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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:32:45 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Espasmo + +Author: Federico De Roberto + +Release Date: October 3, 2008 [EBook #26756] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACION» + +FEDERICO DI ROBERTO + +ESPASMO + +BUENOS AIRES + +1909 + + + + +INDICE + + + I.--El hecho + II.--Las primeras indagaciones + III.--Los recuerdos de Roberto Vérod + IV.--Historia de una alma + V.--Duelo + VI.--La investigación + VII.--La confesión +VIII.--La carta + IX.--Espasmo + + +Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos +más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos +haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di +Roberto y un libro como Espasmo. + +Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como +Verga, el autor de _Cavalleria rusticana_, con el cual su talento +literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista, +de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus +novelas son de una gran intensidad dramática--aun cuando conservan en +sus lineamientos una elegancia impecable,--algo de aristocrático en la +concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que +caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con _Arabeseos e +Historias breves_ inició brillantemente su carrera literaria, en la que, +a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con +_I Viceré_ y con este _Espasmo_ que hoy ofrecemos a los lectores +argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito +mereció de nuestra parte especial cuidado. + +En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones +intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se +desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber +impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora. +Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se +mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta +novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la +conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector. + +Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la +moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros, +diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que +son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer +_Espasmo_, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán +en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna, +puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en +esta época. + + + + +ESPASMO + + + + +I + +EL HECHO + + +Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de +Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que +produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la +curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en +todas las estaciones del lago, sino también del gran público +cosmopolita, al que los diarios lo refirieron. + +El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un +arma de fuego y gritos confusos salidos de la _villa Cyclamens_, situada +en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la +habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes. +La _villa Cyclamens_ estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa +d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad +de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que +había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos +los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la +Confederación, era conocida desde tiempo atrás. + +Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los +gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma, +hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un +tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la +sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano. +Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta, +sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese +cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte, +sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada +por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de +sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las +contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y +algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados +los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada +línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia +el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese +abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera +de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado +el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los +cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la +mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si +fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de +haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado +junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa +boca no salían más que dos palabras breves y monótonas: + +--¡Se acabó!... ¡Se acabó!... + +En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había +un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la +muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel +hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también, +próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de +acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las +llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse: +entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de +consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu +salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba, +y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el +cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver. + +La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su +acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor +Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La +noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y +los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la +Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo +acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego, +no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban +estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de +dolorida simpatía que le dirigían. + +Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el +suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la +catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos +días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se +había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había +permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba +en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que +antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos +encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo +tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había +hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las +habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo +como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían +subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera, +después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado, +igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe. + +En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la +extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un +rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y +mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies +a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los +brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la +curiosidad que su presencia comenzaba a excitar. + +En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la +Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única +de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la +extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados, +quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar +lo ocurrido. + +--¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...--exclamaba la Baronesa.--Pero ¿por +qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado +algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en +el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera +resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito +tenue y delicado... Los dolores morales... + +Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes +colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó: + +--¿Cree usted que fuera feliz? + +El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía +significar asentimiento como duda o ignorancia. + +--¡Y ese pobre Príncipe!...--continuó la Baronesa, siempre mirando por +lo bajo, continuamente, a la extranjera.--Es un dolor verle sufrir +así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se +alejara...--Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven +desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:--¿Por +qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama? + +Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los +circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la +dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento +apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los +extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta. + +--No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere +usted? + +Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la +Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente +magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una +angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento +con que le faltaban las palabras. + +--¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...--dijo turbada.--¡Pero hay, sin +embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!... +Doctor--agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento +al Príncipe.--Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a +ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no +se la podría pedir que se alejara? + +--Sí... cierto...--contestó el doctor vacilante y sin saber qué +hacer.--Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los +magistrados... + +--¿Se les ha avisado? + +--Aquí llegan. + +Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la +sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito +Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes. + +Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos +del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes +se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro +saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el +cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a +quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la +muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba +de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario. + +--¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la +hiciese prever?--preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser +incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y +mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía +contestar. + +Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un +profundo sueño, y dijo: + +--Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo... + +--¿Sufría mucho? + +--¡Sufría tanto... tanto!...--respondió el Príncipe, con una entonación +de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido. + +--¿Estaba enferma?--preguntó el juez al doctor, después de un breve +silencio. + +--Sí: de una afección del pecho. + +--¿Sabía lo que tenía? + +--Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y +valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella. + +--¿No se podía tener esperanzas de salvarla? + +--Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe +engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos +años. + +--¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse? + +--No es lo único--repitió como un eco el Príncipe Alejo. + +Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la +actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar +apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo +el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y +confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que +ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que +también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando +interrumpía: + +--¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos +religiosos que tenía... + +--¿Cuáles eran?--preguntó el juez. + +--Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente--contestó el +doctor. + +--¿Es cierto?...--interrumpió otra vez la Baronesa.--¡Parece increíble +lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un +paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones +preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a +Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por +allí. + +Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis, +arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la +observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble +cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho. + +El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía +iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro +lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado, +sin fuerzas, parecía él también próximo a caer. + +--¿Estaba sola cuando se mató? + +--Sola. + +--¿Habló usted con ella esta mañana? + +--Sí; habló con ella. + +--¿Estaba triste? + +--Mortalmente. + +--Podríamos ver si ha dejado algo escrito. + +La Baronesa dio una palmada y exclamó: + +--¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio! + +El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar. + +Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con +espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en +plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba +el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con +cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y +un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más +libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de +los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después +de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban +llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la +correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una +cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de +pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha +encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo +negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el +Príncipe dio un paso hacia él, diciendo: + +--Ese es un libro de memorias... el diario de su vida... + +Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su +persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el +pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó, +aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el +libro extraído por éste de su negra caja: + +--¡Allí precisamente se puede encontrar algo!... + +También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un +libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que +debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió +rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco +acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas +partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a +las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y: + +--No se entiende--dijo--no es una confesión... + +Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una +pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero, +el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero +tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo +atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o +inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena +de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un +cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus +propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le +hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían +recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que +llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo. + +--¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...--exclamaba la mujer, juntando las manos, el +flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.--¡Quiero verla!... ¡Verla +una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!... + +Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada, +algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia. + +--Dejadla pasar--ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba +que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado +de toda su confianza. + +Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó +hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a +sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel +desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de +una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su +tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y +parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los +dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella. +Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían +impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la +extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a +nadie. + +--¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...--gemía la mujer +junto al cadáver.--Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!... +¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre... +¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a +ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la +hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...--repetía con voz aún más afligida, +como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente +recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha +matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!... + +La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su +pecho a la criada. + +--¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!... +¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos +señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó? + +--A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé +más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir +conmigo... después cambió de opinión, y me mandó... + +--¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta, +anoche o esta mañana? + +--Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta. + +--¿A quién estaba dirigida? + +--A sor Ana. + +--¿Quién es sor Ana?--preguntó el magistrado, que había dejado +pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio. + +--Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa. + +--¿Dónde está? + +--No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero. + +--¿Usted tampoco sabe esa dirección?--preguntó el juez, volviéndose +hacia el Príncipe Alejo. + +--La ignoro, pero... + +Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió +a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la +entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba, +no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía: + +--¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!... + +Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la +Baronesa de Börne se acercaban a la puerta. + +--¡Vérod!--exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de +cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró +a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un +lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente +los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear, +vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la +confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó +una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta, +intensamente pálido, a punto casi de desmayarse. + +--¡Nuestra pobre amiga!--exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la +diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.--¡Quién lo +habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse +así... + +Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz: + +--No. + +Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes. + +--¿Qué dice usted?--preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole +fijamente en los ojos. + +--Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada. + +Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar +vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan +suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los +presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba +también fijamente a su inesperado acusador. + +--¿Cómo puede usted asegurarlo?--preguntó aún el juez. + +--Lo sé. + +--¿Cuáles son las pruebas que tiene usted? + +--Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales. + +--¿Quién cree usted que la ha muerto? + +El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la +extranjera, y dijo: + +Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados. + +En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había +permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no +hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción +de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto +hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron +la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión, +que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la +desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al +acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor. + +Antes de decir nada contra alguien--repuso el juez en tono de +amonestación--es preciso estar cierto de lo que se dice. + +--Si no estuviera cierto no habría hablado. + +--¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas? + +El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de +contener. + +--La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de +destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con +la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz. + +La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban +preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían +producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de +verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el +puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura, +rencorosa, y le apostrofó así: + +--¡Loco! ¿Qué dices? + +Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros +que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y +otro penetrar con ellas hasta el alma. + +El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse. + +--¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!--intimó el primero. + +--¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo +conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad +de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios, +de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya +conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte. + +Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan +ustedes--agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados: +deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes--digan +ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es +creíble... + +El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada +escrutadora: + +--Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha +intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente +y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y +firme. + +--¿Usted cree eso?--exclamó el joven desconcertado--¿usted ha dicho eso? + +La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente; +parecía no comprender ni ver. + +--¿De quién era esta arma?--la preguntó el magistrado. + +--Suya. + +--¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía? + +--Encerrada, escondida. + +--¿Ve usted--dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven--que nada +confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas? + +El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche +por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un +momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y +lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo +exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el +rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de +sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía +entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y +entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada: + +--Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar +con el juez de instrucción. + + + + +II + + +LAS PRIMERAS INDAGACIONES + + +Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal +de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura +legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una +natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión +se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia +inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las +mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su +primera vocación había sido otra. + +Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por +ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y +llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que +lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas, +ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como +pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de +compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa +familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era +sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía +y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo. +Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de +la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo +habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la +justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a +ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad. + +La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas +rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre +político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder +juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno, +extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que +cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y +Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos +trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había +comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en +una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus +sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por +consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética, +la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto +de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de +aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la +música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él +después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del +joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro. + +Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza +contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez +de paz en la _villa Cyclamens_, adonde había acudido al primer +llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si +resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan +merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos +que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y +su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto +al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él +a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes +en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas +enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle +conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la +Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de +leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el +número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la +muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque +había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La +actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que +también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su +contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba +sobre la cabeza del Príncipe. + +Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno +de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su +país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra +la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado +conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más +temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena +de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que +en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad, +todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras +galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del +abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus +seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan, +se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la +Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor +fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista? + +Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y +otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la +catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la +sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron +en la _villa Cyclamens_. En la suposición de que el amor o el capricho +del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado, +el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para +explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón +aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es +decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se +encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una +vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas, +sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido +impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las +maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en +que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba +por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que +perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus +secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida +disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de +su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento; +pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos +poco probable. + +Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de +amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado +nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía +haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de +la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel +de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien +había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el +hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable, +cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin +que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando +hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona +de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición +del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver, +deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse +hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo, +se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz, +contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa +posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y +haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera +podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la +caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente +de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una +suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un +asesino sería inexplicable. + +Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía +esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que +había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la +necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran +entrar a Vérod. + +Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su +rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la +confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la +difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el +instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del +curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde +la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la +frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario +ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre +ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de +Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones +juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre +había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo +deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también +de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor +por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer? + +--Usted ha querido hablarme--dijo Ferpierre mientras se dirigía +mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles, +secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;--aquí me +tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad? + +--Roberto Vérod, treinta y cuatro años. + +--¿Es usted Vérod, el escritor? + +--Sí. + +--¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París? + +--Sí. + +O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía. + +--Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme? + +No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio, +sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado, +tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía. +Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego, +arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la +mano. + +--¡Si usted supiera, señor--le dijo con voz insegura y sumisa,--qué +tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar, +cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para +decirle lo que tengo que decirle! + +Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre +se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera +reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los +habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano +que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a +él, contestó: + +--Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo +mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al +magistrado, sino al hombre. + +--¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al +magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría +probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi +convicción moral... + +--¿Y al hombre? + +--Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha +soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin +resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio, +puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista? + +El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto +no contestó. + +Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a +interrogarle: + +--¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta? + +El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas. + +--No debo, no, decirlo...--murmuró con voz ahogada.--A nadie revelaré un +secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire +usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo. + +--¿La amaba usted? + +--Sí. + +Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la +alegría, una altiva felicidad. + +--Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de +cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar? + +--¿Y ella le amaba a usted? + +--¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El +mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un +acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese +sentimiento que nos hacía vivir. + +--¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso? + +A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió +un amarga contracción de desdén. + +--¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera +amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí? + +Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea. +O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que +Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se +había convertido. + +--Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del +Príncipe con la Condesa?--siguió preguntando mientras tanto.--¡No cabe +duda de que hubo un tiempo en que se amaron! + +--Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas +cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra +codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó +porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar! + +--¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse? + +--Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara, +como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no +quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su +interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las +consecuencias del error, aceptó el martirio. + +--¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato? + +--¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus +palabras envolvían una ofensa, un agravio. + +--¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo? + +--¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese +hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre +en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo +que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que +yo a su respecto. + +--¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la +Condesa? + +--Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y +ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos +veces. + +--¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad +política? + +--Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz. + +--¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que +perseguía? + +--No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su +patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de +compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa +que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y +sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal, +debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración. + +--¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto? + +--¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí! + +--¿Cuándo la conoció usted? + +--El año pasado. + +--¿Dónde? + +--Aquí, en el Beau Séjour. + +--¿Todavía no había alquilado la villa? + +--Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel. + +--¿Dónde vivía en invierno? + +--En Niza. + +--¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos? + +--No. + +--Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele? + +--En estos últimos meses. + +--Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es? + +--Una compatriota y correligionaria suya. + +--¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones? + +--No, pero no es difícil adivinarla. + +--¿Sería ella también su querida? + +--¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de +la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en +asociarse al deber? + +La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de +aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la +criatura adorada por él. + +--De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe. +¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber +estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya +al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no +amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la +condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese +delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada +para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer, +apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto +en práctica un antiguo propósito? + +--¿Eso no le prueba a usted--exclamó el joven, sin contestar +directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva +interrogación,--eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación +había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre +por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida +debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en +que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso +fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza +que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?... + +Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y +el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral +del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de +sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba +mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el +acusador. + +Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación +parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera +debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía +hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente +humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía +improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy +diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más +alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el +grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más, +no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos. +Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y +reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede +ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión +esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida. + +--Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para +inculpar a dos personas? + +--Usted comprenderá--repuso el magistrado cuando vio calmarse la +angustia de Vérod,--la necesidad que me obliga a hacerle ciertas +preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el +sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría +permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar, +casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último, +las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes +de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra +esperanza la sonrió? + +--Sí, ¿por qué no la recuperó?--replicó Vérod, como hablando consigo +mismo. + +--¿Usted no sospechó el motivo? + +--Ella misma me lo dijo. + +--¿Y fue?... + +--Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había +contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella +un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo +tampoco la quería de esa manera... + +¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que +se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos? +Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y +escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza, +principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas +declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base +inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según +su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en +su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso +sospechar de su sinceridad. + +--Pero entonces--replicó,--si esa señora le amaba a usted y no se creía +libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya +mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola +razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales, +¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se +vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa +mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de +desesperación? + +--¿Cómo?... ¿Por qué?...--balbuceó Vérod, aturdido. + +--Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a +costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que +usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su +dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida. + +Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera +haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y +en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve +y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se +oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido +el corazón atravesado por un dolor agudísimo. + +--¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?... +¡Oh! + +Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor +sobrehumano. + +Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción +como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un +proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las +pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en +presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud +despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era +solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido +frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de +su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía, +y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se +asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que +mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria +indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía +conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su +espíritu para estudiar la acusación. + +Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido +él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era +necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era +inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un +remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería +atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas +materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras +inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había +podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su +tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad +de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha +de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito? + +Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y +obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en +vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por +distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara +raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre +que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas +plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas +frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la +voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin +embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos. + +Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al +impulso de una viva reacción. + +--¡No!...--dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán +de protesta.--¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!... + +Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado +una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé +con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la +muerte, ¡al contrario!... ¡No!--repitió con voz que se iba haciendo más +firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:--¡No! ¡Ella no se +ha matado! ¡Ha sido asesinada! + +¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted +tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro +de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo +confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no +creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que +hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré! + +--¡Tanto mejor!--contestó Ferpierre--¡y puede usted estar cierto de que +también yo las buscaré, de que las busco!... + +Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a +Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida. + +--¿Su nombre?--le preguntó. + +--Alejandra Paskovina Natzichet. + +--¿Nacida en?... + +--Cracovia. + +--¿Cuántos años? + +--Veintidós. + +--¿Qué profesión? + +--Estudiante de medicina. + +--¿Domicilio? + +--Zurich. + +La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las +preguntas. + +--¿Cómo se encuentra usted en esta casa? + +--Vine a hablar con Alejo Zakunine. + +--¿A hablarle de qué? + +--De cosas que no interesan a la justicia. + +--¡O que la interesan mucho! + +La joven no contestó. + +--¿Es usted su correligionaria? + +--Sí. + +--¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos? + +Nuevo silencio. + +El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó +lentamente: + +--Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla. + +La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros +desdeñosamente. + +--¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos? + +--¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca +contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe? + +--No comprendo. + +--¿Es usted también su querida? + +La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión +de ira, pero no dijo una palabra. + +--¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta: +¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa? + +--En el escritorio del Príncipe. + +--Y él ¿dónde estaba? + +--Conmigo. + +--¿Conocía usted a la muerta? + +--Nunca hablé con ella. + +--¿Hoy la vio usted? + +--No. + +--¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que +se amaban? + +Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a +fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de +ésta. Pero la joven contestó, impasible: + +--Sí. + +--¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro? + +--No. + +--¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran +por largo tiempo en desacuerdo? + +--No. + +--¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación? + +--Acudí. + +Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el +Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba: +«Acudimos»? + +--¿Sola?--le preguntó. + +--Con él. + +--¿Y estaba muerta? + +--Expiraba. + +--¿Por qué se habrá matado? + +--No lo sé. + +--¿Qué dijo el Príncipe? + +--Lloró. + +--¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa? + +--Dos o tres veces. + +--¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted? + +--No sé. + +--¿Conoce usted a Vérod? + +--No sé quién será. + +--La persona que denuncia el asesinato. + +--No lo conozco. + +El juez cesó de interrogarla. + +--La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a +usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de +la justicia. + +La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante +todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba, +reflexionaba que por ese lado nada sabría. + +Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma +misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios +más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por +él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda +clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La +obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba +condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con +aquel que debía ser seguramente el principal actor. + +Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó +atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que +Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas +encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo +enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el +cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los +descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada +profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán +nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente +principal. + +Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre +galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por +la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la +ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el +sello de una profunda tristeza. + +--¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted? + +--En Cernigov, en 1855. + +--¿Ha sido usted condenado alguna vez? + +--Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he +sido graciado y expulsado de Rusia. + +--¿No ha sufrido usted una condena más grave? + +--Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han +confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio. + +--Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod. + +A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos +volvieron a brillar. + +--¿Qué contesta usted? + +Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir +su cólera, y luego dijo: + +--Es cierto... + +¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El +juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel +hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta +duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento: + +--Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto. + +Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía +apenas. + +--¿Ha sido muerta por usted, por su mano? + +--¿Qué importa? Yo soy responsable... + +--¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito +explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado +al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó +usted al suicidio? + +--Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí. + +--¿No la amaba usted ya? + +--No la amaba. + +--¿Y sin embargo la llora usted? + +Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la +pregunta del juez, éste repuso: + +--¿Quería usted abandonarla? + +--La abandoné. + +--¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La +tenía usted lástima? + +--¡Tanta! + +--¿Ella le amó a usted mucho? + +--Como yo la amé un tiempo. + +--¿Fueron felices? + +Los ojos del Príncipe se enrojecieron. + +--¿Todavía le amaba a usted? + +Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con +desesperación. + +--¿Le dio a usted motivos de celos? + +A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso. + +--¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto? + +--Lo suponía. + +--¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod? + +Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció +otra vez. + +--No--contestó con voz sorda. + +--¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted? + +--No sé. + +--¿El dolor? ¿Los celos? + +--Seguramente. + +--¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa? + +--Cinco años. + +--¿Era libre cuando la conoció usted? + +--Sí, libre. Viuda. + +--¿Dónde la encontró usted? + +--En Aberdeen, en Escocia. + +--¿Cuántos años tenía? + +--Veintinueve. + +--¿Ahora o entonces? + +--Ahora. + +--¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse +legalmente en matrimonio? + +--Yo desconozco esa ley. + +--¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos +debía ser inmoral y punible? + +--Había contraído el compromiso ante su Dios. + +--Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola +íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la +catástrofe. + +--Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando. + +--Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio? + +--En Zurich. + +--¿Cuándo llegó usted? + +--Anteayer. + +--¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito? + +--Noté que sufría más que de costumbre. + +--¿Alguna vez le propuso a usted separarse? + +--Nunca. + +--¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos? + +--La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la +repugnaban. + +--¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó +disuadirle de sus trabajos? + +--Muchas veces. + +--¿De qué modo? + +--Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio. + +--¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos? + +--En un tiempo. + +--¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos? + +--¡Oh! ¡Nunca! + +--¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet? + +--Pensamos del mismo modo. + +--¿Trabajan juntos en la propaganda? + +--Sí. + +--¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven? + +--Ninguno. + +--¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No +mienta usted: así sabremos la verdad. + +--Afirmo que nada más nos liga. + +Su acento parecía sincero. + +--¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso +haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa? + +El interrogado tardó un instante en contestar. + +--No--dijo por último. + +--¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo? + +--En mi cuarto. + +--¿En su cuarto de dormir? + +--En el escritorio. + +--¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio? + +--A las once y tres cuartos. + +--¿Qué hizo usted al oír el tiro? + +--Acudí. + +--¿Su compañera acudió después?--preguntó el juez, tratando de dar a su +voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia +de la pregunta. + +--Acudió conmigo. + +Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo +natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta +importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían +estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se +encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las +sospechas? + +--¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta? + +--La ganó en una rifa, hace tiempo. + +--¿Y las cápsulas? + +--Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro. + +--Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de +los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin +ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a +otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué +había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos +e impedimentos para su nueva felicidad? + +--De ella misma. + +--¿Qué quiere usted decir? + +--Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran +elevadísimos. + +--Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma? + +--No lo sospeché. + +--¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de +prever! + +--Ella gozaba de su confianza; yo no. + +--¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero +nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado? + +--No. + +--Ahora vamos a oír lo que ella dice. + +El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en +presencia de la otra. + +Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el +Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra +vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez +Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí +proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio +del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible. + +La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su +patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos; +después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había +arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo +entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso +era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la +Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y +cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera. + +Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre +mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia +Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del +lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez +de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán. + +--¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de +morir? + +--Sí. + +--¿Desde cuándo? + +--Desde hace mucho tiempo... más de un año. + +--¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa? + +--Sí. + +Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, +ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada +sin siquiera volverse hacia el acusado. + +--¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted +precisar. + +--El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó +mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora +lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo +le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer. + +--¿Qué tiene usted que contestar a esto?--dijo con frialdad Ferpierre, +volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente. + +--No recuerdo el hecho--respondió éste sosteniendo firmemente la mirada +del juez.--He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de +ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con +claridad lo que creía tener razón de temer. + +--¿Todavía en los últimos tiempos--repuso el juez dirigiéndose a la +mujer--hablaba de su propósito? + +--No. + +--¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones +de quejarse? + +--El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo. + +--¿Es cierto lo que dice? + +--No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si +la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva. + +Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento +tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la +doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y +el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su +negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la +acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los +argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de +la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un +suicidio, para salvar a su compañera de fe política? + +--¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la +Natzichet? + +--No sé. No la veía. + +--¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban? + +--No se... + +El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada +hablar libremente. + +--Déjenos usted solos--dijo a Zakunine. + +Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde +vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada. + +--Oiga usted--la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de +persuasión confidencial;--nos encontramos en presencia de una grave +duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, +hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede +ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma +se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda +usted? + +La mujer juntó las manos, indecisa, confusa. + +--¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé. + +--¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido +un delito como ese? + +La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente: + +--No. + +--¿Por qué cree usted que no? + +--Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente. +¡La consoló tanto de sus dolores! + +--¿Qué dolores? + +--La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos +meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en +el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa, +aplastado por un tren. + +--¿Pero después la trató mal el Príncipe? + +--Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para +sospechar tan horrible cosa. + +--¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos? + +--En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país. + +--¿Cuánto tiempo hace de eso? + +--Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera +más bueno, y más suyo!.. + +--¿Notaba usted disputas entre ellos? + +--No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el +señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le +antojaba. + +--¿Le engañaba con otras? + +--No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que +estaba ausente? + +--Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo +hace de eso? + +--Tres o cuatro meses. + +--¿Cómo notó usted ese cambio? + +--Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que +no iba a volver nunca. + +--¿Venía de Zurich? + +--Creo que de Zurich. + +--¿Se quedó mucho tiempo? + +--Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza +y aquí. Parecía otro. Parecía temerla. + +--¿Cómo se explica usted tal cambio? + +--No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía +haber procedido mal. + +--Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su +patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario +descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la +muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. +¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes? + +--Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me +habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:--«Qué amable es el señor Vérod, +¿no es cierto?...»--Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy +gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él. + +--¿Cómo era eso? + +--No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero +aquello pasaba pronto... + +--¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a +la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio? + +--No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, +pero... + +--¿Qué temía? + +--Se temía a sí misma. + +--Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el +Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando +comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod? + +La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza. + +--No podría decirlo, señor. + +--De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a +hacer aquí? + +--Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio. + +--¿Cuántas veces ha estado aquí? + +--Tres o cuatro veces. + +--¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy +íntima... que ella fuese su querida?... + +--No podría decirlo. Un día... + +--¿Qué? + +--La vi besar la mano al señor. + +--¿No oyó usted lo que decían? + +--Hablaban en ruso. Yo no podía entender. + +--Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No +es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa? + +La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía +significar ignorancia como asentimiento. + +--Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy +justificados...--insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta +objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba +todas las ideas que se le iban presentando.--¿Sabía la rusa que entre +los patrones de usted había discordia? + +--No podría decirlo. + +--¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta? + +--No sé, señor. + +--¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber +armado su brazo? + +La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que +interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz. + + + + +III + +LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD + + +El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que +hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso +trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una +inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas +bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá +lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se +inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles, +cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de +humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del +silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida +acababa de extinguirse. + +Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella +vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad: +ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le +parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa, +la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba, +andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría +ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un +carruaje. Y entonces se detuvo, temblando. + +En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la +primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había +pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de +dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo +deslumbró. + +¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus +esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía, +gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas +arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen +interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar +dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua +a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha +visto dentro de ella un mundo horrible? + +Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y +las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo +que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había +consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había +sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera +potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba +precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes +extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus +pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una +reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz +para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda. +Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una +raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos, +atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los +conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del +árido pensamiento. + +Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera +en algún momento estar delante de los espectáculos representados en +éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no +creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte +pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, +inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al +sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de +las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de +alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, +una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma +distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia +había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. +Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le +había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco +más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no +entenderse jamás. + +Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido +comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se +reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y +amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción +entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de +la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, +no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. +Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el +furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las +cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le +apareció. + +Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, +acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su +aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué +cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada? + +La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un +médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia +sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el +remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de +los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de +la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por +mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había +tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e +iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?... + +Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, +antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas +y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de +aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina +metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a +pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro +fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, +anhelante. + +La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De +día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le +hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, +bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo +espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, +como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla +desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, +la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese +sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? +¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que +debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se +detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su +dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal +voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el +gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había +hecho llorar. + +La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan +fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. +¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi +vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del +gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, +coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas +por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa +dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa? + +Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos +esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces +también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, +había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: +todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; +la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía +lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos +apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza +demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de +miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su +amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba +por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces +en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa +fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera +tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante. + +Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando +en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a +la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el +piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la +misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una +explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina +animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de +maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto +mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería +acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. +Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la +distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las +manos de la pianista interrumpieran la ejecución del _Largo_ de Bach, +que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza +de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno +de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al +suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo: + +--¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos +desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente +insuperable si no decayera así, de un momento a otro!... + +Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya +no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca, +la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el +otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la +enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a +la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito, +de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad. + +¿Había conseguido realizar esa obra?... + +Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al +espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre +el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas +de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso, +trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así +habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo. +Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con +sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le +abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito +ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la +renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se +descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores. +Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida +para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por +fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que +era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil +virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no +pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella +expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado. + +Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración. +Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana. +Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se +pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente, +pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni +tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que +hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más +gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba +enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o +imágenes de lo pasado con la pureza de su luz. + +Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en +él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la +belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que +son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir +estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no +solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no +comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí +mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda +importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada +resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La +mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no +se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de +examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando +de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o +imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le +decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa +orden. + +El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor +al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples +pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno +suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras +de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía +a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto. +Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos +en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando +tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna +iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella +le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y +cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también +había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la +esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para +comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila +tristeza, en tímido gozo! + +Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba +una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y +él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos +aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los +fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la +montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una +capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella +trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces +él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota +compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de +esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía +tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su +servicio, había vencido por ella el obstáculo. + +Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar +esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con +avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el +contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan +caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar +cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos +reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída, +derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del +infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles +aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido +atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en +el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí +misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la +estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana. + +Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo +perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza +que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su +alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que +ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser +creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin +quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace +creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para +practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido +el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una +pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con +placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso, +hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno +solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es +el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo? + +Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había +pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie +podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra. +Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las +palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el +hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía, +por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las +almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha +tremenda? + +Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor, +que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su +puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en +nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también +defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las +ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los +desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad +junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal; +su vista era el consuelo del mundo... + +El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo +necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se +hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del +camino, exclamando: + +--¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!... + +Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su +interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa +realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias +imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar +los puños; palabras de desesperación salían de sus labios: + +--¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo +lo que existe!... + +Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de +aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos +y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía +la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el +mal... + +Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista +de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían +apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior, +lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos, +contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las +disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra +de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había +mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido +con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor +existía, sentía retemplarse su fe. + +¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el +suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida +sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte +no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa +vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero +no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le +persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a +consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus +oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar +aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad +iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su +deber era vengarla! + +La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba +el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el +silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para +tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante +la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por +qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido +que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le +había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad? +No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al +juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era +distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez? +¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?... + +Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor +que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que +agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella +misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían +a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado +la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un +sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía, +que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era +cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La +conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las +otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si +el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados, +había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios. + +Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella +misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la +muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al +ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se +hubiera creído! + +Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El +dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo +que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo +con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había +afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una +obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente +grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes +humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado +hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma +había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para +hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había +despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había +sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de +destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había +querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había +reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener +fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía +perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que +las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el +último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto +Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su +salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había +visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación +había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de +los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible, +sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia +virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con +contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y +cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella. + +Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de +montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento +la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo +flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor +vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían. +¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No +había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver +aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele +el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las +alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas. + +Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de +la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía +enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la +noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado. +Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el +fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración: +veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba. + +Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el +cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en +Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como +una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una +pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la +pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su +adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde +había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los +suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los +juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían +sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado +lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso. + +Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó +por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había +perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y +delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre +los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba +a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que +confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí +recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la +acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño, +qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella +le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces +había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida +de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella +poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal. + +Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en +un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente, +cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario, +junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido +reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una +aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una +mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules +blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas. + +Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual, +pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el +estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo +dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un +relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí +esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro, +incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se +denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella +lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella +guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la +compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también, +lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza. + +Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los +momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su +persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante, +la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la +mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía +que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos +que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el +pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma +de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado +otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.» + +Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes, +las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La +ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían +la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración +que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un +sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que +jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos +criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la +necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas, +su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo +único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en +el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la +inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a +contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No +era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde +que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que +había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?... + +El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en +pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo +como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del +recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la +ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El +inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y +así perdía él, una después de otra, a sus hermanas. + +--¡Hermana!... ¡Hermana!... + +Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran +esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores +habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen +recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén +contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había +vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como +si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el +mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de +ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían +enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido. + +Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir +dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima +comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a +la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le +proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido +obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su +soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que +quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer +su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una +felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un +sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan +y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba +nuevas virtudes. + +Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su +propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces, +no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló +sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud. + +Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos +habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras +fraternales? + +«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando +usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas +y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se +encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás +he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría +como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su +muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad +y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una +parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba. +Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo +misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted +tan agradable...» + +¡Y también ella estaba muerta! + +El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre +el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían +lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban +en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las +sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su +mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El +cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las +autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se +encontraba en la iglesia. + +Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que +estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con +paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma +casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a +tener la postrera reunión. + +Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el +Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado +escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes. +Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba. +Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco +en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una +lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se +agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales +creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se +repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón +palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y +ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se +desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado. + +Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le +impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí, +sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del +verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a +la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la +angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de +improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía +de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había +comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había +dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del +sentimiento le eran desconocidos. + +«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en +la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas +se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la +luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La +verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha +acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía. +Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y +así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con +verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor +tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero +después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es +como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de +una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta +hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que +hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado +demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría +inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las +leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la +dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría +temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen. +Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con +un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina, +porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia: +así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido +demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez, +principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el +experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se +prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes +para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer +ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con +sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no +tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este +sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de +usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería +entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal. +Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de +mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la +tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o +venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas +están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer +y hacer daño...» + +Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan +segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero +ella había tendido la mano hacia los montes lejanos: + +«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras +permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el +momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en +todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento +cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten +esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda +le hará ver su engaño...» + +Pero él no la había dejado terminar: + +«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber. +Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente, +¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una +criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo +contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y +siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los +mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien. +Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no +es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un +tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana +y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado, +las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de +perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo +ha esperado, lo espera...» + +«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no! + +El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su +amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras +cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría +lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto. +La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan +límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro +objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no +la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario, +permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no +habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía +naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de +todo... + +Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose. + +Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por +la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban. + +Vérod se desplomó junto a la verja. + +¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón! +¡La víspera ella había permitido que le besara la mano! + +Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él +estaba vivo? + + + + +IV + +HISTORIA DE UNA ALMA + + +La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en +aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el +examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, +demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de +cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no +excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. +Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que +iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una +opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la +violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello. + +Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una +de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba +moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el +domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la +fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio. + +Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a +la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña +al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había +embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. +Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las +páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía +llenas de los recuerdos de la antigua. + +«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en +torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la +pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo +de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus +pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí +como yo me acuerdo de ellas?» + +El sentimiento predominante era su adoración por su padre. + +«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no +poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis +distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él +dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las +ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando +participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es +más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes? +Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él? + +»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente, +mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa +de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me +parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de +no servir en realidad para nada... + +»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está +temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve +el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y +diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y +cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque +no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha +dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito, +cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al +club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no +abandone demasiado a sus amigos por mí!... + +»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago +por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer. +Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me +fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre +estas palabras:--¡Hija mía, qué fastidio tan grande!--A todas nos +llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de +todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se +quejaba:--¡Hija mía, qué fastidio tan grande!--Se fastidiaba jugando, +estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin +salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía +sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a +mí también enferma...» + +En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por +su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que +la de una hermana de caridad. + +«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi +cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle +ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la +mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo +él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!... + +»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero +sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la +casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi +causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el +espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la +otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente, +como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él +mismo!... + +»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no +como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y +sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el +pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse +así!» + +Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían +hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en +su opinión el error no era tan grande como parecía: + +«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da +más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando +son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden; +mientras que mi papacito...» + +Y también de este hecho encontraba una explicación: + +«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos, +su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando +yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo +da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de +ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero +cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene +razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que +me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.» + +También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por +sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana, +entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy +numerosas y unidas le daban envidia. + +«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo, +los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican, +mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre, +puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal, +siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a +papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo +se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera +dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño +no se dividiría: se sumaría...» + +Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su +corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este +sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la +idea de que su padre pudiese leer aquel diario: + +«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en +cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía +en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a +preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije +que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir +en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de +confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le +digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo. +Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas +memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio, +esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las +noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con +felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había +dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por +qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a +hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me +atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me +parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan +necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por +qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir? +¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy +segura!...» + +Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con +su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la +memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri, +de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el +papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó +bien y fue a buscar su libro. + +«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba +resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de +leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo +que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas +solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en +la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy +valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que +lo leyera todo; pero él no quiso. + +»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me +siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.» + +La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de +poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia, +siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su +padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas +personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su +respecto juicios muy favorables. + +«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es +bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto... + +»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he +recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio... + +»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha +dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del +duelo que Tasso describe en _Jerusalén libertada_: el Conde ha desafiado +en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no +son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado +tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años! +Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no +le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre... + +»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé +dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de +pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado +tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide; +entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar... + +»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en +cuando, y él alaba mi gusto... + +»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero. + +»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo +de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se +ha reído! + +»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que +ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto +cuanto enternece. + +»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su +librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha +explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de +las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica +y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba. + +»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no +hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo +que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo. + +»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y +yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún +tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver +el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la +última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...» +Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas. + +»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una +tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su +dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego +estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su +Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído +papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el +Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.» + +»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí +entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está +muy agradecida a tanta gracia!... + +»El Conde--lo he sabido hoy,--es más joven que papá: tiene cuarenta y +cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...» + +Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito +volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo +modificada: + +»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este +tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está +aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de +mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he +visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo +también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe +ya...» + +Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de +nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado. + +El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña +la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita +debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y +atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran +desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose +cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a +la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más +fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse +viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su +carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de +edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él +un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la +amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría +toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima +frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a +formar parte de ella?... + +Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués, +asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado +antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija +libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía +pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el +de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el +alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta +inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas +dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que +su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto +había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no +conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias +entre un amor y otro amor, y había consentido. + +Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores. +Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después +del viaje de novios: + +»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a +nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos +todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo +lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las +cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida. + +»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la +felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que +ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era +su tormento. + +»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo. + +»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor. +Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una +secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque +mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro, +no dudarían!... + +»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a +Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis +recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo +para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de +su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje, +no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de +éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no +me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía +estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que +no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco. +Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura. +Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos, +que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro +matrimonio, dicen así: + +»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé +si esto me agrada o me desagrada. + +»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven +que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se +aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras +que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste +fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia. + +»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de +amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no +puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya +está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió +parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me +pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que +Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los +hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía +cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son +las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba: +que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de +intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina, +exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era +variada y profunda. + +»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no +parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como +cara. + +»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de +escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he +aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas +escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que +pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis +precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza, +tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el +arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era +tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una +de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había +ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en +que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y +si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando +me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: _Proveedor de Su +Gracia la Marquesita Florencia_. En esa tarjeta se hallaban juntos +nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco +entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como +estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo +trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había +llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha +fuerza... + +»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha +faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se +encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que +mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día. +Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a +estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo +escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea +verdad...» + +Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más +irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto: + +«¡Ha leído! ¡Ha creído!...» + +Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría +íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el +juez Ferpierre estaba casi enamorado. + +Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser +su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y +obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera +tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?... + +Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba +que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había +engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera, +completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no +podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño, +pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no +escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas, +lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las +manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no +podía dudar de su sinceridad. + +Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de +veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para +explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo, +como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta +había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las +cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de +aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que +el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más +páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas +de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se +alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba +seguro de su felicidad. + +Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la +que seguía no había más que este escrito: + +«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...» + +Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego +que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija +amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de +cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el +margen una fecha: _3 de junio de 1886_. Después, el libro estaba llenos +de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más +caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo +consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía +hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez +recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que +presentía ineludible. + +¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz +de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación? + +No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más +grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una +interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas +anotaciones resultaba incomprensible. + +«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la +memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi +soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué +habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi +ignorancia, mi inexperiencia... + +»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez +le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme, +desviando la mirada: «Otro día...» + +«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no +poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no +era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me +demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte +a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse, +salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse--decía +también,--es un acto de justicia...» + +La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras +duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en +página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad +sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas +de un tren él la había buscado. + +«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no +comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni +visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el +último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera... + +»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de +ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida. +Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de +soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse +apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!... + +»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos +de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su +familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la +pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él... + +»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía +miedo hasta de pensar. + +»No soy sincera, no lo digo todo...» + +Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del +drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído. + +Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la +había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy +sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su +marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado? +Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles, +por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un +marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea +de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado +Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la +veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión +una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía +naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo +digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que +la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la +traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de +poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a +conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo +inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había +vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían +obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas, +ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no +era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el +dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día +inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en +aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra +vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución +era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes, +había estado él mismo al prever un desenlace contrario. + +¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado +hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del +soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto +legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido +ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y +era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del +mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado? + +Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los +reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta +de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de +resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la +jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino +también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al +principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se +debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado +la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de +castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la +imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más +que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía +permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado +ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún, +era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba +ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese +querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como +habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había +enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte +hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada +curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía. + +Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no +encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su +luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en +este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la +experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su +estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes +estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran +nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos +a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano +de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en +trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con +las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior +una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía: + +«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario +poder guiar el pensamiento íntimo.» + +¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su +pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo +sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera? + +«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella +nadie podría tener esperanzas de salvación.» + +¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la +conciencia de alguna culpa personal suya? + +Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se +leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida. + +«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que +el que se propone repararla. + +»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y +muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones +materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse +de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más +noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades. + +»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de +leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo +nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas. + +»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres +porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía +moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el +egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es +nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los +otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos +desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la +igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las +califica de raras.» + +La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el +Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al +problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido? +La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía +mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra +y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas. + +«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera +negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran +desconocidas. + +»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor +mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de +amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al +tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se +contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía +impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi +felicidad. ¿Dudo yo también ahora? + +»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas +caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado +del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite, +forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su +voz. Soy feliz... + +»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a +otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría +ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría +leído él en mis ojos? + +»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando +experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o +simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace +más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón +recuerda. Eso es otra cosa... + +»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más +verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos +los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras +y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?... + +»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír +el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es +profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida, +dice él. + +»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se +ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su +voz, en su pecho... + +»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros +mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene +necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo +sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero +sí turbada... + +»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias, +tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y +todavía se ríe! No quiero... + +»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera +cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...» + +Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario, +como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún +experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las +confesiones. + +«La vida es más difícil de lo que yo creía.» + +Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos, +todavía otra duda: + +«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?» + +Después algunas frases de sentido obscuro. + +«De ningún modo, pero agrada esperar... + +»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza +me sonríe, veo la meta... + +»Ahora me faltan las palabras...» + +Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto: + +«Ante Dios, para siempre.» + +Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras, +relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima. + +Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma +enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa: +con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía +sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se +recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor +puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a +explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella +daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las +dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros +tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un +sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de +edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese +aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la +duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte +y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males +que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle, +habían debido determinarla y secundar su afecto. + +«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...» + +Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para +él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya +fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que +ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los +dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel +rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos +sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor +prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que +se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión +alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente +convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente +que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado +castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y +redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la +complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la +debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado +repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido +íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no +había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso +ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o +temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber. + +¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad +de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de +improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había +seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la +sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de +esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la +desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo. + +En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido +interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad, +aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía: + +«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos +conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que +somos...» + +Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su +obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun +viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la +Condesa proseguía, horrorizada: + +«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el +camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el +amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es +generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No +sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...» + +Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del +Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al +desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de +sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre +no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a +creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus +creencias, sino aun en sus esperanzas? + +Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio +porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia +felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral +para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le +habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no +fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo +contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había +parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del +amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no +debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas +condiciones? + +Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en +aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la +audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia +de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los +siguientes párrafos de las memorias: + +«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve +miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia, +este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de +entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy. + +»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros? +¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios, +que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo +creo. + +»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su +pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él +mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de +pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba +conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es +más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin +embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban +antes. + +»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que +esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me +sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo +menos puro. + +»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de +medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir +vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle +el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra +prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba... + +»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo +que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí +misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él +para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la +capacidad de regular nuestro amor! + +»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras, +mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe +dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero +otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley +escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me +dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo +no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa +ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en +alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta? + +»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer, +agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en +desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una +fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me +costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor +mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no +niegue todo y siempre... + +»¡Ah, esa risa...!» + +¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición +impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas +confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio +adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la +pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de +la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo +escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido +capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a +discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila +de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos +con actos de bondad, a esas demostraciones de amor? + +Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario: + +«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en +ellas: + +«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día +cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno +del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y +quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes: +alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía; +más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de +mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un +fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te +cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta +verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer +que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e +hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres, +el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que +tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y +mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida; +mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el +uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el +Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en +poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de +preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que +no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el +cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia. + +»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que +todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis +¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas? +Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es +preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir, +extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te +parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una +familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te +parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto +tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren +lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado +vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada +uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide--antes por el contrario +todo concurre a ello,--que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y +un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te +lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz +otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres, +a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones. +La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las +costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que +vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes. +Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a +las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital: +fuera de eso no hay nada.» + +«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene +razón. Fuera de eso, no hay nada...» + +Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al +espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía +haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes +palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y +espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía +razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que +se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por +fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien +habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores, +que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y +ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a +tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía +empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la +había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba +contaminada por su contacto! + +Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de +toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué +punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él +aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser +traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera +a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición? +¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un +segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta +lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el +misterio judicial. + +Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las +confesiones de la muerta se redoblaba. + +«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al +vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser! + +»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad. + +»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de +castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o +con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto +con mi padre! + +»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación, +desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan +grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el +acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?... + +»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada: +el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que +pasa, me hacen mucho daño. + +»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades, +del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente +cuando sentía su falta?...» + +Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el +problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la +de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un +libro: + +«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero, +¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.) + +Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia +situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que +el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente +la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para +quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya +uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y +además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo. + +«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que +todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto +del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la +oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo +viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable, +y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para +hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de +un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la +esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...» + +Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había +conseguido con ello? + +Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que +le llamó la atención: + +«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un +nuevo dolor.--_La noche del 12 de Agosto_.» + +Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas, +a guisa de señal. + +Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron +pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención, +al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y +encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no +expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro: + +«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo +amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el +amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor +parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.) + +Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la +difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había +expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había +copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod +cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era +necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una +compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después +de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda, +sino el último desastre! + +La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado +irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto +no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los +salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que +llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban +omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron +el engaño y cesaron de venerarlos... + +Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la +Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto +vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor +terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es +acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive +mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que +las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste +solamente en la sanción moral. + +La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación +escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le +daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a +buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a +todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría +consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado +ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad +completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin +de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido, +y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el +del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin +renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la +substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la +esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que +para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un +libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus +propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel +sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan +elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en +las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la +muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto. + +Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida +llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin +embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había +podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido +con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un +sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia +concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era +atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino +que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de +ella su primer amante: + +«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás +en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de +Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una +escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la +realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el +escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que +la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería +reducirla, a una mentira, a una hipocresía. + +Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones, +no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras +razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica +y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente +dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de +complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones +hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo +donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la +confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se +mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese +momento más claro a Ferpierre: + +«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de +afirmarse contra la duda triunfante... + +»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza. + +»La última esperanza...» + +«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...» + +Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta +manera: «o morir para evitar el pecado?» + + + + +V + +DUELO + + +La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la +Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la +muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al +magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema +y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del +suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de +la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes +perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con +que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no +existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo +tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al +principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a +Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera +sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la +verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación. + +Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones +que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven, +cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella. +Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada +decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la +visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de +nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz: +los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien +la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe. + +Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de +consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que +contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y +de su desesperación. + +Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en +Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde +estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua +discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado +que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich +fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la +legación de Rusia. + +Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara +con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El +acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la +tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho +sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba +urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio. + +Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su +palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba. +Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una +década entera: se había envejecido diez años. + +--¿Sigue usted todavía--comenzó a preguntarle el juez--en la misma +opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada? + +--¡Lo creo!--contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido +que siente el hierro revolverse en la llaga. + +--¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su +acusación? + +--Todavía no. + +--Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna +demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable, +resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución +depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer +el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame +usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre +usted y ella desde que la conoció? + +--De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una +manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas. + +--¿Qué día la conoció usted? + +--El 13 de julio del año pasado. + +--¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con +ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto? + +Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego +dijo en voz baja: + +--Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña. + +--¿Qué le dijo usted? + +--Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si +hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir +que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis +sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de +costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas +columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor +animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba +lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas +podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa, +después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la +cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una +sonrisa... + +--Pues bien; mire usted, lea... + +Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado +las flores y lo pasó al joven. + +«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un +nuevo dolor.--La noche del 12 de agosto.» + +Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos +enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar. + +--¿Comprende usted, el significado de estas palabras?--repuso +Ferpierre.--Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba +junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el +amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y +pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en +la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no +podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la +felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto +no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande. + +La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido +expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor +de profesión. + +Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con +usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me +parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la +desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación +extrema. + +Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos +el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que +balbuceando, confuso, y casi despavorido: + +--¿Usted cree?... + +--¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes. + +Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de +descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de +las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios +habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya +extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro. + +--Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas +confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de +consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto? + +Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente, +como hablando consigo mismo: + +--Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas. +Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas +tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más +cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una +esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un +soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada +impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no +participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una +esperanza como aquélla? + +--Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había +contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba +el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y +en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la +fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted +creía. Si no, oiga usted... + +Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más +significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez +más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a +Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos, +aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la +adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la +historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí +durante la primera lectura. + +--Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo +estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica +humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola +idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y +disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía +sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara +con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted +también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su +diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por +usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el +juicio copiado de _Verdad y Poesía_, no sabríamos, guiándonos por este +libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad +que tenía miedo de esta pasión... + +--¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión? + +--Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin +decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue +lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas? + +Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas +manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos +del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un +amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su +compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto +de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara +que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien +la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño. + +--¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, +yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? +¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por +substraerse a mi violencia? + +Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la +Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante +ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para +alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose +amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había +puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella +mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su +descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose +del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el +terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, +aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos. + +--No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco +tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa +sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para +dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de +aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas +no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión +que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de +la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal, +la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el +dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella +debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del +deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto. + +--Tiene usted razón--contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.--Eso +era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera +llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté, +que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa +mujer se ha operado en mí. + +--Hábleme usted de eso. + +--Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al +pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la +exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a +los artificios del arte para expresarle mis sentimientos? + +Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse +sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía +mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado. +Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una +obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad? + +--No digo--contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el +clarovidente temor del joven,--no digo que, deliberadamente, con +estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los +hombres... + +--No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás--interrumpió +Vérod.--La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas +morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan +obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus +naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo +ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta... + +Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de +su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más +indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la +muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se +exhibiera mejor de lo que era en realidad. + +--Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera. +Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para +usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que +envilecerla. + +Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara. + +--Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres. + +Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en +tal caso retiraba su observación. + +--Pero--repuso,--ella quería ser digna del respeto de usted y no podía +esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note +usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el +Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él +irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una +unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía +aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma +de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto? + +Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe. + +--Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía +salida--continuó el juez al cabo de una pausa.--La única esperanza +lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y +repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por +fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese +habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría +durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde, +pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido +ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien +para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la +unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia; +puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte +tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores, +los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había +aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por +extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la +felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de +este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese +incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que +la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de +su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted, +debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que +fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de +diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la +fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será +tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de +semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del +respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan +muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino, +extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el +fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se +proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El +amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella. +Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya +un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa; +pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las +condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería +usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que, +infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado? +¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted +es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres +¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto? + +El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba +silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza. + +--Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que +la vio la víspera de su muerte? + +--Sí, por la tarde. + +--¿En su casa? + +--Sí. + +--¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor? + +Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió: + +--Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca +menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino +de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la +conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La +habló usted de su amor? + +--Sí. + +Y Roberto Vérod temblaba. + +El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel +coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él +la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la +muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero +Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de +aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima +felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era +justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el +magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada; +pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera +indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía +y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor, +como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le +estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en +sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba +a volver en su contra. + +--Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que +pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir, +dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía +adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor +ignorarlo, por usted y por mí?...» + +--¿Ve usted?... ¿Y después? + +--Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted +en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la +verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la +verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El +cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían +por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el +lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban +al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba +mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le +dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es +negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube +azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía +un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo +está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue +cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se +veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras, +el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas +nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo: +«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta +belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una +luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por +todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en +este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la +Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se +transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo +más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me +dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue: +«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré. +Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente +más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la +esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi +orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo +había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la +negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme. +La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su +mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su +mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano, +y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me +confundían... + +--¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior? + +Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza. + +--No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir +a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si +hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y +cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se +deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las +ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una +sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó. + +--¿Y después?--preguntó el juez al ver que el narrador se callaba. + +Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser +contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato. + +--¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo! + +--Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo +que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco +el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha +faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el +hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi +lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si +usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...» + +--¿Ve usted? ¿Ve usted? + +--Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar +a usted otra vez...» + +--¿Ve usted? ¿Ve usted?--repitió el magistrado.--Si usted la dijo esas +palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted +que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle +miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que +usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el +hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?... + +Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo: + +--Ocultó su rostro entre las manos. + +--¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre +usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió +usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a +fin de evitar uno peor? + +--¡No diga usted eso!--prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre +humilde y ardiente en el rostro del magistrado.--¡No diga usted eso!... +Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea, +y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que +ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla +el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que +temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas +con las suyas, ¡eso era imposible! + +--¿Y la dijo usted eso? + +--Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol +resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su +vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo. +Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando. +Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay +irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la +esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una +cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención; +que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted +que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del +asentimiento, fue la última que me dijo. + +Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y +cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un +breve silencio: + +--Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la +verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la +prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder +que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa +hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos +que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario, +expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy, +si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio. + +Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez +continuó: + +--Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es +suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes +debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que +se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones +sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted +debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son +sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo +había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida +era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien +tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor +bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en +el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá. +Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y +digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez +de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían +hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo +impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se +habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento +de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo +gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado +detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más +impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué +momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien +estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la +declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a +portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes +que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en +que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre. +El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para +siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber +tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la +traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además, +éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que +había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera +querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle, +dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su +busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no +podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos +de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído +únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar +el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad +ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de +usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos +hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de +semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla +incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio, +que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un +pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la +encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía, +que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el +último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa +mujer se ha matado! + +Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se +hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud +de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en +el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los +demás, de su propio remordimiento. + +--¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos? + +--¡No!--prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud +de desafío.--¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas +fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más +potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A +mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo +tenía razones para odiar la existencia... + +--¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años? + +Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente. +Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas +relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el +joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado. + +--Las mismas--contestó Vérod, mirándole en los ojos;--pero más urgentes, +más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es +cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi +demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida. + +--¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los +hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba +a saber lo que le han hecho! + +El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al +pesimista, en obligarle a reconocer su error. + +--Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no +cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación. +Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la +sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para +vivir. + +--¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor? + +--¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo +querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el +odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha +pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y +comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para +nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece +en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor +aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó +hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía +esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros. +Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte +Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré +de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios +con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la +mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo +conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la +flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría +de dar la muerte? + +--¡Pues sí! ¡Pues sí!--replicó prontamente el juez, viendo que en el +calor de la defensa Vérod se descubría.--¡Pues sí, pocas horas después! +Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación +que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor +dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le +hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era +también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas +para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia +conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está +llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un +camino sin salida, pusiera esa idea en práctica? + +--Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea +de Dios debió detener su mano. + +--¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento +de dolor intolerable, y se mató! + +--¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la +vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted +dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que +al hacerlo ha hecho bien? + +El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo +que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó: + +--Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida +sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel +de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el +amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus +propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y +ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura +de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no +se ha matado, aumenta mi culto por ella. + +--¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había +desposado con el corazón, era un pretexto? + +--No se había desposado realmente con él. + +--¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo +había sancionado? + +--¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree +usted que la salvación consista en observarlas fielmente? + +--¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus +libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al +nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son +los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes +no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos, +lógicamente, los razonamientos que ustedes predican? + +--Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las +dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las +agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese +hombre... + +--¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía +ella haber faltado a su palabra? + +--No se puede jurar un amor eterno... + +--¿Y usted se lo juraba a ella? + +--No se puede amar a quien no ama. + +--¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado? + +Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y +confuso, el juez repuso en tono diferente: + +--¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto +de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la +realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la +desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso +salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente +puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las +presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente +capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted +que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas +que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de +las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería +hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto +éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme +que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del +odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que +había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía +a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse +con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara +vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje! +A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el +permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso +que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle, +pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la +seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos +creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a +prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y +aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla? +Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos +brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de +propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse +entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve +esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase +amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que +no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime +tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida +en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar. +Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un +pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí +razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de +haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan +ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso +que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la +voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es +lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación +que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba +lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre? +Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y +desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima +conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere +usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque +amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las +dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo, +habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que +ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la +Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo +para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía +cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo +hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos +plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no +se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que +lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de +usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos +en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que +fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al +suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no +obstante, un argumento de su parte, uno solo... + +Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía +en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la +cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un +golpe mortal. + +--Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa +d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan +al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una +vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus +escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en +la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted +ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón. +Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse +aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal +inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya +grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas +confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron, +tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último, +fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de +que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba +tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por +obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un +tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no +le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la +entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?... + +Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido, +perdido:--¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón... +Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque +entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!... +¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el +corazón. ¡Siento que me vuelvo loco! + + + + +VI + +LA INVESTIGACIÓN + + +Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo +abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado, +sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía +grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de +afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era +verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto +a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después +de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra, +y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados. +Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta, +desconfiaba más que nunca de los rusos. + +Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios +paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones +pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en +Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del +Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los +informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de +declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también +supo cosas que no sospechaba. + +Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos +y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía, +además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las +enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso +privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se +referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el +odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se +había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad, +castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad +merecida por sus faltas, su carácter se había agriado. + +Un día--todavía no tenía más de diez años,--paseándose con un camarada +de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le +había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles +que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo +amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en +que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa +curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras, +y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del +espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero, +por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron +a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más +tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma, +contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño, +hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades +de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el +chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo: +«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a +su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó +cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había +engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos +habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y +espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y +reprendía a los que se mostraban afligidos. + +Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del +juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber +perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de +revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala, +desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había +tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario; +pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia +vida, heroicamente. + +Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni +persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez +al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa +lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos, +tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo +ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo +perdido. + +Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era +capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero +no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se +alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento +enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la +especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin +embargo, le habían visto llorar. + +Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano. +Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos, +los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar +en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde; +los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que +no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un +solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en +sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y +tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el +cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el +misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó +de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los +machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira, +caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa +diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos +sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió, +en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por +fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho. + +De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde +pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa +fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida +solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las +mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente +a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho +dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se +extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del +Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella +naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un +afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había +pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no +había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de +equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de +la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud +parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se +encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la +vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de +la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma. + +De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al +mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los +entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever, +no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y +discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse +digno de ser amado por medio de una vida ejemplar. + +El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la +tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara +con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las +convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa +extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad +sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se +resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro. +Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose +contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la +mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y +sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de +no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado +rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no +hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien +él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea +incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó +al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible +gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el +rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la +pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había +sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso. + +En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del +complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner +mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a +la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran +incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y +enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de +los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de +la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el +alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias +incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la +redención humana. + +Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En +Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del +partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su +actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones +que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y +condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia, +en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos: +en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y +continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y +preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su +país ya regenerado. + +Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos +documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había +ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella +alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada, +habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo +había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?... + +Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor +había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que +conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había +cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos +ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio +era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta +en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel +hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las +reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo +para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables: +como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho +objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por +obra de la Condesa Florencia. + +El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que +había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el +domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte +insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había +algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de +su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de +ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con +llama viva. + +«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación +¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que +yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento; +por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi +corazón a vos sola...» + +Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un +niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor +ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando +amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio +las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud, +con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable +serenidad. + +«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra +prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo +necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un +amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...» + +Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa? +Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe, +debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el +mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no +había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el +encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante +un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy +pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su +espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta +ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento. + +Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a +Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las +casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus +correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación +fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido. +Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en +la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel +pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el +ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas, +porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con +ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la +Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para +ella también el destierro. + +Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a +las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había +faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada +y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San +Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban +dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada, +hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y +ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al +mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado, +su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se +alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente +el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte +había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron +ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era +Zakunine, que se había mantenido lejos. + +Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa +d'Arda. + +--¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?--se preguntaba +Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:--¡Sí, es +capaz! + +Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad +de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda +había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas +cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía +te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era +verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera +visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para +dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que +parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el +presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que +todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a +amarla. + +¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese +en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción +revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy +pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas +cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de +sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su +silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas +promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los +nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del +último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo, +habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su +ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras +«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no +esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el +valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas +lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...» + +¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus +correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había +entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había +podido apartarse del propósito de su vida? + +Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con +la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda, +considerando también que antes de haber concebido el ideal político el +joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía +poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se +trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o +más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar _a +priori_ la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda, +aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como +el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones +contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde +que la Condesa amaba a Vérod. + +Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para +acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba +que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida, +también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una +visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía +satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la +amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su +bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito, +hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los +pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la +indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del +mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin +duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod, +y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que +consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor +propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un +hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un +niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba +mejor en sus visitas demasiado breves y raras? + +Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas +de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le +había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de +cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por +conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su +fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero +para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros +tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba +esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos +tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus +compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes. +La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después +no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich, +contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a +diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara. + +Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado +Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?... + +La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se +habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien +podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto +era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber +robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera +ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que +Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían +escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre +el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de +éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el +dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la +acusación de Vérod? + +Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda, +si los valores encontrados en la _villa Cyclamens_ eran exactamente los +que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de +la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del +primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen. +Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo, +no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por +robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era +otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor +hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle +espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma +ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a +su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se +mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos +ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich, +donde vivía la Natzichet. + +¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas +queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la +estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase +relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta +sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra +se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera +abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de +Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir? +¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva +aventura lo retiene por allá?...» + +--¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con +la joven prófuga? + +Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le +sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas +escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de +artículos destinados a la revista americana _The Rebel_, y a otras hojas +españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más +que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado +a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía +correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los +periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de +publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de +la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista. +Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de +haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos +revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo +de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de +editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los +refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las +conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba +los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la +propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza +ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le +hubiese sido necesaria. + +Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la +sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su +compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los +impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto +por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se +habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la +locura de las carnicerías inútiles? + +Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de +Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la +nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo +que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley +coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente +moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por +correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto, +con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado +de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si +esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de +antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su +mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la +muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores. + +Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella, +hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista +hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el +drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado +de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para +disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida, +la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido +indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse +con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones. +El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir +creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto, +ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla. + +En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha +atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen +sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento +de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que +hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que +parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer +de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe, +que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los +placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa +compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a +contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había +ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima. + +Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál +era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa? +¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la +nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso +no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe +pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse +libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su +conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la +disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento +estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien +natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe +era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo +amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las +esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del +Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista? +Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión, +sin duda verosímil, pero aún no probada. + +Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los +acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el +interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día +de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de +medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo. + +Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla +ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la +actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una +persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha. +Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la +dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre +la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la +hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de +Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de +brazos. + +--¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!--comenzó +el juez.--¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este +escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo +tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora +nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe +Alejo Petrovich? + +--Muchos años. + +--¿Desde Rusia? + +--Sí. + +--¿Cómo le conoció usted? + +--Era amigo de mis hermanos. + +--¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que +usted salió de su país ¿dónde lo encontró? + +--Aquí, en Lausana. + +--¿Estaba solo? + +--No. + +--¿Con la Condesa? + +--Con ella. + +--¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron? + +--Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme. + +--¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a +usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted! + +Después de un momento de silencio, la joven contestó: + +--Para ayudarme. + +--¿De qué modo? + +--Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su +apoyo. + +--¿Le dio dinero? + +--Me lo ofreció, pero yo lo rehusé. + +--Entonces, ¿cómo la ayudó a usted? + +--Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones +de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y +revistas. + +--¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? + +--Un día. + +--¿Usted se fue, o él? + +--Yo. + +--¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron +a ver? + +--Un año después, en Lugano. + +--¿Estaba solo? + +--Sí. + +--¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la +Condesa? + +--No me ocupé de esas cosas. + +--¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí? + +La joven no contestó. + +--¿No quiere usted decirlo? + +--No puedo. + +--¿Le ayudaba a usted el partido? + +Otra vez se quedó muda. + +--¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano? + +--Tres días. + +--¿Y después? + +--Volví a Zurich. + +--¿Cuándo partió él? + +--En abril. + +--¿Para hacer qué? + +Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente: + +--¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No +puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su +silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich +expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una +razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer +en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en +que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le +escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo +llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza +y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras +al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones? + +La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba. + +--¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que +cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no +le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era +suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe? +¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más: +entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una +de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que +parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de +dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese +amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva +aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con +sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la +preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted? + +La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez. + +--Soy yo. + +--¡Ah! ¿confiesa usted?--exclamó Ferpierre.--¡El otro día se ofendía +usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese +cambio de relaciones entre ustedes? + +--Cuando él vino a Zurich. + +--¿Vino expresamente por usted? + +--No. + +--¿Por qué entonces? + +--Por motivos políticos. + +--Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos +años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en +una u otra alguna palabra de amor? + +--Ninguna. + +--¿Y usted? + +--Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme. + +Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta +turbación. + +--Entonces, ¿fue usted la primera en hablar? + +--No. + +--¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber +pensado en usted durante dos años? + +--Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días. + +--¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino +precisamente de Zurich a buscarla? + +--No. + +--¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al +preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que +usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no +sentía usted el deseo ardiente de verlo libre? + +--Yo sabía que era libre. + +--¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido +para él? + +--Quiero decir que ya no la amaba. + +--¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba? + +--Últimamente tampoco lo amaba. + +--Entonces ¿por qué volvió a su lado? + +--Tenían intereses comunes. + +--¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el +deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted! + +--No. + +--Entonces ¿por qué se habría dado la muerte? + +--No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente. + +--¿Porque quería a otro y no podía ser suya? + +--No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se +realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un +motivo de dolor. Ella tenía muchos. + +--¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a +otro? + +--No lo creo. + +--¿Nunca habló con usted de eso? + +--Nunca. + +--Ahora vamos a interrogar al Príncipe. + +La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a +Zakunine. + +La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la +observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni +alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado; +casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el +tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto +general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se +efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La +injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando +Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía +que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada: + +--No. + +--El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había +correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba +usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino? + +--Ella quería que yo siguiera siendo suyo. + +--¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente? + +--Creía haberse unido a mí para siempre. + +--¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la +obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra +mucho a usted! + +El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la +ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja, +con acento de amargura, dijo: + +--¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya +podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma, +yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar +irreparablemente sobre ella! + +¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la +eficacia de la defensa en tal forma? + +--¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero? + +Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la +mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez, +confuso. + +--¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano? + +--La propaganda. + +--No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de +Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado. + +Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se +estremeció. + +--Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos +que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un +proceso político? + +--¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las +cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por +ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted +mucho... + +La mirada del Príncipe relampagueó. + +--No hable usted así,--dijo sordamente. + +--¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a +usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo; +usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a +verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la +mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que +no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la +frecuentación de esa mujer, a su amistad? + +--No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son +múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero +hice otras cosas, no menos útiles. + +--Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así +insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más +facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la +Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella +misma ha confesado. + +--¿Qué?--exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor. + +--Que usted es su amante. + +--¿Ella ha dicho eso?--dijo con otra exclamación el acusado, expresando +con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante +revelación. + +Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle. + +El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la +nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar +una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el +caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que +se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese +algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad +y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante +confesión tenía que causar a ambos? + +--¡Ella misma lo había dicho!--repitió el magistrado.--¿Se asombra +usted? + +--¡Eso es falso!--replicó el Príncipe. + +--¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted? + +--Tres años. + +--¿Cómo la conoció? + +--Era amigo de sus hermanos. + +--Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?... +¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido +todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se +quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o +no, que es usted su amante? + +La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez +en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían, +todo revelaba su ira. + +--Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella. + +Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa. + +A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud: +parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que +tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven +llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada. + +--La he hecho llamar a usted otra vez--dijo el juez--para que repita +usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted +su querida? + +El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír +la respuesta, o por sugerírsela él mismo. + +--Sí--contestó con firmeza la joven. + +--¿Sabe usted--repuso Ferpierre señalando al Príncipe--que él aparenta +no creer que usted me lo haya dicho? + +--Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto +se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende. + +La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el +juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la +cabeza y clavó en él la vista. + +--¿Es o no su querida?--repitió Ferpierre mientras los dos se miraban +fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y +turbado. + +Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara. + +--Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido +de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero? + +--¿Qué dice usted?--profirió Zakunine desdeñosamente. + +--Y entonces ¿por qué?--insistió el juez. + +--Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa--dijo la joven. + +Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó: + +--No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme +usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la +Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de +haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo +posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había +prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara +nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado +es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer +responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo +mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría. + +--Dejemos aparte--dijo Ferpierre,--el juicio sobre la supuesta conducta +de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si +usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para +después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara +mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que +todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más +arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy +extraño de romperlo... + +Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y +confuso; pero la joven replicó: + +--¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una +persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con +ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y +retarde su cumplimiento? + +--Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...--observó +Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la +joven le inspirara sospechas.--Pero ya que usted está tan bien informada +de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara +de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la +franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de +la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía +que ésta se creyera más atada que nunca. + +--Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente. + +--¿Cuándo? + +--El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo +todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo +sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia +que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a +Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de +causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le +agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando +la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él, +contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la +acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La +Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el +viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad. + +--¿Confirma usted lo que dice esta joven?--preguntó Ferpierre a +Zakunine. + +El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza. + +--¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió? + +Todavía fue la mujer quien contestó: + +--Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de +franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi +contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes? +¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?» + +El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la +narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente: + +--¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el +desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del +suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz +invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso +terreno? + +La joven contestó con dureza arrugando el ceño: + +--Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se +vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme? + +En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo +despedía. + + + + +VII + +LA CONFESIÓN + + +La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había +ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño +del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan +distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda +Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la +nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra +Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera +bastado la trama judicial. + +La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido +al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin +duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero +sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte +también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la +estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar +el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas. + +Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho +de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego +cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de +hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las +dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen +ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta +la ingenuidad? + +Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet +proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores, +para insistir en sus opiniones. + +En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al +mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya +rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros +hallaban la capacidad y la incapacidad del delito. + +¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un +ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían +superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse +dedicado a la destrucción de tantas obras? + +Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas +personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin +condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se +perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era +posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la +familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si +a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en +la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a +una pasión mezquina? + +Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales +humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario, +lo eran y mucho--y lo probaban citando las numerosas aventuras del +Príncipe,--y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede +bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún. + +Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en +realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la +nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto +también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de +Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de +rivalidad. + +Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta +incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía +precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no +parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los +revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en +el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por +el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del +amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos +quedaba demostrada. + +Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en +dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la +Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en +ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor +parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros +contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas +para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía +tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los +que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la +inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los +otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito. + +El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de +orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último +interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían +contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que +revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a +la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la +insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no +contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él. +No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así: +su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe. +Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe +a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la +verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus +respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a +ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el +problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más +bien de dos inocentes que temían defenderse mal? + +Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en +que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después, +una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de +ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus +expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando. + +Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto, +había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los +acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba +que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores +que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las +pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico +acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que +alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas +disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la +caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las +instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que +confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros +residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la +diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que +debían haberle encontrado? + +Un nuevo registro en la _villa Cyclamens_ más minucioso que el anterior, +excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último, +el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la +sospecha. + +No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del +hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad +existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba +cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero +ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en +Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet: +nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo +sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no +capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa +ciudad muy diversos. + +La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el +misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva +Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la +difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba, +sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la +justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del +drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa +d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el +inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión +de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera +sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta, +y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia. + +Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de +Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos +rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos, +bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la +ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones +de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado, +suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a +Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se +negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento +había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía +haber querido su muerte. + +En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena +de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la +edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su +inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una +mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún +momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía +sin excusa. + +¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre +que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las +convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en +ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos +ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía, +pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo, +este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad, +sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz, +como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos +seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero +impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna +unión podía haber germinado el delito. + +La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el +Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro? +En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa, +perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer +con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última +ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero +contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella +por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del +Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la +Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy +pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber +sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía +haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y +con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con +suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara +con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a +resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal +era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el +respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la +descuidaba en todas las formas?... + +Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras +tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido +últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo +tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban +muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de +pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese +posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían +asesinado. + +Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el +ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y +honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de +los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante +eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del +amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del +otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los +dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de +Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable +sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del +acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del +ensangrentado cadáver. + +Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa, +como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la +conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la +posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado. +Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión +pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y +su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse +definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de +instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho +obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se +excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy +intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en +presencia de una dificultad mayor. + +Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la +Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados, +podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al +amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella +para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había +olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a +caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La +segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo +con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos +caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que +alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando +de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para +sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe +se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que +él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que +la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla. + +Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para +explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él. +Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la +Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la +palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la +sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la +convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito? +Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su +naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y +la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si +él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y +si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se +explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había +seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera +rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter +de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección +del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su +turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado +los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz. + +Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los +razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía +inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet. +Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por +compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa, +podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera +mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la +nihilista, cuya presencia en la _villa Cyclamens_ no se explicaba muy +bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había +probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no +pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe, +fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación +podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si +no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a +impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto +de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada? + +Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente +Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio +terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba +guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla. + +Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la +cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía +conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear +su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera +tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero +era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod: +esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido, +podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior, +algún acto. + +Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por +pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en +la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera +pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al +lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por +un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la +muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo +explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el +revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que +su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves +responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía +en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente +comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy +pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión +un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por +crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de +consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus +sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su +mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de +duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una +rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su +prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que +fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y +otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el +último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no +obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse. + +Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva +investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la +acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad? + +Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los +argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por +compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la +comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido +el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era +de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los +dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el +culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos, +¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su +heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera +podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente? + +Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una +prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría +que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro +podía ayudar al descubrimiento de la verdad. + +Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet. + +Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa +indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión. + +--Vengo a cumplir--le dijo el magistrado en tono de felicitación,--un +deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de +usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos +gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir +de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la +verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros +también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a +un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito +a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle. +Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle +grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus +estudios sociales. + +Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer, +impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que +no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para +que le dijera:--«¿Cuándo habrá usted terminado?...» + +--Indudablemente--continuó el magistrado,--habría sido mejor para usted +examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en +que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido +suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y +la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted +en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya +prolongado? + +La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta +cerró por un instante los ojos, y dijo: + +--¿Qué quiere usted decir? + +--¿No comprende usted? + +--No. + +--Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga +libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable, +si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a +descubrir como ustedes a reconocer... + +--¿Qué dice usted?...--interrogó la joven con un movimiento de +indiferencia. + +--Yo no digo nada--contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando +la vista a los papeles que estaban en la mesa.--¡El amante de usted ha +confesado ser él mismo el asesino! + +Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos +diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir +la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los +casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y +siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un +secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el +instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su +actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara +contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación. + +Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó: + +--Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía +salvarlo? + +Diciendo esto la miró. + +La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de +despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios +entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el +remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero +que sin duda era muy penoso. + +--¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho! + +El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al +juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto. +Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin, +notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No +estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral? +¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua +inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada? + +--Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo. +Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede +sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al +Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y +este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un +poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en +esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco +creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según +usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente, +tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque +había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó +que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo +apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía +ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró +arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era +natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones? +Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo +que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un +golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante +que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la +pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más +gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se +quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los +recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él +después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí; +usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha +callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la +justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba +celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa +precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo +pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta, +usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido +encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el +amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la +turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa? + +En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca +de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la +joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos, +la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que +había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había +sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había +sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del +misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros +razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado +después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba +las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen +como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo +brecha en él y dejando ver su interior. + +--¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado +usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo +ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni +por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que +usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía +acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival +con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el +delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera +ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad? + +La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las +sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su +cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar: +después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por +entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de +repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar +y oprimir: + +--¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en +atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por +último! + +--¿Cómo me habla usted? + +--Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios +arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre +todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad? +¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien, +diga usted a esa sociedad--y el tono de su voz se alzó casi hasta el +grito,--dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su +justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio; +conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese +acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas. + +La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue +enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la +satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de +curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento +de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la +indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían +debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu. + +--¡Ah! ¡Confiesa usted!...--fue lo único que pudo decir en el primer +momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la +pregunta; pero en seguida, dominándose:--¿Usted también +confiesa?--repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le +había producido.--¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en +generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro? +¡Noble competencia! + +La joven replicó con dureza: + +--¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira? + +--¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted +quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es +comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé +que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por +cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un +timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer? + +--No por placer. + +--¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar +del medio el objeto de sus celos? + +--Usted no sabe. + +--¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía +decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez? + +--Es cierto. + +--¿Y usted no estaba celosa? + +La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se +destacaron sonoras, una después de otra: + +--Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún +deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida +de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las +cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también +la suya. ¡Pero él la olvidó!... + +Ferpierre comenzaba a comprender. + +--¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado +de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa? + +--Sí. + +--¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella? + +--Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con +alguien. + +--¿Y hablaba de ella con usted? + +--¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso! +Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted? + +--Nunca me ha amado. + +No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las +últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a +Ferpierre: «¡No miente!» + +--Y usted sí le amaba; ¿le ama aún? + +--¿Qué le importa a usted eso?--respondió la nihilista, volviendo a +hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a +usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una +atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante +usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por +celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo. +Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la +posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar +hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena +el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra +de salvación a que nos dedicamos. + +--¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre! + +--¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego +los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman +a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la +suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos. +Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un +propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que +la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de +dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal? +El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los +atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los +pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre +obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en +bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la +única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres, +contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre, +contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra +que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos: +una, diez, mil vidas ¿qué importan? + +La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su +actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de +quien hiere y derriba. + +Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado, +dijo a su vez, con acento frío y severo: + +--No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que +usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa +un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella? + +Y al ver que tardaba en contestar: + +--¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a +usted, en revelar sus planes de conspiración? + +--Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa +mujer. + +--¿De qué modo? + +--Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el +deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se +decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla +a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como +por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la +hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería +en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y +probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por +no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al +otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que +cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me +oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque +la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería +que yo, yo, le ayudase... + +La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta +angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del +correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de +haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera +había sospechado su amor. + +--¿Y usted? + +--Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle, +porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de +detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se +resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo +peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le +temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a +matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que +vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le +ayudara, lo ayudé. + +--¿Matando a la mujer amada por el? + +--Devolviéndole la libertad. + +--¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría, +deliberadamente? + +--Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que +todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del +deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara, +que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a +otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara +en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia +a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado +distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra +alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los +míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para +mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común. +La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles. +Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es +por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha +escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que +en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un +pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber +sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no +le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver +en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita, +falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano +era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero +un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,» +agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha +entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y +solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su +nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted +será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere: +cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura, +inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo, +quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién +dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto +que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi +desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...» +Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.» +Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo +tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme +usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con +voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.» +Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»--«¿No +quieres dejarle?»--«¡Máteme!...»--«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su +voz que llamaba. ¡La maté! + +Jadeante, se calló. + +--¿Y no se arrepiente usted? + +--No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía +morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la +libertad a ambos. + +Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado. + +Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería +convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la +habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen, +para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese +renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la +fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor +ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del +Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor +después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de +la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado +por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún +salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa, +aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la +rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su +capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la +oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia +tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el +suicidio libertador? + +De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre +llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había +acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero +una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que +Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto, +¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban +ambos a declararse culpables? + +La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché, +había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba +el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de +la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con +un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con +palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus +guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su +excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y +se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos +cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con +impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella +más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la +prisión, hacía que le llevaran otros de fuera. + +Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida +impaciencia: + +--¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad? + +--¿La verdad? ¡Ahora la conozco!--contestó con severidad el juez.--Usted +no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí... + +--¡Ah! Entonces... + +--Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al +principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de +lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber +disipado mis dudas... + +Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el +Príncipe le miraba sin despegar los labios. + +--¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en +los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto +salvar a la reo? + +--¿Salvarla?... + +--¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos +están de más. La amiga de usted ha confesado. + +--¿Qué? + +El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero. + +--¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le +duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado? +¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina +pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber +mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su +correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada +por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos +que profesaba últimamente a la otra desgraciada?... + +El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad. + +--¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien +le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo +se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella +infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber +hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo +hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un +sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con +qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y +debido sospechar de usted con mayor fundamento? + +Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la +mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda: + +--No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me +deja usted libre? ¿Qué más quiere usted? + + + + +VIII + +LA CARTA + + +Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la +instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de +Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y +que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la +curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los +últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio, +triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la +increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el +desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se +sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más +que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima. + +Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte +se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la +desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al +correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que +tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a +éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el +delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie +perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los +delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena +cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje. + +Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los +detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la +inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios, +porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo +podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más +indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero +los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el +riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él +mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica +pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que +contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y +conseguía, por último, vengar a su amada. + +Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la +última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo, +el único que continuaba en la angustia. + +Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón; +si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la +impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de +haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces +remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho +creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un +nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de +acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie +de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de +pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido +ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había +temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión +desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en +cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una +alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí +misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los +escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado, +llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de +la muerta... + +Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al +magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo +tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad +malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la +demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que +después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada, +contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de +la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas +consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su +tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente +caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que +pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la +italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la +desordenada vida que había llevado!... + +¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la +memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia +de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la +muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante, +y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había +dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la +multitud curiosa, el secreto del ser amado? + +El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de +vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su +memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de +la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba. + +La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había +impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir +sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero +cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito, +semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría +causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de +Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él, +bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el +asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la +muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha: +Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el +principio las investigaciones del magistrado solamente contra el +hombre... + +¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a +su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito +que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación +contra Zakunine? + +Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban, +viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para +refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la +supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una +inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían +amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor +fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia +parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo +un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la +explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la +Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el +mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión, +debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el +sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas +profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía +calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se +sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que +él podía serlo!... + +¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara +al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la +culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo, +¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la +confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio; +¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo +obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que +el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria! + +Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el +partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo +engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas +que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una +certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría +sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se +fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara +su crimen. + +Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la +víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la +mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y +aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después +vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al +culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le +había inspirado?... + +Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de +su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la +víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la +justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los +sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del +joven seguía aumentando, crecía continuamente. + +Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser +amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas +las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su +tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su +memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla +revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido +pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una +situación semejante a la que él se encontraba? + +Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la +idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un +recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado +lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella +no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la +culpa era enteramente de ese hombre. + +En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema +moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer +ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que +habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las +fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a +inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en +su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se +compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el +instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus +ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de +un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su +vida? + +Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él +dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si +quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?... + +A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los +recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas +olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser +enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio +del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su +amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal, +¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay +que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que +las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la +presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma +demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es +justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es +impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.» + +Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en +ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido +sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al +no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido +para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada +hipocresía o de la debilidad presente? + +De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los +contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que +se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la +bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica +del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su +razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el +castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan +firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el +reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo +afirmamos contra nuestros propios intereses...» + +Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las +manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra: +«Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los +ojos bañados en lágrimas. + +Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse +únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse +sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares +donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo, +volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.» + +Y él se decía: «No puedo.» + +No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había +podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se +abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no +debía revelarlo? + +El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había +dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía +necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación +contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de +él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer? + +«Perdona,» seguía diciendo la voz. + +Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en +plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de +guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella +no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como +entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre +los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca +mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de +aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió +sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía +delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta +hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego... + +Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó +claramente la voz que le decía: «Perdona...» + +Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba +ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre +sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión +del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía. + +--Necesitaba, ante todo--le dijo Ferpierre,--reconocer mi error y decir +a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la +acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de +usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente +dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al +descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que +ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha +sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que +se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su +confesión. + +Roberto Vérod permanecía mudo y confuso. + +--¿Está usted contento ahora? + +El joven no contestó. + +--Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato +habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la +culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted +no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted +contra el Príncipe han resultado infundadas. + +Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para +decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó: + +--El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a +amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un +rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar +de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque +sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel +afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!... +Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino +aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de +otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la +rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa +explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado. + +Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio. + +--¿Está usted contento?--le preguntó el juez. + +--¿Por qué me lo pregunta usted? + +Y los dos hombres se miraron fijamente. + +--Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria +de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad +y de la justicia. + +Ambos volvieron a mirarse en silencio. + +--¿Y usted no está contento?...--dijo por fin Vérod. + +En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una +provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su +pensamiento secreto fuera el mismo del juez. + +--Yo no tengo pasiones que satisfacer--respondió éste.--Un solo amor me +guía: el amor de la justicia... + +--Si se ha hecho justicia... + +--¿Lo duda usted? + +--A mí no me tocar dudar... + +--¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted +ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido +decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente +culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se +acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión +no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco +puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su +acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo? +¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta +prueba? + +--Sí--prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta +manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del +juez.--Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa +declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira +su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor +de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere +sacrificarse... + +--¿Entonces, usted sostiene?... + +--Sostengo--añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el +tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí +mismo:--sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario; +que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad. +Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él... + +Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz +jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La +verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su +sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía +obtenerla. + +--¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio? + +--Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque +usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar +el suicidio. + +--¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su +infamia hasta dejar condenar a una inocente? + +--¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de +júbilo? + +--¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero +yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su +vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los +primeros días de la prisión no ha sido de júbilo. + +--En los primeros días... ¿Y en los demás? + +Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de +contestar. + +Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito +inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de +nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su +confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante, +él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y +ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones. + +En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la +Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la +Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había +disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera +presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe +afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos. +Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había +corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su +sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían +afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores +interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la +iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a +seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces +para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel +misterio. + +Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él +dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas. + +--En los primeros días estaba oprimido por el dolor--contestó, después +de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;--pero después +se vio que la prisión le hacía sufrir. + +--¿Ve usted?--exclamó Vérod.--Al principio comprendió el error de su +crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido +demasiado fácil! + +Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían +repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de +practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las +insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero +la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y +entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse +a la tabla de salvación. + +--Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón +heroico? + +--¿Qué le impide a usted admitirlo? + +Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el +ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz +del heroísmo. + +--Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa! +Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo. + +--¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al +correligionario? + +También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la +joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor +al partido. + +--Bien; pero ¿y la prueba? + +--¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía! + +--Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene +usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera +opinión. + +--¿Por qué? + +--¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado! + +--¿Después que ellos admiten la existencia del delito? + +--¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha +declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el +Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle! + +--¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él +es el asesino? + +--¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso +desesperado! + +--¡Y no ve usted que dijo la verdad!--arguyó Vérod.--¡Si esa mujer +hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a +usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría +creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si +esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo +inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto +realmente perdido! + +Ferpierre no contestó. + +Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre +tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, +además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por +un falso camino. + +--¡Hipótesis o presunción como todas las demás!--exclamó bruscamente, +deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su +interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es +pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido +asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El +delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si +la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de +usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba +más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos +ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a +ambos, por falta de indicios! + +Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse. + +Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más. +La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que +sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto. + +La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su +valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de +la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de +todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la +sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que +el joven era quien veía con mayor claridad? + +Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y +ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud +del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de +la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet. +En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar +al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había +exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se +descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que +podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después, +creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado +su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y +la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del +culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante +los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su +suerte. + +Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un +error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al +Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho +cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces, +probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y +habría confesado la verdad. + +¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto +que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de +que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al +oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la +confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido +fructuoso! + +Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la +generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que +ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos? + +Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted +cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha +confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado +haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha +confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo +creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho, +queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted +se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha +tratado de salvarle, aunque en vano...» + +Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se +habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de +risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad, +pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo +soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...» + +¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía? +¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína +salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no +creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad +hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del +drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan +turbada, con expresión tan sincera? + +Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las +presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose +ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las +inextricables dificultades del caso. + +¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que +perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible? +¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación, +afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba +solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan +inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no +habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida +como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la +Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el +robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose? + +Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste +necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última +tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que +había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la +contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras +subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era +urgente. + +Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente +si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles: +un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía: + +«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir +del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con +precisión algo sobre el misterio de Ouchy.» + +Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja, +que decía: + +«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya +se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su +declaración.» + +Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al +saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero; +que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y +que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el +misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e +inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los +que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del +Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del +suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la +confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la +justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de +cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia +inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen +irresolutos para siempre. + +La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa +expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que +le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a +explicar todo. + +No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre, +después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir +comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la +muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la +hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel +anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de +conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en +ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del +mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos +y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar +la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la +carta no anunciaba el suicidio. + +Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición +de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al +desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que +nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de +los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la +esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor +suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más +probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun +confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la +intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir. + +Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el +descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del +magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave +parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra. + +Un telegrama de Londres para el _Journal de Genève_ precisó, al día +siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque +apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única +parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta. + +Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de +estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que +una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había +podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer +la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta. + +Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que +no tenían importancia, decía: + +«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de +su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón. + +»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo +que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez +que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado +hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted +indulgente. + +»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad +me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle +de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he +pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a +una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte +puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no +espera, no. + +»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en +el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía +quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo +para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que +siempre me ha tenido. + +»Sor Ana, ruegue usted por mí.» + + + + +IX + +ESPASMO + + +Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo +Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la +memoria de los hombres. Los propietarios de la _villa Cyclamens_ habían +pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel +triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la +próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la +curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue +alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del +proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre. + +La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería +a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y +ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de +las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan +monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó +el asunto. + +Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la +Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al +Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que +salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y +también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de +salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder +al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias +relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de +ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido +antes al drama de Ouchy. + +El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos +misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más +conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones, +demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel +enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que, +después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio +de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus +vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y +desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de +que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de +sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo, +ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible: +después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad +para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo +excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue +perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos. + +Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo +tardaba en concederle ese ambicionado bien. + +En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan +doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era +infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su +falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que +solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que +dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo +había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en +un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente +no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en +confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su +propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento +muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor +había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido +merecedora de su amor. + +Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del +suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se +hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía +matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de +ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la +mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído +inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que +había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba +a él? + +«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes +no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a +que induce a la persona amada.» + +Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las +había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que +la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una +extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en +cambio al escepticismo de que había querido sacarlo! + +Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno +engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no +poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una +perfección sobrehumana. + +«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del +desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres +pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta +certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser; +y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme +envilecer más de lo debido su memoria.» + +Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod +acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de +indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era +evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que +no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres +latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y +la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba +alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes +no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y +escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que +vivía fuera de la ley. + +¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con +el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber +contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido +sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a +los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la +gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre +por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la +quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese +amado a ese hombre con amor puro! + +Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que +un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y +tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a +gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le +hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no +podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación +perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil, +perversa había sido la pasión de aquella mujer. + +Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas +ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras +había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le +aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había +podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había +correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que +su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría +podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con +Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en +realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel! +¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con +un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente? +El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor +que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil +pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio +servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!... + +Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la +figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a +su memoria las proféticas palabras de un día lejano: + +«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora +volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más +tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento +indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión; +esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el +de usted...» + +Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo +por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho +de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y +dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había +reconocido su propia indignidad. + +Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que +reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el +inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser +éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.» +¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad +que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló +del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el +ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia +de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?... + +«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a +usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El +temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a +decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? +¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a +rescatarse?...» + +Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra +pregunta, más ansiosa que las demás: + +«¿Entonces ha hecho bien en matarse?» + +Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera +muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba +rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se +había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la +desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y +muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima +de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su +corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la +había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión +aliméntala por el remordimiento? + +Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién +era él, que pretendía condenarlo? + +¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué +otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le +hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la +presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no +era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría +estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía +como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus +culpas? + +De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad +inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido +tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido +tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, +se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección +imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo +es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana +de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos +legitimar el sacrificio voluntario eran vanos. + +No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención +está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema +moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él +había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero +sin renunciar a la vida. + +¿No era ese el camino? + +Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La +eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio +respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el +prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. +Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, +lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, +engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía +negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! +¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o +de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su +existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles +que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al +Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, +impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él +podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había +dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había +pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: +se había matado porque todo acaba en la muerte. + +«Entonces, ¿nada existe, nada?...» + +La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída. + +Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había +oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho +cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el +silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que +antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo. + +Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía +iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente +las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba +otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de +tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como +antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro, +confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos +los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su +corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez +que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor +infinito. + +El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando +dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue +suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana, +lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron. +Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a +ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente +hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de +Ouchy, las cuestas de Lausana, la _villa Cyclamens_, el bosque de Comte, +las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y +sonriente a, la luz del sol. + +Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La +impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al +menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera +visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él +sentía en su interior. + +Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres +vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto +del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada +certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro +de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo +la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran +de improviso evocar el bien perdido. + +Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres +del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se +estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él. + +¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto? + +El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia. + +--Roberto Vérod--decía la voz--¿no me reconoce usted? + +Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un +espectro. + +¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle? + +--¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle +porque tengo algo que decirle. + +Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la +frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía +toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban +blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales +de una rápida decadencia. + +Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola +palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se +desencadenaban en su alma. + +--Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; +pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted... + +Y después de una pausa, añadió: + +--Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné. + +El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún +que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto. + +--¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la +verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para +que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una +principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, +parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que +engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente +decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté... + +Vérod temblaba como sacudido por la fiebre. + +--Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. +Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura +de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida +me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un +infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo +tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el +instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la +entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí +deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. +Y me burlé de ella y la ofendí. + +Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera +ciego, y luego prosiguió: + +--Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis +palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. +La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de +un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo +he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del +bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones +y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de +impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio +que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, +también me reí de mí mismo... + +Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra +espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y +su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe +todo esto. Y luego, y luego... + +Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que +yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y +corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba +que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el +fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a +perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el +llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas. + +Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, +mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de +sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder +decirla:--¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces +como las demás, lo que te place!--era algo que me colmaba de júbilo... + +Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción +a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me +parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había +preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a +los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de +mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde. + +Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese +objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para +el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, +pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los +destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que +las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; +que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza... + +Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber +equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió +dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una +sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para +encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra +de consuelo... + +El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que +hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún +tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde... + +¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un +impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, +me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido +curarme como el amor de una criatura como esa. + +Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin +embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos +sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la +desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para +nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para +obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y +que hemos retirado la mano, y proferido--¡demasiado tarde!--la palabra; +ante esa idea el corazón cesó de latir... + +Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre, +comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que +volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me +pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los +últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba +para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha +muerto... + +Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los +caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a +aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una +pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo, +por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el +amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las +cosas, el rostro escuálido del Príncipe. + +--Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo +notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que +estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y +que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre +demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la +soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de +soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a +protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella +me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta +de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi +pasión por la otra!... + +Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise +escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes +desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo +desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!... + +Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba +los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en +el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible +cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una +voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que +antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella! + +Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima +en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo +hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y +mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la +esperanza de recuperarla... + +¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y +desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como +pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también +otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era +rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el +cálculo?... + +Un día hablé. La dije: + +--Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es +irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por +favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en +torno mío. Más tarde harás lo que quieras... + +Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también. +Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que +me dio fue: + +--Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que +nuestro amor ha muerto. + +Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía. + +Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no +era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que +hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun +no la conocía!... + +Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil, +quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino +Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La +prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia. + +Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era +el arma. + +Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería +morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de +haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su +destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre +dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de +que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi +mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el +encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos +indisolubles...» + +Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más +que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir +el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que +alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido +hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones, +todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban +amenazadores. + +--¡Tú me prometiste ayer--la dije con acento amargo--que no me dejarías, +porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!... + +Ella no lo negó. + +--Déjame morir--fue su respuesta;--eso será mejor para todos. + +En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de +tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted. + +--¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo? + +La dije estas palabras, y muchas, muchas otras. + +Ella me respondió únicamente:. + +--¿De quién es la culpa? + +--Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de +tantos meses de dolor. + +--Pues bien--la repliqué,--yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de +un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo? + +--Sí--me dijo. + +Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté: + +--¿Por qué? + +Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya. + +--Porque si vivo seré suya. + +¡_Suya_, de usted, de otro!... + +Una llamarada me subió a los ojos y a la frente. + +--¡Eso no es posible, no sucederá!... + +Ella movió la cabeza. + +--¡No digas que no!--insistí.--¡No digas que no!... Ya sé que no me +amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro, +porque... porque... + +--Le amo--dijo. + +Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió: + +--Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor +me está vedado, muero. + +Yo me eché entonces a reír, la escarnecí: + +--¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu +papel!... + +Todavía creo ver su mirada asombrada. + +--¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única +persona que me llorará sinceramente?... + +--¿De él?...--exclamé. + +A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi +sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme: + +--De sor Ana. + +Yo repuse siempre en tono de burla: + +--¿Y la salud del alma? + +Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las +tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho. + +--¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo... + +Ella se levantó de un salto y se echó para atrás: + +--¡No me toque usted! + +Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable. + +--¡Bueno! ¿La causo horror?--la dije.--¡Y lo ama usted a él! Y aun +cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el +juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!... + +Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me +apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros. + +--Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted +también correr en busca de nuevas caricias. + +Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se +sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si +se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente. + +Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por +una sonrisa burlona. + +--¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo +lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me +espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a +venir ahora!... + +Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada +temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió: + +--¡Va a venir: soy suya!... + +La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la +frente. + +--¡Cállese usted!--la grité. + +--¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya! + +--¡Cállese!--la ordené una vez más. + +--¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú +me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie +puede condenarme!... + +--¡Cállate!...--la intimé por tercera vez. + +--¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi +ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado. +¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me +inunda el alma!... + +--¡Estás loca!--grité. + +--¡Sí, desde que soy tuya! + +No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido +creerlo, yo también me hubiera vuelto loco. + +--¡No es cierto! ¡No te creo!--exclamé. + +Ella me contestó, atónita, riéndose: + +--¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad, +¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano; +he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento: +después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría +podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría +pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado +viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado; +¡pero ahora ya no, ya no, ya no!... + +--¿Tú has hecho eso? + +--Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre. +¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo? + +--¡Cállate! ¡No me provoques! + +--No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces +aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me +espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!... + +Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía! + +--¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme? + +Yo prorrumpí: + +--¡Matarte! + +Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho. + +--¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba! + +--¡Cállate, o te mato! + +--¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de +mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que +no sea suya... + +Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba: + +--En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo... + +El tiro partió... + +Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de +compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la +última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó: + +--¡Asesino! + +El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo: + +--Pegue usted. + +Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni +uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el +brazo, y con voz sorda, trémula, repitió: + +--¡Asesino! + +--He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será +justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer, +cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de +mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras. +Óigalas usted: + +--He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón... + +Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en +la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en +ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de +mí: + +--¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!... + +Yo no comprendía. + +Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de +ponerla, le extrajo una cápsula. + +--Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán... + +Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos: + +--Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis +respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que +te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!... + +Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía +estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer +impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía +nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas +mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la +cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi +pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de +reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto +podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la +muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los +interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al +ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de +morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos, +pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no +tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo +abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas, +confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando +por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces, +naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad, +y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira +triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún +tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba +de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque +estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma, +muda e invisible, gobernaba ya mi vida... + +Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se +había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido: +coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente. + +El Príncipe continuó: + +--El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias +que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz +sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún: +era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una +mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella +me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa, +volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó. +¿Cree usted que Florencia haya muerto? + +La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió +hondamente conmovido. + +--Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas: +habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a +ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha +de hacer de mí. + +Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una +palabra, el Príncipe continuó: + +--Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella +practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi +vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en +reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una +prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para +merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por +delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi +crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual +soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el +mejor partido? + +Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué +derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio +estaba completamente obscurecido. + +--Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido +para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría +con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión. +Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo +que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen +felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros +hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es, +defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de +diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de +locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero +fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse, +compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz, +quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos... + +Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo, +y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso: + +--Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que +me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted +soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad. +Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los +hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca, +antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me +diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra +pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que +la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria. + +Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una +emoción violenta se lo impedía. + +--Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de +usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya +de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he +impuesto... + +Y tomando una mano del joven, le suplicó: + +--Roberto, ¿me perdona usted? + +Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo. + +Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el +llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por +llorar. + +--El alma de Florencia está presente aquí--dijo el Príncipe. + +Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave. + +Luego agregó: + +--Sea por siempre bendita y bendecida. + +El llanto de Vérod era tempestuoso. + +--Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!... + +Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod +la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento +estrechamente abrazados. + +El Príncipe preguntó en voz muy baja: + +--Hermano, ¿me perdonas? + +--Te perdono, hermano. + +Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en +seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre +las sombras, se volvió una vez más. + +--¡Adiós! + +Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de +un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el +nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había +tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por +la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de +la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber +confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía +solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva +versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y +mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza +del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana, +impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había +conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia. + +Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se +podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se +encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había +vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso, +como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del +culpable y de sí mismo. + +Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo: + +--Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que +usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar +que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia +d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan +triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la +angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida +y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último +instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de +aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las +apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!... +Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera +hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa, +colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el +amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de +Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su +tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet, +amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella? + +Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe. + +--Ha muerto. + +Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había +pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o +violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él, +había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había +aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que +para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás +llegaría a saberse. + +--¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!--dijo el +magistrado.--Y tenía un gran corazón. + +--Sí--ratificó Vérod. + +--Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en +conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo +el asesino, se puede esperar su redención. + +--Está redimido. + +Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su +coloquio con Zakunine. + +--Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella, +que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a +que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le +guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo +mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda, +vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo +razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras +naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la +desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo +inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos +unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad +humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su +aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy +convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo; +que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó... + +Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen +trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del +cielo, caído sobre la tierra. + +Después habló Ferpierre: + +--Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de +que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de +salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia +celosamente su imperecedero recuerdo! + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO *** + +***** This file should be named 26756-8.txt or 26756-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/6/7/5/26756/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/26756-8.zip b/26756-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..9bb5a77 --- /dev/null +++ b/26756-8.zip diff --git a/26756-h.zip b/26756-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..7ec8ca3 --- /dev/null +++ b/26756-h.zip diff --git a/26756-h/26756-h.htm b/26756-h/26756-h.htm new file mode 100644 index 0000000..4f837e6 --- /dev/null +++ b/26756-h/26756-h.htm @@ -0,0 +1,8561 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of +Espasmo, por Federico di Roberto. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + .hang {text-indent:-2%; + margin-left:2%; + } + h1 {font-size:300%; + letter-spacing:10px; + text-align: center; + clear: both; + text-indent: 0%; + } + h3 {margin-top:15%; + text-align: center; + clear: both; + text-indent: 0%; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .imagen {border: none;padding:10%; + text-align:center; + text-indent:0%;} + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + .head {text-align: center; + text-indent: 0%; + font-weight:700; + margin:7% auto 5% auto; + } + .top15 {margin-top: 15%;} + .un {text-decoration: underline; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Espasmo + +Author: Federico De Roberto + +Release Date: October 3, 2008 [EBook #26756] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<h3 class="un">BIBLIOTECA DE «LA NACION»</h3> + +<h3>FEDERICO DI ROBERTO</h3> +<p class="c">———</p> +<h1>ESPASMO</h1> + +<p class="imagen"><img src="images/001.png" alt="imagen no disponible" /></p> + +<p class="c">BUENOS AIRES</p> + +<p class="c">1909</p> + +<h3>INDICE</h3> + +<p class="c">———</p> + +<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="1"> +<tr><td align="right"><a href="#I">I.</a></td><td>—El hecho</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#II">II.</a></td><td>—Las primeras indagaciones</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#III">III.</a></td><td>—Los recuerdos de Roberto Vérod</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#IV">IV.</a></td><td>—Historia de una alma</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#V">V.</a></td><td>—Duelo</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VI">VI.</a></td><td>—La investigación</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VII">VII.</a></td><td>—La confesión</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td>—La carta</td></tr> +<tr><td align="right"><a href="#IX">IX.</a></td><td>—Espasmo</td></tr> +</table> + +<p class="top15">Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos +más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos +haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di +Roberto y un libro como Espasmo.</p> + +<p>Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como +Verga, el autor de <i>Cavalleria rusticana</i>, con el cual su talento +literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista, +de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus +novelas son de una gran intensidad dramática—aun cuando conservan en +sus lineamientos una elegancia impecable,—algo de aristocrático en la +concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que +caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con <i>Arabeseos e +Historias breves</i> inició brillantemente su carrera literaria, en la que, +a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con +<i>I Viceré</i> y con este <i>Espasmo</i> que hoy ofrecemos a los lectores +argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito +mereció de nuestra parte especial cuidado.</p> + +<p>En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones +intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se +desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber +impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora. +Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se +mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta +novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la +conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.</p> + +<p>Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la +moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros, +diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que +son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer +<i>Espasmo</i>, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán +en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna, +puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en +esta época.</p> + + + +<h1 class="top15">ESPASMO</h1> + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p class="head">EL HECHO</p> + + +<p>Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de +Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que +produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la +curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en +todas las estaciones del lago, sino también del gran público +cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.</p> + +<p>El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un +arma de fuego y gritos confusos salidos de la <i>villa Cyclamens</i>, situada +en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la +habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes. +La <i>villa Cyclamens</i> estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa +d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad +de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que +había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos +los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la +Confederación, era conocida desde tiempo atrás.</p> + +<p>Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los +gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma, +hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un +tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la +sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano. +Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta, +sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese +cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte, +sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada +por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de +sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las +contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y +algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados +los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada +línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia +el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese +abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera +de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado +el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los +cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la +mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si +fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de +haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado +junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa +boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:</p> + +<p>—¡Se acabó!... ¡Se acabó!...</p> + +<p>En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había +un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la +muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel +hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también, +próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de +acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las +llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse: +entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de +consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu +salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba, +y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el +cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.</p> + +<p>La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su +acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor +Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La +noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y +los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la +Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo +acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego, +no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban +estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de +dolorida simpatía que le dirigían.</p> + +<p>Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el +suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la +catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos +días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se +había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había +permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba +en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que +antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos +encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo +tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había +hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las +habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo +como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían +subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera, +después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado, +igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.</p> + +<p>En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la +extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un +rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y +mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies +a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los +brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la +curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.</p> + +<p>En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la +Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única +de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la +extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados, +quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar +lo ocurrido.</p> + +<p>—¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...—exclamaba la Baronesa.—Pero ¿por +qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado +algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en +el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera +resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito +tenue y delicado... Los dolores morales...</p> + +<p>Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes +colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:</p> + +<p>—¿Cree usted que fuera feliz?</p> + +<p>El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía +significar asentimiento como duda o ignorancia.</p> + +<p>—¡Y ese pobre Príncipe!...—continuó la Baronesa, siempre mirando por +lo bajo, continuamente, a la extranjera.—Es un dolor verle sufrir +así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se +alejara...—Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven +desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:—¿Por +qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?</p> + +<p>Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los +circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la +dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento +apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los +extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.</p> + +<p>—No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere +usted?</p> + +<p>Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la +Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente +magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una +angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento +con que le faltaban las palabras.</p> + +<p>—¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...—dijo turbada.—¡Pero hay, sin +embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!... +Doctor—agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento +al Príncipe.—Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a +ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no +se la podría pedir que se alejara?</p> + +<p>—Sí... cierto...—contestó el doctor vacilante y sin saber qué +hacer.—Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los +magistrados...</p> + +<p>—¿Se les ha avisado?</p> + +<p>—Aquí llegan.</p> + +<p>Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la +sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito +Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.</p> + +<p>Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos +del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes +se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro +saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el +cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a +quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la +muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba +de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.</p> + +<p>—¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la +hiciese prever?—preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser +incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y +mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía +contestar.</p> + +<p>Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un +profundo sueño, y dijo:</p> + +<p>—Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...</p> + +<p>—¿Sufría mucho?</p> + +<p>—¡Sufría tanto... tanto!...—respondió el Príncipe, con una entonación +de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.</p> + +<p>—¿Estaba enferma?—preguntó el juez al doctor, después de un breve +silencio.</p> + +<p>—Sí: de una afección del pecho.</p> + +<p>—¿Sabía lo que tenía?</p> + +<p>—Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y +valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.</p> + +<p>—¿No se podía tener esperanzas de salvarla?</p> + +<p>—Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe +engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos +años.</p> + +<p>—¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?</p> + +<p>—No es lo único—repitió como un eco el Príncipe Alejo.</p> + +<p>Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la +actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar +apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo +el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y +confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que +ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que +también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando +interrumpía:</p> + +<p>—¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos +religiosos que tenía...</p> + +<p>—¿Cuáles eran?—preguntó el juez.</p> + +<p>—Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente—contestó el +doctor.</p> + +<p>—¿Es cierto?...—interrumpió otra vez la Baronesa.—¡Parece increíble +lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un +paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones +preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a +Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por +allí.</p> + +<p>Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis, +arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la +observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble +cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.</p> + +<p>El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía +iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro +lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado, +sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.</p> + +<p>—¿Estaba sola cuando se mató?</p> + +<p>—Sola.</p> + +<p>—¿Habló usted con ella esta mañana?</p> + +<p>—Sí; habló con ella.</p> + +<p>—¿Estaba triste?</p> + +<p>—Mortalmente.</p> + +<p>—Podríamos ver si ha dejado algo escrito.</p> + +<p>La Baronesa dio una palmada y exclamó:</p> + +<p>—¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!</p> + +<p>El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.</p> + +<p>Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con +espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en +plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba +el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con +cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y +un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más +libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de +los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después +de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban +llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la +correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una +cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de +pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha +encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo +negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el +Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:</p> + +<p>—Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...</p> + +<p>Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su +persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el +pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó, +aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el +libro extraído por éste de su negra caja:</p> + +<p>—¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...</p> + +<p>También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un +libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que +debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió +rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco +acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas +partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a +las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:</p> + +<p>—No se entiende—dijo—no es una confesión...</p> + +<p>Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una +pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero, +el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero +tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo +atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o +inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena +de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un +cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus +propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le +hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían +recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que +llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.</p> + +<p>—¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...—exclamaba la mujer, juntando las manos, el +flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.—¡Quiero verla!... ¡Verla +una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...</p> + +<p>Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada, +algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.</p> + +<p>—Dejadla pasar—ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba +que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado +de toda su confianza.</p> + +<p>Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó +hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a +sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel +desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de +una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su +tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y +parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los +dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella. +Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían +impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la +extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a +nadie.</p> + +<p>—¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...—gemía la mujer +junto al cadáver.—Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!... +¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre... +¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a +ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la +hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...—repetía con voz aún más afligida, +como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente +recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha +matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...</p> + +<p>La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su +pecho a la criada.</p> + +<p>—¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!... +¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos +señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?</p> + +<p>—A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé +más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir +conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...</p> + +<p>—¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta, +anoche o esta mañana?</p> + +<p>—Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.</p> + +<p>—¿A quién estaba dirigida?</p> + +<p>—A sor Ana.</p> + +<p>—¿Quién es sor Ana?—preguntó el magistrado, que había dejado +pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.</p> + +<p>—Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.</p> + +<p>—¿Dónde está?</p> + +<p>—No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.</p> + +<p>—¿Usted tampoco sabe esa dirección?—preguntó el juez, volviéndose +hacia el Príncipe Alejo.</p> + +<p>—La ignoro, pero...</p> + +<p>Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió +a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la +entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba, +no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:</p> + +<p>—¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...</p> + +<p>Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la +Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.</p> + +<p>—¡Vérod!—exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de +cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró +a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un +lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente +los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear, +vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la +confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó +una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta, +intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.</p> + +<p>—¡Nuestra pobre amiga!—exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la +diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.—¡Quién lo +habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse +así...</p> + +<p>Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.</p> + +<p>—¿Qué dice usted?—preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole +fijamente en los ojos.</p> + +<p>—Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.</p> + +<p>Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar +vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan +suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los +presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba +también fijamente a su inesperado acusador.</p> + +<p>—¿Cómo puede usted asegurarlo?—preguntó aún el juez.</p> + +<p>—Lo sé.</p> + +<p>—¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?</p> + +<p>—Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.</p> + +<p>—¿Quién cree usted que la ha muerto?</p> + +<p>El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la +extranjera, y dijo:</p> + +<p>Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.</p> + +<p>En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había +permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no +hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción +de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto +hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron +la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión, +que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la +desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al +acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.</p> + +<p>Antes de decir nada contra alguien—repuso el juez en tono de +amonestación—es preciso estar cierto de lo que se dice.</p> + +<p>—Si no estuviera cierto no habría hablado.</p> + +<p>—¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?</p> + +<p>El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de +contener.</p> + +<p>—La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de +destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con +la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.</p> + +<p>La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban +preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían +producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de +verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el +puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura, +rencorosa, y le apostrofó así:</p> + +<p>—¡Loco! ¿Qué dices?</p> + +<p>Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros +que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y +otro penetrar con ellas hasta el alma.</p> + +<p>El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.</p> + +<p>—¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!—intimó el primero.</p> + +<p>—¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo +conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad +de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios, +de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya +conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.</p> + +<p>Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan +ustedes—agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados: +deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes—digan +ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es +creíble...</p> + +<p>El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada +escrutadora:</p> + +<p>—Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha +intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente +y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y +firme.</p> + +<p>—¿Usted cree eso?—exclamó el joven desconcertado—¿usted ha dicho eso?</p> + +<p>La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente; +parecía no comprender ni ver.</p> + +<p>—¿De quién era esta arma?—la preguntó el magistrado.</p> + +<p>—Suya.</p> + +<p>—¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?</p> + +<p>—Encerrada, escondida.</p> + +<p>—¿Ve usted—dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven—que nada +confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?</p> + +<p>El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche +por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un +momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y +lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo +exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el +rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de +sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía +entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y +entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:</p> + +<p>—Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar +con el juez de instrucción.</p> + + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p class="head">LAS PRIMERAS INDAGACIONES</p> + + +<p>Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal +de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura +legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una +natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión +se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia +inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las +mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su +primera vocación había sido otra.</p> + +<p>Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por +ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y +llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que +lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas, +ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como +pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de +compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa +familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era +sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía +y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo. +Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de +la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo +habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la +justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a +ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.</p> + +<p>La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas +rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre +político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder +juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno, +extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que +cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y +Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos +trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había +comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en +una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus +sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por +consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética, +la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto +de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de +aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la +música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él +después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del +joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.</p> + +<p>Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza +contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez +de paz en la <i>villa Cyclamens</i>, adonde había acudido al primer +llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si +resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan +merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos +que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y +su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto +al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él +a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes +en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas +enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle +conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la +Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de +leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el +número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la +muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque +había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La +actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que +también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su +contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba +sobre la cabeza del Príncipe.</p> + +<p>Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno +de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su +país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra +la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado +conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más +temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena +de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que +en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad, +todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras +galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del +abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus +seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan, +se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la +Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor +fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?</p> + +<p>Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y +otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la +catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la +sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron +en la <i>villa Cyclamens</i>. En la suposición de que el amor o el capricho +del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado, +el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para +explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón +aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es +decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se +encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una +vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas, +sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido +impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las +maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en +que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba +por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que +perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus +secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida +disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de +su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento; +pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos +poco probable.</p> + +<p>Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de +amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado +nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía +haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de +la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel +de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien +había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el +hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable, +cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin +que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando +hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona +de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición +del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver, +deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse +hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo, +se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz, +contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa +posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y +haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera +podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la +caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente +de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una +suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un +asesino sería inexplicable.</p> + +<p>Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía +esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que +había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la +necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran +entrar a Vérod.</p> + +<p>Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su +rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la +confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la +difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el +instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del +curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde +la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la +frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario +ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre +ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de +Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones +juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre +había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo +deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también +de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor +por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?</p> + +<p>—Usted ha querido hablarme—dijo Ferpierre mientras se dirigía +mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles, +secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;—aquí me +tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?</p> + +<p>—Roberto Vérod, treinta y cuatro años.</p> + +<p>—¿Es usted Vérod, el escritor?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.</p> + +<p>—Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?</p> + +<p>No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio, +sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado, +tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía. +Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego, +arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la +mano.</p> + +<p>—¡Si usted supiera, señor—le dijo con voz insegura y sumisa,—qué +tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar, +cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para +decirle lo que tengo que decirle!</p> + +<p>Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre +se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera +reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los +habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano +que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a +él, contestó:</p> + +<p>—Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo +mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al +magistrado, sino al hombre.</p> + +<p>—¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al +magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría +probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi +convicción moral...</p> + +<p>—¿Y al hombre?</p> + +<p>—Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha +soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin +resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio, +puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?</p> + +<p>El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto +no contestó.</p> + +<p>Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a +interrogarle:</p> + +<p>—¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?</p> + +<p>El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.</p> + +<p>—No debo, no, decirlo...—murmuró con voz ahogada.—A nadie revelaré un +secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire +usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.</p> + +<p>—¿La amaba usted?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la +alegría, una altiva felicidad.</p> + +<p>—Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de +cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?</p> + +<p>—¿Y ella le amaba a usted?</p> + +<p>—¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El +mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un +acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese +sentimiento que nos hacía vivir.</p> + +<p>—¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?</p> + +<p>A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió +un amarga contracción de desdén.</p> + +<p>—¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera +amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?</p> + +<p>Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea. +O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que +Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se +había convertido.</p> + +<p>—Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del +Príncipe con la Condesa?—siguió preguntando mientras tanto.—¡No cabe +duda de que hubo un tiempo en que se amaron!</p> + +<p>—Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas +cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra +codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó +porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!</p> + +<p>—¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?</p> + +<p>—Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara, +como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no +quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su +interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las +consecuencias del error, aceptó el martirio.</p> + +<p>—¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?</p> + +<p>—¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus +palabras envolvían una ofensa, un agravio.</p> + +<p>—¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?</p> + +<p>—¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese +hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre +en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo +que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que +yo a su respecto.</p> + +<p>—¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la +Condesa?</p> + +<p>—Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y +ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos +veces.</p> + +<p>—¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad +política?</p> + +<p>—Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.</p> + +<p>—¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que +perseguía?</p> + +<p>—No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su +patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de +compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa +que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y +sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal, +debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.</p> + +<p>—¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?</p> + +<p>—¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!</p> + +<p>—¿Cuándo la conoció usted?</p> + +<p>—El año pasado.</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—Aquí, en el Beau Séjour.</p> + +<p>—¿Todavía no había alquilado la villa?</p> + +<p>—Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.</p> + +<p>—¿Dónde vivía en invierno?</p> + +<p>—En Niza.</p> + +<p>—¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?</p> + +<p>—En estos últimos meses.</p> + +<p>—Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?</p> + +<p>—Una compatriota y correligionaria suya.</p> + +<p>—¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?</p> + +<p>—No, pero no es difícil adivinarla.</p> + +<p>—¿Sería ella también su querida?</p> + +<p>—¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de +la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en +asociarse al deber?</p> + +<p>La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de +aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la +criatura adorada por él.</p> + +<p>—De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe. +¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber +estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya +al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no +amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la +condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese +delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada +para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer, +apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto +en práctica un antiguo propósito?</p> + +<p>—¿Eso no le prueba a usted—exclamó el joven, sin contestar +directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva +interrogación,—eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación +había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre +por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida +debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en +que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso +fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza +que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...</p> + +<p>Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y +el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral +del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de +sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba +mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el +acusador.</p> + +<p>Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación +parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera +debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía +hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente +humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía +improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy +diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más +alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el +grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más, +no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos. +Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y +reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede +ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión +esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.</p> + +<p>—Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para +inculpar a dos personas?</p> + +<p>—Usted comprenderá—repuso el magistrado cuando vio calmarse la +angustia de Vérod,—la necesidad que me obliga a hacerle ciertas +preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el +sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría +permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar, +casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último, +las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes +de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra +esperanza la sonrió?</p> + +<p>—Sí, ¿por qué no la recuperó?—replicó Vérod, como hablando consigo +mismo.</p> + +<p>—¿Usted no sospechó el motivo?</p> + +<p>—Ella misma me lo dijo.</p> + +<p>—¿Y fue?...</p> + +<p>—Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había +contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella +un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo +tampoco la quería de esa manera...</p> + +<p>¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que +se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos? +Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y +escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza, +principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas +declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base +inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según +su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en +su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso +sospechar de su sinceridad.</p> + +<p>—Pero entonces—replicó,—si esa señora le amaba a usted y no se creía +libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya +mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola +razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales, +¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se +vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa +mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de +desesperación?</p> + +<p>—¿Cómo?... ¿Por qué?...—balbuceó Vérod, aturdido.</p> + +<p>—Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a +costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que +usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su +dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.</p> + +<p>Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera +haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y +en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve +y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se +oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido +el corazón atravesado por un dolor agudísimo.</p> + +<p>—¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?... +¡Oh!</p> + +<p>Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor +sobrehumano.</p> + +<p>Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción +como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un +proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las +pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en +presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud +despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era +solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido +frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de +su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía, +y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se +asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que +mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria +indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía +conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su +espíritu para estudiar la acusación.</p> + +<p>Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido +él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era +necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era +inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un +remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería +atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas +materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras +inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había +podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su +tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad +de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha +de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?</p> + +<p>Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y +obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en +vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por +distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara +raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre +que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas +plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas +frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la +voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin +embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.</p> + +<p>Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al +impulso de una viva reacción.</p> + +<p>—¡No!...—dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán +de protesta.—¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!...</p> + +<p>Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado +una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé +con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la +muerte, ¡al contrario!... ¡No!—repitió con voz que se iba haciendo más +firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:—¡No! ¡Ella no se +ha matado! ¡Ha sido asesinada!</p> + +<p>¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted +tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro +de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo +confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no +creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que +hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!</p> + +<p>—¡Tanto mejor!—contestó Ferpierre—¡y puede usted estar cierto de que +también yo las buscaré, de que las busco!...</p> + +<p>Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a +Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.</p> + +<p>—¿Su nombre?—le preguntó.</p> + +<p>—Alejandra Paskovina Natzichet.</p> + +<p>—¿Nacida en?...</p> + +<p>—Cracovia.</p> + +<p>—¿Cuántos años?</p> + +<p>—Veintidós.</p> + +<p>—¿Qué profesión?</p> + +<p>—Estudiante de medicina.</p> + +<p>—¿Domicilio?</p> + +<p>—Zurich.</p> + +<p>La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las +preguntas.</p> + +<p>—¿Cómo se encuentra usted en esta casa?</p> + +<p>—Vine a hablar con Alejo Zakunine.</p> + +<p>—¿A hablarle de qué?</p> + +<p>—De cosas que no interesan a la justicia.</p> + +<p>—¡O que la interesan mucho!</p> + +<p>La joven no contestó.</p> + +<p>—¿Es usted su correligionaria?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?</p> + +<p>Nuevo silencio.</p> + +<p>El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó +lentamente:</p> + +<p>—Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.</p> + +<p>La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros +desdeñosamente.</p> + +<p>—¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?</p> + +<p>—¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca +contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?</p> + +<p>—No comprendo.</p> + +<p>—¿Es usted también su querida?</p> + +<p>La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión +de ira, pero no dijo una palabra.</p> + +<p>—¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta: +¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?</p> + +<p>—En el escritorio del Príncipe.</p> + +<p>—Y él ¿dónde estaba?</p> + +<p>—Conmigo.</p> + +<p>—¿Conocía usted a la muerta?</p> + +<p>—Nunca hablé con ella.</p> + +<p>—¿Hoy la vio usted?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que +se amaban?</p> + +<p>Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a +fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de +ésta. Pero la joven contestó, impasible:</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran +por largo tiempo en desacuerdo?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?</p> + +<p>—Acudí.</p> + +<p>Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el +Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba: +«Acudimos»?</p> + +<p>—¿Sola?—le preguntó.</p> + +<p>—Con él.</p> + +<p>—¿Y estaba muerta?</p> + +<p>—Expiraba.</p> + +<p>—¿Por qué se habrá matado?</p> + +<p>—No lo sé.</p> + +<p>—¿Qué dijo el Príncipe?</p> + +<p>—Lloró.</p> + +<p>—¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?</p> + +<p>—Dos o tres veces.</p> + +<p>—¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?</p> + +<p>—No sé.</p> + +<p>—¿Conoce usted a Vérod?</p> + +<p>—No sé quién será.</p> + +<p>—La persona que denuncia el asesinato.</p> + +<p>—No lo conozco.</p> + +<p>El juez cesó de interrogarla.</p> + +<p>—La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a +usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de +la justicia.</p> + +<p>La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante +todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba, +reflexionaba que por ese lado nada sabría.</p> + +<p>Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma +misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios +más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por +él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda +clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La +obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba +condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con +aquel que debía ser seguramente el principal actor.</p> + +<p>Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó +atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que +Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas +encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo +enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el +cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los +descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada +profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán +nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente +principal.</p> + +<p>Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre +galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por +la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la +ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el +sello de una profunda tristeza.</p> + +<p>—¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?</p> + +<p>—En Cernigov, en 1855.</p> + +<p>—¿Ha sido usted condenado alguna vez?</p> + +<p>—Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he +sido graciado y expulsado de Rusia.</p> + +<p>—¿No ha sufrido usted una condena más grave?</p> + +<p>—Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han +confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.</p> + +<p>—Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.</p> + +<p>A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos +volvieron a brillar.</p> + +<p>—¿Qué contesta usted?</p> + +<p>Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir +su cólera, y luego dijo:</p> + +<p>—Es cierto...</p> + +<p>¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El +juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel +hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta +duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:</p> + +<p>—Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.</p> + +<p>Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía +apenas.</p> + +<p>—¿Ha sido muerta por usted, por su mano?</p> + +<p>—¿Qué importa? Yo soy responsable...</p> + +<p>—¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito +explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado +al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó +usted al suicidio?</p> + +<p>—Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.</p> + +<p>—¿No la amaba usted ya?</p> + +<p>—No la amaba.</p> + +<p>—¿Y sin embargo la llora usted?</p> + +<p>Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la +pregunta del juez, éste repuso:</p> + +<p>—¿Quería usted abandonarla?</p> + +<p>—La abandoné.</p> + +<p>—¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La +tenía usted lástima?</p> + +<p>—¡Tanta!</p> + +<p>—¿Ella le amó a usted mucho?</p> + +<p>—Como yo la amé un tiempo.</p> + +<p>—¿Fueron felices?</p> + +<p>Los ojos del Príncipe se enrojecieron.</p> + +<p>—¿Todavía le amaba a usted?</p> + +<p>Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con +desesperación.</p> + +<p>—¿Le dio a usted motivos de celos?</p> + +<p>A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.</p> + +<p>—¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?</p> + +<p>—Lo suponía.</p> + +<p>—¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?</p> + +<p>Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció +otra vez.</p> + +<p>—No—contestó con voz sorda.</p> + +<p>—¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?</p> + +<p>—No sé.</p> + +<p>—¿El dolor? ¿Los celos?</p> + +<p>—Seguramente.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?</p> + +<p>—Cinco años.</p> + +<p>—¿Era libre cuando la conoció usted?</p> + +<p>—Sí, libre. Viuda.</p> + +<p>—¿Dónde la encontró usted?</p> + +<p>—En Aberdeen, en Escocia.</p> + +<p>—¿Cuántos años tenía?</p> + +<p>—Veintinueve.</p> + +<p>—¿Ahora o entonces?</p> + +<p>—Ahora.</p> + +<p>—¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse +legalmente en matrimonio?</p> + +<p>—Yo desconozco esa ley.</p> + +<p>—¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos +debía ser inmoral y punible?</p> + +<p>—Había contraído el compromiso ante su Dios.</p> + +<p>—Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola +íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la +catástrofe.</p> + +<p>—Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.</p> + +<p>—Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?</p> + +<p>—En Zurich.</p> + +<p>—¿Cuándo llegó usted?</p> + +<p>—Anteayer.</p> + +<p>—¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?</p> + +<p>—Noté que sufría más que de costumbre.</p> + +<p>—¿Alguna vez le propuso a usted separarse?</p> + +<p>—Nunca.</p> + +<p>—¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?</p> + +<p>—La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la +repugnaban.</p> + +<p>—¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó +disuadirle de sus trabajos?</p> + +<p>—Muchas veces.</p> + +<p>—¿De qué modo?</p> + +<p>—Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.</p> + +<p>—¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?</p> + +<p>—En un tiempo.</p> + +<p>—¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?</p> + +<p>—¡Oh! ¡Nunca!</p> + +<p>—¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?</p> + +<p>—Pensamos del mismo modo.</p> + +<p>—¿Trabajan juntos en la propaganda?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?</p> + +<p>—Ninguno.</p> + +<p>—¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No +mienta usted: así sabremos la verdad.</p> + +<p>—Afirmo que nada más nos liga.</p> + +<p>Su acento parecía sincero.</p> + +<p>—¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso +haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?</p> + +<p>El interrogado tardó un instante en contestar.</p> + +<p>—No—dijo por último.</p> + +<p>—¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?</p> + +<p>—En mi cuarto.</p> + +<p>—¿En su cuarto de dormir?</p> + +<p>—En el escritorio.</p> + +<p>—¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?</p> + +<p>—A las once y tres cuartos.</p> + +<p>—¿Qué hizo usted al oír el tiro?</p> + +<p>—Acudí.</p> + +<p>—¿Su compañera acudió después?—preguntó el juez, tratando de dar a su +voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia +de la pregunta.</p> + +<p>—Acudió conmigo.</p> + +<p>Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo +natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta +importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían +estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se +encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las +sospechas?</p> + +<p>—¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?</p> + +<p>—La ganó en una rifa, hace tiempo.</p> + +<p>—¿Y las cápsulas?</p> + +<p>—Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.</p> + +<p>—Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de +los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin +ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a +otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué +había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos +e impedimentos para su nueva felicidad?</p> + +<p>—De ella misma.</p> + +<p>—¿Qué quiere usted decir?</p> + +<p>—Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran +elevadísimos.</p> + +<p>—Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?</p> + +<p>—No lo sospeché.</p> + +<p>—¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de +prever!</p> + +<p>—Ella gozaba de su confianza; yo no.</p> + +<p>—¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero +nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Ahora vamos a oír lo que ella dice.</p> + +<p>El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en +presencia de la otra.</p> + +<p>Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el +Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra +vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez +Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí +proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio +del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.</p> + +<p>La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su +patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos; +después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había +arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo +entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso +era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la +Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y +cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.</p> + +<p>Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre +mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia +Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del +lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez +de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.</p> + +<p>—¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de +morir?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Desde cuándo?</p> + +<p>—Desde hace mucho tiempo... más de un año.</p> + +<p>—¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, +ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada +sin siquiera volverse hacia el acusado.</p> + +<p>—¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted +precisar.</p> + +<p>—El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó +mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora +lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo +le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.</p> + +<p>—¿Qué tiene usted que contestar a esto?—dijo con frialdad Ferpierre, +volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.</p> + +<p>—No recuerdo el hecho—respondió éste sosteniendo firmemente la mirada +del juez.—He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de +ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con +claridad lo que creía tener razón de temer.</p> + +<p>—¿Todavía en los últimos tiempos—repuso el juez dirigiéndose a la +mujer—hablaba de su propósito?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones +de quejarse?</p> + +<p>—El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.</p> + +<p>—¿Es cierto lo que dice?</p> + +<p>—No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si +la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.</p> + +<p>Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento +tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la +doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y +el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su +negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la +acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los +argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de +la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un +suicidio, para salvar a su compañera de fe política?</p> + +<p>—¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la +Natzichet?</p> + +<p>—No sé. No la veía.</p> + +<p>—¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?</p> + +<p>—No se...</p> + +<p>El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada +hablar libremente.</p> + +<p>—Déjenos usted solos—dijo a Zakunine.</p> + +<p>Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde +vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.</p> + +<p>—Oiga usted—la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de +persuasión confidencial;—nos encontramos en presencia de una grave +duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, +hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede +ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma +se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda +usted?</p> + +<p>La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.</p> + +<p>—¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.</p> + +<p>—¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido +un delito como ese?</p> + +<p>La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Por qué cree usted que no?</p> + +<p>—Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente. +¡La consoló tanto de sus dolores!</p> + +<p>—¿Qué dolores?</p> + +<p>—La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos +meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en +el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa, +aplastado por un tren.</p> + +<p>—¿Pero después la trató mal el Príncipe?</p> + +<p>—Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para +sospechar tan horrible cosa.</p> + +<p>—¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?</p> + +<p>—En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo hace de eso?</p> + +<p>—Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera +más bueno, y más suyo!..</p> + +<p>—¿Notaba usted disputas entre ellos?</p> + +<p>—No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el +señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le +antojaba.</p> + +<p>—¿Le engañaba con otras?</p> + +<p>—No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que +estaba ausente?</p> + +<p>—Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo +hace de eso?</p> + +<p>—Tres o cuatro meses.</p> + +<p>—¿Cómo notó usted ese cambio?</p> + +<p>—Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que +no iba a volver nunca.</p> + +<p>—¿Venía de Zurich?</p> + +<p>—Creo que de Zurich.</p> + +<p>—¿Se quedó mucho tiempo?</p> + +<p>—Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza +y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.</p> + +<p>—¿Cómo se explica usted tal cambio?</p> + +<p>—No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía +haber procedido mal.</p> + +<p>—Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su +patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario +descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la +muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. +¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?</p> + +<p>—Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me +habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:—«Qué amable es el señor Vérod, +¿no es cierto?...»—Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy +gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.</p> + +<p>—¿Cómo era eso?</p> + +<p>—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero +aquello pasaba pronto...</p> + +<p>—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a +la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?</p> + +<p>—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, +pero...</p> + +<p>—¿Qué temía?</p> + +<p>—Se temía a sí misma.</p> + +<p>—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el +Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando +comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?</p> + +<p>La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.</p> + +<p>—No podría decirlo, señor.</p> + +<p>—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a +hacer aquí?</p> + +<p>—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.</p> + +<p>—¿Cuántas veces ha estado aquí?</p> + +<p>—Tres o cuatro veces.</p> + +<p>—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy +íntima... que ella fuese su querida?...</p> + +<p>—No podría decirlo. Un día...</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—La vi besar la mano al señor.</p> + +<p>—¿No oyó usted lo que decían?</p> + +<p>—Hablaban en ruso. Yo no podía entender.</p> + +<p>—Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No +es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?</p> + +<p>La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía +significar ignorancia como asentimiento.</p> + +<p>—Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy +justificados...—insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta +objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba +todas las ideas que se le iban presentando.—¿Sabía la rusa que entre +los patrones de usted había discordia?</p> + +<p>—No podría decirlo.</p> + +<p>—¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?</p> + +<p>—No sé, señor.</p> + +<p>—¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber +armado su brazo?</p> + +<p>La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que +interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.</p> + + + + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + +<p class="head">LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD</p> + + +<p>El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que +hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso +trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una +inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas +bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá +lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se +inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles, +cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de +humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del +silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida +acababa de extinguirse.</p> + +<p>Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella +vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad: +ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le +parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa, +la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba, +andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría +ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un +carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.</p> + +<p>En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la +primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había +pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de +dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo +deslumbró.</p> + +<p>¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus +esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía, +gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas +arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen +interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar +dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua +a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha +visto dentro de ella un mundo horrible?</p> + +<p>Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y +las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo +que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había +consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había +sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera +potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba +precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes +extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus +pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una +reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz +para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda. +Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una +raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos, +atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los +conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del +árido pensamiento.</p> + +<p>Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera +en algún momento estar delante de los espectáculos representados en +éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no +creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte +pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, +inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al +sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de +las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de +alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, +una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma +distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia +había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. +Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le +había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco +más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no +entenderse jamás.</p> + +<p>Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido +comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se +reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y +amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción +entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de +la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, +no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. +Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el +furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las +cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le +apareció.</p> + +<p>Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, +acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su +aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué +cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?</p> + +<p>La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un +médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia +sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el +remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de +los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de +la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por +mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había +tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e +iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...</p> + +<p>Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, +antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas +y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de +aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina +metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a +pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro +fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, +anhelante.</p> + +<p>La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De +día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le +hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, +bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo +espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, +como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla +desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, +la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese +sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? +¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que +debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se +detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su +dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal +voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el +gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había +hecho llorar.</p> + +<p>La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan +fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. +¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi +vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del +gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, +coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas +por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa +dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?</p> + +<p>Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos +esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces +también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, +había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: +todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; +la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía +lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos +apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza +demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de +miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su +amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba +por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces +en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa +fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera +tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.</p> + +<p>Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando +en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a +la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el +piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la +misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una +explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina +animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de +maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto +mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería +acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. +Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la +distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las +manos de la pianista interrumpieran la ejecución del <i>Largo</i> de Bach, +que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza +de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno +de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al +suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:</p> + +<p>—¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos +desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente +insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...</p> + +<p>Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya +no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca, +la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el +otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la +enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a +la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito, +de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.</p> + +<p>¿Había conseguido realizar esa obra?...</p> + +<p>Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al +espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre +el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas +de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso, +trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así +habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo. +Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con +sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le +abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito +ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la +renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se +descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores. +Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida +para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por +fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que +era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil +virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no +pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella +expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.</p> + +<p>Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración. +Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana. +Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se +pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente, +pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni +tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que +hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más +gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba +enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o +imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.</p> + +<p>Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en +él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la +belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que +son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir +estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no +solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no +comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí +mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda +importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada +resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La +mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no +se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de +examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando +de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o +imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le +decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa +orden.</p> + +<p>El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor +al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples +pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno +suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras +de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía +a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto. +Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos +en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando +tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna +iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella +le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y +cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también +había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la +esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para +comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila +tristeza, en tímido gozo!</p> + +<p>Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba +una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y +él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos +aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los +fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la +montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una +capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella +trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces +él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota +compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de +esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía +tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su +servicio, había vencido por ella el obstáculo.</p> + +<p>Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar +esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con +avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el +contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan +caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar +cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos +reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída, +derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del +infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles +aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido +atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en +el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí +misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la +estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.</p> + +<p>Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo +perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza +que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su +alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que +ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser +creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin +quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace +creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para +practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido +el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una +pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con +placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso, +hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno +solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es +el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?</p> + +<p>Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había +pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie +podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra. +Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las +palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el +hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía, +por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las +almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha +tremenda?</p> + +<p>Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor, +que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su +puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en +nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también +defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las +ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los +desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad +junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal; +su vista era el consuelo del mundo...</p> + +<p>El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo +necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se +hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del +camino, exclamando:</p> + +<p>—¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...</p> + +<p>Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su +interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa +realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias +imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar +los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:</p> + +<p>—¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo +lo que existe!...</p> + +<p>Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de +aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos +y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía +la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el +mal...</p> + +<p>Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista +de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían +apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior, +lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos, +contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las +disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra +de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había +mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido +con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor +existía, sentía retemplarse su fe.</p> + +<p>¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el +suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida +sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte +no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa +vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero +no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le +persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a +consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus +oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar +aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad +iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su +deber era vengarla!</p> + +<p>La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba +el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el +silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para +tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante +la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por +qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido +que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le +había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad? +No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al +juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era +distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez? +¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...</p> + +<p>Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor +que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que +agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella +misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían +a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado +la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un +sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía, +que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era +cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La +conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las +otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si +el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados, +había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.</p> + +<p>Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella +misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la +muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al +ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se +hubiera creído!</p> + +<p>Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El +dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo +que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo +con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había +afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una +obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente +grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes +humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado +hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma +había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para +hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había +despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había +sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de +destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había +querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había +reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener +fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía +perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que +las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el +último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto +Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su +salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había +visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación +había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de +los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible, +sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia +virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con +contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y +cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.</p> + +<p>Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de +montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento +la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo +flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor +vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían. +¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No +había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver +aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele +el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las +alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.</p> + +<p>Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de +la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía +enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la +noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado. +Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el +fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración: +veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.</p> + +<p>Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el +cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en +Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como +una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una +pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la +pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su +adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde +había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los +suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los +juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían +sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado +lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.</p> + +<p>Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó +por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había +perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y +delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre +los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba +a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que +confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí +recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la +acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño, +qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella +le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces +había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida +de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella +poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.</p> + +<p>Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en +un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente, +cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario, +junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido +reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una +aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una +mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules +blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.</p> + +<p>Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual, +pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el +estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo +dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un +relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí +esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro, +incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se +denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella +lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella +guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la +compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también, +lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.</p> + +<p>Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los +momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su +persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante, +la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la +mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía +que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos +que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el +pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma +de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado +otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»</p> + +<p>Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes, +las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La +ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían +la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración +que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un +sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que +jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos +criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la +necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas, +su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo +único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en +el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la +inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a +contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No +era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde +que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que +había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...</p> + +<p>El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en +pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo +como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del +recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la +ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El +inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y +así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.</p> + +<p>—¡Hermana!... ¡Hermana!...</p> + +<p>Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran +esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores +habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen +recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén +contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había +vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como +si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el +mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de +ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían +enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.</p> + +<p>Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir +dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima +comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a +la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le +proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido +obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su +soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que +quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer +su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una +felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un +sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan +y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba +nuevas virtudes.</p> + +<p>Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su +propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces, +no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló +sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.</p> + +<p>Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos +habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras +fraternales?</p> + +<p>«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando +usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas +y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se +encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás +he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría +como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su +muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad +y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una +parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba. +Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo +misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted +tan agradable...»</p> + +<p>¡Y también ella estaba muerta!</p> + +<p>El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre +el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían +lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban +en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las +sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su +mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El +cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las +autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se +encontraba en la iglesia.</p> + +<p>Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que +estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con +paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma +casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a +tener la postrera reunión.</p> + +<p>Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el +Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado +escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes. +Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba. +Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco +en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una +lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se +agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales +creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se +repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón +palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y +ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se +desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.</p> + +<p>Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le +impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí, +sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del +verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a +la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la +angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de +improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía +de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había +comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había +dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del +sentimiento le eran desconocidos.</p> + +<p>«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en +la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas +se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la +luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La +verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha +acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía. +Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y +así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con +verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor +tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero +después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es +como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de +una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta +hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que +hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado +demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría +inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las +leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la +dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría +temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen. +Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con +un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina, +porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia: +así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido +demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez, +principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el +experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se +prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes +para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer +ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con +sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no +tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este +sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de +usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería +entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal. +Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de +mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la +tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o +venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas +están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer +y hacer daño...»</p> + +<p>Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan +segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero +ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:</p> + +<p>«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras +permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el +momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en +todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento +cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten +esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda +le hará ver su engaño...»</p> + +<p>Pero él no la había dejado terminar:</p> + +<p>«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber. +Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente, +¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una +criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo +contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y +siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los +mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien. +Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no +es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un +tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana +y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado, +las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de +perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo +ha esperado, lo espera...»</p> + +<p>«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!</p> + +<p>El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su +amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras +cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría +lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto. +La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan +límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro +objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no +la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario, +permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no +habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía +naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de +todo...</p> + +<p>Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.</p> + +<p>Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por +la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.</p> + +<p>Vérod se desplomó junto a la verja.</p> + +<p>¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón! +¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!</p> + +<p>Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él +estaba vivo?</p> + + + + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + +<p class="head">HISTORIA DE UNA ALMA</p> + + +<p>La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en +aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el +examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, +demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de +cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no +excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. +Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que +iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una +opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la +violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.</p> + +<p>Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una +de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba +moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el +domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la +fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.</p> + +<p>Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a +la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña +al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había +embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. +Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las +páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía +llenas de los recuerdos de la antigua.</p> + +<p>«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en +torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la +pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo +de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus +pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí +como yo me acuerdo de ellas?»</p> + +<p>El sentimiento predominante era su adoración por su padre.</p> + +<p>«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no +poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis +distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él +dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las +ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando +participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es +más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes? +Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?</p> + +<p>»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente, +mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa +de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me +parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de +no servir en realidad para nada...</p> + +<p>»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está +temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve +el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y +diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y +cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque +no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha +dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito, +cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al +club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no +abandone demasiado a sus amigos por mí!...</p> + +<p>»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago +por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer. +Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me +fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre +estas palabras:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—A todas nos +llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de +todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se +quejaba:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—Se fastidiaba jugando, +estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin +salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía +sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a +mí también enferma...»</p> + +<p>En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por +su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que +la de una hermana de caridad.</p> + +<p>«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi +cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle +ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la +mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo +él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...</p> + +<p>»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero +sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la +casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi +causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el +espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la +otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente, +como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él +mismo!...</p> + +<p>»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no +como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y +sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el +pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse +así!»</p> + +<p>Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían +hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en +su opinión el error no era tan grande como parecía:</p> + +<p>«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da +más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando +son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden; +mientras que mi papacito...»</p> + +<p>Y también de este hecho encontraba una explicación:</p> + +<p>«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos, +su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando +yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo +da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de +ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero +cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene +razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que +me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»</p> + +<p>También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por +sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana, +entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy +numerosas y unidas le daban envidia.</p> + +<p>«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo, +los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican, +mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre, +puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal, +siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a +papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo +se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera +dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño +no se dividiría: se sumaría...»</p> + +<p>Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su +corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este +sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la +idea de que su padre pudiese leer aquel diario:</p> + +<p>«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en +cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía +en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a +preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije +que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir +en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de +confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le +digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo. +Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas +memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio, +esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las +noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con +felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había +dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por +qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a +hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me +atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me +parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan +necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por +qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir? +¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy +segura!...»</p> + +<p>Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con +su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la +memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri, +de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el +papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó +bien y fue a buscar su libro.</p> + +<p>«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba +resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de +leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo +que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas +solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en +la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy +valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que +lo leyera todo; pero él no quiso.</p> + +<p>»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me +siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»</p> + +<p>La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de +poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia, +siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su +padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas +personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su +respecto juicios muy favorables.</p> + +<p>«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es +bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...</p> + +<p>»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he +recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...</p> + +<p>»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha +dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del +duelo que Tasso describe en <i>Jerusalén libertada</i>: el Conde ha desafiado +en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no +son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado +tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años! +Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no +le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...</p> + +<p>»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé +dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de +pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado +tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide; +entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...</p> + +<p>»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en +cuando, y él alaba mi gusto...</p> + +<p>»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.</p> + +<p>»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo +de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se +ha reído!</p> + +<p>»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que +ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto +cuanto enternece.</p> + +<p>»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su +librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha +explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de +las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica +y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.</p> + +<p>»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no +hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo +que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.</p> + +<p>»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y +yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún +tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver +el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la +última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...» +Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.</p> + +<p>»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de una +tarjeta como las que reparten los negociantes para difundir su +dirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luego +estas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de Su +Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reído +papá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y el +Conde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»</p> + +<p>»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de mí +entre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia está +muy agradecida a tanta gracia!...</p> + +<p>»El Conde—lo he sabido hoy,—es más joven que papá: tiene cuarenta y +cuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»</p> + +<p>Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscrito +volvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algo +modificada:</p> + +<p>»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en este +tiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo está +aquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba de +mostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los he +visto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yo +también. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existe +ya...»</p> + +<p>Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía de +nuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.</p> + +<p>El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niña +la había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencita +debía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce y +atormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la gran +desproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándose +cada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía a +la juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el más +fuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarse +viejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y su +carácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia de +edad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de él +un partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, la +amistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraría +toda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntima +frecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado a +formar parte de ella?...</p> + +<p>Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués, +asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vacilado +antes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hija +libre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podía +pensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como el +de aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en el +alma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secreta +inclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esas +dos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de que +su intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tanto +había aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: no +conocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferencias +entre un amor y otro amor, y había consentido.</p> + +<p>Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores. +Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas después +del viaje de novios:</p> + +<p>»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes. Entonces, Luis iba a +nuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramos +todos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todo +lo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a las +cosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.</p> + +<p>»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de la +felicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo que +ha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, era +su tormento.</p> + +<p>»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.</p> + +<p>»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor. +Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo una +secreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porque +mi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro, +no dudarían!...</p> + +<p>»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad a +Luis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos mis +recuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselo +para que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía de +su persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje, +no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma de +éste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio no +me pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debía +estar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir que +no me había parecido bastante joven, que me había agradado poco. +Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura. +Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos, +que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestro +matrimonio, dicen así:</p> + +<p>»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sé +si esto me agrada o me desagrada.</p> + +<p>»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más joven +que papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez se +aproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientras +que su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éste +fuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.</p> + +<p>»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras de +amor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora no +puede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: ya +está hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debió +parecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que me +pareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en que +Luis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de los +hombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularía +cuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, son +las cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba: +que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años de +intimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina, +exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura era +variada y profunda.</p> + +<p>»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto no +parecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, como +cara.</p> + +<p>»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre de +escribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las he +aprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlas +escrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo que +pensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas mis +precisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza, +tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con el +arma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; era +tan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de una +de esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me había +ocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto en +que podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Y +si supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuando +me envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: <i>Proveedor de Su +Gracia la Marquesita Florencia</i>. En esa tarjeta se hallaban juntos +nuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampoco +entonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos como +estamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismo +trozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me había +llamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con mucha +fuerza...</p> + +<p>»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora. Poco me ha +faltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él se +encontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído que +mejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día. +Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío a +estas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que lo +escriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no sea +verdad...»</p> + +<p>Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, más +irregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:</p> + +<p>«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»</p> + +<p>Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegría +íntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que el +juez Ferpierre estaba casi enamorado.</p> + +<p>Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía ser +su padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, y +obtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintiera +tarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...</p> + +<p>Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinaba +que si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se había +engañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera, +completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que no +podía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño, +pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido no +escribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas, +lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en las +manifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez no +podía dudar de su sinceridad.</p> + +<p>Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven de +veinte años por un hombre de más de cuarenta? Ferpierre, para +explicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo, +como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difunta +había visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de las +cuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura de +aquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, que +el amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y más +páginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebas +de amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, se +alegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estaba +seguro de su felicidad.</p> + +<p>Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en la +que seguía no había más que este escrito:</p> + +<p>«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»</p> + +<p>Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruego +que desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hija +amorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón de +cabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en el +margen una fecha: <i>3 de junio de 1886</i>. Después, el libro estaba llenos +de recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus más +caros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempo +consolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecía +hablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juez +recorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama que +presentía ineludible.</p> + +<p>¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma feliz +de esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?</p> + +<p>No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna más +grande que las precedentes, la letra aparecía, después de una +interrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevas +anotaciones resultaba incomprensible.</p> + +<p>«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a la +memoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago mi +soberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Qué +habría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente mi +ignorancia, mi inexperiencia...</p> + +<p>»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía. Una sola vez +le pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?... Todavía lo oigo contestarme, +desviando la mirada: «Otro día...»</p> + +<p>«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable. Matarse por no +poder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria no +era para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él me +demostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muerte +a la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse, +salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse—decía +también,—es un acto de justicia...»</p> + +<p>La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabras +duró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página en +página. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidad +sino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedas +de un tren él la había buscado.</p> + +<p>«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que no +comprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, ni +visto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en el +último año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...</p> + +<p>»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo de +ésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida. +Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida de +soltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberse +apartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...</p> + +<p>»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíos +de las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a su +familia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en la +pobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...</p> + +<p>»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, tenía +miedo hasta de pensar.</p> + +<p>»No soy sincera, no lo digo todo...»</p> + +<p>Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba del +drama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.</p> + +<p>Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien la +había acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soy +sincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a su +marido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado? +Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles, +por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de un +marido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la idea +de que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobrado +Ferpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, la +veía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesión +una sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecía +naturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lo +digo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, que +la traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, la +traición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno de +poseerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, a +conservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigo +inmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se había +vanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habían +obrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas, +ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿no +era natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo el +dolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel día +inesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba en +aquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otra +vez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista solución +era lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes, +había estado él mismo al prever un desenlace contrario.</p> + +<p>¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevado +hasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada del +soltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afecto +legítimo, se redujera permanentemente a la existencia del marido +ejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Y +era inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante del +mundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?</p> + +<p>Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste los +reconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distinta +de la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado de +resistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a la +jovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sino +también el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que al +principio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué se +debía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dado +la muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión de +castigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O más bien la +imaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había más +que un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debía +permanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerrado +ya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún, +era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importaba +ya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiese +querido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, como +habría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien había +enseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muerte +hubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redoblada +curiosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.</p> + +<p>Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado no +encontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba su +luto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo en +este último país tenían fecha las memorias. Parecía que, así como la +experiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y su +estilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajes +estaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes eran +nítidas y evidentes. Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozos +a pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la mano +de la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho en +trecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente con +las notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterior +una inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:</p> + +<p>«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesario +poder guiar el pensamiento íntimo.»</p> + +<p>¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a su +pesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargo +sabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?</p> + +<p>«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ella +nadie podría tener esperanzas de salvación.»</p> + +<p>¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de la +conciencia de alguna culpa personal suya?</p> + +<p>Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no se +leían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.</p> + +<p>«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio que +el que se propone repararla.</p> + +<p>»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, y +muchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresiones +materiales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarse +de las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el más +noble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.</p> + +<p>»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies de +leyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzo +nada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.</p> + +<p>»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombres +porque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregía +moral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque el +egoísmo es ley de la Naturaleza. Si el amor hacia nosotros mismos es +nuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por los +otros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversos +desde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de la +igualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él las +califica de raras.»</p> + +<p>La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería el +Príncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto al +problema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido? +La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacía +mentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otra +y de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.</p> + +<p>«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisiera +negarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me eran +desconocidas.</p> + +<p>»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritor +mentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo de +amar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece al +tumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no se +contentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veía +impetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mi +felicidad. ¿Dudo yo también ahora?</p> + +<p>»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formas +caprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un lado +del lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite, +forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo su +voz. Soy feliz...</p> + +<p>»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro a +otro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podría +ocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habría +leído él en mis ojos?</p> + +<p>»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuando +experimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos o +simplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hace +más de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazón +recuerda. Eso es otra cosa...</p> + +<p>»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, más +verdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todos +los recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otras +y una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...</p> + +<p>»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oír +el relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, es +profundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida, +dice él.</p> + +<p>»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo. Cuando se +ríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en su +voz, en su pecho...</p> + +<p>»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotros +mismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tiene +necesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yo +sentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, pero +sí turbada...</p> + +<p>»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias, +tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Y +todavía se ríe! No quiero...</p> + +<p>»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable. ¡Si fuera +cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»</p> + +<p>Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario, +como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algún +experimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en las +confesiones.</p> + +<p>«La vida es más difícil de lo que yo creía.»</p> + +<p>Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos, +todavía otra duda:</p> + +<p>«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»</p> + +<p>Después algunas frases de sentido obscuro.</p> + +<p>«De ningún modo, pero agrada esperar...</p> + +<p>»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianza +me sonríe, veo la meta...</p> + +<p>»Ahora me faltan las palabras...»</p> + +<p>Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:</p> + +<p>«Ante Dios, para siempre.»</p> + +<p>Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras, +relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.</p> + +<p>Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al alma +enferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa: +con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debía +sujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como se +recogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valor +puro. Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba a +explicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y ella +daba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía las +dudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otros +tiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho un +sacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia de +edades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubiese +aparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: la +duda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuerte +y excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los males +que trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle, +habían debido determinarla y secundar su afecto.</p> + +<p>«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»</p> + +<p>Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era para +él un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, ya +fingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era que +ese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres los +dos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquel +rebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todos +sus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayor +prueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir que +se había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusión +alguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamente +convertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamente +que se pusiera en regla con el mundo. Ambos debían haberse amado +castamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar y +redimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, la +complicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, la +debilidad de la mujer, la prepotencia del hombre habían cambiado +repentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufrido +íntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero no +había expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromiso +ante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde o +temprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.</p> + +<p>¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidad +de su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente de +improviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella había +seguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en la +sinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena de +esperanza. Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a la +desilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.</p> + +<p>En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sido +interrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad, +aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:</p> + +<p>«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nos +conocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo que +somos...»</p> + +<p>Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a su +obstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aun +viviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues la +Condesa proseguía, horrorizada:</p> + +<p>«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese el +camino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que el +amor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no es +generoso. Y aquellos a quienes combate ¿odian verdaderamente? ¿No +sufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»</p> + +<p>Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión del +Príncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido al +desengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad de +sus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombre +no había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto a +creer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en sus +creencias, sino aun en sus esperanzas?</p> + +<p>Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencio +porque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propia +felicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moral +para distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que le +habría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿no +fallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculo +contraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa había +parecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad del +amor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿no +debía implicar una condenación grave la falta repentina de esas +condiciones?</p> + +<p>Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta en +aquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante la +audición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadencia +de la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por los +siguientes párrafos de las memorias:</p> + +<p>«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuve +miedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia, +este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable. Pero el miedo de +entonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.</p> + +<p>»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros? +¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios, +que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía lo +creo.</p> + +<p>»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Su +pensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que él +mismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra de +pasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperaba +conseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra es +más difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sin +embargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animaban +antes.</p> + +<p>»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso que +esta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo me +sirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseo +menos puro.</p> + +<p>»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso de +medios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto? ¿Debía yo seguir +vías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darle +el ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otra +prueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...</p> + +<p>»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto lo +que iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mí +misma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a él +para no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente la +capacidad de regular nuestro amor!</p> + +<p>»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras, +mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debe +dictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Pero +otra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay ley +escrita en un libro; basta comprenderla. El que las desconoce todas, me +dice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yo +no puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esa +ley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas en +alta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?</p> + +<p>»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer, +agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos en +desesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará una +fuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no me +costará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayor +mérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que no +niegue todo y siempre...</p> + +<p>»¡Ah, esa risa...!»</p> + +<p>¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condición +impuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esas +confesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicio +adverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de la +pasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación de +la justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmo +escéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sido +capaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido a +discreción. Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquila +de la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menos +con actos de bondad, a esas demostraciones de amor?</p> + +<p>Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:</p> + +<p>«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada en +ellas:</p> + +<p>«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un día +cesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indigno +del amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, y +quieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes: +alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía; +más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro de +mí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay un +fermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, te +cebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de esta +verdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocer +que tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira e +hipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres, +el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo que +tú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener y +mantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida; +mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos el +uno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: el +Honor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, en +poner de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno de +preocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, que +no miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en el +cúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.</p> + +<p>»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis que +todavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis +¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas? +Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida es +preferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir, +extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti te +parece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos una +familia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no te +parece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome visto +tal como soy, sientes que te inspiro horror? ¡Deja que los hijos ignoren +lo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dado +vida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cada +uno de nosotros es autónomo, cuando nada impide—antes por el contrario +todo concurre a ello,—que cada uno de los dos pueda amar a otro ser y +un día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, te +lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú haz +otro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres, +a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones. +La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en las +costumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido que +vosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes. +Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme a +las leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital: +fuera de eso no hay nada.»</p> + +<p>«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tiene +razón. Fuera de eso, no hay nada...»</p> + +<p>Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo al +espectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debía +haber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantes +palabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto y +espantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine tenía +razón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, que +se juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, por +fin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bien +habían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores, +que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Y +ese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera a +tener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veía +empujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste la +había contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontraba +contaminada por su contacto!</p> + +<p>Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias de +toda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta qué +punto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, él +aducía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a ser +traicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarneciera +a sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición? +¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir un +segundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra esta +lógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado el +misterio judicial.</p> + +<p>Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a las +confesiones de la muerta se redoblaba.</p> + +<p>«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, al +vivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!</p> + +<p>»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.</p> + +<p>»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible de +castigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre o +con la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muerto +con mi padre!</p> + +<p>»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación, +desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tan +grande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si el +acto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...</p> + +<p>»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada: +el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora que +pasa, me hacen mucho daño.</p> + +<p>»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades, +del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamente +cuando sentía su falta?...»</p> + +<p>Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma el +problema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que la +de la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en un +libro:</p> + +<p>«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero, +¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)</p> + +<p>Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propia +situación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver que +el suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientemente +la vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer para +quien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido ya +uno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, y +además, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.</p> + +<p>«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea que +todos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muerto +del todo, podré ejecutar este acto; pero ¿soy yo buen juez de la +oportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpo +viviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable, +y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria para +hacerlo revivir? La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver de +un modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería la +esperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»</p> + +<p>Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero ¿qué había +conseguido con ello?</p> + +<p>Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento que +le llamó la atención:</p> + +<p>«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un +nuevo dolor.—<i>La noche del 12 de Agosto</i>.»</p> + +<p>Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas, +a guisa de señal.</p> + +<p>Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieron +pensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención, +al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo y +encontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta no +expresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:</p> + +<p>«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundo +amor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo el +amor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amor +parece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)</p> + +<p>Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán: ¿podía la +difunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que había +expresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa había +copiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérod +cuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, era +necesario creer que no esperara hallar en el segundo amor una +compensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, después +de haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda, +sino el último desastre!</p> + +<p>La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenado +irremisiblemente, porque alucinarse con la profundidad del nuevo afecto +no es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Los +salvajes de América creían inmortales a los primeros europeos que +llegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgaban +omnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieron +el engaño y cesaron de venerarlos...</p> + +<p>Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por la +Condesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instinto +vital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amor +terminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿es +acaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vive +mal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos que +las concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consiste +solamente en la sanción moral.</p> + +<p>La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligación +escrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que le +daba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla a +buscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común a +todas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurría +consistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculado +ante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridad +completa. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el fin +de hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido, +y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle el +del bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sin +renunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, la +substraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar la +esperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: que +para las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en un +libro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado sus +propias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquel +sentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tan +elevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y en +las páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado la +muerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.</p> + +<p>Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vida +llena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sin +embargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño había +podido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unido +con el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de un +sentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propia +concupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo era +atenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sino +que además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado de +ella su primer amante:</p> + +<p>«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarás +en otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...» Estas palabras de +Zakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que una +escéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado la +realidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces el +escéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en que +la creyente se sostenía contra él se había reducido como él quería +reducirla, a una mentira, a una hipocresía.</p> + +<p>Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones, +no era solamente posible, sino hasta casi necesario. Ya por otras +razones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólica +y contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamente +dentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie de +complacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deducciones +hallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismo +donde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, la +confesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que se +mataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en ese +momento más claro a Ferpierre:</p> + +<p>«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo de +afirmarse contra la duda triunfante...</p> + +<p>»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.</p> + +<p>»La última esperanza...»</p> + +<p>«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»</p> + +<p>Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de esta +manera: «o morir para evitar el pecado?»</p> + + + + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + +<p class="head">DUELO</p> + + +<p>La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que la +Condesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en la +muerte como el único término de su desventura. Pero esto no impedía al +magistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problema +y profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis del +suicidio. En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión de +la caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandes +perspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño con +que ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además no +existía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lo +tanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado al +principio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido a +Vérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubiera +sido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así la +verosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.</p> + +<p>Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relaciones +que habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven, +cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella. +Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nada +decían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por la +visita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla de +nuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz: +los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quien +la Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.</p> + +<p>Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras de +consuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía que +contestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores y +de su desesperación.</p> + +<p>Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa en +Berna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, donde +estaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antigua +discípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenado +que el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurich +fuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a la +legación de Rusia.</p> + +<p>Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicara +con precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. El +acusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de la +tragedia se había encontrado con ella y que nada le había hecho +sospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez consideraba +urgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.</p> + +<p>Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por su +palidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba. +Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como una +década entera: se había envejecido diez años.</p> + +<p>—¿Sigue usted todavía—comenzó a preguntarle el juez—en la misma +opinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?</p> + +<p>—¡Lo creo!—contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el herido +que siente el hierro revolverse en la llaga.</p> + +<p>—¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen su +acusación?</p> + +<p>—Todavía no.</p> + +<p>—Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos alguna +demostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable, +resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solución +depende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocer +el estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígame +usted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entre +usted y ella desde que la conoció?</p> + +<p>—De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de una +manera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.</p> + +<p>—¿Qué día la conoció usted?</p> + +<p>—El 13 de julio del año pasado.</p> + +<p>—¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad con +ella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?</p> + +<p>Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luego +dijo en voz baja:</p> + +<p>—Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.</p> + +<p>—¿Qué le dijo usted?</p> + +<p>—Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, si +hubiéramos estado solos, no le habría dicho nada. Esto no quiere decir +que yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran mis +sentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que de +costumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altas +columnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa flor +animada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaba +lleno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstas +podían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa, +después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo la +cintura enteramente florida, y en su mirada florecía también una +sonrisa...</p> + +<p>—Pues bien; mire usted, lea...</p> + +<p>Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontrado +las flores y lo pasó al joven.</p> + +<p>«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como un +nuevo dolor.—La noche del 12 de agosto.»</p> + +<p>Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojos +enjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.</p> + +<p>—¿Comprende usted, el significado de estas palabras?—repuso +Ferpierre.—Me parece que es demasiado evidente. Mientras se encontraba +junto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir el +amor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión y +pensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, en +la noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que no +podría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a la +felicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, esto +no era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.</p> + +<p>La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabido +expresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritor +de profesión.</p> + +<p>Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones con +usted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad me +parece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para la +desgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperación +extrema.</p> + +<p>Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manos +el diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo que +balbuceando, confuso, y casi despavorido:</p> + +<p>—¿Usted cree?...</p> + +<p>—¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.</p> + +<p>Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, de +descubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración de +las facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labios +habían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía ya +extraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.</p> + +<p>—Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estas +confesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos de +consolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?</p> + +<p>Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente, +como hablando consigo mismo:</p> + +<p>—Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas. +Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todas +tenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre más +cabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también una +esperanza lejana, tenue, frágil, que mantenemos siempre oculta porque un +soplo la desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nada +impide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir ¿no +participó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún una +esperanza como aquélla?</p> + +<p>—Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa había +contraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontraba +el obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento y +en muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero la +fuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda usted +creía. Si no, oiga usted...</p> + +<p>Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria más +significativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vez +más claro, la lucha de aquella conciencia más grave. Para demostrar a +Vérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos, +aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de la +adolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod la +historia completa de aquella alma, como la había reconstruido para sí +durante la primera lectura.</p> + +<p>—Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijo +estas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explica +humanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una sola +idea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece y +disminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podía +sentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a cara +con su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir. Fíjese usted +también en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de su +diario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor por +usted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y el +juicio copiado de <i>Verdad y Poesía</i>, no sabríamos, guiándonos por este +libro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridad +que tenía miedo de esta pasión...</p> + +<p>—¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?</p> + +<p>—Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por fin +decidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero: ¿qué fue +lo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?</p> + +<p>Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambas +manos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretos +del ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por un +amargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, su +compasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el punto +de olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidara +que estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quien +la había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.</p> + +<p>—¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, +yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? +¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por +substraerse a mi violencia?</p> + +<p>Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la +Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante +ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para +alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose +amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había +puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella +mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su +descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose +del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el +terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, +aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.</p> + +<p>—No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco +tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa +sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para +dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de +aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas +no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión +que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de +la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal, +la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el +dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella +debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del +deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.</p> + +<p>—Tiene usted razón—contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.—Eso +era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera +llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté, +que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa +mujer se ha operado en mí.</p> + +<p>—Hábleme usted de eso.</p> + +<p>—Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al +pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la +exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a +los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?</p> + +<p>Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse +sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía +mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado. +Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una +obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?</p> + +<p>—No digo—contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el +clarovidente temor del joven,—no digo que, deliberadamente, con +estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los +hombres...</p> + +<p>—No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás—interrumpió +Vérod.—La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas +morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan +obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus +naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo +ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...</p> + +<p>Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de +su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más +indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la +muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se +exhibiera mejor de lo que era en realidad.</p> + +<p>—Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera. +Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para +usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que +envilecerla.</p> + +<p>Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.</p> + +<p>—Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.</p> + +<p>Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en +tal caso retiraba su observación.</p> + +<p>—Pero—repuso,—ella quería ser digna del respeto de usted y no podía +esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note +usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el +Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él +irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una +unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía +aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma +de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?</p> + +<p>Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.</p> + +<p>—Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía +salida—continuó el juez al cabo de una pausa.—La única esperanza +lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y +repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por +fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese +habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría +durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde, +pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido +ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien +para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la +unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia; +puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte +tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores, +los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había +aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por +extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la +felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de +este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese +incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que +la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de +su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted, +debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que +fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de +diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la +fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será +tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de +semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del +respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan +muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino, +extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el +fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se +proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El +amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella. +Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya +un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa; +pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las +condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería +usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que, +infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado? +¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted +es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres +¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?</p> + +<p>El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba +silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.</p> + +<p>—Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que +la vio la víspera de su muerte?</p> + +<p>—Sí, por la tarde.</p> + +<p>—¿En su casa?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?</p> + +<p>Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:</p> + +<p>—Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca +menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino +de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la +conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La +habló usted de su amor?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>Y Roberto Vérod temblaba.</p> + +<p>El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel +coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él +la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la +muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero +Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de +aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima +felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era +justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el +magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada; +pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera +indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía +y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor, +como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le +estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en +sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba +a volver en su contra.</p> + +<p>—Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que +pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir, +dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía +adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor +ignorarlo, por usted y por mí?...»</p> + +<p>—¿Ve usted?... ¿Y después?</p> + +<p>—Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted +en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la +verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la +verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El +cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían +por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el +lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban +al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba +mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le +dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es +negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube +azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía +un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo +está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue +cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se +veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras, +el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas +nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo: +«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta +belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una +luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por +todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en +este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la +Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se +transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo +más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me +dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue: +«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré. +Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente +más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la +esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi +orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo +había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la +negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme. +La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su +mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su +mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano, +y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me +confundían...</p> + +<p>—¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?</p> + +<p>Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.</p> + +<p>—No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir +a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si +hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y +cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se +deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las +ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una +sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.</p> + +<p>—¿Y después?—preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.</p> + +<p>Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser +contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.</p> + +<p>—¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!</p> + +<p>—Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo +que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco +el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha +faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el +hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi +lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si +usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»</p> + +<p>—¿Ve usted? ¿Ve usted?</p> + +<p>—Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar +a usted otra vez...»</p> + +<p>—¿Ve usted? ¿Ve usted?—repitió el magistrado.—Si usted la dijo esas +palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted +que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle +miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que +usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el +hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...</p> + +<p>Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:</p> + +<p>—Ocultó su rostro entre las manos.</p> + +<p>—¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre +usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió +usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a +fin de evitar uno peor?</p> + +<p>—¡No diga usted eso!—prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre +humilde y ardiente en el rostro del magistrado.—¡No diga usted eso!... +Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea, +y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que +ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla +el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que +temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas +con las suyas, ¡eso era imposible!</p> + +<p>—¿Y la dijo usted eso?</p> + +<p>—Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol +resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su +vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo. +Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando. +Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay +irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la +esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una +cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención; +que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted +que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del +asentimiento, fue la última que me dijo.</p> + +<p>Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y +cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un +breve silencio:</p> + +<p>—Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la +verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la +prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder +que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa +hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos +que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario, +expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy, +si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.</p> + +<p>Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez +continuó:</p> + +<p>—Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es +suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes +debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que +se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones +sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted +debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son +sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo +había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida +era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien +tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor +bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en +el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá. +Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y +digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez +de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían +hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo +impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se +habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento +de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo +gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado +detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más +impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué +momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien +estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la +declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a +portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes +que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en +que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre. +El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para +siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber +tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la +traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además, +éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que +había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera +querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle, +dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su +busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no +podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos +de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído +únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar +el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad +ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de +usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos +hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de +semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla +incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio, +que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un +pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la +encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía, +que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el +último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa +mujer se ha matado!</p> + +<p>Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se +hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud +de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en +el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los +demás, de su propio remordimiento.</p> + +<p>—¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?</p> + +<p>—¡No!—prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud +de desafío.—¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas +fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más +potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A +mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo +tenía razones para odiar la existencia...</p> + +<p>—¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?</p> + +<p>Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente. +Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas +relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el +joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.</p> + +<p>—Las mismas—contestó Vérod, mirándole en los ojos;—pero más urgentes, +más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es +cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi +demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.</p> + +<p>—¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los +hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba +a saber lo que le han hecho!</p> + +<p>El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al +pesimista, en obligarle a reconocer su error.</p> + +<p>—Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no +cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación. +Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la +sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para +vivir.</p> + +<p>—¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?</p> + +<p>—¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo +querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el +odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha +pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y +comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para +nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece +en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor +aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó +hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía +esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros. +Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte +Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré +de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios +con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la +mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo +conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la +flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría +de dar la muerte?</p> + +<p>—¡Pues sí! ¡Pues sí!—replicó prontamente el juez, viendo que en el +calor de la defensa Vérod se descubría.—¡Pues sí, pocas horas después! +Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación +que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor +dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le +hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era +también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas +para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia +conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está +llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un +camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?</p> + +<p>—Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea +de Dios debió detener su mano.</p> + +<p>—¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento +de dolor intolerable, y se mató!</p> + +<p>—¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la +vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted +dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que +al hacerlo ha hecho bien?</p> + +<p>El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo +que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:</p> + +<p>—Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida +sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel +de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el +amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus +propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y +ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura +de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no +se ha matado, aumenta mi culto por ella.</p> + +<p>—¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había +desposado con el corazón, era un pretexto?</p> + +<p>—No se había desposado realmente con él.</p> + +<p>—¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo +había sancionado?</p> + +<p>—¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree +usted que la salvación consista en observarlas fielmente?</p> + +<p>—¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus +libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al +nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son +los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes +no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos, +lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?</p> + +<p>—Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las +dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las +agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese +hombre...</p> + +<p>—¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía +ella haber faltado a su palabra?</p> + +<p>—No se puede jurar un amor eterno...</p> + +<p>—¿Y usted se lo juraba a ella?</p> + +<p>—No se puede amar a quien no ama.</p> + +<p>—¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?</p> + +<p>Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y +confuso, el juez repuso en tono diferente:</p> + +<p>—¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto +de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la +realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la +desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso +salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente +puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las +presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente +capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted +que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas +que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de +las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería +hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto +éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme +que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del +odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que +había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía +a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse +con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara +vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje! +A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el +permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso +que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle, +pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la +seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos +creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a +prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y +aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla? +Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos +brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de +propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse +entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve +esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase +amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que +no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime +tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida +en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar. +Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un +pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí +razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de +haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan +ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso +que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la +voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es +lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación +que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba +lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre? +Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y +desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima +conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere +usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque +amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las +dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo, +habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que +ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la +Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo +para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía +cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo +hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos +plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no +se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que +lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de +usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos +en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que +fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al +suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no +obstante, un argumento de su parte, uno solo...</p> + +<p>Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía +en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la +cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un +golpe mortal.</p> + +<p>—Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa +d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan +al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una +vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus +escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en +la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted +ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón. +Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse +aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal +inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya +grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas +confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron, +tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último, +fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de +que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba +tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por +obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un +tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no +le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la +entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...</p> + +<p>Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido, +perdido:—¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón... +Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque +entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!... +¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el +corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!</p> + + + + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + +<p class="head">LA INVESTIGACIÓN</p> + + +<p>Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo +abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado, +sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía +grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de +afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era +verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto +a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después +de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra, +y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados. +Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta, +desconfiaba más que nunca de los rusos.</p> + +<p>Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios +paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones +pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en +Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del +Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los +informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de +declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también +supo cosas que no sospechaba.</p> + +<p>Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos +y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía, +además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las +enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso +privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se +referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el +odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se +había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad, +castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad +merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.</p> + +<p>Un día—todavía no tenía más de diez años,—paseándose con un camarada +de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le +había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles +que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo +amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en +que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa +curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras, +y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del +espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero, +por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron +a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más +tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma, +contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño, +hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades +de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el +chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo: +«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a +su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó +cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había +engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos +habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y +espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y +reprendía a los que se mostraban afligidos.</p> + +<p>Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del +juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber +perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de +revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala, +desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había +tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario; +pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia +vida, heroicamente.</p> + +<p>Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni +persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez +al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa +lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos, +tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo +ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo +perdido.</p> + +<p>Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era +capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero +no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se +alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento +enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la +especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin +embargo, le habían visto llorar.</p> + +<p>Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano. +Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos, +los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar +en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde; +los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que +no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un +solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en +sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y +tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el +cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el +misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó +de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los +machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira, +caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa +diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos +sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió, +en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por +fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.</p> + +<p>De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde +pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa +fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida +solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las +mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente +a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho +dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se +extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del +Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella +naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un +afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había +pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no +había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de +equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de +la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud +parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se +encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la +vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de +la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.</p> + +<p>De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al +mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los +entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever, +no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y +discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse +digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.</p> + +<p>El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la +tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara +con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las +convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa +extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad +sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se +resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro. +Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose +contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la +mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y +sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de +no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado +rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no +hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien +él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea +incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó +al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible +gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el +rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la +pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había +sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.</p> + +<p>En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del +complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner +mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a +la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran +incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y +enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de +los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de +la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el +alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias +incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la +redención humana.</p> + +<p>Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En +Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del +partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su +actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones +que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y +condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia, +en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos: +en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y +continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y +preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su +país ya regenerado.</p> + +<p>Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos +documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había +ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella +alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada, +habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo +había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...</p> + +<p>Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor +había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que +conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había +cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos +ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio +era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta +en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel +hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las +reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo +para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables: +como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho +objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por +obra de la Condesa Florencia.</p> + +<p>El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que +había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el +domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte +insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había +algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de +su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de +ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con +llama viva.</p> + +<p>«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación +¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que +yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento; +por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi +corazón a vos sola...»</p> + +<p>Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un +niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor +ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando +amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio +las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud, +con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable +serenidad.</p> + +<p>«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra +prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo +necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un +amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»</p> + +<p>Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa? +Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe, +debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el +mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no +había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el +encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante +un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy +pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su +espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta +ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.</p> + +<p>Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a +Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las +casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus +correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación +fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido. +Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en +la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel +pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el +ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas, +porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con +ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la +Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para +ella también el destierro.</p> + +<p>Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a +las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había +faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada +y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San +Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban +dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada, +hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y +ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al +mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado, +su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se +alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente +el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte +había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron +ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era +Zakunine, que se había mantenido lejos.</p> + +<p>Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa +d'Arda.</p> + +<p>—¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?—se preguntaba +Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:—¡Sí, es +capaz!</p> + +<p>Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad +de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda +había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas +cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía +te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era +verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera +visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para +dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que +parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el +presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que +todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a +amarla.</p> + +<p>¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese +en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción +revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy +pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas +cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de +sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su +silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas +promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los +nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del +último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo, +habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su +ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras +«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no +esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el +valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas +lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»</p> + +<p>¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus +correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había +entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había +podido apartarse del propósito de su vida?</p> + +<p>Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con +la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda, +considerando también que antes de haber concebido el ideal político el +joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía +poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se +trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o +más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar <i>a +priori</i> la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda, +aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como +el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones +contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde +que la Condesa amaba a Vérod.</p> + +<p>Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para +acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba +que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida, +también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una +visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía +satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la +amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su +bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito, +hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los +pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la +indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del +mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin +duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod, +y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que +consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor +propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un +hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un +niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba +mejor en sus visitas demasiado breves y raras?</p> + +<p>Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas +de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le +había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de +cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por +conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su +fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero +para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros +tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba +esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos +tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus +compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes. +La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después +no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich, +contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a +diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.</p> + +<p>Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado +Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...</p> + +<p>La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se +habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien +podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto +era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber +robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera +ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que +Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían +escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre +el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de +éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el +dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la +acusación de Vérod?</p> + +<p>Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda, +si los valores encontrados en la <i>villa Cyclamens</i> eran exactamente los +que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de +la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del +primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen. +Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo, +no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por +robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era +otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor +hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle +espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma +ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a +su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se +mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos +ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich, +donde vivía la Natzichet.</p> + +<p>¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas +queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la +estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase +relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta +sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra +se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera +abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de +Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir? +¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva +aventura lo retiene por allá?...»</p> + +<p>—¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con +la joven prófuga?</p> + +<p>Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le +sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas +escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de +artículos destinados a la revista americana <i>The Rebel</i>, y a otras hojas +españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más +que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado +a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía +correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los +periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de +publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de +la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista. +Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de +haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos +revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo +de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de +editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los +refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las +conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba +los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la +propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza +ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le +hubiese sido necesaria.</p> + +<p>Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la +sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su +compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los +impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto +por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se +habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la +locura de las carnicerías inútiles?</p> + +<p>Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de +Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la +nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo +que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley +coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente +moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por +correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto, +con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado +de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si +esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de +antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su +mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la +muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.</p> + +<p>Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella, +hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista +hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el +drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado +de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para +disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida, +la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido +indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse +con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones. +El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir +creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto, +ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.</p> + +<p>En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha +atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen +sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento +de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que +hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que +parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer +de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe, +que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los +placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa +compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a +contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había +ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.</p> + +<p>Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál +era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa? +¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la +nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso +no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe +pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse +libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su +conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la +disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento +estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien +natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe +era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo +amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las +esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del +Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista? +Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión, +sin duda verosímil, pero aún no probada.</p> + +<p>Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los +acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el +interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día +de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de +medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.</p> + +<p>Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla +ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la +actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una +persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha. +Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la +dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre +la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la +hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de +Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de +brazos.</p> + +<p>—¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!—comenzó +el juez.—¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este +escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo +tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora +nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe +Alejo Petrovich?</p> + +<p>—Muchos años.</p> + +<p>—¿Desde Rusia?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Cómo le conoció usted?</p> + +<p>—Era amigo de mis hermanos.</p> + +<p>—¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que +usted salió de su país ¿dónde lo encontró?</p> + +<p>—Aquí, en Lausana.</p> + +<p>—¿Estaba solo?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Con la Condesa?</p> + +<p>—Con ella.</p> + +<p>—¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?</p> + +<p>—Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.</p> + +<p>—¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a +usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!</p> + +<p>Después de un momento de silencio, la joven contestó:</p> + +<p>—Para ayudarme.</p> + +<p>—¿De qué modo?</p> + +<p>—Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su +apoyo.</p> + +<p>—¿Le dio dinero?</p> + +<p>—Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.</p> + +<p>—Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?</p> + +<p>—Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones +de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y +revistas.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?</p> + +<p>—Un día.</p> + +<p>—¿Usted se fue, o él?</p> + +<p>—Yo.</p> + +<p>—¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron +a ver?</p> + +<p>—Un año después, en Lugano.</p> + +<p>—¿Estaba solo?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la +Condesa?</p> + +<p>—No me ocupé de esas cosas.</p> + +<p>—¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?</p> + +<p>La joven no contestó.</p> + +<p>—¿No quiere usted decirlo?</p> + +<p>—No puedo.</p> + +<p>—¿Le ayudaba a usted el partido?</p> + +<p>Otra vez se quedó muda.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?</p> + +<p>—Tres días.</p> + +<p>—¿Y después?</p> + +<p>—Volví a Zurich.</p> + +<p>—¿Cuándo partió él?</p> + +<p>—En abril.</p> + +<p>—¿Para hacer qué?</p> + +<p>Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:</p> + +<p>—¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No +puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su +silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich +expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una +razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer +en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en +que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le +escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo +llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza +y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras +al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?</p> + +<p>La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.</p> + +<p>—¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que +cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no +le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era +suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe? +¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más: +entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una +de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que +parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de +dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese +amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva +aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con +sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la +preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?</p> + +<p>La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.</p> + +<p>—Soy yo.</p> + +<p>—¡Ah! ¿confiesa usted?—exclamó Ferpierre.—¡El otro día se ofendía +usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese +cambio de relaciones entre ustedes?</p> + +<p>—Cuando él vino a Zurich.</p> + +<p>—¿Vino expresamente por usted?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Por qué entonces?</p> + +<p>—Por motivos políticos.</p> + +<p>—Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos +años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en +una u otra alguna palabra de amor?</p> + +<p>—Ninguna.</p> + +<p>—¿Y usted?</p> + +<p>—Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.</p> + +<p>Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta +turbación.</p> + +<p>—Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber +pensado en usted durante dos años?</p> + +<p>—Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.</p> + +<p>—¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino +precisamente de Zurich a buscarla?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al +preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que +usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no +sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?</p> + +<p>—Yo sabía que era libre.</p> + +<p>—¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido +para él?</p> + +<p>—Quiero decir que ya no la amaba.</p> + +<p>—¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?</p> + +<p>—Últimamente tampoco lo amaba.</p> + +<p>—Entonces ¿por qué volvió a su lado?</p> + +<p>—Tenían intereses comunes.</p> + +<p>—¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el +deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?</p> + +<p>—No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.</p> + +<p>—¿Porque quería a otro y no podía ser suya?</p> + +<p>—No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se +realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un +motivo de dolor. Ella tenía muchos.</p> + +<p>—¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a +otro?</p> + +<p>—No lo creo.</p> + +<p>—¿Nunca habló con usted de eso?</p> + +<p>—Nunca.</p> + +<p>—Ahora vamos a interrogar al Príncipe.</p> + +<p>La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a +Zakunine.</p> + +<p>La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la +observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni +alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado; +casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el +tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto +general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se +efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La +injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando +Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía +que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había +correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba +usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?</p> + +<p>—Ella quería que yo siguiera siendo suyo.</p> + +<p>—¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?</p> + +<p>—Creía haberse unido a mí para siempre.</p> + +<p>—¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la +obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra +mucho a usted!</p> + +<p>El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la +ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja, +con acento de amargura, dijo:</p> + +<p>—¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya +podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma, +yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar +irreparablemente sobre ella!</p> + +<p>¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la +eficacia de la defensa en tal forma?</p> + +<p>—¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?</p> + +<p>Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la +mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez, +confuso.</p> + +<p>—¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?</p> + +<p>—La propaganda.</p> + +<p>—No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de +Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.</p> + +<p>Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se +estremeció.</p> + +<p>—Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos +que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un +proceso político?</p> + +<p>—¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las +cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por +ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted +mucho...</p> + +<p>La mirada del Príncipe relampagueó.</p> + +<p>—No hable usted así,—dijo sordamente.</p> + +<p>—¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a +usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo; +usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a +verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la +mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que +no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la +frecuentación de esa mujer, a su amistad?</p> + +<p>—No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son +múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero +hice otras cosas, no menos útiles.</p> + +<p>—Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así +insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más +facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la +Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella +misma ha confesado.</p> + +<p>—¿Qué?—exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.</p> + +<p>—Que usted es su amante.</p> + +<p>—¿Ella ha dicho eso?—dijo con otra exclamación el acusado, expresando +con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante +revelación.</p> + +<p>Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.</p> + +<p>El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la +nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar +una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el +caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que +se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese +algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad +y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante +confesión tenía que causar a ambos?</p> + +<p>—¡Ella misma lo había dicho!—repitió el magistrado.—¿Se asombra +usted?</p> + +<p>—¡Eso es falso!—replicó el Príncipe.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?</p> + +<p>—Tres años.</p> + +<p>—¿Cómo la conoció?</p> + +<p>—Era amigo de sus hermanos.</p> + +<p>—Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?... +¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido +todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se +quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o +no, que es usted su amante?</p> + +<p>La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez +en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían, +todo revelaba su ira.</p> + +<p>—Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.</p> + +<p>Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.</p> + +<p>A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud: +parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que +tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven +llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.</p> + +<p>—La he hecho llamar a usted otra vez—dijo el juez—para que repita +usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted +su querida?</p> + +<p>El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír +la respuesta, o por sugerírsela él mismo.</p> + +<p>—Sí—contestó con firmeza la joven.</p> + +<p>—¿Sabe usted—repuso Ferpierre señalando al Príncipe—que él aparenta +no creer que usted me lo haya dicho?</p> + +<p>—Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto +se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.</p> + +<p>La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el +juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la +cabeza y clavó en él la vista.</p> + +<p>—¿Es o no su querida?—repitió Ferpierre mientras los dos se miraban +fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y +turbado.</p> + +<p>Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.</p> + +<p>—Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido +de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?</p> + +<p>—¿Qué dice usted?—profirió Zakunine desdeñosamente.</p> + +<p>—Y entonces ¿por qué?—insistió el juez.</p> + +<p>—Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa—dijo la joven.</p> + +<p>Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:</p> + +<p>—No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme +usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la +Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de +haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo +posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había +prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara +nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado +es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer +responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo +mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.</p> + +<p>—Dejemos aparte—dijo Ferpierre,—el juicio sobre la supuesta conducta +de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si +usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para +después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara +mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que +todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más +arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy +extraño de romperlo...</p> + +<p>Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y +confuso; pero la joven replicó:</p> + +<p>—¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una +persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con +ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y +retarde su cumplimiento?</p> + +<p>—Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...—observó +Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la +joven le inspirara sospechas.—Pero ya que usted está tan bien informada +de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara +de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la +franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de +la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía +que ésta se creyera más atada que nunca.</p> + +<p>—Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo +todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo +sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia +que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a +Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de +causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le +agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando +la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él, +contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la +acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La +Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el +viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.</p> + +<p>—¿Confirma usted lo que dice esta joven?—preguntó Ferpierre a +Zakunine.</p> + +<p>El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.</p> + +<p>—¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?</p> + +<p>Todavía fue la mujer quien contestó:</p> + +<p>—Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de +franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi +contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes? +¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»</p> + +<p>El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la +narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:</p> + +<p>—¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el +desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del +suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz +invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso +terreno?</p> + +<p>La joven contestó con dureza arrugando el ceño:</p> + +<p>—Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se +vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?</p> + +<p>En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo +despedía.</p> + + + + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + +<p class="head">LA CONFESIÓN</p> + + +<p>La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había +ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño +del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan +distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda +Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la +nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra +Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera +bastado la trama judicial.</p> + +<p>La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido +al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin +duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero +sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte +también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la +estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar +el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.</p> + +<p>Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho +de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego +cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de +hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las +dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen +ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta +la ingenuidad?</p> + +<p>Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet +proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores, +para insistir en sus opiniones.</p> + +<p>En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al +mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya +rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros +hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.</p> + +<p>¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un +ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían +superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse +dedicado a la destrucción de tantas obras?</p> + +<p>Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas +personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin +condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se +perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era +posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la +familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si +a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en +la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a +una pasión mezquina?</p> + +<p>Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales +humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario, +lo eran y mucho—y lo probaban citando las numerosas aventuras del +Príncipe,—y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede +bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.</p> + +<p>Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en +realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la +nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto +también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de +Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de +rivalidad.</p> + +<p>Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta +incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía +precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no +parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los +revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en +el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por +el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del +amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos +quedaba demostrada.</p> + +<p>Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en +dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la +Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en +ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor +parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros +contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas +para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía +tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los +que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la +inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los +otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.</p> + +<p>El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de +orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último +interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían +contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que +revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a +la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la +insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no +contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él. +No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así: +su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe. +Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe +a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la +verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus +respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a +ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el +problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más +bien de dos inocentes que temían defenderse mal?</p> + +<p>Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en +que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después, +una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de +ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus +expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.</p> + +<p>Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto, +había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los +acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba +que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores +que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las +pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico +acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que +alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas +disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la +caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las +instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que +confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros +residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la +diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que +debían haberle encontrado?</p> + +<p>Un nuevo registro en la <i>villa Cyclamens</i> más minucioso que el anterior, +excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último, +el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la +sospecha.</p> + +<p>No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del +hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad +existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba +cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero +ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en +Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet: +nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo +sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no +capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa +ciudad muy diversos.</p> + +<p>La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el +misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva +Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la +difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba, +sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la +justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del +drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa +d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el +inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión +de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera +sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta, +y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.</p> + +<p>Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de +Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos +rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos, +bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la +ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones +de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado, +suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a +Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se +negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento +había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía +haber querido su muerte.</p> + +<p>En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena +de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la +edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su +inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una +mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún +momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía +sin excusa.</p> + +<p>¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre +que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las +convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en +ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos +ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía, +pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo, +este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad, +sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz, +como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos +seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero +impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna +unión podía haber germinado el delito.</p> + +<p>La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el +Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro? +En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa, +perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer +con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última +ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero +contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella +por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del +Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la +Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy +pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber +sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía +haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y +con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con +suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara +con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a +resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal +era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el +respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la +descuidaba en todas las formas?...</p> + +<p>Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras +tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido +últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo +tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban +muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de +pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese +posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían +asesinado.</p> + +<p>Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el +ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y +honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de +los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante +eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del +amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del +otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los +dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de +Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable +sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del +acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del +ensangrentado cadáver.</p> + +<p>Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa, +como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la +conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la +posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado. +Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión +pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y +su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse +definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de +instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho +obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se +excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy +intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en +presencia de una dificultad mayor.</p> + +<p>Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la +Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados, +podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al +amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella +para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había +olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a +caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La +segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo +con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos +caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que +alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando +de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para +sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe +se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que +él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que +la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.</p> + +<p>Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para +explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él. +Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la +Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la +palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la +sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la +convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito? +Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su +naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y +la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si +él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y +si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se +explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había +seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera +rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter +de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección +del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su +turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado +los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.</p> + +<p>Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los +razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía +inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet. +Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por +compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa, +podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera +mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la +nihilista, cuya presencia en la <i>villa Cyclamens</i> no se explicaba muy +bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había +probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no +pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe, +fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación +podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si +no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a +impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto +de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?</p> + +<p>Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente +Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio +terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba +guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.</p> + +<p>Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la +cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía +conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear +su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera +tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero +era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod: +esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido, +podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior, +algún acto.</p> + +<p>Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por +pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en +la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera +pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al +lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por +un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la +muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo +explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el +revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que +su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves +responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía +en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente +comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy +pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión +un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por +crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de +consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus +sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su +mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de +duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una +rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su +prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que +fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y +otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el +último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no +obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.</p> + +<p>Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva +investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la +acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?</p> + +<p>Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los +argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por +compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la +comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido +el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era +de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los +dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el +culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos, +¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su +heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera +podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?</p> + +<p>Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una +prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría +que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro +podía ayudar al descubrimiento de la verdad.</p> + +<p>Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.</p> + +<p>Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa +indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.</p> + +<p>—Vengo a cumplir—le dijo el magistrado en tono de felicitación,—un +deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de +usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos +gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir +de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la +verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros +también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a +un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito +a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle. +Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle +grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus +estudios sociales.</p> + +<p>Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer, +impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que +no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para +que le dijera:—«¿Cuándo habrá usted terminado?...»</p> + +<p>—Indudablemente—continuó el magistrado,—habría sido mejor para usted +examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en +que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido +suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y +la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted +en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya +prolongado?</p> + +<p>La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta +cerró por un instante los ojos, y dijo:</p> + +<p>—¿Qué quiere usted decir?</p> + +<p>—¿No comprende usted?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga +libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable, +si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a +descubrir como ustedes a reconocer...</p> + +<p>—¿Qué dice usted?...—interrogó la joven con un movimiento de +indiferencia.</p> + +<p>—Yo no digo nada—contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando +la vista a los papeles que estaban en la mesa.—¡El amante de usted ha +confesado ser él mismo el asesino!</p> + +<p>Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos +diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir +la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los +casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y +siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un +secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el +instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su +actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara +contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.</p> + +<p>Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:</p> + +<p>—Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía +salvarlo?</p> + +<p>Diciendo esto la miró.</p> + +<p>La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de +despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios +entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el +remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero +que sin duda era muy penoso.</p> + +<p>—¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!</p> + +<p>El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al +juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto. +Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin, +notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No +estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral? +¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua +inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?</p> + +<p>—Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo. +Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede +sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al +Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y +este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un +poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en +esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco +creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según +usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente, +tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque +había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó +que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo +apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía +ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró +arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era +natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones? +Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo +que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un +golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante +que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la +pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más +gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se +quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los +recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él +después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí; +usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha +callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la +justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba +celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa +precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo +pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta, +usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido +encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el +amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la +turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?</p> + +<p>En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca +de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la +joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos, +la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que +había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había +sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había +sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del +misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros +razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado +después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba +las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen +como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo +brecha en él y dejando ver su interior.</p> + +<p>—¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado +usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo +ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni +por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que +usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía +acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival +con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el +delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera +ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?</p> + +<p>La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las +sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su +cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar: +después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por +entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de +repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar +y oprimir:</p> + +<p>—¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en +atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por +último!</p> + +<p>—¿Cómo me habla usted?</p> + +<p>—Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios +arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre +todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad? +¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien, +diga usted a esa sociedad—y el tono de su voz se alzó casi hasta el +grito,—dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su +justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio; +conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese +acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.</p> + +<p>La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue +enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la +satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de +curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento +de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la +indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían +debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.</p> + +<p>—¡Ah! ¡Confiesa usted!...—fue lo único que pudo decir en el primer +momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la +pregunta; pero en seguida, dominándose:—¿Usted también +confiesa?—repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le +había producido.—¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en +generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro? +¡Noble competencia!</p> + +<p>La joven replicó con dureza:</p> + +<p>—¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?</p> + +<p>—¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted +quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es +comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé +que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por +cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un +timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?</p> + +<p>—No por placer.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar +del medio el objeto de sus celos?</p> + +<p>—Usted no sabe.</p> + +<p>—¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía +decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?</p> + +<p>—Es cierto.</p> + +<p>—¿Y usted no estaba celosa?</p> + +<p>La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se +destacaron sonoras, una después de otra:</p> + +<p>—Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún +deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida +de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las +cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también +la suya. ¡Pero él la olvidó!...</p> + +<p>Ferpierre comenzaba a comprender.</p> + +<p>—¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado +de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?</p> + +<p>—Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con +alguien.</p> + +<p>—¿Y hablaba de ella con usted?</p> + +<p>—¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso! +Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?</p> + +<p>—Nunca me ha amado.</p> + +<p>No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las +últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a +Ferpierre: «¡No miente!»</p> + +<p>—Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?</p> + +<p>—¿Qué le importa a usted eso?—respondió la nihilista, volviendo a +hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a +usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una +atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante +usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por +celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo. +Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la +posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar +hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena +el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra +de salvación a que nos dedicamos.</p> + +<p>—¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!</p> + +<p>—¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego +los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman +a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la +suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos. +Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un +propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que +la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de +dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal? +El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los +atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los +pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre +obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en +bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la +única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres, +contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre, +contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra +que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos: +una, diez, mil vidas ¿qué importan?</p> + +<p>La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su +actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de +quien hiere y derriba.</p> + +<p>Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado, +dijo a su vez, con acento frío y severo:</p> + +<p>—No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que +usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa +un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?</p> + +<p>Y al ver que tardaba en contestar:</p> + +<p>—¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a +usted, en revelar sus planes de conspiración?</p> + +<p>—Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa +mujer.</p> + +<p>—¿De qué modo?</p> + +<p>—Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el +deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se +decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla +a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como +por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la +hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería +en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y +probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por +no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al +otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que +cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me +oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque +la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería +que yo, yo, le ayudase...</p> + +<p>La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta +angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del +correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de +haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera +había sospechado su amor.</p> + +<p>—¿Y usted?</p> + +<p>—Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle, +porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de +detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se +resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo +peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le +temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a +matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que +vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le +ayudara, lo ayudé.</p> + +<p>—¿Matando a la mujer amada por el?</p> + +<p>—Devolviéndole la libertad.</p> + +<p>—¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría, +deliberadamente?</p> + +<p>—Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que +todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del +deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara, +que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a +otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara +en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia +a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado +distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra +alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los +míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para +mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común. +La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles. +Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es +por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha +escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que +en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un +pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber +sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no +le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver +en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita, +falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano +era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero +un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,» +agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha +entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y +solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su +nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted +será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere: +cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura, +inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo, +quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién +dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto +que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi +desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...» +Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.» +Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo +tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme +usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con +voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.» +Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»—«¿No +quieres dejarle?»—«¡Máteme!...»—«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su +voz que llamaba. ¡La maté!</p> + +<p>Jadeante, se calló.</p> + +<p>—¿Y no se arrepiente usted?</p> + +<p>—No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía +morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la +libertad a ambos.</p> + +<p>Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.</p> + +<p>Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería +convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la +habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen, +para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese +renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la +fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor +ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del +Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor +después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de +la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado +por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún +salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa, +aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la +rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su +capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la +oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia +tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el +suicidio libertador?</p> + +<p>De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre +llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había +acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero +una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que +Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto, +¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban +ambos a declararse culpables?</p> + +<p>La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché, +había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba +el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de +la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con +un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con +palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus +guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su +excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y +se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos +cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con +impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella +más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la +prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.</p> + +<p>Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida +impaciencia:</p> + +<p>—¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?</p> + +<p>—¿La verdad? ¡Ahora la conozco!—contestó con severidad el juez.—Usted +no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...</p> + +<p>—¡Ah! Entonces...</p> + +<p>—Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al +principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de +lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber +disipado mis dudas...</p> + +<p>Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el +Príncipe le miraba sin despegar los labios.</p> + +<p>—¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en +los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto +salvar a la reo?</p> + +<p>—¿Salvarla?...</p> + +<p>—¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos +están de más. La amiga de usted ha confesado.</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.</p> + +<p>—¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le +duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado? +¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina +pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber +mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su +correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada +por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos +que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...</p> + +<p>El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.</p> + +<p>—¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien +le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo +se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella +infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber +hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo +hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un +sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con +qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y +debido sospechar de usted con mayor fundamento?</p> + +<p>Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la +mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:</p> + +<p>—No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me +deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?</p> + + + + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + +<p class="head">LA CARTA</p> + + +<p>Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la +instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de +Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y +que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la +curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los +últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio, +triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la +increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el +desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se +sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más +que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.</p> + +<p>Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte +se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la +desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al +correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que +tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a +éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el +delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie +perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los +delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena +cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.</p> + +<p>Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los +detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la +inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios, +porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo +podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más +indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero +los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el +riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él +mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica +pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que +contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y +conseguía, por último, vengar a su amada.</p> + +<p>Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la +última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo, +el único que continuaba en la angustia.</p> + +<p>Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón; +si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la +impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de +haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces +remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho +creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un +nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de +acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie +de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de +pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido +ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había +temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión +desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en +cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una +alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí +misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los +escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado, +llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de +la muerta...</p> + +<p>Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al +magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo +tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad +malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la +demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que +después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada, +contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de +la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas +consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su +tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente +caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que +pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la +italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la +desordenada vida que había llevado!...</p> + +<p>¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la +memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia +de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la +muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante, +y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había +dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la +multitud curiosa, el secreto del ser amado?</p> + +<p>El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de +vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su +memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de +la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.</p> + +<p>La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había +impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir +sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero +cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito, +semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría +causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de +Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él, +bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el +asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la +muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha: +Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el +principio las investigaciones del magistrado solamente contra el +hombre...</p> + +<p>¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a +su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito +que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación +contra Zakunine?</p> + +<p>Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban, +viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para +refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la +supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una +inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían +amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor +fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia +parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo +un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la +explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la +Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el +mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión, +debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el +sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas +profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía +calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se +sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que +él podía serlo!...</p> + +<p>¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara +al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la +culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo, +¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la +confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio; +¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo +obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que +el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!</p> + +<p>Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el +partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo +engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas +que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una +certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría +sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se +fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara +su crimen.</p> + +<p>Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la +víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la +mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y +aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después +vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al +culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le +había inspirado?...</p> + +<p>Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de +su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la +víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la +justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los +sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del +joven seguía aumentando, crecía continuamente.</p> + +<p>Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser +amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas +las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su +tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su +memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla +revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido +pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una +situación semejante a la que él se encontraba?</p> + +<p>Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la +idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un +recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado +lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella +no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la +culpa era enteramente de ese hombre.</p> + +<p>En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema +moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer +ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que +habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las +fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a +inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en +su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se +compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el +instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus +ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de +un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su +vida?</p> + +<p>Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él +dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si +quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...</p> + +<p>A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los +recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas +olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser +enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio +del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su +amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal, +¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay +que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que +las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la +presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma +demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es +justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es +impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»</p> + +<p>Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en +ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido +sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al +no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido +para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada +hipocresía o de la debilidad presente?</p> + +<p>De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los +contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que +se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la +bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica +del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su +razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el +castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan +firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el +reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo +afirmamos contra nuestros propios intereses...»</p> + +<p>Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las +manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra: +«Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los +ojos bañados en lágrimas.</p> + +<p>Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse +únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse +sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares +donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo, +volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»</p> + +<p>Y él se decía: «No puedo.»</p> + +<p>No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había +podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se +abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no +debía revelarlo?</p> + +<p>El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había +dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía +necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación +contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de +él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?</p> + +<p>«Perdona,» seguía diciendo la voz.</p> + +<p>Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en +plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de +guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella +no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como +entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre +los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca +mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de +aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió +sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía +delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta +hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...</p> + +<p>Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó +claramente la voz que le decía: «Perdona...»</p> + +<p>Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba +ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre +sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión +del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.</p> + +<p>—Necesitaba, ante todo—le dijo Ferpierre,—reconocer mi error y decir +a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la +acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de +usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente +dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al +descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que +ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha +sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que +se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su +confesión.</p> + +<p>Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.</p> + +<p>—¿Está usted contento ahora?</p> + +<p>El joven no contestó.</p> + +<p>—Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato +habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la +culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted +no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted +contra el Príncipe han resultado infundadas.</p> + +<p>Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para +decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:</p> + +<p>—El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a +amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un +rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar +de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque +sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel +afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!... +Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino +aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de +otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la +rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa +explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.</p> + +<p>Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.</p> + +<p>—¿Está usted contento?—le preguntó el juez.</p> + +<p>—¿Por qué me lo pregunta usted?</p> + +<p>Y los dos hombres se miraron fijamente.</p> + +<p>—Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria +de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad +y de la justicia.</p> + +<p>Ambos volvieron a mirarse en silencio.</p> + +<p>—¿Y usted no está contento?...—dijo por fin Vérod.</p> + +<p>En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una +provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su +pensamiento secreto fuera el mismo del juez.</p> + +<p>—Yo no tengo pasiones que satisfacer—respondió éste.—Un solo amor me +guía: el amor de la justicia...</p> + +<p>—Si se ha hecho justicia...</p> + +<p>—¿Lo duda usted?</p> + +<p>—A mí no me tocar dudar...</p> + +<p>—¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted +ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido +decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente +culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se +acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión +no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco +puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su +acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo? +¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta +prueba?</p> + +<p>—Sí—prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta +manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del +juez.—Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa +declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira +su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor +de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere +sacrificarse...</p> + +<p>—¿Entonces, usted sostiene?...</p> + +<p>—Sostengo—añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el +tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí +mismo:—sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario; +que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad. +Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él...</p> + +<p>Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz +jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La +verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su +sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía +obtenerla.</p> + +<p>—¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?</p> + +<p>—Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque +usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar +el suicidio.</p> + +<p>—¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su +infamia hasta dejar condenar a una inocente?</p> + +<p>—¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de +júbilo?</p> + +<p>—¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero +yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su +vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los +primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.</p> + +<p>—En los primeros días... ¿Y en los demás?</p> + +<p>Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de +contestar.</p> + +<p>Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito +inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de +nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su +confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante, +él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y +ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.</p> + +<p>En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la +Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la +Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había +disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera +presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe +afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos. +Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había +corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su +sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían +afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores +interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la +iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a +seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces +para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel +misterio.</p> + +<p>Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él +dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.</p> + +<p>—En los primeros días estaba oprimido por el dolor—contestó, después +de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;—pero después +se vio que la prisión le hacía sufrir.</p> + +<p>—¿Ve usted?—exclamó Vérod.—Al principio comprendió el error de su +crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido +demasiado fácil!</p> + +<p>Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían +repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de +practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las +insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero +la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y +entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse +a la tabla de salvación.</p> + +<p>—Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón +heroico?</p> + +<p>—¿Qué le impide a usted admitirlo?</p> + +<p>Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el +ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz +del heroísmo.</p> + +<p>—Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa! +Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.</p> + +<p>—¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al +correligionario?</p> + +<p>También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la +joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor +al partido.</p> + +<p>—Bien; pero ¿y la prueba?</p> + +<p>—¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!</p> + +<p>—Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene +usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera +opinión.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!</p> + +<p>—¿Después que ellos admiten la existencia del delito?</p> + +<p>—¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha +declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el +Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!</p> + +<p>—¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él +es el asesino?</p> + +<p>—¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso +desesperado!</p> + +<p>—¡Y no ve usted que dijo la verdad!—arguyó Vérod.—¡Si esa mujer +hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a +usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría +creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si +esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo +inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto +realmente perdido!</p> + +<p>Ferpierre no contestó.</p> + +<p>Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre +tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, +además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por +un falso camino.</p> + +<p>—¡Hipótesis o presunción como todas las demás!—exclamó bruscamente, +deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su +interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es +pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido +asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El +delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si +la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de +usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba +más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos +ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a +ambos, por falta de indicios!</p> + +<p>Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.</p> + +<p>Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más. +La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que +sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.</p> + +<p>La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su +valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de +la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de +todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la +sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que +el joven era quien veía con mayor claridad?</p> + +<p>Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y +ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud +del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de +la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet. +En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar +al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había +exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se +descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que +podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después, +creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado +su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y +la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del +culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante +los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su +suerte.</p> + +<p>Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un +error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al +Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho +cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces, +probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y +habría confesado la verdad.</p> + +<p>¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto +que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de +que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al +oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la +confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido +fructuoso!</p> + +<p>Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la +generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que +ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?</p> + +<p>Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted +cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha +confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado +haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha +confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo +creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho, +queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted +se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha +tratado de salvarle, aunque en vano...»</p> + +<p>Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se +habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de +risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad, +pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo +soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»</p> + +<p>¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía? +¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína +salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no +creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad +hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del +drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan +turbada, con expresión tan sincera?</p> + +<p>Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las +presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose +ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las +inextricables dificultades del caso.</p> + +<p>¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que +perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible? +¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación, +afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba +solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan +inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no +habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida +como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la +Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el +robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?</p> + +<p>Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste +necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última +tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que +había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la +contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras +subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era +urgente.</p> + +<p>Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente +si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles: +un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:</p> + +<p>«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir +del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con +precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»</p> + +<p>Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja, +que decía:</p> + +<p>«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya +se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su +declaración.»</p> + +<p>Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al +saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero; +que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y +que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el +misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e +inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los +que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del +Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del +suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la +confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la +justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de +cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia +inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen +irresolutos para siempre.</p> + +<p>La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa +expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que +le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a +explicar todo.</p> + +<p>No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre, +después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir +comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la +muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la +hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel +anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de +conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en +ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del +mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos +y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar +la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la +carta no anunciaba el suicidio.</p> + +<p>Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición +de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al +desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que +nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de +los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la +esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor +suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más +probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun +confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la +intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.</p> + +<p>Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el +descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del +magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave +parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.</p> + +<p>Un telegrama de Londres para el <i>Journal de Genève</i> precisó, al día +siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque +apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única +parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.</p> + +<p>Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de +estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que +una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había +podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer +la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.</p> + +<p>Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que +no tenían importancia, decía:</p> + +<p>«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de +su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.</p> + +<p>»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo +que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez +que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado +hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted +indulgente.</p> + +<p>»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad +me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle +de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he +pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a +una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte +puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no +espera, no.</p> + +<p>»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en +el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía +quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo +para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que +siempre me ha tenido.</p> + +<p>»Sor Ana, ruegue usted por mí.»</p> + + + + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + +<p class="head">ESPASMO</p> + + +<p>Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo +Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la +memoria de los hombres. Los propietarios de la <i>villa Cyclamens</i> habían +pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel +triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la +próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la +curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue +alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del +proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.</p> + +<p>La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería +a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y +ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de +las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan +monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó +el asunto.</p> + +<p>Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la +Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al +Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que +salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y +también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de +salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder +al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias +relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de +ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido +antes al drama de Ouchy.</p> + +<p>El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos +misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más +conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones, +demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel +enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que, +después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio +de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus +vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y +desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de +que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de +sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo, +ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible: +después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad +para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo +excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue +perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.</p> + +<p>Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo +tardaba en concederle ese ambicionado bien.</p> + +<p>En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan +doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era +infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su +falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que +solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que +dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo +había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en +un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente +no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en +confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su +propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento +muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor +había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido +merecedora de su amor.</p> + +<p>Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del +suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se +hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía +matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de +ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la +mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído +inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que +había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba +a él?</p> + +<p>«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes +no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a +que induce a la persona amada.»</p> + +<p>Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las +había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que +la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una +extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en +cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!</p> + +<p>Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno +engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no +poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una +perfección sobrehumana.</p> + +<p>«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del +desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres +pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta +certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser; +y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme +envilecer más de lo debido su memoria.»</p> + +<p>Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod +acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de +indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era +evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que +no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres +latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y +la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba +alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes +no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y +escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que +vivía fuera de la ley.</p> + +<p>¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con +el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber +contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido +sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a +los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la +gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre +por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la +quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese +amado a ese hombre con amor puro!</p> + +<p>Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que +un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y +tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a +gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le +hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no +podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación +perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil, +perversa había sido la pasión de aquella mujer.</p> + +<p>Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas +ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras +había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le +aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había +podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había +correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que +su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría +podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con +Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en +realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel! +¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con +un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente? +El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor +que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil +pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio +servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...</p> + +<p>Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la +figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a +su memoria las proféticas palabras de un día lejano:</p> + +<p>«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora +volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más +tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento +indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión; +esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el +de usted...»</p> + +<p>Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo +por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho +de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y +dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había +reconocido su propia indignidad.</p> + +<p>Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que +reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el +inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser +éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.» +¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad +que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló +del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el +ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia +de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...</p> + +<p>«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a +usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El +temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a +decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? +¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a +rescatarse?...»</p> + +<p>Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra +pregunta, más ansiosa que las demás:</p> + +<p>«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»</p> + +<p>Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera +muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba +rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se +había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la +desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y +muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima +de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su +corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la +había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión +aliméntala por el remordimiento?</p> + +<p>Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién +era él, que pretendía condenarlo?</p> + +<p>¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué +otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le +hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la +presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no +era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría +estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía +como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus +culpas?</p> + +<p>De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad +inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido +tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido +tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, +se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección +imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo +es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana +de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos +legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.</p> + +<p>No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención +está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema +moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él +había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero +sin renunciar a la vida.</p> + +<p>¿No era ese el camino?</p> + +<p>Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La +eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio +respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el +prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. +Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, +lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, +engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía +negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! +¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o +de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su +existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles +que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al +Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, +impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él +podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había +dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había +pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: +se había matado porque todo acaba en la muerte.</p> + +<p>«Entonces, ¿nada existe, nada?...»</p> + +<p>La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.</p> + +<p>Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había +oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho +cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el +silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que +antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.</p> + +<p>Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía +iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente +las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba +otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de +tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como +antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro, +confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos +los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su +corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez +que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor +infinito.</p> + +<p>El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando +dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue +suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana, +lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron. +Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a +ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente +hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de +Ouchy, las cuestas de Lausana, la <i>villa Cyclamens</i>, el bosque de Comte, +las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y +sonriente a, la luz del sol.</p> + +<p>Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La +impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al +menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera +visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él +sentía en su interior.</p> + +<p>Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres +vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto +del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada +certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro +de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo +la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran +de improviso evocar el bien perdido.</p> + +<p>Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres +del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se +estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.</p> + +<p>¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?</p> + +<p>El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.</p> + +<p>—Roberto Vérod—decía la voz—¿no me reconoce usted?</p> + +<p>Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un +espectro.</p> + +<p>¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?</p> + +<p>—¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle +porque tengo algo que decirle.</p> + +<p>Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la +frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía +toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban +blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales +de una rápida decadencia.</p> + +<p>Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola +palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se +desencadenaban en su alma.</p> + +<p>—Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; +pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...</p> + +<p>Y después de una pausa, añadió:</p> + +<p>—Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.</p> + +<p>El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún +que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.</p> + +<p>—¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la +verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para +que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una +principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, +parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que +engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente +decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...</p> + +<p>Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.</p> + +<p>—Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. +Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura +de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida +me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un +infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo +tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el +instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la +entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí +deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. +Y me burlé de ella y la ofendí.</p> + +<p>Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera +ciego, y luego prosiguió:</p> + +<p>—Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis +palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. +La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de +un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo +he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del +bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones +y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de +impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio +que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, +también me reí de mí mismo...</p> + +<p>Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra +espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y +su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe +todo esto. Y luego, y luego...</p> + +<p>Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que +yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y +corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba +que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el +fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a +perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el +llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.</p> + +<p>Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, +mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de +sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder +decirla:—¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces +como las demás, lo que te place!—era algo que me colmaba de júbilo...</p> + +<p>Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción +a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me +parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había +preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a +los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de +mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.</p> + +<p>Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese +objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para +el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, +pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los +destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que +las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; +que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...</p> + +<p>Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber +equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió +dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una +sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para +encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra +de consuelo...</p> + +<p>El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que +hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún +tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...</p> + +<p>¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un +impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, +me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido +curarme como el amor de una criatura como esa.</p> + +<p>Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin +embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos +sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la +desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para +nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para +obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y +que hemos retirado la mano, y proferido—¡demasiado tarde!—la palabra; +ante esa idea el corazón cesó de latir...</p> + +<p>Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre, +comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que +volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me +pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los +últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba +para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha +muerto...</p> + +<p>Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los +caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a +aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una +pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo, +por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el +amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las +cosas, el rostro escuálido del Príncipe.</p> + +<p>—Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo +notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que +estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y +que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre +demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la +soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de +soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a +protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella +me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta +de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi +pasión por la otra!...</p> + +<p>Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise +escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes +desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo +desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...</p> + +<p>Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba +los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en +el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible +cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una +voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que +antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!</p> + +<p>Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima +en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo +hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y +mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la +esperanza de recuperarla...</p> + +<p>¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y +desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como +pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también +otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era +rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el +cálculo?...</p> + +<p>Un día hablé. La dije:</p> + +<p>—Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es +irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por +favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en +torno mío. Más tarde harás lo que quieras...</p> + +<p>Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también. +Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que +me dio fue:</p> + +<p>—Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que +nuestro amor ha muerto.</p> + +<p>Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.</p> + +<p>Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no +era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que +hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun +no la conocía!...</p> + +<p>Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil, +quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino +Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La +prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.</p> + +<p>Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era +el arma.</p> + +<p>Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería +morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de +haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su +destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre +dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de +que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi +mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el +encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos +indisolubles...»</p> + +<p>Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más +que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir +el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que +alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido +hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones, +todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban +amenazadores.</p> + +<p>—¡Tú me prometiste ayer—la dije con acento amargo—que no me dejarías, +porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...</p> + +<p>Ella no lo negó.</p> + +<p>—Déjame morir—fue su respuesta;—eso será mejor para todos.</p> + +<p>En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de +tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.</p> + +<p>—¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?</p> + +<p>La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.</p> + +<p>Ella me respondió únicamente:.</p> + +<p>—¿De quién es la culpa?</p> + +<p>—Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de +tantos meses de dolor.</p> + +<p>—Pues bien—la repliqué,—yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de +un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?</p> + +<p>—Sí—me dijo.</p> + +<p>Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.</p> + +<p>—Porque si vivo seré suya.</p> + +<p>¡<i>Suya</i>, de usted, de otro!...</p> + +<p>Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.</p> + +<p>—¡Eso no es posible, no sucederá!...</p> + +<p>Ella movió la cabeza.</p> + +<p>—¡No digas que no!—insistí.—¡No digas que no!... Ya sé que no me +amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro, +porque... porque...</p> + +<p>—Le amo—dijo.</p> + +<p>Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:</p> + +<p>—Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor +me está vedado, muero.</p> + +<p>Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:</p> + +<p>—¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu +papel!...</p> + +<p>Todavía creo ver su mirada asombrada.</p> + +<p>—¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única +persona que me llorará sinceramente?...</p> + +<p>—¿De él?...—exclamé.</p> + +<p>A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi +sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:</p> + +<p>—De sor Ana.</p> + +<p>Yo repuse siempre en tono de burla:</p> + +<p>—¿Y la salud del alma?</p> + +<p>Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las +tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.</p> + +<p>—¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...</p> + +<p>Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:</p> + +<p>—¡No me toque usted!</p> + +<p>Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.</p> + +<p>—¡Bueno! ¿La causo horror?—la dije.—¡Y lo ama usted a él! Y aun +cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el +juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...</p> + +<p>Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me +apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.</p> + +<p>—Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted +también correr en busca de nuevas caricias.</p> + +<p>Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se +sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si +se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.</p> + +<p>Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por +una sonrisa burlona.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo +lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me +espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a +venir ahora!...</p> + +<p>Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada +temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:</p> + +<p>—¡Va a venir: soy suya!...</p> + +<p>La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la +frente.</p> + +<p>—¡Cállese usted!—la grité.</p> + +<p>—¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!</p> + +<p>—¡Cállese!—la ordené una vez más.</p> + +<p>—¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú +me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie +puede condenarme!...</p> + +<p>—¡Cállate!...—la intimé por tercera vez.</p> + +<p>—¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi +ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado. +¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me +inunda el alma!...</p> + +<p>—¡Estás loca!—grité.</p> + +<p>—¡Sí, desde que soy tuya!</p> + +<p>No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido +creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.</p> + +<p>—¡No es cierto! ¡No te creo!—exclamé.</p> + +<p>Ella me contestó, atónita, riéndose:</p> + +<p>—¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad, +¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano; +he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento: +después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría +podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría +pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado +viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado; +¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...</p> + +<p>—¿Tú has hecho eso?</p> + +<p>—Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre. +¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?</p> + +<p>—¡Cállate! ¡No me provoques!</p> + +<p>—No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces +aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me +espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...</p> + +<p>Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!</p> + +<p>—¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?</p> + +<p>Yo prorrumpí:</p> + +<p>—¡Matarte!</p> + +<p>Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.</p> + +<p>—¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!</p> + +<p>—¡Cállate, o te mato!</p> + +<p>—¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de +mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que +no sea suya...</p> + +<p>Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:</p> + +<p>—En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...</p> + +<p>El tiro partió...</p> + +<p>Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de +compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la +última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:</p> + +<p>—¡Asesino!</p> + +<p>El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:</p> + +<p>—Pegue usted.</p> + +<p>Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni +uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el +brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:</p> + +<p>—¡Asesino!</p> + +<p>—He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será +justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer, +cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de +mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras. +Óigalas usted:</p> + +<p>—He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...</p> + +<p>Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en +la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en +ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de +mí:</p> + +<p>—¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...</p> + +<p>Yo no comprendía.</p> + +<p>Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de +ponerla, le extrajo una cápsula.</p> + +<p>—Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...</p> + +<p>Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:</p> + +<p>—Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis +respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que +te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...</p> + +<p>Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía +estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer +impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía +nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas +mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la +cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi +pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de +reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto +podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la +muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los +interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al +ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de +morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos, +pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no +tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo +abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas, +confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando +por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces, +naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad, +y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira +triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún +tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba +de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque +estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma, +muda e invisible, gobernaba ya mi vida...</p> + +<p>Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se +había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido: +coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.</p> + +<p>El Príncipe continuó:</p> + +<p>—El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias +que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz +sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún: +era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una +mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella +me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa, +volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó. +¿Cree usted que Florencia haya muerto?</p> + +<p>La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió +hondamente conmovido.</p> + +<p>—Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas: +habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a +ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha +de hacer de mí.</p> + +<p>Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una +palabra, el Príncipe continuó:</p> + +<p>—Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella +practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi +vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en +reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una +prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para +merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por +delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi +crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual +soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el +mejor partido?</p> + +<p>Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué +derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio +estaba completamente obscurecido.</p> + +<p>—Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido +para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría +con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión. +Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo +que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen +felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros +hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es, +defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de +diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de +locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero +fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse, +compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz, +quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...</p> + +<p>Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo, +y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:</p> + +<p>—Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que +me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted +soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad. +Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los +hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca, +antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me +diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra +pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que +la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.</p> + +<p>Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una +emoción violenta se lo impedía.</p> + +<p>—Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de +usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya +de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he +impuesto...</p> + +<p>Y tomando una mano del joven, le suplicó:</p> + +<p>—Roberto, ¿me perdona usted?</p> + +<p>Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.</p> + +<p>Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el +llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por +llorar.</p> + +<p>—El alma de Florencia está presente aquí—dijo el Príncipe.</p> + +<p>Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.</p> + +<p>Luego agregó:</p> + +<p>—Sea por siempre bendita y bendecida.</p> + +<p>El llanto de Vérod era tempestuoso.</p> + +<p>—Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...</p> + +<p>Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod +la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento +estrechamente abrazados.</p> + +<p>El Príncipe preguntó en voz muy baja:</p> + +<p>—Hermano, ¿me perdonas?</p> + +<p>—Te perdono, hermano.</p> + +<p>Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en +seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre +las sombras, se volvió una vez más.</p> + +<p>—¡Adiós!</p> + +<p>Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de +un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el +nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había +tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por +la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de +la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber +confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía +solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva +versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y +mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza +del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana, +impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había +conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.</p> + +<p>Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se +podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se +encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había +vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso, +como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del +culpable y de sí mismo.</p> + +<p>Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:</p> + +<p>—Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que +usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar +que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia +d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan +triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la +angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida +y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último +instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de +aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las +apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!... +Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera +hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa, +colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el +amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de +Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su +tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet, +amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?</p> + +<p>Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.</p> + +<p>—Ha muerto.</p> + +<p>Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había +pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o +violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él, +había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había +aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que +para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás +llegaría a saberse.</p> + +<p>—¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!—dijo el +magistrado.—Y tenía un gran corazón.</p> + +<p>—Sí—ratificó Vérod.</p> + +<p>—Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en +conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo +el asesino, se puede esperar su redención.</p> + +<p>—Está redimido.</p> + +<p>Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su +coloquio con Zakunine.</p> + +<p>—Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella, +que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a +que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le +guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo +mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda, +vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo +razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras +naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la +desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo +inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos +unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad +humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su +aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy +convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo; +que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...</p> + +<p>Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen +trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del +cielo, caído sobre la tierra.</p> + +<p>Después habló Ferpierre:</p> + +<p>—Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de +que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de +salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia +celosamente su imperecedero recuerdo!</p> + +<p class="c top15">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Espasmo, by Federico De Roberto + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESPASMO *** + +***** This file should be named 26756-h.htm or 26756-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/6/7/5/26756/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +https://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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Donations are accepted in a number of other +ways including including checks, online payments and credit card +donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. 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