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authorRoger Frank <rfrank@pglaf.org>2025-10-15 02:32:45 -0700
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+The Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Espasmo
+
+Author: Federico De Roberto
+
+Release Date: October 3, 2008 [EBook #26756]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+
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+
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+
+
+BIBLIOTECA DE «LA NACION»
+
+FEDERICO DI ROBERTO
+
+ESPASMO
+
+BUENOS AIRES
+
+1909
+
+
+
+
+INDICE
+
+
+ I.--El hecho
+ II.--Las primeras indagaciones
+ III.--Los recuerdos de Roberto Vérod
+ IV.--Historia de una alma
+ V.--Duelo
+ VI.--La investigación
+ VII.--La confesión
+VIII.--La carta
+ IX.--Espasmo
+
+
+Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos
+más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos
+haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di
+Roberto y un libro como Espasmo.
+
+Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como
+Verga, el autor de _Cavalleria rusticana_, con el cual su talento
+literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista,
+de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus
+novelas son de una gran intensidad dramática--aun cuando conservan en
+sus lineamientos una elegancia impecable,--algo de aristocrático en la
+concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que
+caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con _Arabeseos e
+Historias breves_ inició brillantemente su carrera literaria, en la que,
+a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con
+_I Viceré_ y con este _Espasmo_ que hoy ofrecemos a los lectores
+argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito
+mereció de nuestra parte especial cuidado.
+
+En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones
+intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se
+desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber
+impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora.
+Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se
+mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta
+novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la
+conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.
+
+Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la
+moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,
+diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que
+son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer
+_Espasmo_, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán
+en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,
+puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en
+esta época.
+
+
+
+
+ESPASMO
+
+
+
+
+I
+
+EL HECHO
+
+
+Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de
+Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que
+produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la
+curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en
+todas las estaciones del lago, sino también del gran público
+cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.
+
+El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un
+arma de fuego y gritos confusos salidos de la _villa Cyclamens_, situada
+en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la
+habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes.
+La _villa Cyclamens_ estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa
+d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad
+de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que
+había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos
+los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la
+Confederación, era conocida desde tiempo atrás.
+
+Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los
+gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma,
+hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un
+tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la
+sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano.
+Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,
+sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese
+cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte,
+sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada
+por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de
+sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las
+contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y
+algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados
+los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada
+línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia
+el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese
+abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera
+de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado
+el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los
+cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la
+mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si
+fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de
+haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado
+junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa
+boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:
+
+--¡Se acabó!... ¡Se acabó!...
+
+En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había
+un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la
+muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel
+hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también,
+próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de
+acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las
+llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse:
+entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de
+consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu
+salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba,
+y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el
+cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.
+
+La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su
+acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor
+Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La
+noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y
+los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la
+Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo
+acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego,
+no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban
+estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de
+dolorida simpatía que le dirigían.
+
+Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el
+suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la
+catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos
+días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se
+había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había
+permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba
+en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que
+antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos
+encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo
+tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había
+hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las
+habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo
+como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían
+subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,
+después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado,
+igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.
+
+En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la
+extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un
+rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y
+mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies
+a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los
+brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la
+curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.
+
+En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la
+Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única
+de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la
+extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,
+quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar
+lo ocurrido.
+
+--¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...--exclamaba la Baronesa.--Pero ¿por
+qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado
+algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en
+el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera
+resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito
+tenue y delicado... Los dolores morales...
+
+Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes
+colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:
+
+--¿Cree usted que fuera feliz?
+
+El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía
+significar asentimiento como duda o ignorancia.
+
+--¡Y ese pobre Príncipe!...--continuó la Baronesa, siempre mirando por
+lo bajo, continuamente, a la extranjera.--Es un dolor verle sufrir
+así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se
+alejara...--Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven
+desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:--¿Por
+qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?
+
+Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los
+circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la
+dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento
+apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los
+extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.
+
+--No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere
+usted?
+
+Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la
+Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente
+magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una
+angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento
+con que le faltaban las palabras.
+
+--¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...--dijo turbada.--¡Pero hay, sin
+embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...
+Doctor--agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento
+al Príncipe.--Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a
+ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no
+se la podría pedir que se alejara?
+
+--Sí... cierto...--contestó el doctor vacilante y sin saber qué
+hacer.--Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los
+magistrados...
+
+--¿Se les ha avisado?
+
+--Aquí llegan.
+
+Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la
+sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito
+Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.
+
+Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos
+del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes
+se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro
+saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el
+cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a
+quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la
+muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba
+de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.
+
+--¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la
+hiciese prever?--preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser
+incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y
+mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía
+contestar.
+
+Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un
+profundo sueño, y dijo:
+
+--Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...
+
+--¿Sufría mucho?
+
+--¡Sufría tanto... tanto!...--respondió el Príncipe, con una entonación
+de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.
+
+--¿Estaba enferma?--preguntó el juez al doctor, después de un breve
+silencio.
+
+--Sí: de una afección del pecho.
+
+--¿Sabía lo que tenía?
+
+--Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y
+valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.
+
+--¿No se podía tener esperanzas de salvarla?
+
+--Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe
+engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos
+años.
+
+--¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?
+
+--No es lo único--repitió como un eco el Príncipe Alejo.
+
+Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la
+actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar
+apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo
+el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y
+confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que
+ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que
+también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando
+interrumpía:
+
+--¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos
+religiosos que tenía...
+
+--¿Cuáles eran?--preguntó el juez.
+
+--Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente--contestó el
+doctor.
+
+--¿Es cierto?...--interrumpió otra vez la Baronesa.--¡Parece increíble
+lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un
+paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones
+preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a
+Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por
+allí.
+
+Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis,
+arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la
+observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble
+cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.
+
+El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía
+iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro
+lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado,
+sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.
+
+--¿Estaba sola cuando se mató?
+
+--Sola.
+
+--¿Habló usted con ella esta mañana?
+
+--Sí; habló con ella.
+
+--¿Estaba triste?
+
+--Mortalmente.
+
+--Podríamos ver si ha dejado algo escrito.
+
+La Baronesa dio una palmada y exclamó:
+
+--¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!
+
+El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.
+
+Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con
+espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en
+plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba
+el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con
+cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y
+un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más
+libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de
+los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después
+de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban
+llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la
+correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una
+cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de
+pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha
+encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo
+negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el
+Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:
+
+--Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...
+
+Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su
+persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el
+pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó,
+aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el
+libro extraído por éste de su negra caja:
+
+--¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...
+
+También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un
+libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que
+debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió
+rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco
+acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas
+partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a
+las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:
+
+--No se entiende--dijo--no es una confesión...
+
+Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una
+pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,
+el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero
+tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo
+atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o
+inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena
+de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un
+cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus
+propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le
+hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían
+recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que
+llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.
+
+--¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...--exclamaba la mujer, juntando las manos, el
+flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.--¡Quiero verla!... ¡Verla
+una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...
+
+Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada,
+algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.
+
+--Dejadla pasar--ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba
+que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado
+de toda su confianza.
+
+Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó
+hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a
+sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel
+desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de
+una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su
+tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y
+parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los
+dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella.
+Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían
+impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la
+extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a
+nadie.
+
+--¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...--gemía la mujer
+junto al cadáver.--Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!...
+¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre...
+¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a
+ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la
+hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...--repetía con voz aún más afligida,
+como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente
+recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha
+matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...
+
+La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su
+pecho a la criada.
+
+--¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!...
+¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos
+señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?
+
+--A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé
+más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir
+conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...
+
+--¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta,
+anoche o esta mañana?
+
+--Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.
+
+--¿A quién estaba dirigida?
+
+--A sor Ana.
+
+--¿Quién es sor Ana?--preguntó el magistrado, que había dejado
+pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.
+
+--Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.
+
+--¿Dónde está?
+
+--No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.
+
+--¿Usted tampoco sabe esa dirección?--preguntó el juez, volviéndose
+hacia el Príncipe Alejo.
+
+--La ignoro, pero...
+
+Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió
+a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la
+entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,
+no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:
+
+--¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...
+
+Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la
+Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.
+
+--¡Vérod!--exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de
+cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró
+a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un
+lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente
+los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear,
+vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la
+confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó
+una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta,
+intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.
+
+--¡Nuestra pobre amiga!--exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la
+diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.--¡Quién lo
+habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse
+así...
+
+Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:
+
+--No.
+
+Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.
+
+--¿Qué dice usted?--preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole
+fijamente en los ojos.
+
+--Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.
+
+Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar
+vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan
+suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los
+presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba
+también fijamente a su inesperado acusador.
+
+--¿Cómo puede usted asegurarlo?--preguntó aún el juez.
+
+--Lo sé.
+
+--¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?
+
+--Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.
+
+--¿Quién cree usted que la ha muerto?
+
+El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la
+extranjera, y dijo:
+
+Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.
+
+En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había
+permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no
+hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción
+de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto
+hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron
+la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión,
+que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la
+desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al
+acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.
+
+Antes de decir nada contra alguien--repuso el juez en tono de
+amonestación--es preciso estar cierto de lo que se dice.
+
+--Si no estuviera cierto no habría hablado.
+
+--¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?
+
+El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de
+contener.
+
+--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de
+destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con
+la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.
+
+La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban
+preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían
+producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de
+verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el
+puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura,
+rencorosa, y le apostrofó así:
+
+--¡Loco! ¿Qué dices?
+
+Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros
+que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y
+otro penetrar con ellas hasta el alma.
+
+El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.
+
+--¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!--intimó el primero.
+
+--¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo
+conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad
+de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,
+de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya
+conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.
+
+Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan
+ustedes--agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados:
+deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan
+ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es
+creíble...
+
+El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada
+escrutadora:
+
+--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha
+intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente
+y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y
+firme.
+
+--¿Usted cree eso?--exclamó el joven desconcertado--¿usted ha dicho eso?
+
+La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;
+parecía no comprender ni ver.
+
+--¿De quién era esta arma?--la preguntó el magistrado.
+
+--Suya.
+
+--¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?
+
+--Encerrada, escondida.
+
+--¿Ve usted--dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven--que nada
+confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?
+
+El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche
+por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un
+momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y
+lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo
+exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el
+rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de
+sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía
+entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y
+entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:
+
+--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar
+con el juez de instrucción.
+
+
+
+
+II
+
+
+LAS PRIMERAS INDAGACIONES
+
+
+Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal
+de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura
+legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una
+natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión
+se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia
+inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las
+mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su
+primera vocación había sido otra.
+
+Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por
+ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y
+llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que
+lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,
+ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como
+pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de
+compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa
+familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era
+sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía
+y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo.
+Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de
+la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo
+habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la
+justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a
+ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.
+
+La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas
+rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre
+político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder
+juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,
+extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que
+cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y
+Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos
+trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había
+comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en
+una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus
+sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por
+consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética,
+la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto
+de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de
+aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la
+música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él
+después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del
+joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.
+
+Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza
+contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez
+de paz en la _villa Cyclamens_, adonde había acudido al primer
+llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si
+resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan
+merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos
+que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y
+su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto
+al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él
+a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes
+en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas
+enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle
+conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la
+Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de
+leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el
+número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la
+muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque
+había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La
+actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que
+también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su
+contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba
+sobre la cabeza del Príncipe.
+
+Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno
+de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su
+país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra
+la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado
+conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más
+temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena
+de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que
+en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad,
+todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras
+galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del
+abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus
+seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,
+se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la
+Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor
+fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?
+
+Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y
+otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la
+catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la
+sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron
+en la _villa Cyclamens_. En la suposición de que el amor o el capricho
+del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado,
+el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para
+explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón
+aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es
+decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se
+encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una
+vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,
+sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido
+impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las
+maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en
+que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba
+por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que
+perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus
+secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida
+disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de
+su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento;
+pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos
+poco probable.
+
+Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de
+amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado
+nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía
+haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de
+la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel
+de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien
+había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el
+hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,
+cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin
+que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando
+hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona
+de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición
+del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver,
+deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse
+hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo,
+se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz,
+contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa
+posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y
+haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera
+podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la
+caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente
+de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una
+suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un
+asesino sería inexplicable.
+
+Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía
+esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que
+había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la
+necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran
+entrar a Vérod.
+
+Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su
+rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la
+confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la
+difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el
+instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del
+curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde
+la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la
+frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario
+ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre
+ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de
+Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones
+juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre
+había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo
+deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también
+de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor
+por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?
+
+--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se dirigía
+mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles,
+secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;--aquí me
+tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?
+
+--Roberto Vérod, treinta y cuatro años.
+
+--¿Es usted Vérod, el escritor?
+
+--Sí.
+
+--¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?
+
+--Sí.
+
+O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.
+
+--Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?
+
+No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio,
+sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado,
+tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía.
+Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego,
+arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la
+mano.
+
+--¡Si usted supiera, señor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qué
+tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar,
+cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para
+decirle lo que tengo que decirle!
+
+Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre
+se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera
+reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los
+habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano
+que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a
+él, contestó:
+
+--Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo
+mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al
+magistrado, sino al hombre.
+
+--¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al
+magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría
+probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi
+convicción moral...
+
+--¿Y al hombre?
+
+--Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha
+soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin
+resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio,
+puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?
+
+El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto
+no contestó.
+
+Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a
+interrogarle:
+
+--¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?
+
+El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.
+
+--No debo, no, decirlo...--murmuró con voz ahogada.--A nadie revelaré un
+secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire
+usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.
+
+--¿La amaba usted?
+
+--Sí.
+
+Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la
+alegría, una altiva felicidad.
+
+--Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de
+cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?
+
+--¿Y ella le amaba a usted?
+
+--¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El
+mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un
+acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese
+sentimiento que nos hacía vivir.
+
+--¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?
+
+A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió
+un amarga contracción de desdén.
+
+--¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera
+amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?
+
+Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea.
+O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que
+Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se
+había convertido.
+
+--Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del
+Príncipe con la Condesa?--siguió preguntando mientras tanto.--¡No cabe
+duda de que hubo un tiempo en que se amaron!
+
+--Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas
+cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra
+codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó
+porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!
+
+--¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?
+
+--Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara,
+como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no
+quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su
+interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las
+consecuencias del error, aceptó el martirio.
+
+--¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?
+
+--¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus
+palabras envolvían una ofensa, un agravio.
+
+--¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?
+
+--¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese
+hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre
+en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo
+que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que
+yo a su respecto.
+
+--¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la
+Condesa?
+
+--Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y
+ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos
+veces.
+
+--¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad
+política?
+
+--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.
+
+--¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que
+perseguía?
+
+--No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su
+patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de
+compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa
+que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y
+sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal,
+debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.
+
+--¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?
+
+--¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!
+
+--¿Cuándo la conoció usted?
+
+--El año pasado.
+
+--¿Dónde?
+
+--Aquí, en el Beau Séjour.
+
+--¿Todavía no había alquilado la villa?
+
+--Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.
+
+--¿Dónde vivía en invierno?
+
+--En Niza.
+
+--¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?
+
+--No.
+
+--Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?
+
+--En estos últimos meses.
+
+--Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?
+
+--Una compatriota y correligionaria suya.
+
+--¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?
+
+--No, pero no es difícil adivinarla.
+
+--¿Sería ella también su querida?
+
+--¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de
+la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en
+asociarse al deber?
+
+La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de
+aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la
+criatura adorada por él.
+
+--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe.
+¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber
+estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya
+al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no
+amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la
+condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese
+delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada
+para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer,
+apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto
+en práctica un antiguo propósito?
+
+--¿Eso no le prueba a usted--exclamó el joven, sin contestar
+directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva
+interrogación,--eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación
+había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre
+por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida
+debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en
+que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso
+fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza
+que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...
+
+Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y
+el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral
+del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de
+sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba
+mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el
+acusador.
+
+Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación
+parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera
+debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía
+hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente
+humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía
+improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy
+diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más
+alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el
+grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más,
+no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos.
+Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y
+reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede
+ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión
+esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.
+
+--Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para
+inculpar a dos personas?
+
+--Usted comprenderá--repuso el magistrado cuando vio calmarse la
+angustia de Vérod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas
+preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el
+sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría
+permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar,
+casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último,
+las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes
+de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra
+esperanza la sonrió?
+
+--Sí, ¿por qué no la recuperó?--replicó Vérod, como hablando consigo
+mismo.
+
+--¿Usted no sospechó el motivo?
+
+--Ella misma me lo dijo.
+
+--¿Y fue?...
+
+--Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había
+contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella
+un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo
+tampoco la quería de esa manera...
+
+¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que
+se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos?
+Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y
+escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza,
+principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas
+declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base
+inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según
+su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en
+su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso
+sospechar de su sinceridad.
+
+--Pero entonces--replicó,--si esa señora le amaba a usted y no se creía
+libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya
+mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola
+razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales,
+¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se
+vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa
+mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de
+desesperación?
+
+--¿Cómo?... ¿Por qué?...--balbuceó Vérod, aturdido.
+
+--Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a
+costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que
+usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su
+dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.
+
+Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera
+haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y
+en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve
+y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se
+oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido
+el corazón atravesado por un dolor agudísimo.
+
+--¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?...
+¡Oh!
+
+Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor
+sobrehumano.
+
+Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción
+como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un
+proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las
+pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en
+presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud
+despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era
+solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido
+frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de
+su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía,
+y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se
+asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que
+mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria
+indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía
+conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su
+espíritu para estudiar la acusación.
+
+Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido
+él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era
+necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era
+inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un
+remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería
+atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas
+materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras
+inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había
+podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su
+tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad
+de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha
+de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?
+
+Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y
+obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en
+vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por
+distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara
+raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre
+que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas
+plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas
+frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la
+voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin
+embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.
+
+Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al
+impulso de una viva reacción.
+
+--¡No!...--dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán
+de protesta.--¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!...
+
+Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado
+una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé
+con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la
+muerte, ¡al contrario!... ¡No!--repitió con voz que se iba haciendo más
+firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:--¡No! ¡Ella no se
+ha matado! ¡Ha sido asesinada!
+
+¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted
+tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro
+de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo
+confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no
+creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que
+hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!
+
+--¡Tanto mejor!--contestó Ferpierre--¡y puede usted estar cierto de que
+también yo las buscaré, de que las busco!...
+
+Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a
+Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.
+
+--¿Su nombre?--le preguntó.
+
+--Alejandra Paskovina Natzichet.
+
+--¿Nacida en?...
+
+--Cracovia.
+
+--¿Cuántos años?
+
+--Veintidós.
+
+--¿Qué profesión?
+
+--Estudiante de medicina.
+
+--¿Domicilio?
+
+--Zurich.
+
+La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las
+preguntas.
+
+--¿Cómo se encuentra usted en esta casa?
+
+--Vine a hablar con Alejo Zakunine.
+
+--¿A hablarle de qué?
+
+--De cosas que no interesan a la justicia.
+
+--¡O que la interesan mucho!
+
+La joven no contestó.
+
+--¿Es usted su correligionaria?
+
+--Sí.
+
+--¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?
+
+Nuevo silencio.
+
+El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó
+lentamente:
+
+--Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.
+
+La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros
+desdeñosamente.
+
+--¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?
+
+--¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca
+contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?
+
+--No comprendo.
+
+--¿Es usted también su querida?
+
+La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión
+de ira, pero no dijo una palabra.
+
+--¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta:
+¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?
+
+--En el escritorio del Príncipe.
+
+--Y él ¿dónde estaba?
+
+--Conmigo.
+
+--¿Conocía usted a la muerta?
+
+--Nunca hablé con ella.
+
+--¿Hoy la vio usted?
+
+--No.
+
+--¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que
+se amaban?
+
+Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a
+fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de
+ésta. Pero la joven contestó, impasible:
+
+--Sí.
+
+--¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?
+
+--No.
+
+--¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran
+por largo tiempo en desacuerdo?
+
+--No.
+
+--¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?
+
+--Acudí.
+
+Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el
+Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba:
+«Acudimos»?
+
+--¿Sola?--le preguntó.
+
+--Con él.
+
+--¿Y estaba muerta?
+
+--Expiraba.
+
+--¿Por qué se habrá matado?
+
+--No lo sé.
+
+--¿Qué dijo el Príncipe?
+
+--Lloró.
+
+--¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?
+
+--Dos o tres veces.
+
+--¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?
+
+--No sé.
+
+--¿Conoce usted a Vérod?
+
+--No sé quién será.
+
+--La persona que denuncia el asesinato.
+
+--No lo conozco.
+
+El juez cesó de interrogarla.
+
+--La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a
+usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de
+la justicia.
+
+La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante
+todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba,
+reflexionaba que por ese lado nada sabría.
+
+Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma
+misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios
+más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por
+él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda
+clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La
+obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba
+condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con
+aquel que debía ser seguramente el principal actor.
+
+Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó
+atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que
+Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas
+encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo
+enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el
+cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los
+descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada
+profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán
+nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente
+principal.
+
+Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre
+galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por
+la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la
+ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el
+sello de una profunda tristeza.
+
+--¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?
+
+--En Cernigov, en 1855.
+
+--¿Ha sido usted condenado alguna vez?
+
+--Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he
+sido graciado y expulsado de Rusia.
+
+--¿No ha sufrido usted una condena más grave?
+
+--Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han
+confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.
+
+--Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.
+
+A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos
+volvieron a brillar.
+
+--¿Qué contesta usted?
+
+Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir
+su cólera, y luego dijo:
+
+--Es cierto...
+
+¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El
+juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel
+hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta
+duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:
+
+--Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.
+
+Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía
+apenas.
+
+--¿Ha sido muerta por usted, por su mano?
+
+--¿Qué importa? Yo soy responsable...
+
+--¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito
+explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado
+al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó
+usted al suicidio?
+
+--Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.
+
+--¿No la amaba usted ya?
+
+--No la amaba.
+
+--¿Y sin embargo la llora usted?
+
+Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la
+pregunta del juez, éste repuso:
+
+--¿Quería usted abandonarla?
+
+--La abandoné.
+
+--¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La
+tenía usted lástima?
+
+--¡Tanta!
+
+--¿Ella le amó a usted mucho?
+
+--Como yo la amé un tiempo.
+
+--¿Fueron felices?
+
+Los ojos del Príncipe se enrojecieron.
+
+--¿Todavía le amaba a usted?
+
+Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con
+desesperación.
+
+--¿Le dio a usted motivos de celos?
+
+A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.
+
+--¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?
+
+--Lo suponía.
+
+--¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?
+
+Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció
+otra vez.
+
+--No--contestó con voz sorda.
+
+--¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?
+
+--No sé.
+
+--¿El dolor? ¿Los celos?
+
+--Seguramente.
+
+--¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?
+
+--Cinco años.
+
+--¿Era libre cuando la conoció usted?
+
+--Sí, libre. Viuda.
+
+--¿Dónde la encontró usted?
+
+--En Aberdeen, en Escocia.
+
+--¿Cuántos años tenía?
+
+--Veintinueve.
+
+--¿Ahora o entonces?
+
+--Ahora.
+
+--¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse
+legalmente en matrimonio?
+
+--Yo desconozco esa ley.
+
+--¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos
+debía ser inmoral y punible?
+
+--Había contraído el compromiso ante su Dios.
+
+--Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola
+íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la
+catástrofe.
+
+--Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.
+
+--Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?
+
+--En Zurich.
+
+--¿Cuándo llegó usted?
+
+--Anteayer.
+
+--¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?
+
+--Noté que sufría más que de costumbre.
+
+--¿Alguna vez le propuso a usted separarse?
+
+--Nunca.
+
+--¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?
+
+--La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la
+repugnaban.
+
+--¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó
+disuadirle de sus trabajos?
+
+--Muchas veces.
+
+--¿De qué modo?
+
+--Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.
+
+--¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?
+
+--En un tiempo.
+
+--¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?
+
+--¡Oh! ¡Nunca!
+
+--¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?
+
+--Pensamos del mismo modo.
+
+--¿Trabajan juntos en la propaganda?
+
+--Sí.
+
+--¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?
+
+--Ninguno.
+
+--¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No
+mienta usted: así sabremos la verdad.
+
+--Afirmo que nada más nos liga.
+
+Su acento parecía sincero.
+
+--¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso
+haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?
+
+El interrogado tardó un instante en contestar.
+
+--No--dijo por último.
+
+--¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?
+
+--En mi cuarto.
+
+--¿En su cuarto de dormir?
+
+--En el escritorio.
+
+--¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?
+
+--A las once y tres cuartos.
+
+--¿Qué hizo usted al oír el tiro?
+
+--Acudí.
+
+--¿Su compañera acudió después?--preguntó el juez, tratando de dar a su
+voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia
+de la pregunta.
+
+--Acudió conmigo.
+
+Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo
+natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta
+importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían
+estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se
+encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las
+sospechas?
+
+--¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?
+
+--La ganó en una rifa, hace tiempo.
+
+--¿Y las cápsulas?
+
+--Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.
+
+--Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de
+los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin
+ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a
+otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué
+había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos
+e impedimentos para su nueva felicidad?
+
+--De ella misma.
+
+--¿Qué quiere usted decir?
+
+--Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran
+elevadísimos.
+
+--Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?
+
+--No lo sospeché.
+
+--¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de
+prever!
+
+--Ella gozaba de su confianza; yo no.
+
+--¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero
+nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?
+
+--No.
+
+--Ahora vamos a oír lo que ella dice.
+
+El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en
+presencia de la otra.
+
+Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el
+Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra
+vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez
+Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí
+proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio
+del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.
+
+La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su
+patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos;
+después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había
+arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo
+entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso
+era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la
+Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y
+cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.
+
+Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre
+mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia
+Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del
+lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez
+de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.
+
+--¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de
+morir?
+
+--Sí.
+
+--¿Desde cuándo?
+
+--Desde hace mucho tiempo... más de un año.
+
+--¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?
+
+--Sí.
+
+Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe,
+ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada
+sin siquiera volverse hacia el acusado.
+
+--¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted
+precisar.
+
+--El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó
+mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora
+lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo
+le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.
+
+--¿Qué tiene usted que contestar a esto?--dijo con frialdad Ferpierre,
+volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.
+
+--No recuerdo el hecho--respondió éste sosteniendo firmemente la mirada
+del juez.--He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de
+ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con
+claridad lo que creía tener razón de temer.
+
+--¿Todavía en los últimos tiempos--repuso el juez dirigiéndose a la
+mujer--hablaba de su propósito?
+
+--No.
+
+--¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones
+de quejarse?
+
+--El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.
+
+--¿Es cierto lo que dice?
+
+--No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si
+la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.
+
+Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento
+tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la
+doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y
+el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su
+negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la
+acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los
+argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de
+la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un
+suicidio, para salvar a su compañera de fe política?
+
+--¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la
+Natzichet?
+
+--No sé. No la veía.
+
+--¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?
+
+--No se...
+
+El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada
+hablar libremente.
+
+--Déjenos usted solos--dijo a Zakunine.
+
+Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde
+vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.
+
+--Oiga usted--la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de
+persuasión confidencial;--nos encontramos en presencia de una grave
+duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado,
+hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede
+ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma
+se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda
+usted?
+
+La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.
+
+--¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.
+
+--¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido
+un delito como ese?
+
+La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:
+
+--No.
+
+--¿Por qué cree usted que no?
+
+--Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente.
+¡La consoló tanto de sus dolores!
+
+--¿Qué dolores?
+
+--La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos
+meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en
+el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa,
+aplastado por un tren.
+
+--¿Pero después la trató mal el Príncipe?
+
+--Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para
+sospechar tan horrible cosa.
+
+--¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?
+
+--En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.
+
+--¿Cuánto tiempo hace de eso?
+
+--Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera
+más bueno, y más suyo!..
+
+--¿Notaba usted disputas entre ellos?
+
+--No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el
+señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le
+antojaba.
+
+--¿Le engañaba con otras?
+
+--No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que
+estaba ausente?
+
+--Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo
+hace de eso?
+
+--Tres o cuatro meses.
+
+--¿Cómo notó usted ese cambio?
+
+--Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que
+no iba a volver nunca.
+
+--¿Venía de Zurich?
+
+--Creo que de Zurich.
+
+--¿Se quedó mucho tiempo?
+
+--Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza
+y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.
+
+--¿Cómo se explica usted tal cambio?
+
+--No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía
+haber procedido mal.
+
+--Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su
+patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario
+descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la
+muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada.
+¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?
+
+--Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me
+habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:--«Qué amable es el señor Vérod,
+¿no es cierto?...»--Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy
+gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.
+
+--¿Cómo era eso?
+
+--No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero
+aquello pasaba pronto...
+
+--¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a
+la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?
+
+--No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí,
+pero...
+
+--¿Qué temía?
+
+--Se temía a sí misma.
+
+--Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el
+Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando
+comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?
+
+La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.
+
+--No podría decirlo, señor.
+
+--De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a
+hacer aquí?
+
+--Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.
+
+--¿Cuántas veces ha estado aquí?
+
+--Tres o cuatro veces.
+
+--¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy
+íntima... que ella fuese su querida?...
+
+--No podría decirlo. Un día...
+
+--¿Qué?
+
+--La vi besar la mano al señor.
+
+--¿No oyó usted lo que decían?
+
+--Hablaban en ruso. Yo no podía entender.
+
+--Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No
+es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?
+
+La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía
+significar ignorancia como asentimiento.
+
+--Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy
+justificados...--insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta
+objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba
+todas las ideas que se le iban presentando.--¿Sabía la rusa que entre
+los patrones de usted había discordia?
+
+--No podría decirlo.
+
+--¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?
+
+--No sé, señor.
+
+--¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber
+armado su brazo?
+
+La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que
+interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.
+
+
+
+
+III
+
+LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD
+
+
+El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que
+hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso
+trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una
+inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas
+bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá
+lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se
+inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles,
+cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de
+humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del
+silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida
+acababa de extinguirse.
+
+Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella
+vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad:
+ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le
+parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa,
+la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba,
+andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría
+ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un
+carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.
+
+En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la
+primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había
+pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de
+dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo
+deslumbró.
+
+¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus
+esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía,
+gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas
+arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen
+interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar
+dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua
+a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha
+visto dentro de ella un mundo horrible?
+
+Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y
+las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo
+que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había
+consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había
+sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera
+potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba
+precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes
+extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus
+pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una
+reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz
+para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda.
+Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una
+raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos,
+atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los
+conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del
+árido pensamiento.
+
+Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera
+en algún momento estar delante de los espectáculos representados en
+éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no
+creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte
+pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas,
+inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al
+sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de
+las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de
+alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado,
+una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma
+distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia
+había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba.
+Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le
+había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco
+más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no
+entenderse jamás.
+
+Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido
+comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se
+reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y
+amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción
+entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de
+la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible,
+no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte.
+Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el
+furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las
+cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le
+apareció.
+
+Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta,
+acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su
+aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué
+cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?
+
+La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un
+médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia
+sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el
+remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de
+los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de
+la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por
+mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había
+tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e
+iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...
+
+Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes,
+antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas
+y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de
+aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina
+metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a
+pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro
+fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar,
+anhelante.
+
+La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De
+día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le
+hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto,
+bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo
+espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso,
+como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla
+desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido,
+la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese
+sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal?
+¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que
+debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se
+detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su
+dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal
+voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el
+gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había
+hecho llorar.
+
+La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan
+fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura.
+¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi
+vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del
+gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor,
+coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas
+por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa
+dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?
+
+Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos
+esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces
+también había visto que aquella belleza no era durable. Había días,
+había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande:
+todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse;
+la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía
+lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos
+apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza
+demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de
+miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su
+amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba
+por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces
+en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa
+fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera
+tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.
+
+Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando
+en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a
+la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el
+piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la
+misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una
+explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina
+animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de
+maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto
+mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería
+acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse.
+Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la
+distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las
+manos de la pianista interrumpieran la ejecución del _Largo_ de Bach,
+que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza
+de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno
+de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al
+suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:
+
+--¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos
+desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente
+insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...
+
+Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya
+no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca,
+la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el
+otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la
+enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a
+la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito,
+de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.
+
+¿Había conseguido realizar esa obra?...
+
+Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al
+espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre
+el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas
+de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso,
+trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así
+habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo.
+Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con
+sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le
+abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito
+ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la
+renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se
+descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores.
+Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida
+para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por
+fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que
+era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil
+virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no
+pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella
+expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.
+
+Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración.
+Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana.
+Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se
+pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente,
+pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni
+tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que
+hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más
+gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba
+enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o
+imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.
+
+Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en
+él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la
+belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que
+son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir
+estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no
+solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no
+comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí
+mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda
+importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada
+resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La
+mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no
+se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de
+examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando
+de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o
+imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le
+decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa
+orden.
+
+El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor
+al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples
+pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno
+suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras
+de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía
+a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto.
+Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos
+en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando
+tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna
+iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella
+le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y
+cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también
+había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la
+esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para
+comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila
+tristeza, en tímido gozo!
+
+Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba
+una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y
+él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos
+aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los
+fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la
+montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una
+capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella
+trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces
+él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota
+compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de
+esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía
+tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su
+servicio, había vencido por ella el obstáculo.
+
+Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar
+esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con
+avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el
+contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan
+caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar
+cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos
+reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída,
+derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del
+infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles
+aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido
+atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en
+el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí
+misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la
+estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.
+
+Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo
+perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza
+que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su
+alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que
+ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser
+creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin
+quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace
+creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para
+practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido
+el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una
+pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con
+placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso,
+hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno
+solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es
+el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?
+
+Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había
+pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie
+podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra.
+Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las
+palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el
+hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía,
+por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las
+almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha
+tremenda?
+
+Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor,
+que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su
+puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en
+nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también
+defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las
+ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los
+desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad
+junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal;
+su vista era el consuelo del mundo...
+
+El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo
+necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se
+hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del
+camino, exclamando:
+
+--¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...
+
+Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su
+interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa
+realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias
+imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar
+los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:
+
+--¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo
+lo que existe!...
+
+Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de
+aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos
+y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía
+la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el
+mal...
+
+Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista
+de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían
+apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior,
+lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos,
+contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las
+disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra
+de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había
+mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido
+con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor
+existía, sentía retemplarse su fe.
+
+¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el
+suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida
+sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte
+no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa
+vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero
+no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le
+persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a
+consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus
+oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar
+aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad
+iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su
+deber era vengarla!
+
+La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba
+el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el
+silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para
+tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante
+la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por
+qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido
+que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le
+había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad?
+No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al
+juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era
+distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez?
+¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...
+
+Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor
+que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que
+agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella
+misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían
+a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado
+la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un
+sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía,
+que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era
+cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La
+conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las
+otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si
+el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados,
+había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.
+
+Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella
+misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la
+muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al
+ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se
+hubiera creído!
+
+Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El
+dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo
+que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo
+con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había
+afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una
+obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente
+grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes
+humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado
+hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma
+había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para
+hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había
+despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había
+sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de
+destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había
+querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había
+reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener
+fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía
+perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que
+las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el
+último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto
+Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su
+salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había
+visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación
+había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de
+los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible,
+sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia
+virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con
+contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y
+cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.
+
+Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de
+montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento
+la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo
+flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor
+vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían.
+¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No
+había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver
+aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele
+el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las
+alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.
+
+Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de
+la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía
+enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la
+noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado.
+Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el
+fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración:
+veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.
+
+Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el
+cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en
+Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como
+una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una
+pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la
+pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su
+adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde
+había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los
+suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los
+juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían
+sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado
+lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.
+
+Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó
+por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había
+perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y
+delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre
+los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba
+a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que
+confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí
+recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la
+acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño,
+qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella
+le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces
+había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida
+de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella
+poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.
+
+Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en
+un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente,
+cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario,
+junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido
+reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una
+aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una
+mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules
+blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.
+
+Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual,
+pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el
+estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo
+dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un
+relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí
+esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro,
+incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se
+denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella
+lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella
+guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la
+compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también,
+lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.
+
+Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los
+momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su
+persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante,
+la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la
+mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía
+que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos
+que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el
+pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma
+de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado
+otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»
+
+Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes,
+las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La
+ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían
+la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración
+que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un
+sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que
+jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos
+criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la
+necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas,
+su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo
+único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en
+el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la
+inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a
+contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No
+era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde
+que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que
+había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...
+
+El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en
+pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo
+como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del
+recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la
+ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El
+inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y
+así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.
+
+--¡Hermana!... ¡Hermana!...
+
+Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran
+esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores
+habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen
+recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén
+contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había
+vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como
+si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el
+mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de
+ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían
+enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.
+
+Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir
+dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima
+comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a
+la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le
+proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido
+obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su
+soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que
+quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer
+su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una
+felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un
+sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan
+y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba
+nuevas virtudes.
+
+Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su
+propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces,
+no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló
+sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.
+
+Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos
+habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras
+fraternales?
+
+«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando
+usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas
+y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se
+encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás
+he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría
+como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su
+muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad
+y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una
+parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba.
+Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo
+misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted
+tan agradable...»
+
+¡Y también ella estaba muerta!
+
+El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre
+el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían
+lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban
+en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las
+sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su
+mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El
+cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las
+autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se
+encontraba en la iglesia.
+
+Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que
+estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con
+paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma
+casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a
+tener la postrera reunión.
+
+Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el
+Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado
+escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes.
+Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba.
+Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco
+en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una
+lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se
+agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales
+creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se
+repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón
+palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y
+ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se
+desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.
+
+Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le
+impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí,
+sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del
+verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a
+la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la
+angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de
+improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía
+de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había
+comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había
+dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del
+sentimiento le eran desconocidos.
+
+«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en
+la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas
+se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la
+luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La
+verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha
+acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía.
+Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y
+así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con
+verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor
+tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero
+después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es
+como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de
+una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta
+hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que
+hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado
+demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría
+inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las
+leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la
+dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría
+temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen.
+Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con
+un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina,
+porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia:
+así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido
+demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez,
+principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el
+experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se
+prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes
+para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer
+ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con
+sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no
+tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este
+sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de
+usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería
+entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal.
+Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de
+mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la
+tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o
+venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas
+están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer
+y hacer daño...»
+
+Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan
+segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero
+ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:
+
+«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras
+permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el
+momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en
+todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento
+cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten
+esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda
+le hará ver su engaño...»
+
+Pero él no la había dejado terminar:
+
+«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber.
+Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente,
+¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una
+criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo
+contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y
+siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los
+mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien.
+Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no
+es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un
+tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana
+y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado,
+las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de
+perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo
+ha esperado, lo espera...»
+
+«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!
+
+El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su
+amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras
+cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría
+lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto.
+La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan
+límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro
+objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no
+la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario,
+permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no
+habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía
+naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de
+todo...
+
+Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.
+
+Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por
+la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.
+
+Vérod se desplomó junto a la verja.
+
+¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón!
+¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!
+
+Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él
+estaba vivo?
+
+
+
+
+IV
+
+HISTORIA DE UNA ALMA
+
+
+La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en
+aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el
+examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma,
+demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de
+cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no
+excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca.
+Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que
+iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una
+opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la
+violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.
+
+Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una
+de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba
+moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el
+domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la
+fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.
+
+Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a
+la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña
+al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había
+embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre.
+Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las
+páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía
+llenas de los recuerdos de la antigua.
+
+«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en
+torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la
+pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo
+de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus
+pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí
+como yo me acuerdo de ellas?»
+
+El sentimiento predominante era su adoración por su padre.
+
+«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no
+poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis
+distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él
+dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las
+ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando
+participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es
+más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes?
+Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?
+
+»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente,
+mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa
+de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me
+parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de
+no servir en realidad para nada...
+
+»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está
+temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve
+el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y
+diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y
+cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque
+no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha
+dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito,
+cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al
+club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no
+abandone demasiado a sus amigos por mí!...
+
+»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago
+por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer.
+Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me
+fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre
+estas palabras:--¡Hija mía, qué fastidio tan grande!--A todas nos
+llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de
+todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se
+quejaba:--¡Hija mía, qué fastidio tan grande!--Se fastidiaba jugando,
+estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin
+salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía
+sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a
+mí también enferma...»
+
+En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por
+su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que
+la de una hermana de caridad.
+
+«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi
+cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle
+ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la
+mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo
+él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...
+
+»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero
+sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la
+casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi
+causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el
+espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la
+otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente,
+como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él
+mismo!...
+
+»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no
+como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y
+sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el
+pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse
+así!»
+
+Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían
+hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en
+su opinión el error no era tan grande como parecía:
+
+«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da
+más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando
+son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden;
+mientras que mi papacito...»
+
+Y también de este hecho encontraba una explicación:
+
+«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos,
+su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando
+yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo
+da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de
+ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero
+cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene
+razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que
+me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»
+
+También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por
+sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana,
+entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy
+numerosas y unidas le daban envidia.
+
+«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo,
+los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican,
+mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre,
+puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal,
+siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a
+papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo
+se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera
+dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño
+no se dividiría: se sumaría...»
+
+Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su
+corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este
+sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la
+idea de que su padre pudiese leer aquel diario:
+
+«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en
+cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía
+en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a
+preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije
+que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir
+en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de
+confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le
+digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo.
+Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas
+memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio,
+esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las
+noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con
+felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había
+dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por
+qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a
+hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me
+atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me
+parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan
+necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por
+qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir?
+¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy
+segura!...»
+
+Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con
+su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la
+memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri,
+de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el
+papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó
+bien y fue a buscar su libro.
+
+«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba
+resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de
+leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo
+que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas
+solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en
+la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy
+valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que
+lo leyera todo; pero él no quiso.
+
+»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me
+siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»
+
+La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de
+poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia,
+siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su
+padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas
+personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su
+respecto juicios muy favorables.
+
+«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es
+bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...
+
+»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he
+recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...
+
+»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha
+dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del
+duelo que Tasso describe en _Jerusalén libertada_: el Conde ha desafiado
+en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no
+son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado
+tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años!
+Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no
+le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...
+
+»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé
+dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de
+pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado
+tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide;
+entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...
+
+»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en
+cuando, y él alaba mi gusto...
+
+»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.
+
+»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo
+de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se
+ha reído!
+
+»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que
+ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto
+cuanto enternece.
+
+»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su
+librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha
+explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de
+las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica
+y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.
+
+»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no
+hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo
+que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.
+
+»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y
+yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún
+tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver
+el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la
+última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...»
+Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.
+
+»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una
+tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su
+dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego
+estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su
+Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído
+papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el
+Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»
+
+»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí
+entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está
+muy agradecida a tanta gracia!...
+
+»El Conde--lo he sabido hoy,--es más joven que papá: tiene cuarenta y
+cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»
+
+Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito
+volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo
+modificada:
+
+»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este
+tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está
+aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de
+mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he
+visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo
+también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe
+ya...»
+
+Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de
+nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.
+
+El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña
+la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita
+debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y
+atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran
+desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose
+cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a
+la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más
+fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse
+viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su
+carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de
+edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él
+un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la
+amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría
+toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima
+frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a
+formar parte de ella?...
+
+Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués,
+asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado
+antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija
+libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía
+pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el
+de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el
+alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta
+inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas
+dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que
+su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto
+había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no
+conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias
+entre un amor y otro amor, y había consentido.
+
+Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores.
+Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después
+del viaje de novios:
+
+»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a
+nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos
+todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo
+lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las
+cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.
+
+»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la
+felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que
+ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era
+su tormento.
+
+»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.
+
+»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor.
+Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una
+secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque
+mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro,
+no dudarían!...
+
+»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a
+Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis
+recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo
+para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de
+su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje,
+no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de
+éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no
+me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía
+estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que
+no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco.
+Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura.
+Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos,
+que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro
+matrimonio, dicen así:
+
+»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé
+si esto me agrada o me desagrada.
+
+»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven
+que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se
+aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras
+que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste
+fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.
+
+»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de
+amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no
+puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya
+está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió
+parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me
+pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que
+Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los
+hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía
+cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son
+las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba:
+que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de
+intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina,
+exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era
+variada y profunda.
+
+»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no
+parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como
+cara.
+
+»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de
+escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he
+aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas
+escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que
+pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis
+precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza,
+tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el
+arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era
+tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una
+de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había
+ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en
+que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y
+si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando
+me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: _Proveedor de Su
+Gracia la Marquesita Florencia_. En esa tarjeta se hallaban juntos
+nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco
+entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como
+estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo
+trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había
+llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha
+fuerza...
+
+»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha
+faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se
+encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que
+mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día.
+Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a
+estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo
+escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea
+verdad...»
+
+Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más
+irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:
+
+«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»
+
+Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría
+íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el
+juez Ferpierre estaba casi enamorado.
+
+Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser
+su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y
+obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera
+tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...
+
+Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba
+que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había
+engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera,
+completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no
+podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño,
+pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no
+escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas,
+lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las
+manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no
+podía dudar de su sinceridad.
+
+Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de
+veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para
+explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo,
+como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta
+había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las
+cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de
+aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que
+el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más
+páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas
+de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se
+alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba
+seguro de su felicidad.
+
+Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la
+que seguía no había más que este escrito:
+
+«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»
+
+Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego
+que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija
+amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de
+cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el
+margen una fecha: _3 de junio de 1886_. Después, el libro estaba llenos
+de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más
+caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo
+consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía
+hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez
+recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que
+presentía ineludible.
+
+¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz
+de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?
+
+No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más
+grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una
+interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas
+anotaciones resultaba incomprensible.
+
+«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la
+memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi
+soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué
+habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi
+ignorancia, mi inexperiencia...
+
+»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez
+le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme,
+desviando la mirada: «Otro día...»
+
+«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no
+poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no
+era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me
+demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte
+a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse,
+salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse--decía
+también,--es un acto de justicia...»
+
+La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras
+duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en
+página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad
+sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas
+de un tren él la había buscado.
+
+«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no
+comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni
+visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el
+último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...
+
+»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de
+ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida.
+Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de
+soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse
+apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...
+
+»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos
+de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su
+familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la
+pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...
+
+»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía
+miedo hasta de pensar.
+
+»No soy sincera, no lo digo todo...»
+
+Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del
+drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.
+
+Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la
+había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy
+sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su
+marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado?
+Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles,
+por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un
+marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea
+de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado
+Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la
+veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión
+una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía
+naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo
+digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que
+la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la
+traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de
+poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a
+conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo
+inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había
+vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían
+obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas,
+ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no
+era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el
+dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día
+inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en
+aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra
+vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución
+era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes,
+había estado él mismo al prever un desenlace contrario.
+
+¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado
+hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del
+soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto
+legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido
+ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y
+era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del
+mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?
+
+Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los
+reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta
+de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de
+resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la
+jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino
+también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al
+principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se
+debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado
+la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de
+castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la
+imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más
+que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía
+permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado
+ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún,
+era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba
+ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese
+querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como
+habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había
+enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte
+hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada
+curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.
+
+Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no
+encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su
+luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en
+este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la
+experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su
+estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes
+estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran
+nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos
+a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano
+de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en
+trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con
+las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior
+una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:
+
+«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario
+poder guiar el pensamiento íntimo.»
+
+¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su
+pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo
+sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?
+
+«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella
+nadie podría tener esperanzas de salvación.»
+
+¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la
+conciencia de alguna culpa personal suya?
+
+Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se
+leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.
+
+«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que
+el que se propone repararla.
+
+»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y
+muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones
+materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse
+de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más
+noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.
+
+»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de
+leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo
+nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.
+
+»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres
+porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía
+moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el
+egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es
+nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los
+otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos
+desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la
+igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las
+califica de raras.»
+
+La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el
+Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al
+problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido?
+La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía
+mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra
+y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.
+
+«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera
+negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran
+desconocidas.
+
+»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor
+mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de
+amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al
+tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se
+contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía
+impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi
+felicidad. ¿Dudo yo también ahora?
+
+»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas
+caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado
+del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite,
+forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su
+voz. Soy feliz...
+
+»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a
+otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría
+ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría
+leído él en mis ojos?
+
+»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando
+experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o
+simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace
+más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón
+recuerda. Eso es otra cosa...
+
+»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más
+verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos
+los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras
+y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...
+
+»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír
+el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es
+profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida,
+dice él.
+
+»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se
+ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su
+voz, en su pecho...
+
+»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros
+mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene
+necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo
+sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero
+sí turbada...
+
+»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias,
+tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y
+todavía se ríe! No quiero...
+
+»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera
+cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»
+
+Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario,
+como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún
+experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las
+confesiones.
+
+«La vida es más difícil de lo que yo creía.»
+
+Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos,
+todavía otra duda:
+
+«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»
+
+Después algunas frases de sentido obscuro.
+
+«De ningún modo, pero agrada esperar...
+
+»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza
+me sonríe, veo la meta...
+
+»Ahora me faltan las palabras...»
+
+Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:
+
+«Ante Dios, para siempre.»
+
+Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras,
+relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.
+
+Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma
+enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa:
+con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía
+sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se
+recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor
+puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a
+explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella
+daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las
+dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros
+tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un
+sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de
+edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese
+aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la
+duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte
+y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males
+que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle,
+habían debido determinarla y secundar su afecto.
+
+«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»
+
+Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para
+él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya
+fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que
+ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los
+dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel
+rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos
+sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor
+prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que
+se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión
+alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente
+convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente
+que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado
+castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y
+redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la
+complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la
+debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado
+repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido
+íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no
+había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso
+ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o
+temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.
+
+¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad
+de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de
+improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había
+seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la
+sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de
+esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la
+desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.
+
+En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido
+interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad,
+aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:
+
+«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos
+conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que
+somos...»
+
+Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su
+obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun
+viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la
+Condesa proseguía, horrorizada:
+
+«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el
+camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el
+amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es
+generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No
+sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»
+
+Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del
+Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al
+desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de
+sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre
+no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a
+creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus
+creencias, sino aun en sus esperanzas?
+
+Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio
+porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia
+felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral
+para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le
+habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no
+fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo
+contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había
+parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del
+amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no
+debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas
+condiciones?
+
+Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en
+aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la
+audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia
+de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los
+siguientes párrafos de las memorias:
+
+«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve
+miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia,
+este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de
+entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.
+
+»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros?
+¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios,
+que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo
+creo.
+
+ȃl no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su
+pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él
+mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de
+pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba
+conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es
+más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin
+embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban
+antes.
+
+»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que
+esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me
+sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo
+menos puro.
+
+»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de
+medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir
+vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle
+el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra
+prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...
+
+»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo
+que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí
+misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él
+para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la
+capacidad de regular nuestro amor!
+
+»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras,
+mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe
+dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero
+otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley
+escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me
+dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo
+no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa
+ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en
+alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?
+
+»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer,
+agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en
+desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una
+fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me
+costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor
+mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no
+niegue todo y siempre...
+
+»¡Ah, esa risa...!»
+
+¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición
+impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas
+confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio
+adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la
+pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de
+la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo
+escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido
+capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a
+discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila
+de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos
+con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?
+
+Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:
+
+«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en
+ellas:
+
+«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día
+cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno
+del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y
+quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes:
+alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía;
+más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de
+mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un
+fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te
+cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta
+verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer
+que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e
+hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres,
+el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que
+tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y
+mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida;
+mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el
+uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el
+Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en
+poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de
+preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que
+no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el
+cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.
+
+»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que
+todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis
+¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas?
+Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es
+preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir,
+extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te
+parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una
+familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te
+parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto
+tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren
+lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado
+vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada
+uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide--antes por el contrario
+todo concurre a ello,--que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y
+un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te
+lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz
+otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres,
+a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones.
+La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las
+costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que
+vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes.
+Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a
+las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital:
+fuera de eso no hay nada.»
+
+«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene
+razón. Fuera de eso, no hay nada...»
+
+Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al
+espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía
+haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes
+palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y
+espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía
+razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que
+se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por
+fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien
+habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores,
+que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y
+ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a
+tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía
+empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la
+había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba
+contaminada por su contacto!
+
+Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de
+toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué
+punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él
+aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser
+traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera
+a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición?
+¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un
+segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta
+lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el
+misterio judicial.
+
+Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las
+confesiones de la muerta se redoblaba.
+
+«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al
+vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!
+
+»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.
+
+»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de
+castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o
+con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto
+con mi padre!
+
+»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación,
+desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan
+grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el
+acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...
+
+»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada:
+el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que
+pasa, me hacen mucho daño.
+
+»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades,
+del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente
+cuando sentía su falta?...»
+
+Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el
+problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la
+de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un
+libro:
+
+«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero,
+¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)
+
+Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia
+situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que
+el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente
+la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para
+quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya
+uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y
+además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.
+
+«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que
+todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto
+del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la
+oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo
+viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable,
+y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para
+hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de
+un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la
+esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»
+
+Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había
+conseguido con ello?
+
+Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que
+le llamó la atención:
+
+«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
+nuevo dolor.--_La noche del 12 de Agosto_.»
+
+Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas,
+a guisa de señal.
+
+Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron
+pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención,
+al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y
+encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no
+expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:
+
+«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo
+amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el
+amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor
+parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)
+
+Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la
+difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había
+expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había
+copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod
+cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era
+necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una
+compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después
+de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda,
+sino el último desastre!
+
+La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado
+irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto
+no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los
+salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que
+llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban
+omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron
+el engaño y cesaron de venerarlos...
+
+Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la
+Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto
+vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor
+terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es
+acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive
+mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que
+las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste
+solamente en la sanción moral.
+
+La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación
+escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le
+daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a
+buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a
+todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría
+consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado
+ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad
+completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin
+de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido,
+y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el
+del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin
+renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la
+substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la
+esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que
+para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un
+libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus
+propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel
+sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan
+elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en
+las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la
+muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.
+
+Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida
+llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin
+embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había
+podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido
+con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un
+sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia
+concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era
+atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino
+que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de
+ella su primer amante:
+
+«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás
+en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de
+Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una
+escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la
+realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el
+escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que
+la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería
+reducirla, a una mentira, a una hipocresía.
+
+Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones,
+no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras
+razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica
+y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente
+dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de
+complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones
+hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo
+donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la
+confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se
+mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese
+momento más claro a Ferpierre:
+
+«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de
+afirmarse contra la duda triunfante...
+
+»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.
+
+»La última esperanza...»
+
+«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»
+
+Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta
+manera: «o morir para evitar el pecado?»
+
+
+
+
+V
+
+DUELO
+
+
+La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la
+Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la
+muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al
+magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema
+y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del
+suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de
+la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes
+perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con
+que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no
+existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo
+tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al
+principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a
+Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera
+sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la
+verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.
+
+Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones
+que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven,
+cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella.
+Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada
+decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la
+visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de
+nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:
+los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien
+la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.
+
+Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de
+consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que
+contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y
+de su desesperación.
+
+Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en
+Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde
+estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua
+discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado
+que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich
+fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la
+legación de Rusia.
+
+Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara
+con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El
+acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la
+tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho
+sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba
+urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.
+
+Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su
+palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba.
+Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una
+década entera: se había envejecido diez años.
+
+--¿Sigue usted todavía--comenzó a preguntarle el juez--en la misma
+opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?
+
+--¡Lo creo!--contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido
+que siente el hierro revolverse en la llaga.
+
+--¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su
+acusación?
+
+--Todavía no.
+
+--Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna
+demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable,
+resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución
+depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer
+el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame
+usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre
+usted y ella desde que la conoció?
+
+--De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una
+manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.
+
+--¿Qué día la conoció usted?
+
+--El 13 de julio del año pasado.
+
+--¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con
+ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?
+
+Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego
+dijo en voz baja:
+
+--Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.
+
+--¿Qué le dijo usted?
+
+--Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si
+hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir
+que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis
+sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de
+costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas
+columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor
+animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba
+lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas
+podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa,
+después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la
+cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una
+sonrisa...
+
+--Pues bien; mire usted, lea...
+
+Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado
+las flores y lo pasó al joven.
+
+«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
+nuevo dolor.--La noche del 12 de agosto.»
+
+Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos
+enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.
+
+--¿Comprende usted, el significado de estas palabras?--repuso
+Ferpierre.--Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba
+junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el
+amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y
+pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en
+la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no
+podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la
+felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto
+no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.
+
+La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido
+expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor
+de profesión.
+
+Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con
+usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me
+parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la
+desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación
+extrema.
+
+Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos
+el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que
+balbuceando, confuso, y casi despavorido:
+
+--¿Usted cree?...
+
+--¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.
+
+Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de
+descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de
+las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios
+habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya
+extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.
+
+--Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas
+confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de
+consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?
+
+Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente,
+como hablando consigo mismo:
+
+--Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas.
+Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas
+tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más
+cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una
+esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un
+soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada
+impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no
+participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una
+esperanza como aquélla?
+
+--Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había
+contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba
+el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y
+en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la
+fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted
+creía. Si no, oiga usted...
+
+Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más
+significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez
+más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a
+Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos,
+aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la
+adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la
+historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí
+durante la primera lectura.
+
+--Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo
+estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica
+humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola
+idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y
+disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía
+sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara
+con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted
+también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su
+diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por
+usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el
+juicio copiado de _Verdad y Poesía_, no sabríamos, guiándonos por este
+libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad
+que tenía miedo de esta pasión...
+
+--¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?
+
+--Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin
+decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue
+lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?
+
+Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas
+manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos
+del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un
+amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su
+compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto
+de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara
+que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien
+la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.
+
+--¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella,
+yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran?
+¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por
+substraerse a mi violencia?
+
+Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la
+Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante
+ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para
+alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose
+amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había
+puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella
+mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su
+descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose
+del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el
+terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa,
+aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.
+
+--No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco
+tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa
+sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para
+dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de
+aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas
+no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión
+que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de
+la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal,
+la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el
+dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella
+debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del
+deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.
+
+--Tiene usted razón--contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.--Eso
+era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera
+llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté,
+que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa
+mujer se ha operado en mí.
+
+--Hábleme usted de eso.
+
+--Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al
+pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la
+exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a
+los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?
+
+Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse
+sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía
+mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado.
+Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una
+obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?
+
+--No digo--contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el
+clarovidente temor del joven,--no digo que, deliberadamente, con
+estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los
+hombres...
+
+--No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás--interrumpió
+Vérod.--La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas
+morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan
+obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus
+naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo
+ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...
+
+Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de
+su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más
+indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la
+muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se
+exhibiera mejor de lo que era en realidad.
+
+--Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera.
+Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para
+usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que
+envilecerla.
+
+Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.
+
+--Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.
+
+Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en
+tal caso retiraba su observación.
+
+--Pero--repuso,--ella quería ser digna del respeto de usted y no podía
+esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note
+usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el
+Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él
+irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una
+unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía
+aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma
+de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?
+
+Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.
+
+--Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía
+salida--continuó el juez al cabo de una pausa.--La única esperanza
+lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y
+repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por
+fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese
+habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría
+durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde,
+pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido
+ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien
+para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la
+unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia;
+puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte
+tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores,
+los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había
+aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por
+extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la
+felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de
+este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese
+incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que
+la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de
+su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted,
+debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que
+fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de
+diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la
+fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será
+tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de
+semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del
+respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan
+muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino,
+extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el
+fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se
+proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El
+amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella.
+Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya
+un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa;
+pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las
+condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería
+usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que,
+infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado?
+¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted
+es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres
+¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?
+
+El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba
+silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.
+
+--Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que
+la vio la víspera de su muerte?
+
+--Sí, por la tarde.
+
+--¿En su casa?
+
+--Sí.
+
+--¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?
+
+Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:
+
+--Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca
+menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino
+de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la
+conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La
+habló usted de su amor?
+
+--Sí.
+
+Y Roberto Vérod temblaba.
+
+El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel
+coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él
+la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la
+muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero
+Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de
+aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima
+felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era
+justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el
+magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada;
+pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera
+indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía
+y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor,
+como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le
+estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en
+sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba
+a volver en su contra.
+
+--Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que
+pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir,
+dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía
+adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor
+ignorarlo, por usted y por mí?...»
+
+--¿Ve usted?... ¿Y después?
+
+--Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted
+en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la
+verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la
+verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El
+cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían
+por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el
+lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban
+al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba
+mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le
+dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es
+negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube
+azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía
+un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo
+está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue
+cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se
+veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras,
+el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas
+nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo:
+«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta
+belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una
+luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por
+todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en
+este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la
+Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se
+transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo
+más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me
+dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue:
+«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré.
+Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente
+más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la
+esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi
+orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo
+había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la
+negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme.
+La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su
+mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su
+mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano,
+y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me
+confundían...
+
+--¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?
+
+Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.
+
+--No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir
+a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si
+hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y
+cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se
+deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las
+ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una
+sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.
+
+--¿Y después?--preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.
+
+Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser
+contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.
+
+--¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!
+
+--Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo
+que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco
+el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha
+faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el
+hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi
+lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si
+usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»
+
+--¿Ve usted? ¿Ve usted?
+
+--Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar
+a usted otra vez...»
+
+--¿Ve usted? ¿Ve usted?--repitió el magistrado.--Si usted la dijo esas
+palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted
+que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle
+miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que
+usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el
+hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...
+
+Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:
+
+--Ocultó su rostro entre las manos.
+
+--¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre
+usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió
+usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a
+fin de evitar uno peor?
+
+--¡No diga usted eso!--prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre
+humilde y ardiente en el rostro del magistrado.--¡No diga usted eso!...
+Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea,
+y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que
+ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla
+el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que
+temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas
+con las suyas, ¡eso era imposible!
+
+--¿Y la dijo usted eso?
+
+--Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol
+resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su
+vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo.
+Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando.
+Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay
+irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la
+esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una
+cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención;
+que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted
+que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del
+asentimiento, fue la última que me dijo.
+
+Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y
+cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un
+breve silencio:
+
+--Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la
+verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la
+prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder
+que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa
+hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos
+que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario,
+expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy,
+si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.
+
+Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez
+continuó:
+
+--Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es
+suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes
+debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que
+se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones
+sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted
+debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son
+sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo
+había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida
+era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien
+tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor
+bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en
+el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá.
+Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y
+digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez
+de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían
+hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo
+impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se
+habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento
+de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo
+gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado
+detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más
+impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué
+momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien
+estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la
+declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a
+portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes
+que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en
+que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre.
+El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para
+siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber
+tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la
+traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además,
+éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que
+había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera
+querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle,
+dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su
+busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no
+podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos
+de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído
+únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar
+el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad
+ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de
+usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos
+hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de
+semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla
+incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio,
+que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un
+pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la
+encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía,
+que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el
+último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa
+mujer se ha matado!
+
+Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se
+hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud
+de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en
+el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los
+demás, de su propio remordimiento.
+
+--¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?
+
+--¡No!--prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud
+de desafío.--¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas
+fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más
+potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A
+mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo
+tenía razones para odiar la existencia...
+
+--¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?
+
+Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente.
+Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas
+relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el
+joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.
+
+--Las mismas--contestó Vérod, mirándole en los ojos;--pero más urgentes,
+más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es
+cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi
+demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.
+
+--¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los
+hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba
+a saber lo que le han hecho!
+
+El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al
+pesimista, en obligarle a reconocer su error.
+
+--Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no
+cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación.
+Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la
+sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para
+vivir.
+
+--¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?
+
+--¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo
+querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el
+odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha
+pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y
+comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para
+nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece
+en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor
+aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó
+hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía
+esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros.
+Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte
+Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré
+de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios
+con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la
+mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo
+conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la
+flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría
+de dar la muerte?
+
+--¡Pues sí! ¡Pues sí!--replicó prontamente el juez, viendo que en el
+calor de la defensa Vérod se descubría.--¡Pues sí, pocas horas después!
+Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación
+que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor
+dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le
+hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era
+también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas
+para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia
+conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está
+llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un
+camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?
+
+--Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea
+de Dios debió detener su mano.
+
+--¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento
+de dolor intolerable, y se mató!
+
+--¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la
+vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted
+dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que
+al hacerlo ha hecho bien?
+
+El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo
+que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:
+
+--Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida
+sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel
+de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el
+amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus
+propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y
+ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura
+de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no
+se ha matado, aumenta mi culto por ella.
+
+--¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había
+desposado con el corazón, era un pretexto?
+
+--No se había desposado realmente con él.
+
+--¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo
+había sancionado?
+
+--¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree
+usted que la salvación consista en observarlas fielmente?
+
+--¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus
+libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al
+nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son
+los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes
+no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos,
+lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?
+
+--Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las
+dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las
+agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese
+hombre...
+
+--¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía
+ella haber faltado a su palabra?
+
+--No se puede jurar un amor eterno...
+
+--¿Y usted se lo juraba a ella?
+
+--No se puede amar a quien no ama.
+
+--¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?
+
+Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y
+confuso, el juez repuso en tono diferente:
+
+--¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto
+de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la
+realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la
+desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso
+salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente
+puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las
+presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente
+capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted
+que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas
+que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de
+las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería
+hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto
+éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme
+que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del
+odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que
+había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía
+a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse
+con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara
+vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje!
+A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el
+permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso
+que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle,
+pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la
+seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos
+creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a
+prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y
+aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla?
+Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos
+brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de
+propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse
+entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve
+esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase
+amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que
+no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime
+tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida
+en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar.
+Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un
+pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí
+razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de
+haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan
+ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso
+que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la
+voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es
+lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación
+que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba
+lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre?
+Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y
+desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima
+conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere
+usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque
+amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las
+dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo,
+habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que
+ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la
+Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo
+para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía
+cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo
+hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos
+plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no
+se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que
+lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de
+usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos
+en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que
+fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al
+suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no
+obstante, un argumento de su parte, uno solo...
+
+Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía
+en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la
+cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un
+golpe mortal.
+
+--Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa
+d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan
+al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una
+vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus
+escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en
+la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted
+ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón.
+Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse
+aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal
+inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya
+grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas
+confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron,
+tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último,
+fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de
+que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba
+tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por
+obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un
+tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no
+le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la
+entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...
+
+Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido,
+perdido:--¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón...
+Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque
+entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!...
+¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el
+corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!
+
+
+
+
+VI
+
+LA INVESTIGACIÓN
+
+
+Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo
+abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado,
+sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía
+grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de
+afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era
+verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto
+a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después
+de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra,
+y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados.
+Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta,
+desconfiaba más que nunca de los rusos.
+
+Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios
+paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones
+pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en
+Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del
+Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los
+informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de
+declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también
+supo cosas que no sospechaba.
+
+Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos
+y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía,
+además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las
+enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso
+privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se
+referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el
+odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se
+había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad,
+castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad
+merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.
+
+Un día--todavía no tenía más de diez años,--paseándose con un camarada
+de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le
+había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles
+que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo
+amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en
+que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa
+curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras,
+y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del
+espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero,
+por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron
+a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más
+tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma,
+contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño,
+hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades
+de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el
+chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo:
+«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a
+su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó
+cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había
+engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos
+habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y
+espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y
+reprendía a los que se mostraban afligidos.
+
+Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del
+juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber
+perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de
+revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala,
+desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había
+tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario;
+pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia
+vida, heroicamente.
+
+Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni
+persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez
+al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa
+lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos,
+tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo
+ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo
+perdido.
+
+Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era
+capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero
+no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se
+alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento
+enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la
+especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin
+embargo, le habían visto llorar.
+
+Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano.
+Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos,
+los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar
+en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde;
+los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que
+no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un
+solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en
+sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y
+tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el
+cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el
+misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó
+de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los
+machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira,
+caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa
+diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos
+sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió,
+en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por
+fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.
+
+De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde
+pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa
+fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida
+solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las
+mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente
+a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho
+dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se
+extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del
+Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella
+naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un
+afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había
+pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no
+había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de
+equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de
+la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud
+parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se
+encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la
+vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de
+la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.
+
+De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al
+mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los
+entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever,
+no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y
+discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse
+digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.
+
+El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la
+tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara
+con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las
+convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa
+extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad
+sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se
+resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro.
+Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose
+contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la
+mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y
+sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de
+no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado
+rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no
+hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien
+él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea
+incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó
+al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible
+gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el
+rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la
+pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había
+sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.
+
+En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del
+complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner
+mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a
+la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran
+incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y
+enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de
+los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de
+la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el
+alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias
+incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la
+redención humana.
+
+Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En
+Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del
+partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su
+actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones
+que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y
+condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia,
+en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos:
+en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y
+continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y
+preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su
+país ya regenerado.
+
+Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos
+documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había
+ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella
+alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada,
+habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo
+había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...
+
+Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor
+había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que
+conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había
+cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos
+ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio
+era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta
+en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel
+hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las
+reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo
+para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables:
+como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho
+objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por
+obra de la Condesa Florencia.
+
+El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que
+había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el
+domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte
+insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había
+algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de
+su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de
+ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con
+llama viva.
+
+«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación
+¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que
+yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento;
+por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi
+corazón a vos sola...»
+
+Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un
+niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor
+ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando
+amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio
+las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud,
+con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable
+serenidad.
+
+«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra
+prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo
+necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un
+amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»
+
+Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa?
+Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe,
+debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el
+mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no
+había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el
+encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante
+un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy
+pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su
+espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta
+ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.
+
+Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a
+Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las
+casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus
+correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación
+fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido.
+Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en
+la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel
+pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el
+ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas,
+porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con
+ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la
+Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para
+ella también el destierro.
+
+Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a
+las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había
+faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada
+y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San
+Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban
+dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada,
+hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y
+ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al
+mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado,
+su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se
+alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente
+el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte
+había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron
+ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era
+Zakunine, que se había mantenido lejos.
+
+Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa
+d'Arda.
+
+--¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?--se preguntaba
+Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:--¡Sí, es
+capaz!
+
+Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad
+de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda
+había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas
+cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía
+te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era
+verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera
+visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para
+dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que
+parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el
+presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que
+todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a
+amarla.
+
+¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese
+en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción
+revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy
+pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas
+cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de
+sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su
+silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas
+promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los
+nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del
+último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo,
+habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su
+ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras
+«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no
+esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el
+valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas
+lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»
+
+¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus
+correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había
+entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había
+podido apartarse del propósito de su vida?
+
+Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con
+la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda,
+considerando también que antes de haber concebido el ideal político el
+joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía
+poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se
+trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o
+más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar _a
+priori_ la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda,
+aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como
+el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones
+contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde
+que la Condesa amaba a Vérod.
+
+Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para
+acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba
+que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida,
+también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una
+visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía
+satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la
+amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su
+bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito,
+hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los
+pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la
+indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del
+mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin
+duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod,
+y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que
+consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor
+propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un
+hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un
+niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba
+mejor en sus visitas demasiado breves y raras?
+
+Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas
+de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le
+había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de
+cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por
+conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su
+fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero
+para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros
+tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba
+esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos
+tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus
+compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes.
+La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después
+no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich,
+contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a
+diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.
+
+Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado
+Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...
+
+La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se
+habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien
+podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto
+era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber
+robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera
+ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que
+Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían
+escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre
+el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de
+éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el
+dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la
+acusación de Vérod?
+
+Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda,
+si los valores encontrados en la _villa Cyclamens_ eran exactamente los
+que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de
+la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del
+primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen.
+Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo,
+no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por
+robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era
+otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor
+hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle
+espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma
+ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a
+su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se
+mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos
+ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich,
+donde vivía la Natzichet.
+
+¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas
+queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la
+estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase
+relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta
+sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra
+se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera
+abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de
+Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir?
+¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva
+aventura lo retiene por allá?...»
+
+--¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con
+la joven prófuga?
+
+Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le
+sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas
+escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de
+artículos destinados a la revista americana _The Rebel_, y a otras hojas
+españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más
+que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado
+a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía
+correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los
+periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de
+publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de
+la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista.
+Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de
+haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos
+revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo
+de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de
+editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los
+refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las
+conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba
+los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la
+propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza
+ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le
+hubiese sido necesaria.
+
+Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la
+sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su
+compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los
+impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto
+por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se
+habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la
+locura de las carnicerías inútiles?
+
+Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de
+Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la
+nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo
+que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley
+coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente
+moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por
+correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto,
+con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado
+de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si
+esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de
+antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su
+mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la
+muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.
+
+Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella,
+hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista
+hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el
+drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado
+de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para
+disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida,
+la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido
+indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse
+con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones.
+El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir
+creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto,
+ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.
+
+En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha
+atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen
+sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento
+de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que
+hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que
+parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer
+de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe,
+que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los
+placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa
+compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a
+contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había
+ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.
+
+Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál
+era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa?
+¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la
+nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso
+no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe
+pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse
+libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su
+conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la
+disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento
+estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien
+natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe
+era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo
+amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las
+esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del
+Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista?
+Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión,
+sin duda verosímil, pero aún no probada.
+
+Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los
+acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el
+interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día
+de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de
+medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.
+
+Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla
+ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la
+actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una
+persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha.
+Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la
+dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre
+la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la
+hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de
+Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de
+brazos.
+
+--¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!--comenzó
+el juez.--¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este
+escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo
+tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora
+nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe
+Alejo Petrovich?
+
+--Muchos años.
+
+--¿Desde Rusia?
+
+--Sí.
+
+--¿Cómo le conoció usted?
+
+--Era amigo de mis hermanos.
+
+--¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que
+usted salió de su país ¿dónde lo encontró?
+
+--Aquí, en Lausana.
+
+--¿Estaba solo?
+
+--No.
+
+--¿Con la Condesa?
+
+--Con ella.
+
+--¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?
+
+--Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.
+
+--¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a
+usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!
+
+Después de un momento de silencio, la joven contestó:
+
+--Para ayudarme.
+
+--¿De qué modo?
+
+--Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su
+apoyo.
+
+--¿Le dio dinero?
+
+--Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.
+
+--Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?
+
+--Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones
+de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y
+revistas.
+
+--¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
+
+--Un día.
+
+--¿Usted se fue, o él?
+
+--Yo.
+
+--¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron
+a ver?
+
+--Un año después, en Lugano.
+
+--¿Estaba solo?
+
+--Sí.
+
+--¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la
+Condesa?
+
+--No me ocupé de esas cosas.
+
+--¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?
+
+La joven no contestó.
+
+--¿No quiere usted decirlo?
+
+--No puedo.
+
+--¿Le ayudaba a usted el partido?
+
+Otra vez se quedó muda.
+
+--¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?
+
+--Tres días.
+
+--¿Y después?
+
+--Volví a Zurich.
+
+--¿Cuándo partió él?
+
+--En abril.
+
+--¿Para hacer qué?
+
+Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:
+
+--¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No
+puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su
+silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich
+expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una
+razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer
+en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en
+que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le
+escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo
+llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza
+y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras
+al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?
+
+La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.
+
+--¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que
+cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no
+le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era
+suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe?
+¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más:
+entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una
+de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que
+parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de
+dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese
+amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva
+aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con
+sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la
+preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?
+
+La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.
+
+--Soy yo.
+
+--¡Ah! ¿confiesa usted?--exclamó Ferpierre.--¡El otro día se ofendía
+usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese
+cambio de relaciones entre ustedes?
+
+--Cuando él vino a Zurich.
+
+--¿Vino expresamente por usted?
+
+--No.
+
+--¿Por qué entonces?
+
+--Por motivos políticos.
+
+--Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos
+años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en
+una u otra alguna palabra de amor?
+
+--Ninguna.
+
+--¿Y usted?
+
+--Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.
+
+Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta
+turbación.
+
+--Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?
+
+--No.
+
+--¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber
+pensado en usted durante dos años?
+
+--Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.
+
+--¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino
+precisamente de Zurich a buscarla?
+
+--No.
+
+--¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al
+preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que
+usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no
+sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?
+
+--Yo sabía que era libre.
+
+--¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido
+para él?
+
+--Quiero decir que ya no la amaba.
+
+--¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?
+
+--Últimamente tampoco lo amaba.
+
+--Entonces ¿por qué volvió a su lado?
+
+--Tenían intereses comunes.
+
+--¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el
+deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!
+
+--No.
+
+--Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?
+
+--No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.
+
+--¿Porque quería a otro y no podía ser suya?
+
+--No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se
+realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un
+motivo de dolor. Ella tenía muchos.
+
+--¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a
+otro?
+
+--No lo creo.
+
+--¿Nunca habló con usted de eso?
+
+--Nunca.
+
+--Ahora vamos a interrogar al Príncipe.
+
+La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a
+Zakunine.
+
+La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la
+observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni
+alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado;
+casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el
+tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto
+general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se
+efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La
+injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando
+Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía
+que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:
+
+--No.
+
+--El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había
+correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba
+usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?
+
+--Ella quería que yo siguiera siendo suyo.
+
+--¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?
+
+--Creía haberse unido a mí para siempre.
+
+--¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la
+obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra
+mucho a usted!
+
+El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la
+ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja,
+con acento de amargura, dijo:
+
+--¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya
+podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma,
+yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar
+irreparablemente sobre ella!
+
+¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la
+eficacia de la defensa en tal forma?
+
+--¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?
+
+Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la
+mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez,
+confuso.
+
+--¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?
+
+--La propaganda.
+
+--No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de
+Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.
+
+Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se
+estremeció.
+
+--Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos
+que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un
+proceso político?
+
+--¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las
+cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por
+ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted
+mucho...
+
+La mirada del Príncipe relampagueó.
+
+--No hable usted así,--dijo sordamente.
+
+--¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a
+usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo;
+usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a
+verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la
+mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que
+no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la
+frecuentación de esa mujer, a su amistad?
+
+--No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son
+múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero
+hice otras cosas, no menos útiles.
+
+--Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así
+insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más
+facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la
+Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella
+misma ha confesado.
+
+--¿Qué?--exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.
+
+--Que usted es su amante.
+
+--¿Ella ha dicho eso?--dijo con otra exclamación el acusado, expresando
+con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante
+revelación.
+
+Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.
+
+El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la
+nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar
+una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el
+caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que
+se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese
+algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad
+y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante
+confesión tenía que causar a ambos?
+
+--¡Ella misma lo había dicho!--repitió el magistrado.--¿Se asombra
+usted?
+
+--¡Eso es falso!--replicó el Príncipe.
+
+--¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?
+
+--Tres años.
+
+--¿Cómo la conoció?
+
+--Era amigo de sus hermanos.
+
+--Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?...
+¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido
+todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se
+quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o
+no, que es usted su amante?
+
+La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez
+en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían,
+todo revelaba su ira.
+
+--Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.
+
+Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.
+
+A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud:
+parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que
+tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven
+llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.
+
+--La he hecho llamar a usted otra vez--dijo el juez--para que repita
+usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted
+su querida?
+
+El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír
+la respuesta, o por sugerírsela él mismo.
+
+--Sí--contestó con firmeza la joven.
+
+--¿Sabe usted--repuso Ferpierre señalando al Príncipe--que él aparenta
+no creer que usted me lo haya dicho?
+
+--Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto
+se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.
+
+La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el
+juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la
+cabeza y clavó en él la vista.
+
+--¿Es o no su querida?--repitió Ferpierre mientras los dos se miraban
+fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y
+turbado.
+
+Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.
+
+--Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido
+de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?
+
+--¿Qué dice usted?--profirió Zakunine desdeñosamente.
+
+--Y entonces ¿por qué?--insistió el juez.
+
+--Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa--dijo la joven.
+
+Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:
+
+--No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme
+usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la
+Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de
+haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo
+posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había
+prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara
+nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado
+es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer
+responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo
+mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.
+
+--Dejemos aparte--dijo Ferpierre,--el juicio sobre la supuesta conducta
+de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si
+usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para
+después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara
+mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que
+todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más
+arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy
+extraño de romperlo...
+
+Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y
+confuso; pero la joven replicó:
+
+--¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una
+persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con
+ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y
+retarde su cumplimiento?
+
+--Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...--observó
+Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la
+joven le inspirara sospechas.--Pero ya que usted está tan bien informada
+de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara
+de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la
+franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de
+la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía
+que ésta se creyera más atada que nunca.
+
+--Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.
+
+--¿Cuándo?
+
+--El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo
+todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo
+sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia
+que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a
+Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de
+causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le
+agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando
+la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él,
+contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la
+acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La
+Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el
+viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.
+
+--¿Confirma usted lo que dice esta joven?--preguntó Ferpierre a
+Zakunine.
+
+El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.
+
+--¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?
+
+Todavía fue la mujer quien contestó:
+
+--Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de
+franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi
+contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes?
+¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»
+
+El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la
+narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:
+
+--¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el
+desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del
+suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz
+invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso
+terreno?
+
+La joven contestó con dureza arrugando el ceño:
+
+--Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se
+vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?
+
+En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo
+despedía.
+
+
+
+
+VII
+
+LA CONFESIÓN
+
+
+La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había
+ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño
+del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan
+distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda
+Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la
+nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra
+Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera
+bastado la trama judicial.
+
+La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido
+al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin
+duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero
+sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte
+también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la
+estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar
+el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.
+
+Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho
+de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego
+cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de
+hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las
+dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen
+ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta
+la ingenuidad?
+
+Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet
+proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores,
+para insistir en sus opiniones.
+
+En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al
+mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya
+rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros
+hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.
+
+¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un
+ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían
+superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse
+dedicado a la destrucción de tantas obras?
+
+Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas
+personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin
+condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se
+perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era
+posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la
+familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si
+a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en
+la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a
+una pasión mezquina?
+
+Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales
+humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario,
+lo eran y mucho--y lo probaban citando las numerosas aventuras del
+Príncipe,--y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede
+bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.
+
+Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en
+realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la
+nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto
+también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de
+Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de
+rivalidad.
+
+Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta
+incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía
+precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no
+parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los
+revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en
+el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por
+el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del
+amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos
+quedaba demostrada.
+
+Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en
+dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la
+Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en
+ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor
+parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros
+contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas
+para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía
+tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los
+que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la
+inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los
+otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.
+
+El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de
+orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último
+interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían
+contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que
+revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a
+la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la
+insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no
+contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él.
+No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así:
+su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe.
+Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe
+a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la
+verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus
+respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a
+ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el
+problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más
+bien de dos inocentes que temían defenderse mal?
+
+Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en
+que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después,
+una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de
+ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus
+expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.
+
+Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto,
+había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los
+acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba
+que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores
+que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las
+pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico
+acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que
+alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas
+disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la
+caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las
+instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que
+confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros
+residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la
+diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que
+debían haberle encontrado?
+
+Un nuevo registro en la _villa Cyclamens_ más minucioso que el anterior,
+excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último,
+el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la
+sospecha.
+
+No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del
+hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad
+existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba
+cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero
+ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en
+Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet:
+nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo
+sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no
+capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa
+ciudad muy diversos.
+
+La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el
+misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva
+Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la
+difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba,
+sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la
+justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del
+drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa
+d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el
+inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión
+de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera
+sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta,
+y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.
+
+Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de
+Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos
+rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos,
+bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la
+ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones
+de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado,
+suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a
+Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se
+negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento
+había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía
+haber querido su muerte.
+
+En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena
+de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la
+edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su
+inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una
+mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún
+momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía
+sin excusa.
+
+¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre
+que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las
+convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en
+ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos
+ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía,
+pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo,
+este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad,
+sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz,
+como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos
+seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero
+impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna
+unión podía haber germinado el delito.
+
+La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el
+Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro?
+En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa,
+perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer
+con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última
+ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero
+contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella
+por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del
+Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la
+Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy
+pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber
+sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía
+haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y
+con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con
+suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara
+con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a
+resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal
+era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el
+respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la
+descuidaba en todas las formas?...
+
+Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras
+tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido
+últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo
+tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban
+muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de
+pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese
+posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían
+asesinado.
+
+Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el
+ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y
+honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de
+los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante
+eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del
+amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del
+otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los
+dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de
+Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable
+sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del
+acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del
+ensangrentado cadáver.
+
+Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa,
+como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la
+conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la
+posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado.
+Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión
+pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y
+su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse
+definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de
+instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho
+obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se
+excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy
+intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en
+presencia de una dificultad mayor.
+
+Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la
+Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados,
+podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al
+amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella
+para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había
+olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a
+caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La
+segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo
+con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos
+caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que
+alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando
+de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para
+sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe
+se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que
+él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que
+la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.
+
+Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para
+explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él.
+Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la
+Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la
+palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la
+sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la
+convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito?
+Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su
+naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y
+la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si
+él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y
+si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se
+explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había
+seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera
+rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter
+de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección
+del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su
+turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado
+los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.
+
+Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los
+razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía
+inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet.
+Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por
+compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa,
+podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera
+mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la
+nihilista, cuya presencia en la _villa Cyclamens_ no se explicaba muy
+bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había
+probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no
+pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe,
+fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación
+podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si
+no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a
+impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto
+de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?
+
+Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente
+Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio
+terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba
+guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.
+
+Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la
+cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía
+conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear
+su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera
+tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero
+era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod:
+esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido,
+podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior,
+algún acto.
+
+Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por
+pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en
+la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera
+pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al
+lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por
+un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la
+muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo
+explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el
+revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que
+su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves
+responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía
+en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente
+comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy
+pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión
+un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por
+crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de
+consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus
+sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su
+mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de
+duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una
+rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su
+prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que
+fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y
+otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el
+último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no
+obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.
+
+Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva
+investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la
+acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?
+
+Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los
+argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por
+compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la
+comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido
+el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era
+de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los
+dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el
+culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos,
+¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su
+heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera
+podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?
+
+Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una
+prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría
+que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro
+podía ayudar al descubrimiento de la verdad.
+
+Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.
+
+Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa
+indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.
+
+--Vengo a cumplir--le dijo el magistrado en tono de felicitación,--un
+deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de
+usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos
+gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir
+de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la
+verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros
+también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a
+un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito
+a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle.
+Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle
+grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus
+estudios sociales.
+
+Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer,
+impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que
+no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para
+que le dijera:--«¿Cuándo habrá usted terminado?...»
+
+--Indudablemente--continuó el magistrado,--habría sido mejor para usted
+examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en
+que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido
+suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y
+la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted
+en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya
+prolongado?
+
+La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta
+cerró por un instante los ojos, y dijo:
+
+--¿Qué quiere usted decir?
+
+--¿No comprende usted?
+
+--No.
+
+--Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga
+libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable,
+si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a
+descubrir como ustedes a reconocer...
+
+--¿Qué dice usted?...--interrogó la joven con un movimiento de
+indiferencia.
+
+--Yo no digo nada--contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando
+la vista a los papeles que estaban en la mesa.--¡El amante de usted ha
+confesado ser él mismo el asesino!
+
+Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos
+diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir
+la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los
+casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y
+siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un
+secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el
+instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su
+actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara
+contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.
+
+Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:
+
+--Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía
+salvarlo?
+
+Diciendo esto la miró.
+
+La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de
+despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios
+entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el
+remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero
+que sin duda era muy penoso.
+
+--¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!
+
+El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al
+juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto.
+Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin,
+notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No
+estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral?
+¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua
+inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?
+
+--Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo.
+Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede
+sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al
+Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y
+este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un
+poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en
+esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco
+creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según
+usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente,
+tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque
+había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó
+que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo
+apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía
+ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró
+arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era
+natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones?
+Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo
+que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un
+golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante
+que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la
+pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más
+gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se
+quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los
+recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él
+después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí;
+usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha
+callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la
+justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba
+celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa
+precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo
+pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta,
+usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido
+encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el
+amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la
+turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?
+
+En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca
+de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la
+joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos,
+la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que
+había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había
+sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había
+sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del
+misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros
+razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado
+después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba
+las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen
+como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo
+brecha en él y dejando ver su interior.
+
+--¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado
+usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo
+ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni
+por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que
+usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía
+acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival
+con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el
+delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera
+ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?
+
+La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las
+sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su
+cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar:
+después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por
+entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de
+repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar
+y oprimir:
+
+--¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en
+atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por
+último!
+
+--¿Cómo me habla usted?
+
+--Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios
+arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre
+todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad?
+¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien,
+diga usted a esa sociedad--y el tono de su voz se alzó casi hasta el
+grito,--dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su
+justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio;
+conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese
+acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.
+
+La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue
+enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la
+satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de
+curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento
+de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la
+indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían
+debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.
+
+--¡Ah! ¡Confiesa usted!...--fue lo único que pudo decir en el primer
+momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la
+pregunta; pero en seguida, dominándose:--¿Usted también
+confiesa?--repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le
+había producido.--¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en
+generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro?
+¡Noble competencia!
+
+La joven replicó con dureza:
+
+--¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?
+
+--¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted
+quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es
+comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé
+que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por
+cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un
+timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?
+
+--No por placer.
+
+--¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar
+del medio el objeto de sus celos?
+
+--Usted no sabe.
+
+--¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía
+decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?
+
+--Es cierto.
+
+--¿Y usted no estaba celosa?
+
+La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se
+destacaron sonoras, una después de otra:
+
+--Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún
+deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida
+de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las
+cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también
+la suya. ¡Pero él la olvidó!...
+
+Ferpierre comenzaba a comprender.
+
+--¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado
+de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?
+
+--Sí.
+
+--¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?
+
+--Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con
+alguien.
+
+--¿Y hablaba de ella con usted?
+
+--¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso!
+Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?
+
+--Nunca me ha amado.
+
+No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las
+últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a
+Ferpierre: «¡No miente!»
+
+--Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?
+
+--¿Qué le importa a usted eso?--respondió la nihilista, volviendo a
+hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a
+usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una
+atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante
+usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por
+celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo.
+Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la
+posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar
+hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena
+el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra
+de salvación a que nos dedicamos.
+
+--¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!
+
+--¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego
+los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman
+a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la
+suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos.
+Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un
+propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que
+la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de
+dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal?
+El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los
+atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los
+pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre
+obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en
+bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la
+única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres,
+contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre,
+contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra
+que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos:
+una, diez, mil vidas ¿qué importan?
+
+La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su
+actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de
+quien hiere y derriba.
+
+Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado,
+dijo a su vez, con acento frío y severo:
+
+--No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que
+usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa
+un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?
+
+Y al ver que tardaba en contestar:
+
+--¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a
+usted, en revelar sus planes de conspiración?
+
+--Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa
+mujer.
+
+--¿De qué modo?
+
+--Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el
+deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se
+decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla
+a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como
+por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la
+hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería
+en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y
+probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por
+no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al
+otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que
+cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me
+oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque
+la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería
+que yo, yo, le ayudase...
+
+La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta
+angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del
+correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de
+haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera
+había sospechado su amor.
+
+--¿Y usted?
+
+--Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle,
+porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de
+detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se
+resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo
+peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le
+temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a
+matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que
+vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le
+ayudara, lo ayudé.
+
+--¿Matando a la mujer amada por el?
+
+--Devolviéndole la libertad.
+
+--¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría,
+deliberadamente?
+
+--Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que
+todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del
+deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara,
+que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a
+otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara
+en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia
+a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado
+distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra
+alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los
+míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para
+mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común.
+La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles.
+Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es
+por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha
+escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que
+en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un
+pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber
+sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no
+le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver
+en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita,
+falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano
+era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero
+un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,»
+agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha
+entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y
+solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su
+nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted
+será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere:
+cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura,
+inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo,
+quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién
+dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto
+que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi
+desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...»
+Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.»
+Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo
+tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme
+usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con
+voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.»
+Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»--«¿No
+quieres dejarle?»--«¡Máteme!...»--«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su
+voz que llamaba. ¡La maté!
+
+Jadeante, se calló.
+
+--¿Y no se arrepiente usted?
+
+--No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía
+morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la
+libertad a ambos.
+
+Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.
+
+Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería
+convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la
+habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen,
+para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese
+renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la
+fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor
+ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del
+Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor
+después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de
+la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado
+por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún
+salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa,
+aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la
+rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su
+capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la
+oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia
+tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el
+suicidio libertador?
+
+De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre
+llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había
+acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero
+una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que
+Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto,
+¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban
+ambos a declararse culpables?
+
+La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché,
+había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba
+el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de
+la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con
+un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con
+palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus
+guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su
+excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y
+se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos
+cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con
+impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella
+más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la
+prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.
+
+Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida
+impaciencia:
+
+--¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?
+
+--¿La verdad? ¡Ahora la conozco!--contestó con severidad el juez.--Usted
+no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...
+
+--¡Ah! Entonces...
+
+--Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al
+principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de
+lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber
+disipado mis dudas...
+
+Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el
+Príncipe le miraba sin despegar los labios.
+
+--¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en
+los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto
+salvar a la reo?
+
+--¿Salvarla?...
+
+--¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos
+están de más. La amiga de usted ha confesado.
+
+--¿Qué?
+
+El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.
+
+--¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le
+duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado?
+¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina
+pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber
+mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su
+correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada
+por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos
+que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...
+
+El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.
+
+--¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien
+le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo
+se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella
+infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber
+hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo
+hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un
+sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con
+qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y
+debido sospechar de usted con mayor fundamento?
+
+Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la
+mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:
+
+--No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me
+deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?
+
+
+
+
+VIII
+
+LA CARTA
+
+
+Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la
+instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de
+Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y
+que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la
+curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los
+últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio,
+triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la
+increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el
+desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se
+sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más
+que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.
+
+Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte
+se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la
+desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al
+correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que
+tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a
+éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el
+delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie
+perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los
+delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena
+cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.
+
+Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los
+detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la
+inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios,
+porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo
+podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más
+indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero
+los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el
+riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él
+mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica
+pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que
+contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y
+conseguía, por último, vengar a su amada.
+
+Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la
+última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo,
+el único que continuaba en la angustia.
+
+Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón;
+si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la
+impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de
+haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces
+remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho
+creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un
+nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de
+acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie
+de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de
+pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido
+ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había
+temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión
+desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en
+cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una
+alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí
+misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los
+escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado,
+llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de
+la muerta...
+
+Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al
+magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo
+tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad
+malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la
+demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que
+después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada,
+contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de
+la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas
+consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su
+tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente
+caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que
+pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la
+italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la
+desordenada vida que había llevado!...
+
+¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la
+memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia
+de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la
+muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante,
+y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había
+dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la
+multitud curiosa, el secreto del ser amado?
+
+El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de
+vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su
+memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de
+la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.
+
+La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había
+impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir
+sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero
+cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito,
+semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría
+causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de
+Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él,
+bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el
+asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la
+muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha:
+Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el
+principio las investigaciones del magistrado solamente contra el
+hombre...
+
+¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a
+su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito
+que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación
+contra Zakunine?
+
+Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban,
+viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para
+refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la
+supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una
+inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían
+amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor
+fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia
+parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo
+un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la
+explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la
+Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el
+mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión,
+debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el
+sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas
+profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía
+calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se
+sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que
+él podía serlo!...
+
+¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara
+al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la
+culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo,
+¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la
+confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio;
+¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo
+obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que
+el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!
+
+Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el
+partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo
+engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas
+que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una
+certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría
+sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se
+fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara
+su crimen.
+
+Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la
+víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la
+mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y
+aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después
+vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al
+culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le
+había inspirado?...
+
+Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de
+su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la
+víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la
+justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los
+sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del
+joven seguía aumentando, crecía continuamente.
+
+Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser
+amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas
+las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su
+tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su
+memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla
+revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido
+pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una
+situación semejante a la que él se encontraba?
+
+Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la
+idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un
+recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado
+lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella
+no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la
+culpa era enteramente de ese hombre.
+
+En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema
+moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer
+ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que
+habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las
+fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a
+inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en
+su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se
+compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el
+instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus
+ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de
+un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su
+vida?
+
+Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él
+dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si
+quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...
+
+A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los
+recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas
+olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser
+enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio
+del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su
+amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal,
+¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay
+que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que
+las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la
+presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma
+demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es
+justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es
+impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»
+
+Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en
+ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido
+sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al
+no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido
+para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada
+hipocresía o de la debilidad presente?
+
+De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los
+contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que
+se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la
+bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica
+del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su
+razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el
+castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan
+firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el
+reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo
+afirmamos contra nuestros propios intereses...»
+
+Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las
+manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra:
+«Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los
+ojos bañados en lágrimas.
+
+Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse
+únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse
+sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares
+donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo,
+volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»
+
+Y él se decía: «No puedo.»
+
+No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había
+podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se
+abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no
+debía revelarlo?
+
+El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había
+dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía
+necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación
+contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de
+él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?
+
+«Perdona,» seguía diciendo la voz.
+
+Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en
+plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de
+guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella
+no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como
+entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre
+los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca
+mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de
+aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió
+sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía
+delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta
+hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...
+
+Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó
+claramente la voz que le decía: «Perdona...»
+
+Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba
+ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre
+sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión
+del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.
+
+--Necesitaba, ante todo--le dijo Ferpierre,--reconocer mi error y decir
+a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la
+acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de
+usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente
+dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al
+descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que
+ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha
+sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que
+se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su
+confesión.
+
+Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.
+
+--¿Está usted contento ahora?
+
+El joven no contestó.
+
+--Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato
+habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la
+culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted
+no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted
+contra el Príncipe han resultado infundadas.
+
+Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para
+decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:
+
+--El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a
+amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un
+rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar
+de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque
+sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel
+afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!...
+Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino
+aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de
+otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la
+rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa
+explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.
+
+Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.
+
+--¿Está usted contento?--le preguntó el juez.
+
+--¿Por qué me lo pregunta usted?
+
+Y los dos hombres se miraron fijamente.
+
+--Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria
+de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad
+y de la justicia.
+
+Ambos volvieron a mirarse en silencio.
+
+--¿Y usted no está contento?...--dijo por fin Vérod.
+
+En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una
+provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su
+pensamiento secreto fuera el mismo del juez.
+
+--Yo no tengo pasiones que satisfacer--respondió éste.--Un solo amor me
+guía: el amor de la justicia...
+
+--Si se ha hecho justicia...
+
+--¿Lo duda usted?
+
+--A mí no me tocar dudar...
+
+--¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted
+ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido
+decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente
+culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se
+acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión
+no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco
+puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su
+acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo?
+¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta
+prueba?
+
+--Sí--prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta
+manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del
+juez.--Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa
+declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira
+su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor
+de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere
+sacrificarse...
+
+--¿Entonces, usted sostiene?...
+
+--Sostengo--añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el
+tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí
+mismo:--sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario;
+que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad.
+Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él...
+
+Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz
+jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La
+verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su
+sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía
+obtenerla.
+
+--¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?
+
+--Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque
+usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar
+el suicidio.
+
+--¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su
+infamia hasta dejar condenar a una inocente?
+
+--¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de
+júbilo?
+
+--¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero
+yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su
+vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los
+primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.
+
+--En los primeros días... ¿Y en los demás?
+
+Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de
+contestar.
+
+Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito
+inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de
+nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su
+confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante,
+él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y
+ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.
+
+En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la
+Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la
+Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había
+disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera
+presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe
+afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos.
+Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había
+corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su
+sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían
+afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores
+interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la
+iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a
+seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces
+para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel
+misterio.
+
+Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él
+dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.
+
+--En los primeros días estaba oprimido por el dolor--contestó, después
+de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;--pero después
+se vio que la prisión le hacía sufrir.
+
+--¿Ve usted?--exclamó Vérod.--Al principio comprendió el error de su
+crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido
+demasiado fácil!
+
+Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían
+repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de
+practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las
+insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero
+la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y
+entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse
+a la tabla de salvación.
+
+--Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón
+heroico?
+
+--¿Qué le impide a usted admitirlo?
+
+Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el
+ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz
+del heroísmo.
+
+--Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa!
+Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.
+
+--¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al
+correligionario?
+
+También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la
+joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor
+al partido.
+
+--Bien; pero ¿y la prueba?
+
+--¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!
+
+--Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene
+usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera
+opinión.
+
+--¿Por qué?
+
+--¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!
+
+--¿Después que ellos admiten la existencia del delito?
+
+--¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha
+declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el
+Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!
+
+--¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él
+es el asesino?
+
+--¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso
+desesperado!
+
+--¡Y no ve usted que dijo la verdad!--arguyó Vérod.--¡Si esa mujer
+hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a
+usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría
+creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si
+esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo
+inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto
+realmente perdido!
+
+Ferpierre no contestó.
+
+Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre
+tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía,
+además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por
+un falso camino.
+
+--¡Hipótesis o presunción como todas las demás!--exclamó bruscamente,
+deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su
+interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es
+pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido
+asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El
+delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si
+la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de
+usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba
+más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos
+ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a
+ambos, por falta de indicios!
+
+Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.
+
+Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más.
+La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que
+sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.
+
+La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su
+valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de
+la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de
+todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la
+sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que
+el joven era quien veía con mayor claridad?
+
+Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y
+ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud
+del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de
+la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet.
+En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar
+al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había
+exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se
+descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que
+podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después,
+creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado
+su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y
+la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del
+culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante
+los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su
+suerte.
+
+Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un
+error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al
+Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho
+cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces,
+probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y
+habría confesado la verdad.
+
+¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto
+que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de
+que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al
+oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la
+confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido
+fructuoso!
+
+Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la
+generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que
+ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?
+
+Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted
+cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha
+confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado
+haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha
+confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo
+creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho,
+queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted
+se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha
+tratado de salvarle, aunque en vano...»
+
+Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se
+habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de
+risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad,
+pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo
+soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»
+
+¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía?
+¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína
+salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no
+creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad
+hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del
+drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan
+turbada, con expresión tan sincera?
+
+Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las
+presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose
+ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las
+inextricables dificultades del caso.
+
+¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que
+perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible?
+¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación,
+afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba
+solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan
+inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no
+habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida
+como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la
+Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el
+robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?
+
+Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste
+necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última
+tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que
+había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la
+contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras
+subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era
+urgente.
+
+Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente
+si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles:
+un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:
+
+«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir
+del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con
+precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»
+
+Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja,
+que decía:
+
+«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya
+se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su
+declaración.»
+
+Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al
+saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero;
+que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y
+que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el
+misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e
+inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los
+que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del
+Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del
+suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la
+confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la
+justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de
+cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia
+inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen
+irresolutos para siempre.
+
+La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa
+expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que
+le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a
+explicar todo.
+
+No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre,
+después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir
+comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la
+muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la
+hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel
+anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de
+conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en
+ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del
+mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos
+y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar
+la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la
+carta no anunciaba el suicidio.
+
+Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición
+de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al
+desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que
+nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de
+los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la
+esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor
+suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más
+probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun
+confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la
+intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.
+
+Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el
+descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del
+magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave
+parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.
+
+Un telegrama de Londres para el _Journal de Genève_ precisó, al día
+siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque
+apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única
+parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.
+
+Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de
+estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que
+una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había
+podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer
+la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.
+
+Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que
+no tenían importancia, decía:
+
+«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de
+su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.
+
+»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo
+que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez
+que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado
+hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted
+indulgente.
+
+»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad
+me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle
+de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he
+pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a
+una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte
+puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no
+espera, no.
+
+»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en
+el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía
+quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo
+para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que
+siempre me ha tenido.
+
+»Sor Ana, ruegue usted por mí.»
+
+
+
+
+IX
+
+ESPASMO
+
+
+Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo
+Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la
+memoria de los hombres. Los propietarios de la _villa Cyclamens_ habían
+pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel
+triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la
+próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la
+curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue
+alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del
+proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.
+
+La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería
+a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y
+ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de
+las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan
+monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó
+el asunto.
+
+Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la
+Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al
+Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que
+salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y
+también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de
+salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder
+al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias
+relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de
+ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido
+antes al drama de Ouchy.
+
+El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos
+misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más
+conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones,
+demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel
+enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que,
+después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio
+de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus
+vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y
+desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de
+que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de
+sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo,
+ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible:
+después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad
+para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo
+excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue
+perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.
+
+Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo
+tardaba en concederle ese ambicionado bien.
+
+En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan
+doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era
+infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su
+falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que
+solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que
+dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo
+había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en
+un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente
+no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en
+confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su
+propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento
+muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor
+había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido
+merecedora de su amor.
+
+Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del
+suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se
+hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía
+matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de
+ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la
+mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído
+inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que
+había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba
+a él?
+
+«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes
+no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a
+que induce a la persona amada.»
+
+Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las
+había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que
+la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una
+extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en
+cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!
+
+Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno
+engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no
+poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una
+perfección sobrehumana.
+
+«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del
+desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres
+pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta
+certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser;
+y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme
+envilecer más de lo debido su memoria.»
+
+Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod
+acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de
+indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era
+evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que
+no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres
+latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y
+la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba
+alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes
+no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y
+escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que
+vivía fuera de la ley.
+
+¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con
+el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber
+contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido
+sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a
+los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la
+gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre
+por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la
+quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese
+amado a ese hombre con amor puro!
+
+Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que
+un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y
+tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a
+gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le
+hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no
+podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación
+perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil,
+perversa había sido la pasión de aquella mujer.
+
+Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas
+ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras
+había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le
+aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había
+podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había
+correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que
+su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría
+podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con
+Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en
+realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel!
+¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con
+un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente?
+El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor
+que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil
+pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio
+servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...
+
+Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la
+figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a
+su memoria las proféticas palabras de un día lejano:
+
+«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora
+volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más
+tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento
+indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión;
+esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el
+de usted...»
+
+Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo
+por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho
+de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y
+dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había
+reconocido su propia indignidad.
+
+Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que
+reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el
+inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser
+éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.»
+¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad
+que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló
+del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el
+ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia
+de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...
+
+«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a
+usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El
+temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a
+decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí?
+¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a
+rescatarse?...»
+
+Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra
+pregunta, más ansiosa que las demás:
+
+«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»
+
+Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera
+muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba
+rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se
+había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la
+desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y
+muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima
+de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su
+corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la
+había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión
+aliméntala por el remordimiento?
+
+Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién
+era él, que pretendía condenarlo?
+
+¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué
+otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le
+hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la
+presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no
+era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría
+estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía
+como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus
+culpas?
+
+De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad
+inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido
+tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido
+tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante,
+se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección
+imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo
+es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana
+de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos
+legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.
+
+No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención
+está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema
+moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él
+había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero
+sin renunciar a la vida.
+
+¿No era ese el camino?
+
+Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La
+eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio
+respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el
+prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía.
+Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado,
+lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones,
+engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía
+negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir!
+¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o
+de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su
+existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles
+que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al
+Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto,
+impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él
+podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había
+dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había
+pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura:
+se había matado porque todo acaba en la muerte.
+
+«Entonces, ¿nada existe, nada?...»
+
+La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.
+
+Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había
+oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho
+cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el
+silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que
+antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.
+
+Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía
+iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente
+las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba
+otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de
+tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como
+antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro,
+confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos
+los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su
+corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez
+que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor
+infinito.
+
+El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando
+dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue
+suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana,
+lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron.
+Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a
+ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente
+hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de
+Ouchy, las cuestas de Lausana, la _villa Cyclamens_, el bosque de Comte,
+las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y
+sonriente a, la luz del sol.
+
+Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La
+impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al
+menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera
+visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él
+sentía en su interior.
+
+Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres
+vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto
+del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada
+certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro
+de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo
+la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran
+de improviso evocar el bien perdido.
+
+Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres
+del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se
+estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.
+
+¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?
+
+El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.
+
+--Roberto Vérod--decía la voz--¿no me reconoce usted?
+
+Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un
+espectro.
+
+¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?
+
+--¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle
+porque tengo algo que decirle.
+
+Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la
+frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía
+toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban
+blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales
+de una rápida decadencia.
+
+Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola
+palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se
+desencadenaban en su alma.
+
+--Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre;
+pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...
+
+Y después de una pausa, añadió:
+
+--Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.
+
+El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún
+que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.
+
+--¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la
+verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para
+que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una
+principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana,
+parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que
+engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente
+decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...
+
+Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.
+
+--Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo.
+Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura
+de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida
+me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un
+infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo
+tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el
+instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la
+entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí
+deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista.
+Y me burlé de ella y la ofendí.
+
+Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera
+ciego, y luego prosiguió:
+
+--Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis
+palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro.
+La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de
+un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo
+he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del
+bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones
+y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de
+impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio
+que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella,
+también me reí de mí mismo...
+
+Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra
+espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y
+su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe
+todo esto. Y luego, y luego...
+
+Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que
+yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y
+corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba
+que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el
+fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a
+perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el
+llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.
+
+Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle,
+mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de
+sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder
+decirla:--¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces
+como las demás, lo que te place!--era algo que me colmaba de júbilo...
+
+Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción
+a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me
+parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había
+preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a
+los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de
+mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.
+
+Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese
+objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para
+el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos,
+pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los
+destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que
+las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar;
+que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...
+
+Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber
+equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió
+dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una
+sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para
+encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra
+de consuelo...
+
+El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que
+hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún
+tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...
+
+¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un
+impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo,
+me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido
+curarme como el amor de una criatura como esa.
+
+Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin
+embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos
+sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la
+desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para
+nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para
+obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y
+que hemos retirado la mano, y proferido--¡demasiado tarde!--la palabra;
+ante esa idea el corazón cesó de latir...
+
+Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre,
+comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que
+volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me
+pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los
+últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba
+para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha
+muerto...
+
+Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los
+caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a
+aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una
+pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo,
+por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el
+amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las
+cosas, el rostro escuálido del Príncipe.
+
+--Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo
+notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que
+estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y
+que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre
+demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la
+soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de
+soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a
+protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella
+me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta
+de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi
+pasión por la otra!...
+
+Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise
+escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes
+desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo
+desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...
+
+Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba
+los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en
+el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible
+cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una
+voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que
+antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!
+
+Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima
+en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo
+hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y
+mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la
+esperanza de recuperarla...
+
+¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y
+desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como
+pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también
+otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era
+rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el
+cálculo?...
+
+Un día hablé. La dije:
+
+--Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es
+irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por
+favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en
+torno mío. Más tarde harás lo que quieras...
+
+Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también.
+Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que
+me dio fue:
+
+--Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que
+nuestro amor ha muerto.
+
+Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.
+
+Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no
+era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que
+hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun
+no la conocía!...
+
+Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil,
+quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino
+Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La
+prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.
+
+Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era
+el arma.
+
+Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería
+morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de
+haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su
+destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre
+dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de
+que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi
+mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el
+encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos
+indisolubles...»
+
+Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más
+que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir
+el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que
+alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido
+hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones,
+todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban
+amenazadores.
+
+--¡Tú me prometiste ayer--la dije con acento amargo--que no me dejarías,
+porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...
+
+Ella no lo negó.
+
+--Déjame morir--fue su respuesta;--eso será mejor para todos.
+
+En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de
+tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.
+
+--¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?
+
+La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.
+
+Ella me respondió únicamente:.
+
+--¿De quién es la culpa?
+
+--Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de
+tantos meses de dolor.
+
+--Pues bien--la repliqué,--yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de
+un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?
+
+--Sí--me dijo.
+
+Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:
+
+--¿Por qué?
+
+Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.
+
+--Porque si vivo seré suya.
+
+¡_Suya_, de usted, de otro!...
+
+Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.
+
+--¡Eso no es posible, no sucederá!...
+
+Ella movió la cabeza.
+
+--¡No digas que no!--insistí.--¡No digas que no!... Ya sé que no me
+amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro,
+porque... porque...
+
+--Le amo--dijo.
+
+Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:
+
+--Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor
+me está vedado, muero.
+
+Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:
+
+--¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu
+papel!...
+
+Todavía creo ver su mirada asombrada.
+
+--¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única
+persona que me llorará sinceramente?...
+
+--¿De él?...--exclamé.
+
+A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi
+sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:
+
+--De sor Ana.
+
+Yo repuse siempre en tono de burla:
+
+--¿Y la salud del alma?
+
+Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las
+tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.
+
+--¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...
+
+Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:
+
+--¡No me toque usted!
+
+Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.
+
+--¡Bueno! ¿La causo horror?--la dije.--¡Y lo ama usted a él! Y aun
+cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el
+juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...
+
+Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me
+apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.
+
+--Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted
+también correr en busca de nuevas caricias.
+
+Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se
+sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si
+se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.
+
+Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por
+una sonrisa burlona.
+
+--¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo
+lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me
+espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a
+venir ahora!...
+
+Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada
+temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:
+
+--¡Va a venir: soy suya!...
+
+La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la
+frente.
+
+--¡Cállese usted!--la grité.
+
+--¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!
+
+--¡Cállese!--la ordené una vez más.
+
+--¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú
+me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie
+puede condenarme!...
+
+--¡Cállate!...--la intimé por tercera vez.
+
+--¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi
+ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado.
+¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me
+inunda el alma!...
+
+--¡Estás loca!--grité.
+
+--¡Sí, desde que soy tuya!
+
+No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido
+creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.
+
+--¡No es cierto! ¡No te creo!--exclamé.
+
+Ella me contestó, atónita, riéndose:
+
+--¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad,
+¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano;
+he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento:
+después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría
+podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría
+pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado
+viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado;
+¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...
+
+--¿Tú has hecho eso?
+
+--Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre.
+¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?
+
+--¡Cállate! ¡No me provoques!
+
+--No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces
+aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me
+espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...
+
+Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!
+
+--¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?
+
+Yo prorrumpí:
+
+--¡Matarte!
+
+Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.
+
+--¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!
+
+--¡Cállate, o te mato!
+
+--¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de
+mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que
+no sea suya...
+
+Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:
+
+--En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...
+
+El tiro partió...
+
+Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de
+compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la
+última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:
+
+--¡Asesino!
+
+El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:
+
+--Pegue usted.
+
+Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni
+uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el
+brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:
+
+--¡Asesino!
+
+--He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será
+justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer,
+cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de
+mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras.
+Óigalas usted:
+
+--He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...
+
+Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en
+la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en
+ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de
+mí:
+
+--¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...
+
+Yo no comprendía.
+
+Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de
+ponerla, le extrajo una cápsula.
+
+--Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...
+
+Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:
+
+--Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis
+respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que
+te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...
+
+Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía
+estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer
+impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía
+nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas
+mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la
+cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi
+pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de
+reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto
+podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la
+muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los
+interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al
+ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de
+morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos,
+pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no
+tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo
+abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas,
+confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando
+por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces,
+naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad,
+y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira
+triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún
+tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba
+de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque
+estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma,
+muda e invisible, gobernaba ya mi vida...
+
+Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se
+había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido:
+coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.
+
+El Príncipe continuó:
+
+--El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias
+que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz
+sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún:
+era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una
+mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella
+me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa,
+volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó.
+¿Cree usted que Florencia haya muerto?
+
+La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió
+hondamente conmovido.
+
+--Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas:
+habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a
+ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha
+de hacer de mí.
+
+Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una
+palabra, el Príncipe continuó:
+
+--Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella
+practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi
+vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en
+reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una
+prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para
+merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por
+delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi
+crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual
+soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el
+mejor partido?
+
+Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué
+derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio
+estaba completamente obscurecido.
+
+--Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido
+para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría
+con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión.
+Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo
+que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen
+felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros
+hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es,
+defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de
+diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de
+locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero
+fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse,
+compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz,
+quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...
+
+Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo,
+y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:
+
+--Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que
+me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted
+soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad.
+Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los
+hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca,
+antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me
+diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra
+pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que
+la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.
+
+Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una
+emoción violenta se lo impedía.
+
+--Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de
+usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya
+de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he
+impuesto...
+
+Y tomando una mano del joven, le suplicó:
+
+--Roberto, ¿me perdona usted?
+
+Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
+
+Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el
+llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por
+llorar.
+
+--El alma de Florencia está presente aquí--dijo el Príncipe.
+
+Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.
+
+Luego agregó:
+
+--Sea por siempre bendita y bendecida.
+
+El llanto de Vérod era tempestuoso.
+
+--Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...
+
+Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod
+la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento
+estrechamente abrazados.
+
+El Príncipe preguntó en voz muy baja:
+
+--Hermano, ¿me perdonas?
+
+--Te perdono, hermano.
+
+Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en
+seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre
+las sombras, se volvió una vez más.
+
+--¡Adiós!
+
+Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de
+un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el
+nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había
+tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por
+la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de
+la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber
+confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía
+solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva
+versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y
+mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza
+del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana,
+impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había
+conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.
+
+Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se
+podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se
+encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había
+vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso,
+como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del
+culpable y de sí mismo.
+
+Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:
+
+--Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que
+usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar
+que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia
+d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan
+triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la
+angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida
+y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último
+instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de
+aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las
+apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!...
+Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera
+hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa,
+colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el
+amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de
+Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su
+tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet,
+amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?
+
+Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.
+
+--Ha muerto.
+
+Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había
+pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o
+violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él,
+había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había
+aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que
+para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás
+llegaría a saberse.
+
+--¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!--dijo el
+magistrado.--Y tenía un gran corazón.
+
+--Sí--ratificó Vérod.
+
+--Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en
+conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo
+el asesino, se puede esperar su redención.
+
+--Está redimido.
+
+Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su
+coloquio con Zakunine.
+
+--Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella,
+que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a
+que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le
+guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo
+mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda,
+vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo
+razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras
+naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la
+desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo
+inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos
+unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad
+humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su
+aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy
+convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo;
+que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...
+
+Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen
+trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del
+cielo, caído sobre la tierra.
+
+Después habló Ferpierre:
+
+--Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de
+que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de
+salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia
+celosamente su imperecedero recuerdo!
+
+FIN
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO ***
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+works. See paragraph 1.E below.
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+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
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+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
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+
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
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+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+
+Title: Espasmo
+
+Author: Federico De Roberto
+
+Release Date: October 3, 2008 [EBook #26756]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
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+
+<hr class="full" />
+
+<h3 class="un">BIBLIOTECA DE «LA NACION»</h3>
+
+<h3>FEDERICO DI ROBERTO</h3>
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+<h1>ESPASMO</h1>
+
+<p class="imagen"><img src="images/001.png" alt="imagen no disponible" /></p>
+
+<p class="c">BUENOS AIRES</p>
+
+<p class="c">1909</p>
+
+<h3>INDICE</h3>
+
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+
+<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="1">
+<tr><td align="right"><a href="#I">I.</a></td><td>&mdash;El hecho</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#II">II.</a></td><td>&mdash;Las primeras indagaciones</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#III">III.</a></td><td>&mdash;Los recuerdos de Roberto Vérod</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IV">IV.</a></td><td>&mdash;Historia de una alma</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#V">V.</a></td><td>&mdash;Duelo</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VI">VI.</a></td><td>&mdash;La investigación</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VII">VII.</a></td><td>&mdash;La confesión</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td>&mdash;La carta</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IX">IX.</a></td><td>&mdash;Espasmo</td></tr>
+</table>
+
+<p class="top15">Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos
+más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos
+haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di
+Roberto y un libro como Espasmo.</p>
+
+<p>Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como
+Verga, el autor de <i>Cavalleria rusticana</i>, con el cual su talento
+literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista,
+de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus
+novelas son de una gran intensidad dramática&mdash;aun cuando conservan en
+sus lineamientos una elegancia impecable,&mdash;algo de aristocrático en la
+concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que
+caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con <i>Arabeseos e
+Historias breves</i> inició brillantemente su carrera literaria, en la que,
+a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con
+<i>I Viceré</i> y con este <i>Espasmo</i> que hoy ofrecemos a los lectores
+argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito
+mereció de nuestra parte especial cuidado.</p>
+
+<p>En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones
+intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se
+desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber
+impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora.
+Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se
+mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta
+novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la
+conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.</p>
+
+<p>Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la
+moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,
+diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que
+son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer
+<i>Espasmo</i>, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán
+en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,
+puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en
+esta época.</p>
+
+
+
+<h1 class="top15">ESPASMO</h1>
+
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p class="head">EL HECHO</p>
+
+
+<p>Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de
+Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que
+produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la
+curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en
+todas las estaciones del lago, sino también del gran público
+cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.</p>
+
+<p>El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un
+arma de fuego y gritos confusos salidos de la <i>villa Cyclamens</i>, situada
+en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la
+habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes.
+La <i>villa Cyclamens</i> estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa
+d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad
+de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que
+había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos
+los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la
+Confederación, era conocida desde tiempo atrás.</p>
+
+<p>Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los
+gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma,
+hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un
+tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la
+sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano.
+Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,
+sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese
+cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte,
+sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada
+por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de
+sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las
+contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y
+algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados
+los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada
+línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia
+el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese
+abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera
+de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado
+el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los
+cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la
+mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si
+fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de
+haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado
+junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa
+boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:</p>
+
+<p>&mdash;¡Se acabó!... ¡Se acabó!...</p>
+
+<p>En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había
+un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la
+muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel
+hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también,
+próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de
+acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las
+llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse:
+entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de
+consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu
+salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba,
+y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el
+cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.</p>
+
+<p>La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su
+acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor
+Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La
+noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y
+los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la
+Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo
+acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego,
+no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban
+estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de
+dolorida simpatía que le dirigían.</p>
+
+<p>Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el
+suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la
+catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos
+días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se
+había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había
+permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba
+en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que
+antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos
+encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo
+tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había
+hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las
+habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo
+como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían
+subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,
+después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado,
+igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.</p>
+
+<p>En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la
+extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un
+rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y
+mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies
+a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los
+brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la
+curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.</p>
+
+<p>En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la
+Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única
+de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la
+extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,
+quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar
+lo ocurrido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...&mdash;exclamaba la Baronesa.&mdash;Pero ¿por
+qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado
+algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en
+el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera
+resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito
+tenue y delicado... Los dolores morales...</p>
+
+<p>Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes
+colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted que fuera feliz?</p>
+
+<p>El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía
+significar asentimiento como duda o ignorancia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y ese pobre Príncipe!...&mdash;continuó la Baronesa, siempre mirando por
+lo bajo, continuamente, a la extranjera.&mdash;Es un dolor verle sufrir
+así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se
+alejara...&mdash;Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven
+desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:&mdash;¿Por
+qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?</p>
+
+<p>Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los
+circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la
+dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento
+apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los
+extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.</p>
+
+<p>&mdash;No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere
+usted?</p>
+
+<p>Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la
+Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente
+magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una
+angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento
+con que le faltaban las palabras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...&mdash;dijo turbada.&mdash;¡Pero hay, sin
+embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...
+Doctor&mdash;agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento
+al Príncipe.&mdash;Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a
+ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no
+se la podría pedir que se alejara?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... cierto...&mdash;contestó el doctor vacilante y sin saber qué
+hacer.&mdash;Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los
+magistrados...</p>
+
+<p>&mdash;¿Se les ha avisado?</p>
+
+<p>&mdash;Aquí llegan.</p>
+
+<p>Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la
+sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito
+Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.</p>
+
+<p>Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos
+del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes
+se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro
+saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el
+cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a
+quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la
+muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba
+de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.</p>
+
+<p>&mdash;¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la
+hiciese prever?&mdash;preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser
+incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y
+mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía
+contestar.</p>
+
+<p>Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un
+profundo sueño, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...</p>
+
+<p>&mdash;¿Sufría mucho?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sufría tanto... tanto!...&mdash;respondió el Príncipe, con una entonación
+de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba enferma?&mdash;preguntó el juez al doctor, después de un breve
+silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Sí: de una afección del pecho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabía lo que tenía?</p>
+
+<p>&mdash;Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y
+valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿No se podía tener esperanzas de salvarla?</p>
+
+<p>&mdash;Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe
+engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos
+años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?</p>
+
+<p>&mdash;No es lo único&mdash;repitió como un eco el Príncipe Alejo.</p>
+
+<p>Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la
+actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar
+apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo
+el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y
+confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que
+ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que
+también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando
+interrumpía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos
+religiosos que tenía...</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuáles eran?&mdash;preguntó el juez.</p>
+
+<p>&mdash;Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente&mdash;contestó el
+doctor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es cierto?...&mdash;interrumpió otra vez la Baronesa.&mdash;¡Parece increíble
+lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un
+paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones
+preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a
+Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por
+allí.</p>
+
+<p>Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis,
+arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la
+observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble
+cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.</p>
+
+<p>El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía
+iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro
+lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado,
+sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba sola cuando se mató?</p>
+
+<p>&mdash;Sola.</p>
+
+<p>&mdash;¿Habló usted con ella esta mañana?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; habló con ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba triste?</p>
+
+<p>&mdash;Mortalmente.</p>
+
+<p>&mdash;Podríamos ver si ha dejado algo escrito.</p>
+
+<p>La Baronesa dio una palmada y exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!</p>
+
+<p>El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.</p>
+
+<p>Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con
+espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en
+plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba
+el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con
+cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y
+un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más
+libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de
+los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después
+de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban
+llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la
+correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una
+cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de
+pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha
+encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo
+negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el
+Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...</p>
+
+<p>Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su
+persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el
+pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó,
+aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el
+libro extraído por éste de su negra caja:</p>
+
+<p>&mdash;¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...</p>
+
+<p>También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un
+libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que
+debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió
+rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco
+acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas
+partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a
+las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:</p>
+
+<p>&mdash;No se entiende&mdash;dijo&mdash;no es una confesión...</p>
+
+<p>Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una
+pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,
+el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero
+tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo
+atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o
+inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena
+de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un
+cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus
+propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le
+hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían
+recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que
+llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...&mdash;exclamaba la mujer, juntando las manos, el
+flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.&mdash;¡Quiero verla!... ¡Verla
+una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...</p>
+
+<p>Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada,
+algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.</p>
+
+<p>&mdash;Dejadla pasar&mdash;ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba
+que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado
+de toda su confianza.</p>
+
+<p>Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó
+hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a
+sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel
+desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de
+una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su
+tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y
+parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los
+dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella.
+Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían
+impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la
+extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a
+nadie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...&mdash;gemía la mujer
+junto al cadáver.&mdash;Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!...
+¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre...
+¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a
+ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la
+hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...&mdash;repetía con voz aún más afligida,
+como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente
+recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha
+matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...</p>
+
+<p>La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su
+pecho a la criada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!...
+¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos
+señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?</p>
+
+<p>&mdash;A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé
+más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir
+conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...</p>
+
+<p>&mdash;¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta,
+anoche o esta mañana?</p>
+
+<p>&mdash;Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.</p>
+
+<p>&mdash;¿A quién estaba dirigida?</p>
+
+<p>&mdash;A sor Ana.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es sor Ana?&mdash;preguntó el magistrado, que había dejado
+pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.</p>
+
+<p>&mdash;Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde está?</p>
+
+<p>&mdash;No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted tampoco sabe esa dirección?&mdash;preguntó el juez, volviéndose
+hacia el Príncipe Alejo.</p>
+
+<p>&mdash;La ignoro, pero...</p>
+
+<p>Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió
+a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la
+entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,
+no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...</p>
+
+<p>Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la
+Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vérod!&mdash;exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de
+cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró
+a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un
+lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente
+los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear,
+vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la
+confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó
+una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta,
+intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nuestra pobre amiga!&mdash;exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la
+diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.&mdash;¡Quién lo
+habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse
+así...</p>
+
+<p>Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dice usted?&mdash;preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole
+fijamente en los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.</p>
+
+<p>Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar
+vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan
+suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los
+presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba
+también fijamente a su inesperado acusador.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo puede usted asegurarlo?&mdash;preguntó aún el juez.</p>
+
+<p>&mdash;Lo sé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?</p>
+
+<p>&mdash;Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién cree usted que la ha muerto?</p>
+
+<p>El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la
+extranjera, y dijo:</p>
+
+<p>Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.</p>
+
+<p>En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había
+permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no
+hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción
+de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto
+hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron
+la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión,
+que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la
+desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al
+acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.</p>
+
+<p>Antes de decir nada contra alguien&mdash;repuso el juez en tono de
+amonestación&mdash;es preciso estar cierto de lo que se dice.</p>
+
+<p>&mdash;Si no estuviera cierto no habría hablado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?</p>
+
+<p>El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de
+contener.</p>
+
+<p>&mdash;La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de
+destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con
+la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.</p>
+
+<p>La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban
+preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían
+producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de
+verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el
+puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura,
+rencorosa, y le apostrofó así:</p>
+
+<p>&mdash;¡Loco! ¿Qué dices?</p>
+
+<p>Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros
+que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y
+otro penetrar con ellas hasta el alma.</p>
+
+<p>El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!&mdash;intimó el primero.</p>
+
+<p>&mdash;¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo
+conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad
+de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,
+de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya
+conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.</p>
+
+<p>Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan
+ustedes&mdash;agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados:
+deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes&mdash;digan
+ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es
+creíble...</p>
+
+<p>El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada
+escrutadora:</p>
+
+<p>&mdash;Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha
+intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente
+y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y
+firme.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted cree eso?&mdash;exclamó el joven desconcertado&mdash;¿usted ha dicho eso?</p>
+
+<p>La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;
+parecía no comprender ni ver.</p>
+
+<p>&mdash;¿De quién era esta arma?&mdash;la preguntó el magistrado.</p>
+
+<p>&mdash;Suya.</p>
+
+<p>&mdash;¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?</p>
+
+<p>&mdash;Encerrada, escondida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted&mdash;dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven&mdash;que nada
+confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?</p>
+
+<p>El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche
+por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un
+momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y
+lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo
+exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el
+rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de
+sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía
+entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y
+entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:</p>
+
+<p>&mdash;Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar
+con el juez de instrucción.</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p class="head">LAS PRIMERAS INDAGACIONES</p>
+
+
+<p>Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal
+de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura
+legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una
+natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión
+se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia
+inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las
+mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su
+primera vocación había sido otra.</p>
+
+<p>Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por
+ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y
+llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que
+lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,
+ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como
+pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de
+compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa
+familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era
+sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía
+y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo.
+Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de
+la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo
+habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la
+justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a
+ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.</p>
+
+<p>La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas
+rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre
+político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder
+juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,
+extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que
+cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y
+Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos
+trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había
+comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en
+una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus
+sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por
+consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética,
+la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto
+de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de
+aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la
+música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él
+después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del
+joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.</p>
+
+<p>Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza
+contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez
+de paz en la <i>villa Cyclamens</i>, adonde había acudido al primer
+llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si
+resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan
+merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos
+que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y
+su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto
+al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él
+a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes
+en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas
+enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle
+conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la
+Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de
+leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el
+número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la
+muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque
+había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La
+actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que
+también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su
+contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba
+sobre la cabeza del Príncipe.</p>
+
+<p>Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno
+de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su
+país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra
+la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado
+conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más
+temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena
+de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que
+en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad,
+todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras
+galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del
+abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus
+seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,
+se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la
+Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor
+fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?</p>
+
+<p>Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y
+otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la
+catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la
+sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron
+en la <i>villa Cyclamens</i>. En la suposición de que el amor o el capricho
+del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado,
+el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para
+explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón
+aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es
+decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se
+encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una
+vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,
+sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido
+impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las
+maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en
+que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba
+por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que
+perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus
+secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida
+disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de
+su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento;
+pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos
+poco probable.</p>
+
+<p>Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de
+amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado
+nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía
+haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de
+la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel
+de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien
+había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el
+hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,
+cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin
+que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando
+hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona
+de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición
+del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver,
+deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse
+hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo,
+se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz,
+contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa
+posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y
+haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera
+podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la
+caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente
+de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una
+suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un
+asesino sería inexplicable.</p>
+
+<p>Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía
+esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que
+había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la
+necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran
+entrar a Vérod.</p>
+
+<p>Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su
+rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la
+confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la
+difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el
+instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del
+curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde
+la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la
+frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario
+ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre
+ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de
+Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones
+juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre
+había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo
+deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también
+de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor
+por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?</p>
+
+<p>&mdash;Usted ha querido hablarme&mdash;dijo Ferpierre mientras se dirigía
+mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles,
+secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;&mdash;aquí me
+tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?</p>
+
+<p>&mdash;Roberto Vérod, treinta y cuatro años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es usted Vérod, el escritor?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?</p>
+
+<p>No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio,
+sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado,
+tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía.
+Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego,
+arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la
+mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si usted supiera, señor&mdash;le dijo con voz insegura y sumisa,&mdash;qué
+tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar,
+cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para
+decirle lo que tengo que decirle!</p>
+
+<p>Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre
+se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera
+reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los
+habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano
+que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a
+él, contestó:</p>
+
+<p>&mdash;Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo
+mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al
+magistrado, sino al hombre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al
+magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría
+probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi
+convicción moral...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y al hombre?</p>
+
+<p>&mdash;Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha
+soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin
+resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio,
+puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?</p>
+
+<p>El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto
+no contestó.</p>
+
+<p>Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a
+interrogarle:</p>
+
+<p>&mdash;¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?</p>
+
+<p>El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;No debo, no, decirlo...&mdash;murmuró con voz ahogada.&mdash;A nadie revelaré un
+secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire
+usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.</p>
+
+<p>&mdash;¿La amaba usted?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la
+alegría, una altiva felicidad.</p>
+
+<p>&mdash;Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de
+cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ella le amaba a usted?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El
+mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un
+acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese
+sentimiento que nos hacía vivir.</p>
+
+<p>&mdash;¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?</p>
+
+<p>A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió
+un amarga contracción de desdén.</p>
+
+<p>&mdash;¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera
+amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?</p>
+
+<p>Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea.
+O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que
+Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se
+había convertido.</p>
+
+<p>&mdash;Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del
+Príncipe con la Condesa?&mdash;siguió preguntando mientras tanto.&mdash;¡No cabe
+duda de que hubo un tiempo en que se amaron!</p>
+
+<p>&mdash;Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas
+cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra
+codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó
+porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?</p>
+
+<p>&mdash;Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara,
+como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no
+quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su
+interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las
+consecuencias del error, aceptó el martirio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus
+palabras envolvían una ofensa, un agravio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?</p>
+
+<p>&mdash;¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese
+hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre
+en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo
+que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que
+yo a su respecto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la
+Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y
+ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos
+veces.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad
+política?</p>
+
+<p>&mdash;Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que
+perseguía?</p>
+
+<p>&mdash;No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su
+patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de
+compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa
+que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y
+sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal,
+debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo la conoció usted?</p>
+
+<p>&mdash;El año pasado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde?</p>
+
+<p>&mdash;Aquí, en el Beau Séjour.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todavía no había alquilado la villa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde vivía en invierno?</p>
+
+<p>&mdash;En Niza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?</p>
+
+<p>&mdash;En estos últimos meses.</p>
+
+<p>&mdash;Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?</p>
+
+<p>&mdash;Una compatriota y correligionaria suya.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?</p>
+
+<p>&mdash;No, pero no es difícil adivinarla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sería ella también su querida?</p>
+
+<p>&mdash;¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de
+la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en
+asociarse al deber?</p>
+
+<p>La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de
+aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la
+criatura adorada por él.</p>
+
+<p>&mdash;De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe.
+¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber
+estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya
+al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no
+amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la
+condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese
+delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada
+para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer,
+apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto
+en práctica un antiguo propósito?</p>
+
+<p>&mdash;¿Eso no le prueba a usted&mdash;exclamó el joven, sin contestar
+directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva
+interrogación,&mdash;eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación
+había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre
+por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida
+debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en
+que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso
+fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza
+que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...</p>
+
+<p>Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y
+el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral
+del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de
+sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba
+mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el
+acusador.</p>
+
+<p>Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación
+parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera
+debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía
+hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente
+humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía
+improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy
+diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más
+alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el
+grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más,
+no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos.
+Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y
+reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede
+ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión
+esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para
+inculpar a dos personas?</p>
+
+<p>&mdash;Usted comprenderá&mdash;repuso el magistrado cuando vio calmarse la
+angustia de Vérod,&mdash;la necesidad que me obliga a hacerle ciertas
+preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el
+sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría
+permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar,
+casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último,
+las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes
+de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra
+esperanza la sonrió?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ¿por qué no la recuperó?&mdash;replicó Vérod, como hablando consigo
+mismo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted no sospechó el motivo?</p>
+
+<p>&mdash;Ella misma me lo dijo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y fue?...</p>
+
+<p>&mdash;Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había
+contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella
+un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo
+tampoco la quería de esa manera...</p>
+
+<p>¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que
+se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos?
+Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y
+escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza,
+principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas
+declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base
+inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según
+su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en
+su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso
+sospechar de su sinceridad.</p>
+
+<p>&mdash;Pero entonces&mdash;replicó,&mdash;si esa señora le amaba a usted y no se creía
+libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya
+mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola
+razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales,
+¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se
+vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa
+mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de
+desesperación?</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?... ¿Por qué?...&mdash;balbuceó Vérod, aturdido.</p>
+
+<p>&mdash;Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a
+costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que
+usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su
+dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.</p>
+
+<p>Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera
+haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y
+en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve
+y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se
+oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido
+el corazón atravesado por un dolor agudísimo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?...
+¡Oh!</p>
+
+<p>Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor
+sobrehumano.</p>
+
+<p>Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción
+como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un
+proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las
+pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en
+presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud
+despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era
+solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido
+frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de
+su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía,
+y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se
+asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que
+mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria
+indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía
+conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su
+espíritu para estudiar la acusación.</p>
+
+<p>Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido
+él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era
+necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era
+inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un
+remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería
+atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas
+materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras
+inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había
+podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su
+tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad
+de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha
+de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?</p>
+
+<p>Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y
+obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en
+vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por
+distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara
+raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre
+que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas
+plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas
+frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la
+voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin
+embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.</p>
+
+<p>Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al
+impulso de una viva reacción.</p>
+
+<p>&mdash;¡No!...&mdash;dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán
+de protesta.&mdash;¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!...</p>
+
+<p>Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado
+una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé
+con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la
+muerte, ¡al contrario!... ¡No!&mdash;repitió con voz que se iba haciendo más
+firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:&mdash;¡No! ¡Ella no se
+ha matado! ¡Ha sido asesinada!</p>
+
+<p>¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted
+tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro
+de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo
+confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no
+creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que
+hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tanto mejor!&mdash;contestó Ferpierre&mdash;¡y puede usted estar cierto de que
+también yo las buscaré, de que las busco!...</p>
+
+<p>Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a
+Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Su nombre?&mdash;le preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;Alejandra Paskovina Natzichet.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nacida en?...</p>
+
+<p>&mdash;Cracovia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuántos años?</p>
+
+<p>&mdash;Veintidós.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué profesión?</p>
+
+<p>&mdash;Estudiante de medicina.</p>
+
+<p>&mdash;¿Domicilio?</p>
+
+<p>&mdash;Zurich.</p>
+
+<p>La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las
+preguntas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se encuentra usted en esta casa?</p>
+
+<p>&mdash;Vine a hablar con Alejo Zakunine.</p>
+
+<p>&mdash;¿A hablarle de qué?</p>
+
+<p>&mdash;De cosas que no interesan a la justicia.</p>
+
+<p>&mdash;¡O que la interesan mucho!</p>
+
+<p>La joven no contestó.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es usted su correligionaria?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?</p>
+
+<p>Nuevo silencio.</p>
+
+<p>El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó
+lentamente:</p>
+
+<p>&mdash;Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.</p>
+
+<p>La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros
+desdeñosamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca
+contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?</p>
+
+<p>&mdash;No comprendo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es usted también su querida?</p>
+
+<p>La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión
+de ira, pero no dijo una palabra.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta:
+¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;En el escritorio del Príncipe.</p>
+
+<p>&mdash;Y él ¿dónde estaba?</p>
+
+<p>&mdash;Conmigo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conocía usted a la muerta?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca hablé con ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Hoy la vio usted?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que
+se amaban?</p>
+
+<p>Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a
+fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de
+ésta. Pero la joven contestó, impasible:</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran
+por largo tiempo en desacuerdo?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?</p>
+
+<p>&mdash;Acudí.</p>
+
+<p>Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el
+Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba:
+«Acudimos»?</p>
+
+<p>&mdash;¿Sola?&mdash;le preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;Con él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y estaba muerta?</p>
+
+<p>&mdash;Expiraba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué se habrá matado?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dijo el Príncipe?</p>
+
+<p>&mdash;Lloró.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?</p>
+
+<p>&mdash;Dos o tres veces.</p>
+
+<p>&mdash;¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?</p>
+
+<p>&mdash;No sé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conoce usted a Vérod?</p>
+
+<p>&mdash;No sé quién será.</p>
+
+<p>&mdash;La persona que denuncia el asesinato.</p>
+
+<p>&mdash;No lo conozco.</p>
+
+<p>El juez cesó de interrogarla.</p>
+
+<p>&mdash;La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a
+usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de
+la justicia.</p>
+
+<p>La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante
+todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba,
+reflexionaba que por ese lado nada sabría.</p>
+
+<p>Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma
+misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios
+más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por
+él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda
+clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La
+obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba
+condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con
+aquel que debía ser seguramente el principal actor.</p>
+
+<p>Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó
+atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que
+Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas
+encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo
+enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el
+cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los
+descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada
+profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán
+nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente
+principal.</p>
+
+<p>Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre
+galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por
+la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la
+ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el
+sello de una profunda tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?</p>
+
+<p>&mdash;En Cernigov, en 1855.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha sido usted condenado alguna vez?</p>
+
+<p>&mdash;Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he
+sido graciado y expulsado de Rusia.</p>
+
+<p>&mdash;¿No ha sufrido usted una condena más grave?</p>
+
+<p>&mdash;Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han
+confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.</p>
+
+<p>A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos
+volvieron a brillar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué contesta usted?</p>
+
+<p>Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir
+su cólera, y luego dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto...</p>
+
+<p>¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El
+juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel
+hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta
+duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.</p>
+
+<p>Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía
+apenas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha sido muerta por usted, por su mano?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué importa? Yo soy responsable...</p>
+
+<p>&mdash;¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito
+explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado
+al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó
+usted al suicidio?</p>
+
+<p>&mdash;Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.</p>
+
+<p>&mdash;¿No la amaba usted ya?</p>
+
+<p>&mdash;No la amaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y sin embargo la llora usted?</p>
+
+<p>Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la
+pregunta del juez, éste repuso:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quería usted abandonarla?</p>
+
+<p>&mdash;La abandoné.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La
+tenía usted lástima?</p>
+
+<p>&mdash;¡Tanta!</p>
+
+<p>&mdash;¿Ella le amó a usted mucho?</p>
+
+<p>&mdash;Como yo la amé un tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Fueron felices?</p>
+
+<p>Los ojos del Príncipe se enrojecieron.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todavía le amaba a usted?</p>
+
+<p>Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con
+desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Le dio a usted motivos de celos?</p>
+
+<p>A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?</p>
+
+<p>&mdash;Lo suponía.</p>
+
+<p>&mdash;¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?</p>
+
+<p>Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció
+otra vez.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;contestó con voz sorda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?</p>
+
+<p>&mdash;No sé.</p>
+
+<p>&mdash;¿El dolor? ¿Los celos?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;Cinco años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Era libre cuando la conoció usted?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, libre. Viuda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde la encontró usted?</p>
+
+<p>&mdash;En Aberdeen, en Escocia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuántos años tenía?</p>
+
+<p>&mdash;Veintinueve.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ahora o entonces?</p>
+
+<p>&mdash;Ahora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse
+legalmente en matrimonio?</p>
+
+<p>&mdash;Yo desconozco esa ley.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos
+debía ser inmoral y punible?</p>
+
+<p>&mdash;Había contraído el compromiso ante su Dios.</p>
+
+<p>&mdash;Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola
+íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la
+catástrofe.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?</p>
+
+<p>&mdash;En Zurich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo llegó usted?</p>
+
+<p>&mdash;Anteayer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?</p>
+
+<p>&mdash;Noté que sufría más que de costumbre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Alguna vez le propuso a usted separarse?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?</p>
+
+<p>&mdash;La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la
+repugnaban.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó
+disuadirle de sus trabajos?</p>
+
+<p>&mdash;Muchas veces.</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué modo?</p>
+
+<p>&mdash;Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.</p>
+
+<p>&mdash;¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?</p>
+
+<p>&mdash;En un tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! ¡Nunca!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?</p>
+
+<p>&mdash;Pensamos del mismo modo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Trabajan juntos en la propaganda?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?</p>
+
+<p>&mdash;Ninguno.</p>
+
+<p>&mdash;¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No
+mienta usted: así sabremos la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;Afirmo que nada más nos liga.</p>
+
+<p>Su acento parecía sincero.</p>
+
+<p>&mdash;¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso
+haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?</p>
+
+<p>El interrogado tardó un instante en contestar.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;dijo por último.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?</p>
+
+<p>&mdash;En mi cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;¿En su cuarto de dormir?</p>
+
+<p>&mdash;En el escritorio.</p>
+
+<p>&mdash;¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?</p>
+
+<p>&mdash;A las once y tres cuartos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hizo usted al oír el tiro?</p>
+
+<p>&mdash;Acudí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Su compañera acudió después?&mdash;preguntó el juez, tratando de dar a su
+voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia
+de la pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;Acudió conmigo.</p>
+
+<p>Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo
+natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta
+importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían
+estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se
+encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las
+sospechas?</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?</p>
+
+<p>&mdash;La ganó en una rifa, hace tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y las cápsulas?</p>
+
+<p>&mdash;Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de
+los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin
+ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a
+otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué
+había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos
+e impedimentos para su nueva felicidad?</p>
+
+<p>&mdash;De ella misma.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere usted decir?</p>
+
+<p>&mdash;Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran
+elevadísimos.</p>
+
+<p>&mdash;Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sospeché.</p>
+
+<p>&mdash;¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de
+prever!</p>
+
+<p>&mdash;Ella gozaba de su confianza; yo no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero
+nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora vamos a oír lo que ella dice.</p>
+
+<p>El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en
+presencia de la otra.</p>
+
+<p>Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el
+Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra
+vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez
+Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí
+proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio
+del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.</p>
+
+<p>La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su
+patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos;
+después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había
+arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo
+entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso
+era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la
+Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y
+cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.</p>
+
+<p>Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre
+mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia
+Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del
+lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez
+de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de
+morir?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Desde cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;Desde hace mucho tiempo... más de un año.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe,
+ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada
+sin siquiera volverse hacia el acusado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted
+precisar.</p>
+
+<p>&mdash;El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó
+mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora
+lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo
+le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tiene usted que contestar a esto?&mdash;dijo con frialdad Ferpierre,
+volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.</p>
+
+<p>&mdash;No recuerdo el hecho&mdash;respondió éste sosteniendo firmemente la mirada
+del juez.&mdash;He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de
+ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con
+claridad lo que creía tener razón de temer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todavía en los últimos tiempos&mdash;repuso el juez dirigiéndose a la
+mujer&mdash;hablaba de su propósito?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones
+de quejarse?</p>
+
+<p>&mdash;El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es cierto lo que dice?</p>
+
+<p>&mdash;No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si
+la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.</p>
+
+<p>Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento
+tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la
+doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y
+el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su
+negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la
+acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los
+argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de
+la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un
+suicidio, para salvar a su compañera de fe política?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la
+Natzichet?</p>
+
+<p>&mdash;No sé. No la veía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?</p>
+
+<p>&mdash;No se...</p>
+
+<p>El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada
+hablar libremente.</p>
+
+<p>&mdash;Déjenos usted solos&mdash;dijo a Zakunine.</p>
+
+<p>Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde
+vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.</p>
+
+<p>&mdash;Oiga usted&mdash;la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de
+persuasión confidencial;&mdash;nos encontramos en presencia de una grave
+duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado,
+hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede
+ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma
+se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda
+usted?</p>
+
+<p>La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido
+un delito como ese?</p>
+
+<p>La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué cree usted que no?</p>
+
+<p>&mdash;Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente.
+¡La consoló tanto de sus dolores!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dolores?</p>
+
+<p>&mdash;La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos
+meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en
+el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa,
+aplastado por un tren.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero después la trató mal el Príncipe?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para
+sospechar tan horrible cosa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?</p>
+
+<p>&mdash;En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto tiempo hace de eso?</p>
+
+<p>&mdash;Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera
+más bueno, y más suyo!..</p>
+
+<p>&mdash;¿Notaba usted disputas entre ellos?</p>
+
+<p>&mdash;No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el
+señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le
+antojaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Le engañaba con otras?</p>
+
+<p>&mdash;No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que
+estaba ausente?</p>
+
+<p>&mdash;Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo
+hace de eso?</p>
+
+<p>&mdash;Tres o cuatro meses.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo notó usted ese cambio?</p>
+
+<p>&mdash;Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que
+no iba a volver nunca.</p>
+
+<p>&mdash;¿Venía de Zurich?</p>
+
+<p>&mdash;Creo que de Zurich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se quedó mucho tiempo?</p>
+
+<p>&mdash;Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza
+y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se explica usted tal cambio?</p>
+
+<p>&mdash;No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía
+haber procedido mal.</p>
+
+<p>&mdash;Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su
+patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario
+descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la
+muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada.
+¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?</p>
+
+<p>&mdash;Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me
+habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:&mdash;«Qué amable es el señor Vérod,
+¿no es cierto?...»&mdash;Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy
+gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo era eso?</p>
+
+<p>&mdash;No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero
+aquello pasaba pronto...</p>
+
+<p>&mdash;¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a
+la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí,
+pero...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué temía?</p>
+
+<p>&mdash;Se temía a sí misma.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el
+Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando
+comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?</p>
+
+<p>La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;No podría decirlo, señor.</p>
+
+<p>&mdash;De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a
+hacer aquí?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuántas veces ha estado aquí?</p>
+
+<p>&mdash;Tres o cuatro veces.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy
+íntima... que ella fuese su querida?...</p>
+
+<p>&mdash;No podría decirlo. Un día...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué?</p>
+
+<p>&mdash;La vi besar la mano al señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿No oyó usted lo que decían?</p>
+
+<p>&mdash;Hablaban en ruso. Yo no podía entender.</p>
+
+<p>&mdash;Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No
+es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?</p>
+
+<p>La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía
+significar ignorancia como asentimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy
+justificados...&mdash;insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta
+objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba
+todas las ideas que se le iban presentando.&mdash;¿Sabía la rusa que entre
+los patrones de usted había discordia?</p>
+
+<p>&mdash;No podría decirlo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?</p>
+
+<p>&mdash;No sé, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber
+armado su brazo?</p>
+
+<p>La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que
+interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p class="head">LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD</p>
+
+
+<p>El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que
+hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso
+trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una
+inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas
+bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá
+lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se
+inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles,
+cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de
+humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del
+silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida
+acababa de extinguirse.</p>
+
+<p>Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella
+vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad:
+ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le
+parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa,
+la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba,
+andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría
+ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un
+carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.</p>
+
+<p>En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la
+primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había
+pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de
+dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo
+deslumbró.</p>
+
+<p>¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus
+esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía,
+gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas
+arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen
+interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar
+dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua
+a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha
+visto dentro de ella un mundo horrible?</p>
+
+<p>Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y
+las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo
+que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había
+consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había
+sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera
+potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba
+precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes
+extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus
+pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una
+reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz
+para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda.
+Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una
+raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos,
+atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los
+conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del
+árido pensamiento.</p>
+
+<p>Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera
+en algún momento estar delante de los espectáculos representados en
+éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no
+creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte
+pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas,
+inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al
+sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de
+las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de
+alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado,
+una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma
+distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia
+había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba.
+Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le
+había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco
+más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no
+entenderse jamás.</p>
+
+<p>Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido
+comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se
+reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y
+amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción
+entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de
+la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible,
+no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte.
+Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el
+furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las
+cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le
+apareció.</p>
+
+<p>Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta,
+acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su
+aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué
+cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?</p>
+
+<p>La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un
+médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia
+sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el
+remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de
+los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de
+la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por
+mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había
+tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e
+iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...</p>
+
+<p>Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes,
+antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas
+y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de
+aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina
+metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a
+pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro
+fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar,
+anhelante.</p>
+
+<p>La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De
+día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le
+hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto,
+bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo
+espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso,
+como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla
+desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido,
+la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese
+sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal?
+¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que
+debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se
+detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su
+dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal
+voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el
+gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había
+hecho llorar.</p>
+
+<p>La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan
+fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura.
+¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi
+vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del
+gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor,
+coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas
+por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa
+dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?</p>
+
+<p>Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos
+esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces
+también había visto que aquella belleza no era durable. Había días,
+había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande:
+todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse;
+la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía
+lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos
+apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza
+demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de
+miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su
+amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba
+por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces
+en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa
+fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera
+tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.</p>
+
+<p>Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando
+en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a
+la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el
+piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la
+misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una
+explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina
+animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de
+maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto
+mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería
+acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse.
+Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la
+distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las
+manos de la pianista interrumpieran la ejecución del <i>Largo</i> de Bach,
+que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza
+de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno
+de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al
+suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos
+desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente
+insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...</p>
+
+<p>Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya
+no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca,
+la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el
+otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la
+enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a
+la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito,
+de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.</p>
+
+<p>¿Había conseguido realizar esa obra?...</p>
+
+<p>Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al
+espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre
+el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas
+de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso,
+trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así
+habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo.
+Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con
+sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le
+abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito
+ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la
+renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se
+descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores.
+Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida
+para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por
+fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que
+era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil
+virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no
+pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella
+expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.</p>
+
+<p>Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración.
+Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana.
+Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se
+pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente,
+pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni
+tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que
+hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más
+gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba
+enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o
+imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.</p>
+
+<p>Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en
+él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la
+belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que
+son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir
+estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no
+solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no
+comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí
+mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda
+importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada
+resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La
+mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no
+se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de
+examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando
+de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o
+imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le
+decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa
+orden.</p>
+
+<p>El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor
+al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples
+pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno
+suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras
+de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía
+a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto.
+Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos
+en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando
+tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna
+iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella
+le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y
+cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también
+había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la
+esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para
+comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila
+tristeza, en tímido gozo!</p>
+
+<p>Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba
+una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y
+él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos
+aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los
+fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la
+montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una
+capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella
+trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces
+él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota
+compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de
+esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía
+tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su
+servicio, había vencido por ella el obstáculo.</p>
+
+<p>Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar
+esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con
+avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el
+contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan
+caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar
+cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos
+reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída,
+derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del
+infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles
+aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido
+atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en
+el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí
+misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la
+estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.</p>
+
+<p>Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo
+perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza
+que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su
+alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que
+ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser
+creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin
+quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace
+creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para
+practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido
+el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una
+pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con
+placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso,
+hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno
+solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es
+el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?</p>
+
+<p>Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había
+pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie
+podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra.
+Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las
+palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el
+hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía,
+por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las
+almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha
+tremenda?</p>
+
+<p>Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor,
+que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su
+puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en
+nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también
+defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las
+ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los
+desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad
+junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal;
+su vista era el consuelo del mundo...</p>
+
+<p>El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo
+necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se
+hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del
+camino, exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...</p>
+
+<p>Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su
+interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa
+realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias
+imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar
+los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:</p>
+
+<p>&mdash;¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo
+lo que existe!...</p>
+
+<p>Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de
+aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos
+y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía
+la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el
+mal...</p>
+
+<p>Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista
+de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían
+apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior,
+lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos,
+contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las
+disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra
+de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había
+mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido
+con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor
+existía, sentía retemplarse su fe.</p>
+
+<p>¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el
+suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida
+sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte
+no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa
+vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero
+no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le
+persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a
+consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus
+oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar
+aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad
+iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su
+deber era vengarla!</p>
+
+<p>La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba
+el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el
+silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para
+tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante
+la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por
+qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido
+que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le
+había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad?
+No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al
+juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era
+distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez?
+¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...</p>
+
+<p>Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor
+que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que
+agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella
+misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían
+a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado
+la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un
+sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía,
+que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era
+cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La
+conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las
+otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si
+el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados,
+había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.</p>
+
+<p>Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella
+misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la
+muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al
+ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se
+hubiera creído!</p>
+
+<p>Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El
+dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo
+que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo
+con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había
+afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una
+obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente
+grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes
+humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado
+hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma
+había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para
+hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había
+despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había
+sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de
+destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había
+querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había
+reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener
+fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía
+perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que
+las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el
+último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto
+Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su
+salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había
+visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación
+había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de
+los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible,
+sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia
+virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con
+contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y
+cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.</p>
+
+<p>Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de
+montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento
+la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo
+flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor
+vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían.
+¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No
+había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver
+aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele
+el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las
+alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.</p>
+
+<p>Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de
+la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía
+enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la
+noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado.
+Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el
+fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración:
+veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.</p>
+
+<p>Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el
+cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en
+Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como
+una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una
+pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la
+pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su
+adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde
+había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los
+suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los
+juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían
+sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado
+lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.</p>
+
+<p>Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó
+por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había
+perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y
+delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre
+los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba
+a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que
+confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí
+recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la
+acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño,
+qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella
+le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces
+había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida
+de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella
+poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.</p>
+
+<p>Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en
+un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente,
+cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario,
+junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido
+reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una
+aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una
+mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules
+blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.</p>
+
+<p>Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual,
+pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el
+estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo
+dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un
+relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí
+esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro,
+incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se
+denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella
+lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella
+guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la
+compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también,
+lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.</p>
+
+<p>Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los
+momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su
+persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante,
+la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la
+mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía
+que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos
+que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el
+pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma
+de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado
+otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»</p>
+
+<p>Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes,
+las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La
+ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían
+la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración
+que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un
+sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que
+jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos
+criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la
+necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas,
+su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo
+único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en
+el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la
+inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a
+contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No
+era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde
+que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que
+había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...</p>
+
+<p>El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en
+pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo
+como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del
+recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la
+ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El
+inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y
+así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hermana!... ¡Hermana!...</p>
+
+<p>Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran
+esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores
+habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen
+recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén
+contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había
+vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como
+si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el
+mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de
+ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían
+enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.</p>
+
+<p>Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir
+dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima
+comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a
+la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le
+proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido
+obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su
+soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que
+quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer
+su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una
+felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un
+sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan
+y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba
+nuevas virtudes.</p>
+
+<p>Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su
+propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces,
+no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló
+sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.</p>
+
+<p>Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos
+habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras
+fraternales?</p>
+
+<p>«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando
+usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas
+y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se
+encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás
+he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría
+como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su
+muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad
+y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una
+parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba.
+Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo
+misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted
+tan agradable...»</p>
+
+<p>¡Y también ella estaba muerta!</p>
+
+<p>El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre
+el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían
+lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban
+en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las
+sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su
+mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El
+cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las
+autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se
+encontraba en la iglesia.</p>
+
+<p>Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que
+estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con
+paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma
+casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a
+tener la postrera reunión.</p>
+
+<p>Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el
+Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado
+escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes.
+Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba.
+Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco
+en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una
+lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se
+agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales
+creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se
+repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón
+palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y
+ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se
+desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.</p>
+
+<p>Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le
+impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí,
+sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del
+verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a
+la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la
+angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de
+improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía
+de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había
+comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había
+dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del
+sentimiento le eran desconocidos.</p>
+
+<p>«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en
+la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas
+se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la
+luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La
+verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha
+acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía.
+Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y
+así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con
+verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor
+tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero
+después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es
+como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de
+una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta
+hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que
+hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado
+demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría
+inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las
+leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la
+dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría
+temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen.
+Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con
+un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina,
+porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia:
+así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido
+demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez,
+principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el
+experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se
+prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes
+para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer
+ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con
+sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no
+tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este
+sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de
+usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería
+entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal.
+Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de
+mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la
+tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o
+venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas
+están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer
+y hacer daño...»</p>
+
+<p>Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan
+segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero
+ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:</p>
+
+<p>«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras
+permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el
+momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en
+todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento
+cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten
+esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda
+le hará ver su engaño...»</p>
+
+<p>Pero él no la había dejado terminar:</p>
+
+<p>«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber.
+Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente,
+¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una
+criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo
+contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y
+siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los
+mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien.
+Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no
+es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un
+tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana
+y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado,
+las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de
+perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo
+ha esperado, lo espera...»</p>
+
+<p>«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!</p>
+
+<p>El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su
+amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras
+cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría
+lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto.
+La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan
+límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro
+objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no
+la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario,
+permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no
+habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía
+naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de
+todo...</p>
+
+<p>Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.</p>
+
+<p>Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por
+la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.</p>
+
+<p>Vérod se desplomó junto a la verja.</p>
+
+<p>¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón!
+¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!</p>
+
+<p>Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él
+estaba vivo?</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p class="head">HISTORIA DE UNA ALMA</p>
+
+
+<p>La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en
+aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el
+examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma,
+demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de
+cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no
+excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca.
+Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que
+iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una
+opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la
+violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.</p>
+
+<p>Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una
+de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba
+moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el
+domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la
+fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.</p>
+
+<p>Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a
+la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña
+al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había
+embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre.
+Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las
+páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía
+llenas de los recuerdos de la antigua.</p>
+
+<p>«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en
+torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la
+pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo
+de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus
+pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí
+como yo me acuerdo de ellas?»</p>
+
+<p>El sentimiento predominante era su adoración por su padre.</p>
+
+<p>«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no
+poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis
+distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él
+dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las
+ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando
+participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es
+más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes?
+Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?</p>
+
+<p>»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente,
+mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa
+de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me
+parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de
+no servir en realidad para nada...</p>
+
+<p>»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está
+temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve
+el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y
+diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y
+cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque
+no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha
+dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito,
+cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al
+club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no
+abandone demasiado a sus amigos por mí!...</p>
+
+<p>»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago
+por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer.
+Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me
+fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre
+estas palabras:&mdash;¡Hija mía, qué fastidio tan grande!&mdash;A todas nos
+llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de
+todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se
+quejaba:&mdash;¡Hija mía, qué fastidio tan grande!&mdash;Se fastidiaba jugando,
+estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin
+salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía
+sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a
+mí también enferma...»</p>
+
+<p>En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por
+su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que
+la de una hermana de caridad.</p>
+
+<p>«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi
+cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle
+ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la
+mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo
+él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...</p>
+
+<p>»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero
+sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la
+casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi
+causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el
+espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la
+otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente,
+como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él
+mismo!...</p>
+
+<p>»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no
+como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y
+sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el
+pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse
+así!»</p>
+
+<p>Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían
+hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en
+su opinión el error no era tan grande como parecía:</p>
+
+<p>«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da
+más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando
+son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden;
+mientras que mi papacito...»</p>
+
+<p>Y también de este hecho encontraba una explicación:</p>
+
+<p>«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos,
+su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando
+yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo
+da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de
+ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero
+cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene
+razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que
+me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»</p>
+
+<p>También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por
+sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana,
+entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy
+numerosas y unidas le daban envidia.</p>
+
+<p>«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo,
+los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican,
+mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre,
+puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal,
+siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a
+papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo
+se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera
+dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño
+no se dividiría: se sumaría...»</p>
+
+<p>Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su
+corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este
+sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la
+idea de que su padre pudiese leer aquel diario:</p>
+
+<p>«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en
+cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía
+en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a
+preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije
+que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir
+en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de
+confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le
+digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo.
+Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas
+memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio,
+esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las
+noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con
+felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había
+dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por
+qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a
+hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me
+atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me
+parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan
+necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por
+qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir?
+¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy
+segura!...»</p>
+
+<p>Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con
+su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la
+memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri,
+de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el
+papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó
+bien y fue a buscar su libro.</p>
+
+<p>«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba
+resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de
+leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo
+que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas
+solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en
+la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy
+valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que
+lo leyera todo; pero él no quiso.</p>
+
+<p>»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me
+siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»</p>
+
+<p>La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de
+poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia,
+siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su
+padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas
+personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su
+respecto juicios muy favorables.</p>
+
+<p>«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es
+bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...</p>
+
+<p>»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he
+recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...</p>
+
+<p>»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha
+dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del
+duelo que Tasso describe en <i>Jerusalén libertada</i>: el Conde ha desafiado
+en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no
+son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado
+tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años!
+Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no
+le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...</p>
+
+<p>»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé
+dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de
+pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado
+tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide;
+entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...</p>
+
+<p>»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en
+cuando, y él alaba mi gusto...</p>
+
+<p>»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.</p>
+
+<p>»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo
+de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se
+ha reído!</p>
+
+<p>»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que
+ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto
+cuanto enternece.</p>
+
+<p>»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su
+librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha
+explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de
+las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica
+y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.</p>
+
+<p>»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no
+hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo
+que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.</p>
+
+<p>»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y
+yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún
+tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver
+el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la
+última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...»
+Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.</p>
+
+<p>»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una
+tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su
+dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego
+estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su
+Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído
+papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el
+Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»</p>
+
+<p>»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí
+entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está
+muy agradecida a tanta gracia!...</p>
+
+<p>»El Conde&mdash;lo he sabido hoy,&mdash;es más joven que papá: tiene cuarenta y
+cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»</p>
+
+<p>Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito
+volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo
+modificada:</p>
+
+<p>»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este
+tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está
+aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de
+mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he
+visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo
+también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe
+ya...»</p>
+
+<p>Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de
+nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.</p>
+
+<p>El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña
+la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita
+debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y
+atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran
+desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose
+cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a
+la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más
+fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse
+viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su
+carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de
+edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él
+un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la
+amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría
+toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima
+frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a
+formar parte de ella?...</p>
+
+<p>Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués,
+asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado
+antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija
+libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía
+pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el
+de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el
+alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta
+inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas
+dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que
+su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto
+había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no
+conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias
+entre un amor y otro amor, y había consentido.</p>
+
+<p>Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores.
+Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después
+del viaje de novios:</p>
+
+<p>»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a
+nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos
+todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo
+lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las
+cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.</p>
+
+<p>»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la
+felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que
+ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era
+su tormento.</p>
+
+<p>»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.</p>
+
+<p>»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor.
+Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una
+secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque
+mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro,
+no dudarían!...</p>
+
+<p>»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a
+Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis
+recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo
+para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de
+su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje,
+no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de
+éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no
+me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía
+estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que
+no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco.
+Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura.
+Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos,
+que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro
+matrimonio, dicen así:</p>
+
+<p>»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé
+si esto me agrada o me desagrada.</p>
+
+<p>»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven
+que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se
+aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras
+que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste
+fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.</p>
+
+<p>»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de
+amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no
+puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya
+está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió
+parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me
+pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que
+Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los
+hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía
+cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son
+las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba:
+que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de
+intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina,
+exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era
+variada y profunda.</p>
+
+<p>»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no
+parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como
+cara.</p>
+
+<p>»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de
+escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he
+aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas
+escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que
+pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis
+precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza,
+tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el
+arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era
+tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una
+de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había
+ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en
+que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y
+si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando
+me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: <i>Proveedor de Su
+Gracia la Marquesita Florencia</i>. En esa tarjeta se hallaban juntos
+nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco
+entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como
+estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo
+trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había
+llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha
+fuerza...</p>
+
+<p>»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha
+faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se
+encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que
+mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día.
+Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a
+estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo
+escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea
+verdad...»</p>
+
+<p>Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más
+irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:</p>
+
+<p>«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»</p>
+
+<p>Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría
+íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el
+juez Ferpierre estaba casi enamorado.</p>
+
+<p>Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser
+su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y
+obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera
+tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...</p>
+
+<p>Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba
+que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había
+engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera,
+completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no
+podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño,
+pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no
+escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas,
+lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las
+manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no
+podía dudar de su sinceridad.</p>
+
+<p>Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de
+veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para
+explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo,
+como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta
+había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las
+cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de
+aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que
+el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más
+páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas
+de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se
+alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba
+seguro de su felicidad.</p>
+
+<p>Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la
+que seguía no había más que este escrito:</p>
+
+<p>«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»</p>
+
+<p>Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego
+que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija
+amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de
+cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el
+margen una fecha: <i>3 de junio de 1886</i>. Después, el libro estaba llenos
+de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más
+caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo
+consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía
+hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez
+recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que
+presentía ineludible.</p>
+
+<p>¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz
+de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?</p>
+
+<p>No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más
+grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una
+interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas
+anotaciones resultaba incomprensible.</p>
+
+<p>«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la
+memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi
+soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué
+habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi
+ignorancia, mi inexperiencia...</p>
+
+<p>»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez
+le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme,
+desviando la mirada: «Otro día...»</p>
+
+<p>«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no
+poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no
+era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me
+demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte
+a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse,
+salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse&mdash;decía
+también,&mdash;es un acto de justicia...»</p>
+
+<p>La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras
+duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en
+página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad
+sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas
+de un tren él la había buscado.</p>
+
+<p>«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no
+comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni
+visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el
+último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...</p>
+
+<p>»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de
+ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida.
+Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de
+soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse
+apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...</p>
+
+<p>»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos
+de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su
+familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la
+pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...</p>
+
+<p>»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía
+miedo hasta de pensar.</p>
+
+<p>»No soy sincera, no lo digo todo...»</p>
+
+<p>Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del
+drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.</p>
+
+<p>Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la
+había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy
+sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su
+marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado?
+Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles,
+por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un
+marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea
+de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado
+Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la
+veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión
+una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía
+naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo
+digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que
+la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la
+traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de
+poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a
+conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo
+inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había
+vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían
+obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas,
+ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no
+era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el
+dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día
+inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en
+aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra
+vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución
+era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes,
+había estado él mismo al prever un desenlace contrario.</p>
+
+<p>¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado
+hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del
+soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto
+legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido
+ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y
+era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del
+mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?</p>
+
+<p>Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los
+reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta
+de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de
+resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la
+jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino
+también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al
+principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se
+debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado
+la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de
+castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la
+imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más
+que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía
+permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado
+ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún,
+era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba
+ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese
+querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como
+habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había
+enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte
+hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada
+curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.</p>
+
+<p>Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no
+encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su
+luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en
+este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la
+experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su
+estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes
+estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran
+nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos
+a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano
+de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en
+trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con
+las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior
+una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:</p>
+
+<p>«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario
+poder guiar el pensamiento íntimo.»</p>
+
+<p>¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su
+pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo
+sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?</p>
+
+<p>«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella
+nadie podría tener esperanzas de salvación.»</p>
+
+<p>¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la
+conciencia de alguna culpa personal suya?</p>
+
+<p>Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se
+leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.</p>
+
+<p>«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que
+el que se propone repararla.</p>
+
+<p>»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y
+muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones
+materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse
+de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más
+noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.</p>
+
+<p>»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de
+leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo
+nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.</p>
+
+<p>»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres
+porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía
+moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el
+egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es
+nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los
+otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos
+desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la
+igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las
+califica de raras.»</p>
+
+<p>La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el
+Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al
+problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido?
+La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía
+mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra
+y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.</p>
+
+<p>«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera
+negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran
+desconocidas.</p>
+
+<p>»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor
+mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de
+amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al
+tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se
+contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía
+impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi
+felicidad. ¿Dudo yo también ahora?</p>
+
+<p>»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas
+caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado
+del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite,
+forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su
+voz. Soy feliz...</p>
+
+<p>»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a
+otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría
+ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría
+leído él en mis ojos?</p>
+
+<p>»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando
+experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o
+simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace
+más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón
+recuerda. Eso es otra cosa...</p>
+
+<p>»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más
+verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos
+los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras
+y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...</p>
+
+<p>»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír
+el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es
+profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida,
+dice él.</p>
+
+<p>»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se
+ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su
+voz, en su pecho...</p>
+
+<p>»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros
+mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene
+necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo
+sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero
+sí turbada...</p>
+
+<p>»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias,
+tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y
+todavía se ríe! No quiero...</p>
+
+<p>»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera
+cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»</p>
+
+<p>Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario,
+como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún
+experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las
+confesiones.</p>
+
+<p>«La vida es más difícil de lo que yo creía.»</p>
+
+<p>Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos,
+todavía otra duda:</p>
+
+<p>«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»</p>
+
+<p>Después algunas frases de sentido obscuro.</p>
+
+<p>«De ningún modo, pero agrada esperar...</p>
+
+<p>»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza
+me sonríe, veo la meta...</p>
+
+<p>»Ahora me faltan las palabras...»</p>
+
+<p>Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:</p>
+
+<p>«Ante Dios, para siempre.»</p>
+
+<p>Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras,
+relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.</p>
+
+<p>Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma
+enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa:
+con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía
+sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se
+recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor
+puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a
+explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella
+daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las
+dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros
+tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un
+sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de
+edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese
+aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la
+duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte
+y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males
+que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle,
+habían debido determinarla y secundar su afecto.</p>
+
+<p>«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»</p>
+
+<p>Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para
+él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya
+fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que
+ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los
+dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel
+rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos
+sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor
+prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que
+se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión
+alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente
+convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente
+que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado
+castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y
+redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la
+complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la
+debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado
+repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido
+íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no
+había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso
+ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o
+temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.</p>
+
+<p>¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad
+de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de
+improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había
+seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la
+sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de
+esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la
+desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.</p>
+
+<p>En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido
+interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad,
+aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:</p>
+
+<p>«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos
+conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que
+somos...»</p>
+
+<p>Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su
+obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun
+viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la
+Condesa proseguía, horrorizada:</p>
+
+<p>«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el
+camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el
+amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es
+generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No
+sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»</p>
+
+<p>Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del
+Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al
+desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de
+sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre
+no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a
+creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus
+creencias, sino aun en sus esperanzas?</p>
+
+<p>Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio
+porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia
+felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral
+para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le
+habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no
+fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo
+contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había
+parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del
+amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no
+debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas
+condiciones?</p>
+
+<p>Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en
+aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la
+audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia
+de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los
+siguientes párrafos de las memorias:</p>
+
+<p>«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve
+miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia,
+este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de
+entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.</p>
+
+<p>»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros?
+¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios,
+que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo
+creo.</p>
+
+<p>ȃl no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su
+pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él
+mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de
+pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba
+conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es
+más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin
+embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban
+antes.</p>
+
+<p>»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que
+esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me
+sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo
+menos puro.</p>
+
+<p>»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de
+medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir
+vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle
+el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra
+prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...</p>
+
+<p>»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo
+que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí
+misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él
+para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la
+capacidad de regular nuestro amor!</p>
+
+<p>»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras,
+mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe
+dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero
+otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley
+escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me
+dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo
+no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa
+ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en
+alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?</p>
+
+<p>»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer,
+agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en
+desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una
+fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me
+costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor
+mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no
+niegue todo y siempre...</p>
+
+<p>»¡Ah, esa risa...!»</p>
+
+<p>¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición
+impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas
+confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio
+adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la
+pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de
+la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo
+escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido
+capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a
+discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila
+de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos
+con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?</p>
+
+<p>Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:</p>
+
+<p>«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en
+ellas:</p>
+
+<p>«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día
+cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno
+del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y
+quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes:
+alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía;
+más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de
+mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un
+fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te
+cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta
+verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer
+que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e
+hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres,
+el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que
+tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y
+mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida;
+mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el
+uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el
+Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en
+poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de
+preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que
+no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el
+cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.</p>
+
+<p>»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que
+todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis
+¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas?
+Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es
+preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir,
+extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te
+parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una
+familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te
+parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto
+tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren
+lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado
+vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada
+uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide&mdash;antes por el contrario
+todo concurre a ello,&mdash;que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y
+un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te
+lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz
+otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres,
+a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones.
+La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las
+costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que
+vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes.
+Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a
+las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital:
+fuera de eso no hay nada.»</p>
+
+<p>«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene
+razón. Fuera de eso, no hay nada...»</p>
+
+<p>Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al
+espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía
+haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes
+palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y
+espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía
+razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que
+se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por
+fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien
+habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores,
+que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y
+ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a
+tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía
+empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la
+había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba
+contaminada por su contacto!</p>
+
+<p>Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de
+toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué
+punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él
+aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser
+traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera
+a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición?
+¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un
+segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta
+lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el
+misterio judicial.</p>
+
+<p>Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las
+confesiones de la muerta se redoblaba.</p>
+
+<p>«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al
+vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!</p>
+
+<p>»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.</p>
+
+<p>»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de
+castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o
+con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto
+con mi padre!</p>
+
+<p>»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación,
+desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan
+grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el
+acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...</p>
+
+<p>»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada:
+el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que
+pasa, me hacen mucho daño.</p>
+
+<p>»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades,
+del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente
+cuando sentía su falta?...»</p>
+
+<p>Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el
+problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la
+de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un
+libro:</p>
+
+<p>«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero,
+¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)</p>
+
+<p>Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia
+situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que
+el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente
+la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para
+quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya
+uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y
+además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.</p>
+
+<p>«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que
+todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto
+del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la
+oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo
+viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable,
+y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para
+hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de
+un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la
+esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»</p>
+
+<p>Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había
+conseguido con ello?</p>
+
+<p>Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que
+le llamó la atención:</p>
+
+<p>«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
+nuevo dolor.&mdash;<i>La noche del 12 de Agosto</i>.»</p>
+
+<p>Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas,
+a guisa de señal.</p>
+
+<p>Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron
+pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención,
+al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y
+encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no
+expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:</p>
+
+<p>«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo
+amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el
+amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor
+parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)</p>
+
+<p>Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la
+difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había
+expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había
+copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod
+cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era
+necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una
+compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después
+de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda,
+sino el último desastre!</p>
+
+<p>La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado
+irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto
+no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los
+salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que
+llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban
+omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron
+el engaño y cesaron de venerarlos...</p>
+
+<p>Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la
+Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto
+vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor
+terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es
+acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive
+mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que
+las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste
+solamente en la sanción moral.</p>
+
+<p>La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación
+escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le
+daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a
+buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a
+todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría
+consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado
+ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad
+completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin
+de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido,
+y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el
+del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin
+renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la
+substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la
+esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que
+para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un
+libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus
+propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel
+sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan
+elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en
+las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la
+muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.</p>
+
+<p>Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida
+llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin
+embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había
+podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido
+con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un
+sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia
+concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era
+atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino
+que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de
+ella su primer amante:</p>
+
+<p>«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás
+en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de
+Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una
+escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la
+realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el
+escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que
+la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería
+reducirla, a una mentira, a una hipocresía.</p>
+
+<p>Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones,
+no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras
+razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica
+y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente
+dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de
+complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones
+hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo
+donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la
+confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se
+mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese
+momento más claro a Ferpierre:</p>
+
+<p>«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de
+afirmarse contra la duda triunfante...</p>
+
+<p>»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.</p>
+
+<p>»La última esperanza...»</p>
+
+<p>«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»</p>
+
+<p>Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta
+manera: «o morir para evitar el pecado?»</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p class="head">DUELO</p>
+
+
+<p>La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la
+Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la
+muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al
+magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema
+y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del
+suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de
+la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes
+perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con
+que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no
+existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo
+tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al
+principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a
+Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera
+sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la
+verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.</p>
+
+<p>Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones
+que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven,
+cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella.
+Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada
+decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la
+visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de
+nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:
+los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien
+la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.</p>
+
+<p>Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de
+consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que
+contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y
+de su desesperación.</p>
+
+<p>Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en
+Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde
+estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua
+discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado
+que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich
+fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la
+legación de Rusia.</p>
+
+<p>Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara
+con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El
+acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la
+tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho
+sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba
+urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.</p>
+
+<p>Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su
+palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba.
+Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una
+década entera: se había envejecido diez años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sigue usted todavía&mdash;comenzó a preguntarle el juez&mdash;en la misma
+opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo creo!&mdash;contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido
+que siente el hierro revolverse en la llaga.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su
+acusación?</p>
+
+<p>&mdash;Todavía no.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna
+demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable,
+resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución
+depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer
+el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame
+usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre
+usted y ella desde que la conoció?</p>
+
+<p>&mdash;De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una
+manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué día la conoció usted?</p>
+
+<p>&mdash;El 13 de julio del año pasado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con
+ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?</p>
+
+<p>Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego
+dijo en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le dijo usted?</p>
+
+<p>&mdash;Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si
+hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir
+que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis
+sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de
+costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas
+columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor
+animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba
+lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas
+podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa,
+después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la
+cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una
+sonrisa...</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien; mire usted, lea...</p>
+
+<p>Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado
+las flores y lo pasó al joven.</p>
+
+<p>«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un
+nuevo dolor.&mdash;La noche del 12 de agosto.»</p>
+
+<p>Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos
+enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Comprende usted, el significado de estas palabras?&mdash;repuso
+Ferpierre.&mdash;Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba
+junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el
+amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y
+pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en
+la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no
+podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la
+felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto
+no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.</p>
+
+<p>La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido
+expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor
+de profesión.</p>
+
+<p>Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con
+usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me
+parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la
+desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación
+extrema.</p>
+
+<p>Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos
+el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que
+balbuceando, confuso, y casi despavorido:</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted cree?...</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.</p>
+
+<p>Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de
+descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de
+las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios
+habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya
+extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas
+confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de
+consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?</p>
+
+<p>Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente,
+como hablando consigo mismo:</p>
+
+<p>&mdash;Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas.
+Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas
+tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más
+cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una
+esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un
+soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada
+impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no
+participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una
+esperanza como aquélla?</p>
+
+<p>&mdash;Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había
+contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba
+el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y
+en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la
+fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted
+creía. Si no, oiga usted...</p>
+
+<p>Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más
+significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez
+más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a
+Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos,
+aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la
+adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la
+historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí
+durante la primera lectura.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo
+estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica
+humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola
+idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y
+disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía
+sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara
+con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted
+también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su
+diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por
+usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el
+juicio copiado de <i>Verdad y Poesía</i>, no sabríamos, guiándonos por este
+libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad
+que tenía miedo de esta pasión...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin
+decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue
+lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?</p>
+
+<p>Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas
+manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos
+del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un
+amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su
+compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto
+de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara
+que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien
+la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella,
+yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran?
+¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por
+substraerse a mi violencia?</p>
+
+<p>Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la
+Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante
+ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para
+alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose
+amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había
+puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella
+mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su
+descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose
+del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el
+terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa,
+aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.</p>
+
+<p>&mdash;No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco
+tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa
+sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para
+dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de
+aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas
+no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión
+que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de
+la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal,
+la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el
+dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella
+debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del
+deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene usted razón&mdash;contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.&mdash;Eso
+era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera
+llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté,
+que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa
+mujer se ha operado en mí.</p>
+
+<p>&mdash;Hábleme usted de eso.</p>
+
+<p>&mdash;Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al
+pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la
+exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a
+los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?</p>
+
+<p>Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse
+sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía
+mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado.
+Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una
+obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?</p>
+
+<p>&mdash;No digo&mdash;contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el
+clarovidente temor del joven,&mdash;no digo que, deliberadamente, con
+estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los
+hombres...</p>
+
+<p>&mdash;No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás&mdash;interrumpió
+Vérod.&mdash;La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas
+morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan
+obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus
+naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo
+ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...</p>
+
+<p>Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de
+su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más
+indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la
+muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se
+exhibiera mejor de lo que era en realidad.</p>
+
+<p>&mdash;Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera.
+Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para
+usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que
+envilecerla.</p>
+
+<p>Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.</p>
+
+<p>&mdash;Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.</p>
+
+<p>Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en
+tal caso retiraba su observación.</p>
+
+<p>&mdash;Pero&mdash;repuso,&mdash;ella quería ser digna del respeto de usted y no podía
+esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note
+usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el
+Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él
+irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una
+unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía
+aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma
+de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?</p>
+
+<p>Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.</p>
+
+<p>&mdash;Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía
+salida&mdash;continuó el juez al cabo de una pausa.&mdash;La única esperanza
+lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y
+repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por
+fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese
+habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría
+durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde,
+pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido
+ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien
+para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la
+unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia;
+puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte
+tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores,
+los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había
+aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por
+extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la
+felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de
+este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese
+incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que
+la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de
+su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted,
+debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que
+fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de
+diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la
+fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será
+tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de
+semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del
+respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan
+muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino,
+extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el
+fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se
+proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El
+amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella.
+Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya
+un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa;
+pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las
+condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería
+usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que,
+infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado?
+¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted
+es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres
+¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?</p>
+
+<p>El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba
+silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que
+la vio la víspera de su muerte?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, por la tarde.</p>
+
+<p>&mdash;¿En su casa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?</p>
+
+<p>Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:</p>
+
+<p>&mdash;Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca
+menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino
+de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la
+conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La
+habló usted de su amor?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>Y Roberto Vérod temblaba.</p>
+
+<p>El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel
+coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él
+la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la
+muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero
+Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de
+aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima
+felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era
+justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el
+magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada;
+pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera
+indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía
+y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor,
+como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le
+estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en
+sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba
+a volver en su contra.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que
+pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir,
+dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía
+adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor
+ignorarlo, por usted y por mí?...»</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted?... ¿Y después?</p>
+
+<p>&mdash;Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted
+en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la
+verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la
+verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El
+cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían
+por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el
+lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban
+al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba
+mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le
+dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es
+negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube
+azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía
+un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo
+está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue
+cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se
+veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras,
+el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas
+nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo:
+«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta
+belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una
+luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por
+todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en
+este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la
+Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se
+transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo
+más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me
+dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue:
+«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré.
+Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente
+más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la
+esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi
+orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo
+había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la
+negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme.
+La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su
+mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su
+mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano,
+y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me
+confundían...</p>
+
+<p>&mdash;¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?</p>
+
+<p>Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir
+a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si
+hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y
+cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se
+deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las
+ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una
+sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y después?&mdash;preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.</p>
+
+<p>Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser
+contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!</p>
+
+<p>&mdash;Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo
+que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco
+el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha
+faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el
+hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi
+lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si
+usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted? ¿Ve usted?</p>
+
+<p>&mdash;Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar
+a usted otra vez...»</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted? ¿Ve usted?&mdash;repitió el magistrado.&mdash;Si usted la dijo esas
+palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted
+que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle
+miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que
+usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el
+hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...</p>
+
+<p>Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ocultó su rostro entre las manos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre
+usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió
+usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a
+fin de evitar uno peor?</p>
+
+<p>&mdash;¡No diga usted eso!&mdash;prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre
+humilde y ardiente en el rostro del magistrado.&mdash;¡No diga usted eso!...
+Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea,
+y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que
+ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla
+el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que
+temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas
+con las suyas, ¡eso era imposible!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la dijo usted eso?</p>
+
+<p>&mdash;Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol
+resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su
+vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo.
+Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando.
+Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay
+irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la
+esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una
+cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención;
+que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted
+que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del
+asentimiento, fue la última que me dijo.</p>
+
+<p>Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y
+cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un
+breve silencio:</p>
+
+<p>&mdash;Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la
+verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la
+prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder
+que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa
+hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos
+que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario,
+expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy,
+si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.</p>
+
+<p>Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez
+continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es
+suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes
+debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que
+se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones
+sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted
+debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son
+sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo
+había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida
+era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien
+tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor
+bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en
+el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá.
+Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y
+digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez
+de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían
+hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo
+impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se
+habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento
+de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo
+gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado
+detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más
+impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué
+momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien
+estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la
+declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a
+portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes
+que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en
+que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre.
+El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para
+siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber
+tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la
+traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además,
+éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que
+había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera
+querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle,
+dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su
+busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no
+podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos
+de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído
+únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar
+el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad
+ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de
+usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos
+hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de
+semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla
+incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio,
+que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un
+pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la
+encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía,
+que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el
+último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa
+mujer se ha matado!</p>
+
+<p>Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se
+hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud
+de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en
+el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los
+demás, de su propio remordimiento.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?</p>
+
+<p>&mdash;¡No!&mdash;prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud
+de desafío.&mdash;¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas
+fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más
+potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A
+mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo
+tenía razones para odiar la existencia...</p>
+
+<p>&mdash;¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?</p>
+
+<p>Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente.
+Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas
+relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el
+joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.</p>
+
+<p>&mdash;Las mismas&mdash;contestó Vérod, mirándole en los ojos;&mdash;pero más urgentes,
+más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es
+cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi
+demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los
+hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba
+a saber lo que le han hecho!</p>
+
+<p>El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al
+pesimista, en obligarle a reconocer su error.</p>
+
+<p>&mdash;Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no
+cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación.
+Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la
+sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para
+vivir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?</p>
+
+<p>&mdash;¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo
+querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el
+odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha
+pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y
+comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para
+nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece
+en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor
+aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó
+hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía
+esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros.
+Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte
+Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré
+de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios
+con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la
+mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo
+conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la
+flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría
+de dar la muerte?</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues sí! ¡Pues sí!&mdash;replicó prontamente el juez, viendo que en el
+calor de la defensa Vérod se descubría.&mdash;¡Pues sí, pocas horas después!
+Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación
+que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor
+dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le
+hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era
+también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas
+para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia
+conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está
+llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un
+camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?</p>
+
+<p>&mdash;Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea
+de Dios debió detener su mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento
+de dolor intolerable, y se mató!</p>
+
+<p>&mdash;¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la
+vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted
+dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que
+al hacerlo ha hecho bien?</p>
+
+<p>El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo
+que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida
+sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel
+de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el
+amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus
+propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y
+ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura
+de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no
+se ha matado, aumenta mi culto por ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había
+desposado con el corazón, era un pretexto?</p>
+
+<p>&mdash;No se había desposado realmente con él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo
+había sancionado?</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree
+usted que la salvación consista en observarlas fielmente?</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus
+libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al
+nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son
+los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes
+no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos,
+lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las
+dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las
+agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese
+hombre...</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía
+ella haber faltado a su palabra?</p>
+
+<p>&mdash;No se puede jurar un amor eterno...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted se lo juraba a ella?</p>
+
+<p>&mdash;No se puede amar a quien no ama.</p>
+
+<p>&mdash;¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?</p>
+
+<p>Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y
+confuso, el juez repuso en tono diferente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto
+de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la
+realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la
+desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso
+salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente
+puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las
+presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente
+capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted
+que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas
+que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de
+las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería
+hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto
+éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme
+que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del
+odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que
+había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía
+a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse
+con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara
+vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje!
+A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el
+permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso
+que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle,
+pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la
+seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos
+creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a
+prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y
+aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla?
+Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos
+brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de
+propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse
+entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve
+esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase
+amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que
+no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime
+tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida
+en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar.
+Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un
+pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí
+razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de
+haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan
+ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso
+que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la
+voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es
+lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación
+que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba
+lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre?
+Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y
+desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima
+conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere
+usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque
+amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las
+dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo,
+habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que
+ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la
+Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo
+para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía
+cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo
+hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos
+plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no
+se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que
+lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de
+usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos
+en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que
+fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al
+suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no
+obstante, un argumento de su parte, uno solo...</p>
+
+<p>Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía
+en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la
+cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un
+golpe mortal.</p>
+
+<p>&mdash;Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa
+d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan
+al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una
+vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus
+escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en
+la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted
+ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón.
+Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse
+aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal
+inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya
+grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas
+confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron,
+tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último,
+fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de
+que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba
+tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por
+obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un
+tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no
+le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la
+entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...</p>
+
+<p>Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido,
+perdido:&mdash;¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón...
+Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque
+entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!...
+¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el
+corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p class="head">LA INVESTIGACIÓN</p>
+
+
+<p>Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo
+abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado,
+sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía
+grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de
+afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era
+verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto
+a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después
+de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra,
+y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados.
+Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta,
+desconfiaba más que nunca de los rusos.</p>
+
+<p>Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios
+paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones
+pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en
+Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del
+Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los
+informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de
+declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también
+supo cosas que no sospechaba.</p>
+
+<p>Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos
+y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía,
+además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las
+enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso
+privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se
+referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el
+odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se
+había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad,
+castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad
+merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.</p>
+
+<p>Un día&mdash;todavía no tenía más de diez años,&mdash;paseándose con un camarada
+de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le
+había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles
+que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo
+amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en
+que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa
+curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras,
+y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del
+espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero,
+por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron
+a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más
+tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma,
+contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño,
+hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades
+de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el
+chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo:
+«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a
+su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó
+cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había
+engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos
+habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y
+espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y
+reprendía a los que se mostraban afligidos.</p>
+
+<p>Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del
+juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber
+perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de
+revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala,
+desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había
+tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario;
+pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia
+vida, heroicamente.</p>
+
+<p>Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni
+persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez
+al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa
+lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos,
+tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo
+ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo
+perdido.</p>
+
+<p>Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era
+capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero
+no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se
+alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento
+enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la
+especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin
+embargo, le habían visto llorar.</p>
+
+<p>Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano.
+Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos,
+los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar
+en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde;
+los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que
+no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un
+solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en
+sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y
+tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el
+cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el
+misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó
+de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los
+machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira,
+caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa
+diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos
+sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió,
+en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por
+fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.</p>
+
+<p>De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde
+pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa
+fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida
+solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las
+mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente
+a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho
+dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se
+extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del
+Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella
+naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un
+afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había
+pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no
+había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de
+equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de
+la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud
+parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se
+encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la
+vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de
+la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.</p>
+
+<p>De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al
+mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los
+entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever,
+no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y
+discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse
+digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.</p>
+
+<p>El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la
+tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara
+con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las
+convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa
+extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad
+sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se
+resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro.
+Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose
+contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la
+mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y
+sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de
+no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado
+rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no
+hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien
+él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea
+incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó
+al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible
+gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el
+rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la
+pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había
+sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.</p>
+
+<p>En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del
+complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner
+mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a
+la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran
+incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y
+enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de
+los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de
+la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el
+alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias
+incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la
+redención humana.</p>
+
+<p>Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En
+Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del
+partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su
+actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones
+que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y
+condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia,
+en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos:
+en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y
+continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y
+preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su
+país ya regenerado.</p>
+
+<p>Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos
+documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había
+ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella
+alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada,
+habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo
+había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...</p>
+
+<p>Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor
+había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que
+conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había
+cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos
+ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio
+era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta
+en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel
+hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las
+reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo
+para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables:
+como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho
+objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por
+obra de la Condesa Florencia.</p>
+
+<p>El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que
+había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el
+domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte
+insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había
+algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de
+su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de
+ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con
+llama viva.</p>
+
+<p>«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación
+¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que
+yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento;
+por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi
+corazón a vos sola...»</p>
+
+<p>Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un
+niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor
+ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando
+amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio
+las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud,
+con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable
+serenidad.</p>
+
+<p>«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra
+prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo
+necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un
+amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»</p>
+
+<p>Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa?
+Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe,
+debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el
+mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no
+había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el
+encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante
+un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy
+pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su
+espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta
+ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.</p>
+
+<p>Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a
+Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las
+casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus
+correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación
+fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido.
+Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en
+la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel
+pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el
+ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas,
+porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con
+ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la
+Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para
+ella también el destierro.</p>
+
+<p>Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a
+las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había
+faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada
+y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San
+Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban
+dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada,
+hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y
+ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al
+mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado,
+su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se
+alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente
+el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte
+había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron
+ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era
+Zakunine, que se había mantenido lejos.</p>
+
+<p>Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa
+d'Arda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?&mdash;se preguntaba
+Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:&mdash;¡Sí, es
+capaz!</p>
+
+<p>Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad
+de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda
+había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas
+cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía
+te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era
+verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera
+visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para
+dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que
+parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el
+presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que
+todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a
+amarla.</p>
+
+<p>¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese
+en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción
+revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy
+pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas
+cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de
+sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su
+silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas
+promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los
+nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del
+último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo,
+habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su
+ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras
+«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no
+esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el
+valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas
+lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»</p>
+
+<p>¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus
+correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había
+entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había
+podido apartarse del propósito de su vida?</p>
+
+<p>Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con
+la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda,
+considerando también que antes de haber concebido el ideal político el
+joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía
+poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se
+trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o
+más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar <i>a
+priori</i> la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda,
+aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como
+el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones
+contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde
+que la Condesa amaba a Vérod.</p>
+
+<p>Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para
+acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba
+que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida,
+también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una
+visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía
+satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la
+amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su
+bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito,
+hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los
+pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la
+indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del
+mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin
+duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod,
+y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que
+consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor
+propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un
+hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un
+niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba
+mejor en sus visitas demasiado breves y raras?</p>
+
+<p>Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas
+de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le
+había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de
+cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por
+conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su
+fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero
+para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros
+tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba
+esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos
+tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus
+compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes.
+La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después
+no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich,
+contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a
+diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.</p>
+
+<p>Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado
+Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...</p>
+
+<p>La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se
+habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien
+podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto
+era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber
+robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera
+ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que
+Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían
+escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre
+el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de
+éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el
+dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la
+acusación de Vérod?</p>
+
+<p>Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda,
+si los valores encontrados en la <i>villa Cyclamens</i> eran exactamente los
+que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de
+la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del
+primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen.
+Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo,
+no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por
+robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era
+otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor
+hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle
+espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma
+ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a
+su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se
+mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos
+ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich,
+donde vivía la Natzichet.</p>
+
+<p>¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas
+queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la
+estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase
+relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta
+sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra
+se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera
+abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de
+Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir?
+¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva
+aventura lo retiene por allá?...»</p>
+
+<p>&mdash;¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con
+la joven prófuga?</p>
+
+<p>Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le
+sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas
+escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de
+artículos destinados a la revista americana <i>The Rebel</i>, y a otras hojas
+españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más
+que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado
+a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía
+correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los
+periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de
+publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de
+la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista.
+Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de
+haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos
+revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo
+de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de
+editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los
+refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las
+conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba
+los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la
+propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza
+ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le
+hubiese sido necesaria.</p>
+
+<p>Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la
+sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su
+compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los
+impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto
+por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se
+habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la
+locura de las carnicerías inútiles?</p>
+
+<p>Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de
+Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la
+nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo
+que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley
+coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente
+moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por
+correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto,
+con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado
+de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si
+esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de
+antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su
+mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la
+muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.</p>
+
+<p>Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella,
+hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista
+hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el
+drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado
+de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para
+disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida,
+la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido
+indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse
+con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones.
+El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir
+creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto,
+ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.</p>
+
+<p>En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha
+atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen
+sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento
+de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que
+hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que
+parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer
+de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe,
+que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los
+placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa
+compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a
+contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había
+ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.</p>
+
+<p>Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál
+era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa?
+¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la
+nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso
+no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe
+pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse
+libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su
+conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la
+disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento
+estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien
+natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe
+era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo
+amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las
+esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del
+Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista?
+Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión,
+sin duda verosímil, pero aún no probada.</p>
+
+<p>Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los
+acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el
+interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día
+de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de
+medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.</p>
+
+<p>Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla
+ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la
+actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una
+persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha.
+Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la
+dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre
+la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la
+hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de
+Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de
+brazos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!&mdash;comenzó
+el juez.&mdash;¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este
+escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo
+tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora
+nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe
+Alejo Petrovich?</p>
+
+<p>&mdash;Muchos años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Desde Rusia?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo le conoció usted?</p>
+
+<p>&mdash;Era amigo de mis hermanos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que
+usted salió de su país ¿dónde lo encontró?</p>
+
+<p>&mdash;Aquí, en Lausana.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba solo?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Con la Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;Con ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?</p>
+
+<p>&mdash;Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.</p>
+
+<p>&mdash;¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a
+usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!</p>
+
+<p>Después de un momento de silencio, la joven contestó:</p>
+
+<p>&mdash;Para ayudarme.</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué modo?</p>
+
+<p>&mdash;Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su
+apoyo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Le dio dinero?</p>
+
+<p>&mdash;Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?</p>
+
+<p>&mdash;Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones
+de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y
+revistas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?</p>
+
+<p>&mdash;Un día.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted se fue, o él?</p>
+
+<p>&mdash;Yo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron
+a ver?</p>
+
+<p>&mdash;Un año después, en Lugano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba solo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la
+Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;No me ocupé de esas cosas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?</p>
+
+<p>La joven no contestó.</p>
+
+<p>&mdash;¿No quiere usted decirlo?</p>
+
+<p>&mdash;No puedo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Le ayudaba a usted el partido?</p>
+
+<p>Otra vez se quedó muda.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?</p>
+
+<p>&mdash;Tres días.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y después?</p>
+
+<p>&mdash;Volví a Zurich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo partió él?</p>
+
+<p>&mdash;En abril.</p>
+
+<p>&mdash;¿Para hacer qué?</p>
+
+<p>Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No
+puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su
+silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich
+expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una
+razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer
+en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en
+que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le
+escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo
+llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza
+y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras
+al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?</p>
+
+<p>La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que
+cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no
+le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era
+suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe?
+¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más:
+entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una
+de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que
+parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de
+dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese
+amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva
+aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con
+sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la
+preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?</p>
+
+<p>La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.</p>
+
+<p>&mdash;Soy yo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿confiesa usted?&mdash;exclamó Ferpierre.&mdash;¡El otro día se ofendía
+usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese
+cambio de relaciones entre ustedes?</p>
+
+<p>&mdash;Cuando él vino a Zurich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vino expresamente por usted?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué entonces?</p>
+
+<p>&mdash;Por motivos políticos.</p>
+
+<p>&mdash;Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos
+años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en
+una u otra alguna palabra de amor?</p>
+
+<p>&mdash;Ninguna.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted?</p>
+
+<p>&mdash;Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.</p>
+
+<p>Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta
+turbación.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber
+pensado en usted durante dos años?</p>
+
+<p>&mdash;Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.</p>
+
+<p>&mdash;¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino
+precisamente de Zurich a buscarla?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al
+preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que
+usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no
+sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?</p>
+
+<p>&mdash;Yo sabía que era libre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido
+para él?</p>
+
+<p>&mdash;Quiero decir que ya no la amaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?</p>
+
+<p>&mdash;Últimamente tampoco lo amaba.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ¿por qué volvió a su lado?</p>
+
+<p>&mdash;Tenían intereses comunes.</p>
+
+<p>&mdash;¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el
+deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?</p>
+
+<p>&mdash;No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Porque quería a otro y no podía ser suya?</p>
+
+<p>&mdash;No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se
+realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un
+motivo de dolor. Ella tenía muchos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a
+otro?</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca habló con usted de eso?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora vamos a interrogar al Príncipe.</p>
+
+<p>La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a
+Zakunine.</p>
+
+<p>La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la
+observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni
+alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado;
+casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el
+tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto
+general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se
+efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La
+injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando
+Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía
+que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había
+correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba
+usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?</p>
+
+<p>&mdash;Ella quería que yo siguiera siendo suyo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?</p>
+
+<p>&mdash;Creía haberse unido a mí para siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la
+obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra
+mucho a usted!</p>
+
+<p>El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la
+ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja,
+con acento de amargura, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya
+podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma,
+yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar
+irreparablemente sobre ella!</p>
+
+<p>¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la
+eficacia de la defensa en tal forma?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?</p>
+
+<p>Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la
+mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez,
+confuso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?</p>
+
+<p>&mdash;La propaganda.</p>
+
+<p>&mdash;No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de
+Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.</p>
+
+<p>Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se
+estremeció.</p>
+
+<p>&mdash;Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos
+que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un
+proceso político?</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las
+cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por
+ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted
+mucho...</p>
+
+<p>La mirada del Príncipe relampagueó.</p>
+
+<p>&mdash;No hable usted así,&mdash;dijo sordamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a
+usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo;
+usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a
+verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la
+mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que
+no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la
+frecuentación de esa mujer, a su amistad?</p>
+
+<p>&mdash;No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son
+múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero
+hice otras cosas, no menos útiles.</p>
+
+<p>&mdash;Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así
+insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más
+facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la
+Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella
+misma ha confesado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué?&mdash;exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.</p>
+
+<p>&mdash;Que usted es su amante.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ella ha dicho eso?&mdash;dijo con otra exclamación el acusado, expresando
+con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante
+revelación.</p>
+
+<p>Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.</p>
+
+<p>El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la
+nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar
+una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el
+caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que
+se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese
+algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad
+y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante
+confesión tenía que causar a ambos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ella misma lo había dicho!&mdash;repitió el magistrado.&mdash;¿Se asombra
+usted?</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es falso!&mdash;replicó el Príncipe.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?</p>
+
+<p>&mdash;Tres años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo la conoció?</p>
+
+<p>&mdash;Era amigo de sus hermanos.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?...
+¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido
+todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se
+quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o
+no, que es usted su amante?</p>
+
+<p>La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez
+en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían,
+todo revelaba su ira.</p>
+
+<p>&mdash;Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.</p>
+
+<p>Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.</p>
+
+<p>A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud:
+parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que
+tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven
+llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.</p>
+
+<p>&mdash;La he hecho llamar a usted otra vez&mdash;dijo el juez&mdash;para que repita
+usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted
+su querida?</p>
+
+<p>El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír
+la respuesta, o por sugerírsela él mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;contestó con firmeza la joven.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabe usted&mdash;repuso Ferpierre señalando al Príncipe&mdash;que él aparenta
+no creer que usted me lo haya dicho?</p>
+
+<p>&mdash;Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto
+se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.</p>
+
+<p>La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el
+juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la
+cabeza y clavó en él la vista.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es o no su querida?&mdash;repitió Ferpierre mientras los dos se miraban
+fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y
+turbado.</p>
+
+<p>Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido
+de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dice usted?&mdash;profirió Zakunine desdeñosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Y entonces ¿por qué?&mdash;insistió el juez.</p>
+
+<p>&mdash;Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa&mdash;dijo la joven.</p>
+
+<p>Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme
+usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la
+Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de
+haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo
+posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había
+prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara
+nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado
+es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer
+responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo
+mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.</p>
+
+<p>&mdash;Dejemos aparte&mdash;dijo Ferpierre,&mdash;el juicio sobre la supuesta conducta
+de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si
+usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para
+después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara
+mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que
+todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más
+arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy
+extraño de romperlo...</p>
+
+<p>Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y
+confuso; pero la joven replicó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una
+persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con
+ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y
+retarde su cumplimiento?</p>
+
+<p>&mdash;Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...&mdash;observó
+Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la
+joven le inspirara sospechas.&mdash;Pero ya que usted está tan bien informada
+de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara
+de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la
+franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de
+la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía
+que ésta se creyera más atada que nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo
+todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo
+sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia
+que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a
+Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de
+causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le
+agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando
+la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él,
+contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la
+acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La
+Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el
+viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Confirma usted lo que dice esta joven?&mdash;preguntó Ferpierre a
+Zakunine.</p>
+
+<p>El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?</p>
+
+<p>Todavía fue la mujer quien contestó:</p>
+
+<p>&mdash;Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de
+franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi
+contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes?
+¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»</p>
+
+<p>El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la
+narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el
+desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del
+suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz
+invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso
+terreno?</p>
+
+<p>La joven contestó con dureza arrugando el ceño:</p>
+
+<p>&mdash;Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se
+vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?</p>
+
+<p>En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo
+despedía.</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p class="head">LA CONFESIÓN</p>
+
+
+<p>La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había
+ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño
+del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan
+distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda
+Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la
+nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra
+Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera
+bastado la trama judicial.</p>
+
+<p>La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido
+al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin
+duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero
+sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte
+también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la
+estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar
+el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.</p>
+
+<p>Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho
+de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego
+cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de
+hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las
+dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen
+ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta
+la ingenuidad?</p>
+
+<p>Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet
+proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores,
+para insistir en sus opiniones.</p>
+
+<p>En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al
+mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya
+rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros
+hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.</p>
+
+<p>¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un
+ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían
+superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse
+dedicado a la destrucción de tantas obras?</p>
+
+<p>Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas
+personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin
+condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se
+perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era
+posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la
+familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si
+a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en
+la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a
+una pasión mezquina?</p>
+
+<p>Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales
+humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario,
+lo eran y mucho&mdash;y lo probaban citando las numerosas aventuras del
+Príncipe,&mdash;y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede
+bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.</p>
+
+<p>Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en
+realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la
+nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto
+también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de
+Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de
+rivalidad.</p>
+
+<p>Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta
+incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía
+precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no
+parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los
+revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en
+el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por
+el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del
+amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos
+quedaba demostrada.</p>
+
+<p>Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en
+dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la
+Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en
+ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor
+parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros
+contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas
+para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía
+tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los
+que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la
+inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los
+otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.</p>
+
+<p>El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de
+orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último
+interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían
+contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que
+revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a
+la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la
+insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no
+contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él.
+No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así:
+su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe.
+Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe
+a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la
+verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus
+respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a
+ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el
+problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más
+bien de dos inocentes que temían defenderse mal?</p>
+
+<p>Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en
+que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después,
+una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de
+ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus
+expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.</p>
+
+<p>Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto,
+había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los
+acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba
+que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores
+que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las
+pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico
+acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que
+alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas
+disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la
+caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las
+instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que
+confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros
+residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la
+diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que
+debían haberle encontrado?</p>
+
+<p>Un nuevo registro en la <i>villa Cyclamens</i> más minucioso que el anterior,
+excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último,
+el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la
+sospecha.</p>
+
+<p>No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del
+hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad
+existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba
+cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero
+ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en
+Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet:
+nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo
+sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no
+capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa
+ciudad muy diversos.</p>
+
+<p>La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el
+misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva
+Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la
+difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba,
+sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la
+justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del
+drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa
+d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el
+inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión
+de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera
+sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta,
+y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.</p>
+
+<p>Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de
+Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos
+rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos,
+bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la
+ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones
+de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado,
+suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a
+Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se
+negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento
+había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía
+haber querido su muerte.</p>
+
+<p>En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena
+de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la
+edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su
+inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una
+mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún
+momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía
+sin excusa.</p>
+
+<p>¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre
+que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las
+convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en
+ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos
+ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía,
+pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo,
+este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad,
+sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz,
+como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos
+seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero
+impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna
+unión podía haber germinado el delito.</p>
+
+<p>La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el
+Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro?
+En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa,
+perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer
+con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última
+ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero
+contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella
+por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del
+Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la
+Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy
+pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber
+sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía
+haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y
+con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con
+suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara
+con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a
+resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal
+era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el
+respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la
+descuidaba en todas las formas?...</p>
+
+<p>Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras
+tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido
+últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo
+tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban
+muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de
+pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese
+posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían
+asesinado.</p>
+
+<p>Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el
+ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y
+honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de
+los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante
+eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del
+amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del
+otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los
+dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de
+Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable
+sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del
+acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del
+ensangrentado cadáver.</p>
+
+<p>Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa,
+como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la
+conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la
+posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado.
+Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión
+pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y
+su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse
+definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de
+instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho
+obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se
+excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy
+intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en
+presencia de una dificultad mayor.</p>
+
+<p>Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la
+Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados,
+podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al
+amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella
+para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había
+olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a
+caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La
+segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo
+con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos
+caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que
+alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando
+de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para
+sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe
+se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que
+él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que
+la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.</p>
+
+<p>Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para
+explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él.
+Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la
+Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la
+palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la
+sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la
+convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito?
+Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su
+naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y
+la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si
+él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y
+si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se
+explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había
+seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera
+rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter
+de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección
+del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su
+turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado
+los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.</p>
+
+<p>Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los
+razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía
+inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet.
+Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por
+compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa,
+podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera
+mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la
+nihilista, cuya presencia en la <i>villa Cyclamens</i> no se explicaba muy
+bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había
+probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no
+pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe,
+fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación
+podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si
+no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a
+impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto
+de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?</p>
+
+<p>Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente
+Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio
+terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba
+guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.</p>
+
+<p>Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la
+cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía
+conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear
+su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera
+tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero
+era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod:
+esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido,
+podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior,
+algún acto.</p>
+
+<p>Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por
+pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en
+la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera
+pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al
+lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por
+un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la
+muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo
+explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el
+revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que
+su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves
+responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía
+en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente
+comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy
+pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión
+un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por
+crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de
+consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus
+sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su
+mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de
+duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una
+rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su
+prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que
+fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y
+otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el
+último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no
+obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.</p>
+
+<p>Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva
+investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la
+acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?</p>
+
+<p>Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los
+argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por
+compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la
+comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido
+el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era
+de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los
+dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el
+culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos,
+¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su
+heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera
+podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?</p>
+
+<p>Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una
+prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría
+que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro
+podía ayudar al descubrimiento de la verdad.</p>
+
+<p>Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.</p>
+
+<p>Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa
+indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.</p>
+
+<p>&mdash;Vengo a cumplir&mdash;le dijo el magistrado en tono de felicitación,&mdash;un
+deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de
+usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos
+gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir
+de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la
+verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros
+también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a
+un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito
+a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle.
+Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle
+grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus
+estudios sociales.</p>
+
+<p>Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer,
+impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que
+no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para
+que le dijera:&mdash;«¿Cuándo habrá usted terminado?...»</p>
+
+<p>&mdash;Indudablemente&mdash;continuó el magistrado,&mdash;habría sido mejor para usted
+examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en
+que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido
+suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y
+la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted
+en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya
+prolongado?</p>
+
+<p>La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta
+cerró por un instante los ojos, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere usted decir?</p>
+
+<p>&mdash;¿No comprende usted?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga
+libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable,
+si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a
+descubrir como ustedes a reconocer...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dice usted?...&mdash;interrogó la joven con un movimiento de
+indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no digo nada&mdash;contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando
+la vista a los papeles que estaban en la mesa.&mdash;¡El amante de usted ha
+confesado ser él mismo el asesino!</p>
+
+<p>Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos
+diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir
+la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los
+casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y
+siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un
+secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el
+instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su
+actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara
+contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.</p>
+
+<p>Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía
+salvarlo?</p>
+
+<p>Diciendo esto la miró.</p>
+
+<p>La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de
+despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios
+entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el
+remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero
+que sin duda era muy penoso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!</p>
+
+<p>El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al
+juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto.
+Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin,
+notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No
+estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral?
+¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua
+inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?</p>
+
+<p>&mdash;Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo.
+Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede
+sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al
+Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y
+este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un
+poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en
+esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco
+creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según
+usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente,
+tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque
+había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó
+que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo
+apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía
+ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró
+arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era
+natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones?
+Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo
+que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un
+golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante
+que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la
+pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más
+gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se
+quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los
+recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él
+después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí;
+usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha
+callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la
+justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba
+celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa
+precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo
+pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta,
+usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido
+encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el
+amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la
+turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?</p>
+
+<p>En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca
+de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la
+joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos,
+la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que
+había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había
+sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había
+sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del
+misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros
+razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado
+después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba
+las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen
+como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo
+brecha en él y dejando ver su interior.</p>
+
+<p>&mdash;¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado
+usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo
+ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni
+por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que
+usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía
+acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival
+con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el
+delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera
+ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?</p>
+
+<p>La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las
+sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su
+cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar:
+después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por
+entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de
+repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar
+y oprimir:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en
+atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por
+último!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo me habla usted?</p>
+
+<p>&mdash;Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios
+arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre
+todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad?
+¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien,
+diga usted a esa sociedad&mdash;y el tono de su voz se alzó casi hasta el
+grito,&mdash;dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su
+justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio;
+conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese
+acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.</p>
+
+<p>La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue
+enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la
+satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de
+curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento
+de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la
+indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían
+debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡Confiesa usted!...&mdash;fue lo único que pudo decir en el primer
+momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la
+pregunta; pero en seguida, dominándose:&mdash;¿Usted también
+confiesa?&mdash;repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le
+había producido.&mdash;¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en
+generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro?
+¡Noble competencia!</p>
+
+<p>La joven replicó con dureza:</p>
+
+<p>&mdash;¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?</p>
+
+<p>&mdash;¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted
+quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es
+comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé
+que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por
+cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un
+timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?</p>
+
+<p>&mdash;No por placer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar
+del medio el objeto de sus celos?</p>
+
+<p>&mdash;Usted no sabe.</p>
+
+<p>&mdash;¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía
+decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted no estaba celosa?</p>
+
+<p>La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se
+destacaron sonoras, una después de otra:</p>
+
+<p>&mdash;Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún
+deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida
+de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las
+cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también
+la suya. ¡Pero él la olvidó!...</p>
+
+<p>Ferpierre comenzaba a comprender.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado
+de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?</p>
+
+<p>&mdash;Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con
+alguien.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y hablaba de ella con usted?</p>
+
+<p>&mdash;¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso!
+Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca me ha amado.</p>
+
+<p>No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las
+últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a
+Ferpierre: «¡No miente!»</p>
+
+<p>&mdash;Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le importa a usted eso?&mdash;respondió la nihilista, volviendo a
+hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a
+usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una
+atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante
+usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por
+celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo.
+Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la
+posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar
+hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena
+el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra
+de salvación a que nos dedicamos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego
+los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman
+a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la
+suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos.
+Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un
+propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que
+la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de
+dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal?
+El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los
+atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los
+pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre
+obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en
+bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la
+única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres,
+contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre,
+contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra
+que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos:
+una, diez, mil vidas ¿qué importan?</p>
+
+<p>La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su
+actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de
+quien hiere y derriba.</p>
+
+<p>Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado,
+dijo a su vez, con acento frío y severo:</p>
+
+<p>&mdash;No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que
+usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa
+un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?</p>
+
+<p>Y al ver que tardaba en contestar:</p>
+
+<p>&mdash;¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a
+usted, en revelar sus planes de conspiración?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa
+mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué modo?</p>
+
+<p>&mdash;Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el
+deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se
+decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla
+a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como
+por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la
+hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería
+en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y
+probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por
+no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al
+otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que
+cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me
+oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque
+la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería
+que yo, yo, le ayudase...</p>
+
+<p>La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta
+angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del
+correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de
+haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera
+había sospechado su amor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted?</p>
+
+<p>&mdash;Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle,
+porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de
+detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se
+resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo
+peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le
+temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a
+matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que
+vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le
+ayudara, lo ayudé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Matando a la mujer amada por el?</p>
+
+<p>&mdash;Devolviéndole la libertad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría,
+deliberadamente?</p>
+
+<p>&mdash;Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que
+todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del
+deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara,
+que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a
+otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara
+en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia
+a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado
+distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra
+alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los
+míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para
+mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común.
+La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles.
+Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es
+por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha
+escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que
+en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un
+pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber
+sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no
+le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver
+en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita,
+falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano
+era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero
+un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,»
+agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha
+entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y
+solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su
+nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted
+será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere:
+cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura,
+inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo,
+quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién
+dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto
+que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi
+desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...»
+Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.»
+Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo
+tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme
+usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con
+voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.»
+Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»&mdash;«¿No
+quieres dejarle?»&mdash;«¡Máteme!...»&mdash;«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su
+voz que llamaba. ¡La maté!</p>
+
+<p>Jadeante, se calló.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no se arrepiente usted?</p>
+
+<p>&mdash;No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía
+morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la
+libertad a ambos.</p>
+
+<p>Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.</p>
+
+<p>Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería
+convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la
+habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen,
+para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese
+renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la
+fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor
+ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del
+Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor
+después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de
+la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado
+por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún
+salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa,
+aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la
+rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su
+capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la
+oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia
+tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el
+suicidio libertador?</p>
+
+<p>De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre
+llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había
+acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero
+una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que
+Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto,
+¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban
+ambos a declararse culpables?</p>
+
+<p>La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché,
+había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba
+el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de
+la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con
+un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con
+palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus
+guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su
+excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y
+se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos
+cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con
+impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella
+más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la
+prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.</p>
+
+<p>Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida
+impaciencia:</p>
+
+<p>&mdash;¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?</p>
+
+<p>&mdash;¿La verdad? ¡Ahora la conozco!&mdash;contestó con severidad el juez.&mdash;Usted
+no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Entonces...</p>
+
+<p>&mdash;Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al
+principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de
+lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber
+disipado mis dudas...</p>
+
+<p>Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el
+Príncipe le miraba sin despegar los labios.</p>
+
+<p>&mdash;¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en
+los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto
+salvar a la reo?</p>
+
+<p>&mdash;¿Salvarla?...</p>
+
+<p>&mdash;¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos
+están de más. La amiga de usted ha confesado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué?</p>
+
+<p>El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le
+duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado?
+¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina
+pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber
+mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su
+correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada
+por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos
+que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...</p>
+
+<p>El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien
+le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo
+se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella
+infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber
+hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo
+hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un
+sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con
+qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y
+debido sospechar de usted con mayor fundamento?</p>
+
+<p>Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la
+mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:</p>
+
+<p>&mdash;No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me
+deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p class="head">LA CARTA</p>
+
+
+<p>Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la
+instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de
+Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y
+que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la
+curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los
+últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio,
+triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la
+increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el
+desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se
+sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más
+que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.</p>
+
+<p>Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte
+se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la
+desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al
+correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que
+tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a
+éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el
+delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie
+perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los
+delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena
+cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.</p>
+
+<p>Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los
+detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la
+inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios,
+porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo
+podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más
+indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero
+los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el
+riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él
+mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica
+pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que
+contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y
+conseguía, por último, vengar a su amada.</p>
+
+<p>Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la
+última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo,
+el único que continuaba en la angustia.</p>
+
+<p>Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón;
+si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la
+impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de
+haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces
+remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho
+creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un
+nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de
+acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie
+de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de
+pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido
+ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había
+temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión
+desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en
+cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una
+alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí
+misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los
+escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado,
+llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de
+la muerta...</p>
+
+<p>Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al
+magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo
+tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad
+malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la
+demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que
+después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada,
+contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de
+la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas
+consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su
+tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente
+caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que
+pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la
+italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la
+desordenada vida que había llevado!...</p>
+
+<p>¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la
+memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia
+de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la
+muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante,
+y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había
+dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la
+multitud curiosa, el secreto del ser amado?</p>
+
+<p>El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de
+vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su
+memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de
+la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.</p>
+
+<p>La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había
+impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir
+sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero
+cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito,
+semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría
+causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de
+Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él,
+bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el
+asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la
+muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha:
+Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el
+principio las investigaciones del magistrado solamente contra el
+hombre...</p>
+
+<p>¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a
+su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito
+que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación
+contra Zakunine?</p>
+
+<p>Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban,
+viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para
+refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la
+supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una
+inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían
+amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor
+fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia
+parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo
+un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la
+explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la
+Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el
+mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión,
+debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el
+sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas
+profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía
+calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se
+sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que
+él podía serlo!...</p>
+
+<p>¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara
+al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la
+culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo,
+¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la
+confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio;
+¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo
+obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que
+el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!</p>
+
+<p>Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el
+partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo
+engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas
+que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una
+certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría
+sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se
+fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara
+su crimen.</p>
+
+<p>Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la
+víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la
+mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y
+aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después
+vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al
+culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le
+había inspirado?...</p>
+
+<p>Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de
+su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la
+víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la
+justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los
+sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del
+joven seguía aumentando, crecía continuamente.</p>
+
+<p>Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser
+amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas
+las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su
+tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su
+memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla
+revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido
+pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una
+situación semejante a la que él se encontraba?</p>
+
+<p>Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la
+idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un
+recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado
+lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella
+no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la
+culpa era enteramente de ese hombre.</p>
+
+<p>En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema
+moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer
+ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que
+habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las
+fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a
+inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en
+su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se
+compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el
+instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus
+ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de
+un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su
+vida?</p>
+
+<p>Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él
+dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si
+quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...</p>
+
+<p>A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los
+recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas
+olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser
+enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio
+del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su
+amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal,
+¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay
+que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que
+las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la
+presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma
+demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es
+justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es
+impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»</p>
+
+<p>Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en
+ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido
+sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al
+no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido
+para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada
+hipocresía o de la debilidad presente?</p>
+
+<p>De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los
+contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que
+se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la
+bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica
+del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su
+razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el
+castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan
+firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el
+reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo
+afirmamos contra nuestros propios intereses...»</p>
+
+<p>Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las
+manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra:
+«Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los
+ojos bañados en lágrimas.</p>
+
+<p>Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse
+únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse
+sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares
+donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo,
+volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»</p>
+
+<p>Y él se decía: «No puedo.»</p>
+
+<p>No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había
+podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se
+abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no
+debía revelarlo?</p>
+
+<p>El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había
+dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía
+necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación
+contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de
+él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?</p>
+
+<p>«Perdona,» seguía diciendo la voz.</p>
+
+<p>Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en
+plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de
+guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella
+no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como
+entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre
+los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca
+mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de
+aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió
+sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía
+delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta
+hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...</p>
+
+<p>Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó
+claramente la voz que le decía: «Perdona...»</p>
+
+<p>Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba
+ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre
+sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión
+del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.</p>
+
+<p>&mdash;Necesitaba, ante todo&mdash;le dijo Ferpierre,&mdash;reconocer mi error y decir
+a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la
+acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de
+usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente
+dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al
+descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que
+ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha
+sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que
+se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su
+confesión.</p>
+
+<p>Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Está usted contento ahora?</p>
+
+<p>El joven no contestó.</p>
+
+<p>&mdash;Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato
+habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la
+culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted
+no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted
+contra el Príncipe han resultado infundadas.</p>
+
+<p>Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para
+decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a
+amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un
+rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar
+de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque
+sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel
+afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!...
+Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino
+aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de
+otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la
+rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa
+explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.</p>
+
+<p>Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Está usted contento?&mdash;le preguntó el juez.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué me lo pregunta usted?</p>
+
+<p>Y los dos hombres se miraron fijamente.</p>
+
+<p>&mdash;Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria
+de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad
+y de la justicia.</p>
+
+<p>Ambos volvieron a mirarse en silencio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted no está contento?...&mdash;dijo por fin Vérod.</p>
+
+<p>En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una
+provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su
+pensamiento secreto fuera el mismo del juez.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no tengo pasiones que satisfacer&mdash;respondió éste.&mdash;Un solo amor me
+guía: el amor de la justicia...</p>
+
+<p>&mdash;Si se ha hecho justicia...</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo duda usted?</p>
+
+<p>&mdash;A mí no me tocar dudar...</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted
+ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido
+decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente
+culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se
+acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión
+no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco
+puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su
+acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo?
+¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta
+prueba?</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta
+manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del
+juez.&mdash;Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa
+declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira
+su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor
+de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere
+sacrificarse...</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces, usted sostiene?...</p>
+
+<p>&mdash;Sostengo&mdash;añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el
+tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí
+mismo:&mdash;sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario;
+que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad.
+Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él...</p>
+
+<p>Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz
+jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La
+verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su
+sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía
+obtenerla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?</p>
+
+<p>&mdash;Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque
+usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar
+el suicidio.</p>
+
+<p>&mdash;¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su
+infamia hasta dejar condenar a una inocente?</p>
+
+<p>&mdash;¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de
+júbilo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero
+yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su
+vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los
+primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.</p>
+
+<p>&mdash;En los primeros días... ¿Y en los demás?</p>
+
+<p>Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de
+contestar.</p>
+
+<p>Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito
+inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de
+nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su
+confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante,
+él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y
+ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.</p>
+
+<p>En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la
+Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la
+Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había
+disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera
+presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe
+afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos.
+Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había
+corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su
+sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían
+afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores
+interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la
+iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a
+seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces
+para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel
+misterio.</p>
+
+<p>Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él
+dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.</p>
+
+<p>&mdash;En los primeros días estaba oprimido por el dolor&mdash;contestó, después
+de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;&mdash;pero después
+se vio que la prisión le hacía sufrir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted?&mdash;exclamó Vérod.&mdash;Al principio comprendió el error de su
+crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido
+demasiado fácil!</p>
+
+<p>Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían
+repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de
+practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las
+insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero
+la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y
+entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse
+a la tabla de salvación.</p>
+
+<p>&mdash;Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón
+heroico?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le impide a usted admitirlo?</p>
+
+<p>Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el
+ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz
+del heroísmo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa!
+Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al
+correligionario?</p>
+
+<p>También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la
+joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor
+al partido.</p>
+
+<p>&mdash;Bien; pero ¿y la prueba?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!</p>
+
+<p>&mdash;Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene
+usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera
+opinión.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!</p>
+
+<p>&mdash;¿Después que ellos admiten la existencia del delito?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha
+declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el
+Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él
+es el asesino?</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso
+desesperado!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y no ve usted que dijo la verdad!&mdash;arguyó Vérod.&mdash;¡Si esa mujer
+hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a
+usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría
+creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si
+esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo
+inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto
+realmente perdido!</p>
+
+<p>Ferpierre no contestó.</p>
+
+<p>Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre
+tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía,
+además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por
+un falso camino.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hipótesis o presunción como todas las demás!&mdash;exclamó bruscamente,
+deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su
+interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es
+pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido
+asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El
+delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si
+la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de
+usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba
+más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos
+ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a
+ambos, por falta de indicios!</p>
+
+<p>Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.</p>
+
+<p>Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más.
+La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que
+sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.</p>
+
+<p>La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su
+valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de
+la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de
+todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la
+sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que
+el joven era quien veía con mayor claridad?</p>
+
+<p>Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y
+ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud
+del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de
+la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet.
+En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar
+al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había
+exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se
+descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que
+podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después,
+creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado
+su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y
+la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del
+culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante
+los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su
+suerte.</p>
+
+<p>Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un
+error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al
+Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho
+cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces,
+probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y
+habría confesado la verdad.</p>
+
+<p>¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto
+que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de
+que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al
+oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la
+confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido
+fructuoso!</p>
+
+<p>Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la
+generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que
+ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?</p>
+
+<p>Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted
+cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha
+confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado
+haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha
+confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo
+creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho,
+queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted
+se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha
+tratado de salvarle, aunque en vano...»</p>
+
+<p>Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se
+habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de
+risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad,
+pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo
+soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»</p>
+
+<p>¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía?
+¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína
+salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no
+creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad
+hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del
+drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan
+turbada, con expresión tan sincera?</p>
+
+<p>Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las
+presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose
+ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las
+inextricables dificultades del caso.</p>
+
+<p>¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que
+perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible?
+¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación,
+afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba
+solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan
+inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no
+habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida
+como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la
+Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el
+robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?</p>
+
+<p>Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste
+necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última
+tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que
+había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la
+contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras
+subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era
+urgente.</p>
+
+<p>Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente
+si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles:
+un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:</p>
+
+<p>«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir
+del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con
+precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»</p>
+
+<p>Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja,
+que decía:</p>
+
+<p>«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya
+se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su
+declaración.»</p>
+
+<p>Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al
+saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero;
+que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y
+que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el
+misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e
+inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los
+que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del
+Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del
+suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la
+confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la
+justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de
+cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia
+inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen
+irresolutos para siempre.</p>
+
+<p>La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa
+expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que
+le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a
+explicar todo.</p>
+
+<p>No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre,
+después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir
+comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la
+muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la
+hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel
+anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de
+conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en
+ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del
+mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos
+y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar
+la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la
+carta no anunciaba el suicidio.</p>
+
+<p>Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición
+de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al
+desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que
+nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de
+los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la
+esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor
+suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más
+probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun
+confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la
+intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.</p>
+
+<p>Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el
+descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del
+magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave
+parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.</p>
+
+<p>Un telegrama de Londres para el <i>Journal de Genève</i> precisó, al día
+siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque
+apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única
+parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.</p>
+
+<p>Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de
+estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que
+una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había
+podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer
+la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.</p>
+
+<p>Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que
+no tenían importancia, decía:</p>
+
+<p>«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de
+su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.</p>
+
+<p>»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo
+que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez
+que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado
+hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted
+indulgente.</p>
+
+<p>»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad
+me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle
+de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he
+pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a
+una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte
+puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no
+espera, no.</p>
+
+<p>»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en
+el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía
+quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo
+para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que
+siempre me ha tenido.</p>
+
+<p>»Sor Ana, ruegue usted por mí.»</p>
+
+
+
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p class="head">ESPASMO</p>
+
+
+<p>Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo
+Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la
+memoria de los hombres. Los propietarios de la <i>villa Cyclamens</i> habían
+pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel
+triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la
+próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la
+curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue
+alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del
+proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.</p>
+
+<p>La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería
+a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y
+ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de
+las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan
+monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó
+el asunto.</p>
+
+<p>Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la
+Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al
+Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que
+salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y
+también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de
+salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder
+al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias
+relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de
+ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido
+antes al drama de Ouchy.</p>
+
+<p>El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos
+misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más
+conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones,
+demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel
+enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que,
+después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio
+de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus
+vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y
+desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de
+que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de
+sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo,
+ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible:
+después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad
+para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo
+excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue
+perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.</p>
+
+<p>Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo
+tardaba en concederle ese ambicionado bien.</p>
+
+<p>En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan
+doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era
+infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su
+falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que
+solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que
+dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo
+había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en
+un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente
+no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en
+confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su
+propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento
+muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor
+había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido
+merecedora de su amor.</p>
+
+<p>Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del
+suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se
+hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía
+matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de
+ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la
+mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído
+inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que
+había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba
+a él?</p>
+
+<p>«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes
+no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a
+que induce a la persona amada.»</p>
+
+<p>Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las
+había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que
+la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una
+extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en
+cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!</p>
+
+<p>Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno
+engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no
+poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una
+perfección sobrehumana.</p>
+
+<p>«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del
+desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres
+pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta
+certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser;
+y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme
+envilecer más de lo debido su memoria.»</p>
+
+<p>Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod
+acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de
+indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era
+evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que
+no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres
+latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y
+la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba
+alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes
+no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y
+escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que
+vivía fuera de la ley.</p>
+
+<p>¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con
+el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber
+contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido
+sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a
+los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la
+gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre
+por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la
+quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese
+amado a ese hombre con amor puro!</p>
+
+<p>Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que
+un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y
+tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a
+gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le
+hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no
+podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación
+perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil,
+perversa había sido la pasión de aquella mujer.</p>
+
+<p>Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas
+ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras
+había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le
+aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había
+podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había
+correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que
+su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría
+podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con
+Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en
+realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel!
+¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con
+un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente?
+El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor
+que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil
+pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio
+servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...</p>
+
+<p>Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la
+figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a
+su memoria las proféticas palabras de un día lejano:</p>
+
+<p>«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora
+volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más
+tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento
+indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión;
+esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el
+de usted...»</p>
+
+<p>Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo
+por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho
+de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y
+dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había
+reconocido su propia indignidad.</p>
+
+<p>Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que
+reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el
+inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser
+éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.»
+¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad
+que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló
+del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el
+ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia
+de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...</p>
+
+<p>«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a
+usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El
+temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a
+decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí?
+¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a
+rescatarse?...»</p>
+
+<p>Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra
+pregunta, más ansiosa que las demás:</p>
+
+<p>«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»</p>
+
+<p>Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera
+muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba
+rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se
+había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la
+desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y
+muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima
+de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su
+corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la
+había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión
+aliméntala por el remordimiento?</p>
+
+<p>Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién
+era él, que pretendía condenarlo?</p>
+
+<p>¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué
+otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le
+hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la
+presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no
+era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría
+estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía
+como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus
+culpas?</p>
+
+<p>De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad
+inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido
+tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido
+tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante,
+se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección
+imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo
+es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana
+de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos
+legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.</p>
+
+<p>No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención
+está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema
+moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él
+había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero
+sin renunciar a la vida.</p>
+
+<p>¿No era ese el camino?</p>
+
+<p>Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La
+eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio
+respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el
+prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía.
+Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado,
+lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones,
+engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía
+negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir!
+¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o
+de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su
+existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles
+que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al
+Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto,
+impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él
+podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había
+dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había
+pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura:
+se había matado porque todo acaba en la muerte.</p>
+
+<p>«Entonces, ¿nada existe, nada?...»</p>
+
+<p>La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.</p>
+
+<p>Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había
+oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho
+cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el
+silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que
+antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.</p>
+
+<p>Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía
+iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente
+las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba
+otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de
+tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como
+antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro,
+confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos
+los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su
+corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez
+que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor
+infinito.</p>
+
+<p>El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando
+dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue
+suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana,
+lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron.
+Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a
+ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente
+hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de
+Ouchy, las cuestas de Lausana, la <i>villa Cyclamens</i>, el bosque de Comte,
+las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y
+sonriente a, la luz del sol.</p>
+
+<p>Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La
+impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al
+menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera
+visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él
+sentía en su interior.</p>
+
+<p>Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres
+vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto
+del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada
+certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro
+de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo
+la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran
+de improviso evocar el bien perdido.</p>
+
+<p>Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres
+del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se
+estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.</p>
+
+<p>¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?</p>
+
+<p>El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.</p>
+
+<p>&mdash;Roberto Vérod&mdash;decía la voz&mdash;¿no me reconoce usted?</p>
+
+<p>Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un
+espectro.</p>
+
+<p>¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle
+porque tengo algo que decirle.</p>
+
+<p>Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la
+frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía
+toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban
+blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales
+de una rápida decadencia.</p>
+
+<p>Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola
+palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se
+desencadenaban en su alma.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre;
+pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...</p>
+
+<p>Y después de una pausa, añadió:</p>
+
+<p>&mdash;Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.</p>
+
+<p>El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún
+que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la
+verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para
+que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una
+principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana,
+parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que
+engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente
+decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...</p>
+
+<p>Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.</p>
+
+<p>&mdash;Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo.
+Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura
+de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida
+me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un
+infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo
+tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el
+instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la
+entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí
+deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista.
+Y me burlé de ella y la ofendí.</p>
+
+<p>Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera
+ciego, y luego prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis
+palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro.
+La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de
+un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo
+he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del
+bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones
+y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de
+impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio
+que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella,
+también me reí de mí mismo...</p>
+
+<p>Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra
+espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y
+su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe
+todo esto. Y luego, y luego...</p>
+
+<p>Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que
+yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y
+corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba
+que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el
+fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a
+perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el
+llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.</p>
+
+<p>Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle,
+mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de
+sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder
+decirla:&mdash;¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces
+como las demás, lo que te place!&mdash;era algo que me colmaba de júbilo...</p>
+
+<p>Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción
+a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me
+parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había
+preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a
+los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de
+mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.</p>
+
+<p>Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese
+objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para
+el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos,
+pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los
+destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que
+las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar;
+que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...</p>
+
+<p>Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber
+equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió
+dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una
+sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para
+encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra
+de consuelo...</p>
+
+<p>El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que
+hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún
+tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...</p>
+
+<p>¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un
+impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo,
+me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido
+curarme como el amor de una criatura como esa.</p>
+
+<p>Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin
+embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos
+sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la
+desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para
+nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para
+obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y
+que hemos retirado la mano, y proferido&mdash;¡demasiado tarde!&mdash;la palabra;
+ante esa idea el corazón cesó de latir...</p>
+
+<p>Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre,
+comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que
+volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me
+pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los
+últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba
+para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha
+muerto...</p>
+
+<p>Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los
+caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a
+aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una
+pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo,
+por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el
+amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las
+cosas, el rostro escuálido del Príncipe.</p>
+
+<p>&mdash;Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo
+notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que
+estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y
+que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre
+demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la
+soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de
+soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a
+protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella
+me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta
+de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi
+pasión por la otra!...</p>
+
+<p>Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise
+escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes
+desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo
+desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...</p>
+
+<p>Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba
+los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en
+el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible
+cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una
+voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que
+antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!</p>
+
+<p>Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima
+en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo
+hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y
+mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la
+esperanza de recuperarla...</p>
+
+<p>¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y
+desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como
+pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también
+otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era
+rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el
+cálculo?...</p>
+
+<p>Un día hablé. La dije:</p>
+
+<p>&mdash;Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es
+irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por
+favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en
+torno mío. Más tarde harás lo que quieras...</p>
+
+<p>Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también.
+Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que
+me dio fue:</p>
+
+<p>&mdash;Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que
+nuestro amor ha muerto.</p>
+
+<p>Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.</p>
+
+<p>Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no
+era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que
+hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun
+no la conocía!...</p>
+
+<p>Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil,
+quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino
+Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La
+prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.</p>
+
+<p>Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era
+el arma.</p>
+
+<p>Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería
+morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de
+haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su
+destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre
+dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de
+que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi
+mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el
+encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos
+indisolubles...»</p>
+
+<p>Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más
+que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir
+el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que
+alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido
+hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones,
+todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban
+amenazadores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú me prometiste ayer&mdash;la dije con acento amargo&mdash;que no me dejarías,
+porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...</p>
+
+<p>Ella no lo negó.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame morir&mdash;fue su respuesta;&mdash;eso será mejor para todos.</p>
+
+<p>En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de
+tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.</p>
+
+<p>&mdash;¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?</p>
+
+<p>La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.</p>
+
+<p>Ella me respondió únicamente:.</p>
+
+<p>&mdash;¿De quién es la culpa?</p>
+
+<p>&mdash;Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de
+tantos meses de dolor.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien&mdash;la repliqué,&mdash;yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de
+un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.</p>
+
+<p>&mdash;Porque si vivo seré suya.</p>
+
+<p>¡<i>Suya</i>, de usted, de otro!...</p>
+
+<p>Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso no es posible, no sucederá!...</p>
+
+<p>Ella movió la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡No digas que no!&mdash;insistí.&mdash;¡No digas que no!... Ya sé que no me
+amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro,
+porque... porque...</p>
+
+<p>&mdash;Le amo&mdash;dijo.</p>
+
+<p>Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:</p>
+
+<p>&mdash;Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor
+me está vedado, muero.</p>
+
+<p>Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:</p>
+
+<p>&mdash;¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu
+papel!...</p>
+
+<p>Todavía creo ver su mirada asombrada.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única
+persona que me llorará sinceramente?...</p>
+
+<p>&mdash;¿De él?...&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi
+sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:</p>
+
+<p>&mdash;De sor Ana.</p>
+
+<p>Yo repuse siempre en tono de burla:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la salud del alma?</p>
+
+<p>Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las
+tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...</p>
+
+<p>Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:</p>
+
+<p>&mdash;¡No me toque usted!</p>
+
+<p>Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno! ¿La causo horror?&mdash;la dije.&mdash;¡Y lo ama usted a él! Y aun
+cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el
+juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...</p>
+
+<p>Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me
+apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted
+también correr en busca de nuevas caricias.</p>
+
+<p>Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se
+sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si
+se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.</p>
+
+<p>Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por
+una sonrisa burlona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo
+lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me
+espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a
+venir ahora!...</p>
+
+<p>Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada
+temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Va a venir: soy suya!...</p>
+
+<p>La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la
+frente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállese usted!&mdash;la grité.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállese!&mdash;la ordené una vez más.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú
+me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie
+puede condenarme!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállate!...&mdash;la intimé por tercera vez.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi
+ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado.
+¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me
+inunda el alma!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Estás loca!&mdash;grité.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, desde que soy tuya!</p>
+
+<p>No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido
+creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.</p>
+
+<p>&mdash;¡No es cierto! ¡No te creo!&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>Ella me contestó, atónita, riéndose:</p>
+
+<p>&mdash;¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad,
+¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano;
+he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento:
+después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría
+podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría
+pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado
+viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado;
+¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú has hecho eso?</p>
+
+<p>&mdash;Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre.
+¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállate! ¡No me provoques!</p>
+
+<p>&mdash;No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces
+aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me
+espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...</p>
+
+<p>Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!</p>
+
+<p>&mdash;¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?</p>
+
+<p>Yo prorrumpí:</p>
+
+<p>&mdash;¡Matarte!</p>
+
+<p>Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállate, o te mato!</p>
+
+<p>&mdash;¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de
+mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que
+no sea suya...</p>
+
+<p>Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:</p>
+
+<p>&mdash;En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...</p>
+
+<p>El tiro partió...</p>
+
+<p>Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de
+compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la
+última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Asesino!</p>
+
+<p>El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Pegue usted.</p>
+
+<p>Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni
+uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el
+brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Asesino!</p>
+
+<p>&mdash;He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será
+justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer,
+cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de
+mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras.
+Óigalas usted:</p>
+
+<p>&mdash;He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...</p>
+
+<p>Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en
+la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en
+ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de
+mí:</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...</p>
+
+<p>Yo no comprendía.</p>
+
+<p>Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de
+ponerla, le extrajo una cápsula.</p>
+
+<p>&mdash;Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...</p>
+
+<p>Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:</p>
+
+<p>&mdash;Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis
+respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que
+te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...</p>
+
+<p>Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía
+estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer
+impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía
+nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas
+mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la
+cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi
+pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de
+reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto
+podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la
+muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los
+interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al
+ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de
+morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos,
+pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no
+tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo
+abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas,
+confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando
+por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces,
+naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad,
+y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira
+triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún
+tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba
+de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque
+estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma,
+muda e invisible, gobernaba ya mi vida...</p>
+
+<p>Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se
+había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido:
+coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.</p>
+
+<p>El Príncipe continuó:</p>
+
+<p>&mdash;El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias
+que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz
+sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún:
+era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una
+mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella
+me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa,
+volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó.
+¿Cree usted que Florencia haya muerto?</p>
+
+<p>La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió
+hondamente conmovido.</p>
+
+<p>&mdash;Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas:
+habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a
+ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha
+de hacer de mí.</p>
+
+<p>Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una
+palabra, el Príncipe continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella
+practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi
+vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en
+reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una
+prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para
+merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por
+delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi
+crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual
+soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el
+mejor partido?</p>
+
+<p>Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué
+derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio
+estaba completamente obscurecido.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido
+para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría
+con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión.
+Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo
+que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen
+felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros
+hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es,
+defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de
+diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de
+locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero
+fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse,
+compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz,
+quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...</p>
+
+<p>Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo,
+y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que
+me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted
+soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad.
+Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los
+hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca,
+antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me
+diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra
+pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que
+la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.</p>
+
+<p>Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una
+emoción violenta se lo impedía.</p>
+
+<p>&mdash;Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de
+usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya
+de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he
+impuesto...</p>
+
+<p>Y tomando una mano del joven, le suplicó:</p>
+
+<p>&mdash;Roberto, ¿me perdona usted?</p>
+
+<p>Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.</p>
+
+<p>Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el
+llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por
+llorar.</p>
+
+<p>&mdash;El alma de Florencia está presente aquí&mdash;dijo el Príncipe.</p>
+
+<p>Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.</p>
+
+<p>Luego agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Sea por siempre bendita y bendecida.</p>
+
+<p>El llanto de Vérod era tempestuoso.</p>
+
+<p>&mdash;Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...</p>
+
+<p>Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod
+la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento
+estrechamente abrazados.</p>
+
+<p>El Príncipe preguntó en voz muy baja:</p>
+
+<p>&mdash;Hermano, ¿me perdonas?</p>
+
+<p>&mdash;Te perdono, hermano.</p>
+
+<p>Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en
+seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre
+las sombras, se volvió una vez más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós!</p>
+
+<p>Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de
+un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el
+nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había
+tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por
+la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de
+la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber
+confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía
+solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva
+versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y
+mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza
+del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana,
+impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había
+conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.</p>
+
+<p>Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se
+podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se
+encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había
+vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso,
+como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del
+culpable y de sí mismo.</p>
+
+<p>Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que
+usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar
+que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia
+d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan
+triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la
+angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida
+y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último
+instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de
+aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las
+apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!...
+Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera
+hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa,
+colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el
+amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de
+Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su
+tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet,
+amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?</p>
+
+<p>Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.</p>
+
+<p>&mdash;Ha muerto.</p>
+
+<p>Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había
+pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o
+violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él,
+había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había
+aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que
+para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás
+llegaría a saberse.</p>
+
+<p>&mdash;¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!&mdash;dijo el
+magistrado.&mdash;Y tenía un gran corazón.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;ratificó Vérod.</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en
+conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo
+el asesino, se puede esperar su redención.</p>
+
+<p>&mdash;Está redimido.</p>
+
+<p>Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su
+coloquio con Zakunine.</p>
+
+<p>&mdash;Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella,
+que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a
+que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le
+guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo
+mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda,
+vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo
+razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras
+naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la
+desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo
+inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos
+unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad
+humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su
+aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy
+convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo;
+que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...</p>
+
+<p>Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen
+trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del
+cielo, caído sobre la tierra.</p>
+
+<p>Después habló Ferpierre:</p>
+
+<p>&mdash;Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de
+que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de
+salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia
+celosamente su imperecedero recuerdo!</p>
+
+<p class="c top15">FIN</p>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO ***
+
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+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
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+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
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+works.
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+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
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