—¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!</p> + +<p>—¡En cuánto a eso respondo de ello!—exclamó riendo,—y no tendríamos +necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo +mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.</p> + +<p>—No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por +las mujeres una acentuada antipatía.</p> + +<p>—¿De veras?—preguntó riendo,—¿conocéis los gustos de Francisco I?</p> + +<p>Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una +expresiva guiñada, como diciéndole:</p> + +<p>—No os asustéis; ya comprendo.</p> + +<p>Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para +interpretar su oculta significación.</p> + +<p>—A propósito de tío—dije luego—¿conocéis mucho al señor de Pavol?</p> + +<p>—Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.</p> + +<p>—¿Y qué tal es su hija?</p> + +<p>—Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro +años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.</p> + +<p>—¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!—exclamé.—Nos veríamos con +frecuencia.</p> + +<p>—¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais +más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción +de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, +no sé que tenga el más mínimo vicio.</p> + +<p>—Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto +las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una +mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.</p> + +<p>—Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.</p> + +<p>—Os lo perdono—le dije con vivacidad.—Según eso, ¿me halláis linda?</p> + +<p>Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era +preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión +neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el +principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi +pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso +de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no +sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.</p> + +<p>—¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos +ojos ni boca más bonita.</p> + +<p>—¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi +tía.</p> + +<p>—Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó +para ella la edad de la coquetería.</p> + +<p>—La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser +coqueta?</p> + +<p>—Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el +buen sentido de la palabra.</p> + +<p>—Vos no me habéis enseñado eso, señor cura—exclamé.</p> + +<p>El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de +las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba +su café, que le sabía a amargura.</p> + +<p>—El señor de Couprat se burla de ti.</p> + +<p>—¿Es cierto eso, primo?</p> + +<p>—De ninguna manera—respondió Pablo, que parecía que se divertía +grandemente.—Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no +es una mujer.</p> + +<p>—Pues entonces trataré de serlo.</p> + +<p>—Señorita de Lavalle—dijo el cura levantándose,—pasemos al salón.</p> + +<p>—¡Bah!—pensé,—ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada +malo.</p> + +<p>La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo +a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso, +seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que +su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.</p> + +<p>Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los +pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos; +sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis +pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.</p> + +<p>¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!</p> + +<p>De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó +caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y +de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis +hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto +nada más lindo.</p> + +<p>—Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera—me decía +yo,—¿cómo es posible ser tan tonta?</p> + +<p>Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. +Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente +nuestra conversación.</p> + +<p>Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba +en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta, +no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase +terciar entre nosotros.</p> + +<p>¡Qué velada tan agradable!</p> + +<p>Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta +el patio.</p> + +<p>Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose +a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:</p> + +<p>—Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.</p> + +<p>—¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?</p> + +<p>—Seguramente, y dentro de poco, según espero.</p> + +<p>Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana +tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un +placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia +de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme +a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del +cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente +dragón regordete y bondadoso.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">D</span><span class="smcap">espués</span> de la partida del señor de Couprat viví varios días en una +especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba +múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues +fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar +una cantidad de sensaciones.</p> + +<p>Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y +mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar +absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el +alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora +semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un +dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la +bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de +hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o +frívolos.</p> + +<p>Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos +sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y +contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía, +de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que +había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si +hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.</p> + +<p>Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones +hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma +por tan diversas fases?</p> + +<p>Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación +a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan +vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar +directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me +habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no +olvidar jamás.</p> + +<p>Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de +reposo, y a poco recaía en poder de ellas.</p> + +<p>Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar +ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi +hacerse la luz sobre un importante punto.</p> + +<p>Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora +del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.</p> + +<p>Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no +dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente +correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había +parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su +corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi +lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por +consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.</p> + +<p>Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy +bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la +simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por +Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo +quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras +que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de +Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos +misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni +sombra de mal.</p> + +<p>—Un cura—pensaba yo,—debe tener sobre el amor ideas erróneas y +extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin +embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y +tengo que saberlo.</p> + +<p>Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones +a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este +escabroso asunto.</p> + +<p>El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en +una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para +no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación +de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme +por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos +los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.</p> + +<p>Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún +tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se +afanaba en explicarme mis problemas.</p> + +<p>—Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y +aquí, dados <sup>2</sup>/<sub>5</sub> multiplicados por...</p> + +<p>—Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay +sobre la tierra?</p> + +<p>—No, Reina, ¿qué cosa?</p> + +<p>—El amor, señor cura.</p> + +<p>—¿De qué estáis hablando hija mía?—exclamó inquieto el buen anciano.</p> + +<p>—¡Oh! de algo que conozco perfectamente—respondí, sacudiendo la cabeza +con aire de suficiencia.—Lo que no me explicó es por qué no me habéis +hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.</p> + +<p>—He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas +que son puramente imaginarias.</p> + +<p>—¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que +se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!</p> + +<p>—Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar +de él.</p> + +<p>—¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!</p> + +<p>—Desgraciado de mi—exclamó el cura,—que tengo que habérmelas con +semejante cabeza.</p> + +<p>—No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo, +desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.</p> + +<p>—El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha +tomado por una chiquilina sin importancia.</p> + +<p>—Nada de eso—repliqué ofendida,—nada de eso, puesto que me ha besado +la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?</p> + +<p>—Vamos a ver—respondió el cura que estaba como sobre espinas.</p> + +<p>—Pues estuve a punto de saltarle al cuello.</p> + +<p>—¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.</p> + +<p>—Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no +se me hubiera ocurrido eso.</p> + +<p>—¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.</p> + +<p>—¡Oh! porque...</p> + +<p>Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de +reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar +una actitud que fuera conveniente.</p> + +<p>—Mi buen cura—le dije con voz insinuante,—si fueseis tan amable +como...</p> + +<p>—¿Qué más, Reina?</p> + +<p>—Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me +andan por la mente.</p> + +<p>Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una +gran resolución.</p> + +<p>—Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente +de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con +divagaciones.</p> + +<p>—Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso +mucho en el amor porque...</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo +hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con +todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se +trata del señor de Couprat?</p> + +<p>—¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?</p> + +<p>—Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi +mano, mientras que si fuerais vos...</p> + +<p>—Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas +nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.</p> + +<p>—¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que +llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata, +es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo, +y luego un cura no se puede casar nunca.</p> + +<p>—Sí, sí—respondió maquinalmente el cura.</p> + +<p>—Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?</p> + +<p>—Sin duda alguna, sin duda.</p> + +<p>—Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres +amen a varias mujeres.</p> + +<p>—Yo no sé eso—repúsome fastidiado el cura.</p> + +<p>—Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra +mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y +era casado.</p> + +<p>—Francisco I era un perdido—exclamó el cura exasperado,—y ese +Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.</p> + +<p>—Cada cual tiene su carácter—respondíle,—y no sé por qué se les haría +un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora +de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he +descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de +amar, como yo no...</p> + +<p>—¿Qué, Reina?</p> + +<p>—Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los +perdidos, porque Buckingham es lo más interesante...</p> + +<p>—Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de +hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.</p> + +<p>—¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay +tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño—continué como +soñando.—Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra +indignación?</p> + +<p>—Basta, Reina—dijo el cura fuera de sí.—Tienes un modo de formular +las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay +temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque +eres demasiado joven.</p> + +<p>Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus +pasos y le grité desde la puerta:</p> + +<p>—¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo +más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!</p> + +<p>En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle +fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial, +para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al +que hacía los honores con tantos bríos como apetito.</p> + +<p>—Señor cura—le dije en tono relativamente humilde,—¿estáis enojado?</p> + +<p>—Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.</p> + +<p>—Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.</p> + +<p>—Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.</p> + +<p>—¡Oh! que no comprendo...—exclamé yo, estallando inmediatamente,—en +cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra +sostendré que...</p> + +<p>—¡Bah!—exclamó desalentado el cura,—ya has faltado a tu promesa de +hace un momento.</p> + +<p>—Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de +todo esto.</p> + +<p>—Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.</p> + +<p>Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.</p> + +<p>Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no +volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una +irritabilidad de mal augurio.</p> + +<p>Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis +esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una +sombría tristeza.</p> + +<p>Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le +echó de casa.</p> + +<p>Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente +conversación:</p> + +<p>—Señora—dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.</p> + +<p>—¿Sobre?</p> + +<p>—La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a +su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de +algunas novelas. Le hace falta distracción.</p> + +<p>—¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover: +estoy enferma.</p> + +<p>—Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario +escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa +durante algún tiempo.</p> + +<p>—¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no +querría volver aquí.</p> + +<p>—Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que +nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad +hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea +muchas cosas de las que no tiene la menor idea.</p> + +<p>—No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.</p> + +<p>—Pero, señora—replicó el cura que se acaloraba,—os repito, que es +urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho, +estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.</p> + +<p>—Poco me importa eso—repuso mi tía, que era incapaz de comprender las +razones del cura.</p> + +<p>—Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es +exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a +Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas +no es más que una niñería.</p> + +<p>—¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!—pensé yo.—Tratar de +niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al +señor de Couprat.</p> + +<p>—Señor cura—contestó mi tía, con su voz más áspera,—ocupaos de lo que +os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.</p> + +<p>—Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir +que sufra—replicó el cura con una entonación que no le conocía.</p> + +<p>Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor +distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la +ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le +repito que es preciso escribir al señor de Pavol.</p> + +<p>—Esto es demasiado—exclamó mi tía, furiosa;—¿no soy yo el ama en mi +casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.</p> + +<p>—Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si +no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de +ver constantemente a mi Reinita.</p> + +<p>El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.</p> + +<p>—¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a +ser de nosotros, si no nos vemos más?</p> + +<p>—Qué ¿has oído la discusión, hijita?</p> + +<p>—Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué...</p> + +<p>—Vamos, vamos, Reina, un poco de calma—prosiguió el cura que estaba +tembloroso y encendido.—Esta misma noche escribiré a tu tío.</p> + +<p>—Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a +buscarme en seguida.</p> + +<p>—Esperémoslo—respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y +con tristeza.</p> + +<p>Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol +esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas +semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después, +la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi +existencia.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">I</span><span class="smcap">nmediatamente</span> de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez +durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié +en la casa parroquial.</p> + +<p>El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora +de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan +rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace +fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos +telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al +entierro.</p> + +<p>Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo +repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al +Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a +C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a +recibirme allí.</p> + +<p>Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el +otro mundo sin gran cortejo de simpatías.</p> + +<p>Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de +tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches +de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y +en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un +hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado +en un soberbio arranque de misantropía:</p> + +<p>—No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una +niña decente, y lo que veo me espanta.</p> + +<p>Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de +ella para satisfacer a los manes de mi tía.</p> + +<p>Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y +pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de +hora en hora ante la idea de nuestra separación.</p> + +<p>El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos +instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de +reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo +contener el llanto.</p> + +<p>El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado +triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible +acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de +diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas +mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por +su ausencia.</p> + +<p>—Mi hijita querida—me dijo después de un largo silencio,—¿no te +olvidarás de tu viejo cura?</p> + +<p>—Jamás, jamás—respondile con vehemencia.</p> + +<p>—No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación, +Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una +inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da +mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los +incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.</p> + +<p>—Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro +que me gustan mucho las fogatas.</p> + +<p>—Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!</p> + +<p>—Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede +darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría +sobre el fuego...</p> + +<p>—Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?</p> + +<p>—¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.</p> + +<p>—Quiera Dios, que no sea así—exclamó el cura.—El agua fría, mi hijita +querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día, +ardientemente, para que sean alejados de tu senda.</p> + +<p>Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de +agua para calmar mi emoción.</p> + +<p>—Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy +marcado por la coquetería.</p> + +<p>—Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,—me dijo el cura +con su bondadosa sonrisa;—pero no es bueno abusar, Reina. Por otra +parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin +contar con que tu tío te sabrá guiar bien.</p> + +<p>—¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de +que agradaré, siendo tan linda...</p> + +<p>—Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados +y de la vanidad.</p> + +<p>—¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.</p> + +<p>—¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura +revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu +edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con +el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!</p> + +<p>—¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre +que sus ideas han de andar fuera de moda.</p> + +<p>—Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los +pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por +una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.</p> + +<p>Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la +hora de la partida.</p> + +<p>—Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.</p> + +<p>—Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.</p> + +<p>—Cierto es—respondió el cura, que con la preocupación perdía la +cabeza.—Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.</p> + +<p>Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos +para mascullar algunas migas de pan y pastel.</p> + +<p>—¡Ah!, ¡cuánto siento—exclamé, estallando en sollozos,—cuánto siento +dejaros, mi querido cura!</p> + +<p>—No lloremos, no lloremos; es absurdo—dijo el cura, sin darse cuenta +que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.</p> + +<p>—¡Ah! señor cura—continué yo, presa de un repentino remordimiento, +¡cómo os he hecho enojar!</p> + +<p>—No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.</p> + +<p>—¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?</p> + +<p>No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y +logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a +reventar en sollozos.</p> + +<p>El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía +acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el +arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía +provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y +el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de +estar juntos un poco más.</p> + +<p>—Os escribiré todos los días, señor cura.</p> + +<p>—No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes; +pero con toda intimidad.</p> + +<p>—Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.</p> + +<p>—Veremos—replicó el cura con sonrisa incrédula.—Harás una vida tan +nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu +exactitud.</p> + +<p>Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. +Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:</p> + +<p>—Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.</p> + +<p>—Eso pasará, pasará—respondió con voz entrecortada.—Adiós, mi hijita +querida; no me olvides y precávete, precávete...</p> + +<p>Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.</p> + +<p>Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un +baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían +mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.</p> + +<p>—¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!—exclamé.</p> + +<p>Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis +lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba +irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más +violenta agitación, sino completamente trastornado.</p> + +<p>Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el +consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:</p> + +<p>—Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.</p> + +<p>Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.</p> + +<p>Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho, +quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a +ver tan pronto al señor de Couprat?</p> + +<p>Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi +ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la +vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.</p> + +<p>Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la +impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el +vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana, +eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas +torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de +la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida +por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y +como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él +un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad +hacían honor al talento práctico de Susana.</p> + +<p>Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo +que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían +para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.</p> + +<p>Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, +disimular cuidadosamente mis asombros.</p> + +<p>Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me +creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos +dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la +rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.</p> + +<p>Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y +enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo +de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:</p> + +<p>—Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que +esperar.</p> + +<p>Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo +cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:</p> + +<p>—No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.</p> + +<p>—Es también mi opinión, mi tío,—díjele bajando los ojos con modestia.</p> + +<p>—Ah ¡esa es tu opinión!</p> + +<p>—Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que +me ha dado el cura para vos, mi tío.</p> + +<p>—¿Y porqué no ha venido?</p> + +<p>—No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.</p> + +<p>—Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero, +sobrina?</p> + +<p>—Sí, tío; está en mi bolsillo.</p> + +<p>—¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?</p> + +<p>—Porque es espantoso.</p> + +<p>—¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? +No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago +registrar tu equipaje.</p> + +<p>Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el +sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era +muy poco higiénico para tal producto de la industria humana.</p> + +<p>Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.</p> + +<p>—Ah, señorita—díjome Petrilla,—siento tanto dejaros, como sentiría si +dejase la mejor de mis vacas.</p> + +<p>—¡Mil gracias!—repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.</p> + +<p>Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me +temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos +furtivos y sonoros.</p> + +<p>—¡Adiós, Juan!</p> + +<p>—Hasta la vista señorita—dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un +modo de demostrar emoción como cualquier otro.</p> + +<p>Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío, +completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y +por la novedad de mi posición.</p> + +<p>Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.</p> + +<p>Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos +gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un +aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud. +Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un +efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía +más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques +de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico. +Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un +movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen +entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto +gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la +palabra.</p> + +<p>No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan +pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el +mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi +una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había +traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos +del cura.</p> + +<p>—Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen +mozo?</p> + +<p>—De ningún modo.</p> + +<p>Mi tío hizo una ligera mueca.</p> + +<p>—Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida?</p> + +<p>—Porque me muero de miedo, tío.</p> + +<p>—Miedo, y ¿de qué?</p> + +<p>—Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso!</p> + +<p>—Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningún +peligro.</p> + +<p>—Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol?</p> + +<p>—Por cierto, y está muy deseosa de conocerte.</p> + +<p>Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en el +Zarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***.</p> + +<p>Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía +conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros +de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la +triste figura que hacían en tan elegante vehículo.</p> + +<p>Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para +confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.</p> + +<p>Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de +mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran +cantidad de preguntas que satisfacer.</p> + +<p>De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje +hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.</p> + +<p>—Tío—le dije,—si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.</p> + +<p>—Con mucho gusto, sobrina—respondió mi tío doblando inmediatamente su +diario.—Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De +qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política, +de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?</p> + +<p>—Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, +creo, tío, que sé tanto como vos.</p> + +<p>—Es muy posible—replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi +aplomo.—Pues bien, elige tema.</p> + +<p>—Decidme, tío, ¿no sois algo impío?</p> + +<p>—¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?</p> + +<p>—Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.</p> + +<p>—¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.</p> + +<p>—No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más +interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al +decir que todos los hombres eran unos herejes.</p> + +<p>—Que, ¿le faltaba el sentido común?</p> + +<p>—Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única +vez—respondí con calma.</p> + +<p>El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.</p> + +<p>—¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te +llevabas bien con la señora de Lavalle?</p> + +<p>—Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez. +Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y +¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era +una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.</p> + +<p>—Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me +felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a +ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada +y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy, +puesto que no eras feliz.</p> + +<p>—¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?</p> + +<p>—Sí, por cierto—respondió el señor de Pavol, con vivacidad.</p> + +<p>—Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré +pronto.</p> + +<p>—¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y +hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.</p> + +<p>—¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?</p> + +<p>—Sí—respondió mi tío, algo ceñudo.</p> + +<p>—Tanto mejor—dije restregándome las manos.—Y mi prima ¿es alta?</p> + +<p>—Alta y linda—respondió complacido el señor de Pavol,—una diosa en +carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te +convencerás de ello, pues ya llegamos.</p> + +<p>En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al +castillo.</p> + +<p>Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.</p> + +<p>Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga +una gracia a un súbdito.</p> + +<p>—¡Dios mío, qué hermosa sois!—le dije, contemplándola con sorpresa.</p> + +<p>Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima +se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su +fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la +admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.</p> + +<p>Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un +perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con +pestañas obscuras y bien trazadas cejas.</p> + +<p>De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de +diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que +amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido +movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al +descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de +Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo +a rasgo a Juno; el nombre le quedó.</p> + +<p>Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi +tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.</p> + +<p>—¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?</p> + +<p>—No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.</p> + +<p>—Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho +que eras linda.</p> + +<p>—¿Pablo de Couprat?—exclamé.</p> + +<p>—Cierto—dijo mi tío,—me he olvidado hablarte de él. Parece que se +guareció en el Zarzal un día de tormenta.</p> + +<p>—Bien lo recuerdo—respondí ruborizándome.</p> + +<p>—¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?</p> + +<p>—Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te +ha vestido así, Reina?</p> + +<p>—Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y +estupidez—contesté con fastidio.</p> + +<p>—Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, +sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle. +No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en +seguida Juno te acompañará a tus habitaciones.</p> + +<p>Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente, +y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel +Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver +cumplirse mi destino.</p> + +<p>Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos +más que un punto imperceptible.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">M</span><span class="smcap">as</span>, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque +este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada +al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta:</p> + +<p>«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos +que participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dónde +empezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, que +los árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño, +que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima es +bella como una hada.</p> + +<p>«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, no +me quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas +como Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señor +cura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro, +sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y +luego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... me +hubiese consolado.</p> + +<p>«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parece +desde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí.</p> + +<p>«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo que +vos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les +contaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimiento +delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo.</p> + +<p>«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo, +bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo, +muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera el +miedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido +cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.</p> + +<p>«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos +de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones, +mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos, +he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.</p> + +<p>«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante +las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reído +de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. ¡Qué diría del Zarzal! +Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, que +es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvienta +hice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara en +cosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta de +lo útil ni de lo práctico?</p> + +<p>«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos; +humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y los +pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como +provechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo, +tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté en +una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida y +me compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que había +en la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sino +que me había endeudado; pero ¿qué importa? puesto que soy rica. Mi prima +rió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que la +razón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo, +y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compra +cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias +y camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, querido +cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio a +la razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomía +seca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, que +incontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de la +elocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en mi +cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y que +por lo menos estoy contenta.</p> + +<p>«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo me +decíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que ver +con las jóvenes?</p> + +<p>«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchas +veces como a una tonta!</p> + +<p>«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto. +Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en +el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no +me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o +prender fuego al castillo.</p> + +<p>«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de +ser linda, poseo un buen dote.</p> + +<p>«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que +las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, +pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será +codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que +lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos +que... Pero ¡chist!</p> + +<p>«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo +el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi +corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más +no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. +¡Dios mío, que cosa linda es la vida!</p> + +<p>«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os +extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me +gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien +arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta +en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal. +A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada +instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os +llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.</p> + +<p>«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé +porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese +todo está lleno de cariño.</p> + +<p>«Os quiero con toda el alma, señor cura.—<i>Reina</i>».</p> + +<p>Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con +beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto +alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que +veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos +sueltos y cara preocupada.</p> + +<p>—Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott—le +dije contemplándola con admiración.</p> + +<p>—Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,—vengo a charlar +contigo.</p> + +<p>—Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que mis +ideas...</p> + +<p>—¿Aun cuando se trate de casamiento?—prosiguió Blanca, que ya conocía +mi opinión sobre tema tan serio.</p> + +<p>—¿De casamiento? Ya estoy despierta—exclamé, incorporándome +rápidamente.</p> + +<p>—¿Deseas casarte, Reina?</p> + +<p>—¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más pronto +posible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres, +excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú.</p> + +<p>—No se debe decir que se ama a los hombres—dijo Blanca con tono +severo.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio de +una niña.</p> + +<p>—¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas.</p> + +<p>—¡Qué niña!—exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que me +pareció chocante.—He venido a hablarte de papá, Reina.</p> + +<p>—¿Qué pasa?</p> + +<p>-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya +varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. +Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si +siempre se opondrá a que me case.</p> + +<p>—Pregúntaselo.</p> + +<p>—¡Ah! ahí está el busilis—prosiguió Blanca, algo turbada;—te declaro +que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.</p> + +<p>Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que +me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, +Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había +colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería +jamás a intimidarme.</p> + +<p>—A mi no me asusta nadie—exclamé, tomando mi almohada y largándola de +paseo al medio del cuarto.</p> + +<p>Blanca me miró con asombro.</p> + +<p>—¿Qué haces, Reina?</p> + +<p>—¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi +almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de +proceder sacaba de quicio.</p> + +<p>—Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. +Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para +tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar +critica?</p> + +<p>—Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a +mi tío y arreglo todo.</p> + +<p>Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para +notificarle que iba a entrar en batalla.</p> + +<p>Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya +desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo +eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al +palenque.</p> + +<p>—¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?</p> + +<p>—No por cierto—respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.</p> + +<p>—¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?</p> + +<p>—¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos +responderían: sí; los misántropos: no.</p> + +<p>—Con todo ¿su opinión, tío?</p> + +<p>—No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la +Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana +especie.</p> + +<p>—Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando +criticáis el matrimonio.</p> + +<p>—¿Ah, sí?—dijo mi tío.</p> + +<p>—Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo +tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis +aceptar el matrimonio para todo el mundo.</p> + +<p>—¡Caramba!—prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal +expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar! +¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?</p> + +<p>—El matrimonio—exclamé entusiasmada,—es la más hermosa de las +instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la +persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es +encantador!</p> + +<p>—¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?</p> + +<p>—Porque yo... en fin, yo pienso así—exclamé dedicando a mi pasado una +sonrisa llena de misterios.</p> + +<p>—El matrimonio entrega una víctima al verdugo—murmuró mi tío.</p> + +<p>—¡Ah!</p> + +<p>Juno y yo protestamos con la mayor energía.</p> + +<p>—¿Y quién es la víctima, papá?</p> + +<p>—¡El hombre, canarios!</p> + +<p>—Pues, peor para los hombres—repliqué, que se defiendan. Lo que es yo, +estoy decidida a volverme verdugo.</p> + +<p>—Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?</p> + +<p>—A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del +matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y +yo, deseo que sea cuanto antes.</p> + +<p>—¡Reina!—gritó mi prima estupefacta con mi audacia.</p> + +<p>—No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves +a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.</p> + +<p>—¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por +nadie.</p> + +<p>—Sí, por cierto—dijo Blanca riendo,—¿a quién conoce?</p> + +<p>Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo +de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar +tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a +resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al +escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin +embargo, logré dominarme.</p> + +<p>—En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede +vivir sin amar.</p> + +<p>—Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?</p> + +<p>—Pero, de la vida, tío—le respondí tranquilamente.—Recordad las +heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.</p> + +<p>—¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado +conferencias sobre el amor?</p> + +<p>—¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en +cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo. +Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un +vidrio, entré por la ventana.</p> + +<p>—¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca +del amor?</p> + +<p>—Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que +trato.</p> + +<p>—¡Canarios!—dijo mi tío riendo.—Sin embargo, acabas de decirnos que +no quieres a nadie.</p> + +<p>—¡Es cierto!—repliqué rápidamente, medio turbada con mi +indiscreción.—Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la +experiencia?</p> + +<p>—¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y +luego me parece que tú tienes buena cabeza.</p> + +<p>—Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al +marido?</p> + +<p>—A ningún otro—respondió sonriendo el señor de Pavol.</p> + +<p>—Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido, +naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin +amar, concluyo, que es necesario casarse.</p> + +<p>—Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.</p> + +<p>—¡Oh, eso no me importa!—respondió Blanca.</p> + +<p>—¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.</p> + +<p>—Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso +extraordinario.</p> + +<p>—Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?</p> + +<p>—Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.</p> + +<p>Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me +levanté para brincar.</p> + +<p>—¡Entonces, no esperaré!—exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en +donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.</p> + +<p>—¡Qué desfachatada eres, Reina!</p> + +<p>—¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que tú +misma me has pedido?</p> + +<p>—Es que dices las cosas muy pan, pan...</p> + +<p>—Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.</p> + +<p>—Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá.</p> + +<p>—¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo +quiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el que +nos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedes +quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber.</p> + +<p>—¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador.</p> + +<p>Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujeres +hechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sin +pestañear las ideas de sus padres y sus tíos.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">E</span><span class="smcap">l</span> lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo +de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.</p> + +<p>Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había +usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa +admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de +exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra +el suelo.</p> + +<p>—¿A donde vas así, sobrina?</p> + +<p>—A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis +qué bien estoy?</p> + +<p>—Sí, en efecto, no estás mal.</p> + +<p>—¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?</p> + +<p>—¡Lindísimo!—respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y +encantado con mi alegría.</p> + +<p>—¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se +presentará muy pronto.</p> + +<p>Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el +cuarto de Juno.</p> + +<p>—¡Mira!—exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi +prima no podía ver más que un torbellino.</p> + +<p>—Pero sosiégate, Reina—me dijo ella con su calma de siempre.—¿Cuándo +serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.</p> + +<p>—Mira, qué piececito.</p> + +<p>—¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como +tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?</p> + +<p>—Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.</p> + +<p>—Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que +no habrá sido el cura.</p> + +<p>—No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a +almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?</p> + +<p>—Sí, el cura y dos amigos de mi padre.</p> + +<p>Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto +apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me +presentó.</p> + +<p>¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!</p> + +<p>Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes +blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me +recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera +semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también +que la simpatía era recíproca.</p> + +<p>—Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las +manos:—deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.</p> + +<p>Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera +sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su +hijo.</p> + +<p>Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso +vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis +fuerzas.</p> + +<p>Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente, +que quedé cortada.</p> + +<p>—Dadme la mano—le dije,—bien sabéis que nos conocemos.</p> + +<p>—No me atrevía a...</p> + +<p>—¡Qué tontería!</p> + +<p>—¿Qué es eso, Reina?—refunfuñó mi tío.</p> + +<p>—Una flor algo silvestre—dijo el comandante mirándome con +cariño,—pero una hermosa flor.</p> + +<p>Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber +por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento, +observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca. +¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con +aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos +francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi +tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se +había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.</p> + +<p>No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una +parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.</p> + +<p>Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a +éste, preguntándole:</p> + +<p>—¿Por qué no volvisteis al Zarzal?</p> + +<p>—No he podido disponer de mis acciones, señorita.</p> + +<p>—¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?</p> + +<p>—Muchísimo, os lo aseguro.</p> + +<p>—Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?</p> + +<p>—Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.</p> + +<p>—¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de +ella.</p> + +<p>—Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por +cierto,—respondió sonriendo.</p> + +<p>—¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?</p> + +<p>—No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus +del cariño.</p> + +<p>—Pues es una tontería—dije secamente.</p> + +<p>Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.</p> + +<p>Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia +que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía +tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña +decepción pasó por mi alma sin herirla.</p> + +<p>El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de +Octubre.</p> + +<p>—Me alegro—respondió Juno.</p> + +<p>—Me enseñarás a bailar—le dije saltando sobre mi silla.</p> + +<p>—Pido que se me permita ser el profesor—exclamó Pablo de Couprat.</p> + +<p>—Pablo es un notable bailarín—dijo el comandante,—todas las señoras +desean bailar con él.</p> + +<p>—Y luego es tan buen mozo—añadí yo.</p> + +<p>El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi +tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el +rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó +las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su +disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había +dicho una necedad.</p> + +<p>Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a +encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el +modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me +habían llamado la atención.</p> + +<p>—Reina, eres muy mal educada—decía Blanca.</p> + +<p>—Habla así—respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi +víctima.</p> + +<p>El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente +dignidad que no me infundía respeto.</p> + +<p>Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima +caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba +mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:</p> + +<p>—Es muy linda ¿verdad?</p> + +<p>—¡Linda, muy linda!—respondiome con una voz tan apagada que me hizo +estremecer.</p> + +<p>Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y +seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las +mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más +alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del +señor de Pavol.</p> + +<p>Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer +ante él.</p> + +<p>—Reina, has estado ridícula.</p> + +<p>—¿Por qué, tío?</p> + +<p>—No se le dice a un joven, que es buen mozo.</p> + +<p>—Pero si me parece que lo es.</p> + +<p>—Motivo de más, para no decírselo.</p> + +<p>—¡Cómo!—contesté yo sorprendida.—¿Entonces debía decirle que lo +hallaba feo?</p> + +<p>—No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero +guárdala para ti.</p> + +<p>—Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.</p> + +<p>—No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo +que no se piensa y ocultar lo que se piensa.</p> + +<p>—¡Qué horrible máxima!—exclamé asustada.—No la podré poner en +práctica jamás.</p> + +<p>—Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.</p> + +<p>—¡Y dale con la etiqueta!—respondí, marchándome de mal humor.</p> + +<p>Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por +costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé +en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las +cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había +esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para +convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la +peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.</p> + +<p>Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo, +pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos +consejos y con este final:</p> + +<p>«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te +ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy +al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo, +puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y +mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte +todavía.</p> + +<p>«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote: +desconfía de la imaginación».</p> + +<p>Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">H</span><span class="smcap">acía</span> tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que en +ese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara a +encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esas +plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque +son lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a su +naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando me +miraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevo +brillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiría +matices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción.</p> + +<p>Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado, +descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendo +con toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sin +embargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir para +consolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamente +formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros +tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el +señor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana, +dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteres +respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepción +hubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buen +número de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustos +y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor +del sol.</p> + +<p>Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por la +música venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañaba +siempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues lo +autorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca y +los vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tío +miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el +comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba +ardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba y +con razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.</p> + +<p>Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de +otras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiese +tenido más experiencia.</p> + +<p>Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito +que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres. +Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras él +ejecutaba con brío un vals propio. Otras veces el profesor era él; mi +prima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban con +complacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, en +medio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días!</p> + +<p>No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativa +alegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventar +travesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazable +compañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro, +hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuando +descomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto, +Blanca y yo decíamos:</p> + +<p>—Cuando venga Pablo, lo compondrá.</p> + +<p>Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en que +nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa +antipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que la +maldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo más +fácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señor +de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era +él lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento, +porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento.</p> + +<p>—¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor que +todas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo.</p> + +<p>—¿De ese modo comprendéis el arte, prima?</p> + +<p>—¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato?</p> + +<p>—Sí, por cierto, lo creo.</p> + +<p>—Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son?</p> + +<p>—Eso es un pedazo de cielo, prima.</p> + +<p>Hice una pirueta y exclamé con aire patético:</p> + +<p>—¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometen +en vuestro nombre!</p> + +<p>Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor +parte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raro +era el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer. +Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender, +como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo +advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca +disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.</p> + +<p>Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de las +conveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; pero +se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no +perdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería.</p> + +<p>—Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina.</p> + +<p>—¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada +más.</p> + +<p>—Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina.</p> + +<p>—Es tan fea, tío. Y de veras, no siento mucha afección por las mujeres; +son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez +de ser personas fueran animales curiosos.</p> + +<p>—¿Cómo te atreves tú a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando +no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los demás?</p> + +<p>—Sí, pero soy linda; por consiguiente, me está permitido hacerlo. El +señor de C..., me lo dijo el otro día.</p> + +<p>—No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, ¿crees que los +hombres no te midan también de pies a cabeza?</p> + +<p>—Sí, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es +buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he +observado una porción de cosas.</p> + +<p>—Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar también, que la +corrección es una apreciable cualidad.</p> + +<p>Cuando nuestros invitados masculinos eran jóvenes, nos hacían la corte a +Blanca y a mi, y lo que es yo me divertía bastante; pero cuando eran +viejos... ¡Dios mío! surgía siempre la política a darme jaqueca. ¡Oh! +¡Cuánto me ha aburrido la política!</p> + +<p>Llegaban irritadísimos contra las tropelías del gobierno, pero hablaban +de ellas con cierta discreción hasta que algún bonapartista fogoso +exclamaba, que debía fusilarse a todos los republicanos, para +aterrorizarles. La ingenuidad de la frase hacía reír, pero esta +hecatombe imaginaria era la señal de zafarrancho para las exageraciones +y desatinos. Ya nos metíamos de cabeza en la política y no salíamos +hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar +a la república y a los republicanos, pero en el momento en que algunos +de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tenía buen +cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se +cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates.</p> + +<p>Envolvíase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su +fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista; +mientras que éste, en su foro interno, trataba de imbécil al +legitimista. Pero como la urbanidad no le permitía emitir su opinión +gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caía a plomo +sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba, +se les fusilaba, se les decapitaba y se les hacía picadillo; pues +bonapartistas y legitimistas se unían en un odio común, para barrer de +la faz de la tierra a tales bípedos. Se peroraba apasionadamente, se +gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponían como remolachas... lo +que no obstaba ¡ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi tío, de +tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida +ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusión en un terreno más +elevado que el del interés personal y las simpatías individuales. Nada +legitimista, y sin tener opinión determinada, no dejaba de ver que la +Francia, desde hacía un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo +esa una postura anormal, concluirá por perder el equilibrio y caer en un +precipicio en el que la enterrarían.</p> + +<p>Se reía de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a +menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia +chistosa. Jamás lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los +variados rugidos de sus huéspedes, seguro siempre, de que suya sería la +última palabra, pues veía claro y lejos. Sin embargo, sus antipatías +eran vehementes y execraba a los republicanos.</p> + +<p>No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber +guardar un justo medio: hubiese aceptado una república, si la hubiese +creído posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres, +que luchan de buena fe por una utopía.</p> + +<p>Algunas veces le oía llamar a nuestros gobernantes, jugadores de +raqueta, comparando las leyes que las dos cámaras se envían diariamente +una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con +ojos plácidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables +narices y se las aplastan.</p> + +<p>De donde saqué yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referiré a +su tiempo.</p> + +<p>Al señor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba +poco, escuchaba con interés. Bajo una corteza rústica escondía +conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una +altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo +que, como la mayoría de los hombres, habría tenido sus flaquezas y sus +errores; pero creía en un Dios, en el alma, en la virtud, y no +consideraba la incredulidad, la mala fe y el espíritu de impiedad y +difamación como signo de virilidad intelectual.</p> + +<p>Gustábale oír desarrollar sus sistemas a los materialistas y +librepensadores, y su silencio burlón hablaba elocuentemente, mientras +observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le +ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad, +les replicaba:</p> + +<p>—¡Caramba! señor, ¿sabéis que os admiro? Habéis llegado casi a la +perfecta humildad del Evangelio. Me avergüenzo de no poder seguir +vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedirá +siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo +que se revuelca en mi corral.</p> + +<p>Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le +gustaban los aldeanos, y pretendía que no hay nada más pillo y canalla +que un campesino. Así, aunque se le estimaba y respetaba, no era +querido. Sin embargo, hacía grandes limosnas y no desperdiciaba ocasión +para ejercitar su bondad; pero jamás se dejaba envolver por la malicia y +astucia de los buenos labriegos.</p> + +<p>Por último, si mi tío no había seguido carrera alguna, si no había sido +ni médico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomático, ni aun +ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas +tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejándose arrastrar por +las divagaciones de la época, y usando de su influencia para encaminar +al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi tío era un +hombre de talento, de corazón y de bien. Yo le quería mucho, y si no +hubiese hablado nunca de política, le hubiera creído sin defectos. En la +vida privada era ejemplar. Quería con locura a su hija, y en cuanto a +mi, pronto me tomó cariño.</p> + +<p>—¡Qué cosa horrible son los gobiernos!—decía yo al señor de +Couprat.—Sería necesario suprimirlos todos; por lo menos así no se +oiría hablar de política. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la +política.</p> + +<p>—Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión—me respondió riendo.</p> + +<p>—Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la +escucháis con placer; por lo menos, o así parece.</p> + +<p>—Es que Blanca tiene mucho talento.</p> + +<p>Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan los +mosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nos +incomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razón +que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que +no amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez que +ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombres +que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me +desesperaba pensando en sus mujeres.</p> + +<p>En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudes +desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una +existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces +mi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, se +preparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">P</span><span class="smcap">uedo</span> asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi +primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de +un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso +porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.</p> + +<p>De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía +al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia; +pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.</p> + +<p>A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.</p> + +<p>—¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?</p> + +<p>—No señor; seis semanas, más o menos.</p> + +<p>—¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?</p> + +<p>—En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias +a Dios! ha muerto.</p> + +<p>—En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423 +había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.</p> + +<p>—¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?</p> + +<p>—Defender el monte atacado por los ingleses.</p> + +<p>—¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!</p> + +<p>—¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?</p> + +<p>—¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un +bledo.</p> + +<p>—Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?</p> + +<p>—Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los +romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.</p> + +<p>Y partíamos, girando.</p> + +<p>Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de +Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras +riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba +tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque +fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo +bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no +hablaré por no escandalizar al prójimo.</p> + +<p>Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor, +dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los +hombres y desesperé a todas las muchachas.</p> + +<p>El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que +tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de +partir, exclamé, desde el extremo del salón:</p> + +<p>—Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.</p> + +<p>Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y +correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin +hacer caso de mis recriminaciones.</p> + +<p>Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé +mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda +voz.</p> + +<p>Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.</p> + +<p>—¡Reina! ¿qué haces?</p> + +<p>—¡Ya ves, bailar!</p> + +<p>—¡Dios, mío! ¡qué niña eres!</p> + +<p>—Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.</p> + +<p>—Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.</p> + +<p>Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a +los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es +una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe +hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que +una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...</p> + +<p>—¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,—sólo son +agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen +bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la +mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...</p> + +<p>En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.</p> + +<p>Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí +inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío +germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis +conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los +sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un +sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre +mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.</p> + +<p>Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:</p> + +<p>—¿Y? ¡Empezad, pues, tío!</p> + +<p>—Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más +respetuosa.</p> + +<p>—Pero tío—repuse abriendo los ojos, asombrada;—no ha sido mi +intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para +oíros mejor.</p> + +<p>—Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.</p> + +<p>—Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía +muchas veces que le haría morir de pesar.</p> + +<p>—Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo +por causa de una chicuela mal educada, como tú?</p> + +<p>—Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y +segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi +corazón.</p> + +<p>—¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis +lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan +inconveniente?</p> + +<p>—Especificad las acusaciones, tío.</p> + +<p>—Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido +inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado +por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba +cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el +brazo, le pareció muy chocante.</p> + +<p>—¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!</p> + +<p>—Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.</p> + +<p>—Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le +llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos +a él directamente.</p> + +<p>—Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está +obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las +personas.</p> + +<p>—¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de +otro delante de gente?</p> + +<p>—Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.</p> + +<p>—Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.</p> + +<p>—En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece +además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.</p> + +<p>—¡Cierto, ya lo creo!—exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a +mis compañeros.—¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte +les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...</p> + +<p>—Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete +semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario +mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías, +y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y +desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...</p> + +<p>—¡Al fin y al cabo!—interrumpí, satisfecha,—así es como me gustan los +sermones.</p> + +<p>—No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.</p> + +<p>—Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me +dijisteis: eres terriblemente linda.</p> + +<p>—Y ¿qué hay con eso, sobrina?</p> + +<p>—¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un +movimiento primo.</p> + +<p>—Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo, +hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el +aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te +corresponde.</p> + +<p>—¡La dignidad!—exclamé,—y ¿para qué?</p> + +<p>—¿Cómo para qué?</p> + +<p>—No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno +tiene tan poca?</p> + +<p>—No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?</p> + +<p>—¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La +verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y +entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los +ministros y los senadores?</p> + +<p>Mi tío se echó a reír.</p> + +<p>—Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los +dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te +dejaré ir más a ninguna tertulia.</p> + +<p>—¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la +Inquisición!</p> + +<p>—Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me +obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera +hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años, +mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!</p> + +<p>—¿Por qué, tío?</p> + +<p>El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.</p> + +<p>—¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.</p> + +<p>—Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una +selva son la misma cosa.</p> + +<p>—En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y +reflexiona.</p> + +<p>Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré +en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los +cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación +con la mesura.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">M</span><span class="smcap">uy</span> pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de +que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es +poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en +práctica los consejos de mi tío.</p> + +<p>No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde +entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré +volverme seria y adquirir un sosiego relativo.</p> + +<p>Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión +del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que +mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era +aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía, +y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y +allegados.</p> + +<p>En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados +muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con +cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados +cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que +aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.</p> + +<p>Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los +abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de +las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.</p> + +<p>Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos +ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes +mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una +felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las +cabezas en veletas.</p> + +<p>¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!</p> + +<p>Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de +asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y +matices.</p> + +<p>Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi +auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para +dedicarse a tan encantador pasatiempo.</p> + +<p>Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la +iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos. +Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres +más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.</p> + +<p>Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa +y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla +admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y +pillerías que hacían mi felicidad.</p> + +<p>Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de +que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me +veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle, +coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces, +melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que +ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía +tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te +ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme +enormemente.</p> + +<p>A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo +instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda, +pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero +nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de +Couprat.</p> + +<p>Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una +semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado. +Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe, +alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de +personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema +psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no +tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía +y paso.</p> + +<p>El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado +cerca del Pavol.</p> + +<p>Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente +linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui +pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y +contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.</p> + +<p>Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos +que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía +de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la +región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy +aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas +invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat, +demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y +satisfecho que las circunstancias requerían.</p> + +<p>Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas +de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía +agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi +tío decía:</p> + +<p>—Si tiene el diablo en el cuerpo.</p> + +<p>¡Sea tenido por infame el que mal piense!</p> + +<p>Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me +invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.</p> + +<p>Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó. +Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo +de la sala, negándome rotundamente a bailar más.</p> + +<p>Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita, +y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas, +cuyas simpatías me había conquistado.</p> + +<p>—Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del +baile.</p> + +<p>—Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.</p> + +<p>—Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la +señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.</p> + +<p>—Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que +chocaría en otras, en ella es encantador.</p> + +<p>—Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor +de Couprat.</p> + +<p>—Así he oído decir.</p> + +<p>Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis +ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las +colgaduras que me ocultaban.</p> + +<p>Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía +velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle +que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.</p> + +<p>Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:</p> + +<p>—No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme +tanto?</p> + +<p>Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran +desgracia se cernía sobre mí.</p> + +<p>Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis +años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de +aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.</p> + +<p>Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal +disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a +las más fugitivas impresiones.</p> + +<p>En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón. +El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de +Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados +entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.</p> + +<p>Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin +cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera +podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión, +observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos. +Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo +sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no +me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo +respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba +enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le +gustaban en la mujer amada.</p> + +<p>Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de +entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:</p> + +<p>—¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis +maravillosamente.</p> + +<p>—¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!—exclamé +poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez, +lanzaron un gruñido furibundo.</p> + +<p>—Creo que dormías, Reina.</p> + +<p>—No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú +interpretabas tu maldito Beethoven.</p> + +<p>—Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias +impresiones.</p> + +<p>—¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias +impresiones!—respondí con voz temblona.</p> + +<p>—¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido +anoche.</p> + +<p>—No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y +sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un +gusto.</p> + +<p>Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un +torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.</p> + +<p>Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi +ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla, +cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que +pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de +amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente +desalentada.</p> + +<p>Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles, +que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez, +sino veinte.</p> + +<p>El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una +viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.</p> + +<p>En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis +impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.</p> + +<p>Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso +siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier +cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que +estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de +terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y +ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un +extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.</p> + +<p>Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La +suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este +procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo +contenerse y respondió con una expresiva exclamación.</p> + +<p>—¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?</p> + +<p>—Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío—respondíle, aproximándome +al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor +fuerza mis proyectiles.</p> + +<p>—¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!</p> + +<p>—Os pido perdón, tío, pero no os había visto.</p> + +<p>—¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus +chucherías?</p> + +<p>—Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!</p> + +<p>Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de +Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.</p> + +<p>A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues +en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un +globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.</p> + +<p>Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían +lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis +ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">T</span><span class="smcap">al</span> vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin +tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad +increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un +solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho, +que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse +perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los +puntos sobre las íes.</p> + +<p>Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de +Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a +Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí +celos de Juno.</p> + +<p>¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente, +pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor. +Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de +Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas. +No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me +refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome +discursos.</p> + +<p>«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece +en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por +cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras +que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros +armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena +como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le +ordena»...</p> + +<p>Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.</p> + +<p>De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar +de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince +días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras +caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; +pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no +despegaba los labios durante toda la comida.</p> + +<p>Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al +señor de Pavol.</p> + +<p>—¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?</p> + +<p>—Nada, tío.</p> + +<p>—¿Te aburres? ¿Quieres viajar?</p> + +<p>—¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.</p> + +<p>—Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un +tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas +de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?</p> + +<p>—No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero +casarme.</p> + +<p>Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír +hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de +Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin +embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo +por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.</p> + +<p>Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos +extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente +hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me +llamaron la atención.</p> + +<p>Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la +sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para +elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a +mis pretendientes.</p> + +<p>—¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?—me +preguntó Blanca.</p> + +<p>—No me casaré, si no encuentro lo que deseo.</p> + +<p>—¡Ah! ¿y qué deseas?</p> + +<p>—No lo sé aún—respondile con la garganta oprimida.</p> + +<p>Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.</p> + +<p>—Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?</p> + +<p>—Te juro, que no—díjele, zafándome de su caricia,—no quiero a nadie, +y cuando quiera, lo sabrás en seguida.</p> + +<p>Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en +aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un +hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no +se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en +presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.</p> + +<p>—Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.</p> + +<p>—Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal—respondiome +sonriendo,—¡cinco pedidos a la vez: figúrate!</p> + +<p>—No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me +oprime, me asfixia.</p> + +<p>Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más +raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse +en el número de mis adoradores.</p> + +<p>¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la +sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo +más pronto posible.</p> + +<p>Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.</p> + +<p>—Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.</p> + +<p>—Que le aproveche, tío.</p> + +<p>—¿Te gusta?</p> + +<p>—Al contrario.</p> + +<p>—¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del +otro día que no valían nada.</p> + +<p>—Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.</p> + +<p>—Vamos al señor P. muy bien...</p> + +<p>—¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!</p> + +<p>—¿Y el señor de C.?</p> + +<p>—¡Un hombre espantoso!</p> + +<p>—Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.</p> + +<p>—¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los +veintiséis años!</p> + +<p>—¡Ah!... ¿y el pequeño D?...</p> + +<p>—No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez +casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.</p> + +<p>—Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le +reprochas?</p> + +<p>—Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé +valsar a tres tiempos—exclamé con indignación.</p> + +<p>—¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan +joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a +hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las +mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna +inmensa, familia honorable y muy antigua.</p> + +<p>—¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca—interrumpí con desdén. Tengo +horror a los abuelos, tío.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué +idiotez!</p> + +<p>—¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... +gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de +ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?</p> + +<p>—No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la +punta de los dedos—respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar +mis afiladas manos.</p> + +<p>—Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. +Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y +quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una +contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que +la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente +en el Pavol cuando le plazca.</p> + +<p>—Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.</p> + +<p>Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta +agitación.</p> + +<p>—¡Ah, quiere salir con la suya!—decíame mordiendo el pañuelo para +ahogar los sollozos;—ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en +cuatro días desaparezca de mi vista.</p> + +<p>Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi +repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con +prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni +renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde +hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era +profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio +para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre +que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor +atrae al amor.</p> + +<p>Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido +perfecto.</p> + +<p>Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, +con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente +señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda +de un portero de jesuitas.</p> + +<p>El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que +fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más +que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia +que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, +el criticarla.</p> + +<p>Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.</p> + +<p>—¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?</p> + +<p>—Sí—le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.</p> + +<p>—¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido +llevabais! ¿Os gusta el azul?</p> + +<p>—Puesto que lo uso...</p> + +<p>El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.</p> + +<p>—¿Os gustan los viajes, señorita?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.</p> + +<p>—¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!</p> + +<p>La conversación duró un poco más en este tono.</p> + +<p>Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor +impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se +paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y +abrevió la visita.</p> + +<p>Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca +mía.</p> + +<p>—Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto +para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas +por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda +tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero +quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena +lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le +Maltour almorzará con nosotros.</p> + +<p>—Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.</p> + +<p>—Pero no vayas a decir tonterías.</p> + +<p>—Me inspiraré en la ciencia, tío—le contesté majestuosamente.</p> + +<p>—¿Cómo? en...</p> + +<p>—No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.</p> + +<p>—No, sobrina, no se trata de...</p> + +<p>Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y +corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en +práctica la idea que acababa de ocurrírseme.</p> + +<p>Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la +Tartaria.</p> + +<p>El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme +sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.</p> + +<p>Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de +cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con +nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos +detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación +ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.</p> + +<p>—Veremos—me decía,—si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi +querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a +pocas horas me habré deshecho de ese intruso!</p> + +<p>Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del +que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, +al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.</p> + +<p>Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón +al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me +hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le +Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.</p> + +<p>—He cambiado de idea desde ayer—le dije repentinamente;—me gustan +muchísimo los viajes.</p> + +<p>—Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante +distracción.</p> + +<p>—¿Y vos habéis viajado?</p> + +<p>—Sí, algo.</p> + +<p>—¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, +los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?—le +interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.</p> + +<p>—¿Y qué es todo eso?—preguntó aturdido el barón.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?</p> + +<p>—No, jamás.</p> + +<p>—¡No haber estado en Tartaria!—exclamé con desdén.—¿A lo menos +conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y +el diablo a cuatro?</p> + +<p>Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer +mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la +tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios +para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba +el mayor desconcierto y Blanca exclamó:</p> + +<p>—¿Has perdido la cabeza, Reina?</p> + +<p>—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por +Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba +la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos +donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que +ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su +país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me +gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran +seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las +personas, y para extirparlo se...</p> + +<p>—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.</p> + +<p>—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—pregunté al barón.</p> + +<p>—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.</p> + +<p>—Para los que no tienen sangre en las venas—respondí +despreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.</p> + +<p>—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.</p> + +<p>—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien +llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.</p> + +<p>—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.</p> + +<p>—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque +según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es +la de la viudez...</p> + +<p>El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no +resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis +caprichos <i>tártaros</i>, se fue y no volvió más.</p> + +<p>Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con +aire sentencioso:</p> + +<p>—Tío, quien quiere el fin pone los medios.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">S</span><span class="smcap">iempre</span> cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con +puntualidad dos veces por semana.</p> + +<p>Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí +de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en +inquietudes y tristeza.</p> + +<p>Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de +vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas +por el estilo de ésta:</p> + +<p>«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os +parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».</p> + +<p>O de esta otra:</p> + +<p>«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, +de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, +un mito; todo lo que queráis, menos realidad!</p> + +<p>«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, +sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»</p> + +<p>Él me contestaba correo por correo.</p> + +<p>«Hijita querida:—¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace +tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de +tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será +tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y +por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, +Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y +conversaremos de tus preocupaciones.»</p> + +<p>Yo le respondí:</p> + +<p>«Señor Cura:—La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la +sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, +no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de +espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! +si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar +con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto +que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero +creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la +regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y +convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la +felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de +un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden +estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.</p> + +<p>«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, +apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, +estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que +no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, +como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están +destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.</p> + +<p>«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, +que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona +moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, +completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia +el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral +no arruine a lo físico...</p> + +<p>«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es +terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?</p> + +<p>«Hasta la vista, mi viejo cura».</p> + +<p>Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura +la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a +paseo al monte San Miguel.</p> + +<p>Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el +comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y +prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto +soñador.</p> + +<p>Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo +hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme +mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de +mi mal humor positivamente insoportable.</p> + +<p>—¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!—decía yo, quejándome a +cada paso.</p> + +<p>—No son más que seiscientos, prima.</p> + +<p>—¡Oh! entonces me quedo aquí.</p> + +<p>—Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de +reumatismo.</p> + +<p>Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, +mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas +generaciones.</p> + +<p>¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la +maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que +duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, +puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el +rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y +cumplidos, sin pensar siquiera en mí.</p> + +<p>¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.</p> + +<p>Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que +yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se +dignaba notarlas.</p> + +<p>—Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de +ella?</p> + +<p>—Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún +encanto.</p> + +<p>—¿Que no lo encuentras en ella misma?</p> + +<p>—De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas +arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo +eso no sirve para nada!</p> + +<p>—Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura +feudal—exclamó, riendo, mi tío.</p> + +<p>Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.</p> + +<p>—Nos vamos a romper la mollera—gemía yo, aferrándome al brazo del +comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.</p> + +<p>—¿Estamos tristes, Reinita?—me preguntó quedo el comandante.</p> + +<p>—Habláis como mi cura—respondí emocionada.</p> + +<p>—Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?</p> + +<p>—Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie—contesté de mal +modo.—Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto +las opiniones de Susana.</p> + +<p>—¡Oh, oh!—dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que +tuve miedo de estallar en sollozos;—¡tanta misantropía en tanta +juventud!</p> + +<p>No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa +terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme +arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché +a llorar.</p> + +<p>—¡Ah!—pensaba,—cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho +tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda +mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios +mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!</p> + +<p>Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que +me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba +vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en +la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis +propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que +arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.</p> + +<p>De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.</p> + +<p>—Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el +monte San Miguel?</p> + +<p>—Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.</p> + +<p>En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la +poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que +recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de +felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del +porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el +camino cubierto con jirones de mi dicha.</p> + +<p>Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío +llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella +muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la +convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.</p> + +<p>Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas +las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. +Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, +tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera +fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.</p> + +<p>—Reina—díjome sin preámbulos—Pablo ha pedido mi mano.</p> + +<p>El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. +¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso +con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy +por creerlo.</p> + +<p>Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos +no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su +corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por +más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.</p> + +<p>—¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?</p> + +<p>—Un calambre—murmuré con voz débil.</p> + +<p>—Voy a buscar éter—dijo, levantándose diligentemente.</p> + +<p>—No, no—proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi +altivez que se desvanecía.—Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.</p> + +<p>—¿Sufres de eso a menudo, Reinita?</p> + +<p>—No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.</p> + +<p>Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un +importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, +que en breve pareció libre de su preocupación.</p> + +<p>—Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?</p> + +<p>—Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus +aspiraciones.</p> + +<p>—Y a ti ¿te gusta?</p> + +<p>—Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero +hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.</p> + +<p>—¿Qué defecto le encuentras?</p> + +<p>—No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un +excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y +luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será +convenir conmigo que está desprovisto de poesía!</p> + +<p>—Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy +natural—respondí conteniendo mis lágrimas.</p> + +<p>—En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.</p> + +<p>—¿Entonces, lo desairas, Juno?</p> + +<p>—He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues +temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento +reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin +es un cumplido caballero.</p> + +<p>—Mas, supuesto que no le amas, Blanca...</p> + +<p>—Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el +hogar, no es necesario el amor.</p> + +<p>—¿Cómo puedes creer semejante cosa?—exclamé saltando de +indignación.—De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.</p> + +<p>A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen +sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba +en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle +oídos.</p> + +<p>—Pablo te quiere mucho, Juno—murmuré yo casi sin voz.</p> + +<p>—Sí, desde hace tiempo.</p> + +<p>—¿Lo sabías?</p> + +<p>—Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo +habías notado?</p> + +<p>—Sí... algo—le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro +lleno de melancolía.</p> + +<p>Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su +mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.</p> + +<p>Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su +padre, concluiría por dar su consentimiento.</p> + +<p>Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado +quince días después.</p> + +<p>¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">C</span><span class="smcap">onvínose</span> en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa +increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció +casi decidida a otorgarle su mano.</p> + +<p>Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, +y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos +hombres.</p> + +<p>Pero esta resignación era sólo aparente.</p> + +<p>Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por +pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo +más sencillo era irme al otro mundo.</p> + +<p>Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él +con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi +enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la +idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las +gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había +muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su +ejemplo.</p> + +<p>Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis +pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir +al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.</p> + +<p>Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le +pedí permiso para ir al Zarzal.</p> + +<p>—Más vale escribir al cura que venga, Reina.</p> + +<p>—No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.</p> + +<p>—Es que no es nada divertido el viaje.</p> + +<p>—No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo +hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si +es que me lo permitís.</p> + +<p>—Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será +fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?</p> + +<p>—Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a +dormir en la casa parroquial.</p> + +<p>—Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de +hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.</p> + +<p>Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la +barba con aire preocupado.</p> + +<p>—¿Estás enferma, Reina?</p> + +<p>—No, tío.</p> + +<p>—Sobrinita—díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se +cumplan mis deseos.</p> + +<p>Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría +visto nada.</p> + +<p>Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que +era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran +éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.</p> + +<p>Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía +de Blanca que deseaba ir conmigo.</p> + +<p>En el camino medité en las palabras de mi tío.</p> + +<p>—Lo sabe todo—pensé.—¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de +mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de +qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede +querer a otra. No entiendo a mi tío.</p> + +<p>Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. +Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su +vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.</p> + +<p>Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, +mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a +mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que +profesaba a la etiqueta.</p> + +<p>Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro +de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a +paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar +almorzando.</p> + +<p>Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia +adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que +coloqué contra el muro a modo de banco.</p> + +<p>Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que +formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.</p> + +<p>Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían +perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos +no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre +el cráneo, con indecible desolación.</p> + +<p>—¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!</p> + +<p>Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y +me precipité en el comedor, como una bomba.</p> + +<p>El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció +de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la +etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus +brazos y lloré largo rato sobre su pecho.</p> + +<p>Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de +un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían +cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la +escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder +la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que +sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener +la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social +ante un sentimiento sincero y profundo.</p> + +<p>—La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo—exclamé sollozando.</p> + +<p>—¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal +conclusión? No, no; no es posible.</p> + +<p>Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con +enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un +pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con +caricias y frases cariñosas.</p> + +<p>—Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate—me +dijo separándome con dulzura.</p> + +<p>—Tenéis razón—respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi +bolsillo.—Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la +calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. +¡Comamos, señor cura!</p> + +<p>Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, +desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa +alegremente.</p> + +<p>—Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de +hambre.</p> + +<p>—Y no tengo casi nada que darte.</p> + +<p>—¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! +¡Es un banquete!</p> + +<p>—Y ¿has venido sola, Reina?</p> + +<p>—¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a +espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le +digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.</p> + +<p>El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. +Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y +mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una +admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.</p> + +<p>—Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?</p> + +<p>—Digo... sí, algo, Reina.</p> + +<p>—Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que +acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan +bien.</p> + +<p>Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis +impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé +continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por +cierto, sin pensar en reñirme.</p> + +<p>—¿No voy camino del infierno, señor cura?</p> + +<p>—No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.</p> + +<p>—¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os +he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.</p> + +<p>—En todo caso, no lo pareces.</p> + +<p>—Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os +convenceréis.</p> + +<p>Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un +espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a +un lado de la chimenea.</p> + +<p>—Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?</p> + +<p>Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí +tranquilamente.</p> + +<p>—Mi cura, me muero.</p> + +<p>Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, +en la que estaba a punto de introducir los dedos.</p> + +<p>—No tienes aspecto de eso, hijita.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?</p> + +<p>—No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota +una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?</p> + +<p>Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar +una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una +palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un +movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se +incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.</p> + +<p>—¿Y bien, Reina?</p> + +<p>—Pues bien, señor cura, me muero de... amor.</p> + +<p>El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el +mismo cura no dio más que un salto pequeñito.</p> + +<p>—Estaba seguro de ello—dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, +que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos +tiempos,—estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.</p> + +<p>—No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto +que amo.</p> + +<p>—¡Oh tan joven, tan niña!</p> + +<p>—¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de +Couprat.</p> + +<p>—¡Ah! ¿conque es él?</p> + +<p>—¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?</p> + +<p>—Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.</p> + +<p>—Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le +gusto.</p> + +<p>Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos +instante como petrificado.</p> + +<p>—¡Eso no es posible!—exclamó y con tal convicción que no pude ahogar +la risa.</p> + +<p>—No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha +pedido su mano.</p> + +<p>Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis +descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta +narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y +verdadera.</p> + +<p>El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio +mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la +consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se +esforzó en hacerme entrar en razón.</p> + +<p>—Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.</p> + +<p>—¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.</p> + +<p>—Sin embargo, sucede.</p> + +<p>—¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.</p> + +<p>—¿Se lo has dicho a tu tío?</p> + +<p>—No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para +qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no +quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.</p> + +<p>Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.</p> + +<p>Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer +el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.</p> + +<p>Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, +cuando el cura prosiguió semisonriendo.</p> + +<p>—Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.</p> + +<p>-¡Ah! señor cura—repliqué rápidamente,—si Francisco I y Buckingham +estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría +contentísima.</p> + +<p>¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible +de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso +tema, me aconsejó resignación.</p> + +<p>—Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que +tienes delante de ti una larga vida.</p> + +<p>—Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me +casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!</p> + +<p>Y traté de toser de un modo cavernoso.</p> + +<p>—No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.</p> + +<p>—Bueno—dije levantándome,—veo que no queréis creerme. Aprovechemos +del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir +al Zarzal, señor cura.</p> + +<p>Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de +Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el +rostro del cura.</p> + +<p>¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar +ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la +ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y +mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta +casa!</p> + +<p>Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de +arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad +de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas +semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me +hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por +mi, lo hubiera creído sin dificultad.</p> + +<p>Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días +tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.</p> + +<p>Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, +recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las +decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.</p> + +<p>—¿Os acordáis, señor cura?—díjele indicándole el cerezo, a que había +trepado Pablo.</p> + +<p>—Pensemos en otra cosa, Reinita.</p> + +<p>—¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os +aseguro que no tiene defectos.</p> + +<p>Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener, +tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis +impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.</p> + +<p>Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento +oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de +sabiduría y fácil de alcanzar.</p> + +<p>—¡Ah, mi cura—le respondía con toda seriedad,—no sabéis lo que es el +amor!</p> + +<p>—Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te +sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.</p> + +<p>Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y +seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son +incomprensibles.</p> + +<p>Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:</p> + +<p>—¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!</p> + +<p>Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:</p> + +<p>—Señor cura, esta noche he concebido una idea.</p> + +<p>—Veamos la idea, hijita.</p> + +<p>—Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.</p> + +<p>—No se puede quitar a otro su puesto, Reina.</p> + +<p>—El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna +atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?</p> + +<p>—Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia; +treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.</p> + +<p>—¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.</p> + +<p>—No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en +que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los +tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y +oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos +intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no +tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio +y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía +tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días +tan tristes de mi juventud.</p> + +<p>El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre +alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido +sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan +verdadera, tan dulce y tan sin hiel.</p> + +<p>—Sois un santo, mi cura—le dije tomándole la mano.</p> + +<p>—¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha +hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter +joven y activo.</p> + +<p>Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede +soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando +se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.</p> + +<p>Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba +en desierto.</p> + +<p>Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda +convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor +desgraciado.</p> + +<p>—Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con +júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.</p> + +<p>—Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara +todo.</p> + +<p>El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante +<i>landeau</i> de mi tío, exclamó:</p> + +<p>—¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre +este coche y el carromato de Juan!</p> + +<p>—Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para +que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, +puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y +un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.</p> + +<p>Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por +más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida, +sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza +había nacido en su corazón.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">E</span><span class="smcap">sta</span> visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.</p> + +<p>El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí +en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las +mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de +conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron +los acontecimientos.</p> + +<p>Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta +de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus +parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. +Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de +Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un +acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la +esperanza.</p> + +<p>El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para +acordarme eternamente de tan célebre día)—el segundo día, hacía un +tiempo espantoso.</p> + +<p>Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca +preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor +de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su +destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.</p> + +<p>Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una +ventana.</p> + +<p>Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión +por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la +lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese +viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía +fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos +instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos +briosos corceles.</p> + +<p>De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba +a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.</p> + +<p>—¡Qué aire de idiota tiene!—decíame yo, mirándola así, con los ojazos +fijos y casi atontados.</p> + +<p>—¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del +mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh, +inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.</p> + +<p>En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.</p> + +<p>Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:—¡Tenemos +visitas!—Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el +amigo de mi tío y su agregado de embajada.</p> + +<p>No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la +calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni +calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no +había visto jamás ningún hombre tan bello.</p> + +<p>Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas +matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente +elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su +expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la +aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés +hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una +posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.</p> + +<p>Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida, +le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible +imaginar una pareja más bella.</p> + +<p>Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara +entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de +Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran +preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y +burlón.</p> + +<p>El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres +después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de +esto, cuando yo escribía al cura.</p> + +<p>«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y +caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y +de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad +entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.</p> + +<p>«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece +que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me +reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.</p> + +<p>«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. +¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un +átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a +quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué +consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se +tiene salud?</p> + +<p>«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el +Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día, +un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo, +llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole +entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría +a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un +marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar +la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella, +como dicen mi tío y la etiqueta.</p> + +<p>Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, que +jamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba +redondamente a dar su mano al señor de Couprat.</p> + +<p>«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como +antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la +dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi +cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero +hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me +parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros +hermosos cabellos blancos más delicados.</p> + +<p>«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido +verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he +reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré +de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada, +mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al +tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las +engalana con su propia belleza.</p> + +<p>«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué +estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se +resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el +arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está +decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué +caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo +insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez +la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. +No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible +se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y +desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor +cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este +instante!</p> + +<p>«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la +vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen +que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que +sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los +conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una +declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he +aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me +prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y +declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el +fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a +guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo +insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que +avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!</p> + +<p>«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más +lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero +¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?</p> + +<p>«Dadme luz, mi viejo cura».</p> + +<p>Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo. +Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el +matrimonio de Blanca.</p> + +<p>Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su +hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e +incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la +felicidad de una sobrina.</p> + +<p>Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna +veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan +entrañablemente sin que siquiera lo sospechara.</p> + +<p>Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni +atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y +poético.</p> + +<p>Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante. +Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:</p> + +<p>—Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremos +siendo siempre buenos amigos.</p> + +<p>Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentir +hondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras, +y le notaba muy cambiado, moral y físicamente.</p> + +<p>Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubiera +sido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender que +nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura!</p> + +<p>De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaría +mejor.</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">E</span><span class="smcap">l</span> quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco y +pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado. +Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que no +me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría y +espléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puesto +al unísono de su belleza.</p> + +<p>Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido. Bajó muy +emocionada; nos abrazamos todos patéticamente y... camino de Italia.</p> + +<p>—¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo.</p> + +<p>Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé, +pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa +de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía +especial preferencia.</p> + +<p>El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a +cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al +caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y +pintoresco.</p> + +<p>A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una +margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en +la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió +que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo +colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas +entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta +como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que +se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y +caer al agua.</p> + +<p>Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que +había escogido yo para mis meditaciones.</p> + +<p>Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y +a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser +sorprendidos en su líquido curso por el hielo.</p> + +<p>No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío +que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi +ternura, como diría el poeta.</p> + +<p>El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando +los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción +del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y +se esparcía sobre él.</p> + +<p>Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las +mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus +movimientos.</p> + +<p>Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente, +los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me +hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin +que él se fijara, le miraba de soslayo.</p> + +<p>—Prima...</p> + +<p>—¿Primo...?</p> + +<p>Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se +atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador +para alentarle.</p> + +<p>Frunció las cejas y exclamó con ansia:</p> + +<p>—Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.</p> + +<p>—¡Muy buena idea!—repúsele yo con tono seco,—iré a vuestro entierro.</p> + +<p>Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me +miró con fijeza.</p> + +<p>—¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?</p> + +<p>-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no +me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este +valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo. +Que cada cual haga su gusto en vida.</p> + +<p>Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de +mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su +lúgubre proyecto, quedaba desconcertado.</p> + +<p>—Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que +nos vimos me encontrasteis tan amable.</p> + +<p>—¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la +sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?</p> + +<p>—¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no +ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de +Lavalle?</p> + +<p>—Lo habéis dicho, primo.</p> + +<p>Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y +poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh, +cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de +encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo +que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de +barro y con el infortunado barón de Le Maltour.</p> + +<p>—Vuestra tía era horrible, señorita,—me dijo volviéndose bruscamente.</p> + +<p>—Mis lindos ojos compensaban su fealdad,—respondí en igual tono.</p> + +<p>—¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.</p> + +<p>—Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí +sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en +perfecta salud.</p> + +<p>—Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, +con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué +os he hecho?</p> + +<p>—Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro +cuerpo a la última mansión.</p> + +<p>—¡Mi cuerpo!—exclamó con doloroso escalofrío.—Aun no estoy muerto, +señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.</p> + +<p>—¡Buen viaje, primo!</p> + +<p>Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos +con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus +pasos.</p> + +<p>—Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero +qué... ¿estáis llorando?</p> + +<p>—Pensaba en Juno—repuse logrando hacerlo con voz segura.</p> + +<p>—Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?</p> + +<p>—Con mucho gusto, Pablo.</p> + +<p>¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más +bella, que había soñado poseer.</p> + +<p>Y partió para no volver.</p> + +<p>A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y +contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el +hielo.</p> + +<p>¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario +que la quiera prodigiosamente.</p> + +<p>Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado de +ella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es una +intrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras que +cerca de él, una almita?...</p> + +<p>—¿Qué haces ahí, Reina?—me interrogó mi tío, que había venido sin que +yo le sintiese.</p> + +<p>Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Lloramos?</p> + +<p>—¡Qué tontos son los hombres, tío!</p> + +<p>—Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras?</p> + +<p>—Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,—proseguí +llorando.</p> + +<p>—¿Le crees capaz de semejante crimen?</p> + +<p>—No,—contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.—Tal atrocidad es +incompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que...</p> + +<p>—Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, +la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no +se equivoque más.</p> + +<p>—¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su +vida sin ser un fenómeno?</p> + +<p>El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una +conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.</p> + +<p>—¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que +el Pico de la Aguja Verde.</p> + +<p>—Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.</p> + +<p>Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más +que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.</p> + +<p>—Con todo, Juno es tan linda.</p> + +<p>—Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y +plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de +que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al +Pavol y...</p> + +<p>Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré +alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que +predicen el porvenir con tanto aplomo.</p> + +<p>—Todo está muy bien,—me dije encaminándome lentamente hacia el +castillo,—pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer +durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será +preciso mandarle a Laponia.</p> + +<p>Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en +momentos en que el comandante subía a su carruaje.</p> + +<p>Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:</p> + +<p>—Comandante ¿Pablo se va a Rusia?</p> + +<p>—Sí, su viaje está decidido.</p> + +<p>—He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...</p> + +<p>Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me +había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.</p> + +<p>-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.</p> + +<p>—Los dados están echados—exclamé en voz alta golpeando el suelo con el +pie.</p> + +<p>Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:</p> + +<p>—Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los +esquimales, os lo suplico.</p> + +<p>—¿Y por qué entre los esquimales?</p> + +<p>—Porque las mujeres de por allá son espantosas—balbuceé,—mientras que +las rusas son lindísimas.</p> + +<p>El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó +sencillamente:</p> + +<p>—Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.</p> + +<p>—¡Cuánto os quiero!—exclamé con los ojos llenos de lágrimas y +estrechándole la mano.—Decidle que no permanezca mucho tiempo en las +chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.</p> + +<p>Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:</p> + +<p>—Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened +la vuestra.</p> + +<p>Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido +por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios +de la dignidad.</p> + +<p>Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos +salir del paso?</p> + +<p>Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y +escribí:</p> + +<p>«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices, +encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar de +Juno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso?</p> + +<p>«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres que +aman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura, +mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que el +señor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.</p> + +<p>«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol».</p> + + + + +<hr /> + +<h3><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX.</h3> + +<p class="non"><span class="letra">E</span><span class="smcap">l</span> único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la +instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil +demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor +de próxima separación.</p> + +<p>¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad +de los hombres!</p> + +<p>Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana +remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.</p> + +<p>Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.</p> + +<p>Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno +que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme +paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis +cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía +obligada a soportar.</p> + +<p>Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el +viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las +hermosas eslavas me daban un miedo horrible.</p> + +<p>—¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?</p> + +<p>—Es de esperarse, Reinita.</p> + +<p>—Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En +qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera; +decidme que no es posible y que pronto me querrá.</p> + +<p>—Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer +lo contrario y prepararte de antemano.</p> + +<p>—Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor +cura.</p> + +<p>—¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!</p> + +<p>—El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme +que me querrá, señor cura, decídmelo.</p> + +<p>—No deseo otra cosa, hijita querida,—respondíame el cura, quien a +pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el +ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese +dependido de semejante sacrificio.</p> + +<p>Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de +todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por +día.</p> + +<p>Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante +horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y +pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador, +con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el +Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.</p> + +<p>Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi +melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor +de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este +solo hecho habría bastado para probarle su intensidad.</p> + +<p>Seis meses pasáronse así.</p> + +<p>Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el +jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había +refrescado la atmósfera y regado las flores del cura.</p> + +<p>Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia +de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba +arrebatar por risueñas esperanzas.</p> + +<p>Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que +doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me +recordaba las mejores horas de mi vida.</p> + +<p>De tiempo en tiempo, decíame el cura:</p> + +<p>—Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina, +que he encontrado ya más de quinientas?</p> + +<p>Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen +cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis +quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.</p> + +<p>Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín +y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio +sacudimiento que sentí en mi vida.</p> + +<p>—¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina +¿dónde está?</p> + +<p>Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una +palabra.</p> + +<p>—¡Ah, allí está!—exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.</p> + +<p>—¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de +volver a veros!</p> + +<p>Tomó mi mano y la besó.</p> + +<p>Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis +pensar mal de mí.</p> + +<p>Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero +cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba +esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando +le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa, +especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar +tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso +que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó +en sus brazos.</p> + +<p>Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.</p> + +<p>Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las +manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a +la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas +veces a mi mente.</p> + +<p>—Querida Reina—murmuró Pablo a mi oído;—si hubiese conocido antes +vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.</p> + +<p>Yo no respondí, porque lloraba.</p> + +<p>Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras +que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un +lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.</p> + +<p>—Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara +hacia acá, Reina.</p> + +<p>Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y +exclamé:</p> + +<p>—¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja +Verde.</p> + +<p>—¿El Pico de la Aguja Verde?—preguntó sorprendido.</p> + +<p>—Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo +que ignorabais al partir?</p> + +<p>—Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido +recordando desde hace dos meses.</p> + +<p>—¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?</p> + +<p>—Nada es más cierto, mi querida novia.</p> + +<p>¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras +que el cura lloraba de alegría.</p> + +<p>Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la +prisión en que las había puesto el cura.</p> + +<p>Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su +plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas +lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé +tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos, +y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por +gorriones y babosas.</p> + +<p>Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar +su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin +embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el +espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a +nombrársela.</p> + +<p>—¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?</p> + +<p>—Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte. +¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?</p> + +<p>No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:</p> + +<p>—Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...</p> + +<p>—¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.</p> + +<p>—¡Oh¡—repuse mirándole solapadamente,—si mi tía era horrible.</p> + +<p>—No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más +encantadora...</p> + +<p>—Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...</p> + +<p>—Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer +como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea +e inculta es la tierra en que brota.</p> + +<p>—Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.</p> + +<p>—¡Oh! no, absolutamente, Reinita.</p> + +<p>Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.</p> + +<p>—No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con +toda la sinceridad de mi corazón.</p> + +<p>Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba, +pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.</p> + +<p>Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el +preguntarle:</p> + +<p>—¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?</p> + +<p>—¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?—replicó +seriamente.—¿No tienes confianza en mi lealtad?</p> + +<p>—¡Oh, sí!—dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de +cariño.</p> + +<p>Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la +imagen de Blanca.</p> + +<p>Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta +confianza.</p> + +<p>—Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.</p> + +<p>—¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?</p> + +<p>—Sois muy poco discreto tío—le dije,—ruborizándome.</p> + +<p>—Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo +conocía.</p> + +<p>—¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.</p> + +<p>—No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.</p> + +<p>—Es posible.</p> + +<p>—Y Pablo no ha ido a Laponia—continuó, riéndose, mi tío.</p> + +<p>¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa +felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta +delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin +saberlo, había divulgado a todo viento.</p> + +<p>Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin +igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de +fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los +que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar +por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin, +nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo, +nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la +estimación por base.</p> + +<p>Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo +la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a +otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas +y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada +investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor +formal.</p> + +<p>A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él +admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:</p> + +<p>—¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que +el amor no es la cosa más encantadora del mundo?</p> + +<p>—¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido +convencerte.</p> + +<p>—¿Y, no tenía razón?</p> + +<p>—Así parece—y sonreía bondadosamente.</p> + +<p>El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la +bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo +creo.</p> + +<p>Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:</p> + +<p>—¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!</p> + +<p>La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.</p> + +<p>¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se +abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.</p> + +<p>Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al +pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado +viejas para casarse.</p> + +<p>El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo +mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores, +deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el +gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.</p> + +<p>Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y +mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. +Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me +repita eternamente...</p> + +<p>Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.</p> +<hr /> +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Mi tio y mi cura, by Alice Cherbonnel + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MI TIO Y MI CURA *** + +***** This file should be named 27121-h.htm or 27121-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/7/1/2/27121/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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