The Project Gutenberg EBook of Pequeeces, by Luis Coloma

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Title: Pequeeces

Author: Luis Coloma

Release Date: December 3, 2006 [EBook #20011]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Pequeeces...

por

El P. Luis Coloma

de la

Compaia de Jess

SEXTA EDICIN

Bilbao
ADMINISTRACIN DE EL MENSAJERO DEL CORAZN DE JESS
Calle de Ayala
1898

ES PROPIEDAD

QUEDA HECHO EL DEPSITO QUE SEALA LA LEY

BILBAO--Imp. de Corazn del Jess, Muelle de Marzana, 7.




Al Lector[1]

[Nota 1: Al publicarse por primer vez esta novela en _El Mensajero
de Corazn de Jess_, psole su autor este prlogo dirigido a los
lectores de dicha Revista, que por muchas y poderosas razones, nos ha
parecido conveniente reproducir integro en esta sexta edicin. (Nota de
los editores.)]


Lector amigo: Si eres hombre corrido y poco asustadizo, conocedor de las
miserias humanas y amante de la verdad, aunque esta amargue, ntrate sin
miedo por las pginas de este libro; que no encontrars en ellas nada
que te sea desconocido o se te haga molesto. Mas si eres alma pa y
asombradiza; si no has salido de esos limbos del entendimiento que
engendra, no tanto la inocencia del corazn como la falta de
experiencia; si la desnudez de la verdad te escandaliza o hiere tu amor
propio su rudeza, detente entonces y no pases adelante sin escuchar
primero lo que debo decirte.

Porque tmome mucho, lector amigo, que, de ser esto as y si no te
mueven mis razones, te espera ms de un sobresalto entre las pginas de
este libro. Yo dej correr en l la pluma con entera independencia,
rechazando con horror, al trazar mi pintura, esa teora perversa que
ensancha el criterio de moralidad hasta desbordar las pasiones,
ocultando de manera ms o menos solapada la prfida idea de hacer pasar
por lcito todo lo que es agradable; mas confisote de igual modo que,
si no con espanto, con grave fastidio al menos, y hasta con cierta _ira
literaria_, rechac tambin aquel otro extremo contrario, propio de
algunas conciencias timoratas que se empean en ver un peligro en
dondequiera que aparece algo que deleita. Porque juzgo que, por sobra de
valor, yerran los primeros, en no ver abismos donde puede haber flores;
y tengo para m que, por hartura de miedo, yerran tambin los segundos,
en no concebir una flor sin que oculte detrs un precipicio. Y andando,
andando, y partiendo los unos de un principio falso y los otros de una
verdad santa, llegan todos de la exageracin al engao, y pasan luego a
la demencia; parecindoles a aquellos que pueden servir de gua a la
juventud las crudezas de Zola, y creyendo estos que no conviene ensear
a los nios el Credo y los Artculos de la Fe sin introducir algunas
prudentes modificaciones, de que yo pudiera citarle algn ridculo
ejemplo. Extrao fenmeno y singular aprieto para el escritor el de
estos dos extremos opuestos, hijos legtimos de la confusin de ideas en
todo orden de cosas que caracteriza nuestra poca, y reconoce por
origen, entre otras mil causas, la orgullosa suficiencia propia, el
desprecio de la autoridad que legtimamente define, la falta de
profundidad y mtodo en los estudios, el magisterio superficial, intruso
e interesado de los peridicos, y la funesta propensin a juzgar lo que
pasa en el corazn ajeno por lo que sucede en el propio.

Cierto, ciertsimo, lector po y discreto, que peca de inmoral y merece
toda censura el autor que encomia a los ladrones y recomienda sus hurtos
y los facilita; o el que protestando contra ellos y reconociendo su
inmoralidad, traza, sin embargo, con buenas intenciones y poqusima
prudencia, cuadros de peligrosa belleza, de tentacin seductora, que
ejercen sobre el lector incauto, y aun sobre el que por tal no se tiene,
la atraccin siniestra del abismo. Mas no por eso has de deducir de
aqu, lector po siempre, y esta vez no discreto si tal deduces, que sea
igualmente inmoral el escritor que confiesa paladinamente que hay
ladrones, que da la voz de alerta contra ellos y los saca a la vergenza
pblica, pintndolos con todas aquellas sus negras tintas que sufre el
decoro y hacen al vicio antiptico y odioso, y se ayuda as del mal para
hacer el bien, a la manera que la primavera se ayuda del estircol para
fabricar la rosa.

Y no me digas que se corre siempre el riesgo fatalsimo de abrir los
ojos a la inocencia; porque te dir entonces que si el tal autor supo
guardar ese _prudente decoro_ que indiqu antes, y esa inocencia de que
hablas es la verdadera inocencia del corazn, pura y santa, nica que
todo lo ignora, as en teora como en prctica, preciso ser que pase
por aquellas pginas sin comprender lo que se dice entre lneas y coja
la rosa sin sospechar que existe el estircol. Y si por ventura lo
sospecha y lo descubre, seal clara y evidente de que no estaban esos
ojos tan cerrados como t creas, y no siendo ya inocencia pura del
corazn, sino mera ignorancia del entendimiento, le aprovechar por
ende, si no como medicina todava, como preservativo, al menos, la
leccin que encerr all el autor en prudente logogrifo, y como
estircol sucio y hediondo aprehender forzosamente lo que como tal se
le presenta. Y si se le convierte en ponzoa la triaca, culpa ser suya
y no del mdico, porque la malicia no estar entonces en el que escribe,
sino en la propia voluntad del que lee; que, como dijo un poeta antiguo:

        Del ms hermoso clavel,
        pompa del jardn ameno,
        el spid saca veneno,
        la oficiosa abeja, miel.

Con este criterio, lector amigo, escrib yo el libro que entre las manos
tienes, y lealmente te lo aviso para que lo arrojes a tiempo si mi modo
de pensar no te satisface. Y si por acaso te maravilla que siendo yo
quien soy me entre con tanta frescura por terrenos tan peligrosos, has
de tener en cuenta que, aunque _novelista_ parezco, soy slo
_misionero_, y as como en otros tiempos suba un fraile sobre una mesa
en cualquier plaza pblica y predicaba desde all rudas verdades a los
distrados que no iban al templo, hablndoles, para que bien lo
entendieran, su mismo grosero lenguaje, as tambin armo yo mi tinglado
en las pginas de una novela, y desde all predico a los que de otro
modo no haban de escucharme, y les digo en su propia lengua verdades
claras y necesarias que no podran jams pronunciarse bajo las bvedas
de un templo.

Porque si t, lector po y candoroso, sentado a las mrgenes de los
arroyos de leche y miel que fertilizan la Jerusaln celestial que
habitas, has credo que existe la nocin del bien y del mal en todos
los corazones, con la misma claridad que t la posees en tu
entendimiento iluminado por la gracia, ests en un error crassimo. En
el mundo, y en cierta clase de mundo, sobre todo, el mal suele
desconocerse a s mismo, por esa misma confusin de ideas que en todos
los rdenes reina. Cuando la relajacin es general, sucede en una
sociedad lo que a bordo de un barco acontece: que como todo se mueve
igualmente, parece que nadie camina; preciso es que alguien se detenga
para que haya un punto fijo que marque el atropellamiento de los otros y
el rumbo peligroso de los que siguen caminando.

Jams hars conocer a un bizco su propio estrabismo, si no le pones
delante un espejo fiel que le retrate su torcida vista; porque el ojo de
la cara que sirve para ver y conocer a los dems no puede, sin un
milagro que equivalga a esta gracia que t disfrutas, verse y conocerse
a s mismo. Grande y caritativa obra, por tanto, ser la del libro que
sirva de punto fijo para avisar a los del barco que se alejan de la
orilla; que sirva de espejo fiel al bizco desdichado, para que,
comenzando por conocer all su vista extraviada, acabe por odiarla en s
mismo.

Y aqu tienes explicado de paso el porqu me detengo a veces en
pormenores harto nimios, que desdeara como artista y a que no
descendera como religioso. Porque el ltimo parapeto del bizco que no
quiere mirar derecho es negar que entienda el que le reprende de
achaques de vista; por eso, cuando le pone delante el censor detalles
ntimos conocidos slo de los del gremio, concdele al punto la ventaja
inmensa de la experiencia y se rinde a discrecin, pensando que, si no
fue tambin bizco all en sus tiempos aquel que le reprende, entre
muchos que bizquean debieron de apuntarle los dientes; y gran paso es ya
este dado en el corazn que quiere ganarse, porque le invita a la
confianza y le asegura la indulgencia, la idea de que aquel censor
inexorable estudi en su mismo libro y venci sus mismas flaquezas.

Y si todas estas cosas me concedes, y me arguyes todava que no cuadra a
la gravedad de _El Mensajero_ publicar historias tan profanas, pdote
que consideres una cosa, en que de seguro no habrs parado mientes. No
todos los suscriptores de _El Mensajero_ son como t, piadosos y
espirituales: en sus listas, numerossimas hasta un punto increble
para lo que suelen ser estas cosas en Espaa, figuran al lado de
msticas abadesas, seoras muy del mundo, y junto a congregantes de San
Luis, hombres despreocupados y hasta jvenes alegres. Preciso es, pues,
que toda esta multitud heterognea encuentre all alimento que la nutra
y que le agrade, y la sana doctrina que paladea con delicia la abadesa
en la _Intencin_ de cada mes, seria, profunda y devota, es manjar harto
sublime para el embotado paladar de aquellos otros que slo podrn
tragar esa misma celestial doctrina, envuelta en una salsa lcitamente
profana.

Dejen, pues, las almas pas ese rincn de _El Mensajero_ para esos
pobres hambrientos, a quienes hay que alimentar por sorpresa con la
santa doctrina de Cristo; que muy superior a la caridad que consiste en
dar es la que consiste en comprender y soportar las humanas flaquezas.
Esa es la que me hace a m tomar la pluma y escribir para ellos, aun a
trueque de escuchar, como en cierta ocasin he odo, que rebaja el
carcter sacerdotal escribir cosas tan balades. Como si la caridad se
rebajara alguna vez, por mucho que descienda!...

Y con esto, lector amigo, te dejo en paz, y libre quedas para entrarte,
si te place, por las pginas de mi libro o dar media vuelta a la
derecha. Tmome, sin embargo, y en tus ojillos devotos lo conozco, que
ansas ya por leerlo, y no lo dejars hasta devorarlo letra a letra;
porque si mis razones no te han convencido, como deseo, es fcil que la
curiosidad te impulse contra lo que yo pretendo.

Qudate, pues, con Dios, y l te bendiga, que yo por mi parte

    Con estas cosas que digo
    y las que paso en silencio,
    a mis soledades voy,
    de mis soledades vengo.

Bilbao, 1 de enero de 1890.

       *       *       *       *       *




Libro Primero




--I--

    Something is rotten in the state of Denmark.
    (Hay algo en Dinamarca que huele a podrido.)

    Shakespeare, Hamlet.


Las dos torrecillas del colegio se levantaban agudas y airosas como
flechas disparadas contra el cielo azul, sereno y radiante, que suele
cobijar a Madrid en los primeros das de junio. La verdura del jardn
pareca una esmeralda cada en la arena, un oasis de bosquecillos de
lilas que ya se marchitaban y de azucenas que comenzaban a abrirse,
perdido en las ridas llanuras que por el lado del colegio rodean a la
corte de Espaa. El agua saltaba en las fuentes y corra por los pilones
murmurando; oanse alegres voces de nios en lo interior del edificio;
gorjeos de ruiseores y jilgueros en los rboles, y ms all, pasada la
verja, ni nios, ni agua, ni flores, ni pjaros... Una llanura estril,
un pueblo de barracas; y all en el horizonte, lejos, lejos, Madrid, la
corte de Espaa, asomando sus cpulas y sus torres entre esa neblina que
pone ms de relieve la limpidez de la atmsfera, esa especie de vaho que
se levanta de las grandes capitales, semejante a las emanaciones de una
hedionda charca.

Terminaba aquel da el curso, haba tenido ya lugar la distribucin de
premios, y llegaba la hora de las despedidas. Cruzbanse por todas
partes enhorabuenas y adioses, encargos y recomendaciones; y padres,
madres, nios y criados, revueltos en confuso tropel, invadan todas las
dependencias del colegio, rebosando esa satisfaccin pursima del
premio justamente alcanzado, del trabajo concluido, de la esperanza
cierta de descanso; esa ruidosa alegra que despierta en el escolar de
todas las edades la mgica palabra: _Vacaciones!_

El acto haba estado brillantsimo; en el fondo del saln ocupaban un
estrado, ricamente dispuesto, los cien alumnos del colegio, con sus
uniformes azules y plata, agitados todos por la emocin, buscando con
los ojillos inquietos, arreboladas las mejillas y el corazn palpitante,
entre la muchedumbre que llenaba el local, al padre, a la madre, a los
hermanos que haban de ser testigos y partcipes del triunfo. Coronaba
el estrado un magnfico cuadro de la Dolorosa, _Nuestra Seora del
Recuerdo_, titular del colegio, y a su derecha presida el acto el
cardenal arzobispo de Toledo, bajo riqusimo dosel, y el rector y
profesores del colegio sentados en tomo. Llenaban el resto del inmenso
saln los padres y madres de los nios, alternando la gran seora con la
modesta comercianta; el grande de Espaa con el industrial acomodado;
alegres todos, satisfechos, mirndose entre s y sonriendo amigos y
desconocidos, como si el sentimiento de la paternidad, igualmente
herido, acortase las distancias y estrechase las relaciones,
despertando en todas las almas idntica felicidad, la misma dicha, igual
deseo de considerarse y abrazarse como hermanos.

La orquesta dio principio al acto, tocando magistralmente la obertura de
_Semramis_. El rector, anciano religioso, honra y gloria de la Orden a
que perteneca, pronunci despus un breve discurso, que no pudo
terminar. Al fijarse sus apagados ojos en aquel montn de cabecitas
rubias y negras, que atentamente le miraban, apiadas y expresivas como
los angelitos de una gloria de Murillo, comenz a balbucear, y las
lgrimas le cortaron la palabra.

--No lloro porque os vais!--pudo decir, al cabo--. Lloro porque muchos
no volvern nunca!...

La nube de cabecitas comenz a agitarse negativamente y un aplauso
espontneo y bullicioso brot de aquellas doscientas manitas, como una
protesta cariosa que hizo sonrer al anciano en medio de sus lgrimas.

El secretario del colegio comenz a leer entonces los nombres de los
alumnos premiados: levantbanse estos ruborosos y aturdidos por el miedo
a la exhibicin y la embriaguez del triunfo; iban a recibir la medalla y
el diploma de manos del arzobispo, entre los aplausos de los compaeros,
los sones de la msica y los bravos del pblico, y volvan presurosos a
sus sitios, buscando con la vista en los ojos de sus padres y de sus
madres la mirada de inmenso cario y orgullo legtimo, que era para
ellos complemento del triunfo. Un nio pequeito de ocho aos subi
gateando las gradas del estrado, psose de puntillas para divisar a su
madre, viola a lo lejos y con la punta del diploma le envi un beso...
Chicos y grandes aplaudieron con entusiasmo: los unos, por ese instinto
de ngel que hace comprender al nio lo que es santo y bello; los otros,
por esa tierna simpata que despierta en el corazn de todo padre o
madre cuanto tiende a revelar el puro amor de hijo.

El acto pareca ya terminado: el arzobispo iba a dar la bendicin y todo
el mundo se levantaba para recibirla de rodillas... Un nio blanco y
rubio, bello y candoroso como un ngel de Fra Anglico, se adelant
entonces a la mitad del estrado: realzaba el encanto de su edad y su
inocencia, _ese no s qu_ aristocrtico y delicadamente fino que
atrae, subyuga y hasta enternece en los nios de grandes casas; y su
larga cabellera rubia, cortada por delante como la de un pajecillo del
siglo XV, le daba el aspecto de aquel prncipe Ricardo que pint Millais
en su clebre cuadro _Los hijos de Eduardo_.

Detuvironse todos a su vista, quedando cada cual en su sitio en el ms
profundo silencio. Volvi entonces el nio hacia el cuadro de la Virgen
sus grandes ojos azules, rebosando candor y pureza, y con vocecita de
ngel comenz a decir[2]:

        Dulcsimo recuerdo de mi vida,
        Bendice a los que vamos a partir...
        Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
        Recibe t mi adis de despedida,
        Y acurdate de m!...

        Lejos de aquestos tutelares muros,
        Los compaeros de mi edad feliz,
        No sern a tu amor jams perjuros;
        Se acordarn de ti!

[Nota 2: Esta poesa es original del padre Alarcn, y fue leda en
una solemnidad semejante a la que aqu describimos.]

Un aplauso general sali del grupo de los nios, como un grito de
entusiasta asentimiento. Los grandes no aplaudan; con el alma en los
ojos y las lgrimas en estos, escuchaban inmviles. El nio se adelant
dos pasos, y llevndose las manitas al pecho, prosigui lentamente:

    Mas siento al alejarme una agona,
    Cual no la suele el corazn sentir..
    En palabras de nio quin confa?
    Temo... no s qu temo, Madre ma,
    Por ellos y por m...

Nadie respiraba; las lgrimas, al caer, no hacan ruido. El nio volvi
entonces al pblico los cndidos ojos, con esa mirada vaga de la
inocencia que parece investigar siempre algo ignorado, y prosigui con
tristeza que conmova y sencillez que llegaba al alma:

        Dicen que el mundo es un jardn ameno,
        Y que spides oculta ese jardn...
        Que hay frutos dulces de mortal veneno,
        Que el mar del mundo est de escollos lleno...
        Y por qu estar as?

        Dicen que por el oro y los honores,
        Hombres sin fe, de corazn ruin,
        Secan el manantial de sus amores
        Y a su Dios y a su patria son traidores...
        Por qu sern as?

        Dicen que de esta vida los abrojos,
        Quieren trocar en mundanal festn;
        Que ellos, ellos motivan tus enojos,
        Y que ese llanto de tus dulces ojos,
        Lo causan ellos, s!

Algunas mujeres enrojecieron, porque por la boquita del nio pareca
hablar la voz de muchas conciencias; varios hombres bajaron la cabeza, y
una voz enrgica, pero alterada, repiti a lo lejos:--S! S!--. Era
un anciano general, abuelo de un alumno del colegio. El nio pareca
conmovido, como pueden estar los ngeles a la vista de las miserias
humanas; movi tristemente la cabecita, cruz las manos y prosigui con
la expresin de un querubn que mira a la tierra:

            Ellos, ingratos!, de pesarte llenan...
            Ser yo tambin sordo a tu gemir?
            No! Yo no quiero frutos que envenenan,
            No quiero goces que a mi Madre apenan,
            No quiero ser as!

            En los escollos de esta mar brava
            Yo no quiero sin gloria sucumbir;
            Yo no quiero que llores por m un da;
            No quiero que me llores, Madre ma...
            No quiero ser as!

            Y mientras yo responda a tu reclamo,
            Mientras me juzgue con tu amor feliz,
            Y ardiendo en este afecto en que me inflamo,
            Te diga muchas veces que te amo,
            Te olvidars de m?

            Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!
            Siempre que luche en peligrosa lid,
            Siempre que llore mi alma dolorida,
            Al recordar mi adis de despedida,
            Te acordars de m!

            Y en retorno de amor y fe sincera,
            Jams sin tu recuerdo he de vivir.
            Tuya ser mi lgrima postrera...
            Hasta que muera, Madre; hasta que muera
            Me acordar de ti!

            T en pago, Madre, cuando llegue el plazo
            De alzar el vuelo al celestial confn,
            Estrechndome a ti con dulce abrazo,
            No me apartes jams de tu regazo.
            No me apartes de ti!

Call el nio, y no reson un aplauso; slo estall un sollozo, un
inmenso sollozo que pareci salir de mil pechos por una sola boca,
arrastrando los encontrados afectos de amor, ternura, vergenza,
entusiasmo, piedad y arrepentimiento, que en aquellos corazones haba
despertado la cndida vocecita del nio... A una seal del rector,
lanzronse todos los que en el estrado estaban en brazos de sus padres,
estallando entonces una verdadera tempestad de besos, gritos, abrazos,
bendiciones, llantos de alegra y gemidos de gozo. Slo el nio que
haba declamado los versos qued solitario en su asiento, sin padre ni
madre que le recibieran en sus brazos; la pobre criatura dirigi una
larga mirada al dichoso grupo, y con sus premios en la mano, sali
lentamente por una ancha galera en que comenzaban a amontonar ya los
criados los equipajes de los nios que se marchaban. Haba en un extremo
un gran mundo con las iniciales F. L. en la tapa, y sobre l se sent el
nio como esperando algo, con los premios al lado, la cabeza baja y la
gorrita en la mano, triste, silencioso, inmvil. La alegre algazara del
saln llegaba a sus odos, y poco a poco fuese levantado su pechito,
hinchse su garganta y rompi a llorar amargamente, en silencio, sin
sollozos, sin suspiros, como lloran los que tienen en el corazn el
manantial de sus lgrimas. Los criados comenzaban ya a cargar los
equipajes, y los grupos de padres y nios se dirigan a la puerta con
alegre barullo, sin que nadie reparase en el nio solitario, a veces, un
compaero le daba al pasar una palmada cariosa, o un profesor que
corra apresurado le enviaba una sonrisa, y el nio sonrea tambin
sorbindose las lgrimas.

Una seora gorda, de aspecto bondadoso, hallse en aquellas apreturas al
lado del nio, llevando de la mano a un chiquillo gordinfln que slo
haba obtenido un premio de gimnasia. Not este las lgrimas de su
compaero, y tirando de las faldas a la seora, le dijo al odo:

--Mam... mam... Lujn est llorando.

--Por qu lloras, hijo?--le pregunt la seora compadecida--. Si has
declamado muy bien! No has sacado premio?

Psose el nio muy encarnado y, levantando la cabeza con infantil
orgullo, contest mostrando los que junto a s tena:

--Cinco... y dos _excelencias_...

--Digo... Cinco premios y todava lloras?...

El nio no contest; baj la cabeza como avergonzado, y de nuevo
corrieron sus lgrimas.

--Pero, qu tienes, hijo?--insisti la seora--. Ests malo?... Por
qu lloras?

Un inmenso desconsuelo, que desgarraba el alma en aquella carita de
ngel, se pint en las facciones del nio; con los dientecillos
apretados y los ojos rebosando lgrimas y amarguras, contest al cabo:

--Porque estoy solo. Mi mam no ha venido. Nadie ha visto mis
premios!...

La seora pareci comprender toda la profunda amargura que encerraba
aquel sencillo lamento. Saltronsele las lgrimas, y mientras con una
mano acariciaba la rubia cabeza del nio, apretaba con la otra contra su
seno la de su hijo, como si temiese que pudiera faltarle alguna vez
aquel blando regazo.

--ngel de Dios!--deca al mismo tiempo--. Pobrecito mo!... T mam
no habr podido venir; estar fuera, sin duda... Cmo se llama?...

--La condesa de Albornoz--respondi el nio.

Una violenta expresin de ira se pint en el rostro de la seora al or
este nombre; volvise bruscamente hacia una joven que la acompaaba, y
exclam con ms impetuosidad que prudencia:

--Pero, has visto?... Si esto clama al cielo!... Pcara madre!
Pcara madre!... Mientras este ngel llora, estar ella escandalizando
a Madrid como acostumbra.

--Calla mujer!--replic la otra, mirando con inquietud al nio...

--Pero quin ve con paciencia esto?... Lstima de hijo para tal
madre!... Desde el fin del mundo hubiera venido yo por ver recibir al
mo su premio de gimnasia... Anda con Dios, hijo! Eso indica que cuando
seas grande sabrs tirar de un carro... Con tal que me seas bueno!...
No es verdad, Calixto, vida ma?...

Y estampaba en las mofletudas mejillas de su hijo esos estrepitosos y
apretados besos de las madres, que parecen mordiscos del alma.

El nio, enjugndose sus grandes ojos de un azul profundo, como el mar
visto de lejos, no se enteraba de nada. La seora volvi a decirle:

--Vamos, hijo mo, no llores... Anda, Calixto, no seas pazguato, dile
algo a ese nio... No ves que llora?... Cmo te llamas, hijo?

--Paquito Lujn--respondi el nio.

--Pues no llores, Paquito, que tu mam te estar esperando en casa...
Mira, Calixto, dale una de las cajas de dulces que te he trado..., o
mejor ser que le des las dos; yo te comprar otras.

Y como viese que el nio rechazaba la linda cajita de la Mahonesa, que
no del todo satisfecho le alargaba Calixto, aadi:

--Tmalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... No
tienes hermanitos?...

--Tengo a Lil.

--Pues llvale una a Lil. Y llvale tambin esto... y la buena seora
estamp en las mejillas del nio, llenas de lgrimas, otros dos sonoros
besos, que en vano pretendan suplir en ellas el calor que les faltaba
de los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna,
coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda
rizada en la mano, se acerc entonces al grupo:

--Cuando el seorito quiera, est esperando el coche--dijo
respetuosamente al nio.

El pobre seorito se levant de un salto, y abrazando con un movimiento
lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigi a la puerta, sin querer
entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja del jardn
le detuvo el padre rector, que all estaba despidiendo a los nios;
besle Paquito la mano, y abrazndole l cariosamente, le habl breve
rato al odo.

Psose el nio muy encarnado, corrieron de nuevo sus lgrimas y con
verdadera efusin llev por segunda vez a sus labios la mano del
religioso.

Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos
de despedida.

--Adis!... Adis!...--repeta el anciano.

Todava aparecan algunas manitas saludando a lo lejos por las
ventanillas de los coches:

--Adis!... Adis!...

Ocultronse al fin todos en el ltimo recodo del camino, y slo qued la
llanura rida, la polvorienta carretera, el pueblo de barracas, el
colegio solitario, silencioso como una jaula de jilgueros vaca, y a lo
lejos, acechando entre la bruma, Madrid, la gran charca.

El pobre viejo dej caer entonces los brazos abatidos, baj tristemente
la cabeza, y entrse en la capilla murmurando:

    Oh Virgen del Recuerdo dolorida!
    Se acordarn de ti?




--II--


Era aquella misma tarde poca la animacin y escasa la concurrencia en el
_fumoir_ de la duquesa de Bara. Casi tendida sta en una
_chaise-longue_, quejbase de jaqueca, fumando un rico cigarro puro,
cuya reluciente anilla acusaba su autntico abolengo: tena sobre las
faldas, sin anudarlo, un delantillo de finsimo cuero y elegante corte,
para preservar de los riesgos de un incendio los encajes de su _matine_
de seda cruda, y sacuda de cuando en cuando la ceniza en un lindo barro
cocido, que representaba un grupo de amorcillos naciendo de cascarones
de huevo en el fondo de un nido.

Pilar Balsano fumaba, haciendo figuras, otro cigarro no tan fuerte, pero
s tan largo como el de la duquesa, y Carmen Tagle se desquijaraba
chupando un _entreacto_ que se mostraba algn tanto rebelde.

--Est visto que no tira--dijo de pronto.

Y para cobrar nuevas fuerzas se bebi poquito a poco, y con aire muy
distinguido, una tercera copita del whisky, bastante fuerte, que
juntamente con el t, los brioches y _sandwiches_, haban servido en
rico frasco de cristal de Bohemia.

La seora de Lpez Moreno, gorda y majestuosa como las talegas de su
marido, contraa sus gruesos labios para chupar un cigarrito de papel, y
rease maternalmente al ver a su hija Lucy, recin salida del colegio,
dar pequeas chupadas en el cigarro mismo de Angelito Castropardo.
Chupaba la nia y tosa haciendo monadas; chupaba Angelito para darle
magistral ejemplo, y tomaba a chupar y a toser la colegialita,
encontrando el juego muy divertido. Pareca complacerla mucho tener por
maestro un grande de Espaa, y procuraba estudiar el chic de aquellas
ilustres damas, que como modelos de distincin le propona su madre.
Todava, sin embargo, encontraban en ellas sus ojos de colegiala cosas
harto extraas.

Disgustaban a la duquesa las risotadas de la banquera; pero pasaban de
dos millones las hipotecas que el cnyuge de esta tena sobre los bienes
de aquella, y ante la perspectiva de una prrroga necesaria, era preciso
preparar el terreno con paciencia y amabilidades.

Leopoldina Pastor, varonil solterona que pasaba ya de los cuarenta,
guapa y muy erudita, despachaba una buena racin de brioche _milanaise_,
disputando con don Casimiro Pantojas, antiguo director de Instruccin
Pblica, acadmico de la Lengua y celebrrimo literato. Habase
inaugurado aquella semana el tranva del barrio de Salamanca, y
lamentbase el acadmico de que el vulgo de Madrid se empease en hacer
masculino el nuevo vehculo, contra el dictamen de algn colega suyo,
que por femenino lo tena.

La seorita de Pastor, ardiente defensora de los fueros gramaticales,
prometile hacer por todas partes propaganda de _la tranva_; pero
escapsele al bueno de don Casimiro que era el acadmico en cuestin don
Salustiano Olzaga, y Leopoldina vari al punto de dictamen, exclamando
muy enfadada:

--Imposible que sea femenino!... Olzaga es un indecente amadesta que
ha impuesto a Thiers el Toisn de oro; y eso no se lo perdona ninguna
alfonsina... Pues no faltaba ms!... El tranva se dice, y el tranva
se dir!...

Y todos convinieron en poner pantalones al tranva, incluso Fernando
Gallarta y Gorito Sardona, gomosos del Veloz; y el grave marqus de
Butrn, ministro plenipotenciario antes de la gloriosa, y gastrnomo
distinguido nicamente despus de ella. Era el marqus en extremo
peludo, y la reina Isabel sola llamarle Robinsn Crusoe, porque, segn
aseguraba, slo con la cara de su ministro plenipotenciario poda
figurarse al famoso nufrago vestido de pieles en su isla desierta. Y en
honor de la verdad, aquellos destinos del orbe entero, que encerraba
Napolen en el pliegue vertical de su frente, podan quedar entre las
cejas del marqus perfectamente arropados, como entre dos pellejos de
conejo.

Frunci, pues, Butrn el formidable pliegue, y mirando la ceniza de su
cigarro, dijo solemnemente:

--Olzaga!... El y slo l sirve de puntal a esta situacin que se
desmorona... Sin su habilidad y sus esfuerzos, tendramos ya la
Restauracin planteada hace medio ao.

Indignronse mucho las damas, y Carmen Tagle exclam lastimeramente:

--Y tanta apopleja vacante!... Tanta pulmona desperdiciada!...

El marqus, que estaba realmente al tanto de los manejos de la poltica
reaccionaria, sigui perorando, y Carmen Tagle dej de prestar atencin
para ponerla a lo que pasaba a sus espaldas, detrs de un caballete de
terciopelo rojo, medio cubierto airosamente con una pieza de seda del
siglo XVI, sobre la cual se destacaba una linda acuarela de Worms.
Asomaban por entre las rojas patas del caballete las faldas de una dama
y las piernas de un caballero, y eran estos incgnitos Mara Valdivieso
y Paco Vlez, que sostenan all haca media hora una pelotera de dos
mil demonios. La colegialita Lucy alargaba tambin la oreja a ver si
pescaba algo, y pesc, en efecto, por dos o tres veces, el nombre de
Isabel Mazacn y el de cierto actual ministro, muy joven y muy guapo,
llamado Garca Gmez. A poco hizo otra pesca ms gorda: habasele
escapado a la dama un iracundo Canalla! y al caballero una grosera
palabrota que hizo a Lucy pegar un respingo, ponindose muy colorada, y
a Carmen Tagle exclamar entre dientes, con su proverbial frescura:

--_ mon Dieu; quel gros mot_!...

Y levantando la voz un poco, dijo volviendo el rostro hacia el
caballete:

--Pero, Mara, no vienes?... Mira que se est enfriando el t...

Apareci entonces la Valdivieso por el laberinto de moneras y riquezas
artsticas que llenaba la pieza, y vino a sentarse junto a Carmen Tagle,
muy sofocada y echando por los ojos relmpagos de ira. Paco Vlez sali
por el otro lado del escondite con las manos en los bolsillos, coloradas
las orejas y mordindose los labios, y se detuvo a examinar, con aire de
inteligente, una bellsima lmpara de cobre repujado que sobre una
columna salomnica haca pendant con el caballete. Lucy, que no conoca
a la Valdivieso, pregunt muy bajito a su maestro Castropardo, si aquel
otro seor era su marido.

Su marido!... Jess, y qu risa tan grande y tan guasona le entr
entonces a Angelito Castropardo!... Pero de dnde diablos haba sacado
aquella criatura la peregrina idea de que fuese aquel un matrimonio?...

--Como rean de ese modo!...--dijo, muy apurada, Lucy.

Castropardo sufri otro acceso de hilaridad, y pudiendo apenas decir
entre su risa Pues tiene sombra la pregunta!, fue a contar al odo de
la duquesa la ocurrencia de la colegiala.

Passeles por alto a todos los dems este pequeo incidente, distrados
con la negra pintura de la situacin actual, que deliberadsimamente les
haca el peludo diplomtico; saba muy bien que eran el brazo derecho de
los polticos de la Restauracin las seoras de la grandeza, y tena l
a su cargo enardecer y dirigir el celo de tan ilustres conspiradores.
Ellas, con sus alardes de espaolismo y sus algaradas aristocrticas,
haban conseguido hacer el vaco en torno de don Amadeo de Saboya y la
reina Mara Victoria, acorralndolos en el palacio de la plaza de
Oriente, en medio de una corte de _cabos furrieles y tenderos
acomodados_, segn la opinin de la duquesa de Bara; de _indecentillos_,
aada Leopoldina Pastor, que no llegaba siquiera a indecentes. Las
damas acudan a la Fuente Castellana, tendidas en sus carretelas, con
clsicas mantillas de blonda y peinetas de teja, y la flor de lis,
emblema de la Restauracin, brillaba en todos los tocados que se lucan
en teatros y saraos. All mismo y en aquel momento, la seora de Lpez
Moreno llevaba una colosal, empedrada de brillantes; y con mejor gusto
para aquella hora y aquel traje, llevbanla tambin las otras damas, de
oro mate con esmaltes. Leopoldina Pastor luca una de trapo del tamao
de una zanahoria, colocada en lo ms alto de su sombrero.

Pavoroso era el cuadro que el marqus dibujaba... Aislado el pobre rey,
miraba sin cesar hacia la frontera, esperando la contestacin a su
discurso del 3 de abril que an no haba obtenido respuesta el 21 de
junio. Sucedanse las crisis ministeriales, frecuentes, peridicas, como
calenturas de terciana, hasta engendrar un ministerio llamado de Santa
Rita, por ser esta Santa abogada de imposibles. Sublevbanse en las
provincias tropas y paisanos; los tenderos se amotinaban en Madrid y
daban una pedrada al alcalde; y cinco das antes, el 18 de junio, un
populacho soez recorra las calles apedreando los cristales, y rompiendo
los faroles de la iluminacin con que celebraban muchos el aniversario
del pontificado de Po IX, mientras un gento inmenso, de todos los
colores y matices, aplauda en los jardines del Retiro _El Prncipe
Lila_, grotesca stira en que designaban al monarca reinante con el
nombre de _Macarroni I_. Varios gomosos del Veloz-Club, de los cuales
era uno Paco Vlez, haban pagado a tres saboyanitos para que,
escondidos en un palco proscenio del teatro a que asista don Amadeo,
interrumpiesen de repente la funcin, cantando al son de sus violines y
arpas el conocido estribillo:

    Cicirinella tena un gallo
    E tutta la notte montava a caballo,
    Montava la notte bella
    Viva il gallo de Cicirinella!

Diverta esto mucho a las damas, porque claro est que ello haba de
allanar el camino de la Restauracin porque ansiosas trabajaban; pero lo
temible, lo negro--y el marqus acentuaba los pavorosos tintes de su
rostro, enarcando las pieles de sus cejas--, era que los carlistas
comenzaban a removerse en el norte, y los republicanos en todas partes,
y hacase difcil defender de tanta boca abierta la nica y apetecida
tajada.

--La Restauracin es cosa hecha--concluy _Robinsn_ con acento
proftico--; pero slo llegaremos a ella atravesando un charco de
sangre... Preveo para Espaa un _noventa y tres_ con todos sus
horrores!...

Sobrecogironse las damas, y en voz queda, contenida, cual si viesen
asomar, como Mara Antonieta por las ventanas del Temple, la cabeza de
la Lamballe, clavada en una pica, comenzaron a hablar de la
guillotina... Morir las aterraba. Qu saban ellas lo que era morir?
Tan slo lo comprendan en el Teatro Real, dejndose caer poco a poco en
la poltrona de Violeta Valery, cantando al comps de la orquesta y en
los brazos de Alfredo: _Addio d'il passato_!

La duquesa dijo con voz desfallecida que ella haba visto en Londres, en
la galera de madame Toussaud, la guillotina misma en que muri Luis
XVI. La seora de Lpez Moreno se llev la mano a su gordo pescuezo,
como si ya sintiese all el filo de la fatal cuchilla. Leopoldina Pastor
no se asustaba: de morir ella, morira como Carlota Corday, despachando
antes media docena de indecentes, como Marat. Carmen Tagle dio un
suspiro, sac un poquito la lengua y pregunt si aquello dolera mucho.

--Tan slo se siente un ligero frescor--contest a lo lejos una voz
cavernosa.

Volvironse todos asustados, creyendo encontrar la sombra de
Robespierre, que vena a comunicarles el dictamen de su experiencia.

Tan slo vieron a don Casimiro Panojas, sonriente, apretndose con una
mano el gaznate, rompiendo con la otra el rabo de un conejito de
porcelana de Sajonia que, entre mil costosas baratijas, adornaba una
mesa. Distrado siempre el buen seor, trituraba de continuo lo que
coga al alcance de sus dedos de esprrago, y a estos destrozos sin
cuento de muebles y cachivaches deba el apodo de _el Cicln Literario_.

Rironse todos; y la salida del acadmico, que no era otra sino el
informe de Guillotn a la Asamblea francesa sobre su terrible invento,
vino a aclarar algo la sombra atmsfera. Una racha viviente, un huracn
femenino que apareci en la puerta, acab de despejarla del todo; entr
Isabel Mazacn, con su paso de Diana cazadora, alta la cabeza, altiva la
mirada; demasiado seoril para _cocotte_ demasiado desvergonzada para
gran dama.

Bes a la duquesa, quitse un guante, bebi dos sorbos de t...

--Butrn, un cigarro--dijo, y con el aplomo de un veterano, de repente,
sin prembulos, hizo estallar esta bomba:

--Est nombrada la camarera mayor de Palacio.

La sorpresa hizo saltar de sus asientos a damas y caballeros, y
desapareci como por ensalmo la jaqueca de la duquesa.

--Quin es?...

--Pero quin poda ser?...

Porque quin poda ser, en efecto, si la gran habilidad de las seoras
alfonsinas haba estado en desairar a la reina Mara Victoria, dejando
vacante el cargo de camarera mayor, que exige como requisito
indispensable la grandeza de Espaa, y es de suyo tan alto y delicado
que no recibe, sino presta autoridad a la persona misma de la reina?...

--Bah!--exclam al cabo la duquesa--, alguna coronela de Alcolea...

--Alguna burguesa distinguida--dijo Carmen Tagle.

--Miss Zaeo, artista ecuestre--opin Gorito Sardona.

Y Paco Vlez, en crudo, sin repulgos, sin que ninguna dama se espantase,
ni ningn caballero le cruzara el rostro de una bofetada, aadi:

--Paca la alta... _artiste anonyme_...

Angelito Castropardo, en pie detrs de la gorda Lpez Moreno, la
designaba con gesto picaresco, guiando un ojo como si preguntase si era
ella; mas la Mazacn, con mucha pausa y sin que la voluminosa banquera
pudiese comprender por la expresin de su rostro qu deca, ni a quin
hablaba, le contest, subrayando las palabras:

--No es _gorda_ de Espaa... Es _grande_ de Espaa.

Recrudecise la sorpresa con asomos de indignacin, y hasta el mesurado
diplomtico contrajo sus pellejos de conejo, exclamando:

--Imposible!... Imposible!...

--Ser alguna grande de provincia... Alguna indecente que nosotros no
conocemos--dijo Leopoldina Pastor.

--No, seor; es grande de la corte, y de la cepa... y me extraa no
encontrarla aqu...

--Aqu?--grit la duquesa irguindose amenazadora.

Y revolvi los ojos en todas direcciones, como buscando debajo de alguna
mesa o en lo alto de algn _tagre_ a la nueva camarera.

--Pero quin es?... Quin es?--gritaron todos.

Isabel Mazacn dejaba escapar una sonrisita maliciosa, como quien
saborea un triunfo anticipado; present una copa a Paco Vlez para que
se la llenase de whisky, vacila de un trago, y acab al fin de soltar
la bomba.

--Curra Albornoz--dijo.

Lo enorme de la afirmacin destruy su efecto. Un bah! general de
incredulidad brot de todos los labios, y la duquesa se hundi de nuevo
en las profundidades de su _chaise-longue_, exclamando:

--Eso es una _canard_!

--S, seor!... Un camelo!--aadi Gorito muy indignado.

Tocle la vez de enfurecerse a Isabel Mazacn, y mientras el viejo
Butrn disimulaba un repentino sobresalto, como si juzgase aquel
nombramiento cosa de grave peligro, dijo ella muy contrariada por el
fiasco de su noticia:

--Pues, seor, me pasmo de su pasmo de ustedes!... A qu viene ese
espanto?... Acaso Curra ha tenido alguna vez vergenza?

--Eso es otra cosa!--replic con fresqusima naturalidad la duquesa--.
Pero la enormidad que t le atribuyes sera peor que una culpa; sera
una pifia...Camarera mayor de _la Cisterna_!... Qu ridiculez!...

--Mira que lo s de buena tinta...

--Vamos, mujer, dilo sin miedo, que ninguna de nosotras se ha de poner
colorada--exclam Mara Valdivieso con la intencin de un toro de ocho
aos--. Te lo ha dicho Garca Gmez?...

La Mazacn titube un momento, y sin ruborizarse tampoco por las
comentadas intimidades que con el lindo ministro tena, dijo al cabo:

--Garca Gmez me lo ha dicho.

--Pues aunque lo diga San Garca Gmez no lo creo!--replic
impertrrita la duquesa--. Necesitara yo verla en el coche de _la
Cisterna_ para comprender.

--Ya lo irs comprendiendo, mujer, no te apures--la interrumpi Isabel
Mazacn con mucha sorna--. Te acuerdas de que Currita estaba en Pars
cuando la abdicacin de la reina? Te acuerdas de que nadie se acord de
invitarla a la ceremonia?... Bien se guard ella de decirlo; pero su
marido, ese Villameln, que tiene ms de _meln_ que de _villa_, lo dej
escapar una noche en casa de Camponegro... Pues ah tienes la madre
del cordero!... Ella no ha perdonado el desaire, y quiere ahora sacarse
la espina; porque, psmate, Beatriz, psmate!... Ni aun siquiera le han
ofrecido el cargo; ella, ella es quien lo ha solicitado!...

Horrorizronse todos, y la Mazacn continu:

--Verdad es que se hace pagar carillo, porque ha sacado seis mil duros
de sueldo, y...

--Seis mil duros de sueldo?... Qu barbaridad!... Pero si ningn
sueldo de Palacio pas nunca de tres mil duros...

--Pues para Curra pasa de seis mil, porque, adems de ellos, se ha
sacado tambin...

Aqu intercal la amiga de Garca Gmez una risita de todos los diablos,
y aadi muy despacito:

--...la Secretara particular de don Amadeo, para ese Juanito Velarde,
que es ahora su consejero ntimo.

--Velarde?--exclam Pilar Balsano muy sorprendida--. Yo nada saba!...

--Ahora te desayunas de eso?... Vamos, Pilar, que ests siempre en
Beln con los pastores!...

--Lo vea mucho con Villameln, pero nada sospechaba...

--Y queras mayor indicio?... En ese matrimonio modelo son comunes
hasta las afecciones; el consejero ms ntimo de Currita es el amigo que
Villameln pasea... En eso conozco yo quin est de turno.

Rironse todos, como siempre que la Mazacn empuaba la tijera, y la
seora de Lpez Moreno dijo muy satisfecha:

--Qu Isabel esta!... Con qu gracia crucifica a todo el mundo!...

No sent bien a la Mazacn aquel familiar _Isabel_, y como no tena
sobre sus tierras hipoteca ninguna de la banquera, la contest
recalcando mucho el nombre de pila de esta:

--Por eso tengo la seguridad de que a nadie calumnio, mi seora doa
Ramona...

La duquesa, que an no se daba por convencida, quiso replicar algo; pero
el marqus, desasosegado y nervioso, impuso silencio, extendiendo una
mano que pareca tener, como las de Jacob, mitones de cabrito...

--Basta, basta, seores!--dijo--. Estn ustedes jugando con fuego!...

Y lanzando en torno una mirada escrutadora, que brillaba entre sus cejas
como el sol entre nubarrones, aadi:

--Todos tenemos aqu los mismos intereses, y se puede hablar claro... De
ser cierto lo que Isabel dice, el tal nombramiento traer cola... Lo de
la abdicacin es exacto, pero fue un olvido; yo estaba all tambin, y
me lo cont Pepe Cerneta, y la misma seora me lo repiti, lamentndose
de ello... Por eso, cuando not que Currita se haba resentido, escrib
yo mismo a la reina, aconsejndola que la desagraviara...

--Pues muy mal hecho!... Lstima de tiempo perdido!--le interrumpi
Isabel Mazacn con un mohn graciossimo.

--No, Isabel, no!... Que cuando un partido est en desgracia, su
poltica ha de ser siempre la de barrer para adentro... Por eso la
seora me contest hace poco que la invitara para la primera comunin
de nuestro prncipe en Roma... Figrense ustedes el compromiso que ser
para m si la seora da ese paso en falso!... Jess, Jess, qu
disparate!... Pero, Isabel, cabeza de pjaro, por qu no me dijiste eso
a m solo?...

--Pues me gusta la salida!... Para que se lo guardara usted muy
tapadito?...

--Pues claro est!, para eso mismo!... Es menester que todo eso quede
entre nosotros, y hable yo cuanto antes con Currita...

--Aqu la tendr usted de un momento a otro.

--Aqu?...

--Aqu mismo... Qued citada con ella para ir a la visita de los nios
de la Inclusa; ella es de la Junta de Damas.

--Oh, s!--exclam Carmen Tagle en tono muy devoto--. Currita tiene a
esos pobrecitos nios un afecto tiernsimo...

--Maternal--dijo Gorito en el mismo tono.

--Verdaderamente maternal--repitieron varios muy compungidos; y todos se
echaron a rer, incluso la colegialita, con sencillez candorossima,
mientras Butrn, muy apurado, repeta con el ademn de Neptuno
pacificando los mares:

--Juicio, seores; juicio, por Dios!... Que nadie diga una palabra, ni
se den por entendidos con ella, hasta que yo le hable.

--Ay, no, no; lo que es eso no!--exclam la Mazacn muy desolada--. Por
nada del mundo renuncio yo al gustito de hacerla rabiar un rato...

--Pero si eso no puede ser cierto!... Si todo podr arreglarse!

--Pues mientras usted lo arregla, nosotras nos divertiremos...

Butrn quiso invocar los fueros de su autoridad, pero ya era tarde... A
travs de la puerta del _fumoir_ vieron todos adelantarse, por el saln
vecino, a una dama muy pequeita, flaca, que caminaba con menudos pasos
sobre sus altos tacones, dando golpecitos en el suelo con el regatn del
largo palo de su sombrilla de encajes. Tena el pelo rojo, el rostro
lleno de pecas, y sus pupilas grises eran tan claras que parecan
borrarse a cierta distancia, haciendo el extrao efecto de los muertos
ojos de una estatua.

Al verla, Leopoldina Pastor corri al soberbio piano de Erard, que
estaba en un ngulo, arranc de un solo tirn la rica y antigua colcha
brocada que lo cubra, y se puso a tocar furiosamente el flamante himno
de doa Mara Victoria, una de las intemperancias filarmnicas en que
tan fecundo fue siempre el partido progresista. Gorito Sardona salt
frente a la puerta, sobre un puff de badana japonesa, y cogiendo a guisa
de sombrero una de las bandejas del t, de cincelada plata antigua, se
descubri ante la dama lentamente, tieso, sin mover la cabeza,
extendiendo el brazo hasta formar con el cuerpo ngulo recto, como sola
saludar por todas partes el rey don Amadeo.

Currita se detuvo un momento en el dintel, sin perder su aire de nia
tmida, de ingenua colegiala; oy el himno, vio a Gorito, abarc la
situacin con una sola y rpida ojeada... y dobl de repente el cuerpo
con distincin exquisita, para contestar al saludo amadesta con otro
saludo de corte, profundo, pausado, a la derecha, a la izquierda,
poniendo en elegantsima caricatura la ceremoniosa reverencia usual de
la reina doa Mara Victoria.




--III--


El 21 de junio de 1832, Fernando VII, arrastrando los pies ms por la
gota que por los aos, y Mara Cristina, en todo el apogeo de su lozana
y su belleza, sacaban de pila en la colegiata e iglesia parroquial de la
Santsima Trinidad, del Real Sitio de San Ildefonso, a un nio que se
llam Fernando, Cristin, Robustiano, Carlos, Luis Gonzaga, Alfonso de
la Santsima Trinidad, Anacleto, Vicente.

Era hijo primognito de los marqueses de Villameln, grandes de Espaa,
gentilhombre l de su majestad el rey, y dama de honor ella de su
majestad la reina. Fue la ltima criatura que apadrin Fernando en este
valle de lgrimas; quince meses despus baj al sepulcro en el Real
Palacio de Madrid, cumplindose a la letra el smil de la botella de
cerveza con que el socarrn monarca comparaba a su pueblo. l era el
corcho que saltaba, la revolucin el espumoso lquido que se difunda
por todas partes.

Aquella misma tarde quiso Fernando examinar de cerca a su ahijado, y en
su propia cmara, hundido l en su poltrona, puso al recin nacido sobre
sus rodillas, abrile la boquita con un dedo, y metile su nariz de pura
raza borbnica, como si quisiera examinarle la embocadura del esfago.
El caso era portentoso, y asustado Fernando al cerciorarse de ello,
retir la nariz prontamente... El tierno Villameln haba venido al
mundo con toda la dentadura completa.

Enrique IV naci con dos dientes, Mirabeau con dos muelas, y quien de
tal modo superaba al gran rey, y se sobrepona al famoso tribuno,
preciso era que diese tambin de s grandes cosas. Villameln padre
lloraba de gozo, y el conde de Alcudia, que all se hallaba presente, le
aconsej que emplease para la lactancia de su hijo las veintisiete vacas
y cuarenta cabras que servan de amas de cra al hipoptamo parvulito,
regalo de Abbs-Pach, que se criaba en Pars, en el jardn de las
plantas. Mas Fernando VII opin que le diesen de mamar chuletas, y lo
destetaran luego con aguardiente, y aquella misma noche envi a su
ahijado, como regalo de padrino, un gran trinchante de oro macizo, que
tena esculpidas en el cabo las armas de Espaa.

La reina dese tambin cerciorarse del prodigio, metiendo la punta de su
rosado dedo en la boca de Villameloncito, y don Tadeo Calomarde, que
lleg en aquel momento, quiso hacer la misma experiencia,
introducindole el suyo manchado de tinta. Mas el nio apret entonces
fuertemente sus precoces herramientas, haciendo lanzar al ministro un
ligero chillido.

--Se conoce que no es tonto--dijo Fernando VII.

Rieron todos la agudeza del monarca, y la frase sali de la cmara
regia, cruz por los salones, pas por las antesalas, y al bajar las
escaleras comentbanla ya todos, muy admirados del talento de la
criatura, asegurando que a los tres das de nacida haba recitado a su
augusto padrino el Padrenuestro, el Avemara, parte de la letana
lauretana y una fabulita de don Toms Iriarte; aquella que empieza:

    Por entre unas matas
    Seguido de perros,
    No dir corra,
    Volaba un conejo...

El caso era prodigioso, y de entonces dat la fama de hombre de talento
que haba de gozar el marqus futuro de Villameln, hasta que los
repetidos esfuerzos de sus majaderas dieron con ella al traste.

A los veinte aos cumplidos, y puesto ya, por muerte de su padre, en
posesin de su ttulo, entr en la Academia de Artillera, y el ao de
59 march a la guerra de frica, a bordo de la escuadra que mandaba el
general don Segundo Herrera. Ansioso de pisar suelo africano y teir su
espada virgen en sangre agarena, salt Villameln a tierra, en el sitio
que llaman de Cabo Negro, con nimos bastantes para atravesar todo
Marruecos y llegar a Tnez, donde un su abuelo haba ganado la Grandeza
entrando en la Alcazaba con don Juan de Austria... Mas de repente
brotaron de entre las cerradas malezas que cubran la rojiza playa como
el spero vello de una fiera bestia, varios rifeos dispersos, que
recibieron a los exploradores con el fuego de sus espingardas...
Villameln no titube un momento: olvidse de Marruecos, renunci a
Tnez y reneg de aquel su abuelo que gan la Grandeza en la Alcazaba,
para ganar l la chalupa a toda prisa y refugiarse en el ltimo rincn
de su camarote de la _Blanca_, sin que volviese a subir sobre cubierta,
hasta regresar de nuevo a la Pennsula con patente de enfermo. Los
rifeos le haban parecido muy feos en aquella corta entrevista, y tan
mal educados, que imposible se haca a toda persona decente tener trato
alguno con ellos.

Pidi entonces su retiro, y entr en Madrid triunfante, como Napolen en
Pars de vuelta de la campaa de Egipto, precedido de la fama de sus
hazaas en el combate _terro-naval_ de Cabo Negro. El combate
_terro-naval_ corri por toda la corte, ponderado por el hroe mismo, y
un da que daba la guardia en Palacio, como grande de Espaa, y
mencionaba por centsima vez, durante la comida, el combate
_terro-naval_ de Cabo Negro, le dijo de pronto la reina:

--Mira, Villameln; vara alguna vez, y que no sea siempre
_terro-naval_... Siquiera por hoy, que sea _navo-terrestre_.

Y bautizado por los regios labios _navo-terrestre_, qued Villameln
para todos los das de su vida.

Era por aquel tiempo el marqus, sin ser derrochador, bastante
libertino; pero no con aquel aristocrtico libertinaje de los Lauzun y
los Frousac, seoriles hasta en sus vicios, caballerescos hasta en la
infamia, que sacudan de s todo lo vulgar y grosero, con la misma
elegante pulcritud con que sacudan el polvillo del perfumado tabaco de
sus chorreras de encaje. Su libertinaje era, por el contrario, aquel
otro libertinaje tan comn en Espaa entre los jvenes de alta alcurnia:
mezcla extraa, tipo hbrido del manolo y del _sportmen_, del gitano y
del muscadin, que se dira nacido del antittico matrimonio de un torero
andaluz con una _soubrette_ parisiense. Harto al cabo de chulas y de
lorettes, de toros y de handicaps, de manzanilla y champagne, de callos
y de _foie-gras_, resolvi a los treinta aos _dar fin_; esto es,
casarse... Mas para que Villameln _diese fin_, preciso era que alguna
hija de Eva _diese principio_, puesto que por una de esas anomalas que
tienen su razn de ser en el torcido criterio de ciertas clases
sociales, se ha convenido en que el hombre piensa dar fin en aquel mismo
matrimonio en que juzga la mujer dar principio.

El trabajo de la eleccin, _l'embarras du choix_, como l mismo deca,
no fue para Villameln grande, porque en ningn orden de ideas era
descontentadizo. Crea en Dios como en una persona excelente con quien
se cumple de sobra, dejndole de cuando en cuando una tarjeta en el
cancel de una iglesia; el hombre era para l un tubo digestivo muy bien
dispuesto; la vida, una peregrinacin, que, con la bolsa bien repleta y
el estmago bien lleno, poda hacerse cmodamente; y el matrimonio, la
fusin de dos rentas y la prolongacin de una estirpe que haba de
llevar su ilustre nombre, ni ms ni menos que llevan el suyo los toros
de Veraguas o las yeguas de Mecklemburgo.

Viose, pues, a Villameln, el hroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo
Negro, que tanto se haba asustado con la desnudez relativa de los
rifeos, pedir sin repugnancia y obtener sin espanto la mano de una
ilustre salvaje completamente desnuda de alma; porque as como en
bosques y desiertos se encuentran salvajes que ofenden la decencia con
la desnudez de sus cuerpos, as tambin se encuentran en plazas y
salones otros salvajes vestidos por fuera, que insultan el pudor con la
desnudez interna de sus almas. Para ellos son del todo intiles cuantas
prendas ms o menos postizas usa la humanidad para encubrir sus vicios,
y lo mismo el santo rubor que la falsa hipocresa, el noble decoro que
la falaz preocupacin, les provocan la carcajada de extraeza que caus
a Cetewayo, destronado rey de los zuls, la camisa que le ofrecan sus
vencedores ingleses.

Esta ilustre salvaje civilizada era la excelentsima seora doa
Francisca de Borja Sols y Gorbea, condesa de Albornoz, marquesa de
Cataalzor, dos veces grande de Espaa por derecho propio, y marquesa de
Villameln y de Paracullar, con otra Grandeza, por el hroe de la
batalla _navo-terrestre_ de Cabo Negro, su ilustre marido.

Pero por una de esas excepciones que apartan en algo al individuo de las
reglas generales del tipo para constituir en el un carcter propio,
tena la condesa un pudor especial, un extrao pudor que pudiera muy
bien llamarse el pudor de su marido. Porque lejos de ser este
matrimonio, como tantos otros de su clase, la pareja de perros que se
esfuerzan por andar tan apartados como permite la tralla harto elstica
que los une, veaseles, por el contrario, siempre juntos en todas
partes, abrumando l a ella con cariosas atenciones, correspondiente
ella a l con monadas de nia tmida, de candorosa colegiala cuyo
encantador enfantillage, sobrepuesto a su desvergonzado cinismo, traa a
la imaginacin el extrao fantasma de un caribe bebiendo en delicadsima
copita de cristal de Bohemia, poquito a poco y sorbo a sorbito,
espumante sangre caliente; de un antropfago que con tenedor y cuchillo
de brillantsima plata se comiese con la mayor pulcritud posible un
beefsteak de carne humana.

Villameln, sin embargo, haba realizado su ensueo; porque su esposa
prolong su estirpe aadindole una nia y un nio, y la renta de l,
que, segn su frase, daba para comer, se uni a la de ella, que daba a
su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las
opparas reglas del arte, porque Villameln honr siempre su precocidad
dentfrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino,
siendo glotn a la vez que gastrnomo, _gourmand_ a la vez que
_gourmet_; un tonel sin fondo en cuanto a la cantidad de lo que beba y
engulla, y un inteligente Brillat-Savarin en cuanto a la calidad y modo
de lo que engulla, sordo siempre a los clamores de la indigestin, que
de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estmago.

La esposa, por su parte, era tambin feliz; zambullida en su
desvergenza, como los hroes griegos en la Estigia, habase hecho como
ellos invulnerable, y con su audacia infinita y su cnica travesura
femenina, lograba el nico fin de su vida, natural anhelo de su vanidad
inmensa: sobreponerse a todo el mundo, ser siempre la primera y lograr
que todas las lenguas le rindiesen vasallaje, ocupndose constantemente,
para bien o para mal, que eso poco importaba, de su persona y de sus
cosas. De ella hubiera podido decirse lo que de cierto personaje dijo un
escritor elegantsimo: Si asiste a una boda, quisiera ser la novia; si
a un bautizo, el recin nacido, si a un entierro, el muerto.

Y aunque nadie hubiera podido explicar la razn de ser de esta
supremaca de que gozaba Currita en la corte, sin embargo, con esa
vergonzosa condescendencia para el escandaloso que es a nuestro juicio
el pecado capital de la alta sociedad madrilea y el origen y fuente de
sus deformidades, todo el mundo, desde el caballero cumplido hasta el
tahr elegante, desde la dama honrada hasta la hembra sin decoro, se
sujetaban a ella de modo ms o menos directo, sin dejar por eso de
proclamar que en belleza la aventajaban todas, en alcurnia la igualaban
muchas, en riquezas la superaban bastantes, y slo en audacia y
desvergenza caminaba siempre la primera... Sera, pues, esta la razn
de ser de aquella supremaca? Sera que a fuerza de ver refinado el
vicio y respirar la atmsfera de escndalo llegan ciertas sociedades a
la aberracin de aquellos pueblos brbaros que prestan su homenaje ms
profundo y su culto ms entusiasta al dolo ms monstruoso?...

Limitmonos a indicar el hecho sin tratar de analizarlo, y veamos lo que
hizo Currita aquella tarde en casa de la duquesa de Bara.

Esta se haba incorporado en su asiento, y Currita lleg hasta ella,
saludando a derecha e izquierda, al son del himno de doa Mara
Victoria, siempre con su cndida risita:

--Gracias! Gracias, amado pueblo!

--_ tout seigneur, tout honneur_!--le dijo la duquesa devolvindole sus
besos.

Agrupronse todos en torno a Currita, que se haba sentado junto a la
duquesa, desairando una taza de t que le ofrecan; pidi en cambio una
copita de whisky, porque era de rigor en aquel tiempo, entre algunas
damas elegantes que pretendan formar el cogollito _de la crme_, fumar
y empinar de lo lindo, con mucha distincin y gracia. El respetable
Butrn le ofreci un cigarro.

--Ay, no, no--dijo ella con su melodiosa vocecita--; eso es paja!...
Dame t uno ms fuerte, Gorito...

Y mientras Gorito le daba un veguero, capaz de tumbar de espaldas a un
sargento de caballera, y lo encenda ella pulcramente con una prosaica
cerilla, le dijo la duquesa:

--Pero vamos, mujer... cuenta, cuenta!...

--Y qu he de contar yo--dijo ella entre dos chupadas--, si veo que lo
saben ustedes todo?...

--Pero es cierto?--pregunt Butrn azorado.

--Ciertsimo!--replic con nfasis Currita.

El peludo Butrn levant ambas manos al cielo, la Mazacn pase por la
horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa,
irguindose iracunda, exclam violentamente:

--Y lo dices con esa frescura?... Y tienes valor para venir a decirlo
aqu, en mi casa?...

Currita pareci quedarse sorprendida, casi espantada, y paseando por
todo el auditorio sus claros ojos admirablemente azorados, dijo con el
tonillo lastimero de una nia a quien amenazan con azotes:

--Pero entendmonos... Qu es lo que ustedes saben?...

--Que ests nombrada camarera mayor de _la Cisterna_--dijo Isabel
Mazacn con todos sus bros.

Currita pens desmayarse.

--Yo?--dijo con la ruborosa indignacin de una virgen de cuya virtud se
duda--. Y ustedes lo han credo?...

--Nadie, nadie!--exclam Butrn soltando el resoplido inmenso de un
gigante a quien quitan de sobre el pecho una montaa--Nadie ha dudado ni
por un momento de tu lealtad, hija ma querida, y cree que...

--Jess, seor, qu gentes!, qu lenguas!, qu modo de tergiversar
hasta lo ms sencillo!--deca Currita con voz debilitada.

Y enjugndose con su finsimo pauelo una lgrima, que, falsa o
verdadera, apareci en sus ojos, dejaba ver al descuido la bellsima
flor de lis que traa en el pecho, y una magnfica pulsera de oro, en
que con sus gruesos brillantes se lea incrustada la cifra de Isabel II.

--El caso no puede ser ms sencillo--prosigui con aquella suave
vocecita que jams dejaba un mismo y pausado tono--. Ayer, en el
consejillo, trataron del nombramiento de camarera, porque la verdad es
que la posicin de esa pobre Cisterna no puede ser ms desairada... Pues
nada, hija, el ministro de Ultramar[3] tuvo la ocurrencia de proponer
que me hicieran a m la oferta.

[Nota 3: Advertimos desde luego al lector, que ni en este ni en
ninguno de los personajes que se presentan en los muchos episodios
histricos de esta novela desempeando cargos oficiales, se ha querido
retratar ni aun siquiera aludir a los que realmente hubieran podido
ocupar aquellos cargos en la poca a que nos referimos. Por ms que
disten mucho ciertas personalidades de sernos simpticas, nos inspiran a
lo menos compasin, y al fustigar sin piedad al vicio y al escndalo,
nos guardamos muy bien de ensaarnos con persona alguna determinada, a
que puede el arrepentimiento haber colocado ya al abrigo de toda
censura. Con ms razn que Crvillon podemos decir: _Jamais aucune fiel
a empoison ma plume_.]

--Indecente!--grit Leopoldina Pastor--. Y tu marido no le ha dado ya
una estocada?

--Bien la merece; pero, despus de todo, el pobre Fernandito es quien
tiene la culpa--continu Currita con aire de pacientsima esposa--. Se
empe en que su amigo Juanito Velarde haba de ser secretario
particular de don Amadeo, habl al ministro, este le ayud, y
envalentonado con eso, se ha atrevido a tanto el seor ministro... Lo
que yo le deca a Fernandito: si le das el pie a esa gente, se tomarn
la mano... En fin, hija, el presidente del Consejo en persona estuvo a
hacerme la propuesta... Por supuesto que yo no lo recib; Fernandito se
entendi con l, y tuvieron una escena!... Yo, muerta de susto, porque
cre que lo iba a plantar en la calle y acabara la cuestin a tiros...
En fin, se fue por donde haba venido, con las orejas calientes; y sabe
Dios lo que en venganza dirn de m ahora... Esto ha sido todo; por eso,
cuando al entrar o el himno y vi el saludo de Gorito, cre que era una
broma que ustedes me daban...

Butrn hizo una profunda seal de asentimiento, y la duquesa, ya
amansada del todo y queriendo remediar su anterior arranque, dijo
vivamente:

--Pero podas creer otra cosa?

Y cogindola la mueca en que traa la pulsera de Isabel II, besle la
mano con gran cario, diciendo:

--Si fueras t camarera de _la Cisterna_ mereceras que se te volviese
un grillete esta pulsera.

--No me la habas visto?--dijo con mucha naturalidad Currita--. Me la
regal la reina el ltimo da de mi santo.

Mientras la de Albornoz hablaba, Isabel Mazacn, muy impaciente,
cuchicheaba al odo de Butrn, dicindole:

--Pero qu grandsima embustera!... Pero qu modo de inventar
historias!... Mentira, Butrn, mentira todo!... Si me dijo Garca Gmez
que justamente en el consejillo haba dado cuenta el ministro de
Ultramar del deseo de ella, y entonces qued acordado el nombramiento,
supuesta la aprobacin de _la Cisterna_... Hoy, hoy por la maana, es
cuando debe de haber ido el presidente del Consejo a notificrselo a
Currita.

Y luego, no bien ces de hablar sta, se apresur a decir en voz alta,
con marcado aire de triunfo:

--Lo ven ustedes?... Lo ven ustedes cmo era lo que yo deca?... Lo
mismo, lo mismo que est diciendo Curra fue lo que me cont a m Garca
Gmez.

Currita, que tena sobradsimas razones para saber que Garca Gmez
deba de haber dicho cosas muy distintas, dio un par de chupaditas al
cigarro, que con tanto hablar ya se apagaba, y dijo a la Mazacn muy
despacito:

--Pues mira; tambin tengo mi quejilla contra... _tu_ Garca Gmez...
Porque como ministro de Estado que es, entretiene sus ocios registrando
toda la correspondencia que viene de Pars... S hija ma, s; no lo
defiendas!... En el _gabinete negro_ se abre toda la correspondencia
antes de que llegue a su destino, y por eso pudo decir en el consejillo
que ayer vino para m una carta de la reina, que debi probar al
Ministerio todo lo absurdo de sus pretensiones.

Comprendieron todos, y Butrn el primero, a qu carta aluda Currita, y
exclamaron en coro general, que dejaba sobresalir bastante las sordas
notas de la envidia:

--Te ha escrito la reina?...

--S--replic Currita--; me escribe invitndome para la primera comunin
del prncipe Alfonso en Roma...

Y se qued mirando de hito en hito a Isabel Mazacn, cuyas misteriosas
ganas de acompaar a la reina destronada en aquella expedicin eran de
todos conocidas. Esta, que haca largo tiempo que senta furiosos
hormigueos en la lengua, se aprest a soltar alguna de sus crudezas.
Pero Butrn, que no caba en s de gozo al ver que su pifia diplomtica
quedaba orillada, se apresur a detenerla, llevndosela al hueco de una
ventana, donde por algn tiempo dialogaron vivamente.

Mientras tanto, Currita, con la vaga mirada fija en el espacio, como era
siempre su extraa costumbre mientras hablaba, no los perda de vista,
trazando al sino tiempo su itinerario. A principios de julio pensaba
marchar con Fernandito a Blgica, para pasar un mes escaso con Mariano
Osuna en su castillo de Beauraing; despus no saba a punto fijo dnde
ira a esperar el 15 de octubre, fecha en que estaba citada con la reina
en Marsella, para emprender el viaje a Roma: quiz fuera a Trouville...
El verano anterior lo haba pasado all en una _villa_ preciosa, frente
al Chalet Cordier, que era el de M. Thiers... Y por cierto que era
Thiers un vejete muy simptico y muy limpio, a pesar de ser republicano;
su mujer, una _bourgeoise_ as, as... vamos, bastante pasable. Pues y
la cuada mademoiselle Dosne, la ninfa Egeria del presidente?... Era
cosa graciossima verla coser los botones de la bata de son _beau-frre_
Adolphe... Pareca el ama de llaves de un notario acomodado.

--Era una trinidad deliciosa!

Y con su ingenuidad de colegiala, describi entonces Currita, con todos
sus pormenores, una picantsima caricatura de los esposos Thiers: una
indecencia verdusca publicada en Burdeos y recogida al punto por la
polica.

--A m me proporcion un ejemplar el duque Decazes, y no pude resistir a
la tentacin de envirsela por el correo, con una fajita, a mademoiselle
Dosne... La cara que pondra!... Ella que es tan pulcra, tan
comedida!...

Y a rengln seguido, sin transicin ninguna, Currita se enterneci
profundamente al pensar en el gozo inmenso que la esperaba en Roma,
besando la sandalia del Santsimo Padre Po IX... Qu figura tan
gigantesca la del Pontfice! Qu anciano aquel tan venerable!... Y
todas las seoras comenzaron a ponderar su adhesin al santo Po IX,
prontas a sacrificarle vida, hacienda, todo, todo menos el alma, por
tenerla ya de antiguo comprometida con el diablo... Carmen Tagle dijo
que le haba mirado siempre como si fuese su abuelo; la seora de Lpez
Moreno aadi muy conmovida que ella le enviaba todos los aos una pipa
de doce arrobas del riqusimo moscatel de sus soleras jerezanas, y la
duquesa, verdaderamente indignada, trajo a la memoria los atropellos a
que cinco das antes se haban entregado las turbas, apedreando los
faroles de la iluminacin con que celebraban los catlicos el
aniversario del Pontificado del augusto anciano; slo en el palacio de
Medinaceli rompieron veintids faroles y treinta y siete cristales... Y
mientras tanto, los ministros y las autoridades se solazaban en un
concierto instrumental celebrado en Palacio!... Qu Gobierno aquel, y
qu populacho tan impo y tan asqueroso!... Siquiera ellas veneraban la
persona del Pontfice encendiendo faroles en honra suya, y limitbanse
tan slo a apedrear a todas horas la moral divina del Dios a quien aquel
representaba.

Esto no lo dijeron, por supuesto, aquellas seoras; pero lo pens, sin
decirlo, don Casimiro Pantojas, que atentamente las escuchaba, despus
de haber desorejado a toda una desdichada familia de conejitos de
porcelana y arrancado los rabos a una parejita de bulldogs, fabricados
en Bristol.

Y en esto concluy Isabel Mazacn su aparte con el marqus de Butrn, y
disculpndose con Currita de no acompaarla a la visita de la Inclusa,
por habrsele ya hecho tarde, se march al parecer algn tanto
disgustada. Currita decidi entonces volverse a su casa, y el marqus de
Butrn se despidi tambin en el acto.

--Tiene usted coche, Butrn?--pregunt ella al diplomtico.

--No--respondi este presuroso, aprovechando la ocasin que tan pronto
se le ofreca de hablar a solas con Currita.

--Pues le llevar a usted en mi berlina adonde quiera.

--A la calle de Isabel la Catlica... Tengo que hacer en la embajada
alemana.

--Justamente me coge de paso.

Currita baj las escaleras apoyada en el brazo de Butrn, encontrando al
pie de su berlina, preciosa monera, verdadero juguete forrado de raso
azul con botones de terciopelo, que pareca el delicado estuche
destinado a guardar una joya.

El diplomtico no las tena todas consigo: para l era evidente que
Isabel Mazacn no exageraba ni menta al repetir las noticias del lindo
ministro Garca Gmez. Pero cmo interpretar entonces la repentina
mudanza de Currita? La oportuna carta de la reina Isabel poda
explicarla por completo, porque el olvido de la abdicacin quedaba con
ella satisfecho; y desagraviada Currita, pudo a tiempo renunciar a su
revancha. Tranquilo por esta parte Butrn, quiso, sin embargo, asegurar
ms y ms al partido la alianza preciosa de Currita; porque hay ciertas
polticas indecorosas y a la larga funestas, que, aun tendiendo a fines
honestos, no saben prescindir de individualidades asquerosas. _Barrer
para adentro_ era la poltica de Butrn, como si la basura sirviera en
alguna parte para otra cosa que para infestar el recinto que la
encierra.

Fuese, pues, derecho al bulto, no bien el coche se puso en movimiento, y
apoyado en la autoridad de sus aos, en la confianza del parentesco que
con Villameln tena y en su dignidad de jefe de la _brigada femenina_
conspiradora, le pidi categricas explicaciones del hecho... Mas
Currita, volviendo a abrir palmo y medio los claros ojos y muy espantada
y ofendida, y casi llorosa, se limit a repetir la historia ya referida,
con nuevas afirmaciones y protestas... Suponer otra cosa era un insulto
verdadero. Por quin se la tomaba a ella? Pues no haba dado toda su
vida pruebas del ms leal afecto a la real familia?... Y aun cuando ella
fuese capaz de semejante infamia, se la hubiera permitido acaso
Fernandito, cuya sangre haba corrido en el combate _navo-terrestre_ de
Cabo Negro, al grito de Isabel II?... Justamente tena l tal odio a la
intrusa casa de Saboya, que jams pona el sello de una carta sin
colocar al pobre don Amadeo con la cabeza para abajo. Que lo haba
dicho Isabel Mazacn, cuyas intimidades con el ministro revolucionario
deba hacerla a ella misma tan sospechosa!... Pues no saba todo el
mundo que la tal condesa de Mazacn era una intriganta, que andaba
detrs del viaje a Roma con la reina, para tapar a Garca Gmez ciertos
los antiguos que deba de arreglar all con un prncipe italiano?...

Y tales cosas dijo Currita, y tales protestas hizo, y con tal acento las
pronunci, que el mismo Butrn con ser tan ducho, se qued perplejo, y
entre las afirmaciones contrarias de aquellas dos condesas igualmente
tramposas, slo sac en claro una nueva confirmacin de aquel principio
prctico que de toda la vida haba profesado: la mujer aborrece a la
serpiente por celos y envidias del oficio.

Mientras tanto, la berlina corra desempedrando las calles y doblando
las esquinas, con esas airosas vueltas que imprime a un fogoso tronco
la hbil mano de un cochero experto. A la mitad de la calle del Turco, y
dominando el ruidoso rodar del carruaje, lleg a odos de la pareja un
extrao rumor lejano: esa especie de sordo mugido, amenazador,
imponente, que slo es comn al mar encrespado y a las muchedumbres
alborotadas... Currita y Butrn mirronse sorprendidos, y repararon
entonces en algunos transentes que venan presurosos de la calle de
Alcal, y en el conserje de la Escuela de Ingenieros, que cerraba
apresuradamente la puerta de este edificio. Era esto harto comn en
aquellos tiempos de alborotos continuos, y la berlina avanz, sin
acortar su carrera, hasta la calle de Alcal, para tomar luego por la
del Barquillo.

Era esto, sin embargo, imposible; un largo y compacto cordn humano,
compuesto de una muchedumbre heterognea y abigarrada, llenaba de un
cabo a otro la calle de Alcal, cubrindola en toda la gran extensin
que por ambos extremos abarcaba la vista.

Era aquella una manifestacin pacfica de la democracia, que con grandes
clamores y largos garrotes y extraas banderas enarboladas se diriga a
Palacio pidiendo la entrada en el ministerio de don Manuel Ruiz
Zorrilla.

El cochero de Currita, Tom Sickles, enorme tipo del automedonte
britnico, que peda a voces el tricornio y la peluca empolvada, y se
haba sentado en Londres en el pescante del duque de Edimburgo, y en
Pars en el de la princesa Matilde, dirigi los caballos corriendo a lo
largo de la manifestacin, por ver si adelantaba la cabeza de esta y
poda entrar por la calle del Caballero de Gracia o por la de Peligros.
Tambin era ya tarde, y viose precisado a detenerse frente al
Veloz-Club, entre el remolino que all se iba amontonando, de lujosos
trenes que volvan de la Castellana y humildes simones que pretendan
intilmente cruzar de un lado a otro. Butrn quiso volver atrs y salir
por cualquiera bocacalle a la Carrera de San Jernimo.

--Pero si esto es muy divertido!--deca Currita con infantil
alborozo--. Qu delicia!... Mire usted, Butrn; mire usted qu
graciosos van todos con sus cintitas encarnadas... Uy, aquel
jorobadito!... Qu mono!... Ah, pcaro!... lleva una bandera en que
pide _reforma_!... Pues claro est que la necesita!... pobrecito!,
sobre todo por la espalda!...

Otro carruaje se interpuso en aquel momento entre la muchedumbre y la
berlina, impidiendo la vista a Currita: en l iba el gobernador civil de
Madrid, muy rollizo y pomposo, que se diriga a Palacio y vease forzado
tambin a detenerse.

--Ah va ese mastodonte--dijo Butrn al odo de Currita--. En cuanto nos
vea juntos se figura que conspiramos.

Estas sencillas palabras del diplomtico parecieron despertar en Currita
una de esas ideas atrevidas que se conciben de repente, por ms que
tarden en madurar aos enteros. Asomse a la portezuela como si desease
que el gobernador la viera, y sin contestar al respetuoso saludo que al
divisarla este le hizo, metise bruscamente para dentro y se cubri con
el pauelo parte del rostro, como si quisiera entonces esconderse.

--Qu mal huele la democracia!--deca para ocultar a Butrn aquellas
maniobras--. Pero qu peste echan!...

El coche del gobernador arranc al fin trabajosamente a lo largo de la
calle, y desde aquel momento, nerviosa y agitada Currita, pareci
impacientarse mucho por aquella misma detencin que poco antes la haba
divertido tanto. Frente a frente de ella, un poco ms hacia la Puerta
del Sol, asomaban por los balcones del Veloz-Club, bajo sus toldillos de
verano, aristocrticos racimos de cabezas de gomosos desocupados, que
miraban el democrtico desfile con esa especie de medrosa curiosidad
burlona, a la vez que tmida, con que se contemplan desde lo alto de un
tendido los terribles retozos de una piara de ridculas bestias feroces;
parecales imposible en aquel momento que la bestia pudiera alguna vez
alzar su zarpa hasta ellos. La vista de aquellos elegantes espectadores
acab de impacientar a Currita, y de tal modo se enardeci ante ellos su
afn de exhibirse y singularizarse, que tir del cordoncillo hasta
descoyuntar el dedo del cochero, y sac la cabeza por la ventanilla
gritando:

--_Go on, Tom, go on_! _Run Through_!... _Carry them off_!...[4]

[Nota 4: Adelante, Tom, adelante!... Atraviesa!...
Arrllalos!...]

Tom no se hizo repetir la orden: sac el hercleo pecho, tirando de las
riendas, con el esfuerzo de aquellos antiguos aurigas esculpidos por
Fidias en los frontones del Partenn, de pie sobre un carro, deteniendo
con una mano el galope de cuatro caballos. Piafaron los suyos,
encabritndose, castigles l suavemente con la fusta, y aflojando de
repente las bridas, los lanz con la velocidad y el empuje de una flecha
a travs de la turba democrtica, desapareciendo como un relmpago por
la calle de Peligros.

Un alarido terrible de terror y de ira sali de la muchedumbre, que se
bambole a uno y otro lado del surco abierto por el coche; comenz la
gente a correr asustada, los gomosos del Veloz-Club se metieron para
dentro, cerrando prontamente sus balcones, y el jorobado que peda
_reforma_ estuvo a pique de sufrirla por completo entre los pies de los
caballos y las ruedas de la berlina.

Mientras tanto, asombrado Butrn de aquel brusco arranque, y muerto de
susto ante audacia tan temeraria, echaba a toda prisa las cortinillas
para que no le viesen; y Currita, riendo como una loca, se asomaba por
el vidrio de la trasera para ver a los transentes refugiarse asustados
en los portales, y a los guardias pblicos correr detrs de la berlina,
haciendo seas de que parasen. Mas Tom Sickles, arrebatada la cara de
remolacha, haca terribles visajes, como si llevase los caballos
desbocados, mientras con suaves vibraciones de las riendas ms y ms los
azuzaba. En la calle de Isabel la Catlica, Tom Sickles hizo otro
prodigio: coche y caballos quedaron parados en firme, de un golpe, ante
la embajada alemana. La seora estaba servida, mereciendo l la corona
triunfal de los Juegos Hpicos.

Currita encontr enfilados a la puerta de su casa tres coches,
reconociendo al punto en uno de los cocheros la escarapela encarnada,
propia de los ministros. Apese entonces en las mismas caballerizas, y
por una escalera reservada para el uso de la servidumbre lleg a sus
habitaciones sin ser vista de nadie. Al ruido de la campanilla acudi
Kate, la doncella inglesa de la seora.

--Quin est con el seor?--pregunt a esta.

--El seor ministro de la Gobernacin... El seor duque de Bringas y don
Juan Velarde juegan en el billar.

--Dile a don Joselito que no recibo a nadie... Tengo mucha jaqueca.

Kate pareci titubear un momento y se decidi al fin a decir
tmidamente:

--Ni tampoco a don Juan Velarde?...

--Tampoco: a nadie, a nadie...

De nuevo volvi a insinuar Kate con mucha delicadeza:

--El seorito volver hoy del colegio...

--Es verdad!... Pobre Paquito!...

--Y querr ver a la seora...

--No, no... que se entretenga con Lil... Maana lo ver... Tengo una
jaqueca horrible!




--IV--


Cuando Paquito Lujn lleg a su casa comenzaba a oscurecer, y la
escalera y el vestbulo estaban ya completamente iluminados: cuatro
grandes estatuas desnudas, de mrmol blanco, alumbraban este y aquella,
elevando sus manos artsticos candelabros de bronce con seis mecheros.
Al pie de la escalera, un enorme oso de Noruega sentado gravemente sobre
sus patas de detrs, presentaba con las de delante una bandeja de plata
destinada a recibir las tarjetas de visita. Era este un capricho del
prncipe de Gales que haba visto Currita en el palacio de Sandringham,
y apresurdose a copiar a costa de dinero.

La afliccin del nio haba desaparecido, con esa dichosa rapidez con
que se suceden en la infancia emociones a emociones. La impaciencia, la
natural impaciencia, mezcla de ternura de hijo y del deseo de ser
alabado, era la que le agitaba en aquel momento, ansioso de caer con sus
premios en los brazos de su padre, de su madre, de Lil, su hermanita
del alma... Sentado en el testero del carruaje, con sus premios muy
agarrados, apoyaba los piececillos en el asiento de enfrente, haciendo
verdaderos esfuerzos para delante, que crea l ayudaban al coche a
rodar ms rpidamente.

Al entrar en Madrid hubo que perder cuatro minutos encendiendo los
faroles, y un poco ms all los empleados del resguardo detuvieron de
nuevo al coche para registrarlo todo de arriba a abajo... Qu
desesperacin! Qu feos y qu tontos eran aquellos hombres! De seguro
que ninguno de ellos haba tenido nunca padre ni madre, ni Lil, ni
sacado en todos los das de su vida un solo premio... Cuando l fuera
grande haba de ahorcar a todos los empleados del resguardo, colgndolos
como los chorizos que haba visto una vez en la chimenea del capataz del
Encinar, all en Extremadura... Y todava, al doblar la esquina de la
Universidad, se atraves un coche, y despus un carro de mudanzas y
luego un gran mnibus, y hubo que perder otros tres minutos! Al entrar
al fin en la ltima calle, ya tena el nio la mano en la llave de la
portezuela, dispuesto a abrirla, asomando al mismo tiempo la carita,
porque de seguro estaran esperndole en algn balcn su padre, su
madre, o Lil, o quiz los tres juntos... Ya les enseara l desde all
abajo los premios, y creeran que no era ms que uno, y veran luego que
eran cinco y dos excelencias. Qu risa entonces!... Pero los balcones
estaban todos cerrados, y no se vea en ellos alma viviente. El coche
entr al fin en la casa, haciendo retemblar los cristales de la gran
mampara, y se detuvo al pie de la anchurosa y alfombrada escalera...
Tambin estaba esta vaca, y slo vio el nio al pie de ella al grave
oso de Noruega, _Bruin_, como le llamaban en casa, abriendo su gran boca
armada de dientes enormes y presentndole la bandeja, como si le
invitara a depositar en ella sus premios. Mas no los solt el nio, y
oprimindolos contra su pecho, subi a brincos la escalera, hasta llegar
al vestbulo; cerrle all el paso una extraa figura que se paseaba de
un lado a otro con las manos a la espalda. Era un enano fesimo, pero
perfectamente proporcionado: verdadero pigmeo, mulo de aquel famoso
Roby que presentaron en la mesa del rey de Sajonia dentro de un pastel
de venado. Tendra poco ms de un metro de altura, y hallbase
correctamente vestido de etiqueta, frac y corbata blanca, calzn corto,
media de seda negra y zapato con hebilla. Llambanle en la casa _don
Joselito_, y cobraba siete mil reales de sueldo, con la sola obligacin
de anunciar las visitas y realzar con su estrafalaria figura la aureola
de elegante originalidad que rodeaba en todo a Currita.

Inclinse el enano respetuosamente ante el seorito, y con su vocecilla
chillona y algn tanto imperiosa, djole que no poda ver a la seora,
por haberse acostado media hora antes con una espantosa jaqueca. Un
repentino vapor de lgrimas vino a empaar los hermosos ojos azules del
nio; volvi bruscamente la espalda al enano sin decir palabra y ech a
correr hacia las habitaciones de su padre.

All estaba Villameln, repantigado en una butaca, hablando
misteriosamente con el ministro de la Gobernacin. Lanzse el nio a su
padre, y echndole los brazos al cuello, le dio dos besos.

--Hola, caballerito!--exclam Villameln--. Ya de vuelta?... Me
alegro!...

Y como viese que con cierto rubor orgulloso le presentaba el nio sus
premios, aadi sin tomarlos:

--Hola, hola, los premios!... Pobre chiquitn!... Muy bonitos!...
Bien, bien, me alegro... Ea, toma... toma, y dile a Germn que te lleve
esta noche al circo.

Y entregndole al nio dos pesetas que haba sacado del bolsillo del
chaleco, volvi a reanudar su misteriosa conversacin con el seor
ministro.

Quedse el nio parado un momento, con los ojos abiertos; dio luego una
repentina media vuelta, girando sobre una pierna, y encarnado como la
grana, bambolendose cual si estuviera ebrio, fue a arrimarse a una
mesita llena de caprichosas chucheras; haba debajo una figura
japonesa, con la boca muy abierta, y por ella arroj el nio, con mucho
disimulo, el regalo de su padre, las dos pesetas!... Luego ech a
correr, saliendo disparado del saloncito; detvose un momento en el
dintel, detrs de las cortinas, y agobiado, con los bracitos colgando y
cada la cabecita, sigui una galera que iba a parar a la Nursery[5],
al destierro, a la Siberia de los nios, que el desapegado egosmo de la
condesa de Albornoz haba importado para sus hijos de Inglaterra a su
casa.

[Nota 5: Llmase en Inglaterra Nursery al departamento especial en
que viven los nios con sus criados completamente aislados del resto de
la familia.]

Resonaba en el fondo de la galera un piano destemplado que pareca
balbucear, de mala gana, un montono tema de los ejercicios de Hanon.
Esta msica son, sin embargo, como un concierto celeste en los odos
del nio; desapareci su abatimiento, renaci su alegra y ech a correr
de nuevo hacia aquella estancia.

--Lil!...

--Paquito!...

Y un ngel, una bellsima mueca de nueve aos, salt del asiento del
piano para caer en los brazos del nio, confundindose por un momento
con sus besos, sus gritos, su risa, su alegra, sus almas inocentes y
sus vidas inmaculadas, como se confundan los bucles de oro que
rodeaban, como una aureola de rayos de sol, las preciosas cabezas de
ambos.

El nio se acord al fin de sus premios.

--Mira!... Mira!...

Lil abri mucho los ojos admirada, apret los labios y ech atrs las
manitas; su crtica fue la crtica de las grandes admiraciones, la
crtica monoslaba.

--Uy!--dijo.

--Cinco!... Son cinco y dos excelencias!...

--Me dars uno, Paquito?

--Tonta!... Eso no se da... Se pone en un marco... Pepito Vargas dice
que su mam se los pone en un marco...

--Grande..., grande?--dijo Lil, indicando con sus manitas uno capaz de
encerrar al _Pasmo de Sicilia_.

--S, grande, grande... Y mira: este es de Aritmtica, y este...

No pudo continuar el nio; una mano seca, pegada a un puo inmaculado,
sali por entre las cortinas, y despus un brazo largo, y luego un
hombro puntiagudo, y ms tarde un rostro encarnado, caracterstico,
original, britnico, como la cerveza de Bass o las galletas de
Huntley...

--Mademoiselle!--dijo Lil asustada.

Y la mano seca, pegada al puo inmaculado, agarr a la nia por un brazo
y se la llev para adentro, oyndose una voz metlica, estridente, que
desgarraba el tmpano como un resorte que rechina.

--_What's that, Miss_?... _You have to learn your piano lesson until
eight o'clock_...[6]

[Nota 6: Qu es esto, Miss?... Hay que estudiar la leccin de piano
hasta las ocho.]

Entonces huy el nio de all desolado; corri ciego a la Nursery y se
arroj de cabeza en su blanca camita, con la enconada amargura y la
sombra desesperacin del suicida que se arroja, solo y sin esperanzas,
en un abismo oscuro, negro, profundo... El sueo, el sueo bendito, fiel
amigo de los nios, suave consolador de todos sus pesares, vino al fin a
acallar sus sollozos y contener sus lgrimas, adormecindole all mismo,
sin variar de postura, vestido todava y con sus premios en la mano...

Y mientras tanto, Villameln prosegua su misteriosa pltica con el
ministro. Contaba por aquel entonces el marqus ms de cuarenta aos, y
los estragos de su juventud salanle prematuramente al rostro. Colgbale
la nariz encarnada y algo granujienta, hundansele las mejillas, dejando
salir los pmulos; arquebasele ya el abdomen, y todo anunciaba en l
esa caricatura de la juventud en que consiste la vejez de muchos. Su
cuerpo haba sido gallardo y conservaba an restos de arrogancia; mas
su rostro ofreca perfecta semejanza con el de aquel enano de Felipe IV,
titulado _El Primo_, que retrat Velzquez y copi Goya, grabndolo al
aguafuerte: tena la misma nariz colgante, los mismos ojos tristes, el
mismo bigote retorcido, la misma frente extensa y pensadora, con la sola
diferencia de que Villameln parta por medio su ya escasa cabellera con
una raya que, arrancando de la raz del pelo, llegaba hasta el cogote,
formndole sobre las orejas dos pequeos cuernecitos.

Y aquella frente elevada, de abultados parietales, que reclamaba para s
el dicho de la zorra al busto: _Tu cabeza es hermosa, pero sin seso_,
tena, en efecto, actitudes magnficas cuando, surcada por un pliegue
vertical, se inclinaba, como en aquel momento, al excelentsimo seor
don Juan Antonio Martnez, ministro de la Gobernacin, y le deca con el
aire de Bismarck a Gortschakoff, al establecer entre ambos el equilibrio
europeo:

--Desengese, usted, Martnez... La tesis del doctor Wood es absurda...
Nadie me probar que el pastel de ratas sea superior al de erizos y
ardillas... Usted me entiende?...

El excelentsimo Martnez hizo un gesto que no significaba si entenda o
dejaba de entender; desde que el pobre seor haba pasado el puente
natural que lleva del banco azul a las grandes mesas de la corte,
caminaba de indigestin en indigestin, y senta en el estmago la
nostalgia de aquellas nutritivas sopas de ajo, no digeridas del todo,
que haban hecho de l un tanto robusto hombre de Estado, y fueron su
cotidiano alimento en los tiempos en que rompa sus primeros calzones
entre los pilletes de cierta playa de las costas asturianas... Santo
Dios, y qu dolores de tripas ms atroces le haba costado el _pt
foie-gras_ del ltimo viernes de Palacio! Qu _coliquera_ ms terrible
_le chou  la crme_ que sirvieron dos das antes en la embajada
francesa!... El excelentsimo Martnez creyse por un momento
envenenado, y desde entonces fue para l artculo de fe aquel principio
de Addison:

Cuando veo las mesas a la moda cubiertas de todas las riquezas de las
cuatro partes del mundo, me imagino ver la gota, la hidropesa, la
fiebre, el letargo y la mayor parte de las enfermedades, ocultas en
emboscadas, debajo de cada servilleta.

--Usted lo ha de ver, Martnez--prosigui Villameln--; el jueves
prximo har servir los dos pasteles sin decir lo que contienen, y
veremos por cul se declaran las opiniones. Me entiende usted,
Martnez?... Excuso decirle que cuento con su voto.

Erizronsele los cabellos al excelentsimo Martnez ante la perspectiva
de una indigestin de ratas... Cmo podra currsela, si no era
tragndose un gato?

--Y todo eso--prosigui Villameln con ligersima sonrisa que denunciaba
traidoramente su convencimiento ntimo de la superioridad con que
manejaba el asunto no es ms que la excentricidad inglesa, influyendo y
echando a perder su cocina... Y cuidado que yo soy imparcial, porque mi
cocina es la cocina elctrica: lo mejor de lo mejor, venga de donde
viniere: este es mi lema. Me entiende usted, Martnez?... Pero no hay
que darle vueltas, amigo mo, y por ms que digan, en la cocina, como en
todo, Francia camina la primera. Esto no tiene vuelta de hoja,
Martnez... Los ingleses devoran, los alemanes zampan, los italianos
comen, los espaoles se alimentan; pero slo los franceses gozan, y ah
est el quid, Martnez: en gozar, en gozar comiendo. Me entiende usted?

Martnez no entenda, y tomando por burla lo que slo era cansada
muletilla de Villameln, tanto _Martnez_ y tanto _me entiende?_, se
apresur a responder algo amostazado:

--En gozar?... O en reventar, seor marqus, que no es lo mismo!...

--No, no, no y mil veces no, Martnez! Eso es una de tantas
preocupaciones. Me entiende usted? Cierto que el hombre es un ser
dbil, insuficiente, que apenas puede soportar ocho comidas diarias;
pero la indigestin no proviene de comer mucho, sino de comer mal...
Dme usted un cocinero de primera fuerza, de raza, _d'lans_, y yo le
garantizo salud eterna... Oh, bien lo entenda el prncipe Orloff con
su ojo tuerto y su brazo manco!... Yo le he visto en Pars elegir
cocinero en pblico concurso; acudieron diez a su palacio de la embajada
rusa: yo fui del jurado, y probamos, antes de fallar, ciento cuarenta
platos[7]. Ah!, no, no, Martnez; no es el comer mucho, lo que trae la
indigestin... Mi santa madre lo deca: Tripa llena, alaba a Dios.

[Nota 7: Histrico.]

Y se qued tan orondo con la cita, porque una de las genialidades de
Villameln era la de nombrar de continuo a su madre, anteponindole
siempre el calificativo de santa, y poniendo en su boca aforismos tan
singulares, y de mal gusto a veces, como el que acababa de soltar.

Entraron en esto el duque de Bringas y Juanito Velarde, que haban
terminado ya su partida de billar, y a poco anunci un criado que la
seora condesa no asistira a la comida por haber tomado ya un
_consomm_ en sus habitaciones, y acostdose al punto con una fuerte
jaqueca.

Esta noticia pareci afectar muy poco al caro esposo de la dama y al
duque de Bringas; al ministro de la Gobernacin hzole, por el
contrario, malsimo efecto, dando a sospechar, por sus muestras de
disgusto, que algo que la ausencia de Currita chasqueaba por completo le
haba trado all y hchole aguantar con paciencia las majaderas
culinarias del hroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro; como
Butrn tema, el nombramiento de camarera mayor comenzaba a mover la
cola. Juanito Velarde pareci tambin muy contrariado, comi poco y
habl menos durante toda la comida. Villameln hizo el gasto, como
siempre, blandiendo el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII,
que us durante toda su vida, y pasando por las tres distintas fases que
en aquella hora solemne se reflejaban en su persona: hondamente
preocupado al principio, como hombre que tiene entre manos el ms grave
negocio; comunicativo, pero dogmtico; afable, pero todava circunspecto
a los medios, y alegre, bonachn, magnnimo y hasta tierno a los
postres, como si la corriente de satisfaccin que le brotaba del
estmago le dotase de aquellas cualidades que no posea en ayunas. Esta
era la hora de pedirle favores, seguro de alcanzarlos, y esta era la
hora tambin en que Villameln, arrastrado por un resabio de educacin
malsima que jams pudieron quitarle ni su santa madre, ni su dulce
esposa, haca bolitas de miga de pan con la punta de los dedos y las
disparaba a las narices de los comensales, con muestras del ms carioso
agasajo y el ms tierno regocijo.

Mientras tanto, si algn diablo cojuelo hubiese levantado el techo del
_boudoir_ de la condesa de Albornoz, hubirase descubierto una extraa
escena: hallbase este alumbrado por una gran lmpara, sostenida por un
negro desnudo, de tamao natural, admirablemente tallado en bano, y
Currita, sentada ante un pequeo _secrtaire_ muy bajo, pareca
completamente absorta en un singular estudio caligrfico, mientras
vagaba por sus labios una finsima sonrisa, semejante, no en lo
terrible, pero s en la solapada y astuta, a la que puso el genio de
Liezen-Mayer en los labios de Isabel de Inglaterra, al representarla en
el acto de firmar la sentencia de muerte de su prima Mara Stuard.

Con su elegante letra inglesa, fina y corrida, haba escrito al frente
de un pliego: _Qu animal ms hermoso es el hombre!_ Y con facilidad
maravillosa iba copiando, en distintos caracteres de letras, esta frase
tan extraa y tan equvoca, que pareca ser reflejo de esa idea ntima,
ese pensamiento oculto que jams se formula y es, sin embargo, el
primero que se apresura a estampar todo hombre cuando algo que escribe y
algo en que se puede escribir le invitan a solas a trazar all un
concepto. La inscripcin se multiplicaba, unas veces en letras
rechonchas y apretadas; otras, en perfiles largos y finitos; algunas, en
caracteres diminutos, cual patitas de moscas entrelazadas que se
prolongasen en forma de cadeneta. En esta tarea emple Currita media
hora larga, con el esfuerzo y la atencin de un chiquillo aplicado que
copia una plana, o de un petardista prudente que ensaya el modo de
falsificar o desfigurar una letra.

Diose al fin por satisfecha de sus ensayos, y con los renglones de
cadeneta y la letra de patitas de mosca, que no tena con la suya
ordinaria el ms remoto punto de contacto, psose a escribir una carta,
en un pliego de papel sencillo, sin timbre ni inicial alguna. La carta
no fue larga, y en el sobre deca:

EXCMO. SR. GOBERNADOR CIVIL
DE
_Madrid_

Faltbale todava el sello, y psoselo Currita sonriendo socarronamente,
y cuidando de colocar con la cabeza para abajo el busto del rey don
Amadeo. Afianzlo luego con dos o tres puaditas de su cerrada mano, que
pareca complacerse en aplastar al pobre monarca, principio y fin de la
dinasta saboyana.

Cualquiera hubiera credo con esto ya listo el negocio y que slo
faltaba llamar a un criado para enviar la misteriosa carta al correo. No
lo juzg as la ilustre condesa: entrse en la estancia vecina, que era
su alcoba, y volvi a salir al cabo de un buen cuarto de hora
completamente transformada. Habase despojado de su elegante traje de
calle, y pustose en su lugar una falda de lana negra modestsima y una
mantilla muy usada, cuyo sencillo velo le ocultaba parte del rostro;
traa en la mano una buja encendida, puesta en una palmatoria de plata,
y en la otra una llave de gran tamao. Cogi la carta y ech a andar: en
aquel momento un reloj lejano daba las once y media.

Era el palacio de Villameln uno de esos antiguos caserones, ya raros en
Madrid, con anchas galeras, espaciosas salas y cmodos departamentos,
rodeados por todas partes de pasillos y escaleras excusadas para el uso
de la servidumbre. Comunicbanse las habitaciones de Currita con las de
Villameln por la alcoba, y por un cuarto contiguo al del bao, con un
largo pasadizo; terminaba este por un lado en el cuarto de Kate, la
doncella inglesa, y por otro en una estrecha escalerilla que iba a parar
a un jardn muy reducido. Cerrando, pues, la puerta de la alcoba, la que
haba a la mitad del pasillo, y la que pona en comunicacin al
_boudoir_ con los dos salones de la entrada, quedaba el resto de las
habitaciones de Currita aislado por completo y en comunicacin directa
con la calle: a ella daba salida una puertecita, abierta en la tapia del
jardn a espaldas del palacio, detrs de un pequeo invernadero. All se
dirigi Currita despus de dejar la luz apagada al pie de la escalera
con tal desembarazo y tan gentil desenvoltura, que conocase bien a las
claras no ser aquella la primera de sus nocturnas escapatorias.

Era la noche oscura, y la solitaria plaza a que la puerta del jardn
daba salida perdase a lo lejos entre solares en construccin, alumbrada
ac y all por algunos faroles, cuyas luces parecan brillar en medio
de un nimbo de vapor amarillento. La puerta de una tienda de
ultramarinos dejaba escapar en la esquina prxima un cuadro de luz
vivsima, y vease en el fondo al tendero, inmvil ante el mostrador,
ajustando sus cuentas. A cuarenta pasos, debajo de un andamiaje, una
farola haca resaltar las negras siluetas de un chulo de chaquetilla
corta y una chula de falda almidonada y pauelo de seda a la cabeza, que
dialogaban vivamente. Apareca lo dems oscuro y solitario, teniendo
todo ello un aspecto de inquietud, de vista panormica, que completaba
all muy lejos, desde un cuarto piso, el sonido de un mal piano, en que
unas manos aleves asesinaban la inmortal cavatina de Bellini _Casta diva
ch inargenti_...

La condesa, la gran seora que tan raras veces bajaba de su carruaje,
como si se desdease de pisar con sus elegantes brodequins el polvo de
que estaba formada, se intern por aquellos oscuros vericuetos, y
atravesando varias callejas, solitarias en aquella hora, que parecan
serle muy conocidas, vino a desembocar en la plazuela de Santo Domingo.
La afluencia de gente era todava grande en aquella encrucijada, tan
concurrida siempre, y Currita baj la cuesta para ganar, al abrigo del
jardinillo, la Costanilla de los ngeles. Atraves rpidamente la calle
del Arenal, entr por la de las Fuentes, y dando un gran rodeo por
detrs del ministerio de la Gobernacin, lleg al fin a la calle de
Carretas y deposit por su propia mano en el buzn de la casa de Correos
la carta misteriosa... Si aquella mujer era una criminal, era, sin duda,
de aquellos criminales avezados y prudentes que miran siempre en todo
cmplice un camino peligroso que va a parar en presidio.

Entonces emprendi el camino de vuelta por las mismas calles por donde
haba ido, sin tener ms que un tropiezo. Un viejo, de aspecto decente,
se detuvo de pronto ante ella; sorprendida Currita, pegse a la pared, y
el hombre hizo entonces ademn de darle una moneda de cinco cntimos,
una _perra chica_, como llamaban entonces y an llaman hoy a esas piezas
pequeas. Habala tomado por una de esas pobres vergonzantes que a las
altas horas de la noche extienden en silencio su mano descarnada al
transente que se retira solicitado por el descanso u hostigado por los
vicios.

As lo comprendi la condesa, y con gran impulso de risa tom la moneda,
teniendo todava valor para profanar en sus impuros labios aquella
hermosa deprecacin, aquella santa respuesta que da la fe a su hermana
la caridad, por la humilde boca del pobre:

--Dios se lo pague!...

Cuando la condesa entr en su _boudoir_, presentaba este un aspecto
siniestro: la lmpara agonizaba en manos del negro, cuyos blancos
dientes de marfil incrustado resaltaban en la oscuridad, como la sonrisa
del genio del mal, complacindose en las tinieblas.

Tres horas despus resonaban gritos y lamentos al otro extremo de la
casa... Era Paquito Lujn, que entumecido por el fresco de la madrugada
y aterrado por la oscuridad, despertaba all en la Nursery, olvidado de
todos en aquel suntuoso palacio, morada del padre y la madre que le
haban dado el ser, y de diecisiete criados dedicados a su servicio.




--V--


Rise mucho al otro da la condesa de Albornoz al or contar a su hijo
Paquito sus extraas aventuras de la noche precedente: al verse solo, a
oscuras, vestido y acostado en una cama que no era la suya del colegio,
comenz el nio a gritar lleno de angustia, sin que nadie contestase a
sus lamentos. Oalos Miss Buteffull desde su cama y comprendi al punto
la causa: sin duda, nadie se haba acordado en la casa de que el pobre
nio haba vuelto del colegio; quiz se haba puesto malo de pronto;
quiz haban entrado ladrones y lo estaban asesinando... Miss Buteffull,
compadecida, encendi la vela de su palmatoria. Un decoroso reparo la
detuvo de repente: el caso era grave... Tena ella cuarenta y cinco
aos, once el nio, la hora de la noche era avanzada. Cmo entrar sola
en su cuarto?... Miss Buteffull apag la palmatoria.

Mientras tanto, los clamores desesperados del nio despertaban tambin a
la doncella de Lil, Magdalena, que dorma all cerca, y acuda esta
presurosa en su auxilio; tranquilizbalo con gran cario, hacale
acostar y permaneca sentada junto a su camita, hasta dejarlo dormido
nuevamente.

Esta relacin produjo en Currita una de las repentinas crisis de amor
materno que solan atacarla de cuando en cuando en sus das de
aburrimiento. Sola entonces pasar horas enteras en la Nursery jugando
con sus hijos: comaselos a besos, llambales sus _pichoncitos_,
hacales traer costosos juguetes y golosinas de todos gneros; y
complacindose en poner en ridculo a Miss Buteffull y en decir pestes
de los padres del colegio, destrua en media hora todo lo bueno que, a
costa de mil trabajos, haban sembrado y podan sembrar en adelante
estos y aquella en los tiernos corazones de ambos nios; porque uno de
los grandes escollos en que tropiezan los esfuerzos de las personas
dedicadas a la educacin, consiste en la imprudente y culpable ligereza
con que se complacen muchos padres en presentar ante sus hijos a
preceptores y maestros, no como amigos ntimos encargados de guiar sus
pasos, ni como seres benficos que les dispensan el favor insigne de
formar sus corazones y alumbrar sus entendimientos, sino como tiranos
que les oprimen y mortifican, como carceleros cuya vigilancia hay que
burlar con ardides y tretas ms o menos inocentes. Destryese as la
buena opinin necesaria a todo el que manda para ser respetado; la fe
humana precisa a todo el que ensea para ser credo, y slo una cosa
existe, a nuestro juicio, que sea tan perjudicial a la educacin como lo
es esta misma: la pugna que a veces descubre el nio entre la moral de
sus padres y la moral de sus maestros... Imposible es describir las
angustiosas perplejidades, las dolorosas dudas que, con harta triste
frecuencia, despiertan estas contradicciones en las almas de los nios:
vese en ellas la lucha del entendimiento con el corazn, demostrndole
aquel que es sana la doctrina del maestro, esforzndose este por
persuadirle que no puede ser mala la prctica contraria del padre o de
la madre que tanto aman, que no puede ser cierto lo que, por el solo
hecho de serlo, ha de dar irremisiblemente a aquellos seres tan amados
la patente de perversos... Ah! Jams olvidar el que escribe estas
lneas las angustias de un pobre nio, modelo de candor y de juicio, al
or explicar cierta leccin del Catecismo; quedse el nio muy
pensativo, fuese luego poco a poco angustiando, hasta exclamar al fin
convulso, con el corazn encogido, los ojos llenos de lgrimas y
temblorosas las manitas:

--Entonces... entonces... mi pap es muy malo, muy malo... y se va a ir
al infierno!

Importbasele todo esto muy poco a Currita, y sus granizadas
intermitentes de besos, de mimos y de imprudencias borraban por completo
en el nimo candoroso de Lil los largos olvidos y la egosta
indiferencia de su madre; mas no lograban lo mismo en el nio aquellas
sensibleras tempestuosas. Haba en el fondo de aquel tierno corazoncito
un rinconcillo oculto, en que la memoria iba depositando con implacable
fidelidad la lista de todos los agravios, como un grano de simiente
venenosa entre una vegetacin salubre, como un tallo de cicuta que haba
de hacer brotar en aquella selva virgen el sombro rencor, el rencor
callado y paciente, rbol siniestro que produce a la larga los
envenenados frutos del odio. Todava aquel corazn angelical perdonaba
fcilmente lo que reputaba por injuria; mas ya haba dado un paso
adelante, ya le era imposible olvidarlo por completo.

No era, sin embargo, el aburrimiento el que haba trado aquella maana
a la condesa de Albornoz a entretenerse con sus hijos: pareca, por el
contrario, preocupada, un poco inquieta, y notbase en ella esa
agitacin nerviosa de todo el que espera algo que teme o le importa.
Lil tuvo una idea felicsima: propuso a su madre que hiciese retratar a
Paquito con sus premios. Psose el nio muy encarnado, y movi
negativamente la cabeza.

--Pues es verdad!--exclam Currita encantada--. S, s, ahora mismo...
Vers qu bonito!... A ver, Germn!... Avise usted al seor marqus
que vamos a subir a la _cabaa_ a que nos haga un retrato...

Desprendise el nio, al or esto, de los brazos de Lil, que, saltando
de alegra, le abrazaba, y exclam con enrgica ira:

--No!, no!... Pap, no!...

--Pero por qu?--dijo sorprendida Currita, agarrndole por un brazo.

Forcejeaba el nio por desasirse, muy colorado y conmovido, y con los
hermosos ojos llenos de lgrimas.

--Pero por qu, por qu?--repeta Currita.

--Me dijo que me fuera!... Me dio dos pesetas!--grit al fin el nio
con gran desconsuelo; y sollozando amargamente, escondi la preciosa
carita en el seno de su madre.

Qu rayo de luz hubiera sido aquel lamento del nio para una de esas
madres santas y prudentes que estudian y dirigen hasta el ms ligero
latido del corazn de sus hijos!... En l apareca revelado un noble
pundonor, que iba ya camino del orgullo, y una precoz propensin a la
venganza, que espera oculta y paciente la hora de devolver desaire por
desaire y ofensa por ofensa. Mas Currita slo vio en todo aquello un
capricho de nio voluntarioso, y entre caricias y reflexiones, halagos y
amenazas, intent persuadir al nio a que se dejara hacer el retrato:
cedi este en la apariencia, y Currita subi con ambos nios de la mano
a la esplndida _cabaa_ en que tena el marqus de Villameln su taller
fotogrfico.

Porque el ocio, esa gran pesadumbre de los grandes, que en vez de
lgrimas tiene bostezos, haba despertado en el ilustre prcer y
guerrero invicto la aficin a la fotografa, no encontrando en l la
aptitud necesaria para el cultivo de otras artes ms elevadas. Comer,
beber, dormir y retratar a todo bicho viviente que cruzaba ante la
magnfica lente de su cmara oscura eran las tiles tareas que llenaban
y aun hacan rebosar la vida de aquel ilustre prcer, a cuyos abuelos
caba tanta parte en las gloriosas empresas de la antigua Espaa.

Acudi, pues, Villameln presuroso, como siempre, a la menor indicacin
de Currita, envuelto en su fresca bata escocesa, que apenas le pasaba
de la cintura; vena con l uno de esos magnficos perrazos de
Kamschatka, de un blanco amarillento, que arrastran en su pas pesados
trineos, y haba sido el paje continuo de Currita en una larga temporada
en que le pareci muy espiritual hacer grandes excursiones a caballo.

Villameln comenz al punto a preparar la mquina con sus dedos
manchados de nitrato de plata, y Currita dispona mientras tanto el
artstico grupo en que haban de retratarse los nios. Colocse en el
centro un gran sitial gtico, preciosa joya arqueolgica y artstica, y
hundidos en l ambos nios y estrechamente abrazados, haban de aparecer
examinando juntos el diploma de los premios, un exacto facsmile de una
bellsima miniatura del siglo XV; tendido a la larga ante ellos, _Tock_,
el perrazo amarillento, apoyaba el hocico en el rojo almohadn de
terciopelo en que descansaban los pies de los nios.

--Delicioso!--exclamaba encantada Currita--. Mira, Fernandito, parece
un cuadro de Meissonnier.

Los premios, sin embargo, no aparecan por ninguna parte, y Paquito se
encoga de hombros, asegurando ignorar dnde los haba puesto.

--Tonto!--grit Lil, dndole una palmada--, si los dejaste abajo...

Y en menos de dos minutos fue por ellos y los trajo, mostrndose muy
sorprendida de que los vivos colores del diploma apareciesen desteidos
en algunos sitios como por gotas de agua. El nio se puso muy encarnado
y no dijo una palabra: sus lgrimas de la noche anterior eran la causa
de aquellas manchas.

En aquel momento anunci un criado a Currita que el seor ministro de la
Gobernacin deseaba hablarla con urgencia. Volvise ella bruscamente a
su marido, dejando caer el diploma que tena en la mano, y l se
incorpor asustado, quedndole por la cabeza el pao negro con que se
cubra para enfocar la mquina; por debajo asomaban sus bigotes
retorcidos, su nariz colgante, sus ojos azorados en aquel momento, fijos
en Currita, con la medrosa expresin del escolar desaplicado cogido in
fraganti.

La esposa dio dos pasos hacia el esposo, desmintiendo con los rayos, que
de sus claros ojos brotaban, la suave vocecita y el pausado tono con que
dijo:

--Pues no comi ayer aqu ese _buey Apis_?...

--Es un animal--replic el marido; y para ocultar su turbacin,
escondise bajo el pao negro, ponindose a enfocar de nuevo la mquina.

--yeme, Fernandito, que te estoy hablando--aadi Currita con relamida
pausa.

Incorporse de nuevo Fernandito, cada vez ms turbado, sin quitarse el
pao negro de la cabeza.

--Dijo anoche algo el _buey Apis_ sobre el nombramiento?

--Nada--balbuce Villameln.

--Nada?... Ests cierto?...

Los labios de Villameln temblaron como tiemblan los del chico que va a
soltar una mentira.

Y pensndolo mejor, sin duda, record al cabo Fernandito que el ministro
de la Gobernacin, el _buey Apis_, como por razn de su corpulencia le
llamaban, tan slo le haba dicho que el pastel de ratas deba de ser
muy indigesto. Vaya usted a ver qu tontera! Pero en cambio manifest
a Juanito Velarde que aquello no poda quedar as, que nadie se burlaba
impunemente del Gobierno y que estaba decidido a reclamar de Currita la
aceptacin del nombramiento, apoyndose en una carta que--frase poco
ministerial!...--haba de refregarle por los hocicos...

--Una carta?--exclam Currita realmente sorprendida--. Pero de
quin?...

--Ma!... Ma!...--balbuce Villameln; y comprendiendo que con esto
soltaba el trueno gordo, pidi a la tierra que se lo tragase. Mas la
tierra no tuvo por conveniente darle gusto. Currita avanz otros dos
menudos pasitos, y suavizando ms y ms su acento, mientras ms y ms se
encolerizaba, aadi:

--Pero t le has escrito, Fernandito?...

Villameln baj la cabeza anonadado.

--Pero no te dije que fueras a hablarle?... Que en todo este negocio
no haba que soltar por escrito una sola letra?... Lo ves,
Fernandito?...

Villameln retrocedi un paso como quien espera un cachete, y Currita
adelant otro, diciendo despus de una pausa:

--Y dijo que iba a... a... a presentarme esa carta?

--Eso deca Velarde.

--Ests seguro?...

--Segursimo.

Villameln dio otro paso atrs y Currita otro adelante, repitiendo con
tan suave voz que pareca una caricia:

--Lo ves?... Lo ves, Fernandito?...

Y tirando de repente con rabioso arranque del pao negro, hundile la
cabeza a su ilustre esposo en la especie de saco que aquel formaba;
volvi luego la espalda pausadamente, y sin perder su suavidad, sali de
la _cabaa_.

Lil se rea a carcajadas al ver a su padre forcejeando por sacar la
cabeza del saco negro, y corri a Paquito para decirle al odo un
secreto muy grande, muy grande...

--Pero qu tonto es pap!...

Paquito no la escuchaba, sin embargo: durante toda esta escena haba
sentado en el sitial gtico a _Tock_, el perrazo amarillento, que se
dejaba manejar con esa especie de cariosa paciencia con que a los nios
soportan los perros. Colgle despus de su collar de hierro repujado las
cinco medallas de los premios, y colocndole en la cabeza el diploma en
forma de cucurucho, grit a Lil con extrao acento:

--Anda, que lo retrate pap!... A _Tock_ le doy yo todos mis
premios!...

Mientras tanto, pasmbase el lacayo al or que su seora le daba, al
pasar, la extraa orden de encender sin prdida de tiempo la chimenea
del _boudoir_, era aquel da el 25 de junio y el calor comenzaba ya a
ser sofocante. Obedeci, sin embargo, con esa especie de impasibilidad
automtica, propia de los criados de grandes casas, y cuando el
excelentsimo ministro de la Gobernacin, don Juan Antonio Martnez,
_buey Apis_, por otro nombre, entr en el _boudoir_, arda ya en la
chimenea un alegre fuego, y a su lado le esperaba Currita, tendida en
una chaise longue, envuelta en una bata de raso, perfectamente
enguatada, y arropados los pies con un plaid escocs finsimo:
descansaba su cabeza en una gran almohada con lazos color de rosa, y
tendindole al verle entrar su franca manecita, dijo con la dbil voz de
un enfermo desahuciado:

--Adis, Martnez!... Slo a usted hubiera yo recibido hoy.

El _buey Apis_ dio un mugido, expresin fiel de la admiracin, la
sorpresa y el sobresalto que al punto le embargaron, y comenz a sudar a
la vista de la chimenea encendida.

--Pero qu es esto, seora condesa?--exclam desolado--. Sigue la
jaqueca?...

--Fatal... Fatal estoy!--contest Currita--. Creo que tengo
calentura... y unos escalofros!...

Y la muy ladina estremeca el dbil cuerpecillo, sealando al mismo
tiempo al ministro una pequea _marquesita_ colocada junto al fuego y al
alcance de su mano: en ella se sent el excelentsimo Martnez,
dispuesto a dejarse tostar en su mullido asiento como san Lorenzo en las
parrillas.

--Lo siento... lo siento en el alma!--dijo.

Y con sencillez verdaderamente progresista, aadi, recordando la
rstica farmacopea de su tierra nativa:

--Por qu no se pone usted dos ruedas de patatas en las sienes?... Eso
alivia mucho.

--Patatas?--exclam Currita estremecindose de espanto. Jess,
Martnez, por Dios!... Prefiero la jaqueca.

Martnez comprendi que haba asomado la oreja lugarea bajo la piel del
ministro cortesano, y entr en materia, dejando a un lado compasivos
prembulos y recetas caseras.

--Siento entonces venir a aumentarle a usted la jaqueca; pero el negocio
es grave y urgente...

La condesa acomod la roja cabecita en su blanda almohada con lazos rosa
y fij en el ministro sus claros ojos, que expresaban admirablemente la
extraeza. Afianzse Martnez las gafas de oro, torci la descomunal
cabeza, y amenazando a Currita con su gordo y porrn dedo, como hace el
dmine que echa al nio una reprimenda cariosa, le dijo:

--En Palacio estn muy disgustados...

Currita se encogi de hombros, haciendo un gracioso pucherito como quien
dice: Y a m qu me cuenta usted?...

--S, seora--prosigui el ministro--. Su majestad el rey, muy
ofendido... Su majestad la reina, sentidsima.

Diole a Currita ganas de rer la pomposa hinchazn con que pronunciaba
el ministro demcrata aquellas sonoras palabras: Palacio...,
majestad..., rey..., reina, que parecan llenarle la ancha bocaza, y
pregunt con su suavidad acostumbrada:

--Quin?... _La Cisterna_?...

Crecise el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.

--No, seora--exclam ofendido en su orgullo dinstico--; su majestad la
reina de Espaa, doa Mara Victoria.

--Ya!...--dijo Currita--. Y qu tengo yo que ver con los sentimientos
de esa seora?...

--Qu tiene usted que ver?...--exclam el ministro, sofocado por el
calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita--. Pues le parece a
usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego
despus de concedido?... As se juega con una reina modelo de virtudes?
Pues sepa usted que el Gobierno est decidido a reclamar
enrgicamente!...

Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una
remolacha, y con ambos puos apoyados en las respectivas rodillas,
fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragrsela de
un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del
_buey Apis_; incorporse un poquito, y muy extraada y ofendida, y con
los claros ojos fijos siempre en el vaco, comenz a decir con su suave
vocecita algn tanto apurada:

--Pero Martnez, por Dios, no se descomponga as!... Se pone usted tan
feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocacin, algn _quid pro
quo_, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes
desatinos... Yo, camarera de _la Cister..._ quiero decir, de doa
Victoria?... De dnde ha salido eso?

--De usted misma, seora condesa, de usted misma!--grit el ministro--.
Se atrever usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha
solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la
Secretara del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...

--Pues ya lo creo que lo negar!--contest Currita con todo su
desparpajo.

--S?... Pues veremos si su marido de usted lo niega igualmente, cuando
todos los peridicos de Madrid publiquen esta carta.

Y el _buey Apis_ sac una de su bolsillo, que puso extendida ante los
ojos de Currita, como si pretendiese cumplir su bestial amenaza de
refregrsela por los hocicos. La condesa fue a echar mano al papel con
grande prisa, pero el ministro lo retir al punto, diciendo brutalmente:

--Ca!... Esta no la suelto yo ni un momento; pero ahora mismo la oir
usted de cabo a rabo.

Y ponindose las gafas sobre la frente, porque era miope, comenz a leer
la carta. En ella, el marqus de Villameln, de acuerdo con su esposa,
peda para esta, por medio del ministro de Ultramar, el puesto de
camarera mayor de la reina, con las dos condiciones indicadas antes por
Martnez: la Secretara particular de don Amadeo para Juanito Velarde y
los seis mil duros de sueldo para la dama misma. La prueba no poda ser
ms concluyente, y Currita pudo comprender toda la imprudencia de su
caro esposo al dejar escapar aquella prenda. No se apur mucho, sin
embargo: mientras el ministro lea, habase ido incorporando poco a
poco, haciendo mohnes de espanto y gestos de protesta, y de repente,
con la agilidad de una gata cazadora que se lanza sobre el incauto
ratoncillo, arranc de manos del ministro la peligrosa carta y la arroj
al fuego... El papel se enrosc un segundo entre las llamas, quedando al
momento convertido en cenizas.

Atnito el ministro retrocedi bruscamente en la butaca, soltando una
palabrota: mas Currita, sin ofenderse por ella, ni asombrarse tampoco,
dejse caer de nuevo en su almohada como si tal cosa, diciendo con su
cndida risita:

--Vamos, vamos, Martnez!... Preciso ser que se ponga usted dos
parches de patata... Eso refresca mucho!...




--VI--


Jams haba pasado el pacfico portero de Villameln susto tan tremendo
como el que le tena reservado el seor gobernador de Madrid para aquel
da memorable, 26 de junio... Eran las diez de la maana, y Baltasar,
sin haberse vestido an la larga librea azul, con anchas franjas en las
bocamangas y cuello, cubiertas de escudos herldicos, limpiaba
cuidadosamente el polvo a las soberbias arcas florentinas, los enormes
sitiales antiguos y las armaduras de brillante acero que adornaban el
vestbulo. Psose despus a peinar las largas lanas de Bruin, el oso de
Noruega, su mudo compaero; y en esta operacin se hallaba, cuando un
tropel de gente sospechosa invadi de repente la casa, en actitud nada
tranquilizadora. Asustado Baltasar, cerr de golpe la gran mampara de
cristales; pero, a los repetidos porrazos que en ella dieron los que de
fuera entraban, cayeron rotos dos de los magnficos vidrios esmerilados
que ostentaban en medio la cifra y corona de Villameln, y aterrado
entonces Baltasar, huy escaleras arriba con el mandil remangado,
atropellando a su paso al diminuto _don Joselito_, que pacficamente
frotaba con cscara de limn las varillas metlicas que sujetaban la
mullida alfombra en cada peldao de la escalera. El enano huy tambin
dando gritos, y a poco la servidumbre entera del palacio corra por
todas partes azorada, abriendo y cerrando puertas, e infundiendo la
alarma por todo el vecindario.

Mientras tanto, los invasores llegaban a una antecmara completamente
desierta, y el que pareca capitanearlos comenz a golpear el suelo con
su bastn de borlas, citando a la condesa de Albornoz en nombre de la
justicia. Era este individuo el jefe de orden pblico, y vena en nombre
del gobernador a registrar el palacio de la condesa e incautarse de
todos sus papeles. Acompabanle media docena de guardias municipales,
un alcalde de barrio y hasta diez o doce hombres de mala catadura,
provistos de grandes garrotes, que parecan por las trazas pertenecer a
la por aquel tiempo famosa _partida de la porra_. Guardronse todas las
puertas, quedando franca para todo el mundo la entrada, prohibida para
todos la salida.

Mientras tanto, dorma Villameln el sueo del justo. Currita, por el
contrario, levantada contra su costumbre desde muy temprano, como si
algo esperase, not al punto el alboroto; psose muy plida, y una
sonrisa de diablillo crisp por un momento sus delgados labios.
Temblando como una azorada, entr Kate, la doncella inglesa, a
participarle lo ocurrido; pareci entonces azorarse mucho la dama, como
si de nuevo la cogiese, y quiso a toda prisa avisar al marqus de Butrn
lo que aconteca. Las puertas estaban ya, sin embargo, guardadas y
prohibida la salida; pdose, a pesar de todo, hacer saltar la tapia del
jardn a un pinche de cocina, y este fue el encargado de llevar al
diplomtico la embajada de la condesa.

El despertar de Villameln fue horrible: la imagen del terror haba
quedado grabada de antiguo en su cerebro, bajo la forma de los salvajes
rifeos de frica, y ellos, con sus espingardas, fueron los primeros
fantasmas que vio asomar en su imaginacin en ese primer momento de
confusin de ideas que sigue al despertar de todo hombre. El
excelentsimo Martnez, el colosal _buey Apis_, vino al punto a
destacarse entre ellos, presentndole con una mano su imprudente carta,
echndole la otra al pescuezo para conducirle sin piedad al Saladero...
Villameln pens morir del susto, porque a su carta, y slo a su carta,
como muy bien le haba profetizado el da antes Currita, poda atribuir
la repentina llegada de la polica. Pronto, sin embargo, tom su
partido: acurrucse de nuevo en la cama y juzg lo ms prudente darse
all mismo por muerto. No era Currita quien le haba metido en aquellos
berenjenales?... Pues all se las compusiera ella como buenamente
pudiese!... En vano le instaba la condesa, temblando de ira, para que se
levantase y saliera a recibir la caterva de polizontes: Villameln
contestaba que estaba constipado, que estaba sudoroso y cogera de
seguro un pasmo a poco que le diese el aire.

El tiempo urga, y la intrpida Currita viose al fin precisada a salir
ella misma al encuentro de los invasores: no lo hubiera hecho con ms
arrogancia la viuda de Padilla al presentarse a las tropas de Carlos V
en el alczar de Toledo. Con altivo continente pidi al jefe de orden
pblico el mandato del gobernador, legalizado por el juez, nico que,
segn las leyes vigentes, poda autorizar aquel atropello: presentse
respetuosamente el funcionario, y rasglo ella en dos pedazos despus de
leerlo. Hizo entonces una valiente protesta en que sac a relucir sus
leales opiniones alfonsinas, y mandando a un viejo empleado en la
contadura de la casa que guiase a sus habitaciones a aquellas gentes y
presenciara el registro, retirse dignamente a la sala de billar,
seguida de sus doncellas como una reina de sus damas: all hizo traer a
los dos nios, Lil y Paquito, y abrazndolos tiernamente y sentndolos
en sus rodillas, pareca parodiar el triste grupo de la reina Mara
Antonieta, refugindose con sus hijos en un rincn de las Tulleras,
invadidas por el populacho. Kate lloraba desconsolada; Miss Buteffull se
haba puesto el sombrero y los guantes, como si esperase la orden de
marchar.

No haca Currita aquellos alardes artsticos sentimentales a humo de
pajas: la noticia haba corrido en un segundo por los crculos polticos
y aristocrticos de la corte, extendindose despus por casinos y cafs,
tiendas y plazuelas. El pueblo comenz a agolparse con su estpida
curiosidad a las puertas del palacio, y a poco una larga hilera de
coches ocupaba toda la calle, suspendan un momento su pausada marcha,
abranse y cerrbanse con estrpito las portezuelas, y bajaban
encopetados seorones, aristocrticos gomosos y damas elegantes; venan
estas de trapillo, mirando a todas partes, entre asustadas y curiosas, y
abrazaban a Currita haciendo exclamaciones de sorpresa, de indignacin,
de entusiasmo y de lstima. Esto era lo que esperaba la taimada condesa;
con su sonrisa de colegiala, apretaba a unos la mano en silencio,
repeta a otros la relacin del atropello, y elevaba los ojos al cielo
con aire de vctima resignada que se inmola, abrazada a sus hijos, en
aras de la proscrita dinasta. Qu sera de ellos? Pobres hijos
suyos!... Y Fernandito, tan afectado, tan nervioso, postrado en cama e
inspirando su salud serios cuidados! Quiz les esperaba el destierro,
quiz la crcel, quiz... Oh! Las damas se estremecan de furor y de
espanto, hablando todas a un tiempo, confortando a la vctima con sus
consejos y dndose todas al diablo all en sus adentros, porque era a
Currita y no a ellas a quien haba tocado la suerte de hacerse
sospechosa a la polica y llegar al apogeo de la celebridad de un solo
salto.

Llegaron tambin varios periodistas a caza de noticias, lpiz en ristre
y reparos a la espalda, y fueron muy bien recibidos, dignndose la misma
Currita darles noticias del suceso. Pedro Lpez, el cronista de los
salones elegantes, que acuda a comidas y saraos con los bolsillos del
frac forrados de hule para poderse llevar a mansalva dulces y
emparedados, estuvo admirable. Currita le tendi una mano, enternecida a
la vista de aquel fiel amigo que tantas veces haba descrito los
primores de su falda, l se la estrech en silencio, repitiendo por tres
veces:

--Ominoso!... ominoso!... ominoso!...

Y apartndose un buen trecho, psose a garrapatear con ardor febril en
su cartera, no sin que todas las damas y muchos caballeros vinieran a
hacrsele presentes, mendigando una mencin honorfica en aquella
crnica que haba de ser al otro da la _great attraction_ de la corte.
La apoteosis de Currita prometa ser ruidossima, y preciso era figurar
en ella, aunque slo fuera de comparsa.

Lleg Leopoldina Pastor, sofocadsima, con un devocionario enorme en la
mano: vena de Misa, porque estaba haciendo en San Pascual una novena
para impetrar del cielo una apopleja fulminante para don Salustiano de
Olzaga. Irritse mucho de que Currita no hubiese tirado por la ventana
al jefe de orden pblico; jur que no saldra de all aquel indecente
sin or antes de sus labios cuatro palabritas bien dichas, y alborotando
y accionando, y sacando la lengua a los agentes de orden pblico que
encontr al paso, fue a parar al comedor, porque eran ya las doce,
estaba en ayunas, tena hambre y se haca imposible salir de all hasta
que terminara el registro. Muchas damas y caballeros la siguieron,
dispuestos a caer sobre las provisiones de Villameln como una nube de
langostas, y el pasmo de todos fue entonces grande... Sorprendieron al
moribundo marqus en un rincn del comedor, apoyado en un trinchero de
roble, zampndose en pie y a toda prisa, y mirando a todas partes
azorado, una inmensa jcara de suculento chocolate, con una pirmide
colosal de dorados picatostes... Pasado el primer susto, y no escuchando
ya en la casa otro ruido extraordinario que el incesante ir y venir de
la gente que de la calle entraba, Villameln sinti en toda su pujanza
el aguijn ms terrible que poda hostigarle: el aguijn del hambre! En
vano llam una vez y otra vez que le trajesen como todos los das:

    Ancha bandeja con tazn chinesco,
    Rebosando de hirviente chocolate.

Los criados, diseminados por la casa, no acudan a su llamada, y
prefiriendo Villameln los riesgos de otra muerte a la muerte de hambre,
decidi al cabo levantarse y escurrirse por pasadizos y corredores hasta
la misma cocina, en busca del cotidiano alimento: una vez en posesin de
l, refugise en el rincn ms cercano y all comenz a devorarlo.

La llegada de los importunos huspedes hzole levantar el campo, huyendo
hacia el interior con el chocolate en una mano y los picatostes en la
otra. Mas, con grandes risotadas le detuvo la seoril y hambrienta
turba, y alcanzndole Leopoldina Pastor por los cortos faldones de la
bata, le gritaba muerta de risa:

--Pero dnde vas, Fernandito?... No te vayas, hombre!... Si para
sentir es menester comer!... Si nosotros venimos a ayudarte!...

Y desde el _matre d'htel_ hasta _don Joselito_, comenzaron a trabajar,
sin dar apenas abasto en servir a la emocionada concurrencia un _lunch_
improvisado, un _pic-nic_ sustancioso.




--VII--


Era el marqus de Butrn una de esas medianas que en los tiempos de
escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo slo su altura a
las escasas proporciones de los hombres y cosas de su poca. Hase dicho,
sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cmara, y no se
libraba el gran _Robinsn_ de esta ley general de las ilustres
celebridades. Consista, pues, una de sus secretas flaquezas en teirse
cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel
de su todava abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas
del cuervo.

Disponase, pues, el respetable diplomtico en aquella maana del 26 de
junio a esta operacin importantsima, cuando le pasaron
precipitadamente el recado de Currita. El peludo seor perdi por
completo la cabeza, y temindolo todo de la bellaquera de la condesa,
que tena l muy bien conocida, pidi a toda prisa un simn, y sin
acordarse para nada de que su barba sin teir iba a revelar el hasta
entonces bien guardado secreto a las lenguas ms hbiles en cortar sayos
que encerraba la corte, corri al palacio de aquella equvoca oveja que
tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes que
guardaban la puerta le dejaron pasar, segn la consigna, mirndole con
esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido
causan siempre los pjaros gordos del partido contrario.

La noticia de su llegada caus sensacin profundsima entre la turba de
amigos y amigas que invada el palacio, y todos, hasta los que en el
comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia all daba al
suceso una importancia y un colorido que haba muy bien calculado
Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran _Robinsn_
extendi ambos brazos al verla, exclamando: Hija ma!, y la dama se
dej caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y
mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de Miss
Buteffull, siempre tiesa e impasible.

El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acert a reparar
Gorito Sardona en la desteida barba del diplomtico, y apresurse a
comunicar el descubrimiento al odo de Carmen Tagle; echse a rer ella,
djolo a su vecina, esta al que tena al lado, y a poco, una porcin de
solapadas risitas hacan fracasar por completo la parte pattica del
espectculo.

Butrn, sin embargo, no cay en la cuenta, y con el majestuoso
continente que las circunstancias requeran, arrastr con suavidad a
Currita al prximo gabinete. Sudaba como un pato, y la camisa no le
llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre
condesa, que viniera a desacreditar sus manejos diplomticos. Azorado y
en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer a
los polizontes que invadan el palacio, le dijo:

--Pero qu es esto?... Habla, hija ma!...

Currita se dej caer en un sof, cubrindose el rostro con el pauelo.

--Estoy perdida!--dijo.

El respetable Butrn abri la boca, como si fuera a tragarse un queso
entero.

--Fernandito es un imbcil!--continu Currita muy afligida.

Butrn movi de arriba abajo la cabeza en seal de profundo
asentimiento.

--Le ha engaado Martnez... Me ha comprometido atrozmente... Es
horrible, horrible... Infame, Butrn, infame!

--Habla bajo!--exclamaba el diplomtico, sobresaltado--. Sosigate,
hija ma, sosigate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, lo
oyes?... para todo...

Y con las dos peludas manos apretaba _Robinsn_ con efusin paternal la
mano de Currita.

--Lo s, Butrn, lo s, y por eso acud a usted al punto--dijo ella ms
sosegada--. Pero es horrible, horrible!... Figrese usted que todo lo
que decan de mi nombramiento de camarera es cierto!...

--Cierto?--exclam Butrn como si se le atragantase en el esfago el
queso que antes pareca tragarse.

--Fernandito le escribi al ministro solicitando para m el cargo...
sin decirme nada, Butrn!... sin contar conmigo!... Vamos, si es
horrible, horrible!... Ay, qu marido!... Le aseguro a usted que si no
fuera por mis hijos entablaba el divorcio...

Aqu derram Currita algunas lgrimas en aras del honrado Himeneo, cuya
antorcha corra riesgo de apagarse, y continu muy bajito:

--Por eso, como yo no saba nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz
lo que crea, claro est!, la verdad... Que el ministro vino a
ofrecerme el cargo, y yo me haba negado a aceptarlo muy ofendida,
tomndolo por una majadera de esa gentuza... Figrese usted mi sorpresa
cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martnez, tan
ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un
energmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazndome con una
carta de Fernandito, que iba a refregarme... por los hocicos, Butrn,
por los hocicos!...

Y aqu ahog de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco
entre sollozos:

--Qu ultraje, Butrn, qu vergenza!... Cre morirme de
sentimiento!... Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo
he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder,
Fernandito...

--Pero viste t esa carta?--exclam Robinsn estupefacto.

--La vi, Butrn, la he ledo!... Qu vergenza!... Cre morirme!...
Deca el _buey Apis_ que el ministro iba a publicarla en los peridicos
si yo no aceptaba el cargo. Llor, supliqu, pidindosela en nombre de
mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el
cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrec dinero, y mi hombre
empez a blandearse... Me pidi cinco mil duros; luego tres mil,
regateando, Butrn, regateando como un judo!... Por fin se cerr el
trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvi a entregarme la carta
y recibir el pago... Porque, claro est, yo no tena dinero bastante,
tampoco poda pedrselo a Fernandito, y he tenido que empear una
porcin de joyas...

Butrn escuchaba asombrado, tragndose, una a una, como un bolonio, toda
aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas
verdades; cruz las manos con trgico ademn y exclam con el aire de un
Catn escandalizado:

--Eso es nauseabundo!

--Pero si hay ms, Butrn, si hay ms!... Si es infame!--prosigui
Currita muy animada--. A la una me entreg anoche el _buey Apis_ la
carta... A las diez llega hoy, de repente, la polica a registrarme mis
papeles... Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... Coger de
nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...

--Pero la han cogido?--exclam Butrn consternado.

--Ca!... Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar
los pedazos por el vertedero del bao.

--Berr!--hizo Butrn como si le dieran nuseas; y con las manos
cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido
el formidable guardapolvo de sus cejas, seal en l de graves
preocupaciones, comenz a medir a grandes pasos la estancia. Currita le
miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto
nerviosos suspiritos.

Indudable era para Butrn que la dama era una tramposa; pero lo que
deca era en todo perfectamente verosmil y explicaba por completo la
extraa visita de la polica. Qu haba ido, si no, a buscar en aquella
casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la
alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso
imperio de la moda, y esto bastaba a las teoras del diplomtico;
detvose, pues, de repente ante ella y djole solemnemente:

--Es preciso hacer una manifestacin ruidossima, que levante el
espritu y sirva de protesta a este atropello...

Currita se encogi de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada
el rayo de vanidosa alegra que ilumin su semblante.

--Pero, Butrn, por Dios!--dijo--, por m no hay inconveniente; pero ya
ve usted que quien pierde aqu es Fernandito.

--Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que
perder... Tu marido es un imbcil Y eso lo sabe todo el mundo.

--Es verdad--dijo con heroica conformidad Currita.

--Adems, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede
sacarse de l mucho partido.

--Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Despus de todo, lo
primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo
sacrifico... Bien lo he probado siempre... Bien lo estoy ahora
probando!...

Y Currita se enterneci otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas
este ruego inocentsimo:

--Lo nico que pido es que escriba usted mismo a la seora la verdad de
lo que est pasando... Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes
de este Madrid!... Esa Isabel Mazacn es tan chismosa... me tiene una
envidia!...

Cuadrse Butrn delante de la dama y dijo golpendose el pecho:

--Confa en m, Curra!... Yo respondo!

En aquel momento llamaron a la puerta: el registro haba ya terminado y
el jefe de orden pblico peda permiso a la seora condesa para
presentarle sus excusas.

--Ay, no, no!--exclam Currita--. Dgale usted que puedo muy bien
pasarme sin ellas.

--Y adale--dijo Butrn con toda la majestad olmpica que su misin
all requera--que la seora condesa de Albornoz se reserva el derecho
de protestar en todos los terrenos de semejante atropello... Y dgale
tambin que toda la aristocracia espaola y todas las gentes sensatas y
honradas estn a su lado para apoyarla y defender la causa santa que
ella representa en estos momentos...

Esto dijo Butrn con arrogante tono, y acentuando mucho la palabra
_causa_, pase despus una larga mirada por la concurrencia, como quien
dice: Habis entendido?, y entrse por los grupos, dejando caer
palabras huecas que la curiosidad y la necedad rellenaron de grandes
cosas.

--El negocio es grave--deca--. Currita, admirable! Una herona!...
Mariana Pineda!...

Entr entonces el viejo empleado en la contadura, don Pablo Solera, que
haba presenciado el registro: traa las orejas muy coloradas y un gran
papel en la mano, que present a la condesa... Roderonle todos llenos
de curiosidad, hacindole mil preguntas, que el viejo se apresur a
satisfacer aturdido, en parte, al verse ante tan ilustre concurrencia.

El registro haba sido escrupuloso en demasa y durado dos horas
enteras: el jefe del orden pblico haba ledo todas las cartas que
encontr a mano, sin perdonar pesquisa alguna, registrado todos los
papales, hojeado todos los libros y puesto aparte todo aquello en que
crey encontrar miasmas conspiradores, para sujetarlo al examen del
gobernador de la provincia. El prudente viejo le exigi entonces un
recibo, firmado por el mismo jefe de orden pblico, en el cual haban de
consignarse todos los papeles que se llevaba, y este era el documento
que don Pablo presentaba a la condesa.

--Hay algo importante?--preguntle Butrn en voz baja, leyendo la
lista al mismo tiempo que Currita.

--Pchs!... Nada--contest esta.

Mas sus ojos se fijaban con extraeza en esta partida inventariada en la
larga lista: Un paquete de veinticinco cartas, atado con una cinta de
color de rosa.

El respetable Butrn tom de nuevo la palabra. El peligro haba pasado,
pero era necesario sacar todo el partido posible de aquella victoria:
hacase indispensable meter mucho ruido, gran ruido, propagar el
escndalo por todas partes para despertar la indignacin y excitar los
nimos en contra del Gobierno y de la dinasta intrusa... Para ello,
todas las seoras acudiran aquella tarde a la Castellana con las
airosas mantillas espaolas y las clsicas peinetas de teja, que eran ya
seal convenida de valiente protesta; y a la noche siguiente, l, Butrn
mismo, dara un gran baile en honra de Currita de puro carcter
poltico, al cual podan ya darse por convidados todos los presentes...
Las seoras luciran todas, en la cabeza, la flor de lis, emblema de sus
esperanzas; los caballeros, un lazo blanco y azul en el ojal del frac,
colores propios y significativos de los desterrados Borbones.

El entusiasmo fue entonces indescriptible; las damas rodearon el grupo
que Currita y Butrn formaban, empujndose unas a otras, charlando todas
a un tiempo, esgrimiendo los colosales abanicos que por aquel verano
estaban de moda con el poco elegante nombre de _Pericones_.

--Bien! Bravo!--grit Gorito Sardona--. El coro de los puales!...
Butrn, a usted le toca bendecirlos!

Y se puso a cantar el

    Giusta  la guerra, e in cuore
    Mi parla un santo ardore,

de Meyerbeer en los _Hugonotes_. Esto hizo rer mucho a todas aquellas
seoras, y unas en pos de otras comenzaron a retirarse, nerviosas,
entusiasmadas, confesndose mutuamente que era muy entretenido conspirar
danzando y luciendo trapos en la Castellana; que era ms fcil de lo que
ellas crean derribar un trono a abanicazos.

Mientras tanto, Villameln, escurrindose tras cortinas, puertas y
tapices, miraba desfilar la ilustre concurrencia sin osar presentarse
ante ella. Lo que ms le incomodaba a l era que le hubiesen roto dos
cristales, all abajo, en la mampara.

Al verse a solas Currita, pregunt al viejo empleado, ensendole la
lista:

--Pero diga usted, don Pablo... De quin eran esas veinticinco cartas?

El viejo se encogi de hombros.

--No s--contest--. El jefe de orden pblico ley tres o cuatro y se
las guard con una risita que me dio mala espina.

--Pero dnde estaban?

--En aquella arquita antigua que est en el gabinete de la seora
condesa... Es un cajoncito con secreto.

--En el _secrtaire_ del _boudoir_?--dijo Currita an ms
sorprendida--. Pero si all no haba nada!... A ver, venga usted
conmigo.

Haba, en efecto, en un rincn del _boudoir_, una preciosa _arquilla_,
obra acabadsima de marquetera italiana del siglo XVI, de bano,
tallado con ricas incrustaciones de carey, plata, jaspes y bronces.
Currita abri la gran tapa delantera, cuyas bisagras y cerrajas doradas
dejaban ver, a travs de sus artsticos calados, un fondo de terciopelo
rojo, y entonces apareci el interior de aquel precioso mueble,
compuesto de bellsimos arquitos, de galeras en miniatura en que
encajaban infinidad de cajoncillos, ocultndose los unos a los otros,
con mltiples secretos.

--Pero dnde estaban esas cartas?--pregunt Currita impaciente,
abriendo uno a uno los lindos cajoncitos.

--Aqu abajo--contest don Pablo.

Y apretando un resorte de bronce, hizo saltar otro cajoncito oculto, que
dej escapar, al abrirse, un suave olor de violetas secas. Currita meti
dentro la mano y encontr en el fondo un ramo marchito de aquellas
fragantes flores; mir algn tiempo con cierta extraeza, como quien
pretende recordar algo, y exclam al fin, cayendo en la cuenta:

--Ya!

Y de repente, ponindose muy seria con la enfurruada cara de quien se
teme un chasco pesado, murmur muy enfadada:

--Pues tendra que ver!... Estara bonito!...




--VIII--


Bueno estaba para bollos el horno del seor gobernador a las dos de la
tarde de aquel mismo da 26 de junio. La noticia de la visita de la
polica al palacio de Villameln haba llegado a las altas esferas del
Gobierno, causando en ellas sorpresa y disgusto: ignorbase all la
causa de aquella violenta medida del gobernador, y esperbase todava,
por otra parte, obligar a la Albornoz a aceptar el cargo de camarera, a
pesar de la escena cmico-dramtica que entre ella y el excelentsimo
Martnez haba tenido lugar la vspera. Porque, como el lector habr ya
adivinado, no obstante los enredos de la tramposa seora, los
compromisos de esta con el Gobierno eran tan reales y positivos como
haba asegurado dos das antes la condesa de Mazacn en casa de la
duquesa de Bara.

Resentida profundamente Currita por lo que ella creyera desaire de la
abdicacin, haba decidido al punto pasarse con armas y bagajes al
enemigo, satisfaciendo de este modo sus femeniles deseos de venganza y
realizando al mismo tiempo su continuo anhelo de dar que hablar a todo
el mundo y ser siempre la primera de la primera lnea. El nuevo monarca
era joven y guapo, y una vez tenindole ella a su alcance en el puesto
de camarera, parecale fcil amalgamar en poco tiempo, en s misma, dos
personalidades histricas que le eran muy simpticas: mademoiselle de La
Vallire y la princesa de los Ursinos.

Costle, sin embargo, algn trabajo reducir a Villameln a secundar sus
planes, porque encastillado este en lo que llamaba su honor, empebase
en vivir y morir fiel a la dinasta cada. Supo al cabo Currita
convencerle, y cauta siempre, y sin dar ella la cara, encargle a l
entablar las negociaciones con don Juan Antonio Martnez y el ministro
de Ultramar, personajes ambos que con traidora previsin haba procurado
desde mucho tiempo antes atraer a su casa, importndosele un bledo los
aristocrticos aspavientos de sus ilustres amigas. Las condiciones
impuestas por la condesa eran un considerable aumento de sueldo para
ella y la Secretara particular de don Amadeo para Juanito Velarde,
adorado amigo que a la sazn privaba.

El encargo era fcil, dado el afn que de llenar aquel desairado cargo
con un grande de Espaa exista en la corte y en el Gobierno.
Villameln, sin embargo, cometi una pifia contra las terminantes
prescripciones de Currita. Habale encargado esta que por ningn
concepto soltara prenda por escrito en el manejo de aquel negocio, y por
no faltar el majadero a una cita que con cierta viuda problemtica
tena, a la misma hora en que le citaba tambin el ministro, dej
escapar aquella malhadada carta dirigida a este, que tan serias
complicaciones haba de traer ms tarde.

Mientras tanto, la carta de la reina Isabel vino a desbaratar todo lo
hecho, y con su desfachatez sin igual, volvise atrs Currita, dejando a
la corte y al Gobierno burlados, y en las astas del toro a su marido. No
satisfecha con esto, y para acallar los peligrosos rumores, que,
atizados por Isabel Mazacn, corran de lo sucedido, imagin denunciarse
a s misma al gobernador, escribindole un annimo en que con pruebas
patentes y seales manifiestas aseguraba que la condesa de Albornoz y
el marqus de Butrn urdan un complot vastsimo, existiendo en poder de
ellos papeles muy importantes para la causa alfonsina. El incauto
gobernador cay en el garlito, y ya hemos visto la admirable profundidad
con que secund los atrevidos planes de aquella ilustre bribona, cuyas
mezquinas intriguillas traan en conmocin a toda la corte. La visita de
la polica afianzaba para siempre la fama de su lealtad alfonsina,
dndole una importancia en el partido que la pona por completo a
cubierto de las pretensiones de la corte amadesta. As lo comprendi el
excelentsimo seor don Juan Antonio Martnez, y hecho un basilisco fue
a pedir al gobernador cuenta de su torpeza; alborotse este, y
guardndose muy bien de confesar que slo en un annimo cifraba l las
pruebas del complot de Currita, asegur campanudamente que le constaba
la existencia de una vasta conspiracin alfonsina, que el marqus de
Butrn la diriga, y que la seora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo.

--Si me lo querr usted decir a m!--exclam el _buey Apis_ resollando
por la herida.

Y cont al gobernador, con todos sus pormenores, la historia del
nombramiento de camarera y la escena de la carta arrojada al fuego, que
haba ya hecho desternillar de risa, en las narices mismas del ministro,
a todos sus compaeros de gabinete. Mordise el gobernador los labios,
comenzando a sospechar que haban hecho un pan como unas hostias, y el
_pas trop de zle_ de Talleyrand acudi a su mente como un reproche.
Detuvo, sin embargo, un momento su clera y sus temores la entrada del
jefe de orden pblico, que vena a entregarle los papeles sorprendidos
en poder de Currita.

Lanzse el gobernador sobre ellos con todo el ardor de su picado amor
propio, y psole su mala suerte ante los ojos, lo primero, un
plieguecillo de esquela, con el timbre de la condesa de Albornoz, y
escrito en l, con diversos caracteres de letra, este extrao letrero:
_Qu animal tan hermoso es el hombre!_ Examinaba atentamente el
gobernador el papelillo, creyendo encontrar alguna clave oculta o algn
santo y sea misterioso entre aquellos diversos caracteres de letras,
rechondas y apretadas unas, largas y finitas otras, diminutas cual
patitas de moscas entrelazadas que se prolongasen en forma de cadeneta,
las ltimas. Estas despertaron en su mente un vivo recuerdo; busc
apresuradamente el annimo que encerraba la denuncia, cotej ambas
letras, y el velo se rasg entonces por completo. Era la misma!...
Probado quedaba que la excelentsima seora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo, y el excelentsimo seor gobernador de
Madrid un majadero de siete suelas.

Su furor no tuvo entonces lmite, y vino a aumentarlo el cazurro
Martnez, que con los carrillos hinchados y la boca llena de risa
reventaba por soltar la presa, y soltla al fin, diciendo a modo de
fisga:

--Abort la conspiracin!... Espaa puede ya dormir tranquila!...

Su excelencia encontraba cierto maligno gustito en no ser la nica
vctima de los enredos de aquella grandsima tuna que tan pesados
chascos estaba dando a los Epaminondas y Arstides de la Espaa con
honra. El seor gobernador comenz a echar sapos y culebras por la boca,
lo mismo que cualquier rufin de callejuelas, y volviendo y revolviendo
los papeles, vino a topar con el paquete de las veinticinco cartas. Su
gozo fue entonces inmenso: tena ya asegurada la venganza.

La noche anterior haba hecho Currita un escrupuloso escrutinio en sus
papeles, quitando de en medio lo que poda comprometerla, y poniendo
bien a la vista lo que favoreca sus planes; excusado es decir que la
carta de la reina Isabel qued en puesto tan visible, que presto pudo
dar con ella el jefe de orden pblico. Dos descuidos imperdonables tuvo,
sin embargo: quedsele traspapelado en la carta de escribir el
plieguecillo en que haba hecho sus pruebas caligrficas y olvidse por
completo de que en un cajoncito oculto de la arquilla antigua del
_boudoir_ exista, haca ms de tres aos, un paquete de cartas. Eran
estas de cierto capitn de artillera, andaluz, de gran familia,
arrogantsima figura y poqusima vergenza, que haba antecedido a
Juanito Velarde en el puesto de confianza que a la sazn ocupaba este en
la casa.

Triunfante el gobernador, pregunt a Martnez si le pareca conveniente
publicar aquellas cartas en los peridicos.

--Pero, hombre, no sea usted mentecato--replic el ministro--. Cree
usted que hay alguien en Madrid que no sepa o suponga que esas cartas
existen o han existido?...

--Pero entonces, qu partido sacamos de ellas?

--Uno muy sencillo... No tiene usted que devolvrselas a la condesa?

--Claro est!... Como que el jefe de orden pblico le ha dejado recibo.

--Pues en vez de envirselas usted a la mujer, se las enva al marido...
Es la nica manera de practicar en este asunto la obra de misericordia
de ensear al que no sabe.

--Magnfico!--exclam el gobernador, admirado de la maquiavlica
poltica de su excelencia.

Y, sin prdida de tiempo, psose a escribir un atento B. L. M. al
marqus de Villameln, presentndole mil excusas por el mal rato que le
haba dado aquella maana, anuncindole la devolucin de los papeles
incautados y suplicndole cortsmente los repasase uno a uno y muy en
particular las veinticinco cartas del paquete, no fuera que por
casualidad se hubiese alguna de ellas traspapelado.

En aquel momento, un portero entreg al seor gobernador una esquelita
perfumada, que pareca ser de una dama coqueta, y era del lindo ministro
Garca Gmez, el elegante de la situacin, el _dandy_ de aquel gabinete
eminentemente progresista. Enterado por su amiga Isabel Mazacn de la
orden del da dada por el marqus de Butrn en la casa de Currita,
apresurbase a poner en conocimiento de la primera autoridad de la
provincia la manifestacin de mantillas y peinetas que las damas de la
aristocracia preparaban para aquella tarde en la Fuente Castellana. El
gobernador comenz a bufar de nuevo, amenazando entre enrgicas
interjecciones hacer con mantillas y peinetas lo que Esquilache hizo con
capas y sombreros.

--Pero, hombre, no sea usted mentecato!--volvi a decir el ministro con
su risa de paleto--. Eso tiene muy fcil remedio.

--Cul?

--Llame usted a Claudio Molinos.

Lleg Claudio Molinos, bribn consumado, especie de baratero poltico
que en aquel tiempo alcanz gran boga, y era, segn la voz pblica, el
galeoto del Gobierno en sus enjuagues de mala ley, y el reclutador y
generalsimo de la partida de la porra. Recibironle ambos personajes de
igual a igual, y con grandes extremos, y despus de una corta
conferencia, torn a salir Claudio Molinos muy apresurado. Martnez
sali tambin con gran pachorra, inclinada la cabezota, y las manos y el
bastn a la espalda, y quedse el gobernador muy satisfecho,
restregndose las manos chiquitas y regordetas con alguna que otra ua
no limpia del todo.

A las seis y media de aquella misma tarde no se vea un solo carruaje en
el Retiro ni en el Parque, y centenares de ellos, por el contrario,
atravesaban al trote largo el Paseo de Recoletos, atestado ya de gente,
y seguan en confuso remolino hacia la Fuente Castellana. Jams Viena
corriendo hacia el Prter, Berln hacia el Linden, Pars hacia el
Bosque, haban presentado espectculo tan original y pintoresco como el
que ofreca a la puesta del sol aquella inmensa avalancha de trenes
lujossimos, la mayor parte descubiertos, atestados de mujeres de todos
tipos, de todas edades, con trajes de colores vivos, mantillas blancas o
negras, peinetas de teja y flores en la cabeza, en el pecho, en las
manos, en los asientos y portezuelas de los coches, en las frontaleras
de los caballos y en las libreas de los cocheros, confundindose, sin
atropellarse, en aquella baranda ordenadsima, carruajes, caballos,
jinetes, arneses, prendidos, libreas, cocheros con la fusta enarbolada,
lacayos con los brazos cruzados, retintines de bocados y crujidos de
ltigos, efluvios de primavera y perfumes de tocador, olor a bcaro de
la tierra recin regada, y fragancia de lilas, azucenas y violetas;
envuelto todo como en una gasa en un polvillo fino y brillante,
iluminado todo con golpes de luz bellsimos por los reflejos del sol
poniente, que penetraba por entre las copas de los rboles, haciendo
brotar resplandores de incendio en la plata de los arneses, los botones
de las libreas y el herraje de los coches.

Por las anchas aceras de la calle de Alcal desembocaba tambin en
Recoletos muchedumbre compacta de gente de a pie, destacndose de trecho
en trecho grupos de mantillas ms o menos bien llevadas, peinetas de
teja puestas en cabezas ms o menos airosas. No corresponda, sin
embargo, la animacin y la algazara al nmero y al lujo de aquella
muchedumbre; marchaban los paseantes con esa curiosidad ms vida
mientras ms medrosa, que inspiraba siempre un espectculo peligroso;
con esa curiosidad propia del cobarde que espera or a cada momento el
estampido de un arma de fuego. Las damas de los coches, por su parte,
cruzaban entre s saludos, seas y sonrisas, sin poder disimular un
involuntario azoramiento, semejante al del chico descarado que se
resuelve a hacer una travesura en las barbas mismas del maestro.

De repente, a la altura de la Casa de la Moneda, parronse los
paseantes, agrupndose bajo los rboles, y los coches moderaron su
carrera, llamndose a derecha e izquierda para dejar una calle en
medio... Por ella se adelantaba al trote largo un magnfico land de
Binder, cadas a uno y otro lado las capotas de _chagrn_ finsimo,
arrastrado por dos soberbios bayos oscuros, dos steppers de grande
alzada y poderoso trote que la mano frrea de Tom Sickles manejaba tan
fcilmente como mova el viento los ramos de lilas y claveles que lucan
los nobles brutos en las brillantes frontaleras. Tendida en los
almohadones de raso, con aire distinguidsimo, paseaba la condesa de
Albornoz su desvergenza, dando la derecha a su amiga y pariente la
marquesa de Valdivieso; vestan entre las dos primas los colores
nacionales: traje amarillo con mantilla negra la de Albornoz; rojo con
mantilla blanca la de Valdivieso, y grandes peinetas de carey una y
otra, con ramos de claveles blancos y encarnados en la cabeza y en el
pecho. Arremolinbase la gente al verlas pasar, las damas las saludaban
con los pauelos desde los coches, arrojndoles flores muchas de ellas,
y una turba de gomosos a caballo trotaban a uno y otro estribo del
coche, a guisa de caballerizos. De esta manera triunfal hizo Currita su
entrada en la Castellana.

Formaban ya all los carruajes ordenada fila, y entonces pudo apreciar
el marqus de Butrn todo el numero y arrogancia de sus huestes
femeninas. All estaba l en un land de colores oscuros, teniendo a su
derecha a la marquesa, respetable seora que llevaba uno de los nombres
ms ilustres de Espaa, y poda hacer gala de una de las reputaciones
ms sin tacha de la corte. Ms lejos iba Isabel Mazacn con Leopoldina
Pastor, en un milord preciossimo; Pilar Balsano, la duquesa de Bara,
Carmen Tagle y otra infinidad de estrellas y constelaciones del gran
mundo, entre las que descollaba la seora de Lpez Moreno con su hija
Lucy, vestida ella de azul con mantilla blanca y grandes rosas en la
cabeza, ocupando casi por completo una gran carretela con arreos a la
calesera, y cochero y lacayo con sombrero calas, pantaln y chupa de
oscuro terciopelo. Todas ellas, mujeres problemticas, y otras mil y mil
mujeres frvolas y superficiales en apariencia, pero honradas en el
fondo las ms, slidamente virtuosas y sensatas muchas de ellas,
saludaban al pasar a la ilustre bribona, inclinndose todas a su paso,
rindindole el homenaje de sus sonrisas y su envidia, hacindose reas de
la perniciosa condescendencia con el vicio, llaga mortal de las grandes
sociedades, contribuyendo con su presencia y con su lujo, por necedad,
por debilidad o por malicia, al gran pecado del escndalo, al triunfo de
la ms ruin bellaca que urdi jams trapisondas en la corte.

No dur mucho, sin embargo, la apoteosis... Nadie ha podido explicar
nunca cmo sucedi aquello: unos dicen que vino del Hipdromo; otros,
que del barrio de Salamanca; algunos, que de un hotelito que, emboscado
en un jardn, existe en la Castellana. Es lo cierto que, de repente,
apareci en la fila de coches un gran land a la Daumontl con cuatro
caballos blancos; venan dentro dos mujerzuelas de vida airada,
abigarradamente vestidas de encarnado, con pomposas mantillas y enormes
peinetas, poniendo en asquerosa caricatura a las damas de la
aristocracia. En el asiento de enfrente, un rufin con sombrero de copa
un poco ladeado y largas patillas postizas, pareca parodiar a cierto
prcer famoso que en aquel tiempo haca gran papel en las filas
alfonsinas[8].

[Nota 8: Histrico todo.]

Aquello no fue un bofetn, fue una coz, una patada del excelentsimo
Martnez, que acababa de un golpe con las peinetas y mantillas, con ms
facilidad que acab Esquilache con los sombreros y las capas. Djose
luego que, desde una ventana del hotelito escondido, haba l
presenciado la escena, con las manos a la cabeza, sacudiendo la
cabezota, dejando or su risita de cazurro, de paleto empingorotado.

--Ju, ju, ju, ju!...

Entonces hubo un momento de confusin grandsima, de alarma verdadera:
algunos hombres de a pie y de a caballo se lanzaron sobre el coche con
los bastones enarbolados, para hacerlo salir de la fila. Intervinieron
los guardias de orden pblico en favor de las mujerzuelas, y mientras
tanto, huyeron en un segundo los lujosos trenes, al galope, a la
desbandada, mordindose los hombres el bigote de despecho, escondiendo
las mujeres, llenas de vergenza, los rostros azorados.

Slo qued Currita incorporada en su coche, abriendo mucho los claros
ojos, abofeteando a todas aquellas mujeres honradas, cuya culpa
consista en admitirla a ella en su trato, con estas candorossimas
palabras, dichas para tranquilizar a su prima:

--Pero mujer... Qu ha sucedido?... Por qu se van?... Que haya otras
dos ms, qu importa?...




--IX--


Los peridicos ministeriales de la tarde guardaban un estudiado silencio
sobre la visita de la polica al palacio de Villameln, como si
obedeciesen todos a una misma consigna. Los diarios oposicionistas, por
el contrario, soltaban, ocupndose del suceso, todos los registros de
sus respectivas trompeteras, prorrumpiendo en gemidos o gritos de
horror, segn les soplaba el viento, a la elega o al ditirambo...

Ningunos gemidos, sin embargo, tan perfumados; ningunos gritos de horror
tan rtmicos, como los lanzados por la pluma del espiritual Pedro Lpez
en el artculo _El primer paso_, que publicaba aquella tarde _La Flor de
Lis_. Indudable era que Pedro Lpez haba mascado raz de lirio antes de
lanzar aquellos suspiros confitados, que haba modulado sus gritos de
horror sobre aquellos trinos de Stagno:

    Voi parlate di patria
    E patria piu non .

que haba llorado sobre el rosado papel lgrimas de agua de Colonia; que
haba, en fin, credo, al empuar la pluma en sus manos lavadas con
_pte agnel_, tremolar una bandera con un palo de sombrilla por asta y
un encaje de Bruselas por lienzo... Oooh!... Cuando Pedro Lpez pos
su turbada planta en el palacio de los marqueses, cuando vio profanadas
por groseros pies de sicarios de un poder bastardo y desptico aquellas
mullidas alfombras que tantas veces haban hollado en rtmicos
movimientos del baile las bellezas ms valiosas de la corte, angustia
mortal oprimi su corazn, nube de sangre ceg sus ojos, y una palmada
de su propia mano vino a herir su frente sin que--psmese el
lector!--notase Pedro Lpez que sonaba a hueco... Sonle a un ay!
fatdico, a voz triste, lejana, misteriosa, crepuscular, que murmuraba a
lo lejos: El primer paso!... El primer paso dado hacia el noventa y
tres... el primer paso dado hacia el Terror!... Oooh!... All haba
visto Pedro Lpez sumida en el ms profundo desconsuelo, y vistiendo
elegante _saut du lit_, con falda _plisse_, de fular de seda y encajes
crema a la bella condesa de Albornoz, ideal como la Ofelia de
Shakespeare a orillas del lago, digna como la Mara Stuard de Schiller
en el castillo de Fotheringhay, sublime como la princesa Isabel, la
hermana de Luis XVI, que llam la posteridad el _ngel de la
guillotina_... Aaaah! All haba visto Pedro Lpez y estrechado su mano
al hidalgo caballero, al pundonoroso marqus de Villameln, postrado en
el lecho del dolor, cual len enfermo, derramando lgrimas de varonil
despecho por no poder desenvainar, en defensa de su noble hogar
allanado, la gloriosa espada de cien ilustres progenitores... Oooh!...
Y en torno de aquellas dos nobles figuras realzadas aquel da por el
infortunio, elevadas por ruin despotismo de un gobierno sobre el
gloriossimo pedestal de la picota de sus iras, Pedro Lpez haba visto
agruparse, ms hermosas mientras ms doloridas, y tan elegantes en su
sencillo neglig; de maana como en sus soberbias _toilettes_ de otras
ocasiones, a las bellsimas duquesas de A., B. y C.; a las lindsimas
marquesas de D., E. y F.; a las encantadoras condesas de G., H. y L; a
las preciosas vizcondesas de J., K. y L.; a las monsimas baronesas de
M., N. y ., y a las espirituales seoras y seoritas de O., P. y Q.
Tambin el sexo feo estaba dignamente representado por el venerable
marqus de Butrn, espejo de caballeros, y por los duques, marqueses,
condes, vizcondes, barones y seores de tal o cual, y por otras muchas
personas notables que, en lo inmenso de su emocin, quiz dejaba Pedro
Lpez involuntariamente de enumerar.. Aaah! El primer paso!... Todas
las frentes parecan inclinarse bajo el peso de un mismo pavoroso
pensamiento... Mas habl el ilustre marqus de Butrn, y al eco de su
mgica palabra irguironse las nobles cabezas y vironse all ilustres
vendeanos dispuestos a disputar palmo a palmo el terreno; garridas
Marfisas y Bradamantes, capaces de realizar con el brillo de sus ojos
las proezas de aquellas heroicas amazonas de las primeras cruzadas...

Aqu pona Pedro Lpez cuatro lneas de puntitos suspensivos, y aada
luego:

Nosotros omos sus palabras, y un rayo de celeste esperanza se desliz
en nuestro pecho.

Ms puntitos suspensivos.

El villano atentado del gobernador de Madrid ha sido el primer paso
dado hacia el Terror... Mas--renazca la esperanza!--ya

    ...El len de Castilla
    Sacude la melena!!!

Y a rengln seguido:

Excusado es decir que la esplendidez proverbial de los marqueses de
Villameln proporcion a la ilustre concurrencia un exquisito lunch
improvisado, en que llamaran la atencin de todos los delicados sorbetes
de naranja, servidos en la misma cscara de la fruta, que no obstante lo
impropio de la hora, hizo el calor del da deliciosos. Felicitamos a los
marqueses de Villameln por haber introducido esta elegante novedad, que
no tardar en ser imitada en las mesas y salones de la corte.

Todas estas y otras majaderas por el estilo lea Currita con vido
deleite, mirando con desdn, desde la altura de su triunfo, a Metternich
y a Pitt, a Cavour y a Bismarck. Pareca muy natural que la llamasen a
ella Ofelia, Mara Stuard y ngel de la guillotina; rease all en sus
adentros de ver transformado a su marido en len enfermo y pundonoroso
caballero, y dejbalo correr todo junto, porque saba muy bien que nadie
sube hoy al templo de la fama sin alas hechas de recortes de peridicos.
Vino entonces a colmar su satisfaccin el director de cierta famosa
revista, que con grandes reverencias y aspavientos, y presentndole una
tarjeta en que el marqus de Butrn eficazmente le recomendaba,
manifest su deseo de publicar en la revista el retrato de la heroica
condesa y algunos grabados de actualidad relativos al suceso que todo
Madrid discuta. Recibile ella con esa amable condescendencia, propia
de las grandes seoras con cualquier pelafustn que las adula, y
concedile su peticin al punto, quedando convenido que la revista
publicara el retrato de la condesa con el traje que haba de lucir
aquella misma tarde en la manifestacin de mantillas y peinetas de la
Castellana, y otros dos grabados conmemorativos, representando uno la
fachada del palacio en el acto de ser invadido por la polica, y otro el
momento en que sali Currita con varonil entereza al encuentro de los
invasores.

--Convendra entonces--dijo el periodista--tener algunas fotografas del
local, que sirvan de pauta al artista para marcar bien los detalles.

--Desde luego--replic Currita muy complacida--. El seor marqus es muy
aficionado al arte, y tendr gusto en proporcionrselas a usted l
mismo.

Y sin prdida de tiempo envi un recado a Fernandito, suplicndole
viniese en el acto al saln en que se hallaban. Pronto trajo un lacayo
la respuesta: el seor marqus haba pedido a las cuatro la berlina y
an no haba vuelto a su casa.

Fernandito corra, en efecto, en aquel momento, detrs de una duda
misteriosa que ansiaba resolver. Con grandsima zozobra haba recibido
el B. L. M. del gobernador, y tranquilo ya, despus de leerlo, psose a
registrar cuidadosamente los papeles devueltos. Ley la primera de las
veinticinco cartas sin comprenderla; en la segunda tropezse con esta
frase, escrita de puo y letra del artillero: En cuanto a tu marido,
bueno ser que le suprimamos el _villa_ y le dejemos _meln_: est
probado que el pobre pertenece a la familia de las _cucurbitceas_.

Fernandito no ley ms: con la boca y los ojos muy abiertos quedse
largo tiempo suspenso, hasta que, levantndose de repente y entrando en
su cuarto de vestir, cogi un bastn con puo de plata, una delgada caa
de bamb nudosa y flexible que cortaba el aire con silbidos de culebra
al esgrimirla con gran furia Villameln, dirigindose presuroso y
descompuesto a las habitaciones de la espiritual Currita, de la vaporosa
Ofelia, de la sentimental Mara Stuard, a quien amenazaba, sin duda, en
vez del potico lago o del dramtico tajo, un trancazo soberano, una
paliza descomunal.

No quiso Dios, sin embargo, que acabase de manera tan prosaica criatura
tan ideal; a la mitad de una gran galera, adornada con plantas
exticas, jaulas de pjaros y curiosidades de todos gneros, sali al
encuentro de Villameln el gran perro de Kamschatka, meneando
cariosamente la cola, y de repente, cual si resonasen en sus odos
aquellos acentos de Otelo:

    ...a compir la vendetta
    il ciel me invita,

descarg en la cabeza del perro el trancazo descomunal que reservaba,
sin duda, para la potica Ofelia... Luego, como el borracho que,
engolosinado con la primera copa, no para ya hasta apurar la botella,
comenz a menudear sobre los lomos del animal una granizada de golpes,
una lluvia de palos, como jams se registr igual en los anales perrunos
de la helada pennsula Kamschatka. Jadeante y sudoroso, volvi a su
cuarto, desnudse apresuradamente y se meti en la cama.

    Morro, ma vindicato
    Si, doppo lei morro!

Diez minutos despus volvi a levantarse y pidi la berlina; fuese
derecho a Fornos, despus al Casino, luego al Veloz, recibiendo por
todas partes enhorabuenas e interpelaciones acerca del suceso que todo
Madrid comentaba; haca con grandes reserva y disimulo, al odo de
cuantos amigos prudentes se iba encontrando, cierta pregunta misteriosa.

Encoganse algunos de hombros; otros se echaban a rer; contestbanle
todos que no, y Villameln segua adelante con su enigmtico empeo.
Encontrse, al cabo, en un apartado gabinete del Veloz, a un viejo con
grandes patillas canas y una cabellera blanca y espessima, ms digna de
coronar la frente del rey Lear que aquel rostro encarnado y granujiento
en que haba dejado impresa su huella todos los vicios. Contrastaba su
indisputable aire de gran seor con su traje abandonado y hasta sucio, y
dbale todo ello el aspecto de un anciano monarca disfrazado de tendero.
Hallbase sentado ante una gran botella de ginebra, que despachaba poco
a poco en una inmensa copa de cristal, echando de cuando en cuando
algunos terrones de azcar. Llambase Pedro de Vivar, era segundn de
una gran casa, viva del juego el tiempo que no estaba borracho y
hacanle famoso en Madrid su cinismo y sus cuentos chocarreros,
conocindole todo el mundo por el nombre de Digenes. Era de esas
personas que han llegado a tener _cosas_, y una vez en posesin de esta
ejecutoria, pueden ya cometer a mansalva toda clase de desmanes sin otro
temor que el de ver a las gentes encogerse de hombros murmurando:

--Cosas de Fulano!

Sabalo l muy bien y aprovechbase de ello para decir a todo el mundo
las mayores desvergenzas con el acierto que le inspiraba siempre su
claro entendimiento y su mucha prctica del mundo. Era un sinapismo
ambulante, que dejaba siempre al pasar algunas ampollas levantadas.

Acercsele, pues, el inocente Villameln, preocupado por su idea, y
despus de algunas palabras insignificantes que dieron tiempo a Digenes
para vaciar por dos veces la copa, solt al fin la pregunta misteriosa
mirando a todas partes con cuidado:

--Hombre, Digenes!... T que conoces a todo el mundo, podras decirme
quin es la familia de Cucurbitceas?

Mirle Digenes un momento de hito en hito, pensando sin duda que ms
presto se conoce la necedad o el talento de un hombre por sus preguntas
que por sus respuestas, y djole al cabo:

--Ya lo creo!... Ven ac...

Y llevndole frente a un espejo, y cogindole con una mano por el
cogote, diole con la otra una gran palmada en la cabeza, aadiendo muy
serio:

--Aqu tienes a la madre...

Luego, gritle desaforadamente al odo:

    No se envanezca de su ilustre raza
    Quien debi ser meln y es calabaza!!!...

Al otro da, los peridicos ministeriales de la maana rompan al fin la
estudiada reserva que se haban impuesto, y uno de ellos, _La Espaa con
Honra_, publicaba un pequeo suelto en que se vea la manaza de Martnez
levantando la punta del velo que encubra el suceso, con esa tctica
refinada de la malicia que, sin necesidad de nombrar, designa sealando
con el dedo.

Ayer--deca el peridico--ha sido objeto de grandes comentarios en
todos los crculos la visita de la polica al palacio de los seores
marqueses de Villameln, previo auto del juez y orden del gobernador,
segn prescriben las leyes vigentes. Por un lamentable descuido del
jefe del orden pblico fueron comprendidos entre los papeles polticos
incautados en las habitaciones de la seora marquesa algunas cartas
importantes de ndole puramente domstica. El seor gobernador devolvi
al punto caballerosamente estos papeles al seor marqus de Villameln,
comprendiendo que en asuntos conyugales slo al marido toca hacer
reclamaciones. Creemos, sin embargo, que el lance no tendr
consecuencias de ningn gnero, dada la prudencia proverbial de las
personas interesadas.

Otro peridico ministerial, _El Puente de Alcolea_, completaba estas
noticias con el siguiente sueltecito, en que no asomaba ya la manaza,
sino la pataza del excelentsimo Martnez, descargando una coz digna de
la formidable pezua del legtimo _buey Apis_:

Es completamente inexacto que el registro llevado a cabo por la polica
en el palacio del seor marqus de Villameln no produjese resultado
alguno. El seor gobernador no err la pista: tan slo equivoc la
pieza, y en vez de saltar la liebre salt un venado.

Y ms adelante aada, describiendo el concurso de personajes ilustres
que haban acudido al palacio de Villameln en aquellos momentos
crticos:

Con gran asombro de todos, lleg tambin presuroso el seor marqus de
Butrn, trayendo blanca por completo su poblada barba, negra de
ordinario, como las alas del cuervo. No es creble que el sentimiento y
el sobresalto del seor marqus fuesen tan grandes que le hicieran
encanecer la barba de repente: creemos ms bien que habra olvidado
aquella maana los secretos de alquimia de su tocador, sin duda por no
tener presente la siguiente ancdota que le recomendamos:

Cuentan de Carlos V que, visitando una vez cierto convento de Alemania,
vio un monje que tena la barba negra y el pelo blanco por completo.
Preguntle la causa de tan extrao fenmeno, y el monje contest:

--Seor... He trabajado ms con la cabeza que con los dientes.

Presentse algunos meses despus al Csar un embajador polaco que tena
el cabello negro y la barba blanca. Record entonces Carlos la respuesta
del fraile y dijo a sus cortesanos:

--He aqu un embajador que ha trabajado ms con los dientes que con la
cabeza.

Sea, pues, ms cauto en lo sucesivo el ilustre diplomtico, si no quiere
que se haga sobre su persona la reflexin que sobre el embajador polaco
haca Carlos V.

Villameln y Currita leyeron cada uno por su parte todas estas noticias
y guardronse muy bien de comunicarse mutuamente sus impresiones,
parecindole a ella ms prudente hacerse la sueca y a l ms fcil
hacerse el desentendido. El marqus, por su parte, haba ya desahogado
su corazn en el perro amarillento de Kamschatka, y Currita se apresur
a desahogarlo tambin en la fina amistad de Juanito Velarde, que acudi
muy alarmado a pedir categricas explicaciones del hecho. La sola fecha
de las cartas bast para tranquilizarle por completo, y este fiel amigo
tom entonces a su cargo acortar las distancias y echar a la mar
pelillos, repitiendo al odo de uno y otro cnyuge la frase del pato de
la fbula:

Paz, caballeros, paz.

Firmronse, pues, estas sin grandes repugnancias, y aquella noche
comieron los tres juntos en familia, para ir luego a casa del marqus de
Butrn, donde Currita quera presentar a su amigo y protegido Juanito
Velarde.

Mientras tanto, las gacetillas de _La Espaa con Honra_ y _El Puente de
Alcolea_ corran por todo Madrid, entre las rechiflas, burlas y
sarcasmos de tirios y troyanos, capuletos y montescos. Cosa singular!
Los que con ms ahnco clavaban el diente y ms satisfechos corran de
un lado a otro comentando la noticia, eran los ellos y las ellas que la
tarde antes honraban a Currita en la Castellana como a una reina y se
aprestaban a honrarla del mismo modo aquella noche en el baile del
marqus de Butrn; que no parece sino que en ciertas sociedades quita la
envidia con una mano lo que la adulacin da con la otra, sin comprender
que mientras ms al desnudo deja la deformidad del dolo que adora, ms
indecoroso y repugnante aparece el culto que le tributa.

A las once, el calor y la afluencia de gente hacan ya insoportable la
estancia e imposible el trnsito por los salones del marqus de Butrn:
hallbanse abiertas de par en par cuantas puertas y ventanas haba en la
casa, y ms que concurso de gentes, pareca aquello un confuso revoltijo
de joyas, plumas, flores, telas vistossimas y mujeres medio desnudas,
entre las que se destacaban las manchas oscuras de los hombres,
revolvindose entre ellas sofocados y sudorosos, como un enjambre de
gusanos negros que hubiera fermentado aquella compacta masa de mundo,
demonio y carne... En el gabinete ms prximo al vestbulo, el marqus y
la marquesa de Butrn reciban a sus convidados, viendo desfilar con la
misma amable sonrisa grandes nombres y grandes vergenzas, inocencias
completas y malicias refinadas, honras sin tacha y reputaciones
escandalosas, barajadas y confundidas en aquella casa, sin disputa
alguna noble y honrada, por la impdica y funesta tolerancia de las
grandes sociedades modernas.

A las doce menos cuarto lleg la condesa de Albornoz, imponiendo a todo
el mundo su desvergenza y su cinismo, haciendo fango en el mismo cieno,
segn la enrgica expresin de un historiador antiguo. Vena apoyada en
el brazo de Juanito Velarde y caminaba a retaguardia su marido. El
marqus y la marquesa de Butrn salieron a su encuentro, y mientras
Fernandito les presentaba al adorado amigo, deca Currita con su
encantadora vocecita de nia tmida:

--Es un pcaro, Butrn, un pcaro!... No dir yo que sea un converso,
pero es un catecmeno que por primera vez se pone hoy nuestra ensea.

Y con su abanico de plumas sealaba la fiel partidaria de los Borbones
el lacito azul y blanco que, una vez desechada la Secretara particular
de don Amadeo, apareca tambin en el frac de Juanito Velarde. Butrn
estrech la mano de este, murmurando algunas frases corteses, y metiendo
Currita la cabeza entre ambos con el descoco ms infantil del mundo,
dijo muy bajito, saltando casi de alegra, con la pueril vanagloria de
la nia que pescara en una fuente un pececillo encamado:

--Conquista ma, Butrn, conquista ma!... Ya ve usted si me debe el
partido...

Mientras tanto, la llegada de Currita haba producido un murmullo
general y unsono en que se hermanaba la obscena chocarrera que con un
guio truhanesco cambiaron entre s los lacayos del vestbulo, con las
pulcras y aceradas observaciones que se comunicaban al odo las damas
ms relamidas que llenaban los salones. Nadie, sin embargo, dej de
apretarse y estrujarse por estrechar la mano de la herona del da y
alcanzar, aunque slo fuera desde lejos, alguna de las sonrisas de sus
labios que a diestro y siniestro iba prodigando.

Bailse entonces, en honra suya, una especie de rigodn de honor, en que
tomaron parte las damas ms ilustres y los caballeros ms empingorotados
que se hallaban presentes. Butrn bail con Currita, la marquesa con
Fernandito, Juanito Velarde, como presentado de la herona, con la
duquesa de Astorga, una de las mujeres ms sensatas y honradas que
figuraban en la corte.

Creci la marejada al comps de aquel rigodn, comenzando a sublevarse
los pudores de todas las que se crean con derecho a tomar parte en
aquella honorfica cuadrilla.

El calor arreciaba con la mayor afluencia de gente, y muchas seoras se
haban refugiado en un saln bajo que se prolongaba en un pequeo jardn
tambin atestado de gente y vistosamente iluminado con farolillos a la
veneciana. Varios lacayos con pelucas empolvadas y gran librea verde y
amarilla, colores de la casa, cruzaban por todas partes, ofreciendo a la
concurrencia, en grandes bandejas de plata, _sorbetes a la Albornoz_.
Eran los famosos helados de naranja, servidos en la mitad de la cscara
de la fruta, artsticamente vaciada al efecto. Currita, impulsada por el
repostero de Butrn, llegaba a las columnas de Hrcules de la celebridad
femenina.

--Magnfico!--exclam tomando uno la duquesa de Bara--. El pensamiento
es oportuno... Curra simbolizada por un sorbete... No se puede dar
imagen ms completa de su frescura. No es verdad, Digenes?...

Digenes acudi, arrastrando los pies, y se dej caer en una silla.

--Estoy malo--dijo.

--Qu tienes, hombre?...

--Qu ha de tener?--dijo Carmen Tagle--. Lo que tienen las cepas:
oidium...

Digenes solt una atrocidad, acompaada de la interjeccin favorita que
sola emplear entre seoras, sustituyendo a otras ms enrgicas:
Polaina!... Haba merendado aquella tarde en San Antonio una ensalada
de pepinos y se le haban indigestado algn tanto. Rironse mucho las
damas, entonando el consabido estribillo:--Qu cosas tiene!--y Carmen
Tagle, para desagraviarle, le ofreci un sorbete diciendo:

--Vamos, hombre... Tmate _un Curra Albornoz_ y te curas... No es ms
indigesta la ensalada de pepinos que el suelto de _El Puente de
Alcolea_, y ah la tienes a ella bailando tan fresca.

--S, es mucha Curra esa!--dijo lastimeramente una seora vieja,
avellanada, pringosa, que asomaba entre rasos y blondas, como en su
papelillo calado un dulce de almbar.

--Yo nunca cre que tuviera valor para presentarse aqu esta
noche--observ otra.

--Bah!... A eso y mucho ms llega su desvergenza.

--Su desvergenza?--pregunt Digenes--. Y por qu?

--Por qu?... Capaz sers t de defenderla.

--Pues ya lo creo que la defiendo!... Su desvergenza!... La
desvergenza de ustedes justifica la suya... Si vosotras la tenis para
recibirla, por qu no la ha de tener ella para presentarse?...

--Vaya!--exclam escandalizada la marquesa de Lebrija, presidenta
general de tres asociaciones piadosas--. Yo quisiera que me dijera usted
qu se hace entonces en Madrid con esa clase de personas...

Mirla Digenes de hito en hito, y con la procaz desvergenza de su
lenguaje de taberna, con la inexorable lgica de su profundo buen
sentido, contest al cabo:

--Cerrarles a piedra y lodo la puerta, o no quejarse, seora ma!...
Polaina!... Si levanta usted la tapa del comn, con qu cara viene a
quejarse luego de que apeste?...



--X--


Se ha dicho que la hipocresa es un homenaje que el vicio rinde a la
virtud, y es igualmente cierto que la falsa idea del honor es un
acatamiento que los bribones hacen a los hombres de bien, esclavos del
honor verdadero. Este es un hijo humano de la moral divina del
Evangelio; aquel, una teora convencional dictada por la moral
acomodaticia de los pcaros y los necios; aquel defiende, cual una
coraza de brillante acero, la pureza del alma y la rectitud de la
conciencia, y este pretende defender con la celada de Bayardo al gran
polichinela social, revestido de todas las miserias y todas las
ridiculeces humanas.

De aqu que el honor, segn estos, nunca pueda perderse, y se ofenda con
razn el embustero porque le digan que miente, y el ratero pida una
satisfaccin al que le acusa de robo, y el presidiario que arrastra una
cadena pueda llevar al campo del honor al juez que se la ha impuesto. De
aqu tambin que la sangre que mancha la conciencia lave el honor hasta
dejarlo limpio, y sean llamados a resolver casos de honra hombres que
jams conocieron la vergenza: Eacos, Minos y Radamante, vacos de
mollera o cargados de picardas, que slo por deficiencias del Cdigo no
llevan otra cadena que la que les sujeta el reloj en el chaleco. De aqu
tambin que la condesa de Albornoz tuviera as mismo su cachuco de
honor, y se lo hubiera herido profundamente el suelto de _La Espaa con
Honra_.

Hay personas que padecen una especie de estrabismo moral que les hace
ver lo flaco donde est lo gordo, y lo gordo donde slo lo flaco existe.
Villameln no vio otra cosa que le llegara al alma, en el registro de la
polica, sino el que le hubiesen roto dos cristales de la mampara, y dio
orden de que jams se compusiesen, recordando que Wellington nunca
reemplaz los de su casa, rotos por el pueblo de Londres, un da que
este se olvid de Waterloo; todo lo dems echbalo l en el montn de
las bagatelas enojosas, indignas de ocupar la atencin de un hombre
serio, de las _pequeeces_ de una sociedad corrompida y etiquetera, que
rotulaba con la manoseada frase de _cuestiones bizantinas_.

Currita, por su parte, tampoco hall otro motivo de ofensa en lo que
acerca de su persona publicaban los peridicos, que aquella coletita de
_La Espaa con Honra_: Creemos, sin embargo, que el lance no tendra
consecuencias, dada la prudencia proverbial de las personas
interesadas.

Tena Currita puesta la celada de Bayardo sobre su fama de mujer a la
moda, y esto iba a pegarle en la cimera, a herir directamente su honor,
significando, como significa en sustancia, que era ella una Jimena sin
ningn Cid que la defendiese; atroz insulto, ofensa imperdonable hecha a
una dama que sobrepujaba en celebridad a cuantos toreros, cantantes,
saltimbanquis, pulgas industriosas y monos sabios haban hasta entonces
alcanzado fama en la corte.

--Lo veremos!--dijo la fiera Albornoz, y nombr al punto paladn de su
causa a su buen amigo Juanito Velarde.

Larga entrevista celebraron ambos a solas hasta bien entrada la noche, y
al despedirle Currita en la puerta del _boudoir_ djole con suaves
mimitos:

--Conque quedamos en que yo encargar el almuerzo en Fornos... y habr
_crevisses  la Bordelaise_...

Velarde hizo una mueca que pareca una sonrisa, y sigui adelante:
detvose en la puerta del saln y volvi la cabeza. Hzole entonces ella
otra cariosa seal de despedida, y l sali al fin lentamente,
preocupado, como si le arrancasen de all a la fuerza.

La noche estaba hermossima, y Velarde sigui a pie por las extraviadas
calles que llevaban al palacio de Villameln, tropezando a cada paso con
los humildes vecinos de las buhardillas y sotabancos, que tomaban el
fresco sentados en las aceras. Presto lleg a la Plaza de Oriente, dio
dos vueltas en torno del jardn circular y sentse al cabo en un banco,
frente al palacio.

Por la puerta del prncipe sala un chorro de luz vivsima, que cortaba
con un gran rectngulo las negras sombras del adoquinado; a su reflejo
distinguanse los centinelas, armas al brazo, a la puerta de sus
garitas; gentes de medio pelo, soldados y criados de servicio, por ser
aquel da domingo, poblaban los jardines, ya sentados, ya paseando;
algunos grupos de chiquillos trasnochadores corran de ac para all con
gran algazara, rindose porque se caan, rindose porque se levantaban,
riendo siempre con esa alegra de la infancia, espontnea y
comunicativa, que recuerda la alegra de los pjaros cuando saludan al
alba. Una rueda de nias gritaba al lado mismo de Velarde, cantando
acompasadamente:

    Luna, lunera,
    Cascabelera,
    Dame dos cuartos
    Para pajuela...

l, extrao a todo, con ambos codos apoyados en los muslos, dibujaba
caprichosas figuras en la arena, con su elegante _roten_ con puo de
malaquita... Al amanecer del da siguiente deba de batirse con el
director de _La Espaa con Honra_; as se lo haba exigido Currita,
vida siempre de ruido, confundiendo la voz de la celebridad con los
gritos del escndalo, creyendo que aquel desafo haba de colocar la
nica perla que faltaba a la corona merecida de su ltima escaramuza. En
vano le hizo presente Velarde el ridculo inmenso que atraera aquel
duelo sobre Villameln, sobre ella, sobre l mismo; haba ya Currita
tirado su programa, y su espritu inquieto, arrastrado siempre por mil
objetos que le atraan sin satisfacerle, habase fijado en aquel duelo
que ansiaba ver realizado con esa fuerza expansiva del vapor comprimido
que caracteriza los deseos en las almas de temple enrgico.

Acaso tena ella la culpa de que Villameln fuese un Juan Lanas?...
Iba a dejar ella que un periodistilla cualquiera se riese de su
aislamiento?... Sera capaz de abandonarla en aquel trance, l, su
nico amigo, el hombre en que haba puesto su amistad y su confianza?...
Y, por otra parte, la suerte de ambos estaba ligada y rales necesario,
desde luego, hablar gordo a aquella gentuza: a ella, para que
entendiesen de una vez para siempre que saba hacerse respetar; a l,
porque era muy joven, comenzaba su carrera en el mundo, y ningn paso
ms acertado, ningn exordio ms oportuno que poner el pie en esta senda
erizada de peligros, descalabrando a un periodista; que no en balde se
ha dicho:

    En aquesta salvaje y fiera liza,
    Lleva ms razn quien ms atiza.

Adems, ella no peda ninguna catstrofe, ningn duelo a muerte;
contentbase con un poco de ruido, un duelo de mojiganga como tantos
otros: cruzar un par de tiros e irse despus a almorzar en Fornos...
Ella se encargaba del almuerzo y hara poner, desde luego, _crevisses 
la Bordelaise_, que era, en sus das de broma, el plato favorito del
buen Juanito Velarde. Acaso poda darse atencin mas exquisita? Por
ventura haba en todo aquello algo de particular?...

--Nada, absolutamente nada!--pensaba el paladn trazando monigotes en
la arena; pero ante la perspectiva del duelo, ante la idea de cruzar un
par de tiros, parecale or ya el estampido de las armas de fuego; y a
este eco siniestro surga en su mente el fantasma del crimen, primero;
el de la muerte, despus; el del infierno, por ltimo, donde no hay
reposo ni paz, ni descanso, ni esperanza, sino eterno llanto, eterno
crujir de dientes, eterna rabia. Velarde quiso rerse de esta idea que
haba odo llamar tantas veces espantajo de nios y de viejas; mas la
risa volteriana no encajaba entonces en sus labios, y se rea, s, se
rea, pero sintiendo al mismo tiempo en la raz del pelo cierta especie
de molesto escalofro. Porque aquel hombre no era un malvado: era un
pobre muchacho lleno de ilusiones a quien la vida del gran mundo se le
suba a la cabeza, como se sube un vino de mucho cuerpo en un estmago
acostumbrado slo al agua. Al llegar de su provincia, trayendo por todo
patrimonio algo semejante a lo que el antiguo fuero de Vizcaya asignaba
a los segundones de casas nobles, un rbol, una teja y una armadura,
encontrse de repente en medio de aquel brillante mundo, cuyas puertas
le franqueaba su ilustre nombre, y parecile entonces, como a Galo en
Roma, que detrs de aquella asamblea de dioses nada haba ya. Quiso
entonces tomar en ella asiento por derecho propio, y la casualidad y su
bonita figura le depararon a Currita, Anglica a la sazn vacante, a
quien plugo darle en su casa el destino de Medoro. Diole esto gran
importancia a Velarde, y agarrado a las faldas de Currita y a los
faldones de Villameln, fuese introduciendo en todos los salones de la
corte, mientras se preparaba a entrar con algn brillante destino en
aquel Palacio real que tena delante, prefiriendo su vanidad y su
haraganera la vida aparatosa del palaciego a la vida activa del
poltico. As se lo prometa Currita a todas horas, y as se lo haba
prometido la noche antes el marqus de Butrn, el astuto viejo que
barra para dentro en los tiempos de desgracia, mientras no llegaba la
hora de barrer para fuera, que sera seguramente la hora del triunfo.

Velarde dej de mirar a la tierra para mirar al Palacio que tena
delante, morada del monarca cuyo secretario particular haba estado a
punto de ser... Qu fastidio tener que esperar de nuevo tanto
tiempo!... Porque preciso era que se fuese _aquel_ y que viniese despus
el otro, y mientras tanto, quin sabe?... Quiz alguno de aquellos
tiritos que iban a cruzarse vendra a hacer trizas el cntaro de la
lechera que Currita y Butrn le ayudaban a fabricar!...

De repente vino a interrumpir sus reflexiones un vozarrn juvenil que
resonaba a su lado, modulando entre sus discordantes notas todas las
delicadezas del cario y la ternura.

--Pero ajonde usted, madre--deca--. Si es que no coge usted na!...

Velarde volvi la cabeza y vio un aguaducho a su espalda: sentados a una
mesilla de hierro haba un muchachote que pareca un obrero y una vieja
que era sin duda su madre. Un vaso de horchata helada de chufas estaba
en medio, y ambos metan dentro la cuchara, tragndose l con delicia
cuanto sala, mirndole ella con plcida sonrisa y mojando apenas su
cuchara, como si le dejase a l saborear a sus anchas la golosina y le
bastase a ella saborear la dicha inmensa de ser aquel un obsequio del
hijo de su alma.

Velarde comprendi al punto todo lo que aquello significaba, el valor
inmenso de aquella dicha comprada por ocho cuartos, y una oleada de
afectos y sentimientos dormidos se levant entonces de su corazn,
ponindole de repente delante todo el pasado, con la amargura del bien
por nuestra culpa perdido, con la poesa que reviste en la mente de la
juventud todo recuerdo, con ese vago hormigueo de sombras queridas que
despiertan en la imaginacin toda poca lejana... En medio estaba su
madre, cuyo primognito era, y en torno sus hermanos pequeitos,
llorando todos, como los haba dejado l tres aos antes al darles el
ltimo abrazo. Ella le haba estrechado entonces contra su corazn con
delirio, con fuerza increble, como si quisiese incrustarle a l en el
pecho todo lo que le amaba o quisiera incrustarse en el suyo propio
aquella imagen tan querida; su frente ya arrugada descansaba en su
hombro, y sus labios temblorosos le dijeron al odo:

--Juan, hijo mo!... Que seas buen cristiano y reces a la Virgen de
Regla!... Que te acuerdes de tu padre, que muri como un santo!... Te
lo digo, hijo, te lo digo; lo s, lo s, que no puede morir bien quien
no vive como cristiano!...

Y luego, ms tarde, all por la madrugada, cuando preocupado l con su
viaje cerraba las maletas en su cuarto, oy en el silencio de la noche
moverse la llave en la cerradura: sali al punto y encontr a su madre a
medio vestir, descalza, que vena cautelosamente de puntillas a mirar
por el ojo de la llave.

--Qu es eso, mam?... Tiene usted algo?

--No, hijo, nada; no tengo nada... Es que quera verte otra vez, hijo
del alma!... Es que te vas maana!...

Y volvi a decirle al odo, llorando, con la energa de la fe que ofrece
un remedio seguro, con la angustia del amor que se agarra a una
esperanza:

--Que reces a la Virgen de Regla, Juan!... Que seas siempre buen
cristiano, hijo del alma!

Velarde sinti vergenza de s mismo, y la ola misteriosa subi, subi
del corazn a los ojos, hasta hacerle llorar, con la cabeza entre las
manos, llorar a lgrima viva, llorar tambin sollozando, con ms
debilidad que una mujer, con ms pavor que un nio... Su madre s que
le adoraba!... No le aconsejara ella cruzar un par de tiros,
ofendiendo a Dios; ponerse delante de una bala con riesgo de perder la
vida, con riesgo de perder el alma! Y se haban pasado ya tres aos sin
verla!... Y estaba tan lejos la santa viejecita! Y acababa l, ingrato
y perverso, de dejar pasar cerca de dos meses sin escribir una letra a
la pobre anciana!...

Velarde sinti la necesidad de escribirle al punto, de vaciar en un
papel aquel cario, aquella angustia, aquellas lgrimas que le
asfixiaban, y a grandes pasos tom el camino de su casa, repasando lo
que haba de decirle, hilvanando una carta llena de cario, de
protestas, de esperanzas halageas, de todo lo que a ella ms le
gustara... Celebraba ella tanto sus gracias! Cunto se haba redo
veinte aos atrs, cuando explicndole un da el catecismo, se espantaba
l de que fueran slo tres los enemigos del alma!

--Na ms?--deca muy asombrado, y la madre se rea, se rea... Dios
mo! De qu manera tan distinta se rea l veinte aos despus, en
medio de sus lgrimas!... Ay! Entonces tena l seis aos, y preciso
fue que pasaran otros veinte para hacerle comprender que eran slo tres
en efecto, y que con ellos solos bastaba y sobraba!...

A la mitad de la calle del Arenal comenz a seguirle un muchacho,
empeado en venderle un dcimo de la lotera.

--Maana se juega!--gritaba.

Velarde lo rechaz por dos veces impaciente, dndole la ltima vez un
palo; mas variando de pronto de opinin, volvi atrs y le compr, no
slo el dcimo, sino el billete entero. Si aquel billete saliese
premiado, cuntas cosas haba de hacer entonces!... Y pensando en ello y
haciendo combinaciones, lleg Velarde al final de la calle del Prncipe,
donde estaba situada su casa: pidi luz y se encerr en su cuarto. En un
cajn de su escritorio estaba en un cuadrito la estampa de la Virgen de
Regla que el da de su marcha le haba regalado su madre; psola en pie,
delante de s, apoyada en el tintero, y comenz a escribir, a escribir,
y se llev dos horas escribiendo... Estaba contentsimo; sus negocios
marchaban muy bien, y la Restauracin era cosa segura. La condesa de
Albornoz...

Oh, no, no, no!... Imposible que figurara aquel nombre en aquella
carta!...

Borrlo, pues, con apretadas y menudas tachaduras, para que no pudiera
entenderse, y puso en su lugar el marqus de Butrn... El marqus de
Butrn le haba asegurado que no tardara un ao, y prometido para
entonces un porvenir brillantsimo. Esta sera la ocasin de pensar en
el de los nios: Enrique y Pedro podran venirse con l a Madrid, y
Luisito, el chiquitn, su nio querido, su ojito derecho, podra
quedarse all hasta que se graduara de bachiller... Pero de esto ya
hablaran despacio, porque pensaba... Ah!, pensaba... No lo haba ella
adivinado?... El corazn no se lo haba dicho? Pues pensaba ir a pasar
con ellos todo el mes de agosto y quedarse all hasta el 8 de
septiembre, para hacer con toda la familia la novena de la Virgen de
Regla... Luego venan las preguntas sin fin, despus los encargos sin
cuento, y, a lo ltimo, el trueno gordo, lo que haba de hacer estallar
de gozo y de consuelo el corazn de su pobre viejecita... El da 3 de
julio, aniversario de la muerte de su padre, ira a confesar y comulgar,
para solemnizar en lo posible aquella tristsima fecha.

Y conforme lo iba escribiendo, as lo iba pensando el desdichado,
pidindole al mismo tiempo a la Virgen de Regla que le sacara en bien de
aquel par de tiritos que a la maana siguiente haban de cruzarse...
Porque, claro est, que en aquello estaba ya su honor interesado: era
negocio resuelto, pecado cometido de que le era ya imposible excusarse.

Ech entonces l mismo la carta en el correo, y a las dos se acost sin
desnudarse del todo, para descansar hasta el alba. El cansancio de la
noche precedente, pasada en el baile del marqus de Butrn, le rindi
bien pronto y durmise al fin pensando en su madre, que le llevaba de la
mano, como cuando era nio, al santuario de la Virgen de Regla,
encaramado sobre un peasco, dominando el mar que se confunde en el
horizonte con el cielo, como si fuese imposible presentar dos imgenes
distintas del infinito, y vuelve despus, soberbio siempre y constante,
a estrellarse contra las rocas de la costa, mugiendo como una
desesperacin eterna e impotente...

A las cuatro despert Velarde despavorido, porque su criado le sacuda
bruscamente por un brazo: haban llegado dos seores en un coche, y se
espantaban y no podan creer que estuviese dormido todava. Vistise
apresuradamente, baj azorado, aturdido, y entr con ellos en el coche;
y este comenz a rodar, sin que l se diese cuenta de lo que hablaban,
ni de lo que le decan, ni del camino que tomaban, ni pudiera definir
otra cosa en su mente que un cartel de toros pegado en la esquina de la
casa de Alcaices y un guardia que, al pasar ellos, abra la verja del
Retiro, con grandes patillas blancas, iguales a las de Digenes. Por
qu tendra aquel hombre patillas y no bigote?... Esto le preocup un
momento, y volvi a acordarse de ello cuando, una hora despus, se
detena el coche a la entrada de una inmensa alameda formada por rboles
frondossimos, en que miles y miles de pjaros cantaban en todos los
tonos las maravillas de Dios... Haba all un hombrecillo con patillas
ralas y gafas de oro, tan plido como l, tan azorado y tembloroso, con
otros dos seores muy serios. Parecile a Velarde que hablaban entre s,
y medan el terreno, y le daban a l una pistola y otra al hombrecillo,
y los ponan a los dos frente a frente. Son luego una palmada, despus
un tiro... Velarde dio un salto atroz y un alarido horrible, y rboles,
montes, tierra y firmamento giraron bruscamente derrumbndose sobre l
para aplastarle: cegle despus una nube de sangre, luego otra negra, y
despus nada... nada ms vio en la tierra...

Slo vera en lo alto a Jesucristo, vivo y terrible, que se adelantaba a
juzgarle, y detrs la eternidad, oscura, inmensa, implacable.




--XI--


La noticia de la muerte de Velarde lleg a Madrid al punto, y la condesa
de Mazacn fue la primera que se present en casa de la Albornoz con la
intencin daadsima de darle la triste nueva. Inmutse Currita
atrozmente, y por un momento pareci que el mundo entero se le vena
encima.

--En Madrid ha hecho esto una impresin horrible--dijo la Mazacn
apretando el torniquete--; todo el mundo habla de su pobre madre: era l
su nico amparo...

Currita comprendi el terrible reproche que esta intencionada
observacin encerraba, y sin tiempo para reflexionar, y convirtiendo en
ira contra los dems el propio remordimiento, achaque comn de todos
los mezquinos, olvidse de su suavidad y mansedumbre, y se revolvi
furiosa, como una gata arisca a que pisan el rabo; en la impetuosidad de
su ira, cometi la imprudencia de disculparse:

--Y qu tengo yo que ver con eso?--grit--. Acaso le he dicho yo que
se bata? Quin le mand meterse en camisa de once varas?... Tambin el
papel de don Quijote tiene sus quiebras, hija ma...

--Y las suyas el de Dulcinea del Toboso, querida--replic la Mazacn
comenzando a sulfurarse.

--Ya lo creo que las tiene!... Sobre todo cuando se atraviesa lo que yo
me s...

--Y qu es ello?...

--La envidia, hija, la envidia.

--La envidia?... De quin?...

--Tuya, por ejemplo.

La Mazacn salt a su vez hecha una hiena, porque el tiro fue a dar en
el blanco.

--Ma?...--grit--Yo... envidia... de ti? De la Villameln? De la
Vi... lla... me... lo... na?

Y se rea con una carcajada en que iban envueltos todos los rencorcillos
mujeriles de tiempos atrs almacenados, mientras acentuaba las slabas
de aquel Vi... lla... me... lo... na, que era, por una extraa mana, el
mayor insulto que poda hacrsele a Currita.

Entonces comenz entre la espiritual Ofelia y la Diana cazadora una
contienda digna de tener a Pedro Lpez por cronista. Peleronse como dos
rabaneras, lanzronse a la cara verdades y calumnias, puados de fango
amasado con agua de Colonia, con el desparpajo y el encono de dos
Marfisas o Bradamantes de cabo de barrio, dispuestas a agarrarse por el
moo y rodar por la mullida alfombra, lo mismo que ruedan las otras por
en medio del arroyo. La Mazacn haba roto los guantes apretando los
puos y daba gritos con su hermosa voz de soprano. La otra, tiesa en su
asiento, erguida la cabecita como la de una vbora que se defiende,
escupa sus desvergenzas sin moverse, sin mirar a ninguna parte, como
una figurilla de ira petrificada.

En mitad de la contienda aludi Isabel Mazacn a las cartas del
artillero, y este recuerdo trajo otro a la memoria de Currita, que
pareci causarle grande sobresalto. Marchse atropelladamente dejando a
su rival con el insulto en la boca y corri en busca de Kate, su
doncella. Juanito Velarde deba de tener una porcin de cartas suyas y
era preciso recogerlas sin prdida de tiempo antes de que fuesen a parar
a otras manos y resultase algn compromiso como el de marras. Kate subi
apresuradamente a un coche, y una hora despus entregaba todas las
cartas a su seora: entre ellas vena por equivocacin el billete de la
lotera que la noche anterior compr Juanito Velarde al retirarse a su
casa. Extraa burla de la suerte! Aquel billete estaba premiado con
15.000 duros, que, despus de tirar muy despacio sus planes, se apresur
a cobrar la condesa de Albornoz secretamente.

Madrid entero comenz a desfilar otra vez por casa de Currita, dndole
el psame por aquella desgracia, con uno de esos cinismos de que ofrece
la corte frecuentes ejemplos... Ella estaba pasada de pena; haba
sentido en el alma la muerte de aquel pobre muchacho, tan simptico, tan
carioso, apegado como un perro a Fernandito y a ella... El golpe haba
sido atroz, y se encontraba mala de resultas; porque ella no saba nada,
nada... Claro est! Habase guardado muy bien el pobrecillo de decirles
una palabra a Fernandito y a ella, comprendiendo que, por delicadeza le
impediran, desde luego, semejante disparate... Porque, despus de todo,
haba sido aquella una impertinencia de bonsima intencin; una de esas
pruebas de amistad que se prestan a interpretaciones a pesar de su
herosmo, y llegan hasta a ofender el decoro... y por otra parte, traa
aquello una cola larga, larga, que les era muy gravosa...

Aqu bajaba Currita la voz, y aada en el mayor secreto al odo de los
charlatanes y charlatanas de profesin que ms fama de ello gozaban en
la corte:

--Figrese usted que esa pobre gente no tiene fortuna y la madre queda
en la miseria... Yo no la conozco; pero claro est que es cuestin de
delicadeza... Por eso Fernandito y yo hemos tenido que hacer un
sacrificio, y ya estn depositados en el Banco de Espaa 15.000 duros
para que esa infeliz cobre la renta...

Y as era, en efecto: Currita haba depositado en el Banco de Espaa los
15.000 duros ganados a la lotera por Velarde, y escrito luego una carta
a la madre de este, dndole el psame por la _heroica muerte_ de su hijo
y lamentndose de aquel duelo a que su excesiva caballerosidad le haba
arrastrado. Aadale despus, con un rodeo no exento de habilidad ni de
ficticia delicadeza, que sindoles conocidas las circunstancias de su
posicin a su marido y a ella, queran ambos demostrar la amistad ntima
que con el simptico Juanito les una, ofrecindole a ella una renta y
un capital que quedaban depositados en el Banco de Espaa y cuyos
resguardos le enviaba adjuntos.

Y una vez terminada esta carta, Currita se encogi de hombros y se qued
tan fresca.

Mientras tanto, nadie se cuidaba de preparar a aquella pobre madre para
el golpe atroz que la amagaba; y feliz ella con la carta de Juanito,
disponase, con la exagerada previsin del cario que se complace en
forjar necesidades que no existen, por el solo gusto de ponerles
remedio, a preparar las habitaciones de aquel hijo querido que, no
obstante su ingratitud y sus defectos, se le presentaba entonces como el
modelo ms acabado de amor de hijos. Nada hay tan dispuesto a perdonar
como el corazn de una madre, ni nada tampoco como la ausencia para
borrar de la memoria los defectos de las personas queridas, y poner slo
delante sus buenas prendas y los momentos de dicha debidos a su cario.

Entr, pues, en aquellas habitaciones cerradas tres aos haca,
santuario de su amor de madre que ella sola visitaba, y comenz a
disponer lo que haba de retirarse, lo que haba de sustituirse y lo que
se haba de aadir, para que nada faltara al husped y encontrase all
satisfechas las nuevas necesidades que hubiese adquirido en la corte.
Anuncironle, entonces, la visita del prroco, y ella baj algn tanto
extraada, porque era la hora intempestiva por todos conceptos. El buen
seor haba ledo en los peridicos la terrible catstrofe, y corri
desolado a casa de la infeliz madre para prepararla poco a poco, antes
que algn indiscreto le diera la noticia de un golpe.

Con mil angustias y rodeos, y sin saber l mismo lo que se deca,
comenz su triste tarea, viniendo a decirle al cabo que su hijo estaba
enfermo en Madrid y muy grave.

La pobre mujer salt de la silla blanca cual un papel, extraada y casi
irritada como si fuese aquello una broma horrible que vinieran a darle.

--Imposible!--grit--. Si me escribi ayer! Si tengo yo aqu la
carta!...

Y daba vueltas como loca por el cuarto buscndola, y la puso abierta
ante los ojos del cura, temblando como una azogada, con los ojos
desencajados, sintiendo horribles escalofros que le comenzaban en la
nuca y le seguan por toda la espalda.

--Lo ve usted? Lo ve usted?...--deca--. Y viene por el mes de
agosto... hasta la Virgen de Regla... Y el da 3 se va a confesar...
No, no, imposible que se muera! Hijo de mi alma!...

Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos,
presintiendo, al or los gritos de su madre, despus de la entrada del
cura, alguna espantosa catstrofe. Este le tom la carta, y comprendi
por la fecha que la haba escrito el desdichado algunas horas antes de
su muerte.

--Por desgracia, mis noticias son posteriores--dijo--. Despus de
escrito esto, le atac una apopleja fulminante, y est muy grave... muy
grave.

--Jess del alma!... Virgen de Regla!--exclam la madre; y clavando su
mano en el brazo del cura e hincndole los ojos en la cara, le pregunt
con los labios blancos:

--Y se ha confesado?... Sabe usted si se ha confesado?

El cura no respondi, y ella volvi a repetir la pregunta, sacudindole
el brazo.

--Su alma, seor cura, su alma sobre todo!--exclamaba con angustia que
hubiera roto un corazn de piedra.

Preciso fue decirle que nada se saba de aquello, y ella domin de
repente su dolor, ponindose a dar rdenes para marchar a Madrid aquel
mismo da, en aquel mismo momento; rdenes secas, lacnicas,
terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la
impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de
coche para llegar a la primera estacin de la va frrea. Enrique
vendra con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corri al parador a
encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito,
el chiquitn, comenz a llorar; su madre le bes en la frente.

--No llores--le dijo.

Ella no derramaba una lgrima: asustado el cura, quera detenerla.

--Pero si no alcanza usted el tren--le deca.

--Se pone un especial.

--Eso cuesta muy caro.

--Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide
limosna.

--Pero, seora, espere usted...

--Y su alma, seor cura, y su alma?--gritaba ella con _los ojos_ muy
abiertos--. Acaso esperar la muerte?... Y estar all solo..., solo,
el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a
bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la
tierra!...

Volvi Perico demudado, temblndole las manitas, queriendo sonrer y no
pudiendo... La voz le faltaba: no haba llegado al parador. A qu
correr tras la desdicha, si sala al encuentro la esperanza?... En el
camino habale dicho Martn Romero que l tena noticias que Juanito
estaba mejor, casi bien del todo...

--Lo ve usted?... Lo ve usted?--grit la madre triunfante.

Y tuvo una explosin de alegra formidable, rompiendo a rer
violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin
lgrimas.

El cura se apresur a desmentir aquella falsa nueva, hija de una
compasin estpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo
haba muerto... Pero el cura se detuvo all espantado y no tuvo valor
para decirle cmo ni cundo.

Ella recibi el golpe encogindose, retrocediendo, oscilando, dejndose
caer en una silla, sin voz, sin pulso, sin alientos, sin lgrimas,
meneando la cabeza y agitando los labios como una idiota, llevndose
ambas manos al corazn, donde senta algo que se le mora de pronto,
cierta cosa helada y terrible como debe de ser la muerte...

El cura lloraba como un nio y procuraba consolarla: ella le escuchaba
con los ojos fijos y enjutos, como se escucha un viento que brama, sin
comprender lo que dicen sus mugidos que aterran, pero sabiendo bien que
traen consigo el rayo y la tormenta. Sus hijos se arrojaron en sus
brazos llorando, y al contacto de aquellas tres cabezas despert su
corazn de madre, desgarrndole el pecho un sollozo inmenso, y
encontrando al fin su dolor una salida, un alivio, un consuelo: las
lgrimas!...

Todo el mundo en el pueblo respet aquella pena sin medida, y nadie tuvo
valor para referirle los horribles detalles de la muerte de su hijo. Mas
a los tres das lleg la carta de Currita, y all los encontr todos
juntos la msera anciana.

Su instinto de madre le hizo adivinar cuanto all haba, y sin proferir
una queja ni desplegar los labios lvidos por el dolor y la ira, hizo
pedazos los resguardos del Banco, los meti en un sobre con la carta que
los acompaaba y lo devolvi todo a la condesa sin aadir una sola
letra.

Quedse esta estupefacta al recibir aquella extraa respuesta, y se
encogi de hombros murmurando:

--Ser alguna vieja rara... Vaya usted a ver: una cosa hecha con tanta
delicadeza!

Y quedse luego muy pensativa, porque no saba qu hacerse con aquellos
15.000 duros que haba pretendido regalar a su legtima duea. Sus
escrpulos de _Zapirn_ se resistan a embolsrselos del todo, y el
recto tribunal de su conciencia le aconsej entonces emplearlos en
alguna obra benfica. Ocurrisele dar un gran baile, una fiesta
ruidossima y brillante, a beneficio de los nios de la Inclusa, pero
la estacin estaba ya muy adelantada; todo el mundo haba credo
asfixiarse pocas noches antes en el baile de Butrn, y ella deba
tambin emprender al fin de semana su viaje a Blgica. Entonces tuvo una
idea felicsima: hacer con aquel dinero un esplndido donativo al papa
Po IX, cuando fuera a visitarlo a Roma, a principios de otoo.
Entusiasmle por completo este pensamiento, que acallaba sus escrpulos
y satisfaca su vanidad, imaginndose ver ya en todos los peridicos de
Europa pomposos elogios tributados a la piadosa munificencia de la
excelentsima seora condesa de Albornoz.

Aquella noche lleg Mara Valdivieso muy animada, cerca ya de las
nueve... Era preciso, indispensable y urgentsimo que Currita se viniese
con ella al Circo del Prncipe Alfonso... _Debutaba_ Miss Jesup, una
_diva_ monsima hija de un general yanqui. Haba venido recomendada a
Pepa Alcocer y a otras varias de la Grandeza; Paco Vlez se lo haba
dicho.

--El lunes pasado, justamente el da que muri Velarde, cant en casa de
Alcocer el rond final de _Cererntola_... Chica! En mi vida he odo
cosa igual: va a tener un succs asombroso... Conque vstete y vmonos,
que no quiero perder el aria final del primer acto... Chica! Qu gran
verdad aquella!... Yo me la apropio.

Y se puso a cantar con malsima voz y detestable odo el

    Sempre libera deggio
    Transvolar di gioia in gioia

de la _Traviata_, pera a la sazn muy en boga y escogida por Miss Jesup
para presentarse por primera vez en la escena madrilea.

--Ay, no, no!--dijo Currita muy displicente--. No tengo ganas de pera.

--Pero, mujer... Te vas a enterrar en vida?... Tres das hace que no
sales.

--Y adems, ya t ves, de luto...

--Pero si llevas ya cinco das!... A cundo aguardas para dejarlo?...
No me lo hubiera yo puesto diez minutos por Juanito Velarde, porque por
ms que t digas, era muy soso, hija, muy sosito.

--Entonces, me pondr esta noche medio luto... Justamente tengo un
vestido sin estrenar, blanco y negro; es bonito, pero no creo que pueda
servir para otra cosa.

--Pues aprovecha la ocasin, tonta... Pero anda lista, que es muy tarde.

Y ella misma se levant para tirar de la campanilla y dar a Kate las
rdenes necesarias.

Currita se visti en breve tiempo, y mientras tanto dbale conversacin
la Valdivieso, ponderndole la voz y la hermosura de Miss Jesup y lo
bien que haba estado Stagno la noche anterior en _Un ballo in
maschera_, sobre todo en el aria final, cuando lo asesinaban. Paco Vlez
se lo haba dicho.

--Oye, y a propsito de muertos... Te contest ya la madre de Velarde?

--Justamente hoy he tenido carta... Por cierto que debe de ser una vieja
rara...

Kate se permiti interrumpir a las dos primas, preguntando si la seora
condesa llevara guantes blancos o negros.

--Qu te parece, Mara?

--Los blancos irn bien...

--Me parece que caern mejor los negros.

--Traiga usted un par de cada color y lo veremos.

--Pues s; debe de ser una vieja rara... Figrate que se niega a recibir
la pensin.

--Jess, mujer, qu rareza!

--Lo que oyes... Me escribe una carta muy agradecida, muy altisonante,
con su poquito de deberes morales y de Providencia divina, y concluye
diciendo que nada necesita y que todo le sobra.

--Pues mejor para ti... Eso ms te encuentras.

--S, pero ya t ves; yo tena hecho ya por el pobre Juanito ese
sacrificio, y no porque la doctora de su madre se niegue me voy a volver
atrs... Por eso he pensado, cuando vaya a Roma por octubre, hacer el
donativo de esos 15.000 duros al Padre Santo, para que le conceda
indulgencias...

Mara Valdivieso se qued muy edificada, y las dos primas salieron,
cogiendo Currita, distrada con la conversacin, un guante blanco y otro
negro. Ech de ver su error al ir a ponrselos, ya cerca del teatro, y
quiso volver a su casa para cambiarlos. Mas la Valdivieso, riendo como
una loca, le dijo:

--Pero, mujer, no seas tonta, pntelos... Lo tomarn por una
originalidad, y maana tienes ya la moda en planta.

--Pues es verdad!--exclam encantada Currita.

Y as sucedi en efecto: a todos pareci muy chic aquel nuevo capricho,
y a la noche siguiente se vean por todas partes en el teatro trajes de
dos colores diversos con guantes de dos colores distintos.

El _debut_ de Miss Jesup alcanz una ovacin ruidossima, y slo hubo
que lamentar un chistoso ridculo. Al final del ltimo acto, cuando la
herona acabada de expirar en la escena, y Alfredo, su padre y el doctor
entonaban el ltimo terceto, una racha de viento colado pill descuidada
a la _diva_ y le arranc, despus de difunta, un estrepitoso estornudo.

Al da siguiente no se hablaba de otra cosa en Madrid que de la ovacin
de la Jesup, de su importuno estornudo y de los guantes de Currita;
nadie se acordaba ya del nombramiento de camarera, ni de la muerte de
Velarde, ni del registro de la polica.

Currita respir ya tranquila, viendo cortada por completo, gracias a sus
manejos, la larga cola que haba profetizado Butrn a su nombramiento de
camarera; su consecuencia poltica quedaba fuera de toda duda,
produciendo, entre otros resultados, tres _pequeeces_ diversas:

Una madre desolada.

Un alma en el infierno.

Y la moda de los guantes distintos.

Mientras tanto, Villameln preparaba con grande afn las fotografas de
donde haban de sacarse los grabados para la _Revista Ilustrada_; todo
lo dems habalo echado en el cajn de las _cuestiones bizantinas_.

Fin del libro primero




Libro II




--I--


El tren expreso de Marsella a Pars traa cuatro horas de retraso, por
haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles.
Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apendose
en la _gare de Lyon_, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos
treinta aos salt el primero de un _sleeping-car_, y atravesando el
andn antes que la multitud lo invadiese, lleg al carrefour con ese
aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero
prctico en aagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.

Hizo una seal al primero de los muchos coches de alquiler que en
ordenada fila esperaban, y el cochero acudi presuroso, midiendo antes
con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traa este por
todo equipaje una de esas _fundas_ inglesas arrolladas en correas, que
encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo
necesario a cualquier _touriste_ ingls que se dispone a dar la vuelta
al mundo.

El cochero pareci quedar satisfecho de su examen: entre las ricas
pieles que forraban el abrigo del viajero, haba descubierto su vista
perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del
vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de
su americana. _Il tait decor_!...

Al poner el pie en el estribo, limitse a decir el viajero en francs
muy bien acentuado:

--_Grand Htel_... _Boulevard des Capucins_...

El coche arranc dando tumbos como cualquier simn de nuestra Espaa, y
el viajero no pareci experimentar esa sorpresa mezclada de admiracin,
curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a Pars, una,
dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.

Arrellanse en los almohadones de rado pao azul del coche y sin
conceder siquiera una mirada al primer aliento de Pars, que comenzaba
ya a ensordecer y atronar sus odos, arrancando de la gran plaza
irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez
calles, psose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos
en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a
izquierda.

Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha haba varias cartas
abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeo atadito de billetes de
Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real
sobre lacre rojo. En el sobre deca:

A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE AOSTA,
REY DE ESPAA.

El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad
contenida, y aun lleg a mirar al trasluz con el intento de distinguir
algo de lo interiormente escrito a travs del sobre. La satinada
superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su
secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez
aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano
ms acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan
orgullosamente italiana sin duda, que antepona el triste ducado de
Aosta a la Corona real de Espaa.

El coche haba cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de
Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera
dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando Pars a
los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des
Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y
lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro,
el vicio y la locura de los cuatro ngulos de la tierra. All la calle
se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se
precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal,
formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto
puede dar de s la industria humana para transformar lo superfluo en
necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en
fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.

El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud
inmensa, cuyo rasgo caracterstico es el de ofrecer siempre el aspecto
del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del
trabajo, haba acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y
pustose a ajustar en ella enmaraadas cuentas. Al frente de una hoja
escribi _esperanzas_ y al frente de la otra _realidades_, y as, debajo
de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al
parecer posea, comenz a amontonar guarismos que formaban nmeros y
estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se
confundan en caos aritmtico, y vinieron a producir al cabo en la
columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preada
de misterios: _Doscientos mil duros y una cartera_. En la hoja de las
realidades, el resultado no necesitaba interpretacin alguna; deca
simplemente: _Cero_.

Y como si todava hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia
de realidades algn error ilusorio, el viajero, rascndose a veces un
momento con el extremo del lpiz la ancha y hermosa frente, prosigui
trazando guarismos y haciendo clculos, hasta tirar otra raya
horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por
debajo de la cual apareci esta vez algo menos que cero, una cantidad
negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la nica
realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:

_150.000 duros al 15 por 100!!..._

El viajero quedse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y
apretando el lpiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta,
apart al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista
ms admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de Pars.

El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la
sangre de Mara Antonieta y Luis XVI; al frente se extenda la calle
Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena,
descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a
la espalda, el palacio Borbn, asomando por detrs del puente de la
Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida
de los Campos Elseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la
Estrella; a la derecha, del lado de ac del ro y entre los frondosos
jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tulleras: algunos
muros calcinados por el incendio, un tremendo desengao histrico, una
imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a
garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza,
levantndose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de
otras edades, el decano de Pars, el obelisco Lucsor, el amigo de los
faraones, el testigo de las pocas fabulosas que cuenta por meses las
centurias y se re, acordndose de sus momias egipcias, de aquel
hormiguero humano que a sus pies se agita, hacindole repetir lo que
puso aos antes un poeta en su lengua de granito:

    _Oh! dans cent ans, quels laids squelettes_
    _Fera ce peuple impie et fou,_
    _Qui se couche sans bandelettes_
    _Dans des cercueils qui ferme un clou!_

El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa
indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido.
Tan slo al salir de la calle Real asom curiosamente la cabeza, y sus
ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del _Petit-Club_, ms
familiarmente _Baby_, que domina toda la Plaza de la Concordia y es
punto de reunin y observatorio predilecto de la _haute gomme_
parisiense.

El da estaba magnfico, y bajo un pabelln de dril, listado de blanco y
rojo, veanse algunos socios del club fumando y conversando; en la
balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jvenes echados de
bruces vean desfilar los carruajes que por la calle _de Boissy
d'Anglas_ se dirigan al Bosque. El viajero experiment al ver el
pabelln del Crculo cierto impulso de alegra, y por un movimiento
espontneo, que tena mucho de pueril, quitse el sombrero como para
saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como
si a su sombra hubiera de encontrar _lo menos... 150.000 duros al 15 por
100_, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.

Sin duda, saba muy bien que en el _Petit-Club_, en el inocente _Baby_,
se jugaba gordo.

Al descubrirse el viajero, qued por completo a la vista su fisonoma,
presentando un extrao prodigio... Hubirase dicho que lord Byron en
persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la
Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabelln del _Baby_ cual
si fuera la bandera de Inglaterra.

Tena aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma
bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto
siempre a enderezarse con la altanera inflexin del desdn. Formaba su
rostro el mismo valo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos
pardos hermossimos, el cabello castao, encrespado en artsticos
remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilsima, que pareca
hecha expresamente para ceir los laureles de una corona. Crispaba sus
labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la
amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y
no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de
Byron, como si por all se deslizaran todava aquellas abrumadoras
palabras de su _ltimo lamento_:

    Por todas partes, implacable y fro,
    Fue detrs de mis pasos el hasto!...

Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo
semejante al poeta gran seor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba
tampoco en su frente el rayo de genio que inspir _Childe Harold_. Si
por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, haba vuelto sin dudas
al mundo dejndose en Nottingham su genio y su cojera, y trayndose tan
slo la hermosura de sus veinticinco aos y los vicios de toda su vida.
Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para
explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el
reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.

Todo en l era, sin embargo, elegante y aristocrtico, y desde las
correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su
exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que haba ajustado
sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese seoril lujo de
nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir
siempre en medio de la opulencia.

Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi,
curssimo, que slo pudiera concebirse en algn peluquero afamado o en
algn cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca
que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por
el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en
que cualquier cintajo honorfico aseguraba el respeto y las
consideraciones debidas a un personaje. Era una precaucin prudentsima,
una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil
impertinencias para todos molestas y para l tal vez peligrosas.

El coche se detuvo al fin en el _Boulevard des Capucines_, ante el vasto
prtico del _Grand Htel_. El nuevo lord Byron pag con esplendidez al
cochero y subi ligeramente las gradas, topndose en la misma puerta con
un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se diriga a la calle
arrastrando los pies.

Volvise el viajero rpidamente al verle, como para evitar su encuentro,
y entrse en el _bureau de rception_ para entregar su tarjeta. Mas el
viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le
grit en castellano:

--Jacobo! Polaina! Me huyes?... Seal de que traes dinero.

--Digenes!... T aqu?--exclam Jacobo, volvindose muy sorprendido y
alborozado y estrechndole ambas manos con gran cario.

Mas Digenes, sacudiendo la gran cabeza y dndole palmadas en la
espalda, dijo sentenciosamente:

        El hombre que nace pobre
        Con el fro es comparado:
        Todos le huyen el cuerpo,
        No les suelte un resfriado.

--Falso, falssimo!--grit Jacobo riendo--. Ni t has nacido pobre,
ni...

--No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.

--Pues jntate conmigo: el constipado que t me sueltes rechazar al que
yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: _similia similibus curantur_.

--Y qu has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo
cre que te traeras hasta las barbas del Sultn.

Jacobo levant a la altura de las narices de Digenes su exiguo
equipaje, diciendo como Simnides:

--_Omnes divitiae sunt mecum!_

--Honrado plenipotenciario!--exclam Digenes--. Quien no te conozca
que te compre: ya habrs dejado el botn en la estacin, farsante... De
dnde vienes ahora?

--De Gnova... Y t qu haces aqu?

--Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplum una sota: cinco mil
francos se llev de un golpe.

--Pero es posible?... Todava dura la aficin?... Yo cre que te
habas cortado la coleta.

--Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te dars
una vuelta por el _Petit-Club_; se juega gordo... Anoche ese guacamayo
de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.

--Est aqu Ponoski?... Con gusto le vera, pero me voy maana.

--Maana?... Y adnde demonios vas?

--A Madrid.

--A Madrid?... Polaina!... A que te peguen un balazo?...

--Chico, chico!... Se reparte por all eso?...

--Pues de dnde sales t, embajadorcillo?... No has visto los
partes?... Hoy por la maana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo:
Ah queda eso. Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio
estarn barriendo las calles de Madrid a caonazos para instalar
decentemente la Repblica... Te desbancaron, chico, te desbancaron...

Quedse Jacobo estupefacto al or tales noticias, y cogiendo a Digenes
por un brazo, exclam muy inmutado, como si aquella inesperada
catstrofe poltica tuviera para l gran importancia:

--Pero qu ests diciendo?... Eso es imposible!

--Polaina!... Ven ac y te lo dir quien lo sabe. Ayer present el
italiano su renuncia a las Cortes, y una hora despus estaba aceptada...
Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estar ardiendo
Madrid por todos los cuatro costados... Ms de veinte telegramas hay ya
en el _Grand Htel_ pidiendo cuartos.

Y mientras esto deca Digenes, muy acalorado, suba con Jacobo las
gradas que llevan del patio a la terraza del _Grand Htel_.

Cualquiera hubirase credo all en un saln aristocrtico de la corte
de Espaa: oase hablar por todas partes en castellano, con esa
vehemencia y esos gritos propios de los espaoles cuando se exaltan, y
en grupos y corrillos ac y all diseminados, veanse damas y gomosos de
la aristocracia madrilea, hombres polticos del partido de Isabel II y
algunos de esos personajes innominados que suelen verse a todas horas y
en todas partes, sin que nadie pueda decir de ellos sino que son un tal
Snchez o un tal Prez.

Todos discutan las noticias de Espaa, haciendo pronsticos segn las
fuerzas de su imaginacin y la vehemencia de sus deseos, y mientras unos
crean ver ya al prncipe Alfonso en el trono abandonado por Aosta,
otros se figuraban la Repblica arraigando al amparo de las masas
populares de Madrid, apoderndose del palacio vaco y de la corona
vacante.

El miedo y la distancia ennegrecan todos los colores, y unos y otros
convenan en que Madrid deba de estar a aquellas horas convertido en un
charco inmenso de sangre. Esperbase, pues, con grande ansiedad la
llegada del correo, y con ms impaciencia todava la vuelta del to
Frasquito, que haba ido al pasaje Jouffroy en busca de noticias, y la
del general Pastor y Cnovas del Castillo, que haban sido llamados con
grande urgencia al palacio Basilewsky por la reina destronada.

A la derecha de la ltima puerta del saln de lectura que se abre en la
terraza, hallbanse algunas seoras sentadas en bancos de hierro: entre
ellas estaban Currita Albornoz y la duquesa de Bara. Ms lejos, de pie,
en medio de un grupo de hombres, peroraba Leopoldina Pastor con gran
vehemencia, optando por empuar las armas y exponiendo su plan
estratgico.

La cosa era sencillsima: bastaba con que la colonia madrilea residente
en Pars se presentase en la embajada espaola, cogiera por un brazo al
embajador y lo plantase en la calle, proclamando all mismo por rey de
Espaa al prncipe Alfonso. Ya contestaran al punto del otro lado de
los Pirineos!... Que chillaba el embajador? Pues se zambulla al
embajador en el Sena, que ya tena el tal don Salustiano vientre
bastante para sobrenadar lo mismo que una boya... Que Thiers se
enfadaba? Pues se coga a Thiers por su copetito de pelos y se le
enviaba a cuidar de su casa, dejando en paz la del vecino, y chitn,
chitito!...

Reanse los caballeros oyendo a Leopoldina, y ella les tiraba de los
botones del chaleco, llamndoles indecentes. Ah, si tuviera ella
pantalones!... Y casi, casi, estaba por ponrselos como Miss Walker, la
mdica del Serrallo de Tnez, que paseaba en aquellos das los
boulevards con calzones zuavos y chambergo.

La llegada de Jacobo produjo mala impresin en todo el concurso:
ligbanle con la mayor parte de los presentes lazos de amistad y
parentesco, as por parte de su familia como por la de su mujer, que
llevaba un ttulo ilustre entre la Grandeza. Mas, separado de esta diez
aos antes, haba hecho en Pars y en Italia lujossima vida de soltero,
hasta que, perseguido por sus acreedores, vino a refugiarse de nuevo en
Espaa el ao 68, tomando parte activsima en la Revolucin y
recorriendo, al lado de Prim, las provincias andaluzas, arengando a las
muchedumbres montado, como Lafayette, en un caballo blanco. Form parte
de las Cortes Constituyentes del 69, y de repente, cuando el asesinato
de Prim, desapareci otra vez de Madrid, apareciendo a poco en
Constantinopla de ministro plenipotenciario.

Extra, pues, a todos, verle aparecer en tan crticos momentos,
abandonando su alto puesto, y recibironle con el despreciativo recelo
que infunde siempre el enemigo derrotado que se pasa despus de la
batalla al campo victorioso.

Jacobo, sin embargo, aparentando no echar de ver la frialdad con que le
reciban, cerciorse por s mismo de la verdad de las noticias de
Digenes, sin dejar traslucir tampoco la inquietud que al pronto le
haban estas causado. l lo ignoraba todo, o aparentaba ignorarlo; haba
salido dos meses antes de Constantinopla para Turn, marchando luego a
Florencia y Gnova, y hecho despus un viaje delicioso a lo largo de la
corniche italiana, detenindose en Bordighera, en Niza y, ltimamente,
en Mnaco cerca de una semana.

Currita miraba atentamente desde su asiento al apuesto viajero, retrato
de lord Byron, su hroe favorito, tipo adorable de hombre, segn ella,
cuyo magnfico busto desnudo, esculpido en mrmol blanco, tena en su
_boudoir_ siempre a la vista. Al pronto no le haba conocido, porque
difcil era reconocer en aquel arrogante mozo al dbil jovencillo Jacobo
Tllez-Ponce, casado doce aos antes con la marquesa de Sabadell, prima
lejana de Currita; desde entonces no haba vuelto a verle esta, y jams
le hubiera reconocido si, corriendo a ella Leopoldina Pastor, no le
dijera:

--Has visto a Jacobo Tllez?... Decan que se haba casado en
Constantinopla con una turca monsima... Qu traer aqu ese indecente?

La duquesa de Bara contest una indecorosa paparrucha, mirndole con
desprecio; las seoras se echaron a rer, y Currita exclam muy
admirada:

--Pero es ese Jacobo?... Dios mo! Si me estaba pareciendo desde aqu
Byron en persona, mi poeta querido... Qu semejanza tan exacta!...

Y sin esperar ms explicaciones, levantse vivamente para ir a su
encuentro; la duquesa de Bara la detuvo bruscamente por el vestido, y
ella, procurando desasirse, deca:

--Pero, mujer, si es mi primo... La abuela de su mujer y la ma, primas
segundas... Cmo voy yo a desairar a un pariente?...

Este, atrado, sin duda, por el amor de la familia, acercbase en aquel
momento al grupo de las seoras; saludlas besando la mano a la duquesa
y a Currita, que eran sus ms allegadas, y esta, con mil cariosas
moneras, hzole sitio a su lado, en el banco de hierro.

La conversacin gir un momento sobre el viaje de Jacobo, hasta que vino
a interrumpirla la entrada del to Frasquito, que volva del pasaje
Jouffroy cargado de noticias. Todos corrieron a su encuentro, y Jacobo
el primero; mas antes, detenindole Currita por el brazo, con
familiaridad de prima cuarta de su esposa legtima, le dijo:

--Nos veremos, Jacobo?... Quiero presentarte a Fernandito... Vivimos en
el segundo piso, nmero 120.

La duquesa se inclin al odo de Leopoldina, diciendo:

--Oyes?... Quiere presentarlo a Fernandito.

Leopoldina hizo una mueca y replic:

--Pues, entonces... verde y con asa?...

--Alcarraza!--concluy la duquesa.

Y las dos se echaron a rer con inocente regocijo.




--II--


Engomado, teido, peinado y reluciente a fuerza de cosmticos, y
bailando sobre las puntas de los pies, por no permitirle andar de otra
manera el calzado estrechsimo, que le torturaba, sin disimularlos del
todo, dos morrocotudos juanetes, entr con grande prisa en la terraza el
to Frasquito, to universal de toda la Grandeza de Espaa, y de
aquellos sus adyacentes de nobles de segundo orden, ricachos de todos
cuos, notabilidades polticas y literarias, capigorrones de oficio,
aventureros atrevidos y personajes annimos que forman el _todo Madrid_
de la corte, el abigarrado _dessus du panier_ del gran mundo madrileo.

Llambale todo este mundo el _to Frasquito_, porque el buen tono as lo
haba decretado, y l aceptaba complacido el parentesco de todos
aquellos cuya sangre azul empalmaba realmente, siglo antes o siglo
despus, con la suya preclarsima; a los dems, sin rechazar tampoco lo
apcrifo del parentesco, colocbalos con cierta protectora
condescendencia en la categora de _sobrinos espurios_.

En medio, pues, de esta familia universal se destacaba el to Frasquito,
haca medio siglo, viendo desfilar generaciones y generaciones,
legtimas o espurias, de sobrinos y sobrinas que nacan y crecan, se
casaban y multiplicaban, se moran y se pudran, sin que, abroquelado l
tras el cors apretadsimo que sujetaba las insolentes rebeldas de su
abdomen, hubiese pasado jams de los treinta y tres aos; los suyos,
semejantes a las semanas de Daniel, eran aos de aos, aunque ms
complacientes que aquellas, se alargaban o encogan segn demandaban las
circunstancias. Treinta y tres contaba cuando en el ao cuarenta asisti
a la boda de la reina de Inglaterra, acompaando al enviado
extraordinario de la corte de Espaa, y los mismos tena cuando, en
1853, presenci la de su _sobrina_ Eugenia de Guzmn con el emperador
Napolen III; casamiento desigual, _messa alianza_ humillante que
reprob en absoluto el to Frasquito, por no satisfacerle de todo la
prosapia de Bonaparte, y aunque nunca lleg a relegar al nuevo sobrino a
la categora de los espurios, tampoco consinti en designarle de otro
modo que con el nombre de _mi sobrino el conde consorte de Teba_[9].

[Nota 9: Sabido es que la emperatriz Eugenia, antes de casarse,
llevaba por su ilustre familia el ttulo de condesa de Teba.]

Susurraba la leyenda que el to Frasquito llevaba en su cuerpo treinta y
dos cosas postizas, entre las cuales se contaba una nalga de corcho. Es
lo cierto que, en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores,
volviendo del pasaje Jouffroy para confirmar a sus compatriotas la
abdicacin del duque de Aosta, la obesidad haba trocado su talle de
palmera en puchero de Alcorcn, y el arte, la industria y hasta la
mecnica trabajaban de consumo y a porfa en la restauracin diaria de
aquel Narciso trasnochado, en riesgo siempre de convertirse en acelga,
como en flor se convirti el antiguo Narciso de la mitologa griega.

El to Frasquito era soltero, rico, viva ordenadamente, no tena vicios
conocidos, ni tampoco deudas; era afable, corts, servicial,
complaciente, tena modales de doncella pudorosa y cadencias en la voz
de damisela presumida. Coleccionaba sellos diplomticos, bordaba en
tapicera, tocaba desastrosamente la flauta y pronunciaba las _erres_ de
esa manera gutural y arrastrada, propia de los parisienses, que imitan
en Espaa algunos afrancesados elegantes, y es defecto natural en otros
muchos, para quienes se invent aquello de: El perro de San Roque no
tiene rabo, porque Ramn Ramrez se lo ha robado.

Digenes le llamaba de ordinario _Francesca di Rimini_, a veces _se
Frasquita_, y perseguale y acosbale por estrados y salones, y hasta
entre las faldas de las damas, donde el afeminado prcer acostumbraba a
refugiarse, con intempestivos abrazos que le arrugaban y tiznaban la
inmaculada pechera; besos extemporneos que obligaban a la pulcra
vctima a lavarse y frotarse con _cold cream_; pisotones disimulados que
le deslustraban el calzado y le reventaban los juanetes, o bestiales
apretones de manos que le descoyuntaban los dedos, poniendo en riesgo de
esparcirse por todas partes los treinta y dos componentes que asignaba a
su cuerpo la leyenda.

Aquellos dos viejos, de caracteres y costumbres tan diversas, eran, sin
embargo, dos tipos rezagados de la misma sociedad, dos ejemplares
fsiles de aquellos prceres del pasado siglo, manolos viciosos y
cnicos unos, petimetres, insustanciales y afeminados otros, que
prepararon en Espaa la ruina y el descrdito de la Grandeza.

Entr, pues, el to Frasquito en la terraza con ademanes de doncella
atribulada, y todos se agolparon en torno suyo, acosndolo a
preguntas... Todo, todo quedaba por nuevos partes confirmado, y el
_sauve qui peut_ era en Madrid general!...

Corroborbase la noticia de que don Amadeo haba huido a Lisboa con su
familia, y el telgrafo transmita los nombres de los individuos que
formaban el primer ministerio de la recin nacida Repblica.

--De la Rrrepblica espaola!--exclam el to Frasquito quitndose el
sombrero con burlesca solemnidad.

Y entre risas despreciativas y observaciones irnicas, comenz a leer en
su elegante carterita, donde estaban apuntados los nombres de los nuevos
ministros[10]... Pero qu nombres, Virgen Santsima! Si aquello era
cosa de morirse de risa!... Figueras, Castelar, Pi y Margall, los dos
Salmerones, Nicols y Paquito... Crdoba.

[Nota 10: Suponemos que el lector comprender que los juicios sobre
personas determinadas que aparecen en boca de los personajes de esta
novela no son juicios del autor, sino reflejo de los que formaban en
aquella poca la parte de la sociedad que dichos personajes
representaban. El autor, que tan sin escrpulos de ningn gnero ataca
de frente al vicio y a la insolencia, se reserva siempre su juicio sobre
individuos determinados, y se halla muy distante de pretender herir
personalidad ninguna, por despreciable que le parezca.]

--Crrrrdoba, seores, Crrrdoba!... Ferrrnandito Crrrdoba,
rrrepublicano!... Quin lo creyerra, cuando bamos juntos a casa de la
Benavente, cuando Fernando VII lo envi a Portugal con su hermano Luis,
detrs del infante don Carlos y la princesa de Beyrra!... Porr supuesto,
que yo era entonces un nio, una verrdadera criaturra...

El to Frasquito no cay en la cuenta de que, segn aquellos datos,
debi de haber asistido seis aos antes de su nacimiento a los saraos de
la duquesa de Benavente, y prosigui enumerando a los ministros
restantes: Echegaray, Beranger y Becerra!... Santo Dios!... Si esto
era para Espaa la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio,
encadenando al len de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:

    _Ce grand peuple espagnol, aux membres enervs,_
    _Expire dans cet antre ou son sort le termine_,
    _Triste comme un lion rong par la vermine_!

Y qu chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demcratas!...
Pues no se les haba ocurrido lo primero ir a darle una serenata al
interesantsimo don Emilio tocando la Marsellesa?...

    _Ah! a ira, a ira, a ira..._
    _Celui que s'lve on l'abaissera._
    _Celui que s'abaisse on l'lvera._
    _Ah! a ira, a ira, a ira..._

--Qu delicia!--exclam Currita--. Y no les ech l un discursito?

--Ya lo creo!... Desde el balcn, como cantaba la Nilson en Viena; y
luego obsequi a la concurrencia con carramelos y cigarritos...

--Qu monada!... De seguro que este invierno tendr recepciones.

--S! Para los ciudadanos _sans culottes_.

--Polaina!--exclam Digenes--. En cuanto cuelgue un jamn en la
puerta, tiene all a Madrid entero, y t, Curra, irs la primera.

Azorse el to Frasquito al or la voz de Digenes, y temiendo algunos
de sus amagos de intempestivo cario, fuese escurriendo con disimulo,
soltando casi a media voz su ltima noticia. Anunciaba tambin el
telgrafo que don Carlos haba entrado en Espaa por Zugarramurdi, y que
aprovechando sus parciales aquella confusin, aprestbanse a hacer un
supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.

Disgust esto mucho a toda la concurrencia, por parecerle ms temible el
carlismo que la Repblica, y en aquel momento lleg a confortar los
nimos un viejo alto, de aspecto marcial y largos y retorcidos bigotes
blancos: era el general Pastor, hermano de Leopoldina, que volva del
palacio Basilewsky de conferenciar con la reina.

Entr, pues, el general radiante y satisfecho cual si viese ya en
lontananza la cartera de la Guerra, y contestando con sonrisas y
palabras huecas a las mil preguntas que de todas partes le dirigan,
apresurse a dar cuenta a la condesa de Albornoz y a la duquesa de Bara
de una embajada de su majestad la reina... Esta las designaba para
acompaarle al da siguiente, a la capilla expiatoria del bulevar
Haussman, donde deba celebrarse la Misa de aniversario, algn tanto
retrasada aquel ao, del infortunado Luis XVI; el espectculo prometa
ser curioso, porque los prncipes de Orleans, reconciliados con el conde
de Chambord, asistiran por primera vez, en pblico, a aquellas
simblicas honras.

Abri entonces el saco de noticias el general Pastor, y dando a
entender, con cierta vanidad poltica, que callaba mucho ms de lo que
deca, confirm todo lo dicho por el _to Frasquito_, aadiendo que la
proclamacin de la Repblica era un paso gigantesco dado hacia la
Restauracin; que los desrdenes ms terribles no tardaran en estallar
en Espaa, y alarmadas las potencias europeas con los escarmientos de la
Commune en Francia, se apresuraran a intervenir en favor del prncipe
Alfonso. Notas secretas de algunos embajadores extranjeros haban
llegado ya al palacio Basilewsky, y Thiers mismo, temeroso de que el
zurriago de las monarquas coligadas le deparase a l algn latigazo,
negbase a reconocer la nueva Repblica.

Tan slo mster Harrilin, embajador de los Estados Unidos en Espaa,
habase apresurado a reconocer el nuevo orden de cosas en nombre de su
Gobierno, presentndose en el palacio de la Presidencia con todo el
ceremonial de costumbres en tiempos de la monarqua, y asegurando en su
discurso, con la truhanesca formalidad de Jonathan en persona, que los
Estados Unidos de Amrica no podan menos de contemplar con emocin y
simpata, convertido en Repblica, el imperio de Fernando e Isabel.

--Pues vaya con el indecente!--exclam Leopoldina Pastor hecha una
furia--. Para esos yanquis farsantes, igual da Figueras que Fernando el
Catlico, y lo mismo representa una corona que un gorro de algodn.
_Cotton is King_!... Monsimo!... Y pensar que hace tres semanas
bailbamos todas en su casa!... Vamos! Si despus de todo, resulta que
cuando se trata de divertirse perdemos todas la vergenza.

--_Tu dixisti!_--grit Digenes con grande ahnco.

--Y lo repito--prosigui Leopoldina--. Pero yo le aseguro a ese
indecente que ha de or de mis labios cuatro palabritas bien dichas...
Oh, si yo lo tena previsto! En el ltimo baile que dio llevaba medias
azules de algodn...

--Como que su suegro tiene en Boston una fbrica.

--Qu delicia!--exclam Currita--. Pues cuando den la _Jarretire_ al
yerno, ya puede el suegro regalarle la media.

--De seguro que las habr l anunciado en la Presidencia al terminar su
discurso, como aquel _preacher_ yanqui que termin su sermn: Ya os he
demostrado, mis buenos hermanos, que slo por la virtud se gana el
cielo. Slo me resta, para terminar, recomendaros la magnfica
sombrerera de Mster Francis Morton, 24, Catherine Street. All todos
los artculos son distinguidos y baratos.--_Net cash._--Que viene a ser
_No se fa_.

El timbre elctrico que anuncia _aux hommes d'quipes_ la llegada de
nuevos viajeros, comenz a repicar en aquel instante, y, a poco, lleg
Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la seora de Lpez Moreno
se apeaba en aquel momento en el _Grand Htel_, que vena de Madrid, y
que a poco ms la asesinan en el camino.

--Trae una oreja colgando!--aadi tirndose de una suya.

Horrorizse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de
ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda
que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus
tierras tena, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala
suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la Lpez Moreno, su hija
Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete bales y nmero ilimitado de
cajas y sombrereras. La banquera llegaba plida y abatida, y tena, en
efecto, ensangrentado el lbulo de la oreja izquierda.

Al verse cogida la duquesa, sali al encuentro de la Lpez Moreno,
exclamando muy cariosa:

--Pero, Ramona!... Cmo no me ha avisado usted?

--Avisar?--exclam con espanto la Lpez Moreno--. Gracias que llego
con vida!... Qu viaje, duquesa, qu viaje!... En el camino a poco ms
me asesinan... Nac ayer!... Un milagro, un milagro!

--Qu horror!--exclam la duquesa.

Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no
hubiera alcanzado tambin al seor Lpez Moreno, aadi:

--Pero dnde est su marido de usted?... No viene?...

La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contest sin enternecerse
demasiado:

--En Matapuerca est..., si es que vive!...

--En Matapuerca?--exclam Digenes--. No puede ser!... Ser en
Matapuerco...

--No, no; en Matapuerca--replic la Lpez Moreno sin comprender la pulla
del viejo.

Y rodeada de todos los espaoles, que atrados por la curiosidad iban
poco a poco acudiendo, la voluminosa seora comenz el relato de sus
infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la Espaa entera;
la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no pareca sino que la
trompeta del Juicio Final haba sonado en la corte.

--Me alegro!--exclam Digenes--. A esa trompetita estoy yo
aguardando... Qu cosas han de saberse cuando diga el ngel: cada peso
duro con su dueo, y cada hijo con su padre!...

La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la Lpez Moreno, llena de
satisfaccin al verse objeto del inters de todos, continu el relato
de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traa
cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan
de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En
Vitoria aadieron otra mquina y entraron cuatro compaas del
Regimiento de Luchana. Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al
llegar a Alsasua, Virgen Santsima!... Los carlistas! Y de pronto,
prurrruumm! Una descarga atroz!...

--Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir
agua va: nada, nada, nada. Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa,
claro est!, contesta prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy,
muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y prurrruumm! arriba,
prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la
ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...

--Qu atrocidad!--exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona
formalidad, aadi:

--Pensaran hacer una chuleta?...

--No, seor--replic la vctima algn tanto ofendida--. Lo que pensaron
fue llevarse un brillante de quinientos duros que traa en ella, y se lo
llevaron en efecto... Decan luego que fue un pillete de la estacin,
pero a m no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz...
Como que esto era en mitad del tnel, a oscuras, y en la pared de
enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...

--Qu barbaridad!...

--Pero usted vio a los carlistas?...

--Que si los vi?... Al salir del tnel, en un altito haba un montn de
ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy deca
que no, pero yo creo que s. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia,
picado de viruelas, que nos hizo con el puo as...

Y la seora de Lpez Moreno enarbolaba el suyo robustsimo, con gesto
horrible de amenaza.

--Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le
conoc en Vevey...

--Pues vendra disfrazado; no es tan difcil teirse la barba de rubio.

--Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener
la mitad.

--Podr ser que me equivoque, pero lo dudo--replic la Lpez Moreno, que
no renunciaba fcilmente a la honra de haber sido amenazada por un puo
real.

El general Pastor oalo todo complacidsimo, viendo en aquella
catstrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a
desencadenarse en Espaa. De aquel caos haba de salir la Restauracin,
y la poltica del partido diriga, por lo tanto, todos sus esfuerzos a
excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general
revel a los ms avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos:
pregunt a la seora de Lpez Moreno si, al salir ella de Madrid, no se
deca nada en la corte de levantamientos socialistas en Andaluca.

--Y me lo dice usted a m?--exclam la banquera con enrgica ira--.
Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...

--Ay, por Dios, seora!--la interrumpi Currita con toda su
aristocrtica impertinencia--. No podra ser Mata... cualquiera otra
cosa?

--Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnfica en la
_provincia_ de Extremadura, de ms de tres mil aranzadas, con
veintisiete caseros... En fin, un pequeo reino... Era de los frailes
Agustinos, y mi marido lo compr cuando lo de Mendizbal...

Currita hizo un gesto de resignacin pacientsima, y pregunt:

--Y qu ha sucedido en el pequeo reino de Mata... esos animalitos?...

--Pues nada, una friolera!... Que en cuanto proclamaron la Repblica,
invadi la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador
y a tres guardas, y se repartieron las tierras. Lpez Moreno sali para
all corriendo, y estoy inquietsima... No s lo que va a hacer...

--Pues qu ha de hacer?--exclam Digenes--. Polaina! Lo que hicieron
los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizbal les
quitaron la dehesa... Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San
Martn, doa Ramona; figrese usted si no le llegar tambin en
Matapuerca... Amigo, los socialistas, los socialistas!... Esos han
aprendido lgica; ah tiene usted los nuevos desamortizadores.

La Lpez Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor,
frotndose las manos de jbilo, la contuvo, diciendo:

--Nos trae usted excelentes noticias, seora... La cosa marcha viento
en popa, mejor de lo que yo esperaba.

--Pues me hace gracia!--exclam la banquera estupefacta--. No dira
usted lo mismo si le hubiesen robado una dehesa y arrancado una oreja
con un brillante de quinientos duros...

--Nada, doa Ramona, hay que resignarse por algn tiempo a ser reina
destronada de Matapuerca... La Restauracin la restablecer a usted muy
pronto en su trono... Y sabe usted lo que estoy pensando?--aadi el
general como asaltado de una idea repentina--. Que la reina tendr mucho
gusto en or de usted misma esas noticias. Tendra usted inconveniente
en venir a Palacio?...

La banquera pens ahogarse de satisfaccin, y la duquesa, que se
apresuraba a pagarle con honras y relumbrones lo que no le pagaba en
dinero, exclam vivamente:

--Magnfica idea! Yo misma la llevar... Maana pido a la seora la
audiencia...

--Pues ya lo creo que la reina tendr mucho gusto en orla!--observ
pausadamente Currita--. Doa Ramona narra muy bien y usa unas armonas
imitativas de muchsimo efecto... Cada vez que dice prurrruumm! parece
materialmente que se huele a plvora... Qu delicia... orle contar la
_dgringolade_ de Matapuerca!

La seora de Lpez Moreno no se enteraba de nada de esto, ocupada en dar
gracias, enternecida, al general y a la duquesa... El sueo dorado de
toda su vida, ser recibida en Palacio, iba a realizarse, y no le pareca
cara tamaa honra, al precio de una oreja desgarrada y una dehesa
perdida.

El general, por su parte, segua la poltica de Butrn, barrer para
dentro, y calculaba ya las copiosas sangras que, en nombre de los
conspiradores, podra hacer su espada victoriosa en las repletas arcas
de los consortes Lpez Moreno.

Durante toda esta escena, Currita no haba perdido de vista un momento a
Jacobo, que escuchaba atentamente sin darse prisa a subir a su cuarto a
lavarse y descansar. Al disolverse la reunin, porque la hora de comer
se aproximaba, echle de menos Currita en la terraza; asomse vivamente
a la sala de lectura, sali al patio y no le encontr por ninguna parte.

Por la escalera de enfrente suba en aquel momento el to Frasquito
dando el brazo a su sobrina espuria, la reina destronada de Matapuerca,
que se detena en cada peldao para ponderarle lo terrible de su susto,
lo soberbio de su dehesa, el dolor de su oreja, lo pavoroso de aquellas
descargas atronadoras...

Prurrruumm!




--III--


La oportunidad es en todas las cosas precursora del xito, y el llegar a
tiempo ha levantado no pocas veces el pedestal de muchas celebridades y
ceido los laureles a infinitos hroes. Cada carcter requiere, pues,
circunstancias especiales que le favorezcan, poca adecuada que le
sirva de marco, _momento histrico_ oportuno que le permita
desarrollarse en toda su pujanza. Un Hrcules en los tiempos
prehistricos, un Cid en los tiempos caballerescos, seran un Quijote en
los tiempos de la partida doble y el tanto por ciento. Un Espartero y un
Mendizbal, por el contrario, hubieran sido en aquellas pocas remotas,
prestamista judo el uno, cuadrillero de la Santa Hermandad el otro.

Jacobo Tllez crea haber tenido la desgracia de errar al nacer, en las
circunstancias de lugar y tambin en las de tiempo. Entre el oleaje
sangriento de la gran Revolucin francesa, juzgaba l que hubiera sido,
por su talento, un Mirabeu; por su valor, un Lafayette; mas entre los
cenagosos remolinos de la Revolucin espaola del 68, tan slo fue, a
juicio de los que le conocieron, como poltico, un pobre demonio; como
caudillo, un gran mentecato.

Aquellas dos grandes figuras de aristcratas renegados como l, le
sedujeron por completo; mas el peluqun del uno y la casaca del otro le
venan grandes, y al querer amalgamar en s mismo aquellas dos
personalidades, rompiendo los lazos morales como el primero, y
seduciendo a las multitudes como el segundo, result tan slo un bribn
infatuado. As y todo, hizo papel, porque hay Arstides grandes y
Arstides chiquitos; Cincinatos de dos en libra, de tres al cuarto y de
ochavo la _jarta_, que es como venden en Andaluca los higos chumbos.

Este, pues, higo chumbo revolucionario no lleg desde la aristocrtica
pia en que haba nacido hasta la plebeya cuna en que vino a florecer,
ni por peripecias dramticas, ni por trgicas revoluciones: lleg
naturalmente, con suavidad, como tras de la hinchazn viene el pus, y
tras el pus la gangrena. Lleg resbalando sin violencias por la
voluptuosa pendiente que lleva del placer al vicio, del vicio a la
aberracin, de la aberracin al tedio, al desencanto, al espantoso
vaco del corazn que produce vrtigos en la cabeza y despea al hombre
en todas las locuras y en todas las infamias, en busca de placeres
nuevos que despierten su sensualismo embotado, de impresiones
desconocidas que sacien la voracidad de sus concupiscencias estragadas.

Nada hay ms peligroso para el hombre que pasar en breve tiempo por
todas las ilusiones de una larga vida; y Jacobo, con ese afn de gozar
que caracteriza la sociedad presente, que teme dejar para maana el
placer de que puede disfrutar hoy, que precipita las edades y pasa de la
infancia a la vejez decrpita, suprimiendo la juventud si es que por
juventud se entiende esa edad venturosa en que brotan del corazn nobles
impulsos y bullen en la mente generosas ideas, que constituyen ms
tarde, despus de solidificadas, los grandes caracteres; Jacobo,
decamos, haba recorrido aquella larga jornada en menos de treinta
aos...

A los quince, libre ya de ayos y maestros, era el _sietemesino_ ms
galn que aspiraba a afeitarse, y diriga cotillones en los grandes
salones de la corte; a los veinte, era un afortunado tenorio de mala
ley, que haca gala en el Veloz Club de sus aventuras escandalosas; a
los veinticinco, era un perdido aristocrtico, elegante, modelo, que no
retroceda ante una estocada de mentirijillas, ni ante un steeplechase,
ni ante un copo de veinte mil duros, y derrochaba los millones de su
mujer con la misma facilidad con que la varilla encantada de un mgico
hace fluir del centro de la tierra tesoros escondidos y guardados por
gnomos y salamandras.

A los treinta haba visto, como Salomn, _cuncta quae flunt sub sole_,
pero no comprenda, como l, que todo fuese vanidad y afliccin de
espritu, sino que lloraba como Alejandro, porque no haba otro mundo de
goces que disfrutar; y seco su corazn, embotada su inteligencia por el
prematuro desarrollo de sus pasiones, arruinada su casa por locas
prodigalidades, era un fruto podrido que no haba madurado nunca, un
hombre en la flor de la vida a quien faltaba el objeto de la vida, un
ruinoso despojo del placer y la impiedad, que no interrogaba como Hamlet
lo eterno, sino que se arrastraba por todos los rincones de lo terreno,
buscando un charco de placeres desconocidos en que zambullirse y
revolcarse y gozar...

Entonces, por curiosidad, por diversin, por aburrimiento, por encontrar
en las tenebrosidades del misterio algo desconocido que se resolviese en
placer y en dinero, se hizo hombre poltico. Garibaldi le inici en las
logias de Miln, y Prim le introdujo en Inglaterra, en el complot que
grandes traidores urdan contra el trono de Espaa...

La Revolucin triunf, y a las agitadas emociones del conspirador
sucedieron en Jacobo las halageas embriagueces del triunfo, las
cnicas rapacidades de pretor romano, las ruidosas apoteosis de arcos de
cartn y farolillos de papel a que le llevaban en hombros masas
estpidas arrastradas por su verbosidad, multitudes frvolas, que, por
tener algo de mujer, prendbanse de su gallarda y gentileza y se
prometan llevarle a defender la soberana popular en los escaos del
Congreso, a l, aristcrata orgulloso, tan slo de nombre renegado, que
se rea de ellos llamndoles paletos, babiecas y burgueses mentecatos, y
corra, al separarse de estrechar sus manos, a lavarse y enjabonarse y
perfumarse, para echar lejos de s aquel insoportable _hedor de la
canalla_...

A poco abrase en su vida un parntesis negro, tenebroso, ante el cual
la maledicencia misma se detuvo aterrada, temerosa de resbalar en un
charco de sangre...

Un da, el 27 de diciembre, un trabucazo tendi en la calle del Turco a
la audacia ms temeraria que dio impulso a la Revolucin. El general
Prim haba sido asesinado, y su amigo ntimo, su portaestandarte, el
marqus de Sabadell, indicado ya para la cartera de Fomento, desapareca
sbitamente de la corte, a la misma hora en que corra la falsa nueva de
que las heridas del general no eran de muerte y se haban escapado de
sus labios terribles revelaciones.

Prim muri, sin embargo, el da 30, llevndose a la tumba la clave del
misterio, y tres meses despus publicaba la _Gaceta_ un real decreto
nombrando al marqus de Sabadell ministro plenipotenciario de la corte
de Espaa en Constantinopla. Me he convencido--escriba al presidente
del Consejo el nuevo embajador--que mis disposiciones naturales son para
la vida de Oriente, y pongo todas mis ilusiones en El Cairo, Bagdad,
Ispaham o Constantinopla.

El resultado de estas ilusiones no tard en presentarse.

Una maana, la cadina Sarah no se asom a su adorada celosa para mirar
las azuladas montaas del Asia, y la puerta de su quiosco permaneci
cerrada. Susurrbase en el palacio que la noche antes haba resonado un
lamento y vstose dos sombras que se perdan en el laberinto de
corredores oscuros, llevando una cosa negra...

El centinela de la torre del mar de Mrmara haba escuchado sobre el
agua un golpe siniestro.

A la maana, al otro lado del Bsforo, apareci en la orilla opuesta el
cadver de un eunuco estrangulado. Desde la embajada espaola, all en
lo alto de Pera, vease flotar sobre el lmpido azul de las olas su
largo levit oscuro, ceido por el zurriago de cuero de hipoptamo,
insignia de su clase, que haba servido de dogal.

El embajador no pudo verlo; haba salido aquella noche de Constantinopla
con tan grande urgencia, que slo llevaba por equipaje una pequea
maleta de mano... Y con esta pequea maleta de mano hemos visto a Jacobo
llegar al _Grand Htel_, despus de merodear dos meses por las logias
ms tenebrosas y los garitos ms elegantes de Italia.

El ministro fugitivo de Constantinopla hallbase alojado en el cuarto
piso del hotel, en una habitacin de doce francos diarios, harto
opulenta para quien slo contaba en el mundo con tres millones de deuda
al 15 por 100, y sobrado mezquina para lo que juzgaba indispensable a su
decoro el excelentsimo seor don Jacobo Tllez-Ponce Melgarejo, marqus
consorte de Sabadell.

A la luz de un candelabro de color que arda en uno de los extremos de
la chimenea, devoraba Jacobo los peridicos espaoles que relataban el
nuevo cambio poltico acaecido en Espaa y los franceses que lo
comentaban haciendo pronsticos y formulando juicios, Frecuentes
exclamaciones y aun palabras groseras que se escapaban de sus labios
revelaban en l esa sorda clera que despiertan en el nimo violento las
grandes contrariedades.

Arroj al fin los peridicos y agitndose furioso un instante, y
apretando los puos llenos de rabia, quedse largo tiempo pensativo,
hundido en la poltrona en que se hallaba sentado, contrada la boca,
frunciendo el entrecejo, fijos los ojos en el fuego de la chimenea,
cuyas movibles llamas prestaban a su rostro un resplandor rojizo.

Hubirase dicho que meditaba un crimen, y tambin que lo haba
decidido, cuando, dando un fuerte puetazo en el brazo de la poltrona,
se levant de repente. El espejo que coronaba la chimenea reflej
entonces su fisonoma descompuesta, y al verse all retratado tuvo uno
de esos miedos solitarios, pueriles, que cortan de un solo golpe a la
audacia sus alas gigantescas.

Mir en torno suyo: en la alcoba, forrada de papel oscuro, se mova
suavemente una cortina a impulsos del aire levantado por l mismo al
moverse. Arrojse a ella vivamente y la descorri de pronto, y rindose
entonces de sus miedos infantiles, dirigise a una gran cmoda de nogal
que haba en el fondo.

Sobre ella hallbase abierta y extendida la pequea maleta, y en el
cajn superior, cerrado con llave que tena l en su bolsillo, estaba la
cartera de viaje. Sac el gran cartapacio que dentro vena, y psolo
sobre un velador que haba en el centro.

Resonaron en esto pasos en el corredor de fuera, y Jacobo corri
vivamente en puntillas a la puerta, escuch un instante, y con el menor
ruido posible ech la llave por dentro. Escogi entonces, en un pequeo
_ncessaire_ de viaje, un instrumentito con mango de carey, una especie
de limita para las uas, con hoja delgadsima y perfectamente afilada, y
psose a caldearla con gran cuidado en la llama de la chimenea.

An vacil un momento, y mir a todas partes otra vez, y prest odo
atento a los lejanos rumores del bulevar, bocanadas de locura y de
placer que escalaban las ventanas, y se decidi por ltimo.

Con ligereza suma introdujo la hojilla caldeada por debajo del lacre del
cartapacio, y hacindola girar lentamente, desprendi el sello tan
entero y tan intacto, que de nuevo poda volverse a pegar sin rastro
alguno de fractura. Despus psolo con grande precaucin en un extremo
del velador, sobre una hoja de papel blanco.

Qued abierto el misterioso cartapacio, y Jacobo, con avidez no exenta
de temor, psose a registrarlo. Dentro vena una carta en italiano, no
muy larga, de la misma letra, gorda y corrida, del sobre, firmada por
Vittorio Emmanuele; venan tambin otros dos grandes sobres en blanco,
sellados con la insignia de la francmasonera, un comps y una escuadra,
cruzados en forma de rombo, sobre lacre verde.

Mirlos Jacobo por todos lados, sin muestra alguna de sorpresa, y con la
misma habilidad y ligereza de antes, arranc tambin los sellos de
ambos: el primero contena un gran pliego, escrito de letra menuda,
marcados sus prrafos con nmeros romanos en forma de artculos, y
anotados varios de ellos al margen, por la misma letra gorda de la carta
y el sobrescrito.

Jacobo ley todo ello con atencin, mas sin sorpresa, y como si todo lo
que all se trataba le fuera conocido; tan slo al recorrer los ltimos
artculos en que el nombre del marqus de Sabadell apareca consignado,
una sonrisa truhanesca entreabri sus labios mientras murmuraba:

--Ah, pillo!...

Llegle entonces el turno al ltimo paquete, que era el ms voluminoso:
abrilo con mucho tiento, por haberse pegado una esquinita del sobre, y
al punto salieron de l otros dos en blanco, y un tercero en que vena
escrito un nombre que hizo a Jacobo pegar un salto, murmurando una de
esas palabrotas groseras, familiares en momentos de clera o sorpresa
aun a personas que presumen de cultas.

Habase quedado estupefacto; latale el corazn, temblbanle las
rodillas, y revolva aquellos papeles con el ansia temerosa, el gozoso
terror, si as es posible sentirlo, del dbil hombrecillo que se
encontrara de repente entre las manos fabulosas riquezas de un gigante
formidable que no ha de dejrselas arrebatar. Por dos veces dirigi una
mirada furtiva a la puerta, como si temiera verla abrirse, a pesar de la
llave que la cerraba por dentro.

Haba all un verdadero arsenal de cartas y papeles comprometedores,
importantsimos por los nombres que los firmaban, perfectamente
ordenados y clasificados en una especie de memoria adjunta, en que una
pluma muy hbil haba estampado datos interesantes y preciosas
observaciones. Era aquello un tesoro de gran valor, una palanca
formidable que, bien manejada, poda dar al traste en breve tiempo con
gran parte de los polticos revolucionarios que pululaban en Espaa.
Eran letras de cambio pagaderas a la vista, que cualquiera poda cobrar
en poder o en dinero.

Todo lo devor Jacobo lnea a lnea, letra a letra, pasando por todas
las emociones de la sorpresa: el pasmo, el rencor, la esperanza, el
recelo; hundindose ambas manos en su crespa cabellera y apretndose el
crneo como para impedir que su atencin se distrajese; oprimiendo
algunos de aquellos papeles entre sus dedos temblorosos, como si
quisiera indicar que eran suyos, que a l solo pertenecan, y nadie en
el mundo se los haba de arrebatar; a veces, detenase un instante,
cerraba los ojos y respiraba con fuerza, como si le faltase el
aliento...

Cuando acab de leer estaba plido, y la vaga y temerosa mirada que
arroj en torno expresaba la desconfianza, el temor que hace creer a
todo criminal, aun en medio de un desierto, que le miran y le acechan
ojos escrutadores.

Levantse entonces y comenz a pasear, haciendo gestos de temor y de
alegra, piruetas de nio y de loco, parndose ante el espejo como si
quisiera interrogar a su propia imagen, detenindose ante el velador
para coger las gotas de esperma que se deslizaban a lo largo de las
bujas color de rosa, y estrujarlas entre los dedos haciendo bolitas con
ademn reflexivo, imponente, amenazador...

De pronto pareci estorbarle la luz y las mat todas de un soplo; luego
abri la ventana de par en par, y la muchedumbre, siempre compacta, de
Pars, lo desafiaba, precipitndose por el bulevar entre torrentes de
luz, sin detenerse un momento, sin descansar nunca, como un alma rproba
condenada por Dios a una fiesta eterna.

Entre los remolinos de aquella muchedumbre y los mil cambiantes de luces
de todos colores y reflejos, que asemejaban el bulevar al fantstico
escenario de un baile de hadas, Jacobo slo vea un pensamiento, un plan
cuyas primeras lneas se le torcan a cada instante, empujadas por ideas
opuestas, por inconvenientes inesperados, por temores fundadsimos que
le hacan titubear, gimiendo de dolor como un nio caprichoso a quien
quitan de las manos una golosina, rugiendo de rabia como un len
encadenado a quien arrancan de las garras su presa; que esto era para l
la idea de devolver aquellos documentos, de no quedarse con ellos
utilizndolos en provecho propio, y siendo actor principalsimo en vez
de mero instrumento... Mas cmo responder entonces a la reclamacin del
terrible propietario? Cmo evitar la sospecha de aquel robo, hecha a un
ladrn sin duda, pero al fin y al cabo robo? Cmo prevenir la venganza
terrible e inevitable que haba de seguirse al descubrimiento?...

Entre las mil mojigangas ridculas de que tantas veces se haba redo en
las logias, destacbase entonces en su imaginacin algo terrorfico,
algo amenazador, que tomaba forma sensible en aquella palabra misteriosa
que siempre haba pronunciado riendo y recordaba ahora temblando:

--_Neckan!_ Venganza!...

Preciso era obrar con prudencia y reflexionar, y pesar, y medir, y
decidir sin tardanza...

Y, como si esperase hallar con el movimiento alguna de esas ideas que se
ocurren de repente al volver una esquina o brotan en medio del arroyo,
lanzse a la calle despus de encerrar en la cmoda todos los papeles, y
sigui por el bulevar des Capucins, y entr por el de la Magdalena, y
recorri luego toda la calle Real, y entrse despus por un laberinto de
calles desconocidas, para volver a las dos horas al hotel, rendido,
fatigado, sin haber pensado nada ni decidido nada tampoco...

Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en
quienes la reflexin, lejos de allanar el camino al entendimiento que
plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca,
slo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y
exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un
golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la
prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por
brotes ms bien que por razonamientos, y tomando por realidades las
perspectivas de la imaginacin, edifican sobre ellas fuertes castillos,
sin ms cimientos que el aire.

Por la escalera, agarrndose a la balaustrada, suba renqueando un
viejo, envuelto en un largo y amplio gabn de mackintosk, capaz de
preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.

Parecile a Sabadell aquella estantigua el to Frasquito en persona, y
comenz a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al
notar que le perseguan, zambull el rostro en su gran cuello de pieles,
y ocultando con presteza en el bolsillo del gabn algo que en la mano
llevaba, entrse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo.
Quedsele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que
fuese el to Frasquito, entr tambin en su aposento.

En el fondo de este haba una puertecita de escape que divida en dos un
solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra
parte. Acercse a ella Jacobo de puntillas y psose a escuchar
atentamente. Oy entonces que echaba un fsforo el vecino y aseguraba la
puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oy despus
acercarse a la dbil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del
todo la alfombra, y sinti un leve crujido en el pasador por la parte
opuesta...

Azorado, Jacobo dio un paso atrs conteniendo casi el aliento, y
lanzando una mirada rpida a la cmoda que guardaba los papeles, sac
del bolsillo del pantaln un revlver de seis tiros... El vecino le
espiaba, y en su acalorada fantasa vio ya el masn traidor los puales
de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso
depsito.

El pestillo cruji de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino
lo echaba o descorra, y como natural era suponerlo echado, poda muy
bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran
primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la
vista.

Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejndose, y Jacobo
torn a acercarse con el revlver montado y el odo atento. A poco son
una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del to
Frasquito, sino una tos asmtica, tos de viejo, que recordaba esos
crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el prximo
hundimiento.

Otro ruido extrao vino a aumentar su zozobra: oyse un ligero golpe
metlico, argentino, semejante al de la hoja de un pual chocando con
precaucin sobre una superficie cristalina o marmrea; despus, a
intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con
rapidez y ligereza...

Quiz el vecino afilaba el pual, quiz lo estaba envenenando...

Todo qued en silencio un breve rato; oyronse despus los ligeros
pasitos en diversas direcciones; tornronse a acercar a la puerta,
sintindose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y ms
tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyse un golpe semejante al
de un cuerpo pesado que cae sobre un colchn de muelles; despus un
Aaaaaah! prolongadsimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar
a Jacobo.

Nadie que va a matar se prepara bostezando.

Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revlver sobre
la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfse
de nuevo en la lectura y examen de los papeles.

De repente salt otra vez azorado en el asiento, echando mano al
revlver: en el cuarto vecino haba resonado un salto violento, pasos
precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada,
angustiosa, que gritaba en castellano:--Socorro!... Socorro!...

Despus, con el intervalo de un lamento, volvi a escucharse en francs:

--_Au secours_!... _Au secours_!...




--IV--


De malsimo humor volvi aquella noche al _Grand Htel_ el to
Frasquito: haba aguantado dos horas el aristocrtico aburrimiento del
Crculo de la Unin, _sancta sanctorum_ del _Faubourg Saint-Germain_
masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por
lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la
gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compaa de los
Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los
que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.

Sola quejarse el to Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas,
y aprovechaba esta ocasin para desplegar toda la boca con gesto
doloroso, poniendo de manifiesto una magnfica dentadura, limpia, igual
y blanca, como las teclas de un piano que le haba costado diez mil
francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napolen III.

Lamentbase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura
tan sana, y guardbase muy bien de aadir que radicaban estos en cierta
muela rezagada, nica propia, existente all en los confines de sus
encas, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.

La impresin del fro prodjole a la salida del Crculo una ligera
punzada en la muela fsil, y apret el paso sobresaltado para llegar
pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche
toledana. En mitad de la escalera mir a todas partes con grandes
precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su
secreto, sacse prontamente la dentadura y envolvila en el pauelo: eso
le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que pareca entonces su
fisonoma una burlesca caricatura de s misma.

El to Frasquito tena su habitacin en el piso cuarto, y al llegar al
segundo, not con sobresalto que alguien le segua por la escalera...
Apret el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubri al
marqus de Sabadell que suba de dos en dos los escalones, para
alcanzarle sin duda. Santo Dios, y qu apuro tan grande!

Zambull la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardse
prontamente en el bolsillo la dentadura y apret a correr hasta llegar
sin resuello a la puerta del aposento.

Perrrverrsa suerrte!

Sabadell le segua sin descanso, y detenase al fin a la puerta del
cuarto vecino sin osar acercrsele, pero mirndole de hito en hito,
extraado, atento, receloso...

--Se trag la parrtida!--pens el to Frasquito--. Maana sabe todo
Parrrs que no tengo dientes.

Y afligido con esta idea, entrse atropelladamente en su cuarto,
encendi la luz y corri a asegurar la puertecilla de comunicacin por
la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus
secretos.

Este pareca, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el to
Frasquito perciba claramente del otro lado del tabique ruidos extraos
que le desasosegaban, ponindole nervioso; la puertecilla, sin embargo,
no tena rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo
tranquiliz algn tanto.

Tom sus buchadas de elixir, desaparecile por completo el dolor de
muelas y psose a limpiar la dentadura, frotndola con un cepillo de
mango atornillado de plata, que produca al chocar contra el cristal o
el mrmol del lavabo sonidos metlicos.

Hecha esta operacin, comenz el to Frasquito a desprenderse de sus
accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas
y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploracin a la
puertecilla sospechosa; el vecino pareca tranquilo y el to Frasquito
emprendi el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y
tarareando muy bajo, con pueril satisfaccin, aquello de _Las Hijas de
Eva_:

    Tranquila est la venta,
    No se oye ni un mosquito...

Quitse con grandes precauciones la perfumada peluca y calse
prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una
borlita: un sencillo y majestuoso _casque  mche_, de aquellos que
recomendaba Jernimo Paturot a sus parroquianos por usarlos as monsieur
Vctor Hugo. Sabido es que el _bonnet de nuit_ es entre los franceses
una veneranda institucin social que nivela todas las cabezas, como las
nivel en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el
ltimo de los albigentes aparecan tan iguales a la sombra del primero,
como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos despus bajo el filo de
la segunda.

Media hora larga tard el to Frasquito en desarmarse de todo, y cuando
envuelto en su largo camisn se dej caer en la cama, Hubirase dicho
que el to Frasquito que se acostaba era la raz cbica del to
Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhiba por todas partes.

A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche arda psose a
leer, segn su costumbre, una novela del vizconde _d'Arlincourt_, para
conciliar el sueo. Gustbale el gnero romntico, y pasbansele a veces
las noches de claro en claro, cual si tuviese quince aos, compadeciendo
los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algn
Adolfo. La primera cabezada del sueo hzole dar con las narices en la
mesilla de noche, y el libro rod por el suelo: inclinse, sin embargo,
a recogerlo, porque el captulo era interesante y quera terminarlo.

A poco, un fuerte olor a trapo quemado lleg a sus narices, hacindole
incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Mir a
todas partes; nada se descubra por ningn lado que denunciase el voraz
elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado segua dndole en
las narices con progresiva persistencia.

Asom la cabeza fuera de las cortinas del lecho, mir bajo la almohada,
entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla
tena... Nada, nada! Quiz haba cado alguna prenda de vestir en la
chimenea: algn calcetn, algn pauelo...

El to Frasquito salt fuera de la cama y corri all muy alarmado...
Tampoco!... El fuego arda en la chimenea moderadamente, y la espesa
grille metlica que la cerraba no permita el paso a ninguna brasa.

--Cosa ms singularr!...

Sera quiz en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez
en el bulevar, algn incendio formidable que hiciera penetrar a travs
de las maderas sus inflamados miasmas? El to Frasquito corri primero a
la puerta de entrada, a la de comunicacin luego, y a la ventana por
ltimo, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices
abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras ms se mova de una
parte a otra, el alarmante tufo ms marcado.

--Perrro, seorr, qu se quema?... Si esto parrrece cosa de
magia!--pensaba el to Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con
los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro
ngulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.

Parecile entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la
cabeza, y mir al techo... Nada tampoco!... Volvise rpidamente, y un
grito de espanto se escap de sus labios al verse frente a frente de un
espejo... En l se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el
largo camisn y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba
una rojiza llamita... Cielo divino, all estaba el incendio!

El miedo no raciocina nunca, y el que sinti el to Frasquito impidile
comprender que la borlita del gorro se haba inflamado en la palmatoria
al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdi,
pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzse al timbre elctrico,
corri luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando despus la de
Jacobo, grit de nuevo:

--_Au secours_!... _Au secours_!...

Abrise entonces violentamente la puertecilla y apareci en ella Jacobo,
revlver en mano... Imposible era reconocer al to Frasquito en aquel
esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quin era hasta que
tendiendo el fantasma hacia l los brazos abiertos, grit angustiado:

--Jacobo!... Jacobo!...

Este, sin comprender nada todava, diole por primera providencia un gran
sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rod por el suelo,--dejando al
descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un
meln invernizo.

Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo,
y, sin embargo, aquella pequea y ridcula trivialidad de la vida
decidi para siempre de la suerte de Jacobo...

El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atrado por el
timbre, a la puerta del cuarto; comprendi entonces el to Frasquito lo
ridculo de la situacin, y cada vez ms angustiado, calse prontamente
una gorra de pelo, envolvise en un abrigo de pieles, psose la
dentadura y refugise en el aposento de Jacobo, dicindole a este medio
lloroso y suplicante:

--Contesta t, Jacobito!... Que no me vean!...

Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades
que envolva la mente de Jacobo como una cerrazn del ocano,
paralizando su natural audacia, brot un punto luminoso... El to
Frasquito era rico, influyente, tena entrada en todas partes, y aquella
ridcula aventura le pona en su poder atado de pies y manos, dadas las
femeniles manas del presumido viejo. Las torcidas lneas de su plan
comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germin al fin en su
mente, vaga todava e indecisa, pero visible ya, como el capullo del
gusano de seda a travs de su sedosa borra.

Despidi al criado, disculpando al to Frasquito con una alarma
infundada, apag el gorro, todava inflamado, en la jofaina llena de
agua, abri un poco la ventana para renovar el aire y volvi presuroso a
su cuarto, donde el to Frasquito le aguardaba.

Este, sosegado ya y tranquilo, hallbase arrellanado en la poltrona, al
calor del fuego; cuando entr Jacobo, examinaba atentamente, con aire de
aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el
masn traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.

Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cmoda
del fondo.

--Qu alboroto ms necio!--exclam el to Frasquito al verle.

Y queriendo atenuar lo ridculo de la escena, no dndole importancia
alguna, aadi en seguida:

--Qu sellos son estos?... No los conozco...

El to Frasquito coleccionaba sellos diplomticos, segn ya dijimos, y
tena un lbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy
subidos. Das antes haba pagado doscientos francos por un sello antiguo
de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras rabes esta hermosa
leyenda: Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado.

--La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de
Saboya--prosigui el to Frasquito--. Uno idntico tengo de Vctor
Manuel, perrro estos otros no los conozco...

Embarazado Jacobo al ver en manos del to Frasquito aquella prueba
flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y
revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin
cesar:

--De quin son?... Te sirven?

Jacobo, ms y ms embarazado, contest por decir algo:

--A que no lo aciertas?...

--Toma!--exclam de repente el to Frasquito--. Ya lo creo! El comps
y la escuadra y la rramita de acacia en medio... Torrrpe de m! Si
esto huele a logia que trasciende!...

Jacobo se ech a rer forzadamente, y el to Frasquito, con el ardor de
un amateur que tropieza con una ganga, aadi entusiasmado:

--Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son
curriossimos... Supongo que no te servirn; a lo menos, uno me llevo...

Cosa extraa y, sin embargo, harto comn en caracteres como el de
Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar
decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan slo,
quem sus naves y decidi su suerte.

--Llvate los tres, si quieres--dijo encogindose de hombros.

_Alea jacta est_!... Una vez entregados los sellos, imposible era
colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de
ellos, como haba sido su primera idea, y hacase preciso correr los
riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al
arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el
capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que
antes apareca envuelto.

El to Frasquito no se hizo repetir la invitacin: envolvi los sellos
con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardselos
prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la
ddiva. Este le miraba hacer con una extraa sonrisa, y cuando el
terrible papelito desapareci en el bolsillo del viejo, murmur en
lengua turca:

--_Olsum!_[11]...

[Nota 11: Amn.]

Y levantndose de pronto, propuso al to Frasquito pedir un _bowl_ de
_punch_ bien caliente. Excusse este, dando por pretexto lo avanzado de
la hora; mas Jacobo, con frases cariosas y expresivas y cierto aire
melanclico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le inst a que
se quedase. Iba a negarle aquel rato de expansin?... Estaba tan
triste, tan abatido, tan solo en el mundo!

Mirle el to Frasquito extraado, y la curiosidad, que es la fuerza de
resistencia ms sufrida que se conoce, le clav en el asiento... Quiz
iba a despejar la X misteriosa que se debata aquella misma tarde en la
terraza del _Grand Htel_, la incgnita que representaba la presencia
intempestiva de Jacobo en Pars, abandonando su Embajada de
Constantinopla. El to Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio
Imperial, all cincuenta aos antes, aquello de Horacio: _Fecundi
calices quem non fecere disertum_?. Y el ponche fue aceptado con
disimulado entusiasmo.

Horacio no se equivoc, en efecto: Jacobo comenz inter pocula sus
confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre
agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que
inunda su alma... Abrumbale el peso de un remordimiento, de una
espantosa catstrofe de que haba sido l causa involuntaria,
obligndole a huir de Constantinopla con el corazn hecho pedazos y la
conciencia salpicada de sangre...

El to Frasquito peg un brinco en el asiento, abriendo los ojos
tamaos, y Jacobo inclin la cabeza entre las manos, mirando atentamente
su copa vaca y guardando silencio.

--Hombrre, hombrre... eso es serio!--murmur el viejo asustado; y como
viese que el otro prolongaba su silencio, tirle de la lengua, diciendo:

--Serra cuestin de faldas, sin duda...

--O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turqua, lo
mismo--replic Jacobo.

Y de repente, de un tirn, con el violento esfuerzo de un hombre que
arroja lejos de s un peso que le abruma, refiri con todos sus detalles
la terrible historia de la cadina Sarah... El to Frasquito escuchaba
con la boca abierta, encogindose, encogindose en la poltrona,
convencido de su pequeez, a medida que lo novelesco y lo terrible
agigantaban en su imaginacin la figura del hroe de aquella aventura
legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro
cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos
de la publicidad la trgica aventura, el to Frasquito se alargaba, se
alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el hroe como la sombra se
hombrea con el cuerpo y el eco con la msica, y Homero con Aquiles, y el
inmortal Virgilio con el divino Eneas. Y pensar que era ya demasiado
tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la
noticia!...

Jacobo lea en la cara de babieca del to Frasquito lo que all para sus
adentros iba pensando, y no pudo contener una sonrisa de triunfo al ver
conseguido su primer intento. Al da siguiente, la historia de la cadina
correra por Pars entero, justificando gloriosamente su fuga de
Constantinopla, y rodendole a l de la aureola de lo novelesco, de lo
absurdo, de lo imposible; pedestal el ms alto sobre que suele colocar
sus dolos de un da el pblico de papanatas ilustres, que anda a caza
de novedades y cuentos.

Harto conoca Jacobo aquel pblico, y necesitaba y le bastaba un solo
da para sentar seguramente el pie en el nuevo terreno a que sus planes
le llevaban. Quiso, sin embargo, remachar el clavo, y levantndose sin
decir palabra, fuese a la maletilla abierta sobre la cmoda, revolvi un
poco y arroj despus sobre el velador, delante del to Frasquito, un
pequeo objeto, diciendo:

--nico recuerdo de mi idilio de Oriente!...

Era una babucha, pero una babucha inverosmil por su tamao, de raso
blanco, con puntera de filigrana de oro y lazos de pluma de cisne
sujetos con esmeraldas: una preciosidad artstica, cortada sin duda
alguna a la medida del pie de un hada, y hecha, ms bien que para
encerrar un pie humano, para guardar joyas y dijes sobre el tocador de
una dama.

El to Frasquito se qued pasmado, vindose otra vez chiquitito,
chiquitito como el _little man_ Carlos Statton, que poda baarse en
aquella ponchera, y figurndose a Jacobo alto, alto como el Napolen de
la columna de Vendme, que mira a los hombres por la coronilla...

Un deseo irresistible, tentador, naci entonces en su alma y se detuvo
en sus labios tmido y respetuoso. Hubiera dado su ms preciada joya, su
dentadura misma de Ernest, por tener tan slo veinticuatro horas aquella
presea de la cadina y pasearla por todos los salones y ensearla a todos
los curiosos, desempeando as un _bout de rle_ en aquella novelesca
tragedia que haba de ser al da siguiente tema obligado de todas las
conversaciones. Pars entero correra a postrarse ante aquel extico
zapato y l sera entonces el sumo sacerdote que mostrase la reliquia a
la turba de noveleros.

Y como si Jacobo leyese en su frente aquel deseo, y desde las alturas de
la columna de honor en que el viejo le colocaba se dignase realizarlo,
le dijo de pronto:

--To Frasquito..., hazme un favor...

--Qu?...

--Gurdate eso...

--Perrro, hombre!...

--S, s!... Llvatelo y que no lo vea ms... Para m es un recuerdo
triste, y para ti es un _bibelot_ curioso, que puedes colocar encima de
tu mesa...

--Perrro, Jacobito, hijo..., no s si debo...

--S debes, hombre, s debes... Ah llevas la zapatilla de Cenerntola;
el da en que encuentres una mujer que pueda calzrsela, ese da me la
devuelves.

--Pues entonces es ma parra siemprre--replic el to Frasquito
encantado--. No creo que fuerrra de Turqua se calcen las mujeres con
hojas de lirrrio.

Despidise al fin el to Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de
cario, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenz a examinar la
babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices...
Retirlas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no
encontraba all aquel suave perfume de Smirna, mezcla de loe y de
incienso, que se figuraba l haba de dejar dondequiera que se posase el
pie de una odalisca: lejos de eso, ola mal, muy mal--y el to Frasquito
frunca la boca y arrugaba las narices--; ola a una cosa rara, as como
mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.

Mir entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jams
se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presin de la
ms ligera golondrina... Hum!... Si resultara despus de todo que el
tal Jacobito era un grandsimo embustero, que le haba encajado una
sarta de mentiras?...

Y pensando en esto, el to Frasquito quedse largo rato inmvil, mirando
atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge...
Encogise al fin de hombros: despus de todo, aunque la reliquia
resultase apcrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones
de l con los del gran Turco, nada se perda en ello... _Se non  vero,
 bene trovato._ Mayores _pamphlets_ haba visto l correr por el
mundo!...

De pronto se acord de una cosa importantsima, y corri a dar discretos
golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa
estereotipada sobre los labios, ocupbase en aquel momento en esconder
en el ltimo rincn de la maleta la babucha compaera de la regalada al
to Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha
habala comprado l en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos
viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y
caftn naranjado, que recuerdan todava en la Constantinopla moderna los
tiempos de Bayaceto y Solimn el magnfico. El to Frasquito asom
tmidamente la cabeza, diciendo:

--Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas
nada de aquello...

--Y qu es aquello?

--Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.

--Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.

--Pues clarrro est! Es una tonterrra... Perrro ya t ves; la gente
es tan necia!... Se rre de todo y lo pone a uno en rridculo...

--Descuida, hombre, descuida... A quin voy yo a contar semejantes
sandeces?

--Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en
el tabique... Yo tengo el sueo de un pjarrro; en eso parrrezco un
viejo...

El to Frasquito acostse al fin muy satisfecho, pensando en maana, y
al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofro
de espanto... Parecile que se arremolinaban las tinieblas en medio del
aposento y surga de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal
al cuello, los ojos fuera de las rbitas, el paso lento, la mano
extendida, fra, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia l... y le
tiraba de las narices.

El to Frasquito se tap la cabeza con la sbana, apret mucho los ojos
y por tres veces se santigu muy de prisa.




--V--


El certamen de belleza femenina, celebrado primero en Spa y luego en
Budapest, despert en la condesa de Albornoz la felicsima idea de hacer
circular por toda Europa artstica y civilizada la suya propia.
Verdaderamente, era para ella una desgracia llamarse Albornoz, porque de
ser su nombre menos ilustre, hubiera corrido a la capital del antiguo
reino de los Esteban y Vladimiros a disputar el premio de la hermosura a
Cornelia Szekely, la hngara laureada.

No pudiendo, pues, ganarlo en persona, ide ganarlo en efigie,
discurriendo para ello hacerse retratar por Bonnat y enviar la obra
maestra de exposicin en exposicin, para que, apoderndose de ella el
buril y la fotografa, no quedara rincn del mundo en que se ignorase
que la condesa de Albornoz tena los ojos, segn la frase de Digenes,
pasados por agua. As y todo, crealos ella, all en las morbosas
excitaciones de su amor propio, capaces de realizar el sueo de
Alejandro y de Napolen: someter el universo.

Esta idea trascendental detenala en Pars desde el mes de noviembre, y
tres veces por semana dignbase _poser_, para bien de la humanidad, en
el estudio del gran artista. El retrato deba de estar concluido para la
prxima exposicin de Viena, y costbale el caprichito la friolera de
cuarenta mil francos. Carillo era, sin duda, pero para qu, si no, le
haba dado Dios el dinero?

Aquella maana haba enviado Currita un recado a Bonnat para que no la
aguardase, a causa de tener que acompaar a su majestad la reina a la
capilla expiatoria del bulevar Haussman. Las once haban dado ya en el
reloj del _Grand Htel_, y Kate, la doncella inglesa, prenda con dos
largas agujas de oro en la cabeza de Currita la riqusima mantilla
espaola de encajes con que se propona la dama quitar la devocin a los
pocos que la tuviesen, en las honras fnebres del infortunado Luis XVI.

La duquesa de Bara habale ya avisado con su doncella que le estaba
aguardando, para ir juntas al palacio Basilewsky, y Currita, nerviosa e
impaciente, preguntaba sin cesar a Kate si el seor marqus no haba
vuelto.

--No, seora--respondi la doncella.

--Pero a qu hora sali?... Cmo ha madrugado tanto?

--Si no ha salido...

--Pues cmo es eso?

--Porque desde anoche no ha vuelto.

--Ya!--exclam Currita.

Y mirndose en el espejo, se arregl con sumo cuidado un rojo ricito que
con gran prudencia encubra sobre su frente una manchita de pecas.

La duquesa de Bara, cansada de aguardar, lleg en busca de la perezosa.

--Pero, Curra, qu haces?... Mira que la reina estar aguardando!...

--Vamos, vamos, Beatriz!... Parece que no conoces a la seora: las doce
nos darn sin salir de la cmara.

Y observando que completaba tambin la _toilette_ de luto de la duquesa
una mantilla espaola, exclam muy alborozada:

--Mujer, hemos tenido la misma idea!... Qu delicia!... Les _grands
esprits se rencontrent_...

--Para representar a Espaa, no se poda ir de otra manera... Lo que
siento es no haber pensado en el abanico...

--Pues por lo mismo compr yo ayer uno... Mralo, no es feo... Quieres
otro igual? Kate te lo traer en un momento: lo compr en la _Compagnie
Lyormaise_, ah, a la vuelta de la esquina.

La duquesa, ante la perspectiva de un abanico gratis, sinti aminorarse
su prisa. Era un abanico muy bonito, de ncar quemado, muy oscuro, con
pas de seda negra. Kate lo pagara en la tienda, y ella se olvidara,
de seguro, de pagarlo a Kate; porque en estas cosas de pagar era la
duquesa mujer muy distrada... Al salir Kate, avis que el seor marqus
haba vuelto.

--Dispensa un momento, Beatriz--exclam vivamente Currita--. Voy a decir
adis a Fernandito.

La duquesa hizo un gesto de complacencia ntima ante la ternura conyugal
de su amiga.

--Qu par de trtolos!--dijo--. Te aseguro que me das envidia.

Y Currita, con pattica entonacin, contest desde la puerta:

--Verdaderamente que es un don del cielo no haber tenido en catorce aos
de matrimonio un solo disgusto.

Fernandito acababa de llegar, y a la verdad que no eran sus trazas de
haber estado rezando el rosario. Traa en pie el cuello del gabn, ajada
la camisa, un apabullo en el sombrero, rojos e hinchados los ojos, y
trascendale el aliento a vino trasnochado. Quedse muy sorprendido y
turbado a la vista de Currita, y con la forzada sonrisa del escolar que
encubre una picardihuela con una mentira, le dijo:

--He estado a ver a los antropfagos... En el Jardn de las Plantas.

Ella, con tiernsima solicitud, exclam muy alarmada:

--Jess, Fernandito, me dan miedo esas cosas!... Estn sueltos?...
Muerden?...

--Ca, no!... Si son unos negros cualquiera... Ms feos!...

Y se abrochaba con disimulo el gabn, para ocultar a Currita que llegaba
su consideracin a los antropfagos hasta el punto de visitarlos a las
diez de la maana, de frac y corbata blanca. Ella, con su sencillez
columbina, no reparaba en esto, y se apresur a preguntar con ingenuidad
adorable:

--Hiciste mi encargo?

--Qu encargo?...

--Pues me gusta!... No te dije que fueses a ver a Jacobo Tllez?...

--A Jacobo Tllez?... Y quin es Jacobo Tllez?

--Pues, hombre, Jacobo Sabadell, el marido de mi prima Elvira.

--Ah, ya!... Si yo crea que se llamaba Benito...

En los claros ojos de Currita brill un relmpago de ira, y a poco ms
pierde su mansedumbre.

--Y aunque se llamara Policarpo--exclam--. Es razn esa para no hacer
lo que te digo?...

--Pues nada, hija, se me olvid. Qu hemos de hacerle?

--Ir ahora mismo! Te enteras?... Y convidarlo a almorzar... Mira que a
mi vuelta he de encontrarlo aqu contigo.

--Bien, hija, descuida, as se har... Dices que se llama Benito?

--Dale con Benito!... Se llama Jacobo, y es un muchacho
distinguidsimo, a quien quiero que consideres como mi primo que es.

Currita disert un momento sobre el amor de la familia y el imperioso
deber que tiene todo ciudadano de estrechar estos lazos venerandos, y
dejando ya convencido a Fernandito, march a reunirse con la duquesa.

Al subir al carruaje ambas damas, apareci el to Frasquito presuroso,
muy lozano, pulcro y resplandeciente, hacindolas seas de que le
aguardasen. Subi con ellas al coche, sac del bolsillo una curiosa
cajita de cartn y psola sobre sus rodillas. Las damas le miraban
atnitas y l sonrea picaresco; levant al fin la tapa con mucho
misterio, y entre perfumados papeles de seda apareci la babucha.

Mientras tanto, Jacobo, sin salir de su aposento del Gran Htel, daba
vueltas a su proyecto. La claridad de juicio va en razn directa de la
conveniente distancia a que se contemplan los hechos, y al despertar
aquel da, libre ya de las perplejidades y angustias que atormentaban su
nimo, pudo apreciar su situacin con exactitud verdadera.

Las lneas de su plan aparecieron entonces claras y firmes en todos sus
contornos, a la manera que despus de una inundacin y cuando las aguas
se retiran, aparece distintamente la altura de los collados y lo extenso
de los llanos y lo profundo de los valles. Encontrse entonces Jacobo
con que sus collados eran montaas, y sus llanos desiertos, y sus valles
abismos...

Y lo peor del caso estaba en que el primer abismo que se abra a sus
pies y le era forzoso salvar, habalo abierto l con sus propias manos
la noche antes, por jugarlo todo impremeditadamente a una sola carta,
olvidando que era su juego de cartas dobles y complicadas. Porque la
babucha comprada en el Gran Bazar y la necedad del to Frasquito iban a
colocarle aquel mismo da en lo alto de la columna del escndalo, en la
gloriosa picota de la moda, que asentaba esta vez sus cimientos sobre
los cadveres de dos seres degradados, muerto el uno con un dogal,
cosida la otra a pualadas y arrojada en su saco de cuero, sin expirar
todava, viva y palpitante, en lo profundo del mar de Mrmara.

Mas desde aquella columna, donde se podan dictar leyes al mundo del
fausto y del escndalo, slo se lograba inspirar desprecio y repugnancia
invencible a ese otro mundo, no ms pequeo, pero s ms desconocido, de
la honradez y la virtud, y justamente en aquel mundo callado y oculto
era donde se esconda la persona que a toda costa necesitaba l en
aquellas circunstancias... Y quin pona ya diques al viento? Quin
sujetaba al to Frasquito, que babucha en mano recorra ya las calles de
Pars en busca de un pedacito de celebridad, de un solo rayito de la
aureola del hroe?...

Preciso era tirar por otro camino, y la casualidad trajo a Jacobo quin
haba de indicrselo. Era este Digenes, que acuda muy de maana,
atrado por el dinero que se le figuraba traer el plenipotenciario, como
los buitres acuden al olor de la carne muerta.

Digenes no era como Sabadell, que jams se apeaba de su papel de gran
seor, y lo mismo gastaba en boato y en caprichos en tiempo de las vacas
gordas que en tiempo de las flacas, con la sola diferencia de pagar en
los de aquellas y no pagar en los de estas. Digenes, por el contrario,
viva en una modesta _maison meuble_, y sentbase de diario a la
primera mesa que hallaba puesta, sin esperar a que le invitasen, por
cierta especie de derecho de cuchara que garanta su poqusima
vergenza, por una tradicin constante que la inveterada costumbre haba
convertido en ley escrita en las pandectas de la capigorronera
madrilea. Cuando tena dinero lo derrochaba esplndidamente, y cuando
no lo tena, pedalo prestado, con la intencin jams retractada de no
pagarlo nunca, segn su axioma favorito: Cobra y no pagues, que somos
mortales.

Aquella maana habase propuesto almorzar con Jacobo y llevrselo
despus al _Petit-Club_ a tirar de la oreja a Jorge, con nimo
deliberado de darle por el camino algn _sablazo_ bien dispuesto.

Su sorpresa fue, pues, grande cuando Jacobo, con la austeridad de un san
Pablo primer ermitao y la fortaleza de un san Antonio en el desierto,
se neg rotundamente a salir del hotel, diciendo que haba jurado no
pisar el impuro suelo de Pars, que jams tomara en la mano una carta y
que no parecindole ya conveniente marchar a Madrid a causa del cambio
poltico, haba decidido salir a la maana siguiente para Biarritz,
donde pensaba intentar una reconciliacin con--polaina!--con su
mujer!...

Escuchbale Digenes en silencio, mirndole de hito en hito, clavados en
sus ojos los suyos, abotagados por la borrachera continua. Cuando acab
de hablar, djole muy serio:

--Vamos!... T dices lo del gitano del cuento: Se! Toos pen el pan
de cada da... Yo slo po que me pongan donde lo haiga, que ya yo me
arreglar...

--No te entiendo...

--Pues vaya ms claro... T dices: mi mujer ha ganado su pleito con la
Monterrubio y tiene una porcin de miles de renta... Yo tengo el hambre
del hijo prdigo; pues me voy all y me como el ternero...

Alborotse Jacobo al or tan fielmente expresado parte al menos de su
pensamiento, y con aire de dignidad ofendida, exclam:

--Te aseguro...

--Vamos, Jacobito!... Si conocer yo a los cojos en el modo de
andar!...

--Te digo...

--Si sabr yo el lino que cardo, Jacobito!...

--Creo lo que quieras, pero yo...

--Si querrn los pollos engaar a los recoveros?, pichn dorado... Mira
nio: ni t tienes vergenza, ni yo tampoco; pero para ser pillo, lo
primero que se necesita es talento, y cuando t vas, ya estoy yo de
vuelta. Estamos?...

La dignidad sublevada de Jacobo pareci sosegarse mucho, y despus de un
momento de silencio, pregunt:

--Segn eso, te parece mi plan un disparate?...

--Un disparate? Para ti, un negocio redondo; para ella, un robo a mano
armada.

--Y crees que Elvira...?

--Se dejar robar?... Pues ya lo creo!... Lo que es por ella, en
cuanto le guies el ojo... Si te quiere, hombre; te quiere lo mismo que
el primer da en que la engaaste. Mentira parece!...

--Pues entonces...

--Entonces, queda el rabo por desollar.

--Y de quin es ese rabo?...

--Amigo mo... del padre Cifuentes.

--Ya!... Ya me lo haban dicho.

--Pues no te engaaron.

Quedse Jacobo un momento pensativo, y rascndose despus levemente la
cabeza, aadi con su truhanesca sonrisa:

--Entonces... ser preciso confesarse con el padre Cifuentes.

Digenes se puso muy serio.

--Mira, Jacobo--le dijo--. Me ves t a m?... Soy un truhn, un
borracho, un perdis, que todo lo que no sea matar, todo lo he hecho...
Pues para que veas: las cosas de Dios yo las respeto... Las respeto,
porque lo mam. Polaina! Lo mam con la leche... No soy bueno porque no
quiero jorobarme sindolo; pero al que se joroba y lo es, yo le venero;
que no porque merezca yo un presidio dejo de conocer que hay quien
merece la gloria; y no porque me revuelque en un lodazal dejo de ver que
hay estrellas en el cielo...

Jacobo escuchaba estupefacto la extraa salida de Digenes, que
pronunciaba su arenga babeando la ancha bocaza, dando golpes, ora en su
propio pecho, ora en la mesa.

--Y a qu viene todo eso?--pregunt al fin Jacobo.

--A qu?... A que dejes tranquila a tu mujer, porque slo con pensar en
ella la manchas.

--Pues me hace gracia!... Valiente paladn le ha salido a la
Elvirita!... Y dnde han hecho ustedes su compadrazgo? Supongo que no
ser en el confesonario del padre Cifuentes.

--No, por cierto... La veo y la he sabido apreciar en casa de Mara
Villasis, que es su amiga ntima.

--Conque amiga ntima de tu ntima amiga la Villasis?... Ahora lo
entiendo!... Y qu hace esa perfecta viuda, como la llamaba la de Bara
en otro tiempo?... Supongo que te habr sucedido con ella lo que sucede
con los perros chinos, que de puro feos hacen gracia... Y mi mujer,
ser, sin duda, vuestra confidente?...

--Alto ah, canalla, o te rompo el morro!--exclam Digenes poniendo su
formidable puo en las narices mismas de Jacobo--. Qu es lo que buscas
t? Dinero?... Pues ah tienes a la de Albornoz; una... pelona como t,
que te dar lo que quieras... Qu ms te da, llamarte Jacobo que
monsieur Alphonse?...

Oh!... Jacobo se incomod esta vez de veras, porque jams le haban
refregado por la cara una verdad tan spera. Contvose, sin embargo,
porque saba cun terribles eran las embestidas de Digenes, y con
forzada sonrisa contest:

--Mira, Digenes, la borrachera de ayer te dura todava... En qu
cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi
mujer por un puado de duros?...

--Amigo, cuando no dan ms en la puja, hay que decir lo del otro gitano
del cuento... Se confes de haber robado tres pesetas, y el cura le
dijo: No te da vergenza, infeliz, de condenarte por tres miserables
pesetas?... Y qu quera usted que _jiciese_, si no haba ms?...

Aqu interrumpi la disputa el marqus de Villameln, que entraba
restaurado ya por completo de sus desperfectos de la maana. Al verle
Digenes, cogi prontamente un peridico y psose a leer junto a la
chimenea, en el lado opuesto.

El marqus fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba
para recibirle, y apretndole ambas manos, djole con grande afecto:

--Adis, Benito, cmo te va?... T siempre tan famoso...

Y con protectora afabilidad diole dos cariosas palmaditas en el hombro
izquierdo.

--Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito--prosigui Villameln,
sentndose--. Pero en este Pars, me entiendes?, no hay tiempo para
nada... Curra te espera a almorzar. Lo sabes?... A las dos: un poco
tarde quiz; pero hoy est de servicio con la reina. Me entiendes?

Ofendise la altivez de Jacobo con los aires protectores del hroe del
combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro, y quiso declinar framente la
honra del convite; mas Villameln le ataj la palabra, diciendo:

--Nada, nada, nada! Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y
Curra se ofendera de muerte. Sabes?... Tiene debilidad por la familia,
y lo que es por ti, delira. Siempre est con Benito arriba, Benito
abajo...

Digenes grit desde su asiento:

--Pero, Villameln..., quiero decir, majadero!... Si no se llama
Benito!...

--Ay! Es verdad, que era... Cmo era?...

--Jacobo.

--Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria
infelicsima, y lo peor es que cada da se me va debilitando...

Quejbase con harta razn Fernandito de su falta de memoria, sntoma
fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Digenes, que no
perdonaba ocasin de descargar su terrible mandoble, psose a recitar
como si leyera en el peridico:

    Hablando de cierta historia,
    A un necio se pregunt:
    --Te acuerdas t?--Y respondi:
    --Esperen que haga memoria.
    Mi Ins, viendo su idiotismo,
    Dijo risuea al momento:
    --Haz tambin entendimiento,
    Que te costar lo mismo.

Jacobo y Villameln se miraron entre s, miraron despus a Digenes, y
tornado a mirarse ambos, echronse a rer, diciendo al cabo Fernandito:

--Qu cosas tiene!... No hay ms remedio que dejarlo o matarlo. Sabes,
Benito?...




--VI--


El to Frasquito no poda ya con las piernas, y esforzbase en vano por
discurrir algo parecido a la hazaa de Churruca en Trafalgar, cuando
privado tambin de una de las suyas por una bala de can, sigui
mandando el combate desde el puente del navo metido en un tonel de
afrecho.

Oh!... Si aquello le hubiese sucedido a l veinte aos antes, cuando
en un solo da hizo sesenta y nueve visitas para anunciar el primero
aquel famoso casamiento que alistaba en el nmero de sus sobrinos a
Luisito Bonaparte, el conde consorte de Teba!

Y lo peor del caso era que cuando, a las cuatro de la tarde, volvi al
Gran Htel rendido y desalentado por no haber podido ensear ms que a
las dos terceras partes de la colonia espaola la babucha apcrifa de la
cadina, encontrse con que la trgica historia tena una segunda parte,
interesantsima tambin, pero pa, devota, sentimental, romntica, en
que caba a su persona no slo el papel del cronista, sino el de agente
poderoso, de intercesor eficacsimo, de _ama de llaves de la
Providencia_, que hubiera dicho Digenes, en el bello final de aquel
drama que comenzaba su accin en las barbas del Sultn e iba a
terminarse bajo el manteo del padre Cifuentes. Acordse el to Frasquito
de Matilde y Malek-Adhel, y se sinti enternecido; la emocin le produjo
un golpe de tos violentsimo, que fue necesario calmar con tres
caramelos de malvavisco.

Porque Jacobo haba acudido a l de nuevo en demanda de auxilio y
abirtole su corazn hasta lo ms recndito. Era singular lo que por l
pasaba, y en vano haba intentado explicrselo. La noche antes daba
vueltas en el lecho, inquieto y desvelado, viendo desfilar en su
memoria los treinta y tres aos de su vida cargados de placeres, de
aventuras, azares sin maana, flores sin races, gozos sin recuerdo,
locuras sin felicidad que le causaban entonces en el nimo la impresin
de repugnancia que causa al estmago ahto e indigestado el recuerdo de
manjares sustanciosos.

El to Frasquito le escuchaba atento y boquiabierto, creyendo ver
apuntar en el corazn apasionado de Malek-Adhel aquellos alborotos
misteriosos que trocaron los de Rancs y Maara... Mas de repente,
dejando Jacobo el tono sentimental de su perorata, preguntle en prosa
llana dnde andaba a la sazn su mujer Elvira.

El to Frasquito hizo una mueca de disgusto, como si viera trocar a
Malek-Adhel el blanco turbante por el sombrero de copa alta, o le
hicieran saltar de una pgina de Madame Cottin a otra de la _Gua de
forasteros_.

--Elvirrra?--contest--. Pues no s, perrro debe de estar en
Biarrriz... Ayerrr dijo la Lpez Morrreno que la haba visto.

Quedse Jacobo mudo y pensativo por un momento, y el to Frasquito,
reventando de curiosidad, se apresur a aadir muy atento y oficioso:

--Perrro si quierrres noticias cierrtas, yo conozco a una persona que
puede drmelas.

--Quin?...

--El padre Cifuentes.

--Hombre!... Conoces t al padre Cifuentes?...

--Ya lo crreo! Si es mi sobrino: hermano de madrrre de la Vegallana...
Es hijo de Tonino Cifuentes, que fue subsecretario de Estado en tiempo
de Iztrrriz, y entr en la Compaa, cuando...

--Pero est tambin en Biarritz?

--No: est aqu en Parrrs; en la rrue de Svres... Desde el 68 no ha
estado en Espaa sino de paso.

Y con cierto delicado recelo, aadi tmidamente:

--Quierrres que lo vea?...

--No... Quiero verlo yo mismo.

El to Frasquito brinc otra vez emocionado, viendo ya a Malek-Adhel
fundando, como Rancs, una Trapa, o un hospital como don Miguel de
Maara... Todo, todo iba saliendo lo mismo, igual, idntico que en la
_Favorita_!... Fernando, _la bella del Re_, fray Baltasar... Faltaba tan
slo el convento, y ansioso l de poner la primera piedra, se apresur a
decir:

--Pues te llevarrr cuando quierrras.

--Maana mismo.

--Conformes.

Cauto, sin embargo, el to Frasquito, y deseando prevenir en el nimo
del novicio las deficiencias que pudiera tener en su papel de fray
Baltasar el padre Cifuentes, apresurse a decirle que era este un
cuitadito, un infeliz sin pizca alguna de mundo, que hablaba _oportune
et importune_ del infierno, pintando unos diablos feotes y groseros que
en nada se parecan a los diablillos correctos, perfumados, elegantes,
que se figuraba el to Frasquito de frac y corbata blanca, pelo rizado,
gardenia en el ojal, monculo en el ojo izquierdo y un lazo de color de
fuego en la punta del rabo.

--Porrque mirrra, la verrrdad--prosigui con aire de ntima confianza--.
Yo soy muy catlico, muy creyente, perrro lo que es el clerrro, deja
mucho que desearr en todas parrtes... No se encuentra un sacerrdote que
nos conozca bien, que sepa amoldarrse a nuestro modo de serr, al modo de
sentirr de las gentes de nuestrrro crrculo... El mismo padre Cifuentes,
el otro da, en el entierrro del general Tercena, me dio la tarrde,
hijo, me dio la tarrde... empeado en convencerrme de que yo me haba de
morrrirr tambin, y que era menester preparrrarrse y pensarr en lo
eterrno... En fin, hijo, me angusti, me angusti de verrras!... Y
cuando lo de Pepita Abando, t no sabes?... Estuvo atrroz, atrroz,
crruelsimo... Una muchacha tan buena, tan elegante, tan carrritativa,
que nunca tuvo ms pasin que Pablo Verrra, y todo Madrid lo saba y lo
sancionaba, y hasta su mismo marrrido se hacia cargo... Pues nada, hijo,
el padrre Cifuentes no se lo hizo: se puso malo Pablitos, y Pepita,
clarrro est! atrropell porr todo, y se instal a su cabecerrra.
Avisarrron al padre Cifuentes, y este contest que no poda entrarr en
aquella casa sin que Pepita salierrra prrimerro... Figrrrate t qu
exigencia!... Ella se neg, porr supuesto, y Pablitos tambin, y porr
ms vueltas que dierrron parrra convencerr al santo varrrn de que errra
una crueldad separrrarlos, y que todo el mundo le crriticarrra a ella
abandonarrlo en la ltima horrra, nada, nada, nada... Ttu, como un
arrragons: se meti las manos en las mangas y dijo que no, que no y
que no, y lo dej morrrirr como un perrro. Y eso que iban ya a pedirr la
bendicin a Su Santidad y todo, todo...

--Te advierto esto--prosigui el to Frasquito, empinando el
dedo--porrque si piensas consultarrle alguna... vocacin o
confesarrte...

--Confesarme yo?--exclam muy ofendido Jacobo--. De dnde sacas t
eso?

--Como decas que deseabas hablarle...

--No es el padre Cifuentes el confesor y el director ntimo de mi
mujer?...

--S, porr cierrto...

--Pues lo que yo quiero exigir de l es que obligue a Elvira a acceder a
mis pretensiones.

--Perrro cules son tus pretensiones, Jacobito?--pregunt el to
Frasquito muy alarmado.

--Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar
todo lo pasado.

--Aaah..., yaaa!--exclam el to Frasquito estupefacto y desolado, al
ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el
novicio sin tomar el hbito.

Y rabiosillo y enfurruado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el
rampln desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejse llevar de su
espritu de chismografa hermafrodita, diciendo:

--Perrro has meditado bien tus pretensiones?

--_Je parecen acaso imposibles_?...

--Hombrre, imposibles no... Perrro sabes t la vida que Elvirrra hace?

--Justamente iba a preguntrtelo.

El to Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de reviento si no
lo digo!, y contest titubeando:

--Hombrrre, te dirrr... La cosa es pblica... perrro yo no s si
debo...

--Pues no has de deber, to Frasquito?--exclam Jacobo violento y
azorado--. Yo tengo el derecho de preguntar, y t, si eres mi amigo,
tienes el deber de responderme.

--Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! Lo dudas?... Y lo fui de tu
padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conoc
siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

--Pero qu cosas?... Dilas, hombre, dilas!...

--Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr
en todas partes...

--De veras?...

--Lo que oyes: siento mucho decrtelo, perrro es muy cierrrto... Est
_dclasse_, hijo, _dclasse_ por completo. Todo Madrid le ha dado de
lado, y slo se trata con mi sobrina Villasis, otra que tal!... Perrro
siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...

--Pero qu es lo que hace Elvira?...

--Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se
separrr de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un
teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en
casa de Montijo... Dicen que est fanatizada... Carmen Tagle tuvo una
doncella que haba estado en su casa y contaba unas cosas!... Siempre
detrs de los criados, porrque hoy errra da de ayuno, y maana de Misa,
y al otro da de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... Y
ella, unas rridiculeces!... Decan que dorrma sobre una tarrrima, y
ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no s qu varrrn piadoso, se
disciplinaba con un gato[12].

[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que
sola disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro
llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varn ilustre, son a
los que alude el to Frasquito.]

--Qu atrocidad!... Con un gato?... Pero eso es imposible!...

--Pues, hijo, as lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos
rremos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto...
Algunos pensaban que el gato estarrra muerrto; lo que es as, tambin
yo me disciplinaba... Lo mismo poda hacerrse con un plumerrro...

Jacobo pareci tranquilizarse por completo al or los _horrrorrrres_ que
el to Frasquito le relataba, y cortle el hilo del discurso, diciendo:

--Bah!... Si no es ms que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.

El to Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le ataj la
palabra, preguntndole:

--Y cmo vive Elvira?... Gasta mucho?...

--Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Est seca, desgavilada;
ella, que tena un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un
da la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreci hasta sucia...
Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo
es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la
casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve all
porr currriosidad, y no me rrrecibi ninguna. Perrro vive en un
principal muy modestito, all, junto a las Carbonerrras...

--Eso no es extrao; la pobre debe andar mal de cuartos.

--Ca!, no lo creas... Perrro t no sabes?... Si est rrica; como que
gan el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte
mil durrros de rrrenta.

--Hombre!... Lo siento!--exclam Jacobo muy pesaroso.

--De verrras?

--Y tan de veras... Porque siendo ella ms rica que yo, no faltarn
malas lenguas que atribuyan al inters mi vuelta a su lado...

--Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! Porr Dios, Jacobito!... Quien
piense eso..., no te conoce!

--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda
con el padre Cifuentes.

--Pues si te parrrece, maana irrremos.

--Sin falta.

El to Frasquito, resignado con el giro clsico que tomaba la leyenda,
convino con Jacobo la hora en que haban de hacer al otro da la
trascendental visita, porque el arrepentido esposo quera marchar a
Biarritz cuanto antes.

Despidironse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al
pblico sin prdida de tiempo la noticia, corri a ponerse, desde luego,
de punta en blanco para sus nocturnas correras, y bajar de seguida a la
terraza del hotel, donde toda la colonia espaola esperaba, como
siempre, la llegada del correo.

Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los
mil chismes que por la patria adoptiva corran, lograron apartar la
conversacin general de la novelesca historia de la cadina, cuya
apcrifa babucha haban contemplado todos, despus de algunas prudentes
precauciones que, para la mise en scne, juzgo indispensable el to
Frasquito. Porque temeroso este de que algn nimo suspicaz pusiese en
duda lo autntico de la presea, apresurse antes de presentarla a la
veneracin pblica a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que
apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno
hedor a zapato nuevo que la noche antes haba despertado en sus narices
dudas tan peligrosas.

La duquesa de Bara no haba encontrado todava ocasin oportuna de
hacer el anlisis crtico de la solemnidad religioso--poltica a que
haba asistido horas antes, y hasta la seora de Lpez Moreno, reina
destronada de Matapuerca, habase olvidado por un momento de la honra
insigne que al da siguiente la aguardaba. La duquesa le haba anunciado
que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a rengln seguido, como
quien no quiere la cosa, habale pedido prrroga para el pago de
aquellos piquillos que haca varios aos le adeudaba.

--Pues no faltaba ms!... Lo que usted quiera!--haba contestado la
generosa acreedora.

Y a rengln seguido tambin, y como quien no quiere la cosa, haba
plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:

--Lucy y Gonzalito (primognito de la duquesa), encantados de verse
juntos... Qu pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al
_Skating-Rink_, porque Gonzalo est enseando a patinar a Lucy...

La duquesa pesc al vuelo la indirecta, y contest tan slo con una
sonrisa que encubra este pensamiento:

--Ests fresca!... Cualquier da te cobras, endosndome a la nia por
nuera!... Una duquesa de Bara, _ne_ Lpez Moreno! Dios nos asista!

Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo
de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo
haba desairado su almuerzo con el frvolo pretexto de que necesitaba
descansar del viaje, y ella haba descargado su ira sobre el indefenso
Villameln, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba
de los rigores de su esposa pensando en las musaraas y distrayendo su
imaginacin con vivos recuerdos de su visita a los antropfagos.

Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponindose referir a Octavio
Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento
original, y lamentndose de que Jacobo Sabadell no apareciese por
ninguna parte, aguardndole todos tan impacientes para tributarle el
justo homenaje de admiracin que su novelesca aventura les inspiraba,
tan distinto del fro recibimiento con que le haban acogido la vspera.

Apareci entonces el to Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de
perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua,
anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La
inesperada resolucin de Jacobo caus en el auditorio sensacin
profunda, y cuando el to Frasquito anunci que el hroe pensaba marchar
a Biarritz quiz al da siguiente, dos personas, Digenes y Currita, no
pudieron contenerse... Levantse el primero y fuese derecho al to
Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su
violenta ira ms que una extraa vibracin en su dulce vocecita, comenz
a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy
amada prima, con gran pasmo de Villameln, que recordaba todava el
sermoncito sobre el amor de la familia que haba escuchado aquella
maana.

La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos
convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata
hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez
aos entre curas y monaguillos, quera ahora oscurecer al pobre Jacobo
bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y
obligacin imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pcara el
antifaz y advertir al cndido muchacho el lazo que le tendan.

Digenes, que, a mitad del camino pareci hacer de repente al to
Frasquito gracia de la vida, arremeti briosamente contra la hueste
femenina, diciendo que era maldicin de gitanos: en lengua de hembras
te veas!; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea
era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches,
polaina!, eran mujeres...

Rironse mucho todas las presentes de la ocurrencia de Digenes, y este,
ms que por darles placer, por machacarles las liendres, contles
entonces que Dios no haba formado a nuestra madre Eva de la costilla de
Adn, sino del rabo de una mona[13]... Porque aunque este fue su primer
intento, y tena ya la costilla en la mano para formar de ella a la que
haba de ser causa de tantas desdichas, una mona que le miraba hacer
atentamente, arrebatle de repente el hueso y ech a correr para
esconderlo en su madriguera. Quiso el Seor perseguirla y alcanzla por
el rabo; mas tan fuerte tir la mona, que el rabo se le arranc,
quedndosele al Seor en la mano. Encogise entonces de hombros y dijo:

[Nota 13: Este cuento y el siguiente son antiqusimos cuentos
populares de Andaluca, recogidos por el autor e inventados por el
gracejo, profundo a veces, de los campesinos de aquella tierra. La
sencillez misma de su forma y lo manifiesto de su inocente al par que
picaresca intencin, excluyen de ellos toda otra idea irreverente.]

--Para lo que voy a hacer, lo mismo da...

Y de aquel extrao utensilio form a la madre del linaje humano.

Alborotronse las damas con el cuento de Digenes y Currita, pesarosa de
haber dejado escapar en la explosin de ira algo que la convena tener
muy guardado, apresurse a seguir la broma, diciendo:

--Pues mira, Digenes, quiz tenga algo de verdad tu historia, porque a
m me contaron con respecto a la formacin del hombre otra muy parecida.
Dicen que Dios haba criado ya a todos los animales; pero le faltaba
todava crear al hombre; era ya muy tarde y estaba cansado. Entonces,
por ahorrarse tiempo y trabajo, cogi al primer animalillo que encontr
a mano y le dijo:

--Mira, habla t--y qued formado el hombre.

Y al decir Currita: Habla t, dio un golpecito con la punta de su
abanico en el hombro del marqus de Villameln, su caro esposo. Este
interpret la sea como una muestra de reconciliacin, y sonri
satisfecho, dulce y placentero, mientras Currita, inclinndose a su
odo, le dijo muy bajo:

--Mira, Fernandito..., me parece natural que vayas a ver si ha
descansado Jacobo, y que le convides a comer.. Dile que le espero sin
falta, porque tengo que hablarle de cosas que le interesan.

Anunciaron en aquel momento la llegada del correo y Digenes aprovech
la confusin natural que esto produjo para acercarse al to Frasquito y
cogerle sin miramiento alguno por la abierta solapa de su rico gabn de
pieles, que dejaba al descubierto una pechera inmaculada, en cuyo centro
reluca, bajo la corbata blanca, una bellsima turquesa, celeste como el
cielo.

Azorse el to Frasquito al verse solo y sin defensa en las garras de
Digenes, y procur encubrir sus temores, acogindole humilde,
sonriente, carioso, llamndole _Perriquito_, y ofrecindole ricos
cigarros que l no fumaba nunca, pero llevaba siempre a prevencin para
casos apurados. Mas Digenes, fijando en l sus ojos abotagados por el
ron y la ginebra, con el malfico influjo de la serpiente que magnetiza
al incauto pajarillo, le pregunt con muy malos modos despus de un
imperioso oye, Frasquita!, si era cierto que andaba en compadrazgo
con Jacobito.

l, con Jacobito!... Jess!... Pues si justamente era Jacobo una
persona que le estaba reventando desde su cuarto y que sin saber por qu
se le haba indigestado... Verdad era que le haba pedido una
recomendacin para su sobrino el padre Cifuentes, y l--claro est--,
por salir del compromiso, le haba ofrecido una tarjeta; pero en qu
cabeza poda caber que fuera l a acompaarle, ni a mezclarse en asuntos
de familia, ni a meterse en _tripotages_ de mala ley con un loco
semejante?...

Y mientras esto deca el to Frasquito, iba poco a poco escurriendo
escurriendo su solapa de manos de Digenes, hasta que, libre al fin,
abrochse prontamente el gabn hasta la barba, para poner a cubierto su
nvea pechera de cualquier acometida de Digenes. Este, dejndole hacer,
torn a preguntarle:

--Y cundo se va Jacobo a Biarritz?...

--Maana por la noche...

Y con ademn misterioso y tono de ntima confianza, aadi:

--Porr supuesto, que Jacobo slo va all al olorrcillo de los millones
de la Monterrrubio, que disfruta hoy Elvirrra... Y qu harrr ella?...
Porque no cabe en cabeza humana que una muchacha tan buena, tan santita,
quierrra hacerr de nuevo mnage con ese Poncio Pilatos...

Digenes le volvi la espalda sin preguntarle nada ms, y el to
Frasquito, gozoso de verse libre al solo precio de hacer traicin a su
amigo, corri a noticiar a Currita que Digenes tomaba partido por la
Sabadell, y a lamentarse con la de Bara de que la polica correccional
no pusiera coto, ni en Espaa, ni en Francia, a los desafueros de aquel
cnico viejo.

Este haba salido de la terraza por el saln de lectura, y entrando en
un gabinete, cogi pluma y papel, y con letra inverosmil, psose a
escribir esta carta:

Mi querida Mara....

Aqu se atasc Digenes, y rascndose la nariz con el cabo de la pluma,
quedse perplejo, hasta que aadi por fin al encabezamiento esta
reverente coleta:

...muy respetada: Maana sale de aqu para esa el perilln de Jacobito
Sabadell, que lleva las de Can, pues trata nada menos que de intentar
una reconciliacin con su pobre mujer Elvira. Anda huido de
Constantinopla, donde ha hecho no s qu atrocidades, y por lo visto ha
olido que Elvira tiene dinero y quiere ahorrarle el trabajo de
guardarlo. Maana, antes de salir, tendr una conferencia con el padre
Cifuentes, que _Francesca di Rimini_ le servir de tercero...

Aqu not Digenes que la concordancia era vizcana, y aadi:

...o de tercera. Te advierto todo esto por si puedes hacer algo por esa
pobrecita, que ser capaz de entregarse atada de pies y manos al bribn
de su marido, si no hay alguien que la aconseje. Si sirvo yo para algo,
incluso para romperle un esternn a Jacobito....

De nuevo se detuvo Digenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo
poda tener uno o ms _esternones_, y dispuesto sin duda a romperle
cuantos tener pudiera, prosigui al cabo:

...avsame y ah me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos
a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces
me has pronosticado. Llegar en el sesenta y tres?.

Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmla como Antonio
Prez las suyas a _milady_ Richs:

Perro desollado de vuestra seora, _Digenes._

P. D.--Un beso a Monina.

Y aqu se detuvo otra vez perplejo, mene lentamente la gran cabezota, y
su rostro granujiento tom una expresin indefinible de ternura y de
tristeza.

Aquella Monina, bellsima criatura de cuatro aos, dolo de su corazn
por un fenmeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariarse
con los nios, que le tiraba de las patillas y le haca andar a cuatro
pies, guindole ella por una oreja, haba rechazado un da un beso de
sus aguardentosos labios, dicindole con infantil repugnancia:

--No..., que apesta!...

Y Digenes, el cnico Digenes, que se burlaba de la opinin del mundo
entero y haca gala de revolcarse en los ms inmundos lodazales, sinti,
ante la repugnancia de aquel ngel, que una gran vergenza invada su
corazn y suba hasta su frente, tindola de carmn, y asomaba a sus
ojos llenndolos de lgrimas... Por tres das enteros estuvo sin beber
una copa; al cuarto, rindile el vicio otra vez; mas jams volvi a
besar a la nia.

Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, crey faltar a su
propsito escribiendo en aquella postdata la palabra _beso_, y
borrndola con grandes tachaduras, puso en su lugar: A Monina, que le
llevar un mueco que dice pap y mam. Despus escribi en el sobre:

Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS

_Villa Mara._

_Biarritz._




--VII--


El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado
uno de los centros ms a la moda entre los semidioses que regulan sus
costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por
las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.

La emperatriz Eugenia levant en Biarritz la ville Eugnie, y Biarritz
qued al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los espaoles lo invaden
en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoo, como si por
turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemticas y sus
encantos harto discutibles.

El lujo se apresur a levantar all villas y palacios; la especulacin,
hoteles y casinos; slo la piedad se qued con las manos quietas. En
Biarritz apenas si existe una iglesia.

En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa,
que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de
verdura: extindese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran
verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero:
Villa Mara. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por rboles
magnficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto
riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores,
especie de _square_ delicioso, que sirve como de patio de honor a la
casa.

Tres gradas de mrmol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado slo a
recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo
bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la
elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del
vestbulo abrase la puerta del saln, y llegbase por este a un pequeo
gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba
uno de sus frentes una chimenea de mrmol blanco, y formaba el otro una
gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el
sol a raudales y permita ver la verdura del parque en primer trmino,
la arena de la playa ms lejos y el azul del mar en lontananza.

Las once haban dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos
seoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el
gabinete. Una lloraba en silencio; la otra pareca consolarla.

Representaba esta ms de cuarenta aos, y su falta absoluta de
pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo
peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por
completo, y su rica bata de pao labrado, con vueltas de terciopelo,
lejos de prestar realce alguno a su persona, pareca ms bien recibir
ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su
corte y de sus pliegues.

Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tena, sin
embargo, esa mvil belleza que da la expresin y viene a ser, con
respecto a la fisonoma, lo que el colorido con respecto al dibujo:
belleza ms bien moral que fsica, que se escapa siempre al pincel, y
constitua el principal encanto de aquella seora, dotada de cierta
viveza natural que no le quitaba seoro; cierta gracia espontnea y
cariosa que, unida a un ligersimo ceceo, acusaban su procedencia
andaluza.

Era la otra mucho ms joven, pareca abatida y estaba enferma; su rostro
descolorido formaba un valo perfecto, y llamaban en l la atencin los
ojos, por lo dulces; la boca, por lo triste. Aquellos, grandes, azules,
de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de
la esperanza; esta, plida, cada por los extremos, con esa curvatura
que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la
agona en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte. Traa
puesto un sombrero oscuro, sin velo, un largo abrigo de piel de nutria,
y esconda sus enguantadas manos en un manguito de la misma piel.

Era esta seora la marquesa de Sabadell, y la otra, en cuya casa se
hallaba, era la de Villasis, su amiga ntima.

El correo de aquella maana haba trado a las dos seoras noticias
importantes: la de Villasis haba recibido la carta de Digenes, y otra
larga y detallada del padre Cifuentes. La marquesa de Sabadell, por su
parte, encontrse al volver de misa con una carta, que hizo vibrar en un
instante cuantas fibras sensibles existan en su corazn: por un
momento crey la infeliz mujer que iba a desmayarse.

Diez aos se le haban pasado sin ver la letra de Jacobo, y aun antes de
fijar los ojos en el sobre, ese algo certero y misterioso que en
circunstancias dadas agita el corazn y fija de repente el pensamiento
en un punto remoto y olvidado, le avis de quin era la carta.

Tambalendose entr en su alcoba, bebi con mano trmula un sorbo de
agua y dejse caer sin fuerzas en una butaca, mirando la carta que tena
en las manos, sin osar abrirla.

El pasado entero se le vino a la memoria de un golpe, como una de esas
grandes olas que revientan en la playa, borrando por completo la espuma
de otras menores. Sus breves das de ventura, cuando enamorada
perdidamente de su esposo y creyndose de l correspondida, habase
credo en posesin del falso objeto de la vida, que es la dicha, y se
haba olvidado del objeto verdadero, que es Dios, se le pusieron
delante.

Esta fue su nica culpa, culpa de hijos ingratos en que incurre la
inmensa mayora del linaje humano, que se olvida de Dios en la felicidad
y slo le recuerda en el llanto, porque cuadra ms a su condicin
egosta pedir remedios que agradecer bondades. Harto lo conoca ella
entonces y harto lo estaba expiando!...

Vinieron luego las pequeas infidelidades y los pequeos desencantos,
sufridos sin reproche, perdonados sin restriccin, que no lograron
derribar el dolo de aquella alma enamorada, manso ro sin borrascas,
arpa eolia en que hasta los mugidos del huracn se transformaban en
suspiros... Despus vinieron las grandes ofensas, y a poco los terribles
descubrimientos de vicios enormes, que brotaban como setas monstruosas
bajo el aspecto de seductor de aquel esposo adorado; de inclinaciones
depravadas, pasiones indmitas, costumbres disolutas e innumerables
defectos, que nacan y vivan en su alma como en la carne podrida los
gusanos asquerosos.

El dolo hzose monstruoso, y la infeliz mujer quiso arrojarlo de su
corazn indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que
deshonra; mas el alma basele detrs, llena de angustias y de vergenza,
porque el dolo segua en pie, siempre reinando en ella, y no por ser
monstruoso dejaba de ser dolo.

Lleg al fin la ruina, y tras la ruina vino luego el abandono, los
largos das solitarios, esperando en vano una carta mil veces contestada
antes de ser escrita, aguardando siempre la demanda de un perdn ya de
antemano concedido, acostndose con la agona de despertar... de
despertar al da siguiente para hallarse de nuevo sola, sola!, en la
arena del combate y del dolor, preguntndose a s misma como el
infortunado Delfn de Francia a su madre Mara Antonieta: Hoy es
todava ayer?... Y el ayer era siempre hoy, el dolo era dolo
siempre!...

Y en aquel momento, al revolver aquella carta, despus de tantos aos,
aquel turbio oleaje de penas abrumadoras, punzantes desdenes, ofensas
terribles, negras ingratitudes, lgrimas solitarias y despreciados
sacrificios, vea la infeliz levantarse en su corazn el amor a su
marido, vivo siempre, fuerte, avasallador, resistiendo al olvido, al
desdn, al insulto, al tiempo mismo y a la ausencia misma, viviendo sin
esperanzas que le mantuvieran y le dieran savia, y por eso, inmortal
como el alma.

La pobre mujer tuvo miedo de s misma, y un llanto amargusimo brot de
su corazn a raudales. Acordse de su hijo, cuyo ngel de la guarda era
ella, encargada de defender sus intereses y su educacin contra su padre
mismo, y temi que aquel amor apasionado fuera en su corazn el punto
flaco que la llevara a pactar con el enemigo, la planta viciosa que
arrebata a cuantas la rodean los jugos de la tierra, apropindose ella
sola la savia que vivifica y da frescura y lozana.

Haba en el fondo de la alcoba un trptico precioso sobre un
reclinatorio sencillsimo, y en este se arroj la marquesa, llorando a
mares, para leer a los pies de la Virgen la carta inesperada.

Jacobo, sin prembulos de ningn gnero, anunciaba a su mujer su prxima
llegada, para tratar con ella de asuntos importantes, cuyo arreglo le
haba _aconsejado_ el padre Cifuentes, excelente persona que haba
conocido en Pars, _llenando su corazn abatido de esperanza y de
consuelo_...

La marquesa crey haber ledo mal aquel ltimo prrafo de la breve
carta, y torn una y otra vez a leerlo. La hipocresa era el nico vicio
que jams haba observado en Jacobo, y, o aquella carta la rebosaba por
todas sus letras, o Dios haba hecho en l uno de sus prodigios.
Confortado con esperanzas y consuelos del padre Cifuentes, aquel
corazn cuyo fro egosmo le mantena siempre fresco e insensible, como
un cadver entre tmpanos de nieve?...

Absurdo era esto, pero era posible; era su oracin cotidiana haca doce
aos, su plegaria ms ardiente, su splica ms repetida, y Dios era tan
bueno, tan grande, tan Padre!...

Y aunque algo duro e inflexible se alzaba en el fondo de su corazn,
gritando que aquello era una farsa, una nueva vileza, la marquesa
ahogaba esta voz sin darse cuenta de ello, para dejar entrar all un
rayo de sol que disipase las tinieblas de su triste abandono, para dejar
que la esperanza y el deseo levantasen juntos y a su placer un bello
castillo en el aire.

Sin acordarse de desayunar siquiera, ni detenerse ms tiempo que el
preciso para lavarse en el tocador los ojos llorosos, corri Elvira a
casa de la marquesa de Villasis, hacindose la ilusin de que iba a
buscar en el claro entendimiento y en el cario acendrado de su amiga un
consejo prudente, y yendo en realidad en busca de algo que con la
autoridad de aquella pudiera robustecer y dar cuerpo a su esperanza...

La Villasis saba muy bien a qu atenerse, porque el padre Cifuentes le
daba en su carta cuenta detallada de su entrevista con Jacobo. Habasele
presentado este disimulando, bajo su arrogante petulancia, el
encogimiento y la especie de miedo receloso que suelen infundir los
jesuitas a las personas mundanas que slo les conocen por las mil
patraas que en pro y en contra de ellos corren contadas o escritas.

Mas al ver delante de s aquel hombre pequeito, insignificante en su
persona hasta la vulgaridad, llano en el decir hasta el desalio, que
jams sacaba las manos de las mangas, como no fuera para tomar rap en
su tabaquera de cuerno, y pona de manifiesto con deplorable frecuencia
un pauelo de hierbas insolente de puro feo, a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, trocse su recelo en desprecio, y
con la desdeosa frialdad que guarda el grande orgullo para el pequeo
que juzga empingorotado sobre una superioridad usurpada, manifestle su
_deseo_ de reconciliarse con su mujer, olvidando todo lo pasado, y
expresle su _voluntad_ de que fuera l mismo quien aconsejara a la
esposa abandonada acceder a sus pretensiones.

Y entonces fue cuando Jacobo qued convencido de que el padre Cifuentes
era un infeliz, un cuitadito sin pizca alguna de mundo, como el to
Frasquito le haba dicho antes.

Las manos del jesuita se hundieron ms y ms en lo profundo de sus
mangas, y muy alborozado y satisfecho, opin que nada haba ms conforme
a la moral cristiana que la paz de la familia y el perdn de las
injurias... Pero--y aqu apareci de nuevo la tabaquera de cuerno para
suministrar a los dedos del padre Cifuentes un polvo digno del gran
Federico--en cuanto a aconsejar l a la seora marquesa que accediese a
las pretensiones del seor marqus, haba de tener en cuenta el seor
marques que la seora marquesa nada le haba consultado, y que la
primera condicin del consejo prudente es la de ser pedido...

Jacobo abri la boca para replicar, pero el pauelo a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, sali a relucir, y el padre
Cifuentes aadi que crea, tena entendido, le pareca probable que la
seora marquesa de Sabadell estaba a punto de salir de Biarritz, y que
en el caso de no encontrarla, lo ms prudente y oportuno para el seor
marqus sera dirigirse a la seora marquesa de Villasis, persona muy su
amiga, de grandes luces y mayores virtudes, para la cual se brindaba a
darle una carta suplicndole que las tomase ella en el asunto.

El to Frasquito, que con gran falta de delicadeza, hija de su deseo
vehementsimo de seguir las peripecias del drama, se haba constituido
en testigo de la conferencia, meti entonces su cucharada, asegurando
que aquello estaba muy bien pensado, que su sobrino el padre Cifuentes
tena razn hasta por encima del solideo, y que lo ms derecho para su
sobrino Jacobo era dirigirse desde luego a su sobrina Villasis, porque
lo que esta no alcanzase de su sobrina Sabadell nadie en el mundo,
fuera o no sobrino suyo, podra alcanzarlo.

Jacobo medit un momento el plan que le proponan y pensando escribir,
desde luego, a su esposa, para detener su marcha con la noticia de su
ida, acept a todo evento la carta para la marquesa de Villasis y
despidise del padre Cifuentes, llamndole don Gregorio. En todo el
transcurso de la pltica haba evitado con marcada afectacin designarle
con el nombre de _Padre_, llamndole siempre seor Cifuentes.

El seor Cifuentes acompa hasta la puerta a la aristocrtica pareja,
con sus manos siempre metidas en las mangas, y al verla desaparecer en
el coche, permitise murmurar del sobrino de su to y de su to mismo,
diciendo para su sotana:

--Exacta alegora del mundo!... La necedad amparando al vicio.

Y sin perder un momento, psose a escribir a la marquesa de Villasis,
dndole un juicio sobre los planes de Jacobo, que coincida por completo
con el dado ya por Digenes, suplicndole que evitase a toda costa que
Elvira y su marido se viesen, a fin de que este no pudiera engaarla, y
encargndole tambin, con grandes instancias, que ahuyentara para
siempre con algn recurso de su femenil ingenio a aquel desdichado que
pretenda explotar a su infeliz mujer, con grave riesgo de su inocente
hijo.

Guardse muy bien la Villasis de comunicar a Elvira estas noticias, y
como el experto mdico que debilita en varias dosis un brebaje demasiado
fuerte, trocndolo de veneno en medicina, dispsose a desengaar a la
infeliz, poco a poco y por partes. Ley, pues, atentamente la carta que
agitaba y temblorosa le presentaba Elvira, y devolvisela sin decir
palabra. Ella le interrogaba con los tristes ojos preados de lgrimas;
la Villasis dijo entonces moviendo lentamente la cabeza:

--Eres turco y no te creo...

Elvira baj anonadada la suya, porque le pareci que aquellas palabras
derrumbaban de un golpe el castillo que all en el fondo de su corazn
levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lgrimas se
desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tmidamente:

--He rezado tanto!... He llorado tanto!...

--Es verdad!... Pero ha mentido tanto!... Ha rodado tanto!...

--Dios puede hacer un milagro...

--Y el hombre puede hacerlo intil.

--Yo espero que no...

--Yo temo que s.

--Pero a ti quin te lo dice?...

--Y a ti quin te lo asegura?

El llanto de Elvira se troc entonces en sollozos, y como si aquella
pena fuese nueva para ella, sinti en toda su plenitud la primera
necesidad de todos los dbiles en la desgracia: buscar unos brazos
amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno
de lgrimas...

La Villasis la recibi en los suyos, estrechndola contra su corazn,
besndola en la frente, hablndola al odo, con la voz suave y cariosa
con que se habla a un nio enfermo o desolado. Ella, sollozando sin
cesar, repeta:

--Y qu hago?... Qu hago?...

--Irte.

--Pero adnde?...

--A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santsima que pase la
tormenta.

--Ir all a buscarme...

--No ir... Yo me encargo de detenerlo.

--Pero, y si fuera verdad, Mara?--torn a decir Elvira, aferrndose a
su idea--. Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre
con que le cierro la puerta?...

--Entonces sabr yo conocerlo y te lo llevar a Lourdes yo misma...
Iremos los tres a buscarte: l, yo y tu hijo.

--Ay, Alfonsito!... Pobre hijo de mi corazn!... Y qu hago con l?
Me lo llevo?...

--No, djalo en el colegio.

--Oh, no, no, eso no!--exclam Elvira fuera de s--. Y si su padre va
a verlo y se lo lleva y me lo quita?... Hijo de mi alma!... Verme yo
sin l!... Me muero entonces!... Me muero!

Y ante esta idea que la aterraba, la infeliz mujer, abrumada por el
dolor y debilidad por la inanicin, sufri un ligero desvanecimiento.
Hzola la marquesa tomar una taza de caldo y una copa de vino generoso,
y poco a poco logr al fin tranquilizarla.

Entonces concertaron su plan: Elvira haba de partir aquella misma noche
a Lourdes, acompaada de mademoiselle Carmagnac, seora muy respetable,
que haba sido aya de la nica hija de la marquesa de Villasis. Esta
dict a Elvira una carta que haba de entregar a Jacobo cuando se
presentara en casa de su esposa; decale en ella que asuntos muy
urgentes le impedan esperarle en Biarritz, y que la marquesa de
Villasis quedaba con amplios poderes para tratar con l toda clase de
negocios, conformndose Elvira, desde luego, con lo que ambos
concertaran.

A todo asenta la marquesa de Sabadell con esa especie de inercia moral
que enerva la voluntad cuando en cualquier negocio de la vida se apaga
la fe y muere la esperanza. Mas en las naturalezas heroicas crecen las
fuerzas en la misma proporcin que crece el dolor del sacrificio, y sin
derramar una lgrima ni mostrarse ya acongojada ni afligida, ocupse tan
slo de sus preparativos de marcha.

Las dos seoras almorzaron juntas en casa de la Sabadell, entreg esta a
su amiga algunos papeles importantes que la Villasis quera tener a
mano, por si en su conferencia con Jacobo le fueran necesarios, y
marcharon despus ambas a Guichon, pequea aldehuela situada entre
Bayona y Biarritz, donde los jesuitas expulsados de Espaa por la
Revolucin haban abierto el colegio en que Alfonsito Tllez se educaba.

Despidise Elvira de su hijo sin decir cundo ni adnde iba, y el rector
del colegio, que conoca a fondo todas las pesadumbres de la dama, qued
encargado de no permitir que el nio recibiese otra visita que la de la
marquesa de Villasis durante la corta ausencia de su madre. Dos horas
despus despedase aquella de Elvira en la estacin de la Negresse, y
volva triste y preocupada a la Villa Mara, dando al punto orden de no
recibir a nadie.

Encerrse temprano en su gabinete y pas gran parte de la noche
repasando y estudiando los papeles de Elvira, y escribiendo una especie
de documentos en forma de artculos numerados. Levantse muy de maana
al otro da, fuese a la capilla de Santa Eugenia, oy dos misas y
comulg devotamente; la prudencia de la mujer haba tirado la noche
antes sus clculos, y la fe de la cristiana iba a buscar entonces en el
Sacramento la gracia divina que necesitaba para vencer en la lucha.

La maana estaba magnfica y prometa uno de esos esplndidos das de
invierno en que los miembros se desentumecen, el alma se alegra y el
barmetro sube, como si quisiera descubrir a lo lejos la llegada de la
primavera. A las tres de la tarde hallbase abierto de par en par el
mirador de cristales del gabinete que ya conocemos, y el sol entraba a
raudales, llenndolo todo de luz, de colores y de reflejos. La marquesa
amaba el sol y el aire con la pasin con que los aman los pobres, y
odiaba ese misterioso y coquetuelo _petit jour_ en que se refugian las
beldades trasnochadas para ocultar los estragos del tiempo. Unanse en
el jardn las carcajadas de Monina, que saltaba a la cuerda, con los
mugidos del mar, que azotaba a la costa, como si en aquella naturaleza
tan bella, tan en calma, tan esplndida, se armonizara lo inocente con
lo terrible, el mar y el nio, la extrema debilidad y la extrema
fiereza.

La Villasis, apoyada en la ventana, segua con la vista los juegos y
carreras de aquel bello ngel, que ocupaba y llenaba por completo su
corazn, con ser este tan grande. Era aquella nia su nieta, hija de su
nica hija, muerta al darla a luz cinco aos antes, y hurfana tambin
de padre. De repente, la marquesa cerr la ventana y sentse junto a
ella, al lado del pequeo _secrtaire_ en que sola despachar su
correspondencia ordinaria. Haba escuchado a lo lejos el ruido de un
coche que se deslizaba sobre las enarenadas calles del parque, y a poco,
un criado anunciaba en el gabinete al marqus de Sabadell.

La marquesa se santigu vivamente no bien desapareci el lacayo, fij un
momento sus grandes y vivos ojos negros en un cuadro bellsimo de la
Virgen que haba en el testero, y volvise hacia la puerta, tan risuea,
tan seora y tan serena como cuando reciba en Madrid a sus amigos
ntimos.




--VIII--


Para que el lector pueda comprender toda la importancia que tena para
Jacobo aquella entrevista, preciso es ponerle en aquellos antecedentes
que el tiempo y la casualidad han suministrado hasta hoy, haciendo
alguna luz en las tinieblas que rodean a crmenes todava impunes y a
intrigas no del todo desenredadas.

Nadie ignora que la masonera qued triunfante en Espaa al estallar la
Revolucin de 1868; pareci, sin embargo, con harta razn, a algunos
caciques de la secta que no estaba an maduro el pueblo de Espaa para
plantear la Repblica, y resolvieron entronizar mientras tanto a un
monarca constitucional que fuera entre sus manos un mero instrumento.
Fue entonces elegido a este propsito el duque de Aosta, y encargronse
de ofrecerle la corona, como delegados de la secta, el general Prim y
don Manuel Ruiz Zorrilla, nombrado ms tarde Gran Oriente honorario del
Supremo Consejo de Espaa.

Estallaron con estas causas graves disidencias en el seno mismo de las
logias, que vinieron a dar por resultado el asesinato del general Prim,
mientras la comisin encargada de ofrecer oficialmente la corona de
Espaa al duque de Aosta volva de Florencia.

Formaba parte de aquella comisin cierto personaje, hombre prctico y
prudente, cuya memoria nos guardaremos bien de deshonrar, suponindole,
sin dato alguno fidedigno que lo pruebe, afiliado a las sectas; es, sin
embargo, cierto que dicho personaje tomaba caluroso partido por la
poltica de una de aquellas fracciones, y llevaba consigo en aquel
viaje, con designio misterioso, papeles de gran importancia que
comprometan a muchos de los secuaces de la poltica contraria.

La muerte sorprendi al personaje en Gnova el 11 de diciembre, e
ignrase al presente por qu mano fueron a parar entonces aquellos
papeles a cierta logia de Miln, que los remiti ms tarde a Vctor
Manuel como armas preciosas que podan muy bien afianzar en Espaa el
trono siempre vacilante de su hijo, atando de pies y manos a ciertos
polticos venales, modelo en todas las pocas de deslealtad y de
imprudencia.

Acert entonces a llegar a Miln, fugitivo de Constantinopla, el marqus
de Sabadell, perdido y arruinado, y presentse en aquella logia, donde
aos antes le haba iniciado Garibaldi. Acogironle los venerables como
a enviado del Gran Arquitecto, y presentronle al punto a Vctor Manuel
como el hombre a propsito para llevar a Espaa documentos e
instrucciones, e imprimir a la poltica de don Amadeo el rumbo deseado
en Italia.

El refuerzo lleg, sin embargo, tarde y ya hemos visto cmo la cada del
duque de Aosta destruy en Pars las cuentas galanas que no sin probable
fundamento tiraba Jacobo. Viose entonces de nuevo solo y arruinado, y la
necesidad, mala consejera siempre y mvil las ms de las veces de
empresas descabelladas, sugirile la idea de utilizar en provecho propio
el precioso depsito, y aqu comenzaron las complicaciones y los
peligros, los planes trazados y abortados.

Era su idea madre poner sus preciosas armas al servicio de alfonsinos o
carlistas, segn tuvieran estos o aquellos ms o menos probabilidades de
triunfo, y para destruir por de pronto el mal efecto que en los primeros
haba causado su repentina presencia en Pars, apresurse a propalar por
medio del to Frasquito la novelesca historia de la cadina, que tan
_gloriosamente_ justificaba su fuga de Constantinopla.

Mas rale preciso al mismo tiempo y antes que nada hacer perder la pista
a los masones chasqueados, y a este propsito ide Jacobo reconciliarse
con su mujer y oscurecerse a su lado por un ao, durante el cual vivira
tranquilamente de las rentas de esta, garantizara con ellas, en lo
posible, el pago de sus deudas y tanteara el terreno despacio y sin
ruido, hasta encontrar el mejor postor a los servicios que pensaba sacar
a pblica subasta.

Su reconciliacin con Elvira era, por tanto, la clave del arco que haba
fabricado, y tratbase de colocarla en aquella entrevista. Entr, pues,
en el gabinete, armado de toda su osada, sereno, risueo y con aire de
amigo que prepara a otro con su presencia una sorpresa inesperada y
agradable. Al verle entrar la marquesa, tendile la mano con grande
afecto, diciendo cariosamente:

--Adis, Jacobo!... Cmo te va?... Pero, Dios mo! Si por ti no pasa
el tiempo!... Te encuentro lo mismo, lo mismo que cuando nos vimos hace
cinco aos en Bruselas. Te acuerdas?

Jacobo apret cordialmente entre las suyas la mano que la dama le
tenda, y le contest con no menor cario y agasajo:

--Ya lo creo que me acuerdo!... Los encuentros contigo no se olvidan
fcilmente... Pero t s que te has plantado en los veinticinco aos:
siempre tan...

--Jacobo, por Dios!... Que abofeteas a la verdad por decir una
galantera. No me ves la cabeza?... Blanca!

--Ca!... Eso es refinamiento de coquetera; que te empolvas el pelo,
como las marquesas de la corte de Luis XV...

--Ya voy teniendo algn punto de contacto con ellas...--exclam riendo
la marquesa--. A lo menos, en lo aejo de la fecha.

Jacobo habase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del
pequeo secrtaire, que vino a quedar entre ambos; encontrse algn
tanto embarazado despus de este primer saludo, y esperando que la
marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban
encontrarse, psose a hablar de la afluencia de hombres polticos de
todos colores que llegaban en aquellos das a Biarritz; pareca aquello
la costa a que la Repblica de Espaa fuese arrojando los restos del
naufragio de la monarqua saboyana.

La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intencin
marcadsima:

--S... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones
diplomticas.

Hzose Jacobo el sueco y contest con tono doctoral de hombre poltico:

--Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...

--Ninguna?--pregunt riendo la marquesa--. Ni tampoco las mas?

--Ah, ya! Eso es otra cosa!--replic jovialmente Jacobo--. A la
diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle odo a
Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las
enaguas y de las sotanas.

--Pues tngaselo usted por dicho, seor de Bismarck... Porque supongo
sabrs que estoy nombrada plenipotenciaria...

--S--replic Jacobo--, ya me han entregado las credenciales.

Y al decir esto, puso sobre la mesita del _secrtaire_ la carta que,
dictada por la Villasis misma, le haba escrito Elvira la vspera.
Leyla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y
devolvisela a Jacobo, diciendo:

--Me parece que estn en regla... Puede el seor Bismarck, cuando guste,
exponerme la marcha de su poltica.

--Yo creo ms correcto que el seor..

Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista
diplomtico, y la marquesa le apunt muy formalmente:

--Antonelli... As no saldremos de faldas.

--...que monseor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido
siempre el decano del cuerpo diplomtico.

--Y por lo mismo debe de hablar el ltimo; con que cay usted en un
renuncio, seor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo
expondr la ma con una sinceridad impropia del oficio... Mi poltica es
esta: Padre nuestro que ests en los cielos... Hgase tu voluntad...
Perdnanos nuestras deudas, _como nosotros perdonamos a nuestros
deudores_... No nos dejes caer en _la tentacin_... Lbranos de
_mal_....

La marquesa supo dar tal inflexin a algunas de estas palabras, que su
poltica fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los
deudores quedaban perdonados sentle muy bien y le llen de esperanza.

--Poltica italiana!--dijo moviendo la cabeza--. Es la ms hbil.

--Italiana no, romana--replic vivamente la marquesa--. Es la ms
santa!...

Jacobo crey llegado el momento de dejar este tono humorstico, tan
peculiar a los espaoles hasta en los ms graves asuntos, y se dispuso a
entrar en materia; coloc los guantes que se haba quitado sobre la mesa
del _secrtaire_, y apoyando en ella ambos codos y dando vueltas al
magnfico brillante que en uno de sus meiques tena, comenz a decir
mirando sus reflejos:

--Mira, Mara... Me alegro de tratar contigo este asunto mejor que con
Elvira, porque eres una mujer de mundo y sabrs comprender mi situacin
y ponerte en mi caso... Elvira es un ngel... con alas de cisne; t eres
tambin un ngel, pero con alas de guila...

La imagen resultaba bonita, y la marquesa agradeci el cumplido con una
ligera sonrisa.

--Mi situacin actual--prosigui Jacobo--puede concretarse en esta
frmula: He corrido mucho y me he cansado pronto. Recuerdo haber ledo
en Confucio...

La marquesa no pudo contener la risa al or el santo Padre que con tan
pedantesca formalidad alegaba Jacobo, y corrido este algn tanto,
pregunt contrariado:

--Te res?...

--No, hombre, no... Me ro del autor, no de la cita... Veamos la
sentencia.

--Y bien profunda que es--replic Jacobo--: Suba la montaa de
Tam-Sam, y el reino de S me pareci pequeo; segu subiendo al monte
de Tai-Sam, ms elevado an, y el imperio me pareci pequeo. As me ha
sucedido a m: mientras ms alto me han elevado los eventos de mi vida,
ms despreciables me han parecido mis triunfos.

--Pues verdaderamente que el seor Confucio no anduvo desacertado en la
parabolita--dijo la marquesa--. Pero al aplicarte t el cuento, te las
calzas al revs, amigo mo... No debes de decir _sub_, sino _baj_,
porque esos _triunfos_ de tu vida no te han ensalzado, sino rebajado
mucho... Por eso debiste decir: Baj al charco de Tam-Sam y la idea de
la virtud la perd de vista, me hund en la cisterna de Tai-Sam, mucho
ms profunda, mucho ms cenagosa, y las ideas del honor y del deber se
borraron del todo...

Esta brusca e inesperada arremetida desconcert por completo a Jacobo, y
mordindose los labios, dijo amargamente:

--Poltica romana, con todas sus intransigencias!...

--Poltica _bismarckiana_! la tuya, con todas sus criminales, ntalo
bien!, sus criminales condescendencias!...

Jacobo baj en silencio la cabeza, plido de ira, y se puso a estirar
sus guantes sobre la mesa; comprendi que ese tergiversado criterio
moral, que disfraza con pomposos nombres ruines defectos y vicios
enormes, se lo rechazaban all por falso; que la _poltica romana_
llamaba al pan pan y al vino vino, al vicio vicio, a la infamia infamia,
y a las _pequeeces_ monstruosidades, y convencise, por ende, de que
haba errado el camino, tratando de justificar el pasado. Resolvise,
pues, a cantar la palinodia por completo, y a echar mano al mismo tiempo
de lo que juzgaba l su artillera de reserva.

La marquesa, por su parte, habale acometido tan brusca y cruelmente
para ensanchar el campo en que quera examinarle, y no descubrir con una
confianza harto prematura y harto crdula el lazo que tenda ella al
farsante con su estrategia.

--Tienes razn, Mara--dijo al cabo gravemente--. Pero no podrs menos
de concederme que algo indica y algo merece el amor propio que se
doblega hasta hacer esta confesin, y que no es caritativo ni cristiano
retirar a quien quiere salir del charco la mano que puede ayudarle... El
padre Cifuentes--aadi con triste sonrisa--, con ser ms _romano_ que
t, me ha concedido ambas cosas.

--Qu te ha dicho el padre Cifuentes?...

--Me dio para ti esta carta--contest Jacobo entregndole una.

Leyla tambin la marquesa como si le fuera desconocida, y aparentando
darle un alcance que por ningn concepto tena, dijo vivamente, con aire
de satisfaccin grandsima:

--Esto es ya otra cosa... El voto del padre Cifuentes es para m
decisivo, y me tienes por completo de tu parte. Expnme ahora tus
deseos, claros y concretos.

Castelar tena razn!... Indudable era que las sotanas partan con
las faldas el imperio del mundo!... Y mientras esto pensaba Jacobo, con
cierto rabioso despecho, que le haca an ms antiptico al padre
Cifuentes, psose a trazar un plan encantador, un verdadero idilio
aristocrtico, mitad campestre, mitad feudal, que fue exponiendo poco a
poco y por partes.

l no tena deseos, ni poda concebir otros que los que Elvira tuviese:
l era el vencido, el perdonado, y no poda tener otras aspiraciones que
obedecer en todo y por todo, y resucitar aquel tiempo lejano en que tan
felices haban sido ambos, amndose tanto, tanto... Y aqu pareci
Jacobo muy conmovido, y dio muestras de su erudicin, trayendo a la
memoria aquello de Dante:

    Nessun maggior dolore
    Che ricordarsi del tempo felice
    Nella miseria.

y parafrasendolo con aquello otro del marqus de Santillana:

    La mayor cuita que aver
    Puede ningn amador,
    Es membrarse del placer
    En el tiempo del dolor.

La marquesa pareca encantada y tambin conmovida, y le inst a que,
dejando a un lado honrosas delicadezas, le manifestara el plan de vida
que sera su gusto entablar, supuesta, _como ya poda suponerse_, su
reconciliacin con Elvira.

Creyse ya Jacobo con esto dueo del campo, y su vanidad inmensa le hizo
sentir la satisfaccin de haber sabido engaar, antes que el goce de
haber logrado su objeto. Las mil frases bonitas que haba ledo y
conservado en la memoria para matizar con ellas su pintoresca elocuencia
acudieron en tropel a sus labios saliendo a borbotones. Qu plan de
vida poda tener l, como no fuera pasar la suya entera adorando a
Elvira, con una pasin humilde, discreta, satisfecha con arder a lo
lejos, como en la ltima grada del altar el cirio de un pobre?...

All en tierra de Granada tena l un castillo antiguo, la torre de
Tllez-Ponce, con terrenos de labor y montes espessimos, donde,
desengaado de la Revolucin, haba soado muchas veces combatirla,
realizando el ideal del grande de Espaa antiguo, apoyado en el arado y
en la espada, siendo a la vez seor y protector de la comarca, padre de
sus colonos, y al mismo tiempo su caudillo... Querra Elvira ayudarle
en aquella obra, encerrndose con l en aquel retiro?

Ah, si la Grandeza entera de Espaa, comprendiendo al fin sus intereses
hiciera lo mismo, y dejando a los ricos improvisados y a los polticos
de pacotilla, el lujo con sus vicios, el poder con sus truhaneras,
fuese ella caritativa en los campos, mientras eran ellos usureros en la
corte, diese ella su mano al pobre campesino, mientras ellos le rechazan
con altanera, el pueblo, el verdadero pueblo comprendera al fin cules
eran sus amigos sinceros, y el lodo de la poltica podra fermentar en
la corte, producir revoluciones, lanzar sobre el pas decretos
inmundos!... Mas toda aquella insolencia expirara sin fuerzas sobre la
yerba de los campos, y la ola de cieno no manchara jams el dintel de
sus iglesias y castillos, defendidos por un baluarte de caseros.

La marquesa miraba y escuchaba a Jacobo con entusiasmo, con
admiracin..., con admiracin tan grande y profunda, como que algo
parecido a aquella hermosa perorata lo haba ledo ella en Veuillot
haca varios aos; como que all mismo, en el _secrtaire_ que tena
delante, hallbase guardada entre los papeles de Elvira la escritura de
venta de la torre de Tllez-Ponce, sacada a pblica subasta por los
acreedores de Jacobo y comprada bajo cuerda por Elvira misma, para
salvar de los usureros aquel ltimo recuerdo histrico de la familia a
que perteneca su hijo.

La bondadosa sonrisa de la marquesa no desapareci, y sin embargo, ante
farsa tan innoble, y entusiasmada y conmovida, apresurse a asegurar a
Jacobo que no poda imaginar un plan ms al gusto de Elvira, y que ella
lo aceptaba desde luego y lo refrendaba en su nombre.

--No es verdad que mi idea es profunda?--exclam Jacobo, cegado por la
vanidad de orador, que era la ms grande y la ms mimada de todas sus
vanidades.

Ah, muchas y tristes experiencias le haba costado concebirla y
desarrollarla!... Y lo que en aquel momento le haca encontrarla ms
oportuna, ms cara a su entendimiento y ms grata a su razn, era que
ella misma vena a orillar el nico reparo que al intentar su
reconciliacin con Elvira se le haba puesto delante: reparo de
delicadeza, de hombre de pundonor que quiere ponerse a cubierto de las
hablillas del vulgo.

Habase enterado en Pars por el to Frasquito de que Elvira haba
ganado un pleito de inters, que era a la sazn muy rica, y esto estuvo
a punto de retraerle, porque el mundo era muy malvolo y mil lenguas
murmuradoras se apresuraran a decir que no eran el desengao y el
arrepentimiento, sino el dinero de su mujer y la ruina propia los que le
impulsaban a dar aquel paso... Mas retirndose a Tllez-Ponce, podan
vivir con las rentas de aquella finca suya, de l propia, y conservar el
caudal de Elvira intacto, para patrimonio de su hijo.

Aquella era la primera vez que en todo el transcurso de la conversacin
nombraba Jacobo al nio, y hacalo para asegurar una fraudulenta
impostura. La marquesa sinti que el corazn se le oprima, oyndole
hablar de aquel arrepentimiento en que no entraba la idea de Dios; de
aquel amor a su mujer en que no entraba la ternura hacia su hijo, y
dulcificando con un esfuerzo de su poderosa voluntad ms y ms su
sonrisa, y dando a su acento ms marcado tinte de confianza y de cario,
dijo moviendo desdeosamente la cabeza:

--Bah!... No pienses en eso...

--S, Mara, s; hay que pensar en ello, porque lo que se cuenta de los
hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en sus vidas
como lo que realmente han hecho. Bien lo s yo por experiencia propia!

--Obrar bien, que Dios es Dios!--dijo sentenciosamente la marquesa--.
Ese es mi lema!

--Y el mo tambin... desde hace algn tiempo. Pero no hay que perder de
vista que si la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra
depende de la opinin ajena.

--Pues ya tienes en favor tuyo la de las gentes honradas... Qu ms
quieres?...

--Nada, nada ms quiero--replic Jacobo--. Por eso, en cuanto el padre
Cifuentes me lo aconsej, cesaron al punto mis dudas.

--Y adems de eso--aadi la marquesa con ingenuidad sencillsima--, tu
pensamiento ha coincidido con el mo... Claro est!, un hombre decente
no poda pensar otra cosa; y por eso haba yo previsto, para acallar tus
escrpulos, un remedio facilsimo.

--Cul?--pregunt Jacobo algn tanto suspenso.

La marquesa levant la tapa del secrtaire, y sacando el documento
escrito por ella misma la noche antes, psoselo a Jacobo ante los ojos,
diciendo con su sonrisa habitual, tan franca y tan simptica:

--Con firmar este papel estamos ya del otro lado.

Jacobo comenz a leer el document con algn sobresalto, y a medida que
recorra sus renglones, contraanse sus labios y tornbanse color de
grana sus orejas. La marquesa fijaba en l una mirada de compasin
profunda. l, al terminar su lectura, arroj el papel sobre la mesa,
murmurando:

--Pero, Mara!... Imposible!... Imposible!... Yo no firmo eso!...

El documento era una renuncia completa y explcita a toda intervencin y
a todo derecho que pudiera concederle la ley a la administracin de los
bienes de su mujer y al usufructo del caudal de su hijo, tan
perfectamente detallada, meditada con tal prudencia, que la codicia y la
rapacidad de Jacobo quedaban atadas de pies y manos con slo poner all
la firma...

Antonelli haba vencido a Bismarck; el ngel, con alas de guila, haba
cogido bajo el pie al demonio, con alas de murcilago.

Jacobo, herido en su vanidad, derrotado en sus planes, revolvase
furioso al verse cogido en sus propias redes, mientras la marquesa, muy
sorprendida y admirada, preguntbale sin perder un punto de su aparente
ingenuidad y su seoril aplomo:

--Pero por qu no quieres firmar?... Qu encuentras en ello de malo?

--Porque..., porque..., porque firmar eso, es renunciar a mi dignidad de
marido.

--A tu dignidad de marido?... Pues no decas hace un momento que tan
slo el reparo que este papel allana te haba hecho vacilar al intentar
lo que intentas?

--Es que ese papel rebaja mi dignidad...

--Ese papel realza y asegura tu dignidad en la opinin pblica...

--Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinin...

--Prescindir de la opinin?... Pues no decas ahora mismo que lo que
se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar
en su vida como lo que realmente han hecho?

--Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el
hombre de honor, suficiente:

--Pero hombre... de honor!... Si me decas hace un momento que, aunque
la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la
opinin ajena!...

Jacobo forcejeaba como el lobo cogido en la trampa para buscar una
salida, y no hallndola, exclam al fin, rompiendo el freno de las
formas, ltimo que suele romper el ms inepto de los diplomticos:

--Poltica romana con todas sus hipcritas bajezas y sus intrigas de
sacrista!...

--Cuidado con lo que dices, Jacobo!--exclam enrgicamente la
marquesa--. Mira que me autorizas a pensar que tu poltica
_bismarckiana_ ocultaba alguna vileza!

--La tuya s que oculta una intriga en que asoma la mano del padre
Cifuentes!...

--La mano del padre Cifuentes?... Pobre padre Cifuentes!... La
descubrirs t, sin duda, desde aquella montaa de Tai-Sam a que subiste
hace poco... Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.

Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba
silencio. La marquesa le pregunt al cabo, sin perder su serena calma:

--Conque decididamente no firmas?

--No firmo--replic Jacobo con ira.

--Pues conste que, si la reconciliacin no se efecta, t tienes la
culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y t..., t
mismo, por una obcecacin bien sospechosa, destruyes todo lo hecho.

--Destruyo lo que t o ese bendito Cifuentes habis urdido; pero yo me
entender con Elvira...

--Es que Elvira no vendr a Biarritz.

--Pues ir yo a buscarla.

--A que no vas?

--Pero, seor!--exclam Jacobo exasperado--. Son estas las gentes
timoratas?... De dnde saca mi mujer esos aires de independencia?...
Nosotros no estamos separados legalmente y la ley me autoriza para
reclamar cuando quiera a mi mujer y a mi hijo.

La marquesa se irgui entonces en su butaca, arrogante y amenazadora,
desplegando por vez primera sus poderosas alas de guila. Con el puo
cerrado dio un fuerte golpe sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:

--Intntalo!... Atrvete!... Intntalo, y en el momento en que des el
primer paso, presenta ella ante esos tribunales una demanda de divorcio
que te hunde por completo!...

El aspecto, la voz, el enrgico desprecio de aquel reto sobrecogieron a
Jacobo por un momento; recobrando, sin embargo, bien pronto su audacia,
replic lleno de rabia:

--Que la presente si quiere!... Dnde tiene las pruebas?...

--En su poder las tiene... Suficientes para alcanzar un divorcio:
bastantes para hacer poner el capuchn... a cualquiera que lo merezca...

--Mara!

--Jacobo!... Te habas pensado t que por el solo hecho de ser buena
haba de ser tu mujer siempre mrtir?... La paciencia tiene un lmite
que marca a veces el decoro, y ay de las zorras el da en que las
gallinas se cansen de ser gallinas!...

La terrible indicacin de la marquesa amedrent a Jacobo en medio de su
aturdimiento y de su rabia; y quiso sondear si la existencia de aquellas
pruebas era una mera amenaza.

--No se me asusta a m con leones de paja!--exclam irnicamente--. Mi
conciencia me dice que esas pruebas no existen, y no creo en ellas...

--Pues a ver si tus ojos convencen a tu conciencia--replic vivamente la
marquesa.

Y abriendo de un tirn el cajoncillo del secrtaire, mostr a Jacobo,
desde lejos, un paquete de cuatro o cinco cartas, diciendo:

--A fe que la letra de Rosa Pearrn y la tuya propia son lo bastante
claras para que no necesiten en los tribunales de peritos que las
reconozcan.

La sangre entera de Jacobo refluy en su rostro, y por uno de esos
brutales impulsos con que, en el hombre de la naturaleza y no de la
civilizacin se manifiesta el instinto, hizo ademn de arrancrselas a
la dama. Mas esta, veloz como el rayo, abri de un solo golpe la ventana
de cristales, y echando fuera el busto entero y la mano en que tena las
cartas, grit con gran fuerza:

--Monina!... Que te vas a caer!... No saltes ms... Mademoiselle,
quite usted a la nia la cuerda...

Y volvindose despus a Jacobo, un poco plida, pero perfectamente
serena, aadi sin abandonar la ventana:

--Cre que se mataba!... Con estos diablos de nios no se gana para
sustos!

Jacobo habase quedado aplanado en su asiento, y tartamude entonces:

--Tienes aqu a Monina?...

--Pues no la haba de tener?... Quin me separa a m de mi nia?...
T no la conoces?... Quieres verla?...

Y sin esperar respuesta, volvi a gritar desde la ventana:

--Mademoiselle!... Traiga usted aqu a la nia...

A poco entraba Monina seguida del aya, y corri a echarse en el regazo
de su abuela, mirando a Jacobo con esa media sonrisa de los nios
mimados, acariciados por todo el mundo, que parece decir al extrao:
Pero no me dice usted que soy muy bonito?...

Jacobo, aturdido por completo, no le deca nada, intentando en vano
adivinar por dnde haban llegado a manos de Elvira aquellas cartas,
pruebas irrefragables de uno de los episodios ms vergonzosos y
comprometedores de su vida.

La marquesa abrazaba a su nieta como hubiera abrazado al ngel de su
guardia, dando gracias a Dios desde lo ntimo de su pecho por haber dado
a Jacobo el golpe de gracia con una espada de hoja de lata. Porque
aquellos terribles papeles con que su presencia de espritu y su
enrgica audacia haban anonadado al farsante, eran simplemente tres o
cuatro cartas de sus administradores que en el cajoncito del secrtaire
estaban guardadas. El hecho vergonzoso era cierto, mas las pruebas no
existan, y muerta la Pearrn, nico cmplice, dos aos antes,
imposible era que Jacobo descubriese ya el engao.

El astuto Antonelli haba atado para siempre a Bismarck con hilo de
araa.

Jacobo, sin hacer una sola caricia a la nia, despidise framente, y
Monina le mir marchar, chupndose, con altivez de dama ofendida, tres
dedos al mismo tiempo.

Aturdido todava y lleno de saa, entrse precipitadamente Jacobo en el
carruaje y dio orden al cochero de volver a Bayona, al Hotel de Saint
Etienne, donde se haba apeado la vspera. Biarritz era demasiado
pequeo para permanecer oculto y evitar embarazosos encuentros con los
emigrados alfonsinos y carlistas que, desde mucho tiempo antes, poblaban
todos los contornos, y los hombres polticos y medrosos de todo jaez con
que la cada de don Amadeo y la proclamacin de la Repblica engrosaban
en aquellos mismos das el nmero de espaoles dispersos.

El desengao haba sido cruel, y tornbase de nuevo angustiosa la
situacin de Jacobo al ver hundirse todas sus ilusiones, dejando tan
slo en su nimo zozobras y rencores terribles que encendan en su
corazn, contra la marquesa de Villasis y el padre Cifuentes, la rabia
implacable que siente el perverso contra todo aquel en quien se ve
forzado a reconocer el derecho de despreciarle.

De las heridas que el derrotado plenipotenciario de Constantinopla
llevaba en el alma, ninguna escoca tanto a su vanidad, ninguna
irritaba tanto su soberbia como el que fueran sus vencedores una beata y
un fraile.

En el paroxismo de su furor imaginbase estrangular algn da a la
taimada Villasis con el pauelo a cuadros azules y amarillos del
hipcrita Cifuentes.

Fin del libro segundo




Libro III




--I--


Memorable fue aquella noche... Pedro Lpez asegur al da siguiente,
bajo su firma, en las columnas de _La Flor de Lis_, que el espritu de
Meyerbeer haba abandonado la mansin de las armonas para inspirar en
el Real el estreno de _Dinorah_. Algo impalpable y armnico que se
reflejaba en las voces de los cantantes y en los ecos de la orquesta lo
haba visto l, Pedro Lpez, descender del carro de Febo, que decora el
techo, y dinfundirse por la atmsfera embriagadora de la esplndida
sala...

Tambin Villameln haba visto algo; sentado de espaldas al escenario,
en el fondo del palco, apoyada la pensadora cabeza en el dbil
tabiquillo y fijos los ojos en el techo, reciba de lleno el formidable
soplo de aquel fesimo Eolo que, por detrs del carro de Febo, parece
lanzar pulmonas y catarros sobre las calvas, vistas en proyeccin, de
los melmanos faltos de pelo.

Currita, sentada en primer trmino, frente a Leopoldina Pastor,
hallbase arrobada por aquel sublime terceto de la compaa, final del
primer acto, cuando retumba el trueno a lo lejos entre los sordos
bramidos de los contrabajos y el suave murmullo de los violines, dulce,
delicado, bellsimo, que parece revelar el hlito tibio de la tormenta
que se acerca, el tenue susurrar de las hojas de los rboles que sacuden
ya las primeras rfagas, el vago perfume de la tierra que anuncia la
cercana lluvia.

_Che oscuro  il cieli_!...

Y Currita, tan conmovida como Dinorah misma, que intenta en vano detener
a Bellak, la blanca cabra querida, miraba de reojo al palco del
Veloz-Club, donde charlando y riendo entre s, asomaban Gorito Sardona,
Paco Vlez, Digenes, Angelito Castropardo, y por detrs de todos,
descollando entre ellos por su gallarda apostura y su aire altanero,
Jacobo Sabadell, flechando los gemelos con descaradsima insistencia a
otro palco que Currita no poda ver porque estaba colocado justamente
encima del suyo.

--Delicioso!--deca Currita ms y ms conmovida, porque la cabra se
escapaba en aquel momento. Dinorah corra en su busca, Hel arrastraba a
Corentino medio loco de terror y la orquesta se apagaba lentamente,
pianissimo, en un suave murmurio que dejaba sobresalir lejos, cada vez
ms lejos, hasta convertirse en un eco apagado, misterioso, mgico, las
vibrantes notas de la campanilla de plata de Bellak, la cabra
blanca[14].

[Nota 14: El anlisis tcnico de esta pera est tomado de un
artculo crtico del seor Pea y Goi.]

El teln cay entonces, y el pblico permaneci un segundo mudo,
atnito, escuchando an en aquel silencio que hubiera permitido or la
cada de una hoja, embargado por esa especie de pavor suavsimo que
infunde en el alma el sentimiento de lo sublime. Una tempestad de bravos
y de aplausos estall al fin en el teatro, y Villameln sali entonces
de su arrobamiento, exclamando con aire de reconcentracin profunda:

--Lo dije!... El _vol-au-vent_ de codornices se me indigesta siempre...

Currita, prescindiendo tambin de su emocin artstica, inclinse
vivamente al odo de Leopoldina, para preguntarle rabiosa y preocupada:

--Pero, mujer... A quin mirar tanto Jacobo en ese palco de arriba?...

Leopoldina volvi lentamente la cabeza, con ese arte inimitable que
tienen las mujeres para ver sin mirar, y ech una rpida mirada al palco
del Veloz.

La _garonniere_ andaba revuelta, y Jacobo, de pie en el palco, flechaba
los gemelos con distinguidsima insolencia en la direccin marcada por
Currita, sin hacer caso de las chistosas observaciones que, a juzgar por
sus risas, parecan hacerle los compaeros. Digenes, mirando tambin
hacia el mismo sitio, cogi a Jacobo por un brazo y ech al mismo
tiempo, con la mano izquierda, una gran bendicin en el aire. Rironse
los del palco estrepitosamente, y Leopoldina dijo muy seria:

--Anda!... Ya los cas Digenes...

Currita, muy alterada, volvi a preguntar:

--Pero quin puede estar ah?...

Leopoldina, furiosa dilettante, que recorra siempre de gorra todos los
palcos del Real, tena al dedillo los abonos de cada turno y los
abonados a cada localidad. Calcul un momento la direccin en que los
del Veloz miraban, y dijo al cabo:

--No s quin puede ser...; ese palco no est abonado.

Fernandito, con las manos en los bolsillos del pantaln, daba pataditas
en el suelo, diciendo tmidamente:

--Estoy fastidiado... Sabes, Curra?...

Curra nada saba, ni pareca tampoco querer averiguarlo, y aconsejaba
mientras tanto a Leopoldina que fuera en aquel entreacto a visitar a
Carmen Tagle en su platea, desde donde podan perfectamente descubrirse
las incgnitas o incgnita del palco de arriba. Hzole a Leopoldina
poqusima gracia la propuesta, pero rale imposible rehusar aquel
pequeo servicio a la amiga generosa, en cuyo palco, coche y mesa, tena
un lugar siempre dispuesto; porque era Leopoldina de esas personas de
clase inferior, entrometidas y gorronas, que sufren toda especie de
molestias y desaires a trueque de aparecer a los ojos del vulgo,
codendose en todas partes con las primeras figuras de la moda y de la
Grandeza. La faja de su hermano y la Capitana general de Madrid, que
desempe este algn tiempo, habanle abierto las puertas del _beau
monde_, y all se haba encastillado ella y tomado carta de naturaleza.

Villameln, dando sus pataditas, repeta por centsima vez muy
angustiado:

--Sabes, Curra?... Malo estoy.

--Fernandito, por Dios!... No me lo digas...

--Indigestin... El _vol-au-vent_ de codornices. Lo tengo dicho: siempre
se me indigesta. Me entiendes?...

--Vaya por Dios, vida ma!... Mira, pasea un poquito y eso te vendr
bien... Acompaa a Leopoldina y vulvete pronto...

Y cada vez ms impaciente, advirti a esta por lo bajo:

--Que no se huela Carmen a lo que vas... Mira que las pesca al vuelo.

Villameln, haciendo figuras, se atrevi a decir:

--Quiz en casa...

--En casa?... Jess, hijito mo, y qu te vas a hacer all solo?... Y
si te da algo?... No, por Dios; ve con Leopoldina y vulvete despacito.

El duque de Bringas entr en el palco, y a poco lleg el to Frasquito
acompaando a su sobrina Valdivieso, que rebosaba, como siempre,
entusiasmo y necedad, chismes y enredos.

La Ortolani era un portento. Qu _berceuse_ aquella: _Si carina,
carprettina_!... El to Frasquito no estaba conforme: gustbale ms la
romanza _L'incantator della montagna_, y estbala ensayando en la
flauta, sin cuidarse para nada del percance del rey Midas, que desde
mucho tiempo antes le tena pronosticado Digenes. El duque de Bringas
estaba muy enfadado porque no le llenaba la partitura; aquello no era
sino una pera cmica francesa, convertida en pera italiana; en cuanto
a la Ortolani, pchs!... no vocalizaba mal, pero estaba tan flaca!...

--Como si tuviera que cantar con los mofletes!--exclam Mara
Valdivieso con muy buen sentido.

Y variando de conversacin psose a contar a Currita una historia muy
chistosa de la duquesa de Bara, que se hallaba un poco ms abajo, en el
palco de los consortes Lpez Moreno, restaurados ya en su trono de
Matapuerca. Lucy se casaba al fin con Gonzalito, conformndose la
duquesa a tragarla por nuera. Paco Vlez se lo haba dicho.

--Ya me lo figuraba yo!--exclam Currita con maligna complacencia--. Si
quien habla mal de la pera, la bendice y se la lleva.

--Exacto! Lo mismo dijo Paco Vlez... Ah los tienes a los dos tan
amartelados en el palco, publicando las amonestaciones... Dice Paco
Vlez que ha habido unas historias!... Lpez Moreno siti a Beatriz por
hambre, y entre el embargo y la boda no hubo ms remedio que capitular.
Beatriz entrega el ducado, el otro perdona la deuda, y pata... Pero lo
ms chistoso es que Lucy dota a Gonzalito en cuatro millones...

--Qu delicia!... De modo que, en caso de viudez, Gonzalo quedar
siempre _prince douairier_, es decir, _douairier_ de Matapuerca.

El duque y el to Frasquito creyeron morirse de risa al or la agudeza
de Currita, y la de Valdivieso aadi entre carcajadas:

--Exacto! Qu frase tan feliz!... Se la contar a Paco Vlez... _Le
prince douairier_ de Matapuerca!... Es menester que le dejemos el
nombre; justamente andan muy afanados ahora buscando el rbol
genealgico de Lucy...

--Pues mira, mujer, yo se lo dar hecho... En la primera rama que pongan
al Mal Ladrn, y en la ltima a Lpez Moreno ahorcado...

--Pero, Curra, mujer, ests de vena esta noche!--exclam muerta de risa
la Valdivieso--. Cunto dara Beatriz porque el rbol de Lucy rematase
de ese modo... Dice Paco que Lpez Moreno est riqusimo...

Aqu se detuvo como espantada un momento, y mirando atentamente hacia la
sala, aadi con su intemperancia ordinaria:

--Pero, mujer, no has visto eso?... No ves all a Jacobo con la
Mazacn?... Pero qu escndalo!... Cmo permites t eso?...

Vaya si lo haba visto Currita!... Como que el berrenchn que tena por
dentro era la nerviosa musa que inspiraba aquella noche sus aceradas
agudezas, y desde que termin el acto no haba perdido de vista un
momento a Jacobo, vindole comenzar su _toume_ por los palcos de las
damas, que le reciban todas en palmas, mimndole y agasajndole con sus
ms encantadoras sonrisas y sus ms dulces palabras. Isabel Mazacn,
sobre todo, pareca querer comrselo, y por dos o tres veces, mientras
le tuvo en el palco lanz al de Currita una mirada que pareca decirle:
Rabia de firme!... l acoga todos aquellos homenajes con la exquisita
naturalidad, el desembarazo distinguidsimo del elegante de raza que se
reconoce de moda, del _leader_ del da cuyos saludos se mendigan, sus
frases se repiten, sus trajes se copian, sus toses y estornudos se
numeran y comentan.

Jams haba otorgado Madrid un perdn tan generoso y tan amplio como el
que concedi al antiguo revolucionario al saber su novelesca aventura
de Constantinopla y al verle entrar de nuevo en el redil aristocrtico,
a la sombra de Butrn y la Albornoz, arrepentido, pero con la cabeza
alta; no implorando proteccin, sino ofrecindola a todo el mundo.

All en los profundos rincones de los _boudoirs_ y en los secretos
concilibulos polticos murmurbanse cosas extraas. Decase en estos
que Jacobo haba prestado un gran servicio al partido restaurador,
echando a pique con ciertos misteriosos papelitos a tres personajes
intrigantes y tramposos que, vidos siempre de poder y dinero, haban
querido en Biarritz, despus de la cada de Amadeo, injerirse
traidoramente en la restauracin del trono, que ellos mismos haban
contribuido a hundir cinco aos antes. Fuera o no esto cierto, ralo,
sin embargo, que el respetable Butrn haba aparecido de repente,
cubriendo a Jacobo con el manto protector de su confianza; que Currita
habale proporcionado la desinteresada amistad de su caro esposo
Fernandito, y que as, en aquellos ocultos rincones de los _boudoirs_
como en las amplias aceras de las plazas pblicas, designbanse a los
tres personajes con los nombres de _el joven Telmaco, el prudente
Mentor y la invulnerable Calipso_, murmurndose al mismo tiempo que
Jacobo estaba arruinado, que el partido restaurador garanta su porvenir
asegurndole una cartera en pago de sus servicios, y Currita atenda a
su presente con una esplendidez que amenazaba dar al traste con la hasta
entonces bien cimentada fortuna de la opulenta casa de Villameln.

--Y es natural--haba dicho una noche la duquesa de Bara--. Curra est
ya muy _fane_, y Jacobo no es ningn Juanito Velarde que se mantenga
con un destinillo de veinte mil reales.

Mientras tanto, Leopoldina Pastor entraba en la platea de Carmen Tagle,
y besndola en ambas mejillas, decale al odo:

--Vengo huida...

--Mujer!... Quin te persigue?

--Curra... Esa Curra... que es atroz, hija, atroz... No vuelvo a
presentarme en pblico con ella!... No me gustan evidencias; no quiero
escndalos... Por eso dije: aunque slo sea este entreacto, me la quito
de encima y me voy con Carmen...

--Gracias por la eleccin, querida...

--Pues nada... Empeada en saber quin estaba en el palco de arriba... Y
todo porque _el otro_ no haca ms que mirar para all _poniendo varas_.

Al decir esto, Leopoldina cogi a Carmen Tagle sus gemelos de ncar y
psose a mirar hacia el palco que tanto inquietaba a Currita. Haba en
l dos seoras: una, joven, sentada en primera fila, y otra, de edad ya
madura, casi oculta en el fondo... Pareca la primera una verdadera
nia, delicada, fantstica, una de esas espirituales gatitas rubias que
se cran a orillas del Sena y suelen tener, en efecto, todas las
solapadas maas de la raza felina. Sentada de espaldas al escenario,
pareca no haber roto un plato en todos los das de su vida, y paseaba
la vista por la esplndida sala, sin fijarla en ninguna parte, con esa
indiferencia con que se mira una multitud del todo desconocida: ms bien
que para ver, pareca estar all para ser vista, y la exagerada
elegancia, algn tanto extravagante, de su traje de terciopelo negro con
camelias rojas indicaba claramente el plan preconcebido de atraer todas
las miradas. Su compaera, que poda muy bien ser su madre, era una
mujer muy flaca, de aspecto distinguido, con el pelo gris peinado a la
inglesa, un traje de terciopelo negro cerrado hasta arriba y un vistoso
aderezo de brillantes falsos. Ambas parecan extranjeras, y en toda la
noche no haban cruzado entre s una sola palabra.

Examinlas Leopoldina detenidamente, y dijo al cabo, meneando la cabeza:

--Negro y encarnado... Malo!... Los colores del diablo... Y quines
son esas individuas?...

Carmen Tagle se ech a rer encogindose de hombros, y Leopoldina volvi
a mirarlas, diciendo por debajo de los gemelos:

--Pues te digo que con el terciopelo que gast la madre en cubrirse
hasta las orejas poda haber subido un poquito el escote de la hija...
Vaya con la indecente!... Y la chica es monsima... Cmo se llama?...

--Si nadie la conoce... El martes se present en ese mismo palco vestida
de blanco con camelias rosa... Ayer estaba en la Castellana en un milord
muy bonito, con camelias blancas en el sombrero y en el pecho... Hoy,
terciopelo negro con camelias rojas...

--Pues ya tenemos nombre que darle--exclam Leopoldina riendo--: _La
dama de las camelias_.

Y sobre estos varios motivos improvisaron las dos amigas una alegre
fantasa, hasta que Leopoldina volvi al palco de la Albornoz momentos
antes de comenzar el acto segundo. Currita la esperaba impaciente, y la
falaz exploradora apresurse a decirle, con cierto maligno gustito, que
la incgnita en cuestin era una muchacha monsima, de todo el mundo
desconocida, a quien acababan de bautizar ellas, por tenerlo muy bien
merecido, con el significativo nombre de _La dama de las camelias_.

--Por supuesto, que no se enterara Carmen de que yo te enviaba--dijo
Currita muy pensativa; y Leopoldina, con el hociquito fruncido y los
ojitos entornados, como quien se ofende de la pregunta, contest:

--Mujer!... En qu cabeza cabe?... Acaso soy yo boba?...

Comenz el acto: Villameln segua indigestado; Currita, emberrenchinada
y con el rabillo del ojo alerta; Leopoldina, que era, en efecto,
aficionada e inteligente, sin perder una nota, y el to Frasquito, que
all se haba quedado, muy satisfecho por hallarse al lado de
Leopoldina, una de las sobrinas espurias a que ms predileccin
mostraba, por su _allure_ varonil y decidida y sus excntricas
genialidades.

En el palco del Veloz haban quedado solos Digenes y Jacobo;
despatarrado aquel frente al pblico, como si quisiera indicarle que
todo l junto no se le importaba un comino; mirando este sin cesar, como
un cadete, al palco de la dama de las camelias. En la escena, Dinorah,
la pobre loca, cantaba la bellsima aria que la inspira su propia sombra
proyectada en el suelo por la blanca luz de la luna, una de las ms
felices inspiraciones de Meyerbeer, que interpretaba admirablemente la
entonces clebre Ortolani.

Cambi la escena de pronto, y la cascada, el precipicio y el torrente
arrancaron un murmullo de admiracin a los espectadores, que pocas veces
haban contemplado en aquel gnero una obra de arte tan acabada y tan
bella. Hel quiere obligar al gaitero Corentino a buscar el tesoro en el
fondo del precipicio; de nuevo el cielo se encapota, y entonces aparece
otra vez el terrible Meyerbeer, el genio de los _Hugonotes y Roberto el
diablo_, que sabe describir con las ocho notas del pentagrama toda la
rabia de los elementos y todos los furores del corazn.

De improviso, rompe la orquesta bruscamente la cadencia, rugen los
contrabajos estrepitosamente, las flautas dejan or agudos silbidos, el
metal, desencajado, truena con espantosa violencia, los timbales
redoblan convulsamente. Ya no parece aquello una tempestad, ni un
huracn, sino un cataclismo que amenaza desquiciar la tierra, y en aquel
momento, el supremo de la pera, apareci por entre las cortinas de
terciopelo carmes que cerraba el fondo del palco de Currita una cabeza
peluda y cetrina, que el to Frasquito tom por la del terrible
Adamastor, genio de las tempestades, y Fernandito por el bilioso
espectro de la indigestin, que evocaban ante l sus jugos gstricos
alterados.

Era Butrn, el respetable Butrn, que entraba de puntillas, con el dedo
sobre los labios, haciendo gestos de que nadie se molestara, y yendo a
sentarse en la silla que, no obstante su susto y su entripado, se
apresur a cederle Villameln, al lado de Currita.

La tempestad segua rugiendo: Hel y Corentino geman aterrados, y
Dinorah, la pobre loca, desencajada, con el cabello flotante y el rostro
iluminado por la luz de los relmpagos, desafiaba la furia de los
elementos, dominando con su voz pura y vibrante los roncos estampidos
del trueno y los estridentes alaridos del viento, que encubrieron
tambin estas breves palabras deslizadas por Butrn al odo de Currita:

--Lleg la hora... Concha est con nosotros!...

Escapsele a aquella una leve exclamacin de sorpresa, que el to
Frasquito pesc al vuelo; mas un azulado relmpago ilumin en aquel
momento la escena; un inmenso diseo cromtico, nacido en las alturas
de la orquesta y resuelto en las profundidades de los bajos en un rumor
apagado y fatdico, anunci la cada del rayo, y entre truenos y
relmpagos y sublimes convulsiones de los instrumentos de cuerda,
escapsele lo que Butrn aada, pudiendo percibir tan slo estas
palabras dichas por el diplomtico con grande insistencia:

--Maana, a las cuatro, en casa... Por Dios!, que no faltes, ni dejes
de avisar a Jacobo...

La curiosidad hizo al to Frasquito perder la cabeza, y por querer
fiscalizarlo todo a un tiempo, ni vio a Bellak, la cabra blanca, cruzar
como una flecha el rstico puentecillo, ni a Dinorah caer en el fondo
del barranco, ni a Hel precipitarse desesperado en su auxilio, ni a
Currita que ceuda y apretando con inexplicable rabia las varillas del
abanico, deca a Butrn muy por lo bajo:

--A Jacobo?... Acaso le ver yo esta noche?... Ya ha correteado todos
los palcos y todava no me ha dirigido un saludo.

--Ah, ingrato!--susurr Butrn--Corro a trartelo.

Y de nuevo se fue como haba venido, de puntillas, sonriendo a todos,
haciendo muchos ademanes para que nadie se incomodara, y dejando al to
Frasquito estupefacto... Oh!, pues lo que es a l no se la pegaban...
Currita a las cuatro en casa de Butrn y avisando antes a Jacobo?...
Algo gordo suceda cuando el prudente Mentor, el joven Telmaco y la
invulnerable Calipso se avistaban en secreto, con la extraa
circunstancia de acudir la dama a casa del caballero, y no los
caballeros al palacio de la dama, como parecan dictar las ms
elementales leyes de la galantera.

--Cosa ms singularr!...

Y mirando a Jacobo a lo lejos, aumentse su curiosidad al ver que
apareca Butrn por detrs de la cortina del palco del Veloz, hacale
una sea y llevbaselo consigo, siguindoles a los dos, sin que ninguno
le llamase, el cnico Digenes... Al terminar el acto, Butrn,
triunfante y satisfecho, entraba otra vez con Jacobo en el palco de
Currita, y empujndole hacia la dama con aire de pap bonachn que
satisface un capricho de la nia, cogi con una de las suyas las dos
manos que ella y l se estrechaban al saludarse, murmurando, con
sentenciosa indulgencia, aquellas palabras de Shakespeare:

--_Old, old history_!...

Hecho esto, el espejo de caballeros, segn Pedro Lpez, el integrrimo
diplomtico, el sesudo poltico, el anciano venerable y fervoroso que
tena ya un pie en el sepulcro, mir al reloj, enarc las cejas y
despidise apresuradamente. Eran ya las once, y estaba citado a las once
y cuarto con el cardenal arzobispo de Toledo: tratbase de un atentado
de la canalla gubernamental republicana contra la Iglesia y deseaba l
representar en aquel conflicto el papel de Constantino.

Ensanchsele el corazn al to Frasquito, creyendo llegada la hora de
averiguar algo, y aguz las orejas y aprest la lengua para sondear con
habilidad a Jacobo y a Currita. Mas, de repente, una mano aleve cogi el
mediato lazo de su corbata blanca, y dndole una rpida vuelta, vino a
ponrselo sobre la nuca. Volvise indignado y sorprendido, y vio
inclinada sobre la suya la gran cabezota de Digenes, que, sonriendo y
babeando, le deca amorosamente:

--Francesca ma!... Si soy yo, Paolo!...

Verde de ira y amarillo de miedo psose Francesca, cual si viese asomar
por detrs de Paolo la sombra siniestra de Gianciotto, y gru entre
dientes:

--Qu cosas tienes!... De verras que erres pesado...

Y despidindose atropelladamente por temor de alguna ms grave demasa,
fuese a componer la corbata en el espejo del antepalco, dejando vaco su
asiento, que era lo que buscaba Digenes. Ocuplo este entonces con la
mayor frescura y dando una gran palmada en el muslo a Villameln, djole
tal atrocidad, relativa a su entripado, que Jacobo y Leopoldina se
miraron espontneamente, como quien dice: Animal!. Currita, muy
enfadada, dijo:--Jess, hombre, qu cosas tienes!... Eres shoking,
shoking, de veras!--Y Fernandito, con resignada sonrisa, contest:

--El _vol-au-vent_ de codornices... Siempre se me indigesta. Sabes?

--Pues ya lo creo que lo s, polaina!... Por eso tomo yo siempre
_vol-au-vent_ de sopa de ajo--replic Digenes.

Y cediendo a su instinto natural de desvergonzada capigorronera,
aadi:

--Oye... Y quin me lleva a m luego en su coche, t o Jacobo?

--Lo que es yo no te llevo--replic vivamente este--. Me voy ahora
mismo.

--Ni yo tampoco--aadi al punto Currita--Fernandito no se siente bien,
y no hemos de andar por ah dando vueltas.

--Pero, mujer, si te coge al paso... Me dejas en la calle de Alcal, en
la chocolatera de doa Mariquita... Por nada del mundo pierdo yo mi
gran jcara con su par de _mojicones_...

--Son sabrosos--opin Villameln.

--Qu delicia!--dijo Currita--. Si te los dieran todas las noches en
los dientes no tendras la lengua tan larga.

--Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me s, no daras motivos
para que te alcanzasen las lenguas.

Currita se mordi los labios comprendiendo que era imposible la lucha
con aquel cafre, que pareca complacerse en poner de relieve, con sus
crudezas, las vergonzosas condescendencias del mundo, y Jacobo se
despidi afectuosamente al comenzar el acto con un ambiguo _hasta
luego_, que dej a Currita muy complacida. A la mitad del acto cuando
Dinorah recobra la razn y quiere recordar la bellsima plegaria
_Sancta Mara!_ entre sublimes vacilaciones de la orquesta, que parecen
revelar los esfuerzos mentales de la pobre loca, envolvise Currita en
su soberbio abrigo de terciopelo granate, forrado de pieles blancas, y
aceptando en seal de reconciliacin el brazo de Digenes, sali del
palco escoltada por Villameln y Leopoldina, gozoso l por irse a dormir
su indigestin, furiosa ella por marcharse sin or el coro final de la
romera.

El _foyer_ estaba an desierto, y los lacayos, zambullendo las
encarnadas narices en sus inmensos cuellos de pieles, comenzaban a
asomar ya, para avisar a los seores la llegada de los coches.
Antojsele entonces a Currita sentarse en un divn, para esperar la
salida de la gente. Angustise Villameln.

--Pero, hija ma, por Dios!... Si esto est helado, Curra!...

Y se liaba a toda prisa al pescuezo un _gran foulard_ finsimo, y
levantbase el cuello del gabn a la altura de las orejas...

--Te digo que vale ms volver al palco, si...

Un estornudo formidable le cort la palabra y le acrecent la angustia.

--Lo ves?... Lo ves?... Ya pill un constipado... Fortuna tengo hoy...
Sabes?... Ya tengo para una semana!...

La gente comenz a desfilar por delante de Leopoldina y la Albornoz,
que, dejando estornudar a Fernandito y sin perder de vista su negocio,
saludaban a diestro y siniestro a los innumerables conocidos que iban
pasando. De pronto, Leopoldina tir suavemente del vestido a Currita,
dicindole muy bajo:

--Mrala... Esa es!...

No vio nada: dos fantasmas blancos pasaban por delante, arrastrando por
debajo de los amplios albornoces las largas colas de terciopelo negro,
dejando asomar la vieja por el abrigado capuchn una corva nariz cada y
afilada, luciendo tan slo la joven unos ojazos azules, que crey
Currita se fijaban en ella con provocativa insolencia. El blanco
albornoz de la incgnita pas rozando el terciopelo granate del abrigo
de Currita, y una frase alemana, que esta pudo or y no pudo entender:
Ah la tienes, pareci caer entonces de la nariz corva y afilada, y
ambos fantasmas desaparecieron entre el gento precedidos de un _groom_
monsimo que apenas contara doce aos.

--Pero, hija, arrancaremos al fin?--deca Villameln mientras tanto--.
Digenes, dale t el brazo... Buen constipado he pillado!... Qu haces
t cuando te constipas, Digenes?

--Yo?... Estornudar...




--II--


El respetable Butrn daba puetazos en los muebles y cruzaba a grandes
zancadas el aposento, llamando a su mujer, segn su costumbre, unas
veces _Geno_, otras _Veva_, nunca por completo Genoveva y prodigndola
con todas sus letras los dicterios de imbcil, estpida, vieja del
diablo, beata de Barrabs, que no sabiendo sino rezar el Pater noster,
quera darle lecciones a l, Pirro en el ingenio, Ulises en la
prudencia, Anteo en el nimo, Alejandro en la magnanimidad y Escipin en
lo afortunado.

Curiosas escenas ntimas del hogar domstico, que parecern
inverosmiles a los que slo conocen la _parte oficial_ de los grandes
personajes, y que debieran esculpirse cual bajos relieves en los
pedestales que levantan el vulgo y la opinin a muchos de los prototipos
sociales que brillan en las academias y congresos, estrados y salones.

La marquesa, la anciana seora de virtud intachable, de educacin
exquisita, escuchaba aquel torrente de denuestos muda e inmvil, con la
cabeza baja y las lgrimas en los ojos, semejante a la estatua de la
paciencia, contemplando sus propios sufrimientos. Por dos veces quiso
interrumpir a su marido, mostrndole una carta que en las manos tena;
mas los gritos y denuestos del sesudo diplomtico la atemorizaron y
aturdieron, y volvi a guardar silencio. Las escenas de Lauzun,
amenazando con el bastn a la duquesa de Montpensier, su esposa, y
gritndole: Luisa de Borbn, qutame las botas!, no eran, sin duda,
desconocidas a la infeliz seora.

Hallbanse ambos esposos en el despacho particular del diplomtico,
vasta pieza decorada en otro tiempo con severa magnificencia, pero sobre
la cual haban pasado los aos sembrando manchas y desconchones, sombras
y deterioros que la larga cesanta del magnate no haba permitido hasta
entonces restaurar. Vease en un extremo, tras un gran biombo de nueve
hojas de laca de Coromandel, descascarado por todas partes, una enorme
mesa cargada de papeles y rodeada de artsticos armarios, todos al
alcance de la mano, _sancta sanctorum_, donde slo penetraban los
iniciados en los asuntos y manejos del diplomtico. Al otro extremo,
frente a una alta vidriera que daba al jardn, y al lado de una chimenea
de mrmol negro, haba una gran mesa del siglo XVII, de nogal, cuadrada,
con ancha talla y hierros escarolados, y cmodas butacas y mullidas
poltronas, algn tanto desteidas y un mucho destrozadas, dispuestas en
torno: all reciba Butrn a los profanos a que les era lcito traspasar
el dintel de su despacho privado. Veanse por todas partes, sobre las
mesas, en las dos chimeneas, por los armarios y colgados de las paredes,
retratos de reyes, prncipes y personajes ilustres, de fotografa unos,
magnficamente grabados en acero otros, con pomposas dedicatorias al
integrrimo diplomtico, que pregonaban sus grandes relaciones y sus
altas influencias. Sobre un sof de rica badana japonesa, hundido todo y
despellejado, haba en lugar preferente, una gran fotografa del
prncipe Alfonso, con el uniforme de escolar del colegio de Mara
Teresa, y esta dedicatoria, escrita de puo y letra del futuro monarca:
Al leal marqus de Butrn, modelo de caballeros. Recuerdo del 2 de
diciembre de 1870. Alfonso. Aquella fecha solemne era la del da en que
Butrn se avist por primera vez, despus de la Revolucin, con los
augustos desterrados y jur a los pies del regio nio restaurarlo en el
trono de Espaa o morir en la demanda.

Ms lejos, a uno y otro lado de una gran panoplia llena de orn y
descabalada, haba dos hermosos grabados de Luis Felipe y la reina
Amalia, con sendas dedicatorias, y entre otra porcin de notabilidades
regias, polticas y literarias, diseminadas por todas partes, un retrato
en litografa de Martnez de la Rosa, en los tiempos en que le llamaban
_Rosita la pastelera_, con este campechano letrero: A _Pepillo Butrn,
su dmine Paco_.

Mas entre todos aquellos monumentos de altas estimaciones, era el ms
curioso una hermosa fotografa de la reina de Inglaterra, colocada con
afectada naturalidad sobre la chimenea en un pequeo caballete de plata
oxidada, cuyas molduras tapaban, en parte, la honrosa dedicatoria.
Habasela dado la majestad britnica en Roma, con motivo de cierto
oportuno servicio, y deseando demostrarle la ms exquisita deferencia,
puso en castellano el autgrafo. Mas su graciosa majestad no manejaba
sin duda con gran arte el habla de Cervantes, y siendo su intento
escribir segn la construccin inglesa: Al _marqus de Butrn,
recuerdo_, olvidse de poner la u, y result: Al _marqus de Butrn,
receurdo_, firmado y rubricado de puo y letra de su graciosa majestad
la soberana de los tres reinos unidos, emperatriz tambin de las Indias.

El pasmo de Butrn fue grande al verse colocado reduplicativamente por
aquella importuna sncopa en la rama ms desacreditada de la extensa
familia de los paquidermos, y apresurse a colocar habilidosamente la
regia ddiva en una moldura que, sin ocultar por completo el honroso
letrero, encubriese el sangriento _lapsus calami_ de su majestad
britnica.

Ocurran graves sucesos, y la pelotera que Butrn sostena con su mujer
reconoca en ellos su origen. Pava haba dado el golpe de 3 de enero,
derrumbndose la repblica parvulita al eco de tres o cuatro tiros
disparados al aire en los pasillos del Congreso. El poder cay de nuevo
en las garras de Serrano, y el desquiciamiento general, la indisciplina
del ejrcito, que peleaba sin fe ni esperanza en aquellas dos grandes
esclusas de Cartagena y el Norte, que se tragaban torrentes de sangre y
arroyos de dinero, indicaban a los pacientes alfonsinos, cruzados de
brazos, que se acercaba la hora de extender la mano para coger la breva,
madura ya por completo. La escena de Aristfanes, en su comedia _La
Paz_, cuando el pacfico Trigeo sube al Olimpo montado en un escarabajo,
se representaba entonces en Espaa: el Olimpo estaba desierto y slo
quedaban all la Guerra y el Estrago, machacando en un mortero una
nacin entera y sirvindoles de mano un general ambicioso.

Otro general de valor, de prudencia y de prestigio, encargse entonces
de inclinar hacia los alfonsinos la rama de que penda la fruta
apetecida y disputada. Fue este el general Concha, que aceptando el
mando del ejrcito del Norte, parti para Bilbao, dispuesto a
restablecer la disciplina, aniquilar a los carlistas y proclamar rey de
Espaa al joven prncipe Alfonso. Era necesario, sin embargo, allegar
recursos para preparar el ejrcito, y las bolsas exprimidas, las
codicias alarmadas y los egosmos latentes dificultaban mucho la
ejecucin del proyecto. El ingenio del marqus de Butrn encargse
entonces de hallar remedio, y al frente de su brigada femenina acometi
la empresa: imagin, por de pronto, crear una asociacin de seoras para
socorrer a los heridos del Norte, que, difundida por toda Espaa, haba
de allegar recursos de todos gneros para ser distribuidos
abundantemente en el ejrcito a nombre de las seoras alfonsinas,
preparando as los nimos para secundar el movimiento[15].

[Nota 15: Varias fueron las asociaciones de seoras que se fundaron
en aquel tiempo con el fin de socorrer a los heridos del Norte, siendo
la que ms benficos resultados produjo la presidida por la ilustre y
virtuosa seora marquesa de Miraflores, cuyo nombre ha aparecido siempre
unido a todas las obras buenas y caritativas. Excusado nos parece
advertir al lector que la asociacin que nosotros suponemos no tiene
nada que ver con ninguna de estas, y que, aunque tomada del natural
parte de su fisonoma, es, en su conjunto, pura invencin nuestra.]

El plan fue aprobado con entusiasmo por los prohombres del partido, y el
gran Robinsn slo pens entonces, con la enrgica actividad que le
caracterizaba, en organizar la Junta central de seoras en la corte.
Ocupse, lo primero, en buscar la presidenta, piedra fundamental de todo
el edificio, y un nombre ilustre que haba de llevarse tras de s cuanto
grande, bueno y respetable encerraba la corte; acudi primero a su mente
la marquesa de Villasis... Mas las teoras conciliadoras del peludo
diplomtico juzgaban necesario allegar otros elementos, y pens entonces
en la condesa de Albornoz para el cargo de vicepresidenta. Esta atraera
al Madrid de rompe y rasga, que brilla y que bulle, pequea, pero
venenosa levadura que corrompe la sociedad entera y la hace aparecer, al
imponerle sus leyes a sus vicios, escandalosa hasta un punto que no lo
es ciertamente; la otra atraera al Madrid honrado, sensato y devoto, no
tan escaso como muchos creen, y en torno de uno y otro bando se
agrupara al punto el Madrid verdaderamente inmenso, la gran falange
cortesana de gente ms bien frvola que corrompida, ms bien
insustancial que viciosa, que vive de reflejos y escandaliza o edifica,
segn es escandaloso o edificante el astro que le comunica sus
resplandores.

El plan era bellsimo. Mas quin le pona el cascabel al gato? Quin
aliaba a la tiesa y austera Villasis con la amable y despreocupada
Currita, aunque se tratase de ir a conquistar juntas la Tierra Santa?
Quin doblegaba la vanidad inmensa de la Albornoz, hasta el punto de
hacerla aceptar cualquiera empresa que fuese un puesto secundario?...
El astuto Butrn resolvi tentar el vado, aproximando a las dos seoras,
y citlas en terreno neutral, su propia casa, sin advertir a ninguna la
presencia de la otra, con el pretexto de tratar reservadamente, en junta
de notables, un asunto de la mayor importancia para el partido.
Encargse l de avisar a Currita la noche antes en el teatro, y, por
orden expresa suya, escribi su mujer a la Villasis, con quien la una
una amistad antigua, cariosa y sincera. La futura presidenta olise
desde luego la partida, y un oportuno constipado atroz y empedernido
vino a impedirle salir fuera de casa; as se lo notificaba con grande
sentimiento y cariosas frases a su buena amiga Genoveva en una elegante
esquelita cuadrada, en cuya esquina se lea, bajo la corona ducal propia
de los Grandes de Espaa, su nombre de Mara.

Esperbase la Butrn la llegada del constipado, djole as a su marido
al mostrarle la carta, y entonces fue cuando el respetable diplomtico
descarg su berrinche sobre la pobre dama, prodigndole los dicterios
que al comenzar este captulo apuntamos.

De repente, recobr su cortesana sonrisa, su continente seoril y
aparatoso: entraba la duquesa de Bara, otra de las citadas, antigua
amiga suya, aunque no de tan aeja fecha, de quien la maledicencia se
haba ocupado muchos aos atrs y se sola ocupar an de cuando en
cuando. Era la duquesa mujer muy discreta, nada escrupulosa, conoca a
Madrid palmo a palmo y escuchbala Butrn como a un orculo en todo lo
referente a guerra femenil de intriguillas y abanicazos. Al poco lleg
el general Pastor, prximo a partir tambin al Norte para secundar el
movimiento de Concha, y vino luego un don Jos Pulido, hombre listo y
travieso, pies y manos de Butrn y tambin su ninfa Egeria, que haba
sido condiscpulo suyo en la Universidad y desempeado muy buenos
puestos a la sombra del diplomtico. Eran ya las tres, y a las cuatro
deban de llegar Jacobo Sabadell y la Albornoz y hubiera llegado
tambin la Villasis si su providencial constipado no se lo estorbase. El
prudente Butrn habalos citado con una hora de intervalo, para poder
preparar en aquella antejunta de ntimos lo que en presencia de los
otros haba de tratarse ms tarde.

Sentronse todos al lado de la chimenea, en torno de la mesa cuadrada, y
el respetable Butrn expuso el caso. La duquesa de Bara no le dej
acabar: juzgaba ella imposible hacer tragar a la Villasis la
vicepresidencia de Currita, como no fuera cogindola de sorpresa,
presentando de improviso la candidatura aprobada ya por unanimidad en la
junta magna de seoras que haba de celebrarse; y aun as y todo,
desconfiaba mucho del xito, porque era Mara Villasis una quijota
impertinente y ridcula, capaz de desairar a Madrid entero si se le
pona entre ceja y ceja el hacerlo.

--No se me olvidar nunca--dijo--lo que hizo con la pobre Rosa Pearrn,
cuando aquel concierto famoso que organiz a beneficio de los inundados
de Valencia. Le envi Rosa tres billetes, y tuvo la desfachatez de
devolvrselos con el precio justo, unas quince o veinte pesetas, y
enviar luego a Valencia, por mano del arzobispo, una limosna de tres mil
duros...

Butrn enarc las formidables cejas, el general Pastor se atus el largo
bigote y don Jos Pulido, ms prctico y menos puntilloso, ensanch la
barbilampia cara, diciendo suavemente:

--Con tal de que nos enve a nosotros otro tanto, aunque sea por mano
del moro Muza...

Ofendise la duquesa, que acababa de vender su hijo y su ducado al
seor Lpez Moreno, y con mucha dignidad contest severamente:

--Oh, no, no, Pulido!... Ni el decoro se vende, ni tiene precio, ni
necesitamos ac que venga la Villasis a damos lecciones...

Y adems, desconfiaba ella mucho de la actitud de esta e ignoraba hasta
qu punto podra contarse con ella para los trabajos de la
Restauracin... Cierto que su amistad con la reina destronada haba sido
siempre ntima, leal y consecuente, pero le constaba a ella de buena
tinta que Bravo Murillo tuvo la impertinencia de comunicar a la marquesa
la respuesta dada por el arzobispo de Valladolid a la consulta de si la
Restauracin haba de conservar o no la unidad catlica, y esta no poda
ser ms terminante: No era lcito a ningn partido poltico prescindir
de ella. Que era esto una tontera, una chochez del arzobispo,
corriente. Pero era lo bastante para alarmar la conciencia de una
mojigata como la Villasis, y encontrar en ello un pretexto para tirar de
los cordones de la bolsa.

La marquesa de Butrn baj los ojos como distrada al or hablar de la
unidad catlica, y acentuse an ms la sombra de tristeza que nublaba
siempre su rostro. El integrrimo diplomtico y el seor Pulido cruzaron
entre s una rpida mirada; indudable era que los dos compadres haban
hablado ms de una vez del asunto en junta de ntimos, del lado de all
del biombo. Butrn tom la palabra, extendiendo la peluda mano:

--Respondo de Mara Villasis--dijo enrgicamente--. Lo que t dices es
cierto, Beatriz; pero la pifia de Bravo Murillo la enmend yo mismo...
Mara acudi entonces a m muy alarmada, pidiendo explicaciones
categricas, y yo la promet solemnemente que la Restauracin
conservara a todo trance la unidad catlica como la joya ms preciada
de las glorias de Espaa.

La duquesa se encogi de hombros, con muestras de grande impaciencia.

--Pues no dice eso el manifiesto que se neg a firmar Bravo
Murillo--dijo.

--Tampoco dice lo contrario.

--Entonces...

--Entonces queda en pie lo que yo he prometido... El porvenir no puede,
sin embargo, asegurarse, y quiz pudiera suceder que, contra nuestra
voluntad y nuestros deseos, nos viramos forzados a respetar un hecho
consumado o a ceder ante una votacin contraria hecha en Cortes...

El seor Pulido hizo una profunda seal de asentimiento, bajando con
previsoria resignacin los ojos, y la duquesa, haciendo alarde de la
perspicacia de su ingenio, exclam ligeramente:

--Entendido, entendido...; basta!... Queda, sin embargo, el otro
extremo por conciliar. Crees t que _la mona Jenny_ se contente con la
vicepresidencia?

Asombrse Butrn de aquella extraa candidata cuadrumano que trataba de
ingerir la duquesa en la ilustre junta de damas, y exclam muy
sorprendido:

--_La mona Jenny_?...

--Pues, hombre, Curra... La Villamelona. No sabes?... Digenes le ha
puesto ese nombre desde que le dio por fumar en pipa, en un narghil
precioso que le regal el embajador de Marruecos... Es una mona famosa
que hay en el jardn zoolgico de Londres--yo la he visto--y fuma en
pipa con una gracia y unos mohnes que recuerdan a Curra por completo.

--Vamos, vamos!--exclam con bondad olmpica el diplomtico--. No he
visto nada como Madrid para motes y chismecillos... Todos querindose
mucho, todos juntos noche y da, y todos arrancndose a tiras el pellejo
y ponindose en ridculo en cuanto vuelven la espalda...

--Miren el puritano, el caritativo!... _Ami de la vertu, plutt que
vertueux_! Pues ya tenas tiempo de haberte ido acostumbrando.

--Empezar a acostumbrarme por la mona Jenny... La mona Jenny aceptar
la vicepresidencia.

--Crees t?...

--Lo espero... Le tengo reservado otro papel de grande importancia que
le har olvidar lo secundario de este.

Entonces explan Butrn su plan con todos sus pormenores... No se
trataba de una asociacin de seoras exclusivamente alfonsinas, mil
veces lo haba dicho y no se cansara jams de repetirlo. Era necesario
_barrer para adentro_, conciliar todas las voluntades, ahuyentar todos
los escrpulos, ahondar en cualquier rincn en que pudiera encontrarse
un ochavo, escarbar en todo muladar en que pudiera hallarse un pelotn
de hilas sucias, agotar todos los recursos de fiestas, bailes, toros,
beneficios, francachelas y festivales, con que la caridad moderna ha
encontrado el secreto de enjugar las lgrimas, al mismo tiempo que
ensancha los corazones, refocila los estmagos y estira las piernas...
Socorrer a los heridos del Norte!... Qu anzuelo tan a propsito para
pescar desde las carlistas ms recalcitrantes hasta las liberales ms
radicales!... Por eso haba pensado l, para dar aquel barrido general y
definitivo, en un gran baile, una fiesta sonada y famossima, de _ancha
base_, que deba dar _la mona Jenny_, Curra, convidando a todo el Madrid
explotable, desde la presidenta consorte del comit carlista, hasta la
ministra cesante, esposa dignsima del excelentsimo seor don Juan
Antonio Martnez... Y all, al calorcillo del champagne, que ablanda los
corazones compasivos, bajo la influencia de las vanidades estimuladas
que excitan el deseo de figurar, tender la red de la caridad, echar el
anzuelo de los infelices heridos del Norte y pescar de una sola redada
entre las mallas de la asociacin de seoras a todo el Madrid femenino
capaz de soltar la mosca... Celebrarase luego una junta general
preparatoria en casa de Butrn mismo, presidida por Genoveva, y en ella
haba de presentarse y aprobarse por sorpresa la candidatura de una
junta directiva, preparada ya antes, en que entrasen todos los elementos
tan hbilmente combinados; que el partido restaurador tuviese mayora y
pudiera Butrn, entre bastidores, manejar a la Junta y a la Asociacin
entera con la misma facilidad con que se maneja el manubrio de un
organillo. La junta directiva era, pues, la clave del arco, el clou del
proyecto, y el respetable Butrn termin su perorata suplicando a los
presentes se dignasen estudiarlo maduramente, presentando sus
candidaturas con arreglo a este croquis que tena l apuntado en un
papelito:

Una presidenta, beata de gran nombre. (Nadie como la Villasis.)

Una vicepresidenta elegante, de rompe y rasga. (Ninguna como la
Albornoz.)

Seis vocales: una carlista, bastante tonta; otra, radicala, de pocos
alcances; y cuatro alfonsinas, de la Grandeza, del cogollito, honradas,
por supuesto, listas y de arranque.

Una secretaria literata.

Una tesorera de alta banca.

El general Pastor aplaudi entusiasmado la hbil estrategia del
diplomtico; el seor Pulido baj modestamente los ojos, como si le
tocara grande parte en la paternidad de la idea, y la duquesa,
encantada, comenz a vomitar nombres propios, juicios crticos,
filiaciones y datos biogrficos que probaban bien a las claras su
consumada pericia en el arte de averiguar vidas ajenas. Tontas
encontraba ella a porrillo; listas tampoco faltaban; lo que le pareca
difcil de hallar eran las honradas, y no porque no las hubiese a
montones, sino porque la duquesa no saba encontrarlas, por aquello de
que nadie hay ms exigente ni que se complazca tanto en verlo todo
manchado como quien vive zambullido en medio del fango.

El respetable Butrn acoga aquellos homenajes con majestuosa sonrisa, y
temiendo ver entrar de un momento a otro a Currita, recomend de nuevo a
los ntimos la mayor discrecin, con respecto a esta; era necesario
ocultarle el plan de la junta y entusiasmarla con la idea del baile,
hacindole creer que con ello pona el partido en sus manos el xito del
proyecto. Una vez entretenida con esto, fcil era hacerle tragar por
sorpresa, a su debido tiempo, lo secundario de la vicepresidencia.

Lleg al fin Currita, _la mona Jenny_, con Jacobo Sabadell, el joven
Telmaco; haba tardado un poquillo, pero tena la culpa el to
Frasquito... Qu risa con el pobre posma! Habase olido, sin duda, que
algo se fraguaba, y presentndose a almorzar con una cara de pregunta,
con un aire de sospecha!... Ella le haba estado _tomando el pelo_ todo
el almuerzo, hasta que al fin, para quitrselo de encima, tuvo que
armarle una emboscada, un _guet-apens_ chistossimo!... Djole si quera
acompaarla a dar una vuelta por el Retiro con Miss Buteffull y con los
nios y le envi con estos al coche mientras ella se pona el sombrero.
Pobre viejo!... En cuanto volvi la espalda, escapse ella con Jacobo
por la escalera de la servidumbre, y en el coche de este habanse venido
los dos solos, juntitos, como si fuesen un matrimonio. Qu delicia!...

Y bes con piedad filial a la marquesa, con amor fraterno a la de Bara,
estrech la mano de Butrn con infantil afecto, y tuvo una cariosa
sonrisa para el general Pastor y un saludito protector y monsimo para
el seor Pulido.

Hzola sentar Butrn junto a s, al lado de la marquesa; y ella, con los
claros ojos fijos en el gran duque Alejo, que, sombreado por una
telaraa, tena delante, comenz a lamentarse, con frases muy pulcras,
del entripado de Fernandito... Casi, casi haba estado a punto de no
venir, por miedo de dejarlo solo; pero las noticias que le haba dado
Butrn eran tan graves, tan lisonjeras, que acab al fin por decidirse.

--Si t no hubieras venido, hubiramos ido todos a tu casa--exclam
Butrn con gran vehemencia--Como que sin ti no puede hacerse nada y en
tus manos est, en rigor de verdad, la suerte del partido.

La vanidad hizo en el rostro de la Albornoz lo que jams haba
conseguido la vergenza: sonrojarlo.

--Jess, Butrn, pobre de m!--exclam con su dulce vocecita--Pues si
est en mi mano, no tenga usted miedo de que la suelte.

Butrn comenz a exponer el proyecto, como si fuese desconocido de todos
los presentes, haciendo caso omiso de la junta y presentando con grande
habilidad la fiesta deseada, como el eje sobre que haba de girar la
ejecucin del proyecto, la restauracin del trono, la felicidad de
Espaa y la paz del mundo y el equilibrio europeo. Currita pareca
titubear, porque haba mirado a Jacobo como si le consultase, y este
frunca las cejas; la pcara era ducha y no era del todo fcil hacerle
tragar el anzuelo. El diplomtico reforz sus argumentos, y el general
Pastor, con militar franqueza, dijo resueltamente:

--Condesa, ms puede usted hacer en ese baile con su abanico que yo en
el Norte con mi espada.

Y el seor Pulido, dando vueltas a sus pulgares, aadi con suavsima
sonrisa:

--Oh, seora condesa!... Si usted quiere, con razn se llamar ese
baile _la dulce alianza_...

La dama extendi ambas manitas con gesto de cmico espanto.

--Ay, no, no, Pulido, por Dios!... Si as se llama la confitera de la
Carrera de San Jernimo!

La duquesa sali entonces a la palestra, y con habilidad mujeril dispar
el ms certero saetazo, sirvindole de ballesta una mentira muy gorda.

--Despus de todo--dijo--, no hay que apurar mucho a Curra, porque si
ella no puede dar el baile, Isabel Mazacn se compromete a darlo...

El tiro dio en el blanco, y Currita solt al pronto la prenda.

--Y por qu no he de poder yo?--dijo--. La cosa no puede ser ms
fcil... Dentro de quince das es Carnaval. Les parece a ustedes bien
un gran baile de trajes?...

--Te cuesta un sentido!--murmur Jacobo con tan mal humor como si
hubiera l de pagarlo.

Mas la duquesa, que pesc al vuelo la frase y comprendi la econmica
idea de monsieur Alphonse, impidi que llegase a odos de Currita,
rompiendo a rer a carcajadas; todos la miraron con extraeza...

--De qu te res?...

--Pues nada, mujer.. Estaba pensando en el traje que escoger la seora
de Martnez para ir al baile... Como no sea el de Teresa Panza, la mujer
de Sancho...




--III--


El trato continuo con Bonnat haba despertado en Pars las aficiones
artsticas de Currita, y no contenta con el papel de Mecenas, quiso
cultivar ella misma el arte del divino Apeles. Visit a Meissonnier,
convid a comer a Carlos Durand, y pudiendo conseguir que Raimundo
Madrazo la diese algunas lecciones por pura galantera de cumplido
caballero, volvise a Madrid, dejando a Rosa Bonheur tamaita y
royndose los codos de envidia.

Una vez en la corte, necesit tener a su lado un genio complaciente, un
numen auxiliar que comunicase con sus pinceles vida y expresin a los
muertos y aplanados monigotes que brotaban de su paleta de artista.
Halllo, al fin, en Celestino Reguera, famoso acuarelista de la Escuela
sevillana, de esos que prefieren lo correcto a lo grandioso y tienen en
ms un paisaje de Watteau que una sibila de Miguel ngel. El pincel de
Celestino entraba y sala por los lienzos de Currita con tanta
frecuencia y libertad, que al terminar esta sus cuadros poda repetir,
con harta razn, lo que dijo el monaguillo de marras: Yo y el cura le
dimos los Sacramentos.

Pero aun ms que de su gloria artstica, ocupse Currita, a fuer de
mujer elegante, del marco que haba de encerrarla, instalando en su casa
un estudio lujossimo, digno de Fortuny o de Pradilla, Delaroche o
Makart. Era una vasta pieza con estudiadas luces de oriente y cenital,
atestada de preciosidades artsticas y arqueolgicas, que sobre tapices
de Beauvais y los Gobelinos cubran todas las paredes, atestaban todas
las mesas y apenas dejaban un sitio en que poner la planta sin encontrar
algo que admirar o algo en que tropezar. Bronces antiguos, raras
porcelanas, macetas de Pompeya con plantas tropicales, lmparas rabes,
persas y romanas, igual una de estas a la clebre di capo danno del
Museo Vaticano; bustos, cuadros, estatuas, yelmos, espadas, partesanas y
armaduras completas de varias pocas rodeaban cual pginas sueltas de la
historia de todos los tiempos el caballete de Currita, que, colocado en
luz conveniente, pareca recibir un reflejo de la luz del cielo, que el
grandsimo tuno de Celestino Reguera aseguraba ser el mismo, mismsimo
que derramaba en otro tiempo el grupo de las nueve musas sobre las
frentes de Rafael, Velzquez y el Ticiano.

Daban la guarda a uno y otro lado de la puerta dos maniques vestidos de
reyes de armas del siglo XVI, con gigantescas adargas y dalmticas
autnticas de terciopelo morado, bordadas de castillos y leones, y
frente por frente, en el otro extremo de la pieza, y en una especie de
ancha, alta y profunda hornacina, a que se suba por tres gradas de
mrmol blanco, haba un divn turco, cubierto el pavimento por legtima
alfombra de Persia y mullidos almohadones de raso y terciopelo, y
decorados el techo y las paredes con mosaicos romanos y de Pompeya,
bajos relieves egipcios y brillantes azulejos moriscos. All estaba el
narghil, regalo de Sidi-Mohammed-Vargas, el embajador de Marruecos, y
sobre primorosas mesitas de Fez, que no levantaban dos palmos del suelo,
otras varias pipas en que Jacobo enseaba a Currita a saborear el sueo
voluptuoso del _hatchis_, y haba inspirado a Digenes, para designar a
la hur de aquel paraso el grfico nombre de la mona Jenny.

Refugiado en un rincn, oculto como quien est all de limosna, entre
una reduccin de la estatua de Byron, presentada en Turn por Pozzi, y
una arca tallada del siglo VI, que decan haber pertenecido a Isabel la
Catlica, haba otro caballete pequeo; all pintaba Paquito Lujn,
callado siempre, taciturno, tmido y receloso, bajo la direccin tambin
de Celestino Reguera, que hallaba realmente en el nio las disposiciones
artsticas que faltaban a la madre.

Gran discusin sostenase en aquel templo de las artes, tres das
despus de la junta de ntimos celebrada en casa del diplomtico.
Currita, sentada ante una preciosa mesa redonda, cuya tapa era un nix
mexicano, examinaba una gran porcin de lminas y dibujos que le
presentaba Celestino Reguera, y pasbalos a su vez a Jacobo y a Tonito
Cepeda, vago elegantsimo, entendido en caballos como el hijo de Teseo,
amateur de todo lo que era arte, y digno por su exquisito gusto de que
la patria agradecida le votase una pensin en Cortes, como
representante en Espaa del buen tono parisiense. Tonito Cepeda era ms
que chic, ms que _pschutt_: era _v'lan, tschock_. Mas el pobrecito
joven, incapacitado de poner precio a las innumerables consultas que de
todas partes le dirigan, andaba lleno de trampas y no tena dnde
caerse muerto.

Grave era la cuestin que Currita haba sometido el da antes a sus
despabiladas luces, y digna de sujetarse al arbitraje de un arepago de
elegantes, como Domiciano sujet en otro tiempo a las discusiones del
Senado la salsa en que haba de guisarse un rodaballo. Una vez decidida
la dama a dar el baile de trajes, la gran fiesta de _ancha base_ en que
haban de bailar _ple-mle_ tirios y troyanos, rancios personajes que
figuraban en la _Gua_ y plebeyos burgueses empinados por la Revolucin,
era necesario encontrar algo nuevo, algo sorprendente que fuera el clou
de la fiesta y dejase con la boca abierta a los pobrecillos profanos, a
los Martnez y comparsa, convidados espurios que hubiera dicho el to
Frasquito, que cuidara muy bien ella de barrer de sus salones en cuanto
la caritativa empresa de socorrer a los heridos del Norte hubiera dado
un buen tanteo a sus repletas bolsas.

Las cuadrillas del minu y la pavana, las figuras de la zarabanda y la
chacona, estaban ya muy vistas y haban servido mil veces en
aristocrticos salones como protesta de acendrado espaolismo contra el
intruso don Amadeo. Celestino Reguera propuso la idea de representar una
alegora de Espaa, en que parejas de damas y caballeros haban de lucir
los trajes caractersticos de las diversas provincias. El proyecto fue
desechado por Currita.

--Jess, Reguera!--dijo--Parecera eso un concurso de Geografa!...

Tonito Cepeda mir desdeosamente al pintorcillo y propuso uno de esos
espectculos que constituyen jalones de la poca en que se verifican:
imitar la peregrina idea de la Princesa de Segan, que haba resucitado
en Pars las fbulas de Esopo dando un gran baile de trajes, en que
reciba ella vestida de pava real y acudieron todos los invitados
representando cada cual un animalito. l, Tonito Cepeda, haba llamado
mucho la atencin con su traje elegantsimo de sapo verde. La idea no
era nueva, pero estuvo a pique de seducir a Currita; hubirale gustado
mucho vestirse de gata blanca con botas color de rosa.

Mas Jacobo, con la prudencia con que moderaba todos los gastos de
Currita desde que meta l la mano hasta el codo en sus arcas, desech
terminantemente el proyecto, imponiendo ms bien que presentando otro
ms econmico y tambin ms nuevo... Dos cuadrillas imitando las piezas
de un juego de ajedrez, blancas y negras, y una partida jugada por ellas
mismas en forma de contradanza; Luis Fonseca, su compaero de embajada,
habalas visto jugar as en Conchinchina cuando las fiestas en honor de
Phara-Norodon, rey de Cambodge. El proyecto fue aceptado con desdeosa
condescendencia por parte de Tonito, con sumisin entera por la de
Currita, y Celestino Reguera qued encargado de traer al da siguiente
dibujos para el traje de la dama que haba de representar la reina
blanca, y un soberbio juego de ajedrez, trabajado admirablemente en el
Japn, cuyas grandes piezas de marfil podran ser copiadas en los dems
trajes de la cuadrilla.

Currita titubeaba en la eleccin de modelo, y Jacobo, con la autoridad
delegada que ejerca en aquella casa como amigo ntimo de Villameln y
primo cuarto de la condesa, hzola decidirse al punto por uno
cualquiera, el ms barato... Currita obedeci sin hacer ninguna
observacin, sin replicar una palabra: conocase a las claras que estaba
supeditada por completo a aquel hombre, que l era all el amo, y todos
en la casa, desde Villameln hasta Joselito, desde la Albornoz misma
hasta la ltima fregona, obedecan servilmente sus rdenes, adivinaban
sus deseos y amoldaban a sus caprichos sus gustos propios. Slo dos
seres, los ms dbiles e indefensos, Paquito y Lil, resistan a la
voluntad omnipotente del desvergonzado parsito, a quien el instinto de
ngel de ambos nios representaba siempre como un reptil baado por los
rayos del sol, brillante a la vez que asqueroso.

Un da, a poco de haberse injerido Jacobo en la amistad ntima del
matrimonio, pintaba Currita en su estudio un retrato que deca ser de
Byron, el poeta querido que en sus cuadros, bustos y estatuas tena
representado por todas partes; pero que era en realidad la imagen de
Jacobo perfeccionada por Reguera, ceida la frente de laurel y abierto
hasta la mitad del pecho el ancho cuello de su camisa escocesa a la
antigua. Los dos nios, embobados de pie a un lado y otro de su madre,
miraban en silencio correr el pincel de la dama, que con cierta
complacencia ntima daba los ltimos toques al airoso y nervudo cuello
del Byron de contrabando. De pronto, Lil, con esa expresin seria y
meditabunda que toman a veces los nios, dijo a su madre:

--Mam... T por qu quieres tanto al to Jacobo?...

La condesa se volvi sorprendida, apoyada en el tiento, y hasta lleg a
inmutarse algo; mas reponindose al punto, dijo con mucho cario:

--Pues no le he de querer, hija?... Si es mi primo... tu to...

La nia movi la cabecita haciendo un mohn de duda.

--S!--dijo--. Yo tambin quiero al primo Bautista y al primo Carlos...
Pero ms que a ti y a Paquito, no..., no..., no...!

Y se ech a llorar amargamente, con el corazn encogido, escondiendo la
preciosa carita en el seno de su madre, como si buscara all lo que
encuentra la ms pequea golondrina en el fondo de su nido: el calor de
la ternura materna. Paquito nada haba dicho; psose muy encarnado, con
ese santo carmn con que el pudor instintivo tie las facciones de la
inocencia, y destrozando entre sus deditos, sin darse cuenta de ello,
una anforita romana, extrao lacrimatorio de vidrio que haba sobre una
mesa, ocult con varonil esfuerzo las gruesas lgrimas que le brotaban
de los ojos.

En otra ocasin, algunos meses ms tarde, acercbase el da del santo de
Currita, 10 de octubre, fiesta de san Francisco de Borja. Los dos nios
tramaban juntos una conspiracin para dar una sorpresa a su madre.
Paquito, en quien comenzaban a revelarse sus notables disposiciones para
la pintura, especialmente de retratos, haba pintado al pastel uno de su
padre, un Villameln deforme, color de zanahoria, que pareca tener el
carrillo izquierdo hinchado, pero no por eso dejaba de tener con el
original un ms que mediano parecido. Era lo ms notable del retrato la
parte de la frente y la cabeza, en que el nio haba copiado fielmente
la escasa cabellera de su padre, partida con una raya por en medio y
formndole sobre ambas orejas dos pequeos cuernecitos a lo Napolen
III, que haba alargado ms de lo conveniente la impericia del artista.
Lil, por su parte, haba hecho con ayuda de Miss Buteffull, que estaba
en el secreto, un marco de piel de Rusia, con flores de realce; y
reuniendo ambos su trabajo, qued completo el regalo; al pie de este,
escribi Miss Buteffull con su mejor letra inglesa: A su querida mam
en el da de su santo; y lo firmaron ambos nios, _Lil_, _Paquito_.

Oh! La obra era magna, haba costado mucho y preciso era que los
autores se cobrasen, presenciando por completo la alegre sorpresa de su
madre... Lleg el ansiado da, y ocultando Lil bajo su capita de pieles
el magnfico regalo, entrronse ambos nios a hurtadillas en el estudio
de su madre: all sola venir ella todos los das antes de almorzar,
bastante despus de las doce, y era la ocasin ms a propsito para
darle la sorpresa. En el caballete de Currita, sobre el cuadro mismo que
estaba pintando, coloc Paquito con sumo cuidado su obra maestra...
Luego, rindose como ngeles del cielo, con la agitacin de las grandes
expectaciones, con la candorosa confianza en el ms santo de los
carios, corrieron presurosos a ocultarse entre los innumerables
cachivaches, debajo de una papelera antigua de acero, ocultos por un
gran tapiz, que tena unas figuras muy largas, muy secas, muy feas: las
tres Parcas... Vease desde all el caballete, destacndose en medio el
monigote, y los dos nios, muy agazapados, muy juntitos, apretndose el
uno contra el otro, contemplaban su obra.

--Qu bien est!--deca Lil.

Pas media hora; Lil se impacientaba y estiraba las piernas.

--No viene--deca.

--Calla, tonta!...

Son un ruido; Lil dio un codazo a su hermano; susurrle al odo:

--Ya viene!--Y se encogi mucho, mucho...

Y vena, en efecto; pero no vena sola... Vena con ella el to Jacobo,
hablando de cosas que ellos no entendan, qu fastidio! Deudas que era
menester pagar, acreedores que queran cobrarse, una firma que era
necesario sorprender a Villameln al pie de un pagar por tres veces
protestado... Un prstamo, un mero prstamo pagadero al verificarse la
Restauracin, cuando pudiera l cobrar lo que haban valido ciertos
misteriosos papelitos...

Jacobo hablaba con voz desmayada, y animbale Currita, muy alegre, muy
satisfecha, diciendo a todo que s, que no tuviera cuidado... De pronto
mir al caballete.

--Qu es eso?...

Los nios no respiraban y apretbanse mucho, muy pegaditos, muy
pegaditos... Son entonces una carcajada.

--Has visto?...

Otra risa de hombre, la del to Jacobo, hizo coro a la primera, oyndose
esta vez:

--Valiente majadero!...

Y volvieron a rerse los dos, el to Jacobo y la madre, con una risa que
desconcert por completo a los nios, porque no era la risa alegre,
tierna, agradecida, rebosando amor y ternura de madre que ellos
esperaban, sino una risa acre, burlona, desvergonzada, que les
recordaba, sin saber por qu, la que usan para insultarse las mujeres
malas de la calle...

--Qu ocurrencia!... Pobres criaturas!... Y qu fesimo est el
babieca!... Mira, parece que tiene dolor de muelas. Qu delicia!...

--Y el chico le coron de firme...

--Pues es verdad!...

Hubo entonces un infame cuchicheo de risas y palabras entrecortadas...
Algo cogieron de una mesa, algo pusieron en el retrato, y de nuevo
resonaron aquellas carcajadas que hacan dao.

Los nios nada decan; habanse apartado el uno del otro como si
temieran comunicarse sus impresiones, y estaban all acurrucados,
quietos, muy calladitos..., muy calladitos...

Un criado entr en el estudio anunciando que el almuerzo estaba servido,
y Jacobo y Currita se fueron a poco sin volver a ocuparse ms del regalo
de los nios.

Paquito sali el primero: tena el aire de un chico que ha sentido en
una pesadilla un peso enorme, que no ve, ni palpa, ni comprende, pero
que le oprime y le anonada y le deja el pecho jadeante. Lil sali
despus y se le qued mirando; los dos se acercaron al retrato.

--Uy!--dijo Lil desolada--Lo que le han puesto!...

Una mano infame haba trazado con carbn de disear, en los dos ricitos
del retrato, la prolongacin ms sarcstica, el insulto ms villano.

El nio se puso muy rojo, luego plido, muy plido. Cogi el retrato,
escondilo bajo el gabn y fuese hacia la puerta sin decir palabra. Lil
se puso a llorar; entonces volvi el nio y le dio un besito.

--No llores, tonta...

l no lloraba; estaba muy serio, con las naricillas plidas, la boca
seca, blancos los labios... Empin el dedo y dijo mirando a la alfombra:

--Y no digas nada a mademoiselle... Sabes? Nada, nada... Yo me voy a mi
cuarto.

Y se fue a su cuarto el inocente, y all, en aquella soledad en que
nadie haba de consolarlo, llor a lgrima viva, llor a raudales...
Porque senta una pena profunda que le destrozaba el corazn sin
comprenderla, como destroza las entraas sin dar la cara un cncer
oculto; porque senta una vergenza, por decirlo as, annima, que le
haca ocultar el rostro baado en lgrimas en la blanca almohadita... Y
por qu, por qu senta l aquella vergenza, si era bueno y amaba a su
padre y a su madre, y adoraba a Lil, y tena siempre notas de
sobresaliente, y le rezaba a Dios todos los das, y tambin a la Virgen
Santsima que estaba all delante, en un cuadro, con el Nio en los
brazos?...

Se seren un poco. Oh! Qu feliz debi de ser aquel Nio divino con
poder llamar a aquella Madre tan pura: Madre!... Madre!...

Muy pocos das despus Currita retir repentinamente a su hijo del
colegio de Nuestra Seora del Recuerdo. Contaba ya el nio doce aos, y
el padre rector manifest a su padre, un da de visita, que era menester
disponerle para recibir la primera Comunin. Currita no estaba delante,
y Villameln se apresur a aprobar la idea. Quera l, ante todo, que su
hijo fuese cristiano.

--Y no crea usted, padre rector, esto me viene de casta. Mi mujer es
parienta de san Francisco de Borja y yo lo soy de santa Teresa, y por
los Benedetti, de san Francisco de Caracciolo...

Ah! Los Villameln haban sido siempre muy piadosos... Celebraban todos
los aos una novena a san Roque, abogado de la peste, en Quintanar de
Oreja, donde tenan posesiones. El era patrono de la iglesia y tena
facultad para nombrar al prroco.--Usted me entiende, padre rector?...

El rector lo entendi muy bien, y confiando en san Francisco Caracciolo,
dio otro paso adelante; la fiesta de la primera Comunin haba de
celebrarse el 19 de marzo, da de san Jos, y pareca natural, era muy
conveniente, sera muy edificante que l, padre del nio, y la seora
condesa, su madre, le acompaaran a la Sagrada Mesa. Tambin acept
Villameln.

--S, seor, padre rector, comulgar con mi hijo!... Mi santa madre lo
deca: conviene tener con Dios ciertas atenciones. Usted me
entiende?... Y adems, esas escenas de familia me conmueven; yo aspiro a
una familia patriarcal... Mi madre era una santa; mi mujer es un ngel
que se mira en mis ojos y no tiene voluntad propia: Currita, esto;
Curra, lo otro, eso hace. Usted me entiende, padre rector?...

El rector, que era escrupuloso, no se atrevi a decir que entenda por
miedo de soltar una mentirilla, y Villameln prosigui con el aire de un
monarca que se brinda a ser padrino de un pordiosero:

--Pues nada, padre rector, comulgaremos los dos con el nio, y yo, no
crea usted, vendr de uniforme.

El rector, que cazaba de largo y vea venir las cosas de lejos,
prevnole que sera conveniente vinieran ya los dos confesados al
colegio, porque los padres de all andaban siempre faltos de tiempo y
quiz les fuera imposible despacharlos.

--Corriente, padre rector, corriente... Yo tengo mi confesor fijo; nunca
me he confesado con otro... El padre Pareja, excelente sujeto. Un
santo, padre rector, un santo! Usted me entiende?

El padre rector lo entendi tan bien, que estuvo a pique de soltar la
risa. El padre Pareja, confesor ordinario del seor marqus, haba
muerto diez aos antes.

Villameln volvi a su casa muy satisfecho y refiri a Currita el
compromiso que haba contrado. Ella, con la rpida percepcin de su
claro entendimiento, comprendi al punto todo lo grave del compromiso, y
una idea horrible, la del sacrilegio, cruz por su mente cual un pjaro
siniestro... Mas se detuvo asustada ante ella, porque aun la mala mujer
espaola es rara vez impa; all, en el fondo de su corazn, cree
siempre y teme, y menos aterra el sacrilegio a la falsa devota que a la
francamente escandalosa. Su fecunda imaginacin ofrecile al punto otro
expediente digno de la superiora de Port-Royal, la mstica jansenista
Sofa Arnaud.

--Pero qu ests diciendo, Fernandito?... Comulgar un nio de doce
aos?... Qu barbaridad!... Eso es una irreverencia y yo no puedo
permitirlo.

Villameln abri la boca espantado.

--Pero, mujer, Curra, sabes?... Si el padre rector dice que s...

--Pues yo digo que no. Nadie comulga en Francia antes de los catorce
aos... lo menos!

--Pero como estamos en Espaa...

--Mira, Fernandito, vida ma; te he dicho que no hables en ninguna
parte... Eso no es cuestin de clima. Te enteras?... De modo que maana
vuelves al colegio y le dices a ese seor rector, de mi parte, que yo no
permito que Paquito comulgue sin estar convenientemente preparado... He
dicho!

En vano aleg el padre rector que el nio lo estaba de sobra, que aquel
rigorismo francs era un resto del jansenismo que las indicaciones de la
Iglesia y el celo del clero haban ya hecho desaparecer por completo, y
que era una maldad, un verdadero delito, privar por tanto tiempo a un
alma inocente del auxilio de un sacramento que obra ex opere operato...
Villameln se encoga de hombros, no comprendiendo bien de qu _peras_
se trataba; los astutos escrpulos de Currita no cedan, y sospechando
el padre rector la hipcrita hilaza, dijo terminantemente que, de seguir
el nio en el colegio, comulgara el da de san Jos, sin el permiso de
sus padres. Indignse con esto Currita, y para evitar la horrenda
profanacin, apresurse a retirar al nio.

Entonces comenz el inocente a fijar su candorosa atencin en las
extraas escenas que pasaban en su casa. Solo casi siempre el pobre nio
escapbase a las caballerizas, donde pasaba la mayor parte del da entre
lacayos y mozos de cuadra, escuchando conversaciones que al principio le
hacan enrojecer y acabaron por hacerle rer, a medida que se le iba
encalleciendo el pudor, especie de epidermis delicadsima que preserva
la pureza del alma. El enano don Joselito le diverta mucho, y a l
acuda con dudas misteriosas que el malvado pigmeo se apresuraba a
resolver, ponindole de manifiesto secretos tan curiosos como los que
descubra a su discpulo el Diablo Cojuelo, el impuro y asqueroso
Asmodeo...

El nio iba atando cabos.

Vino entonces a la corte una famosa compaa dramtica francesa, y
Currita mand reservar el abono de un palco para que fuesen los nios
todas las noches al teatro. Hablaban aquellas criaturas un francs tan
chabacano, tan de provincia, que era preciso aprendiesen de viva voz el
puro acento parisiense. En aquella escuela de acento y de prosodia
sigui el nio atando cabos, y un da, despus de una larga conversacin
con don Joselito, en que el maldito enano tante todo lo que poda
esperar su codicia de aquel nimo generoso si consegua iniciarle de una
vez y guiarle ms tarde por los laberintos del vicio, el nio at el
ltimo cabo... Desde entonces vari de carcter; haba visto ms de lo
que esperaba ver, y una gran vergenza clara ya y distinta, y un odio
feroz, implacable y reconcentrado, nacieron a la vez en su corazn,
impidindole aquella levantar los ojos delante del ltimo lacayo,
hacindole este afilar en silencio el pual de su rencor, para cuando l
fuera hombre, para cuando l mandara en su casa...

Su padre le inspiraba desprecio, su madre despego, y slo segua
adorando a Lil, nico ngel que quedaba ya en la casa. En cuanto a
Jacobo, evitaba su presencia en lo posible, y ms de una vez sorprendi
Currita, con verdadero miedo, en los ojos del nio una mirada de rencor
profundo, que reluca entre sus largas pestaas rubias como un acero al
salir de la vaina. Dedicse entonces con ardor a la pintura, y pasaba
largas horas pintando en su caballete, teniendo a Lil sentada a su
lado, cual si fuese el ngel de su guarda. As los sorprendieron aquel
da los que para trazar el plan del baile de trajes entraban con
Currita, y los nios, resistiendo a la curiosidad, permanecieron en su
rincn callados e inmviles. Mas cuando Celestino Reguera comenz a
formar sobre el tablero maqueado las magnficas piezas del ajedrez, y se
puso Jacobo a explicar el pintoresco modo como haban de moverse al
jugar la partida las personas que las representaran, Lil no pudo
resistir la tentacin y aproximse al grupo de puntillas, haciendo seas
silenciosas a su hermano para que viniese. Era aquello tan bonito!...

El nio se decidi al fin, y levantse para mirar un momento, con la
paleta en una mano y el tiento en la otra. Haba crecido mucho, iba ya a
cumplir trece aos y prometa ser muy lindo de cara, y de cuerpo esbelto
a la vez que fornido. Acercse al grupo, sonriendo a Lil, y psose a
mirar, empinndose un poco, por detrs de su madre y al lado mismo de
Jacobo. De repente, en el calor de su explicacin, hizo este un brusco
movimiento con el brazo y peg en la paleta del nio; desprendisele
esta con fuerza de la mano, y fue a caer sobre la manga izquierda de
Jacobo, manchndosela toda de pintura. El muchacho retrocedi un paso,
ponindose lvido.

Volvise Jacobo colrico, soltando impaciente una sucia palabrota, con
esa obscena grosera que se oculta con frecuencia bajo las pulidas
formas sociales de ciertos hombres y brota espontneamente en cuanto la
excita la ira o la impulsa una confianza sin decoro. El chico, al orla,
mir iracundo a su madre y a Jacobo, haciendo un gesto amenazador, en
que se vea palpitar el hombre bajo la frgil envoltura del nio.

--Qu?--grit Jacobo desafindole--. Nadie te ha llamado aqu... Vete!

Inyectronse en sangre los ojos del nio, y dio tan fuerte golpe con el
tiento, que lo rompi en dos pedazos.

--No me da la gana!--grit.

Jacobo hizo ademn de lanzarse a l, mas Currita le detuvo asustada...
El nio, ronca la voz por la ira, breve y cortada como la de un
calenturiento, volvi a gritar:

--No me da la gana!... Vete de aqu!... Aqu no mandas t!... Esta
no es tu casa!...

Y se detuvo jadeante, sin voz, en medio de un silencio siniestro,
parecido al que reina en la tempestad entre rfaga y rfaga... Jacobo
habase vuelto con los puos apretados, tartamudeando entre sus labios
blancos de ira:

--Est pidiendo un cachete...

No termin la frase: con la fuerza y prontitud que caracterizan al len
en su ataque, con la sanguinaria avidez con que el cachorro de un tigre
se arroja sobre su primera presa, lanzse el nio a Jacobo, clavndole
las uas en la garganta, dndole cabezadas en el rostro, patendole todo
el cuerpo con las robustas piernecillas, que parecan tener msculos de
acero. Sorprendido Jacobo, rechaz el brusco ataque, separando al nio
con un poderoso esfuerzo de sus nervudos brazos, y arrojlo lejos de s,
cual si fuese un saco de arena, a cuatro pasos de distancia; su cabeza
fue a chocar contra un enorme jarrn japons, de bronce antiguo, que
despidi un sonido metlico.

Con los ojos dilatados de terror, psose Lil a su lado de un salto y
levant entre sus manos la lvida cabecita. Celestino le cogi en sus
brazos y llevselo apresuradamente fuera de la estancia.

Qued Lil arrodillada en la alfombra, mostrando a su madre sus manitas
ensangrentadas, tartamudeando con la opaca vibracin de un terror sin
medida:

--Sangre!... Mam... Sangre!...




--IV--


Pedro Lpez crey sucumbir de pltora de inspiracin al dar cuenta en
_La Flor de Lis_ del gran baile de _ancha base_ celebrado el lunes de
Carnaval en casa de los excelentsimos seores marqueses de
Villameln... Hay situaciones, hay espectculos que el hombre comprende
y admira con su instinto, pero no puede describir ni comentar con su
talento; en tales casos, el poeta ms grande, el escritor ms maestro,
es el que exhala el grito ms natural, la exclamacin ms vehemente...
Por eso juzg Pedro Lpez la mejor manera de describir el mgico baile
estampar al frente de una cuartilla un Oh!!! profundo, un verdadero
_do_ de pecho literario, y dejar todo lo dems en blanco.

Ms all, por la madrugada, cuando retirado en la _serre_ tomaba
apresuradamente algunas notas, acercsele Butrn, rendido y satisfecho,
como el caudillo despus de la victoria, y adelantando la torneada
pierna que el calzn corto y la media de seda negra cean por completo,
haciendo ondular con juvenil garbo la airosa capa veneciana, djole con
entonacin solemne, con misterio profundo, metindole la punta de la
nariz dentro de la oreja izquierda:

--Lpez!... Mucho ojo!... Su _compte-rendu_ de usted nos asegura el
triunfo... Que toda esa gentecilla cursi vea su nombre en _La Flor de
Lis_, ensalzada por el _reporter_ elegante de los salones, y es nuestra
para siempre... Fuera escrpulos!... La de Martnez, bellsima!... La
Garca Gmez, encantadora!... Esta que viene aqu, un portento; la
Victoria Colonna, de este siglo...

Y atento y obsequioso, corri a estrechar la mano de la Victoria Colonna
del siglo XIX, una jamona muy madura, de metro y medio de largo y doce
arrobas de peso, vestida de Safo, con corona de mirtos en la cabeza,
lira de latn dorado en la mano, y en la chata nariz--Manes de Phaon,
estaos quedos!--gafas de oro!...

Era la excelentsima seora doa Paulina Gmez de Rebollar de Gonzlez
de Hermosilla, eminente literata, poetisa afamada, a quien Butrn haba
echado el ojo para secretaria de la junta de seoras.

La redada haba sido, en efecto, completa y calificbala Butrn de
_pesca milagrosa_; el caritativo anzuelo de socorrer a los heridos del
Norte haba prendido en todos los corazones, verificando la fusin
deseada, y el heterogneo personal de la Asociacin de seoras qued
reclutado, faltando tan slo organizarlo. Triunfante Butrn y
rejuvenecido, felicitaba a unos, animaba a otros, multiplicbase por
todas partes, tendiendo siempre la caa, y entre el calorcillo de la
cena y el humo de las satisfacciones, estuvo a pique de desquiciarse
aquella cabeza tan firme, hasta el punto de pasar por ella la idea de
invitar para el cotilln a la excelentsima seora doa Paulina Gmez de
Rebollar de Gonzlez de Hermosilla. Un extrao rumor que comenzaba a
circular por los salones vino a detenerle al borde del abismo, ms
profundo que el agitado mar, sepulcro de la Safo autntica, al pie de la
roca de Lucades.

Susurrbase que all, en un apartado gabinete, haba surgido un lance de
honor entre dos personajes de mucha cuenta. Azorado Butrn, corri a
informarse por s mismo, temeroso de que aquel incidente imprevisto
viniese a romper los lazos de unin con tanto trabajo anudados. Acercse
a un grupo; en medio peroraba Gorito Sardona, vestido de pen de ajedrez
y muy enterado del caso; habalo presenciado todo y era uno de los
contendientes el to Frasquito.

--Polaina!--exclam Digenes--. Y a qu es el duelo?... A tijera o a
aguja?...

--Algo parecido anda de por medio--replic Gorito.

Y prosigui diciendo, con grandes ponderaciones y mucho misterio, que el
otro contendiente era sir Roberto Beltz, capitn de guardias agregado a
la embajada inglesa, hombre muy posma, muy preguntn, muy aficionado a
investigar el porqu de todas las cosas, y metdico y ordenado hasta el
punto de rerse por la maana de los chistes odos la noche antes.

Al or hablar de sir Roberto Beltz, hizo Digenes un gesto como si le
asaltara gran tentacin de risa, y quedse, sin embargo, muy serio
escuchando la narracin del gomoso. De ella resultaba que el to
Frasquito haba observado con sorpresa al principio, con recelo luego y
con inquietud ms tarde, que sir Roberto Beltz le segua a todos los
lados sin perderle un momento de vista; atribuylo, al pronto, a la
admiracin que pudiera causarle su magnfico traje de gran mandarn,
capaz de despertar las envidias del _Mikado_, porque era el to
Frasquito el feliz mortal que haba tenido la honra insigne de figurar
como rey blanco, al lado de Currita, en la famosa partida de ajedrez
que acababa de representarse. Mas al terminar esta, encontrselo
repetidas veces entre los frecuentes apretones del baile, rozndolo
siempre con intencin muy marcada y sacudindole en dos ocasiones.

--Unos codazos--deca la vctima en su captulo de
cargos--horrorrosos..., horrorrosos!... Ni ms ni menos que si
pretendiese averriguarr si sonaba yo a hueco...

Y algo ms tarde, hallndose el venerable mandarn hablando con unas
seoras, un poco inclinado hacia adelante por estar ellas sentadas,
acercsele sir Roberto con mucho disimulo, oculto entre el gento, y sin
provocacin ninguna, sin objeto alguno justificado, zas!, hundile con
flema britnica, hasta la cabeza, un alfiler en la nalga izquierda...

--Majadero!--exclam Digenes--Si le dije que era la derecha... La
derecha es la de corcho.

Y en medio del pasmo de todos y de sus risas despus, explic entonces
Digenes el enigma... Mientras las cuadrillas del ajedrez bailaban,
hallbase sir Roberto Beltz al lado de Digenes, mirando con grande
atencin al to Frasquito, que muy pomposo y satisfecho en su papel de
rey, movase con pausa y majestad sobre el tapiz a cuadros rojos y
blancos que representaba el tablero.

--Quin es ese _goven_?--pregunt a Digenes.

--_Goven_?... Polaina!... Dos aos me lleva a m, y tengo sesenta y
tres; conque ajuste usted la cuenta.

Estirse la cara de pasmo perpetuo de sir Roberto, y Digenes acrecent
su asombro, aadiendo muy serio:

--Ah, donde lo ve usted, lleva en el cuerpo treinta y dos cosas
postizas.

--Oh, seor de Digenes! Usted estar un andaluz muy crecido...

--Que no?... Pues vaya usted contando...

Y comenz a enumerar los componentes que supona en el to Frasquito la
leyenda, acabando por poner en el catlogo la nalga de corcho. Sir
Roberto, asombrado, creyendo encontrar un nuevo modelo de _hombre
clstico_ que colocar en el British Museum, quiso aplicar al hallazgo su
mtodo experimental, y recibi, en cambio, un espontneo abanicazo que,
en la irascibilidad de sus nervios excitada, le sacudi el to Frasquito
con su abanico de mandarn en lo alto de la cabeza.

La sangre no lleg, sin embargo, al ro; intervino Currita muy indignada
contra las zafias bromas de Digenes, y puso fin a la contienda
apoyndose en el brazo de sir Roberto Beltz, para dar una vuelta por la
_serre_, y encargando antes al to Frasquito que convidase para el da
siguiente a comer con ella a todos los que haban tomado parte en las
dos cuadrillas, blanca y negra. Fernandito quera fotografiarlas en
ambos grupos y en sus respectivos trajes, para que publicasen luego un
gran grabado de ellas en _La Ilustracin Espaola y Americana_.

La comida fue divertidsima; Currita tuvo el capricho de mandar preparar
a su cocinero un _men_; japons, y todos se sentaron a la mesa con los
mismos trajes japoneses con que en diversos grupos y actitudes se haban
retratado en la cabaa de Fernandito. A los postres tuvo el to
Frasquito una idea nueva y felicsima, una verdadera inspiracin nacida
entre los vapores de su estmago agradecido, y acogida con entusiasmo
por todos los presentes. Ocurrisele, para eternizar la memoria de aquel
baile famoso, para grabar el recuerdo de aquellos trajes lujossimos,
para no separar nunca de su reina aquella aristocrtica cuadrilla
japonesa, reclutada por l mismo en los salones del Veloz-Club,
prolongar la mascarada, transformndola en una especie de guardia de
honor que sirviese y acompanase a Currita por todas partes, llevando
alguna particular contrasea que la diferenciase del resto de los
mortales. Currita acept encantada la idea, y seal como distintivo de
la nueva orden de caballera una corbata azul, color de la famosa liga
de la condesa de Salisbury, para fundar la antigua y nobilsima orden de
la Jarretire. Brindse la dama a regalar a todos la insignia de la
nueva orden y envile a cada uno una preciosa corbata azul de rica seda
japonesa, sujeta por un alfiler formado por una gruesa perla,
procedentes todas de un magnfico collar que haba pertenecido a su
madre. El to Frasquito fue nombrado por aclamacin gran maestre de los
ilustres caballeros, que tomaron el dictado de _Mosqueteros de Currita_.
La custica stira madrilea, la ms sangrienta quiz que hemos
conocido, hzoles bien pronto variar de nombre. Carmen Tagle,
profundamente resentida, porque habiendo representado ella a la reina
negra en la partida de ajedrez no se haba formado ninguna guardia en
honra suya, comenz a designar a la de su rival, por su origen japons,
con el nombre de _Mikado_.

--Ese, ese es el nombre propio!--grit la Mazacn, entusiasmada al
orlo--. Lo natural y lgico es que para guardar a _la mona Jenny_ se
cree un cuerpo de _micos_.

Y desde aquel entonces qued confirmado el cuerpo de mosqueteros con la
nueva denominacin de _Micos de Currita_.

Tambin el to Frasquito conquist en aquella escaramuza otro
sobrenombre, que vino a aumentar ese largo catlogo de ellos que
prodigan la malignidad y la envidia con tan grande profusin, en la alta
sociedad madrilea. La duquesa de Bara habale encontrado gran parecido,
vestido de mandarn, con un retrato publicado en _La Ilustracin_, de
Pan-Hoei-Pan, clebre literata china, y _Pan-Hoei-Pan_ comenz a
llamarle desde entonces la inmensa falange de sus sobrinos legtimos y
espurios.

Jacobo, con la egosta y rapaz avaricia con que moderaba todos los
gastos de Currita, y la desptica autoridad que sobre ella ejerca,
reprendile agriamente aquel derroche de perlas, desperdiciadas en
regalar corbatas a sus _micos_. Ella, ciega por la ms temible y la ms
tupida de todas las vendas, y temerosa siempre de verse privada de las
luces y consejos de aquel hombre, que llenaba la escasa cavidad de su
corazn y satisfaca las inmensas proporciones de su vanidad, resolvi
entonces, para desagraviarlo, hacerle el 30 de abril, da de su
cumpleaos, un magnfico regalo. Ilumin, pues, con ayuda de Reguera,
una gran fotografa en que se hallaba representada ella misma con su
rico traje de reina japonesa, y encarg dibujos para un marco suntuoso
que haban de ejecutar, en oro, plata y pedrera, Marzo y Ansorena. Los
dibujos, sin embargo, no la satisfacan; el 30 de abril se acercaba, y
apremiada por lo breve del plazo, desesperaba ya de ver realizado su
proyecto. Propsole entonces Celestino Reguera comprar un marco antiguo,
de plata cincelada, que procedente de cierta casa ducal muy conocida,
estaba de venta en la Exposicin de arte retrospectivo. Currita se dio
una palmada en la frente.

--Tonta de m!--dijo--. Si no se necesita; si tengo yo aqu mismo, en
casa, al alcance de la mano, algo mejor y mas rico que cuanto pudieran
ofrecerme.

Con la viveza de una nia que corre a satisfacer un soado capricho,
atraves Currita los vastos departamentos del palacio, en que
resplandecan por todas partes el lujo y la molicie; lleg a uno de sus
extremos, la de honor en otro tiempo, habitada entonces por la
servidumbre. En una especie de rotonda, adornada con antiguas pinturas
al fresco, ya del todo desteida y borradas, abrase una gran puerta de
roble con herraje de bronce y bellos tableros de talla. En vano intent
la condesa levantar con sus delicadas manecitas el enorme pestillo
cincelado: estaba la llave echada. Acercse entonces a la salida de un
corredor que daba a la cocina y grit muy impaciente:

--Germn!... Basilio!... No hay nadie?...

Acudi Germn muy presuroso y extraado de encontrar a la seora condesa
por aquellos andurriales.

--La llave de aqu--dijo ella.

Germn se encogi de hombros. Quin iba a saber dnde estaba aquella
llave?

--Pues buscarla en seguida!--grit Currita--. Pregunte usted a don
Joselito, en la contadura, en todas partes!... Jess! Qu fastidio!

Y daba pataditas en el suelo, llena de impaciencia, mientras Germn se
lanzaba presuroso por toda la casa en busca de la llave. Volvi, al fin,
despus de un cuarto de hora trayendo una muy grande, llena de orn, con
un tarjetn de pergamino colgando, en que se lea: _Oratorio_. La llave
entr rechinando en la cerradura, y en vano forceje Germn para hacerla
dar vueltas; preciso fue sacarla de nuevo, untar las guardias con
aceite, e introduciendo un palo por el ojo, gir al cabo al sexto o
sptimo empuje. Otros dos o tres vigorossimos que dio Germn con todo
su cuerpo sobre una de las hojas hicieron girar a esta lentamente,
dejando escapar una bocanada de viento hmedo: el interior estaba
oscuro.

--Espere usted aqu--dijo Currita con cierto airecillo de miedo.

Y adelantse ella con las manos extendidas para no tropezar, cerrando
los ojos un momento para poder acostumbrarse a aquellas tinieblas.
Algunos reflejos de tenue luz entraban por dos altas y rasgadas ventanas
laterales, cubiertas ambas con grandes cortinones de rojo damasco,
desteido y empolvado. Currita quiso descorrer uno de ellos, tirando
violentamente del cordn de seda que a lo largo de la pared bajaba desde
lo alto; mas la cortina rechin sin descorrerse, y podrido sin duda el
cordn, rompise por arriba, cayendo sobre Currita enroscado, cual si
fuese una larga y delgada serpiente. La dama dio un chillido, y una nube
de espeso polvo se desprendi al mismo tiempo, y dos murcilagos
salieron de entre los pliegues del brocado y comenzaron a revolotear de
una a otra parte.

Germn!--grit Currita muerta de miedo.

Y disimulando, al verle entrar, su repentino azoramiento, aadi,
huyendo del malhadado cordn, cual si fuese en realidad una serpiente:

--Jess, hombre, qu torpeza!... Acabe usted y descorra esa cortina...

Con gran trabajo y tirando de los dos cordones a la vez, con sumo
tiento, pudo Germn descorrer la contraria, y asustada por la luz, salt
entonces del altar una gallina y echaron a correr dos o tres pollos
cacareando, entrndose por una puertecilla entreabierta que a la derecha
del retablo haba. Currita mir a Germn estupefacta, y este,
conteniendo a duras penas una carcajada, que le pareci falta de respeto
a su ilustre duea, contest muy grave.

--El cocinero encierra aqu a los que ha de matar para tenerlos ms a
mano.

--Pero por dnde los mete?... Si estaba la puerta tan atrancada!...

--Por la otra puertecilla de la sacrista que da junto a la cocina...

--Ya!...

Penetraba la luz por los sucios y empolvados cristales, escasa y como
avergonzada, mas era suficiente para iluminar aquel cuadro desolador de
impo abandono... Era el oratorio una preciosa capilla de alta bveda
pintada al fresco, construida con grande gusto y riqueza a fines del
siglo XVII. Hallse en tiempos tapizada de arriba abajo con ricos paos
de damasco encarnado, que caan entonces en sucios guiapos a lo largo
de las paredes, llenas de manchas y desconchones, como el rostro de un
virolento; a trechos, veanse encerrados en ricos marcos, ya podridos,
amarillentos pergaminos en que constaban las innumerables gracias y
privilegios concedidos por los sumos pontfices a los fundadores de la
capilla. La rica talla, algn tanto churrigueresca del retablo,
desapareca bajo una espesa capa de polvo y de telaraas, y las varias
imgenes que ocupaban las hornacinas parecan tener esa palidez lvida
que indica en los hombres lo supremo del espanto. Sobre el altar veanse
el ara rota, el tabernculo hundido, y dos bellos ngeles, que a un lado
y otro sostenan antes lmparas de plata, levantaban entonces sus manos
vacas, crispadas, como anunciando la clera del Seor... A los pies de
la capilla, sobre un confesonario destrozado y varios reclinatorios
rotos, hallbanse amontonados trastos viejos, muebles inservibles y el
armazn de un teatro en que haba representado la condesa, tiempos
atrs, unos famosos _cuadros vivos_. Sobre las dos gradas que formaban
el presbiterio haba, a la izquierda del retablo, una especie de armario
de cristales, embutido en la pared, donde se guardaban reliquias: all
se dirigi Currita, mandando a Germn que abriese la puerta. En la parte
inferior haba varios estuches medio abiertos que encerraban vasos
sagrados, y tirada en un rincn, arrugada y hecha un lo, una casulla de
terciopelo negro, con ricos bordados de oro, que presentaban en
primoroso realce las armas de la casa. Al verla Currita, acordse
instantneamente de la ltima misa celebrada en aquel recinto profanado:
haba sido quince aos antes, estando all mismo de cuerpo presente la
vieja marquesa de Villameln, madre de Fernandito: an se vean a lo
lejos, entre los amontonados restos del teatro, las piezas del catafalco
que haba sostenido su cuerpo. Currita sinti una especie de escalofro
de miedo y mir instintivamente al sitio en que sola or todos los das
misa la anciana marquesa. All estaba su silln de terciopelo, hundido
todo y destrozado, y delante el reclinatorio, conservando an sus
almohadones apolillados las huellas de sus rodillas y sus brazos.
Currita volvi bruscamente la espalda, como si temiese ver aparecer
all, plida y airada, la sombra de la vieja dama.

Estaba la parte superior del armario forrada de terciopelo rojo,
bastante bien conservado, y sobre almohadillas del mismo terciopelo
hallbanse varios relicarios de plata, guardando huesos de santos; en un
rincn, de pie contra la pared, haba un objeto de ms de una tercia de
largo, envuelto en una funda de oscuro tafilete, roda toda de ratones,
y esto fue lo que cogi Currita, sostenindolo por su mucho peso con
ambas manos, y saliendo al punto de la capilla muy de prisa, azorada,
como si hubiese cometido un robo en lugar sagrado.

A solas ya en su estudio, cuando abri la destrozada funda, quedse ella
misma admirada: era aquello una preciosidad artstica de valor inmenso,
un marco de plata cincelada, obra admirable de orfebrera del siglo XVI,
que ostentaba cual noble ejecutoria, esculpido en el pedestal de una de
sus mil bellas figurillas, el nombre ilustre de Enrique de Arfe, autor
de la custodia de Crdoba y de la llamada Cruz antigua. Aquella
maravilla serva, sin embargo, de marco a un objeto harto extrao e
insignificante: sobre un fondo de raso blanco y cubierto por limpidsimo
cristal chafianado, vease sencillamente un harapo, un pedazo de burdo y
rado sayal pardo. Por el reverso, cerraba el cuadro una gran chapa de
plata, sujeta por finas tuercas, que no sin grandes esfuerzos consigui
destornillar Currita. Liados en blancos tafetanes, amarillos ya por el
tiempo, hall dentro dos papeles escritos con clarsima letra del siglo
XVI, que sin esfuerzo ninguno podan perfectamente descifrarse. En uno
deca: Pedazo de la cogulla del venerable siervo de Dios fray Alonso de
Lujn, muerto en olor de santidad en su convento de Talavera de la
Reina, a los 23 de enero de 1590. Y a rengln seguido, con la candorosa
arrogancia de los magnates de aquella poca, firmaba sencillamente:
_Doa Catalina_.

--Ya!--exclam Currita muy admirada--. Con que _esto_ era de
_aquel_!...

Y sus ojos fueron a buscar, entre las mil preciosidades que adornaban el
estudio, una admirable cabeza, pintada por Pantoja, de un capuchino[16]
muerto, en cuyo rostro resplandeca esa serena calma que deja impresa la
muerte, como seal de predestinacin, sobre la frente de los justos.
Era, en efecto, aquella cabeza venerable el retrato de fray Alonso de
Lujn, hermano del cuarto marqus de Paracullar, y haba sido
trasladado aos atrs del oratorio a los salones de la casa, no como
objeto de piedad, sino como monumento de arte.

[Nota 16: Esta clusula est tomada literalmente del testamento
citado, sin otra variacin que la de introducir en ella el nombre
supuesto de la Marquesa de Paracullar.]

En el otro papel hallbase copiada esta clusula del testamento de doa
Leonor Manrique de la Cerda, repartiendo entre sus parientes un hbito
de su primo hermano, el venerable padre fray Alonso de Lujn, religioso
capuchino: Mi seora, la duquesa del Infantado, escoja la pieza que le
pareciere, y otra se d al conde de Salvatierra, y otra al conde de
Montijo, y otra a mi sobrina doa Catalina, marquesa de Paracullar, y
el cordn se d al conde de Salinas, mi sobrino, que lo tenga y venere
como cordn y reliquia de un tan venerable y santo varn como yo lo he
tenido; y una cogulla que yo tengo del dicho padre fray Alonso mando
tambin a mi seora duquesa, y le suplico la d cuando a su excelencia
le pareciere al conde del Cid, y la pieza que su excelencia escogiere,
la d al duque de Bjar, de cuya casa era muy devoto el dicho padre fray
Alonso.

Currita estaba admirada... Mentira pareca que aquellas buenas gentes,
tan grandes seores, por otra parte, tan famosos en la historia muchos
de ellos, se repartiesen entre s, como joyas preciosas, el burdo sayal
de un pobre fraile. Lo que varan los tiempos!... La buena de doa
Catalina se haba gastado un dineral en fabricar una joya para su
pedacito de cogulla, sin sospechar siquiera que haba de ahorrarle a
ella el gastarlo en...

Con una brusca sacudida ech fuera, sin tocarla, la reliquia, y puso
despus en su lugar el retrato. Estaba perfectamente, y slo con
recortarle un poco los bordes encajara tan bien como si hubiese sido
hecho el marco a su medida. Currita calculaba complacidsima el efecto,
alejando de s el retrato, y la mano con que le sostena fue a tropezar
con el pedazo de cogulla del fraile; retirla bruscamente, cual si
hubiese tocado una brasa ardiendo, y mir con miedo, con espanto casi,
la magnfica cabeza de Pantoja, que tan admirablemente expresaba sobre
el lienzo la imponente y serena calma de la muerte. Con los mismos
papeles que encerraban la autntica y la clusula testamentaria, cogi
la reliquia de fray Alonso, y sin tocarla, con un gesto que lo mismo
expresaba la repugnancia que el miedo, el asco que el respeto, arrojlo
todo en una preciosa cestilla destinada a recibir papeles para la
basura. Arrepintise al punto; haba odo ella que las cosas santas no
deben tirarse, sino quemarse, y volvilo a recoger todo de la misma
manera para no tocar la reliquia, y fue a echarla entonces en una
chimenea encendida que arda en un ngulo. Otra vez lanz, sin poderlo
remediar, una mirada a hurtadillas, con medroso recelo, a la plida
cabeza del fraile muerto.

Un fuerte olor acre y desagradable del pao que se quemaba extendise al
punto por toda la estancia. En aquel momento entr Villameln muy alegre
y satisfecho, que volva de Chamartn de la Rosa, donde en su preciosa
quinta de Miracielos estaba ensayando con gran entusiasmo la incubacin
artificial de los huevos de gallina.

--Jess, hija, qu mal olor!--exclam detenindose a la entrada--. Qu
has quemado?... Si _huele_ aqu a infierno...

Currita se puso muy seria, muy enfadada, y hasta un poco plida.

--Mira, Fernandito, no digas tonteras... No me gustan bromas con las
cosas del otro mundo.

Y como si fuese cosa de l, volvi a lanzar otra mirada furtiva y
medrosa a la imponente cabeza de fray Alonso.

--Pero hija, Curra, sabes?... Que abran esa ventana; si _huele aqu_ a
chamusquina, a cuerno quemado...

--Pues nada, hombre; un pincel viejo que tir en la chimenea... Vamos,
dejemos ya eso. Has visto a Lil?...

Villameln dio una gran palmada.

--Mujer!... Se me olvid...

--Pues no te dije que fueras a verla?--grit Currita muy colrica.

--Pues, nada, hija, se me olvid... Qu vamos a hacerle?...

--Jess, qu hombre este!... Se acuerda de ver las gallinas y se olvida
de visitar a su hija...

Porque el lector ignora an que ninguno de los dos nios estaba ya en la
casa... Cuatro das despus de la escena que en el anterior captulo
queda referida, cay Currita en la cuenta y convenci de ello a
Fernandito de que, no pudiendo dedicarse ella exclusivamente a la
educacin de sus hijos como hubiera sido su deseo, era lo mejor enviar a
Lil al colegio que tienen en Chamartn las religiosas del Sagrado
Corazn, y a Paquito al que por aquel tiempo tenan los jesuitas en
Guichn, del lado de all de los Pirineos... Ni ella ni Jacobo haban
tenido en cuenta que en aquel mismo colegio se educaba Alfonsito
Tllez-Ponce, el hijito de este.

Villameln, muy contrito de su falta, prometi remediarla al da
siguiente, cuando fuese a Chamartn a inspeccionar los perodos de la
incubacin artificial, que ocupaba en aquella poca toda su atencin y
todo su tiempo. Digenes, al saber las nuevas aficiones del ilustre
prcer, haba dicho:--No hay que extraarse... Est clueco.




--V--


La cola que formaban los coches frente al palacio del marqus de Butrn
coga casi toda la calle de Hortaleza, atravesaba la red de San Luis e
iba a perderse en la de la Montera. Los carruajes avanzaban lentamente,
parbanse un momento, abranse y cerrbanse con estrpito las
portezuelas, y corran luego a estacionarse en la Plaza de Santa
Brbara. Los transentes detenanse extraados y quedbanse muchos
contemplando aquella larga procesin de damas, rara en Madrid, a la
clara luz de las tres de la tarde. El Gobierno pareca alarmado: varios
agentes de orden pblico pasebanse por la acera de enfrente, a lo largo
del palacio, y algunos polizontes se mezclaban entre los curiosos o
trababan conversacin con cocheros y lacayos, que charlaban entre s
desde los pescantes, designndose, segn la clsica costumbre, por los
ilustres nombres de sus amos.

Las damas saltaban ligeramente de los coches, atravesaban el gran
portal, suban la escalera alfombrada y perdanse, con aire de
conspiradoras, en aquel ancho saln del teatro, famoso en otro tiempo
por haber representado en l don Ventura de la Vega _El hombre de mundo_
y dirigido Bretn de los Herreros en persona los ensayos de _El pelo de
la dehesa_. Reinaba en l una media luz prudentsima, un prematuro
crepsculo que velaba con paternal indulgencia entre sus sombras
misteriosas los grandes deterioros del decorado, incapaces de resistir
con honra la descarada luz de las tres de la tarde.

Desde fuera, pareca aquello el zumbido de una colmena colosal, en que
doscientas mujeres murmurasen al mismo tiempo entre el crujido de las
sedas, el ric-rac de los abanicos, las tosecillas afectadas que dan
tiempo a preparar una respuesta, las melifluas risitas que acompaan
siempre a la afectuosidad femenina, y los perfumes peculiares a
doscientos gustos diversos y doscientos tocadores distintos. A veces,
reinaba de repente uno de esos sbitos silencios que el pueblo andaluz
atribuye al involuntario respeto que infunde el invisible aleteo de un
ngel que pasa; era ms bien algn diablillo que llegaba, alguna dama
famosa por cualquier concepto que traspasaba el dintel, obligando a la
crtica a replegarse sobre s misma, para estudiar el blanco sobre que
haba de disparar su metralla.

Ningn hombre apareca a la vista; en el fondo, tras la sencilla cortina
de rojo terciopelo, con las armas de Butrn bordadas en el centro, que
cerraba la emboscadura del teatro, adivinbase, sin embargo, algo
masculino, algn espritu no santo que tosa y estornudaba como el resto
de los mortales, porque dos toses y un estornudo, haban llegado al odo
avizor de la seora de Barajas, que estaba all cerca; toc con el codo
a su hermana, dicindole muy bajo: Aqu hay duendes; y la otra, sin
volver la cabeza, contest muy seria:

--Robinsn y su negro Domingo, que se habrn constipado en la isla
desierta.

As era, en efecto: el gran Robinsn y el seor Pulido hallbanse tras
el teln, observando por los dos imperceptibles agujeritos que servan
en otro tiempo para registrar la sala a los ilustres actores que haban
pisado aquella escena aristocrtica. El respetable diplomtico pareca
inquieto, y el seor Pulido iba y vena sigilosamente de uno a otro
agujero, apretando los labios y moviendo la cabeza, con muestras tambin
de alguna zozobra.

La concurrencia era numerosa, escogida y a propsito para secundar los
planes del diplomtico; mas notbase, sin embargo, un sntoma alarmante,
una peligrosa falta de disciplina en la mesnada aristocrtica, las
alfonsinas de raza, pertenecientes, en su mayor parte, a familias de la
Grandeza. Habanse sentado todas ellas hacia el lado izquierdo, formando
un grupo, y, cuchicheando y cambiando entre s risitas y seas burlonas,
miraban entrar y amontonarse en el lado opuesto a las cursis radicalas,
con el aire de desdeosa proteccin de la gran seora que permite a su
doncella sentarse a su presencia, a cuatro metros de distancia. Tan slo
la duquesa de Bara, fiel a la consigna del caudillo, habase apresurado
a sentarse entre las dos ministras cesantes: la de Martnez, mujer
sencillsima y modesta, que se hallaba all como gallina en corral
ajeno, y la de Garca Gmez, cursi pretenciosa, que pretenda deslumbrar
a pjara tan larga como la duquesa con sus alardes de elegancia y de
buen tono.

En vano iba de un lado a otro la marquesa de Butrn, intentando, con su
fino tacto y sus delicadas maneras, ahogar en germen aquellos puntillos
mujeriles, aquellas vanidades alborotadas que amenazaban dar al traste
con la suspirada fusin a duras penas obtenida en el baile de Currita;
tan slo pudo conseguir su mprobo trabajo colocar a la duquesa de
Astorga, mujer bondadossima, al lado de la excelentsima seora doa
Paulina Gmez de Rebollar de Gonzlez de Hermosilla, cuya colosal figura
se destacaba sobre un asiento muy alto, aislada entre tirios y troyanos,
silenciosa y pensativa, cual Safo meditando su suicidio en lo alto de la
pea de Lucades.

Las carlistas, por su parte, pocas en nmero, pero en valor muy
aguerridas, formaban otro grupito sospechoso, teniendo al frente a una
viejecilla chiquitilla, flaca y nerviosa, de ojos vivsimos. Era la
baronesa de Bivot, ilustre catalana, que se remova sin cesar en el
asiento, esgrimiendo el abanico con el blico ardor del veterano ansioso
de combate que huele la plvora a lo lejos. Carmen Tagle la bautiz al
punto.

--All est _Zumalacrregui_--dijo a su vecina--. Mrala, el cuerpo le
pide pendencia.

El respetable Butrn se daba a todos los demonios temiendo una
catstrofe, y aplicaba el odo en vez del ojo al agujero, a ver si poda
pescar alguna palabrilla suelta que indicase el rumbo que tomaba la
tormenta. No se oa nada; un zumbido colosal de colmena en momentos de
mudanza, que le sacaba de quicio, ponindole nervioso.

--Pero que siendo tantas no haya una sola que calle!--exclam hecho un
basilisco; y el seor Pulido, sin perder su pausa, con filosfica
profundidad, replic muy bajito:

--Las prefiero hablando, Pepe... Callar sera contra naturaleza.

Y en aquel momento, como si quisieran probar aquellas amables criaturas
que llevar siempre la contra es el rasgo peculiar del sexo, callaron
todas de repente, siguindose un silencio profundo, un _caldern_
prolongadsimo de cerca de un minuto, seguido, a su vez, de un allegro
alborotado, un crescendo inverosmil, rpido y vivace... Algo gordo
suceda, y el respetable Butrn y el filosfico Pulido acudieron al
punto muy azorados a sus respectivos observatorios... Entraba la condesa
de Albornoz, con aquel paso de que habla Virgilio, que revela una reina
o una diosa, inclinando la cabeza con el aire de vanidad satisfecha de
aquel emperador romano que encoga la suya al pasar bajo los arcos de
triunfo, por miedo de tropezar en ellos con la frente; seguala la
marquesa de Valdivieso, una de las cmodas amigas de fcil contener que
traa ella siempre a retortero para que la acompaasen como damas de
honor, sirviendo, segn su frase, de marco a su elegancia.

Cogila Leopoldina Pastor por las faldas, al pasar por su lado, y quiso
obligarla a sentarse entre ella y Carmen Tagle... Era necesario
escarmentar a aquellas indecentes radicalas que estaban all con la boca
abierta, _dndose pisto_, soando quiz con la presidencia...

--Mralas, qu retablo!...

Deseando estaba que Genoveva tomase la palabra para tener ocasin de
decir a aquellas cursis cuatro palabritas bien dichas, pero iba a estar
aquello muy fro!... A ella le hubiese gustado discutir a caballo, con
los hunos de Atila. Dile Currita cariosamente en el hombro con el
abanico, murmurando: _C'est drle_; salud con una monsima cabezadita
al amplio crculo de sus ilustres amigas y dejse llevar suavemente por
la Butrn al lado opuesto, sentndose, al fin, junto a la duquesa de
Bara y las dos ministras. Apretle cariosamente la mano a la de
Martnez, dicindole: Querida ma!, y manifest a la Garca Gmez su
desolacin profunda por no haberse encontrado el da antes en casa
cuando estuvo esta a visitarla.

--Coraje me dio al ver su tarjeta... Hubiera deseado que charlsemos un
rato... Quiero que seamos amigas...

La Garca Gmez crey reventar de dicha ante honra tan repentina, y
miraba a todas partes, tan oronda y satisfecha entre aquellas dos
grandes de Espaa como la rata de la fbula en el queso de Holanda.
Mara Valdivieso, con prudencia inusitada en ella, mordase los labios
para no soltar la risa. El venerable Butrn segua desde su agujero toda
aquella pantomima, y murmuraba nervioso y exaltado:

--Bien por Currita!... Es lista esa _mona Jenny_, caramba!... Con que
Mara Villasis haga lo mismo, triunfamos!

El seor Pulido, profeta siempre de desdichas, se permiti dudarlo; su
olfato finsimo haba adivinado un escollo en que el respetable Butrn
no paraba mientes.

--Aquella trae ya cara de presidenta, Pepe--dijo.

--Quin?...

--La Currita, Pepe... Te lo dije!...

As era, en efecto: tan penetrada estaba esta de su superioridad que ni
por un momento dud de ser elegida, y parecindole que tras del baile
haba de venir la presidencia, de manera tan lgica y fatal como tras de
la noche viene el da, haba ya comunicado varias rdenes al to
Frasquito, gran maestre de los micos de su guardia, y confiado a Mara
Valdivieso aquella misma tarde, en el camino, varios de los mil
regocijos caritativos que a beneficio de los heridos del Norte
proyectaba, y sobre todo, una _kermesse_ famossima que haba de
producir millones y millones.

Psose Butrn al or a Pulido muy enfadado, levantando los brazos como
si quisiese coger las bambalinas.

--Que trae cara de presidenta?... Pues se quedar con la cara,
Pulido!... No faltaba ms! Una mujer sin crdito, sin pizca de
vergenza... Me espantaba toda la gente de sacrista... Qu dira el
arzobispo cuando fuera a pedirle la bendicin para la obra?... Mara
Villasis es la nica..., la nica, Pulido.

Nueva manifestacin de duda de la ninfa Egeria, acompaada siempre del
vocativo de su Numa Pompilio, frmula de la ntima y familiar amistad
que le una con el personaje.

--Lo dudo, Pepe...

--Tambin a esa la encuentras peros?...

--La encuentro calabazas, Pepe...

Butrn, muy incomodado, dio media vuelta diciendo que ms bien seran
camuesas, y el seor Pulido, sin perder su paz, repiti muy bajito:

--Digo calabazas, porque no vendr, Pepe...

--Que no vendr?...

--Es muy propensa a constipados... Acurdate de la ltima junta, Pepe.

--Que viene, hombre, que viene... Si se lo prometi ayer a Veva, que la
mand yo expresamente.

Y as era, en efecto: la marquesa de Butrn haba estado la vspera en
casa de la Villasis a pedirle por todos los santos del cielo que no
dejara de asistir a la junta; la pobre seora pareca azorada, y
pedaselo con tal ahnco, como si le fuera en ello la vida. La Villasis,
sin embargo, no se mostraba muy propicia, y echndose a rer, le dijo:

--Pero qu falta hago yo, mujer?... La misma que los perros en misa...

--No digas eso, Mara, porque ni t misma lo crees--replic la otra muy
apurada.

--Pues mira, Genoveva, te ser franca... Si fuera cosa tuya..., tuya
exclusivamente, ira con el alma y con la vida... Pero tratndose de lo
que se trata..., vamos... que no me gusta ese _barrer para adentro_ de
tu marido, que la pone a una siempre en el riesgo de tropezarse con
basura... Y, francamente, no quiero ponerme en el caso de encontrarme
mano a mano con una... Curra Albornoz u otra de su ralea.

--Tienes razn... Pero qu se le va a hacer, si Madrid es un lodazal?

--No, no es un lodazal; porque t y yo y otras muchas somos Madrid y,
gracias a Dios, no somos lodazales... Di ms bien que en Madrid _hay un
lodazal_, que puede perfectamente evitarse andando con la ropa un
poquito recogida... Pero, sin duda, es el maldito lodazal de agua de
colonia, y como huele bien, a pocos veo que les repugne zambullirse
dentro.

--Pero mi casa no est en ese lodazal, Mara.

--Lo s; lo s mejor que nadie, porque como nadie te conozco y te
quiero... Por eso yo no me niego a ir a tu casa, sino a la junta _que
tu marido hace celebrar en tu casa_. Me entiendes?

Y como si temiese que la otra encontrase la distincin harto metafsica,
apresurse a torcer un poco el camino, aadiendo prontamente:

--No creas, por eso, que me niego tambin a contribuir a los fines de la
asociacin como una de tantas... S muy bien que lo de socorrer a los
heridos es una pantalla; que se trata de preparar al ejrcito... No
importa: yo tambin contribuir a ello, pero sin disfrazarlo de obra
caritativa... Lo hago, porque he visto nacer al prncipe y le miro y le
quiero como cosa ma; y lo hago, sobre todo, porque se me ha prometido
solemnemente que el primer cuidado de la Restauracin ser restablecer
la unidad catlica; que sin este requisito, nada, nada hara.

La Villasis se detuvo un momento, y sin el menor alarde de esplendidez,
con la sencilla naturalidad de quien ofrece una cosa insignificante,
aadi en seguida:

--Por eso, en cuanto quieras disponer de ellos, tengo a tu disposicin
diez mil duros... Si ms pudiera, ms dara.

La oferta de aquel cuantioso donativo no deslumbr a la de Butrn;
habase turbado mucho mientras hablaba su amiga, y moviendo la cabeza
vivamente dijo:

--Lo creo, porque naciste para ser rica y sabes serlo... Pero tu
nombre, tu nombre vale ms que los diez mil duros!...

Y la otra, dndole palmaditas cariosas y remedando su mismo tono
lastimero, aadi en son de burla:

--Pues mi nombre, mi nombre es justamente lo que no doy... Dselo as a
tu marido.

La de Butrn dej caer ambas manos abatida y dijo con voz acongojada,
imperceptible casi:

--Dios mo!... Y cmo le digo yo eso?...

Y de repente, dejando escapar un sbito sollozo, tapse el rostro con el
pauelo, y un llanto desconsolador brot de sus ojos, revelando un
profundo abismo de amargura, un dolor hasta entonces callado y oculto.
Quedse un momento suspensa la Villasis, atnita y afligida por el temor
de haber causado aquella honda pena.

--Pero, Genoveva, por Dios!... Te he ofendido?...

La otra meneaba vivamente la cabeza, intentando decir entre sollozos:

--No..., no..., no... Es que Pepe...

--Pues bien, no le digas nada!... Quieres t que vaya?... Pues ir,
ir de mil amores... Cmo haba yo de imaginarme que iba a causarte esa
pena?

Y tan afligida como su amiga, estrechaba entre las dos suyas una de sus
manos, mientras la de Butrn, sin quitarse el pauelo del rostro, cual
si la vergenza, al par que las lgrimas, la ahogaran, tartamudeaba:

--Pepe..., el pobre..., es tan violento...

Esta ltima palabra fue para la marquesa de Villasis un rayo de luz que
le descifr el enigma: cruz las manos con un gesto de ira, de sorpresa,
de lstima profundsima, de compasin sin medida... Luego era verdad,
luego era cierto el chisme que varias veces haba llegado hasta ella de
que el noble Butrn, el leal caballero, el correcto diplomtico,
maltrataba con frecuencia a aquella esposa modelo, aquella ilustre
seora, aquella dbil anciana que sollozaba all, ocultando la vergenza
de su marido en el fondo de su pecho, envuelta en su propia desdicha!...

Un violento impulso de noble ira se levant pujante en su corazn, y
hubiera querido arrancar del todo a la infeliz su secreto, no slo para
remediar su dolor, sino tambin para vengarlo. Mas la noble anciana,
fiel a su decoro de esposa, guard ese difcil silencio con que las
almas heroicas saben coronar una de las penas ms vivas que existen en
la tierra: el sacrificio despreciado, el sacrificio intil, y la
marquesa de Villasis no se atrevi a interrogarla; el primer cuidado de
la delicadeza, al consolar un dolor, es respetarlo, y nada hiere tanto
una pena como la curiosidad, sacrilegio, por decirlo as, de la
impertinencia.

Un llanto callado, el ms sublime de todos los llantos, el llanto de la
caridad, que cuando no remedia ni alivia consuela, llorando con el que
llora, brot entonces de sus ojos, y tan slo al asegurarle una y mil
veces que ira con sumo gusto al da siguiente a su casa, atrevise a
aadir con uno de esos brotes del corazn en que aparece la amistad tan
santa y tan bella:

--Quieres otra cosa, Genoveva?... Te puedo servir en algo ms?
Dmelo!...

Otro quejido que revelaba el complemento de los grandes dolores, la
falta del ltimo consuelo, la soledad del alma, se escap entonces de
los labios de la anciana.

--S, s, de mucho!... Pues no lo ves? Para poder llorar delante de
alguien, para tener quien llore conmigo!...

Y al despedirse, serena ya del todo y consolada en lo posible, dijo a la
Villasis con intencin marcadsima:

--Te advierto que yo slo te he pedido que _vengas maana a casa_... De
lo dems que pudiera sobrevenir nadie me har responsable, y puedes
negarte sin miedo.

Y aadi con tristsima sonrisa:

--Si yo estuviera en tu caso, hara lo mismo.




--VI--


La marquesa de Villasis tardaba; eran ya las tres y media y el
respetable Butrn senta angustias de muerte, temiendo verse por segunda
vez chasqueado por la dama. Con el ojo pegado al agujerillo del teln
disimulaba su mal humor y sus temores, por no exponerse a las machaconas
observaciones del seor Pulido, mientras observando este por el otro
agujero, se afirmaba ms y ms en los suyos, ofreciendo ambos al que
entraba por el fondo del teatro un espectculo original y extrao en
demasa. Hallbanse los agujeros bastante bajos por estar disimulados,
en el lado opuesto, entre el bordado del escudo, y hacase preciso, para
observar por ellos, ponerse en cuclillas, posicin harto molesta, muy
semejante, por no citar otras, a la que usan los salvajes de Ohio para
deliberar en el Consejo. Ovidio no refiere si el enamorado Pramo se
pona en actitud tan cmica cuando buscaba en la muralla una hendidura
por donde contemplar a Tisbe; si as era, fortuna tuvo el galn en no
ser visto por la dama.

De repente, sonaron hacia el fondo del teatro pasos importunos, que
hacan crujir las tablas del escenario; furioso Butrn volvise agitando
las manos extendidas e interpelando en colrico _sotto voce_ al
imprudente, como al bueno de Kent el rey Lear:

--Despacio, demonio, despacio!...

Era el to Frasquito, que llegaba atropellando la consigna de no
permitir la entrada en aquel recinto, apresurado y ansioso por ver lo
que pasaba en el congreso femenino, luciendo una corbata vistossima,
prenda hermafrodita en que profundos observadores suelen encontrar,
reflejado con frecuencia, el carcter moral del individuo. La del to
Frasquito era la corbata de gran maestre de los micos de Currita, de
seda azul japonesa, sujeta coquetamente con el alfiler de una sola
perla. Habale encargado la Albornoz venir a buscarla a casa de Butrn,
para darle sin prdida de tiempo sus primeras disposiciones de
presidenta.

Hizo el recin venido al diplomtico mudas seas de que no se molestase,
y renegando _Robinsn_ por lo bajo, volvi a su observatorio, encargando
disimuladamente al seor Pulido que saliese a repetir a los criados la
rigurosa consigna. Mas temeroso este de que le usurpara su puesto el
intruso, hzose el desentendido, dejando abierta la puerta a la mayor
calamidad que por ella pudiera entrarse.

Mientras el to Frasquito buscaba en vano otro agujero y decidase, no
encontrndolo, a abrirlo l mismo disimuladamente con un cortaplumas,
una gran sombra apareci en el fondo de la escena, deslizndose muy
despacio, con el cuerpo agobiado, los pies arrastrados, la mano
extendida... Era Digenes, el cnico Digenes, que al ver a los tres
personajes pegados al teln, vueltos de espalda y puestos en cuclillas,
detvose un momento, dejando escapar una risa silenciosa, risa de
chacal, risa de hiena, que de verla el to Frasquito hubiera sentido
erizarse los pelos e su peluca. Cruzse de brazos, movi de arriba abajo
la gran cabezota y desapareci sigilosamente por entre los bastidores,
metindose luego por debajo del escenario como un nihilista que se
zambulle en el centro de la tierra para fraguar siniestros proyectos...

--La Villasis! La Villasis!--susurr en aquel momento Butrn con aire
de triunfo; y peg al punto el ojo al agujero, para no perder ningn
incidente de la escena que iba a seguirse.

La marquesa entraba, en efecto, causando su presencia un movimiento
general de sorpresa, seguido de un murmullo prolongado que disip las
angustias de Butrn, hizo sonrer triunfalmente a la de Bara y morderse
los labios a Currita, adivinando desde luego una rival, la ms temible,
porque era la ms detestada. En la conciencia de todas las seoras
presentes brot al mismo tiempo la idea de que aquella era la llamada a
ser la presidenta, porque a todas se impona la marquesa por diversos
conceptos: las sensatas y honradas admiraban en ella el tipo de la gran
seora de virtud y de prestigio, digna y afable, que, firme en sus
convicciones en medio de una sociedad frvola y corrompida, impona
sobre todos, callando siempre, la poderosa crtica del buen ejemplo. Las
otras, ms ligeras o menos honradas, vean, sin embargo, en ella la
mujer de talento, la dama de gran nombre, de riquezas inmensas, de
carcter firme e independiente, que sin prescindir jams de las justas
conveniencias que exige un rango elevado, saba sacudir toda imposicin
que repugnase a su conciencia o a su decoro, constituyendo as lo que
admiran tanto las medianas rutinarias, que slo saben copiar lo que
halaga la vanidad o seduce al instinto: un tipo original, genuinamente
noble, digno y honrado.

Algunas, ignorando, como ignoraban todas, excepto la Butrn y la de
Bara, el modo cmo haba de nombrarse la junta, dejaron escapar la idea
entre sus misteriosos cuchicheos, y la seora de Martnez, con ingenua
sinceridad, algn tanto lugarea, solt esta frase, que hubiera
provocado en otra ocasin las crudas stiras de la de Bara:

--Esa s que es una marquesa de veras!...

Mara Valdivieso, con su falta de tacto acostumbrado, inclinse hacia
Currita como para quitarle una pelusilla que desperfeccionaba el
complicado lazo de las bridas de su sombrero y le dijo muy bajo:

--Eh?... Qu tal?... Con esta prjima no contbamos... Te
inquieta?...

Irguise la otra como una Juno a quien dijeran que la ninfilla ms
patimondada del Olimpo iba a sentarse en su carro tirado por pavos
reales, y contest desdeosamente:

--A m?... Jams me ha merecido ni un bostezo, que es el ltimo de los
gestos despreciativos...

Tambin la marquesa de Villasis haca sus observaciones. Tendi la
vista por la sala y pudo contemplar, desde luego, el Madrid heterogneo
de siempre, en que la virtud y el vicio se mezclan en amigable
consorcio, representando la historia eterna de la manzana podrida que
comunica a las sanas su podredumbre y sus gusanos, sin tomar de ellas ni
el sabor exquisito, ni la fragancia saludable; la indecorosa y daina
mescolanza de grandes nombres y grandes vergenzas, honras sin tacha y
reputaciones escandalosas, revestidas todas con el mismo brillante
barniz de formas elegantsimas, barajadas y confundidas por el mismo
apetito ciego de placeres, por los mismos impulsos necios de vanidad,
por el mismo afn irresistible de sacudir el ocio, de distraer el tedio,
espantosa y continua tentacin de los grandes y de los ricos, que les
arrastra a todas sus extravagancias y les lleva a todos sus extravos.

--Seor!--pensaba la dama--. Qu grande obra sera la de deshacer esta
mescolanza que repugna, que envenena, que liberta el vicio de toda
sancin social que le marque la frente como con una seal de infamia, y
lo contenga, ya que no con el temor de Dios, con la vergenza al menos y
con el respeto humano; que familiariza con el escndalo hasta a las
conciencias ms rectas, y destruye la poderosa barrera de horror y de
extraeza que debe separar al bueno del escandaloso, y comenzando por
hacer a este tolerable, acaba por hacerle pasar por imitable!... Qu
grande obra hara quien con el mismo espritu de caridad cristiana con
que se fundan asilos para hurfanos y casas de refugio para doncellas en
peligro, fundase _un saln_ para mujeres _honradas_ y hombres
_decentes_, en que sin riesgo alguno de mal ejemplo pudiese encontrar la
juventud las justas, legtimas y aun necesarias distracciones propias de
sus aos; hallar sin desvergonzada levadura ese trato seoril y digno a
la vez que alegre y placentero, que afina y suaviza las inclinaciones
del hombre, fortalece y alecciona las de la mujer, y fomenta el trato
mutuo y el mutuo conocimiento de que brotan castas simpatas, germen de
puros y tranquilos amores, que sirven de base solidsima a matrimonios
felices y meditados, de que nacen luego familias cristianas y
ejemplares!... Y la caridad, la caridad derivada del cielo, nica santa
y legtima, que todo lo ve con sus ojos de lince, que todo lo abarca con
su actividad insaciable, que todo lo precave con su perspicacia amorosa,
y no deja dolor sin alivio, ni pena sin consuelo, ni llaga sin remedio,
no se ha fijado nunca en esta lcera ensangrentada?... Acaso es ms
digna de lstima la pobre labriega, la infeliz criada de servicio que el
abandono precipita en un lodazal de escaleras abajo y salva la caridad
en una casa de refugio, que la encopetada seorita, la rica heredera que
un abandono distinto, slo en la forma, precipita del mismo modo en otro
lodazal de salones adentro?... Y pensar que no es tan difcil el
remedio como a primera vista parece; que bastara quiz que una mujer de
prestigio y de energa, cerrando los odos a indecorosos respetos
humanos y a culpables condescendencias sociales, fundase, por el amor de
Dios, un _saln de refugio_, lanzando a los cuatro vientos de la alta
sociedad madrilea, por toda esquela de convite, esta estupenda noticia:
La marquesa tal, o la duquesa cual, se queda todas las noches en casa,
para las seoras honradas y los caballeros decentes!...

Y cuando algo muy hondo, pero muy claro y distinto, le deca a la
Villasis en el fondo de su conciencia que ella poda y aun deba ser
aquella tal marquesa o aquella cual duquesa, vino a distraerla de sus
extraas reflexiones la voz de Genoveva Butrn, que dando ya por reunido
el congreso femenil, comenzaba a exponer el objeto de aquella junta.

La marquesa atenase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por
Butrn, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras
gordsimas marcadas por el diplomtico; hablaba muy despacio, con
sencillez exenta de toda pedantera y el aplomo y la seguridad que dan a
las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de
gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrn, en cuclillas,
delante de su agujero, segua con el alma en un hilo el discurso de su
mujer, extendiendo las manos y llevando el comps como un director de
orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende
de s con extraos pases el misterioso fluido. Qued bastante
satisfecho.

La miseria en que yacan los infelices soldados heridos en la campaa
del Norte era grande y dolorosa, y deba precisamente despertar en el
corazn de todas las seoras espaolas los sentimientos ms
compasivos... Por eso habase atrevido ella, la Butrn, a citar a todas
las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasin hacia aquellos
infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una
asociacin de seoras que, propagada por todas las provincias, pudiera
allegar cuantiosos recursos para este objeto.

A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue
escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas
fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la
solemne expectacin de ejrcitos enemigos que esperan para venir a las
manos el sonido de la primera descarga.

La baronesa de Bivot, el bizarro _Zumalacrregui_, rompi el fuego la
primera con la certera puntera de la lgica ms exacta.

--El pensamiento no puede ser ms caritativo ni ms santo, y supongo que
merecer la aprobacin de todas estas seoras, como merece la ma--dijo,
echndose lentamente fresco con el abanico--. Pero debo hacer notar que
en la campaa del Norte hay dos ejrcitos _espaoles_...

Y la pcara vieja acentuaba lo de _espaoles_ con una ambigua risita
que haca saltar a Butrn detrs de su agujero...

--...Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los
dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se
alleguen se dividirn en dos partes iguales: una para los heridos del
Gobierno y otra para los carlistas...

Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrn, que
bufaba fuera de s en su escondite.

--El demonio de la vieja!... Pues no faltaba ms!... En eso estaba yo
pensando! En que con los fondos de mi asociacin comprasen fusiles los
carlistas!... Y la estpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio:
contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aqu un ochavo...
La denuncio primero!

Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta
tena aquella lgica observacin, tan oportuna e inesperada. La
Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudi al punto en su
auxilio.

--La baronesa tiene mucha razn--dijo--; pero sin duda no se ha fijado
en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitir, sin duda, que
se repartan en el ejrcito toda clase de recursos; pero imposible es que
tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la
asociacin tendr que limitarse a socorrer a los heridos del ejrcito,
dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los
carlistas...

Y dirigindose a la baronesa, aadi con significativa sonrisa:

--Supongo, baronesa, que usted conocer bien el camino; pero si alguna
no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar
socorros a esos infelices, que no estn menos necesitados, ni son menos
dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo
entregar a Genoveva; la otra mitad la enviar por este conducto de que
hablo a los carlistas...

Bonito se puso Butrn! A las primeras palabras de la marquesa, respir
con fuerza, murmurando: No est mal el remedio. Mas cuando vio, por el
giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que expona, que no
era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podan
imitar otras muchas, salt fuera de s muy incomodado, gruendo entre
sus bigotes puestos en punta:

--Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la
enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo
quita, nos lo roba...

El seor Pulido, con su flemtica suavidad, djole entonces:

--Descuida, Pepe..., pocas darn si hay que dar en secreto...

El valiente _Zumalacrregui_, parado en firme con la rplica no menos
lgica de la Villasis, repleg su guerrilla y parapetse en el monte
Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.

La marquesa de Butrn aprovech tan favorable coyuntura para reanudar su
discurso por la parte ms espinosa... Era necesario nombrar una junta
directiva, y a este propsito iba a leer una candidatura formada con el
consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobacin de
todas las seoras presentes.

El golpe era atrevido y la imposicin resultaba manifiesta; preciso era
suponer que nadie osara oponerse a un plan propuesto en su propia casa
por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubirase podido
or el inquieto pestaear de Butrn y de Pulido, pegados a sus agujeros;
los resoplidos que costaba al to Frasquito mantenerse tieso en su
incmoda postura, y los amagos de risa de Digenes, que, metido en la
concha del apuntador, frente al teln y de espaldas a la concurrencia,
ocultbase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algn
plan endiablado que le haca rerse a sus solas.

La marquesa sac un gran pliego y comenz a leer esforzando la voz un
poco:

--Presidenta: excelentsima seora marquesa, viuda de Villasis.

Murmullo general de aprobacin... Brusco movimiento de Currita y
repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse
en sus claras pupilas... Tras el teln, Butrn sonre satisfecho y
Pulido suspira desahogado; el to Frasquito, sorprendido y acongojado al
ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al teln,
poniendo en riesgo el que guardan sus compaeros: mudos ademanes y
miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Digenes
hace una mueca que quiere decir: Estis frescos!, y prosigue rindose
solo... La marquesa de Butrn contina leyendo:

--Vicepresidenta: excelentsima seora condesa de Albornoz.

Silencio profundo... Doscientos ojos escrutadores se fijan en la
elegida, e Isabel Mazacn le enva desde lejos un irnico saludito de
enhorabuena... Currita se muerde los labios y aparecen istras
sanguinolentas en torno de sus pupilas; un pedacito de encaje del
pauelo resbala por la seda de su falda y cae sobre la alfombra... Tras
el teln, Butrn se azora de nuevo; Pulido murmura: Lo dije!, y el
to Frasquito desiste de velarse el rostro con las manos por miedo de
perder de nuevo el equilibrio... Digenes ha desaparecido de la
concha... La marquesa de Butrn prosigue:

--Vocales: excelentsima seora duquesa de Astorga, excelentsima seora
condesa de Villarcayo...

Movimiento de horror en las huestes de _Zumalacrregui_...

Gesto de protesta del caudillo... La agraciada sonre con una cara de
babieca que revela la razn por que figura en la lista... La marquesa de
Butrn contina:

--Excelentsima seora condesa de Minahonda. Excelentsima seora doa
Servanda Molinillos de Martnez.

Modestsimo rubor en el rostro de la agraciada, que extiende las manos y
mueve la cabeza diciendo que no... La duquesa de Bara la anima
cariosamente... La Garca Gmez detiene su indignacin, hasta ver si
est ella incluida en la lista... Tras el teln, Butrn mira a Pulido, y
Pulido mira a Butrn, y ambos se ren... El to Frasquito, envuelto en
su dignidad, permanece en cuclillas... Digenes aparece sobre el tablado
y busca algo junto a la pared, dentro de los bastidores del lado
izquierdo... La marquesa de Butrn prosigue...

--Excelentsima seora condesa de Nacharnudo. Excelentsima seora
duquesa de Bara...

Recndito asombro de esta al verse incluida en el grupo en que por
exigencias de Butrn haban de figurar tan slo mujeres honradas... La
marquesa hace una pausa, examina un momento al auditorio y prosigue
leyendo:

--Secretaria: excelentsima seora doa Paulina Gmez de Rebollar de
Gonzlez de Hermosilla...

Fogossimo brinco de Leopoldina Pastor, que esperaba la plaza, y
enrgico Indecente! que revolotea annimo en el aire sin saber dnde
posarse... Carmen Tagle se desternilla de risa... La agraciada guarda
majestuoso silencio, compnese las gafas de oro y proyecta reparar en la
retrica de Marco Tulio la parte preceptiva de los documentos
oficiales... La duquesa de Astorga la felicita sin pizca alguna de
malicia... Tras el teln, Butrn espera, Pulido teme, el to Frasquito
medita... Digenes ha encontrado junto a la pared un cordelito que
parece bajar del techo y lo examina detenidamente... La marquesa de
Butrn concluye:

--Tesorera: excelentsima seora doa Ramona Gmez de Lpez Moreno...

Amago de apopleja en la interesada... La duquesa consuegra la saluda
desde lejos... Grandes cuchicheos que crecen, crecen cual rfaga de
viento huracanado que comienza por silbar y acaba por rugir.. De
repente, crujido misterioso... Silencio profundo... Sorpresa general.

Digenes ha tirado del cordelito, el teln sube rapidsimo y aparecen
los tres Pramos en cuclillas, Butrn, Pulido y el to Frasquito, ante
los ojos asombrados de aquel centenar de Tisbes... Cuadro final.




--VII--


La asociacin de seoras hizo fiasco y slo dos meses ms tarde pudo
Butrn, a costa de trabajo, organizar otra nueva, en forma muy distinta,
que no dej de hacer, sobre todo en provincias, un agosto abundantsimo.
La marquesa de Villasis habase negado rotundamente a aceptar la
presidencia; Currita rechaz la humillante oferta de un cargo
secundario, con muestras de gran resentimiento; las carlistas, muy
indignadas, tiraron por un lado, y las radicales, muy ofendidas, se
fueron por el otro, dejando vacante el canto pico a la caridad que
perpetraba en silencio la excelentsima seora doa Paulina Gmez de
Rebollar de Gonzlez de Hermosilla, y vaco el gran bolsn Pompadour de
terciopelo rojo que la seora de Lpez Moreno pensaba encargar a la
modista para recoger las colectas. El seor Pulido despleg las tres
falanges de su dedo ndice para decir, agitndolo de arriba abajo: Lo
dije, lo dije!, y el sesudo diplomtico, con la energa de la
constancia que no consiste en hacer siempre lo mismo, sino en dirigirse
siempre al mismo fin, tom por otro camino para llegar a su objeto,
consolndose con que Napolen cometi tambin faltas en la guerra de
Rusia, Ciro en la de los Scitas, Csar en frica y Alejandro en la
India.

Hubo al otro da en la casa de la Albornoz congreso de ofendidos, y la
altiva dama adopt por suya la respuesta de Marat a Camilo Desmoulins y
Freron, cuando le proponan estos refundir el peridico de ellos, _La
Tribuna de los Patriotas_, en el suyo, _El Amigo del Pueblo_: El
guila va siempre sola; los pavos forman manadas. Ella era el guila y
las dems seoras los pavos; Butrn era el pavero.

La suerte de aquellos infelices heridos del Norte condola, sin embargo,
a la sensible condesa, y resolvi hacer ella sola y por su cuenta propia
cuanto estuviese en su mano para aliviarla, entendindose directamente
con el general en jefe del ejrcito y con el bizarro general Pastor,
hermano de Leopoldina. Convoc a sus micos, reuni a sus ntimos y
trazse un plan encantador de fiestas, bailes y regocijos a beneficio
todos de los heridos, entre los que haba de llevarse la palma una
famosa _kermesse_ ideada por Currita, a imitacin de la organizada en
Pars por _El Fgaro_, en el teatro de la pera, a beneficio de los
inundados en Szegedin. Las actrices ms famosas y las damas ms
conspicuas, niveladas por el mismo sentimiento compasivo, haban hecho
en ella prodigios de caridad, sacrificando, en aras de los pobres, los
quilates ms o menos subidos de sus respectivas vergenzas. En dos horas
escasas haba recaudado madame Judic ms de cinco mil francos vendiendo
_marrons glaces_. Qu no recaudara Currita vendiendo por media hora,
aunque slo fueran altramuces o garbanzos tostados?

Faltaba, sin embargo, al proyecto el visto bueno de Jacobo, requisito
sin el cual no osaba la dama dar un paso en nada que hubiese de
aventurar dinero, y justamente Jacobo no pareci por all en toda la
noche, ni vino tampoco a almorzar al da siguiente, segn su costumbre
ordinaria. Alarmada Currita, envi un recado a casa del amigo ausente,
para informarse de la causa de su extrao eclipse; la respuesta del
lacayo fue terminante:

--El seor marqus de Sabadell haba salido de Madrid la noche antes.

Currita se qued helada... Marcharse Jacobo sin decirle una palabra,
sin enviarle un recado, sin ponerle siquiera cuatro letras?... Qu
pualada para su corazn y, sobre todo, qu bofetn para su amor propio!
Porque qu diran las gentes cuando llegaran a traslucir el desprecio y
el desvo que aquello representaba?...

Pasaba esta escena en el comedor, donde los dos esposos almorzaban en
compaa de Mara Valdivieso, Celestino Reguera y Gorito Sardona, cuya
flamante corbata azul indicaba ser aquel da el mico de guardia. Miraron
todos a Currita con grande extraeza y aire de pregunta al saber la
marcha de Jacobo, y Villameln, suspendiendo por un momento la actividad
febril con que manejaba el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando
VII, dijo con voz lastimosa:

--Jacobo anda mal y me da pena!...

Y como si el dolor que inspiraban los males de su amigo sirviera para
facilitar sus funciones digestivas, embaulse de un golpe una
_ctelette_ entera, que se le deshizo en la boca de puro blanda, cual si
fuese un merengue.

--Pues, hijo--replic Mara Valdivieso--, no s que padezca del pecho...
Est gordo y robusto; Paco Vlez me lo deca ayer: va echando papada de
comerciante de ultramarinos.

--Si no es eso, Mara, sabes?--dijo Villameln con la boca llena--.
Digo que anda mal, porque anda en malos pasos. Me entiendes?

Callaron todos, metiendo las narices en el plato, y los rabillos de cada
ojo fueron a fijarse en Currita, que desganada, sin duda, mondaba con
suma pulcritud y esmero un hermoso albaricoque. Villameln, que luchaba
siempre en la mesa entre sus ganas de hablar y sus ganas de comer,
prosigui con alguna impaciencia.

--La francesita esa..., esa... Cmo se llama? Seor, por das pierdo
la memoria!... T, Gorito, sabes?... Cmo se llama, hombre?... La de
las camelias.

Gorito abra mucho los ojos y estiraba la boca sin acordarse de nada,
nada... Su memoria se haba quedado de repente limpia, rasa, cual una
hoja de papel blanco. Mara Valdivieso hizo a Currita un rpido guio,
como dndole a entender que ella podra informarle de grandes cosas, y
Villameln concluy cada vez ms impaciente:

--Pues nada, no me acuerdo... Pero, en fin, esa..., esa es la que lo
est desplumando.

Hzose el silencio an ms embarazoso y el geniecillo malfico de la
hilaridad comenz a revolotear en torno de los comensales, como si a
todos ocurriese que las plumas arrancadas a Jacobo salan del pellejo de
Villameln. Currita, mondando siempre su albaricoque, aprovech un
momento en que los criados se alejaban para decir a media voz con su
acento ms suave:

--Pero, Fernandito, vida ma, si tienes el don de la importunidad; si
pareces un reloj descompuesto... A quin se le ocurre hablar de esas
cosas delante de los criados?... Sabe Dios lo que pensarn del pobre
Jacobo...

Villameln, con mucha dignidad, replic al punto:

--Mira, Curra, en la mesa no discuto... Sabes?... Pero tienes
parcialidad por Jacobo y vas a llevarte un chasco muy grande, muy
grande... Me entiendes, Curra?... Ese viajito repentino me da mala
espina: apuesto a que no va solo.

Currita puso en el plato el albaricoque ya mondado, lavse las puntitas
de los dedos en el enjuagador de rico cristal de Venecia que tena
delante, y mirando las gotitas de agua que se desprendan de sus rosadas
uitas, dijo ingenuamente:

--Pues claro est!... Llevar algn ayuda de cmara...

Sulfurse Villameln y mir a su mujer y luego a Gorito y despus a
Reguera con cierta especie de colrica complacencia retratada en el
semblante, arrebatado y apopltico por los vapores que le suban del
repleto estmago... Le exasperaba a veces aquella sencillez de Curra,
que jams poda comprender la malicia de ciertas cosas!...

Terminse al fin el almuerzo y Currita sali del comedor del brazo de su
prima, llevando en la mano un platito de porcelana con migas de pan,
para dar de comer a los pececillos de colores que en una magnfica
pecera de cristal y bronce dorado adornaban una de las galeras... La
enamoraban a ella aquellos animalejos de colores tan brillantes, y la
pesca era, entre los placeres del _sport_, el que ms emociones le
causaba.

    Regalarte entonces
    Mil varios pececillos
    Que al verte, simplecillos,
    De ti se harn prender.

Mara Valdivieso oa estupefacta aquellas expansiones idlicas, cuando
esperaba ella que Currita se apresurara a interrogarla con el mismo
furor y los mismos transportes con que Otelo interrogaba a Yago. El
chasco le pareci pesado, y exclam muy despechada:

--Vaya unas emociones que tiene la pesca!... No encuentro definicin
ms exacta que la que daba uno de la caa de pescar: Un palo largo que
termina por un lado en un pez y por otro en un tonto.

--Cuestin de gusto--replic tranquilamente Currita.

Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablndoles con el cario y
el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...

--Hola, tragoncillos! Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos
hay... Mira, mira, Mara, cmo abren el hociquito!... Qu delicia!
Qu monada!

--Pero esta mujer tiene sangre de chufa--pensaba la Valdivieso muy
enfadada--. S?... Pues, aguarda, all va... Anda, fastdiate!...

Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villameln, horrores...,
horrores de Jacobo... Paco Vlez se lo haba dicho todo la noche antes:
ella, claro est!, por prudencia haba callado tanto tiempo; pero ya
era hora de hablar, y a fuer de buena amiga deba desengaarla...

--Pcaro! Tragn!--dijo en aquel momento Currita--. No le muerdas!...
Habrse visto?... Para quin son esos sopirritones?... Para ti...
Para m, esos sopirritines?...

E incorporndose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:

--Hija, dispensa. Dnde decas que vive esa francesa?

--No, si no lo deca!--grit la otra pasando del despecho a la furia--,
pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de
Rebollo, nmero 68, en un hotel. Te enteras? En un hotel muy bonito, y
se llama... Cmo se llama?... Pues, seor, no me acuerdo; ello era un
nombre as como de pldora.

--Chismes, mujer, chismes de gente ociosa--replic Currita sobando
tranquilamente sus migas.

Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las
pldoras conocidas y haca esfuerzos inauditos para grabar en la memoria
la calle de Rebollo y el nmero 68.

--Chismes?--exclam fuera de s la Valdivieso--. Y tambin es chisme
lo del viaje... con el ayuda de cmara, por supuesto?...

--Pues claro est que lo es!--exclam Currita de repente, echando con
mucha clera todas las migas en la pecera--. Chisme, chisme, y de
malsima intencin, Mara!... Si lo sabr yo, caramba?... Sino que de
todas las cosas no se ha de dar un cuarto al pregonero... T eres mi
amiga y te lo digo en secreto: Jacobo ha ido a negocios del partido y
estar de vuelta muy pronto... Ya ves cmo se escribe la historia!...

--Ya!--exclam Mara Valdivieso tragndose la bola. Y Currita respir
al fin algo ms desahogada, porque aquella mentira, que se apresurara
la prima a propagar por todo Madrid, por habrsela dicho en secreto,
dejara a los ojos de las gentes la herida de su amor propio
disimulada.

A las tres pidi la seora condesa la berlina y dio al lacayo, como la
cosa ms natural del mundo, las seas de Jacobo. Viva este en la calle
de Alcal, en un precioso cuarto de soltero, y constaba su servidumbre
de un ayuda de cmara, un jockey, una ama de llaves y un cocinero; en
las cuadras, situadas al final de la calle del Barquillo, tena cuatro
caballos ingleses, tres de tiro y uno de silla, una berlina, un
_char--bancs_ y una victoria. La munificencia de los esposos Villameln
sufragaba todos estos gastos, que haba de pagar el fiel amigo cuando al
verificarse la Restauracin pudiera sacar el jugo a la cartera, precio
de sus misteriosos papelitos...

Currita subi ligeramente al entresuelo, vivienda de Jacobo, y por tres
veces toc el timbre, sin que nadie contestara; abrise al fin la puerta
y apareci el jockey sin librea, cuello ni corbata, brillantes los ojos,
arrebatadas las mejillas y oliendo a vino a dos metros de distancia.
Aturdido, al verse frente a frente de la dama, dio un paso atrs,
diciendo atropelladamente:

--El seor marqus est fuera...

Ya lo s... Busco a Damin.

No fue necesario llamarlo: por el extremo del pasillo asomaba este la
cabeza, y veanse detrs el ama de llaves y el cocinero, todos
rubicundos y sofocados, como si viniera a sorprenderles la visita al
final de un opparo banquete. Damin se adelant muy sereno, cruzando
con el turbado jockey un guio picaresco, un gesto de pillo redomado,
que vio muy bien la condesa, sintiendo, a pesar de su vergenza, que se
le sublevaba all por dentro lo poco de gran dama que quedaba en ella.

--Pase vuestra excelencia, seora condesa--dijo.

Y abri muy presuroso de par en par las dos puertas del saln,
levantando la cortina de terciopelo para dar paso a la dama; atraves
esta rpidamente la pieza, abri por s misma la puerta de un gabinete y
no se detuvo hasta llegar al despacho de Jacobo, como si todo aquello le
fuese muy conocido. Sentse en un silln y dijo:

--Pero qu es esto, Damin?... Cmo ha sido esa marcha tan
repentina?... Slo pude ver al seor marqus un momento, y eso delante
de la gente...

--Pues no s--replic Damin encogindose de hombros--. El seor marqus
se levant ayer a la una y sali sin almorzar de casa... Volvi a eso de
las seis y mand preparar las maletas.

--Llev mucho equipaje?... Me dijo que pensaba detenerse varios das.

--S, seora; llev un mundo y dos maletas. Yo mismo las hice.

--Y fue por fin solo?... Me dijo que quiz tendra que acompaar a unas
seoras francesas...

Quedse Damin muy parado y torn a encogerse de hombros.

--Demetrio le acompa a la estacin... Yo me qued en casa.

--Llame usted a Demetrio... Me interesa saberlo.

Lleg Demetrio medio borracho y tom a mirar a Damin, disimulando una
sonrisa... l no haba visto nada entre tanto bullicio, pero en el coche
en que se acomod el seor marqus haba ya otros equipajes...

--No iba en _sleeping_?

--No, era un reservado.

Currita se mordi los labios.

--Y les ha dejado aqu sus seas?

--No, seora.

--Lo deca para que pudieran enviarle el correo... Am me las ha dejado.

--Si la seora condesa quiere envirselo, yo le llevar las cartas que
lleguen.

--S, eso es lo ms derecho y lo ms pronto--dijo vivamente Currita.

Y en aquel momento entrle deseo vehementsimo de ver toda la casa: era
muy bonita y estaba todo muy bien puesto: el saln, los dos gabinetes,
el despacho, la alcoba, el cuarto de bao, el tocador... Un cuadro le
llam la atencin en esta ltima pieza: representaba un ramo de
camelias, saliendo del centro el busto de una mujer rubia muellemente
reclinada en aquel lecho de flores, con mucho arte dispuesto... Oh!, no
haba duda, era la francesa annima, la del nombre de pldora que tan
cruelmente se le estaba atragantando a ella. Detvose a mirar el cuadro
con aire de inteligente.

--Bonita idea!... La _fattura_ es correcta... Quin es?...

De nuevo se encogi Damin de hombros.

--Es una francesa, hurfana de un general, que pinta esas cosas... El
seor marqus le compr hace tiempo ese cuadro...

--Ah, s!... Ya s quin es: vive en la calle de Rebollo, nmero 68.
Cmo se llama?...

--Se llama..., se llama... Pues no me acuerdo. Una cosa rara, as como
un nombre de jarabe...

Currita moder un movimiento de impaciencia, porque la cosa iba ya
picando en historia. La una deca que era nombre de pldora y el otro
que de jarabe, y slo se sacaba en claro que era cosa de botica.

Al pasar por el comedor sali a saludarla el ama de llaves, muy atenta y
obsequiosa, ensanchando cuanto pudo su robusta persona para taparle la
vista de la mesa en que se hallaban los restos de la francachela que, en
ausencia de su amo, celebraban aquellos granujas. Acudi el cocinero por
el otro lado, pillo de siete suelas con aire de bonachn y campechano, y
la invit tambin a ver su cocina. Currita se puso muy encarnada... y no
se atrevi a rehusar.

Apretando los puos de rabia y de despecho, entr la dama en su berlina
y dio orden al cochero de ir a casa del general Belluga... Aquella
taimada risita del jockey, aquel barullo inverosmil que le impeda ver
si su amo acompaaba a unas damas, dbanle malsima espina y preciso era
que ella apurase la verdad por s misma.

El coche del general estaba en la puerta, reclinado el lacayo contra el
quicio, tieso el cochero en el pescante con la fusta enarbolada. La
condesa encontr en la escalera, prestas a salir de paseo, a la generala
y a sus hijas, dos ngeles acabados de salir del colegio de York, en
Inglaterra, que comenzaban a perder en la atmsfera viciada de los
salones su perfume natural de candor y pureza, como pierden su sana
fragancia el romero y el tomillo encerrados en una caja de almizcle.
Llambalas la condesa sus ahijaditas, porque en su famoso baile de
_ancha base_ haban sido presentadas bajo los auspicios de la dama por
primera vez en el mundo.

Las seoras quisieron volver atrs, y Currita, sin oponerse mucho al
cumplido, consinti bien pronto en ello... Oh!, traa ella las de Can;
como que vena nada menos que a embargarle por la tarde a una de sus
ahijaditas; estaban atareadsimas ella y otras seoras, pidiendo por
todas partes hilas para los pobrecitos heridos y objetos de todo gnero
para la rifa, la _kermesse_, que prometa estar divertidsima. Habanla
dejado a ella sola aquella tarde, y por eso vena a buscar una companera
agradable, un _ngel de la guarda_ que la ayudase a tender la caa.

Qu corazn compasivo resiste a un anzuelo semejante?...

Y bes en la mejilla a la mayor de las dos hermanas, Margarita, que
fijaba en ella sus ojazos de color de cielo, sonriendo con la inocencia
con que sonre un nio a los varios juegos de luz que forma el reflejo
sobre las brillantes escamas de una serpiente. La generala acept en
seguida, creyndose honradsima, y aquella seora ejemplar, aquella
madre cariosa y cristiana que haba educado a sus hijas en el santo
temor de Dios y en el cercado de la pureza, fi sin reparo alguno el ms
bello de sus ngeles a aquella pcara redomada, aquella bribona
indecentsima...

Salieron todas juntas delante la Albornoz, apoyada en el brazo de
Margarita; en mitad de la escalera volvise aquella muy animada:

--Como despacharemos tarde, me llevar a comer a mi ahijada. Me da
usted su permiso?

--Pues no faltaba ms, condesa!

--Gracias, querida, gracias!...

En el tarjetero de la berlina traa Currita un papelito en que se vean
apuntados gran nmero de nombres y de seas; hicieron dos visitas, a una
magistrada del Tribunal Supremo y a una brigadiera de artillera,
dignsimas seoras, a quienes, despus de sacar los cuartos la olmpica
condesa, puso en ridculo con desvergonzado gracejo, haciendo
desternillar de risa a la inocente Margarita. Entonces dio al lacayo
unas seas que estaban apuntadas con lpiz, las ltimas, de su letra
misma.

--Calle de Rebollo, nmero 68... Hotel...

--Quin vive all?--pregunt Margarita.

--Pues no s... Es una francesa que pinta... Con tal que le saquemos
algn cuadrito...

--Sabe usted que esto es muy divertido?...

--Ya lo creo, divertidsimo!... Ver las caras tan cmicas de esa pobre
gente cuando se les pone al pecho el pual de la caridad. La bolsa...
o el ridculo!... Y entregan las pobrecillas la bolsa y se quedan
tambin con el ridculo.

--Me traer usted otra tarde, condesa?...

--S, hija ma, con mil amores... Pero no me llames de usted, hblame de
t, dime Curra... Vamos, que no soy tan vieja!...

Llegaron a la calle de Rebollo, nmero 68, y par el coche ante el
hotel, especie de bombonera, ms pretenciosa que artstica, ms bonita
que lujosa. Currita baj la primera, nerviosa, un poco plida, pero no
de vergenza ni de miedo, sino de ira, de anhelo, de despecho... Por
fin, iba a entrar agarrada al manto de la caridad, haciendo hincapi en
las llagas de los heridos del Norte, en la guarida de la fiera, y a
cerciorarse por s misma de si eran de la droga aquella, fuese pldora o
jarabe, los equipajes que haba visto Demetrio en el coche reservado.
Por eso, y slo por eso, haba emprendido la bribona aquella ronda
caritativa, escogiendo por compaera aquella inocente nia, incapaz de
sondear la capa de cieno que estaba pisando. Un _groom_ monsimo, el que
haba visto Currita en el Teatro Real la noche del estreno de _Dinorah_,
se hallaba a la puerta: preguntle ella si las _seoras_ estaban en casa
y el chico contest afirmativamente, haciendo entrar a las damas en un
saloncito de la planta baja. Currita pensaba:

--De fijo que est de viaje y me encuentro cara a cara con la vieja...

Un perrillo microscpico y fesimo sali de entre unas mantas al lado de
la chimenea y comenz a ladrar, retirndose despus gruendo y
tiritando. Diole a Margarita miedo el feo animalejo.

--Parece un diablillo malo!--deca.

Estaba el saln medio a oscuras, los muebles sucios y revueltos, y
veanse prendas de vestir sobre algunas sillas. En una mesa maqueada, de
trabajo muy lindo, haba, entre varios juguetes de porcelana y un lbum
de retratos, una gran chocolatera de cobre, vieja y requemada, con su
molinillo de palo muy tieso, chorreando espeso lquido. La condesa
mostr a Margarita con la punta de la sombrilla el extrao _bibelot_,
diciendo muy bajo:

--Caprichos de artista...

Margarita rompi a rer, contenindose a duras penas, y la condesa, no
obstante su preocupacin, viose forzada tambin a soltar la risa,
aadiendo a media voz:

--Con tal que no nos mande a la _kermesse_ este utensilio...

Son una puerta en el interior, luego otra ms cerca, y el _groom_
levant la cortina: Currita respir desahogada... Entraba la dama
duende, la incgnita de las camelias, con el aplomo y el descoco de una
_diva_ de caf cantante que se presenta ante el pblico, fijando en l
una mirada de provocacin ms bien que de temor o de extraeza. La
condesa no se aturdi tampoco; con la exquisita distincin de la gran
seora de raza, que tan en alto grado posea, y el aplomo de la mujer de
mundo que encuentra reparos para todos los apuros, y salida para todos
los laberintos, y palabras para todas las situaciones, expuso a la dama
annima el objeto de su visita. Ella se conmovi mucho... _Amaba a la
Espaa muy fuerte, y estaban los carlistas unos brigantes muy atrevidos,
como Diego Corrientes y Gos Mara._

Currita, al orle chapurrear tan desastrosamente el castellano, hablle
en francs y ella agradeci la atencin con una amable sonrisa. Comenz
entonces a hablar con gran soltura y elegancia, lamentando los estragos
de la guerra, ensalzando la misin de la mujer, ponderando la virtud de
la caridad con el fuego y el entusiasmo de Vicente de Pal en persona.

Currita le dijo sonriendo:

--Veo que no me he engaado al apelar a sus sentimientos de usted, y
espero que nos enviar algn socorro para nuestros pobres heridos.

--Oh!, s, s...

--Cualquier cosa, lo que usted pueda... Algn _bibelot_ para la
_kermesse_.

--Oh!, s, s... Enviar algn objeto de arte...

Margarita se mordi los labios para no soltar la risa: pensaba si sera
la chocolatera el objeto de arte prometido. Currita djole entonces con
graciosa sonrisa:

--Y si ese objeto de arte es obra de su genio de usted, ser mucho ms
agradecido.

--Oh!... Mi genio?--exclam la otra muy sorprendida.

--S, su genio he dicho... Ya sabe usted que esas cosas no pueden
ocultarse... Su paisana, madame Stal, lo dijo: donde hay genio, brilla.

--Oh!...

--El marqus de Sabadell--prosigui Currita, dejando caer lentamente las
palabras--me ense aquel ramito de camelias que... _le envi usted_
hace tiempo... Es un _quadretto_ delicioso! Si manda usted a la
_kermesse_ una _pochade_ parecida, no habr regalo que la iguale...

La dama annima sonrea, sonrea siempre, con los ojos bajos, como
abrumada por el peso de aquellas lisonjas que hacan vibrar las aletas
de su fina nariz con estremecimientos de rabia. Currita quiso darle el
golpe de gracia, y con aire de bondadosa proteccin dijole entonces:

--Y tiene usted muchas discpulas?...

Enderezse la otra bruscamente, como si la idea de que trabajase para
vivir la ofendiera demasiado.

--Me haba dicho el marqus que daba usted lecciones de pintura.

--Oh!, no, no. No soy profesora: discpula, pobre discpula.

Y con su suave acento y sus modestos meneos disimulaba y contena el
impulso feroz que hace a la gata rabiosa tirarse a los ojos del
contrario; diose al fin Currita por satisfecha y marchse, dejando a su
parecer a la dama duende confundida y humillada. Al arrancar la berlina,
solt al fin Margarita la risa, exclamando entre inocentes carcajadas:

--Pero qu hara en el saln aquella chocolatera?...

--Pues no te lo he dicho?--replic la Albornoz haciendo coro a las
risas de la nia--. De seguro que la manda a la _kermesse_ como un
_bibelot_ nunca visto; vers cmo no me equivoco.

Tres das despus pudo Margarita convencerse de que su ilustre amiga y
madrina se equivocaba por completo... Pedro Lpez haba dicho, y
millares de lectores lo vieron en _La Flor de Lis_, que el ngel de la
caridad haba sentado sus reales en el palacio de la celestial condesa
de Albornoz... Fuese o no esto cierto, ralo, sin embargo, que de los
cuatro ngulos de la Villa y Corte afluan al palacio preciosos regalos
para la _kermesse_, patrocinada por la dama, que iban quedando expuestos
al pblico con grande primor colocados en los varios salones; por las
noches, en uno de ellos esplndidamente iluminado y en torno de una
larga mesa cubierta por rico tapiz de tintas oscuras, agrupbase un
risueo enjambre de jvenes doncellas y apuestos donceles--as los
llamaba Pedro Lpez--que, barajados y confundidos, formando parejas, y
ms pegaditos entre s ellas y ellos de lo que la temperatura ordinaria
peda de suyo, dedicbanse a la caritativa tarea de hacer hilas para los
infelices heridos del Norte. Currita, deseando despertar la emulacin en
provecho de los pobrecitos heridos, distribualos de esta suerte, y era
verdaderamente un encanto, que arrasaba en lgrimas los ojos, ver
aquellas tiernas parejas de inocentes doncellitas de quince a veinte
aos, y castos mancebitos de veinte, treinta y hasta cuarenta, sacando
hilas del mismo trapito, sosteniendo por lo bajo plticas caritativas
que les animaban a la santa obra, todo, por supuesto, bajo la inspeccin
de la angelical condesa de Albornoz, que iba de un lado a otro
distribuyendo las parejas, repartiendo los trapitos, recogiendo en
bandejas de plata, ayudada de sus micos, la obra ya hecha; animando a
los perezosos con una sonrisa, enfervorizando a los tibios con una
palabra, prendiendo por todas partes el fuego de caridad que la abrasaba
a ella misma. Ni el bculo de san Francisco, ni el manto de santa
Teresa, ni el ceidor de san Ignacio de Loyola hicieron nunca curas tan
milagrosas como las que haban de operar aquellas hilas, con tan pura
intencin trabajadas, en las heridas, llagas y tolondrones de los
pobrecitos heridos del Norte. Aquello mereca ser visto, y Digenes,
que lo vio una vez, manifest en el Veloz-Club, ya muy entrada la noche,
lo que le haban parecido las parejas de operarios y lo que le haba
recordado su directora y maestra...

Los personajes ms conspicuos de la corte pasaban por all pagando su
tributo; y hasta don Casimiro Pantojas haba hecho una noche sus
hilitas, sin ms que un ligero percance, hijo de su cortedad de vista:
equivoc el trapo con el rico pauelo de batista de la dama vecina,
olvidado encima de la mesa, y psose muy afanado a sacar hilas de este,
haciendo dos pelotones finsimos. Alz el grito la dama, porque tena
para ella el pauelo grandes recuerdos, y desolado don Casimiro al
reconocer su error, devolviselo con un fleco en torno de cuatro dedos
de ancho.

Dos figuras de primera magnitud habanse, sin embargo, hecho notar por
su ausencia, y eran estas el marqus de Butrn y el to Frasquito:
crease que un pertinaz constipado tena encerrado a este entre las
cuatro paredes de su casa, y no se ignoraba tampoco que las relaciones
del gran Robinsn con la ilustre dama habanse enfriado algn tanto con
motivo de la vicepresidencia ofrecida y desairada. Sorpresa caus, pues,
aquella noche ver entrar al peludo diplomtico en el caritativo taller
de las hilas y acercarse a la condesa con la ms risuea de sus caras y
el ms expresivo de sus gestos; ella dej escapar al verle una ligera
exclamacin de infantil alegra, y acrecent el pasmo de todos
gritndole con sus mimitos ms suaves:

--Butrn... un trapito!... Nada, nada, aqu no se quieren ociosos...
Venga usted a sacar hilas conmigo... All, junto a m, en mi mismo
trapo...

Y dejando abandonada a su propio impulso la filantrpica tarea de
enardecer el fervor de sus operarios, retirse a un rincn con el
diplomtico, llevando en la mano un fino trapito cuadrado y una bandeja
de plata para colocar las hilas. Nada saba an Currita de Jacobo, y al
ver entrar al sabio Mentor, figursele que este le traera noticias del
prfugo joven Telmaco. Butrn estaba, sin embargo, en la misma
ignorancia, y el mismo pensamiento y los mismos interesados deseos
traanle en busca de la invulnerable Calipso. La repentina marcha de
Jacobo habale alarmado, temiendo que ocultase tras de ella algn enredo
que perjudicase a sus trabajos polticos, y fingindose enterado de lo
que deseaba saber, proponase arrancar con maa a la dama el hilo del
ovillo.

Currita y Butrn se miraron un momento en el apartado rinconcito, como
invitndose a hablar mutuamente, y ella, viendo que el respetable
diplomtico no daba luz ninguna, psose muy afanada a sacar sus hilas, y
comenz a confiarle sus pesares domsticos... Fernandito andaba muy mal
y le inspiraba su salud serios cuidados; su falta de memoria llegaba ya
al punto de habrsele olvidado das atrs que haba comido, y armar una
pelotera terrible, queriendo por segunda vez sentarse a la mesa...
Snchez Ocaa y Letamendi le haban reconocido, y ambos opinaban que era
aquello un principio de reblandecimiento cerebral que le llevara
lentamente a la sepultura...

Ella estaba acongojada: si fuese siquiera una enfermedad repentina, que
se lo llevara Dios en pocos das... vamos, sensible era siempre quedar
una mujer sola, con dos hijos que educar, sin tener a su lado hombre
alguno... Pero verle padecer tanto tiempo, consumirse poco a poco, sin
esperanza ninguna!...

--Y cada da ms tonto, Butrn; crea usted que no exagero... Yo cre
que sera imposible serlo ms; pues nada, todos los das progresa...

El respetable Butrn dio un suspiro, y poniendo en el anzuelo el cebo de
un consuelito, tendi delicadamente la caa.

--Siempre te quedar Jacobo, excelente amigo, que sabr aconsejarte...
No te ha escrito?...

Ella, arreglando con mucho primor su manojito de hilas, contest
sencillamente:

--S, ayer tuve carta... Por supuesto, que a usted tambin le habr
escrito...

--No, no he recibido carta ninguna, pero no me extraa... Al despedirse
me dijo que hasta no tener noticias seguras no me escribira. De dnde
te escribe ya?...

Las hilas se enredaron y preciso fue inclinarse hacia la luz para buscar
el hilito, haciendo una pausa mientras tanto.

--Querr usted creer que no pone fecha ninguna?... Me dice, sin
embargo, que escribe en el _restaurant_ de la estacin, esperando el
tren ascendente... Como el pobre es tan extremoso, quiso a toda prisa
sacarme de cuidados...

--S, muy extremoso--replic Butrn--, pero tambin muy atolondrado. A
que no te pone seas ningunas?...

--No, ningunas...

--Pues ya t ves, a m tampoco me las ha dejado, y me precisa enviarle
ciertas instrucciones que despus de su marcha he recibido... Por eso
vena a preguntarte esta noche si sabas t dnde paraba.

--Pues no lo s, Butrn, y me tiene esto muy perpleja... Porque Damin
me ha trado varias cartas que le han llegado por el correo y no s
dnde envirselas...

--Si falta en esa cabeza algn tornillo!... Preciso ser esperar a que
escriba de nuevo, y te encargo mucho que en cuanto recibas sus seas me
las enves de seguida.

--Descuide usted, Butrn, pero le encargo tambin que no tarde en
mandrmelas si las recibe usted primero.

--Oh!--replic Butrn con mucha galantera--. Imposible es que Jacobo
cometa semejante pifia...

--Ay, no, no Butrn!--dijo Currita con melanclico acento--No crea
usted que me hago yo ilusiones algunas; s muy bien que no hay rival tan
temible para una mujer como la sota de bastos o la esperanza de una
cartera...

Y aqu se detuvieron los dos, convencidos por completo de haberse
engaado recprocamente, creyendo ella, hecha una furia, que Jacobo, de
acuerdo con Butrn, haba marchado a negocios del partido sin decirle
una palabra; juzgando l, hecho un basilisco, que Currita y Jacobo se
emancipaban de su tutela, constituyndose en cantn independiente y
obrando por cuenta propia en los negocios polticos... Un suceso
repentino impidiles seguir explorando con la misma habilidad los
respectivos campos: entr un criado trayendo un gran estuche de
terciopelo granate muy oscuro, magnfico regalo para la _kermesse_, que
acababan de traer a aquella hora intempestiva con la idea deliberada,
sin duda, de que pudiera ser admirado al mismo tiempo por toda la
brillante concurrencia. Gorito Sardona, mico de guardia aquella noche,
tom el estuche de manos del lacayo y psolo sobre la mesa, llamando a
gritos a Currita. Acudi esta seguida del diplomtico, y un ligero grito
que pareci arrancarle la admiracin, y le arrancaban en realidad el
temor y la sorpresa, se escap de sus labios a la vista del estuche...
Habale recordado al punto otro enteramente semejante, con la sola
diferencia de que sobre el oscuro terciopelo de la tapa de aquel otro se
destacaba, bajo una corona de marqus, una caprichosa _S_ de oro mate, y
en este slo se vea en aquel lugar un poco chafado el terciopelo...
Tres segundos permaneci, sin embargo, inmvil, contemplando el estuche,
sin osar abrirlo; agrupbanse todos a su alrededor, oprimindola y
estrujndola contra la mesa, ansiosos de contemplar la maravilla, y no
hubo ms remedio que apretar el resorte y levantar la tapa...

Una exclamacin general de asombro se escap de todos los labios,
ahogando el sordo rugido de rabia y despecho que hinch la garganta de
Currita... Sobre el blanco terciopelo que forraba el interior
destacbase, en toda su magnificencia, la obra maestra de Enrique de
Arfe, el marco antiguo de plata cincelada que haba regalado ella a
Jacobo en aquel mismo estuche, con su propio retrato de reina
japonesa... Este haba desaparecido, y vease en su lugar otra extraa
fotografa: representaba una camelia de tamao natural, y echada sobre
ella como sobre el alfizar de una ventana, apareca el busto de una
mujer, de la dama duende que todos conocan, apoyada la mejilla
izquierda sobre ambas manos cruzadas, mirando al frente con provocativa
insolencia, sacando la lengua con gesto de pilluelo redomado a todo el
que mirase el retrato por cualquier lado que fuese; por debajo, lease
escrito con muy buena letra inglesa:

A LA EXCMA. SRA. CONDESA DE ALBORNOZ,
_Mademoiselle de Sirop._

Nadie dijo una palabra, nadie hizo un comentario... En el embarazoso
silencio que deja al descubierto las grandes vergenzas, oyse tan slo
la suave vocecita de la Albornoz, que deca algn tanto temblorosa:

--Mademoiselle de Sirop?... Qu delicia!... Si ser prima del jarabe
Henry Mure que han recetado a Fernandito?...




--VIII--


El despertar de Jacobo fue alegre: haba ganado la noche antes, jugando
en el Casino hasta las cuatro de la maana, ms de cinco mil duros. Hay,
sin embargo, algo en el hombre que despierta antes que la razn y los
sentidos, y levanta la voz y grita y no calla ni aun en esos momentos de
duerme--vela en que flotan las ideas como cabos sueltos, sin que la
voluntad, dormida todava, haya tenido tiempo de atarlas y enderezarlas
o torcerlas a su albedro. Este algo se llama remordimiento, y l, con
su punzante aguijn, puso ante los ojos de Jacobo, antes que los cinco
mil duros ganados, las aterradas fisonomas de la mujer y de los hijos
del que los haba perdido, padre de familia, jugador de oficio, marcado
con ese sello de desdicha comn a los del gremio, que por ser desdicha
buscada no despierta en ellos mismos compasin, sino enojo. En las
ganancias del juego, ha dicho uno, hay siempre algo parecido al robo,
porque con razn puede decirse que se toma lo ajeno contra la voluntad
de su dueo; y si bien es cierto que se gana este dinero ajeno
exponiendo el propio, tambin lo es que los ladrones en cuadrilla
exponen sus vidas en las encrucijadas de los caminos, y la vida, aunque
sea de un facineroso, vale ms que el dinero.

Volvise Jacobo del otro lado, ahogando estas reflexiones con su
voluntad ya despierta, y tir de la campanilla, murmurando entre
dientes:

    Amar a nuestro prjimo
    Nos manda la doctrina,
    Y al prjimo en la guerra
    Le dan contra una esquina.

Entr Damin, trayendo, como todos los das, el correo y los peridicos,
que puso al alcance de la mano de Jacobo sobre la mesa de noche. Abri
luego las persianas, descorri las cortinas y entrse en el cuarto de
vestir para preparar el agua caliente y la ropa del seorito. Haban
dado ya las doce y media.

Era Jacobo muy perezoso y costbale gran trabajo arrancarse del lecho;
dio en l varias vueltas, estirndose y revolvindose con esa dejadez
del que no tiene cuidados, ni le esperan obligaciones, ni encuentra para
saludar al nuevo da otra frmula, otra oracin, otro brote de
sentimiento que un prolongado bostezo. Decidise al fin a sacar una
mano, y tom de sobre la mesilla de noche las varias cartas; eran estas
cuatro o cinco, y llamle la atencin, desde luego, una grande y
cuadrada que traa el sello del Congreso, porque parecile notar el
tacto que vena en el interior, adems del papel, un pequeo objeto
redondo. Diole vueltas por todos lados examinando el sobre, con esa
necia perplejidad que al recibir una carta de letra desconocida nos
impulsa a conjeturar y adivinar lo que con slo romper el sello podemos
saber de cierto. Hzolo as al cabo, rasgando el sobre por completo, y a
la duda sucedi entonces en l la sorpresa y el azoramiento; encontrse
con un pliego en blanco, de papel muy recio, doblado por la mitad en dos
partes: en la superior destacbase, cuidadosamente pegado con goma, un
gran sello de lacre verde, del dimetro de medio duro... Al pronto no
distingui bien Jacobo lo que era aquello; llegaba la luz muy
debilitada, filtrndose por los visillos del balcn y la gran cortina de
tul bordado, en una sola pieza, que arrancando de los lambrequines de
damasco amarillo llegaba hasta el suelo barriendo la alfombra. Con
grande ansiedad incorporse bruscamente, inclinando el cuerpo fuera del
lecho para buscar la luz, y pudo distinguir entonces en todos sus
detalles la empresa del sello: era la escuadra y el comps cruzados en
forma de rombo y la rama de acacia, emblema de los masones.

Una sospecha terrible, una idea aterradora con visos ya de evidencia
cruz al punto por su mente cual un pjaro siniestro. Arrojse de un
salto fuera del lecho y corri al balcn para examinar con mejor luz
todava la extraa carta y el misterioso sello. No haba duda: si no era
el mismo, era igual a uno de los que haba arrancado l en Pars, en el
_Grand Htel_, de los cartapacios que en la logia de Miln le haban
entregado... Qu significaba, pues, aquello?... Era una broma? Un
aviso? Una amenaza?

Con los ojos muy abiertos quedse mirando a la calle, como si buscase
all la solucin a sus dudas, la respuesta a sus temores... Frente por
frente de la suya estaba la gran casa del marqus de Riera, cerrada
haca tantos aos, con ese aspecto de secreto, ese aire de misterio que
parecen tomar los edificios abandonados por largo tiempo, haciendo
fantasear a la imaginacin detrs de sus muros recuerdos de crmenes y
sombras de aparecidos. El da estaba triste; uno de esos das de lluvia
menuda y continua en que slo se ven en el suelo cieno y lodazales y en
el cielo nubes pardas, inmviles, pegajosas, que parecen lamer las
torres y las cpulas, cual la viscosa baba de un monstruo inmenso. Los
transentes cruzaban por la acera muy de prisa, armados de paraguas e
impermeables, chapalateando sobre el fango, que salpicaba las sayas
remangadas de las mujeres, los pantalones recogidos o las altas botas de
los hombres. Un capitn de lanceros, muy gordo y rubicundo, bajaba de la
Puerta del Sol, pisando muy fuerte, con las espuelas y las polainas
manchadas de cieno, calada la corta capota azul con vueltas blancas.
Antejsele a Jacobo que aquel militar era de la clase de tropa que ira
al ministerio de la Guerra y siguile con la vista muy atentamente...
Mas el militar dobl la esquina de la casa de Riera, dando un resbaln,
y desapareci por la calle del Turco... La calle del Turco!... Ah! La
calle del Turco!... All se haba cometido cuatro aos atrs un
asesinato, _otro_ asesinato, en la persona de un hombre famoso, de un
amigo que le haba hecho a l grandes favores, favores de lobo a lobo,
pero al fin y al cabo siempre favores... Tambin entonces habase
vislumbrado en _aquello_ la mano de los masones, y l, oh!, l saba
bien a qu atenerse... Por eso tuvo que huir a toda prisa impulsado por
el destino, pcaro destino, que le arrebataba a Constantinopla a
resbalar en otro charco de sangre y a emprender otra fuga a Italia, a
Francia, a Espaa ms tarde.

Jacobo sinti mucho fro, un fro muy grande y muy natural, porque
estaba medio desnudo, y que parecale a l le penetraba las carnes y le
llegaba hasta los huesos y le pasaba el alma de parte a parte, con una
sensacin glacial y desagradable que se le figuraba semejante a la hoja
de un pual al hundirse en su pecho. Volvise a la cama buscando el
calor de las mantas, y acurrucse entre ellas, escondiendo el rostro en
las almohadas para pensar, para reflexionar, para meditar, para no mirar
al hueco del balcn, donde le pareca ver al general Prim y a la cadina
Sahar, y al eunuco estrangulado, dndose las manos, hacindole
cortesas, como hacen los actores cuando salen a la escena a recibir la
ovacin al final de un drama. Y l, que se haba despertado tan alegre,
imaginando el medio de ocultar a sus acreedores los cinco mil duros
ganados!

Damin asom discretamente la cabeza, preguntando si el seor marqus no
iba a levantarse, porque el agua caliente se enfriaba.

--All voy..., all voy--respondi Jacobo.

Y mientras se calzaba las pantuflas y se envolva en una bata de abrigo
muy bien enguatada, iba discurriendo que el modo seguro de averiguar de
cierto lo que sobre el particular hubiera, era preguntar al to
Frasquito lo que haba hecho de aquellos tres sellos que en el _Grand
Htel_ le haba regalado. Quedse con esto ms tranquilo, casi sereno
del todo: indudablemente era que se reduca aquello a una necia broma...
Cierto que habale sucedido a l en aquel negocio espinossimo lo que
acontece a todos los caracteres fogosos; que una vez dado el primer
empuje, caen luego en la mayor apata, abandonando los planes con tanta
rapidez fraguados y con tanto calor emprendidos. Mas tampoco era
verosmil que al cabo de ao y medio de silencio absoluto, de completo
olvido, salieran los masones reclamando los papeles e iniciando su
peticin con la ridcula bromita--muy en carcter, por cierto--de
enviarle un sellito... Y adems, qu demonio!, a l le haban entregado
unos papeles para el rey Amadeo, y el rey Amadeo se haba ido. Iba a
correr de ceca en meca en busca del rey cesante?... Y con qu derecho
le peda cuentas la masonera espaola, perteneciendo l a la italiana?
Porque la carta era de Madrid mismo, puesto que el sello del Congreso la
franqueaba... Nada, nada, fuera temores, que el derecho era suyo. Qu
demonio! A quien Dios se la dio, san Pedro se la bendiga; y el que est
ms cerca de la cabra, ese la mama...

Psose Damin a afeitarle como todos los das, y al sentir sobre la
garganta el fro del acero, no pudo contener un estremecimiento de
espanto... Un ligero golpecito, un leve movimiento, y correra la
sangre, y vendra la muerte, y se acabara la vida all mismo, sin
auxilio, sin remedio, pasando de la agona a la sombra pavorosa de eso
que llaman eterno, corriendo por Madrid la noticia del _crimen de la
calle de Alcal_, como haba corrido cuatro aos antes la del crimen
impune y misterioso de la calle del Turco... Y aquel ligero golpecito,
aquel leve movimiento, poda determinarlo en la mano de Damin, otro
ligerito golpecito del oro de los masones. Porque que saba l lo que
era Damin?... Un pcaro probablemente, un bribn como todos, puesto
que, a juzgar por lo que de s mismo senta l, slo pueden admitirse
dos clases de hombres: los ahorcados y los que merecen serlo.

Rise al cabo de sus locas imaginaciones, y vestido ya del todo, pidi
un sombrero, unos guantes, un paraguas...

--El seor marqus almorzar en casa?...

--No.

--El cochero espera la orden...

--Que se vaya, que vuelva a las cuatro.

Y se dirigi a la puerta, para retroceder al momento... Qu tontera!
Quiz en alguna de aquellas otras cartas que haba olvidado en su
azoramiento vendra algn dato, alguna explicacin de la estpida broma
del sellito. Abrilas una a una, y una a una las fue arrojando con furia
sobre la gran piel de oso blanco, colocada al lado del lecho... Nada,
nada: una invitacin para un baile, una carta de ngel Castropardo
preguntando si le acompaara a cenar aquella noche con las bufas de
Arderus despus del teatro, una diatriba de un acreedor exasperado que
le amenazaba con el embargo...

Segua cayendo aquella lluvia menuda, lenta, constante, que cala hasta
los huesos y los enfra, como cala hasta el corazn y lo hiela un
pensamiento triste y montono que no se puede desechar. En las Cuatro
Calles, frente a las ruinas _seculares_ de la calle de Sevilla,
coronadas ya, como las de Itlica, por el amarillo jaramago, tom Jacobo
un simn para evitar la afluencia, eterna en aquel sitio, de gentes que
van y vienen, formando en las aceras cordones interminables de hombres,
de mujeres, de nios, cobijados todos aquel da bajo sus paraguas, que
remedaban, yendo y viniendo y cruzndose, una larga procesin, una
contradanza fantstica de hongos fenomenales. Diez minutos despus
apebase a la puerta del to Frasquito.

Peinado, teido y reluciente de puro limpio, sentbase este a la mesa
para almorzar en su lindo comedor perfectamente caldeado por magnfica
chimenea de mrmol negro atestada de lea. Con el ansia cariosa con que
recibe todo el que tiene gana de charlar a cualquiera que puede servir
de auditorio, recibi el viejo a Jacobo, mandando al punto poner otro
cubierto en la mesa... Necesitaba l desahogarse, porque el berrenchn,
el bochorno que haba pasado el da anterior an no le haba salido del
cuerpo. Las cosas de Digenes iban llegando a un extremo, que si hubiera
en Madrid autoridades, si hubiera en Espaa un Gobierno, se castigara
lo menos, lo menos con cadena perpetua... Oh! Lo del da anterior
mereca por primera providencia que le cortasen la mano derecha!
Burlarse de ese modo de todas las seoras de Madrid, congregadas para
un asunto piadoso! Poner en evidencia, en ridculo, en berlina, a
tres... a dos personas respetables; porque el tal Pulidete era un
_parvenu_, un cursi, un cualquier cosa, que se lo tena todo muy bien
merecido... Mentira parecale que Pepe Butrn, un hombre de tanto
talento, se hubiese _tirado una plancha_ semejante, y sin duda fue el
Pulidete quien le dio el mal consejo. Proponer a Mara Villasis para
presidenta!... Si eso no se le ocurre ni al que as la manteca!... Y
claro est, sucedi lo que tena que suceder: que la muy mojigata dio
con todo al traste, pero con un atrevimiento, con una insolencia,
aludiendo claramente a la pobre Curra, diciendo con una risita de mil
demonios que su modestia le impeda ser ella presidenta donde haba una
vicepresidenta tan digna... Y la pobre Curra call, call por prudencia;
pero bien se le conoci que quedaba sentidsima...

Hizo aqu una pausa, tragse un buen bocado, prepar otro muy grande y
dijo mientras tanto:

--Perro no comes, hombre?... Si no has tomado ms que las ostrras!...

--No tengo ganas...

--Ni yo tampoco... Porr supuesto, que lo mejorr que ha podido sucederr
es lo que ha sucedido; porrque si mi sobrina Villasis llega a serr
presidenta, quedaban rreducidas las obrras de la Asociacin a novenas y
triduos de rrogativas, y a limosnitas rrecogidas porr las socias a la
puerrta de las iglesias... Y ni aun esto siquierra, porque yo mismo la
he odo decirr, yo, yo mismo--y el to Frasquito, con ademn imponente,
se tiraba de una oreja--, que es un escndalo, una profanacin poneer
rreclamos de nias bonitas a la puerrta de las iglesias. Vaya usted a
verr qu modo de entenderr las cosas!... Perro, en fin, los pobrecitos
herridos no se quedarrn sin socorrro, y lo que la perrfecta viuda les
quita porr un lado, se lo proporrcionarr porr otro la pcarra
Samarritana. Porque Curra, con ese corrazonazo que tiene, claro est!,
lo ha tomado con un calorr, con un empeo!... y lo que es la
kerrmesse, ha de darr mucho dinerro!... Anoche, como no estuviste all,
no podras enterrarte, pero se trata ahorra de buscarr el sitio; unos
dicen que en la platerra de Martnez, otros que en el Rreal. Qu te
parrece?...

Jacobo, aburrido de aquella charla insustancial y mujeriega, estuvo por
decir que le pareca mejor la punta de un cuerno, y el to Frasquito,
viendo que no contestaba, se apresur a aadir:

--Yo creo que en el Rreal... En la perra se hizo la de Parrs, cuando
los inundados de Szegedin, y estuvo brillantsima... Perro, francamente,
le temo a Digenes, que se colocarr all, de seguro... le temo, le
temo; te digo que le temo. Porrque, qu se hace uno, si ni aun queda el
rrecurrso de desafiarrlo?...

--Que no?--replic Jacobo riendo, a pesar suyo--. Desafalo t, y
crtale las orejas.

--Oh! Lo que es por m no quedarra!--exclam lleno de ardor blico el
to Frasquito--. Pero si es imposible! Sabes lo que pas con Paco la
Granda... otro animal como l?... Pues le hizo Digenes una barrabasada,
y Paco le mand sus padrinos. Digenes dijo que s, que se batirra,
perro como le tocaba la eleccin de armas, exigi que el duelo fuerra a
caonazos, figrrate t!... Paco le envi a decirr entonces que donde
quierra que le encontrase le darra de bofetadas; Digenes contest que
se le acerrcarra si poda... Y se le acerrc, en efecto. Perro parra
qu, Jacobo, parra qu?... Parra que el animal de Digenes, como es tan
grandote, le diese un estacazo que le rrompi dos costillas... Dos
costillas!... No creas que exagerro: dos costillas!

Y el to Frasquito, rebosando indignacin, palpbase con el reverso de
la mano el sitio en que, naturales o postizas, deba de tener las suyas.

Jacobo nada deca, y comenzando el viejo a notar su preocupacin,
indicle bonitamente que el almuerzo terminaba y le estaba ya
estorbando.

--Pues creo que pondremos al fin la kerrmesse en el Rreal--dijo--.
Ahorra mismo voy a casa de Curra, parra que decidamos... Cmo no has
almorrzado t all hoy?...

Jacobo arroj la servilleta hecha un lo encima de la mesa y dijo
gravemente mirando al to Frasquito:

--Porque necesitaba hablarte.

--Ya!--exclam el viejo.

Y abri palmo y medio de boca y psose muy azorado, porque desde aquella
noche fatal en que descubri Jacobo en el _Grand Htel_ el secreto de su
peluca y de sus dientes mirbale y temale con ese temeroso recelo que
inspira siempre la persona que puede perder nuestra reputacin o nuestra
fortuna con slo dar suelta un poquito a la lengua. No le deseaba la
muerte, pero hubirale visto con gusto descender a la tumba, con tal que
se llevase a ella el secreto. Jacobo pregunt:

--Te acuerdas de aquella noche en que se te quem el gorro de dormir en
el _Grand Htel_?...

Alborotse el to Frasquito pensando ciertos son los toros!, e inmutado
y nervioso y lleno de sobresalto, comenz a mirar a los criados,
diciendo por lo bajo:

--Calla, hombre, calla!... En el _boudoir_ tomarremos el caf y all
nadie vendrr a incomodarrnos.

Porque el to Frasquito tena tambin su _boudoir_, un verdadero
_boudoir_ de dama elegante, atestado de todas esas chucheras que llaman
los franceses _bibelots_ y han venido a sustituir en los palacios
modernos a las antiguas obras de arte. No faltaban all, sin embargo,
estas, y era la ms notable el retrato de un caballero, tipo de
arrogancia y varonil hermosura, pintado por Van Dyck en Inglaterra, al
mismo tiempo que aquel otro famoso de Carlos I, imagen admirable en que
se refleja, junto al orgullo del monarca, una especie de adivinacin de
su trgica desventura. Era aquel personaje el quinto duque de Aldama,
embajador en Londres de Felipe IV, y era el to Frasquito hijo tercero
del vigsimo duque del mismo nombre. Al pie del retrato haba colgadas
una daga y una espada de gavilanes, de exquisita labor y gran precio,
que haban pertenecido al personaje. Frente por frente, en muy buena luz
colocado, haba un pulido bastidor de caoba, en que el to Frasquito,
nieto en el siglo XIX del prcer del siglo XVII, bordaba en tapicera
unas preciosas babuchas.

Sirvieron el caf; Jacobo habase dejado caer negligentemente en una
butaca, con la pierna derecha echada por encima del brazo de esta, y
pustose a fumar el exquisito cigarro puro que le ofreci el to
Frasquito. Este sac con mucho misterio una preciosa tabaquera de oro
guarnecida de brillantes, con el retrato de la reina Mara Luisa en la
tapa, y tom un polvo de rap haciendo mohnes picarescos.

--Es mi vicio--deca--, nadie lo sabe; un secreto... _Pch cach, est
tout  fait pardonn_.

Y estornud por tres veces, haciendo figuras y monadas con que crea
apartar de la mente de Jacobo la maldita idea del gorro quemado: mas
este, no bien salieron los criados, despus de servir el legtimo ron de
Jamaica, tom a preguntar:

--Te acuerdas de aquella noche?...

El to Frasquito contest un s! tmido y vergonzoso, cual si le
recordase la pregunta algn crimen nefando.

Jacobo volvi a preguntar:

--Y te acuerdas de unos sellos de lacre, dos verdes y uno rojo, que te
regal aquella noche?

--S--replic el to Frasquito ms animado.

--Qu has hecho de ellos?...

--En mi lbum los tengo... Quierres verrlos?

--Ensamelos.

El to Frasquito, libre ya de temores, volvise vivamente y arrastr
hacia Jacobo un precioso caballete, sobre el cual descansaba un gran
infolio, una especie de libro de coro, cuyas lujosas tapas eran una obra
de arte, un mosaico acabadsimo, hecho sobre piel de zapa, con
peregrinos dibujos y colores muy vivos, formando el todo un conjunto
digno de competir con las ms lujosas encuadernaciones antiguas que se
admiran en la biblioteca del Vaticano; cerraba el libro un gran broche
de acero calado, representando las armas de los Aldamas, rematadas por
la corona ducal del jefe de la casa.

--No hay otra coleccin igual, es la primera de Europa--deca el to
Frasquito abriendo el libro sobre el caballete con el ardor de un
amateur que luce sus aficiones.

Y se puso a repasar el ndice, porque estaba el libro dividido en varias
partes: sellos reales, nacionales, particulares y miscelneas. El to
Frasquito buscaba en la miscelnea, y dio al fin con ellos, en la pgina
117. _Sellos masnicos. Marqus de Sabadell._ Porque tena la atencin
el coleccionista de apuntar siempre, junto al donativo, el nombre del
donante.

Apareci al fin la pgina 117... y el to Frasquito mir a Jacobo
estupefacto, y Jacobo al to Frasquito horriblemente plido. Las
numerosas casillas de la hoja aparecan cubiertas de sellos, excepto dos
de ellas que estaban en blanco; en ambas deca arriba: _Masnico_, y
abajo: _Marqus de Sabadell_. Los sellos haban desaparecido, y
notbanse sobre la fina vitela las asperezas de la goma con que haban
estado sujetos. Jacobo, con voz ahogada y gesto de medrosa ansia, dijo
entonces:

--El otro... el rojo... Dnde est?...

Asustado el to Frasquito al notar la emocin de Jacobo, no acertaba a
decir palabra, temindose algo gordo, y comenz a buscar
precipitadamente entre los sellos reales, murmurando aturdido:

--De Vctorr Manuel erra, me acuerrdo muy bien... Estarr entre los
soberranos de Italia; con un duque de Parrma y un Ferrnando de Npoles
lo puse... Porrque la Italia una, no me pasa; vamos, que no me pasa...

Y apareci al fin, despus de mucho revolver, la pgina 98, llena de
sellos reales, y entre uno del ltimo duque de Parma reinante y otro de
Fernando de Npoles, hallaron otra casilla en blanco. Arriba deca: _Rey
de Cerdea_; debajo: _Marqus de Sabadell_.

Dio entonces Jacobo una puada en el brazo de la butaca, diciendo con
voz sorda:

--Me has perdido!...

--Ay, Jess, Jacobito!... Porr Dios, dmelo!... Qu pasa?--exclam el
to Frasquito muerto de susto.

--Me has perdido!... Me has perdido!--repeta Jacobo.

Y bajo la impresin del temor y el aturdimiento, confi con su
impremeditacin ordinaria al necio viejo, si no la parte ms culpable,
la ms peligrosa, al menos, de la aventura de los masones. El to
Frasquito, muerto de miedo, creyendo ver brotar puales masnicos a
travs de la mullida alfombra, comenz a dar vueltas desatinado,
tropezando por todas partes como corneja puesta de repente a la luz del
sol.

--Ay, ay, ay, Santa Marra, qu berrenjenal! Porr supuesto, Jacobito,
que t te acordarrs muy bien de que yo no querra tornarr los sellos.
Te acuerrdas?... T me los diste y yo no los querra tornarr.. Porr
complacerrte, porr darrte gusto los tom y me arrepiento; que yo no los
necesitaba, ni quierro nada de esos seores. Te enterras?... Y conmigo
no cuentes, porrque yo lo digo todo clarrito, clarrito, y me lavo las
manos.

Detvose de pronto y diose una gran palmada en la frente, como quien ata
de improviso un cabo importante. T, t, t!... Aumentse su terror, y
fuele preciso sentarse.

--Ahorra lo entiendo todo! Ahorra me lo explico y lo veo clarro...
Santa Marra, lo que me est pasando!...

--Qu?--dijo Jacobo con ansia.

La emocin de este pareca haber pasado al to Frasquito, y conociendo
el pobre viejo su debilidad, decidise a buscar apoyo en el ms
fuerte... Cogi por un brazo a Jacobo y llevlo sigilosamente a su
alcoba, nido risueo, tapizado con seda de Persia celeste, cubierto el
pavimento con pieles blancas, con una cama de palo de rosa muy baja, muy
area, vago conjunto de encajes, holandas y sedas celestes, semejante a
una crespa ola del mar coronada de espumas blancas. Haba all un mueble
precioso, tambin de palo de rosa, con cerradura de plata, donde el to
Frasquito guardaba los papeles importantes; abri un cajoncito y sac un
paquete de cartas.

Lo que le estaba pasando haca ms de tres meses!... Si aquello era
para volver loco al ms pintado; primero le incomod, diole despus
rabia, y al presente, ahora, en aquel momento le espantaba; vamos, que
le espantaba, que le pona los pelos de punta!...

--Un da, me acuerrdo muy bien, el 9 de diciembre, rrecib porr el
correo una carrta de San Peterrsburrgo...

Y el to Frasquito sacaba la primera del paquete, cuyo sello tena, en
efecto, la efigie del zar Alejandro II.

--De San Peterrsburrgo... La abr extraado y me encontr con esto...

Y abra, a la vez que hablaba, la carta, poniendo ante los ojos atnitos
de Jacobo un pliego en blanco, en cuyo centro se lea escrita esta sola
palabra:

=MENTECATO!=

Un gran flujo de risa brot por encima de todos los terrores de Jacobo,
y solt el trapo a rer con todas sus fuerzas. Mas el to Frasquito, muy
desolado, prosigui diciendo:

--Te rres?... Aguarrda, aguarrda!... Yo deca cavilando toda la
noche: Mentecato en San Peterrsburrgo? Y me devanaba los sesos y se me
espantaba el sueo sin acerrtarr... Al otro da otra carrtita... Perro
de dnde crees?... De Chinchn, Jacobo, de Chinchn!... La abro, y el
mismo lema: Mentecato! Al da siguiente, carrta de Fuente Obejuna,
provincia de Crrdoba, y lo mismo... En fin, hijo, desde entonces todos
los das, sin faltarr ninguno, una carrtita de letra diverrsa, de parrte
distinta, las ms rremotas en todas las partes del globo, de Francia, de
Inglaterra, de Alcorrcn, de Alemania, de Chinchilla, de Calcuta. Ya t
ves! De Calcuta, de Constantinopla, de Terrrones, Jacobito, de
Terrrones, pueblecillo de tres casas, en la provincia de Salamanca; y
siempre con el mismo lema: Mentecato!... Un da, el 20 de enero, san
Sebastin mrrtir, me acuerdo muy bien!, estaba ms tranquilo; lleg el
correo y no trajo carrta ninguna... Porr la tarrde abro ah--y abri la
mesilla de noche--y all... dentro me encuentro una carrta; la abro...
Mentecato!... Dime t si eso no es para volverrse loco; si no encierra
un misterio terrible, que tu carrtita del sello me va ahorra
explicando...

Jacobo iba tambin comprendiendo, y desde luego pens que nadie que no
fuera Digenes era capaz, ni en Madrid ni en todo el mundo, de dar una
broma tan constante a aquel pobre majadero, para lo cual se necesitaba
paciencia a toda prueba, relaciones muy extensas y medios de
comunicacin difciles y complicados. Con verdadero asombro, preguntle
entonces:

--Pero de veras no te ha faltado ningn da?

--Ninguno!... A veces, cuando la carrta vena de muy lejos, sobre todo,
estaba dos o tres das sin rrecibirrla; perro luego llegaban juntas...
Si te digo que ni un da me ha faltado! Mrralas, cuntalas--aadi con
acento de desolacin profunda, desparramndolas todas sobre la mesa--y
verrs cmo salen a carrta porr da... Desde el 9 de diciembre hasta el
15 de marrzo, que somos hoy, van noventa y siete das, porrque febrerro
trrae veintiocho. Pues nada, ah tienes noventa y nueve Mentecatos!...
Aqu est el de hoy.

Y sac del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cdiz, en la
cual se lea tambin la palabra sibiltica, el misterioso conjunto:
Mentecato!

La situacin de Jacobo no era para rer mucho, y apagse bien pronto el
arranque de hilaridad que le haba producido aquella burla pacientsima
que no poda ser de otro que de Digenes.

Arrepintise al mismo tiempo, al ver los medrosos aspavientos del to
Frasquito, de haberle confiado en parte su secreto, y resolvi asegurar
su silencio hacindole creer que le alcanzaba a l tambin la inminencia
del peligro. Detenidamente examin las cartas, conteniendo, a pesar de
los pesares, nuevos accesos de risa, y dijo al cabo con aire de
conviccin profunda:

--Evidentemente que esto viene de los masones!... A m me sentencian
por lo que hice y a ti te avisan que eres un mentecato por haberme
encubierto...

--Perro si eso no es verrdad!--grit el to Frasquito muy apurado--. Si
yo no te he encubierrto, si tom los sellos porrque t me los diste...

--Lo cual quiere decir--prosigui Jacobo sin hacerle caso--, que si a m
me _apiolan_ al volver de una esquina, a ti te dan una paliza en cuanto
te cojan a mano.

Pegsele al to Frasquito la lengua al paladar y exclam medio llorando:

--Darr parte al goberrnadorr de Madrid!... Le hablarr a Paco
Serrrano!...

--Lo cual sera meterte t mismo en la boca del lobo, porque lobos de la
misma camada son uno y otro... Mira, to Frasquito, aqu no hay ms que
una salida... En primer lugar, echarse un nudo a la lengua, y que ni tu
sombra trasluzca lo que pasa...

--Lo que es eso, corre de mi cuenta.

--Bueno!... En segundo lugar, tener dispuesta la bolsa; porque, amigo
mo, con _mosca_ a la mano se va lejos, y entre masones y no masones por
dinero baila el perro.

El to Frasquito hizo un gesto de resignacin del paciente a quien
sentencian a sacarse una muela, y Jacobo continu:

--En tercer lugar, irse con pies de plomo, siguiendo la pista... As es,
que vamos a cuentas... Quin sospechas t que haya podido robar esos
sellos?...

El to Frasquito comenz a hacer sobrehumanos esfuerzos para coordinar
sus recuerdos... Seguro, segursimo estaba de que quince das antes
estaban all los tres sellos; habale enseado despacio todo el lbum a
otro amateur, el barn de Buenos Aires, y no not hueco alguno... A los
pocos das vino un individuo desconocido, recomendado por su camisero,
que quera venderle con mucho empeo tres ejemplares curiosos: entonces
hoje otra vez el lbum... Despus no le haba tocado.

--Quin era ese individuo?

--Pues no s... Un pobre diablo con carta de hambre, cualquierr cosa...

--Ah est el hilo del ovillo!--exclam con grande inters Jacobo--.
Le dejaste solo? Toc el lbum?...

--No..., no... Ay, s, s, s, Jacobito!... Ahorra me acuerrdo que s,
que vino Vicentito Astorrga y le rrecib en el saln porrque no vierra
semejante estaferrmo, y estuvo solo ms de diez minutos... lo menos, lo
menos.

--Aqu tenemos ya la pa del trompo!... Vamos ahora mismo a casa del
camisero.

A la puerta esperaba enganchada la berlina de to Frasquito, y en ella
subieron ambos, dirigindose a casa del camisero, honrado comerciante de
la calle de Carretas... Tampoco conoca este al incgnito; saba tan
slo que era un comisionista italiano, amigo de otro francs que tena
negocios con la casa, en el ramo de perfumera... Al or la nacionalidad
del desconocido, lleg a su colmo la inquietud de Jacobo, porque
parecile ya evidente que se entendan en aquel asunto las logias de
Italia y de Espaa. Indic, pues, al to Frasquito que no era necesario
averiguar ms, y regresaron preocupados y silenciosos a casa de este.
Despertse por el camino la fogosa actividad de Jacobo a la vista del
peligro, y en aquel breve trayecto traz un plan atrevido, nico a su
juicio que poda remediar los yerros pasados y detener las consecuencias
de su imprudente apata. Aquella misma noche, sin despedirse de nadie,
sin dar a persona alguna razn de su marcha, ni dejar sospechar siquiera
el fin de su viaje, saldra para Italia, avistarase en Caprera con
Garibaldi, que le haba iniciado en otro tiempo en las logias de Miln,
y ante l tratara de justificar el secuestro de aquellos documentos,
inventando un embuste, una historia, un enredo cualquiera, que viniese a
sacarle de una vez de aquella situacin falsa y angustiosa. Dinero tena
de sobra con los cinco mil duros ganados la noche antes, y la mina del
to Frasquito poda tambin muy fcilmente explotarse. Manifest, pues,
al atribulado viejo, al llegar a casa de este, parte de su plan, y
concluy diciendo que, puesto que el riesgo era de ambos, justo era
tambin que ambos pagasen los gastos, y que era necesario le aprontase
en aquel momento dos mil duros en billetes de banco; el viaje durara
dos semanas, y a su vuelta ajustaran cuentas, partiendo como hermanos
los gastos que la empresa ocasionara.

Alborotse el to Frasquito, juzgando que le salan los tres sellos
harto caros, y vencido al fin por las razones, vaticinios y amenazas de
Jacobo, apront el dinero que le estafaban y despidi al compadre
haciendo pucheros. Acrecentronse sus temores al verse solo, sintise
malo y se meti en la cama, dando orden rigurosa de no recibir a nadie.
A la maana siguiente trajronle el correo; vena una carta de Segura,
pueblecillo clebre por sus quesos, escondido en el rincn ms spero de
las montaas de Guipzcoa; en ella deca: Mentecato!

Subile dos grados la fiebre, y mand llamar al cura de la parroquia: se
quera confesar.

Fin de libro tercero




Libro IV




--I--


El miguelete que cobra el portazgo en lo alto de la cuesta de los Meagas
asegur formalmente a Jos Ignacio Bernaechea que jams haba cruzado de
San Sebastin a Zumrraga un coche ms elegante, ni unos caballos ms
hermosos, ni unas gentes ms locas. An se oa a lo lejos, all por la
cuesta abajo, el estridente sonido de su cometa, que resonaba entre
aquellas altas montaas de una manera extraa, profana, como pudiera
resonar una risotada en un templo, una chanza en una oracin, el himno
de una bacante entre las solemnes y pausadas notas de un canto
gregoriano. Porque aquella naturaleza seria y salvaje, aquellos valles
profundos cortados por riachuelos, salpicados de caseros sumergidos en
un mar de verdura, a que las distintas luces y los distintos matices
parecen prestar flujos y reflujos fecundados por el trabajo,
santificados por iglesias, siempre verdes, siempre bellos, siempre
pavorosamente melanclicos, como lo es en la imaginacin del campesino
vasco la idea misteriosa de las Maitagarris, tienen algo de la
silenciosa majestad de un templo, de la serena tristeza de los paisajes
de otoo, que parecen llorar y sonrer al mismo tiempo; de la suave
melancola que inunda el alma al caer de la tarde, cuando la campana de
la iglesia hace resonar el toque del _ngelus_ y se despide el da
murmurando al odo del hombre aquella palabra mil veces repetida, sin
pensar jams en su alcance infinito: Adis!...

La bajada era peligrosa por lo inclinado de la pendiente y lo rpido de
las vueltas, y los seis caballos del tiro hincaban con fuerza los cascos
delanteros, inclinaban hasta los pechos las airosas cabezas, henchan
con ahnco los poderosos ijares y apareca el sudor bajo los brillantes
arneses en forma de espuma blanca. Rechinaba sin cesar el torno, bajando
o subiendo la plancha, y en la banqueta ms alta del elegante
_mail-coach_ chillaba Leopoldina Pastor como una desesperada, gritando
que aquellos indecentes caballos iban a despearla por la montaa
abajo... Sentado a su lado, el to Frasquito, con un finsimo pauelo
prendido en su sombrero de paja para preservar de los ardores del sol la
blancura de su cutis, miraba con gesto de susto lo profundo del
precipicio y agarrbase a cada vaivn del coche a los hierros del
asiento, gritando angustiado:

--Currra, porr Dios, cuidado!... Cuidado, Currra!

En la primera de las banquetas de detrs, Mara Valdivieso, Paco Vlez y
Gorito Sardona rean a carcajadas, disputndose el honor de soplar con
alientos de buzo en la sonora corneta, avisando a los pacficos aldeanos
y a los mensurados bueyes, a las modestas _cestas_ de camino y a las
chillonas carretas cargadas de helechos, que se quitasen de en medio,
que se echasen a un lado y se tirasen todos de cabeza por cualquier
barranco, porque el _mail-coach_, con seis caballos, de la excelentsima
seora condesa de Albornoz, necesitaba libre toda la carretera de
Guipzcoa. En la ltima banqueta de detrs, tendido cual una masa
inerte, iba un hombre cubierto con un _waterproof_ de seora, que los
rayos del sol recalentaban: bambolebase con grave riesgo de caer a los
movimientos del coche y roncaba con esa especie de ruido asmtico,
propio de los borrachos viejos cuando duermen la mona.

En los asientos del centro, entre varias fiambreras, cajas y piezas de
una pequea tienda de campaa desarmada, iban Kate, la doncella inglesa
de la condesa de Albornoz; Fritz, su lacayo prusiano, y Tom Sickles, su
famoso cochero, que sin perder su flema inglesa miraba de cuando en
cuando con inquietud las evoluciones no del todo diestras que imprima
al fogoso tiro la dbil manecita de su ilustre duea. Porque la condesa
de Albornoz en persona era quien vena guiando los briosos brutos desde
Biarritz, de donde haba salido el convoy la vspera, prefiriendo
aquella molesta caminata por la carretera al cmodo trayecto del camino
de hierro, por uno de esos caprichos, de esas excentricidades que forman
las leyes de la moda y constituyen las reglas del buen tono, basadas las
ms de las veces en aquella razn tan filosfica y profunda:

    Cuando pitos, flautas;
    Cuando flautas, pitos.

Sentado a su lado, en el pescante, iba el marqus de Sabadell, afable y
carioso, defendiendo de los rayos del sol el rostro de la dama con una
gran sombrilla de grueso tafetn encarnado, y atento siempre a remediar
con su vigoroso puo cualquier descuido que en su ardua tarea de guiar
el coche pudiera tener el aristocrtico cochero. Pronto se le ofreci
ocasin oportuna: a una vuelta del carruaje enredse la sombrilla en las
ramas de un roble, y despedida aquella con violencia, vino a caer sobre
uno de los caballos; espantse el animal, reculando bruscamente;
retrocedi el coche a su empuje, oscil un momento y qued inmvil,
inclinado, hundindose, hundindose suavemente... Un grito de espanto
escapse de los labios de todos, y una vieja que cruzaba guiando un
borriquillo grit, extendiendo los enjutos brazos, con esa energa de la
fe en los momentos de angustia:

--Aita San Ignazio..., salbazazu!.[17]

[Nota 17: Padre san Ignacio..., slvalos!]

El peligro era inminente; hallbase una de las ruedas traseras fuera del
camino, sostenida sobre el precipicio tan slo por el tronco de un roble
inclinado, cuyas races se sentan crujir y ceder a cada momento,
arrancando grandes pelotones de tierra... Un instante perdido, un solo
movimiento de cualquiera de los espantados brutos, y coche, caballos y
viajeros rodaran por el alto repecho de la cuesta, hacindose trizas.
Jacobo no se aturdi, ni Tom Sickles tampoco; empu el primero las
riendas sin hacer ningn movimiento y salt el segundo fuera del coche,
abalanzndose a la rueda opuesta a la hundida, y tirando hacia el centro
del camino con todas sus fuerzas; la vieja casera acudi en su ayuda,
tirando con sus descarnados brazos, que parecan tener el aguante de dos
poderosos cables. Salt Fritz detrs de Tom y fue a sujetar por el
diestro al caballo espantado, que era el de la izquierda del primer
tronco. El terror haba enmudecido a todos, dejndolos inmviles, sin
osar rebullirse por miedo de apresurar la catstrofe; el hombre del
_waterproof_ segua roncando.

A un grito de Tom Sickles fustig Jacobo los caballos brbaramente,
azuzlos Fritz dando voces y el coche arranc al fin crujiendo,
bambolendose un momento hacia el precipicio, dando, al entrar en la
carretera, un vaivn violentsimo, que despidi al hombre dormido desde
lo alto de su banqueta en mitad del camino, donde cay inerte y pesado
cual una piedra de diez arrobas, mientras el coche desapareca entre una
gran polvareda por el declive de la cuesta y segua corriendo hasta
llegar frente de Oiquina, donde pudo al fin Jacobo detener el tiro a la
sombra de unas higueras, cubierto de polvo, sudoroso, jadeante... Ya era
tiempo: el roble, descuajado por completo, cay a lo largo del violento
repecho del camino, quedando suspendido sobre el precipicio por algunas
races. Tom Sickles, sin cuidarse del hombre tendido en tierra, miraba
correr el coche, apretando los puos y dirigiendo en ingls tremendas
imprecaciones, no a los caballos, sino a su ilustre seora y duea.

Mientras tanto, Fritz y la casera acudan al cado en el momento en que,
desembarazndose este del _waterproof_ que le envolva y sentndose en
el suelo, dejaba ver la granujienta faz de Digenes, azorada, reflejando
todava la colosal borrachera que se haba tomado la vspera, mirando a
todas partes con aire de extraeza, sin acertar a explicarse cmo,
habindose dormido en lo alto de una banqueta del _mail-coach_,
despertaba sentado en el suelo en mitad de un camino. Los dolores de sus
huesos vinieron a revelrselo, y agarrndose a Fritz, trat de
levantarse, murmurando:

--Polaina!... Si parece que me han dado una paliza... Comenz a andar,
sin embargo, sin sentir grave molestia, con el sombrero en la mano,
cubierto de polvo, arrastrando por detrs el _waterproof_, que llevaba
terciado al hombro izquierdo. Los del coche haban recobrado el habla al
verse fuera de peligro y chillaban todos al mismo tiempo, comentando el
suceso, sin acordarse ninguno de dar gracias a Dios, que les haba
arrancado de las garras de la muerte con un verdadero prodigio; tan slo
Kate, la doncella inglesa, encogida en un rincn, blanca cual un papel
todava, con las manos cruzadas, cerrados los ojos, inclinada la cabeza,
pareca rezar entre dientes... Echaron entonces de menos a Digenes y
vironle venir a lo lejos, seguido de Tom Sickles y el prusiano, que
traa la sombrilla encarnada causa del percance. El buen humor acab de
disiparles el susto, y recibieron todos al cado con grandes carcajadas,
excepto Leopoldina Pastor, que dominando las risas con su poderosa voz
de contralto, gritaba furiosa:

--Pues mira el indecente cmo trae mi _waterproof_ arrastrando!...
Digenes, hijito!... Recoge ese impermeable!... No ves que me lo
ests poniendo hecho un asco?...

Oyla muy bien Digenes, y lindose al cuerpo el _waterproof_, con el
garbo del torero que se cie la capa para hacer con la cuadrilla el
saludo al presidente, quiso hacer una pirueta; un ligero vahdo se la
cort, sin embargo. Al pasar junto al balneario de Cestona acometile
otro ligero desvanecimiento, y Leopoldina Pastor, que una siempre algn
rasgo de locura a los impulsos de su corazn, realmente bueno y
compasivo, empese en hacerle beber un par de vasitos de aquellas
famosas aguas medicinales. Contestle Digenes una de sus indecentes
paparruchas, que rieron todos en coro, y detvose, en efecto, en el
balneario para beber una enorme copa de ginebra, que tom, segn su
costumbre, echando antes en el fondo un par de terrones de azcar.
Volvile el alcohol la salud y la alegra, y desde Cestona hasta
Azpeitia charl sin cesar, comentando, con grandes risas de todos, su
tremendo batacazo.

--Polaina, se Frasquita!... Si te lo llegas a dar t, eh,
comadre?... Te desbaratas en treinta y dos partes, lo mismo, lo mismo
que un rompecabezas...

Saltar as a los sesenta y cinco aos!... Polaina!... Pero se acordaba
l de otro salto an ms mortal todava: el que dio cierto _barbin_
amigo suyo, desde el almuerzo de un lunes a la comida de un jueves, sin
tropezar siquiera en un garbanzo.

Al trote largo atravesaron las calles de Azpeitia sin hacer caso de los
bandos del alcalde y las multas impuestas; y con riesgo de atropellar a
cada paso a los pobres alpargateros que trabajaban en los umbrales de
las tiendas y a los chiquillos que por todas partes pululaban, entraron
al fin en el trozo de carretera que lleva en lnea recta al prado de
Loyola... En el fondo, sombreado por la alta cumbre del Izarraiz,
destacbase la majestuosa mole del Real Colegio y Santuario trazados por
Fontana, rico joyel construido por una reina para engarzar la casa de un
santo. En mitad del prado levantbase sobre un pedestal, resguardado por
una verja, la estatua de san Ignacio de Loyola, hijo y patrono de
Guipzcoa, alzando la mano como para bendecir aquella comarca en que se
meci su cuna y en que parece proyectarse an la sombra benfica de su
figura gigantesca.

Formando ngulo recto con el Real Colegio de Loyola, hay otro edificio
construido en la misma poca, que llaman _la Hospedera_; all suelen
albergarse los viajeros que acuden a visitar el santuario, y all
pensaba Currita partir la jornada, detenindose a comer, descansando un
par de horas y prosiguiendo su camino hasta Zumrraga, para alcanzar el
tren expreso para Madrid, que pasaba a las cinco y media.

El da estaba magnfico, aunque algn tanto caluroso, como suelen serlo
en Guipzcoa los ltimos de septiembre; y bajo el espacioso cobertizo
que forman los ocho arcos que dan entrada a _la Hospedera_, mand la
condesa de Albornoz disponer la mesa. Extendase al frente el prado,
verde, risueo, lleno de luz y de alegra, con una fuentecilla alegre y
bullidora que por cuatro caos murmuraba; a la izquierda, alzbase la
majestuosa mole del Colegio, adelantando el soberbio prtico de su
iglesia como adelantara un soldado de Cristo el fuerte brazo mostrando
un crucifijo, elevando la grandiosa cpula como elevara al cielo la
frente, buscando all la fortaleza, el impulso, la luz. A la derecha,
abrase el valle de Azpeitia, cruzado por el Urola, alegre tambin y
risueo, ligando al pueblo con el Santuario como con un lazo de flores,
pareciendo su alegra, sobre el tinte melanclico de todo el paisaje, un
ramo de rosas sobre la tumba de un justo, una dulce sonrisa sobre el
austero rostro de un trapense; el alto Izarraiz, verde en la falda como
la vida en su primavera, spero y ceniciento en la cumbre como la vejez
ya desengaada, cerraba bruscamente el fondo, y en medio de todo
aquello, elevada sobre la tierra, inalterable entre lo alegre y lo
triste, indiferente entre lo pobre y lo rico, elevbase la estatua de
san Ignacio, la imagen de la santidad, serena siempre, igual, tranquila,
orando y bendiciendo.

Son una campana en el interior del Colegio, y a poco contemplaron los
viajeros un espectculo comn en aquel lugar, pero nuevo y extrao para
ellos. Por la escalinata que da entrada a la portera salan los
novicios a paseo, de tres en tres, con el rosario al ceidor, el
continente modesto, los ojos bajos; tomaban todos hacia la carretera,
serenos y alegres, descubranse al pasar ante la estatua de su fundador,
con el carioso respeto con que se saluda a un padre, y repartanse
luego en distintas direcciones, por diversos caminos y senderos. Dos o
tres ternas de novicios pequeitos encantaron a Leopoldina; con la
servilleta en la mano levantse de la mesa y sali fuera de los arcos
para verlos mejor, diciendo entusiasmada:

--Mira, mira... qu indecentillos ms monos! Si parecen curitas de
barro! Qu chiquitos! Qu preciosos!...

--Pues cmprales dulces--respondi Jacobo despechado.

--Ya lo creo que se los comprara si quisieran tomarlos!... Si dan
ganas de coger un par de ellos y ponerlos en una rinconera, como si
fuesen juguetes!...

--No estn malos juguetitos los tales nenes--dijo Jacobo con ira
reconcentrada--. La primera pifia que ha dado la Restauracin ha sido
abrir la puerta a esta canalla... Dejar que se forme ah una almciga
de intrigantes, una _ppinire_ de hipcritas revolucionarios!...

Entablse entonces una discusin acalorada sobre los jesuitas, en que
salieron a relucir autorizados textos de Eugenio Sue, en su novela _El
Judo Errante_, quedando al cabo decidido que, terminada la comida y
mientras los caballos descansaban, iran todos a visitar la tenebrosa
madriguera... Digenes, que hasta entonces nada haba dicho, asegur
terminantemente que l no iba, porque no acostumbraba poner los pies
donde tenan derecho a ponerle en la calle, y si aquellos seores
obraban en razn, era eso lo que deban hacer con las parejas de mocitos
y mocitas que amenazaban invadirles la casa. Echronse todos encima con
grande furia y l comenz a soltar a diestro y siniestro enormes
desvergenzas, mientras Currita, con altivez de reina ofendida, llamaba
a Fritz el lacayo y dbale orden de ir al punto a Loyola para anunciar
al superior que la seora condesa de Albornoz ira de dos y media a tres
a visitar la casa y el Santuario.

Hablaba Digenes plido y agitado, con el tono iracundo que sola usar
cuando hablaba de veras, y levantndose de repente de la mesa, entrse
por un cobertizo que iba a parar en las cuadras; vironle, a poco, salir
lvido ms bien que plido y dejarse caer como sin fuerzas en un banco
de hierro que bajo los arcos estaba: con grandes ansias y sudores haba
arrojado en un rincn de la cuadra lo poco que haba comido.
Acercronsele entonces Gorito y Leopoldina, temerosos de que el batacazo
de por la maana comenzara a tener consecuencias, y esta, con verdadero
inters, le dijo:

--Mira, Digenes, t ests malo y es necesario que te vea el mdico.

--El mdico?--balbuce Digenes con los ojos extraviados--. En mi vida
llam a ninguno... La alopata es un can Armstrong, y la hemopata la
carabina de Ambrosio: con que vete a frer monas con tus mdicos y
medicinas, que yo me curo solo...

--Pues llamaremos entonces al albitar--repuso Gorito.

--Eso es otra cosa: estos tienen ms ciencia, porque curan al paciente
sin sacarle palabra alguna... Pero tampoco es necesario, porque yo me
curo a m mismo.

Y pidiendo una botella de ginebra, comenz a beber copa tras copa,
echando, en vez de dos, tres y hasta cuatro terrones de azcar.
Mientras tanto, Mara Valdivieso haca una escena sentimental a Paco
Vlez, porque lejos de ocuparse de ella, durante el riesgo de la maana,
haba pensado tan slo en salvarse a s mismo; Jacobo y el to Frasquito
habanse entrado en _la Hospedera_ sin decir adnde iban, y Currita,
llevada de sus gustos idlicos, entretenase en echar migas de pan a un
altanero gallo que merodeaba por el prado, seguido de algunas sumisas
gallinas. Acercse entonces un hombre de aspecto modesto que traa una
carta en la mano, y preguntle sin ceremonia si la seora condesa de
Albornoz era ella misma; la altiva dama dignse tan slo responder con
una ligera inclinacin de cabeza, y el hombre le entreg entonces la
carta, entrndose al punto en Loyola, de donde haba salido, por la
escalinata de la portera. Currita ley extraada estas solas lneas:

Si la seora condesa de Albornoz viene a Loyola a confesar sus pecados
y a pedir a Dios perdn de sus extravos, no tiene que fijar hora ni
tiempo, porque todos son igualmente oportunos... Pero si viene slo a
hacer a esta Santa Casa testigo del escndalo de su vida, se la suplica
encarecidamente evite el disgusto de tener que cerrarle la puerta a su
afectsimo en Cristo y humilde servidor, PEDRO FERNNDEZ, S. J.

Qued Currita atnita con la carta en la mano, mirando atentamente al
gallo, que con una pata en alto, torcida la cabeza y fijo en ella el ojo
inflamado, pareca ofrecerle caballerosamente, en caso de guerra, el
auxilio de sus espolones.

La dama volvi a leer la carta y comprendi entonces una sola cosa; pero
una cosa para ella inverosmil, que vino a despertar en su nimo el
movimiento de ira, de sorpresa, de rabia desesperada que causa al potro
bravo el primer espolazo que desgarra sus ijares, el primer serretazo
que le hace detener su voluntariosa carrera, anuncindole que hay
alguien que puede, y quiere, y debe sujetarle y humillarle...
Comprendi que por primera vez en su vida le cerraban una puerta, y que
era el que se la cerraba un hombre desconocido, un pobre fraile, un
Pedro Fernndez!... La fuentecilla que corra all al lado murmurando
lleg a los odos de Currita como el eco de la sarcstica carcajada que
haba de soltar el mundo al verla vencida por Pedro Fernndez!...

Reson en aquel momento a su espalda la voz de Jacobo, y apresurse a
esconder prontamente en el bolsillo de su falda la malhadada carta.
Jacobo reuna a su grey, porque iban ya a dar las dos y media, y a poco
que se detuvieran en la visita a Loyola podran llegar a Zumrraga
demasiado tarde. Currita sali a su encuentro, andando lentamente,
diciendo con mucha displicencia:

--Sabes que me encuentro mala... y sera lo mejor dejarlo?...

Creyronla todos, porque apareca su rostro plido y alterado, y
decidise entonces salir al punto para Zumrraga y descansar all en la
fonda una hora larga, antes de que el tren llegase. La ginebra haba
repuesto a Digenes por completo, y psose a ayudar a Tom Sickles y al
prusiano a enganchar el tiro, cantando con aguardentosa voz de cualquier
mozo de cuadra una tonada antigua que llamaban _El Mayoral_:

        Vamos, caballeros,
        Vamos a march
        Al coche, al coche!
        Basta de par!

        Vamos ligerito,
        Vamos a part.
        Empus los calores
        Nos van a fre...

Jacobo y Currita ocuparon el pescante, tomando aquel esta vez las
riendas, y colocronse los dems en el mismo orden en que haban venido.
Al pasar ante la estatua de san Ignacio, quitse Digenes el sombrero,
como haba visto hacer antes a los novicios, y repiti en voz muy alta,
con el acento de un carioso saludo, aquella hermosa frase que inspiran
a los caseros de Guipzcoa su piedad, su sencillez y su amor al santo,
gloria de sus montaas:

--_Aita_ San Ignazio... _agur_![18]

[Nota 18: Padre San Ignacio... adis!]

Luego, sin hacer caso de los furiosos aspavientos de Currita, que le
amenazaba con plantarle en medio del camino si no guardaba silencio,
comenz a cantar de nuevo las estrofas de _El Mayoral_:

    Cuidado ese bache!
    Bjate, zagal!...
    Si voy, salerosa,
    Te voy a mat...

Volaba el _mail-coach_ por la carretera, dejando atrs los baos de San
Juan, el casero de Juin-Torrea emboscado en sus jardines, el convento
de Santa Cruz encaramado en su monte, el palacio ruinoso de la Florida
en que Juan Jacobo Rousseau en persona presidi ms de un concilibulo
de enciclopedistas. Atravesaron al paso, ms sosegados que por la
maana, las calles de Azcoitia, y entraron de nuevo en la carretera,
flanqueada siempre por el ro, hundindose a poco en la caada
estrechsima y brava que forman dos altas montaas, cubiertas de
bosques sombros que trepan cual escuadrones de rboles que quisieran
escalarlas, para desgarrar en su cumbre el seno de las nubes, azuladas a
veces, vaporosas como la flotante tnica de una potica maitagari;
cenicientas otras, flotantes tambin, pero ttricas como el sudario que
cubre las rgidas formas de un muerto. Era aquella naturaleza agreste y
sombra, y hacanla pavorosa los muchos saltos de agua que se despeaban
de los riscos, el continuo lamentar de la corriente del ro detenida por
las peas y la falta de sol que ocultaban ya en aquella hora las dos
altas montaas.

Currita, sentada en el pescante, sombra como la naturaleza y no como
ella en calma, daba vueltas en su memoria a la carta de Loyola. Senta
una especie de irritacin sorda que no acertaba a comprender quin se la
inspiraba, porque, por un extrao fenmeno que no saba ella misma
explicar, aquel Pedro Fernndez, autor de la carta, causante de la
ofensa, tan slo acuda a su mente en un lugar secundario,
presentndosele, ms bien que como representante, como instrumento de un
ser ms poderoso que pareca imponerse a la orgullosa dama, obligndola
a confundirse, y a humillarse, y a callar...

Un poco ms lejos, al volver una punta, vio parados en la vertiente
misma de la montaa a tres de los novicios pequeitos que haban
entusiasmado a Leopoldina. No estaban solos; haba con ellos una vieja
decrpita, cubierta la cabeza con la blanca toca de las caseras
vascongadas, esforzndose por cargar en sus hombros, ayudada de los
novicios, un pesado haz de lea que haba puesto en el suelo para tomar
alientos un instante y descansar. Intil fue su empeo: a los diez o
doce pasos rindila la fatiga, y el haz de lea, superior a sus fuerzas,
cay de nuevo en tierra: la mujer se ech a llorar. Los novicios
hablaron entre s un momento, y uno de ellos, el ms fuerte, cargse
entonces el haz a la espalda y comenz a trepar por la spera pendiente,
hacia un casero ruinoso que se divisaba en la cumbre, pequeo y
escondido cual un nido de pjaros.

Leopoldina comenz a alborotar, conmovida a su manera, gritando que
aquellos indecentillos eran unos ngeles del cielo, unos santos
chiquititos a quienes era necesario venerar, y que en cuanto llegara a
la corte haba de enviarles a cada uno un par de medias negras, hechas
por sus propias manos, con el estambre ms fino que pudiera hallarse...
Rironse todos; Currita callaba, sin embargo, sintiendo un extrao
enternecimiento que la humillaba y que se apresuraba por lo mismo a
combatir, oponiendo a su benfico influjo el parapeto del orgullo, del
inquebrantable orgullo, que viene a ser en el alma como la fortaleza del
mal... Aquellos tres novicios, aquellos tres Pedros Fernndez en
embrin, humillndose por _caridad_ a una mendiga, hicironle comprender
que aquel otro Pedro Fernndez habra podido imponrsele por _deber_ a
ella, orgullosa Grande de Espaa, y una luz sbita, semejante a la de un
relmpago que ilumina a la vez que aterra, hzole ver claramente lo que
antes sospechaba: que aquella carta, que aquella ofensa no vena de un
desconocido, de un pobre fraile, de un Pedro Fernndez; porque aquella
puerta primera que se le cerraba en la vida, no era la puerta de Loyola,
era la puerta de Dios...

Sinti fro y pidi a Kate un ligero abrigo en que se envolvi pensativa
siempre y silenciosa... Segua aquella luz alumbrando en su alma, y a su
reflejo parecile contemplarse a s misma por fuera de s misma, como
deba de contemplarla el desconocido Pedro Fernndez, sentada en aquel
pescante al lado de Jacobo... Instintivamente mir a este, y por primera
vez en la vida parecile lo que no le haba parecido nunca: le pareci
un cmplice.

Rodaba ya el coche por las calles de Villarreal, atraves el puente que
separa a esta villa de Zumrraga y se detuvo frente a la estacin, entre
varias diligencias y coches desenganchados, a la puerta de una conocida
fonda, cuyo extenso comedor se abre a la plaza misma, en la planta baja.
Aperonse todos; las damas pidieron un cuarto para arreglarse un poco;
los caballeros tiraron cada cual por su lado; Tom Sickles y el prusiano
recogieron el _mail-coach_ y los caballos en una cochera prxima, para
conducirlos a Madrid en el correo del da siguiente: faltaba para la
llegada del tren una hora larga.

El to Frasquito, cepillado ya, limpio y resplandeciente, con sus
finsimos guantes de piel de Suecia en una mano y un ligero cabs de
Leopoldina Pastor en la otra, entr en el comedor y pidi un refresco de
grosella... No lleg a tomarlo: una muchacha de las del servicio
apareci dando gritos, sin poder articular, haciendo gestos desesperados
de que la siguiese... En un pasadizo cerca de la cocina, frente a una
puerta entreabierta, estaba Digenes, tendido boca arriba, con los
brazos en cruz, doblada una pierna, revestido el semblante de una
palidez cadavrica, sobre la que se destacaba sus rojas manchas
granujientas, amoratadas entonces, casi negras: pareca muerto.

El to Frasquito dio un chillido y ech a correr, llamando a voces a
Jacobo y a Gorito; acudieron todos los de la fonda y lleg tambin
Jacobo, mirando el reloj con gesto de grande enfado.

--Hasta para morirse es importuno!--dijo al verse frente a Digenes.

Llevbanle ya dos robustos mocetones, hijos del dueo de la fonda, y
pusironle en la cama de un cuarto del primer piso. Lleg el mdico a
toda prisa, llamado poco antes, y al saber la cada de por la maana y
despus de reconocerle, hizo un siniestro pronstico: aquello era un
ataque cerebral, efecto de la cada, y si volva en s del primero, no
tardara en sucumbir al segundo.

Las damas, muy sobrecogidas, no se atrevan a salir del cuarto y mucho
menos a ver al enfermo. Mara Valdivieso, con profunda compasin,
pregunt si se haba puesto muy feo. Leopoldina, con pesar no fingido,
gimoteaba ruidosamente. De pronto, dijo:

--Si traer el pobrecito dinero?...

Acercse mientras tanto el fondista a Jacobo y pidile rdenes; mas
este, encogindose de hombros con estudiada indiferencia, djole que ni
l ni ninguno de sus compaeros tenan nada que ver con aquel hombre;
que era un amigo, un mero conocido que en Biarritz se les haba colocado
en el coche sin que nadie le llamara, y que ni poda responder de l, ni
mucho menos dar rdenes. La hora del tren se aproximaba, y decididos
todos a partir, despus de una ligera discusin en que triunf el ms
cruel egosmo, pusironse en marcha. Leopoldina, muy desasosegada,
suplic entonces a Currita que dejase por lo menos al cuidado de aquel
infeliz a Fritz, su lacayo prusiano. Currita le contest:

--Si quiere quedarse esta noche, no tengo inconveniente... Ser una mala
noche que pase a su cuenta... Pero lo que es maana tendr que marcharse
en el correo: Tom no puede ir solo a Madrid con los seis caballos.

Fuese entonces Leopoldina al fondista y djole con grande ahnco:

--Yo no s si ese pobrecito traer dinero... Si no lo trae, todo cuanto
pueda necesitar me lo pone usted en cuenta... Soy hermana del general
Pastor, y mis seas son estas.

Y se las dio apuntadas con mucho primor en una tarjeta: acercse tambin
el to Frasquito y suplicle encarecidamente que, no bien muriese aquel
infeliz, se lo avisase al punto por telgrafo; diole entonces su nombre
y seas, y el importe del telegrama: una peseta.

A las nueve de la noche pareci el enfermo experimentar gran fatiga, y
asustado el dueo de la fonda, mand llamar al cura prroco para que le
administrase los santos leos. Pas, sin embargo, la crisis, y ya cerca
de las doce abri Digenes los ojos, y vio delante de s al fondista, un
hombre gordo, alto, completamente afeitado, sin corbata, calada la
boina, y el chaquetn largo, tipo caracterstico del guipuzcoano de
pueblo acomodado. Tard algn tiempo el enfermo en coordinar sus ideas,
y diose al fin cuenta de algo de lo que le estaba pasando: un
pensamiento, para l muy pavoroso, acudi el primero a su mente... Con
voz quebrantada, agonizante, que dejaba, sin embargo, traslucir todas
las agonas del terror, las inflexiones de la splica, las ansias de la
incertidumbre, dijo muy bajo:

--Me llevarn al hospital?...

Mirle el fondista extraado, con ira casi, y contest con toda la
brusca hombra de bien del genuino guipuzcoano:

--Quite usted, caballero, all!... Usar eso en Guipzcoa?...
Nunca!...

Digenes dio un suspiro de descanso y se ech a llorar.




--II--


Digenes no se dio cuenta de haber recibido la extremauncin, y
tranquilo en parte por la respuesta del fondista comenzaron a abrirse
paso otros pensamientos entre las espesas nieblas que envolvan su
mente... Mas un sopor pesadsimo, un letargo profundo, que tena ya
dejos de la muerte, avasallaba a veces todo su ser y esparca ac y all
aquellas ideas que se afanaba por coordinar, apareciendo estas entonces
como imperceptibles puntos luminosos flotando en una inmensa bruma,
alejndose lentamente, apagndose poco a poco todos ellos hasta quedar
uno solo, que ora se le presentaba desconsolador como la candela de la
agona, ora triste como el cirio que arde ante un muerto, ora terrible
como un resplandor de las llamas del infierno: era la idea de morir,
acompaada y rodeada de la incertidumbre de lo eterno!...

Creca a veces el letargo y apagaba tambin aquella luz pavorosa, pero
al fin y al cabo luz, y al verse a oscuras Digenes, al sentirse caer en
aquel sueo que le pareca el ltimo, en aquella sombra negra en que se
perda la mirada y en aquel silencio siniestro en que se perda la voz,
clavaba las uas en las sbanas y las haca jirones, como si se agarrase
desesperadamente al borde de la fosa en que le hubieran de enterrar.. y
despertaba, despertaba no bien haba pegado los ojos, como si algn
importuno le empujara de improviso, con pesadillas horribles en que los
ms ligeros ruidos tomaban proporciones colosales, parecindole el rumor
del tren el de una catarata de bronce fundido que se despease en sus
orejas; el de los cascabeles de un coche, redobles de mil tambores
golpeando en sus propios tmpanos; el chirrido peculiar de las carretas
vascongadas, el _soua_ que avisa al casero vasco en las revueltas del
camino, un ruido del infierno que por diablico prodigio se encarnase
en una sierra candente y le dividiera la masa de los sesos mitad por
mitad... As pas la noche; un poco antes del alba desapareci el sopor,
huy el letargo con sus pesadillas, y un sueo tranquilo le adormeci
entre sus brazos ms de dos horas. Un ruido acompasado que haca mal a
su cabeza y resonaba como un eco amigo en su corazn despertle
entonces: era la campana de la iglesia que tocaba a Misa.

Digenes abri los ojos y le pareci encontrarse mucho mejor;
incorporse un poco y crey hallarse bien del todo: su cabeza estaba
despejada, sus miembros dbiles, pero giles; hasta le pareci sentir un
poco de hambre, hasta le ocurri pedir para desayunarse una gran copa de
ginebra con su par de terrones de azcar. Mir en torno suyo:
chisporroteaba una lamparilla sobre la mesa; una mujer de edad madura
roncaba desapaciblemente al pie de la cama, en un gran butacn, y por
las rendijas de las dos ventanas, cerradas ambas, entraban discretos
rayos de luz, cual si el nuevo da se adelantase de puntillas y
sonriendo a dar la enhorabuena al enfermo. Sentse este en la cama
alegremente sorprendido, y recobrando con la vida su humor chancero,
tirle a la mujer lo primero que hall a mano, una almohada, soltando un
gran grito, un polaina! formidable que la hizo saltar en el silln
despavorida, murmurando algunas palabras en vascuence.

Mandle entonces abrir de par en par las dobles puertas de ambas
ventanas, y la luz entr a torrentes y el aire fresco a raudales,
juguetn como un nio, acariciando los blancos cabellos del enfermo,
trayndole, como un nietecillo carioso sus presentes, el olor a bcaro
de la tierra cubierta de roco, el sano perfume de las montaas, el
alegre trinar de los pjaros, el solemne acento de la campana de la
iglesia, que pareca repetir en su odo como una amorosa voz de lo alto:
Ven! Ven!... Qu necios temores los suyos! Qu espantos tan
ridculos los de la noche! Morir! Quin piensa en morir cuando nace el
da, y sube el sol por el azul de un cielo tan bello, y se divisan a lo
lejos las montaas verdes, floridas, doradas por resplandores tan
alegres y risueos?...

Entr a poco el mdico, acompaado del fondista, y Digenes los recibi
chancendose con el primero, dirigiendo al segundo cariosos gruidos,
expresivas miradas de sus ojos inyectados en sangre, que no carecan de
ternura e iban a demostrar la gratitud que le inspiraba su caritativa
conducta. Mas el mdico, registrndole cuidadosamente, hacindole un
sinfn de preguntas a que Digenes contestaba entre mohno y risueo,
levantlo los prpados que encubran a medias dos pupilas dilatadas y
sanguinolentas, faltas de convergencia, y mene la cabeza
siniestramente... El primer ataque haba pasado, pero ya estaban all
los sntomas del segundo, y era imposible que aquella naturaleza,
alcoholizada por completo, pudiera resistir a su tremendo empuje. Cruz
entonces con el fondista algunas palabras en vascuence, que escuchaba
Digenes mirando a uno y otro lleno de inquietud, y de repente, sin
paliativos ni prembulos, djole con rudeza campesina que la muerte se
aproximaba sin remedio y rale necesario aprovechar aquellos momentos
lcidos que el mal le conceda, para arreglar sus negocios con los
hombres y saldar sus cuentas con Dios.

El golpe fue cruel, porque al orle, Digenes sinti que le arrancaban
de all, muy hondo, algo que era la esperanza de la vida, la ms
arraigada de todas las esperanzas, por ser la ltima, que no se arranca
nunca sin llevarse detrs lgrimas de los ojos y sangre del corazn...
Cegle un movimiento feroz de ira, porque nada hay ms ilgico que el
terror, y parecindole aquello un robo descarado que vena a hacerle,
revolvise furioso contra el mdico como si fuera l quien pretendiera
hacerle el hurto, y arrojle a la cara cuantas injurias y obscenidades
encontraron en la sentina de su alma la clera y el horror... Asustados
y sorprendidos el mdico y el fondista, retirronse al punto, dejando a
Digenes solo, revolcndose furioso, comprendiendo por la postracin y
la angustia que le embargaron al punto tras su arrebato, que el mdico
no exageraba ni menta, que la muerte se aproximaba, en efecto, y que
era forzoso condenarse o capitular..

Crese, con razn, que nada hay tan horrible como sondear la conciencia
de un pecador endurecido en el trance de la muerte; supnense tras aquel
rostro lvido y desencajado luchas aterradoras que sostienen el imperio
del mal y la mocin del bien, fantasmas pavorosos que se levantan en la
conciencia, combates encarnizados que traban en torno de aquella alma
empedernida el ngel del arrepentimiento y el demonio de la
impenitencia. Horrible es esto; pero hay all lucha, y donde hay lucha
hay siempre una esperanza, una probabilidad de vencer... Por eso
sobrepuja a este horror aquel otro horror que suele encontrarse tras
aquellas pupilas vidriosas, aterradoras en esos momentos, cual la puerta
siniestra ante la cual se sinti Dante desfallecer y vacilar: el
marasmo, la quietud horrible de un alma que se hunde poco a poco en lo
eterno, dndose cuenta de ello, pero sin que crucen por su mente ms que
ideas triviales, bagatelas con que procura distraerse y divertirse,
ocultndose a s propia el abismo, hasta que la muerte descarga de
sbito la guadaa, y despierta de improviso aherrojada ya en lo profundo
del infierno. Letargo letal, pendiente horrible que, sin un prodigio de
la divina gracia, va a parar derecha a la condenacin eterna!...

Este fue el estado de Digenes al quedarse solo, y rabioso y fatigado se
dej caer en las almohadas, volvindose de cara a la pared. El
pensamiento del infierno cruz el primero su mente, mas se distrajo en
seguida mirando el fesimo papel verduzco que tapizaba las paredes,
cruzado de arriba abajo por guirnaldas de flores, entre las cuales se
entrelazaban largas ristras de micos que suban hasta el techo en
actitudes grotescas, dndose todos las manos: parecironle diablillos
aquellos feos animalejos y psose a contarlos uno a uno, haciendo para
seguirlos esfuerzos increbles con la vista, y contando en todo lo que
con ella abarcaba ms de quinientos veinte...

La mujer que haba velado durante la noche estaba all, sentada en un
rincn, haciendo calceta; llamronla desde fuera un momento y Digenes
pens entonces que tambin a l le llamaban a dar cuenta, y encontr al
punto la respuesta en uno de sus mil cuentos chocarreros que le puso
delante la memoria.

Confesbase un gitano, ladrn empedernido y djole el cura:--Qu
haras, infeliz, si el Juez Supremo te llamara ahora al juicio?--Pues
qu haba de jacer?... No dir!...

--No ir!... No ir!...--repeta Digenes, y psose a combinar al punto
un fantstico viaje de huida, en que se le figuraba subir al coche que
acababa de parar en la puerta, cuyos sonoros cascabeles llegaban a su
odo taladrndole la cabeza, y correr a escape a San Sebastin, y
embarcarse all para el fin del mundo, huyendo como Can de aquel juez
que le persegua, dando vueltas por la tierra, vueltas y ms vueltas,
que vinieron por fin a marearle, producindole bascas terribles, entre
las que crey ver asomar ya la guadaa de la muerte... La muerte! Aquel
maldito despertador que estaba sobre la mesa se la recordaba de
continuo, parecindole que al comps de su siniestro tic-tac regulaba su
paso, rapidsimo como nunca, y lleno de ira mand a la mujer que lo
parase; mas entendi esta que quera verlo para enterarse sin duda de la
hora que apuntaba, y apresurse a llevrselo... Digenes, arrancndoselo
de la mano con un arrebato feroz de rabia, estrelllo contra la pared de
enfrente, hacindolo trizas.

Mientras tanto, envibale el cielo un auxilio inesperado en aquel mismo
coche en que su desasosegada imaginacin fantaseaba huir del Juez
Supremo; en l volva de Zaldvar, cuyas aguas medicinales tomaba todos
los aos, la marquesa de Villasis, con su nieta Monina, el aya de esta,
una doncella, un mayordomo viejo que la acompaaba en todos sus viajes y
un criado antiguo que vena en el pescante; era su idea alcanzar el
sudexpreso que pasa por Zumrraga a las dos y media y estar en Madrid
aquella noche misma. Trab al punto conversacin el fondista con don
Federico, el mayordomo, y preocupado con la estancia de Digenes en la
fonda, contle su percance y sus apuros. Sorprendido el viejo,
apresurse a dar a la marquesa aquella nueva que tanto haba de
interesarla, y esta, profundamente conmovida, quiso al punto ver al
moribundo; reflexionando, sin embargo, un momento, y deseosa de ir sobre
seguro, hizo llamar al fondista para conocer antes, en todos sus
detalles, aquella triste aventura, cuyo fnebre desenlace estaba ya a la
vista. Mas no bien supo que el mdico no garanta la vida del enfermo
ms all de la medianoche, crey saber bastante, y dio al punto a don
Federico la orden de suspender el viaje y pedir cuartos para todos all
mismo, en la fonda. Entrse en seguida en el despacho mismo del fondista
y escribi rpidamente al superior de Loyola, pidindole que enviase un
padre a toda prisa para auxiliar a un moribundo, cuyo nombre y condicin
le manifestaba en la carta. Un propio a caballo parti a galope a llevar
esta, y una hora despus estaba ya entregada.

La marquesa pens entonces en ver al enfermo; mas antes, temerosa de que
su presencia repentina pudiera causarle alguna emocin violenta, pidi
al fondista que fuese a anunciarle poco a poco su llegada. Subieron
ambos hasta la misma puerta que se abra a un corredor, y el fondista
asom tmidamente la cabeza. Digenes, muy postrado, con la repugnante
cabezota hundida en las almohadas, tendidos ambos brazos sobre la
colcha, y arrollando entre las manos las sbanas sin notarlo, comenzaba
a sentir de nuevo aquel horrible sopor, aquel letargo siniestro que le
haba atormentado la noche antes... Adelantse el fondista unos pasos,
dejando la puerta entreabierta, y djole en voz alta:

--Seor..., seor... Aqu tiene visita...

Torci Digenes un poco la cabeza y balbuce con ira:

--Visita?... Quin?... El enterrador?... Polaina!... Que
aguarde!...

--Es una seora...

--Una seora?... Polaina!

Y solt una atrocidad, una indecencia que aturdi por completo al
fondista e hizo enrojecer a la marquesa detrs de la puerta, con ese
santo rubor que realza tantas veces a los fuertes y castos ngeles de la
caridad que sirven en los hospitales, sin asustarles por eso, ni
hacerles huir de la cabecera de ciertos enfermos. El fondista, muy
turbado, quiso terminar de un golpe, diciendo:

--Es la seora marquesa de Villasis.

Digenes dio una gran voz, un grito doloroso, como si acabara de
pronunciar una blasfemia; quiso arrojarse de la cama, incorporarse
siquiera, y le faltaron las fuerzas, cayendo pesadamente, levantando los
brazos, agitando las manos, lanzando bramidos ininteligibles, extraos
balbuceos que parecan retratar la emocin de una fiera agonizando en
su caverna. La marquesa se adelant entonces, y sin asco ni temor apret
entre las dos suyas aquellas manos sudorosas.

--Mara!... Mara!...--exclamaba Digenes.

--Qu es eso, Perico?... Qu es eso, hombre?--deca ella dulcemente,
inclinando su rostro lleno de lgrimas sobre el desencajado del viejo.

--Me muero, Mara!... Me muero!... Te saliste con la tuya... No es en
el hospital, pero es de caridad... En la fonda.

--Y qu importa?... Ms cerca del cielo est la cama de un hospital que
la de un palacio.

Digenes call sollozando, y la marquesa fue a dar otro paso adelante;
mas el moribundo, sin dejar de sollozar, pregunt entonces:

--Y Monina?

--Abajo est... Quieres verla?...

--S..., s quiero!... Angelito!... Le dar un beso..., verdad?...
Me dejas?... Ser el ltimo, Mara!... Le besar el zapatito..., nada
ms que el zapatito!... Anda, por Dios te lo pido, djame!... Si no le
dar asco...

La marquesa, conmovida hasta lo sumo, pareci tener entonces una
inspiracin repentina: desprendi sus manos de las de Digenes, que se
las sujetaba fuertemente, y dijo:

--Espera un poco... Voy a trartela...

Fuera ya de la estancia enjugse precipitadamente las lgrimas para no
asustar a Monina, y sentando a esta en sus rodillas, psose a explicarle
muy bajo y con gran vehemencia algo que deba de ser importante...
Escuchbala la nia con los ojos muy abiertos, con ese aire de atencin
profunda que revela a veces en los nios un instinto superior a sus aos
para adivinar lo peligroso o lo terrible; cuando ces de hablar su
abuela, dijo que s con la cabeza... Besla esta en la frente con amor
inmenso y volvi a repetirle con gran cuidado lo que antes le haba
dicho, recalcando mucho algunas frases; Monina, sin decir palabra,
volvi a decir que s con la cabeza. Tomla entonces la dama de la mano
y entr con ella en el cuarto de Digenes; psola sobre la cama sin
decir palabra, y sali de la estancia, cerrando la puerta.

Qu sucedi entonces?... Comprendi realmente aquel ngel de seis aos
el encargo de su abuela? Habl por su inocente boca el ngel de la
guarda de Digenes?... Es lo cierto que la nia, sin asustarse de
aquella horrible cabeza desgreada, en que se pintaba ya la agona de la
muerte, sin mostrar repugnancia al asqueroso vaho que exhalaba el sudor
del enfermo, hundi sus rosadas manitas en las blancas patillas del
viejo, y tirando de ellas a medida que hablaba, segn su antigua
costumbre, djole muy bajo, poniendo sobre el odo de l su roja
boquita:

--Teno biscochos de Mendaro y te dar uno... Y no me traste la mueca
que dica pap y mam; pero mam abuela me compr un nio llorn grande,
grande... Y dice mam abuela que te vas a mor, y si quieres confes...
y yo rezar por ti cuando rece por mi pap y por mi mam y por el
abuelito, que estn en el cielo... Y yo ir tambin... T quieres i?...
Pues confiesa!...

Y Monina, cumplida su misin, diole un beso en la frente, escurrise de
la cama y ech a correr hacia la puerta. Digenes lanz tal sollozo, que
pareci romperse su pecho, como si le estallara el corazn dentro;
cruji la cama a los violentos impulsos de su cuerpo, y agitando los
brazos en alto, balbuceaba con la lengua cada vez ms torpe:

--Quiero!... Quiero!... Quiero confesar!... Mara..., Mara!...
Oyes lo que dice la nia?... Quiero confesar!... Pero con quin...,
con quin?... Quin me confiesa a m, Dios mo?... Dnde hay espuerta
tan sucia que reciba mis pecados?... Soy un infame, un perverso!... Me
pesa, Dios mo, me pesa!...

Y con ambos puos cerrados se daba terribles golpes en el pecho, que
retumbaban en todo el aposento y le hacan toser horriblemente, y le
produjeron a poco un ligero vmito de sangre... Monina, falta ya de
valor al verse al lado de all de la puerta, agarrbase, con los labios
blancos, a las faldas de su aya, preguntando muy bajito:

--Se ha morido ya?...

Mientras tanto, procuraba la marquesa sosegar a Digenes, dicindole que
haba mandado a toda prisa a Loyola por un padre jesuita, que deba de
llegar de un momento a otro. Digenes exclam:

--Con ellos me eduqu... Pero no lo digo nunca... Los deshonro!...

Aquella emocin violentsima pareca haber despejado las facultades del
enfermo, mas su fsico resentase de ella y veasele perder fuerzas por
momentos. La marquesa pidi un crucifijo, y ponindoselo delante, djole
que hiciera ante l examen de conciencia, en tanto que llegaba el
padre; tomlo Digenes con ambas manos y beslo devotamente, mas dejlo
caer a poco sobre la colcha, llorando desconsolado.

--Si no s, Mara!... Si no me acuerdo!...

--No te apures, hombre, yo te ensear en un momento...

Y psose con gran cario a explicarle el modo de hacer examen de
conciencia, escuchndola Digenes atentamente, mirando a veces el
crucifijo. Cuando la marquesa ces de hablar, djola l con sencillez de
nio:

--Se me va a escapar algo... Lo mejor ser que te lo diga a ti todo...,
y t se lo dices luego al padre..., y entre los dos ven si falta algo...

--No, hombre, si no es preciso!--replic la marquesa sin poder contener
una sonrisa--. Piensa t ahora, y luego el padre te ayudar.

Largo rato permaneci Digenes silencioso, sosteniendo con ambas manos
el crucifijo, fijos en l los ojos. A veces levantaba su pecho el
temblor de un sollozo, y lgrimas abundantes corran por sus mejillas;
besaba entonces los pies del Cristo, entornaba los prpados y pareca
rezar... La marquesa habase sentado a los pies de la cama, en el gran
butacn, y rezaba el rosario. Sonaron los cascabeles de un coche, y la
dama hizo un movimiento para levantarse.

Digenes abri los ojos muy azorado.

--Mara... Te vas?...

--No..., iba a ver si llegaba el padre.

--Pero no te irs?...

--No, hombre, descuida; no me voy...

--Estars aqu hasta que muera?...

--Hasta que mueras estar--replic ella dulcemente.

Digenes cerr los ojos, sosegado y tranquilo, como el nio que se
duerme a la vista de su madre... Al cabo de un gran rato, dijo:

--Mara..., no me acuerdo del Credo... Cmo era aquello?... Subi a
los cielos y est sentado... Dnde est sentado?...

--A la diestra de Dios Padre--dijo sonriendo la marquesa.

--Todopoderoso--prosigui Digenes; y termin lentamente y en alta voz
el smbolo de la fe, besando luego con grande afecto el crucifijo.

Entreabrise a poco la puerta y asom la cabeza del fondista, diciendo
que dos padres de Loyola haban llegado. La marquesa quiso levantarse
para salir a su encuentro; mas Digenes, con gran sobresalto, apresurse
a decir:

--Mara..., no te vayas! Que entren ellos... Para qu has de ir t?...

Abrise entonces la puerta para dar paso a una extraa figura que
sorprendi a la marquesa e hizo a Digenes echarse atrs en la almohada,
al verla adelantarse hacia l extendiendo los brazos: hubirase dicho
que la muerte en persona, cubierta con la sotana de un jesuita, se
presentaba en el aposento. Era un viejo alto y descarnado, hasta el
punto de traslucirse todos sus huesos; traa una vieja sotana ceida a
la cintura por un orillo de que penda un rosario, y escapbanse de su
gran becoqun largos mechones blancos. Andaba lentamente, tambalendose,
con las manos extendidas como si temiese tropezar, porque estaba medio
ciego, y as lleg sin ver a la marquesa hasta el lecho de Digenes, y
all comenz a palpar hasta tropezar con una mano de este; entonces, con
sonrisa de nio que contrastaba con sus cabellos blancos, con voz
cascada pero dulce, que el asma atroz que padeca tornaba un poco
premiosa, dijo muy bajo:

--Perico..., Periquito..., hijo mo! Soy yo... No me conoces?

Asombrado Digenes, miraba aquella extraa aparicin sin acertar a decir
palabra, e interrogaba con la vista, ora a la marquesa, ora a otro padre
ms joven que tras el viejo haba entrado; este aadi:

--Soy el padre Mateu..., tu inspector del Colegio de Nobles... Te
acuerdas?...

--S!... S me acuerdo!--exclam Digenes con una gran voz,
estrechando entre las suyas, sin soltar el crucifijo, aquella mano
helada de esqueleto, que llev con gran vehemencia a sus labios.

El viejo, con su serena sonrisa de nio, volvi el rostro hacia su
compaero, diciendo con satisfaccin ntima:

--Se acuerda..., se acuerda!... Bien lo deca yo!... S, por cierto!

--S que me acuerdo!--repeta Digenes con grande ahnco--. Usted fue
muy bueno para m, y me quera, oh, s!, me quera mucho..., y me
ense a rezar el _Bendita sea tu pureza_, y luego las tres Ave
Maras... que deca usted alcanzaban de la Virgen misericordia...

--Y lo digo, Perico, lo digo!--repuso gravemente el viejo--. La
alcanzan, s, por cierto... Y en ti mismo lo ves ahora..., porque t las
habrs rezado...

--S, padre, s..., siempre, siempre! Y se las ense a Monina... Ni
una noche las dej, aunque hubiese...

El viejo le ataj con gran viveza la palabra:

--Lo ves?... Lo ves cmo la Virgen Nuestra Seora te concedi la
misericordia?... Yo se lo peda, se lo peda--y sin dejar de sonrer
cruzaba las manos y las levantaba, mirando al cielo con expresin
beatfica--, porque me dijo Miguelito Tacn hace algn tiempo, cuando lo
vi en Cuba de capitn general, el ao treinta y cinco, que andabas...,
vamos..., un poco alegre... Y mira qu buena fue nuestra Madre!...
Porque lo viese yo, me ha conservado ochenta y seis aos, Perico,
ochenta y seis aos!... S, por cierto...

Digenes, cada vez ms postrado, lloraba en silencio; el viejo, buscando
a tientas la mano del enfermo, aadi apretndosela con todas sus
escasas fuerzas:

--Porque t querrs que yo lo vea... No es verdad, Perico?... Querrs
confesarte...

--S, padre..., s quiero! Con usted... Ahora mismo!--exclam Digenes
tendiendo los brazos hacia l, como un nio que llama a su madre.

Y el otro viejo, sin dejar de sonrer, pero rompiendo tambin a llorar,
se arroj en ellos murmurando:

--Ochenta y seis aos!... Ochenta y seis aos esperndote!...

Mientras tanto, la marquesa de Villasis y el otro padre habanse salido
del cuarto, y aquel explicaba a la dama la historia del viejo. El padre
Mateu haba conocido a Digenes muy pequeito, en el Colegio de Nobles,
y enterado de que se hallaba moribundo en Zumrraga, pidi permiso al
superior para ir a auxiliarle; negselo este, temeroso de que en su edad
avanzadsima le costara aquella obra de caridad la propia vida, mas el
anciano instle con tanto afn, suplicle con tal ahnco, asegurndole
con conviccin tan profunda que Dios le haba conservado ochenta y seis
aos slo para aquello, que el superior no pudo menos de darle gusto.

A travs de la puerta cerrada oanse a veces los sollozos de Digenes, y
escuchbanse otras los gritos de horror que l mismo se inspiraba a s
mismo, seguidos del llanto de la contricin, desolado, abundante, pero
dulce y sin amargura, como lo es el de todo dolor que se apoya en la fe
y en la esperanza. Son al cabo de una hora una campanilla dentro del
cuarto, y la marquesa y el otro jesuita se apresuraron a entrar... El
padre Mateu estaba sentado a la cabecera del lecho, extenuado y
jadeante, como si en aquella hora escasa hubiera perdido el corto resto
de fuerzas que le quedaban. Dos hilos de lgrimas que iban a perderse en
sus blancas patillas brotaban de los ojos de Digenes; con una leve
seal llam a la marquesa, y djole al odo con sencilla expresin de
gozo inefable:

--Dice el padre Mateu... que Dios me ha perdonado...

Y luego, con el profundo desprecio del pecador que se considera a s
mismo, con la cristiana humildad del hombre que se ve a dos pasos de
convertirse en tierra, aadi muy bajo, como si fuera su voz un dbil
quejido, queriendo y no pudiendo levantar una mano para golpearse el
pecho:

--A m!... A m!

Hizo entonces el otro jesuita que el padre Mateu se volviese a Loyola
antes que cerrase la noche, acompandole don Federico en el coche que
esperaba, y los dos ancianos, los dos moribundos, separronse sin pesar,
como dos amigos que en el dintel de un palacio en que han de entrar por
puertas distintas se estrechan la mano dicindose: Hasta luego!...

Pensse entonces en traer el santo Vitico al enfermo, y este acogi la
noticia entornando los ojos con humildad profunda, diciendo siempre:

--A m!... A m!...

De all a poco viole la marquesa agitarse mucho, gemir profundamente,
revolver los ojos azorados; acercse a l... Habasele olvidado un
pecado muy gordo, muy gordo..., y antes que tuviera tiempo la dama de
llamar al padre, decale ya l con gran trabajo:

--Yo..., por divertirme..., por fastidiarle..., escriba todos los das
una carta a Frasquito... dicindole: Mentecato!... Cuatro meses le
escrib!... Cuando Jacobo volvi de Italia, dej de hacerlo... Me lo
pidi l: deca que le interesaba... T le pedirs perdn a Frasquito...
Me pesa! Me pesa!...

Lleg el Vitico, y recibilo el enfermo con muchas lgrimas y cierta
especie de pavor afectuoso y humilde, que le haca repetir de continuo:

--A m!... A m!...

Entonces pidi la extremauncin, y dijronle que ya la haba recibido la
vspera; mas l, con gran sencillez, quiso recibirla de nuevo.

--Si no me enter--deca--. Que me la den otra vez; as ir ms limpio.

A las siete hallbase an bastante entero, y dando una gran voz de
repente, llam a Monina... La marquesa hizo traer a la nia y psola,
como por la maana, frente a l, encima del lecho; la inocente criatura
agarrbase asustada al cuello de su abuela y miraba al enfermo con los
ojos muy abiertos, sorprendida y silenciosa, sin atreverse a llorar. El
moribundo quiso levantar una mano y no pudo; mir a la nia con ternura
inmensa, y haciendo un penoso esfuerzo, dijo:

--Yo te ensear... _Bendita sea tu pureza_... Dilo.

Los ojos de la nia se llenaron de lgrimas y su pechito comenz a
estremecerse como el de un pjaro asustado; su abuela le dijo al odo:

--Dilo, hija ma... Si lo sabes t, dilo...

La nia cruz las manitas y comenz su oracin, repitindola Digenes en
voz baja, muy lenta, con cierta especie de solemnidad augusta que
recordaba las notas de un rgano acompaando el canto de un ngel:

        Bendita sea tu pureza
        Y eternamente lo sea,
        Pues todo un Dios se recrea
        En tu graciosa belleza.
        A ti, celestial Princesa,
        Virgen sagrada Mara,
        Yo te ofrezco en este da
        Alma, vida y corazn.
        Mrame con compasin...

Apagse aqu la voz de Digenes, y oyse tan slo la temblorosa vocecita
de Monina, que por un infeliz error o por una inspiracin del cielo,
equivocaba el ltimo verso:

    No _le_ dejes, Madre ma!

Digenes ya no la oa: comenzaba entonces el estertor, y su angustioso
resuello interrumpase a veces por ms de un minuto. Llevronse a la
nia; la marquesa y el jesuita se arrodillaron y comenzaron a rezar la
recomendacin del alma; a las once menos cuarto, sin ningn
estremecimiento, sin verdadera agona, sin soltar de las manos el
crucifijo, abri un poco la boca y expir.

A la otra maana, cuando despus de la solemne misa de _rquiem_ que
hizo celebrar la marquesa en Zumrraga, volvi el jesuita a Loyola, oy
que las campanas de la iglesia tocaban tambin a muerto... Haba
fallecido aquella noche el padre Mateu; encontrronle al amanecer ya
fro, tendido en su lecho. Tena en las manos el rosario y vagaba an en
sus labios su pura sonrisa de nio; sobre su frente, amarilla como el
marfil antiguo, un nimbo de cabellos blancos realzaba el tipo ms
peregrino de belleza moral que puede fingirse el hombre: la inocencia
con la cabeza blanca...[19]

[Nota 19: La muerte de este santo anciano, acaecida al mismo tiempo
que la de la persona que auxiliaba, es un hecho rigurosamente
histrico.]




--III--


Muchos y graves sucesos haban tenido lugar desde que al terminar el
libro anterior dejamos a Jacobo camino de Italia, hasta que hemos vuelto
a encontrarle en la carretera de Guipzcoa, guiando, al lado de Currita,
el _mail-coach_ con seis caballos. Y fue el primero la aparicin de un
extrao fenmeno a las puertas de Madrid, que vino a causar al marqus
de Villameln un pavor tan grande, como no lo caus nunca Catilina a las
puertas de Roma, ni Mahomet II a las de Constantinopla, ni Isabel la
Catlica a las de Granada, ni Guillermo I a las de Pars. La
trichina!...

Aquello era un dolor y un horror; tener que renunciar con severidad
israeltica al jamn extremeo, rosado y aromtico, y al salchichn de
Gnova, matizado como un mosaico, o exponerse a tragar el endiablado
microbio que el atribulado Fernandito segua con la imaginacin en todas
sus transformaciones, vindole alargarse, alargarse hasta convertirse en
tenia, y engordar, engordar luego hasta trocarse a costa de los jugos de
su estmago en una serpiente boa, igual a las que haba visto tragarse
gallinas y conejos y aun cabritos, con la facilidad con que se tragaba
l, una tras otras, un barrilito entero de aceitunas sevillanas.

Suceda esto a los ocho o diez das de la repentina marcha de Jacobo, y
entre aflicciones de espritu, quebrantamientos de estmago y apreturas
de entendimiento, recibi Villameln una cariosa carta de este tierno
amigo, en que, con previsin amorossima y delicadeza exquisita, le
enviaba una receta infalible contra la trichina, recogida de los labios
mismos de los hermanos Tramponetti, fabricantes de embutidos en la
salchichonesca Gnova. La receta era bien sencilla: bastaba pasar tres
veces por el hervor de agua ordinaria las carnes de cerdo y los
utensilios en que hubieran estas de cocinarse. Fernandito, creyndose en
posesin de un talismn precioso, corri a dar la noticia a su cara
esposa Currita, dispuesto a pasar por agua todos los jamones de su
despensa, todas las cacerolas de su cocina y todos los pinches de ella,
con el cocinero a la cabeza. Y por qu no?... Das antes relataba un
peridico que el emperador de Birmania haba mandado enterrar vivas a
setecientas personas para aplacar los espritus diablicos que haban
esparcido por sus Estados la viruela negra. Por qu no haba l de
hervir a un cocinero y tres pinches para librar de la trichina a su
persona y a la de sus deudos y amigos?

Currita recibi la noticia con frialdad aterradora y negse rotundamente
a hacer uso de la receta, con cierta especie de rencorosa terquedad,
impropia del caso; tambin ella haba recibido aquel da carta cariosa
de Jacobo, fechada asimismo en Miln, hablndole vagamente de grandes
peligros y grandes negocios, y prometindole, con la fatua seguridad de
quien presume ser esperado con ansia, el gozo imponderable de su prximo
regreso y la explicacin satisfactoria de su repentina marcha.

--Excelente amigo!--exclamaba Villameln--. Ahora mismo voy a
contestarle dndole las gracias...

Currita abri la boca con un gesto de ira como para decirle algo, y
dominndose repentinamente, la volvi a cerrar, diciendo a poco con su
suavidad acostumbrada:

--Pues mira... mndame la carta y le pondr yo cuatro letras; as me
ahorro de escribirle largo...

Media hora despus presentbale un lacayo en una bandeja de plata la
carta de Fernandito, y la dama, despus de leerla, hzola mil pedazos
con extraos gestos de rabia... Otras dos cartas de Jacobo haban
llegado en aquel mismo da a la corte: una larga y enftica para el
marqus de Butrn, llena de mentiras y enredos, que sin engaar del todo
al presuntuoso diplomtico, hicironle comprender que lejos de
emanciparse el joven Telmaco de su tutela, la necesitaba ms que nunca,
y poda, por tanto, seguir explotndole en sus trabajos polticos. Haba
ledo en La Bruyre, y hecho suya, aquella sentencia muy comn entre
polticos y no polticos, que despojaba l del tinte de finsima irona
con que su autor la escribe: Aun los Grandes y ministros mejor
intencionados necesitan tener a su lado bribones; su uso es muy delicado
y se necesita saber manejarlos, pero hay ocasiones en que no pueden ser
suplidos por otros. Honor, virtud, conciencia, cualidades siempre
respetables y a menudo intiles. Qu queris a veces que se haga con un
hombre de bien?.

Era la otra carta, larga tambin, para el to Frasquito, escrita con
grandes visos de misterio, asegurndole haber conjurado el peligro a
fuerza de astucia y de dinero, y prometindole la completa extirpacin
del misterioso Mentecato! en cuanto llegara l a Madrid y pudiera
comunicar a las logias las rdenes que de Italia llevaba. Firmaba esta
carta con un nombre supuesto, no pona en ella fecha ninguna, y
encargbale mucho quemarla despus de leda y aventar luego las cenizas.
Hzolo as el to Frasquito, lleno de miedo, y creyendo ya poder
aventurarse a salir con algunas precauciones, presentse aquella noche
en casa de Currita, en el taller de las hilas, tosiendo lastimosamente y
ofreciendo a todas las damas caramelitos de rosa, nico remedio para la
_horrible_ tos que le haba dejado el pertinaz _catarro_.

Currita no contest a Jacobo, y extraado este, torn a escribirle, sin
obtener tampoco respuesta. Alarmse entonces el futuro ministro y
escribi a Butrn pidindole categricas explicaciones de aquel
obstinado silencio que le haca sospechar en la dama algn
resentimiento, peligroso siempre y funesto en aquellas circunstancias,
en que la amistad ntima y la repleta caja de los consortes Villameln
le eran de todo punto indispensables.

Con mensurado tono y severidad paterna contest entonces _el sabio
Mentor_ al _joven Telmaco_, enterndole del regalo hecho por
mademoiselle de Sirop a la _kermesse_, del justo enojo de Currita al
recibir aquel ultraje, que revelaba la traicin del amigo ntimo a quien
tantos beneficios haba prodigado, y de la ferocidad con que las lenguas
murmuradoras se haban echado sobre la aventura, comentndola y rindola
a mandbula batiente. El _sesudo Mentor_ terminaba con protectora
solicitud y paternal indulgencia: Tu ligereza ha sido grande; pero
inventa una disculpa, apresrate a venir y trataremos de arreglarlo.

Jacobo no se hizo repetir el aviso, y cinco das despus _el joven
Telmaco_ y _el sabio Mentor_ se presentaban en el _boudoir_ es decir,
abordaban a las playas de la isla de Ogigia, retiro encantador de _la
invulnerable Calipso_... La escena debi de ser conmovedora; mas ninguna
ninfa hizo traicin a la diosa, revelando lo que oy o pudo ver en la
misteriosa gruta, e ignrase al presente cmo llegaron los tres
personajes a la perfecta avenencia que todo Madrid pudo observar desde
entonces entre ellos. Corri, sin embargo, a los pocos das por los
peridicos la noticia de que el marqus de Sabadell haba acusado de
ladrona ante los tribunales a cierta aventurera francesa llamada
mademoiselle de Sirop; spose ms tarde que esta haba desaparecido, y
murmurse, por ltimo, muy sotto voce, que el mismo marqus, su acusador
pblico, la tena escondida en su casa: nadie pudo comprobar, sin
embargo, la exactitud de este hecho inexplicable.

Las cosas quedaron, pues, como estaban un mes antes y tan slo Jacobo
pudo notar en Currita, con harto despecho suyo, esa extraa anomala de
la mujer, que consiste en mostrarse servilmente sumisa con el hombre que
la oprime y ferozmente tirana con el que se le somete: rasgo a la verdad
poco noble, que hace comn san Ignacio de Loyola en su famoso libro de
los _Ejercicios_ al mismsimo demonio, con estas textuales palabras: El
enemigo se hace como mujer, en ser flaco por fuerza y fuerte de
grado.... Mientras en sus relaciones ntimas con la dama se mostr
Jacobo duro y desptico, imponindole en todo su voluntad como dueo,
hallla siempre dcil y sumisa, pronta a sacrificarse por l y a
prestarle todos los homenajes, con la humildad del pobre que al quemar
ante el dolo su incienso no espera ni pide otra recompensa que la
satisfaccin de verlo aceptado. Mas cuando, por las circunstancias que
quedan referidas, tuvo Jacobo que humillarse a ella y mostrrsele
rendido y avasallado, crecise Currita al punto, y sin disminuirle en
nada su ntima confianza, ni cercenarle tampoco los continuos y siempre
indecorosos beneficios que le prodigaba, comenz a dejarle sentir su
yugo, a hacerle comprender que ella era all la duea absoluta, y a
saciar su vanidad, primer elemento que en todos los actos de su vida y
todos los sentimientos de su corazn entraba, presentndole a los ojos
del mundo, vencido, sujeto y atado, como un hermoso rey prisionero, a
las ruedas de su carro.

Por lo dems, nunca supo nadie lo que haba hecho Jacobo en Italia;
guardse l muy bien de decirlo, y con muchas y variadas mentiras
explic a todo el mundo los motivos de su ausencia, quedando esta nueva
aventura envuelta en las nubes vagas e indecisas que habr notado
siempre el lector, as en las cosas como en el carcter de este
histrico personaje.

Era, sin embargo, cierto que haba visitado en Caprera a Garibaldi, y
confidole una peregrina historia que explicaba por completo la
desaparicin de los papeles, sin culpa de nadie, por supuesto. Mas el
viejo mamarracho, sin guardar siquiera memoria de aquello, encogise de
hombros al orle, y seducido por la labia de Jacobo, ofrecile
cordialmente cartas comendaticias para los venerables de Miln y de
Espaa que le pusieran a cubierto de todo recelo. Aceptlas Jacobo
gozossimo, creyendo ya con esto conjurado el peligro, y gastse
alegremente en excursiones por Italia todo su dinero, dejndose en la
ruleta de Mnaco hasta el ltimo cntimo del que haba sacado al to
Frasquito. Las noticias del _sabio Mentor_ hicironle apresurar su
vuelta a Espaa, y engolfndose de nuevo a su regreso en su antigua vida
ordinaria de crpula elegante y vagancia aristocrtica, interrumpida a
veces por solemnes intervalos polticos, quedronsele en la gaveta las
cartas de Garibaldi, passele el susto que le haba llevado a Italia, y
en su impresin natural de nio revoltoso, no volvi a acordarse de los
masones, juzgando que tambin ellos le tendran olvidado.

Mientras tanto, los trabajos alfonsinos tocaban a su trmino, y Jacobo,
creyendo haber pagado a buen precio con la entrega de sus papeles el
logro de sus ambiciones, importunaba de continuo a Butrn y hacase
presente a todas horas en el centro de hombres polticos que dirigan
los trabajos del partido, en demanda de una cartera que jams se le
haba prometido en serio, pero que se le haba hecho vislumbrar a lo
lejos como precio de su hurto, en los tiempos en que era la consigna
barrer para adentro. Mas haba llegado ya la hora de barrer para fuera,
y el taimado Butrn levantaba con disimulo la escoba para sacudir _al
joven Telmaco_ el primer escobazo, sin echar de ver que otra escoba ms
poderosa se levantaba tambin a su espalda con la idea deliberada de
ejecutar con l la misma maniobra. La estrategia de unos y otros era
graciosa: comenzaban ya a organizarse las combinaciones ministeriales, y
en todas ellas hacase el papel, delante de Butrn y delante de Jacobo,
de reservarles a uno y otro las ansiadas carteras; mas volva la espalda
el _joven Telmaco_, y decan todos _al prudente Mentor_, y este era el
primero en afirmarlo, que era una temeridad, un descrdito para el
partido dar entrada en el futuro gabinete a un botarate, un loco sin
decoro como Sabadell, y que la cartera que este esperaba haba de darse
al seor Fernndez Gallego, hombre probo, orador famoso, capaz de
desatascar un carro, cuanto ms a un Gobierno, con slo hacer or en las
orejas del tiro los rotundos perodos de su enrgica palabra.

As quedaba convenido; mas tocbale la vez al respetable Butrn de
volver la espalda y decanse todos entonces que era una necesidad, una
pifia, desperdiciar una cartera en aquel pobre hombre, poltico
mujeriego, que deba de contentarse, a lo ms, con una plenipotenciaria,
pudiendo emplearse aquella, si no con honra, a lo menos con provecho, en
el seor don Eusebio Daz de la Laguna, pajarraco gordo en tiempo de
Amadeo, que, como acontece en todas las restauraciones, habase pasado
con armas y bagajes al bando alfonsino en cuanto vislumbr en l la
aurora del triunfo, ejecutando una de esas maniobras que en la farisaica
jerga de los hombres gubernamentales se llaman _cambios polticos_,
debiendo de llamarse charranadas o vilezas. Su entrada en el ministerio
haba de ser un poderoso puntal que aparcase las tendencias tolerantes y
olvidadizas de la poltica restauradora.

Al olfato finsimo del seor Pulido haban llegado todos estos apartes,
y apresurse a notificarlos al amigo Pepe, temeroso de perder la
deslumbradora proyeccin que sobre su persona y parentela arrojara la
poltrona ministerial de este. Entrse, pues, una maana en casa del
respetable Butrn, nervioso y descompuesto, y con las falanges de su
dedo ndice ya desplegadas y la frase sacramental--lo dije!--, colgando
de los labios, traspas el misterioso biombo de nueve hojas que serva
de reducto con el despacho a los secretos del diplomtico. All estaba
este, sumido en profundas meditaciones ante unos papeles que deban
encerrar altos secretos de Estado, de los cuales apart los ojos tan
slo un segundo para mirar al recin venido, murmurando con aire
distrado:

--Hola, Pulidito!...

Mas Pulidito, alargando el inexorable dedo indicador, cual si fuesen sus
falanges elsticas, y agitndolo de arriba abajo con la fatal oscilacin
de un pndulo acompasado, exclam con temeroso acento:

--Lo ves, Pepe?... Lo ves?... Lo dije!... Lo dije!...

--Qu?--replic Butrn con el aire resignado de quien se prepara a
recibir un importuno chubasco.

--Qu?--replic el seor Pulido en el mismo tono--. Pues nada... que
te birlan la cartera, Pepe, que te la birlan!...

Y al comps de las oscilaciones de su dedo, comunic el diplomtico sus
noticias alarmantes... El respetable Butrn no se conmovi ni pizca.
Acaso era l bobo?... Al tanto estaba de todos aquellos manejos; pero
callaba, callaba y haca la vista gorda, porque tena la seguridad--y
su vanidad inmensa se la daba, en efecto--de que el futuro gabinete no
podra prescindir de su persona y sus servicios... En cuanto a Sabadell,
era otra cuestin: habase forjado ilusiones absurdas, que en el futuro
orden de cosas era imposible realizar. Sabadell era un loco, un
mentecato que haba prestado por carambola algunos servicios al partido,
pero que no era de la madera de que la Restauracin haba de hacer sus
ministros; hubiera podido serlo con un Prim o con un Serrano, pero nunca
con un Cnovas del Castillo y con un Butrn...

Detvose aqu el diplomtico con solemne pausa, y aadi
sentenciosamente:

--Todo rbol es madera, pero el pino no es caoba... En mi opinin, ni
Sabadell puede ser ministro, ni yo puedo dejar de serlo.

El dedo del seor Pulido comenz a subir y bajar con riesgo manifiesto
de descoyuntarse, cual si marcaran sus oscilaciones los grados de
impaciencia de su dueo.

--Y crees t, Pepe, que el seor Cnovas del Castillo ser de tu misma
opinin?...

Mirle el diplomtico con aire de lstima y djole al cabo:

--Mira, Pulidito, hijo mo, creo que no soy del todo imbcil... Cnovas
no da un paso sin contar antes conmigo.

--Y ha contado contigo para proponer la candidatura del seor Daz de
la Laguna?...

Pasmse interiormente el gran _Robinsn_, porque ignoraba por completo
que semejante candidatura se hubiera presentado; mas parecindole
contrario a su decoro manifestar ignorancia, y cediendo a su hinchada
vanidad, que le llevaba siempre a disfrazarlo todo con solemnes mentiras
y enigmticos conceptos, a fin de mantener en alza su crdito poltico,
replic imperturbable.

--Ha contado.

--Entonces...

--Entonces, puedo asegurarte que el seor Laguna quedar siempre rana
del pasado charco.

Y dando una gran palmada con su mano de Esa, extendida sobre los
papeles que tena delante, dijo solemnemente, con cierto aire de reserva
dignsima que indic al seor Pulido que tras el biombo de la mesa
estaba el biombo de las cejas del diplomtico, custodiando dentro de su
frente arcanos misteriosos que a l no le era dado penetrar:

--Mira, Pulidito, dejemos ya eso... Los secretos mos puedo confiarlos a
un amigo; los ajenos, jams... Para tu tranquilidad y tu gobierno, te
dir, sin embargo, dos cosas... Primera, que anoche estuvo Antonio
Cnovas conferenciando conmigo en esa misma silla en que ests sentado,
hasta las cuatro de la maana...

Hizo el respetable Butrn un alto, para dejar saborear al seor Pulido
la gordsima mentira, y prosigui diciendo:

--Segunda..., que al despedirse Cnovas, me entreg este proyecto de
tratado secreto con Alemania--y golpeaba los papeles que tena
delante--, y necesito para estudiarlo... tiempo y soledad...

Quedse tamaito el seor Pulido ante el perfil de perro dogo de
Bismarck que las palabras del diplomtico evocaban sobre la mesa, y
comprendiendo que se le recordaba con aquel elegante giro que el
undcimo mandamiento de la ley de Dios es no estorbar, despidise esta
vez con el dedo ndice muy plegadito, medrosico y esperanzado, mas no
sin echar antes una ojeada furtiva al proyecto de tratado secreto con
Alemania, que la extendida mano del diplomtico pareca proteger contra
todo amago de curiosidad. Algo atisb, sin embargo, que vino a
despertarle la sospecha de que el tal proyecto de tratado secreto no era
precisamente con el Gobierno alemn, sino con la repostera de Lhardy,
poderosa potencia gastronmica de la Carrera de San Jernimo: entre los
peludos dedos del diplomtico asomaba por una esquinita la vieta de las
cuentas del clebre Emilio.

Mas no era el seor Pulido hombre que, una vez puesto en la pista,
retrocediese ante ningn peligro ni reparo; fuese, pues, derecho a casa
de Lhardy y preguntle si el seor marqus de Butrn tena en su
repostera alguna cuenta pendiente. Emilio, creyendo sin duda que aquel
seor vendra a pagrselas, djole que tena cuatro, de las cuales era
la ms antigua la del buffet de un baile dado tres aos antes en honra
de Currita, y que el da anterior se las haba remitido todas juntas por
centsima vez, sin haber logrado an cobrar ninguna. Enderezse entonces
el dedo del seor Pulido con la fuerza de una catapulta, y atnito
Emilio, oyle exclamar dos veces:

--Lo dije!... Lo dije!...




--IV--


Amaneci por fin el da 29 de diciembre de 1874, y a las once y
cincuenta y seis minutos de la maana, el ministro de la Guerra, Serrano
Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como haba de saltar
veinticuatro horas ms tarde, violentamente tambin, de la poltrona
ministerial... Anuncibale un telegrama del gobernador militar de
Sagunto que el general Martnez Campos haba proclamado rey de Espaa al
prncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabn.
Alborotse el Gobierno, reunise al punto Consejo extraordinario en el
ministerio de la Guerra y tomse por primera providencia la de echar el
guante al seor Cnovas del Castillo y a otros muchos personajes de
cuenta, entre los que se contaban el seor Pulido, _el joven Telmaco y
el respetable Mentor_. Encerrronles por de pronto en el Saladero, con
la sana intencin de enviarles ms tarde, una vez sofocada la intentona,
a tomar camino de Filipinas los saludables aires de mar. La cortesana
del gobernador de Madrid, seor Moreno Bentez, proporcionles horas
despus mejor alojamiento en el Gobierno civil; mas fuese prfida
intriga de los amigos o cruel ensaamiento de los contrarios, es lo
cierto que los tres compadres, Jacobo, Butrn y Pulido, quedaron presos
en el Saladero, pasando entre temores y sobresaltos todo el da 29 y
tambin el 30, hasta que en la madrugada de este, muy cerca ya del alba,
abrironse ante ellos las puertas de su prisin, para cerrarse ante sus
ojos la puerta de sus esperanzas... A las nueve y cuarto de aquella
misma noche, hundido para siempre el Gobierno de la Revolucin, haba
quedado investido de todos los poderes el capitn general de Madrid, don
Fernando Primo de Rivera, y puestos al punto en libertad los prohombres
alfonsinos detenidos en el Gobierno civil, apresurndose a nombrar un
ministerio-regencia, del cual formaban parte el Gallego y el Laguna,
quedando excluidos, por supuesto, _el joven Telmaco y el respetable
Mentor_[20].

[Nota 20: Formaban este primer gabinete alfonsino, bajo la
presidencia de don Antonio Cnovas del Castillo, los seores Castro,
Crdenas, Jovellar, Salaverra, marqus de Molins, Romero Robledo, Ayala
y marqus de Orovio. Excusado nos parece advertir que, al fingir
nosotros un seor Gallego y un seor Laguna formando parte de este
Ministerio, no aludimos para nada a ninguno de los seores que en
realidad lo formaron. Y ya que de alusiones hablamos, bueno ser hacer
constar, una vez ms, que yerran por completo los que han credo ver en
algunos personajes de la presente novela retratos de personas harto
conocidas, que sin duda lo fueron muy poco de los que tal juzgan, cuando
encuentran semejanza entre unos y otros. Nuestros personajes no son
retratos de individuos determinados, sino tipos de caracteres sociales;
y si puede halagar la vanidad del artista que resulten sus creaciones
tan reales que no pueda concebrselas sin un modelo vivo, debe de
repugnar ala delicadeza y aun a la conciencia del escritor honrado al
convertir por este medio un libro escrito con altos fines morales en un
intencionado libelo.]

Quedse este anonadado, psose Jacobo furioso, y el seor Pulido, sin
fuerzas para enarbolar el dedo indicador, sin alientos para
murmurar--lo dije!--, enmudeci como Casandra a la vista de Troya
destruida y Grecia triunfante. Butrn bufaba, Pulido gema, Jacobo
echaba ajos, y entre peroratas enrgicas, amargos reproches, violentas
reclamaciones y planes de campaa propuestos para derrocar aquel
Gobierno que les haba estafado, pasronse algunos das, hasta que
desembarazado algn tanto el ministerio-regencia con la llegada del
joven monarca, pudo al fin dar vuelta a la llave de la despensa, y
enarbolando la rama de sustanciosos dtiles, que ha venido a sustituir a
la de olivo, antiguo smbolo de la paz, comenz a distribuir puestos,
honores y destinos entre sus diversos paniaguados, tocndole a Butrn
una plenipotenciara de primer orden. Hzose de rogar este cuanto sufra
por una parte la prudencia y exiga por otra el decoro, y teniendo en
cuenta sin duda que a buena hambre no hay pan duro, que a falta de pan
buenas son tortas y que ms vale pjaro en mano que buitre volando,
march al fin resignado y majestuoso a representar en tierra extranjera
la persona de Alfonso XII. Hubo tambin una direccin de segundo orden
para el seor Pulido, y ofrecise a Jacobo otra plenipotenciara igual a
la aceptada por Butrn. Mas _el joven Telmaco_ era hombre capaz en sus
rencores de comprender y practicar aquella venganza de los chinos, que
consiste en ahorcarse a la puerta de su adversario para atraer sobre l
la clera celeste y el odio de los ciudadanos; lleno, pues, de saa,
rechaz con altivez la oferta, y creyendo alcanzar por sus propias
fuerzas lo que de grado no le haban querido dar, alistse de nuevo
entre sus antiguos amigos los revolucionarios an no resellados, que
capitaneaba a la sazn el excelentsimo Martnez y prometan formar una
oposicin formidable el da en que se decidieran a reconocer la
monarqua de Alfonso XII. Recibironle ellos como a un Hrcules bajado
del cielo para emprender de nuevo a su lado los doce trabajos sobre la
tierra, y en el momento en que le encontramos volviendo de Biarritz al
lado de Currita, traa ya lograda, con ayuda de esta fiel amiga, la
senadura vitalicia, altsima tribuna desde donde pretenda escalar, al
lado del excelentsimo Martnez, el Olimpo ministerial, una vez
efectuada la temida y esperada maniobra que con gran sigilo preparaba el
taimado _buey Apis_.

A poco presentaba Madrid su animado aspecto de invierno, y dos sucesos
trascendentales ocupaban la atencin de los polticos y los elegantes:
la apertura de las Cortes y el casamiento del monarca. Prometa la
primera campaas parlamentarias nunca vistas; haca esperar el segundo
diversiones y regocijos jams disfrutados, y unas y otros discutanse y
aun preparbanse en los salones de Currita, centro por aquel tiempo de
los ms importantes hombres polticos de la futura oposicin dinstica,
a la vez que de lo ms _gommeux_, lo ms _poisseux_ de la alta sociedad
madrilea. Sus _aprs dners_ de los viernes llegaron a tener fama, y
con igual facilidad se concertaba en ellos un gabinete que se
desconcertaba un matrimonio, se ganaba un diputado para la oposicin que
se perda una muchacha para siempre, minada al amparo bienhechor de la
dama, por esa galantera de algunos salones, que llama un autor, nada
asustadizo por cierto, _trabajo de zapa que el vicio emplea para minar
la virtud_. Pedro Lpez comparaba en _La Flor de Lis_ el saln de
Currita con aquellas famosas tertulias que comenzaron en el hotel
Rambouillet y acabaron con madame Stal, Recamier, Tallien y Girardin; y
ciertamente que si no se encontraba en aquel como en estas la culta y
amena conversacin y la urbanidad ms exquisita de antao, que ha venido
a ser hoy entre damas y caballeros como atributo exclusivo de las
pelucas empolvadas y las chorreras de encaje, encontrbase de igual modo
aquel principio disolvente de toda moral, que consiste en tolerar y
autorizar el escndalo.

Viose entonces claro como nunca la funesta influencia que ejerce en una
sociedad entera una de esas reinas de la moda que comienzan escotando
los trajes y acaban escotando las costumbres; que empiezan imponiendo el
yugo de sus elegantes extravagancias y terminan imponiendo el de sus
desvergonzados vicios; que familiarizan con el escndalo y lo hacen
tolerable y de buen tono hasta a los ojos de las personas virtuosas, que
llegan a contemplar sin extraeza, sin rubor y sin protesta,
espectculos como el que ofreca Currita haciendo los honores de su casa
con distincin elegantsima, en compaa del marqus de Sabadell,
mientras sus hijos yacan olvidados, cada cual en un colegio, y
Villameln, reblandecido ya casi por completo, jugaba al bsigue o al
tresillo con las celebridades del momento, o tentaba la paciencia de sus
tertulianos encerrado, como en un crculo vicioso, en sus ordinarios
tpicos de conversacin: el combate _terro-naval_ de Cabo Negro, los
prodigios de su cocinero, los adelantos de su fotografa, las ventajas
de la incubacin artificial de los huevos de gallina, o las extraas
peripecias del doctor Tanner y el italiano Succi, que, con gran pasmo
suyo, parecan haber resuelto el problema, para l horripilante e
incomprensible, de vivir sin comer.

Un nuevo escndalo, iniciado y meditado en casa de Currita y llevado a
efecto a la sombra de esta, y quiz, quiz bajo su proteccin misma,
vino a probar a las personas sensatas que tan peligrosa es la proximidad
del vicio, que aun sin estar de l contaminado, se respira en su
atmsfera cierta ponzoa que trastorna y extrava, y hace al cabo
resbalar y caer... Margarita Belluga, una de las jvenes que al pisar
por primera vez los salones del gran mundo haba llamado ms la atencin
por su candor y su pureza, desapareci un da sbitamente de casa de
sus padres, para aparecer a poco en Italia, _magna parens artium_, y
refugio insondable de pillos de todas las naciones, casada con Celestino
Reguera, el pintorzuelo cmplice de Currita en sus atentados pictricos,
que haba conservado siempre la dama a su lado, para alumbrar su corte
con los resplandores de un genio, a la manera que Filipo mantena en la
suya a Aristteles, y Augusto a Virgilio, y Carlos V a Garcilaso, y Luis
XIV a Molire.

Comenzaron entonces las lamentaciones y las extraezas, los comentarios
y los sobresaltos, y la murmuracin no fue ya el ruido de una ola al
reventar en la playa, sino que cundi y se hizo formidable, y resultaron
todos los imponentes estrpitos del mar batiendo las costas... Mas a
pesar de que todo el mundo vio claro el viento que haba desatado
aquella tormenta y los polvos de que salan aquellos lodos, tan slo dos
de las muchas madres honradas que acudan a los saraos de Currita
dejaron de llevar all a sus hijas; tan slo uno de los muchos maridos
con decoro que a ellos concurran retrajo a su mujer de aquella casa
funesta a que se haca necesario acudir, porque... porque... se pasaban
all ratos deliciosos, era la dama quien fijaba en sus salones las leyes
del buen tono, y el ser admitido en su casa era un brevet de elegancia y
de notoriedad.

Mas un da corri por Madrid una noticia estupenda, que se escuch al
principio como un absurdo inventado por algn ocioso del Veloz;
concedisele ms tarde la verosimilitud que hubiera merecido la de que
Sagasta cantaba misa o el Gran Turco se haba hecho monje bernardo, y
extendise al fin como un hecho inverosmil, pero cierto, absurdo, pero
verdadero, desde los salones hasta las antesalas, y desde los pasillos
del Congreso hasta los de los teatros, llenando a todo el mundo elegante
de asombro, de extraeza y de curiosidad. La imaginacin siempre
exaltada de los madrileos aderez el hecho con interpretaciones y
comentarios, y unos vieron en l un manejo poltico, otros una rivalidad
femenina, algunos una seal de reconciliacin entre el mundo devoto y el
profano, y varios, los que se decan ms enterados y eran ms hbiles en
aquello de ajustarle las cuentas al prjimo, vieron, por el contrario,
una emboscada peligrosa que la ms inflexible de las beatas tenda a la
ms tolerante de las pecadoras; un reto del calendario piadoso a la
mitologa pagana; un combate singular entre la marquesa de Villasis, que
arrojaba el guante, y la condesa de Albornoz, que se apresurara sin
duda a recogerlo.

Porque era el caso que haban circulado por ciertas casas privilegiadas
de la alta sociedad madrilea unas lindas tarjetas litografiadas, en que
la marquesa de Villasis anunciaba a sus numerosos amigos que abra las
puertas de sus salones, y fijaba como da de recepcin--aqu estaba el
busilis!--el mismo fijado por Currita: los viernes!... La noticia lleg
a casa de esta un mircoles por la noche, estando presente tan slo la
duquesa de Bara, Carmen Tagle, Leopoldina Pastor y la Valdivieso;
algunos seores mayores jugaban al tresillo, y en la sala de billar
oanse a lo lejos los secos golpes de las bolas y los tacos. Currita
recogi, en efecto, el guante, y puesta en guardia al punto, manifest
su asombro con ingenua sencillez de cndida tortolilla.

--De veras?... Cunto me alegro!... Supongo que habr convidado a las
novicias del Sagrado Corazn...

Rironse todos a carcajadas, y ella, muy extraada de aquellas risas,
prosigui diciendo:

--Pues no lo digo de burlas... Creed que lo deca sin ningn
_arrire-pense_... Como Mara es tan piadosa y suele darle a todo un
tinte devoto...

--Pues claro est!--replic muy seria la de Bara--. Por eso ha
convidado tambin a los congregantes de San Luis.

--Y por lo menos exigir a los presentados la cdula del cumplimiento
pascual.

--Y el certificado de buenas costumbres del cura prroco...

--Qu delicia!... Y abrirn el baile rezando el rosario?...

--Como que tocar el cuarteto de la capilla real, y se cantarn en los
intermedios los Gozos de san Jos.

--Ya lo creo!... La Villasis sabe hacer bien las cosas, y de seguro que
ha pedido al arzobispo indulgencia plenaria para todos sus tertulianos.

--Pero, en suma--dijo al fin Currita, deteniendo aquella granizada de
burlas--, qu es lo que se propone esa pobre Mara?...

Aqu mir a todas partes con gran misterio el que haba trado la
noticia, y las cinco seoras alargaron las cabezas y abrieron las orejas
con curiosidad intenssima.

--Pues dice..., dice... que se propone recibir a... mujeres honradas...

Un ya! general, preado de extraas e intencionadas inflexiones, se
escap de todos los labios, y la Albornoz, abriendo cndidamente los
ojos, dijo con su suave vocecita:

--Pues a m no me han convidado hasta el presente...

Las seoras soltaron el trapo a rer, y dijeron todas al mismo tiempo:

--Ni a m...

--Ni a m...

--Ni a m...

Leopoldina Pastor no dijo nada; psose muy encendida, y dando una brusca
media vuelta, sentse al piano y comenz a tocar furiosamente la antigua
cancin del _Trgala!_...

Anocheci por fin el viernes, lleg la hora de comer, y tan slo trece,
de los veinte personajes convidados, se sentaron aquella noche a la mesa
de los consortes Villameln. El nmero era funesto, y la duquesa de
Bara, que supuso al punto la causa de tan repentina baja, dijo muy
quedito a su sobrino el duque de Bringas:

--Mal nmero... Si ser esta la _ltima cena_?

--Con tal que no te toque a ti el papel de Judas.

--Oh, no, no!... Yo le soy fiel a Curra.

--Pero por qu han desertado los otros?

--Pues nada, hijo, que ha habido conjuncin de pucheros y el de Mara
Villasis triunfa.

--Ser ms delicado.

--Pchs!... Bizcochitos de monja y tocino de cielo... Prefiero el de
Curra: es ms sustancioso.

--Pues cul es?...

--_Olla podrida_.

Y con tales ganas comenzaron a rer la ta y el sobrino, que casi
vinieron a echar por las narices el _consomm  la Rgence_, servido en
magnfica vajilla de plata, con que los ilustres comensales comenzaron a
apaciguar sus respectivos apetitos... Con estos augurios funestos dio
principio la comida, lenta y desanimada; Villameln, con gravedad
seoril y solemne aspecto, embaulaba en silencio, sin ocuparse gran cosa
de la embajadora de Alemania y la duquesa de Bara, que tena a derecha e
izquierda, consultando a cada paso el _men_, impreso con vivos colores
en apergaminada vitela, al estilo de los antiguos misales de la Edad
Media, y no satisfecho con esto, preguntando de cuando en cuando con
sigilo prudentsimo al criado que le serva:

--He comido de todo?...

Frente por frente estaba Currita, teniendo a su derecha al embajador de
Alemania, y a su izquierda al excelentsimo seor don Juan Antonio
Martnez, _buey Apis_ por otro nombre, que olvidando con loable
magnanimidad antiguos rencorcillos, era a la sazn ntimo de la dama,
como sustituto del respetable Butrn en el cargo de _Mentor_ del _joven
Telmaco_. Prodigbale Currita atenciones delicadsimas y hablbale a
veces en voz baja, con muestras de ntima confianza: en una de estas,
mostrle rpidamente con ademn misterioso un pequeo objeto que haba
sobre la mesa. Entre los mil primores y moneras que la adornaban,
veanse ante el cubierto de cada caballero pequeos _bouquets_ de
violetas para el ojal del frac, puestos en diminutos vasitos de cristal,
ligeros y difanos cual si fuesen de aire petrificado, y teniendo todos
en el centro una pequea flor de lis, lindsima maravilla natural,
criada a fuerza de cuidados en las estufas de Currita. Con significativa
sonrisa mostrle la dama al _buey Apis_ el _bouquet_ que tena delante,
y este, sonriendo tambin, dijo entre dientes, sin que ella protestase:

--El diablo son las mujeres...

Entre estos dos grupos principales que ocupaban ambas cabeceras
sentbanse el resto de los convidados: la seora de Lpez Moreno, que
redondeaba a la sazn su inmensa fortuna prestando al veinte por ciento;
la marquesa de Valdivieso, que no atestiguaba ya sus sentencias con la
autoridad de Paco Vlez, sino con la de Fermn Doblado; la condesa de
Balzano, divorciada de su marido y en pleito con sus hijos; el duque de
Bringas, declarado prdigo por los tribunales a instancias de su esposa;
don Casimiro Pantojas, buscando siempre el _paulot postfuturum_ de algn
verbo griego; dos diputados novatos, cndidos provincianos todava, a
que la ilustre condesa, de acuerdo con el excelentsimo Martnez, tenda
el anzuelo de sus banquetes para pescarlos en la oposicin futura; el
espiritual Pedro Lpez, que pagaba su cubierto todos los viernes con
algunas columnas de _La Flor de Lis_ de prosa _gelatinesca_, y el
marqus de Sabadell, que al notar las siete bajas habidas en el nmero
de convidados, diriga a Currita miradas impacientes, que hacan en la
comprimida clera de esta el efecto que el viento hace en el fuego, y
parecan demostrar en ambos el pesar de ver frustrado en parte algn
plan que proyectaban.

El berrenchn de Currita igualaba, en efecto, a su inquietud, porque
justamente pertenecan sus convidados prfugos a aquella parte sana y
virtuosa de la sociedad madrilea que se complaca ella en atraer a su
casa para acallar con el ejemplo de estos los escrpulos de algunos
otros, a la manera que en ciertos garitos de industrias prohibidas
colocan en el portal la muestra de alguna otra industria inocente, que
desorienta a la polica y sirve de cebo a los incautos. Faltaban, pues,
aquella noche los duques de Astorga, que con gran acierto haban sido
elegidos por el nuevo monarca para formar parte de la alta servidumbre
de la joven reina; los condes de Ordua, nobles figuras del antiguo
bando carlista, fiel siempre a la desgracia, y la marquesa de Lebrija,
cuyo prurito de socorrer y presidir asociaciones pas habale
conquistado justamente la doble fama de caritativa y de vanidosa.
Faltaba tambin el to Frasquito, que, con gran indignacin de Currita,
no se haba tomado el trabajo de disculpar su ausencia; y faltaba
Leopoldina Pastor, que la haba disculpado tan slo con una lacnica
esquelita, diciendo que un indecente orzuelo le haba aparecido en un
ojo, poniendola de humor malsimo. La ausencia de estos dos ltimos
hera, ms que ninguna otra, el amor propio de Currita, porque eran l y
ella de esos pjaros que se retiran a tiempo del rbol que pierde su
sombra y tienden el vuelo hacia el que comienza a verdear.

Azoraba todo esto a Currita, parecindole indicio cierto de conjura
sospechosa, y al mismo tiempo que procuraba sostener y animar la
desmayada conversacin de sus comensales, prestaba odo atento a lo que
por fuera del comedor pasaba... Suceda de ordinario los viernes que,
aun antes de terminarse la comida, poblaban ya los salones gran nmero
de tertulianos que se apoderaban de las mesas de tresillo y de billar y
formaban grupos y corrillos llenos de la alborotada animacin, que
duraba siempre hasta muy entrada la madrugada... Nada se oa aquella
noche, y cada vez ms inquieta Currita procuraba alargar la comida,
agotando todos los recursos de su ingenio e intercalando entre plato y
plato historietas que equivalan a las ms picantes salsas, con el fin
de dar tiempo a la llegada de la gente y evitar que los comensales
recibiesen la mala impresin de encontrar los salones desiertos. Fuele
ya imposible alargar por ms tiempo la mproba tarea y puso al cabo fin
a la comedia con una escena misteriosa, seguida de un golpe teatral
hbilmente dispuesto... Su diminuto piececito toc ligeramente por
debajo de la mesa la pezua del _buey Apis_, y ambos cruzaron con Jacobo
una rpida mirada de inteligencia que pareca significar: Alerta!
Entonces, tomando Currita el _bouquet_ que tena Martnez delante, tuvo
la exquisita galantera de ponrselo ella misma en el ojal, repitiendo
la acostumbrada frase de las floristas parisienses:

--_Monsieur_... _Fleurissez votre boutonnire_...

Mas Jacobo, con jovialidad perfectamente afectada, detvola en mitad del
camino, diciendo desde su sitio:

--Cuidado, Martnez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...

--Un lazo?--exclam Currita, retirando vivamente el ramito.

--S, seor, un lazo--afirm Jacobo riendo--. Pues no ve usted que
lleva el _bouquet_ una flor de lis?...

--Ay, Jess!--replic Currita escandalizada--. Entonces protesto,
protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie...
Quiere usted que se la ponga, Martnez?... S o no?...

--J, j, j, j!--mugi _el buey Apis_, haciendo con la cabeza ademn
afirmativo.

--La acepta usted entonces?--pregunt Currita.

--La acepto.

--Con todas sus consecuencias?...

--Con todas sus consecuencias--repiti _el buey Apis_.

Y pase por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no
careca de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable,
que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general
acogi la declaracin del antiguo revolucionario, y Villameln, muy
conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apurronse
las copas, y Fernandito, tomando entonces la que haba servido a
Martnez, dijo solemnemente:

--Esta copa tendr con los aos gran valor histrico. Me entiende
usted, Martnez?... Permtame que la guarde... Quiero legarla a mis
hijos.

Y con su recuerdo histrico muy empuado fue a ofrecer el brazo a la
embajadora de Alemania, para pasar al saloncito azul, donde se
acostumbraba a servir el caf en aquellos das de gala... All acabaron
los triunfos: el saln estaba vaco, y por sus puertas abiertas vease a
la izquierda el otro saln amarillo, y a la derecha, el gran saln de
baile, que slo se abra e iluminaba los viernes, ambos desiertos. En el
primero, divisbanse a lo lejos, en un apartado rincn, cuatro seores
muy graves, muy tiesos, jugando al tresillo; en el segundo, reverberaban
las luces en el brillante parquet de finsimas maderas enceradas y en
los colosales espejos, dando a todo aquel recinto el aspecto fantstico
y temeroso, en medio de su magnificencia, de aquellos palacios
encantados que se describen en los cuentos de hadas. El fiasco era
completo, y aturdida Currita mir espontneamente hacia el magnfico
reloj de bronce dorado que haba all cerca, sobre una chimenea: eran
ya las diez y cuarto!...

Vio entonces a su espalda, en el mismo saln azul, una dama muy apuesta
y elegante dormida en una butaca: tena en la mano un nmero de un
peridico de modas, cado negligentemente sobre la falda, y dbale de
lleno en el rostro la tibia luz de una gran lmpara colocada en un
trpode, cuyos reflejos recoga amplia pantalla de seda de suaves
matices... Era Isabel Mazacn, la prfida Mazacn, reconciliada dos
meses antes con Currita y dispuesta a pelearse otras mil veces con ella
en cuanto el tiempo y la ocasin se presentasen. Ninguna tan propicia
como la presente, y fingindose dormida en aquella soledad, abri
poquito a poco los ojos con tan cmico espanto, con tan chistoso
sobresalto, que todos los presentes soltaron la risa...

--Jess, hija, dispensa..., pero al verme tan sola me qued dormida.

Parecile la broma a Currita de malsimo gusto y contest muy picada:

--Qu delicia!... Y soaras sin duda con los angelitos?...

--Algo haba de eso, porque soaba contigo...

Guardse muy bien Currita de pedirle la interpretacin del sueo, mas la
Valdivieso, con su importunidad acostumbrada, dijo muy gozosa:

--Vaya una coincidencia!... Y qu soabas?...

--Pues nada, hija... Que tambin se haba ido a casa de la Villasis la
_pobre Curra_.

Y la grandsima tuna de la Mazacn pronunciaba aquel _pobre Curra_ con
un aire de lstima, con un acento de chunga, que la compadecida se
revolvi furiosa, diciendo con su inocente risita:

--Pues mira, mujer..., ni dormida ni despierta se me hubiera ocurrido de
ti semejante cosa.

--Y por qu?

--Pues por dos razones... La segunda, porque t no querras ir...

--Y la primera, porque Mara Villasis no querra que yo fuese--dijo la
Mazacn echndose a rer con todo su desparpajo.

--Justo--replic Currita--. Lo mismo, lo mismo que don Simplicio
Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey: Puesto que Leonor renuncia a mi
mano, renuncio a la mano de Leonor....

La Mazacn iba a contestar, pero entraron en aquel momento Carmen Tagle,
Paco Vlez y Gorito Sardona, todos muy compungidos, diciendo que venan
del Real, pero que no haba all nadie, nadie... Al pronto creyeron
ellos que Monsieur tout le monde estara en casa de Curra, porque claro
est! como era viernes... Pero supieron luego que el _grand complet_ era
aquella noche, quin lo creyera!, en casa de la Villasis; y por eso,
ellos, muy indignados, haban venido a protestar, porque no les pareca
decente acostarse en aquella ocasin sin dar las buenas noches a la
_pobre Curra_.

Escapse la _pobre Curra_ como pudo de aquellas muestras de compasin
que le atacaban los nervios y dirigise muy de prisa a la sala de
billar, donde Jacobo, los dos diputados y el excelentsimo Martnez
conferenciaban a solas. Felicitaron todos a la dama por lo hbilmente
que haba dispuesto y representado la comedia del _bouquet_, llamada a
tener gran resonancia. Al da siguiente, _La Flor de Lis_ dara cuenta
de ella, preparando de este modo el terreno para la declaracin solemne
que a los pocos das pensaba hacer en el Senado el excelentsimo
Martnez... Mas todava juzgaba este necesario, antes de dar aquel
ltimo paso, atar bien otro cabo importante: parecale prudente tentar
antes el vado en Palacio.

Currita ofreci al punto sus servicios; ella era dama de honor desde los
tiempos de Isabel II, y al casarse el monarca, dos meses antes, habase
visto obligada la nueva reina a enviarle tambin su cruz de dama...
Martnez mene la gran cabezota; no era esto precisamente lo que l iba
buscando, porque el explorador a que haba echado el ojo, para que como
heraldo suyo entrase en Palacio, era Jacobo; poda este como Grande de
Espaa...

La baronesa viuda de Platavieja le cort la frase, entrando en la sala
seguida de sus seis hijas, amables retoos que en unin de la madre
formaban en cantidad y calidad la suma de los pecados capitales, nombre
por el cual se las conoca en la corte... Madre e hijas venan tambin
presurosas e indignadas a protestar delante de la _pobre Curra_, y la
seora baronesa aseguro _coram populo_ que lo que haba hecho la
Villasis aquella noche era ni ms ni menos que un timo...

--Un verdadero timo!--repitieron en coro las amables seoritas de
Platavieja, rodeando al punto como enjambre de mariposas a los dos
diputados, jvenes y solteros, con la idea sin duda de pegarles alguno.

Imposible fue ya continuar la pltica ante aquellos testigos, y la noche
corri lenta y aburrida, sin ms incidentes. Mara Valdivieso, que
andaba de monos con su prima, procuraba bostezar con fingido disimulo
siempre que la miraba esta; la embajadora de Alemania cant con notable
falta de gracia una _balada_, que calific la duquesa de _ladrido_, y a
las doce y cuarto, cuando Pedro Lpez, despus de tomar el t y encerrar
en sus bolsillos provisin de _sandwiches_ suficiente para toda la
semana, comenz a hacer el recuento para la crnica de salones que
publicaba _La Flor de Lis_ todos los sbados, sus ojos atnitos pudieron
tan slo contar bajo los artesonados techos el nmero exiguo de catorce
seoras: siete pertenecan a la familia de los pecados capitales y las
otras siete podan repartirse entre la de los enemigos del alma: mundo,
demonio y carne.

La marquesa de Villasis triunfaba en toda lnea, y las _ciento veinte_
mujeres honradas que reuni aquella noche en su casa y sigui reuniendo
todos los viernes vinieron a probar a los pesimistas lo que haba dicho
ella misma a la marquesa de Butrn en poca no lejana:

--Madrid no es un lodazal...

Cierto que hay en l _algo que huele a podrido_ y esparce por todas
partes su mal olor, a la manera que las emanaciones de una pequea
charca se extienden e inficcionan toda una hermosa campia y tien la
vegetacin salubre con los mismos desconsoladores tintes de la enferma.
Mas este algo podrido, esta charca hedionda, desbordada siempre por la
desvergenza propia y la cobarda ajena, mezclndose con el agua pura y
comunicndole en apariencia sus impurezas, habala ella estancado en
casa de la Albornoz; y al quedar deslindados los campos, la lgica de
los nmeros meti la mano inexorable _dessus du panier_ del gran mundo y
sac tan slo catorce mujeres perdidas, por ciento veinte mujeres
honradas.

Un peridico regan hizo, sin embargo, de las damas de aquel tiempo
otra subdivisin distinta:

Bastantes buenas.

Pocas malas.

Muchas que, siendo de las primeras, se parecen a las segundas.




--V--


La noticia cay como una bomba, y aunque muchos quisieron negarla frente
a frente de la evidencia misma, estrellbanse sus negaciones contra un
documento oficial, legtimo y autntico, que haba circulado el da
anterior por todas las casas de la Grandeza. Era un oficio de la
mayordoma mayor de su majestad, en que el jefe superior de Palacio
deca letra por letra y punto por punto a todos los Grandes de
Espaa...: Excelentsimo seor: Su majestad el rey don Alfonso XII (q.
D. g.) se ha servido sealar la hora de las dos de la tarde del da 7 de
febrero para la ceremonia de cubrirse ante su Real presencia los seores
Grandes de Espaa que al margen se expresan, etc., etc.. Y entre
aquellos nombres al margen expresados, por riguroso orden de antigedad
inscritos, recordando todos ellos la grandeza de los caracteres, la
firmeza de las virtudes, la nobleza de los pensamientos y el valor de
las hazaas de que est llena nuestra historia, lease con todas sus
letras, puesto el segundo, el del excelentsimo seor don Jacobo
Tllez-Ponce Melgarejo, marqus de Sabadell.

El caso era curioso, y los aficionados a investigar la razn ntima de
los actos del prjimo, los inteligentes en escudriar los puntos oscuros
de los ms sencillos eventos de las vidas ajenas, los ms hbiles
peritos en el arte sutilsimo de atar cabos con cabos, encontraron al
punto empalmes subterrneos entre el oficio del jefe superior y el
suelto que haba publicado _La Flor de Lis_ algunos das antes. Segn
esta, susurrbase que cierto personaje de gran importancia, retirado
algn tiempo de la poltica, volva de nuevo a la arena del combate,
seguido de _numerosa mesnada_ y enarbolando en su robusta mano, con
honrada independencia, la bandera de Alfonso XII.

Una dama angelical, conocidsima en los altos crculos por su ingenio,
su elegancia y su belleza, habale arrancado, en un banquete, una
confesin explcita, aunque no pblica, de sus nuevas simpatas
dinsticas... Un ramo de violetas haba sido la ocasin, y un ngel fue
el instrumento. Feliz el atleta que entra en la nueva senda bajo tan
poticos auspicios!...

El suelto delataba por lo cursi la pluma de Pedro Lpez, y el resto de
la charada fue descifrada sin mas que una leve duda... En buena hora que
Martnez fuese el atleta; pero cmo diablos poda ser Currita el ngel
de la adivina?... Uno descifr el enigma.

--De manera muy sencilla... Tambin Lucifer lo fue.

Quedaron todos convencidos, y el Ministerio de Instruccin Pblica,
confiado a las lenguas murmuradoras, comenz a analizar con
investigadora atencin el hecho de que se trataba...

Desde luego, salt a la vista de todos una particularidad, por decirlo
as, de ndole domstica: Jacobo era tan slo marqus consorte, y
venanle sus derechos a la Grandeza exclusivamente por su mujer, de la
cual estaba separado haca doce aos... Discutise el punto, y qued
convenido, por unanimidad, que el hacer uso de este derecho era, por
parte de Jacobo, una verdadera indecencia.

Una vez fallado este punto, passe a considerar los hilos diplomticos
que unan la charada de _La Flor de Lis_ con el oficio del jefe superior
de Palacio...

Jacobo habase afiliado despus de la Restauracin en la _mesnada_
revolucionaria capitaneada por el atleta Martnez, que tan slo haba
reconocido hasta el presente al nuevo monarca en un banquete privado y
bajo el smbolo de un ramo de violetas presentado por un ngel no
inscrito en las jerarquas celestiales... El hecho, pues, de presentarse
el marqus consorte en Palacio indicaba a las claras que _el buey Apis_,
su jefe, daba otro paso adelante, enviando un fiel explorador a la
frtil tierra de Mesopotamia...

El hecho resultaba evidente, y qued tambin convenido que el caso, sin
dejar de ser una indecencia, era al mismo tiempo un acto poltico: cosas
ambas que, segn dictamen de peritos, podan aunarse y darse las manos
en amigable consorcio, como se las haban dado ya el atleta, el ngel y
el ramo de violetas...

Otro tercer problema apareci al punto sobre el tapete, como
consecuencia legtima del primero y secuela irremisible del segundo...
Quin sera el padrino que presentase al hroe en la corte?... Quin
tendra valor suficiente para apadrinar una indecencia y correr los
futuros contingentes de un avance poltico?...

Era tradicional costumbre entre los Grandes que haban de cubrirse
convidar, para ser apadrinados en la ceremonia, a aquel otro Grande ya
cubierto que de cerca o de lejos fuese el jefe de la familia; y ralo de
la de Sabadell el anciano duque de Ordaz, prototipo de honradez y de
nobleza...

Los olfatos ms diestros en aquello de seguir la pista a un enredo
pusironse al punto en movimiento, y a poco qued averiguado que Jacobo
haba tenido la desfachatez de convidar al viejo duque, y el noble
anciano el decoro de negarle la demanda. La incgnita qued, pues,
sumida en el pozo del misterio, sin que lograsen sacarla a flote los
retorcidos hilos de la conjetura; una esquelita litografiada, que vino,
siguiendo paso a paso al oficio de Palacio, encargse dos das despus
de tirar de la manta. Los curiosos batieron palmas:

    Albricias, albricias!
    Padrino tenemos...

En la esquela deca: El marqus de Villameln y de Paracullar, conde
de Albornoz y de Calataazor, suplica a vuestra excelencia se sirva
asistir a la ceremonia de cubrirse de Grande de Espaa el excelentsimo
seor don Jacobo Tllez-Ponce Melgarejo, marqus de Sabadell, de quien
es padrino, para cuyo acto se ha servido su majestad sealar el da 7 de
febrero de 1878, a las dos de la tarde, en su Real Cuarto.

El xito sobrepuj a la expectacin, y aadise al caso, nemine
discrepante, otro tercer carcter... Sin duda era una indecencia, de
cierto era un acto poltico y de seguro prometa ser un sainete
chistossimo.

El da amaneci nublado, era el viento muy fro, y gruesos copos de
nieve comenzaron a caer, entrada ya la tarde, cual espesa lluvia de
jazmines. Un gran land desemboc entonces como un rayo por la derecha
del Real, describi un rpido semicrculo en torno de la plaza de
Oriente y se detuvo frente a Palacio, en la puerta del Prncipe, de
repente, en firme, con una de esas paradas maestras con que slo la
frrea mano de Tom Sickles saba sujetar un tronco sin destrozarlo. Su
cara de remolacha apareca, en efecto, en lo alto del pescante,
zambullida en enorme cuello de pieles, y su cabeza cuadrada qued al
descubierto cuando, saltando Fritz del asiento como empujado por un
resorte, abri la portezuela, tieso, acompasado y expedito, como
verdadero lacayo elegante y correcto.

Asomse entonces por la portezuela un sombrero de tres picos con plumas
blancas erizadas, y luego un zapato de charol con hebilla de oro, y una
pantorrilla bien rellena, calzada con media de seda blanca. Son despus
dentro del coche un Berr! formidable, vehemente y angustioso, como el
del que se arroja a un estanque de agua helada, y apareci al fin,
uniendo aquellas extremidades, un magnfico abrigo de pieles de marta
que envolva al marqus de Villameln, vestido de gran uniforme. Hubo un
momento de pausa, en que Fernandito daba pataditas en el suelo, diciendo
con gran impaciencia:--Vamos!...

Apareci entonces la formidable cabeza del _buey Apis_, y a poco, el
excelentsimo Martnez de cuerpo entero estaba a su lado, envuelto en
su levitn y con su inseparable garrote en la mano. Otra pequeita,
oculta bajo un guante oscuro, asom entonces por la portezuela, posse
en la de Villameln, y sin tocar casi en el estribo, viose saltar en
tierra la elegante figura de la marquesa de Valdivieso.

Hubo una nueva pausa, hubo nuevas pataditas de Fernandito, repitiendo
vamos!, y apareci entonces, muy despacito, la roja cabecita de la
Albornoz, engarzada en un sombrerito negro; recorri con rpida mirada
los varios coches detenidos a uno y otro lado de la puerta de Palacio, y
baj despus lentamente, mirando siempre en torno suyo y diciendo al
cabo muy disgustada:

--Pues no ha venido todava!...

--Si no tiene formalidad ninguna!--replic Villameln muy impaciente--.
Apuesto a que llega tarde. Sabes?

Y como si el reloj de Palacio quisiera aumentar su zozobra, dio en aquel
momento la una y tres cuartos. Villameln ofreci el brazo a la
Valdivieso para subir la gran escalera, y Currita subi detrs apoyada
en el del _buey Apis_. Por el ramal opuesto suba al mismo tiempo un
viejo gordo, con la barba blanca muy recortada, hablando vivamente con
otro viejo flaquito, muy atildado y pulcro; el gordo vesta sencilla
levita abrochada, y el flaco, uniforme de teniente general con sus
accesorios de gala.

Al verles Currita, apret vivamente el brazo del _buey Apis_, dicindole
muy por lo bajo:

--Mire usted quin va all, Martnez... Gallego, el ministro de Gracia
y Justicia... En cuanto le vea a usted se asusta... Anda!..., ya nos
mira... Qu delicia!... De fijo que esta noche se declara en el
gabinete la crisis...

La presencia del _buey Apis_ produjo, en efecto, honda impresin en el
viejo gordo, designado por Currita como ministro de Gracia y Justicia;
detvose un instante sorprendido, llam la atencin de su compaero y
dialogaron breve rato, l como extraado y suspenso, el otro como
asombrado de su extraeza.

La cosa base formalizando; desde la cada de Amadeo no haba entrado
Martnez en Palacio, y su presencia all en aquel momento, aunque fuera
slo como curioso, prestaba al acto de Jacobo una sancin pblica que
acreca su importancia. El excelentsimo Martnez, mirando de reojo al
ministro, manifest deseos de conocerle; Currita no le dej acabar.

--Pues nada ms fcil... Ahora mismo; ya ver usted...

Y contestando con un gracioso saludo al profundo que ya en lo alto de la
escalera le hacan los dos viejos, dijo de pronto:

--Gallego!... Un momento... Tengo que pedirle a usted un favor...
Necesito una cruz sencillita..., una encomienda de Isabel la Catlica o
de Carlos III, cualquier cosa... Se casa un chico de mi apoderado de
Granada y quisiera hacerle ese regalito... Es un poquillo vanidoso y le
gusta colgarse dijes... Con que le mandar a usted una notita... Eh,
Gallego?...

Y luego, de repente, como cayendo en la cuenta:

--Ay, por Dios, dispnseme!... No conoca usted a Martnez?...
Martnez..., el seor Fernndez Gallego, ministro de Gracia y
Justicia... Mi buen amigo, don Juan Antonio Martnez...

Saludronse ambos personajes con grandes cortesas, y Currita, con el
airecillo de princesa de los Ursinos, propio de las mujeres cuando
juegan en pblico a las muecas con los hombres polticos, comenz a
caminar entre ellos hacia la puerta de la Saleta. All la esperaba
Villameln, nervioso, azorado, impaciente, mirando sin cesar hacia la
entrada de la escalera...

--Pero, Curra, por Dios, te quedas parada por todas partes. Sabes?...
Y Jacobo no ha venido?... De fijo que llega tarde... T busca un buen
sitio y llvate a Martnez. Me entiendes, Curra?... Con esa calma, ni
vas a or a Jacobo, ni me vers a m tampoco... Anda!... Las dos ya en
Palacio!... Se acab! Me deja plantado; ahora s que llega tarde...

Y tarde y apresurado llegaba, en efecto, Jacobo en aquel momento por el
extremo de la galera, airosamente terciada la capa blanca de
santiaguista con que encubra su pintoresco uniforme de maestrante de
Sevilla.

Villameln no le dej respirar; apenas si pudo cruzar una cariosa
sonrisa con la dama, un apretn de manos con Martnez, y el impaciente
padrino, tirando de l a la rastra, llevselo por la puerta de la
Saleta. Esperaban all los Grandes que haban de cubrirse y los que
haban de apadrinarles, formando un brillante conjunto de vistosos y
variados uniformes, entre los que se destacaban las negras manchas de
alguno que otro frac de severo e irreprochable corte.

Mientras tanto, disponase en la antecmara la aristocrtica ceremonia,
instituida en rigor de verdad por el emperador Carlos V, cuando limit
el privilegio de cubrirse ante el rey, comn antes a todos los ttulos,
a doce Grandes de Espaa, que se llamaron desde entonces _Grandes de
primera clase_, y fueron los duques de Medinasidonia, Alburquerque,
Infantado, Alba, Fras, Medina de Rioseco, Escalona, Benavente, Njera,
Arcos, Medinaceli y el marqus de Astorga.

De entonces ac apenas ha variado esta ceremonia, que acostumbra a
celebrarse, como la mayor parte de los actos de etiqueta, en la
antecmara de los reyes.

Forma esta pieza un vasto cuadro, de severa magnificencia, cuyo techo,
pintado por Maella, representa una alegora capaz de infundir pavor a
todos los grandes personajes que por all pasan, destinados a figurar en
la historia: la Verdad, descubierta por el Tiempo. Entrando por la
puerta de la Saleta brense a la derecha dos balcones que dan a la plaza
de la Armera, a la izquierda dos puertas que llevan a los aposentos
interiores, y al frente una mampara que comunica con la cmara.

Hllase tapizada toda la pieza de rica tela azul muy oscura, con grandes
flores de lis, y las iniciales _A_ y _B_ entrelazadas y realzadas en
terciopelo; cuatro grandes retratos de Carlos IV y Mara Luisa, Fernando
VII y la reina Amalia III ocupan los huecos correspondientes a uno y
otro lado de las puertas de la cmara y la Saleta. Alrededor de los
muros hay banquetas de la misma tapicera que cubre a estos, y cinco
soberbias consolas de mrmol y bronce sosteniendo candelabros y bustos
de Isabel II y Francisco de Ass, Felipe V y Fernando VI.

Entre los dos balcones, sobre una de estas consolas y frente a una
chimenea de mrmol jaspeado que corona un colosal espejo, vese otro gran
busto de Carlos III, cubierta por el manto real la armadura, ricamente
cincelada.

Hallbanse abiertas todas las puertas de la antecmara, excepto la de la
Saleta, y apibanse detrs de las cortinas las familias y amigos de los
Grandes, deseosos de contemplar el seoril espectculo. Ante la puerta
de la cmara vease una mesa cubierta por rico pao de terciopelo
granate, y un gran sitial destinado al rey.

A las dos en punto entr este por la puerta de la cmara, seguido del
mayordomo mayor, el Grande de servicio, los ayudantes y todos los
Grandes ya cubiertos; vesta el rey uniforme de capitn general y traa
el tricornio en la mano. Sentse y cubrise, y los Grandes se cubrieron
y quedaron en pie a uno y otro lado de la Saleta.

Iba a comenzar la ceremonia.

El secretario de la Real Estampilla, destinado a dar fe del acto, abri
entonces la gran puerta de caoba maciza y dijo, anunciando:

--Seor..., el marqus de Benhacel.

Era este el Grande que, como ms antiguo, deba de cubrirse primero;
entr entonces un joven dando la mano derecha a un anciano y la
izquierda al mayordomo de semana que estaba de servicio. Vesta el joven
el uniforme de gala de capitn de artillera, y el viejo, decrpito y
encorvado, el de almirante de la Armada, con todo el pecho lleno de
cruces: era el duque de Algar, abuelo y padrino en aquella ocasin del
joven marqus que iba a cubrirse. Traa el viejo el tricornio puesto, y
traa su ros en la mano el joven, dejando al descubierto una cabeza
enrgica y muy espaola, un poco tostado el rostro por el sol, con ojos
negros vivsimos, que parecan retratar el temple de acero de una raza
de valientes.

Su entrada fue magnfica, y un murmullo de respetuosa simpata acogi a
la ilustre pareja, que apareci en la puerta, apoyada en la juventud la
vejez, como una esperanza evocando un recuerdo, como una alegora de la
experiencia conduciendo de la mano al valor, a depositar una espada sin
mancilla en las gradas del trono.

En el dintel mismo de la puerta hicieron ambos la primera reverencia de
corte, en el centro del saln la segunda, y frente a frente ya del rey
la ltima; saludaron despus a los Grandes colocados a derecha e
izquierda, y estos contestaron al punto quitndose los sombreros.

El viejo duque y el mayordomo hicironse entonces un paso atrs y qued
solo el Grande novicio en mitad de la sala. El rey, haciendo un saludo
militar, dijo:

--Marqus de Benhacel, cubros y hablad.

Cubrise en el acto el marqus, y dirigindose al rey, pronunci un
breve discurso, en que, segn la costumbre, traz a grandes rasgos la
gloriosa historia de su familia, que comenzaba en aquel Fortn de
Torres, que pele con Alfonso el Sabio y muri en el Alczar de Jerez,
agarrando con los dientes la bandera de su rey, por no poderla ya
sujetar ni defender con sus dos manos mutiladas...

La voz del artillero, tmida y entrecortada al principio, fuese poco a
poco vigorizando, cual si aquellos hechos gloriosos encontraran en su
corazn eco suficiente para imitarlos, y cuando lleg a describir un
episodio de Trafalgar, que llam ltimo timbre de su familia, su acento
vibraba con esas misteriosas inflexiones del sentimiento que parecen
elevar al orador a una esfera ms alta, prestndole no slo facultad
para persuadir y fuerzas para conmover, sino hasta derecho para
mandar...

Gravina agonizaba en la cmara, y el navo _Prncipe de Asturias_ volva
a Cdiz desmantelado, al mando de un hombre que entr en el combate con
tres hijos y volva a su hogar con uno solo, el ms joven, guardia
marina de pocos aos. La tempestad arreci al promediar la noche y fue
necesario picar un palo, que quiso la desgracia quedase sujeto por un
cable a la cofa, hacindole escorar con riesgo cierto de hundirse; tres
gavieros subieron uno tras otro a cortar el cable, y a los tres los
arrebat la borrasca y los sepultaron las olas.

Entonces, aquel hombre de hierro, que vio a la diezmada tripulacin
temblar ante la horrible obediencia, volvise a su hijo, nico que le
quedaba, dolo de su corazn y esperanza ltima de una gran familia, y
djole tan slo:

--Seor guardia marina... A usted le toca.

El nio, con el hacha entre los dientes, trep hasta la cofa, y porque
la Virgen Mara le ayud, cort el cable...

Y en medio de ese profundo silencio que ata las lenguas y humedece los
ojos, cuando lo sublime embarga el corazn y levanta el pecho con el
temblor de un sollozo, volvise Benhacel lentamente al viejo duque y
aadi, mostrndolo:

--Aquel guardia marina nio era mi abuelo; el hroe era su padre. El
mo--prosigui con una voz en que se notaban dejos del llanto--sirvi
tambin a su rey en la Armada real hasta el ao 68...; en el mes de
septiembre se arranc los entorchados y rompi su espada... Yo, seor,
desenvain la ma por primera vez en la batalla de Alcolea, y fiel a las
tradiciones de mi raza, vengo a ofreceros hoy como Grande la que ya os
di como soldado...

Y al llevar, diciendo esto, la mano derecha a la empuadura de la
espada, vieron todos que le faltaban en aquella los dos dedos de en
medio. Un casco de granada se los arranc en Alcolea.

Benhacel call, y en medio del homenaje ms grande que pueden prestar la
admiracin y el respeto, el silencio, descubrise, hinc una rodilla en
tierra y bes la mano del rey; salud despus a los Grandes de uno y
otro lado, y acompaado de su abuelo, fuese a colocar entre ellos. El
viejo lloraba como un nio; uno le dijo:

--Llora el almirante, y no llor el guardia marina!...

Por desdicha, no acab aqu la ceremonia; el secretario de la Real
Estampilla abra de nuevo la puerta de la Saleta y tomaba a anunciar:

--Seor..., el marqus de Sabadell.

El sainete comenzaba, y apareci entonces Villameln, solemne,
imponente, erguida la cabeza, tieso el torso ya algo panzudo, trayendo
de la mano a Jacobo, que ofreca el tipo de hombre ms hermoso, elegante
y seoril que pudiera imaginarse. Ajustaba su airoso talle la casaca
encarnada de los maestrantes de Sevilla, con sardinetas y charreteras de
plata, y cruzaba su pecho, de un lado a otro, una de esas grandes bandas
que se crean para premiar el mrito y fomentar la virtud, y se usan para
satisfacer vanidades o adornar buenos mozos; el calzn de punto blanco
cea la bien formada pierna, y la alta y charolada bota y el tricornio
con finsimo penacho blanco completaban aquel pintoresco traje.

Cumplido el ceremonial, Villameln abandon la mano de su ahijado y
quedse atrs, en actitud seoril, pero estudiada, contemplando esttico
las grandes narices de Carlos III, que tena frente a frente, mirando de
cuando en cuando con el rabillo del ojo a uno y otro lado, y diciendo
para sus adentros:

--Mucho me miran... Debo de estar hermoso.

Qued Jacobo solo en medio de la antecmara un poco cortado; mas al
sentirse blanco de una atencin, que harto comprendi l no serle
benvola, crecise su orgullo y despert su natural audacia, y lanz en
torno una mirada que quiso hacer altiva y fue slo insolente, quiso
hacer serena y fue solo provocativa.

Los curiosos se apiaban tras las cortinas, y Currita, en primera fila,
devoraba a Jacobo con la vista; Martnez, a su lado, estrujado casi
contra el quicio mismo de la puerta, no poda verle, mas prestaba odo
atento, lleno de ansiedad, mordiendo con la cabezota baja el puo de su
garrote.

Tras la mampara de la cmara, a espaldas mismas del rey, sentase el
crujir de algunos trajes de seda; djose despus que desde all haba
presenciado la reina la ceremonia.

Los Grandes alargaban las cabezas, ansiosos de or a Jacobo... Acababan
de ver retratado, cual en un espejo, en el discurso de Benhacel, lo que
debe de ser un Grande, lo que significa aquel lema de la antigua
hidalgua: _nobleza obliga_, que no exige ciertamente que cada ttulo
de Castilla sea un genio, ni cada Grande de Espaa un hroe, ni cada
apellido ilustre un santo; porque ni el genio se hereda, ni la
inteligencia se vincula, ni el herosmo es un pergamino, ni la santidad
un mayorazgo. Pero que exige e impone, con la fuerza imperiosa de un
deber de conciencia, la obligacin de considerar en la Grandeza una
_carga_ a la vez que un _honor_; de servir de ejemplo en los
pensamientos, en las palabras, en las acciones y en las costumbres; de
sostener la dignidad de las glorias que representa; de echar, como
Breno, el peso de la espada o el peso de la inteligencia en la balanza
en que oscilan la ruina y el esplendor de las naciones; de sentir algo
ms que voluptuosidades; de querer algo ms que placeres; de saber
defender un trono cuando se hunde, como en Espaa el 68; de saber morir
como un rey cuando le degellan, como en Francia el 93.

Y entonces, reciente an aquella impresin nobilsima que elevaba las
inteligencias y mova los corazones, iban a ver en Jacobo lo que es esa
misma grandeza cuando refleja en un charco los rayos de su gloria,
cuando el vicio la deslustra y la bajeza la empuerca, y el olvido de la
propia dignidad la pone al servicio de un Martnez, que apoya en ella la
pataza para encaramarse en lo alto y darle despus, una vez arriba,
desde la cumbre de su insolencia, la ms ignominiosa de todas las coces:
la coz del asno...

Jacobo hablaba bien, y era la ms mimada de todas sus vanidades la
vanidad de su elocuencia; mas no os, sin embargo, confiar su discurso a
la memoria, y limitse a leerlo, temeroso de pasar por alto alguno de
los habilidosos rodeos con que procuraba sortear los grandes escollos
que por todas partes le cerraban el paso.

Hzolo, en efecto, con notable maestra, en que creyeron descubrir
algunos las macizas huellas del _buey Apis_, y cuando ces de hablar,
las miradas significativas de todos se cruzaron de uno a otro lado...

El hecho era cierto: Martnez y su mesnada cantaban la palinodia, y el
Grande de Espaa consorte era el encargado de hacer llevar el reverente
clamor a los odos del monarca.

Alarmronse los parciales del Gobierno, y el seor Fernndez Gallego,
que entre los curiosos andaba agazapado, frunci el acento circunflejo
que sobre la nariz tena, a la vista de aquella nube de brbaros
hambrientos que salan de los bosques talados de la Revolucin y
amenazaban invadir las frtiles llanuras del presupuesto, que ellos
solos cultivaban. Cul sera la actitud del monarca?

Esto se preguntaban todos los ojos y esto excit todas las curiosidades,
mientras los doce Grandes que an quedaban por cubrir lean sus
discursos y terminaba la ceremonia.

Levantse al fin el rey, y con la cabeza descubierta dio una vuelta a la
antecmara, hablando y saludando a todos los Grandes.

Nadie chistaba; haba llegado el momento de conocer si el memorial de
Martnez era acogido o rechazado, si era necesario pactar con los
invasores o perseguirlos, como a perro que huye, con maza al son de
almireces y cencerros, hasta los confines de sus bosques desiertos.

Hubo un mal sntoma: el rey pas ante Villameln sin hablarle,
hacindole tan slo un leve saludo; detvose despus un gran rato con el
viejo duque de Algar y su nieto, y lleg al fin a Jacobo, que se hallaba
de pie en pos de estos. Hubirase podido escuchar en la antecmara el
vuelo de una mosca, percibir el rumor de la huella ms callada, del paso
mismo de la muerte.

Parse el rey ante Jacobo y le mir sonriendo con cierta chusca malicia.

--Qu tal, Sabadell?... Y su amigo de usted, Martnez?... Me han dicho
que le gustan mucho las violetas... Dgale usted que en la Casa de Campo
las hay muy tempranas... Por all ir yo el jueves, a las cuatro...

Y sin aadir una palabra ms volvile la espalda.

Harto haba dicho, sin embargo, y un resoplido inmenso reson entonces
tras la cortina de la izquierda, como el aliento de un pechazo
comprimido que al fin se desahoga: era _el buey Apis_, el excelentsimo
Martnez, que hubiera soltado en aquel momento un relincho, como en sus
expansiones de alegra los mozos de su tierra, y estrujando entre sus
brutales brazos, como un Hrcules que abrazara a un insecto, a su
ilustre aliada Currita.

Ella, sin poder disimular tampoco el vivo gozo del triunfo, djole
imprevisoriamente:

--Martnez... Encargue usted el uniforme.

Y una vocecita burlona, que jams se pudo averiguar de dnde haba
salido, contest a su espalda:

--Con que vuelva del revs el de don Amadeo, sale del paso sin gastos...

Quedaba an la parte ms pintoresca de la ceremonia, que haba de ser
para Jacobo la apoteosis del triunfo. Retirado el rey a sus
habitaciones, salieron de la antecmara por orden de antigedad los
Grandes recin cubiertos, para ser presentados al Cuerpo de
Alabarderos.

Hallbanse estos formados a uno y otro lado de la doble escalera, y los
Grandes, llevando a la derecha a sus padrinos, deban de bajar por un
ramal y tornar a subir por el otro, al son del golpe de las alabardas,
que les hacan el saludo de honor.

Los curiosos llenaban el frente de la galera y la parte baja de la
soberbia escalera, cuya bveda, pintada por Giaquinto, representaba a la
Espaa ofreciendo a la Religin sus virtudes y trofeos.

Cuando Jacobo puso de nuevo el pie en la galera, y salieron a su
encuentro Currita y otros amigos, ansiosos de darle la enhorabuena, el
orgullo satisfecho reflejaba en su semblante una especie de vrtigo, y
hubiera gritado como el Nabucodonosor de la pera:

_Io non R, so Dio!..._

Busc con la vista a Martnez y viole a diez pasos de distancia, con la
cabezota ladeada, apoyado en su garrote, y su risa de paleto sobre los
labios, recibiendo tambin sus homenajes.

Un grupo de palaciegos le rodeaba, oprimindose y estrujndose por
estrechar su velluda manaza entre las suyas finas y enguantadas, al
comps de previsoras lisonjas. El general que acompaaba antes al
ministro de Gracia y Justicia invitbale muy finamente a una cacera en
sus tierras de Pardillo; era Grande de Espaa, y llambanle en Palacio
el _cuclillo indicador_, por ser siempre el primero en adivinar la mata
por donde haba de saltar un ministro.

Nevaba furiosamente, y angustiado Fernandito, daba prisa por marcharse.
Currita convid a comer a Martnez y a Jacobo, y ambos aceptaron; mas
este quiso llegar antes a su casa para quitarse el uniforme.

En la bandeja destinada en la antesala a recibir las tarjetas y las
cartas, vio un gran oficio entrelargo y lo recogi al paso, mientras le
quitaba Damin la blanca capa de santiaguista, con la roja cruz en el
lado izquierdo. Molestbale mucho una de las altas botas del uniforme, y
sin esperar a Damin, quiso quitrsela l mismo, en cuanto entr en la
alcoba; no pudo, sin embargo, conseguirlo del todo y quedse con ella a
medio descalzar, sentado en una butaca, esperando al ayuda de cmara.
Tardaba este, e impaciente Jacobo, abri mientras tanto el oficio.

Sobre un pliego de papel blanco vio destacarse ante su vista el sello
rojo que haba cerrado en otro tiempo el sobre exterior de los
documentos masnicos.

Mirle un momento aterrado. Parecale una gota de sangre.




--VI--


Era al da siguiente domingo de Carnaval, y Madrid amaneci con el suelo
emporcachado y el cielo radiante, como una meretriz coronada de flores y
sentada en un charco; un fuerte viento del Norte haba barrido las nubes
y helado por los rincones los restos de nieve que haban logrado
sustraerse a las pesquisas de la escoba municipal.

El fro era grande y ayudaba a la pereza a mantener agazapados entre
las calientes ropas del lecho aun a los ms madrugadores. Damin oy las
ocho en su cama y volvise del otro lado, esperando que el seor marqus
no necesitara de sus servicios, segn su costumbre, hasta muy entrada
la maana; un violento campanillazo vino, sin embargo, a hacerle saltar
despavorido...

El seor marqus llamaba, y llamaba tan de prisa, que aun antes de que
Damin lograse medio vestirse sonaron otros dos fuertes repiquetes, en
cuyo timbre crey reconocer el ayuda de cmara todas las intemperancias
del mal humor que se desborda y de la impaciencia que estalla.

Arreglndose con los dedos la negra y rizada cabellera, abri
violentamente la puerta del despacho, para llegar por all ms pronto a
la alcoba y quedse parado en el dintel, tieso como un huso, cuadrado
como un quinto y estupefacto cual si hubiese visto levantarse el sol en
mitad de la noche.

El seor marqus, vestido ya por completo de maana, hallbase sentado
junto a su mesa de escribir, con una carta cerrada en la mano.

--El seor marqus ha llamado?...

--No he llamado... he repicado trescientas veces--exclam Jacobo con
ira; y dominndose al punto, alarg a Damin la carta, diciendo sin
mirarle:

--Esta carta a su destino... La llevas t mismo al momento... Si no
viviese all ese... seor, que bien pudiera ser, preguntas al portero
dnde se ha mudado y all la llevas... Te enteras?...

Hizo Damin una muda reverencia, y sali leyendo el sobrescrito de la
carta, que era el siguiente: Seor don Francisco Javier Prez Cueto.
Calle de X**, nmero 10, tercero, derecha.

Encogise Damin de hombros, por parecerle el tal Prez Cueto algn
pobre diablo que no mereca se molestase l en llevarle una carta, y
Jacobo qued solo, preguntndose qu se hace un hombre en esta vida
levantado desde las ocho de la maana.

La campana de la vecina iglesia de San Jos comenz a tocar en aquel
momento, como si quisiera contestarle que ir a misa, y Jacobo record
entonces que haca catorce aos, desde el primero de su matrimonio, que
no haba odo ninguna.

Sinti entonces cierta tristeza, cierto malestar que le aquejaba, a
pesar de sus satisfacciones de la vspera, desde el momento en que los
masones haban repetido por segunda vez aquella ridcula _broma del
sellito_, que ahora como entonces haba venido a asustarle primero, a
irritarle despus y a despertar, por ltimo, su fogosa e irreflexible
actividad de un momento, a la vista de aquel peligro misterioso que
hubiera debido conjurar ya dos veces, sin haberlo hecho ninguna.
Lamentbase entonces de su imprudente apata, y prometindose
remediarla, confesbase all en el fondo de su corazn

    Que propio del cobarde es
    Llorar la ocasin perdida.

No la juzgaba l, sin embargo, pasada del todo, puesto que tena en su
poder las cartas de Garibaldi que explicaban su conducta y garantan su
persona. Cierto que haban perdido ya estas cartas mucho de su fuerza,
por haber muerto en aquel intervalo el viejo revolucionario y por su
demora propia en entregarlas, mas no le faltaran a l mentiras
complicadas y habilidosos enredos para explicarlo todo a su gusto, y
adems, su posicin haba de variar muy pronto, adquiriendo grande
importancia.

Opinin de todos fundadsima era que _el buey Apis_ estaba abocado a ser
presidente del Consejo en cuanto viniera a tierra aquel gabinete que ya
se tambaleaba, y entonces--oh, entonces!--sera l seguramente
ministro, y desde las alturas del banco azul, teniendo l la sartn por
el mango, poda ya rerse impunemente, as de las burlas como de las
amenazas de los masones.

Aquella noche, mientras desvelado daba vueltas en el lecho sin poder
desechar su inquietud, no obstante sus razonamientos, decidi, sin
embargo, no esperar esta vez para tomar un partido, al tercer acto de la
estpida comedia, a la llegada del tercer sellito...

Venan dirigidas las cartas de Garibaldi a un H. Neptuno, gran
personaje en las logias, que, despojado del tridente, la corona de algas
y los simblicos tres puntos, quedaba reducido en la vida ordinaria a un
don Francisco Javier Prez Cueto, fabricante de almidn en uno de los
arrabales de la corte, entidad perfectamente desconocida para todo el
mundo, tras de la cual, segn opinin de algunos, ocultbase cierto
personaje famoso que vivi y muri haciendo ruido.

Jacobo no lo ignoraba y haba tenido ocasin de comprenderlo en sus
tiempos de amistad ntima con el conde de Reus. A este, pues, Prez
Cueto, escribi Jacobo una carta en que con frases muy corteses, a la
vez que apremiantes, pedale una entrevista para tratar de un asunto de
grande importancia; observaba en ella todo el ceremonial masnico y
firmaba con su antiguo nombre de guerra, H. Byron, basado en su
prodigiosa semejanza con el lord poeta...

Media hora larga deba de emplear Damin en ir y volver de casa de Prez
Cueto, y psose Jacobo mientras tanto a formar en un papelito con las
cartas de Garibaldi delante, una especie de croquis de las mentiras y
enredos con que haba de probar su inocencia al H. Neptuno.

Sorprendile la llegada de Damin en esta operacin todava, e
interrogle al punto con la vista: el seor Prez Cueto estaba en casa,
y la carta le haba sido entregada. Jacobo respir desahogado, como si
viera ya con esto finalizado el negocio, y no ocurrindosele otra cosa
que hacer desde aquella hora hasta la del almuerzo, parecile lo mejor
meterse de nuevo en la cama; decididamente era una aberracin
incomprensible la de aquellas, gentes que se levantan antes de las doce
del da.

--Si viene alguna carta--dijo a Damin--me despiertas en seguida... S
no, entra a las dos en punto...

Y como ninguna carta vino, entr Damin en la alcoba a las dos en punto,
encontrando al seor marqus profundamente dormido. Levantse este de
muy mal humor, vistise muy despacio con su elegancia acostumbrada,
almorz parcamente y sin apetito, y marchse luego al Veloz, dejando a
Damin la orden de llevarle all al momento cualquiera carta o recado
que para l llegase.

En el Veloz disipse de repente su humor negrsimo y comenz a rer y
divertirse como un muchacho; Gorito Sardona y Paco Vlez, asomados a un
balcn, tiraban a los transentes un _saquillo_, y psose Jacobo a
ayudarles; era el saquillo un lindo canastito, adornado con cintas y
cascabeles, y atado con un cordn de seda lo bastante corto para que no
llegase a dar en los sombreros de los transentes.

Lanzbanlo con grande fuerza sobre las damas que pasaban, y asustadas
ellas con el ruido, encoganse prontamente, levantando la cabeza;
entonces, si eran jvenes y bonitas, arrojbanles una lluvia de dulces y
flores; si eran viejas o feas, sacbanles la lengua con la mayor
insolencia.

El juego, aunque poco digno de un futuro ministro, parecile a Jacobo
muy divertido y mand encargar al punto para el da siguiente, en la
Mahonesa, un par de arrobas de confetti, especie de bombones rellenos de
harina con que se apedrean las mscaras en el _corso_ de Roma.

Al oscurecer, abandon Jacobo el balcn para dirigirse a casa de
Currita, donde estaba citado con _el buey Apis_ desde la vspera; cierto
senador famoso, disgustado recientemente con el Gobierno, haba
solicitado de Martnez, por medio de la dama, una entrevista, y ella
apresurse a ofrecerles, como terreno neutral, su propia mesa; ambos
deban, por lo tanto, comer aquella noche en casa de la Albornoz con
este objeto, y Jacobo, el nio mimado del nuevo partido, no poda faltar
tampoco en aquella ocasin al lado de su jefe.

El futuro ministro subi por la calle de Alcal, atraves la Puerta del
Sol y entr por la calle del Carmen; frente a la iglesia de este nombre
haba parada una grotesca estudiantina, vestida de amarillo y encarnado,
tocando desentonadamente el vals de _La Gran Duquesa_.

Un hombre muy alto, encaramado sobre unos zancos que le ponan al nivel
de los segundos pisos, recoga propinas de los balcones, tocando el
clarinete y haciendo piruetas; la multitud rea en torno, contemplando
las contorsiones del volatinero, y algunos grotescos mascarones
chapaleteaban sobre el fango, dando vueltas vertiginosas al comps del
vals canallesco.

Las sombras del crepsculo prestaban un tinte oscuro y asqueroso a aquel
cuadro de arrabal, en que pareca revolcarse sobre el cieno de las
calles el cieno de las almas.

Jacobo procuraba abrirse paso a travs del gento, arrimndose a la
escalerilla de la iglesia; mas detvose de pronto sorprendido y ocultse
al punto como asustado, detrs de unos mascarones, cubiertos con
pingajientas colchas de zaraza atadas por la cabeza, que saltaban
delante de l medio borrachos.

Al lado mismo de Jacobo, y en su direccin misma, marchaban dos hombres,
al parecer extranjeros, agarrados del brazo para no separarse el uno del
otro entre los remolinos de la gente. Llevaba el ms viejo una bufanda
encarnada que le cubra la camisa, un sombrero calabrs algo mugriento y
un arete de oro en la oreja izquierda; el ms joven era bajo, rechoncho
y sin pelo de barba en la rolliza cara.

Quedse atrs Sabadell, mirndoles muy espantado, como si quisiera
reconocerles...

No haba duda: era el ms viejo un italiano llamado Cassanello, que
haba conocido l en las logias de Miln y vuelto a ver aquel mismo ao
en Caprera, en casa de Garibaldi.

Los dos hombres se volvieron de repente por no poder atravesar el
gento, y asustado Jacobo cubrise al punto el rostro con el pauelo
cual si se limpiase las narices, y subiendo muy de prisa la escalerilla
del Carmen, entrse en el templo...

Al pronto no vio nada, sino una gran oscuridad cortada en el fondo por
un foco de luz brillantsimo, en cuyo centro estaba expuesto en la
custodia el Santsimo Sacramento. Distinguase al pie del altar una gran
masa negra, y sala de ella a intervalos un suave clamor, lento y
pausado, que pareca contestar a otra voz ms enrgica y acentuada:

--Ora pro nobis!...

Detvose el fugitivo un momento, turbado, con cierto pavor respetuoso,
semejante al del profano que se encontrara de repente en el fondo de las
catacumbas, en medio de los divinos oficios; a lo lejos, oanse en la
calle el vals de _La Gran Duquesa_ y los gritos de la canalla... Dio
entonces dos pasos a tientas, extendiendo el brazo para salir por la
puerta de enfrente a la calle de la Montera, y tropez con un
confesonario arrimado a la pared de la derecha; abrise al punto la
puertecilla baja de delante y apareci una mano muy blanca pegada a una
manga negra. Jacobo retrocedi un paso sorprendido, y la puertecilla se
volvi a cerrar, y torn a desaparecer la mano, oyndose una voz pausada
que deca en el fondo de aquellas tinieblas:

--Dispense usted... Cre que vena a confesarse...

Sublevse el impo orgullo de Jacobo ante aquellas sencillas palabras y
contest brutalmente:

--Eso se queda para las viejas...

La voz, sin perder su serena pausa, dijo entonces desde las tinieblas:

--_Vocavi et renuistis_...

--_Vocavi et renuistis_?--preguntse Jacobo sin comprender el
significado de la terrible frase.

Y abriendo violentamente la puerta una gran bocanada de aire ensordeci
sus odos con el vals de _La Gran Duquesa_, apagando por completo el
dulce silbo del cielo, el piadoso clamor de la misericordia:

--Ora pro nobis!...

Por calles extraviadas y volviendo siempre la cara atrs, cual si le
persiguiesen, lleg a casa de la Albornoz muy agitado. El encuentro de
aquel hombre en aquellas circunstancias habale inspirado un terror muy
parecido al que sinti meses antes, al ver vacos en el lbum del to
Frasquito los huecos ocupados en otro tiempo por los tres sellos. Qu
vendra a buscar aquel pajarraco en la corte? Tendra que ver algo su
venida con el asunto de los masones? Habra acaso en todo aquello algo
ms que una estpida broma?

Encantadora estaba Currita aquella noche con sus rojos pelitos peinados
a la griega y una extraa _toilette_ un poco abigarrada, muy propia del
caprichoso tiempo de carnestolendas. No haba ido por la tarde al paseo
del Prado; incomodbala mucho aquel eterno dar vueltas de los das de
Carnaval, expuesta siempre a or las desvergenzas que escupen la
envidia y la insolencia tras el annimo de una careta... Cuntas haba
escuchado ella antes de salir escarmentada! Quedse, pues, en su casita,
como mujer de provecho, cuidando de Fernandito, que andaba desmazalado,
y ya entrada la noche, lleg primero el excelentsimo Martnez y a poco
el senador del reino don Vicente Cascante.

Jacobo no haba venido todava, y disgustada Currita por creer que toda
palabra del _buey Apis_ pronunciada a espaldas de aquel amigo querido
era un fraude que a este se haca, sali impaciente en su busca. Sola
Jacobo algunas veces entrar en el _boudoir_ o en las habitaciones de
Fernandito como persona de la ms familiar confianza, y no parecer en el
saln hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala,
encontrse Currita un lacayo, que le present una carta en una bandeja
de plata.

--Para el seor marqus de Sabadell--dijo.

Tomla al punto Currita, con grande prisa, y mir el sobre; era su letra
una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por
debajo del nombre de Jacobo, deca: _Urgentsima_.

--Quin ha trado esto?--pregunt.

--Damin la ha trado... El seor marqus ha estado todo el da
esperando esa carta, y dej dicho que en cuanto viniera se la llevaran
al Veloz... Damin fue all y el seor marqus haba ya salido; tom
entonces un coche y la trajo aqu corriendo.

Currita quedse un instante muy pensativa y dijo al cabo:

--Y el seor marqus no ha venido?

--No ha venido todava.

--Est bien; yo se la entregar cuando venga.

Y con la carta en la mano entrse en el _boudoir_, arrugando el
entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la
gran lmpara sostenida por el negro de bano tom a registrar la carta
por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tena timbre,
sello ni inicial alguna, y vena ligeramente pegado con la misma goma de
los bordes.

Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio
papel, sin doblarse ni romperse, se despeg fcilmente. Vena dentro una
de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas
elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin
duda debi de haber algn timbre o algn nombre. En breves renglones
deca: La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los
sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en
la calle de X**, nmero 4, principal, derecha. Silencio y discrecin. No
diga al portero mi nombre: pregunte por la seora de Rosales.--N.

--Qu delicia!--murmur Currita; y mordindose los labios hasta hacerse
sangre, volvi a leer por dos veces la carta, sentndose antes en una
butaca.

Quedse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteracin
ms que un imperceptible temblorcito en la mano que sostena la carta,
una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija
siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso,
orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas
satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea
que describe Sneca, terrible e imponente en medio de su sombra calma.

Sin perder un punto de la suya, escribi Currita en un plieguecillo de
papel timbrado las seas que venan en la carta; volvi a leerla por
cuarta vez y la meti de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con
una poca de goma. Mantvola un momento al calor de la chimenea, para dar
tiempo a que se secase por completo, y arrejla luego sobre su lindo
escritorio. Entonces llam a Kate.

--El seor marqus de Sabadell ha venido?

--Ahora mismo acaba de entrar y est en el saln de los seores.

--Ah encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.

Tomla Kate de sobre la mesa y se dirigi a la puerta; mas la seora,
siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus
cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:

--Mira, hija, preprame antes una dosis de antipirina... Me est
barruntando una jaqueca!

Volvi Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la
medicina pedida.

--Han entregado la carta?--pregunt Currita.

--Como dijo la seora condesa que trajesen antes la antipirina...

--Pues anda, mujer... Si dice en el sobre urgente!...

No bien sali Kate, arroj Currita en la chimenea la medicina y
dirigise muy de prisa al saln azul, donde acababa de entrar Jacobo.
Quera ver ella de cerca la impresin que causaba a este la lectura de
la carta; un momento despus presentbasela un criado en una bandeja de
plata.

Abalanzse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el
sobre, rasglo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas
no pudo notar en su rostro seal de gozo ni satisfaccin alguna; observ
tan slo una gran ansiedad mientras lea, y luego una honda preocupacin
que le dur toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un
punto, con cierta excitacin nerviosa que prestaba brillantez a su
conversacin y alarmaba a Currita; otras, enmudeca de repente y
quedbase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atencin a lo que
en torno de l se hablaba.

Hallbase muy perplejo; haba comprendido desde luego que aquella
extraa carta era la respuesta del H. Neptuno, porque a nadie sino a
este haba pedido l cita alguna; mas extrabale, por lo mismo, la
singular manera de su redaccin y el empeo manifiesto que en ella se
notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carcter masnico y
hacerla tan slo como una cita galante y misteriosa, segn la haba
juzgado ya, engandose por completo, la misma Currita.

Despertle esto la fundada sospecha de si la carta ocultara algn lazo,
y de nuevo renacieron sus temores; mas record luego las mojigangas
ridculas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los
masones, y esforzse por creer lo que ms halagaba sus deseos y
ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello haba tan slo una broma
impertinente y ridcula que haba que apurar hasta el cabo, y que la
carta de Prez Cueto era el chasco de Carnaval que deba coronarla. De
repente, en uno de aquellos momentos de preocupacin que la lucha de
estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a
su lado:

--Diga usted, Pantojas... Qu significa _vocavi et renuistis_?...

Mirle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder
lucir su erudicin, contestle al punto:

--Significa literalmente _te llam y me rechazaste_... y son las
palabras de Isaas, si mal no recuerdo, que dirige el Seor a los
pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.

Echse Jacobo a rer, y Currita le pregunt con malicia:

--Piensas hacer en el Senado alguna homila sobre ese texto?

--No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a m esta
tarde--contest Jacobo.

Y aadindole ridculos pormenores, cont la escena del confesonario en
la iglesia del Carmen, guardndose muy bien de decir el verdadero motivo
de su entrada en el templo: segn l, habale sido imposible el trnsito
por la calle del Carmen, y atraves por la iglesia para salir a la de la
Montera. Rironse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el seor don
Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazn
sentenciosa.

--Pero noten ustedes cmo en medio de lo ridculo del caso resalta
siempre la soberbia y la insolencia del clero... Siempre disponiendo de
los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!...
Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetir otras ciento:
la dureza y la intransigencia del clero es lo que est carcomiendo la
Iglesia de Espaa.

Y el seor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el
celo de la casa de Dios, que se lo coma, comise l una pechugita de
perdiz con gesto de pesar profundo.

A las once de la noche, el palacio de Villameln pareca, por extrao
caso, la morada de la quietud y del silencio: la seora condesa se haba
retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca
que le molestaba desde la tarde; el seor marqus habase acostado
tambin, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de
toda traba y segura de no ser echada de menos, habase esparcido ac y
all, por los numerosos centros de diversin que ofrecen en Madrid las
noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.

No dorma, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media
abrise con gran sigilo la puertecilla del jardn pegada por dentro al
invernadero, y sali a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerr
por fuera y se alej rpidamente, guardndose la llave.

Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la
especie de gran florn de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de
la cabeza para aumentar su estatura, apareca muy pequea: llevaba sobre
un vestido corto de seda negra un amplio domin de igual color, y
abrigbase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles
grises.

La incgnita cruz rpidamente varias callejas sin muestras de miedo
alguno y entr por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de
Santo Domingo. Detvose un momento en la esquina y mir a todas partes;
la concurrencia era all todava numerosa de mscaras que se dirigan a
los bailes, transentes que iban de un lado a otro y carruajes que
cruzaban. Hacia la calle de Tudescos haba tres simones parados,
dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigise la incgnita al de
enmedio, abri ella misma la portezuela y mand al cochero, que
despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de
la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar
perpendicularmente en la de Serrano.

Apese la incgnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al
cochero que aguardase, entr por la calle X**, mirando a una y otra
acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y
formbanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja
del jardn que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de
escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se
abra una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendase
primero la fachada lateral de cierto edificio pblico; segua luego un
hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construccin y la
esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no haba puerta
ninguna.

La incgnita, en que el lector habr ya reconocido sin duda a la
intrpida Currita, pareci muy perpleja: indudable era que en la calle
X** no exista el nmero 4, puesto que no haba otra casa que el
suntuoso hotel, y en este viva precisamente--qu coincidencia!--, la
Mazacn en persona...

Vendra quiz equivocado el nmero de la casa y sera aquella buena
alhaja la autora de la carta?... Parecile esto a Currita improbable, y
un hecho positivo la sac de dudas: abrise de repente la gran mampara
de cristales que cerraba en el hotel el fondo del vestbulo y apareci
un coche que vino a detenerse al pie de la escalera; ni el cochero ni el
lacayo traan librea, ni veanse tampoco en el coche armas, iniciales o
corona; al ejercitado olfato de Currita olile todo aquello, desde
luego, a principios de aventura.

Bajaron a poco dos damas, vestidas de chulas, con riqusimos mantones de
Manila, pauelos de seda en la cabeza y antifaces de terciopelo color de
rosa; en la estrepitosa carcajada que solt una al entrar en el coche
reconoci Currita a Leopoldina Pastor, y en su alta estatura y el aire
de duea con que dio al lacayo la orden, adivin al punto en la otra a
su mortal enemiga, la Mazacn misma. Arranc el coche y Currita respir
desahogada: indudable era que las dos amigas se marchaban al Real a
correr alguna _juerga_...

Volvise entonces la dama a su coche, decidida a esperar all
pacientemente, y recatndose lo posible, acomodse lo mejor que pudo en
el fondo, sin dejar de mirar por la ventanilla a lo largo de la calle.
Extendase esta frente a ella, solitaria por completo, subiendo en suave
declive hasta la de Serrano, y veanse cruzar a travs, con cierto
aspecto fantstico, como por el cristal de una linterna mgica,
transentes que el fro haca marchar apresurados, coches que llevaban
mscaras a los bailes, y de cuando en cuando, los tranvas que suban y
bajaban con sordo ruido, pareciendo a lo lejos monstruosos faroles
ambulantes. Slo dos reverberos de gas alumbraban la calle; el portero
del hotel haba entornado la puerta, y el cuarto menguante de la luna
derramaba su suave claridad, permitiendo distinguir claramente los
objetos.

Un reloj lejano dio las doce y cuarto, y a poco baj pausadamente de la
calle de Serrano un hombre muy alto, con gran levitn y sombrero de
copa, trayendo ambas manos cruzadas a la espalda; pareca un loco
desocupado que fuera a tomar el fresco de la medianoche en Recoletos, o
un genio que meditara una obra maestra, o un desesperado que fuera a
escoger el rbol ms a propsito para ahorcarse a la luz de la luna, o
el lugar ms solitario para descerrajarse un tiro en mitad del pecho.

Currita le mir con ese sentimiento de terror que inspira a las altas
horas de la noche todo lo que suponemos extrao o misterioso, y
escondise ms en el fondo del coche. En la esquina misma de Recoletos
cruzse el hombre del levitn con otro que vena apresuradamente de
aquel mismo sitio; asomse Currita al vidrio trasero y el corazn le
lati con fuerza...

Era Jacobo, gallardamente embozado en una capa andaluza con vueltas
rojas, y cubierta la cabeza con un sombrero hongo de color claro; torci
la esquina sin fijarse en el coche y comenz a subir por la calle ya ms
despacio, examinando las casas atentamente. La misma perplejidad que
asalt a Currita asaltle a l tambin al notar que faltaba el nmero 4;
la dama, ahogndose de ira, veale marchar con la mano puesta en la
llave de la portezuela, como si acechase el instante de salirle al
encuentro.

Jacobo, cansado al fin de dar vueltas, acabando de creer que el asunto
todo de los masones era una farsa y la carta de Prez Cueto un chasco de
Carnaval que deba completarla, decidise a llamar como ltima prueba a
la puertecilla condenada, nica que, fuera aparte de la del hotel, haba
en la calle; los golpes retumbaron en el silencio, y un eco muy extrao,
que asust a Currita, los reprodujo a lo lejos.

Nadie contestaba, e impaciente Jacobo llam hasta tres veces, cada vez
con ms fuerza; dio entonces una gran patada en el suelo y, siguiendo
adelante, dobl la esquina de la calle de Serrano.

Este fue el momento escogido por Currita para lanzarse del coche y
correr tras de Jacobo, temerosa de que la puerta de la casa estuviese
por el otro lado y se le escapara dentro. Jacobo, sin embargo, no haba
pensado en esto, o no haba podido lograrlo. Encontrle Currita parado
en la acera, examinando atentamente la fachada de la casa; era esta de
modesta apariencia y estaba ya la puerta cerrada; en la planta baja
hallbanse establecidas las oficinas de una agencia funeraria.

Encontrronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz
de la dama, reconocila al punto Jacobo; con ms sorpresa que disgusto,
sali entonces a su encuentro:

--Criatura!... Qu haces aqu? A qu has venido?...

Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresala
la ira, contest con amarga burla:

--Pues nada... Vena a indicarte dnde est el nmero 4.

--Pero quin te ha dicho eso?--exclam el otro asombrado--. Vamos, t
has credo otra cosa...

Y cogindola del brazo dobl con ella de nuevo la esquina de la calle de
Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la
rabia la hubiese all enclavado, comenz a arrojar por la boca todos los
sentimientos de su corazn mezclados y confundidos, pero bajo la forma
siempre del insulto, a la manera que lanza un volcn todas las materias
contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava
que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzbase en vano
Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus
flacas manecitas habale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro
de l las uas, como si quisiera arrancarle los ojos.

Jacobo, irritado tambin por la burla de Prez Cueto, acosado por los
reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para l
indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la
verdad, con el fin de aplacarla...

Consiguilo al punto; al or la dama el nombre de masones, apagse en el
acto su ira y llense en cambio de un espanto casi pueril, extrao en un
carcter de tan enrgico temple.

--Vmonos, vmonos!--deca--. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes
aqu. Vmonos!

Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada,
repeta muy bajo:

--Excomulgados! Sabes? Estn excomulgados!...

Jacobo, creyendo con razn que el terror es contagioso, porque senta l
comunicrsele el que a la dama le agitaba, procur, sin embargo,
sosegarla.

--Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vmonos si quieres,
pero sosigate. No estoy yo contigo?... Has venido sola?...

--S.

--Pero a pie?... Qu locura!

--No..., tengo ah un simn...

--Pues te acompaar en l a tu casa, y me llevar despus a la ma.

--Traes armas?--dijo ella muy bajo.

--S, un revlver.

Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy
azorada, procurando l rechazar con la idea de que era un chasco de
Carnaval la carta de Prez Cueto la inquietud que a pesar suyo le
causaba el extrao terror de Currita.

Al volver la esquina, mirronse ambos en silencio, cual si el exceso de
su espanto les paralizara las lenguas... El coche haba desaparecido, y
ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.

--Le habas ya pagado?--pregunt Jacobo estupefacto.

Y ella, pegndose a l con el temblor de un calenturiento, contestle
muy bajo:

--No..., no le haba pagado.

El caso era extrao, y Jacobo sinti renacer con mayor fuerza todas sus
inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin
cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo
entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que
pas por su nimo naturalmente valiente, estremecindolo como a un
cuerpo robusto un soplo helado.

--Vmonos andando--dijo.

Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra,
atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por
parecerles quiz menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin
mirar a ningn lado, fijos siempre los ojos en las luces de los
faroles, que le parecan la salvacin y la vida, sintiendo a la vez
deseos y terror insuperables de volver atrs la cara. Al poner el pie en
la acera, respir Currita algo ms desahogada y atrevise a mirar a un
lado y otro; todo pareca solitario, y tan slo por la calle del
Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los
bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual
santiguse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimindola el brazo
cariosamente, dijo en son de burla:

--Tonta!...

Llegaban al ministerio de la Guerra, y all Currita se tranquiliz ms
todava, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un
coche suba por la calle de Alcal y entraba por el paseo del Prado; en
el jardn del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas
voces de hombres que venan cantando escuchbanse muy de cerca, por el
lado de all de la verja.

Forma la esquina del ministerio un pabelln aislado, de un solo piso,
con cuatro fachadas y tres ventanas en cada una. Dos hombres
decentemente vestidos, pero dando gritos y risotadas de borrachos,
volvieron la esquina del pabelln y emparejaron con Currita y con Jacobo
ante la tercera ventana; el ms alto pegse a la acera, y el ms bajo
llamse a la corriente, dejndoles pasar por en medio... Hubo entonces
una terrible escena de un segundo: Currita sinti que un brutal empelln
le arrancaba violentamente del lado de Jacobo; que otra mano vigorosa
tiraba del embozo de este, que caa al suelo al pie de la ventana, y
algo lquido y caliente brotaba como de un surtidor, chorrendole las
ropas y las manos. El terror diole alas para huir por la calle de
Alcal, sin una idea en la mente para definir lo que pasaba, sin un
acento en la garganta para lanzar un grito... Uno, lastimero y
agonizante, lleg a sus odos, y otra voz vigorosa y angustiada hendi
siniestramente los aires en el silencio de la noche:

--Cabo de guardia!... Un hombre muerto!...

Son luego por tres veces la voz de alto!, y de seguida, uno tras de
otro, como dos gritos de protesta y de amenaza, se oyeron dos tiros.

Currita, desfallecida y sin alientos, se agarraba ya a la verja de la
iglesia de San Jos; pens volver atrs, pens seguir corriendo, pens
gritar pidiendo socorro, pens morirse all mismo... Oy entonces los
pitos de los serenos, sinti abrirse algunas ventanas, vio correr por la
acera de enfrente un hombre encapuchado, con el chuzo en ristre y el
farol en lo alto.

El instinto, ms bien que la reflexin, hzole comprender entonces el
riesgo que corra ella misma y huy de nuevo por la calle del Caballero
de Gracia, sin detenerse un momento, sin resollar siquiera, sin ver nada
ni or nada, ni pensar nada tampoco, hasta que, jadeante y sin saber
cmo, se encontr en su _boudoir_, rgidos los miembros, huraa la
vista, fuera de las rbitas los ojos, teniendo delante el negro de
bano, que levantaba en lo alto la lmpara encendida como para alumbrar
en su entendimiento el horrible cuadro y que le mostraba con temerosa
inmovilidad los blancos dientes en su sonrisa siniestra, eterna como la
mueca del condenado.

A la luz de aquella lmpara mirse las manos, que senta hmedas y
pegajosas, y viselas teidas de sangre... Un horror inmenso invadi
entonces su cuerpo y aneg su alma, y una idea taladr al fin su mente,
como un clavo ardiendo al empuje de un mazo: la de su hija Lil,
arrodillada en el estudio, mostrndole sus manitas manchadas tambin con
la sangre de su hermano, repitiendo con la opaca vibracin de un terror
sin medida:

--Sangre!... Mam... Sangre!...




--VII--


Una hora larga tard la justicia en acudir para reconocer y levantar el
cadver; hallbase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado
derecho, descansando la cabeza contra el zcalo del pabelln del
ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tena en la sien
derecha una fuerte contusin, producida sin duda por el golpe dado al
caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda pualada que le
divida por la mitad la arteria cartida. Un gran torrente de sangre,
que de all haba brotado empapaba su ropa y humedeca la tierra. En la
esquina misma de Recoletos y la calle de Alcal vease sobre la acera
una rica talma de pieles de castor, manchada tambin de sangre; hasta
que lleg el juez nadie se atrevi a tocarla.

Pronto qued identificado el cadver: encontrronle en el bolsillo la
esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos
cartas de Garibaldi al H. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el
nombre del marqus de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al
horror natural que inspira todo crimen unise entonces en los presentes
ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una
fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los
almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a
los cadveres la autopsia. La noticia corri de un extremo a otro de la
corte, sin hacer derramar una lgrima, pero despertando por todas partes
la admiracin, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad
ansiosa y hasta, por decirlo as, rabiosa de conocer los pormenores de
aquel drama misterioso, ms interesante que los lgubres episodios de
Ana Radcliffe y las dramticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios
del Veloz corrieron al hospital a ver el cadver, y en la esquina del
ministerio de la Guerra viose todo el da un gran cerco de gente
contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en
que pareca vagar an la sombra siniestra del crimen. Por la tarde,
cuando la mayor afluencia de mscaras y de gente acuda al Prado y a
Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llambanse
todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga
y medrosa.

Los peridicos publicaron extensos suplementos que se vendan a gritos
por las calles, y entonces comenzaron a conocerse y comentarse algunos
pormenores del crimen. Constaba entre ellos la declaracin del centinela
del ministerio de la Guerra; segn este, vio pasar a la una de la
madrugada, a travs de la verja de Recoletos, a un hombre y una mujer
que venan muy de prisa de la Castellana. Marchaban agarrados del brazo,
embozado l en una capa andaluza con vueltas rojas, cubierta ella el
rostro con un antifaz negro y envuelta en un abrigo de pieles grises;
vio tambin al mismo tiempo, a travs de la verja de la calle Alcal,
venir por aquel lado dos hombres gritando y cantando, cual si estuviesen
borrachos; cruzronse ambas parejas delante del pabelln, por la fachada
que da a Recoletos, y all los perdi el centinela de vista; mas oy a
poco en el silencio de la noche el rumor de un cuerpo que cae a tierra y
uno de esos gritos de agona que jams se olvidan ni se confunden; vio
huir desesperadamente por la calle de Alcal a la mujer enmascarada y
vio correr a los dos hombres, borrachos antes y bien firmes entonces,
uno hacia la Castellana y otro hacia la Plaza de Toros. Tropez este
ltimo en la fuente de la Cibeles y oyse el ruido del agua cual si
hubiese cado dentro; levantse, sin embargo, al punto, y su veloz
carrera psole bien pronto al abrigo de las tinieblas. El centinela,
imposibilitado por la consigna y por la verja para abandonar el puesto,
abalanzse a los hierros de esta y vio al hombre de la capa tendido en
la acera; grit entonces al cabo de guardia, dio a los fugitivos por
tres veces la voz de alto!, y con el fin de despertar la alarma,
dispar el fusil por dos veces. Llegaron a poco tres serenos y un
oficial y dos soldados del ministerio, y por la puertecilla pegada al
pabelln salieron a la calle: el hombre de la capa estaba ya muerto.

Desprendase de todo esto que haba una _ella_ de por medio, y la
curiosidad, excitada hasta la rabia, sobre todo en los altos crculos,
vena a estrellarse contra el secreto de la sumaria. Spose que en la
maana siguiente a la noche del crimen fue preso Damin, el ayuda de
cmara de la vctima, y llamado a declarar aquella misma tarde un don
Francisco Javier Prez Cueto, fabricante de almidn en uno de los
arrabales de la corte... Desde entonces, ningn signo exterior dio a
conocer que las investigaciones judiciales adelantasen un solo paso, y
comenzse a murmurar, con cierta estupefaccin temerosa, que andaba en
todo aquello la mano de los masones; que los asesinos de Sabadell
quedaran desconocidos e impunes como los de su amigo el general Prim, y
que el crimen de Recoletos sera siempre un arcano misterioso, como lo
fue el de la calle del Turco. Mas de repente, cuando esta voz tomaba
cuerpo y comenzaba a excitar en los nimos el terror que infunde todo
poder oculto y la indignacin que inspira toda cobarde aazaga,
levantse otra voz contraria, que nadie supo nunca de dnde sala ni
quin la atizaba, y que se extendi, sin embargo, por todas partes, con
grandes visos de certeza, a la manera que esparce un pozo subterrneo
por todos lados sus hmedas filtraciones... Djose que en el fondo de
todo aquello haba tan slo una intriga galante, que exista en el
Juzgado un billetito concediendo una cita y que obraba tambin en poder
del juez una prenda acusadora, perteneciente a la _promovedora del
crimen_: una talma de pieles de castor, marcada por la parte de dentro
con una etiqueta negra, en que con letras rojas deca: Worth.--Rue de la
Paix. _Pars_.

Dos peridicos que, a juicio de muchos, pertenecan a la secta de los
masones, publicaron violentos artculos contra los tribunales de Espaa,
que recluyen al pobre como un criminal y le barren de las calles como
una inmundicia, y se cruzan de brazos y cierran los ojos ante el
poderoso que oculta sus crmenes bajo una armadura de oro, contra la
cual se hace pedazos la espada de la justicia.

        Porque un pobre mancebo
        Hurt un solo huevo,
        Al sol bambonea,
        Y otro se pasea
        Con cien mil delitos.
        Cuando pitos, flautas;
        Cuando flautas, pitos.

El atrevimiento era tan grande, la audacia tan increble, que extraviada
la opinin por completo con estas prfidas insinuaciones, seal
entonces con el dedo a la condesa de Albornoz y comenz a mirarse el
dintel de su palacio con el mismo horror con que se haba mirado tres
das antes la esquina del ministerio de la Guerra.

Singulares extravos de la conciencia pblica, que Dios permite a veces
en su infinita justicia para castigar con una calumnia el delito
verdadero que haba quedado impune!

Nadie en Madrid pidi cuentas a Currita de la sangre de Velarde,
derramada a la vista de todos por culpa suya, y ahora le arrojaban al
rostro la de Sabadell, de la cual se hallaba inocente y hubiera ella
rescatado con gusto a costa de cualquier sacrificio... Porque el dolor
de la dama fue en realidad grande, aunque no expansivo ni alborotado;
uno de esos dolores, por decirlo as, secos, propios de las almas
enrgicas, que se repliegan sobre s mismos en el fondo del corazn como
para no perder su energa, a la manera que el gladiador herido encuentra
fuerzas en su misma agona para encoger el cuerpo y doblar los msculos,
e intentar un ltimo y ms formidable avance... Aquella dbil mujercilla
encerraba en su endeble cuerpo una de esas almas enrgicas que se crecen
a la vista del peligro y lo desafan, y no necesitan en el dolor apoyo
ni cmplices en el crimen; bastbase ella misma a s misma, y sacudiendo
los terrores que la haban invadido la vspera, con el vigoroso empuje
del toro que arroja lejos de s los rejones que le lastiman y embarazan,
aprestse a la defensa, decidida a arrostrar a pie quieto y con firmeza
todas las consecuencias de aquella horrible noche.

Mas necesitaba antes que nada reflexionar, trazarse un plan, preparar su
respuesta y ordenar sus preguntas; y aprovechando la ocasin de hallarse
en cama Fernandito, postrado por uno de esos ataques de imbecilidad que
traen consigo los reblandecimientos cerebrales, tomse todo el da del
lunes y dio la orden terminante de no recibir a nadie. Crea ella tener
que habrselas de seguida con las visitas importunas, las preguntas
indiscretas, las impertinentes lstimas y las molestas compasiones que
la haban asediado cuando la muerte de Velarde, catstrofe tambin
espantosa, que sin saber explicarse el porqu parecale en estos
momentos ms terrible que le pareci en aquellos primeros instantes.
Mas, con gran sorpresa suya, pas todo el da del lunes, y pas tambin
el martes, y lleg y pas asimismo el mircoles, sin que ningn coche
parase a la puerta, ni atravesase una sola visita las antesalas, ni
recibiera el oso del vestbulo en su bandeja ninguna tarjeta, ni llegara
tampoco el menor recado, la ms insignificante misiva de atencin, de
inters o de consuelo... Aterrla entonces aquella soledad, que no saba
explicarse, porque ignoraba que la opinin haba atravesado en el dintel
de su puerta el cadver de Jacobo; mas cuando llegaron a su noticia las
voces que corran y supo que una prfida y misteriosa mano explotaba el
funesto hallazgo de la capa de pieles, para hacer recaer sobre ella las
sospechas del crimen, tuvo en su soledad vrtigos de ira,
estremecimientos de fiera acorralada, y decidi desafiar frente a frente
a la calumnia con un golpe de enrgica audacia.

La casualidad presentle bien pronto ocasin propicia; el viernes muy
bien de maana trajronle el aviso de que le tocaba al da siguiente
hacer su guardia como dama de honor en Palacio. Envibale este aviso,
segn la costumbre, la dama que haba hecho la guardia el da antes, y
era esta una buena mujer, sencilla y piadossima, que, desechando como
terribles calumnias las voces que corran, apresurse a cumplir con su
deber avisando a Currita y dejando al arbitrio de la dama el acudir o no
acudir a la cita de Palacio.

Por primera vez despus de la espantosa catstrofe sonri Currita, con
aquella sonrisa de diablillo, seal en ella de alguna idea feliz que
pasaba por su mente. Tocbale la guardia el sbado, y segn la
tradicional costumbre, haban de asistir los reyes a la Salve de Atocha;
la novedad atraa todava gran concurso de gentes a conocer y contemplar
a la joven reina, y presentndose Currita a su lado, en el primer
puesto, parecile que haba de detener desde all los tiros de la
calumnia. Conoca ella bien el mundo que frecuentaba, que forma sus
juicios y regula sus actos por los del poderoso que mira en lo alto, y
crey con razn que le bastara presentarse una vez en pblico al lado
de la reina y a raz del suceso, para que todos acallasen sus escrpulos
y se apresurasen a conservarla en el puesto de honor que haba ocupado
siempre en la corte.

Sin llamar a Kate, salt Currita de la cama antes de las nueve y fue a
abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el
sol brillaba despejado, no se descubra una nube en el cielo y prometa
la maana una tarde deliciosa. Currita sinti un movimiento de gozo
vivsimo que le pareci el presentimiento del triunfo; los carruajes de
la corte saldran, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda iran
despus de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el
mundo elegante tendra ocasin de verla y contemplarla en su honorfico
puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle
forzoso pasar por aquel mismo trayecto que haba recorrido con Jacobo la
noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunci su
ltima palabra, por aquella esquina en que le haba visto caer lanzando
un gemido de agona... Mas qu iba a hacer ella? Enterrarse en vida a
los cuarenta y cinco aos? Dejar por escrpulos sentimentales que le
arrebatase una calumnia el prestigio, la soberana suprema, el cetro de
la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergenzas verdaderas,
haba conservado en su mano hasta entonces?...

Rise ella misma de s misma al notar la febril impaciencia con que
esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la seora de Lpez Moreno
haba sentido mayores ansias ni ms vehementes deseos el da de su
famosa presentacin en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y
gusto exquisito escogi una _toilette_ elegantsima, con ese estudio de
los pequeos detalles que se observa en los grandes genios y acredita en
ellos el conocimiento prctico del terreno que pisan. Psose un
riqusimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de
chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las
orejas y un trbol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la
una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas
con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de
esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una _M_ de brillantes y
rubes, la de la nueva reina Mercedes. Despus, mientras le traa Kate
el rico pauelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, busc ella
en una cajita un relicario de plata que contena un _lignum crucis_;
beslo con gran piedad, oprimilo un instante contra su pecho, cerrando
los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande
ahnco, y guardselo despus en el bolsillo, como se hubiera guardado un
amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier dao o peligro.

Al subir la escalera de Palacio latile el corazn y temblronle las
piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre s, mirndola a
ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio
el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de Espaa,
crecise el orgullo de Currita, despert de nuevo su energa, y armada
de toda su audacia atraves la antecmara y penetr en la cmara misma,
dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar all a la camarera
mayor o al gentilhombre de servicio, o quiz a todos juntos. La cmara,
sin embargo, estaba desierta y Currita sinti el desahogo de un momento
del enfermo que ve detenerse un instante la temida operacin por haberse
retrasado el mdico. Sentse en una banqueta frente a la mampara que
lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la
llamase o alguien saliese; mas la excitacin nerviosa no la dejaba
sosegar un momento, y levantse al punto para asomarse a uno de los
balcones y mirar a la plaza de la Armera; psose luego a arreglarse los
ricitos de la frente ante uno de los magnficos espejos y repar
entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que
haban colocado all la vspera y se destacaba sobre la rica tapicera
de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de
una obra maestra.

Pas un cuarto de hora, que le pareci a ella un cuarto de siglo, y en
pie siempre ante el retrato, sinti abrirse a su espalda la mampara de
las habitaciones de la reina; volvise vivamente y vio que la mampara se
volva a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se
hubiese detenido de repente. Oy entonces, sin que pudiera distinguir
las palabras, una voz suave de mujer que pareca acongojada, como si
suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colrica, que exclamaba
enrgicamente:

--No, no..., ahora mismo!

Inmutse Currita atrozmente y metise la mano en el bolsillo, como si
buscara el _lignum crucis_; abrise entonces la mampara y apareci el
mayordomo mayor, tambin muy inmutado... La dama, fingiendo siempre
hallarse absorta en la contemplacin del retrato, volvi ligeramente la
cabeza y salud con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su
pesar temblorosa y angustiada:

--Magnfico retrato! Yo no lo haba visto. Cundo lo han puesto?...

Mas el mayordomo, sin contestar a la pregunta y con el esfuerzo de quien
cumple un deber penossimo, djole balbuceando:

--Su majestad la reina la dispensa del servicio..., y me encarga le
manifieste su deseo de que devuelva la cruz de dama...

Currita dio una rpida media vuelta, apretando los puos y echando atrs
la cabeza cual si fuera a embestir al mayordomo, fijando en l la mirada
de sus claros ojos, enormemente abiertos, que reflejaban toda la ira del
que recibe un salivazo en el rostro, todo el espanto del que ve
derrumbarse una ltima esperanza, toda la solapada e impotente amenaza
que encierra el terror del dbil, aniquilado por una mano ms fuerte...

Luego, como si despertase en ella de repente la altiva ricahembra al
ignominioso contacto de una bofetada, arrancse ambas cruces del pecho y
las arroj en el suelo...




--VIII--


Aquel golpe terrible no anonad a Currita, ni le infundi tampoco el
extrao sentimiento, mezcla de pavor y de ira, que al recibir en Loyola
un bofetn semejante la haba obligado a confundirse, y a humillarse, y
a callar... Detrs de la mano de Pedro Fernndez haba visto entonces la
mano de Dios, que le impeda profanar con el escndalo de su vida su
santa casa, y detrs del bofetn del mayordomo de Palacio tan slo vea
la mano del rey, que no era para ella una idea, sino un hombre, contra
el cual se poda luchar y al cual se le poda tambin vencer.

Mas harto comprendi desde el primer instante, con la rpida percepcin
de su claro entendimiento y su mucha prctica de mundo, que en vano
empleara todas las astucias de su ingenio, todos los atrevimientos de
su audacia y todos los recursos de su dinero en atraerse de nuevo a sus
amigos y a formar en torno suyo aquella brillante corte que era la
mdula de su vida, porque era tambin la de su vanidad. Nada arrastra
tanto como el ejemplo de un prncipe, capaz por s solo de salvar o
perder a una sociedad entera, y la severa repulsa dada a Currita en
Palacio, justa en medio de su severidad, que si de algo pecaba era slo
de tarda, haba de arrastrar sin duda a Madrid entero, derrumbando a la
ilustre dama desde la altura de su gloria, con todo el estrpito de los
grandes escndalos, con todo el ensaamiento con que del rbol cado se
apresuran todos a sacar lea.

Por eso, sin darse ella por vencida ni cejar un punto en su tenaz
empeo, y fortaleciendo siempre con el despecho y la rabia y hasta el
dolor mismo su terquedad de mujer voluntariosa, siempre mimada, opt
desde luego por el camino de los hbiles polticos y los diestros
estratgicos y los conocedores prcticos del mundo y del corazn humano:
una prudente retirada que sosegara los nimos y diese tiempo a que las
memorias olvidaran, cesasen las prevenciones, se cansaran las lenguas, y
los escndalos nuevos hicieran olvidar y aun perdonar los escndalos
pasados.

Haba visto ella tanto de eso!... La ocasin, por otra parte, no poda
ser ms oportuna: Fernandito haba llegado al estado de imbecilidad
completa que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, y preciso
era llevarlo a Pars a que alguna notabilidad mdica intentase el
verdadero milagro de despertar un chispazo de inteligencia en aquel
meollo huero, que jams haba dado luz alguna.

El viaje fue, pues, decidido, y dos das antes dirigise Currita al
colegio de Chamartn de la Rosa, para sacar a Lil... La nia haba
cumplido ya doce aos, y ms bien que una criatura que comenzaba a
vivir, pareca un ngel que iba a volar. Haba en sus grandes ojos
azules algo que recordaba el cielo, algo a la vez triste y sereno,
candoroso y profundo, que comunicaba a todo su ser cierto poderoso y
triste encanto, semejante al que infunde en el alma la inocente sonrisa
de un nio hurfano.

Acogila la madre con sus ms suaves mimitos y djole al odo,
abrazndola, que le traa una noticia muy buena, muy alegre, muy
grande...

--A que no la aciertas?...

La nia, con los grandes ojos llenos de lgrimas y teidas las mejillas
del carmn ms puro, dijo prontamente:

--Que mi pap est mejor? Que se ha confesado?...

Quedse Currita desconcertada, como le suceda siempre con las salidas
intempestivas de aquella criatura. Quin haba de creer que iba a
acordarse de su padre y a pensar en si le haban o no administrado aquel
sacramento que le haca tanta falta?... Echse a rer muy maravillada.
Ca!, si no era eso... era mejor todava; era una cosa referente a ella
misma, lo que mejor le poda suceder, lo que sin duda estaba ella
esperando...

Y de nuevo torn a maravillarse, porque la sangre entera de Lil afluy
entonces a su rostro, un temblor nervioso agit sus manitas, y levant
los ojos hacia su madre, rebosando anhelo comprimido, esperanza
dulcsima de or lo que era sin duda su ms ferviente deseo. Su boquita
de ngel se entreabri un momento para dejar escapar su secreto, como
deja escapar una flor su fragancia, y de nuevo torn a bajar los ojos,
ponindose ms y ms encarnada, y guardando silencio, con una cndida
sonrisa dibujada sobre los labios.

--Pero, tontita, no lo adivinas?... Es que se acab ya el colegio, que
te vas a venir conmigo.

Quin lo haba de creer!... Al or esto la nia, apagse en sus labios
la sonrisa, como una luz que mata de repente una rfaga de viento; cruz
las manos angustiada, mir a su madre con espanto y se ech a llorar a
lgrima viva, con el corazn encogido...

--Pero vaya por Dios, vida ma!--exclam Currita estupefacta--. A qu
viene ese llanto? Es que no quieres venir?

Lil, enjugndose con ambas manitas los ojos, repeta sollozando:

--Aqu me quieren todos... todos... Las Madres y las nias...

--Pero, hija ma, acaso en tu casa no te quieren?--exclam Currita,
ponindose muy seria; y la nia, titubeando un momento, contest con
candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:

--Ahora no est all Paquito...

Currita sinti un movimiento de ira, que se transform al punto en dolor
profundo, en dolor vivsimo que jams haba sentido, all en el fondo de
sus entraas de madre... Sus ojos se llenaron de lgrimas, atrajo hacia
s a la nia, separle del rostro ambas manos, y besndola en la frente,
djole con mucho cario:

--Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a Pars todos juntos.

La nia mene la cabeza, apartndose del regazo de su madre, y
procurando dominar su afliccin, como si se aprestase a una batalla,
dijo resueltamente:

--Y, adems... yo no puedo irme de aqu. No, no puedo.

--Pero por qu?... Si eres ya una mujer y aqu estn slo las nias...

--Y las mujeres tambin...

--Pero, hija, por Dios! Dnde estn esas mujeres?...

--Las Madres son mujeres.

--Pero t quieres ser monja?--exclam Currita abriendo mucho los ojos;
y la nia, cerrando los suyos y moviendo enrgicamente la cabeza,
contest con firmeza:

--S!...

--Yaaa!... Muy bien; ahora lo entiendo--dijo Currita muy despacito con
su tono de voz ms suave--. Y las Madres, como te quieren tanto las
pobrecitas, te habrn metido esa idea en la cabeza...

--No, no, seora!... Las Madres no me han dicho nada.

--Pues entonces habr sido el confesor, el padre Cifuentes.

--Tampoco...

--Pues quin te lo ha dicho?...

--Paquito.

--Paquito?... Vaya un apstol!... Y por qu no se mete l fraile?...

--Eso le escrib yo... Y le envi la _Vida de san Estanislao_ y una
estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contest que l era muy
desgraciado y tena que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy
grande... Yo no s lo que ser...

Currita comenz a sospecharlo y se puso muy plida; la escena terrible
de su estudio, cuando el nio se haba arrojado sobre Jacobo como una
fiera sedienta de sangre, acudi a su memoria con gran viveza,
estremecindola de espanto, infundindole esa especie de terror
retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el
aguijn de un remordimiento, avivando en su corazn el dolor de una
herida chorreando an sangre... Oh! Ya no tena que hacer el pobre
nio aquella cosa _muy grande, muy grande_, porque otra mano ms
culpable le haba tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...

Lil, sin imaginar siquiera en su sencillez de ngel el efecto que en su
madre podan causar sus palabras, continu diciendo:

--Me deca que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y
rezara mucho por l, y por usted y por mi pap; porque la ira de Dios
iba a descargar sobre nuestra casa... Yo llor mucho, mucho, y ofrec
entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larn y al padre Cifuentes.

--Y qu te dijeron?--pregunt Currita con los labios blancos.

--La madre se ech a llorar..

--Y el padre?...

--Se ech a rer y me consol mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin
que l me avisase.

Currita se qued muy pensativa y permaneci largo rato en silencio,
mirando a la nia; de pronto, dijo:

--Pero el padre Cifuentes te querr mucho?...

--Oh, s!... Es muy bueno; me quiere mucho.

Call otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo
oleaje de afectos con que la gracia de Dios combata su alma para
sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros
como el remordimiento, apareci muy honda y comenz a subir, a subir,
hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y
dominarlo todo, la idea fija, su ngel malo, el pensamiento constante
que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurlgico, de
satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su
antigua posicin y su brillante corte de mujer elegante. Haba visto de
repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que all llegaba
dando rodeos, y ya no oy ms, ya no se ocup de otra cosa. Cinco
minutos largos permaneci callada, inmvil, tirando al parecer sus
planes. Lil, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza
baja, la miraba de cuando en cuando a travs de sus largas pestaas,
extraada de aquel singular silencio.

Rompilo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monsima y preciosa la
haba enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y
hacase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo as de
repente, en un segundo... Por de pronto, dejara a la nia en el colegio
y detendra ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.

Lil, al or esto, salt espontneamente de la silla y se arroj al
cuello de su madre, cubrindole el rostro de besos, llorando y riendo al
mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo.
Ella se enterneci un poquito y derram tres lagrimitas.

--Conque nada, pichona ma, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos
ilumine... Y ahora, vidita ma, dile a la madre Larn que quiero
hablarle un momento... Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avsala t,
vidita...

Lleg la madre Larn muy alarmada, temindose alguna trapisonda, y
Currita, con pattico ademn, se arroj llorando en sus brazos... Era
aquel da el ms grande de su vida; por fin le conceda Dios lo que con
tanto ahnco le haba pedido siempre: tener una hija religiosa!...
Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quiz le
costara la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que senta
ella era no tener siete hijos como santa Mara Magdalena de Pazzis, para
ofrecrselos a Dios uno a uno. Estaba el mundo tan malo!...

La madre Larn, muy escandalizada al ver a santa Mara Magdalena de
Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresur a
protestar con mucho respeto:

--Santa Sinforosa querr decir, sin duda, la seora condesa.

--Fue santa Sinforosa?... Pues yo cre que haba sido la otra! Como
leo todos los das el Ao Cristiano, armo a veces unos galimatas!... Y
dgame, madre Larn, cree usted que perseverar mi hija, que su
vocacin ser verdadera?

La madre enarc las cejas, y con mucha humildad, dijo:

--La nia es formalita, y a lo que yo pueda colegir, as lo espero...
Pero siempre ser mejor que el padre espiritual informe a usted de todo
esto.

--Y quin es?

--El padre Cifuentes.

--El padre Cifuentes?... De veras?... Cunto me alegro!... Si es un
santo, un hombre de tanto saber y prudencia...

--Ya lo creo!... Consltelo usted y ver...

--Pero si no lo conozco... Ay, madre Larn!... Quisiera usted
escribirle una cartita... _deux mots_, recomendndome?... Dgale usted
cules son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con
que procedo siempre... As me escuchar con benevolencia... Usted me
conoce bien, madre Larn... Soy tan desgraciada!... Se tiene de m un
concepto tan falso!...

Y Currita, persuadida ella misma de lo que deca, cual suele suceder a
los embusteros de oficio, extenda las manos y abra mucho los claros
ojitos, como para que la madre Larn la estudiase por dentro,
concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubrindose el rostro con
el pauelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja
extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y
prometale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anuncindole
su visita.

--Se lo agradecera a usted en el alma, madre Larn; no lo olvidar en
toda mi vida!--gimi Currita--. Porque no crea usted que en el asunto de
mi pobre Lil faltarn dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al
cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y
ver la cosa de manera muy distinta.

Y ya en la puerta, despidindose cariosamente de la buena madre, volvi
a repetirle:

--Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la
buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...

Y de pronto, volvindose atrs desde la puerta, como si de repente
recordase algo...

--Ay, madre Larn, se me olvidaba!... No s si lo encargu a Lil,
porque con este noticin se me fue el santo al cielo... Me han dicho que
estn ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero
que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lil
haga ese pequeo obsequio al colegio...

--Gracias, gracias, seora condesa...

--Gracias?... Ay, madre Larn, qu mundo, qu mundo!... Ojal y slo
se gastara el dinero en cosas semejantes!...

Entr en la berlina... Verdaderamente que aquella idea deba de venir
del cielo, porque era Lil, un ngel del Seor, quien se le haba
inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes,
porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro
Fernndez, que se saba ella de memoria, estaba perfectamente encerrada
en su primera parte... Si la seora condesa de Albornoz viene a Loyola
a confesar sus pecados y pedir a Dios perdn de sus extravos, no tiene
que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...

Y glosando all en su imaginacin el parrafejo, discurra de este
modo... Si la seora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre
Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdn de sus extravos,
o lo que es lo mismo, embauca a aquel varn respetable, dicindole lo
que le parezca y callndose lo que juzgue conveniente para ponerle de su
parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrar
en el gremio de las beatas aristocrticas y se abrir paso, rosario en
mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia
y la ingratitud la han arrojado.

Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto
la haba aterrado siempre y la segua aterrando; dispuesta estaba ella a
lo que crea nicamente necesario para confesarse bien: acusarse de
todos sus pecados y enumerar todos sus extravos... Qu le importaba a
ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos
peridicos se haba publicado y haba ledo ella sin sonrojarse?... Si
hubiera algn sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sera
entonces otra cosa; pero la muerte, el pual de un asesino, se haba
encargado de sacrificar, se haba encargado de romper; y ya no le
quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazn y aquel
despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban,
Jacobo muerto y ella cada de su pedestal, senta hervir su sangre de
dolor y de ira, y parecale lo primero el crimen ms nefando que se
haba cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tirana
ms atroz que pudiera atribuirse a Nern, a Tiberio o a Busiris.

Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre
Cifuentes, porque tena el padre fama de marrullero; mas su voluntad,
repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolucin
de un hombre, y tranquilizbala en parte la ntima conciencia que tena
ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullera. Con
habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por
exponer la vocacin de Lil, anhelo de su corazn, esperanza dulcsima
de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas,
aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que haba de poner
Fernandito; hbil estaquita esta ltima que plantaba desde luego la
taimada, para agarrarse a ella ms tarde y destruir, cuando hubiera
logrado su objeto, los santos planes de la nia. Escuchbala el jesuita
impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de
cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una
lanceta, que haca a Currita ladear los suyos, ora bajndolos, ora
pasendolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dej de hablar,
sac el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo
obligado, el pauelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor
naturalidad del mundo dijo resueltamente:

--Su hija de usted no tiene vocacin, seora condesa.

Quedse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamude moviendo la
cabecita:

--Pues ella me haba dicho... Yo crea...

--Crey usted mal, seora condesa... Esa nia es un ngel, de
entendimiento muy claro, de corazn muy grande y muy recto, y est
aterrada por las cartas de su hermano, que... pasan el alma, seora
condesa, pasan el alma!

Y las dos lancetas que tena en los ojos el padre Cifuentes pasaban de
parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el
fondo de su pensamiento.

--Por eso--prosigui lentamente el jesuita--quera esa pobre nia
ofrecer el sacrificio de s misma, para asegurar la salvacin de los
dems, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se
afligen los ngeles del cielo: llorndolas, pero sin ponrselas a nadie
en cuenta... Y note usted lo que digo, seora condesa: _sin ponrselas
a nadie en cuenta_.

La seora condesa baj los ojos muy modestita, como hacindose la
desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella
cuenta, y el padre continu:

--Pero como usted comprender, este sacrificio de precio incalculable,
cuya idea le fomentar yo por lo que en s tiene de til y meritorio y
porque bastar quiz el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre
ngel pide, no es una vocacin religiosa: es slo un ofrecimiento que en
su afliccin y en su generosidad hace la nia, y mientras Dios no lo
acepte, no existe la verdadera vocacin, y yo, por mi parte, ni puedo
aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.

Pues estamos en el principio de la conversacin--pens Currita, sin
comprender del todo aquellas msticas sutilezas; y dando vueltas entre
sus manos a un precioso devocionario que haba trado de intento para
demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:

--Y qu cree usted entonces que debe de hacerse?...

--Dejar obrar a la gracia de Dios, que quiz le conceda como premio la
vocacin que an no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.

--No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...

El padre Cifuentes abri la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre
que golpea en los odos de un sordo, con la sencillez con que hubiera
dicho que haca calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:

--No, seora... Los ejemplos que vera en ella no conseguiran quiz
corromperla, pero de seguro lograran matarla...

Currita no protest contra aquel reproche tremendo; no se avergonz ni
se indign tampoco. Asise, por el contrario, para llegar a su objeto, a
la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente:

--Ay, s, s, padre, es verdad!... Si usted supiera lo que pasa en mi
casa! Si usted conociera la situacin en que me encuentro!

Y adoptando el clculo ms hbil del disimulo, el de apropiarse de la
ingenuidad y disfrazarse con la sencillez y la franqueza, refiri con
toda verdad al padre Cifuentes el escndalo de su vida, la trgica
muerte de Jacobo, la calumnia difundida por aquellos enemigos
invisibles, la imposibilidad en que estaba de acusarlos a ellos y
defenderse ella misma ante los tribunales, y la necesidad que tena de
_alguien respetable_, de alguna _persona autorizada_ por su santidad y
su prestigio que sacase la cara por ella, perdonndole las faltas
verdaderas y defendindola de los _falsos crmenes_, concedindole su
proteccin y su amistad, y rehabilitndola por este solo hecho a los
ojos del mundo... Y no peda esto por ella misma, que nada mereca y as
lo confesaba; pedalo por caridad de Dios, por lstima, por compasin
hacia sus propios hijos...

Call Currita, y con la cabeza baja y las manos cruzadas y entornados
ojitos, esper muy devotica el sermn formidable, la peluca tremenda que
crea ella iba a venir tras de aquello, seguida de alguna violenta
exhortacin a la confesin y la penitencia, con algunos toquecitos de
llamas del infierno; y luego, ms tarde de lo que ella deseaba y con
tanto anhelo iba buscando, un generoso ofrecimiento, noble, sincero y
amplio... Mas el padre Cifuentes, que haba escuchado sin pestaear todo
aquel cmulo de vergenzas y de horrores, que no haba hecho el menor
gesto de asombro, de disgusto, de compasin ni de protesta, sac la
tabaquera de cuerno, tom un polvo y dijo lacnicamente:

--Haga usted los Ejercicios...

--Los Ejercicios?--pregunt ella muy sorprendida.

--S, los Ejercicios de san Ignacio digo... Ayer los han empezado en el
Sagrado Corazn, en la calle del Caballero de Gracia... Todava tiene
usted tiempo; empiece esta misma tarde.

--Yo..., bueno..., desde luego...--dijo Currita titubeando--. Pero segn
tengo entendido, slo se entra all con papeleta y yo no la tengo.

--Pues yo la recomendar a usted a la superiora y le hablar a la
marquesa de Villasis, que es presidenta del consejo...

Currita sinti tal movimiento de gozo, que estuvo a pique de venderse...
Por fin triunfaba, y a pesar de su impasibilidad y no obstante sus
marrulleras, haca tragar al bendito padre todo el anzuelo!... Entre la
marquesa de Villasis, la dama de mejor nombre de la corte, y el padre
Cifuentes, el sacerdote de ms prestigio, hara ella su entrada triunfal
en el gremio de beatas aristocrticas, y una vez dentro, no bien tomase
ella terreno, ya sabra reconquistar, palmo a palmo, los aplausos y las
adulaciones, y colocarse de nuevo en el antiguo puesto perdido.

Vistise sencillamente, siempre con aquel prolijo cuidado de los
detalles pequeos que desprecian los talentos vulgares y tienen en mucho
los privilegiados y prcticos: una modesta falda de seda negra, un
abriguito de terciopelo con pieles y la mantilla recogida por completo
sobre los hombros, chiffonn, con mucha gracia, cubriendo las blondas
del velo parte del rostro, pero dejando ver perfectamente los rojos
pelitos, contrasea suya caracterstica, que cuid muy bien de dejar a
la vista con clculo prudentsimo, para que en caso de oscuridad o de
duda pudieran todos reconocerla.

A las cinco comenzaba el santo Ejercicio, y a las cinco y siete minutos
calcul ella muy bien su entrada, para que fuese de todos vista. Apese
del coche y entr en el zagun, creyendo encontrar all alguna religiosa
o algn portero a quien preguntar por la marquesa de Villasis o por el
padre Cifuentes; mas slo vio delante una empinada escalera dividida
por en medio con un barandal de hierro que haca veces de pasamanos. En
lo alto, dos seoras cuchicheaban entre s muy quedito, e
interrumpindose bruscamente al ver subir a Currita, desaparecieron al
punto, sin que la dama pudiera reconocerlas. Encontrse entonces frente
a la puerta de la capilla, que estaba de par en par abierta; era esta
entrelarga, ancha y extensa, con una gran puerta en el fondo que daba al
interior del colegio y otra lateral para el servicio de la gente. En el
testero hallbase el altar, parcamente adornado, con algunas luces que
ardan a derecha e izquierda del tabernculo.

Arriba, en la parte ms alta, haba una hermosa efigie del Sagrado
Corazn, y caa desde sus pies hasta abajo un gran pao de brocado
recamado de terciopelo rojo, con estas palabras bordadas: _Venite ad me
omnes_. A uno y otro lado de la gran puerta del fondo estaban las sillas
de coro de las religiosas, y sentadas en ellas las seoras del consejo:
la marquesa de Villasis ocupaba la esquina derecha, teniendo a su lado a
la duquesa de Astorga.

Currita vio desde la puerta el extremo de un banco desocupado y ante l
se arrodill, haciendo uno de esos garabatitos con que creen ciertas
damas santiguarse, cruzando las manitas sobre el respaldo, inclinando la
cabeza con mucha devocin y ponindose a registrar con el rabillo del
ojo todo cuanto haba y pasaba dentro de la capilla... Prodigio
maravilloso de la perspicacia y fuerza comunicativa de la grey
femenina!... Cuatro minutos despus, no quedaba en el extenso recinto
una sola alma ms o menos pa que no hubiera atisbado la entrada de
Currita, sin que fuese necesario para ello ms que alguno que otro suave
cuchicheo, alguna que otra disimulada sea, alguno que otro libro devoto
o rosario bendito que rodaba por el suelo, para dar ocasin a la dama
que lo recoga de lanzar una rpida mirada con el mayor disimulo. All
estaba ella, con mucha devocin, aguantando a pie quieto las miradas y
suponiendo los comentarios internos que acompaaban a estas; la condesa
de Murgua, seora muy severa, que haba comido muchos viernes en casa
de Currita y disfrutado no pocas veces de su palco en el teatro,
hallbase a su lado... Alarmla esta proximidad, volvi la cara
angustiada, y apretando cuanto pudo a las otras seoras que ocupaban el
banco, apresurse a dejar entre ella y la escandalosa un gran espacio
vaco. Currita, sin perder su devocin, sinti ganas de tirarle del
pelo.

Entr a poco una seora con dos nias, al parecer sus hijas, y una de
estas, la ms pequea, fuese a arrodillar junto a Currita en el hueco
vaco; mas la madre, advertida sin duda por otra seora que le habl por
lo bajo, levantse prontamente, toc en el hombro a la nia y aprtola
de all. Currita no sinti esta vez ira, sinti una sensacin penosa,
amarga, desconocida para ella, que se le figur semejante al desconsuelo
de verse sola y desamparada por un ser querido; aquella nia le haba
recordado a Lil.

Entraban nuevas seoras, llenbase la capilla de bote en bote y
apibanse las rezagadas contra las que haban llegado antes, sin que
ninguna quisiera ocupar el sitio vaco al lado de Currita. Ella sinti
crecer aquel desconsuelo que la oprima y la angustiaba y le produca
una irritacin sorda, una amarga iracundia, que la llevaba a escarbar
llena de saa en el basurero de su vida, buscando y enumerando las
vergenzas pblicas, las inmundicias de todos conocidas, que le haba
tolerado, consentido y hasta aplaudido como amables _pequeeces_ aquel
mismo Madrid que ahora le volva la espalda, para arrojrselas a la
cara, gritndole con muy buena lgica: Acaso soy ahora peor que lo fui
antes?... Por ventura hace ms fuerza en ti una calumnia annima,
levantada por prfidos asesinos, que ese montn de lodo con que a todas
horas te he salpicado el rostro?....

Oh!, qu mundo, qu mundo aquel tan injusto y tan asqueroso! Con
cunta razn se resista a entrar en l Lil, aquel ngel del Seor tan
puro y tan bello!... Y a este recuerdo, con la rapidez con que se muda
la decoracin en una comedia de magia, sustituy en su mente la imagen
de la nia al Madrid injusto y asqueroso que provocaba sus iras, y
quedaron frente a frente, embargando todo su entendimiento, la
celestial figura de Lil, derramando luz vivsima del cielo, y el montn
de lodo repugnante y hediondo, la charca sucia y cenagosa que acababa de
formar ella con tanta saa, haciendo examen general de toda su vida...
Currita crey ver una cloaca a la pura y rosada luz del alba, crey ver
el infierno a la luz del paraso y se sinti confundida y se juzg
condenada; porque aquel montn de lodo era ella misma y aquel resplandor
de Lil era la luz de Dios, nico criterio de moral, independiente de
mseras condescendencias sociales, a que deben de ajustarse los actos
humanos. Un ltimo movimiento de soberbia la agit, sin embargo.

--Soy una infame, es cierto!... Pero que no me condenen los hombres,
que me condene Dios!...

Y al levantar la vista rabiosa y desesperada, como para lanzar en torno
una mirada de orgulloso desafo, divis al frente la imagen de
Jesucristo, del Juez nico que su soberbia vencida aceptaba, mostrndole
su corazn herido, dicindole en aquel letrero que tena por debajo:
Venite ad me omnes. Un crujido misterioso lastim entonces su pecho, y
repiti muy quedo:

--_Omnes_!... Todos, todos!...

Habase mientras tanto rezado el rosario, y un jesuita suba en aquel
momento al plpito, para exponer la meditacin que corresponda, segn
el orden establecido en los Ejercicios de san Ignacio. Era sobre el
Juicio Final, y dividila en tres partes: la confusin de los hipcritas
al ver patentes sus pecados ocultos; la suprema vergenza de los
escandalosos al ver objeto de la execracin universal los pecados
pblicos de que haban hecho gala, y la justificacin de la Providencia,
la manifestacin clara de los misteriosos caminos ordenados por Dios
para bien siempre del hombre; la sapientsima urdimbre, puesta al
descubierto, de grandes hechos y pequeos acontecimientos, de penas y
alegras, derrotas y triunfos, llamamientos y amenazas, premios y
castigos, que han de probar en la vida de cada criatura, mirada de
frente a la luz de aquel tremendo da, la paternal providencia de Dios
para cada hombre, la conjuncin perfecta sobre cada uno de ellos de sus
dos atributos, el ms temible y el ms deseable: la misericordia y la
justicia.

El jesuita hablaba llanamente, expresando con sencilla claridad aquellas
tremendas verdades y trazando a veces pavorosos cuadros que heran la
imaginacin, estremecan los corazones y preparaban los nimos para el
eco futuro de aquellas temerosas palabras: _Ossa arida, audite verbum
Domini_!... Reinaba un hondo silencio, muy semejante al silencio del
pavor; y el jesuita, torciendo un poco el rumbo a sus palabras, dej ver
de repente la bondad infinita de Dios, la ms consoladora de todas sus
grandezas, su inmensa misericordia, brindando siempre al pecador con su
perdn tan sin lmites y tan amplio, que desaparecen en l, cual si
fueran tomos, los ms enormes pecados.

--Imaginaos--dijo--un hombre llegado al ltimo extremo del crimen;
cargadle a vuestro pensamiento con todas las acciones afrentosas que
fuera posible imaginar; vedle dormir tranquilo en medio de su vergenza,
como si se viera al abrigo de la muerte, como si no tuviera ya
remordimientos ni tuviera conciencia... Mas un da, lo mismo que en el
sueo de Nabucodonosor una piedra desprendida de la montaa hizo pedazos
al coloso con pies de barro, as tambin un tomo arrancado a la
misericordia de Dios por los ruegos de algn justo derribar sin causa
alguna aparente ese coloso del mal y formar en sus entraas
desesperadas una lgrima, que subir hasta el corazn y pasar por los
caminos que Dios ha hecho para llegar a sus ojos marchitos, y brotar
por ellos, y rodar al fin por sus mejillas... Esa lgrima le ha
revelado la verdad y conquistado el perdn y devuelto la paz!...

Y como si aquella lgrima bendita, alcanzada por la oracin de un justo,
se formase en aquel momento en algunas entraas y subiese hasta un
corazn y brotase por unos ojos, con explosin de dolor formidable,
rompi el hondo silencio un sollozo que reson por todos los mbitos de
la capilla, haciendo al jesuita enmudecer un instante, y mirarse
plidas y sobrecogidas a cuantas vieron a la condesa de Albornoz
desplomarse sobre el reclinatorio, aniquilada como el grano de mijo que
machaca la piedra de molino, mordindose las manos para contener, como
con esfuerzo sobrehumano contuvo, los gritos, los sollozos, los alaridos
de dolor que parecan hervirle en el pecho, sin llegar a reventarle por
los labios.

Termin el sermn, y siguise luego, y termin tambin aquel canto
suavsimo, pattico grito del pecador arrepentido: _Perdn, oh Dios
mo!_ Y la numerosa concurrencia desfil por delante de Currita, sin que
levantase ella la cabeza ni hiciera un movimiento, como si la vergenza
de su vida entera la tuviese all sujeta, clavada, ante las miradas
curiosas, compasivas y aun burlonas de sus antiguas rivales.

Qued la capilla solitaria, y una religiosa lega, que se deslizaba como
una sombra, apag las luces una a una, sin que la condesa de Albornoz se
moviese de su sitio ni diese muestras de vida. Unos brazos la rodearon
al fin en aquella soledad de que slo Dios era testigo, y una voz muy
conmovida le dijo muy bajo:

--Curra, hija ma... Abajo tengo mi coche... Quieres que te lleve?...

Ella levant la cabeza y fij en la que as hablaba una mirada hosca,
medrosa, que no pareca tener conciencia de la realidad y reflejaba como
en dos vidrios profundos todos los asombros y todas las agonas...
Reconoci al fin a la marquesa de Villasis, y el rostro de la pecadora,
rojo de vergenza por primera vez en su vida, ocultse en el casto pecho
de la mujer fuerte, balbuceando entre sollozos:

--S, s!... Adonde no me vea nadie... A Chamartn con mi hija...

La nia no se sorprendi al verla... Haba ofrecido aquella tarde, por
aviso del padre Cifuentes, el sacrificio de su vida, y esperaba confiada
y serena, como esperan las lgrimas del pecador los ngeles de la
guarda...




--IX--


Se ha dicho que ms cavila un pobre que cien abogados, y hay quien
cavila ms que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho
haragn que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este
caso se hallaba aquel da, en el estudio del colegio de Guichon,
Alfonsito Tllez-Ponce, alias _Tapn_, piel del diablo, corazn de
ngel, enredador como l solo, dolo y tentacin perpetua de sus
compaeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.

Sus propsitos no podan, sin embargo, ser aquella maana mejores, ni
sus intenciones ms rectas: celebrbase al da siguiente el santo del
padre rector con una jira de campo famossima, all en la playa de
Biarritz, y el msero Tapn, condenado por tres o cuatro sentencias a
recluimiento perpetuo, proponase, con un da entero de observancia
completa, alcanzar el indulto general de sus condenas y el
sobreseimiento de las diez o doce causas que, por diversos atentados,
conatos e infracciones de la ley, se le seguan ante el tribunal del
padre prefecto.

Levantse, pues, de un salto al primer toque de la campana, lavse sin
derramar una gota de agua, y sin otro percance que el meter un pie en el
orinal y hacerlo aicos, sin intencin deliberada, por supuesto, psose
en formacin muy derechito, entr en la capilla y oy misa lo mismo que
un san Luis Gonzaga.

Bueno iba aquello; mas al salir del sagrado recinto, diole un brinco el
diablo en el cuerpo, y sin poderlo remediar tir al compaero que
marchaba delante en las ordenadas filas del paal de la camisa, que
impdicamente le asomaba por debajo de la blusa. En la sala de estudio
rez el _Actiones nostras_ con devocin suma, sacudi un papirotazo a su
vecino de la derecha, arrastrado por la fuerza de la costumbre, tir al
suelo los libros del de la izquierda, por una necesidad casi de su
temperamento, y abri la tapa de su cajn con mucha formalidad.

Iba a ponerse a estudiar, y no de cualquier manera ni cualquier cosa;
sus estudios de retrica haban ya terminado el ao ltimo, y acababa de
asistir a la toma de Troya y a la fundacin de Roma; haba bebido con
Horacio en las cascadas del Tber, admirado a las abejas con Virgilio,
salvado a la Repblica con Cicern y alborotado en las plazas de Grecia
con Demstenes. Tocbale aquel ao dedicarse a la sublime ciencia del
clculo, y haba obtenido ya, por orden de su profesor, la medida del
campanario del pueblo, con un error aproximado de dos kilmetros; aquel
da proponase nada menos que determinar el radio de una esfera, y sac
con toda diligencia el libro de texto, la caja de compases y el blanco
papel inmaculado en que haba de desarrollarse el importante clculo.

El padre Bonnet, inspector en el estudio, mirbale desde lo alto de la
tribuna, asombrado de tanta laboriosidad, creyendo tener ante los ojos
la conversin de san Agustn o el trueque de Saulo en Pablo.

Con un rpido movimiento del comps traz Tapn una esfera limpia y
correcta, con la luna en su plenilunio. Magnfico!... Redonda era como
el mundo... Pareca una carita... Justo!..., una carita... Igual,
idntica a la de madame Dous, la tendera que venda pelotas en los
portales de Bayona. Qu casualidad!... Tapn marc con mucha habilidad
dos puntos para tomar los radios con que haba de trazar dos arcos que
se cortasen, y se afirm en su creencia... Aquellos dos puntitos
parecan, sin duda alguna, los ojos de madame Dous, redondos, pequeos,
abiertos como con un punzn... El parecido era exacto: tan slo le
faltaba el moito en lo alto de la cabeza, y para que nada le faltase,
pint Tapn a la esfera un moito en la parte superior; dibujle luego
unas narices en el punto en que debieron encontrarse los dos malogrados
arcos, psole por debajo una boca bigotuda, aadile despus dos orejas
con pendientes, y en menos de un cuarto de hora encontr la cara de
madame Dous, en vez de encontrar el radio de la esfera.

Satisfecho de su hallazgo, mostrlo a sus dos vecinos; una mano aleve
avanz entonces por detrs y arrancle de las suyas la obra maestra.
Santo Dios!... Volvise Tapn asustado y encontrse frente a frente con
el padre Bonnet. Bonita ocasin para presentarle su peticin de
indulto!...

--As prepara usted la clase, seor de... Tapn?--dijo el ministro de
la justicia con voz formidable.

Y el seor de Tapn, sobrecogido, pero con mucha dignidad, asegur,
puesta la mano sobre el pecho, que haba sido una distraccin, que lo
haba hecho sin poderlo remediar...

--Pues sin poderlo remediar se quedar usted hoy sin postres..., y
maana, por supuesto, sin campo...

Tapn se ech a llorar acongojado, empuj por la izquierda el libro de
texto, alej de s por la derecha la caja de compases, y apoyando la
cabeza en ambas manos, quedse absorto, a travs de sus lgrimas, en la
contemplacin del tintero de peltre que tena delante. Una mosca paseaba
por sus bordes, alargando de cuando en cuando la sutil trompilla,
haciendo vibrar, al cruzarlas con las patas traseras, las pardas y
transparentes alas. Pareca la mosca meditabunda, y ocurrisele a Tapn
cazarla, para alivio de sus penas; mojse con saliva los extremos del
pulgar y el ndice, y alarg la mano suavemente: la incauta mosca salt
del tintero a la mano traicionera, dio una carrerita y acercse al fatal
lazo. Tapn apret entonces los dedos y pillla por las patas... La
mosca protestaba muy indignada, batiendo las alas con cierto zumbido
lastimoso.

    Presa en estrecho lazo
    La codorniz sencilla
    Daba quejas al viento,
    Ya tarde arrepentida.

Tapn, inexorable, resolvi convertirla en ministro de sus venganzas;
cogi un fino papel de seda, escribi en l: Muera el padre Bonnet!,
y retorcindole muy bien una puntita, clavlo por detrs a la
prisionera. Abri luego la mano y la mosca ech a volar, arrastrando la
larga cola, a modo de ave del paraso.

El gozo de Tapn fue imponderable: haba realizado la teora de las
_palomas mensajeras_. Puso manos a la obra, y en menos de diez minutos
revoloteaban por el estudio ms de una docena de moscas, llevando de una
a otra parte el grito subversivo de Muera el padre Bonnet!. La
sedicin prendi al punto por el amplio recinto, encontrando por todas
partes imitadores y aun reformistas; uno puso en rojos papelitos Viva
la libertad!, otro se adelant a poner Abajo los jesuitas!, y un
tercero, hijo de un emigrado, destroz una caja de bombones para
estampar en ligero papel azul el grito retrgrado de Viva Carlos
VII!...

Aquello fue una manifestacin general de simpatas personales e ideales
polticos, y no hubo uno solo entre aquellos hombres de estado, capaces
de regir el pas de Liliput, que no manifestase sus opiniones por medio
de las nuevas palomas mensajeras. Tan slo Paco Lujn, inclinado sobre
su pupitre, aunque sin ocuparse mucho del libro que tena delante,
limitbase a seguir a veces con la vista el vuelo de las palomas
mensajeras, sonriendo benvolamente, pero sin tomar parte en el
clandestino entretenimiento. A su espalda, un muchacho mayorcito, de
frente estrecha, tipo malayo y rastrera expresin de envidia, que haba
tenido con l varias reyertas y sufrido ms de una vez el empuje de sus
poderosos puos, escriba con mucho disimulo en un trozo de papel de
fumar un largo letrero; psolo despus, segn el sistema Tapn, a una
mosca muy gorda, y mirando antes a todas partes con recelo, arrojla a
hurtadillas por encima de la cabeza de Paco; mantvose la mosca un
momento en el aire, y arrastrada por el peso del espurio rabo, posse al
fin en la espalda del chico que tena Lujn delante. Rise este al
verla, y extendiendo la mano prontamente, cogila por el papel; la mosca
ech a volar dejando su molesto apndice en manos del nio, y la pobre
criatura, alborozada con la presa, psose a leer el contenido de la
misiva... Mas su gozo desapareci de repente, tornndose lvido al
descifrarla, dando una media vuelta en el asiento cual si le hubiesen
aplicado un hierro candente, fijando una mirada de odio feroz, de rabia
pronta a desbordarse en el inofensivo Tapn, que muy alborozado, lanzaba
al aire en aquel momento su decimosexto clamor de Muera el padre
Bonnet!. A espaldas de ambos segua el malayo con maligna curiosidad
aquella muda escena, que tena a la vez mucho de infantil y de terrible.

Paco Lujn volvi lentamente la cabeza hasta esconderla entre ambas
manos como anonadado; clavse en ella los agarrotados dedos temblando de
rabia, y dos lgrimas, dos lgrimas de esas que rara vez se derraman a
los quince aos, brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas; la ira
las sec al punto, como seca una gota de agua el simm del desierto...
Haba ledo en aquel papel una grosera chocarrera en que se mezclaban
el nombre de su madre y encubiertamente el de Jacobo, firmada por el
hijo de aquel hombre odiado, el mismo Alfonsito Tllez, el inofensivo
Tapn, el _diablillo de olor de rosa_ como le llamaba el rector del
colegio, para expresar al mismo tiempo su sencillez de ngel y su
travesura de diablo. Qu golpe aquel tan inesperado y tan horrendo!

El nio, avezado a callar por el largo y silencioso sufrir de su corta
vida, call una vez ms devorando su rencor y sus lgrimas, y una hora
despus, cuando la campana llamaba a los alumnos a clase, Paco Lujn no
dio seales de haberla odo y sigui clavado en el banco, con la cabeza
entre las manos, sin ms muestras de vida que los frecuentes
estremecimientos nerviosos que recorran todo su cuerpo. Creyle dormido
el padre Bonnet y separle las manos del rostro: vio entonces su frente
arrebatada, sus ojos brillantes extraviados, y palp sus manos
ardorosas.

--Qu es eso, hijo?... Ests malo?... Tienes calentura?...

--No..., no..., no tengo nada--replic el nio con forzada sonrisa.

Y arrancndose bruscamente de las manos del padre, ech a correr hacia
la clase.

Jams hubo despertar tan alegre como el que tuvieron al otro da los
colegiales de Guichon; tena aquello algo del despertar de los pjaros
cuando en una maana de mayo se lanzan del nido, al primer rayo de la
aurora, y estalla su alegra, ruidosa, alborotada, comunicativa,
derramndose por entre el follaje de los rboles como una cascada de
alegres trinos, que llega hasta el fondo del alma y la conmueve, la
arrastra y despierta en ella paz, gozo, consuelo y plcida gratitud
hacia Dios. La alegre charanga del colegio sustituy aquel da a las
severas campanadas que arrancaban de ordinario a los alumnos de la
profunda quietud del sueo de la infancia, para arrojarlos en los
pequeos azares, inmensos para ellos, de la vida de estudiantes; cien
vivas atronadores al padre rector se unieron al punto a los acordes de
la msica, y la alegra desbordada, la vida bulliciosa que rebosaba en
aquellos cuerpecitos, inund de repente dormitorios, pasillos y el
colegio entero, yendo a estrellarse a las puertas de la capilla por una
de esas rpidas mutaciones, increbles en los nios, que prueban el
poder inmenso de la disciplina y la fuerza irresistible que en toda
multitud ejerce la autoridad que sabe hacerse amar y respetar. Rein
all un silencio profundo, oyse misa con devota compostura y tomse
luego un pareo desayuno; hubo entonces un momento de expectacin
general, de angustiosa perplejidad...

Apareci el padre prefecto, el temido ejecutor de las solemnes
justicias, y mand salir de las filas a Tapn y a otros seis
sentenciados. Pintse la consternacin en todas las caritas, y mientras
plidos y constrictos se alineaban los reos a la izquierda, notse en la
multitud ese desasosiego que precede siempre en ellas a las resoluciones
heroicas o desesperadas. Un chiquillo regordete sali al cabo de las
filas, colorado como un tomate, y acercndose al padre rector, que en
aquel momento llegaba, djole con heroica magnanimidad:

--Que vayan al campo esos... Yo me quedo; s, seor, yo me quedo por
ellos.

Una exclamacin de entusiasmo acogi la abnegacin del hroe, y el
rector, extendiendo la mano con ademn imponente, dijo muy grave:

--Usted, seor abogado de causas perdidas, se ir al campo ahora
mismo... y esos siete seores se quitarn al momento de mi vista...

Aqu torn el rector a alzar la mano, como si fuese a descargar el rayo
vengador de la justicia, y concluy con tremenda severidad:

--...yndose al campo tambin.

La severidad del rector se deshizo entonces en una alegre carcajada, y
una gritera inmensa acogi la proclamacin del indulto, mientras las
gorras suban por lo alto en alas del entusiasmo, y los reos perdonados
y el intercesor generoso eran llevados en triunfo con cariosa
fraternidad.

Pusironse todos en marcha, a travs de aquellos campos floridos,
aquellas verdes praderas, bosques espesos y preciosas casitas rodeadas
de jardines, que adornan todo el camino desde Guichon hasta el mar.
Extendase este por detrs de Biarritz, estrellndose contra las rocas
con furor inmenso, amenazador e imponente, bajo aquel lmpido azul y con
aquel sosegado tiempo, como un gesto de terrible clera en el rostro de
una serena divinidad.

Ms all de la playa de los vascos, en una alta y escondida explanada
que forman las rocas no lejos de cierta _villa_ deliciosa, hizo alto la
alegre turba, dispuesta a sentar all sus reales para comer y sestear.
La comida era sustanciosa y el apetito excelente, y sentados en el suelo
en grupos de diez o doce, comenzaron los chicos aquel festn delicioso,
a que las brisas del mar prestaban su frescura, los rayos del sol sus
resplandores y la alegra de la infancia su graciosa locuacidad. Los
inspectores les vigilaban yendo de un lado a otro, tomando parte en sus
conversaciones, fomentando sus bromas y sus risas, y evitando con su
presencia los excesos, sin disminuir con ella la alegra y la expansin.
En una de sus rondas tropezse el padre Bonnet con Paco Lujn, sentado a
la turca en uno de los grupos ms numerosos; parecile el nio
preocupado y taciturno, y observ ante l su plato vaco, y puesta sobre
la servilleta su parte de pan intacta. Uno de sus compaeros denuncilo
al punto, gritando:

--Padre... Lujn no come...

Volvise l rpidamente, y con forzada jovialidad contest:

--Que no como?... Vaya si como!... Mira!...

Y bebise de un trago, sin resollar siquiera, un vaso lleno de vino
hasta los bordes; mostrse desde entonces alegre, hablador y chancero, y
levantndose de repente, comenz a dar vueltas de un lado a otro, como
si buscase algo. Haba ya terminado la comida, llegaba a lo sumo la
alegra, y los chiquillos, dispersos por todos los lados, comenzaban a
organizar diversas partidas de juego; en lo alto de una roca, montado a
caballo sobre uno de sus salientes, hallbase Tapn muy afanado, en
mangas de camisa, armando con una caa abandonada y un largo bramante un
aparato de pesca. Acercsele Lujn por detrs, y ponindole una mano
sobre el hombro, djole con voz extraa:

--Tapn... ven ac!...

Levant este los ojos, y a la vista de aquel plido rostro y aquel torvo
ceo, inmutse mucho; solt al punto la caa, tercise al hombro en
silencio la chaqueta y levantse dcilmente:

--Anda delante--dijo Paco.

Arrancaba de all un senderito abierto en la misma roca, que entre picos
y grandes peascos llegaba hasta la playa baja que azotaban las olas, y
por all comenzaron a bajar los nios, silenciosos ambos, sorprendido y
azorado Alfonso, plido el otro y torva la mirada, arrastrados los dos,
sin saberlo, por la desventura ms digna de lstima que existe en la
tierra: la que acarrean al inocente los delitos del culpado.

Cuando llegaron a lo ms hondo de la playa, donde los peascos se
erguan solitarios, y el ruido del mar ensordeca y espantaba, y ya no
se escuchaba la algazara de los nios ni se descubra rastro alguno de
hombres, volvise Tapn lleno de zozobra y mir a su compaero
tmidamente; mas este, empujndole hacia adelante, le dijo:

--Anda!... Tienes miedo?...

Terminaba el senderito que seguan en una reducida explanada, rodeada
por todas partes de rocas, que la pleamar cubra por completo y
salpicaban entonces las olas con blancos espumarajos, dejando al
retirarse, en el declive, una pequea hondonada, una especie de pozo
lleno de agua que cubrira a ambos nios hasta la cintura. Pegse Tapn
a la roca ms lejana, que le cortaba la salida, volvindose de nuevo muy
plido y asustado, y con el ansia mortal de la zozobra, con la
desfallecida voz del miedo, dijo muy bajo:

--Qu quieres?

Y el otro, dando entonces rienda suelta a la rabia que le ahogaba, al
rencor contra el padre de aquel inocente, fuera ya de su alcance, que
por tantos aos haba fomentado en el fondo del pecho, con la paciencia
con que se afila la hoja de un cuchillo, grit con voz terrible,
sacudindole con una mano por un brazo, ponindole el puo cerrado de la
otra junto al rostro mismo:

--Qu quiero?... Matarte es lo que quiero!... Romperte el alma...
Tirarte al agua; que uno de los dos no vuelva al colegio...

Y sacando el bolsillo el funesto papel arrancado a la mosca el da
antes, psolo ante los ojos de Tapn, dilatados por el espanto, y torn
a gritarle lvido de ira:

--Conoces esto?...

El nio fij un momento los ojos en aquel papel desconocido a que la
mano que lo sostena comunicaba temblores de rabia, y el pudor de su
alma inocente tuvo fuerzas para colorear en sus mejillas por un momento
la azulada palidez del espanto. Movi la cabecita y cerr los ojos,
apartndolos.

--Eso es malo--dijo--, es pecado...

--Pecado y t lo has escrito?--bram el otro en el paroxismo de la
rabia.

Y de una terrible bofetada arrojle al suelo cuan largo era y lanzse
luego sobre l, dando roncos gritos de furor, vomitando contra el padre
y la madre y el nio mismo horrendos insultos, que parecan hincharle la
garganta como si no hubiera en ella espacio bastante para arrojarlos,
dndole puadas, patendole todo el cuerpo, mesndole los cabellos y
sacudindole la cabeza contra las rocas, hasta que, rendido y jadeante,
viose de improviso las manos manchadas de sangre... Entonces dio un paso
atrs, plido y descompuesto, y sucedile al punto, en un segundo, lo
que sucede a todos los corazones generosos cuando pasa en ellos el
vrtigo horrible de la venganza y ven ya a su vctima indefensa y
aniquilada, tendida a sus pies: una gran piedad hacia aquel pobre nio,
en quien haba querido l, sin conseguirlo del todo, acumular el odio
inmenso que profesaba a su padre, invadi su pecho y despert su razn,
y con voz queda, enternecida casi, alargle su propio pauelo, diciendo:

--Tapn..., tienes sangre...

El nio procuraba incorporarse exhalando ayes lastimeros, repitiendo
siempre con acento de verdad profunda. Yo no he sido!... Yo no he
sido! Y con desgarradora expresin de pena, como si le dolieran ms en
el alma que sus heridas le dolan en el cuerpo los insultos que haba
odo contra su padre y su madre, repeta lastimeramente:

--Mi padre ha muerto... Yo no lo conoc... Pero mi mam es una santa,
santa... Sabes t?... Santa!...

Paco Lujn sinti que el corazn entero se le derreta en lgrimas, y
acudi a sostener al nio, que pareca prximo a desfallecer; tena una
herida en la frente y manaba de ella sangre en abundancia, que corra
por su rostro y tea ya su camisa. Ayudle a levantar, sostenindole
por debajo de los brazos, y arrastrle suavemente, para lavarle la
herida, hacia el pozo que la marea baja dejaba al descubierto, colocado
al pie de una roca, en la orilla misma del mar. El nio se dejaba
conducir con entera confianza, apoyando la lvida cabecita, blanca cual
un jazmn cortado a la maana, en el hombro de Paco. Not entonces este
que haba olvidado el pauelo all arriba, en el sitio del combate, y
volvi corriendo en su busca; el nio, mientras tanto, desasosegado y
sin tino, sintiendo tras aquella conmocin tan ruda la natural congoja
del vmito, inclinse demasiado sobre la roca y cay rodando hasta el
mar... Una ola inmensa que reventaba en aquel momento en la playa asile
con sus mil garras de espuma, y en su tremenda resaca arrebatlo hacia
dentro.

Lujn lanz un alarido horrible, incomprensible en el aparato eufnico
de un nio, y se qued con el pelo erizado y los brazos rgidos y
extendidos hacia aquella ola inmensa que barra del mundo a un inocente,
cumpliendo una tremenda justicia de Dios.

Su estupor horrendo dur slo un minuto... Saba l nadar... y lo
sacara, s, lo sacara, aunque tuviera que bajar a lo profundo, aunque
tuviera que hacerse trizas la cabeza contra los escollos del fondo, y
luchar all a brazo partido con el terror y la muerte... Y se arrancaba
las ropas, y las tiraba a su paso, y trepaba por las peas lanzando
gritos, dejando en ellas, sin sentirlo, pedazos de la piel de sus
piernas desnudas, de su pecho jadeante y comprimido por la espantosa
presin del horror...

Lleg a la roca ms alta, la ms saliente e inclinada hacia el abismo, y
agarrado a la punta, rasgndose el pecho contra las asperezas de la
pea, tendi los ojos fuera de las rbitas por aquella extensin
inmensa, buscando una seal, un punto negro, un ligero estremecimiento
en la superficie del agua... Nada!... Nada ms que aquellas olas tan
azules y tan bellas a pesar de catstrofe tan horrenda, aquel cielo tan
puro y tan radiante a pesar de horror tan profundo!

--Jesucristo!... Virgen Santsima!... Que salga, que aparezca!...
Madre de los afligidos..., te doy mi vida en cambio!... Si yo no le
odio, si le quiero, si le amo..., si amo a su padre mismo!... Seor mo
Jesucristo, perdn.., me pesa!... Si l era bueno..., la mala era mi
madre..., ella..., ella...

Se levant rgido, tieso como un muerto, pareciendo que se alargaba su
estatura hasta crecer la mitad... All..., all..., all lejos, a veinte
brazas de aquella roca se agitaba el agua un poco, se formaba un
remolino, apareca un punto negro... S, s, no haba duda...
Jesucristo!... Una manita crispada que se alza pidiendo socorro!...

Y como una exhalacin describi un arco en el aire y se hundi en el
mar la otra vctima, lanzando un grito de piedad que hall su memoria en
lo ms profundo de los recuerdos de su infancia y puso la Reina de los
ngeles en sus labios, como una prenda de perdn, en aquella hora
suprema:

Virgen del Recuerdo dolorida!

Te acordars de m?

Visele nadar veinte brazas con la enrgica desesperacin de la agona,
hundirse una vez, aparecer otra, tornar otra vez a hundirse; salir a
flote de nuevo, no una, sino dos cabecitas, pegadas, juntas, rubia la
una, negra la otra, y sumergirse otra vez las dos formando un ligero
vrtice, unas suaves espumas, borrosas, imperceptibles, en aquel mar
inmenso, limitado, roto tan slo en el lejano horizonte por una velita
blanca que se divisaba a lo lejos...

Al da siguiente, unos pescadores de Guetary encontraron atravesados en
una roca los cadveres de los nios, abrazados estrechamente aun despus
de la muerte... En las ansias y rudo combate de aquella agona tremenda,
el escapulario de uno haba pasado tambin al cuello del otro, y
descansaba, como una contrasea del cielo, sobre los pechos de ambos.

Jams se supo a cul haba pertenecido en vida la santa ensea: era el
escapulario de la Virgen del Recuerdo...

Fin del libro cuarto




Eplogo


La campana del santuario de Loyola haba tocado ya el ltimo toque de
misa y el hermano portero luchaba a brazo partido, en la misma puerta,
con una de esas beatas pegajosas, vidas siempre de santa curiosidad,
propaladoras incansables de nuevas msticas, que creen asegurar el
triunfo de la Iglesia y la extirpacin de las herejas propagando entre
fieles e infieles que el padre _A_ estornud dos veces seguidas, o que
al padre _B_ se le descosi la borlita del solideo.

Una seora enlutada sali entonces de la vecina hospedera, atraves
lentamente el prado y subi las escaleras que llevan al santuario. Era
una mujer alta, joven an, que pareca agobiada por el peso de una de
esas inmensas desventuras que inclinan el cuerpo a la tierra, como
buscando en ella el consuelo y la paz. El negro crespn que sombreaba su
frente, sin ocultarla del todo, dejaba ver unos ojos rojos en que ya no
haba lgrimas y un rostro marchito, valo perfecto en que se vea, por
decirlo as, incrustada una conmovedora expresin de dolor eterno.

Al pasar ante el hermano, saludla este con muestras de gran respeto, y
la beata, ansiosa siempre de noticias, preguntle su nombre.

--La marquesa de Sabadell--contest el hermano.

La beata dej escapar una exclamacin de asombro, y con cierta compasiva
admiracin sigui a la dama con la vista, hasta verla desaparecer por la
gtica puerta del antiguo solar de Loyola.

Un cochecillo desvencijado, tirado por dos flacos rocines del pas,
entr al mismo tiempo por el puente de Catalangua, atraves velozmente
el prado y vino a detenerse al pie de la escalinata. Apese otra seora,
tambin enlutada, muy flaca, muy pequeita, ocultando, como la otra,
entre los negros crespones un rostro consumido y lleno de pecas y unos
cabellos rojos mezclados de blanco. Nadie la conoca en el pas: habase
establecido aquel verano en un casero muy bien acondicionado, cerca de
los baos de San Juan, y veasela a menudo desde el camino pasear por la
huerta acompaando a un caballero muy gordo, al parecer idiota, que
lanzaba gritos extraos y tristes risotadas, y no se mova de un carrito
de que tiraba a veces un borriquillo pequeo, otras un criado, algunas,
con bastante frecuencia, la misma seora. Los caseros de las cercanas
llambanla _Gorriya_, esto es, la roja.

Al hermano portero no le era, sin embargo, desconocida la dama, y
saludla tambin a su paso con mucha atencin y deferencia. La beata,
con redoblada curiosidad, torn a preguntar asimismo el nombre de esta.

--La condesa de Albornoz--replic secamente el portero.

Penetr esta tambin en la santa casa y subi al famoso santuario, lleno
en aquel momento de fieles de todas clases, mezclados y confudidos el
seor y el labriego, la dama y la casera, con ese aire de confianza, esa
perfecta igualdad que muchos pregonan y slo se comprende y se practica
en el santo templo de Dios. La Albornoz pas rozando con su traje el
traje de su infeliz prima y fue a arrodillarse, sin reparar en ella, a
cuatro pasos de distancia.

No sucedi lo mismo a la marquesa de Sabadell: viola muy bien esta, la
conoci al punto, y el temblor de sus manos, el gesto espontneo de
horror con que apart la vista, el ansia cruel con que se levant su
pecho, sin que pudieran exprimir sus vaivenes una sola lgrima, como si
se hubiese agotado ya en aquel corazn el manantial de ellas, revelaron
claramente la impresin horrible que le haca la presencia de aquella
mujer funesta, que encontraba por primera vez despus de tantas
desgracias.

Comenz la misa ante la imagen de san Ignacio, del lado de all de la
reja; la de Albornoz, flaca y macilenta, pase a poco la vista por todas
partes, buscando algn sitio en que sentarse, y no hallndolo, hzolo
humildemente en el suelo, sobre las fras losas; un anciano, pobre
mendigo de Azpeitia, levantse al punto del extremo de un banco y quiso
cederle su puesto; mas ella, agradecindoselo con cariosa sonrisa, no
acept.

Lleg al fin la hora de la comunin; el sacerdote abri el tabernculo,
volvise al pueblo y bendijo a pobres y ricos, grandes y pequeos,
inocentes y arrepentidos, verdugos y vctimas... Todas las cabezas se
inclinaron, doblronse todas las rodillas en el ms profundo silencio...

--_Ecce Agnus Dei; ecce qui tollit peccata mundi!..._

Varios hombres y mujeres se adelantaron y fueron a arrodillarse ante el
comulgatorio; entre ellos iban la marquesa de Sabadell y la condesa de
Albornoz, las dos rivales, el verdugo y la vctima, la mujer inocente y
la cnica escandalosa.

Pas largo rato; terminse aquella misa y sali despus otra, y poco a
poco fueron desapareciendo los fieles, quedando al fin sola la Albornoz,
arrodillada delante, sin poderse sostener apenas, cada la cabeza,
cruzadas las manos, imagen viva de la humildad aniquilada ante la
misericordia. Detrs estaba la marquesa de Sabadell, arrodillada a larga
distancia, sintiendo por primera vez, despus de la muerte de su hijo,
el consuelo inefable de las lgrimas.

De repente hizo Currita un penoso esfuerzo para levantarse, y la otra se
levant tambin prontamente, y sali de la capilla, detenindose al lado
de all de la puerta, junto a la pila del agua bendita... All la
encontr la Albornoz, y dio un paso atrs al verla, plida cual un
espectro.

Mas ella, dando otro paso adelante, hizo un solo movimiento, una mera
_pequeez_, de esas que asombran a los hombres y regocijan a los
ngeles: meti la mano en la pila del agua bendita y se la ofreci con
la punta de los dedos...

Fin






End of the Project Gutenberg EBook of Pequeeces, by Luis Coloma

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PEQUEECES ***

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