Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Arroz y tartana

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: August 2, 2005 [EBook #16413]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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VICENTE BLASCO IBAEZ





ARROZ Y TARTANA

PLAZA & JANES, S. A. EDITORES

/*
Portada de
C. SANROMA
Primera edicin: Enero, 1978
Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)
Printed in Spain-Impreso en Espaa
ISBN: 84-01-480124
GRFICAS GUADA, S, A.-Virgen de Guadalupe, 33
Esplugas de Llobregat (Barcelona)
*/




I


A las tres de la tarde entr doa Manuela en la plaza del Mercado,
envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al
borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puo y
velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.

Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y la
criada: un mocetn de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal
jocosidad, luciendo con tanta satisfaccin como embarazo los pesados
borcegues, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra
de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con
peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la
huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad
con los del campo.

El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la
espalda, tena la expresin resignada y pacienzuda de la bestia que
presiente la carga. La muchacha tambin llevaba una cesta de blanco
mimbre, cuyas tapas movanse al comps de la marcha, haciendo que el
interior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atenta
nicamente a mirar con ceo a los transentes demasiado curiosos o a
pasear ojeadas huraas de la seora al cochero o viceversa. Cuando,
doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doa
Manuela se detuvo como desorientada.

Gran Dios...! cunta gente! Valencia entera estaba all. Todos los
aos ocurra lo mismo en el da de Nochebuena. Aquel mercado
extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba
una festividad ruidosa, la explosin de alegra y bullicio de un pueblo
que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas
que satisfacen la voracidad humana, regocijbase al pensar en los
atracones del da siguiente. En aquella plaza larga, ligeramente
arqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado,
amontonbanse las nubes de alimentos que haban de desparramarse como
nutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de la
Navidad, fiesta gastronmica, que es como el estmago del ao.

Doa Manuela permaneci inmvil algunos minutos en la bocacalle. Pareca
mareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero en
realidad, lo que ms la turbaba eran los pensamientos que acudan a su
memoria. Conoca bien la plaza; haba pasado en ella una parte de su
juventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser vspera de
festividad en que se encendan todos los hornillos de su cocina,
experimentaba la impresin del que tras un largo viaje por pases
extraos vuelve a su verdadera patria.

Cmo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La vea
cerrando los ojos y poda ir describindola sin olvidar un solo detalle.
Desde el lugar que ocupaba vea al frente la iglesia de los Santos
Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en
los cimientos, las lbregas y hmedas covachuelas donde los hojalateros
establecen sus tiendas desde fecha remota. Arriba, la fachada de piedra
lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos
portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos
berroqueos al nivel de los tejados, y como final, el campanil
triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y
descompuesto, rematado todo por la fina pirmide, a cuyo extremo, a
guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pjaro
fabuloso, el popular _pardalt_ con su cola de abanico.

En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de
invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las
esplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada,
desnuda, montona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y stos
exhibiendo los ventanales con sus bordados ptreos; las portadas que
rasgan el robusto paredn, con sus entradas de embudo, compuestas de
atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable
procesin grotescas figurillas de hombres y animales en todas las
posiciones estrambticas que pudo discurrir la extraviada imaginacin de
los artistas medievales; en las esquinas, ngeles de pesada y luenga
vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con
visible esfuerzo los escudos de las barras de Aragn y las enroscadas
cintas con apretados caracteres gticos de borrosas inscripciones;
arriba, en el friso, bajo las grgolas de espantosa fealdad que se
tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos
los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas
sobre el perfil enrgico, feroz y barbudo; y rematando la robusta
fbrica, en la que alternan los bloques speros con los escarolados y
encajes del cincel, la apretada ra de almenas cubiertas con la antigua
corona real.

Frente a la Lonja, el Principal, pobrsimo edificio, mezquino cuerpo de
guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire
aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que
digieren el inspido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se
extiende por la plaza. Ms all, sobre el revoltijo de toldos, el
tejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dos
entradas de los prticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas
pintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de las
Mantas, como un portaln de galera antigua, empavesada con telas
ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra
de los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por las
bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes
con rtulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas,
drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como ttulo del
establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos
animales vulgares guarda la escala zoolgica.

En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulmn a un
tiempo, el da de Nochebuena reinaba una agitacin que haca subir hasta
ms arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero.

La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos,
temblones al menor soplo del viento, y baados por el rojo sol con una
transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul
sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los
muros de la Lonja a los cestones de caa de las verduleras, y su vaho de
hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una
temperatura siempre clida, haca recordar las ferias africanas, un
mercado marroqu con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y
el nervioso oleaje de los compradores.

Doa Manuela contemplaba con fruicin este espectculo. Tachbase en su
interior de poco distinguida; pero... qu remedio! por ms que ella
tomase a empeo el transformarse, y obedeciendo a las nias revistiera
un empaque de altiva seora, siempre conservaba amortiguados y prontos
a manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que haba
pasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. Qu tiempos tan
dichosos los transcurridos siendo ella duea de la tienda de _Las Tres
Rosas_! Si el dinero es la felicidad, nunca haba tenido tanta como en
los ltimos aos que pas entre mantas e indianas, sedas y percalinas,
arrullada a todas horas por el estrpito del Mercado y viendo por las
maanas, al levantarse, el _pardalt_ de San Juan.

Y obsesionada por estos recuerdos, doa Manuela permaneca inmvil en la
esquina, como asustada por el gento, sin fijarse en las miradas poco
respetuosas que alguno que otro transente le diriga.

Estaba prxima a los cincuenta aos, segn confesin que varias veces
hizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, una a su
elevada estatura tal opulencia de formas, que todava causaba cierta
ilusin, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del
deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la
hermosura en decadencia la admiracin que niegan a la frescura esbelta y
juvenil.

La mitad de los polvos y menjurjes que sus nias tenan en el tocador
los consuma la mam, que en la madurez de su vida comenz a saber como
se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cmo se da color a
las mejillas cuando stas adquieren un fnebre tinte de membrillo, y
cmo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en
la barba cual pelcula de melocotn, convirtindose despus en
espantosas cerdas. Acicalbase como una nia, guardando con su cuerpo
atenciones que no haba tenido en su juventud. Para quin se arreglaba?
Ni ella misma lo saba. Era puro deseo de retardar en apariencia la
llegada de la vejez; precauciones, segn propia afirmacin, para no
parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible
satisfaccin cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo
de buena moza.

En cambio, su criada era poco sensible a la galantera callejera.
Acogala con un gesto de rstico desprecio, un fruncimiento de labios
desdeoso: algo que mostrase la indignacin de una castidad hasta la
rudeza, la insolencia de una virtud salvaje.

Doa Manuela pareci decidida por fin a lanzarse en el viviente oleaje
de la plaza.

--Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... T, Nelet, marcha delante y
abre paso.

Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenz a andar
hendiendo la muchedumbre al travs, contestando dignamente con sus
brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su
corpachn a la seora y la criada.

La multitud, chocando cestas y capazos, arremolinbase en el arroyo
central; dbanse tremendos encontrones los compradores; algunos, al
mirar atrs, tropezaban rudamente con los mstiles de los toldos, y ms
de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban
tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del
agitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzaban
lentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranva
que pasaba por el centro de la plaza, la gente apartbase lentamente,
abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado de
pasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y montono que
producan los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la
plaza, destacbanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos
y rechinantes unos, como chillido de pjaro pedigeo, graves y foscos
otros, como si ofreciesen la mercanca con mal humor.

En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a grito
pelado, destacbanse algunas voces melanclicas y tmidas ofreciendo
medias y calcetines!. Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de
invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el
hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el
fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la
familia fabrica durante el ao. Eran los seres pacienzudos, honradotes
y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de
_churros_, ttulo entre compasivo e infamante. Robustos, cargados de
espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y
miseria, vlaseles pasar lentamente con su traje de pao burdo, estrecho
paizuelo arrollado a las sienes, y entre ste y el abierto cuello de la
camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y
ojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dos
bolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, los
calcetines speros que un pual no podra atravesar. Es el capital de su
familia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol,
guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantes
de la cocina. En la venta del burdo gnero estn las patatas y el pan
para todo el ao; y soando con la inmensa felicidad de volver a casa
con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la
mujer, pasean tristes y resignados por entre el gento, lanzando a cada
minuto su grito melanclico como una queja: Medias y calcetines...!
el mediero!

Doa Manuela iba mal por el arroyo. Causbanle nuseas los carros
repletos del estircol recogido en los puntos de venta: hortalizas
pisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el que
siempre hay sol.

--Vamos a la acera--dijo a sus criados--. Compraremos primero las
verduras.

Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente
menuda que, con un dedo en la boca o hurgndose las narices, contemplaba
respetuosamente los pastorcillos de Beln y los Reyes Magos hechos de
barro y colorines, estrellas de latn con rabo, pesebres con el Nio
Jess, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.

Doa Manuela marchaba por el estrecho callejn que formaban las
huertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo la
mugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, las
frescas verduras. All, los obscuros manojos de espinacas; las grandes
coles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches de
hojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color de
tierra, erizados todava de sutiles races semejantes a canas; los
apios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el viento
de los campos, y los rbanos, encendidos, destacndose como gotas de
sangre sobre el mullido lecho de hortalizas. Ms all, filas de sacos
mostrando por sus abiertas bocas las patatas de Aragn, de barnizada
piel, y tras ellos los _churros_, cohibidos y humildes, esperando quien
les compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza de
araar todo un ao sus entraas sin jugo.

Doa Manuela comenz sus compras, emprendiendo con las vendedoras una
serie de feroces regateos, ms por costumbre que por economa. Nelet,
levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los
manojos de frescas hortalizas, mientras la seora no dejaba tranquilo un
solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con
repugnancia calderilla verdosa y mugrienta.

Ya estaba agotado el artculo de verduras; ahora a otra cosa. Y
atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del
Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, Vaya un estrpito
de mil diablos! Bien se conoca la proximidad de las escalerillas de San
Juan, con sus lbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Un
martilleo estridente, un incesante trac-trac del latn aporreado sala
de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lbregas, empavesadas con
candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y
brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios
romanos.

Doa Manuela huy de este estrpito, que la pona nerviosa; pero antes
de llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. En
el arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos rean y otros
lanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si se
tratara de una ria de perros. Asustada en el primer momento por las
ondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, no
saba si huir u obedecer a su curiosidad, que la retena inmvil. Qu
era aquello...? Se pegaban? La multitud abri paso, y veloces, con
ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de
muchachas despeinadas, greudas, en chancleta, con la sucia faldilla
casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para
abatir obstculos, un par de medias de algodn, tres limones, unos
manojos de perejil, peines de cuerno, los artculos, en fin, que pueden
comprarse con pocos cntimos en cualquier encrucijada. Aquel rebao
sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y
la locura del terror en los ojos, era la piratera del Mercado, los
parias que estaban fuera de la ley, los que no podan pagar al Municipio
la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y
la gorra dorada del alguacil, avisbanse con gritos instintivos, como
los rebaos al presentir el peligro, y emprendan furiosa carrera,
empujando a los transentes, deslizndose entre sus piernas, cayendo
para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que
obstrua la plaza. La gente rea ante esta desbandada al galope,
celebrando la persecucin del alguacil. Nadie comprenda lo que era para
aquellas infelices la prdida de su msera mercanca, la desesperada
vuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta a
incautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza.

Doa Manuela tambin ri un poco, siguiendo con la vista la ruidosa
persecucin que se alejaba, y entr despus en el mercado de casquijo,
buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruicin en
Navidad, olvidndolas durante el resto del ao. Los puestos de venta
llegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradores
codebanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las
manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto
sable, paseaban por entre el gento buscando caras bonitas.

Andbase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto
redondas y de altos bordes, en las cuales amontonbanse, formando
pirmide, las lustrosas castaas de color de chocolate y las avellanas,
que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sus
sacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las remova
para apreciar su calidad; y un poco ms adentro, como un tesoro difcil
de guardar, estaba en pequeos sacos la aristocracia del casquijo, las
bellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos.

Acababa de hacer su compra doa Manuela, cuando hubo de volver la cabeza
sintiendo en la espalda una amistosa palmada.

Era un seor entrado en aos, con un sombrero de cuadrada copa, de forma
tan rara, que deba pertenecer a una moda remota, si es que tal moda
haba existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cual
asomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de rado
terciopelo mostrbase su rostro lleno y colorado, en el que los detalles
ms salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unas
cejas canosas, tan oblicuas, que hacan recordar los chinos de los
abanicos.

--Juan!--exclam doa Manuela.

Visanteta dio con un codo al cochero y le habl al odo. Era don Juan,
el hermano de la seora, aquel de quien todos hablaban mal en casa,
aunque con cierto respeto, llamndole por antonomasia el to.

Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvanse en sus
profundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perda en
el fondo del capazo que Nelet tena abierto a sus pies, deca con la
risita burlona que a doa Manuela, segn confesin propia, le
requemaba la sangre:

--De compras, eh...? Yo tambin voy danzando por el Mercado hace ms de
una hora. Vlgame Dios, cmo est todo! Comprendo que los pobres no
puedan comer.... Chica, si empiezas as vas a llevar a casa medio
Mercado.... Eso son bellotas, verdad? Comida de ricos; quien puede
gasta. Eso slo lo compra la gente de dinero.

--Que t no compras?--dijo doa Manuela sonriendo, a pesar de que no
ocultaba el efecto que le producan las palabras de su hermano.

--Quin...? yo...? Bueno va! A m nadie me estafa.

Y al decir esto mir al vendedor con tanta indignacin como si fuese un
enemigo del sosiego pblico; pero el palurdo, inmvil y con las manos
metidas en la faja, no se dign reparar en la ferocidad agresiva del
avaro.

--Adems--continu don Juan--, para qu quiero yo eso? Los que no
tenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias si
uno puede comer sopas de ajos y tiene con qu pagarlas.... Algo he
comprado: unas pocas castaas y nueces; pero no para m, son para
Vicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquita
cosa. Ya ves t... para m y la criada poco necesitarnos. Adems, todo
va por las nubes, y dinero hay poco.... Je, je...!

Y el viejo rea como si gozase interiormente de repetir a su hermana en
todos los tonos que era muy pobre.

--Vamos, cllate--dijo doa Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya
su irritacin--. Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza;
slo falta que me pidas una limosna.

--Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas;
soy pobre, pero an tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con
orden y economa, sin querer aparentar ms de lo que realmente se tiene,
lo pasa cualquiera tan ricamente.

Y estas palabras las subray el viejo con el acento y la mirada burlona
que fijaba en su hermana.

--Juan, toda la vida sers un miserable. De qu te sirve guardar tanto
dinero...? Vas a llevarlo al otro mundo?

--Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda
para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que
nadie se ra de m despus de muerto.

Doa Manuela psose seria, ms que por lo que deca su hermano, por lo
que adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambi de
conversacin.

--Di, Manuela, y Juanito?

--En la tienda. Si tengo tiempo entrar a verle.

--Dile que venga maana. Aunque sea un grandulln, no quiero privarme
del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo.

El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irnica y pareca
hablar con sinceridad.

--Tambin irn a verte las nias y Rafael.

--Que vengan--contest don Juan, en quien reapareci la mortificante
sonrisa--. Les dar una peseta de aguinaldos; lo nico que se puede
permitir un to pobre.

--Calla, avaro...! Me avergenzas. Eres capaz de morirte de hambre por
no gastar un cntimo.... Por qu no vienes a comer con nosotros maana?

El tono festivo y carioso con que ella dijo estas palabras alarm ms a
don Juan que la seriedad irritada de momentos antes.

--Quin...? yo...? Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender a
mi vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, tambin yo
gasto, aunque soy un pobre.

Y al decir esto, sealaba a un pillete mandadero, inmvil a corta
distancia, con un capn gordo y lustroso en los brazos.

Doa Manuela avanz el labio superior en seal de desprecio.

--Valiente compra! Y eso es para todas las Pascuas? No te
arruinars... ni llenars mucho el estmago.

--No todos son tan ricos como t, marquesa, ni pueden ir a la compra con
un par de criados. nicamente los que tienen millones pueden ser
rumbosos.

Y tras estas palabras, que deban encerrar mortificante intencin, don
Juan se despidi, como si deseara que su hermana quedase furiosa contra
l.

--Adis, Manuela; que compres mucho y bien.

--Adis, avaro....

Y los dos hermanos se separaron sonriendo, como si cambiaran frases
cariosas y en su interior rebosase el afecto.

La seora sigui adelante, pasando por entre los puestos de la miel,
donde aleteaban las avispas, apelotonndose sobre el barniz de las
pequeas tinajas.

Doa Manuela iba siguiendo los callejones tortuosos formados por las
mesas cercanas al mercadillo de las flores. All estaba toda la
aristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapas
y las matronas de tez tostada y esplndidas carnes, con su aderezo de
perlas y pauelo de seda de vivos colores. Doa Manuela continuaba
haciendo sus compras, detenindose ante los productos raros y extraos
para la estacin que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entraas
jams descansan y que el clima convierte en invernadero. En lechos de
hojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos y
tomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales; los
guisantes en sus verdes fundas; todo apetitoso y extico, pero tan caro,
que al or sus precios retrocedan con asombro los buenos burgueses que
por espritu de economa iban al Mercado con la espuerta bajo la rada
capa.

Los dos criados encontraban cada vez ms pesadas sus cestas, y seguan
con dificultad a la seora al travs del gento compacto e inquieto que
se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos prticos, en plena
tarde de sol, tenan la lobreguez y humedad de una boca de cueva.

All era donde resultaba ms insufrible el montono zumbido del Mercado.
El techo bajo de los prticos repercuta y agrandaba las voces de los
compradores. Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente,
y sobre la lnea de mostradores ostentbanse los rojos costillares
pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados msculos
asomando entre la amarillenta grasa con una armona de tonos que
recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas
tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar
un Herodes exterminando la inocencia.

Mientras tanto, las cestas de Nelet y Visanteta se llenaban hasta los
bordes, y en el rostro de los dos criados iba marcndose el gesto de mal
humor. Vaya una compra! El bolso de doa Manuela pareca un cntaro sin
fondo que iba regando de pesetas todo el Mercado.

Abandonaron las carniceras para entrar en el mercado de la fruta, entre
los dos prticos. La gente arremolinbase en las entradas, y all fue
donde doa Manuela se dio cuenta por primera vez de la molesta
persecucin que sufra. Haba sentido varias veces una tmida mano
deslizndose ms abajo de su talle; pero ahora era ms: era un pellizco
desvergonzado lo que vena a atormentarla audazmente en sus redondeces
de buena moza.

Volvi rpidamente la cabeza... y mire usted que estaba bien...! Un
seor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porqueras!
Doa Manuela lanz una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso,
que el stiro retrocedi, levantando el embozo de la capa con sus
audaces manos.

Sigui adelante la ofendida seora, pero a los pocos pasos la detuvo el
escndalo que estall a su espalda. Son una bofetada y la voz de
Visanteta gritando a todo pulmn: _To morra_!, repitiendo la frase
un sinnmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiere
enterar a todo el mundo de su ruda castidad. La gente parbase entre
asombrada y curiosa, el cochero rea abriendo sus quijadas de a palmo, y
el vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con l, escurrase
discretamente entre el gento. Era que la amazona de la huerta, al
sentir el primer pellizco del viejo pirata, haba contestado con una
bofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba su
virtud.

La seora la hizo callar, muy contrariada por el escndalo, y siguieron
la marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompa lo
montono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha en
qu sitio la haban pellizcado, y senta un escalofro de gusto cada vez
que ella, ruborizndose, le llamaba animal y descarado .

La peregrinacin prosigui a lo largo de unas mesas en las cuales, bajo
toldos de madera, estaban apiladas las frutas del tiempo: las manzanas
amarillas con la transparencia lustrosa de la cera; las peras
cenicientas y rugosas atadas en racimos y colgantes de los clavos; las
naranjas doradas formando pirmides sobre un trozo de arpillera, y los
melones mustios por una larga conservacin, estrangulados por el cordel
que los sostena das antes de los costillares de la barraca, con la
corteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nieve
y la empalagosa dulzura de la miel. A un extremo del mercadillo, cerca
del Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas y
morenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras,
como bonetes de paje; y un poco ms all, los tos de Elche mostrando
sus enormes sombreros tras la celosa formada por los racimos de dtiles
de un amarillo rabioso.

Cuando la seora y sus criados volvieron a la gran plaza, detuvironse
en la entrada del mercadillo de las flores. Un intenso perfume de
heliotropo y violeta sala de all, perdindose en la pesada atmsfera
de la plaza.

Doa Manuela estaba inmvil, repasando mentalmente sus compras para
saber lo que faltaba. La muchedumbre se agit con nervioso oleaje,
despidiendo gritos y carcajadas. Ahora, las chicuelas que vendan sin
licencia corran perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vez
el rebao de la miseria, greudo, sucio, con las ropas cadas, pas
azorado y veloz con triste chancleteo, arrollndolo todo, mostrando la
palidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz.

Doa Manuela dio sus rdenes. Podan regresar los dos a casa y volver
Nelet con la espuerta vaca. Quedaba por comprar el pavo, los turrones y
otras cosas que tena en memoria. Ella aguardara en la tienda.

Y esta palabra bast para que la entendieran, pues en casa de doa
Manuela, la tienda era por antonomasia el establecimiento de _Las Tres
Rosas_, y fuera de ella no se reconoca otra tienda en Valencia.

Colocada entre la calle de San Fernando y la de las Mantas, en el punto
ms concurrido del Mercado, participaba del carcter de estas dos vas
comerciales de la ciudad. Era rstica y urbana a un tiempo; ofreca a
los huertanos un variado surtido de mantas, fajas y pauelos de seda, y
a las gentes de la ciudad las indianas ms baratas, las muselinas ms
vistosas. Ante su mostrador desfilaban la bizarra labradora y la modesta
seorita, atrada por la abundancia de gneros de aquel comercio a la
pata la llana que odiaba los reclamos, ostentando satisfecho su ttulo
de _Casa fundada en 1832_, y cifraba su orgullo en afirmar que todos los
gneros eran del pas, sin mezcla de tejidos ingleses o franceses.

Doa Manuela detvose al llegar frente a la tienda y abarc su exterior
con una ojeada. Del primer piso, y cubriendo el rtulo ajado de la casa,
_Antonio Cuadros_, _sucesor de Garca y Pea_, colgaban largas cortinas
formadas de mantas que parecan mosaicos, orladas con complicados
borlajes y apretadas filas de madroos; fajas obscuras, matizadas a
trechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres; pauelos de
seda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percales
estampados, mostrando pjaros fantsticos y ramajes quimricos con
rabiosos colorines que conmovan placenteramente a las bellezas de la
huerta.

En el escaparate central estaba la muestra de la casa, lo que haba
hecho famoso al establecimiento: un maniqu vestido de labradora, con
tres rosas en la mano, que al travs del vidrio, mirando a los
transentes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de
cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.

Doa Manuela entr en la tienda. El mismo aspecto de otros tiempos,
aunque con cierto aire de restaurada frescura. La anaquelera, de madera
vieja, atestada de cajas; sobre el mostrador telas y ms telas
extendidas sin compasin hasta barrer el suelo; dependientes con el pelo
aceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo,
y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro del
Mercado, abrumndolos con irritantes exigencias.

--Voy al momento, Manuela. Sintese usted.

El que as hablaba era un hombre fornido, de spero bigote, estrecha
frente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con las
puntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajo
una sonrisa bondadosa. Estaba ocupado en vender un tapabocas a dos
mujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era de
admirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufra a
las feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante media
hora.

Doa Manuela atenda con inters las palabras de los compradores y no
volvi la cabeza para ver quin abra la puertecilla de la garita--a la
que pomposamente llamaban despacho--y saltaba velozmente el mostrador.

--Sintese usted, mam.

Era Juanito quien la hablaba, su hijo mayor, un muchacho nacido en la
misma tienda, que segua agarrado a ella sin servir para nada, como
deca su madre, y sin querer ser otra cosa que comerciante.

Estaba prximo a los treinta aos. Era alto, enjuto, desgarbadote y algo
cargado de espaldas; la barba espesa y crespa se le coma gran parte del
rostro, dndole un aspecto terrorfico de bandido de melodrama; pero no
era ms que un antifaz, pues examinndolo bien, bajo la mscara de pelo
vease la cara sonrosada e inocente de un ruo, la mirada tmida y la
sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento
moral, que aunque mueran viejos son dbiles y blandos, faltos de
voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cario.

--Ah! Eres t, Juanito...?--dijo doa Manuela--. Qu hacas?

--Lo de siempre. Estaba trabajando en los libros de la casa, ordenando
el trabajo para el prximo inventario de fin de ao.

Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos
de veinte palabras mezcl varias veces el _debe_ y el _haber_, viose
interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora
de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.

--Pero sintese usted, Manuela... a menos que quiera usted molestarse
subiendo al entresuelo. Teresa se alegrar de verla.

--No, Antonio; otro da vendr con menos prisa: he entrado para esperar
a Nelet y continuar las compras.

--Pues entonces bajar ella.... Muchacho, avisa a la seora que est
aqu doa Manuela! Un aprendiz lanzse a la carrera por una puertecilla
obscura que se abra en la anaquelera: una de esas gargantas de lobo
que dan entrada a pasillos y escaleras estrechas, infectas como
intestinos, que slo se encuentran en las casas donde las necesidades
del comercio y la aglomeracin de mercancas disputan a las personas el
terreno palmo a palmo.

Sentronse los tres en sillas de lustrosa madera, y doa Manuela, por
costumbre, habl de los negocios y de lo malos que estaban los tiempos;
eterno tema alrededor del cual giran todas las conversaciones de una
tienda. Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, a
fuerza de repetidas, haban pasado a ser lugares comunes. Mal iba todo,
y la culpa la tena el gobierno, un puado de ladrones que no se
preocupaban de la suerte del pas. En otros tiempos se venda bien el
vino, tenan dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.... Santo
cielo! Pensar el pao negro y fino que l haba vendido a la gente de
la Ribera, las mantas que despachaba, los mantones y pauelos que se
haban empaquetado sobre aquel mostrador...! Y todos pagaban en oro...!
Pero ahora, las cosechas no tenan salida, no haba dinero, el comercio
iba de mal en peor y las quiebras eran frecuentes! l an iba tirando;
pero s la cosa continuaba de tal modo, acabara por cerrar la tienda
y morir en el Hospital.

--Qu tiempos aqullos, eh, Manuela? cuando viva el padre de
ste--sealando a Juan--y yo era slo primer dependiente! Entonces,
aunque me est mal el decirlo, todos los aos, al hacer el inventario,
quedaban dos o tres mil duritos para guardar. Oh! Aunque me est mal el
decirlo... usted pill los buenos tiempos.... No es eso, Manuela?

Pero Manuela se limitaba a callar y a sonrer. Todo aquello, aunque a
don Antonio le estaba mal el decirlo, lo haba dicho y repetido
cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal. Y en cuanto
a su muletilla aunque le estaba mal el decirlo, gozaba el privilegio
de poner nerviosa a doa Manuela, que tena por tonto rematado a su
antiguo dependiente.

Abrise una portezuela del mostrador y entr en la tienda la esposa de
don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis
lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban
cierto aire monjil. La bondad extremada hasta la estupidez retratbase
en su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos. Lo ms
caracterstico en su persona eran los relucientes rizos aplastados por
la bandolina, que cubran su ancha frente como una cortinilla
festoneada, y la costumbre de cruzar las manos sobre el vientre,
luciendo en los dedos un surtidor de sortijas falsas.

Hubo besos y abrazos sonoros, pero notbase en las dos mujeres cierta
desigualdad en el trato, como si entre ambas se interpusiera la ley de
castas. La esposa del comerciante era slo Teresa, mientras que sta
llamaba siempre doa Manuela a la madre de Juanito, y en sus palabras
notbase un acento lejano de humilde subordinacin. Los aos y el
frecuente trato no haban podido borrar el recuerdo de la poca en que
Teresa era criada en aquella tienda y el escndalo de los seores al
verla casada con el dependiente principal. Adems, Teresa no haba
ascendido un solo peldao en la escala de la vanidad; en presencia de
doa Manuela revelbase siempre la antigua criada, y aceptaba como una
confianza inaudita que la seora la tratase con las mismas
consideraciones que a un igual.

--S, doa Manuela; Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla a
usted y a las nias; pero estamos siempre tan ocupados...! Vaya,
vaya...! Qu sorpresa...! Cunto me alegro de verla!

Y con esto se agot el repertorio de frases de la buena mujer, que se
senta cohibida en presencia de la seora, hablando poco por temor a
decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como
modelo de finura y bien decir.

--Y cmo van las compras?--apunt don Antonio al notar el mutismo de su
compaera--. sta ha salido por la maana a hacer la provisin de
Pascuas y ha encontrado los precios por las nubes.

--Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y an me
falta lo ms importante. A propsito: cambenme ustedes este billete de
cincuenta pesetas.

Y Juanito, que hasta entonces haba permanecido silencioso, contemplando
a su madre con la misma expresin de arrobamiento que si fuese un
amante, se apresur a cumplir su deseo, y casi la arrebat el ajado
billete que haba sacado del limosnero, corriendo despus al mostrador.

--Cmo la quiere a usted ese chico, Manuela!--dijo el comerciante.

--No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero y
Rafael? Cada vez estoy ms orgullosa de l.... Qu guapo!

--Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted.

Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la seora, pues
correspondi a ellas con una sonrisa.

--Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchos
disgustos.

--Algo hay de eso; pero... qu quiere usted, Antonio? Cosas de la edad.
A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante y
tiene buenas relaciones.

--Pero no estudia ni hace nada de provecho--dijo el comerciante, con la
inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.

--Ya estudiar; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un tronera
y vea usted adonde lleg.

Y doa Manuela dijo esto con el mismo nfasis que si fuese la viuda de
un hombre eminentsimo.

Juan haba vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su
presencia hizo variar la conversacin. Doa Manuela habl de la cena que
aquella noche daba en su casa. Las nias, Rafael y Juanito, unos amigos
de aqul... en fin, un buen golpe de gente joven y alegre, que bailara,
cantara y sabra divertirse sin faltar a la decencia, hasta llegar la
hora de la misa del Gallo. Tambin esperaba que fuese Andresito, el hijo
de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vstago nico, que
cursaba el segundo ao de Derecho, haca versos, y en compaa de
Juanito iba muchas veces a casa de doa Manuela, con fines no tan
ocultos que sta no torciese el gesto manifestando disgusto.

Y despus de haber nombrado al hijo de la casa, volva a insistir sobre
los amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandes
familias, que asistan a sus reuniones y organizaban fiestas con las que
se pasaba alegremente el tiempo.

--Esta poca, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra. Ahora, a
los veinte aos se sabe mucho ms y se conoce la vida. Hay que dar a la
juventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermano
o el bueno de don Eugenio. Y a propsito: qu es de don Eugenio?

El hombre por quien preguntaba doa Manuela era el fundador de la tienda
de _Las Tres Rosas_, don Eugenio Garca, el decano de los comerciantes
del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta aos en cada pierna, como
l deca, y mostrbase orgulloso de no haber usado jams sombrero,
contentndose con la gorrilla de seda, que, segn l, era el smbolo de
la honradez, la economa y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y
cachazudo.

La tienda haba pasado de sus manos a las del primer marido de doa
Manuela, y de ste a su actual dueo; pero don Eugenio no haba dejado
de vivir un solo da en aquella casa, fuera de la cual no comprenda la
existencia.

Como un censo redimible slo por la muerte, se haban impuesto los
dueos de la tienda la obligacin de mantener y dar albergue a don
Eugenio, el cual, siguiendo sus costumbres independientes de soltern
spero y malhumorado, entraba y sala sin decir una palabra; coma lo
que le daban; en los das que haca buen tiempo paseaba por la Alameda
con un par de curas tan viejos como l, y cuando llova o el viento era
fuerte, no sala de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda con
su gorra de seda, su capita azul y su bastn muleta, para echar un
prrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyas
excelencias eran el tema obligado de la conversacin. Don Antonio sonri
al hacer doa Manuela la pregunta.

--Don Eugenio...? No s dnde estar, pero de seguro que no ha salido
del Mercado. En das como ste le gusta presenciar las compras, y pasa
horas enteras embobado ante las vendedoras, aunque lo empujen y lo
golpeen. Sigue fiel a sus manas; nunca dice adonde va, y eso que,
aunque me est mal el decirlo, aqu se le traa con las mayores
consideraciones.

Doa Manuela se levant al ver en una de las puertas a Nelet, que volva
de casa con la espuerta vaca.

--Buenas tardes. An tengo que hacer muchas compras. Adis, Antonio; un
beso, Teresa; y no olviden ustedes que esperamos a Andresito esta noche.
Adis, Juan.

La esposa de Cuadros recibi con satisfaccin infantil los dos sonoros
besos de doa Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron con
amorosa mirada a la gallarda seora en su marcha entre el gento del
Mercado.

Otra vez las compras; pero ahora fuera de la plaza, en la calle del
Trench. All estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de aves
muertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayndoles como
faldones de dorada casaca las rubias mantecas. Las salchicheras
exhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de seca
longaniza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes;
las tocineras tenan el frontis adornado con pabellones de morcilla y
la blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirmides
de sorbetes, y los despachos de los atuneros exhiban los aplastados
bacalaos que rezuman sal; las tortugas, que colgantes de un garfio
patalean furiosas en el espacio, estirando fuera de la concha su cabeza
de serpiente; las pintarrajeadas magras del atn fresco, y las ristras
de colmillos de pez, amarillentos y puntiagudos, que las madres compran
para la denticin de los nios.

Doa Manuela estaba poseda de una embriaguez de compras, e iba de un
punto a otro sin cansarse de derramar la plata ni de Henar la espuerta
de Nelet, a cuyo fondo iban a parar el fresco solomillo, las ricas
morcillas para la pantagrulica olla de Navidad, los legtimos garbanzos
del Saco comprados al choricero extremeo, y otros mil artculos para
cuya adquisicin era necesario sufrir los empellones y groseras de una
muchedumbre famlica que pareca prepararse para las carestas de un
largo sitio.

Todava faltaba lo ms importante: el pavo, protagonista de la
gastronmica fiesta; y la seora y su cochero, empujados rudamente por
la corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a un
tnel, vindose en el _Clt_, en la plaza Redonda, que pareca un circo
con su doble fila de balcones.

Sobre el rumor del gento, que encerrado y oprimido en tan estrecho
espacio tena bramidos de amor tempestuoso, destacbase el agudo
chillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteo
insolente del gallo, matn de roja montera, agresivo y jactancioso, y el
montono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en su
muerte, slo consegua atraerse la atencin de los compradores pobres.

Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquella
atmsfera de sofocacin y estruendo las tranquilas llanuras de la Mancha
o las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caa del
conductor, estaban los pavos, con sus pardas tnicas y rojas caperuzas,
graves, melanclicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudos
cardenales y moviendo filosficamente su moco inflamado, para lanzar
siempre el mismo cloc-cloc-cloc prolongado hasta lo infinito.

Doa Manuela busc lo ms raro y costoso del Mercado: tres pares de
perdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando sus
polonesas encarnadas. Visanteta las arreglara para la cena de la noche.
Despus compr el pavo, un animal enorme que Nelet cogi con cario casi
fraternal, despus de tentarle varias veces los muslos con una
admiracin que estallaba en brutales carcajadas.

Fuera de all! La seora deseaba salir del _Clt_, donde la gente se
codeaba con la mayor grosera y por dos veces haba estado su velo
prximo a rasgarse. Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para librar
al pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando los
postres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal.

All estaba el de Jijona, con sombrern de terciopelo, traje de pao
negro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata. Al
lado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el pelo
estirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por la
espalda sobre la paoleta de vistosos colores. La mesa blanca, de
inmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de spera
pelcula conteniendo el harinoso turrn, los cajones de peladillas y las
uvas puntiagudas, hbilmente conservadas, lustrosas y transparentes,
como de cera, y con un delicado color de mbar.

Cuando doa Manuela volvi a entrar en el mercado comenzaba a anochecer
y la concurrencia aumentaba por momentos. Todas las bocacalles vomitaban
gento dentro de la plaza, en la que el crepsculo sembraba a miles los
puntos luminosos. Brillaba el gas en las tiendas; las vendedoras
importantes encendan sus grandes reverberos de latn, y las pobres
huertanas contentbanse con una vela de sebo resguardada por un
cucurucho de papel.

--Qu bonito...! Mira, Nelet! Y la seora permaneci algunos instantes
contemplando el aspecto fantstico de la plaza con tan original
iluminacin. Una lluvia de estrellas haba cado sobre el Mercado. Los
empujones de la multitud la volvieron a la realidad.

Fue a salir de la plaza, cuando otra vez la detuvo el escuadrn
perseguido de chicuelas vendedoras.

Ahora no corran. Marchaban al paso, tmidas, anonadadas, haciendo
comentarios en voz baja, siguiendo de lejos a una compaera infeliz que,
retorcindose y gritando como una fierecilla en el cepo, era arrastrada
por un alguacil.

El msero rebao pas ante doa Manuela con triste chancleteo, y la
seora no pudo reprimir un movimiento de repulsin ante aquellas
cabelleras greudas y encrespadas que servan de marco a rostros
esculidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza.

Gran Dios, qu gente! Y doa Manuela, viendo tales fachas, por una
extraa relacin de pensamientos, sujet su bolso con las dos manos,
como si alguien fuese a robarla.

Despus se tent los bolsillos del gabn, y... justo! No eran falsas
sus sospechas! Le haban robado el pauelo.

Indudablemente habra sido mucho antes, entre la agitacin y los
empujones del gento; pero esto no impidi que la seora siguiese con la
mirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba,
anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y de
general alegra.

Doa Manuela avanz sus labios en seal de desprecio.

Cmo estaba el mundo! No haba religin, orden ni autoridad, y...
claro! era imposible que una persona decente saliese a la calle sin que
la pillera le diera que sentir.




II


En poca pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tena una
leyenda, que corra como vlida en todos sus establecimientos, donde
jams faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.

Al llegar el invierno, apareca siempre en la plaza algn aragons viejo
llevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le haban
arrancado a la montona ocupacin de cuidar las reses en el monte, y lo
conducan a Valencia para hacer suerte, o ms bien, por librar a la
familia de una boca insaciable, nunca ahta de patatas y pan duro.

El flaco macho que los haba conducido quedaba en la posada de _Las Tres
Coronas_, esperando tomar la vuelta a las ridas montaas de Teruel; y
el padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras y
rodilleras y el pauelo anudado a las sienes como una estrecha cinta,
iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como
si pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un _criadico_.

Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despeda de l con un
par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho para
volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si en
todas las tiendas reciban una negativa y era desechada la oferta del
_criadico_, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidad
dudaban muchos.

Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados por
los codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atrados por una
fuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frente
a la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso
_pardalt_, giraba majestuosamente.

--Mia, chiquio, qu pjaro...! Cmo se menea...!--deca el padre.

Y cuando el cerril retoo estaba ms encantado en la contemplacin de
una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus das se escurra
entre el gento, y al volver el muchacho en s, ya el padre sala
montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia
satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.

El muchacho berreaba y corra de un lado a otro llamando a su padre.
Otro a quien han engaado!, decan los dependientes desde sus
mostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciante
generoso que, por ser de la tierra y recordando los principios de su
carrera, tomase bajo su proteccin al abandonado y lo metiese en su
casa, aunque no le faltase _criadico_.

La miseria del hogar, la abundancia de hijos, y sobre todo la cndida
creencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte el
cruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de la
riqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversaciones
de los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, junto
a los humeantes leos, sonando en sus odos como el de un paraso donde
las onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse para
cogerlos.

El que iba all abajo, se haca rico; si alguien lo dudaba, all estaban
para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes
almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que haban pasado la niez
en los mseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y
comindose los codos de hambre. Los que haban emprendido el viaje para
morir en un hospital, vegetar toda la vida como dependientes de corto
sueldo o sentar plaza en el ejrcito de Cuba, sos no eran tenidos en
cuenta.

Al hacer la estadstica de los abandonados ante la veleta de San Juan,
don Eugenio Garca, fundador de la tienda de _Las Tres Rosas_, figuraba
en primera lnea.

Otros mostrbanse malhumorados y negaban rotundamente cuando se les
supona tal origen; pero l lo ostentaba con cierta satisfaccin, como
queriendo hacer de ello un ttulo de gloria.

--Nada debo a nadie--exclamaba al regaar a sus dependientes--. A m
nadie me ha protegido. Los mos me dejaron como un perro en medio de esa
plaza. Y sin embargo, soy lo que soy. Hubiera querido veros como yo,
para que supierais lo que es sufrir!

Y siempre que poda asegurar una docena de veces que nada deba a nadie
y comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo y
satisfecho. Los principios de su carrera haban sido penosos. Aprendiz
siempre hambriento, dependiente despus en una poca en que los mayores
sueldos eran de cincuenta pesos anuales, a fuerza de economas
miserables consigui emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, que
vean en l un legtimo aragons capaz de convertir las piedras en
dinero, fund _Las Tres Rosas_, tiendecilla exigua que en diez aos se
agrand hasta ser el establecimiento de ropas ms popular de la plaza
del Mercado.

Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificaciones
y adelantos haba experimentado aquella plaza, en la que naci a la vida
del comercio y deba desarrollarse toda su existencia. Vio cmo una
revolucin echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced; cmo
un motn quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cmo las
tiendas, agrandando cada vez ms sus puertas, saneando sus interiores,
atraan al pblico con grandes escaparates, y en materia de alumbrado
pasaban del aceite al petrleo y de ste al gas.

Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando an la primera
guerra carlista tena en suspenso la suerte de la nacin, don Eugenio se
form insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual,
como una antorcha simblica de la rutina comercial, luca un enorme
veln de cuatro mecheros, fabricado con ms de arroba y media de bronce.

Todas las tardes, al anochecer, reunanse all los amigos de don
Eugenio, la mitad de los cuales vestan sotana y pertenecan al clero de
San Juan. A pesar de esto, la tal reunin era casi un club, que en
pocas como aqulla tena su carcter peligroso. Don Eugenio perteneca
a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus blicas ocupaciones con tibio
entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la tercera
de Ligeros. Cuando era preciso se calaba el chac, martirizaba el pecho
con el asfixiante correaje, y serva a la nacin y a la libertad, yendo
a pasar la noche en el Principal, donde coma melones en verano, se
calentaba al brasero en invierno, en la santa y pacfica compaa de
algunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidndose de la
marcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando de
las fbricas de Alcoy o del precio del azcar y de la seda; todo esto
sin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto con
frecuencia para dar un vistazo a sus casas.

En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martnez de la Rosa y de su
malogrado Estatuto; haba quien audazmente elogiaba a Mendizbal y peda
el restablecimiento de la Constitucin del 12; se gastaban bromitas
contra los serviles, sin faltar a la decencia; se comenzaba a decir
con expresin respetuosa don Baldomero cada vez que se nombraba al
general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don
Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 haba emigrado a
Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando
del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.

Era, en fin, la tertulia una reunin donde se desahogaba el liberalismo
inocente de unos revolucionarios que, en costumbres y preocupaciones,
imitaban a sus enemigos, y a pesar de haber sufrido de la dinasta
reinante toda clase de desdenes y persecuciones, mostrbanla una
fidelidad canina, y siempre era para ellos Fernando VII el rey mal
aconsejado, Cristina la augusta seora, e Isabel la inocente nia.

En esta reunin estaban todos los afectos y alegras de don Eugenio. Al
encender por las noches el veln y ver entrar las sotanas y las gorras
de sus colegas, experimentaba la misma impresin que si se encontrara
rodeado de una cariosa familia.

De los de all, de aquellos que le haban abandonado sin lgrimas ni
desconsuelo, nunca se acordaba. Sus padres haban muerto, pero ya se
encargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre de
primos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre l tan pronto como circul
por el lugar la nueva de que haca fortuna y tena una tienda en el
Mercado. Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cual
hordas hambrientas que con la mirada queran devorarlo todo. El pariente
rico era para ellos una vaca robusta, cuyas ubres inagotables les
pertenecan de derecho. No tena mujer ni hijos; para quin, pues, las
fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de
don Eugenio? Las demandas eran interminables, no desmayando los
pedigeos ante la aspereza del comerciante, poco inclinado a la
generosidad. El invierno haba sido duro, las patatas pocas y malas, el
macho estaba enfermo, los muchachos descalzos, un pedrisco lo haba
arrasado iodo; y tras estos prembulos entraban en materia con la
peticin de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sarga
para vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables. Si don
Eugenio pona cara de perro a las peticiones, surga la protesta en la
rapaz parentela que tanto le quera.

--Id all, granujas!--gritaba el comerciante--. Qu os debo yo para
que vengis a saquearme? Nada tengo que agradeceros, como no sea haberme
abandonado en medio de esa plaza.

Entonces era de ver la indignacin con que tos y hermanos acogan lo
del abandono. Otra que Dios...! Y an se quejaba? _Pus_ si no le
hubiesen abandonado sera l ahora comerciante con tienda abierta?
Cuanto ms, estara guardando el ganado de algn rico. A la familia,
pues, deba lo que era. Y si la turba de descarados pedigeos no
llegaba a decir que todo cuanto tena su pariente les perteneca de
derecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapaces
miradas de manifestar que ste era su pensamiento.

Producto de una de estas invasiones de vndalos con paizuelo y calzn
corto fue el entrar como aprendiz en la tienda de _Las Tres Rosas_ un
chicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente cierto
afecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en l como
en un espejo. Era de un pueblo inmediato al suyo; pasaba por pariente,
circunstancia poco extraa en un pas donde las familias, residiendo
siglos y siglos pegadas al mismo terruo, acaban por confundirse, y
llamaba la atencin por su aire avispado y la ligereza de sus
movimientos.

Entr en la tienda hecho una lstima, oliendo todava a estircol y a
requesn agrio, como si acabase de abandonar el corral de ganado. La
vieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valerse
de ungentos para despoblar de bestias sanguneas el bosque de cerdas
polvorientas que se empinaban sobre el crneo del muchacho, y concluido
el exterminio, el amo lo entreg al brazo secular de los aprendices ms
antiguos, los cuales, en lo ms recndito del almacn y sin pensar que
estaban en enero, con un barreo de agua fra y tres pases de estropajo
y jabn blando, dejaron al nefito limpio de mugre de arriba a abajo y
con una piel tan frotada que echaba chispas.

Con esto, el msero zagalillo de las montaas de Teruel se convirti en
un aprendiz listo, aseado y trabajador, que, segn las profecas de los
dependientes viejos, llegara a ser algo. A las dos semanas chapurreaba
el valenciano de un modo que haca rer a las labradoras parroquianas de
la casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para l, todos le
queran y no saba a quin atender, pues Melchor por aqu, Melchorico
por all, nunca le dejaban un instante quieto.

Con sus borcegues lustrosos, una chaqueta vieja del amo arreglada
chapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos como
clavos y las orejas llenas de sabaones en todo tiempo, era Melchorico
el aprendiz ms gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertas
para llamar a los compradores reacios. Aquel aclito del culto de
Mercurio, por su empaque desenfadado atraase la mala voluntad de los
pilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enteras
ante la relamida figurilla llamndole _churriquio_! con irritante tono
de mofa, hasta que algn dependiente les amenazaba con la vara de medir.

Pasaron los aos sin que incidente alguno viniese a turbar la ascensin
lenta y montona del muchacho en la carrera comercial. Perdi de cuenta
los cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientes
viejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda,
otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet.
Emple los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo en
el cauce del ro, o paseando gratis arrellanado como un prncipe en las
estriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidores
latigazos; fue ascendiendo lentamente ce burro de carga a aprendiz
viejo; por fin, a dependiente; y al cumplir dieciocho aos viose tan
transformado, que, violentando sus instintos econmicos, fortalecidos
por las saludables enseanzas del principal, se gast cuatro pesetas en
dos retratos que envi a los de all arriba, a sus antiguos colegas de
pastoreo, para que viesen que estaba hecho todo un seor. Los tirones de
oreja y los palos con la vara de medir lo haban puesto erguido,
borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a ser
patiabierto, propio de todos los de su tierra; sus pelos, a fuerza de
peine y cosmtico, haban llegado a domarse; los desabridos y no muy
abundantes guisos del ama de llaves daban cierta figura a su corpachn
huesoso. Y adems, como tena su soldada anual, aunque corta, ya no
vesta los desechos de don Eugenio y se haca al ao dos trajes,
operacin que antes de ser emprendida era objeto de seras y profundas
meditaciones.

Melchor Pea, al salir de la adolescencia, experiment una
transformacin. Al mismo tiempo que en su labio apuntaba el bigote, en
su cerebro apunt la tendencia a lo romntico, a lo desconocido, el
anhelo de cosas extraordinarias, de aventuras gigantescas, y fue un
rabioso lector de novelas. Cuantos tomos enormes, rodos por el corte y
forrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendas
del Mercado, eran atrados por sus manos, como si stas fuesen un imn,
y devorados rpidamente, unas veces por la noche, despus de cerrar las
puertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechando
ausencias de don Eugenio, en el fondo del almacn, a la dudosa claridad
que se cerna en aquel ambiente clido, impregnado del vaho de los
tejidos y el tufo de la tintura qumica. Haba ledo ms de veinte veces
_Los tres mosqueteros_, y el fruto que sac de esta lectura fue que los
aprendices se burlasen de l vindolo un da en el almacn, envuelto en
un guiapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contonendose
como si fuese el mismo D'Artagnan con todas sus jactancias de
espadachn. Despus se apasion, como toda la juventud de su poca, por
_Mara o la hija de un jornalero_; y a pesar de que don Eugenio le
enviaba a misa lodos los domingos y a comulgar por trimestre, hzose un
tanto irreligioso, y en su interior comenz a mirar con desprecio a los
curas pacficos y bromistas que visitaban por la noche el
establecimiento para jugar a la brisca con el principal; y cuando cay
en sus manos _El conde de Montecristo_, pasebase por la trastienda,
mirando los fardos apilados con la misma expresin que si en vez de
paos, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas de
oro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, para
comprar el mundo.

Y cmo se rea don Eugenio de la mana novelesca de su Melchorico, como
cariosamente le llamaba...! l, que no haba consultado otro libro en
su vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidas
de Catalua, Aragn y Castilla, miraba al principio con cierto respeto
el afn de lectura del muchacho; pero despus, al notar las
extravagancias de su torcida imaginacin, le acribill con burlas y le
colg el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubiese
ledo la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedor
una litografa detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y en
camisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino.

Iguales bromas se permita el Don Quijote que vegetaba en la obscuridad,
midiendo telas en _Las Tres Rosas_. Podan atestiguarlo los pescozones
con que don Eugenio haba saludado a su querido dependiente un lunes en
el almacn, cuando vio a Melchor que, recordando el drama _El jorobado_,
se crea un Lagardre, y con una vara de medir ensayaba la gran estocada
de Nevers, acribillando los fardos de un modo que haca temblar por la
integridad de los gneros.

--Como sigas as--gritaba el buen comerciante, escandalizado--, te
pongo en la puerta y... buen viaje! Me has engaado. T sirves para
cmico, y a m no me gustan farsas. Merchorico, por ltima vez lo digo.
El ao que viene entras en quinta; o sientas esa cabeza o te abandono, y
el demonio que se encargue de tu suerte.

Junto a la imaginacin exaltada del dependiente deba existir una enorme
cantidad de sentido prctico capaz de sofocar todas las fantasas y
caprichos, y a esto se debi, sin duda, que Melchor se reprimiera en sus
romnticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar la
lectura de novelas, se dedicara con ms asiduidad a sus quehaceres.

Tena don Eugenio un amigo antiguo que todos los das visitaba la
tienda, y por profesar a Melchor algn afecto, una sus exhortaciones de
hombre prctico a las del principal. De todos los individuos que
formaban la tertulia de _Las Tres Rosas_, don Manuel Fora era el ms
considerado, a causa de su fortuna slida y cuantiosa y de respeto que
gozaba en el comercio.

Viva en un enorme casern cercano a las Escuelas Pas; figuraba entre
los primeros fabricantes de seda, y ms de doscientos telares trabajaban
para l, elaborando piezas de seda rayada, vistosa y slida, y pauelos
de brillantes colores, que eran enviados a las ms apartadas provincias
de Espaa y hasta la misma Amrica, cosa que asombraba y produca cierto
temor respetuoso entre el comercio a la antigua. De joven haba sido
novicio en una orden religiosa, pero ahorc los hbitos el ao 8 para
batirse contra el francs, sacrificio que no le libr de ser conocido
con el apodo de el _Fraile_ entre los comerciantes y las gentes de su
industria.

Le suponan poseedor de millones, y era el banquero de todos los
mercaderes menesterosos. Bastbale entrar en su alcoba para presentar en
cartuchos de onzas cuanto dinero se le peda, y a pesar de esto, fuera
de los das de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de color
castaa y el sombrero de seda, nadie le haba visto con otro traje que
un eterno pantaln de cuadros, chaqueta de fustn, chaleco de terciopelo
rameado y gorra de ancho plato.

Era el ms fiel representante de la avaricia atribuida  los de su
gremio, y en el Mercado se contaban de l cosas graciossimas. La maana
pasbala en San Juan, pues el comercio no le haba hecho olvidar sus
aficiones a las cosas de la Iglesia. Tena su puesto fijo en el banco de
la Junta de Fbrica, y all iban a buscarlo los que, necesitando con
urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la dcima misa y
rezando el centsimo rosario.

--Don Manuel--murmuraba el pedigeo con voz misteriosa y arrodillndose
cerca del Banco--, necesito al momento seis mil reales.

--Djame en paz!--susurraba indignado el fabricante sin volver los
ojos--. Ni la casa del Seor sabis respetar. Bscame a la noche.

--Don Manuel, por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o se
deshonra mi tienda. Seis mil reales al quince por ciento; slveme usted.

--Largo...! No estoy ahora para asuntos mundanos.

--Don Manuel... aunque sea al veinte--deca el infeliz con esfuerzo
supremo.

--He dicho que no. Djame en paz el alma.

--Al veinticinco, don Manuel... al veinticinco. Me esperan en casa para
que pague.

--Mrchate, o llamo al sacristn.

--Pues bien; al treinta... que sean al treinta por ciento, como la otra
vez.

--Todo sea por Dios--murmuraba suspirando dolorosamente--. No dejis
tiempo ni para salvar el alma. Esprame en casa, yo ir as que termine
este rosario. Te cobrar el treinta por ser t... que bien sabe Dios que
a m no me gustan estos negocios.

Esto se contaba del clebre fabricante de sedas; pero aunque en ello
entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo
cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares
siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el
Banco de San Juan, iba formndose una fortuna, cuya cifra, por ser
desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.

El fabricante y el dueo de _Las Tres Rosas_ eran antiguos amigos, y
hasta se murmuraba que el primero haba ayudado a ste con una
generosidad extraa en los primeros tiempos de su comercio. Cuantos
gneros de seda se despachaban en la tienda procedan de la fbrica de
don Manuel, y de esto resultaba una continua comunicacin entre el
establecimiento de don Eugenio y el casern del barrio de las Escuelas
Pas, relaciones en las que serva de intermediario Melchor Pea, como
dependiente de confianza.

l era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pauelos y piezas
de seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerradura
complicada, que databan del siglo anterior, y l tambin quien suba a
los porches, donde con un tric-trac ensordecedor movanse los telares y
volaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo y
telaraas. Por efecto de las continuas visitas le trataron como amigo
ntimo los de la familia de don Manuel. ste era viudo y tena dos
hijos: Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los
negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y
Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete aos tena el
aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quera encargar
de la administracin de la casa en vista del poco aprecio que mostraba
al dinero.

Otra persona formaba parte de la familia del _Fraile_; pero los lazos
que la unan a ella eran tan efmeros y dbiles como los que atan una
estrella errante a un sistema planetario. Era un estudiante de Medicina,
famoso entre los de su Facultad como hbil tocador de guitarra, alegre
confeccionador de chistes y calavera de los ms audaces. El _Fraile_,
avaro y sin entraas hasta con sus hijos, senta gran debilidad por el
estudiante, tal vez por el contraste entre su carcter austero y regan
y la alegra desenfadada de aquel cabeza a pjaros. Era sobrino de don
Manuel en grado lejano; sus padres haban muerto, y el fabricante de
sedas, en vista de su ingenio despierto, encantado por sus agudezas y
recordando que lo sostuvo en la pila bautismal, hizo el inaudito
sacrificio de recogerlo y darle carrera.

Rafael Pajares vena a ser en la casa el punto vulnerable del hurao
_Fraile_. Pareca imposible que ste soportase las travesuras del
estudiante, que traa revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas,
entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas veces
en su cuarto ciertos compaeros de Facultad tan levantiscos como l, que
al menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacan temblar los
viejos pavimentos del casern ensayndose a saltos en el manejo de la
pandereta. Don Manuel, el hombre de las economas inauditas y las
ruindades sin ejemplo, estremecase de rabia al ver el uso que Rafael
haca de sus liberalidades. Regalbale una sotana nueva, y al punto la
rasgaba en dos, quedndose con la parte del pecho y dando el espaldar a
algn compaero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardos
cubriendo con el manteo la desnuda trasera. Comprbale un tricornio
flamante, y no acababa el da sin que el travieso muchacho le recortase
los bordes caprichosamente hasta darle el aspecto de una fantstica
cresta. Gustbale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estas
hazaas enfureca al _Fraile_, hacindole gritar que aquello era robarle
el dinero, y que el mejor da de un puntapi en tal parte iba a poner en
la calle al desvergonzado sobrino. Pero bastaba que el loco adorador de
la tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera por
vencido y asegurase que el muchacho tena mucha gracia.

Igual influencia ejerca Rafael sobre los dems individuos de la
familia. El hijo del _Fraile_ le toleraba, lo que no era poco, atendido
su carcter, y en cuanto a Manolita, viva pendiente de los labios de su
primo. Aquella muchacha sencillota, a quien las amigas de la casa tenan
casi por tonta y que no conoca ms mundo que las tertulias de gente del
Arte de la Seda, a las que la llevaba su padre, miraba a Rafael como la
encarnacin de lo extraordinario, de lo novelesco; como un Don Juan,
cuyo cario le disputaban ocultas y poderosas rivales.

Se amaban desde nios, pero con un amor extrao, incomprensible y
preado de incidentes. l era informal, ligero, casquivano; tena novias
en los cuatro distritos de la ciudad; sala de noche para dar serenatas
amorosas; y ella, bajo su exterior abobado de muchacha tmida y devota,
ocultaba un carcter varonil, un genio insufrible, el mismo estallido de
nerviosidad iracunda y atronadora que se manifestaba en el _Fraile_
cuando le sala mal un negocio o un deudor se negaba a pagarle. Las
peleas en voz baja y el estar de monos das enteros eran hechos
frecuentes en estos amores que el padre y el hermano no conocan; pero
bastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa del
estudiante, una irnica protesta, algo que la desarmase, hacindola
prorrumpir en carcajadas.

Con un pillo as era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba
tener corazn de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra
y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el _Fandanguito de
Cdiz_, entonando despus melanclicamente el _Triste Chactas_...! que
haca llorar a todas las muchachas de la poca, o aquello otro punteado
y expresivo que comenzaba:

/*
     _Inflamado mi pecho amoroso_,
     _slo en ti se cifraba mi anhelo_....
*/

No; ella le quera, y aunque le diese algn disgusto, consideraba a
Rafael, a pesar de su sotana mugrienta y su cara de granuja, como un
rendido trovador de los que en aquella poca de romanticismo hacan el
gasto en todos los extravos de imaginacin femenil.

Melchor Pea, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de
cuanto ocurra en el seno de la familia y conoca el carcter de cada
uno de sus individuos. Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso y
econmico, que tena lo que l llamaba sangre comercial. Juan,
primognito del _Fraile_, simpatizaba con l como a cofrade en la orden
del continuo trabajo y la conquista del cntimo. Manolita deca de l
que era un chico simptico, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso
adorador de la tuna, tratbale siempre con un aire de desdeosa
proteccin, como si tuviese empeo en recordarle de continuo el abismo
existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un gozquecillo de
mostrador.

Melchor corresponda a este desprecio con una antipata profunda. Y no
es que le hiriesen honradamente las zumbas del estudiante; su odio
provena del poco aprecio que ste mostraba a Manolita. Ser dueo de la
voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades
era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a
Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto
dispuesto a declarar su pasin como arrepentido de su audacia.

Habase enamorado de la hija del _Fraile_, no repentinamente y a la
primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta
fruicin lea, su pasin se haba formado lentamente, por escalones que
poco a poco haba ido subiendo. Un da se fij en que Manolita tena
unas hermosas mejillas de melocotn con ligera pelcula, ms fina que el
terciopelo de a cuatro duros vara; otro, hizo la observacin de que sus
ojos eran ardientes ascuas, imagen del dominio comn de todos los
novelistas por l conocidos, una noche hasta lleg a pensar,
revolvindose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don
Manuel estara admirablemente formada, a juzgar por su exterior
escultural--otra frase cien veces leda--, y el resultado de estas y
otras observaciones fue confesarse a s mismo que era esclavo de
Manolita y la amara hasta la muerte.

Qu adoracin tan constante la del pobre muchacho! Dos aos estuvo
lanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos del
comercio iba a casa del _Fraile_. Su imaginacin novelesca soaba un
rapto, despus de matar en desafo al infame estudiantn, con otras mil
barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales
barrabasadas se senta capaz de ejecutar temblaba como un nio en
presencia del dolo amado, y cien veces se le atragant la declaracin
que tena pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.

Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de ste,
en la cual, conforme al patrn de todas las declaraciones, comparaba su
corazn con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases:
Seorita: desde el mntenlo que la vi a usted, etc., terminaba: Salve
usted este corazn que est herido de muerte. Manolita acogi
burlescamente la declaracin del dependiente, mas no por esto dej de
agradecerla, con esa satisfaccin que causa en toda mujer el saber que
es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.

Melchor esper con paciencia inquebrantable, y un da fue Manolita la
que le record su declaracin, aceptndola.

La hija del _Fraile_ se haba dejado llevar de un arrebato del carcter
violento que mostraba en las grandes ocasiones. Su primo Rafael haba
terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para
revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un
momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena
alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a
serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tena cierto
arreglo en el barrio del Carmen con carcter permanente, y hasta se
susurraba si haba una criatura de por medio.

El carcter enrgico de Manolita se sublev al convencerse de la nueva
infidelidad de Rafael. No; sta no la consenta, aunque el primo le
pidiese perdn de rodillas y estuviese todo un ao cantando romanzas
sentimentales. Quiso vengarse, atormentar al infame, aunque para eso
tuviese ella que sufrir, y nada le pareci mejor que aceptar las
pretensiones de aquel tendero que la adoraba. El asunto se arregl con
prontitud.

Don Eugenio, que se senta viejo y estaba dispuesto a traspasar _Las
Tres Rosas_ al dependiente predilecto, encargse de hablar a su amigo el
_Fraile_; ste no tena gran empeo en conservar en casa una hija que
ignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, segn l deca;
y como el novio la aceptaba sin un cntimo de dote, la boda se arregl,
y a los tres meses la seora de don Melchor Pea entr triunfalmente en
sus dominios de la plaza del Mercado.

Siete aos dur el matrimonio, y su nico fruto fue Juanito, a quien
pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o ms bien,
doa Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas
carnes de matrona, habanla dado un aspecto respetable y majestuoso.

Aquel marido aceptado en un arrebato de ira, s no lleg a inspirarla
amor mereci la tierna simpata del agradecimiento. Levantbase Melchor
al amanecer, y despus de arropar cuidadosamente a la seora, rogndola
que no abandonase la cama antes de las nueve, bajaba a la tienda para
vigilar a los dependientes en las primeras ocupaciones del da. Suba a
la hora de comer, para rer como un loco con las gracias de Juanito y
revolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, para
satisfacer las tirnicas exigencias de aquel monigote que traa revuelta
toda la casa. Coma lo que le daban, acoga como indiscutibles todos los
actos de su mujer, y curado ya de las manas romnticas, slo pensaba en
los negocios y en conquistar una fortuna para que su esposa pudiese ver
realizadas sus altas aspiraciones.

Doa Manuela gozaba de una libertad absoluta, como jams la haba
soado. Sala cuando quera, bajaba a la tienda algunas veces, como
quien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes y
caras nuevas, y era duea absoluta de todo el dinero de la casa, con
gran descontento de don Eugenio y del avaro _Fraile_.

--T no conoces a mi hija--deca el suegro a Melchor--. Si sigues tan
tolerante, poco adelantars. Con Manolita hay que ser rgido y no
permitirla que toque un ochavo. Es como todas las mujeres, que en trapos
y cintajos derrocharan el Potos si lo tuvieran en la mano. Creme a
m, que conozco bien ese ganado. A la mujer hay que tratarla con
entereza; en una mano el pan y en la otra el palo.

Pero Melchor se rea de las teoras brutales de su suegro. No marchaban
bien sus negocios? No cerraba con regulares ganancias el inventario del
ao? Pues entonces nada deba negar a su mujer, de la que cada vez se
senta ms enamorado, sin duda porque ella corresponda a sus caricias
con una frialdad complaciente.

Cierto que, a pesar de ser buenos los tiempos, adelantaba poco a causa
de las prodigalidades de su mujer; pero... pobrecilla! l la
disculpaba, recordando su juventud montona y aburrida al lado del
tacao padre, y adems, decase a s mismo que alguna compensacin haba
de merecer el resignarse a ser tendera una joven que poda aspirar a una
posicin ms brillante.

Y ella, aprovechando la tolerancia cariosa del marido, gastaba con
furor que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado. Segua las
modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos
hasta la locura, nicamente por el gusto de darles en las narices, como
ella deca, al regan de don Eugenio y al tacao de su padre.

Tena en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto,
dos cosas la entristecan. El andar a pie por las calles, signo, segn
ella, de pobreza y de degradacin, y la vulgaridad de su marido, que se
revelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con que
bromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos de
mostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unas
faldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias.

A pesar del concepto que le mereca su marido, doa Manuela fue honrada.
Justamente el primo Rafael iba alcanzando algn renombre y los
peridicos hablaban de l elogindolo como mdico. Varias veces, con su
antigua audacia intent aproximarse a Manolita para reanudar sus
relaciones de amistad, buscando un final ms ntimo; pero la hija del
_Fraile_ era vengativa: no se borraba fcilmente de su memoria el
recuerdo de una infidelidad, y acogi siempre al mdico con una frialdad
burlona. A pesar de esto, doa Manuela no quera consultar su voluntad
ni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todava senta
algn afecto por aquel hombre.

Un da muri el _Fraile_ de apopleja fulminante al convencerse de que
en la quiebra de uno de sus corresponsales haba perdido ms de veinte
mil duros.

Sus negocios no marchaban bien en los ltimos aos de su vida. La
industria de la seda iba arruinndose con la competencia que la hacan
los franceses; uno tras otro se cerraban los talleres montados a la
antigua que durante un siglo haban sostenido la supremaca industrial
de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial
tena empeo en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufri
grandes prdidas y muri de un berrinche antes que la ruina viniese a
coronar su desesperada resistencia.

Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, gneros e
inmuebles cada uno de los hijos del _Fraile_, y mientras el primognito
se qued con la casa solariega, contento con su posicin y dispuesto a
aumentar lo heredado, doa Manuela, al verse rica, slo pens en salir
de su estado de tendera.

Para ella, la sociedad estaba dividida en dos castas: los que van a pie
y los que gastan carruaje; los que tienen en su casa gran patio con
ancho portaln y los que entran por estrecha escalerilla o por obscura
trastienda. Quera subir, saltar de la clase de los parias dedicados al
trabajo a la de las personas decentes; y con el imperio y la concisin
de la seora absoluta que no admite rplicas, expuso a su marido el
futuro plan de vida. Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros,
se haba casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos
pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio,
que quera acabar su vida agarrado a ella como una lapa. El precio del
traspaso ya lo ira pagando Antonio poco a poco, y ellos levantaran el
vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del
Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras
profundas, y en el piso superior magnficas habitaciones; inmuebles que
el difunto _Fraile_ haba adquirido por poco dinero, prestando
usurariamente a un conde tronado.

Todo se realiz tal como lo dispuso doa Manuela, y sta, a los pocos
das, recordaba como un sueo la estancia de seis aos en la tienda del
Mercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por la
Alameda y teniendo un lacayo a sus rdenes para enviar recaditos a las
nuevas amigas, esposas de magistrados y militares, seoras a las cuales,
por ser rica, trataba con aire protector.

Lo nico que la entristeca era su grandeza en el carcter del marido.
Pobre don Melchor! La riqueza purgbala como un delito, y su vida de
rentista ocioso y de acompaante en paseos y ceremonias resultbale un
infierno.

Desde por la maana tena que endosarse el chaqu y el sombrero de copa,
para estar dispuesto a acompaar a la seora; oase llamar torpe a todas
horas porque en las visitas cerraba la boca, o si la abra era para
soltar ingenuidades y franquezas que recordaban su origen; y... oh
tormento insufrible! Su Manolita no le permita jams que se quitara los
guantes y hasta quera que comiese con ellos, para ir--segn ella
deca--acostumbrndose a los usos de la gente elegante. Y el diario
paseo por la Alameda...! Dios, qu sonrojo! Tena ella empeo en
entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o
persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un
sombrerazo hasta las rodillas, ruborizndose muchas veces al ver el
gesto de extraeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia
de un ente desconocido. Esto de que le mirasen como un pjaro raro no
estaba en su carcter, pero tena miedo a Manolita y a los iracundos
pellizcos con que acoga sus desobediencias.

Pobre don Melchor! Cuan caro le costaba ser esposo de una mujer
hermosa y rica! Aburrase con el trato de unas personas a las que no
poda entender, su esposa slo le hablaba para proporcionarle nuevos
tormentos, y nicamente se senta feliz cuando, puesto de veinticinco
alfileres, hua de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos.

Aparentaba gran conformidad con su nueva posicin. Amaba a Manolita y no
quera decir la verdad sobre su carcter; pero con el astuto don Eugenio
no valan disimulos.

--Mira, muchacho, t nos engaas. No, no eres feliz... aunque me lo
jures. T tienes, como yo, sangre de comerciante, y el que nos saque de
este mostrador y nuestras costumbres, nos mata. De seguro que ahora,
siendo rico, levantndote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas con
envidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis de
la maana y echabas un prrafo con las criadas que van a la compra. Yo
s bien lo que es eso.... Ah! Esa Manuela...! Esa Manolita! El otro
da se lo deca yo a su hermano. Ella te ha de matar, y ya ests en
camino. T no puedes tirar con una vida as.... Jaula nueva, pjaro
muerto.

Y estas profecas fnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragons,
espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco.

Don Melchor languideca visiblemente. Su buen humor haba desaparecido
junio con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta
hinchaba su cuerpo; y al fin, un ao despus de abandonar la tienda,
muri sin que los mdicos supieran con certeza su enfermedad. Fue cosa
del hgado, del corazn o del estmago; sobre esto no se pusieron de
acuerdo los doctores; lo nico indiscutible fue que cay lnguidamente y
sin ruido, como esos pjaros a quienes el lazo traidor arranca del
espacio para encerrarlos en una jaula.

Fue un luto estrepitoso el de doa Manuela. Misas a centenares,
funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lgrimas y lamentos
que afortunadamente tena el poder de evitar con sus frases chistosas el
doctor don Rafael Pajares, quien, como mdico de alguna fama, haba sido
llamado en los ltimos das de la enfermedad del marido, lo que aument
la languidez de ste y su desesperado desaliento.

Ya saba doa Manuela que no era muy correcta la presencia del antiguo
novio en los primeros das de su viudez. Pero al fin era su primo, y
trataba con tanto cario al hurfano Juanito, con tales cosas saba
alegrar al pequen, que ste no poda pasar sin el to Rafael.

Quien ms murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermano
austero, hurao y de pulcra rectitud; pero sus quejas fueron, recibidas
tan acremente, que acab jurando no volver a poner los pies en aquella
casa.

Qued el mdico dueo del campo. Tan complaciente era, que para
entretener al sobrino no vacilaba en despojarse de su dignidad
profesional, y las criadas oan sonar en el saln una guitarra y la voz
de don Rafael cantando las cancioncillas de sus buenos tiempos de
estudiante. Primero slo visitaba a la viuda por las tardes; despus
prolong las entrevistas, saliendo de la casa a media noche; y por fin,
lleg un da en que no sali.

Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, dicindose que el buen
_Fraile_ conoca perfectamente a su hija; y aunque los dos tenan poco
afecto al mdico, experimentaron cierta satisfaccin al saber que la
viuda y el primo se casaban apenas transcurriera el plazo marcado por la
ley.

A los tres meses de casados tuvieron una nia, Conchita; un ao despus
un muchacho, al que pusieron por nombre Rafael, y por fin, la menor,
Amparito, ltimo fruto de unos amores que se extinguieron tras rpidas e
intensas llamaradas.

El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfaccin
para don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de sus
desgracias, hijas de la imprevisin.

El primo Rafael, amante rabioso de los placeres y obligado a reprimir
sus deseos en la atmsfera de srdida avaricia en que se haba educado,
lanzse sin temor a saciar sus apetitos al verse dueo de la fortuna de
su esposa. La supeditacin amorosa de doa Manuela le haca ser dueo
absoluto de la casa, y no tard en hacer sentir su tirana.

Egosta hasta la brutalidad, era derrochador para sus placeres y tacao
feroz cuando se trataba de las necesidades de los dems. Encontr
ridculos los gustos aristocrticos de su esposa, y los suprimi
despticamente. Vendi el carruaje y los caballos, y doa Manuela, que
tan exigente se mostraba en materia de ostentacin con su primer esposo,
acat servil y gustosa las rdenes del segundo. Ignoraba que aquel
hombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuera
de ella, y cubrindose con el velo de la hipocresa, llevaba una vida de
calavera, tal como la haba soado en su juventud.

La ceguera de la esposa dur algunos aos. Cuando supo toda la verdad,
tuvo un momento de indignacin y de protesta valiente, como al dar su
mano a Melchor; pero ya era tarde para remediar el mal.

El doctor haba jugado fuerte, perdiendo miles de duros; mantena
queridas costosas por pura ostentacin y emprenda viajes divertidos por
toda Espaa con audaces compaeros de bureo. La fortuna de doa Manuela
estaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansin amorosa,
cuando ella se senta ms supeditada, habala arrancado firmas
comprometedoras y tena que pagar, so pena de ver sus bienes embargados.
Para dar en la cabeza a su marido--segn ella deca--volvi a sus
antiguos gastos, a la ostentacin falsa de una fortuna que no exista;
contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engaoso pundonor de las
gentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote,
prefiri gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de la
usura, buscando prstamos con intereses aplastantes.

Por fortuna, un sinnmero de enfermedades provenientes de la vida
crapulosa del doctor surgieron en su gastado organismo, y muri cuando
ya su mujer, si no le odiaba, vease separada para siempre de l por sus
infidelidades y desvos.

La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de su
hermana y se dignase ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto de
hombre prctico, puso orden en aquel maremgnum: vendi fincas, cancel
hipotecas, pag a los usureros con harto pesar de stos, que queran ver
correr los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un da pudo
decir a su hermana:

--Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te advierto
que no eres rica. Tienes, a lo sumo, veinte mil duros, ms ocho mil que
pertenecen a Juanito, por ser la herencia de su padre. Se acabaron,
pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economa, y as podrs ir
tirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobre
te tendera la mano; pero tienes para comer, y a m no me gusta amparar
a los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y los dems gastos con
los que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada, gastando
conforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronera, ese
afn de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama arroz y
tartana, es ridculo... lo entiendes bien? soberanamente ridculo.

Doa Manuela sintise impresionada por los consejos de su hermano, y por
mucho tiempo los sigui escrupulosamente.

Dedicse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo
matrimonio, pues el pobre Juanito siempre haba sido tratado con falso
cario, con un desvo encubierto, como si doa Manuela quisiera vengar
en el pobre chico el haber sido poseda por su difunto padre.

Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadoso
apenas lo nombraba, como si su matrimonio hubiese sido de algunos das;
y en cambio, de aquel calavera que tanto la hizo sufrir habase forjado
despus de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes, hablaba
a todos de su talento, pintndolo como un sabio ilustre, cuya ciencia no
haba podido apreciar el mundo.

El pobre hijo de Melchor, con su carcter apocado y dulce y su afn de
cario, era el paria de la casa. El doctor, vindole siempre callado,
contemplando a su madre con estpida adoracin, haba declarado que el
nio era tan bruto como su padre, y cuando ms, podra servir para el
comercio. Y como el muchacho, por su parte, le tena gran afecto a don
Eugenio y cierta querencia a _Las Tres Rosas_, que era donde haban
transcurrido los primeros aos de su vida, de aqu que Juanito, a los
trece aos, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la
ventaja de comer y dormir en su casa.

En cambio, los hijos del doctor Pajares gozaron una niez rodeada de
atenciones. Las dos hijas estuvieron hasta los catorce aos en un
colegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doa Manuela v quera
hacer de l una lumbrera mdica como su padre.

Estas predilecciones irritaban a don Juan, que haba sentido un afecto
fraternal por su primer cuado, trabajador infatigable como l y amigo
del ahorro. Adems, Juanito era su ahijado. Pero callaba viendo que la
hermana segua sus consejos econmicos y--segn sus palabras--no
estiraba el pie fuera de la sbana.

Pero lleg el momento en que las nias se convirtieron en unas
seoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguas
compaeras de colegio, y doa Manuela sinti el afn de ostentacin de
toda madre que tiene hijas casaderas. Renov su mobiliario, abandon las
modistas annimas, y en su afn de no andar a pie, si no tuvo berlina y
tronco como en sus buenos tiempos, compr una galera elegante y ligerita
y tom como cochero a Nelet, el hijo de la nodriza de Amparo, un brbaro
de la, huerta, a quien puso por condicin no tutear a la seorita menor
y olvidarse de que era su hermano de leche.

--Que rabie ese rancio!--deca doa Manuela, indignada al saber la
furia con que su hermano haba acogido tales reformas--. Cree que toda
la vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y un
vestido viejo?

Don Juan tambin hablaba, y haba que orle.

--Tu madre est loca--deca algunas veces a Juanito en la puerta de _Las
Tres Rosas_--. Si esto sigue ms tiempo, todos iris a pedir limosna.
Ah, qu cabeza...! Parece imposible que sea mi hermana! Para ella lo
principal es aparentar, y del maana que se acuerde el diablo. Lo que yo
digo: arroz y tartana... y trampa adelante.




III


El primer da del ao, a las ocho de la maana, Concha y Amparo ya
haban abandonado el lecho, extraa diligencia en ellas, que por lo
comn no se levantaban hasta las diez.

Ligeritas de ropa a pesar de la estacin, revoloteaban alegremente por
su cuarto, que ofreca el desorden del despertar, en torno de las dos
camitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sbanas guardaban
el calor de los cuerpos jvenes y ese perfume de salud y de vida que
exhalan las carnes sanas y virginales.

Gorjeaban alegremente, como pjaros que despiertan, pero sus trinos no
podan ser ms vulgares.

--Dnde estarn mis botinas?

--Mis medias... me falta una.... La has escondido t?

--Ay, Dios...! Tengo una liga rota!

Y as continuaba el dilogo de exclamaciones sueltas, lamentos y
protestas, mientras las dos jvenes, en chambra y enaguas, mostrando a
cada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidas
por el ambiente clido y pesado de la habitacin cerrada.

Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana,
despus de resbalar sobre la luna biselada de un gran espejo, quebrbase
en el cristal azulado o rosa de las polveras y los frasquitos de
esencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desorden
de una casa donde falta direccin. Los peines de concha guardaban
enredadas en sus pas maraas de cabellos; muchos frascos estaban
desportillados, y el blanco mrmol tena pegotes formados por el amasijo
de gotas de esencia con los residuos de polvos.

Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes como
banderas; sacudironlos, haciendo caer sobre el mrmol las horquillas
como una lluvia metlica, y despus, cual buenas hermanas, ayudronse
mutuamente en la difcil tarea del peinado de un da de ceremonia.

La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas de
las dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, como
tiples de pera en el momento de volverse locas y cantar el aria final.

Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a no
ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les coma gran
parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad
insolente algunas veces, lnguidos otras, y cercados por la ojera tenue
y azul, aureola de pasin.

La mayor, Conchita, veintitrs aos, era la ms parecida a su madre.
Tena su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella un
principi de gordura, lo que la haca parecer de ms edad. En la casa
gozaba fama de genio violento, y hasta doa Manuela la trataba con
ciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera de
esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las
arqueadas lneas que a cada movimiento delatbanse bajo la blanca tela.

La menor, Amparito, dieciocho aos; linda cabeza de beb, boca graciosa,
hoyuelos en la barba y las mejillas, un puado de rizos sobre la frente
y ojos que en vez de mirar parecan sonrer a todo, revelando el inmenso
contento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la toquilla de la
casa, la seorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; la
que por la calle no poda ver una figura ridcula sin estallar en
ruidosa carcajada; la que tena en sus gustos algo de muchacho y
aseguraba muy formal que senta placer en hacer rabiar a los hombres; la
que se escapaba a cada instante del saln, para ir a la cocina a charlar
con las criadas, gozando en ser su amanuense, slo por intercalar en
las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba
rindose toda una semana.

Profesbanse gran cario las dos hermanas; pero esto no impeda que
algunas veces Amparo esgrimiese su carcter burln contra Concha y sta
sacase a luz su impetuosidad iracunda; conflictos que terminaban siempre
yendo la pequea en busca de la mam, llorando, con la mejilla roja de
un bofetn o un par de pellizcos en los brazos. Otras veces armbase la
guerra por si la una se haba puesto la ropa blanca de la otra o por si
se haban robado objetos de su exclusiva pertenencia; pero una rfaga de
autoridad pasaba por la madre: haba bofetadas, llantos y pataleos; las
criadas rean en la cocina, y a la media hora todos tan contentos:
Concha en el balcn, Amparo corra por la casa cantando como una
alondra, y doa Manuela arrellanbase en su butaca con aire de soberana
que acaba de administrar recta justicia.

Las dos ofrecan un seductor grupo mirndose en el espejo del tocador,
despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada por
una valiente ablucin de agua fra. Sus cabelleras, fuertemente
retorcidas, apelotonbanse sobre la testa con la forma del peinado
frigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espalda
nacarada, cubierta de una pelcula tenue y fina de melocotn sazonado,
la nuca morena, de un delicioso color de mbar, erizada de pelillos
rebeldes y rizados que parecan estar puestos all para estremecerse
nerviosamente con los suspiros de amor.

Al terminar el peinado comenz el arreglo del rostro. Oh estupideces de
la moda! A las dos incomodbalas su color plido de arroz, aquel color
puramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de la
camelia.

Tenemos caras de muertas, se decan todas las maanas al mirarse al
espejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargados
de plomo, el bermelln que tea levemente las mejillas y los lbulos
de las orejas; y como si sus ojos no fueran bastante grandes todava
enmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves lneas al extremo de
los prpados. La frescura juvenil, la hermosura natural, era cursi; la
elegancia exiga careta.

Y mientras llevaban a cabo este retoque criminal, eran las exploraciones
sin trmino, las rebuscas furiosas sobre el mrmol del tocador, al
travs del bosque de frascos y cajas, persiguiendo objetos que
aturdidamente tocaban sin reconocerlos. Dnde estaba el polvo rosa? Y
el pao de Venus? Adis! ya no quedaba una gota de piel de Espaa!
La mam, con la mana de embellecerse que la haba acometido a ltima
hora, era una calamidad para las nias. Ella sola se llevaba medio
tocador, y despus, para hacerla entrar en la perfumera, haba que
importunarla toda una semana.

La _toilette_ acab con poca alegra. Las deficiencias del tocador
haban malhumorado a las dos hermanas. Lanzbanse miradas de sorda
hostilidad. Amparo pensaba que, por ser la ms pequea y la ms dbil,
tena que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su
moo nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de
soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella
mueca.

Por fin lleg el momento en que volvieron a su cuarto para ponerse los
vestidos ms bonitos. Eran los das de la mam; iban a tener visitas y
haba que estar presentables, para que las amigas, en vez de sonrerse
compasivamente, se mordieran los labios.

Cuando volvieron al tocador y se miraron en la clara luna, su alegra
reapareci. Vamos, no estaban del todo mal; y con un retoque al peinado
y a la cara, un _bouquet_ en el pecho y dos tirones al talle para que no
hiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al pblico.

Eran ya cerca de las diez. La mam estaba en el saln hablando con doa
Clara, una seora antiptica y ordinaria que la visitaba con frecuencia,
y las nias, huyendo de tal visita, pasaron al comedor.

Hasta all llegaban los preparativos de la fiesta. Sobre la mesa
veanse, formando crculo, varias bandejas con pasteles de espuma,
blancos en su base, destilando almbar, dorados suavemente en sus
dentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del que
enviaba el dulce recuerdo; dos grandes tortadas ostentando en su
superficie de azcar pulido como un espejo frutas confitadas en
caprichosos grupos; y en el centro de la mesa el ramillete de casa
Burriel, arquitectura de turrn, y merengue que afectaba la forma de un
castillo surgiendo de un montn de flores y rematado por una bailarina
que, montada sobre un alambre, danzaba temblorosa sobre la obra maestra
de confitera.

En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminuta
perra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal y
las patas de alambre, pareca escapada de una tienda de juguetes.

Al ver a sus amas, el liliputiense animal sac la roja lengua, lanzando
un ladrido que pareca un estornudo.

--_Miss_...! mi querida _Miss_!--grit Amparito, queriendo tomarla en
brazos. Pero ya Concha se haba adelantado a tal deseo, apoderndose de
ella, y desde lo alto de sus brazos ensebale la mesa cubierta de
pasteles, al mismo tiempo que la besaba en el hocico.

Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesin
de _Miss_, y Concha la dej caer, con tan mala fortuna, que chocando
sobre la mesa aplast un par de pasteles, y manchada con la espuma del
merengue emprendi una furiosa carrera hacia el saln.

--Mi pobre perrita! Animal...! la has muerto!--grit Amparito, como
si hubiese ocurrido una desgracia. Y levant su puo amenazante contra
su hermana.

Pero al ver la extraa figura que presentaba _Miss_ con sus pegotes de
merengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinch su
lindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarr del talle de
Concha, dndola un sonoro beso.

--Qu gracioso...! eh? Qu cara va a poner mam cuando la vea entrar
en el saln con esa facha...!

Pero la intensa risa que esto la produca desvanecise al or un cacareo
angustioso, un estertor de muerte que sala de la cocina.

All fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas de
camisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de un
sacrificador, en abrirle el gaote a un robusto capn que sostena
Visanteta por las patas. La otra criada de la casa, que la echaba de
sensible y ejerca cerca de las seoritas las funciones de doncella,
volva la espalda al sacrificio y vigilaba las marmitas y cazuelas que
hervan sobre los fogones del banco.

Las dos hermanas, inclinadas y recogindose las faldas entre las
piernas--para evitar rozamientos con el suelo grasoso--, contemplaban
atentamente el degello, contaban las convulsiones de la agona y
seguan las ltimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida,
erizada de pelos coagulados, hasta que caan en una cazuela.

Este trabajo pona alegre a Nelet y excitaba su jocosidad brutal.

--Qu gordito, eh?--deca palpando la pechuga del cadver--. Cuando lo
pelen parecer un cannigo.... Si yo fuera rico, todas las maanas hara
una muerte as. Vale ms esto que limpiar el caballo.

Y para completar sus gracias agitaba el capn en el aire como si
incensase el rostro de las dos criadas, lo que las haca correr
asustadas por toda la cocina, con gran algazara de las seoritas.

La broma ces al aparecer doa Manuela, vestida con una bata de seda
negra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba su
apostura de reina de teatro. Se haba librado de doa Clara, aquella
posma que nunca terminaba relato alguno, saltando de una conversacin a
otra, lo que haca sus visitas interminables.

La mam y las nias volvieron al comedor y dieron vuelta a la mesa,
leyendo las tarjetas que acompaaban a los regalos.

All estaba la del to don Juan. Siempre el mismo. El muy tacao, a
pesar de sus millones, se haba contentado con media docena de pasteles:
total, tres pesetas. No se arruinara. El lindo ramillete era de don
Antonio Cuadros y su seora, los propietarios de la tienda de _Las Tres
Rosas_.

--Ah tenis unas personas sin educacin, pero que saben hacer bien las
cosas.

Y doa Manuela, despus de esta reflexin hija del agradecimiento,
sigui enseando las tarjetas. Don Eugenio Garca, una tortada... no
estaba mal; la otra era de las magistradas; y los dems pasteles no
llevaban seales de procedencia; pero doa Manuela adivinaba que eran de
Juanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cario como s fuese su
novia.

--Y Juanito, dnde est mamata?

--En la tienda; pero vendr antes de las doce. Rafael tambin ha salido.

En la puerta de la escalera son un campanillazo, que denotaba el tirn
brutal de una mano burda.

Nelet sali rpido de la cocina, y hacindolo retemblar todo con sus
zapatos, corri a abrir. Hubo en la antesala exclamaciones como
berridos y caricias que parecan golpes, cual si alguien riese a brazo
partido.

--Qu es eso?--dijo doa Manuela, avanzando hacia la puerta.

Pero se detuvo al or la voz cascada y chillona que son en la antesala.

--Es el ama...! el ama!--grit Amparito con ingenua alegra.

Pero inmediatamente se contuvo, ruborizada, como si hubiese cometido una
terrible inconveniencia.

Precedida de Nelet, entr en el comedor, balancendose y atronndolo
todo con sus chillones buenos das!, una labradora gruesa y hombruna.
Era la nodriza de Amparito, una hurfana de las inmediaciones de
Alboraya, madre del cochero, y que haba criado en su barraca a la
seorita. Nelet era un retoo digno de tal rbol, pues en el rostro
pecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la ta Quica bajo su
pauelo de hierbas notbase la misma brutalidad jocosa y resuelta de su
rstico vstago. Abultaban su volumen una docena de zagalejos bajo la
rameada falda, y cuando se sentaba abra las piernas de tal modo, que,
combndose las ropas, formbase entre sus muslos de yegua rolliza un
abismo insondable. Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo; una
enorme cesta, siempre blanca, que no soltaba ni al tomar asiento, y por
lo ntimamente unida a su persona, pareca un nuevo miembro de su
cuerpo.

Abrum a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que la
arrebataron una parte del colorete; y despus de esta molesta expansin,
que dej aturdida a la nia e hizo torcer el gesto a doa Manuela,
dejse caer de golpe en una silla, que cruji tristemente bajo las
gigantescas posaderas.

Dio dos o tres bufidos de cansancio--sin soltar la cesta--, y rompi a
hablar en un castellano fantstico, ya que en casa de doa Manuela no
era permitido otro lenguaje.

Cmo se cansaba una en Valencia...! Pareca imposible que las gentes
quisieran vivir en semejante pudridero. All, en la huerta, se estaba
bien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia.
Haba venido nicamente por felicitar a la seora en sus das, y eso
haciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermana
menor, que viva en una barraca inmediata a la suya.

--Calle, siora! Cuan apurada est la pobre! Su marido nos ha salido
un borrachn, un bufao, que todos los domingos vuelve de la taberna de
_Copa_ a cuatro patas, como un burro, y lo han de meter en la cama para
que duerma la mona un par de das. Y qu pausas, Virgen santa! Mi pobre
Pepeta pasa la vida de Santa Catalina de Sena, y la muy bestia, erre que
erre, sin aborreser a ese pillo de _Piment_, que no vale ni un papel de
fumar.

Y en este tono segua la ta Quica la relacin de todas sus desdichas de
familia; pero a lo mejor detenase, y al ver a Amparito, que la
contemplaba silenciosa, prorrumpa en un _jilla meua_! estruendoso; y
sin soltar la cesta--eso jams--, volva a abrazarla y besuquearla,
llevndose en los labios los blancos polvos.

Cuan guapa estaba! Miradla; pareca una reina. Quin podra figurarse,
al verla con aquellos trajes, que la haba tenido en su barraca, y en
las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el
macho, el novillo y los dos cerdos!

An se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por
su salud. No; de aquel ao no pasaba. Aunque se opusiera la mam, ella
se la llevara a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cmo
estaba su Amparito y qu aire de seoro gastaba. Y... a propsito; el
hijo del to _Palls_--te acuerdas, Amparito...? aquel chico que andaba
a cuatro patas y haca el burro para que t le montases--, pues bien,
se vena ahora a Valencia con el carro a recoger el estircol de las
casas, y quera que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniese
por el estircol ya subira a ver a Amparito, y de paso, si no les
serva de molestia, podan darle cualquier cosilla: unos pantalones
viejos de los seoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les
sirve.

La ta Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversacin causaba en
doa Manuela, y se apresur a manifestar el objeto de su embajada,
echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas para
obsequiar a la seora en sus das; regalos de pobre, pero que ofreca
con la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejo
amargo, cubiertas con una capa tersa de azcar; tortas que parecan de
cartn, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que se
deshacan en la boca y llevaban en la huerta el extrao nombre de
_suspiros_. La seora dio las gracias, con una risita de conejo. Bien
saba lo que costaban esos productos de la confitera rstica. Ya lo
deca su astuto padre: El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo.

Despus que la ta Quica deposit majestuosamente sobre la mesa sus
regalos, la seora, como compensacin, meti en su cesta la media docena
de pasteles que _Miss_ haba aplastado en su cada, y adems le dio un
duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que
nada quera, mientras en sus ojos brillaba la codicia.

Cuando tuvo en su poder los regalos, enton un interminable himno de
gracias, desbordndose en elogios, que, en forma de consejos, diriga a
su hijo.

--Mira, Nelet; bien puedes servir a las sioras. A ver si te portas
bien; tu padre, el to Sent, tendr un disgusto si faltas a la
obligasin. Bien puedes trabajar. Estando en casa, tendras que ir en el
carro a llevar vino, durmiendo mal y trabajando como los machos. Y aqu
qu te hase falta? Tienes papusa buena y segura, trabajas poco, vas
vestido como un sior... Nelet, no seas bruto y a ver si das gusto a las
sioras....

Y as hubiese seguido desarrollando este captulo de consejos, a no ser
porque un campanillazo le cort la palabra.

Una visita. Doa Manuela y las nias pasaron al saln, donde estaba don
Eugenio Garca, el fundador de _Las Tres Rosas_.

Por l no pasaban los aos. Era el mismo viejecillo de siempre,
regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y la
cabecita blanca y sonrosada. Aseguraba que tena gran semejanza
fisionmica con Po IX, y algo haba en l que recordaba al difunto
Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta,
que no soltaba ni aun en las visitas.

Bes a las nias como s fuese su abuelo, y a doa Manuela diole algunas
palmadas en la espalda con una alegra de viejo campechano, asegurando
que cada vez estaba ms gorda y hermosota. Vena de or misa de San
Juan, su querida parroquia; y cumpliendo la obligacin de todos los
aos, quera saludar a Manuela y a las nias, y desearles mil
felicidades en el da del santo. l no pensaba salir del prximo ao; en
l caera, estaba seguro de ello, a pesar de que todos los aos haba
dicho lo mismo. Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejez
tranquila y honrada, bromeando, rindose y dejando escapar agudos
chillidos por entre sus encas desdentadas.

Amparito escuchbale complacida, rindose malignamente del ceceo del
viejo y de sus preguntas.

Que si tenan novio? No, seor; an eran jvenes y podan esperar.
Concha s que tena algo, pero ella nada.... Nadie la quera... era tan
fea...! Y el travieso beb experimentaba satisfaccin al orse llamar
hermosa por aquella boca de ochenta aos.

--Pero qudese usted a comer, don Eugenio--dijo la seora--. Desde que
salimos de la tienda, ningn ao ha querido usted honrar nuestra mesa.

--No puedo, Manolita. Soy ya muy viejo, y quien me saca de mis sopitas
me mata. Adems, vaya un regalo: un convidado de mi clase. Masco como
una cabra, y 110 divierte ver un viejo entre la gente joven. A cada
cual lo suyo.

La visita se prolong una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda de
su bastn, psose en pie.

--Me voy, hijas mas--dijo con expresin melanclica, a pesar de su
carita siempre alegre--. El ao que viene os acordaris de m al veros
sin mi visita. Ya tendr entonces lo que me falta: el reposo eterno....
No digis que no.... Creis que no tengo ganas de descansar...? Pero
mientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda del
Mercado. Comerciante hasta la muerte!

Y despus de repetir estas palabras golpendose el pecho, sali del
saln escoltado por las seoras.

La nodriza se haba ido, y Nelet continuaba en la cocina ayudando a las
muchachas. Era da de gran banquete. Don Juan, el to de las seoritas,
aquel erizo intratable, haba accedido a comer en casa de su hermana, y
eran de ver los preparativos. Juanito ira a las doce por el to; y
Rafael, antes de salir, haba sufrido un sermn de su madre
recomendndole que estuviera en casa a la una en punto, hora de la
comida. A los postres vendra Andresito Cuadros y algn amigo de Rafael.

La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos. Eran tarjetas de
felicitacin, que se amontonaban en el velador de la antesala, y sobre
las cuales se abalanzaban las dos hermanas, vidas de curiosidad.

A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de
las grandes solemnidades. Teresa, con vestido negro de seda, grueso y
crujiente, slido aderezo con ms oro que piedras, mantilla de blonda y
los dedos cargados, como siempre, de sortijera barata. l, de levita
atrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alas
microscpicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro. Los dos,
tiesos, majestuosos, dentro de estos trajes que, al travs de
innumerables reformas, venan subsistiendo desde su boda y slo salan a
luz en visitas de das o entierros.

El matrimonio tom asiento en el sof, lugar preferente del saln, honra
que hizo enrojecer de orgullo a la antigua criada.

--Pues s, Manuela--dijo el marido--; en un da como ste, nosotros no
podamos prescindir de hacer a ustedes la consabida visita. Gozamos de
la felicidad de ustedes, porque, aunque me est mal el decirlo, nosotros
les apreciamos mucho.

Y as segua el tendero del Mercado, ensartando sus frases rebuscadas
ante la admiracin ingenua de su esposa, que vea en l un ser superior.
Y mientras segua su curso la conversacin, sonaba a cada instante la
campanilla de la puerta. Eran tarjetas de felicitacin, que la seora
miraba satisfecha, dejndolas sobre el velador de modo que pudiesen
leerlas sus visitantes.

La familia dio las gracias al seor Cuadros por el obsequio que haba
enviado.

--Qudense ustedes a comer con nosotros. Hoy tenemos a la mesa a mi
hermano Juan.

Estas palabras hicieron que la conversacin recayese sobre el hermano de
la seora. El comerciante era irresistible cuando se lanzaba a hablar
del prjimo. Vaya un seor raro el tal don Juan! Para l no existan
teatros ni diversiones. Se le calculaba una fortuna de ms de cien mil
duros, y sin embargo viva como un hurn en la gran casa heredada de su
padre, sin otra compaa que una vieja criada, y arrastrando su fastidio
por los talleres abandonados, que parecan cementerios. Tena manas, y
la ms principal era combatir la debilidad de la vejez con un rgimen de
continua actividad. Todas las tardes pasaba horas enteras visitando las
obras del Ensanche, las reformas que el Municipio emprenda en los
caminos vecinales. Los peones le conocan, como si fuese un contratista
o maestro de obras; y cuando le faltaban estas distracciones emprenda
atroces caminatas: iba a pueblos distantes, andando siempre con una
regularidad mecnica; el cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante el
paleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastn
de su juventud, una caa vieja y resquebrajada, con puo redondo de
marfil que casi era una bola de billar.

Hablbase con misterio e inters de las preciosidades que amontonaba en
sus polvorientos salones. Figuraba en todas las almonedas como comprador
de fuerza, y si algn corredor le propona la adquisicin de alhajas
antiguas o muebles raros--siempre, se entiende, con considerable
ventaja--, aceptaba sin vacilacin, pues no era dinero lo que faltaba en
el enorme _secrtaire_ del siglo pasado, que ocupaba todo un pao de su
alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos. De
este mueble tambin se hablaba con respeto en casa de doa Manuela.
Quin poda saber todo lo que contena? De all salan largos
pendientes en forma de uva, cuajados de diamantes antiguos; sortijones
con brillantes como lentejas; piedras sin montar, de valor considerable;
cincelados de gran mrito artstico; todo adquirido a fuerza de calma y
de regateos en el naufragio de las grandes fortunas.

--Dice usted bien, Antonio. Mi hermano es un ente raro, un extravagante,
que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en
aquella casa, contando sus miles de duros y adorndolos como si los
hubiera de llevar a la fosa. Yo no vivira con tranquilidad.... Dicen
que por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unas
pistolas viejas; pero aun as, es extrao que no le roben. Su tacaera
me disgusta. Pero entre hermanos hay que vivir en paz, no es verdad? y
por esto sufro que a espaldas mas hable mal de mis costumbres.
Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se ve
obligada a buscar los auxilios de ese avaro.

Una nueva visita entr en el saln. Eran las magistradas, una mam y
tres hijas, ntimas de las nias de la casa. El pap haba muerto siendo
magistrado, y esto bastaba para que en casa de doa Manuela, con el afn
de grandezas que todos sentan, no designasen a la familia por su
apellido, sino por el ttulo del difunto.

Los seores de Cuadros sentan una oculta satisfaccin al rozarse con
las amistades de doa Manuela, que para ellos eran gente de la clase ms
elevada. Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas
seoras, y sonrea con bondad estpida cada vez que alguna de ellas se
dignaba mirarla.

Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doa Manuela, a pesar de que
estaba bastante bien de salud, expresbase con cierta languidez que a
ella le pareca la ltima palabra del buen tono.

--Salgo poco, querida; el fro y la lluvia me matan. An no he visto
este ao la feria de Navidad. Y eso que teniendo carruaje se puede salir
de casa sin miedo al tiempo.

Y lo de tener carruaje acentubalo doa Manuela como si fuese la
ejecutoria de la distincin, el signo nico que marcaba la diferencia de
castas.

Las nias hablaban entre s, hacindose preguntas sobre sus trajes o lo
que haban hecho durante el da anterior, y nadie se acordaba del
matrimonio Cuadros, que permaneca en el sof como clavado, mirndose
los pies y sin saber cmo salir de all, por no molestar a los que
hablaban. Amparo era la nica que de vez en cuando volva la cabeza para
sonrerles. Por fin, se fueron.

--Son unos antiguos amigos--dijo doa Manuela a la magistrada--.
Buenas gentes, pero ordinarias. Nos estn agradecidos: a l le protegi
mucho mi primer marido.

Cuando la familia dio por terminada su visita, doa Manuela y las nias
fueron hasta el rellano de la escalera, para cambiar all los ltimos
besos.

--Crea que me dan un disgusto no quedndose a comer.

Desapareca en los ltimos peldaos el extremo de las elegantes faldas,
cuando son una tos que todos conocan en la casa. Era el to que
llegaba, anuncindose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las
palabras, y que, segn doa Manuela, slo tena por objeto el darse
tiempo para pensar las contestaciones.

El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que pareca una sotana,
fueron remontando lentamente la escalera, con acompaamientos de golpes
de bastn en cada peldao.

--Buenos das, to...!

Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsa
risita, que recordaba la de los conejos. Iba de gran gala. Traje, el de
siempre; pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonadura
maciza, enorme, con diamantes antiguos de gran vala, y en los dedos
sortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de los
suntuosos marqueses del pasado siglo.

--Me aguardabais, hijas mas...? Ejem, ejem...! Pues he sido puntual.
Son las doce.

Y mostraba su reloj, una joya rococ, que con sus esmaltes mitolgicos
haca pensar en las fiestas pastoriles de Versalles. Tras l suba la
escalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores.

--Este chico... este chico!--murmur la seora, sin conmoverse gran
cosa por el cario extremado que Juanito le demostraba en todas
ocasiones.

Y se dej besar por su hijo, que despus corri al comedor con el ramo,
y no encontrando un jarrn capaz de sostener aquella pirmide de flores
lo coloc entre dos sillas.

Don Juan fue casi llevado en triunfo al saln por sus sobrinas. To por
aqu, to por all; la una le quitaba el sombrero, la otra tomaba su
bastn, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendo
ligeramente al ver el chaqu, que quedaba al descubierto, y que con sus
cortos faldones dbale el aspecto de un pjaro desplumado.

Las pobrecillas ya saban vivir. Aquel to era la esperanza de la
familia; representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentacin de
una herencia, y aunque lo encontraban poco simptico, por su carcter y
la ruindad de sus regalos, sonreanle y le adulaban, con gran contento
de la mam.

A pesar de esto, doa Manuela no se haca ilusiones. Al nico que quera
l era a Juanito; con los hijos de Pajares mostraba siempre cierta
irona, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana.

--Juan, qudate en el saln mientras yo voy a la cocina a vigilar los
preparativos. Vosotras, nias, entretened al to. Ahora vers cunto ha
adelantado Conchita en el piano.

La hija mayor levant la tapa del instrumento, quedando al descubierto
el blanco teclado, semejante a la dentadura de un monstruo. Sus dedos,
larguiruchos y extremadamente abiertos por un continuo ejercicio,
corrieron sobre las teclas, produciendo complicadas escalas.

--Y t, no tocas?--pregunt don Juan a Amparo.

--Nada, to. El profesor dice que soy demasiado aturdida, y me ha
declarado incapaz. La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida,
y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios y
escalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puetazos al piano.

Y el travieso beb deca esto con tonillo irritado, levantando el puo.

--Pero ahora--continu en tono ms dulce--, ya que no puedo ser
pianista, me dedico al canto. Mam dice que hay que hacer algo, para no
estar en sociedad parada como una tonta. Ya cant el otro da en una
reunin de las magistradas.... Ahora me oir usted.

Mientras tanto, doa Manuela expulsaba del comedor a Juanito. Aquel
chico no desmenta su sangre; era ordinario, y su mayor placer consista
en charlar con las criadas.

--Juanito, hijo mo, deja a Visanteta que ponga la mesa. Marcha al
saln. El to se incomodar, porque te olvides de l.

Olvidarse de su to? Ante tal suposicin, le falt el tiempo para
correr en busca de don Juan. Visanteta acababa de tender el mantel
adamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza de
ebanistera moderna, tallada a mquina, que con su color obscuro imitaba
al roble de un modo discreto.

--Est todo bien preparado, Visanteta?

--Todo, seora. Nelet se ha encargado de que el capn no se queme; slo
faltan unas cuantas vueltas. Adela cuida del puchero. La sopa la
pondremos cuando avise la seora.

Y continu la conversacin entre el ama y la sirvienta, mientras sta,
con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos de
su saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plata
Meneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charolada
blancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copas
esbeltas, casi areas, con su pie azul, y tan frgiles, que sobre el
mantel no trazaban sombra alguna.

Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceo y sus
contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a
conciencia el salario. Lo mismo preparaba en la cocina una gran comida,
que arreglaba una mesa a estilo de fonda, arte que haba aprendido
sirviendo a una familia inglesa.

Al comedor llegaba la msica que hacan en el saln las nias de doa
Manuela para entretener al to. Amparo cantaba, y su vocecita fina,
tenue y quebradiza como un hilo de araa soltaba una lamentacin
melanclica, en italiano, para mayor claridad:

/*
     _Quando le rondinelle il nido fanno_,
     _quando di nuova flor s'orna il terreno_.
*/

El to se diverta, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su
carita de Pascua estas atrocidades de la melancola. _Vorrei morir_!,
repeta la muchacha con acento de desesperacin, saltando su voz sobre
los trmolos del piano. Vaya un aperitivo para antes de la comida!

Doa Manuela hablaba a la criada distradamente, oyendo aquella msica
que nunca poda comprender.

--Hoy trabajars mucho, Visanteta. Mi gusto hubiese sido encomendar,
como de costumbre, un par de platos a la fonda. Pero tengo convidado a
mi hermano, que es un rancio y me requema la sangre como si fuese una
despilfarradora. Por esto he querido que la comida fuese casera. A ver
si aun as encuentra motivo para murmurar.

La mirada de doa Manuela iba tras las manos de la criada. Vaya una
gracia la de aquella chica! Coga las servilletas adamascadas, rgidas
por el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez de
prestidigitador. Quedaban sobre las pilas de platos en forma de mitra,
barco, bonete o flor, y en el centro, como toque maestro, colocaba un
pequeo _bouquet_.

La seora estaba orgullosa. Slo en una casa como la suya haba una
criada capaz de arreglar la mesa con tanto arte.

Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando a
sus palabras con gruidos, segua trabajando. Abri el armario del
aparador y puso sobre la mesa los entremeses: pepinillos destilando
vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas
de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichn finas y
transparentes, y frescos rbanos de encendido ropaje y tiesos moetes de
hojas, todo en verdes pmpanos de porcelana.

Buen golpe de vista presentaba la mesa. Demasiado bueno, si se tena en
cuenta el carcter raro del que estaba all dentro. Por esto doa
Manuela dijo con expresin dolorosa:

--Mira, Visanteta, no te extremes mucho. Mi hermano es capaz de comer de
mala gana si ve aqu lo que l llama lujos. Con lo puesto hay bastante.
Ahora saca del cajn los cubiertos de plata. Los antiguos, sabes...? no
te equivoques. Cuando sirvan el pescado puedes sacar la pala de plata,
pero no pases de ah. Sera capaz de darnos un escndalo si viera lo
dems que reservamos para los convidados de otra clase.

Los cubiertos de plata antigua, piezas soberbias labradas a martillo y
heredadas del _Fraile_, fueron colocados junto a los platos.

Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el ltimo
punto, y ella al saln, a mimar al hombre temible y preparar el golpe
para despus de la sobremesa.

El piano segua sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se haba
saltado a la pera.

/*
     _Come una damicella_
     _mi trovare pi bella_....
*/

Al entrar en el saln vio a Juanito contemplando al to, y ste con la
vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tena
el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la
distraccin.

--Vaya, nias, basta de cosas tristes. Cantadle al to algo alegre.

Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no vala la
pena molestarse.

--Pero mam--dijo Amparo--, si esto que cantaba es el _Aria de las
joyas_. Muy bonita....

--Pues fuera el aria. Canta algo ms alegre. Eso de _El do de la
Africana_, que gust tanto en casa de las magistradas.

--Bueno--exclam Concha con rudeza--. Ahora _El do_. Una cosa que estn
cansados de tocar todos los organillos.

--Pues s seora, eso. Tu to no va al teatro, y tendr gusto en orlo.

Don Juan hizo el mismo gesto de antes. Para l, cualquier cosa estaba
bien. Y volvi a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendo
un pie con nervioso temblorcillo.

/*
       _Yo nac muy chiquitita_
     _y nac muy avispa_.
*/

Bueno; pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento
haca Amparito con su hilillo de voz y su expresin picaresca, el to
don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmova, tal
vez por estar mejor enterado de cmo haba nacido que la propia
interesada. E igual indiferencia mostr al orla cantar que el puente
tena seis ojos, y ella dos solamente.

Otra cosa le preocupaba y le haca removerse en su silln. Sac su
reloj, la hermosa pieza cincelada del siglo anterior, e interrumpiendo a
la cantante dijo a doa Manuela:

--Bien est todo; pero a qu hora se come aqu?

--Cuando venga Rafaelito. A la una.

--Ya es; mira mi reloj. Te advierto que yo como siempre a las doce, y
bastante sacrificio es esperar una hora. Con tales desarreglos se pierde
el estmago, y eso en la vejez es llamar a la muerte.

--Jess, hombre! No te incomodes por eso.... Nias, basta de msica.
A comer.

La graciosa sevillana par en seco, y las dos nias abandonaron el saln
seguidas del to, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo al
ver el aspecto de la mesa.

--Manuela, por lo que se ve, esto promete. Siempre has sido notable en
estas cosas.

Pero la seora estaba preocupada por la tardanza de su hijo menor y no
poda contestar.

--Este Rafaelito...! La una y cuarto y no viene. Habr que empezar sin
l...! Visanteta, la sopa.

Todos se sentaron. Don Juan en la cabecera, con las dos nias, y en el
extremo opuesto doa Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la
izquierda la silla destinada a Rafael.

La humeante sopera descans en el centro de la mesa, con el cucharn de
plata metido en las entraas, y rpidamente se llenaron los platos.
Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entre
las rebanaditas de pan impregnadas de suculento lquido, los menudillos
de la gallina, las tiernas yemas de color de mbar y los negruzcos
hgados, que se deshacan al entrar en la boca. Todos coman con
apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro,
era un tragn terrible al entrar en mesa ajena.

Finalizaba la sopa cuando entr Rafaelito, sudoroso, sofocado, como si
hubiese corrido mucho para llegar a tiempo.

--Vaya una hora de venir!--dijo la mam, frunciendo el ceo.

Era un ser insignificante y de aspecto pretencioso. El cuerpo flacucho y
pobre; la cabeza charolada a fuerza de cosmtico, partida por una raya
que con rectitud geomtrica iba desde la frente a la nuca; en la cara
enorme nariz, bigotillo afilado y patillas de chuleta, y bajo la barba,
asomando por entre las dos alas de un cuello a la pajarita , esa
protuberancia horrible llamada nuez, que parece la condecoracin de la
juventud raqutica. Afectaba en sus gestos y palabras la indolencia de
un hombre cansado de la vida, para el cual el mundo nada nuevo puede
ofrecer a los veintids aos; miraba con insolente fijeza, y cuando
escuchaba a alguien, lo haca con aire protector y desdeoso. Era el
tiranuelo de la casa, y a este privilegio una el de excitarle la bilis
a su to don Juan siempre que se pona en su presencia.

Haca tres aos que estaba abonado al segundo curso de la Facultad de
Medicina, consecuencia heroica de la que no estaba arrepentido; y tan
amante era del trabajo y de la actividad, que por no estarse en los
cafs charlando como un necio, pasaba los das y gran parte de las
noches en los crculos recreativos, unas veces peinando barajas y otras
sacrificando pesetas, para que no se dijera que en Espaa todo decae,
hasta el respetable gremio de los puntos.

Fuera de esto, era un muchacho encantador; y en caso de duda, bastaba
con preguntarlo a su mam. Quin llevaba con ms garbo que l el gabn
sin costuras, ancho y deforme como un saco? Quin, en verano, iba ms
mono con el trajecito de franela y la marinera de paja? Quin daba
mejor sombrerazo rgido, moviendo al mismo tiempo la cabeza y levantando
un pie? Rafaelito, y nadie ms que Rafaelito; y para atestiguarlo
estaban tambin las amigas de la mana, que se hacan lenguas en su
presencia de lo elegante que era el chico.

Estudiar...! Ya lo hara ms adelante. Por ahora, era un muchacho
distinguido, con buenas relaciones; y en cuanto a saber, algo saba,
pues apenas se iniciaba una discusin sobre toreros o pelotaris, dejaba
a todo el mundo con la boca abierta. Bajo su frente calva, adornada con
las dos puntitas lustrosas del peinado, haba algo, as como bajo los
hombros de su americana haba algo tambin: mucho pelote para suavizar
lo puntiagudo de sus clavculas, que agujereaban la pobre piel.

Al entrar salud al to con cierto desparpajo, sin querer fijarse en la
sonrisita del viejo, y despus se excus con la mam. Quera venir
antes, pero en la feria le haban entretenido. El paseo estaba muy bien;
trajes magnficos, sobre todo abrigos. Y haca una relacin de peridico
de modas ante sus hermanas, que prestaban odo sin dejar de engullir, y
la mam, que admiraba el talento de observacin de su hijo y la gracia
con que se burlaba de los defectos. Era el fiel retrato de su padre.

Rafael, en cuatro cucharadas, se trag su racin, ponindose al nivel de
los dems cuando sali el cocido, dos fuentes magnficas, que exhalaban
un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo
del estmago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones
garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que
se deshaca como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su
olorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera,
con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino tembln como
gelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar sus
entraas al travs de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo,
demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el
ardor de un discurso de club.

Nadie hablaba an. Oase nicamente el sordo ruido de las mandbulas;
todos masticaban y engullan; los tenedores verificaban correras
devastadoras sobre la mesa. Destrozbanse los panecillos, iban
vacindose los platos de los entremeses, y las copas de vino llenbanse,
reflejando sobre el blanco mantel purpreas e inquietantes manchas.

Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encas a derecha e izquierda
como una cabra vieja, y sus ojillos alegrbanse al ver comer a la
familia, y especialmente a Juanito.

Podan decir lo que quisieran ciertas gentes; pero l, don Juan Fora,
propietario y paseante perpetuo, sostena que nada hay como la cocina
casera y el comer en familia. Vaya un modo de tragar, hijos mos! En
una fonda estaran ya siendo objeto de crticas, y el dueo pondra mala
cara al ver cmo ganaban el precio del cubierto; las nias se haran las
interesantes, comiendo poco para no parecer feas, y l mismo tragara a
disgusto creyendo que se burlaban de su modo de mascar. Pero all
estaban en su casa, podan atracarse hasta el gaote con todo lo que
ira viniendo, y nadie podra ir a contarle al vecino cmo se las
arreglaban para hacer por la vida. Esto era la verdad; lo dems
pamplinas, modas estpidas y sufrir..... Hola! Ya se presentaba la
gallina del puchero. Que quin la parte? Juanito mismo.

Y el buen muchacho, obediente a la voz de su to, psose en pie, y
empuando un enorme tenedor y el afilado trinchante, hizo una carnicera
que elev protestas. Doa Manuela le mir severamente. Pero cun
desmaado era!

Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmova:

--Vaya, otra vez lo har mejor el chico, ahora... a lo que estamos.

Y pasaron a los platos los trozos de la gallina: la jugosa pechuga, el
cuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazn chorreando grasa,
que chupaba doa Manuela con un regodeo de gata golosa.

La animacin iba surgiendo en la mesa. Todos hablaban. Don Juan
comenzaba a mostrarse ms alegre; y como si olvidase las antiguas
preocupaciones, miraba con igual cario a todos los que estaban en la
mesa, sin pensar si eran hijos del antiptico Pajares y si su hermana
era una derrochadora.

Ahora, voto a Dios! venan bien dos deditos de vino, para acompaar
dignamente a la gallina en su bajada al estmago. Y se apuraron las
copas, y circul de nuevo la ventruda botella llena de vino de la bodega
de los Escolapios, un caldillo rojo del llano de Cuarte, que pasaba
dulcemente por el paladar, y una vez dentro, el muy traidor causaba un
trastorno de mil demonios. Las dos nias beban haciendo remilgos, pero
el to las excitaba aplaudindolas; y ellas, que no estaban
acostumbradas a ver tan alegre al viejo, volvan a gustar el vinillo
para no enojarle.

Nelet, con la gravedad de un _matre d'htel_, muy circunspecto desde
que vea en la mesa al to millonario, sac de la cocina el plato del
da, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arranc
a todos un grito de admiracin.

--Caballeros...! Ni en la mejor fonda!--dijo Rafael--. Ole por la
cocinera!

Don Juan encontr de mal gusto la felicitacin, pero admir la obra.

Era una merluza de ms de tres libras, que pareca de plomo brillante,
con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo de
lechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanillos
cortados en forma de rosas. La fuente tena una orla de rodajas de huevo
cocido, y sobre la capa amarillenta que cubra el apetitoso animal, tres
filas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y la
espina. Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano. Vive Dios,
que le remorda la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero la
cosa se haba hecho para comer; y al poco rato, la blanca carne de la
merluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos.

--Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito.

Decididamente, el to se pona alegre. Las nias recordaban como un
sueo la cara irnica y glacial de otras ocasiones. Ahora sonrea con
bondad, tena las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba
el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese despus.

Otro plato ligero, pero ste era francamente indgena: lomo de cerdo y
longanizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visanteta
una gracia especial, que haca a todos mojar el pan en la roja salsa.

Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con l, pues doa
Manuela apenas lo prob. Rafaelito fumaba, costumbre detestable que
irrit al to, pues no poda comprender tales interrupciones en la
digestin.

Las dos nias haban ido un momento a su cuarto: cuestin de aflojarse
los corss. Las ballenas se doblaban y parecan prximas a estallar con
la presin de sus vientrecillos cada vez ms redondeados. Al pasar junto
a un balcn, hirilas el fro que entraba por las rendijas. Llova, y la
gente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado. Qu bien
se estaba all dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan
abundante! Haba que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy
agradables a los que tienen casa y cocinera.

Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el hroe de la fiesta: un
soberbio capn, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el
pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.

Don Juan contemplbalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosa
no la destrozara el desmaado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprend
de mdico, entendera de estas cosas.

Las nias protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que su
hermano las haba hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sus
hazaas en el anfiteatro anatmico.

--No, Rafael no--grit Amparito--. Si l toca el capn no comemos.

Vaya un asco! Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido al
curso de anatoma media docena de veces...! Al fin, el to, en vista de
las protestas, se decidi a destrozar la pieza, pues en su calidad de
soltern saba un poco de todo.... Brava manera de masticar! Confesaban
que la comida les suba ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tan
excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo
entre los dientes, que todos despacharon su racin, masticando con
lentitud y emprendindola despus con los huesos. El to se mostraba
como un valiente.

--Juan, come ese pedazo--le deca su hermana--. Es lo mejor del plato.

--Bebe ms, Juan. Hoy son mis das, y hay que alegrarse.

Las nias imitaban la solicitud de la mam; todo era: To tome usted
esto; to, coma usted lo otro; y el to, cada vez ms encarnado y
alegrte, engulla cuanto le ponan en el plato, y como le llenaban el
vaso as como lo dejaba vaco, el resultado era que empinaba
continuamente el codo.

Aparecieron los postres. Cubrise la mesa de tajadas de meln, peras y
manzanas, avellanas y nueces; pero esto pas sin gran xito,
atrevindose el to slo con algunos pedazos de fruta que le mand
Juanito.

Despus, la clsica _sopada_, sin la cual don Juan no comprenda los
banquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadas
filas de pequeos bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como l,
carecan de dentadura. Saba a gloria; pero a pesar de tantos elogios,
recibi como en triunfo el turrn de Jijona y los pasteles de espuma.
Tambin era esto del gnero de don Juan, adorador de las cosas blandas,
que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estmago.
Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban
cada vez ms alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su
hermana por tenerle contento. Ahora haba que retirar el vino de los
Escolapios: no estaba en carcter; y por esto el viejo salud
alegremente la aparicin en la mesa de las botellas de licor de
diferentes formas y clases.

Las cepitas talladas de color rosa, que parecan flores, iban y venan
sobre la mesa, tan pronto llenas como vacas. La temperatura suba en el
comedor. El vaho ardoroso de la comida, el calor de los cuerpos, en los
que empezaba la digestin, y lo agitado de las respiraciones, parecan
caldear el ambiente. Los rostros se enrojecan, y a pesar de que llova
en la calle y los transentes soplbanse las manos para ahuyentar el
fro, se sudaba en el comedor. Doa Manuela, con la majestuosa nariz
inflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por la
hmeda frente.

--Al saln!--dijo la seora--. All nos servirn el caf.

El to prefera quedarse en la mesa. El caf entraba tambin en la
comida; por qu haban de moverse? Pero para su hermana era un detalle
de suprema elegancia tomar el caf en el saln, y don Juan tuvo que
acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese
un nio.

Vive Dios, que l no estaba borracho, pero a nadie podra negar que se
encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y
de los dos sobrinos! Todos estaban bien. Sentados en los mullidos
sillones del saln, encontrbanse como en la gloria, sacando hacia fuera
los rellenos vientres, que hervan como calderas al fuego de la
digestin, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasar
por los ojos tomaba un delicioso tinte rosa.

Don Juan dbase cariosas palmaditas en el vientre. Tal vez aquella
calaverada le costase despus crueles desarreglos de estmago y una
semana de purgas; pero vayanse al diablo los escrpulos! un da es un
da, y a ver quin le quitaba lo gozado.... Nada, que aquel da era un
calavera; se burlaba de todo; y en prueba de ello, encendi el puro que
le ofreca Rafael, a pesar de que el fumar aumentaba su los crnica.

Ya estaba el caf. Servalo Adela, una muchacha remilgada y no mal
parecida, que imitaba a sus seoritas en el peinado, afectando un aire
de aristcrata cada en la desgracia.

Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y
compararlo con otro ms rico arrinconado en su casa, acab por fijarse
en la criadita. Decididamente, no tena la cabeza bien. Mire usted que
pensar un hombre de su carcter y sus aos que estara mejor servido con
una chica as que con su vieja Vicenta...! Vaya; el _Chartreuse_, con su
calor de falsa juventud, hace pensar locuras.... A tomarte el caf,
viejo verde...! Y se bebi la taza de un trago.

Sonaba la campanilla de la puerta.

--Ser Roberto--dijo Concha.

--Tal vez sea Andresito--exclam Amparo--. Le prometi a Juan venir a la
hora del caf.

Eran los dos, que se haban encontrado en la escalera.

Roberto del Campo, el amigo ntimo de Rafael, su mentor, que le guiaba
en el camino de la distincin y el buen gusto; un chico elegante, hijo
de una gran familia arruinada, uno de esos vstagos intiles y
perniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesa a las
dos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con sus
locuras y despilfarres el egosmo y la rapacidad de sus antecesores. Era
un muchacho guapo, moreno, con nariz aguilea, barba negra y lustrosa;
una de esas cabezas gallardas, audaces y de enrgica belleza varonil que
se ven con frecuencia en las tribus bohemias. En su porte y en su traje
notbase la tendencia flamenca amalgamada con la fra correccin
burguesa. La educacin del hogar confundase con las costumbres de una
vida de estpidas aventuras. Vestido de seorito, tena algo de gitano;
cuando se disfrazaba de chulo, todos reconocan en l al seorito. Era
un ser doble, que flotaba entre la decencia y el encanallamiento.

Segn decan sus amigos, causaba sensacin entre las mujeres. La
gitanera femenina le adoraba como un dolo, pensando en sus conquistas
de seoritas; y stas mirbanle como un ser extraordinario, como un Don
Juan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencas
que, por sus desdenes, se haban tragado cajas de fsforos, y de
hermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tan
adorable.

En casa de doa Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente por
Conchita. Era un chico que tena muy buenas relaciones; es verdad que su
fortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba ya
enterrada en los garitos o entre las uas de los usureros, pero esto no
impeda que fuese un partido aceptable para las jvenes de la clase
media, que, colgadas de su brazo, podan entrar en un reducido crculo
que ellas se imaginaban como el paraso de la aristocracia.

Junto a este hermoso ejemplar de la burguesa prximo a la decadencia,
Andresito Cuadros, el hijo del dueo de _Las Tres Rosas_, apareca
empequeecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimiento
rpido y ese aire aviejado de todos los hijos nicos, a quienes las
atenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse. Era el hijo
del comerciante emancipado del mostrador y dedicado al estudio por la
ambicin del pap. Docto y pedantuelo, algo engredo con los
sobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse or en casa como
un orculo, asombrbase de que fuera de ella no le rindieran tributos de
admiracin, y esto le produca tal cortedad, que muchos le tenan por
tonto.

Los recin llegados, despus de saludar a la mam, desendola
felicidades y ensartando los lugares comunes propios del caso,
sentronse cerca de las dos nias, que se mostraban complacidas y
ruborosas.

Rafael voceaba en la puerta del saln para que trajeran pronto el caf a
sus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupacin, jugueteaba con la
traviesa _Miss_, cuyos movimientos iban acompaados por el repicante
cascabeleo de su pequeo collar.

Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez ms roja y el
cigarro apagado entre los labios, segua sonriendo beatficamente. Su
hermana no le abandonaba. Acosbalo con atenciones, y hasta haba
logrado hacerle tragar una copa de coac.

Visanteta acababa de servir el caf a los dos seoritos recin llegados,
cuando la llam su ama.

--Di a Adela y a Nelet que entren.

Toda la servidumbre de la casa se plant a estilo de coro de zarzuela
ante el silln de la seora. Entre los tres cruzbanse alegres miradas,
sonrisas de satisfaccin.

Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, por
ser el da de la seora. Con majestad teatral, doa Manuela dio un duro
a cada uno, ms un pauelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que
estaba de su mrito como cocinera. El ceo de la habilidosa muchacha se
dilat por primera vez en todo el da, y los tres salieron
apresuradamente con la alegra del regalo, oyndose el ruido de sus
empellones y correteos.

Esto obscureci un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, su
hermana era una loca, que odiaba el dinero. Mire usted que tirar tres
duros tan en tonto! No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?

Pero su digestin de esquimal harto no le permita indignarse, y escuch
con expresin amable a su hermana, que, inclinada sobre l, apoyndose
en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una nia.

--Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez de
respetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que no
le parece bien dar un duro a cada criado; a m tampoco, pero hijo mo,
la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economas, la gente
cree que va de capa cada, suposicin que a nadie gusta. No crees t lo
mismo?

l lo crea todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestin. Y
movi varias veces la cabeza en seal afirmativa.

Doa Manuela se animaba y segua hablando, No es que ella fuese
derrochadora; haba tenido su poca de apuros, como l saba muy bien, y
conoca el valor de un duro. Pero haba que quedar con dignidad,
sostener la honra de la casa, ahora que las nias iban siendo casaderas,
y esto, ay, Juanito mo! esto exiga grandes apuros y no menores
sacrificios. Qu le pasaba a don Juan? Haba parado en seco su
digestin? La gozosa sonrisa desapareca; sus ojos, entornados
voluptuosamente, volvan a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, y
se agit varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres.
Todo sea por Dios! l tambin tena apuros y haca sacrificios. El
mundo es as. Y prob dormirse, como hombre a quien no interesa la
conversacin.

Pero la hermana no call. Ella economizaba, privndose de todo para
sostener la apariencia de la casa, hasta que las nias encontrasen un
buen partido; pero a veces se tropieza con escollos insuperables y no
sabe una cmo salir a flote.

--Pero... duermes, Juan? No me escuchas? Un gruido dio a entender a
doa Manuela que su hermano la oa con los ojos cerrados. Esto bast
para que continuase.

Ahora mismo se hallaba en una de esas situaciones difciles; algunas
deudas antiguas las haba satisfecho con la paga de Navidad de sus
arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil
reales, pues el invierno exige grandes gastos. Ya que en la familia se
haban suavizado antiguas asperezas, a ella tena que acudir en sus
apuros. Y quin era su familia? Su hermano, y nadie ms que su hermano.
Su Juan, a quien ella siempre haba querido tanto, respetando sus sabios
consejos.

--T no me abandonars en este apuro, verdad, Juan? T me prestars esa
cantidad, y yo te la devolver a San Juan, cuando cobre los otros
arriendos. Quedamos en eso...?

Qu haban de quedar! No haba ms que ver el mal humor con que don
Juan sali de su turbada digestin.

--Pero, desgraciada, de dnde quieres que saque yo ocho mil reales? T
te figuras, por lo menos, que yo apaleo las onzas.

Doa Manuela protest. Vamos, que ocho mil reales no son una cantidad
para arruinar a nadie. Adems, ella prometa devolverlos a San Juan; y
al ver que su hermano sonrea irnicamente, lo jur con la mano puesta
en el exuberante pecho.

--Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa,
Juanito mo. Con que firmes por m, salgo de apuros. Adis digestin!
Ahora s que don Juan sala de la placentera calma, despertando de su
amodorramiento.

--Ya has enseado la oreja. Firmar...! firmar...! T crees que una
persona como Dios manda pone la firma, porque s, al primer judo que se
presenta? Eso slo lo hacen las locas como t, que has firmado ms papel
que un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cmo tu nombre anda
por el mundo en pagars siempre renovados, con condiciones que slo
admiten las personas tramposas y sin crdito.

Y adems, qu era aquello de la paga de los arriendos y de devolver los
ocho mil reales el da de San Juan? Mentiras y nada ms que mentiras.

--Yo lo s todo, Manuela. No conservas un campo de los que heredaste de
pap que no tenga la correspondiente hipoteca. El dinero de tus
arrendatarios se va todo en intereses. Si se juntan todos tus acreedores
y exigen que les pagues las deudas, ms los intereses disparatados que
les has reconocido, te vers en medio de la calle, perdiendo hasta la
camisa que llevas puesta. Eh...! qu tal? Creas que yo no estaba
enterado de tus cosas?

Doa Manuela estaba plida e inquieta. Era una imprudencia expresarse
as a pocos pasos de aquel grupo donde estaban Roberto y Andresito, dos
extraos que no podan imaginarse la verdadera situacin de la casa. Por
fortuna, Concha y Amparo atraan la atencin de los dos; adems, las
nias, a ruegos de los pollos, iban a hacer un poco de msica y canto.

Tal vez el piano amansase a don Juan; pero... quia! ste formaba parte
de las fieras, a quienes domina la msica, y con gran pesar de su
hermana no sala de su indignacin.

--Para esto me has convidado...? T has dicho: Le daremos bien a
comer, procuraremos emborracharlo, y despus, cuando est tierno... el
sablazo! Pues hija, te equivocas. Ni ahora ni nunca conocers el color
de mi dinero. No pienso hacer nada por ti. Cuando muri tu segundo
marido me prometiste ser un modelo de economa y prudencia; y yo fui tan
tonto, que perd el tiempo y hasta algn dinero para poner a flote tu
fortuna, que haca agua por todas partes como un barco viejo.... Djame
acabar, Manuela; no me interrumpas. Quieres hacerme creer que an lo
conservas todo libre de trampas, tal como yo te lo entregu? Quia, hija
ma! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital no
se sostiene un carruaje ni el boato que t gastas. Lo s todo; y si no,
escucha.

Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los
negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna. No
tena un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca; las rentas
apenas si daban para los rditos, y hasta la misma casa en que ella
viva era una finca que produca poco, por culpa de su vanidad.

--Cuando al quedar viuda te pusiste en mis manos, vivas en una de las
dos habitaciones del piso segundo y tenas alquilado este principal. Un
duro diario es una gran cosa, y ms en tu situacin. Pero t no podas
acostumbrarte a ser seora de muchos escalones, como dices en tu jerga;
queras tu saln y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro,
y con el pretexto de que las nias crecan y era preciso pollear y
mentir, bajaste a este piso, y baj la renta tambin aumentando los
gastos. Ya que no podas tener un tronco, carretela y berlina, como en
otra poca, vendiste un campo para comprar la galerita y el caballo y
mantener a ese bigardn, hijo de la ta Quica, que os roba la cebada y
las algarrobas.... S que te fastidia or todo esto, pero te lo digo
para que sepas que no me chupo el dedo ni se me engaa fcilmente....
Nunca me he forjado la ilusin de convertirte. T sers siempre la misma
Manuela, la loca, la pretenciosa, y morirs cuando gastes el ltimo
cntimo. Cada uno nace con su carcter, y t eres de aquellos a quienes
el pobre pap cantaba la antigua copla:

/*
       _Arrs y tartana_,
     _casaca a la moda_,
     _y rde la bola_
     _a la valensiana_!
*/

Y como si la cancioncilla del to fuese la seal para que comenzase la
msica de las nias, stas atronaron el saln con el tecleo del piano y
los gorjeos esforzados.

Don Juan cobr nimos con este estrpito. Al ver que los muchachos slo
atendan al piano, sigui hablando, pero levant ms la voz, con gran
alarma de su hermana.

--Marchas a tu perdicin, Manuela. Cuando ests en la miseria, siempre
me acordar de que soy tu hermano, y tendrs donde comer t y los
tuyos.... Pero dinero, ni un cntimo!

Doa Manuela levant la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardiente
y las mejillas rubicundas.

--Gracias por la limosna--dijo con irona--. Pero an no he llegado ah.

--Llegars, llegars--repuso don Juan sin perder la calina--. Ests en
el camino. Hoy todava puedes sostenerte, y al ver que te niego los ocho
mil reales, buscars a doa Clara, esa bruja prestamista, o a otra
persona de la clase, y firmars un pagar por doce o catorce mil. Ests
metida en el barro y no saldrs nunca de l; por ms esfuerzos que hagas
te hundirs. Si no te conociera tanto, te dara la mano; pero no: una y
no ms, Santo Toms; me acuerdo mucho de la atencin con que seguiste
mis consejos.

La seora estaba indignada por el lenguaje rudo de su hermano. Era muy
dueo de no darle aquella miseria; al fin, resultaba lo que ella haba
credo siempre: un avaro sin corazn. Pero su demanda no le autorizaba
para aburrirla con tanto sermoneo.

--Cllate, Juan; me pones nerviosa con tus groseras.

--Callar, hija; no quiero molestarte en un da como ste. Pero slo me
resta hacerte una advertencia. Los que estn tan ahogados como t, se
agarran a un clavo ardiendo. Juanito posee una finca que vale algo: el
huerto de Alcira, que has tenido que respetar en calidad de bienes
reservables. Como ahora el chico es mayor de edad y te quiere tanto, te
advierto que si para hacer dinero lo mezclas en tus los tendrs que
vrtelas conmigo. Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, y
aunque mi misin ha terminado legalmente, me creo en el deber de
defenderlo, pues es un bonachn al que engaa cualquiera.... Y no te
digo ms.

Los dos hermanos callaron. Se hundi l en su silln, mirando a los
chicos, y ella qued con los ojos fijos en el suelo, el ceo fruncido y
las mejillas de un rojo violceo, como si la rabia le produjese
erisipela.

Rafael haba salido del saln, Juanito jugueteaba con _Miss_, cada vez
ms inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con
Concha, que sonrea, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que
parecan cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundan
fantsticamente.

--Dnde diablos estn los otros?--pensaba el to, paseando su vista por
el saln.

Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcn, mirando a
la calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes.
El beb, con sus ingenuidades de loquilla, tena una habilidad diablica
para salirse siempre con la suya. Haba maniobrado hbilmente para
llevarse al hijo de Cuadros hacia aquel balcn, donde estaba la nia
como en su casa, lejos de miradas indiscretas y odos curiosos.

Primero, haban hablado del tiempo, rindose de los arabescos
caprichosos que trazaban las gotas de lluvia escurrindose por el
cristal; pero el joven, plido y tembloroso, como si le atormentase
algn pensamiento oculto, guiaba la conversacin insensiblemente, y
Amparito se dejaba arrastrar, segura de que por cualquier camino
llegara siempre adonde ella deseaba.

El to miraba atentamente el cortinaje del balcn y las piernas de
Andresito, que era lo nico visible de la pareja. En un momento que
Concha ces de teclear, oy la voz de Amparo, que sonaba lejana, como
amortiguada por las cortinas.

--Pero Andresito... si somos tan jvenes!

Jvenes! Y qu importaba eso? Para el amor no hay edades, as como
tampoco existan clases. Lo aseguraba l, que era persona competente en
tal materia, por ser poeta y no indito, pues sus triunfos haba
alcanzado en la Juventud Catlica. Adems, l no era ningn nio; dentro
de cuatro aos sera abogado, y despus, quin sabe...? Su imaginacin
vea confusamente en lontananza ese algo que acarician todos los
aprendices de legistas. Un silln de magistrado, una poltrona de
ministro o un taburete de escribiente... cualquier cosa; lo importante
era sentarse en algn sitio.

No, no eran jvenes para amarse. Ya lo haba dicho l en un soneto y
media docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto en
Amparito. El amor no tiene edad. l la adoraba con la inmensa pasin de
los grandes poetas; y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura,
de Ausias March y Teresa. Amparito escuchaba sonriente, complacida por
esta letana de poetas. Todos muy seores mos, pero que los oa mentar
por vez primera, a excepcin de Ausias March, por ser su nombre el de la
calle donde ella tena su modista.

A l le era imposible vivir si Amparito se negaba a amarle; necesitaba,
para no aborrecer la vida, que ella se decidiese a ser su musa, su
inspiracin. Y el lindo beb, aunque por costumbre segua riendo,
sentase muy satisfecha en su interior de ser musa de alguien, honor que
jams alcanzara su hermana Concha. La consideracin de hacerse superior
a su hermana era lo que ms la empujaba a decir que s. Adems, un novio
no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que
ella era hija de un doctor famoso--segn afirmaba la mam--, y los
padres de Andresito eran unos ordinarios--tambin segn doa Manuela--,
confiaba que, con el tiempo, la brillante posicin que se propona
conquistar el chico lo allanara todo.

Y cuando con ms calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, la
nia le interrumpi, dicindole con su tonillo bromista, como quien
accede a tomar parte en un juego:

--Bueno; seremos novios... pero por Dios! que nada sepa la mam.




IV


El Carnaval de aquel ao fue muy alegre para la familia de doa Manuela.

Las nias se divirtieron. Rafaelito era socio de todos los crculos
distinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en una
habitacin con luces verdes, guardada y vigilada como antro de
conspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan los
aficionados en torno de las cuatro cartas del _monte_.

Qu noches aqullas de emociones, de nerviosas alegras, de mareos
voluptuosos, y despus de aplastamiento, de brutal cansancio...! Juanito
era el encargado de abrir la puerta cuando la familia volva del baile.
En la madrugada, cerca de las cuatro, oa chirriar los pesados portones,
entraba el carruaje en el patio, con gran estrpito, y l saltaba de la
cama metindose los pantalones. La entrada de la familia le deslumbraba,
sintiendo el infeliz una impresin de vanidad. Las hermanitas, vestidas
unas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y que
todava estaban por pagar; graciosamente disfrazadas otras de
labradoras, de _pierrots_ o de calabresas; Rafael, de etiqueta, embutido
en un gabn claro, tan corto de faldones que pareca una americana; y
la mam satisfecha del xito alcanzado por sus nias, y a pesar del
cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que cruja a
cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba
con el cario de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la
cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores. La mam
era siempre para l un dolo, un ser superior, y los hermanos, al verlos
tan elegantes, le hacan recordar la poca en que l, pequeo, pero
avispado por el desvo maternal, les serva de niera cuidadosa,
llevndolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegacin sus
infantiles caprichos.

Levantbase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, pues
era preciso dejar, dormir a las criadas, para que al da siguiente el
cansancio no las entorpeciera en sus trabajos. Adems, la vista de su
familia pareca traerle algo de los esplendores de la fiesta, el perfume
de las mujeres, los ecos de la orquesta, el voluptuoso desmayo de las
amarteladas parejas, el ambiente del saln, caldeado por mil luces, y el
apasionamiento de los dilogos. Y despus de aspirar ese perfume
fantstico de un mundo desconocido que su familia pareca traerle entre
los pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volva a la cama, para
dormir tres horas ms y emprender despus el camino de la tienda,
mientras la mam y los hermanos roncaban su primer sueo con la fatiga
propia de las noches de baile.

Despus, a la hora de la comida, eran los comentarios, los recuerdos
agradables, los berrinches por supuestas ofensas que en el primer
instante haban pasado inadvertidas, y que, agrandndose ahora en la
imaginacin, pedan venganza. Las dos nias recordaban la ligera sonrisa
de las de Lpez al examinar sus disfraces de calabresas. Rerse de
ellas! Las muy cursis! Mejor haran en darse una vueltecita alrededor
de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el
mismo domin blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda
la pollera gritaba: Ya estn ah las de Lpez!

Aparte de estos disgustos colectivos, las dos nias los sufran tambin
particularmente. Conchita estaba furiosa contra Roberto del Campo, el
pollo bonito, como le llamaban algunas. Mucha palabrera, requiebros a
granel; pero de declaracin seria y formalmente... ni esto! Bailaba con
ella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y sala del saln, para no
reaparecer hasta la hora del _galop_ final. Su excusa era siempre la
misma: tena algo que arreglar con Rafaelito.

--Dnde os metis, condenados?--preguntaba la hermana al da
siguiente--. Qu diversin es esa que os hace tan groseros?

--Mujer, son cosas de hombres. Mientras vosotras bailis, nosotros nos
dedicamos a ocupaciones ms serias.

Serias, s; tan serias eran, que Rafaelito tena frita a la mam--segn
propia expresin--, pidindola cinco duros al da siguiente de los
bailes. El Carnaval tena para l mala pata, y al susurro de la orquesta
que sonaba abajo, sala bailoteando siempre la carta contraria y se
llevaba al montecillo del banquero las pesetas de mam.

Amparo tambin tena sus disgustos. Lo que a ella le pasaba no poda
ocurrirle a nadie. Aquello no era tener novio ni tener nada. Vamos a
ver: para qu tiene novio una muchacha? Para lucirlo, para que lo vean
las amigas y rabien un poco... no es verdad? Pues ella no poda darse
tal placer. Andresito no tena un cuarto y no era socio de los crculos
donde iba ella. Sus papas lo llevaban bastante elegantito, eso s, pero
limitbanse a darle los domingos tres pesetas y un sermn encargndole
que no fuese derrochador ni calavera, que mirase en qu gastaba su
dinero... y mucho cuidadito con meterse en sitios malos. Mendigaba
alguna invitacin en las redacciones de los peridicos, y si la
consegua, iba al baile, pero slo hasta la una. Ha visto usted? Hasta
la una, la hora en que iban llegando las amigas y el baile comenzaba a
animarse. Slo una vez consigui que Andresito se esperase hasta las
dos, pero al da siguiente sospech con fundamento que en _Las Tres
Rosas_ haban estado a la espera, tras la puerta, unos speros bigotes y
una vara de medir, para dar las buenas noches! en las costillas al
bailarn rezagado.... Era esto un novio serio? Y luego, aunque se quede
usted slita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitacin de tantos
pollos amables, porque si el seor sabe que se ha bailado, pone un
hocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en que
le pone a una de prfida, perjura e infiel, que no hay por dnde
cogerla.... No seor; la cosa no puede seguir as. Ella se tena la
culpa, por no hacer caso de mam, que deca que los de _Las Tres Rosas_
eran unos ordinarios. Andresito era un buen chico, pero ella no poda
estar en ridculo y que las amigas le preguntasen irnicamente por su
novio. Como se decidiera otro que estaba a la vista, era cosa hecha:
plantaba a Andresito.

Llegaron los tres das de Carnaval. Por las maanas, entre las
estudiantinas y comparsas que corran las calles, pasaban las familias
ostentando a algn nio infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el
justillo de Quevedo o los rojos gregescos de Mefistfeles. Los ciegos y
ciegas que el resto del ao pregonan el papelito en el que est todo lo
que se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de
pescadores u odaliscas, mal pergeados, con mugrientos trajes de
ropera.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las _dcimas y cuartetas_,
_alegres y divertidas_, _para las mscaras_, colecciones de disparates
mtricos y porqueras rimadas, que por la tarde haban de provocar
alaridos de alegre escndalo en la Alameda. En la puerta del Mercado
vendanse narices de cartn, bigotes de crin, ligas multicolores con
sonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer la
imaginacin de los escultores de la Edad Media, unas con los msculos
contrados por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermelln cayendo
por la mejilla; otras con una frente inmensa, espantosa; caras de
esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son
higos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con un
cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y
carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.

Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante en
la manga el lazo de la Facultad, corran las calles como un rebao loco,
asediando a los transentes para sacarles el dinero en nombre de la
caridad. Por la plazuela de las de Pajares desfilaron los de Medicina y
Derecho, y en torno de la enhiesta bandera amarilla o roja, las msicas
rompieron a tocar alegres valses, que rpidamente poblaban los balcones.

La expansin ruidosa de la juventud libre y sin cuidados invada la
plaza como una atronadora borrachera. Volaban los tricornios a los
balcones; cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los que
la hiprbole dilatbase hasta lo desconocido; y haba muchacho que,
impulsado por alguna copita traidora, despreciaba la vulgar invitacin
de las escaleras y se encaramaba por la fachada, agarrndose a las
rejas, para entregar un ramo de flores a la nia y pedirle un duro a la
mam. Concha y Amparo reciban una ovacin y doa Manuela, roja de
orgullo, reparta sonrisas y pesetas a todo el enjambre de diablos
negros, voceadores y gesticuladores que se agolpaba bajo el balcn. A
espaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en el
saln con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro la
camisa y la cara. Llevaba ramos para la mam y las nias, y estuvo
locuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intent
como los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le pareca muy
interesante.

Por la tarde, Nelet enganchaba la galerita, y a la Alameda, donde la
fiesta tomaba el carcter de una saturnal de esclavos ebrios.

El disfraz de labrador era un pretexto para toda clase de expansiones
brutales; y acompaados por el retintn de los cascabeles de las ligas,
trotaban los grupos de zaragelles planchados, chalecos de flores,
mantas ondeantes y tiesos pauelos de seda. Un berrido ensordecedor, un
_che_... _e_..._e_! estridente, prolongado hasta lo infinito, como el
grito de guerra de los pieles rojas, conmova las calles. Las criadas,
endomingadas, huan despavoridas al escuchar el vocero; y pasaba la
tribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblemente
grotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas de
madera pintada con manchas de bermelln en la corva hoja. Revueltos con
ellos, iban los disfraces de siempre: mamarrachos con arrugadas
chisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes; bebs que
asomaban la poblada barba bajo la careta y al comps del sonajero decan
cnicas enormidades; diablos verdes silbando con furia y azotando con el
rabo a los papanatas; gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado a
fajas como una cebra; payasos giles, viejas haraposas con una
repugnante escoba al hombro, y los tos de al higu! golpeando la
caa y haciendo saltar el cebo ante el escuadrn goloso de muchachos con
la boca abierta.

Toda esta invasin de figurones que trotaba por la ciudad, voceando como
un manicomio suelto, dirigase a la Alameda, pasaba el puente del Real
envuelta con el gento, y as que estaban en el paseo, iban unos hacia
el Planto para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con la
mayor facilidad. La galerita de las de Pajares, a pesar de su cubierta
charolada, de los arneses brillantes y de sus ruedas amarillas, tan
finas y ligeras que parecan las de un juguete, apareca empequeecida y
deslustrada en el gigantesco rosario de berlinas y carretelas, faetones
y dog-carts que, como arcaduces de noria, estaban toda la tarde dando
vueltas y ms vueltas por la avenida central del paseo.

Rafaelito habase disfrazado de _clown_, y con otros de su calaa
ocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacan diabluras y
saludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tiro
de sus voces aflautadas. Vaya unos chicos graciosos!

El carruaje de doa Manuela llevaba escolta. Un buen mozo con negro
domin, montando un caballo de alquiler, march toda la tarde como
pegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mam y Amparo
miraban las mscaras. Era Roberto del Campo, el cual, a pesar de su
gallarda, iba resultando un posma, que slo saba decir floreos, sin
llegar nunca a declararse. La mam comenzaba a no encontrar tan seductor
a aquel espantanovios. Dios sabe cuntas proposiciones habra perdido la
nia por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de un
novio, sin decidirse nunca a serlo. Pero Conchita se mostraba sorda a
los consejos de mam. Ella lo pescara; los hombres que las echan de
listos caen cuando menos lo esperan: todo era cuestin de tiempo y de
presentar buena cara.


Pas el Carnaval y doa Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora de
purgar los derroches y las alegras de la temporada anterior. La modista
francesa presentaba la cuenta de los trajes de las nias, y adems haca
falta dinero para los gastos de la casa. Total, que doa Manuela
necesitaba tres mil pesetas.

Su amiga doa Clara, la corredora de los prestamistas, de la que don
Juan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares.

--Francamente, doa Manuela: tiene usted por ese mundo tantos pagars
renovados y con intereses que no siempre se cobran...! Mis amigos se
niegan a dar un cntimo. Si usted encontrase una persona con garantas
que quisiera avalar su firma...!

Persona con garantas...! No era tan fcil encontrar esto, que los
prestamistas pedan con tanta sencillez. All estaba su hermano, que
solamente con una palabra poda sacarla del apuro; pero no haba que
pensar en semejante miserable, capaz de dejar perecer a toda su familia
antes que desprenderse de una peseta. Qu angustiosa situacin! Y que
una persona distinguida como ella tuviera que verse en tal aprieto por
unas cuantas pesetas, cuando tantos miles haba arrojado por la ventana
en otros tiempos...!

Haba que pagar a la modista; la idea de que sta poda decir la verdad
a sus parroquianas, todas seoras distinguidas, horrorizaba a la viuda,
a pesar de que no tena la menor amistad con ellas. Y a fuerza de
cabildeos, acab por encontrar la solucin. La tena al alcance de su
mano. Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantas
que ella necesitaba. En cuanto a las amenazas de don Juan, que haba
previsto el caso, se burlaba de ellas. No era Juanito su hijo?

Nunca vio el pobre muchacho tan dulce y complaciente a su mam. La
escuch, como siempre, embelesado, deleitndose con el eco de su voz, y
la madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito se
diese cuenta de lo que deca. A pesar de su fantica adoracin, el
muchacho experiment cierto sobresalto al enterarse de que se le peda
una firma por valor de tres mil pesetas. No lo poda remediar. Estaba
amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reapareca
en l lo que tena del padre y del abuelo.

--Pero mam, tan mal estamos de fortuna?

Doa Manuela estuvo elocuente. La vida cada vez ms cara, las exigencias
del rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ay, los
hijos...! T sabes, Juanito, lo que me costis?

Y Juanito callaba, a pesar de que tena razones de sobra para responder.
Desde la muerte de su padre se haba comido la viuda la renta de su
huerto; lo llev vestido hasta los veinte aos con los desechos de su
padrastro; haba ahorrado a su madre el gasto de una criada, cuidando
fervorosamente a sus hermanitos, aguantando sus rabietas de criaturas
nerviosas, y haca ya diez aos que ganaba su salario en _Las Tres
Rosas_, entregndolo ntegro a la mam. Qu gastos haca l, vamos a
ver? En cambio, los otros.... Pero a los otros haba que dejarlos en
paz. l los quera lo mismo que a mam, y su pena era no poder darles
ms. Y el pobre muchacho callaba, sufriendo pacientemente las irritantes
mentiras de doa Manuela, que segua hablando de los sacrificios por los
hijos. En fin, que necesitaba tres mil pesetas, y esperaba que Juanito,
su nio querido, salvara la casa.

--Pero mam, podamos hablarle al to. l nos dejara esa cantidad sin
intereses.

Al to...? Horror! Ni una palabra. Era un egosta, un grosero, un
hombre sin educacin.

--Cuidado, Juan, con decirle una palabra. Daras un disgusto a tu mam.

--Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal. Aunque don Antonio anda
ahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendr tres mil pesetas
para favorecer a unos buenos amigos.

Tampoco. A se, menos. No quera adquirir compromisos con unas personas
as... tan ordinarias. Justamente haba sabido el da anterior que
Amparito tena relaciones con el hijo de Cuadros, y haba experimentado
un verdadero disgusto. Unas relaciones sin sentido comn. Casar a
Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que haba
sido criada de doa Manuela! No; la familia no haba llegado an tan
bajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona. Ya se
saba que Antonio Cuadros se haba lanzado en plena Bolsa, y aunque con
timidez, haca sus operaciones; pero cuando tuviera muchos miles de
duros, muchos! entonces poda volver Andresito... y veramos.
Decididamente, no quera pedir prstamos a una gente inferior, que la
tratara con desdeosa confianza al conocer sus apuros.

Y descartados don Juan y el comerciante, doa Manuela volvi a la carga;
el hijo intent resistirse, pero al fin le aturdieron las caricias
maternales y firm cuanto quiso la mam.

La consideracin de que parte de aquel dinero era para pagar el abono de
las tres butacas que la familia tena en el Principal a turno impar le
hizo decidirse. Sin teatro, qu iban a hacer sus hermanitas? Para qu
aquellos trajes que tan caros costaban? All podan encontrar buenas
proposiciones que asegurasen su porvenir, y sera una crueldad que l
cortase la carrera a las dos muchachas.

Y Juanito sintise feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche
que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo
incmoda con la _toilette_ de teatro y estremecindose de impaciencia,
mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del
patio y los tirones que daba a la galerita.

Cantaba un tenor eminencia, uno de esos tiranuelos de la escena que
cobran por noche cinco mil francos para entonar una romanza o un do y
estar de cuerpo presente en el resto de la obra. Era signo de distincin
y de buen gusto dejarse robar por la eminencia; se congregaba para
cruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos nias
pasaban el da siguiente hablando con entusiasmo del _do_ de pecho del
tenor y de los vestidos escotados de las del palco 7; de los diamantes
de la tiple y de la facha ridcula del director de orquesta, un to
melenudo, con gafas de oro, que en los momentos difciles braceaba como
un loco, se levantaba del silln y pareca querer pegarles a los
msicos, a los artistas y hasta al pblico.

El gran tenor y sus triunfos figuraban en todas las conversaciones, y al
fin, el pobre muchacho cay en la tentacin, no de or el _Otello_ de
Verdi, sino de ver el bicho raro que abriendo la boca se tragaba cinco
mil francos de una sentada. l, que sin remordimiento haba firmado por
tres mil pesetas, tuvo que reflexionar y hacer un esfuerzo supremo para
gastarse cuatro. Alguna vez haba de ser calavera! Y empujado por la
muchedumbre, asalt las alturas, el paraso de fuego, donde,
acoplndose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato,
formaba el pblico un mosaico apretado y slido. All permaneci toda la
noche, confundido con la demagogia lrica, sin entender una palabra,
fastidindose horriblemente, diciendo en su interior que aquella msica
era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie
ni mano, por miedo a aquellos seores que oan con la boca entreabierta,
los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el
_nirvana_, y que, al menor ruido, ponan el mismo gesto que si un ratero
les hurtase el bolsillo. Al terminar el acto, armaban una algaraba de
mil diablos, discutiendo e insultndose en un _cal_ ininteligible, y
sacando a colacin la madera, el metal y la cuerda, como si tratasen de
construir un navio.

Juanito, contagiado por el ardor de pelea que reinaba en las alturas,
senta tentaciones de gritar que aquello era fastidioso y lo de los
cinco mil francos un robo; pero callaba, por miedo a los energmenos
artsticos, y consolbase mirando abajo las rojas filas de butacas,
donde se destacaban los lindos sombreros de sus hermanas y la majestuosa
capota de mam. Un sentimiento de orgullo le invada al contemplar a su
familia tan esplenderosa en aquel ambiente cargado de luz y de perfume,
y hasta ciertos instantes le falt poco para llamar a Amparito y hacerle
un carioso saludo.

Y pensar que en casa se pasaban tantos apuros para sostener aquel lujo!
Quin lo dira vindolas tan elegantes y risueas, especialmente la
mam, que luca brillantes en pecho, orejas y manos, y que antes quera
pasar hambre que deshacerse de ellos...! Y el pobre muchacho, siguiendo
la corriente de la lgica, pensaba con horror si todas las seoras que
all estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas de
mujer feliz, habran tenido que pedir prestado como su madre.... El
recuerdo de esta noche qued en la memoria de Juanito con una impresin
de calor asfixiante y aburrimiento inmenso. Al avalar el pagar de su
madre, haba pensado revelar a su to esta debilidad, pues incapaz de
hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan. Pero
esta vez fue perezoso; transcurri el tiempo sin encontrar ocasin para
ir a casa de su to, y al fin nada le dijo.

Adems, su posicin en _Las Tres Rosas_ tena a Juanito pensativo y
preocupado. Desde que su principal se dedicaba en cuerpo y alma a la
Bolsa, animado por ciertas jugadas de fortuna, Juanito era de hecho el
dueo de la tienda. La maana pasbala don Antonio conferenciando con
los corredores en la trastienda, leyendo los despachos burstiles de los
peridicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertos
amigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento y
hablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los cntimos. Por
la tarde base a la Bolsa, de donde volva al anochecer, sudoroso,
enardecido, llevando en su mirada la fiebre de los conquistadores.

Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plena
revolucin. Viva inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanes
notbase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida de
hablar de millones y ms millones con tanto desprecio como si fuesen
pauelos de dos pesetas docena. Las cosas de la tienda tratbalas ahora
con indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos slo de una
capacidad vulgar. Encarg a Juanito de la direccin de la casa, y cada
vez que ste le consultaba, responda con displicencia:

--Haz lo que quieras, hijo mo. All t. Aunque salga mal algn negocio,
no me arruinar. Yo estoy ahora en mi verdadero terreno; he encontrado
el filn.

Y pasando por l una rfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan
encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de
comerciante rapaz despertaban en ste y se estremeca de pies a cabeza
con el escalofro de la ambicin. Vaya un negocio ruin el de la tienda!
Trabajar rudamente, exponerse a prdidas, sufrir la mala educacin de
los compradores, todo para juntar, cntimo tras cntimo, unos cuantos
miles de reales a fin de ao. Para negocios, los suyos. Daba sus rdenes
a los corredores, se acostaba tranquilo y al da siguiente levantbase
con la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno. Era verdad
que se corra el peligro de perder mucho, muchsimo; pero cuando se
tena una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente informacin y un
acertado golpe de vista, no haba cuidado.

Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tienda
ante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre que
tiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.... Y todo
porque con unas cuantas operaciones tmidas, yendo a la zaga de otros
ms expertos, haba ganado mil duros.

Todo quiere empezar; y l, puesto ya en el camino de la suerte,
aseguraba a su dependiente que antes de un ao tendra millones, s
seor, millones no nominales ni de mentirijillas como los que compraba y
venda en la Bolsa, sino reales y efectivos, prontos a convertirse en
fincas o en acciones. Dnde estaban ahora esos ignorantes capaces de
asegurar que en la Bolsa se encuentra la ruina? Buenos ejemplos tena a
la vista para convencerse de su error. Todo el mundo jugaba. Gentes que
un ao antes no tenan sobre qu caerse muertas gastaban ahora carruaje
propio; comerciantes que no podan pagar una letra de veinticinco
pesetas jugaban millones, dndose una vida de prncipes; y la Bolsa,
aunque a l le estuviera mal el decirlo, era una gran institucin,
porque gracias a ella corra el dinero y haba prosperidad, y un hombre
poda emanciparse de la esclavitud del mostrador, hacindose rico en
cuatro das. Y si lo dudaba Juanito, que mirase a Lpez, se cuya seora
era amiga de la mam. Pues el tal Lpez no tena un cntimo, pero meti
la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejara ahorcar por ochenta mil
duros, ni por cien mil. En resumen: que a l le importaba un bledo la
tienda, y se burlaba de aquel comercio a la antigua, que slo serva
para que los hombres de capacidad financiera se matasen trabajando como
unos burros, para comer sopas a la vejez.

Justamente, en la poca que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez
ms atrado por los negocios, fue cuando Juanito comenz a sentirse
dominado por una preocupacin.

Entre las parroquianas de la casa haba una joven que los dependientes
designaban con el apodo de la beatita. Era una criatura tmida, dulce,
encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonrea a cada palabra, como
pidiendo perdn. Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda por
molestarla sus exagerados cumplimientos, ese afn de decir a toda
parroquiana, con voz automtica, que es muy bonita, para despachar mejor
la mercanca; y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a
Juanito, muchacho juicioso, tan tmido como ella y que no se permita el
menor atrevimiento.

Los dos se entendan perfectamente. Discutan con gravedad el precio y
la clase de las telas; y tan grande era la simpata, que si aquel
grandulln de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, la
beatita sonrea con toda su alma, mostrando una dentadura igual y
brillante.

Iba con frecuencia a _Las Tres Rosas_, por ser los gneros baratos, y
Juanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y unindola con
otra tres das despus, se enter de quin era.

Llambase Antonia. Trabajaba de costurera a domicilio, y tena tan
buenas manos, que se la disputaban las parroquianas, seoritas de escasa
fortuna, que acogan como una felicidad el confeccionar en sus casas
vestidos iguales a los de las modistas. Era hurfana. Su padre haba
sido cochero en una casa grande; su madre, portera. La difunta seora,
una condesa anciana, haba sido su madrina, costeando su educacin en
un colegio modesto, y todava Antonia iba a visitar algunas veces a las
seoritas, las hijas de su protectora, que se haban casado. Viva con
una amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinte
aos de un seor enfermo y malhumorado, que al morir le leg una renta
de dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre. Tnica--as la
llamaban sus parroquianas--coma en casa de stas, cosa once horas,
cuando no tena que salir para comprar tela, hilo o botones, y por la
noche regresaba a su habitacin de la calle de Gracia, un piso tercero
de una casa vieja y pequea, que las dos mujeres tenan como taza de
plata, segn expresin de las vecinas.

Juanito miraba a la joven con tierna simpata. Era tan buena
muchacha...! Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo
cado sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada
siempre a la pared, como si quisiera evitar la atencin de los
transentes.

Su belleza no era gran cosa. La cara redondita y plida, la nariz algo
corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas,
que, pobladas de sobra, tendan a juntarse, formando una sola lnea.

Pero lo que a Juanito le encantaba ms en su parroquiana era la sonrisa
y aquella dentadura que en el fondo carmes de la boca brillaba ntida,
igual, sin una picadura, sin una pieza saliente, como esas muestras
perfectas que los dentistas colocan en sus escaparates.

Esta amistad, que se estrechaba por encima del mostrador, iba siendo una
necesidad para los dos. Tnica, al entrar, no haca caso de las palabras
de los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tmido
como ella, que muchas veces le enseaba las muestras con manos
temblorosas; y Juanito experimentaba un verdadero disgusto cuando se
ausentaba de la tienda y al volver le decan que haba estado la
beatita.

Examinaba el menor detalle de su persona, alabando la delicadeza de sus
gustos. Era una pobre costurera y llevaba siempre guantes. Aseguraba que
no poda prescindir de ellos, as como de otras costumbres superiores a
su clase, adquiridas cuando nia en casa de su madrina. Rendida del
trabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a la
lectura de novelas, devorndolas, sin predileccin, pues bastaba para su
gusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho. Ganando siete reales por
once horas de trabajo, era una sedienta de ideal; y acostumbrada al
lenguaje de las madres sin ventura, de las mrtires del amor, de todas
aquellas seoras plidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba en
las obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto sabor
sentimental de novela por entregas.

En casa de doa Manuela notaron que algo extrao ocurra a Juanito, y
eso que no se fijaban en l gran cosa. Ciertas maanas, llegaba muy
contento a la hora de comer; sus hermanas le oan cantar paseando por
las habitaciones, y caso raro! l, tan despreocupado en materias de
adorno, enfadse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidi
seriamente a la mam que le comprase una corbata, pues la que llevaba
era un asco, de deshilachada y mugrienta.

Amparito rease en las narices de su hermano. Ahora que era un viejo, le
daba por presumir.... Tena, acaso, novia? Pues hijo, deba creerla a
ella, que, aunque joven, tena experiencia. Eso de los noviazgos slo
serva para disgustos y lloros. Bastante requemada la tenan a ella los
amores. Por un lado, la mam con sus sofoquinas y pellizcos, ordenndole
que rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser una
proporcin desventajosa y denigrante para la familia; y por otro, el tal
seorito acosndola, enviando carta tras carta, unas veces en prosa y
otras en verso, pero siempre repitiendo lo del corazn de hielo,
prfida, cruel, etc., etc.

--Ya ves, Juanito mo, que esto no es vivir. Dile a ese chico que no sea
machacn. Al fin, dos meses de relaciones no dan derecho para tanto. La
mam le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aqu, que no
pensase ms en mi persona; pero que si quieres...! Me asomo al balcn,
y cataplum! all est en la esquina mi hombre, con una cara tan
desmayada, que da risa; salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza
veo tras de m al moscardn, con un aspecto que no parece sino que
cualquier da va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, Pero,
hombre, t que tienes amistad con l y te hace caso, dile que no sea tan
pesado! Dile que yo le querr siempre como un buen amigo, pero que no me
importune ms, pues su testarudez la pago yo. A m no me incomoda, pero
mam se pone furiosa al verle; cree que yo aliento esa constancia, que
nos entendemos sin que ella lo sepa, y la otra tarde, al volver de
paseo, me dio un par de bofetones. Ya ves, Juanito... pegarme a m... y
por culpa de ese mico. Que no vuelva: dile que no vuelva, o le
aborrecer.

Pero lo que la traviesa mueca no deca era que le importaban muy poco
las cleras de mam y que deseaba la desaparicin de Andresito por
propio inters. En los bailes de Carnaval haba conocido a Fernando, un
teniente de artillera, esbelto, con cintura de seorita, que en el
teatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacas
buscando ocasin de saludarla con gracia marcial que encantaba a
Amparito.

Era amigo de Rafael; pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto del
Campo, y la nia se tema que la tenacidad del antiguo novio detuviera
una declaracin que tanto esperaba.

Lleg la fiesta de San Jos, que aquel ao tuvo para la familia
excepcional importancia. Desde una semana antes, la granujera corra
las calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo a
gritos, con montona cantura, _Una estoreta velleta_...!

La plazuela de las de Pajares tena un vecindario bullicioso y alegre:
gente de pura sangre valenciana, que viva estrechamente con el producto
de sus pequeas industrias, pero a la que nunca faltaba humor para
inventar fiestas. La paternidad de la idea fue del dueo del cafetn
establecido frente a la casa de doa Manuela, un sujeto panzudo y
flemtico, que gozaba en el barrio fama de chistoso y haba heredado el
apodo de _Espantagosos_, sin duda porque alguno de sus antecesores no
estaba en buenas relaciones con la raza canina. Era una vergenza para
los vecinos de la plaza no levantar en ella una _falla_ que compitiese
con las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad,
y la proposicin del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda la
gente de los pisos bajos.

El iniciador asocise a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse
de San Jos, se crea con derecho propio, y todos juntos formaron algo
que bien poda llamarse Comit de Vecinos, teniendo por principal objeto
dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la _falla_. Como doa
Manuela era la vecina ms encopetada y su casa la mejor de la plazuela,
los pedigeos pusironse bajo su proteccin, y elogiaron rastreramente
su riqueza, la belleza de las nias y hasta la suya propia: todo para
sacarla cinco duros.

La proyectada hoguera entusiasmaba a los vecinos, siendo el eterno tema
de conversacin en las porteras y establecimientos de la plazuela.
Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al
pensar en fiestas y bullicios. La _falla_ es la fiesta popular por
excelencia: una costumbre rabe, transformada y mejorada a travs de los
siglos hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe.
Primero, los moros, en los ruidosos _alales_ con que solemnizaban sus
festividades, gozaban en hacer grandes hogueras; los cristianos
adoptaron despus esta costumbre, como muchas otras; lentamente, el
nmero de _fallas_ fue limitndose en el ao, hasta quedar las de San
Jos, que hacan los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patrn
y la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hasta
que por fin, el espritu innovador del siglo hermose la _falla_,
dndole un aspecto artstico, encerrando el montn de esteras y trastos
viejos entre cuatro bastidores pintados y colocando encima monigotes
ridculos para regocijo de la multitud. Al principio, las figuras
groseras y mal pergeadas representaron escenas de la vida privada,
murmuraraciones de vecinos; pero despus la stira se remont,
metindose de rondn en la poltica, y las _fallas_ se convirtieron en
burlas al gobierno y caricaturas de la autoridad.

Las nias de doa: Manuela despreciaban la fiesta que se preparaba. Era
una cursilera, como organizada por la gente ordinaria de la plazuela,
buena nicamente para divertir a los de escaleras abajo. Pero la vspera
de San Jos, impulsadas por la curiosidad, se asomaron al balcn muy
temprano y experimentaron una agradable sorpresa, pese a su anterior
indiferencia de muchachas distinguidas.

En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevbase
todo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra: un
gigantesco dado, en cuya cara superior elevbanse ocho figuras de tamao
natural.

Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitas
rojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buque
empavesado; y este derroche de ondeante percalia extendase por las
calles adyacentes. A trechos, en las paredes, mostrbanse, clavados,
grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante los
cuales el pblico de las primeras horas--obreros que iban al trabajo,
criadas, barrenderos, etc.--, despus de deletrear trabajosamente,
soltaba ruidosa carcajada.

Pero lo que a las dos hermanas les llamaba la atencin era la _falla_.
No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como el
cafetinero y sus cofrades.

Los monigotes eran siete bebs colosales, que componan una orquesta
abigarrada, y en el centro, un caballero de frac y batuta en mano. Qu
intencin oculta tena aquello? Pero Amparito solt la carcajada
inmediatamente. El tup descomunal y grotesco del director de orquesta
se lo explic todo. Aqul era Sagasta, y los otros los ministros. Estaba
segura de ello. En los peridicos satricos que compraba Rafael haba
visto aquellas caras convencionales, destrozadas por l lpiz de los
caricaturistas; y partiendo del descubrimiento del famoso tup, fue
sealando a su hermana cada beb por su nombre, rindose como una loca
al ver que el ministro de Hacienda tocaba el violn.

Pero cuando su alegra subi de punto fue al ver que algunos chicuelos,
escondidos entre los biombos, tiraban de cuerdas, poniendo en movimiento
a los monigotes. Qu gracioso era aquello...! Las dos hermanas rean
contemplando las contorsiones del seor del tup, que a cada movimiento
de batuta pareca prximo a partirse por el talle, la rigidez automtica
y grotesca con que los bebs tocaban en sus instrumentos una muda
sinfona, que causaba gran algazara en el gento.

Amparito se sinti tan entusiasmada, que hasta envi una sonrisa amable
al cafetn de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitas
tras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en das de
gran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco,
estaba en la puerta sentada ante un fogn, con el barreo de la masa al
lado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas,
que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo. Eran los
buuelos de San Jos, el manjar de la fiesta; como frutos de oro,
colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardn
de las Hesprides.

Bien entenda sus negocios el cafetinero. La tal _falla_ iba a acabar
con todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricaba
los buuelos por arrobas.

Toda la familia de doa Manuela se entusiasm con el aspecto de la
_falla_. Haba que avisar a las amigas. Por la tarde tendran msica en
la plaza; y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el brillante
aspecto que presentara su saln, bailando las nias y sus amiguitas,
mientras las mamas pasaran al comedor a tomar un chocolate digno del
esplendor de la familia.

La casa de doa Manuela llam la atencin por la tarde casi tanto como
la _falla_. Entre las banderolas nacionales de los balcones asomaban una
docena de airosos cuerpos y graciosas cabezas, elegante escuadrn de
muchachas, que, cogindose de la cintura, jugueteando o riendo, miraban
al gento que rebulla abajo.

Detrs de las nias de doa Manuela y sus amigas asomaban algunas veces
cabezas de hombres: Rafaelito, su amigo Roberto y Fernando, el teniente
de artillera, que por fin haba sido presentado en la casa por el
hermano de Amparito. La brillante pollada del balcn agitbase con gran
algazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo; dominaba
en ella esa nerviosa alegra de las jvenes cuando, libres
momentneamente del sermoneo de las mamas, sienten una oculta comezn,
un vehemente deseo de cometer diabluras. Con el anhelo de su libertad,
iban de una parte a otra sin saber por qu. Asombanse al balcn; de
repente, una, por hacer algo, corra a la sala, y todas la seguan con
alegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco rato
inicibase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo las
devolva otra vez al espectculo de la plaza.

Un olor punzante de aceite frito impregnaba el ambiente. El fogn de la
buolera era un pebetero de la peor especie, que perfumaba de grasa
toda la plazuela, irritando pegajosamente los olfatos y las gargantas.
En la puerta del cafetn amontonbase la granujera, siguiendo con
mirada vida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del
aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos
ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el
cafetinero, segn propia afirmacin, no tena bastantes manos para
servir a todos.

En un ngulo de la plaza estaba la tribuna de la msica, un tablado
bajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorines
manchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en que
se haban ostentado.

--Msica...! msicaaaa!--gritaba la gente.

Y los msicos, azorados por el vocero, iban hacia el tablado abrindose
paso en la muchedumbre. Era la banda de un pueblo de las cercanas;
rsticos gaanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja de
general y ros vistoso con pompn de rabo de gallo, andaban con cierta
dificultad--como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto de
la semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas--,
mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas las
costuras de la guerrera.

La primera mazurca de la ruidosa banda puso en conmocin a toda la
plazuela. Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban ntimamente
agarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa,
chocando muchas veces contra el tablado de la msica. Las alegres notas
de los cornetines parecan esparcir por toda la plaza un ambiente de
alegra. Adis el invierno! La primavera se acercaba con sus tibias
caricias, y en los balcones sonrean las muchachas, mirando de soslayo a
los que se detenan para contemplarlas.

Amparito era la nica que estaba seria. Pero cun desgraciada era!
Para ella toda fiesta haba de traer el consiguiente disgusto! All
estaba l...! _l_! el posma, aquel Andresito, que de novio era un
estpido, y de amante despreciado y terco una insufrible calamidad.

Le vea apoyado en la pared de enfrente, cerca del cafetn, de puntillas
algunas veces para dominar mejor el agitado ro de cabezas que en
corriente interminable atravesaba la plazuela, y lanzando al balcn de
Amparito miradas de inmensa desesperacin, que ella... la ingrata!
deca que eran de cordero degollado.

Ame usted; pase las noches de claro en claro, estrujando la inspiracin
para fabricar sonetos amorosos; expngase usted a los arrebatos de un
pap indignado que quiere que la familia se retire pronto... y todo
para qu? para que ahora, despedido y olvidado sin justificacin alguna,
_ella_, la mujer de los ensueos e inspiraciones, la dcima musa, le
mirase con cara de pocos amigos, dicindole con sus ojos desdeosos:
Largo de aqu, trasto...! No me importunes ms!

Y s Amparito no pensaba esto mismo que supona el antiguo novio, era
algo parecido lo que expresaban sus miradas fieras y sus gestos
desdeosos para espantar a aquel moscardn molesto, que no la dejaba ni
a sol ni a sombra.

Y an segua all, tieso como un poste, importunndola con sus
miraditas? No tena bastante con tantos desdenes? Pues ahora vers. Y
se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que
estaba en el balcn, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza,
asediando a la nia con la media docena de palabritas galantes que tena
en su repertorio para los casos de conquista.

Amparo y el teniente, en un extremo del balcn, volviendo casi la
espalda a la plaza y aislados del grupo juvenil que hablaba y rea junto
a ellos, tenan el aspecto de verdaderos novios; l, serio, solemne,
llevndose la mano al tercer botn de la guerrera, que es donde supona
estaba el corazn, mirando algunas veces al cielo, todo para dar ms
fuerza y sinceridad a lo que deca; y ella, con cierta sonrisilla
irnica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunas
veces la mirada para ver si el posma segua all. Nada le importaba
Andresito; pero a pesar de esto, senta cierta satisfaccin pensando que
estaba a sus espaldas vindolo todo. Proporciona tanto gusto hacer
sufrir...!

El poeta sufra como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuya
lectura nunca haba podido terminar. Gracias a que era un vate
aplaudido en la Juventud Catlica y tena ideas muy cristianas; que si
no, a la vista de tamaa traicin hubiera sido capaz de ahogar su dolor
cometiendo la ms atroz barrabasada, por ejemplo, dando un adis
pattico a la ingrata, y arrojndose despus de cabeza en aquel caldero
de aceite hirviendo donde volteaban los buuelos.

Pero no se matara; ante todo, las creencias y el ser poeta. La muerte
frita no figura entre los suicidios de los hombres de genio. Pero si no
se mataba, sabra vengarse; l era un hombre, y cuando bajase aquel
teniente ya le exigira cuentas. Le matara, s seor, le matara; y
despus, qu escena tan trgica! el teniente a sus pies, atravesado de
una estocada; Amparito, desmelenada, sollozante, increpando al cielo; y
l erguido como gigantesco fantasma, el ensangrentado acero en la mano,
y en el rostro una sonrisa desesperada, infernal, loca; algo que
recordase el ltimo acto del _Don lvaro_. Y el pobre muchacho apretaba
con mano crispada su junquillo, que para su imaginacin era toledano
acero, y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y
Lord Byron; en todos los grandes hombres que, segn frase de Andresito,
haban tenido malas pulgas, y lo mismo escriban que daban una estocada.

Bailad tranquilos, granujas alegres e insolentes; mirad la _falla_,
burgueses bondadosos; red como gallinas cacareadoras, mujercillas que
celebris las contorsiones de los monigotes! Todos ignoris que el
volcn ruge a pocos pasos de vosotros; no sabis que hay un hombre que
prepara la ms horrible de las tragedias; y maana, cuando salga en los
peridicos la extensa relacin de lo ocurrido, no podris imaginaros que
la fiera en figura humana que mat al rival, a la novia y hasta a la
mam, si es que se decide a bajar, era el joven dulce y simptico que,
plido como un muerto, estaba hecho un poste cerca del cafetn.

S; matara y morira despus; estaba decidido. Y mir al balcn,
procurando dar a sus ojos la ms insolente expresin de reto; pero se
fij con insistencia en el teniente. Tena buenas espaldas, su cabeza
morena no era de vctima, le colgaba del talle un espadn y adems,
segn informes de Andresito, tena entre sus amigotes fama de bruto.

l no tena miedo, vive Dios! qu haba de tener? Pero bien mirado,
era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en
medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muas
de su batera. No seor; su belicoso plan quedaba desechado. Qu diran
en la Juventud Catlica? Un autor que haba provocado delirios de
entusiasmo con aquella oda dulcsima a la Virgen:

/*
     _Seora_, _t que sabes_
     _el secreto del canto de las aves_....
*/

Un hombre que tantas lindezas saba fabricar, no se peleaba con aquel
mozo de cordel. Los poetas se vengan de otro modo. Les basta encerrarse
en su inmenso dolor, lanzarlo en tristes estrofas al rostro de la
ingrata, para que sta desfallezca bajo el ms terrible de los
castigos.... Estaba decidido: abominara del mundo y sus vanas pompas;
se retirara a un desierto, sera fraile, pero no como aquellos
barbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjas
al cuello, sino con arreglo a figurn: frailecillo blanco y melanclico,
vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como
si _filase_ el lamento tierno, interminable, de las almas heridas: una
fiel imitacin de Gayarre en el ltimo acto de _La Favorita_.

Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por potica
selva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre el
pecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa: _Spirito gentil_...

Algunos se detenan sonriendo al or el canto tristn y apagado, que
pareca salirle de los talones; pero valiente caso haca l de los
curiosos! Como si una alma grande no estuviera, en sus dolores, por
encima de la vulgaridad!

Y mir al balcn. Ya no estaban all. Los infames se haban metido en el
saln, y estaran en aquel instante arrullndose, con la primera delicia
del amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo. Y l...
abajo, solo con su desesperacin; pero sabra vengarse. Sus ilusiones de
venganza le conmovan tanto, que se senta prximo a estallar en
sollozos. Y lloraba, s seor; habase llevado un dedo a los ojos y lo
retiraba mojado de lgrimas. Llorar un hombre como l! Ah, la
ingrata...! Pero un golpe de tos seca, espasmdica, asfixiante, le
volvi a la realidad.

Estaba envuelto en el humo azulado, sutil y picante que se escapaba del
fogn de los buuelos; un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacer
llorar y toser a los monigotes de la _falla_ Y lo primero que vio al
volver de sus ensueos fue un par de viejos que, asomados a la puerta
del cafetn, le miraban con sonrisa burlona. Eran dos buenos
parroquianos, con la gorrilla cada sobre la frente, los ojos vidriosos
y lagrimeantes, y la nariz violcea y hmeda; una yunta alegre, unida
por el yugo fraternal del alcohol, que, mientras hubiese cafetines
abiertos, declaraban, como el doctor Pangloss, que este mundo es el
mejor de los mundos posibles.

Con el sucio pauelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos ante
el mostrador de _Espantagosos_; pero las rarezas de aquel seorito que
hablaba solo y miraba al balcn de enfrente llamaron su atencin, y con
la cariosa insolencia de los borrachos alegres, pusironse a
contemplarle, riendo de sus gestos dolorosos.

Al ver que Andresito les miraba, hicironle amistosas seas como si le
conociesen de toda su vida. Vaya una gente francota...! Que si
aceptaba una copita? No seor, muchas gracias; no tena la costumbre de
beber.... Bueno; pues eso se perda; conste que ellos la ofrecan de
buena voluntad, al verle tan triste. Buena suerte y que saliese pronto
de cuidado! Y los dos viejos, que slo necesitaban unas cuantas copas
para ser dueos de la _falla_, de la plaza y del mundo entero,
metironse en el cafetn a continuar la obra.

Andresito segua tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernas
entumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto. Y la ingrata no
reapareca! Las amigas, en el balcn; Concha, la hermana, coqueteando
con Roberto; y ellos dentro, buscando la soledad y la discreta
penumbra.... Dios mo! Qu cosas le dira aquel bruto de las dos
estrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcn, a pesar de la
msica y de lo animada que estaba la plaza...!

Para mayor tormento del pobre muchacho, los dos viejos cnicos del
cafetn hablaban a gritos, y por ms esfuerzos que haca, sus palabras
le obsesionaban, le hacan olvidar su papel de poeta desesperado e
infeliz, del que en el fondo se hallaba satisfecho. Estaban en la misma
puerta del cafetn, jugueteando como dos chavales, dndose golpecitos en
el abdomen y obsequindose mutuamente con buuelos, que acompaaban de
latines y signos en el aire, como si se administrasen la comunin. Vaya
un par de puntos alegres! Todos los parroquianos se rean, y hasta el
mismo cafetinero desarrugaba el ceo, a pesar de que conoca el final de
tales bromas y lo mucho que costaba ponerlos en la calle.

Pero al beber otra vez, tornronse melanclicos. Miraban al trasluz el
aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les
hipnotizase el blanco lquido, hacanse mutuas confidencias, arrastrando
las slabas trabajosamente. El ms viejo estaba desengaado; le haban
lacerado  el corazn; lo juraba y perjuraba, dndose terribles
puetazos sobre el pecho, que sonaba como un tambor. Su compadre deba
creerle a l, que era hombre de experiencia y haba visto mucho. La
poltica...? una farsa; un oficio de volatineros. El Ayuntamiento...?
una cueva de ladrones; todos los que entraban en la casa grande  era
para robar. El otro le interrumpi.... El Ayuntamiento...! Ah estaba
el toque. Que le fueran a l con Ayuntamientos! Haba trabajado como un
perro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertas
de los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quera llevar
atado, y lo sufri todo... todo por el partido y el candidato... y ahora
le ofrecan como recompensa un puesto de pen en el adoquinado, nueve
horas de trabajo al sol y siete reales. Muchas gracias; l quera ser
empleado de los que estn a la fresca y fuman. Antes que partirse el
espinazo en el adoquinado, prefera vivir sin trabajar. El hambre no le
importaba.... Mientras hubiese petrleo refinado como el de casa
_Espantagosos_, el estmago ira bien.... Ahora, tras el chasco, se
haba retirado a la vida privada, y poda decir muy alto, como su
compaero, que todos los de la casa del pueblo eran unos ladrones.

Y para que quedase bien sentada esta afirmacin, se tragaron el
aguardiente de un sorbo.

--_Espantagosos_... _mesura_!

Quin...? l? Estaban frescos! All no se daban ms copas. Le
desacreditaban el establecimiento con sus feas palabras; los guardias le
tomaran ojeriza por consentir en su casa tales blasfemias contra la
excelentsima corporacin, y adems--esto era lo principal--, conoca
de antiguo a aquellos parroquianos, que, cuando se alumbraban de veras,
costaba un disgusto sacarles el dinero. Ya tenan bastante; si queran
algo ms deban pagarlo por adelantado.

Qu falta de respeto! Tratar as a personas que han hecho concejales,
retirndose despus a la vida privada...! Y miraban fieramente al
cafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con la
indignacin de una ofensa irreparable y mortal.

Del bolsillo de la blusa sala una moneda mohosa; del sudador de la
gorra otra de dos cntimos, y por las ventanas de los rotos zapatos
sacbanse alguna pieza de cobre mugrienta y sudada. Era la rebusca
furiosa de los cntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldas
de sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de bien
se diviertan en la taberna.

Con altivez de grandes seores, arrojaron su puado de cobre sobre el
mostrador, como abofeteando al dueo. Si quera ms poda ponerse a
cuatro patas, que a ellos an les quedaba dinero para taparle, si era
preciso. Y decan esto con desdn olmpico, como si tuviesen a mano
todos los millones del Banco de Espaa en calderilla.

Andresito perciba a medias esta escena, coreada por las risas de los
parroquianos. La ingrata no reapareca, y l estaba extenuado por el
dolor y por un plantn de tantas horas. No le vendra mal sentarse,
aunque fuese en el cafetn; pero no; firme all! aunque muriese de pie,
como los antiguos romanos.

Obscureca. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguan
vomitando nuevas muchedumbres, y iodos caban a fuerza de codazos y
empujones, como si fuesen elsticas las paredes de las casas. En torno
de la _falla_ agitbase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con
visera amarilla y de blusas blancas. Las seoras refugibanse en los
portales, empinndose sobre las puntas de los pies para ver mejor; los
maridos cogan a sus pequeuelos por los sobacos y los sostenan a pulso
para que contemplasen las ltimas contorsiones de los monigotes.

An era de da y ya se impacientaba la muchedumbre.

--Fueeego...! fueeego...!--gritaban a coro los de la blusa blanca.

Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con las
hmedas nances casi juntas, asombanse a la puerta del cafetn con
risita maligna al pensar que molestaban al dueo.

--Fuego...! fuego...!

Y despus de gritar se metan apresuradamente en la taberna, fingiendo
susto, como chicuelos que acaban de hacer una travesura.

Los organizadores de la _falla_ se resistan. Haba que esperar a que
cerrase la noche. Pero la muchedumbre estaba dominada por esa
impaciencia que, entre la gente levantina, basta que sea manifestada por
uno para que los dems se sientan contagiados.

--Fueeego..! fueeego...!--seguan aullando de los cuatro lados de la
plazoleta. Y de la desembocadura de un callejn sin adoquinar sali una
pedrada certera, que dej trmulo al monigote del centro, llevndosele
medio tup. Aplausos y carcajadas, y a los pocos minutos servan de
blanco todos los bebs de la orquesta. Haba que comenzar en, seguida.
El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofrades
braceaban y se desgaitaban en torno de la _falla_ pidiendo un poco de
calma, mientras un compaero se introduca en el cuadrado de lienzo con
dos botellas de petrleo. Cuando los biombos transparentaron una mancha
roja que rpidamente se agrandaba entre incesante chisporroteo, la
muchedumbre lanz un oh! de satisfaccin. Comenzaban a arder las
esteras viejas, las sillas cojas y dems muebles recogidos en los
desvanes del barrio y amontonados en el interior de la _falla_. El rojo
resplandor iluminaba la parte baja de los figurones.

--Que toquen la _Marsellesa_!--grit un vozarrn annimo con acento
imperioso.

Un estremecimiento pareci correr por la muchedumbre, saltando despus
de balcn en balcn.

--S, la _Marsellesa_... venga la_Marsellesa_!--repitieron miles de
voces con expresin amenazante, como si alguien se negase por anticipado
a sus exigencias.

Los msicos, que enfundaban sus instrumentos, miraron asustados al
amenazador gento. Intentaban negarse; pero el pensamiento de que
quedaban piedras en el callejn desvaneci sus propsitos de
resistencia. La msica rompi a tocar, chillaron los cornetines, sonaron
el bombo y los platillos como una tempestad lejana, y por toda la plaza
se esparci un ambiente de bienestar, reflejndose en los rostros.

La _Marsellesa_... y el gobierno en la hoguera! Qu ms podan pedir?
Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, haca pasar ante los
ojos risueos espejismos. Todos se sentan dominados por un optimismo
meridional.

Las lenguas de fuego comenzaban a salir del interior de la _falla_,
lamiendo la ropa de los monigotes.

--Bravooo...! Vtooor!

Nadie pensaba que aquello era madera y cartn. El entusiasmo les haca
feroces; crean que era el mismo gobierno lo que quemaban al son de la
_Marsellesa_, y los industriales soaban despiertos en la rebaja de la
contribucin; los de las blusas blancas en la supresin de los Consumos
y el impuesto sobre el vino, y las mujeres, enternecidas y casi
llorosas, en que acabaran para siempre las quintas.

La msica segua rugiendo la _Marsellesa_, y en la multitud, alguno de
los ardorosos, trastornado por la ilusin y por el himno, creyendo que
la cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmn: Viva la Repblica!,
lo que azoraba a los pobres municipales y les haca mirar en derredor,
buscando un hueco en el gento por donde escapar.

La hoguera creca rpidamente. Las inquietas llamas, movindose de un
lado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajos
de blanca muselina y las cintas de raso de los bebs. El fuego
jugueteaba como una fiera con sus vctimas antes de devorarlas. De
repente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devor,
escupindolos despus como negras pavesas, que revoloteaban sobre las
cabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardan como
grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordaba
los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de
Nern.

Haba llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los
organizadores de la _falla_ con pesados puntales, golpeaban el armazn
de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para
que cayeran en el rojo crter.

La muchedumbre, legtima descendiente del pueblo que dos siglos antes
presenciaba los autos de fe, aplauda con gozosa ferocidad la cada de
los monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire sus
piernas y sus brazos chamuscados, se zambulla uno en las llamas, oanse
risas y berridos.

La _falla_ se derrumb con todo su armazn medio carbonizado, y un
torbellino de chispas y pavesas se elev hasta ms arriba de los
tejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno,
tindolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropas
humeantes, retirbase a las inmediatas calles; los de los pisos bajos
cerraban las puertas, huyendo de aquella atmsfera ardiente que abrasaba
los ojos y esparca por la piel intolerable picazn, y en los balcones
las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el
ambiente abrasador, saltaban con estrpito.

Ms de media hora ardi con toda su fuerza el informe montn de leos
ennegrecidos, que al carbonizarse se cubran de rojas escamas. Algunos
maderos estaban erizados de innumerables y pequeas llamas, como si
fuesen caeras de gas.

La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras
_fallas_. La temperatura bajaba, el incendio iba achicndose, la
frescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertas
volvan a abrirse.

En casa de doa Manuela, terminado el espectculo pblico, haba su
poquito de fiesta, sin duda para amenizar el chocolate suntuoso que la
rumbosa viuda daba a sus amigos. La gran lmpara del saln, reservada
para las solemnidades, haba sido encendida; y Andresito, desde la
plaza, vea los trajes claros y los _bouquets_ de las amigas pasar por
el iluminado balcn, movindose con el ritmo del baile.

El pobre muchacho estaba firme en su puesto. El fuego le haba empujado
a un extremo de la plaza; pero apenas se refresc el ambiente, volvi a
la puerta del cafetn, cerca del laurel cargado de buuelos, cuyas ramas
se haban tostado. La _falla_ segua ardiendo, con sus estallidos de
lea vieja, que sonaban como tiros.

La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados,
que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo
al lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentaban
oponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres era
impotente ante tales diablillos, y al fin adopt la sabia determinacin
de sonrer con tolerancia y retirarse a un portal.

Andresito segua con mirada triste las evoluciones de aquellas
bulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamas
como si tal cosa, sacudindose las chispas como los perros.

La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio haca ms
lbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hoguera
manojos de cohetes, que salan como rayos, culebreando su rabo de
chispas, arrastrndose de una pared a otra y remontndose en caprichosas
curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de
trabucazo. Los municipales no vean los cohetes, pues al fijarse en el
aire matn de la chavalera que los disparaba, permanecan metidos en el
portal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de aquellos
rayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejara ganas en una
temporada de ser frailecito blanco y llorar los desdenes de su hermosa;
pero permaneci inmvil. Irse de all era renunciar a su venganza. l
esperaba algo, sin saber qu; y all permaneca mirando el balcn, a
pesar de que sus piernas apenas podan sostenerle, y en la cabeza y el
estmago senta un vaco anonadador.

Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometa con su vocecita de
seda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y los
berridos burlones de la pillera, a quien le hacan gracia los lamentos
musicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.

Las llamas iban extinguindose, la plaza estaba cada vez ms obscura y
los chiquillos desertaban en grupos, bucando otras _fallas_ que no
hubiesen llegado al perodo de la agona.

Dos hombres salieron del cafetn agarrados del brazo, con paso lento y
vacilante. Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y el
eterno pauelo de hierbas en la mano. Volvieron el rostro al cafetn, y
como personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldicin sobre la
cabeza de _Espantagosos_, un ladrn que, al quedarse sin dinero dos
hombres honrados, les echaba a la calle sin ms miramientos.

El humo de la _falla_, denso y pegajoso, les hizo toser; pero se
detuvieron ante el rescoldo enorme como un brasero de gigantes.

Soltronse del brazo y saltaron la _falla_, uno tras otro, con una
agilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales rean
y hasta el desconsolado poeta dej de mirar al balcn. El cafetinero y
sus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectculo
grotesco e inesperado.

Las carcajadas del pblico enardecan a los borrachos, les hacan
sonrer con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones.
Corran en torno del gran montn de brasas, saltaban por todos los
lados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dos
se acordaba del otro.

Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno por
lado distinto, encontrronse en lo ms alto de su salto; chocaron los
cuerpos como proyectiles y cayeron en el rescoldo, hundindose entre
las brasas la parte ms carnosa del individuo.

La plazuela pareci animarse, lanzando interminables carcajadas. A
patadas y puetazos los sacaron los municipales, y una vez libres del
rescoldo, empujronlos fuera de la plaza. A sus casas o al Asilo...!
Lo que quisieran!

Andresito vio cmo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva cara
por el revs chamuscado de su pantaln, riendo su postrera hazaa,
dndose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetn y
hablando a gritos para que quedase bien sentado que la casa grande era
una cueva de ladrones, y ellos, desengaados, se retiraban a la vida
privada.

Y el poeta, envidiando su alegra, segua en su puesto, iluminado por la
ltima crepitacin de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor,
llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad,
esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada y
estremecindose al or aquella voz tenue como un hilillo de seda, que se
quebraba al llegar a lo ms alto de la romanza, ahogndola con sus
aplausos los complacientes convidados de la mam.




V


Juanito era feliz. Prximo al ocaso de su juventud, a los malditos
treinta aos de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengaos
experimentaba la alegra de saber que en el mundo hay algo ms grato que
adorar a la mam como un dolo y plegarse a todos los caprichos de los
hermanitos.

El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestbanse en l
con extraordinaria fuerza, como frutos tardos del rbol de su vida, que
haba pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la
primavera.

Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cmo haba
ocurrido su transformacin. Sin duda, el amor era ms fuerte que su
caracterstica timidez. En la soledad, al recordar a Tnica,
avergonzbase como el que ha cometido una accin punible; las palabras
intencionadas que haba deslizado en la conversacin martillebanle
despus los odos, y tan pronto las consideraba ridculas como
exageradamente audaces.

--Dios mo...! Qu dir de m esa chica!

Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desapareca y senta en su
interior audacias que le asombraban.

Ya no se conformaba con esperar que Tnica fuese a la tienda de _Las
Tres Rosas_. Enterbase de dnde trabajaba, y con una astucia de las ms
torpes, salale al paso por la maana al ir al trabajo y por la noche al
regresar a su casa; hacase el encontradizo y le desesperaba la
dificultad de su lengua tmida, que pareca rebelarse, no queriendo ser
conductora de sus pensamientos.

Pas ms de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en su
propsito. Tnica le hablaba como un amigo y le haca confidente de
todos sus pensamientos: las exigencias de sus parroquianas, los consejos
de las seoritas, que eran las hijas de su difunta protectora, y hasta
las dolencias de aquella mujer casi ciega que viva con ella,
sirvindola de madre. Con estas confidencias, Juanito iba penetrando
lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio,
a pesar de que todava la picara lengua segua negndose a obedecerle.

Tnica tena en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban al
joven, sin dejar por esto de experimentar alegra.

Lleg a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinible
que experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo,
rezando rosarios tras rosarios. En aquella poca, llevarla a la capilla
de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las
diversiones, y rezaba con tal devocin, que las viejas beatas se la
coman a besos, asegurando que iba para santa.

--Qu poca aqulla!--deca la joven con ligera sonrisa--. Ahora la
recuerdo con cierta extraeza y no menos envidia. Las estampitas de mi
devocionario me hablaban; y por la noche, una Virgen que tena en mi
cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dorma. Usted,
Juanito, se burlar seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin,
cosas de nias. Pero mi madrina la condesa, en vista de tan ardiente
devocin, quera hacerme monja; y el otro da, las seoritas,
recordando los deseos de su mam, todava me ofrecieron costearme el
dote para que entrase en un convento.

--Y usted acepta?--pregunt el joven con visible ansiedad.

--Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad vol, creo que
para siempre. Ahora soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigo
misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante
el mundo y voy siendo algo impa, pues algunas veces me digo que no es
tan psimo como lo pintan los predicadores.... Adems, quin cuidara
de mi pobre Micaela, sola y casi ciega? Sera cometer un horrible pecado
de ingratitud por salvar mi alma. No seor, no pienso hacerme monja;
prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga.

Juanito tena en los labios una pregunta audaz. Qu haca? La
soltaba...? Tembl; pero vacilando, diola curso, al fin, con voz de
agonizante.

--Y no piensa usted casarse?

Tnica contest con una carcajada.

--Casarme yo...! Y quin ha de ser el valiente? Se necesita mucho
corazn para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y que
lleva tras s el bagaje de una amiga vieja y enferma.

Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era l; pero, por su
desgracia, se detuvo. Tnica estaba seria y deca con triste ingenuidad:

--Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humilde
como yo, que quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendra por muy
feliz.... Pero en fin, hoy por hoy no hay que pensar en tonteras.

Y cambi con tal arte el curso de la conversacin, que a Juanito se le
qued en el cuerpo lo que quera decir, y antes llegaron a la pobre
escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser
esposo de Tnica y encargarse de la pobre ciega.

Aquella noche fue cruel para Juanito. La pas en vela, revolvindose
inquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el ms cobarde de
los hombres. Pareca imposible que un mocetn con unas barbas que
causaban espanto fuese tmido como un seminarista. Y pensar que todos
tenan valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que
se declar a Amparo con la mayor facilidad...! Cristo! Cmo se reiran
de l sus hermanas si conocieran sus timideces! Slo esto faltaba para
que todos los de casa le creyesen un imbcil.... Pero pronto se sabra
quin era l. Y animado por una resolucin hija del amor propio, pas
todo el da siguiente en la tienda distrado, sin atender a las ventas,
ansiando que llegase la hora de acompaar a su casa a Tnica.

Caa una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos,
cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir,
andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en
la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz pareca
esparcir tinieblas.

Bien comenzaba la entrevista. Tnica se resisti a aceptar el paraguas
de Juanito; no poda consentir que el joven se mojase por complacerla a
ella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cpula de seda...
slo en pensarlo la produca rubor y haca que echase su cuerpo atrs,
como para huir de un peligro.

Pero la expresin de angustioso ruego de Juanito pareci convencerla.

Bueno; aceptaba su invitacin porque le crea un joven formal y honrado.
Pero Dios mo! qu dira la gente...! Y comenz a andar con timidez al
lado del joven, que no se senta menos conmovido. Nunca haba estado tan
prximo a Tnica. Rozaba al andar un lado de su busto, se senta
envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y vea
cerca de sus ojos el rostro de Tnica, su boca fresca, mostrando la
brillante dentadura con graciosas sonrisas.

Juanito, entusiasmado por su buena fortuna, no pensaba ya en la
resolucin que tan inquieto le haba tenido durante todo el da.
Bastbale para ser feliz y considerarse dueo de Tnica or su voz,
trmula por la emocin que le causaba un paseo tan ntimo.

De pronto, Juanito pareci despertar. Qu diablo! Ya estaban casi en la
mitad del camino, cerca del Mercado, y l callaba, sin atreverse a decir
lo que tan pensado tena.

Pero la maldita timidez retardaba con ridculos pretextos su
declaracin.

Bueno; aguardara a llegar a aquella esquina, y una vez en ella, zas!
soltaba su demanda, aunque cortase a Tnica en lo mejor de sus
confidencias.

Ya estaban en la esquina. All va...! Pero no; no hablaba. Iba tras
ellos un seor por la acera, resguardndose de la lluvia; poda or su
declaracin... y quin sabe de lo que son capaces esas gentes burlonas,
que miran el amor como cosa de risa!

Esperara a que el molesto transente se fuese por otra calle. Y
mientras tanto, escuchaba a Tnica, cuidando de ladear el paraguas para
que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de
enagua blanca al descubierto y las pequeas botinas que saltaban los
charcos con una graciosa ligereza de pjaro.

Ella hablaba mientras tanto, desahogando el enfado que le causaban sus
parroquianas. Slo una pobre como ella poda sufrir tantas exigencias.
Era costurera, y queran que trabajase como una modista famosa. Por dos
pesetas diarias la explotaban las parroquianas de un modo irritante;
mostraban un ansia furiosa para exprimir todas sus habilidades; la
hacan cortar y probar como una maestra y coser o zurcir como una
oficiala; obligbanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza del
trabajo ni un solo instante; se mordan los labios con rabia y dudaban
de su laboriosidad cuando no poda convertir en vestido flamante un
guiapo viejo; y despus de todo, cuando la costurera terminaba,
despedanla sin cario alguno, como un mueble intil, y no se acordaban
de ella al darse tono en paseos y teatros, asegurando que era de una
modista francesa el vestido cuya confeccin les costaba unas cuantas
pesetas.

--No es verdad, seor Pea, que eso es una ingratitud?--preguntaba
Tnica muy animada, olvidando los escrpulos que haba manifestado antes
de admitir el paraguas.

Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cien
leguas de lo que deca. S seor, era una infamia; personas tan ingratas
nada merecan. Y al mismo tiempo miraba atrs, viendo con gozo que el
transente importuno haba desaparecido.

Ahora s que se lanzaba; esperara a pasar la plaza del Mercado, y as
que entrase en la calle de Gracia, soltara su declaracin. Tnica viva
en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se
lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras. Y mientras
atravesaban el Mercado con pasos tmidos, resbalando en el barro
pegajoso que cubra las losas, el joven oa a Tnica con la falsa
atencin del cmico en la escena, que finge escuchar mientras piensa en
lo que va a decir.

Juanito se indignaba sin saber por qu. Qu manera de explotar aquellas
seoras a la pobre Tnica! Era insufrible! Y mientras matizaba con sus
exclamaciones la relacin de la joven, pensaba con alarma que ya estaban
en la calle de Gracia y l todava guardaba en el cuerpo, completamente
indita, la declaracin que tanto le inquietaba.

En cuanto llegasen a la prxima esquina, interrumpa a la joven, aun a
riesgo de ser descorts. Bueno, ya estaban en la esquina, pero por un
poco ms nada se perda; prolongara el plazo hasta un farol que estaba
tan prximo. Pero en llegando all no haba excusa. Hablaba, o era capaz
de arrancarse la lengua.

Y as pasaba la pareja por todas las etapas que la maldita timidez de
Juanito iba marcando, sin llegar a decidirse. En la imaginacin del
joven, aquella calle haba sido mutilada de un modo horroroso; le
pareca extremadamente corta, y la pequea puerta por donde desapareca
Tnica todas las noches estaba ya a la vista.

Para mayor desgracia, la joven segua hablando; pero Juanito tembl,
pensando que poda quedarse solo y desesperado dentro de pocos minutos
por culpa de su timidez, y al fin se sinti hombre.

--Tnica!

Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven call,
mirando en derredor, como si les amenazase un peligro.

--Qu ocurre?

--Que la quiero a usted mucho; que....

--Ah! era eso...!--exclam Tnica sonriendo--. Yo tambin le quiero a
usted como un buen amigo, como un joven formal; sobre todo como formal.
No siendo as, no consentira que me acompaase con tanta frecuencia, lo
que puede dar lugar a suposiciones. Mire usted, el otro da decan las
vecinas....

--No, no es eso. Yo no la quiero a usted slo como amigo: yo la amo...
sabe usted? la amo, y soy ese hombre valiente de que usted hablaba
anoche, capaz de hacerla mi esposa sin dejar abandonada a la pobre
Micaela.

Tnica mostrbase aturdida por la declaracin. La presenta desde mucho
tiempo antes, pero habla llegado a dudar de ella en vista de la timidez
de aquel nio grande. Intentaba sonrer como s tomase a broma las
palabras de Juanito, pero estaba ruborizada; se haba detenido mirando
al suelo, y tan turbados estaban los dos en medio de la calle, que el
paraguas los dejaba al descubierto y la lluvia caa sobre sus hombros.

El silencio era penoso. Juanito estaba asustado por la seriedad de
Tnica. La costurera reflexionaba, y al fin habl.

Ella agradeca el ofrecimiento del seor Pea, pero no poda aceptar.
Era el hombre honrado y modesto que deseaba; si no fuese ms que un
dependiente de comercio, tal vez aceptase... pero es que ella ignoraba
quin era su familia? Estaba enterada por una parroquiana amiga de su
mam y de sus hermanitas. Eran unas seoras de las que viven con
verdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros; tenan
carruaje... en fin, _una gran familia_--esto subrayado por una expresin
entre admirativa y respetuosa--, y no era justo ni legal que ella, una
pobre jornalera, aspirase a tanto.

Juanito senta alegra y compasin a un tiempo. Regocijbale el saber
que no era indiferente a Tnica y que en la posicin de su familia
estaba el nico obstculo. Valiente posicin! Compadeci la ignorancia
de la joven y estuvo prximo a decirle que todo aquel lujo era imbcil
fatuidad, pura bambolla; pero sintise dominado por sus temores de nio
sumiso y obediente, y hasta en el vacilante resplandor del inmediato
farol crey ver el rostro de mam contrado por un gesto de indignacin
majestuosa.

No negaba que su familia estuviera en buena posicin; pero qu
importaba esto? l la quera, y no era necesario ms. No pensaba dejar
de ser comerciante; su porvenir consista en ser dueo de una tienda; y
qu mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela
del trabajo y la economa, y que supiera ser ama de su casa? El pobre
muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba
los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que haca danzar locamente
el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo prximo a
meter una varilla por los ojos de la joven.

Pero Tnica no se convenca. Impresionbale el acento de verdad del
dependiente; pero no poda dominar el temor respetuoso que le inspiraba
una familia rodeada de los prestigios de la riqueza y de la elegancia.
Por esto a todos los argumentos de Juanito contestaba moviendo la cabeza
negativamente.

As pasaron ms de un cuarto de hora en medio de la calle, bajo la
lluvia, llamando la atencin de los escasos transentes, que ante una
pareja tan olvidada de s misma hacan comentarios maliciosos.

Por fin, la costurera pareci ablandarse. Lo pensara; tal vez al da
siguiente pudiera contestarle. Y tras esta promesa, que para Juanito fue
una felicidad. Tnica dio seis golpes en la aldaba de su casa y
desapareci, cerrando la puerta de la escalerilla.

El joven estaba deslumbrado. La ltima sonrisa de Tnica revoloteaba
delante de l con sus alas de oro, alumbrndole el camino. Sentase
impregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez,
como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frgil que
poda desprenderse al acelerar su marcha.

La dulce borrachera del amor correspondido trastornaba a Juanito. En
concreto, nada le haba dicho Tnica; pero a pesar de esto, el joven,
con instintiva confianza, crea en su felicidad, y aquella noche fue la
primera de satisfaccin y calma, despus de las rabietas e inquietudes
que le haba producido la timidez de su carcter apocado. Ahora... oh!
ahora era todo un hombre, y as lo reconoca satisfecho y un tantico
orgulloso de su audacia.

La costurera no fue ms explcita al da siguiente. La posicin
brillante de la familia de Juanito era una idea que se le haba
atravesado en el cerebro. Ella no era nadie: una pobre costurera que,
acostumbrada a sufrir las impertinencias de las seoras, no poda
permitirse el lujo de mostrar susceptibilidad ni amor propio... pero eso
de casarse para ser la vctima resignada y humilde sobre la cual cayeran
los desprecios de la familia, estaba fuera del lmite de su paciencia.

--No diga usted que no. Adivino lo que sucedera; como si lo viese. Las
hermanas de usted, unas seoritas, se avergonzaran de tener por cuada
a la que remendaba los vestidos de sus amigas; su mam, toda una seora,
me considerara un poquito ms que a sus criadas. Y yo, aunque sea
pobre, no tengo fuerzas para tanto. Para salir de esta vida, quiero
vivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten. Qu menos
puedo pedir? No es verdad...?

No; no era verdad que ella corriese tantos peligros casndose con l. Lo
juraba a fe de Juanito Pea. Su familia...! Pero es que haca gran
caso de l? Podra casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos ni
protestas. l formaba aparte, se senta aislado en medio de los suyos. Y
el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su
situacin, deca esto con tal amargura, casi con lgrimas en los ojos,
que Tnica se conmovi, mostrndose ms blanda.

Ella le apreciaba; se crea muy honrada con merecer su atencin; no
entenda de amoros, pues slo los haba visto en las novelas; pero le
permita seguir hablando con ella, como amigos ms que como novios, y si
el tiempo demostraba que sus caracteres se comprendan y compenetraban,
entonces....

El rubor de la joven complet sus palabras. Juanito no necesit ms para
soltar el chorro de su verbosidad comprimida; y atropelladamente, habl
de su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de su
felicidad. Tena dinero... venderan el huerto de Alcira... comprara
una tienda. _Las Tres Rosas_ por ejemplo... se casaran... tendran
nios, muchos nios, porque l, con sus gustos de joven tmido, adoraba
los muecos... l sera un modelo de maridos.... Pero par en seco al
ver que Tnica se ruborizaba, dirigindole miradas de reproche por la
libertad con que formulaba sus ilusiones. En fin, ya vera lo que era
bueno, y qu vida tan rica iban a darse cuando vivieran casados y fuera
del crculo de estpidas pretensiones de su familia.

Por de pronto, no era mala la vida que haca Juanito. Pasaba el da
pensando en su Tnica; abandonaba la tienda a las horas en que aqulla
tena que salir por algn encargo de sus parroquianas, y por la calle
iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le
viera la mam y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas,
para que stas aprendiesen a distinguir y no le tuvieran por un
pazguato incapaz de tener novia. Por ella, por Tnica, rea con la
planchadora, l, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unos
cuellos duros y lustrosos como el mrmol; y con gran asombro de las
hermanitas, se emancipaba de la direccin de la mam, siempre tacaa con
l, y se haca un traje igual a los de su hermano Rafael.

Todo iba bien: Juanito se encontraba ms joven y fuerte. Le pareca que
algo nuevo circulaba por su venas; era vino caliente y espumoso que
arrollaba y barra la antigua horchata. Ya haba conseguido que Tnica
le llamase Juanito, y no seor Pea, con aquel acento ceremonioso que
haca rer; pero an no se haba decidido a corresponder a su tuteo, y
le plantaba siempre un usted como una casa, asegurando que le causaba
rubor hablarle de otro modo.... Qu inocente! Como si l no fuese hijo
de un antiguo tendero del Mercado! En fin, todo se andara.

Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las
atenciones que con l tena su mam, las miradas cariosas, los hijo
mo! dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una
caricia. Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligida
demanda, el sablazo maternal, acompaado con lgrimas y conmovedoras
lamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educacin de los hijos. Y la
peticin fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tarde
en que Juanito, despus de comer de prisa, iba a salir para avistarse
con Tnica antes de entrar en la tienda.

El pobre muchacho qued anonadado por las maternales confidencias....
Diablo! La situacin era ms grave que l imaginaba. Ya no eran diez o
doce mil reales los que ponan a su mam con agua al cuello; ahora se
trataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar o
resignarse a que la situacin de la familia se hiciese pblica, pues los
acreedores, gente grosera y sin entraas, sin otra pasin que la del
dinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una seora
decente.

--Yo me muero de sta, Juanito mo; estas cosas no son para m. Ay,
Dios! Cunto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una
familia! T, hijo mo, slo t puedes sacar a tu madre de apuros....
Tres mil duros...! Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he de
tener a punto para el da siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; me
han llamado tramposa porque no puedo pagar... tramposa! a una seora
como yo...! No puedo sufrir tanta vergenza. Y si mis hijos me
abandonan, me morir, s seor... presiento que estos disgustos me van a
quitar la vida.

Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagos
de su mam, y se propona no adquirir compromisos, sinti en su interior
algo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una ola
caliente.... Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo;
pero el cario ciego, que le haca adorar a su madre, rebelbase ante
tal ofensa; le conmova hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y
bondadosos se velasen con lagrimones de ira.

Con movimientos de cabeza asenta a todas las afirmaciones de su madre.
S; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no poda quedar
a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados
por doa Manuela con tanta irreflexin como frescura, exigan quince mil
pesetas por un prstamo de once mil. Haba que pagar; pero... y el
dinero? dnde encontrar el dinero?

Y la viuda, al llegar a esta conclusin, le miraba fijamente, dndole a
entender que en l estaba la solucin.

--Hay que buscar el dinero, mam. Poda usted hablar coa doa Clara, esa
amiga que, segn dice el to, es la arregladora de todos estos enredos.

--Doa Clara...! valiente apunte! Hijo mo, t, como eres tan buenazo,
no conoces a las personas. Esa doa Clara es una tal, que slo va donde
puede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en un
apuro. Nuestra situacin es muy mala, rematadamente mala.

Y en los odos del joven agolpronse en tropel las vergonzosas
confidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento,
sino por la humillacin que supona confesar la situacin de la casa,
aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las venda, no
llegara su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnmero
de pagars, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestaran un
duro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que haba
que satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada con
que pagar, absolutamente nada; la carencia ms completa de medios para
salvar la situacin.

Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella haba acudido ya a
los procedimientos ms penosos para su dignidad. Si ahora fuese la
temporada de pera, ni ella ni sus hijas podran lucir las joyas que
enorgullecan y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa de
prstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tan
seorial, los grandes candelabros del saln, no haban salido de casa
para blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compaa a las
joyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se haban escurrido
como agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros.

--Esto te lo digo, Juanito, porque eres el ms formal de la casa y
necesito tus consejos. Pero por Dios! ni una palabra a las nias; que
no sepan las pobrecitas la situacin. Se sentiran humilladas, y no
quiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas.

Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sus
hermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad,
sublevbanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero.
Para l, las casas de prstamos eran antros horribles, guaridas de
latrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad.

--Y usted ha ido all?--pregunt con expresin dolorosa--. Ha entrado
en esas casas?

Doa Manuela contest con altivez. Quin! Ella...? Por quin la
tomaba su hijo? Aunque arruinada, no por esto haba perdido su dignidad.
Para tales comisiones se vala de doa Clara, que tena amigos entre los
prestamistas, y haca las operaciones diciendo que los objetos eran de
una seora distinguida cuyo nombre no poda revelar. Lo que doa Manuela
callaba eran las sospechas vehementes de que su amiga explotaba sus
apuros, guardndose los picos de las cantidades facilitadas por los
prestamistas. La viuda tena la altivez de los grandes seores que creen
de buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados.

Cuando terminaron las revelaciones sobre la situacin de la casa, la
viuda aguard la respuesta de su hijo. l era su nica esperanza. Su
hermano la detestaba; a quin poda confiar sus penas? A Juanito
nicamente, a su querido Juanito; pues Rafael, el pobre muchacho, metido
en el mundo elegante, nada saba de las materialidades  de la vida, ni
tena bienes propios como su hermano mayor. Pero el bondadoso hortera se
mostr ms duro que su madre esperaba. El amor le haba transformado;
mas en vez de hacerlo soador excitaba sus instintos de economa,
predominando en l las aficiones de su padre, lo que su to y don
Eugenio llamaban sangre comercial.

Que nadie le tocase su huerto de Alcira. Y no es que amase gran cosa una
finca que slo vea una o dos veces por ao. Deseaba convertirla pronto
en dinero; pero los ocho mil duros limpios que pensaba sacar de ella
eran la base de su porvenir, la realizacin de sus ilusiones, el medio
de establecerse y convertir a Tnica en duea de una gran tienda de
telas.

Doa Manuela experiment gran extraeza al tropezar con una tenacidad
que nunca haba supuesto en su hijo. Se negaba resueltamente a firmar
otro pagar garantizando el crdito de su madre, y menos consenta an
en hipotecar su huerto para adquirir los tres mil duros.

--No, mam--deca tmidamente, pero con firmeza--; no puedo. Ya sabr
usted ms adelante que eso no es posible. Necesito mi dinero; y adems,
a m me repugna eso de hipotecas, pagars y prstamos de los usureros.
Como dice el to, eso queda para las gentes perdidas.

Pero deseaba salvar a su madre del compromiso; encogasele el corazn al
verla tan hermosa, tan seora, con los ojos llorosos y la frente
surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para
sacarla de la situacin.

Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rpidamente se
enriqueca.... Pero no. El enrgico gesto de su madre le dio a entender
que no consenta auxilios que lastimasen su amor propio. Tal vez ms
adelante ella no dira que no, cuando se reanudasen las amistades;
ahora, desde la despedida de Andresito, eran bastante fras.

Y Juan, no atrevindose a nombrar a su to, dej de proponer soluciones.

--Lo del huerto no lo consiento.... Pero no llore usted, mam.... No
llore.... Qu demonio! Para todo hay remedio en este mundo. Si no se
gastase tanto en esta casa...! No se enfade usted, mam. S; ya s todo
lo que va a decirme; el decoro de la familia, la necesidad de sostener
el buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las nias.... La
verdad es que se necesitan tres mil duros, y que no se adquieren en unos
cuantos das economizando. Lo del huerto no lo consiento, lo vuelvo a
repetir.... Pero en fin, para que usted no est triste, le prometo
encargarme del asunto. Yo lo arreglar, y poco he de poder o la prxima
semana tendremos ese dinero.

Pero Juanito, como enamorado, tard en cumplir sus promesas. Sus amores
con Tnica, aquella luna de miel ideal, el afn de acompaarla a todas
partes, hablando de su porvenir, le tenan tan distrado, que si no
olvid sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el da
siguiente.

Su madre le lanzaba en la mesa miradas interrogantes; le llamaba aparte
para saber cmo iba aquello; y cuando l se excusaba con sus
ocupaciones en la tienda, estremecase ante el gesto de dolor de doa
Manuela.

Fue el Jueves Santo por la maana cuando Juanito se decidi a emprender
el asunto. La tienda estaba cerrada. Tnica saldra de casa con su vieja
amiga; y l, no sabiendo qu hacer, decidise a ir en busca de su to.

A las once sali a la calle. La mam y las hermanitas estaban dando la
ltima mano al tocado de circunstancias: el crujiente vestido de seda,
el velo de blonda, y al puo el rosario de oro y ncar. Iban a una de
las principales iglesias a sentarse tras la mesa petitoria de una
comunidad de origen extranjero, a la hora en que la gente elegante reza
las estaciones.

Juanito, a pesar de la anual costumbre, sintise impresionado por el
aspecto de la ciudad. Las tiendas cerradas, el adoquinado silencioso,
sin que una rueda lo conmoviese; las gentes vestidas de negro, con aire
solemne. Pareca que por la ciudad pasaba una epidemia, despoblando las
casas y ahuyentando el ruido de las calles. El profundo silencio
turbbanlo de vez en cuando los tercetos de ciegos que, agarrados del
brazo y golpeando el suelo con sus garrotes para orientarse, iban por el
arroyo sin miedo a ser atropellados, prorrumpiendo en lamentaciones
poticas que, en tono quejumbroso, relataban la pasin y muerte del
Redentor. Los pasos de los transentes sonaban en las aceras como un
spero y ruidoso frotamiento, y aglomerbase la gente en las puertas de
los templos, negras y profundas bocas que lanzaban a la fra calle el
denso vaho de su interior.

Los soldados, con uniforme de gala y las manos yertas dentro de los
guantes de algodn, iban a visitar las estaciones, turbando el general
silencio con el arrastre acompasado de sus pies e impregnando el
ambiente de ese olor de salud, mezcla de carne sudada, cuero y lana
burda. Los caballeros maestrantes lucan sus uniformes obscuros, los
sanjuanistas su cruz roja, y hasta los oficiales de reemplazo y los del
batalln de Veteranos se adosaban los arreos militares para acompaar a
la seora en la visita a los templos y lucir de paso sobre el pecho las
recin frotadas cruces. Era un desfile brillante de autoridades y
uniformes, que admiraba a los papanatas; grupos de chicuelos y mujeres
se agolpaban ante los Eccehomos que se exhiban en las calles sobre un
pedestal: imgenes manchadas con brochazos de sangriento bermelln, la
corona de espinas sobre las lacias y polvorientas melenas que agitaba el
viento, una caa entre las manos y a los pies una bandeja con cntimos y
un viejo pedigeo.

Al llegar Juanito al barrio de las Escuelas Pas entr en una calle
estrecha donde estaba el casern de sus abuelos, una interminable
fachada pintada de azul claro, en la cual, corri por compasin,
rasgaban el grueso muro algunos balcones y ventanas, a gran distancia
unos de otros.

Juanito recordaba su niez. Se vea muchacho peln jugando con los
chicos de la vecindad--los das en que su to lo convidaba a comer--en
aquel portal inmenso, obscuro, rezumando humedad por entre su empedrado
de guijarros. Los recuerdos de la niez seguan despertndose en l a la
vista de la vieja escalera con su pasamano de caoba, rematado por un
leoncito borroso y gastado, y de sus peldaos de azulejos del siglo
anterior, en los cuales veanse navios sobre un mar morado, con banderas
ms grandes que el casco, embozados de gruesas pantorrillas blancas con
sombrero de picos y huertanas con cestos de frutas, todo en colores
tostados y chillones.

Vicenta, la vieja criada del to, fue quien abri la reja que obstrua
la escalera. Juanito era el nico pariente del seor a quien toleraba la
vieja sirvienta. Le salud con una sonrisa de su boca obscura y
desdentada, y como de costumbre, no pregunt por su mam ni sus
hermanas. Aborreca a aquellos parientes del amo, sabiendo la poca
estima en que ste los tena. Don Juan estaba arriba, en los porches,
dando de comer a los palomos y a las gallinas.

La criada y el sobrino hablaban en un rellano de la escalera, desde el
cual se vean algunas habitaciones. l las conoca perfectamente, y
subsistan en su memoria con todos sus detalles estrambticos. Desde
all perciba el tufillo de las habitaciones cerradas aos enteros;
aquel ambiente rancio, hmedo, cargado de polvo, que con la diaria
limpieza mudaba de sitio sin salir de la casa, y expulsado por la escoba
de los rincones iba a caer un poco ms all.

La aficin de don Juan a visitar almonedas, comprndolo todo con tal que
fuese barato, haba convertido su casa en una prendera. Las salas eran
grandes como plazas, las alcobas podan servir de salones de baile; y a
pesar de esto, no haba un palmo de pared libre de muebles o adornos.
Los armarios colosales se contaban a docenas, todos de roble viejo, con
tallas tan complicadas como sus enormes cerraduras; los cuadros, buenos
o malos, llegaban hasta el techo; las silleras incompletas y de
distintos colores, no encontrando espacio junto a las paredes,
esparcanse por el centro; todo estaba ocupado, como si la casa fuese un
almacn, un depsito de rapias verificadas al azar; y aunque todas las
piezas estaban abarrotadas, la casa sonaba a hueco, y la soledad
despertaba esos ecos misteriosos de las grandes viviendas abandonadas.
Mirando los salones interminables que parecan iglesias, pensbase
involuntariamente en la noche, cuando las sombras ahogaban la macilenta
luz de la candileja del avaro y los pasos del viejo y su criada sonaban
como en el ulterior de una cripta, en un medroso silencio interrumpido
por los crujidos de la madera vieja y las veloces carreras de las ratas.

La mana de adquirir todo lo barato daba a la casa un tono grotesco.
Sobre la puerta de la escalera destacbase una testa de toro disecada,
con unas astas que daban fro. Juanito tena presente los enormes monos
trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pjaros
vistosos, a quienes no se poda quitar el polvo sin que cayesen las
plumas; adquisiciones de almoneda, que convertan en un arca de No el
gran saln, con su techo al fresco, donde jugueteaban amorcillos
descoloridos y macilentos por la ptina de un siglo entero, y con sus
enormes consolas doradas sobre las cuales se ostentaban grupos de frutas
contrahechas, uvas y melocotones, cuya cera perda los vivos colores
bajo la capa de los aos.

--Conque el to est arriba?

--En los porches lo encontrars, Juanito.... Sube, que yo voy a la
cocina. Creo que se quema el potaje.

Y el muchacho sigui subiendo la escalera, que ya no era de azulejos
vistosos, sino de tostados baldosines. Aquellos peldaos haban sido
cincuenta aos antes el camino de una gran industria. Centenares de
obreros los pisaban todas las maanas, y por all descendan, recin
salidos del telar, los floreados damascos, los brillantes rasos, la seda
listada, todas las magnificencias de una industria oriental que daba a
Valencia fama y prosperidad. Ahora era la escalera de un panten, y se
senta malestar oyendo cmo el eco repeta y agrandaba los pasos.

Los porches eran inmensos. Un taller que se perda de vista, ocupando
todo el ltimo piso del casern; un bosque de maderos y cuerdas,
invadidos por las telaraas; una confusin de telares que, inactivos y
muertos, parecan siniestras guillotinas, complicadas mquinas de
tormento.

Juanito tard en ver a su to, agachado entre dos telares, en mangas de
camisa, ocupado en armar una ratonera. A pocos pasos de l, una docena
de gallinas picoteaban en un barreo, y por encima de los travesaos y
redes de los telares aleteaban los palomos, lanzando su arrullo
adormecedor.

--Eres t, Juanito?--exclam el to al levantar la cabeza--. No te
esperaba. Vienes para que hagamos juntos las estaciones? Pues no pienso
salir hasta la tarde.

Y don Juan, abandonando la ratonera, ru hacia su sobrino con la sonrisa
paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y
malhumorado con todos.

La mirada curiosa e interrogante del sobrino llam su atencin.

--Desde cundo no has estado aqu...? Creo que desde que eras un
chicuelo y subas a enredar con tus compinches. Lo menos hace veinte
aos.... Est bien arreglado, verdad? Las ventanas cerradas, los
postigos de arriba alambrados, para que entre el sol y el aire.... Me he
gastado una barbaridad de dinero: lo menos doce duros; pero tengo un
palomar en el que se criaran perfectamente todos los animales de pluma
que entran en la plaza Redonda durante medio ao. El nico inconveniente
son las malditas ratas. No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas.
Parece que los telares paran las ratas a montones. Y qu atrevidas!
Degellan a los polluelos, se comen las cras, y cualquier da creo que
bajarn para devorarnos a Vicenta y a m! Y lo desvergonzadas que
son...? Mira... mira!

Y al mismo tiempo que sealaba a un extremo del vasto taller, cogi un
pedazo de madera y lo arroj con fuerza al lugar donde se agitaba el
terrible roedor. El proyectil, pasando por entre los telares, rebot
sobre un poste, cayendo casi a los pies del to.

--Se escap...! Figrate lo que harn esas malditas cuando estn
solas! Se comen ms palomas y gallinas que yo, rompen los huevos, y
resulta que hago gastos para mantenerlas regaladamente. El da menos
pensado mato todos los animalitos, y se acab la diversin.

Y mientras deca esto, por no estar inactivo, coga de un telar la
cazuela llena de granos, lanzando con voz de falsete un _pul_!
_pul_...! interminable, y arrojaba puados al suelo, arremolinndose en
torno de l las gallinas y palomos, escandalosas, agresivas,
disputndose aquel man con furiosos picotazos.

Juanito segua contemplando el aspecto desolado del porche: el techo, de
cuyas viguetas pendan largos pabellones de telaraas; los telares, que
en sus superficies planas tenan capas de polvo cuya formacin supona
docenas de aos; las ventanas, con sus cerraduras enmohecidas y arriba
unos enrejados por los que lanzaba el sol barras de luz en cuyo interior
danzaba un mundo de molculas.

El joven recordaba confusamente las grandezas que haba odo de boca de
don Eugenio: los recuerdos gloriosos del arte de la seda, los brillantes
trabajos de los _velluters_ que cincuenta aos antes hacan danzar las
lanzaderas all mismo, del amanecer hasta la noche; y senta cierta
pena, un malestar extrao, como si se encontrara ante las ruinas de una
ciudad muerta y todava vibrasen en el espacio los ltimos estallidos de
la catstrofe. Aquello era un panten al que no se haba quitado el
andamiaje; la ruina y el silencio haban pasado por all, petrificando
el taller, antes ruidoso y ensordecedor.

La melancola del joven pareca comunicarse a don Juan, que ya no
arrojaba granos a sus aves.

--Cmo est esto! No es verdad que entristece...? Y menos mal para ti,
que no has conocido los buenos tiempos, cuando desde el amanecer reinaba
aqu un estrpito de dos mil demonios, y abajo, tu abuelo y yo sentamos
temblar el techo al empuje de los telares, mientras arreglbamos cuentas
o sacbamos de los armarios las ricas piezas para ensearlas a los
compradores.... Ah, qu tiempos aqullos...!

Y el viejo se conmova, colorebase su tez, gesticulaba con entusiasmo,
y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de
telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos.

--Aqu, en estos talleres, estaban la riqueza y la honra de Valencia;
aqu trabajaban los _velluters_, aquella gente que por su tonillo docto
era el prototipo de la pedantera, pero que resultaba respetable por ser
la fiel guardadora de las costumbres tradicionales, la sostenedora de
ese carcter valenciano, sobrio, alegre y dicharachero, que casi ha
desaparecido. Qu hombres aqullos! Tenan sus defectos, Juanito; pero
as y todo, no los cambiara yo por los hombres de hoy. Su carcter era
sutil como la seda; acostumbrados a las labores difciles, menudas y
complicadas, eran meticulosos, y tan amantes de la equidad, que hasta se
cuenta como chiste que uno de los del gremio hizo parar una vez la
procesin para recoger del palio una pasita que se le haba cado
comiendo en la ventana. Esto sera ridculo, pero a m me entusiasma.
Con hombres as no haba miedo a ser robado, y la confianza entre amos y
obreros era completa. El tejedor entraba de aprendiz en un taller, y
slo lo abandonaba para irse al cementerio. Todos los trabajadores de la
casa me vieron nacer. Eran como de la familia.... Oh, qu tiempos
aqullos...!

Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos,
como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado.

--Ahora--continu, apoyando sus palabras con pataditas nerviosas--,
ahora, todo muerto por culpa del maldito Lyn, de esos gabachos que con
sus mquinas endiabladas nos han arruinado.... Ya no hay moreras en la
huerta; en las barracas se ha perdido la memoria de las cosechas de
capullo, y ha muerto una industria... industria no; un arte que
nosotros, aunque cristianos viejos, heredamos directa y legtimamente de
nuestros abuelos los moros.... Y en esto consiste el progreso? En que
unos pueblos roben a otros sus medios de vida...? Pues me _futro_ en l
y en los que le defienden.

Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animndose con la
imaginacin, haca ademanes tan enrgicos como incorrectos para
manifestar el desprecio que le mereca el progreso condenado.

--Y no es que yo maldiga los adelantos--dijo despus, como si se
arrepintiese--; sobre todo me gusta que vayan a Madrid en menos de un
da, cuando en mis tiempos se necesitaba nueve de galera y hacer
testamento. Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto,
venga el seor Progreso y lo eche a perder con su afn de revolucionarlo
todo. Callara si el arte de la seda hubiese ganado algo con nuestra
ruina; pero me sublevo al ver que lo de all, que es lo que priva, ni es
arte ni nada. Industrialismo vil: estafa y nada ms. Dnde estn los
tejidos de pura seda que un pual no poda atravesar? Dnde los
terciopelos que pasaban de abuelos a nietos, como si acabasen de salir
de la tienda? Aquello acab, y ahora slo queda la sedera de Lyn,
mrame y no me toques, algodn malo, gneros que no duran un ao,
porqueras con las que van tan orgullosas estas seoritas del da....
No es esto, Juanito? No lo ves t as?

Y el sobrino contestaba a todo con afirmativas cabezadas, muy preocupado
en su interior por el modo como expondra la pretensin que le llevaba
all. La aprobacin de Juanito templ las iras del viejo.

--No creas por eso que me forjo ilusiones. Esto est muerto y bien
muerto. No es culpa de los de all, sino de la gente de aqu. Se acab
el buen gusto. Hoy se tiene horror a lo que es rico y vistoso; los
seores visten como los criados; todos van de obscuro, como sacristanes;
el chaleco, que es la prenda que da majestad a la persona y pregona su
clase, es de la misma tela que los pantalones; ya no se ostenta sobre el
vientre el terciopelo floreado, aquellas rayas de cien colores que tanto
golpe daban en mi juventud, y hasta los labradores se encajan la blusa
y el hongo, como asistentes, y se ren cuando sacan del fondo del arca
el chupetn de raso de sus abuelos, la faja de seda y el pauelo de
flores, que tanto lucan en los bailes de la huerta.... Y las mujeres?
No me hables de ellas.... Valientes imbciles! Ni en las aleluyas del
mundo al revs.... Se visten como los hombres, con lanilla inglesa; van
feas como demonios con esos colores de enterrador, apagados, sombros; y
en el verano gastan, cuanto ms, percal de tres reales, con lo que creen
ir tan elegantes. Oh, aquellos tiempos mos! Se estrenaba menos, era
menor la variedad, pero se lucan cosas buenas y slidas, que pasaban
docenas de aos en los roperos sin que hubiera polilla con valor para
hincarlas el diente. Todo se ha perdido! Adis, cortinajes de damasco!
Abur, seda chinesca! Ahora adornan los salones con unas telas speras,
de tejido burdo y borroso; y cuando no, para que la cosa tenga
carcter (vaya una palabra!), echan mano de las mantas jerezanas y
arman una decoracin de taberna.

Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los monglicos ojos echando
chispas, se mova y braceaba furioso, como si arrojara su indignacin a
la cara de un ser invisible. Su voz despertaba ecos en el inmenso
porche, ms silencioso que de costumbre por la calma en que estaban las
calles; y a pesar de que las gallinas y las palomas picoteaban en torno
de l, quitando grandeza a la escena, don Juan pareca un personaje
bblico, un profeta desesperado gimiendo lamentaciones ante las ruinas
de la ciudad amada.

Pero no era el avaro hombre capaz de entregarse por mucho tiempo a esta
indignacin con arranques lricos.

--Pero vamos a ver, muchacho... a qu has venido...? Algo te trae aqu.
Lo adivino en tu preocupacin.

-Juanito balbuce, sorprendido por esta pregunta inesperada. S.... Algo
tena que decirle a su to; pero le turbaban tanto los ojos
interrogantes de ste, la calma con que esperaba su respuesta, que se
le embrollaban sus pensamientos y no saba cmo empezar.

--Es cuestin de la mam.... Si usted supiera, to...! Est en
situacin muy apurada.

Y rpidamente, sin tomar aliento, como si arrojara lejos de s un peso
asfixiante, dispar las pretensiones de doa Manuela, aquella demanda de
quince mil pesetas, cantidad necesaria para salvar la honra de la
familia.

--Y bien, muchacho: qu es lo que quieres decirme con todo esto?

--Que usted... como hermano... como to mo que es, poda....

--Nada puedo, lo entiendes...? Nada, absolutamente nada; y ms
tratndose de tu madre. El viejo dijo esto con un acento que no daba
lugar a dudas. No haba que esperar que retrocediese en su negativa.

--Es que an no conoces a tu madre? No te he dicho muchas veces quin
es...? Que debe...? Pues que pague; y si no tiene con qu hacerlo, que
sufra las consecuencias. He jurado no tenderle la mano aunque la vea con
agua al cuello. Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y
econmica, la sangre de mis venas le dara; pero a una derrochadora, que
slo se acuerda de su hermano en los apuros, y cuando tiene cuatro
cuartos desprecia sus consejos, a sa no le doy ni esto.

Y metindose la ua del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza,
produciendo un chasquido.

--De seguro que ella es la que te enva aqu.

--No, to; puede usted creerme. Vengo por mi propia voluntad.

--Pues entonces--dijo sonriendo el ladino viejo--es que ella te ha
pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo.

Enrojecise el rostro de Juanito al ver que su to adivinaba en parte la
verdad.

--No niegues, muchacho; la cara te hace traicin.... yeme bien: si eres
tan imbcil que te dejas explotar por tu madre, no cuentes con el
cario de tu to. Lo que te dej tu padre para ti es, y no para que se
lo coman tus hermanitos los cachorros de Pajares. Vamos a ver; di la
verdad: No te ha metido Manuela en sus trampas? No te ha hecho firmar
algn pagar? La verdad, y nada ms que la verdad.

La mirada del viejo era fija, inquisitorial, escudriadora; pero Juanito
tuvo serenidad para mentir.

--No, seor; nada he firmado.

--Te creo, y lo celebro. Mucho ojo, muchacho! Tu madre tiene hambre de
dinero, y de seguro que no pierde de vista tu fortunita. No quiero que
te roben. Cuando yo muera, tendrs ms, algo ms que ese huerto de
Alcira; no quedars en medio de la calle, como tu mam, tus hermanas y
el _perdis_ de Rafaelito.... Pero vuelvo a repetirlo: no quiero que te
roben. Adems, no tomes tan a pecho eso de la ruina de tu madre. Ella
vive en la trampa como en su propio elemento, y ya sabr salir de este
apuro como de otro. An le queda algo para ir tirando; y cuando no tenga
ni camisa, reventar, tenlo por seguro. Es de esas gentes que no mueren
hasta gastar el ltimo ochavo.

A Juanito le molestaba este lenguaje rudo que hera tan en lo vivo a su
madre, a su dolo; pero al to le haba profesado siempre tanto cario
como respeto, y fluctuando su carcter entre los dos afectos, limitbase
a callar. Ms de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan
tena con su hermana, el odio nacido al casarse sta con el doctor
Pajares, que sobreviva a pesar del tiempo transcurrido.

--Adis, Juanito, y no hagas caso de tu madre--dijo al despedirle en la
escalera--. Lo que debes hacer es preocuparte menos de tu familia, que
nunca ha pensado en ti, y preparar tu porvenir. Ve pensando en
establecerte, y si encuentras una muchacha buena, hacendosa y modesta,
lo que no es fcil, tampoco ser de ms que te cases. Para ser
comerciante necesitas familia. Adis, muchacho. Ven a la tarde y
haremos juntos las estaciones.

El muchacho sali de la casa, llevando sobre sus hombros una verdadera
olla de grillos. Era verdad lo que deca el to: le queran explotar.
Los lujos y prodigalidades de la familia tena que pagarlos l, l, que
en su casa haba ocupado un lugar intermedio entre los criados y sus
hermanos! No dara un cntimo; que se arreglase su madre como pudiera.
Nada le deba, pues le entregaba ntegro el salario de la tienda,
satisfaciendo con creces sus gastos.

Pero todos sus propsitos de energa desvanecironse ante las miradas
suplicantes de su madre. Qu hermosa estaba! Con sus ojazos
lagrimeantes y tiernos, pareca la Virgen que tiene el corazn erizado
de espadas. l no la abandonaba; sera un mal hijo si corresponda con
el desdn al cariazo maternal que le mostraba la buena seora tan
pronto como se vea en apuros de dinero.

--Bueno, mam; no llore usted. No encuentro quin nos preste; pero estoy
dispuesto a firmar lo que usted quiera, dando en garanta el huerto.
Crea usted que me cuesta mucho desprenderme de ese dinero.

--Yo te lo devolver, hijo mo; te lo devolver pronto--dijo la
arrogante seora abrazando a Juanito y mojndole el rostro con sus
lgrimas.

Y lo deca con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se
ven salvados, que confan ciegamente en el porvenir y creen mejorar su
fortuna en lo futuro.

--Est bien, mam--dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no
se cegaba--. Firmar, pero slo por quince mil pesetas.

Larga pausa.

Doa Manuela, pensativa:

--Mira, hijo mo, quince mil pesetas justas no han de ser. Puedes firmar
por diecisis mil. No digas que no, rico mo. Completa tu sacrificio.
Necesito algn dinerillo para pagar ciertas cuentas, y adems, las
Pascuas vamos a pasarlas en nuestra casa de Burjasot; vendrn amigos, y
hay que quedar bien. Ante todo, el decoro de la familia y no caer en el
ridculo. Conque no tuerzas el gesto, niito mo; quedamos en que sern
diecisis mil.... Ay, qu peso me has quitado de encima...!




VI


Haba abandonado la mesa la familia y an duraban los elogios a
Visanteta por el mrito de la _paella_ que les haba servido, cuando
comenzaron a llegar los amigos.

--Mam--gritaba Amparito desde la puerta de la calle--, las de Lpez,
que vienen en su faetn. Calle! El tranva ha parado en la esquina....
Si son las magistradas! Ay, y tambin el pap de Andresito, guiando
su _charrette_...! Si parece que se han dado cita! Todos a un
tiempo...! Venid, Conchita, mam! Mirad qu guapo est el seor
Cuadros guiando su cochecito! Parece que en toda su vida no haya hecho
otra cosa...!

Y los convidados de doa Manuela entraron en la casa, confundindose
unas familias con otras, saludndose las mujeres con un tiroteo de besos
y elogiando todas las cualidades de la posesin que la viuda de
Pajares tena en Burjasot. Era un _chalet_ que pareca escapado de una
caja de juguetes; un edificio construido por contrata, tan bonito como
frgil, con sus tejados rojos y escalinatas con jarrones de yeso,
situado en el centro de un jardincillo excavado en las rocas, con dos
docenas de rboles tsicos que geman melanclicamente, martirizadas
sus races por la capa de dura piedra que encontraban a pocos palmos del
suelo. A pesar de su aspecto de decoracin de pera, que tanto
entusiasmaba a doa Manuela, el tal _chalet_ no pasaba de ser una casa
de vecindad, enclavado como estaba entre otras construcciones de la
misma clase, todas frgiles y pretenciosas, con sus jardincillos como
sbanas, y sobre la verja, en letras doradas, los campanudos ttulos de
Villa-Teresa, Villa-Mara, etctera, segn fuese el nombre de la
propietaria.

La viuda haba empeado y perdido para siempre un centenar de hanegadas
de tierra de arroz que le producan muy buenos cuartos, para adquirir
aquella ratonera brillante y frgil, a la que puso el ttulo de
Villa-Conchita, no sin protestas ni rabietas de Amparo. Crea que una
villa para el verano es el complemento de una familia distinguida que
tiene coche; y en las tertulias, al dirigirse a sus amigas, llenbase la
boca hablando de su lindo hotelito de Burjasot y de las innumerables
comodidades que encerraba.

La casa era mala, pero el paisaje magnfico. Los hotelitos--haba que
llamarlos as, para no disgustar a doa Manuela--, ocupando la suave
pendiente de una colina yerma, eran un magnfico mirador, desde el cual
se abarcaba la vega con todas sus esplendideces.

Al frente, Burjasot, prolongada lnea de tejados con su campanario
puntiagudo como una lanza; ms all, sobre la obscura masa de pinos,
Valencia achicada, liliputiense, cual una ciudad de muecas, toda
erizada de finas torres y campanarios airosos como minaretes moriscos; y
en ltimo trmino, en el lmite del horizonte, entre el verde de la vega
y el azul del cielo, el puerto, como un bosque de invierno, marcando en
la atmsfera pura y difana la aglomeracin de los mstiles de sus
buques.

El da era hermoso; un verdadero domingo de Pascua. La primavera
enardeca la sangre, y la ciudad entera, solemnizando la vuelta del buen
tiempo, lanzbase al campo, levantando en l un rumor de avispero.

Los convidados de doa Manuela vean a poca distancia los famosos Silos
de Burjasot, gigantesca plataforma de piedra, cuadrada meseta agujereada
a trechos por la boca de los profundos depsitos y en la cual
hormigueaba un enjambre alegre y ruidoso: corros en que sonaban
guitarras, acordeones y castauelas acompaando alborozados bailes;
grupos de gente formal entregada sin rubor a los juegos de la infancia;
docenas de muchachos ocupados en dar vuelo a sus cometas con grotescos
figurones pintados, que al remontarse moviendo los inquietos rabos
hacan el efecto de parches aplicados al azul cutis del infinito y daban
al paisaje un aspecto chinesco de abanico o de paoln de Manila.

En casa de doa Manuela, las seoras, despojadas de sus sombreros y
mantillas, y los hombres fumando con la confianza del que est en su
propio domicilio, contemplaban desde los balcones la alegra popular.

Bastbales volver un poco la cabeza, y su vista caa sobre la inmensa
vega, silenciosa y esplendente, con sus tonos verdes de infinitos
matices, que deslumhraban, abrillantados por el sol de la primavera. Los
pueblos y caseros, compactos y apiados hasta el punto de parecer de
lejos una sola poblacin, matizaban de blanco y amarillo aquel
gigantesco tablero de damas, cuyos cuadros geomtricos, siendo todos
verdes, destacbanse unos de otros por sus diversas tonalidades; a lo
lejos, el mar, como una cenefa azul, corrase por todo el horizonte con
su lomo erizado de velas puntiagudas como blancas aletas; y volviendo la
vista ms a la izquierda, los pueblos cercanos: Godella con su obscuro
pinar, que avanza como promontorio sombro en el oleaje verde de la
huerta; y por encima de esta barrera, en ltimo trmino, la sierra de
Espadan, irregular, gigantesca, dentellada, mostrando a las horas de sol
un suave color de caramelo, surcada por las sombras de hondanadas y
barrancos, decreciendo rpidamente antes de llegar al mar, y ostentando
en la ltima de sus protuberancias, en el postrer escaln, el castillo
de Sagunto, con sus bastiones irregulares, semejantes a las ondulaciones
de una culebra inmvil y dormida bajo el sol.

La esplendidez del paisaje tena como embobados a los convidados de doa
Manuela, a pesar de ser todos ellos gente poco susceptible de
entusiasmarse ante cosas que no fuesen tiles.

--Muy hermoso!--exclamaba la magistrada --. Yo he vivido en Granada
cuando mi difunto estuvo en aquella Audiencia, y su vega no tiene
comparacin con sta.

--Qu ha de tener!--dijo el seor Lpez el bolsista con expresin
doctoral--. Cuando a Fernando VII lo trajeron a los Silos, declar que
esto era el balcn de Espaa.

--Pues figrese usted--aadi doa Manuela, que enrojeca de
satisfaccin con estos elogios que alcanzaban a su casa--. Si los Silos
son el balcn de Espaa, qu ser Villa-Conchita, que est ms alta que
ellos?

--El balcn de Europa, Manuela, no lo dude usted.

El seor Cuadros, despus de soltar esta barbaridad, mir a su mujer,
que, como siempre, le admiraba.

Mientras tanto, las nias de la casa, las de Lpez y las magistradas
paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto,
a quien estaba esperando.

Andresito, cariacontecido y triste, segua en un extremo del gran
balcn, alejado de las personas graves. Saba de buena tinta que la
traviesa Amparito haba tronado con el artillero; consideraba adems
como de muy buen signo que doa Manuela hubiese invitado a su familia,
desechando la anterior frialdad; pero a pesar de esto, el beb le haba
recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se
agarr del brazo de sus amigas, dejndole con la palabra en la boca. Y
all estaba l, plantado en el balcn, paciente y resignado, como si su
destino fuese aguantar desdenes de aquella a quien haba maldecido e
insultado en toda clase de metros. Para ocultar su despecho, finga
contemplar atentamente el risueo panorama con sus ojos turbios. Poco le
faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emocin, murmuraba con
expresin pedantesca:

--Qu espectculo! Esto es una sinfona de colores, una verdadera
sinfona.

Sinfona de colores! Una frasenla que haba pescado en una de esas
crticas que hablan del colorido y el dibujo de la msica y la
armona  y los acordes de la pintura.

El joven repeta con obstinacin su frase, como el que, acostado,
masculla sin cesar la misma oracin para aturdirse y coger el sueo; y
poco a poco, como hipnotizado por la brillantez del paisaje, fue
sumindose en un limbo de quietud contemplativa.

Y ahora vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfona de
colores; ya no era una frase huera y sin sentido, porque todo pareca
cantar, la vega y el Mediterrneo, los montes y el cielo. Qu delicioso
era el anonadamiento del poetilla, apoyado en la balaustrada, sintiendo
en su rostro el fresco viento que tantas cabriolas haca dar a las
cometas de papel...! All estaba la sinfona, una verdadera pieza
clsica con su tema fundamental... y l perciba con los ojos el
misterioso canto, como si la mirada y el odo hubiesen trocado sus
maravillosas funciones.

Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introduccin eran las
manchas verdes de los cercanos jardincillos, las rojas aglomeraciones de
tejados, las blancas paredes, todas las pinceladas de color sueltas y
sin armonizar por hallarse prximas. Y tras esta fugaz introduccin,
comenzaba la sinfona, brillante, atronadora.

El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias, heridas por la luz,
era el trino dulce y tmido de los violines melanclicos; los campos de
verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros
de los clarinetes, las mujeres amadas, como les llamaba Berlioz; los
inquietos caares con su entonacin amarillenta y los frescos campos de
hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda lquida,
resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de la viola de
amor o romnticas frases del violoncelo; y en el fondo, la inmensa faja
de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal
que, a la sordina, lanzaba un lamento interminable.

Andresito se afirmaba cada vez ms en la realidad de su visin. No eran
ilusiones. El paisaje entonaba una sinfona clsica, en la que el tema
se repeta hasta lo infinito. Y este tema era la eterna nota verde, que
tan pronto se abra y ensanchaba, tomando un tinte blanquecino, como se
condensaba y obscureca hasta convertirse en azul violceo. Como en la
orquesta salta el pasaje fundamental de atril en atril para ser repetido
por todos los instrumentos en los ms diversos tonos, aquel verde eterno
jugueteaba en la sinfona del paisaje, suba o bajaba con diversa
intensidad, se hunda en las aguas tembloroso y vago como los gemidos de
los instrumentos de cuerda, tendase sobre los campos voluptuoso y
dulzn como los arrullos de los instrumentos de madera, se extenda
azulndose sobre el mar con la prolongacin indefinida de un acorde
arrastrado del metal, y as como el vibrante ronquido de los timbales
matiza los pasajes ms interesantes de una obra, el sol, arrojando a
puados su luz, matizaba el panorama, haciendo resaltar unas partes con
la brillantez del oro y envolviendo otras en dulce penumbra.

Y Andresito, con la imaginacin perturbada, iba siguiendo el curso de la
sinfona extraa que slo sonaba para sus ojos. Los caminos, con su
serpenteante blancura, eran los intervalos del silencio. El tema, el
color verde, creca en intensidad al alejarse hacia las orillas del mar;
all llegaba al perodo brillante, a la cspide de la sinfona; y
lanzndose en pleno cielo, aclarndose en un azul blanquecino, marchaba
velozmente hacia el final, se extingua en el horizonte plido y vago
como el ltimo quejido de los violines, que se prolonga mientras queda
una pulgada de arco, y adelgazndose hasta ser un hilillo tenue, una
imperceptible vibracin, no puede adivinarse en qu instante deja
realmente de sonar.

Era una locura; pero el visionario muchacho vea cantar los campos y
gozaba en la muda sinfona de los colores, en aquella obra silenciosa y
extraa que se pareca a algo... a algo que Andresito no poda recordar.
Por fin, un nombre surgi en su memoria. Aquello era Wagner puro; la
sinfona del _Tannhauser_, que l haba odo varias veces. S; all unas
tonalidades de color enrgicas y rabiosas sofocaban a otras apagadas y
tristes, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante,
desordenado, intenta sofocar el himno mstico de los peregrinos. Y
aquella luz que derramaba polvo de oro por todas partes, aquel cielo
empapado de sol, aquella diafanidad vibrante en el espacio, no era el
propio himno a Venus, la cancin impdica y sublime del trovador de
Turingia ensalzando la gloria del placer y de la terrena vida? S;
aquello mismo era. Y el muchacho, sonmbulo, embriagado por la
Naturaleza, hipnotizado por la extraa contemplacin, mova la cabeza
ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnfico para
puesto en verso, tarareaba la clebre obertura con tanta fe como si
fuera el propio _Tannhauser_ escandalizando con su himno a la corte del
landgrave.

--Andresito... oye; oiga usted.

Quin le hablaba...? Si sera Elissabetta, la cndida amada del
cantor? No; era Amparito, el malicioso beb, que le sonrea, algo
confusa y tmida, como si no supiera qu decirle, y un poco ms all,
doa Manuela envolvindolos en la ms tierna de sus miradas maternales.

Bien saba hacer las cosas aquella seora. Al ver al pobre muchacho solo
y gesticulando como un imbcil, haba llamado a la nia para que lo
llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le haba
mandado que rompiese con l toda clase de relaciones. Era asombroso este
cambio de conducta; pero tambin lo era que el seor Cuadros, que antes
meda telas en su tienda sin ambicin alguna, tuviera ahora carruaje y
todo el empaque pretencioso de un aspirante a millonario.

--Ven conmigo, Andresito. Vamos a dar un paseo.

--S--aadi la mam--, acompaa a Amparito. Renete con la gente
joven.... Qu diablo! A tu edad....

El muchacho sigui a su antigua novia. Estaba como si acabase de
despertar y todava no hubiera ahuyentado la modorra del sueo. An le
zumbaba en los odos el eco lejano de la extraa sinfona.

En el jardn estaban las jvenes, muy alborozadas, en torno de Rafael y
su amigo Roberto, que acababa de llegar. Juanito habase metido en el
piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de
la casa con las de las familias invitadas.

Amparito llevaba a remolque a su antiguo novio.

--Vamos a ver; qu hacemos...? Podemos dar un paseo por la montaa.

Y el alegre enjambre transpuso la verja del jardincillo, dirigindose a
lo que llamaban la montaa, rida colina, suave hinchazn del terreno,
cariada como una muela vieja, rajada y perforada por las excavaciones de
las canteras y las minas de greda.

El bullicioso escuadrn encaminbase lentamente a un horno de cal que
haba en la cumbre. Otros grupos de paseantes destacbanse a lo lejos
como hormigas trepadoras.

Andresito y el beb quedbanse rezagados, andaban lentamente y se
detenan para recalcar sus palabras con gestos vehementes.

--Ea, que no te creo. Me la pegaste con el artillero, te burlaste de
m... destrozaste mi alma, y ahora quieres que yo me trague esa bola
de que me queras entonces y sigues querindome?

--Pero tonto, si todo fue por probarte...! El artillero, valiente
mico! Yo slo te he querido a ti; pero a mam no le pareca bien nuestro
noviazgo, lo tena por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.

--Y ahora?

--Ahora es otra cosa. No s qu mosca le ha picado a mam. Antes eras un
ttere, y ahora parece que te considera mejor. En esto debe bailar tu
pap.

--Mi pap!--exclam Andresito con terror infantil, como si temiese una
mano de azotes por la travesura.

--Calla, memo, no te asustes. Yo distingo ms que t, y creo que
nuestro noviazgo es ya pan comido para la mam y tu padre.

--Entonces...!

--Entonces, seor mo, podemos querernos como antes y sin miedo alguno;
pero te advierto que nuestro noviazgo no ha de ser cosa de tapujo. Para
qu el novio, si no puede una lucirlo...? Ah! Queda prohibido que me
endilgues ms versitos como los que me enviaste despus del rompimiento.
Seores, tiene gracia el modo como se desahoga este caballerito. Con esa
cara de pascua, y tiene ms ponzoa que una vbora. Prfida!,
desleal!, traidora!... Por eso tuve tanto gusto en hacerte rabiar con
el teniente; para vengarme. Se acabaron los versos; y si me disparas
algn soneto, te frotar los hocicos con l, sabes, nio? como a los
gatitos cuando son cochinos.

Y Andresito sonrea, embelesado por la gracia con que el beb le
hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus
poesas y acompaando sus palabras con gestos de pllete. Oh, qu
criatura! Haba que creerla y l se lo tragaba todo a ojos cerrados,
incluso la afirmacin de que sus relaciones con el teniente slo fueron
para aumentar sus rabietas.

--Pero no vienen ustedes?

Eran las de Lpez las que llamaban; unas perchas , segn Amparito, a
las que caan rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con
que las obsequiaba el pap a cada operacin afortunada en la Bolsa.

--Ya se han arreglado ustedes?--aadi una de ellas, sonriendo de un
modo que pic la susceptibilidad de Amparito.

Ya les ajustara las cuentas a aquellas pavas...! Y abandonando a
Andresito, se uni al grupo de jvenes que, en fila y cogidas del talle,
corran como unas locas por la suave pendiente. La alegra del campo, al
verse libres de la mirada interrogante y severa de las mamas,
convertalas en nias revoltosas, y a pesar de sus altos peinados, de
sus faldas largas y ajustadas, correteaban, enseando sus lindos pies y
aleteando con sus enaguas como una bandada de pjaros. Las mejillas se
enrojecan, expeliendo en su dilatacin la capa de polvos de arroz; los
ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecan
enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus
juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acaricindose los
inflamados rostros, besndose ruidosamente, pareca notarse algo de
desprecio por los hombres que iban detrs. Rafael, su amigo y Andresito
caminaban lentamente, con cachaza filosfica, mirando el hermoso grupo,
sin intentar mezclarse en l.

Mientras tanto, Juanito pasaba la tarde en la cocina. Era una tendencia
que avergonzaba a doa Manuela la que demostraba su hijo mayor. Apenas
se formaba en la cocina una tertulia de criadas, all estaba l, como
arrastrado por irresistible seduccin. Aquello deba ser hereditario: la
aficin de sus antecesores los montaeses de Aragn a las hembras
fornidas, duras, oliendo a bestia brava y con las manazas agrietadas
por el esparto y la tierra de fregar. Su padre, sin duda, reviva en l,
y por esto no poda aspirar el vaho de una cocina sin estremecimientos
voluptuosos, ni ver a una muchachota de tez morena, brazo musculoso y
robustas posaderas sin sentir que la sangre aflua rpida a su corazn,
como si se viera ante el ideal realizado. Adoraba a Tnica, criatura
endeble y graciosa, tal vez por la fuerza del contraste; pero cuando
estaba en su casa no poda librarse de la querencia a la cocina, como
deca Rafael, y all iba a echar su prrafo, sin pasar nunca de ah,
pues Juanito era casto. Adoraba como un idealista las zafias beldades
con su olor a limn y tierra, gozaba oyendo sus conversaciones,
prestbalas con el mayor gusto pequeos servicios, aguantaba sus
groseras e impertinencias, todo a cambio de poder estarse en un rincn,
tmido y sonriente, contemplando los brazos hercleos, los ojazos
insolentes y las piernas como columnas, marcadas por el discreto
zagalejo.

Al caer la tarde, comenz a sonar un piano viejo en el piso alto del
_chalet_, ste se conmovi con el taconeo de una agitada mazurca. Los
seoritos haban vuelto de su excursin por la montaa, y bailaban, no
sabiendo sin duda cmo pasar el tiempo.

La seora haba dado orden para que la merienda estuviera lista, y
Visanteta se afanaba, yendo de un lado a otro y enviando sus amigas al
jardn para que la dejasen en libertad.

Cuando Juanito subi al piso alto, el baile estaba en su apogeo. Rafael
y Roberto sacaban a bailar, una tras otra, a todas las seoritas, y el
seor Cuadros, oh asombro! entr de refuerzo. Entre aplausos y risas
bail con Amparito, mientras su hijo los contemplaba enternecido,
renegando tal vez en su interior de su condicin de poeta sooliento y
enemigo de superfluidades, que no le permita aprender cmo se mueven
las zancas en el vals, El mismo demonio era el seor Cuadros, a pesar
de sus aos y del enorme bigote! As lo declaraban doa Manuela y
Teresa, sonrientes, reconciliadas y puestas ambas al mismo nivel. Sus
miradas hablaban. Haba que hacer algo por los chicos, ya que se queran
tanto sus familias.

Terminaba la tarde. Por los balcones entraba el resplandor rojizo de la
puesta del sol, que se ensanchaba en el horizonte como un lago de
sangre.

Call el piano, guardndose su ronca y temblona voz de viejo, y el
enjambre joven, atropellndose, corri al comedor. Vive Dios, que se
estaba bien all, sentados ante el blanco mantel, con los balcones
abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de
la cada de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y pareca
adormecerse!

Todos tenan excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con
el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.

--Seores, tendrn ustedes que perdonar--deca doa Manuela con aire de
castellana hospitalaria--. Estamos en el campo y hay que conformarse con
lo que traigan. Aqu no se pueden hacer milagros. En fin, harn ustedes
penitencia. Todos contestaban con un oh! de protesta, mientras se
acomodaban la servilleta en el pescuezo. Ya saban que la duea de la
casa arreglaba bien las cosas. Y empuaban el tenedor, como diciendo:
Venga de ah, que estamos a todo!

No fue malo el desfile de platos organizado por Visanteta. Era la cocina
indgena, con todo su esplendor de las fiestas tradicionales. El lomo de
cerdo, con las primeras habas de la cosecha, tiernas y jugosas, formando
un pur, cuyo olorcillo causaba en el estmago una sensacin voluptuosa;
los lagostinos, con casaquillas de escarlata y la puntiaguda caperuza,
doblndose como _clowns_ rojos sobre un lecho de excitante salsa; los
pollos, despedazados, hundidos en el rosado caldo del tomate, y despus
las rodajas de salchichn a centenares, un jamn entero cortado en
gruesas lonjas, y una enorme pirmide de huevos cocidos, con la cscara
teida de rojo o amarillo; todo con una abundancia capaz de anonadar al
estmago ms animoso.

Pero los convidados de doa Manuela eran personas de buen diente. Slo
las magistraditas y las perchas de Lpez coman con cierto dengue y
lanzaban miradas escandalizadas cuando vean en sus copas dos dedos de
vino; pero los dems tragaban de buena fe, y el ruido de sus mandbulas
pareca gritar en el silencioso comedor: Aqu se come y se goza... y
ruede la bola.

Adems, Rafael y Roberto se encargaban de dar a la merienda el tono de
distincin que tanto agradaba a doa Manuela. Vaya unos chicos atentos!
Cmo saban obsequiar a las muchachas...! No me desprecie usted esta
aceituna... Lolita, por Dios! acepte usted esta rodajita de
salchichn... Vamos, un pedacito ms: no me deje usted feo!

Y procediendo como nias buenas y bien educadas, incapaces de desear la
fealdad del prjimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando
con superioridad satisfecha a las amigas.

Doa Manuela estaba contenta. No era un placer reunir en la mesa tan
buenos amigos? No se gozaba contemplando sus expansiones? All quisiera
ver ella a su hermano, el maldito tacao, incapaz de convidar a sus
amigos a una ensalada. Cmo ensanchaba el alma ver a la familia con sus
amigos celebrando la Pascua tradicional! Era verdad que la fiesta
resultaba costosa; que llena de trampas como estaba no deba permitirse
tales despilfarres; pero qu diablo! hay que saber vivir, y aquella
fiesta, pensando egostamente, bien poda resultar un medio seguro de
proporcionarse auxilios en el porvenir. En el seor Lpez no haba que
confiar mucho; tena el alma atravesada, y si gastaba algo adornando a
su familia, era para sostener su prestigio de bolsista de fuerza. Pero
all estaba Cuadros, infatuado por la buena suerte, orgulloso, tanto l
como su esposa, de que la seora del antiguo principal accediese a
admitir a Andresito en su familia; estos dos amigos, seguramente que al
verla en un apuro eran capaces de darla la sangre de sus venas.

Y doa Manuela, animada por estas ilusiones que garantizaban su futura
tranquilidad, envolva la mesa y sus comensales en una mirada infinita
de benevolencia y cario. Todo marchaba bien. Andresito y Amparo se
pellizcaban por debajo de la mesa; Roberto se acercaba de un modo
inconveniente a Conchita; la mam lo vea todo, pero sonrea con dulce
tolerancia. Un da es un da; hay que dar a la juventud lo suyo, y ella
ay! recordaba enternecida cuando el doctor Pajares era estudiante y se
sentaba a su lado en la mesa.

La merienda se animaba. Nelet haba encendido la lmpara del comedor, y
los moscardones y mariposas del vecino jardn, atrados por la luz,
aleteaban nerviosamente, chocando con la pantalla de porcelana. Sobre la
mesa aparecan las doradas naranjas de terso cutis, el _panquemado_ de
Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vrtice
nevado, y las bandejas de dulce seco, confitera indgena, slida y
empalagosa: peras verdosas con la dureza del azcar petrificado,
limoncillos de las monjas de Sagunto, trozos de meln, yemas envueltas
en rizados moetes de papel, todo destilando azcar y atrayendo a los
insectos que revoloteaban en torno de la luz.

La concurrencia se atracaba de huevos cocidos. Partanlos en la frente
del vecino, a pesar de las muchas precauciones que se adoptaban para
evitar esta broma tradicional; y eran de ver las seoritas tapndose la
cara con las manos, chillando como gallinas asustadas, por miedo a que
les golpeasen encima de las cejas, y los aplausos y vivas con que se
acoga la travesura de alguna joven cuando era ella la que agreda a los
audaces pollos. Cuando se haca momentneamente el silencio en el
comedor, oase cmo se regocijaba fuera la plebe; el rasgueo de la
guitarra, el estallido de los cohetes, el cacareo de las mujeres; y
algunas veces el estruendo vena de abajo, de la cocina, donde sonaban
el vozarrn de Nelet y las corridas medrosas de las criadas, con
chillidos de protesta dbil. Tambin all partan huevos.

Las personas mayores la emprendieron con el dulce, y el seor Cuadros
descorch frascos de licor de colores vivos e infernales, que hacan
retorcer el estmago. Las copitas de color rosa besaban las bocas,
dejando en los rojos labios de las jvenes adorables gotitas de azcar
lquido.

La sobremesa, alborozada y ruidosa, dur mucho rato. Nadie miraba el
reloj del comedor, que segua indiferente marcando el curso del tiempo.
Cuando sonaron las nueve, todos se sobresaltaron. Fuera del _hotel_ la
algazara iba disminuyendo.

Doa Manuela hizo prometer a sus amigos que la honraran con su visita
en los dos restantes das de la Pascua, y comenzaron los preparativos de
marcha. Las criadas comparecieron rojas y sudorosas. Bien haban
bromeado con Nelet y el cochero del seor Lpez.

Comenz la confusin de la despedida. Buscaban los abrigos abandonados
sobre los muebles; olvidaban dnde haban dejado el sombrero; recogan
los velillos rotos en el revuelto montn de prendas, y transcurri ms
de media hora antes de que todos estuvieran listos.

El seor Lpez ofreci su faetn a las magistradas . Iran todos
apretados, pero esto entraba en la fiesta. En cuanto al seor Cuadros,
sac de la cuadra del _hotel_ su carruajillo, del que estaba orgulloso,
y amonton en l la esposa, el hijo y las dos criadas.

--Buenas noches...! Hasta maana...! Descansar...! Arre, valiente!

Y los dos carruajes, esparciendo en la sombra la roja luz de sus dobles
faroles, partieron al trote, conmoviendo el silencio de la noche tibia,
estrellada y serena. La familia de Pajares los vio alejarse desde la
puerta del _hotel_.

Frente a los Silos, la multitud arremolinbase en la obscuridad,
asaltando a brazo partido las plataformas de los tranvas o regateando
con los cazurros tartaneros. Sonaban los pitos; el vocero era grande en
torno de los ojos inflamados de los coches, y el pblico esperaba
impacientemente el momento de emprender el viaje, entonando canciones a
coro, en las cuales, sobre las voces aguardentosas, destacbanse otras
jvenes, claras, argentinas. De vez en cuando, gritero y corridas;
brazos en alto, bastones enarbolados, una guitarra estrellndose
quejumbrosamente en una cabeza, y cuando la calma se restableca,
saludbase con sonrisas y aplausos irnicos a la ristra de valientes
que, sin paciencia para esperar, emprendan la marcha carretera abajo,
cogidos del brazo, movindose con torpe balanceo, como si estuvieran
sobre la cubierta de un buque en da de gran marejada, charlando
incoherentemente o soltando sus vozarrones para entonar los
estrambticos y lnguidos corales que inspira la musa amlica.

Los tres das de Pascua fueron de felicidad para la familia de Pajares.
El noviazgo de Amparito se consolid, desapareciendo los escrpulos del
poetilla, temeroso de que el recuerdo del teniente viviese todava en la
memoria de la joven. Era cosa decidida, y el beb siempre contestaba con
el mismo tono burln a sus recriminaciones:

--Pero tonto...! si nunca le quise...! si aquello fue una broma, un
caprichito para hacerte rabiar...! Yo slo te quiero a ti,
insultador...!

Y Andresito, cerrando los ojos, despreciando los punzantes recuerdos del
pasado, se senta feliz, tanto casi como Conchita, que en los das de
Pascua, en la agitacin de las alegres meriendas, haba conseguido
turbar a Roberto hasta el punto de arrancarle la deseada declaracin.
Por fin era su novio oficial; ya poda hablar con l a todas horas,
sin miedo al ridculo de una intimidad falta de garanta.

Juanito fue el nico que sufri en aquellos tres das. La mam
mostrbase con l amable y cariosa como jams la haba visto; tena
arranques de lirismo casero, se enterneca reuniendo toda la familia en
la mesa, y l, por no contrariarla, permaneca en Burjasot, vctima de
las contradicciones de su carcter, tan pronto atrado por la
querencia a la cocina, como pensando en Tnica con la dulce nostalgia
del enamorado.

Por esto, cuando regres a Valencia, volviendo a encargarse de _Las Tres
Rosas_, experiment la alegra del que sale del destierro. Quiso
resarcirse del breve parntisis en su vida de amante, y esper a Tnica
en las calles, sosteniendo con ella largas plticas que la hacan llegar
tarde a casa de las parroquianas, enterndose con minuciosidad de las
tardes que haba pasado en melanclica calma leyendo novelas
sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la
modesta merienda.

Sus plticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos
nimos para trabajar; y l, que hasta entonces haba vivido tranquilo e
indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el
porvenir, sentase ambicioso, soaba con una gran posicin comercial,
que compartira con Tnica, y miraba la tienda de _Las Tres Rosas_ con
el mismo cario del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya. Su
plan estaba formado. Esperara hasta fines de ao, vendera el huerto de
Alcira, y don Antonio le hara traspaso de la tienda por unos cuantos
miles de duros.

El afortunado bolsista segua abominando de la tienda y del mezquino
comercio al por menor; no era difcil alcanzar la cesin de _Las Tres
Rosas_ por lo que el joven quisiera darle. Valiente cosa le importaba a
l mil duros ms o menos! La suerte le haba hecho audaz; realizaba
jugadas con xito sorprendente, y as como aumentaba su fortuna,
transformbase en persona. Permaneca en la tienda lo menos posible;
cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el caf, mediando en
las rias de alcistas y bajistas, con expresin de superioridad;
enganchaba la _charrette_ e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear
su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que
supieran ms de cuatro que l tambin, aunque le estuviera mal el
decirlo, era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que ms
vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introduca reformas
radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad
mediocre a la ostentacin aparatosa. Seducido por los guisos de fonda
que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no
poda avenirse con el talento culinario de su Teresa, y haba tomado una
cocinera procedente de una gran casa. La riqueza improvisada daba al
seor Cuadros un airecillo petulante y fanfarrn. En competencia con su
mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas; slo que
las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con
cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos. Rompa los ojales del
chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y l, que antes cuidaba
de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos
o a la tentacin de entrar en algn caf, sacaba ahora, a tuertas y a
derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del
Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para
pagar un refresco un papelote de mil pesetas.

_Las Tres Rosas_ estaba patas arriba, segn murmuraba el asombrado
Juanito. La fortuna del amo los enloqueca a todos. Los dependientes,
libres de vigilancia, hacan lo que les daba la gana; el gnero
desapareca, sin dejar como recuerdo de su paso dinero en el cajn; las
criadas robaban arriba, en las mismas narices de doa Teresa, aturdida
por tan radicales cambios; pero all estaba el amo para remediarlo todo,
y por mucho que se despilfarrase, los cobros de diferencias a fin de mes
eran tan exorbitantes, que empujaban vertiginosamente aquel barco falto
de direccin y haciendo agua por todas partes.

El nico que protestaba en la casa, revolvindose furioso contra las
desatinadas innovaciones, era don Eugenio. El veterano del comercio
escandalizbase, y haba que orle las pocas veces que consegua
entablar conversacin con el dueo de la tienda, siempre atareado,
viviendo en su casa como en una fonda.

Don Eugenio pareca una sibila, que, en nombre de la honradez y la
mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias. Aquella borrachera
de dinero no poda acabar bien. No era legal ni justo ganar ocho o nueve
mil duros en un mes, jugando, ni ms ni menos que los perdidos que van a
los garitos; adems, ese lucro resultaba criminal, ya que lo que l
ganaba otros lo perdan.

Pero don Antonio contestaba con risitas irnicas que desesperaban al
pobre viejo. Vaya unas ideas rancias! De dnde sala para atreverse a
hablar contra un negocio tan legal y admitido por todos? Los tiempos
cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios. Es verdad que los
afortunados arruinaban a los infelices, pero qu remedio...! Haba que
amoldarse a las exigencias del mundo, tomar parte en la lucha por la
existencia; la sociedad estaba constituida as. Para que vivan unos hay
que devorar a otros. Y el seor Cuadros repeta con expresin pedantesca
estos y otros lugares comunes que haba odo en la Bolsa de boca de
ciertos pillos de levita, que con la dichosa lucha por la existencia
justifican rapias legales que merecen un grillete. Y para desesperacin
del pobre viejo, haca la apologa de la Bolsa. Slo un rancio poda
tronar contra ella. Para censurarla haba que ser consecuente y hablar
mal tambin del ferrocarril, del telfono y de todas las conquistas del
progreso. Poda esperar sentado a que todas las personas honradas se
coligasen, segn l deca, para acabar con los negocios burstiles.

Cada da eran ms respetados; se popularizaban, y ya no eran
comerciantes y rentistas los que jugaban en la Bolsa; los pobres, los
humildes, buscaban tomar parte en el negocio. Y para probarlo, no haba
ms que fijarse en don Ramn Morte, un filntropo, que haca el bien
encaminando a la ganancia los pequeos capitales que yacan muertos y
dedicando las ganancias propias a obras de beneficencia.

Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del clebre banquero, que
todos los das repetan los peridicos, pero Juanito se estremeci.
Aqul s que era un hombre. Husmeaba la ganancia a cien leguas; colocaba
los capitales ajenos con la mayor seguridad; tena esclavizada la
fortuna, y a pesar de esto, qu sencillo! Con qu modesta afabilidad
trataba a los pequeos! Era un seor pequen, enfermizo por el exceso
de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cndida cuyo
secreto slo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la
Compaa. Dos veces haba estado en la tienda buscando al principal, y
se dign hablar con Juanito afectuosamente, como si fuese uno de la
clase, enterndose con benevolencia paternal de sus proyectos para el
porvenir. Oh, qu hombre! Qu confianza inspiraba! Aconsejado por l,
realizaba el seor Cuadros sus magnficos negocios; y Juanito, a no ser
por su deseo de verse dueo de _Las Tres Rosas_, hubiese vendido el
huerto, poniendo toda su fortuna en manos de don Ramn.

La loca fortuna del principal contagiaba al dependiente, y ste, a pesar
de su carcter fro, se senta animado por el deseo de correr el azar
ganando una fortuna en unos cuantos meses o arruinndose para siempre.
Cuando estaba solo y entregado a sus reflexiones, asustbase de las
audacias de su pensamiento; pero oyendo al principal enardecase, y
entre las cenizas de su carcter tmido y aptico asomaba el fuego del
aventurero.

Las contiendas entre don Eugenio y su antiguo dependiente los separaban,
y a pesar de hacer la vida bajo el mismo techo, pasaban semanas sin
hablarse. El pobre viejo se senta solo en aquella casa. Teresa no le
comprenda; Andresito, entusiasmado por la fortuna del pap, tena sus
ambiciones; mostrbase meticuloso y exigiendo en materias de vestir, y
hablaba de la posibilidad de poseer una yegua alazana y pasear por la
Alameda, siguiendo el carruaje de su novia, para lo cual se estaba
preparando todas las tardes en el picadero.

Don Eugenio slo se consolaba yendo en busca del to de Juanito, ante el
cual mostraba su indignacin por los negocios de Cuadros. Cmo se rea
don Juan de las fortunas de los bolsistas! Buen provecho. Muchos le
haban propuesto aquel negocio; pero l era gato viejo y gustaba de
guardar seguro su dinero. Eso de arrojar la fortuna al viento, con la
esperanza de una ganancia loca, quedaba para los tontos que se creen
poseedores de infalibles secretos. l opinaba como don Eugenio. Aquello
slo era una racha de fortuna, la terrible benevolencia de la fatalidad
con los jugadores novatos: primero, la seduccin de las pequeas
ganancias, y despus, cuando ya estn metidos de cabeza en los caprichos
del azar, la ruina instantnea, completa, fulminante.

El da de San Vicente supo Juanito hasta dnde llegaba la indignacin
del venerable don Eugenio.

La fiesta del santo popular verificbase con el aparato de costumbre. En
los puntos ms cntricos de la ciudad habanse levantado los altares,
enormes fbricas de madera y cartompiedra que llegaban a los tejados,
con decoracin gtica o corintia, erizados de mecheros de gas, y en su
parte media la repisa, en la que se ostentaba el diplomtico de Caspe
con su hbito de dominico y un dedo en alto entre cirios y flores.
Abajo, la plataforma del escenario, donde se representaban los
_milacres_, piezas dramticas, cndidas y sencillas como sus versos
lemosines, cuyo argumento, girando en torno del mismo punto, trata
siempre de las querellas feudales entre Centelles y Vilaraguts, de la
conversin de los moros de Granada o de alguna treta de los impos
contra el elocuente apstol, todo sazonado al final con el necesario
milagro del santo y el correspondiente sermn en endecaslabos. La
multitud agolpbase ante los altares para or mejor a los actores,
granujillas del barrio, roncos de tanto vocear los versos, orondos en
sus trajes de ropera; orgullosos de lucir el bonete con pluma y tirar
de la espada cuando lo requera el _milacre_; y era de ver la atencin
con que escuchaba la predicacin de San Vicente, representado siempre
por un muchacho paliducho, pedante y melanclico, y las carcajadas con
que celebraba las majaderas del motiln, personaje bufo que pasaba el
tiempo tragando pan, sorbiendo rap, sonndose las narices en un pauelo
como una sbana y agujereado como una criba, y diciendo estupideces
subidas de color, todo para mayor edificacin de los devotos del santo.
Un mar de cabezas agitbase ante aquellas plataformas que recordaban el
teatro primitivo, lo mismo el tablado de Esquilo que la carreta de Lope
de Rueda.

Entre una y otra representacin tocaban las msicas alegres polcas, y la
granujera de siempre, agarrada de un modo repugnante, improvisaba
academias de baile en las aceras, chocando muchas veces contra las mesas
donde las buenas mozas de vestido almidonado, pauelo de seda y cara
bravia vendan garbanzos tostados, orejones y ciruelas pasas.

Juanito, a las tres de la tarde, haba ido a ponerse en acecho cerca de
la casa de Tnica, esperando que sta saliese con Micaela para ver los
altares. Una vecina le avis que ya haban salido, y el joven lanzse en
su persecucin, corriendo de uno a otro altar, sin conseguir
encontrarlas.

En la plaza de la Constitucin vio a don Eugenio, que miraba de lejos el
_milacre_, apoyado en el viejo bastn y mostrando su carita de pascua
por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el
verano.

El pobre seor acogi a Juanito con una sonrisa de gozo.

--Hombre, cunto me alegro de verte...! T no tendrs quehacer,
verdad?

Juanito contest negativamente, arrepintindose en seguida.

--Me alegro. Pasearemos juntos. Mis amigos han salido con sus familias,
y yo no tengo a nadie en este mundo; estoy solo... completamente solo.

El viejo recalcaba estas palabras, como si quisiera hacer responsable a
alguien de su abandono.

Emprendieron los dos la marcha hacia las Alameditas de Serranos, paseo
habitual de don Eugenio. Por el camino hablaba el viejo de su situacin
con tono melanclico; pero sus quejas eran vagas. Llegaron al paseo: una
ancha faja de jardn en la orilla del ro, exuberante de vegetacin,
pero tan sombra, que justificaba su ttulo vulgar de paseo de los
desesperados. La concurrencia era la de siempre. Algunas madres de la
vecindad, con su tropel de muecos voceadores, y grupos de curas y
aficionados a la clase sacerdotal, destacando sobre el verde la mancha
negra de sus trajes, hablando con misterio de lo malos que estn los
tiempos, del prisionero del Vaticano y del verdadero rey que vive en
Venecia.

Don Eugenio, saludaba al paso aquellas caras que vea todas las tardes,
sin interrumpir por esto la conversacin.

Juanito le oa con la deferencia y el respeto que inspiran ochenta aos.

--En una palabra, muchacho: que yo no puedo sufrir esta clase de vida.
Sern para algunos escrpulos necios, pero qu quieres? Despus de
tantsimos aos de probidad comercial, de prosperidad lenta pero segura,
no puedo conformarme con esta vida de agitacin y sobresalto que noto en
torno mo, ni menos ver con tranquilidad una ganancia inmoral y
estrepitosa.

--Pero por qu se ha de molestar usted tanto?--dijo el joven con tono
conciliador--. Lo mejor es que deje correr las cosas. Don Antonio gana
demasiado dinero para que puedan hacerle mella sus palabras. Adems,
cada poca trae sus costumbres, y no es justo que usted se queje porque
las cosas no estn lo mismo que en su juventud.

--Tienes razn, hijo mo. stos son otros tiempos. Soy un verdadero
cadver; pero me resisto a meterme en la fosa, a pesar de que sta me
reclama, y tengo que sufrir las consecuencias. Qu tiempos. Seor, qu
tiempos!

Y el vejete miraba al cielo, mientras su mano arrancaba al paso las
hojas de los rosales.

--T tambin--continu--ests algo tocado de ese afn de hacerte rico,
aunque sea arruinando al mundo entero. No te culpo por esto; es la
fiebre de la poca, y la juventud es la que con ms calor apadrina las
ideas nuevas. Tienes razn; yo no puedo, yo no debo meterme en los
negocios de Antonio; carezco de derecho. Qu soy en aquella casa? Un
trasto intil, un mueble incmodo que se empea en permanecer intacto y
todos desean verlo hecho astillas para arrojarlo al montn.

--No; eso no es verdad, don Eugenio. En aquella casa le quieren a usted
todos. Me consta.

--Y yo tambin--dijo el viejo con gran calor--, yo tambin los quiero
con toda mi alma. Tengo otra familia acaso? Lo que hay, muchacho, es
que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo
ver con tranquilidad cmo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas
aventuras. Ay, mi pobre tienda! Tiemblo al pensar que puede ser
deshonrada para siempre. He odo decir que los marinos viejos sienten
una pasin loca por el barco en que han pasado su vida. Lo mismo soy yo
con _Las Tres Rosas_. Yo la fund; tu pobre padre mantuvo la reputacin
del establecimiento honrado, y ahora... tiemblo al pensar lo que
ocurrira si Antonio se arruinase en la Bolsa como otros tantos.... Todo
perdido, la tienda embargada, deshonrada para siempre.... Gran Dios! No
quiero pensarlo.

--Bah!--objet Juanito con juvenil confianza--. No es eso fcil; en la
Bolsa slo se arruinan los tontos, y mi principal tiene buen gua. Don
Ramn... sabe usted? don Ramn Morte, el hombre mimado de la fortuna,
el gran filntropo.

--No seas tonto, muchacho. Crees que tu to es listo? Pues pregntale
qu piensa del tal don Ramn. Un pillo, hijo, un pillo redomado que
emplea la pamplina de la caridad y se da bombos en los peridicos para
engaar incautos. Y qu bien sabe hacerlo el muy ladrn! Se confiesa a
menudo, entrega cantidades en las sacristas, diciendo que las ha
cobrado de ms por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se
murmura si es l ese ramoso sujeto que, con el incgnito de Un
cualquiera, enva dinero a la Junta de Instruccin Obrera cuando sta
sufre apuros. Esa modestia, ese incgnito a medio velo, es un medio para
llamar la atencin como cualquier otro reclamo, y un negociante que
desea tanto la popularidad no lleva idea buena. Algo prepara. Para m,
lo que hace es arreglarse el vendaje antes que exista la herida.

Juanito senta inquietud y molestia ante la rudeza con que el viejo
destrozaba el dolo de su admiracin, pero call por respeto.

--Si ese hombre es--continu don Eugenio--quien tiene que evitar la
ruina de Antonio, bien estamos. Yo veo claro, y por eso chillo hasta ser
impertinente. No entiendo de esos negocios infernales, estoy
acostumbrado a los tratos sencillos del comercio a la antigua, pero no
desconozco lo fcil que es quedarse los bolsistas en medio de la calle
de la noche a la maana. Y puedo yo estar tranquilo...? Al principio,
Antonio era prudente y no expona gran cosa; pero la ganancia le ciega,
y ahora... sabes? me he enterado de que se mete tan hondo, que si la
fortuna le volviese la espalda, en veinticuatro horas quedaba limpio,
sin cubrir sus compromisos, y por tanto, deshonrado. Figrate lo que
esto representa muchacho. Si tu padre viviera, me comprendera mejor. Se
me abren las carites slo al pensar en la posibilidad de que el dueo de
_Las Tres Rosas_ aparezca como un insolvente, como un tramposo, casi
como un estafador. Di, muchacho, puedo yo consentir esto? Te parece
tolerable?

Y el viejo se animaba, se ergua, apoyndose en su bastoncillo, y al
hablar de su querida tienda, una oleada de sangre daba color a su cara
fresca de anciano bien conservado.

--No; yo no puedo callar; esto apresurar mi muerte. Necesito
tranquilidad, y no me acuesto ninguna noche sin llevar en el cuerpo un
berrinche ms que regular. Lo que yo digo: pero Seor, por qu se
meter ese hombre en libros de caballeras? No poda vivir tranquilo
como yo, trabajando para la vejez y sin exponerse a peligro alguno...? Y
es la maldita ambicin que hoy todo lo invade. En mis tiempos, antes de
gastar un ochavo le dbamos cien vueltas, pero nos contentbamos con lo
nuestro y vivamos felices. Ahora todo el mundo no piensa en otra cosa
que en el modo de quitar legalmente la bolsa al vecino. La ambicin los
devora; a los cuarenta aos son ms viejos que yo; viven pendientes de
un hilo con el afn de acaparar dinero; y todo para derrocharlo, para
satisfacer esa locura de engrandecimiento que a todos domina. Esto est
perdido. Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quieren
pasar a amos; y... qu ms? Antonio se avergenza de ser comerciante, y
va por las tardes a la Alameda en un cochecillo ridculo, guiando como
si fuese un cochero. Antes soaba con que su hijo fuese abogado, y ahora
mira impasible cmo abandona los estudios y se entera con gusto de sus
progresos en la equitacin. Dice que con la herencia que l le dejar,
para nada necesita la carrera; quiere hacer de l un hombre a la moda, y
quin sabe si tendr pensado casarle por lo menos con la princesa de
Asturias....

Y rea al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintiera
elevado por encima de todas las miserias.

--En fin, hijo mo, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a los
viejos hay que tolerarles. Yo necesito hablar, expansionarme, echar
fuera de m esta inquietud que me devora, como si fuese yo mismo quien
se mete en aventuras. Y te repito que esto acabar mal, muy mal. Tu to
es de la misma opinin. Ves a tu principal? Pues es como tu mam. Yo no
le conoca, pero hay que tratar mucho a los hombres. Depende de las
circunstancias que se muestren tales como son. Ahora no me cabe duda de
quin es Antonio. Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja. Los
dos son iguales. Unos fachendas, hambrientos de figurar, deseosos de
meterse en una esfera superior a la suya, aunque se pongan en ridculo.
Tu madre arruinndose y Antonio subiendo locamente camino de la suerte,
son exactamente lo mismo. Capaces de derrochar una fortuna; la una por
mantener lo que llama su rango, y el otro por meterse entre gentes que
de seguro se burlan de l.... Esto no puede seguir as.... Vamos a ver
grandes cosas, y... ay! me dice el corazn que mi tienda, mi pobrecita
tienda, naufraga en esta borrasca, y yo me muero.

El viejo hablaba melanclicamente, como si viese ya la ruina del brazo
con la muerte rondando en torno de l.

Juanito se fastidiaba.... Bah! Aprensiones de viejo.




VII


Los domingos, a las siete de la maana, sala Juanito de su casa con el
alegre desembarazo del colegial que en da de fiesta todo lo ve de color
de rosa.

Iba estirado, satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa, algo
incmodo por el cuello de la camisa almidonado y de bordes punzantes;
pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de charol y a la corbata,
siempre de colores vivos, para darse por satisfecho de todas las
molestias que le causaba su transformacin. La mam y las hermanitas le
contemplaban con asombro. Qu crean ellas? El Juanito de ahora estaba
muy lejos del de los tres meses antes. Ya era hora de dedicar a rodillas
de cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares, prendas
que la mam le haba hecho usar para mayor economa.

El amor haba transformado a Juanito. Su alma vesta tambin nuevos
trajes, y desde que era novio de Tnica, pareca como que despertaban
sus sentimientos por primera vez y adquira otros completamente nuevos.
Hasta entonces haba carecido de olfato. Estaba segursimo de ello; y si
no, cmo era que todas las primaveras las haba pasado sin percibir
siquiera aquel perfume de azahar que exhalaban los paseos y ahora le
enloqueca, enardeciendo su sangre y arrojando su pensamiento en la
vaguedad de un oleaje de perfumes? No era menos cierto que hasta
entonces haba estado sordo. Ya no escuchaba el piano de sus hermanas
como quien oye llover; ahora la msica le araaba en lo ms hondo del
pecho, y algunas veces hasta le saltaban las lgrimas cuando Amparito se
arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazn, en
un puo.

El muchacho, antes tan slido y bien equilibrado, mostrbase inquieto y
nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a
expansiones infantiles; pero a pesar de esto, era ms feliz que nunca.
Su antigua vida parecale la existencia soolienta de una bestia
amarrada a la estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin nocin alguna
de un ms all.

Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecan incubar en
l un nuevo ser, y de la ruda cscara del antiguo dependiente, con la
inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surga un hombre nuevo, en
el cual despertbase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.

El Mercado le atraa los domingos en las primeras horas de la maana, e
iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas. All
permaneca confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras
hermosas, y lo mismo abran paso a las seoritas que volvan de misa con
el devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadas
emperejiladas, que, doblndose al peso de las cestas, metanse entre la
varonil barrera para comprar un mazo de flores.

Qu bien se estaba all! El sol comenzaba a caldear la plaza;
esparcase por el ambiente el tufillo de las verduras recalentadas; pero
bajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos de flores, entre
las cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notbase una
frescura de subterrneo, el vaho hmedo de las baldosas regadas con
exceso. Y luego, qu orga para el olfato en esta atmsfera fresca!
Experimentbase la misma impresin que en una tienda de perfumera,
donde, al entrar, toda una avalancha de esencias distintas sale de
cuantos huecos tiene la anaquelera, asaltando el olfato.

Sobre las mesas pintadas de verde amontonbanse las flores como si
fuesen comestibles, o agrupadas en pirmides, sobre una base de papel
calado, erguanse formando ramos monumentales con los colores en
caprichosos arabescos. All estaban las jardineras: hermosas unas, con
la esplendidez de las vrgenes morenas; viejas y arrugadas otras, con
esa fealdad de bruja que es final rpido e inesperado de la belleza de
las razas meridionales. Acostumbradas todas ellas a la vida comn con
las flores, tratbanlas con confianza ruda y desdeosa. Recortaban
cruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, o
aprisionaban sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera el
perfume que en son de protesta les arrojaban al rostro.

Un mosaico deslumbrador se extenda sobre las mesas. Las azucenas, con
su tnica de blanco raso, erguanse encogidas, medrosas, emocionadas,
como muchachas que van a entrar en el mundo y estrenan su primer traje
de baile; las camelias, de color de carne desnuda, hacan pensar en el
tibio misterio del harn, en las sultanas de pechos descubiertos,
voluptuosamente tendidas, mostrando lo ms recndito de la fina y rosada
piel; los pensamientos, gnomos de los jardines, asomaban entre el
follaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de morado
terciopelo; las violetas coqueteaban ocultndose para que las denunciase
su olorcillo que pareca decir: Estoy aqu!; y la democrtica masa de
flores rojas y vulgares extendase por todas partes, asaltaba las mesas,
como un pueblo en revolucin, tumultuoso y desbordado, cubierto de
encarnados gorros.

All esperaba Juanito la aparicin de Tnica, que todos los domingos,
por hallarse libre del trabajo, se encargaba de la compra, evitando esta
operacin a su compaera, cada vez ms falta de vista. Formaban una
original pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por estar
cerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distincin
adquirido en la niez y llevando su cesta con la desenvoltura de una
colegiala que comete una travesura.

Hablaron un buen rato en la entrada del mercadillo, sin fijarse en
miradas maliciosas ni darse cuenta de los rudos encontronazos de la
multitud; l la cargaba con el ramo ms hermoso que vea, seguala en su
correteo por el Mercado, de puesto en puesto, y despus la acompaaba
hasta su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos,
que consideraban a Juanito como un conocido y se hacan lenguas,
especialmente las mujeres, del gancho de la costurerilla, una mosquita
muerta que haba sabido pescar un novio rico, segn aseguraban los
mejor informados de la calle.

Juanito, poco a poco, haba logrado estrechar sus relaciones con Tnica.
No suba a la casa, eso no; qu diran los vecinos? pero si le estaba
vedado entrar en aquella escalerilla, que se le antojaba camino de
misterioso santuario, poda acompaar a Tnica y su amiga los domingos
por la tarde.

El dependiente haba entablado amistad con Micaela, una criatura
insignificante que pasaba por el mundo como un fantasma, anulada la
voluntad, lamentndose de no vivir, como en su juventud, en la
servidumbre domstica. Senta una tierna simpata por aquella mujer casi
ciega, con sus ojazos claros siempre inmviles, como si experimentara
eterno asombro. Entre el dependiente y ella establecase el lazo de la
igualdad de caracteres. Los dos eran seres dbiles, pacientes, sin
voluntad: acostumbrada ella a la obediencia de la servidumbre,
supeditado l por la adoracin a su madre.

Micaela encontraba aceptables las relaciones entre Juanito y su amiga.
El dependiente era para ella un ser de casta superior; causbala respeto
la posicin social de su familia; y mientras Tnica le llamaba por su
nombre, ella, con sus costumbres de criada antigua, nombrbale siempre
seor de Pea, ceremoniosamente, a estilo de comedia.

Qu tardes tan hermosas las de aquella primavera! Salan de casa a la
hora en que correteaban por las calles los grupos de criadas, con sus
faldas almidonadas y al cuello el ondeante pauelito de seda, seguidas
por los soldados de caballera, de escandalosas espuelas, torpe paso y
embarazados por el sable, como si fuese un pesado garrote.

Sus diversiones eran siempre las mismas. Iban donde va la gente que no
quiere gastar dinero, y se les vea por el pretil del ro, camino de
Monte-Olivete, los dos jvenes delante, hablando tranquilamente,
mientras se acariciaban con la mirada, y detrs Micaela, con aire de
inconsciente, abismada en el crepsculo eterno que la envolva y
levantando la cabeza, sin sentir la menor molestia por los rayos del sol
que se quebraban en sus ojazos hermosos y muertos.

Detenanse a contemplar los incidentes del tiro de palomo establecido en
el cauce del ro, pedregoso, inmenso, surcado por unas cuantas venillas
de agua, que se cruzaban caprichosamente, formando verdes archipilagos.
La aficin meridional al estruendo, el instinto de raza, ansioso de
correr la plvora, revelbase en el inmenso corro, donde se contaban las
escopetas a centenares y el tirador de chaqu disparaba junto al
aficionado de blusa. En el centro del corro los enormes jaulones, donde
aleteaban inquietos los pajarracos de la Albufera o los pardos palomos,
estremecindose a cada descarga, temiendo que les tocase el turno de
volar por entre la lluvia de plomo; y junto a ellos el hroe de la
fiesta, el _colombaire_, un mocetn despechugado, al aire los bceps de
hrcules, limpindose el sudor, girando como una peonza, haciendo toda
clase de muecas y voceando la frase sacramental _a pacte_! antes de
soltar las alas que oprima entre sus manos All va...! Y aquello era
una batalla. Primero el disparo aislado del preferido que paga mejor;
despus tiroteo graneado; y al fin descargas cerradas, mientras el
_colombaire_ se agitaba como un energmeno, con la fiebre de la
destruccin, y ruga _a ell_, _a ell_! como si su voz fuese el
ladrido de toda una jaura. El rojizo humo envolva al corro; y arriba,
en el espacio azul, puro, ideal, deshonrado por un crimen, vease caer
al palomo inerte, apelotonado, atravesado por veinte tiros, como un
miserable puado de plumas. Los curiosos, enardecidos por el tiroteo,
seguan con mirada ansiosa al pjaro que lograba escapar; interesbanse
en las terribles disputas de los cazadores, reclamando todos la misma
pieza; no se fijaban en la lluvia de perdigones fros que caan en torno
de ellos; y si por casualidad se perda un ojo o se senta escozor en
el cuerpo... qu iban a hacer? esto entraba en la diversin.

La enamorada pareja segua su paseo, sintiendo a sus espaldas el paso
leve de la resignada Micaela. En Monte-Olivete sentbanse en el banco de
piedra que circunda la ovalada plaza; henchase el moquero de Tnica de
cacahuetes y altramuces, y volvan a emprender la marcha, siempre por la
orilla del ro, ms agreste ahora, con filas de seculares lamos y
verdes caares, que se estremecan rumorosos al viento con un quejido
triste.

Andaban, devoraban distradamente el contenido del pauelo. Juanito
llevaba en su bigote cortezas de cacahuet; y a pesar de esto, los dos se
sentan en un ambiente ideal y caminaban como si no pusiesen los pies en
el suelo. En el fondo de los ojos de Tnica vea l la reduccin del
paisaje, las verdes charcas del ro, los caares, la arboleda, el
azulado cielo; y las nubecillas que resbalaban veloces antojbansele,
vistas en tal espejo, el alma de su amada, que pasaba y repasaba tras
las pupilas envuelta en vaporosas vestiduras. Oh, qu bien se senta
caminando junto a la mujer amada, rozndola el codo a la menor
disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tnica,
distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidbase de todo, de su
familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas
rumiando altramuces, y su atencin reconcentrbase en los ojos negros,
que a cada momento reproducan un rincn del paisaje; en la blanca y
sana dentadura, tan hermosa, tan brillante, que al rer pareca iluminar
la morena cara de la joven.

Y sin embargo, su conversacin no poda ser ms vulgar. Tnica era un
espritu prctico, que, en medio de sus escapes de pasin, no olvidaba
el porvenir con todas sus miserias y monotonas. Insensible a los
encantos del paisaje, a la soledad rumorosa que los rodeaba, trazaba
planes para lo futuro, para cuando fuesen dueos de una tienda en el
Mercado y ella tuviese que desarrollar las facultades de ama de casa. Ya
vera l de lo que era capaz su mujercita. Y la linda costurera, con su
aire grave de mujer formal, con la misma expresin vaga y soolienta que
si hablase de amor, marcaba punto por punto el programa de su vida
futura. Se levantara a la misma hora que l, y mientras Juan vigilase
la limpieza de la tienda, ella ayudara a la criada en lo de arriba;
trabajar mucho y ahorrar ms, pues esto es lo que da salud; y despus, a
la hora de comer... qu felicidad hablar de los negocios devorando el
clsico puchero con el buen apetito que da la actividad! Dependientes
pocos y buenos, tratados como de la familia, comiendo todos en la misma
mesa, a estilo patriarcal. Y la casa adelante, siempre adelante,
Querindose ellos mucho y amasando ochavo tras ochavo la fortuna para la
vejez, en aquel nido estrecho atestado de fardos y piezas de tela. Esto
al principio, cuando an no hubiesen novedades y la casa permaneciese
tranquila y en reposo; pero despus... figrate t! vendr lo que es
natural... uno, dos o ms, quin sabe? Y entonces tendr que ver que al
digno comerciante don Juan Pea, cuando suba a almorzar, se le cuelguen
de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y
no le dejen tragar bocado con tranquilidad.

Pero Tnica se detena, ruborizndose como si sintiera haber dicho
demasiado, y miraba a su no vio confusa y avergonzada, mientras ste
buscaba la linda manecita de ella para besarla repetidas veces, sin
importarle la presencia de Micaela.

La costurera consenta estas caricias. Conoca bien a Juanito. No haba
cuidado que pasase de ellas. Besbale las manos, sin que sus labios
dejasen la ardorosa huella del deseo contenido, y todo el exceso de
Juanito consista en morder las duricias de la epidermis producidas por
el contacto de las tijeras o las rozaduras y pinchazos de la aguja.
Estas marcas del diario trabajo las adoraba Juanito como cuarteles de
nobleza, y las yemas de los rosados dedos, ligeramente encallecidas,
chupbalas con tanta delicia como si fuesen caramelos.

Tnica, con dulce coquetera, extenda sus manos, dejndoselas besar. Si
alguna vez, al saltar un ribazo, quedaba al descubierto algo de su
blanca media, vea cmo Juanito volva a otro lado su mirada con cierta
expresin de sorpresa y disgusto. La quera bien: estaba en el perodo
de la adoracin exttica. Tnica era para l como esas vrgenes de
cabeza hermossima, que bajo la deslumbrante vestidura slo tienen para
sostenerse tres feos palitroques. l, que en la cocina de su casa
estremecase hasta la raz de los cabellos al menor roce con las
fornidas fregonas, nunca haba llegado a pensar que Tnica tena algo
ms que su gracioso rostro.

Mientras los novios, sentados en los pendientes ribazos, con los caares
a la espalda, hablaban del porvenir, acaricindose castamente, y en
pleno idilio daban fin al puado de altramuces, Micaela permaneca
inmvil, con la mirada mate fija en el sol, que, como una bola candente,
resbalaba por la inmensa seda del cielo sin quemarla, y al acercarse en
su descenso majestuoso al lmite del horizonte, se sumerga en un lago
de sangre.

Algunas veces, la pobre mujer sonrea, como si ante sus ojos moribundos
pasasen seductoras visiones.

--Qu piensa usted, Micaela?--preguntaba Tnica--. Ve usted algo?

--Nada, hija ma; veo el sol, que es lo nico que puedo ver.

Pero menta. Vea con los odos. Las palabras de los jvenes, aquellos
desahogos de un amor tranquilo, le alegraban, y su fantasa poblaba de
imgenes las muertas retinas. Vea a la _si_ Antonia, la madre de la
costurera, tal como era quince aos antes, cuando Micaela iba de visita
a su portera para charlar como antiguas amigas. Pero ahora ya no haca
calceta, ni apareca dentro de sus ojos patiabierta ante el brasero,
echando firmas en la lumbre; la vea en el cielo, justamente ganado con
sufrimientos y miserias, vestida de blanco, como van los
bienaventurados, y desde all, asomndose a una ventana de nubes,
lanzaba una sonrisa como una bendicin sobre los dos jvenes, que
pareca decir: Gracias, Micaela; cudamela, sacrifcate un poco ms, no
la abandones hasta verla esposa de Juanito, que es un buen muchacho. Yo,
en agradecimiento, te guardar un rinconcito para cuando subas.

Y la pobre mujer conmovase tanto al soar despierta, que las lgrimas
titilaban en sus ojos, haciendo brillar las pupilas sin vida.

--Ahora Hora usted...?--preguntaba Tnica--. Pero qu le pasa?

Nada, absolutamente nada. Se senta feliz y lloraba de alegra, de
agradecimiento, satisfecha de s misma, de la bondad con que la trataba
Dios.

Juanito miraba con asombro no exento de envidia a la pobre mujer casi
ciega, que saldra del mundo tan inocente como haba entrado, despus de
arrastrar la ms montona y abrumadora de las existencias, siempre
amarrada a la argolla de la domesticidad, sumisa y automtica, y que
todava sentase dominada por el agradecimiento, como si la vida de
descanso puramente animal que ahora gozaba fuese una felicidad de que no
se consideraba digna.

Aquella primavera fue el perodo ms feliz de la existencia de Juanito.


Amaba, era amado, tena fe en el porvenir, sentase a cien leguas de las
miserias de su familia, y para mayor felicidad, el to don Juan,
enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservndose dar su aprobacin
definitiva cuando conociese a Tnica.

Un domingo, por exigencias de los arrendatarios, tuvo que ir a su huerto
de Alcira, y pas el da como un desterrado, mirando melanclicamente
hacia Valencia y sintiendo un inocente enfurruamiento contra el sol
porque marchaba despacio, retrasando la hora del regreso. Por la noche,
con qu placer salt al andn de la estacin, hendiendo a codazos la
muchedumbre que obstrua la salida! Con los zapatos llenos de polvo,
llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que
esparcan fresco perfume, pas como un hombre satisfecho de la vida ante
los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y
corri a la calle de Gracia, metindose en la escalerilla con un
arranque de audacia que a l mismo le causaba asombro. Micaela perdon
al seor de Pea esta transgresin de lo pactado, en gracia a su viaje
y al regalo del ramo de naranjas; y desde aquel da, el enamorado, sin
abusar de la tolerancia, continu sus visitas.

Juanito ya no senta miedo al pensar lo que dira la mam cuando
conociese sus amores. Tena el convencimiento de que ella lo saba todo.

El da de la Virgen fue con Tnica y su amiga a la primera misa en la
capilla de los Desamparados. Dentro del templo sonaba la msica; la
multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcase por la plaza hasta
la fuente, adornada con un ridculo templete que pareca de confitera.
Todos estaban en actitud reverente, sin ver otra cosa de la misa que las
obscuras puertas, en cuyo fondo brillaban como chispas de oro las luces
de los altares, sintiendo en sus descubiertas cabezas el vientecillo de
primavera, semejante al halago de una mano invisible, tibia y olorosa.
En esta confusin, cuando Juanito, sacando los codos, guardaba de
empujones a las dos mujeres, vio a corta distancia a su familia y la
del seor Cuadros.

Desde las Pascuas que era grande la intimidad entre las dos familias;
Juanito haba odo hablar la noche anterior de cierto plan de
esparcimiento matutino, como principio de fiesta, por ser los das de
Amparito. Oiran la primera misa en la capilla de los Desamparados,
porque a doa Manuela, como buena valenciana, le pareca que ninguna
misa del resto del ao vala tanto como aqulla y despus tomaran
chocolate en un huerto de fresas, bajo un toldo de plantas trepadoras,
recrendose el olfato con el olor de los campos de flores y el humillo
del espeso soconusco.

Doa Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendi fijando los ojos en
Tnica con expresin curiosa e interrogante. La altiva seora aparent
despus no haber visto a su hijo; pero al volver a casa, Juanito
sentase trmulo e inquieto pensando en lo que dira su mam, tan amante
del prestigio de la familia.

Pas aquel da y pasaron muchos sin que doa Manuela dijese una palabra
sobre el noviazgo de su hijo. Este silencio entristeca a Juanito en
ciertos momentos. Vea una vez ms hasta dnde llegaba el afecto de
aquella madre a la que idolatraba. Era un paria, un advenedizo de
procedencia inferior que el azar haba introducido en la familia. Para
Rafaelito y las hermanas, todas las alianzas eran medianas; pero
tratndose del hijo de Melchor Pea, el tendero del Mercado, todo
resultaba bien. Poda casarse con una criada de la casa, sin que doa
Manuela sintiera un leve roce en aquella susceptibilidad tan despierta
para los otros hijos.

La buena seora lleg por fin a darle a entender con palabras sueltas lo
que l se recelaba. Conoca sus amores; se haba informado de quin era
Tnica, y no le pareca gran cosa; pero si Juanito se mostraba conforme,
todos contentos. Esta indiferencia anonadaba a Juan; y a pesar de que
nadie en la casa se preocupaba de sus amoros--pues cuando ms, merecan
alguna burla de Amparito--, sigui recatndose, como si temiera las
maternales censuras.

Desde la noche que subi a casa de Tnica, fue estrechando su intimidad
con las dos mujeres. Ya se atreva algunas noches a hacerles tertulia
hasta las diez, y como la presencia de Micaela daba a la conversacin un
tinte de seriedad, Juanito hablaba del comercio, de los triunfos de la
Bolsa, de la buena fortuna de su principal, y sobre todo, de don Ramn
Morte, su grande hombre, al que cada vez tributaba una adoracin ms
vehemente.

Si l se sintiera con fuerzas bastantes, sera de ellos; ingresara en
el batalln audaz que, guiado por Morte, marchaba de jugada en jugada a
la conquista de los millones; y deca esto con la fiebre de explotacin
adquirida en la tienda oyendo a los bolsistas, fiebre que comunicaba a
las dos mujeres, que le escuchaban como un orculo.

La falta de valor era lo que le retena en su posicin mediocre; en
cuanto al xito, no era posible dudar. El que ahora no se haca rico,
era porque no quera serlo. Bastaba un poco de dinero y la sabia
direccin de Morte para despertar un da millonario.

Y Tnica le escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido, los
labios apretados, como si dentro de su cabecita se agitase una idea
tenaz, mientras Micaela abra sus muertos ojazos con la expresin de una
nia que oye un cuento de hadas.

Aquellos millones fantsticos, saliendo de la boca de Juanito, rodaban
sobre el pobre tapete de la mesa, parecan infundir por la msera
habitacin un ambiente de aplastante opulencia, algo semejante a la
sonora vibracin de montones de oro. Y esta conversacin fue repetida un
da y otro, hasta que Juanito qued desconcertado e indeciso ante una
proposicin de las dos mujeres.

Aunque era partidario de las audacias financieras, siempre que pensaba
en la posibilidad de poner en prctica sus entusiasmos surgan en l la
prudencia y la desconfianza, los escrpulos de la rutina comercial, como
una herencia de raza. Por esto sinti cierta inquietud al or a Micaela
que deseaba dedicar sus ahorros a un negocio tan afortunado. Eran ocho
mil reales, amasados trabajosamente entre las dos mujeres, araados al
jornal de Tnica y a la pobre pensin de Micaela, adquiridos a fuerza de
alimentarse con arroces inspidos los ms das de la semana, remendar
los trajes hasta que se deshilachaban de puros viejos y pasar las
veladas a obscuras para evitar el gasto de luz.

Juanito dud. No le pareca mal el propsito. Ya que tena dinero, mejor
que guardarlo en el fondo del arca era emplearlo como cebo, para que la
suerte mordiese en l. Y repiti varias veces esta frase oda a su
principal.

--Pero...--aadi con marcada indecisin--no s hasta qu punto
convendr a ustedes exponer un dinero que tanto les cuesta. Don Ramn es
infalible, pero quin sabe lo que reserva la suerte...? Quieren
ustedes creerme? Nada de jugadas. Esto queda para mi principal y sus
amigos, que tienen mucho corazn. Lo mejor es llevarle el dinero al
seor Morte y rogarle que lo invierta en papel del. Estado. Es un to
muy largo. Adivina el papel que puede subir y el que va a bajar. S l
quiere, el capitalito de ustedes quedar bien colocado; cobrarn ustedes
su renta todos los trimestres, y es fcil que lo que adquieran por cinco
valga diez dentro de poco. Quedamos, pues, en que iremos a ver a don
Ramn.

Afortunado mortal! Desde entonces, su nombre pareci llenar la
habitacin, y las dos mujeres le aposentaron en su memoria, imaginndolo
como un ser poderoso, todo bondad, que peloteaba los millones y se
diverta haciendo ricos a los pobres.

--Cundo vamos a ver a don Ramn?--era la pregunta que hacan las dos
mujeres apenas entraba Juanito en la casa.

Y la visita la hicieron una maana que Tnica no tena trabajo y su
novio pudo abandonar _Las Tres Rosas_. Qu emocin! En la plaza de la
Reina ya le temblaban las piernas a Micaela, pensando en el arrugado
papel de estraza que contena los billetes mugrientos, y ms an en que
iba a verse ante aquel seor de quien todos se nacan lenguas. Entraron
en un patio suntuoso, embellecido por la industria ms que por el arte
arquitectnico, en el que el escayolado imitaba al mrmol y el yeso
moldeado a mquina finga un artesonado antiguo. En el primer tramo de
la escalera estaba el despacho de don Ramn.

La antesala pareca de ministerio, y apenas si en los bancos forrados de
terciopelo quedaba espacio libre para los que iban llegando. Los
clientes aguardaban con resignacin el turno. Eran curas en su mayora,
pues don Ramn, persona piadosa y amiga de hacer limosnas por mano de la
Iglesia, figuraba como el banquero del clero, y en las sacristas su
nombre alcanzaba gran prestigio. Los hbitos negros, la discreta media
luz que filtraba al travs de los cortinajes de los balcones, esfumando
los adornos de la antesala en una dulce penumbra, y la calma discreta
que reinaba en toda la casa, daban a sta un ambiente conventual de
profunda paz, dulce y atractivo.

Juanito y las dos mujeres, despus de una hora de espera viendo las
entradas y salidas de los clientes, que andaban con aire discreto, como
influidos por aquel ambiente de serfica calma, fueron admitidos a la
presencia del gran hombre. Atravesaron la oficina, donde media docena de
pobres diablos plumeaban encorvados, levantando la cabeza para lanzar a
Tnica una mirada rpida. Abriendo una mampara negra, entraron en el
despacho, pieza empapelada de obscuro, con estantes de carpetas verdes y
grandes cromos franceses de santos y santas, que parecan acicalados y
perfumados para asistir a un baile.

All, tras la mesa-ministro, sobre la cual todo estaba arreglado con
nimia pulcritud, mostrbase el famoso banquero. Tnica experiment una
decepcin. Habalo imaginado majestuoso, imponente, y vea un hombre
raqutico, amarillento, cargado de espaldas, con la cabeza cana y un
bigote recortado, que pareca despegarse de su rostro clerical. Hablaba
golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos
pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo ms notable del rostro,
por su expresin extremadamente bondadosa y atenta. Su facilidad de
fisonomista le hizo reconocer inmediatamente a Juanito.

--Sintense ustedes... sintense--dijo con su voz reposada, que marcaba
grandes pausas entre slaba y slaba--. Qu hay, pollo? Qu le trae a
usted por aqu?

El dependiente estaba ruborizado y se expresaba con dificultad,
impresionado por la mirada del grande hombre.

Don Ramn acogi con noble modestia las expresiones de confianza de su
admirador, y pareci enternecerse con las pocas palabras de Tnica y su
amiga rogndole se dignase aceptar su dinero.

--Estoy muy atareado para poder encargarme de los asuntos de los
dems.... Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio,
para que me decida a hacer algo por ustedes.... Dice usted, nia, que
son ocho mil reales? Bueno; pues compraremos Cubas: es el mejor papel.
Ahora estn a noventa y ocho, pero no tardarn en subir, se lo aseguro a
ustedes. Compraremos Cubas.... Yo no afirmo nada, soy como todos y puedo
equivocarme; pero tal vez... tal vez dentro de un ao doblaremos el
capitalito. S seor; puede que lo doblemos.

Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpendose las manos con expresin
satisfecha, como si le bastara un simple guio para que las dos mil
pesetas se multiplicaran en millones.

Una corriente de entusiasmo pareca envolver a los tres visitantes. La
fiebre de ganancia que les dominaba por las noches al hablar de negocios
volva a reaparecer. Ahora, Tnica ya no encontraba tan insignificante a
don Ramn y hasta crea ver en l cierta aureola de hombre de genio.

El papel de estraza que contena las privaciones y esperanzas de las dos
mujeres qued sobre la mesa. All estaban los ocho mil reales. Poda
hacer don Ramn lo que quisiera. Ellas confiaban en l como si fuese su
padre.

--Bueno; comprar Cubas. El pollo pasar por aqu cuando guste, para que
le entere de la marcha del capitalito.

Y don Ramn les acompa hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa
de padre a sus tres clientes. El dinero quedaba a su espalda, sin
recibo, sin garanta alguna, resguardado por el espritu de confianza
inquebrantable que circua la respetable personalidad del banquero
caritativo.

Al salir los tres, asomaba un nuevo cliente, un hombre de chaqueta y
gorra, industrial, que haba abandonado un instante su taller para
alcanzar una palabra del dolo.

--Vamos para arriba--dijo el banquero alegremente, sin dejarle terminar
su saludo--. Su capitalito ha aumentado en un cincuenta por ciento.
Tiene usted ya treinta mil pesetas.

El hombre, plido de emocin, se contena para no arrojarse al cuello de
don Ramn y comrselo a besos.

--Gracias, muchas gracias! Es usted mi padre. Y para no estorbar al
grande hombre, huy, trmulo por la noticia, pensando en sus hijos y en
lo que dira su mujer.

Los nuevos clientes de don Ramn atravesaron la oficina tan conmovidos
como el otro. Aquel hombre era un santo! Lo mismo decan los que
estaban en la antesala, gente menuda, con blusa unos y chaqus rados
otros, todos hombres de fe, que llevaban sus ahorros al santuario de la
honradez, y mientras aguardaban el turno cuchicheaban, hacindose
lenguas de sus virtudes. Dos das antes, don Ramn, al hacer el balance
del mes, notando que resultaban en su favor quinientas pesetas,
procedentes sin duda de un error en la cobranza, haba ido a confesar la
involuntaria falta, entregando la cantidad al cura para que la
repartiese entre los pobres.

Y la noticia circulando de boca en boca, agrandbase, llegando a
arrancar lgrimas de enternecimiento. Qu hombre aqul! No ya el
dinero, sino la propia sangre se le poda dar con entera confianza.

Micaela y Tnica, al estar en la calle, lanzaron un suspiro de
satisfaccin. Dios mo! Qu peso se quitaban de encima!

Haban dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentan
una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre
a quien todos los das nombraban los peridicos con los ttulos de
acaudalado y filantrpico banquero.




VIII


La vela del Corpus, con sus anchas listas azules y blancas, sombreaba
desde los altos mstiles la plaza de la Virgen.

La muchedumbre, endomingada, agitbase en torno de las _rocas_,
admirando una vez ms las carrozas tradicionales que todos los aos
salan a luz: pesados armatostes lavados y brillantes, pero con cierto
aire de vetustez, luciendo en sus traseras, cual partida de bautismo, la
fecha de construccin: el siglo XVII.

Recordaban aquellas enormes fbricas de madera pintada, con su lanza
semejante a un mstil de buque y sus ruedas cual piedras de molino, las
carrozas sagradas de los dolos indios o los carromatos simblicos que
gelfos y gibelinos llevaban a sus combates.

La gente pasaba revista con una curiosidad no exenta de ternura a la
fila de _rocas_, como si su presencia despertara gratos recuerdos.

All estaba la _roca_ Valencia, enorme ascua de oro, brillante y
luminosa desde la plataforma hasta el casco de la austera matrona que
simboliza la gloria de la ciudad; y despus, erguidos sobre los
pedestales los santos patronos de las otras _rocas_: San Vicente, con el
ndice imperioso, afirmando la unidad de Dios; San Miguel, con la
espada en alto, enfurecido, amenazando al diablo sin decidirse a
pegarle; la Fe, pobre ciega, ofreciendo el cliz donde se bebe la calma
del anulamiento; el Padre Eterno, con sus barbas de lino, mirando con
torvo ceo a Adn y Eva, ligeritos de ropa como si presintiesen el
verano, sin otra salvaguardia del pudor que el faldelln de hojas; la
Virgen, con la vestidura azul y blanca, el pelo suelto, la mirada en el
cielo y las manos sobre el pecho; y al final, lo grotesco, lo
estrambtico, la bufonada, fiel remedo de la simpata con que en pasadas
pocas se trataban las cosas del infierno, la _roca Diablera_; Pintn
coronado de verdes culebrones, con la roja horquilla en la diestra, y a
sus pies, asomando entre guirnaldas de llamas y serpientes, los Pecados
capitales, horribles cartulas con lacias y apolilladas greas, que
asustaban a los chicuelos y hacan rer a los grandes.

Y todos estos carromatos, legados de la piedad jocosa de pasadas
generaciones, eran admirados por el gento, que, con un entusiasmo
puramente meridional, se regocijaba pensando en la fiesta de la tarde,
cuando las muas empenachadas se emparejasen en la aguda lanza y los
carromatos conmoviesen las calles con sordo rodar, exuberantes las
plataformas de arremangados mocetones disparando una lluvia de confites
sobre el gento.

As como avanzaba la maana aumentaba el hormigueo en torno de las
rocas, que, vistas de lejos, destacbanse como escollos sobre el oleaje
de cabezas. El primer sol de verano abrillantaba como espejos las
barnizadas tablas de los carromatos, doraba los mstiles, esparca un
polvillo de oro en la plaza, daba al gigantesco toldo una transparencia
acaramelada, y este cuadro levantino, fuerte de luz, dulcificbase con
el tono blanco de la muchedumbre, vestida de colores claros y cubierta
con los primeros sombreros de paja.

A las doce, cuando mayor era la concurrencia, las de Pajares salieron de
la catedral, devocionario en mano y al puo el rosario de ncar y oro.
Regresaban a casa despus de or misa, y al llegar frente a la
Audiencia vieron correr la gente, oyendo al mismo tiempo un lejano
tamborileo.

--La cabalgata! La cabalgata!--gritaba la chiquillera corriendo por
la calle de Caballeros. Y las de Pajares tuvieron que detenerse ante la
muralla de curiosos agolpados al paso de la cabalgata.

Primero pasaron los portadores de las banderolas, con sus dalmticas de
seda con las barras aragonesas y altas coronas de latn sobre melenas y
barbazas de estopa; tras ellos el cura municipal, el famoso capelln de
las _rocas_, jinete en brioso caballo encaparazonado de amarillo, el
manteo de seda descendiendo desde el alzacuello a la cola del caballo, y
enseando la limpia y blanca tonsura al saludar con el bonete al pblico
de los balcones. Y seguan detrs las _dansetes_, escuadrones de
pillera disfrazada con mugrientos trajes de turcos y catalanes, indios
y valencianos, sonando roncos panderos e iniciando pasos de baile; las
banderas de los gremios, trapos gloriosos con cuatro siglos de vida,
pendones guerreros de la revolucionaria menestrala del siglo xvi; la
sacra leyenda, tan confusa como conmovedora, de la huida a Egipto; los
Pecados capitales, con estrambticos trajes de puntas y colorines, como
bufones de la Edad Media, y al frente de ellos la Virtud, bautizada con
el estrambtico nombre de la _Moma_; los Reyes Magos, haciendo prodigios
de equitacin; heraldos a caballo; jardineros municipales a pie, con
grandes ramos; carrozas triunfales, todo revuelto, trajes y gestos, como
un grotesco desfile de Carnaval, y alegrado por el vivo gangueo de las
dulzainas, el redoble de los tamboriles y el marcial pasacalle de las
bandas.

Detrs, presidiendo la comitiva, como muda invitacin hecha al pblico
para asociarse a la fiesta, iban en las carrozas municipales media
docena de seores de frac, tendidos en los blasonados almohadones,
llevando sobre el vientre, como emblema concejil, la roja cincha y
saludando al pblico con un sombrerazo protector.

--Atrs, nias!--dijo doa Manuela a sus hijas--. Atrs, que vienen
esos brutos!

Los brutos eran los de la _deglla_: un pelotn de gaanes con la cara
tiznada, gabanes de arpillera con furias pintadas, y coronados de
hierba, que cerraban la marcha, repartiendo zurriagazos entre los
curiosos que ocupaban la primera fila con sus garrotes de lienzo, ms
ruidosos que ofensivos.

Las de Pajares dejaron que se alejase la cabalgata con su estruendo de
tamboriles y dulzainas y siguieron su marcha por las calles cubiertas
con espesa capa de arena para el paso de las rocas.

A la hora de la comida lleg Andresito a casa de las de Pajares. Lo
enviaban sus papas para hacer el ofrecimiento de todos los aos. Ya se
saba que el balcn de _Las Tres Rosas_ era el mejor del Mercado.
Adems, los seores de Cuadros tenan gran satisfaccin en recibir a sus
amigos; y ms an ahora que el afortunado bolsista haba amueblado a
gusto de los tapiceros, y con una brillantez vulgar propia de caf o de
fonda, sus habitaciones, antes tan lbregas como desmanteladas.

Doa Manuela y las nias aceptaron con entusiasmo el ofrecimiento. Vaya
si iran! Y la viuda de Pajares, que tan mal haba hablado de Teresa, su
antigua criada, haca ahora elogios de ella como si fuese una amiga de
la infancia.

A las tres sala la familia con direccin al Mercado.

Concha y Amparito llamaban la atencin con sus vestidos de vivos colores
y las capotitas de paja, que hacan lucir sobre su cabeza toda una
pradera de flores y musgo. La mam las contemplaba por la espalda,
experimentando la satisfaccin orgullosa de un artista. Obra suya era
aquel lujo, y haba que reconocer que las nias saban lucirlo. Pero
ay, Dios! estremecase al pensar lo que aquello le costaba y las
terribles intranquilidades del porvenir, Siempre el dinero como eterna
pesadilla, amargndole la existencia, a ella que tanto haba gastado!

Juanito las dej a la puerta de _Las Tres Rosas_, para ir en busca de su
novia, y ellas, al subir a las habitaciones de los seores de Cuadros,
encontrronse con una tertulia formada por todos los amigos de la casa:
familias de bolsistas y comerciantes retirados, que imitaban torpemente
los ademanes y gestos que haban podido copiar por las tardes en la
Alameda, paseando en sus carruajes por entre los de la antigua
aristocracia. Hablaban de las modas del verano, de lo que iba a
llevarse, mientras los hombres, formando grupo cerca de los balcones,
daban en su conversacin eternas vueltas en torno del cuatro por ciento
interior y de los billetes hipotecarios de Cuba.

La esposa de Cuadros, que responda a sus amigas con sonrisas de conejo
y pareca muy preocupada por pensamientos tristes y misteriosos,
abalanzse a doa Manuela, saludndola con apretado abrazo y sonoros
besos. Pareca una desesperada que encuentra al fin el medio de
salvacin.

--Tenemos que hablar, doa Manuela--le dijo al odo--. No, ahora no;
despus se lo contar todo. Ay, si usted supiera...!

Mientras tanto, las nias de Pajares, las de Lpez el famoso bolsista y
otras amiguitas posesionbanse de los balcones, convirtindolos en
pajareras con su charla graciosa y sus ruidosas risas.

La plaza era un mar multicolor de cabezas. Los balcones estaban
adornados con antiguas colgaduras de slidos colores, las bocacalles
vomitaban sin cesar nuevos grupos en el compacto gento, y los pjaros
que anidaban en los rboles del Mercado huan ante la granujera que,
montada en las ramas, silbaba y gritaba a los de abajo, con la confianza
del que est en su propia casa. El sol de verano caldeaba la
muchedumbre, por entre la cual paseaban las chiquillas despeinadas y en
chanclas, con el cntaro en la cadera, pregonando el agua fresca, y los
mocetones de brazos hercleos y arremangados, con pauelo de seda en la
cabeza, sosteniendo a pulso las pesadas heladoras y ofreciendo a gritos
la horchata y el agua de cebada.

Ya haban sonado las cuatro. En los balcones abranse, como flores
gigantescas, sombrillas de brillantes colores, agitbanse grandes
abanicos con aleteo de pjaro, y abajo la muchedumbre removase
inquieta, chocando con las apretadas filas de sillas que orlaban el
arroyo.

Son un rugido a un extremo de la plaza, e inmediatamente fue contestado
por un gritero general.

--Ya estn ah...! ya estn ah!

Y hubo empellones, codazos, remolinos de cabezas, empujando todos al que
estaba delante para ver mejor.

A lo lejos, empequeecida por la distancia, apareci la primera _roca_,
en torno de la cual, como jinetes liliputienses, hacan caracolear sus
caballos los soldados encargados de abrir paso. Un alegre cascabeleo
dominaba los ruidos de la plaza y las voces enrgicas del postilln en
traje de la huerta, que gritaba _arre_! _arre_! manejando con rara
maestra una docena de ramales.

Las _rocas_, una tras otra, fueron desfilando por la plaza, produciendo
cada una de ellas una verdadera revolucin. Trotaban, arrastrando los
pesados armatostes, las docenas de muas gordas y lustrosas salidas de
las cuadras de los molinos, con los rabos encintados, las cabezas
adornadas con vistosas borlas y entre las orejas tiesos y ondulantes
penachos. Cogidos a sus bridas corran los criados de los molineros,
atletas de ligera alpargata, despechugados y con los brazos al aire,
que, a la voz de alto!, se colgaban de las cabezadas, haciendo parar
en seco a las briosas bestias. Colgando de las traseras de los
carromatos balancebanse racimos de chicuelos, que al menor vaivn caan
en la arena, saliendo milagrosamente de entre las patas de los caballos.
En las plataformas iban los de la Lonja, tratantes en trigo, molineros,
gente campechana y amiga del estruendo, que, en mangas de camisa,
botonadura de diamantes y gruesa cadena de oro en el chaleco, arrojaban
a los balcones con la fuerza de proyectiles los ramilletes hmedos y
los cartuchos de confites duros como balas, con ms almidn que azcar.

Cada _roca_ esparca el terror y el regocijo a un tiempo. La movible
batera de brazos disparaba ruidosa metralla, cubriendo el aire de
objetos; los cristales caan rotos, y hasta las persianas quedaban
desvencijadas bajo la granizada de confites.

En los balcones, las seoritas cubranse el rostro con el abanico,
temerosas al par que satisfechas de que las acribillasen con tan
brutales obsequios. Abajo estaban los bravos, que por un chichn ms o
menos no queran mostrar miedo e insultaban a los de las _rocas_ cuando
se agotaban los proyectiles, hasta que aqullos les arrojaban a la
cabeza los cestones vacos. Cada vez que caa un cartucho o un ramo
sobre la gente, mil manos se levantaban ansiosas, originndose disputas
por su posesin.

Pas por fin la ltima _roca_, la _Diablura_, donde iba la gente de
trueno, ms atroz en sus obsequios y tenaz en proporcionar ganancias a
los almacenes de cristales, y la calma se restableci en la plaza,
comenzando a aclararse el gento.

En casa de Cuadros, las seoras, cansadas de permanecer tanto tiempo de
pie en los balcones, iban en busca de los mullidos asientos de las
salas. En un balcn, completamente solas, estaban doa Manuela y la
seora de Cuadros, cobijndose ambas bajo la misma sombrilla, afectando
mirar a los transentes y hablando en voz baja con tono grave y
misterioso.

La viuda de Pajares mostrbase maternal y daba consejos a su amiga con
cierta altiva superioridad. Vamos a ver, ya estaban solas. Qu era
aquello? Algn disgusto de familia? Poda hablar con entera franqueza,
pues ya saba el gran inters que le inspiraba todo lo de su casa. Pero
doa Manuela, a pesar de su superioridad, no pudo ocultar la sorpresa
que le produjo conocer la verdad.

Vaya con el seor de Cuadros! Quin iba a imaginarse una cosa as...!
Todos los hombres son lo mismo. No hay que fiarse de ellos, y ms si han
sido tranquilos en su juventud, pues ya es sabido que el que no la
hace a la entrada la hace a la salida. Lo mismo le haba ocurrido a
ella con el doctor. Se cas, creyendo que un hombre grave, que tan
enamorado se mostraba, no poda serle infiel; y sin embargo, ya tena
ella que contar de los ltimos aos de matrimonio.

--Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufri tanto como yo con aquel
hombre endemoniado. En fin, usted ya lo sabe.... Pero cuente usted. A lo
que estamos, que lo mo ya pas y a nadie interesa.

Y doa Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la
relacin de la pobre Teresa, que balbuceaba y tena que hacer esfuerzos
para no llorar. Por la maana lo haba descubierto todo. Bien es verdad
que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su
Antonio. Pero quin poda imaginarse que aquel hombre se atreviera a
tanto? Ella le crea ocupado nicamente en ganar dinero para su casa; y
aquella maana, al limpiar una de sus chaquetas, haba encontrado en el
bolsillo interior una carta que le cost gran trabajo leer, porque ella
no estaba fuerte en estas cosas.

--Y de quin era?--pregunt la viuda con curiosidad ansiosa.

--De una tal Clarita. Pero qu carta, doa Manuela! Qu cosas tan
indecentes haba en ella! Parece imposible que hombres honrados y con
hijos puedan leer tales porqueras.

Y la pobre mujer ruborizbase, mostrando en su cara nacida y lustrosa de
monja enclaustrada la misma expresin de vergenza que si fuese ella la
autora de la carta.

--Pero quin es esa Clarita? Valiente apunte ser la tal...!

--Aguarde usted; apenas me enter de todo sent ganas de irme a la cama,
donde todava estaba Antonio, para araarle.... No se ra usted, doa
Manuela; hubiera querido ser hombre, para hacer una barbaridad.... Pero
una vale tan poco...! Adems, cuando se es honrada y se quiere al
marido, se le tiene respeto y no se atreve una a ciertas cosas. Antonio
sabe mucho y es capaz de hacerme ver que lo blanco es negro.

Y la buena Teresa, a pesar de su encono, sentase dominada por la
admiracin que profesaba a su marido, aquel modelo, aunque le estuviera
mal el decirlo.

--Pero qu hizo usted?

--Lo primero que se me ocurri fue averiguar quin era la tal Clarita, y
como en su carta le encargaba _al mo_ que fuese a ver al dueo de su
casa para pagarle un trimestre, indicndole dnde vive ese seor, fui
all esta maana, despus de or misa, y supe que la tal inquilina est
en la calle del Puerto, en un entresuelito que le han ido pagando en
diferentes pocas otros seores de la Bolsa tan imbciles como mi
Antonio.

--Y no averigu usted ms?

--Buena soy yo para dejarme las cosas a medio hacer! Fui tambin a la
calle del Puerto, hice hablar a la portera, y... ay, doa Manuela, qu
cosas supe! Parece imposible que se consienta la vida de unas mujeres
as. La tal Clarita es una perdida, sabe usted, doa Manuela? Lo repito
tal como me lo dijo aquella mujer. Vlgame Dios, y qu cosas me cont!
Toda la calle se fija en ella y se burla de su lujo y sus pretensiones.
La portera me dijo que hace dos aos venda gneros de punto aqu, en el
Mercado; pero ahora se da el tono de una princesa y habla de su mam,
una _tianga_ que cuando no le da un duro le chilla desde el patio y arma
escndalo para que se entere toda la calle. Ay, doa Manuela! Que mi
marido se haya metido en semejante podredumbre...! Porque si usted la
viera, se asombrara de que los hombres puedan caer en tal tentacin. La
portera me la ense estando en su balconcito, con una bata muy lujosa,
que bien puedo decir que me la ha robado a m. Y era fea, doa Manuela,
muy fea! Huesos y pellejo nada ms; pero con unos ojos de desvergonzada,
que es sin duda lo que les gusta a los hombres.... Mi Antonio, un
hombre tan serio, con esa mala piel! Ay, doa Manuela de mi alma, yo
creo que me va a dar algo!

Y la pobre mujer, no pudiendo resistir ms, cubrase con el abanico los
lacrimosos ojos, mientras doa Manuela le recomendaba la serenidad.

--No llore usted, Teresa; eso es lo que le gustaba al mo. Los hombres
gozan hacindonos padecer. Todo menos llorar. Cuando usted hable con
Antonio, mustrese seria y altiva. Nada de cario; si no, los muy pillos
se esponjan y se engren.

--Hablarle yo? No seora. No tengo valor para tanto. Adems, tiemblo al
pensar lo que ocurrira en esta casa si yo hablase. Qu pensara mi
pobre Andresito? Qu dira don Eugenio, que es la honradez
personificada? Y la verdad es que deba hablar a mi marido para abrirle
los ojos, pues aunque resulte un malvado en casa, es un tonto fuera de
ella. Esa mujer le engaa y se burla de l. Me lo ha dicho la portera y
lo sabe toda la calle. Antonio es quien sostiene los gastos de la casa;
pero cuando l no est entran como visitas los corredores jvenes, toda
la pollera de la Bolsa, que se burla de mi marido. Ay, Seor, qu
vergenza! Y ese hombre tan satisfecho y tan tranquilo, sin acordarse
de que tiene mujer y un hijo y que su nombre es muy respetado en la
plaza...!

Teresa gimoteaba tras el abanico, y doa Manuela, a pesar de su
curiosidad, en fuerza de mirar a la plaza acab por distraerse.

Comenzaban los preparativos de la procesin. Las bandas militares
atronaban las calles inmediatas con sus ruidosos pasodobles, y rompiendo
el gento pasaban los regimientos, con los uniformes cepillados y
brillantes, moviendo airosamente al comps de la marcha los rojos
pompones de gala y las bayonetas, doradas por los ltimos resplandores
del sol.

Pasaban los invitados a la procesin caminando apresuradamente, muy
satisfechos de atraer la atencin de la embobada muchedumbre: unos de
frac, luciendo condecoraciones raras; otros con uniforme de Maestranzas
y rdenes de caballera, vestimentas extraas, con el sombrero apuntado
y la casaca de vistosos colorines, que daban a sus poseedores el
aspecto de pjaros exticos.

Las dos amigas volvieron a reanudar su conversacin. Doa Manuela, con
aire maternal, daba consejos a la desconsolada esposa: ella, en lugar de
Teresa, dara un disgusto al esposo infiel echndole en cara su
conducta.... Que no se atreva? Pues esto es lo que ella haca con el
difunto doctor Pajares.... En fin, cada una tiene su carcter.

Pero Teresa, aunque daba por muy acertadas todas las palabras de su
amiga, asustbase ante la suposicin de tener que reir al marido por su
conducta. Ah, si ella tuviera una persona que se interesase por su
suerte y la de la casa, qu gran favor le hara encargndose de
sermonear a aquel hombre que, a pesar de sus bigotazos y sus palabras
campanudas, se dejaba engaar como un nio! Qu obra tan caritativa
lograr que aquel hombre alejado de los afectos de la familia volviese a
ser buen padre y buen marido!

Y Teresa miraba ansiosamente a su altiva amiga al formular tales deseos.
No necesit ms doa Manuela. Ella se encargaba de ser esa persona que,
velando por la moral de la familia, devolviese el marido infiel a los
brazos de la esposa resignada. Y la viuda se creca al hacer tales
ofrecimientos, adoptando una actitud teatral y asegurando que realizara
tal conquista, aunque para ello necesitase de algn tiempo.

Las dos mujeres, ya que no pudieron abrazarse en su rapto de
enternecimiento, por hallarse en el balcn, se estrecharon conmovidas
las manos, y as estuvieron largo rato, hasta que vinieron a sacarlas de
su triste arrobamiento los gritos de las jvenes que ocupaban el balcn,
inmediato.

--La procesin! Ya est ah la procesin! A este grito, las seoras
mayores abandonaron las butacas de la sala, para apelotonarse en los
balcones, teniendo a sus espaldas a los caballeros, que de vez en cuando
se alzaban sobre las puntas de los pies para ver mejor.

En el extremo de la plaza aparecieron las banderolas con las rojas
barras de Aragn, y sonaron dulzainas pausada y majestuosamente, taendo
las melanclicas danzas del tiempo de los moriscos. Detrs iban los
_enanos_, con sus enormes cabezas de cartn, que miraban a los balcones
con los ojos mortecinos y sin brillo. Y entre el repique de las
castauelas y redoble de los atabales, avanzaban las cuatro parejas de
_gigantes_, enormes mamarrachos cuyos peinados llegaban a los primeros
pisos y que danzaban dando vueltas, hinchndose sus faldas como un
colosal paracadas.

Entraron en la plaza las banderas de los gremios, llevando en su remate
la imagen del santo patrn del oficio; y era de ver el entusiasmo con
que aplauda el pblico los prodigios de equilibrio de los portadores
sostenindolas enhiestas sobre la palma de la mano, movindolas a comps
del redoble de los enormes y viejos tambores que hacan sonar los toques
de los tercios obreros en la guerra de las Germanas.

Despus comenz la parte montona de la procesin. Un desfile de ms de
cien imgenes con sus correspondientes cofradas y asilos; ms de un
millar de cabezas que pasaban por debajo de los balcones con la raya
partida y el pelo aceitoso o rizado. Al comps de los valses o marchas
fnebres que entonaban las bandas, contonebanse los devotos cirio en
mano; y el desfile de santos continuaba, lento, montono, aplastante:
unos, desnudos, con las carnes ensangrentadas y sin otra defensa del
pudor que unas ligeras enagillas; otros, vestidos con pesados ropajes
de pedrera y oro. Pasaban los mrtires con el rostro contrado por un
gesto de fiero dolor, los msticos con los brazos extendidos y los ojos
velados por el xtasis de la felicidad; y tan pronto apareca un santo
con dorada mitra o rizada sobrepelliz, como luca otro sobre su cabeza
el acerado casco de guerrero.

La multitud se arremolin, movida por el regocijo, y exclamaciones de
alegre curiosidad salieron de muchas bocas. Desfilaba la parte grotesca
de la procesin, conservada por el espritu tradicional como recuerdo
de las pocas ms religiosas de nuestra historia, que unan siempre el
regocijo a la devocin.

En larga fila, contestando a las cuchufletas y carcajadas del gento con
burlescos saludos, aparecan las figuras ms salientes del gran poema
bblico. David, con corona de latn, barba de crin y el floreado manto
barriendo los adoquines, avanzaba pulsando los bramantes de su arpa de
madera; No, encorvado como un arco, apoyado convulsivamente en su
bastoncillo, enseaba el palomo que llevaba en su diestra a aquella
muchedumbre que rea locamente ante esta caricatura de la vejez; detrs
vena Josu, un mozo de cordel vestido de centurin romano, apuntando
con una espada enmohecida a un sol de hoja de lata y caminando a grandes
zancadas como un pjaro raro; y cerraban el desfile las heronas
bblicas, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento, que salvaban al
pueblo de Dios cortando cabezas o perforando sienes con un clavo,
representadas todas ellas por mancebos barbilampios, embadurnadas las
mejillas con albayalde y bermelln y vestidos con trajes de odaliscas.
Su paso produca escndalo. Las mujeres sonrean, y no faltaban chuscos
que requebraban a aquellos mamarrachos, como si realmente fuesen jvenes
disfrazadas.

Despus vena la parte seria e interesante de la procesin, y el
alboroto del gento ces instantneamente.

Desfilaban los cleros parroquiales con sus ureas cruces; los
seminaristas con la frente baja y los ojos en el suelo, cruzadas las
manos sobre el pecho; y en toda la extensin de la plaza, a la luz de
los cirios, que brillaban con ms fuerza en el crepsculo, veanse dos
filas interminables de deslumbrante blancura, compuestas por los rizados
roquetes y las albas de ricas blondas. Entre esta oleada de blanca
espuma, pasaban llevadas en andas las reliquias en sus ricas urnas, las
imgenes de plata con una ventana en el pecho, tras cuyo vidrio
marcbase confusamente el crneo del bienaventurado.

Luego volva a reanudarse la parte teatral de la solemnidad. Todas las
extraordinarias visiones del soador de Patmos, cuantas alucionaciones
haba consignado el evangelista Juan en su Apocalipsis, pasaban ante el
gento, sin que es Le, despus de contemplarlas tantos aos, adivinase
su significacin. Desfilaban los veinticuatro ancianos con albas
vestiduras y blancas barbas, sosteniendo enormes blandones que
chisporroteaban como hogueras, escupiendo sobre el adoquinado un
chaparrn de ardiente cera; seguanles las doradas guilas, enormes como
los cndores de los Andes, moviendo inquietas sus alas de cartn y
talco, conducidas por jayanes que, ocultos en su gigantesco vientre,
slo mostraban los pies calzados con zapatos rojos; y cerraba la marcha
el apostolado, todos los compaeros de Jess, con trajes de ropera, en
los que eran ms las manchas de cera que las lentejuelas; e intercalados
entre ellos, nios con hachas de viento, vestidos como los indios de las
peras, pero con aletas de latn en la espalda, para certificar que
representaban a los ngeles.

La procesin estaba ya en su ltima parte. Desfilaban los invitados, una
avalancha de cabezas calvas o peinadas con exceso de cosmtico, una
corriente incesante de pecheras combadas y brillantes como corazas, de
negros fracs, de condecoraciones annimas y de un brillo escandaloso, de
uniformes de todos los colores y hechuras, desde la casaca y el espadn
de ncar del siglo pasado hasta el traje de gala de los oficiales de
marina. Los papanatas asombrbanse ante las casacas blancas y las cruces
rojas de los caballeros de las rdenes militares, honrados y pacficos
seores, panzudos los ms de ellos, que hacan pensar en el aprieto en
que se veran si por un misterioso retroceso de los tiempos tuvieran que
montar a caballo para combatir a la morisma infiel.

La muchedumbre permaneca embobada. El aparato religioso, las imgenes
de plata, los cleros entonando sus himnos a voces solas, las
interminables cofradas, no la haban impresionado tanto como este
continuo desfile de grandezas humanas; y sus ojos se iban deslumbrados
tras las fajas de los generales, las placas que centelleaban como soles,
los bordados de caprichoso arabesco, las empuaduras cinceladas y
brillantes y las bandas de moar que cruzaban los pechos como un arroyo
ondeante de colorines.

Arriba, en los balcones, la curiosidad sealaba con el dedo a los
personajes conocidos que se mostraban a la luz de los cirios, y las
cabezas erguidas de algunos invitados cruzaban saludos con las seoras,
sin perder por esto el gesto de gravedad propio de las circunstancias.

Acercbase el eplogo de la procesin. Sonaba a lo lejos la grave
melopea de la marcha solemne y religiosa que entonaba la banda militar.
Las cornetas de los regimientos formados en la carrera batan marcha; y
mientras los soldados requeran su fusil para inclinarse al paso del
Sacramento, la muchedumbre agitbase para ganar un palmo de terreno
donde hincar las rodillas.

Estallaban luces de colores, y a su resplandor, tan pronto blanco como
rojo, veanse a lo lejos, terminando la doble fila de cirios, los
sacerdotes con capas de oro, manejando los incensarios, con un continuo
choque de cadenillas de plata, en el fondo de una nube de azulado y
oloroso humo; sobre ella, agitndose dorado y tembloroso entre sus
deslumbrantes varas, el palio, que avanzaba lentamente, y bajo la
movible tienda de seda, como un sol asomando entre nubes de perfumes, la
deslumbrante custodia, que haca bajar las cabezas, como si nadie
pudiera resistir la fuerza de su brillo.

El potico aparato del culto catlico imponase a la muchedumbre con
toda su fuerza sugestiva. Las mujeres llevbanse las manos a los ojos,
humedecidos sin saber por qu, y las viejas golpebanse con furia el
pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un Seor, Dios mo! que
haca volver con inquietud la cabeza a los ms prximos.

Caa de los balcones una lluvia de ptalos de rosa, volaba el talco como
nube de vidrio molido, estallaban luces de colores en todas las
esquinas, y entre el perfume del incienso, el agudo reclamo de las
cornetas, la grave lamentacin de la msica, la melanclica salmodia de
los sacerdotes y el infantil balbuceo de las campanillas de plata,
avanzaba el palio abrumado por la lluvia de flores, iluminado por el
resplandor de incendio de las bengalas; y el sol de oro, mostrndose en
medio de tal aparato, enloqueca a la muchedumbre levantina, pronta
siempre a entusiasmarse por todo lo que deslumbra, e inconscientemente,
lanzando un rugido de asombro, empujbanse unos a otros, como si
quisieran coger con sus manos el ureo y sagrado astro, y los soldados
que guardaban el palio tenan que empujar rudamente con sus culatas para
conservar libre el paso.

Aquello entusiasmaba, abra el corazn a la esperanza; y por esto el
seor Cuadros, que desde que era tan afortunado en la Bolsa se permita
tener ideas conservadoras, murmur como un orculo:

--Y an dicen que no hay fe! Por fortuna, la religin de nuestros
padres vive y vivir siempre. Aqu quisiera ver yo a los impos. La
religin es lo nico que puede contener a toda esa gente de abajo.

Los otros bolsistas aprobaban con movimientos de cabeza, y su esposa le
mir con asombro y escndalo al mismo tiempo. Sin duda pensaba en
Clarita, no pudiendo comprender cmo faltaba a sus deberes un hombre que
deca cosas tan sensatas y dignas de respeto.

Tras el palio, la gente admiraba un nuevo grupo de capas de oro, sobre
las cuales sobresala la puntiaguda mitra y el brillante bculo.
Despus, ajustando sus pasos al comps de la marcha musical, desfilaban
los rojos fajines y los portacirios de plata de los concejales; y por
fin, con un trnsito obscuro de la luz a la sombra, pasaba la negra
masa de la tropa, en la cual los instrumentos de msica lanzaban
amortiguados destellos y los filos de las bayonetas y los sables
brillaban como hilillos de luz.

Cuando ya la procesin haba salido de la plaza y la escolta de
caballera conmova el adoquinado con su sordo pataleo, los seores de
Cuadros y sus amigos abandonaron los balcones, entrando en el saln,
profusamente iluminado.

Las burguesas de exuberantes carnes y respiracin angustiosa dejbanse
caer en los mullidos sillones, fatigadas por tan largo plantn, mientras
las nias correteaban o volvan como distradas a los balcones, para ver
si en la obscura plaza, perfumada de incienso, permaneca an el grupito
de adoradores.

--Pasen ustedes--deca doa Teresa rodando en torno de sus amigas, que
no se decidan a abandonar los asientos--. Hagan ustedes el favor de
seguirme. Vamos al comedor; all hace ms fresco.

Todos adivinaban lo que significaba tal invitacin. Oh, no seora;
muchas gracias! Ellos no podan permitir tantas molestias. Pero las
mamas abandonaron, sus asientos perezosamente, estirndose el arrugado
cuerpo del vestido de seda; y seguidas por las nias, fueron al comedor,
donde ya estaban el seor Cuadros y sus amigos.

Magnfica sorpresa! Todos los aos se repeta, y no haba nadie entre
los invitados que no la esperase. Pero haba que repetir la frase
sacramental, las excusas de rbrica, y mientras todos aseguraban que no
tenan sed y preguntaban con enfado a los dueos de la casa por qu se
molestaban, la lengua, seca por el calor, pareca pegarse al paladar, y
los ojos se iban tras las tazas de filete dorado que contenan el
humeante chocolate, las anchas copas azules, sobre las cuales erguan
los sorbetes sus torcidas monteras rojas o amarillas, y las maqueadas
bandejas cubiertas de dulces. Haba que resignarse y no hacer un desaire
a los seores de la casa. Y a los pocos minutos ya estaban
amigablemente en torno de la mesa, con el mantel cubierto de migajas de
bizcocho, las jcaras de chocolate vacas y clavando barquillos en las
entraas de los sorbetes.

Doa Manuela hablaba con el seor Cuadros, Teresa la haba colocado
junto a su marido, con la esperanza de lograr su catequizacin. Aquella
seora, que tanto saba y tan grande experiencia haba adquirido en las
miserias matrimoniales, era su nica esperanza.

La viuda hablaba con su antiguo dependiente, sonriendo. Cmo haba
cambiado aquel hombre! Doa Manuela, experta conocedora, notaba en l
cierto atrevimiento, como el muchacho que se emancipa de la autoridad
maternal y se lanza en plena vida de locuras.

La viuda, siempre sonriente, se asombraba de sus frases de doble
sentido, de los guios picarescos con que acompaaba sus palabras, y
hasta le pareca oh poder de la ilusin! que haba en su persona un
perfume extrao que comenzaba a crispar los nervios de doa Manuela,
algo del ambiente de aquella mala piel de la calle del Puerto, que el
protector se haba trado sin duda a su hogar honrado.

Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de
abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la
bondadosa amiga. Doa Manuela experimentaba una profunda conmiseracin
cada vez que se fijaba en la pobre esposa. Bueno estaba su marido para
intentar conversiones! El seor Cuadros era un hombre perdido para
siempre, un hambriento que haba gustado el fruto prohibido, tras muchos
aos de vida obscura y laboriosa, sin saber lo que era juventud y
trabajando como una bestia de carga. Antes morira que hallarse saciado.
Nada podra adelantar su esposa alejndolo de Clarita. Los calaveras
cincuentones resultan terribles por su candidez, y aunque los aslen,
son capaces de enamorarse de la criada de la casa.

Doa Manuela afirmbase an ms en esto al notar lo que ocurra en
torno de ella. De quin era aquel pie que debajo de la mesa pisaba el
suyo? Qu rodilla era la que tan audazmente acariciaba su falda de
seda? Del seor Cuadros, de aquel honrado padre de familia que
contestaba a sus palabras con melosos gestos y pareca medirla de arriba
abajo con sus ojos encandilados.

Pobre Teresa! Tal vez se imaginaba que las palabras de doa Manuela
conmovan al descarriado, hacindole entrar en el camino del
arrepentimiento; no adivinaba ni aun remotamente que su marido, por una
aberracin extraa, en la que entraba por mucho el amor propio,
comenzaba a entusiasmarse con la belleza algo marchita de la esposa de
su antiguo principal.

La viuda sentase molestada por tales audacias; agitbase nerviosa en su
asiento, pero callaba y segua sonriendo. Pensaba en que la situacin
impona disimulo, y que la amistad del matrimonio Cuadros le era muy
necesaria para salvarla en sus apuros de seora en decadencia, acosada
por las deudas. Adems, el porvenir de su hija, de su Amparito, estaba
all, y la viuda lanzaba una mirada de ansiedad maternal al extremo de
la mesa, donde estaba la nia junto a Andresito, recibiendo con gestos
de gatita mimosa los dulces y las palabras de su novio.

Tras media hora de sobremesa, se disolvi la reunin. Los hombres iban
en busca de sus sombreros y las seoras besuquebanse al despedirse,
murmurando todas el mismo saludo:

--Hasta el ao que viene. Que Dios nos conserve a todos la salud, para
ver la procesin.

Fueron desfilando todas las familias, y al fin quedaron solas las de
Pajares, que esperaban a Juanito o Rafael para que las acompaase a
casa.

El seor Cuadros segua acosando a doa Manuela sta se haba levantado,
huyendo de las audaces intimidades por debajo de la mesa, pero el
bolsista la segua para continuar su conversacin. Ahora los dos estaban
junto a Teresa, y el marido slo se permita frases amables y recuerdos
sobre la gran amistad que siempre haba unido a las dos familias.

--Los chicos tardarn en venir--dijo don Antonio--. Rafael estar con
sus amigos; y en cuanto a Juanito, le atraen obligaciones ineludibles.
Me han dicho que ahora tiene novia y est loco por ella. La juventud!
Oh, qu gran cosa! Ya conozco yo eso, verdad, Teresa?

Y como si presintiese lo que pensaba su mujer y quisiera apaciguarla de
antemano, lanzaba a la obesa seora una mirada de ternura, como un
hombre honrado y de costumbres intachables recordando su tranquila luna
de miel.

Doa Manuela estaba admirada. Decididamente, la tal Clarita haba
cambiado a aquel hombre. Era un tuno. Y en vez de indignarse por la
crueldad con que menta e intentaba engaar a su mujer, la viuda
comenzaba a encontrarlo simptico, viendo en l como una resurreccin de
su segundo marido, de aquel doctor calavera al que tanto haba amado.

--Si ustedes quieren, las acompaaremos Andresito y yo.

Doa Manuela, animada por un instinto pudoroso, intent excusarse.

--S; Antonio las acompaar--se apresur a decir Teresa.

Ya la pobre mujer la rogaba con su mirada que aceptase, como si fuese
para ella una esperanza que su marido prolongase la conversacin con la
viuda. Quin sabe cuntas cosas poda decir doa Manuela al marido
infiel!

No hubo medio de excusarse. Las de Pajares salieron acompaadas por
Andresito y don Antonio, siguindolas con su vista ansiosa la crdula
Teresa. Dios mo, que se ablandara el corazn de aquel hombre, para que
no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos!

Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la
gorrita de seda, el cual acogi con gesto hurao a su antiguo
dependiente. Las de Pajares y sus dos acompaantes siguieron por una
acera del Mercado. Delante, las dos nias con Andresito; Concha
malhumorada y ceuda porque en todo el da no haba visto al elegante
Roberto, y Amparo muy satisfecha de poder lucir un novio, para molestia
de su hermana. Detrs, el seor Cuadros dando el brazo a doa Manuela,
apretndola intencionadamente el codo sobre su cadera cada vez que
soltaba una palabrita atrevida y contonendose como un invencible
conquistador.

Fue algo ms que acompaar a las de Pajares lo que hicieron el padre y
el hijo. Subieron con ellas, permanecieron de visita ms de una hora,
cant Amparito para obsequiar a su futuro suegro, y cuando salieron a la
calle, el padre y el hijo marchaban como compaeros unidos
fraternalmente por una comn empresa.

Slo haban transcurrido algunos meses, pero estaban ya lejanos para
Cuadros aquellos tiempos en que el tendero de costumbres tranquilas y
rutinarias se indignaba al saber que su hijo iba a los bailes y le
esperaba tras la puerta empuando fieramente la vara de medir.




IX


A las cuatro de la tarde entraban las de Pajares en el paseo de la
Alameda.

Era domingo, y la animacin ruidosa y expansiva de los das festivos
inundaba la acera izquierda del paseo. El tiempo era hermoso: una tarde
de verano, con el cielo limpio de nubes, y en lo ms alto, como un jirn
de vapor tenue y apenas visible, la luna, esperando pacientemente que le
llegase el turno para brillar. Las largas filas de rosales, los macizos
de plantas, toda esa jardinera mutilada y corregida por las tijeras del
hortelano, reverdeca con el soplo clido de la tarde y se cubra de
flores, uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban
las seoras tras su paso.

Por el arroyo central daban vueltas y ms vueltas, como arcaduces de
noria, los carruajes alineados en interminable rosario. Las torres de
los guardas erguan sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los
rboles, y a los dos extremos del paseo, empequeecidas por la
distancia, destacbanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes
con sus figuras mitolgicas ligeras de ropa. Era la hora en que el paseo
adquira su aspecto ms brillante. A todo galope de los briosos caballos
bajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilaban
lentamente, con paso de procesin, las familias endomingadas. Los verdes
bancos no tenan ni un asiento libre. Un zumbido de avispero sonaba en
el paseo, tan silencioso y desierto por las maanas, y algunas familias
ingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de los
que pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rgidos
sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los
carruajes.

Lo que atraa la atencin de todos era el desfile incesante de coches,
smbolos de felicidad y bienestar en un pas donde el afn de
enriquecerse no tiene ms deseo que no ir a pie como los dems mortales.

Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en torno
el pajizo olor de las cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiaba
a toda la lnea de brutos briosos, que parecan contestar con nerviosos
pataleos a este llamamiento de libertad. Los cocheros, enfundados en sus
blancos levitones, exhiban desde lo alto de los pescantes, sus caras
afeitadas y carrilludas de cmicos obesos o prrocos bien conservados, y
miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba
a pasar unas cuantas horas de tedio. En la larga fila de vehculos
estaba el antiguo faetn, balancendose sobre sus muelles como una
enorme caja fnebre y encerrando en su acolchado interior toda una
familia, incluso la nodriza; la ligera berlina, con sus ruedas rojas o
amarillas; la carretela, como una gndola, mecindose a la menor
desigualdad del suelo, y la galerita indgena, transformacin elegante
de la tartana y smbolo de la pequea burguesa, que, detenida en mitad
de su metamorfosis social, tiene un pie en el pueblo, de donde procede,
y otro en la aristocracia, hacia donde va.

Pareca existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente que
paseaba a pie y aquellas cabezas que asomaban a las ventanillas,
contrayndose con una sonrisa siempre igual cuando reciban el saludo
de las personas conocidas. Grupos de jinetes mezclados con jvenes
oficiales de caballera caracoleaban por entre los carruajes,
tendindose algunas veces sobre el cuello de sus cabalgaduras para
hablar al travs de una portezuela. Las de Pajares contemplaban con
nostalgia de desterradas el paso de los carruajes. Gran Dios, qu
tarde! Se acordaran de ella toda la vida! Era la primera vez que iban
a pie a la Alameda. Las nias, a pesar de sus elegantes trajes, crean
que todos se fijaban en ellas para sonrer compasivamente, y doa
Manuela marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco ms o menos como
Napolen en Santa Elena despus de la denota. La viuda presenta su
ruina. Ya no eran las deudas y los apuros pecuniarios las amarguras de
la vida; ahora, la fatalidad, segn ella deca, complacase en agobiarla
con nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que la
restaban para sostener su prestigio.

Aquella maana haba sido de prueba para las de Pajares. Nelet el
cochero subi muy alarmado a dar cuenta a sus seoras de que el caballo
estaba enfermo. El suceso no era para tomarlo a risa. No se trataba de
un clico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente del
prestigio de la familia, revolcbase abajo, en la obscura y hmeda
cuadra, quedando panza arriba y con las patas agitadas por un temblor
convulsivo. La situacin fue ridcula y conmovedora. Tantos aos de
servicios haban establecido cierto afecto entre las seoras y la brava
bestia, que era considerada casi como de la familia. Doa Manuela,
recogindose la cola de su bata teatral, baj a la cuadra, no pasando de
la puerta por miedo al caballo, que se revolcaba furioso.

Llamaron al mejor veterinario de la ciudad; pero el caballo no mejoraba,
y por la tarde desvanecironse las ilusiones que tenan las nias de
pasear en carruaje. Casi adquirieron la certeza de que el pobre caballo
no saldra de la enfermedad. Qu iban a hacer ellas cuando se vieran
confundidas entre las cursis que paseaban a pie por la Alameda? Qu
diran las amigas al ver que transcurra el tiempo y la hermosa
galerita, de que tan orgullosas estaban, permaneca arrinconada en la
cochera? Porque las dos, aunque su mam, por no entristecerlas, las
ocultaba el estado de la casa, tenan pleno conocimiento de los apuros
de la familia y estaban seguras de la imposibilidad de reemplazar el
viejo pero brioso caballo por otro que valiese tanto como l.

Despus de comer, la madre y las hijas sentronse en el saln, y all
permanecieron ms de una hora, silenciosas, huraas y malhumoradas. El
da era magnfico; pero no, no saldran: primero monjas que el mundo se
enterase de su decadencia, de sus privaciones tan hbilmente ocultadas.

Pero las tres no podan resignarse a pasar un da dentro de casa.
Adems, por los balcones entraba el sol y soplaba un aire cargado de
perfume irritante del verano. Pensaban involuntariamente en los verdes
campos, en el paseo exuberante de gento, en el placer de andar
lentamente bajo las ladeadas sombrillas, viendo caras nuevas y
contestando al saludo de los amigos; y por fin, la madre y las hijas no
pudieron resistir ms y comenzaron a vestirse.

--No hay que ser tan escrupulosas--dijo doa Manuela--. Todos nos
conocen, y porque un da nos vean salir a pie no van a imaginarse que
nos falta el carruaje. Vamos, nias, a paseo!

Y salieron de casa con el propsito de ir a cualquier parte menos a la
Alameda. Pero el paseo las atraa; no saban adonde ir, y al fin,
insensiblemente, sin ponerse de acuerdo, encaminronse all.

Qu tardecita pasaron las de Pajares! Exteriormente fueron las de
siempre; las nias contestaron con mohines graciosos a los saludos de
los amigos, y la mam, altiva y majestuosa, cobijndolo todo con su
mirada de proteccin. Pero en su interior cuntos tormentos! Si alguna
amiga las saludaba desde su carruaje con expresin cariosa, las tres
crean adivinar cierto asomo de lstima, y enrojecan bajo la capa de
blanquete que cubra sus mejillas. Si una persona conocida se detena a
saludarlas, ellas, a tuertas o a derechas, y muchas veces las tres a un
tiempo, se apresuraban a decir que haban salido a pie en vista de la
hermosura de la tarde; y seguan mirando con nostalgia y despecho la
larga fila de carruajes, experimentando la misma impresin de nuestros
bblicos padres ante las puertas del Paraso cerradas para siempre.

Despus, qu recuerdos tan penosos! A las tres las obsesionaba la
enfermedad del caballo, como si ste fuese de la familia. Estaban
arrepentidas de haber salido de casa; sentan la falsa esperanza de los
que se interesan por un enfermo y creen que permaneciendo a su lado
aceleran la curacin. Saludaban a derecha y a izquierda; detenanse a
estrechar manos, cambiando palabras sobre el tiempo o sobre los trajes
que ms lucan en el paseo; pero sus miradas iban inconscientemente a
detenerse en aquellos caballos que pasaban a pocos pasos de ellas; y en
todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa,
encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria.

Tuvieron en aquella tarde encuentros muy penosos. Andresito, el hijo de
Cuadros, pas por entre las dos filas de carruajes montando el enorme
caballote que le haba comprado su padre. Buscaba a la novia para ir
escoltndola, luciendo sus habilidades hpicas en torno de su carruaje.
El gesto de inocente sorpresa que hizo al verlas a pie, confundidas
entre la cursilera dominguera, fue una verdadera pualada para las tres
mujeres.

Todo hera su susceptibilidad. Roberto del Campo, que iba con algunos
amigos, las salud con la ms seductora de sus sonrisas; pero ellas
creyeron distinguir en sus labios una irnica expresin. Indudablemente,
aquel trasto de Rafaelito haba relatado a Roberto lo del caballo.
Estaban seguras de que todo el paseo conoca el desagradable suceso,
adivinando lo que vendra despus. Y cegadas por la vanidad herida,
recordando sin duda las burlas que ellas haban dirigido a otras
familias, turbbanse por momentos, creyendo ver miles de ojos rijos en
ellas y que las seoras desde los carruajes las sonrean desdeosamente,
como si fuesen criadas disfrazadas. Hasta llegaron a pensar con
escalofros de terror si a su s espaldas las sealaran irrisoriamente
con el dedo. Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento,
vindolo con los ojos de la imaginacin tal como estaba en su cuadra al
salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas.
Las tres llevaban dentro de s, como implacable enemigo, su propio
pensamiento, que las haca ver la burla y la lstima en todas partes, y
hasta creyeron algunas veces que personas conocidas fingan distraccin
por no saludarlas.

--Vmonos, nias--dijo la mam con una expresin en que vibraban el
dolor y la clera--; vamos a casa a ver cmo est aquello. Hoy el
paseo est muy cursi.

Las nias apoyaron a la mam con gesto de aprobacin. Era verdad, muy
cursi; y las tres emprendieron una retirada desastrosa, anonadadas,
vencidas, como si acabasen de sostener una batalla con la consideracin
pblica, quedando derrotadas y maltrechas. Al subir la rampa del puente
del Real tuvieron que apartarse del borde de la acera, limpindose con
los pauelos de blonda el polvo que levantaban las ruedas de un
carruajillo descubierto que corra con velocidad insolente, arrollndolo
todo.

Era la ltima sorpresa. El seor Cuadros, tirando de las riendas para
refrenar su veloz caballo y agitando el ltigo, las saludaba desde lo
alto de aquella cscara de nuez montada sobre ruedas.

A su lado iba Teresa, desbordando sus carnes blanduchas sobre el
banquillo de terciopelo azul, moviendo con cierta incomodidad su cabeza,
como si le molestase la capota, recargada de rosas y follaje, regalo de
su marido.

--Hasta la noche.... Adis, nias. Esta noche ir a ver a ustedes.

Y Teresa enviaba una sonrisa sin expresin a su antigua seora, como
suplicando que no abandonase la tarea de catequizar a su esposo.

Buena estaba doa Manuela para tales indicaciones! Saba lo que
significaban las asiduas visitas, unas veces por la tarde y otras por la
noche, que la haca aquel cincuentn; pero no pensaba ahora en eso. El
encuentro haba acabado de trastornarla. Sus antiguos criados en
carruaje, ensucindola con el polvo de las ruedas, y ella, la hija de un
millonario, la viuda del doctor Pajares, a pie y humillada por unas
gentes a las que siempre haba tratado con cierto desprecio. Jams haba
imaginado que pudiera ocurrir aquello. Agobiada por las deudas, esperaba
la cada, pero no tan honda y lastimosa para su dignidad.

Esto era demasiado fuerte para poder resistirlo. Y la pobre mujer, toda
susceptibilidad y orgullo, sinti que algo caliente se agolpaba a sus
ojos, y hubo de hacer esfuerzos para no llorar. Su paso acelerado era
una verdadera fuga. Huan del paseo, de aquel lujo que algunos das
antes era su elemento y ahora les pareca un verdadero insulto.

Cuando entraron en la plazuela donde vivan, la vista de su casa, que
con el portaln entornado, los balcones cerrados y la fachada
obscurecida por la ltima luz de la tarde tena cierto aspecto fnebre,
hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo.

--Dios mo! Cmo estar el pobre _Brillante_? Tan vehemente era su
inters por la salud de la bestia, que hasta acariciaban la absurda
esperanza de una extraa reaccin, de un milagro que las permitiera
tener el carruaje disponible para el da siguiente. Arrastradas por la
rutina, hasta sentan tentaciones de rezar por el pobre animal. Algo
haba en ellas de cario, de agradecimiento por todo lo pasado; pero lo
que predominaba era el ansia de recobrar su categora de seoras de
coche, sin la cual se crean deshonradas.

Al entrar en el patio, dirigironse rectamente a la cuadra. Pasaron
rozando la abandonada galerita, que, oculta bajo su funda de lienzo,
slo mostraba las ruedas, ligeras, amarillas y finas como las de un
juguete; y despus de asomar su cabeza con cierta zozobra por la puerta
de la cuadra, entraron en el antro obscuro y maloliente, recogindose
las faldas y hundiendo sus elegantes botinas en la blanda y hmeda capa
de estircol.

Era un espectculo extrao. A la luz de un farolillo colocado junto al
pesebre, los trajes azul y rosa de las nias, sus sombreritos de flores,
las joyas relumbrantes de la mam, causaban el efecto de una aparicin
sobrenatural, que contrastaba con las paredes sucias, el techo
empavesado de polvorientas telaraas, los montones de estircol y el
olor punzante y molesto de cuadra sucia. Tan escasa era la claridad, que
doa Manuela se dio un golpe contra la hoz clavada en la pared para
cortar la hierba, y pasaron algunos momentos antes que las tres mujeres
distinguieran a Nelet en el fondo de la cuadra.

El pobre muchacho, a pesar de su rudeza, contemplaba a _Brillante_ con
asombro doloroso, frunciendo el ceo como si quisiera cerrar el paso a
las lgrimas. Los dos haban sido muy buenos amigos. El cochero
celebraba sus picardas de animal viejo y brioso; tena orgullo en decir
que era muy bravo y slo por l se dejaba manejar, y ahora estaba all
tendido de costado sobre el estircol, inmvil como carne muerta,
agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un
poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa
mirada.

--Lo que somos...! lo que somos...!--deca Nelet entre dientes,
sintiendo que cada espasmo de la larga agona de su _Brillante_ era una
verdadera pualada para l. Al ver a las seoritas se adelant algunos
pasos, hablando con tono compungido. El veterinario se haba marchado,
declarndose impotente para remediar el mal. _Brillante_ se mora de
una enfermedad extraa, de un nombre raro que Nelet no poda recordar;
pero lo cierto era que estaba ya en la agona.

Y el pobre caballo, como si quisiera afirmar las palabras de su amigo o
reconociese a sus amas, levantaba la pesada cabeza, lanzando su estertor
angustioso.

Aquello parta el corazn a las tres mujeres.

--_Brillante_! Pobrecito _Brillante_...!

Y las tres se abalanzaron a la pobre bestia, soltando sus faldas, cuyos
bordes barrieron la suciedad del suelo. Doa Manuela, casi arrodillada
en el estircol, sin acordarse de su elegante traje, coga la cabeza de
_Brillante_, que se elevaba trabajosamente como para saludar a sus amas
por ltima vez. Aquella mirada desmayada y vidriosa, fija con expresin
agradecida en el grupo de mujeres, acab con la falsa serenidad de
stas, y estallaron los sollozos y las exclamaciones de desconsuelo.

Era ridculo llorar la muerte de un caballo; s seor, ellas Lo
reconocan. Si les hubiesen contado algo semejante de sus amigas, no
hubieran sido flojas las burlas; pero as y todo, haba que reconocer lo
que aquel pobre animal representaba para la familia, las ilusiones que
se llevaba con su muerte.

Adis, compaero de grandeza! La familia slo tendra para ti grato
recuerdo. Mueres representando la fortuna que se aleja de casa, el
prestigio que se pierde, la altivez que se desvanece; y cuando salgas de
ella a altas horas de la noche en sucio carro para ser conducido adonde
te explotarn por ltima vez, convirtiendo tu piel en zapatos, tus
huesos en botones y tu carne en abono fertilizante, por la puerta
entreabierta entrar la pobreza, la desesperacin de una miseria
disimulada, y quin sabe si la deshonra, eterna compaera de los que se
aferran tenazmente a las alturas de donde les arrojan. Adis,
_Brillante_! Adis, fortuna que huyes para siempre!

Y las tres mujeres, con el cerebro embotado por el choque de confusos
pensamientos, arrastrando sus hermosas faldas, que olan a cuadra,
subieron lentamente la escalera, como agobiadas por el dolor.

Amparito, en otras ocasiones la ms risuea y juguetona, era la que
ahora lloraba como una nia, Su madre haba tenido que sacarla de la
infecta cuadra cogindola del brazo.

--Ay, _Brillante_...! Pobrecito _Brillante_ mo...!

Y hasta haba llegado a unir su linda cabeza de beb con las negras
narices de la bestia, cubrindolas de besos.

El desaliento las tuvo hasta bien entrada la noche clavadas en sus
asientos del saln, silenciosas, sin otra luz que el escaso resplandor
de los reverberos pblicos que entraba por los balcones abiertos,
produciendo una dbil penumbra. Las tres, envueltas en sus batas de
verano, destacbanse en la obscuridad como inmviles estatuas. Las nias
pensaban en su porvenir, que adivinaban confusamente; presentan que
desde aquel momento comenzaba para ellas una era nueva, en que no todo
seran alegres risas e indiferencia para el da siguiente.

Los pensamientos de doa Manuela an eran ms obscuros. Miraba en torno
de ella, y nada, ni un mal rayo de esperanza amortiguaba su
desesperacin. Necesitaba dinero para reponer esta prdida, que tanto
poda influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos
compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia; pero
a pesar de ser tan numerosas las amistades, no encontraba, repasando su
memoria, un solo nombre.

Y pensar que ella, que haba derrochado tantos miles de duros y viva
con cierta ostentacin, pasaba angustias por unos cuantos miles de
reales...! El recuerdo de su hermano se aferraba tenazmente a su
memoria. Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazn para
dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con
algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dorman en el viejo
_secrtaire_ de su alcoba. Pero no haba que pensar en semejante hombre.
Bastantes veces la haba humillado con rotundas negativas.

Otro de los que no se poda contar para salir de la situacin era su
hijo Juanito. Doa Manuela, que le haba tenido tanto tiempo a su
voluntad, asombrbase ahora ante sus alardes de independencia. Le haban
cambiado su hijo, segn ella deca con el tono quejumbroso de una madre
resignada. Y el tal cambio consista en haberse negado Juanito varias
veces a darla dinero para salir de pequeos apuros.

Esto indignaba a doa Manuela. Habase despertado en l la fiebre de la
explotacin. Reviva la sangre comercial de su padre, el instinto
acaparador de su to don Juan; y contagiado por la atmsfera de jugadas
victoriosas y millonadas de papel que respiraba continuamente en la
tienda al lado de su principal, haba acabado por decidirse,
despreciando los bienes positivos y materiales para lanzarse en la
fiebre de la Bolsa.

El acto de ciega confianza de su novia y su vieja amiga entregando sin
temor los ahorros al omnipotente don Ramn Morte haba acabado por
decidirle. Iba a ser l ms cobarde que aquellas dos mujeres?

Vendi su huerto de Alcira, y los ocho mil duros que le dieron engrosaron
el raudal de oro que, a impulsos de la ms ciega confianza, iba a caer
en las cajas del filntropo banquero. Una parte de su capital lo
invirti su eminente protector en papel del Estado, y con la otra, que
era la ms exigua, comenz sus jugadas de Bolsa, siempre a la zaga de
Cuadros y sin atreverse a imitar sus golpes de audacia.

Vacilaba algunas veces, senta misteriosos terrores al pensar que su
fortuna estaba a merced de un capricho del azar, mas no por esto perda
la confianza, y nada haba reservado de su capital para responder a los
vencimientos de los pagars que le haba hecho firmar su madre. Para
qu tal precaucin? No haba ms que or a su principal y al poderoso
banquero. Sus ocho mil duros se doblaran y triplicaran en muy poco
tiempo, y entonces podra pagar las deudas maternales y casarse con
Tnica. Pero mientras tanto, que no contase su madre con l. La quera
mucho, segua adorndola con un respeto casi religioso; pero de dinero,
ni un ochavo.

Todo lo saba doa Manuela, y por esto colocaba a su hijo al mismo nivel
que su hermano. Vaya unos parientes! Poda una morirse en medio de la
calle, bien segura de que nadie acudira en su auxilio.

Y doa Manuela, enfurecida por lo difcil de la situacin, crispaba sus
manos araando los adornos de su bata. Slo una esperanza le restaba,
pero no quera pensar en ella, pues en su interior elevbase como una
voz de protesta.

Estaba segura de que cierta persona le facilitara a la menor indicacin
aquel dinero que tantas angustias le produca. Indudablemente, el seor
Cuadros no le era difcil salvar a una amiga por unos cuantos miles de
reales, l que todos los meses contaba sus ganancias por miles de duros;
pero apenas le acometa este pensamiento, renacan en doa Manuela
escrpulos que crea muertos para siempre.

Conocedora de la vida, comprenda la importancia de aquel favor y lo que
forzosamente haba de sobrevenir. Un mes antes no habra vacilado en
acudir a su antiguo dependiente, a pesar de lo mucho que esto lastimaba
su altivez. Pero ahora, al pensar en las audacias que se permiti el da
de Corpus y otras muchas realizadas por el bolsista en sus diarias
visitas, doa Manuela detenase avergonzada, y a estar iluminado el
saln, se hubiera visto su rubor.

Ella, que haca tantos aos no se acordaba para nada de Melchor Pea,
sentalo vagar en torno como un espritu guardin de su honrada viudez.
Del doctor, de su segundo marido, no se acordaba para nada. Aquel buena
pieza, con sus infidelidades, no tena derecho a exigirla cuentas por
lo que pudiera hacer.

Lo que ms extraeza le causaba era que se mostrasen ahora en ella tan
terribles escrpulos, cuando a raz de su primera viudez haba cado
fcil e insensiblemente en los brazos de Pajares. El amor haba ahogado
entonces todas las preocupaciones; pero ahora se trataba de una
explotacin deshonrosa, de una venta que slo el suponerla le produca
vergenza y rubor. La altivez le haca recobrar su puesto. Cuadros, a
pesar de su fortuna, no dejaba de ser el antiguo dependiente, el marido
de la criada Teresa, un pobre diablo al que ella haba tratado siempre
con desprecio. Y por tal hombre iba a perder su prestigio de mujer
honrada, sostenido durante tantos aos a costa de sacrificios que
guardaba en el misterio? No; antes la miseria.

Y doa Manuela, embriagndose con la energa de su resolucin, pensaba
en la miseria como en una cosa desconocida, pero que iba parecindole
grata por ser la salvacin de su honor. Trabajaran ella y sus hijas.
Tambin duquesas, princesas y hasta reinas se haban visto en la
miseria, arrostrndola con dignidad. Y doa Manuela, repasando sus
escasos conocimientos histricos, halagaba su orgullo y crease casi
igual a una soberana destronada que cae en la pobreza. Esto bast para
afirmarla en su resolucin.

Cuando Rafael y Juanito llegaron a casa, la familia pas al comedor. La
cena fue triste. Pareca que el cadver tendido abajo, en la suciedad de
la cuadra, estaba all, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e
inmviles a sus antiguos amos. Al terminar la cena, los dos hermanos
salieron, marchando cada uno por su lado.

Juanito haba cambiado de costumbres. No volva a casa hasta las once de
la noche, y despus de hacer una corta visita a Tnica y Micaela, iba a
un caf donde se juntaba la gente de Bolsa y podan apreciarse
diariamente las opiniones y profecas de alcistas y bajistas.

A las nueve de la noche recibieron las de Pajares la visita de Andresito
y su pap. Doa Manuela, al ver a su antiguo dependiente, se ruboriz,
como si ste pudiese adivinar los pensamientos que la haban agitado
poco antes.

El seor Cuadros mostrbase gozoso y radiante, como si le alegrase la
noticia que en el patio le haba dado Nelet. Conque haba muerto el
caballo? Vamos, ahora se explicaba por qu iban aquella tarde a pie por
la Alameda. Era de sentir la prdida, porque un caballo que sustituyera
dignamente a _Brillante_ haba de costar algn dinero; pero qu
demonio! cuatro o cinco mil reales no arruinan a nadie. Y el seor
Cuadros hablaba del dinero con expresin de desprecio echando atrs la
cabeza y sacando el vientre como si lo tuviera forrado con billetes de
Banco.

Las nias hablaban con Andresito cerca del piano, y doa Manuela, serena
y en posesin de s misma, miraba fijamente a su antiguo dependiente. La
escandalizaba el desprecio con que aquel hombre hablaba del dinero, y
reciba como un sangriento sarcasmo la suposicin de que cuatro o cinco
mil reales nada significaban para ella. Y pensando esto, su mirada iba
instintivamente hacia el mrmol de una consola, donde antes se exhiban
unos magnficos candeleros de plata guardados ahora en el Monte de
Piedad; y miraba igualmente los cromos baratos que adornaban las paredes
del saln, sustituyendo a dos grandes cuadros heredados de su padre,
obra de Juan de Juanes, por los cuales le haban dado lo preciso para
vivir durante un mes.

Aquel hombre, cegado por su fortuna, no saba lo que deca. Igual era
ella algunos aos antes, cuando tena fincas que vender o empear y
arrojaba el dinero a manos llenas. Pero ahora la pobreza vergonzante y
cuidadosamente ocultada le haba enseado el valor del dinero.

El seor Cuadros, siempre ignorante de la verdadera situacin de la
casa, molestaba atrozmente a doa Manuela. Quera aparecer amable, y
para esto la haca ofrecimientos que resultaban sarcasmos. El se
encargaba de la compra del caballo. Vera ella cmo le resultaba ms
barato; por una bestia tan hermosa como _Brillante_ slo tendra que
desembolsar unos tres mil reales. l conoca a los chalanes ms
afamados. El caballo que montaba su hijo lo haba comprado casi por una
bicoca, y confiaba ahora tener la misma suerte.

--Lo que a usted le conviene, Manuela, es comprar el caballo cuanto
antes, pues si las gentes las ven a ustedes paseando muchos das como
hoy, harn maliciosos comentarios. Los que estamos a cierta altura
debernos mirarnos mucho en nuestras cosas.

Y el afortunado majadero, al hablar de la altura, cerraba los ojos como
si sintiera el vrtigo de los que se hallan en la cspide. Lo que ms
efecto caus en doa Manuela fue la afirmacin de que la gente hara
comentarios si no se mostraba en pblico como siempre. Ahora reapareca
la altivez de su carcter, estremecindose al pensar en la mortificante
lstima con que se hablara de su ruina.

Ella no tena carcter para sobrellevar con resignacin la miseria.
Estaba decidida. Haba que sostenerse en la altura, empleando todos los
medios; y despus, que viniera todo, hasta aquello que slo al pensarlo
tanto rubor le produca.

Y la vanidosa seora, para afirmarse en su resolucin, buscaba ejemplos
y recordaba lo que tantas veces haba odo en las murmuraciones infames
de las tertulias: los innumerables casos de seoras tan decentes como
ella, bien consideradas por la sociedad, y que haban hecho sacrificios
iguales para salvar el prestigio de sus casas. Y sostenida por el
pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto haba censurado,
mir a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor
razonado y tranquilo. Al fin--pensaba ella para consolarse--, el seor
Cuadros, aunque rampln y vulgarote, era un hombre aceptable, y no tena
que resignarse ella, como otras mujeres, a buscar la proteccin de un
valetudinario repugnante.

El bolsista adivinaba algo en las miradas de la esposa de su antiguo
principal. Y en su credulidad de calavera viejo e inocente echaba el
cuerpo atrs con cierto orgullo, como si estuviera convencido de que sus
prendas personales haban influido en tan asombrosa conquista.

Termin la visita a media noche, y cuando el padre y el hijo se dirigan
hacia la puerta, acompaados por las seoras de la casa, doa Manuela
cambi sus ltimas palabras con el seor Cuadros.

--Quedamos--dijo la seora--en que usted se encargar de la compra del
caballo. Maana mismo confo en que habr hecho mi encargo.

--Oh, seguramente...! Ya sabe usted que todas sus cosas me interesan
como mis propios negocios.

--Entonces, venga usted maana a las tres y le dar el dinero.

--Quiere usted callar? Ya arreglaremos cuentas ms adelante.... Pero,
en fin, vendr por tener el gusto de charlar un rato.

Y el seor Cuadros sali de la casa satisfecho de s mismo, bufando de
satisfaccin, contonendose como un joven y mirando con cierta lstima a
su hijo, que caminaba al lado de l tmido y encogido. Un risueo
optimismo le haca olvidar que era su padre. Ah! Si en vez de los
cincuenta y pico tuviera l los aos de aquel pazguato, cunta guerra
haba de dar en el mundo!

Al da siguiente, el seor Cuadros fue puntual A las tres de la tarde
entraba en casa de doa Manuela, y se sorprendi agradablemente al ver
que la seora estaba sola en el saln, vestida con la ms elegante de
sus batas y el rostro retocado con los ms finos menjurjes del tocador
de las nias. El bolsista senta como un renacimiento de la vida, algo
que recordaba sus fiebres de joven, cuando siendo primer dependiente
bromeaba y persegua a la criada Teresa en la trastienda de _Las Tres
Rosas_.

Las nias haban sido enviadas por su mam a casa de las magistradas.
Juanito estaba en la tienda; y en cuanto a Rafael, no haba que
esperarle hasta bien entrada la noche.

En el comedor oase el ruido de los cubiertos que secaba Visanteta, la
nica que se enter de la visita del seor Cuadros y de lo larga que
result. Ella fue la que oy las risas apagadas de la seora y el
arrastre de algunos muebles, como si fueran empujados con violencia;
pero era una muchacha prudente y reservada, que slo se ocupaba de sus
actos, sin detenerse a interpretar los ajenos.

Al da siguiente la familia pudo salir a paseo en su carruaje, y un
caballo ms joven y de mejor estampa que _Brillante_ ocup el vaco que
la muerte haba dejado en el pesebre. Las amarguras sufridas en aquel
domingo fueron olvidadas ante una abundancia como pocas veces se haba
gozado en aquella casa. Doa Manuela tena dinero; comenzaron a pagarse
las cuentas con regularidad; los proveedores no la molestaron ya
exigiendo el pago de los atrasos, y la modista francesa, despus de
embolsarse algunos miles de reales que crea perdidos para siempre, hizo
a las nias de Pajares nuevos trajes para lucirlos en la feria de Julio.

Todo era dicha y tranquilidad en casa de doa Manuela, y el contento de
la familia repercuta en _Las Tres Rosas_, donde la sencilla Teresa
considerbase feliz. Saba que su marido haba roto definitivamente con
Clarita, aquella mala piel que viva en la calle del Puerto. Ya no le
pagaba los trimestres del entresuelo, ni atenda a sus locos gastos. Es
ms: un alma caritativa le haba hecho saber que aquella perdida le
engaaba, burlndose de l con los chicos de la Bolsa; y don Antonio
mostrbase arrepentido, dispuesto a no proteger ms mujeres de tal
calaa.

La pobre Teresa, al pensar que su antigua seora era la que haba
realizado tal milagro, atrayendo a su esposo a la buena senda, senta
tal gratitud, que no poda hablar de ella sin que se le saltaran las
lgrimas. Qu buena persona era doa Manuela! Ella nicamente haba
sabido catequizar al seor Cuadros.




X


Juanito viva entregado a la agitacin y la zozobra del que confa su
porvenir a los caprichos del azar.

l, tan metdico y cuidadoso de cumplir sus obligaciones, abandonaba la
tienda para ir a la Bolsa en compaa de su principal, o a los lugares
donde se reunan sus compaeros de explotacin financiera. Valiente
cosa le importaba _Las Tres Rosas_! Ya no quera ser dueo de la tienda.
Las primeras ganancias, adquiridas con dulce facilidad, le haban cegado
y slo pensaba en ser millonario, en esclavizar la fortuna, rindose
ahora de aquellos tiempos en que soaba con Tnica la existencia
montona y tranquila de rutinarios burgueses, amasando ochavo tras
ochavo un capital para pasar tranquilamente la vejez.

Su novia, prcticamente, refrenaba sus entusiasmos financieros. No haba
que tentar a la fortuna; y ahora que se mostraba favorable, era una
locura no retirarse a tiempo.

Pero Juanito se negaba a orla. Qu saben las mujeres de negocios? Por
qu haba de quedarse en la mitad del camino, cuando poda seguir a su
principal hasta el paraso de los millonarios? Enamorado cada vez ms de
Tnica, le halagaba la idea de casarse inmediatamente; pero este mismo
cario impulsbale a esperar. Era mejor contener sus deseos durante
algunos meses, un ao a lo ms; dejar que su capital, volteando por la
Bolsa, se agrandase como una bola de nieve; y cuando poseyera el tan
esperado y respetable milln, hacer que la transformacin fuese
completa: gozar viendo cmo la pobre costurerilla se converta, bajo la
direccin de su vanidosa suegra, en seora elegante, con gran casa,
carruaje y los dems adornos de la riqueza.

El deseo de llegar cuanto antes a este final apetecido era lo que le
haca audaz y acallaba sus temores de una probable ruina. Los que le
haban conocido en otros tiempos asombrbanse por el cambio radical de
su carcter. Su to don Juan no hablaba ya con l. Un da dio por roto
el parentesco, faltndole poco para que pegara a su sobrino.

--Juanito, eres un imbcil--dijo el avaro con los labios trmulos por la
rabia, erizndosele el bigote de cepillo--. Siempre cre que en tu
carcter haba ms de tu padre que de mi hermana, y por eso te quera;
pero ahora veo que me enga. Te han perdido las malas compaas, esa
atmsfera de mentira en que vives, los ejemplos de tu derrochadora madre
y los consejos del majadero de tu principal, que se cree un orculo en
los negocios porque gana el dinero a ciegas por una burla caprichosa de
la suerte, y algn da las pagar todas juntas, dndome el gusto de
poder rer al verle sin camisa. Y a ti te pasar lo mismo. Vaya si te
pasar...! Vendiendo el huerto para hacerte dueo de _Las Tres Rosas_ y
casarte con esa chica, que, segn tengo entendido, es buena persona,
hubieras dado gusto a tu to. Y si te faltaba algo, aqu estaba yo para
responder. Conque hubieras venido a decirme: To, necesito esto, lo
otro y lo de ms all, estbamos al final de la calle. Pero ahora no,
lo entiendes? No cuentes para nada conmigo. Como si no fueras mi
sobrino. Me has salido igual a todos los de tu familia, y no puedo
quererte. Yo pensaba en ti, quera que fueses el que estuviera junto a
mi cama en la hora de mi muerte, y al recontar los cuatro cuartos que
tengo, me deca: Esto ser para el chico. Pero ahora estoy
desengaado. Anda, anda, hazte millonario en la Bolsa, y si quedas en
pordiosero, no vengas a buscarme, porque lo que har tu to es rerse al
ver lo bruto que eres.

La ruptura con su to entristeci a Juanito. No haba conocido otro
padre; y adems, en sus clculos de comerciante, siempre haba figurado
la esperanza de ser el heredero de don Juan. Pero las agitaciones de la
Bolsa, y especialmente las ganancias, amortiguaban en l el pesar del
rompimiento.

Cuando a fin de mes, cobraba las diferencias, decase con extraeza:

Parece imposible que nos censuren por dedicarnos a una explotacin tan
cierta. Pero bah! Quin hace caso de esa gente rancia!

Y entre, los rancios no slo figuraba su to, sino don Eugenio, el
fundador de _Las Tres Rosas_, que tambin manifestaba al joven gran
descontento. Siempre que Juanito se encontraba en la tienda con el viejo
comerciante, ste le lanzaba miradas tan pronto de compasin como de
desdn. Algunas veces hasta llegaba a murmurar con tono de reproche:

--Ay, Juanito, Juanito...! Te veo perdido. Ese demonio de Cuadros te
arrastra a la perdicin.... No le defiendas, no intentes justificarte.
Ahora te va muy bien para que pueda convencerte; pero al frer ser el
rer.

Y el viejo le volva la espalda, con la confianza de que los hechos
vendran en apoyo de sus pronsticos.

nicamente en su casa encontraba Juanito aplauso y consideracin. Su
madre le quera ms desde que le vea entregado a los negocios. Su hijo
ya no era un dependiente de comercio; era un bolsista, y esto siempre
proporciona mayor consideracin social. Adems, sus ganancias eran un
motivo de esperanza para la viuda, que aunque vea satisfechas todas
sus necesidades en el presente, no dejaba de sentirse preocupada por el
porvenir. La buena fortuna de Juanito poda solidificar el prestigio de
la casa.

La proximidad de la feria de Julio preocupaba a la familia. Nunca se
haban pasado veladas tan agradables en casa de las de Pajares. Por la
noche, despus de la cena, llegaban el seor Cuadros, Teresa y su hijo,
y comenzaba la alegre reunin.

Por los balcones abiertos penetraba el hlito caliginoso de las neones
de verano, cargado de enervantes perfumes. La plazuela animbase. El
calor arrojaba de sus estrechos cuchitriles a la gente de los pisos
bajos, y las puertas estaban obstruidas por corrillos de blancas sombras
sentadas en sillas bajas y respirando ruidosamente. Arriba, sobre los
tejados, cubriendo la plaza como un toldo de apelillado raso que
transparentaba infinitos puntos de luz, el cielo del verano con su
misteriosa y opaca transparencia. En los obscuros balcones
distinguanse, entre los tiestos de flores y el botijo puesto al fresco,
confusas siluetas ligeras de ropa. Otros abiertos e iluminados, dejaban
escapar, como los de las de Pajares, el sonoro tecleo del piano,
acompaado algunas veces por el rtmico chorrear de las macetas recin
regadas.

En los corrillos de la plaza partanse enormes sandas, y las mujeres,
con el moquero sobre el pecho para librarse de manchas, devoraban las
tajadas como medias lunas, chorrendoles la boca rojizo zumo. En una
puerta susurraba la guitarra con melanclico rasgueo, contestndole
desde otra el acorden con su chillido estridente y gangoso. Y los
ruidos de la plaza, el rer de las gentes, los gritos que se cruzaban
entre los corrillos y la msica popular, entraban con el fresco de la
noche en el saln de las de Pajares, sirviendo de sordo acompaamiento a
la conversacin de la tertulia.

Las nias, con Andresito, hacan planes para la prxima feria.
Recordaban los rigodones en el pabelln de la Agricultura y los alegres
valses en el del Comercio; pensaban en los trajes que les haba trado
la modista francesa, y que guardaban intactos para dar golpe en la
Alameda en la primera noche de feria, y hasta sentan su poquito de
maligna alegra considerando el efecto que su elegancia causara en las
amigas.

La calma y la felicidad haban vuelto a aquella casa.

Hasta Conchita, a pesar de su carcter iracundo y malhumorado,
considerbase dichosa al ver que Roberto volva al redil, mostrndose
ms enamorado que antes. Por las noches, abandonando a su amigo Rafael,
asista a la tertulia de las de Pajares; y no contento con las largas
conversaciones que all sostena con su novia, todava por las maanas,
a la hora en que Amparo estaba en el tocador, las criadas en el Mercado
y la mam en la cama, suba la escalera, y en el rellano, ante la puerta
entreabierta de la habitacin, hablaba ms de una hora con Conchita,
hasta que se levantaba doa Manuela y comenzaba el movimiento de la
casa.

La gran preocupacin de la familia eran las tres corridas de toros,
festejo el ms ruidoso de la feria. La tertulia tena ya ultimado sus
proyectos. El seor Cuadros comprara un palco de los mejores para las
dos familias; y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponanse
deslumbar al pblico con su elegancia.

Las nias tenan preparados sus trajes de manola, y un sinnmero de
veces se haban ensayado ante el espejo para aprender a colocarse con
naturalidad y buen gusto la blanca mantilla de blonda. En cuanto a las
dos mamas, pensaban lucir obscuros trajes de seda, con costosas
mantillas negras, regaladas a las dos por el seor Cuadros.

Lleg el da de la primera corrida. La atmsfera pareca cargada de un
ambiente extrao de locura y brutalidad. Por la maana arremolinbase la
gente, con empujones y codazos, en torno de los revendedores que en la
plaza de San Francisco voceaban las de sol y de sombra; y como si la
ciudad acabase de sufrir una invasin, tropezbase en todas partes con
gentes de la huerta y de los pueblos: unos con pantalones de pana y
manta multicolor; y otros, los tipos socarrones de la Ribera, vestidos
de pao negro y fino, la chaqueta al hombro, dejando al descubierto la
blanca manga de la camisa, los botines de goma entorpecindoles el paso,
y en la mano un bastoncillo delgado, casi infantil, movido siempre con
insolencia agresiva.

El gento presentaba igual aspecto en todas las calles, como si la
ciudad entera se hubiese vestido con arreglo al mismo patrn. Sombreros
cordobeses de blanco fieltro o marineras de paja, cazadoras de color
claro, corbatas rojas, y en todas las bocas un cigarro de a palmo.

La Bajada de San Francisco era un torrente por el que rodaban sin cesar
las oleadas de gento. Las jacas pamplonesas, cubiertas con inquietos
borlajes y repiqueteantes cascabeles, pasaban como rayos por entre el
gento tirando de las tartanillas de colores claros, de los coches
seoriales y de los carruajes ingleses, en cuyos bancos erguanse como
cimbreantes flores las muchachas vestidas de rosa o azul, con el rostro
realzado por el marco de blanca blonda. La gente menuda, los del tendido
de sol, pasaban en grupos, con la enorme bota al hombro y un garrote de
Liria en la mano, oliendo a vino y vociferando, como si comenzasen a
sentir la borrachera de insolacin que les aguardaba en la plaza.

Muchachos desarrapados rompan las oleadas del gento, ofreciendo la
vida ce _Lagartijo_ en aleluyas, los antecedentes y retratos de los
seis toros que iban a lidiarse, o pregonaban unos abanicos de madera sin
cepillar y en los cuales una mano torpe haba estampado un toro como un
pellejo de vino y un torero que pareca una rana desollada.

Los babiecas vidos de emociones agolpbanse frente a las fondas donde
se alojaban las cuadrillas, esperando pacientemente la salida de los
toreros para poder tocar con respeto los alamares del diestro. La gente
abra paso con curiosidad cada vez que algn picador empaquetado sobre
la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y
macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero.

Entre los carruajes que velozmente y atronando las calles atravesaban el
centro de la ciudad, pas el cochecito de Cuadros, y tras l una
carretela de alquiler en la que iban las de Pajares. Doa Manuela en el
sitio preferente, empolvada y retocada con tal arte, que su rostro
produca cierta impresin asomando por entre los festones de la negra
blonda; y frente a ella, las nias, graciossimas como un cromo de
revista taurina, con zapatito bajo, medias caladas, falda de medio paso
con red cargada de madroos y mirando atrevidamente bajo la nube blanca
que envolva sus adorables cabezas, cerrndose sobre el pecho con un
grupo de claveles.

Qu tarde tan hermosa! Nunca se sintieron las de Pajares ms contentas
de la vida. Al descender de su carruaje frente a la plaza, llovieron
sobre ellas los requiebros; y para todas hubo, hasta para la mam, que
respiraba ruidosamente y enrojeca, satisfecha del triunfo.
Indudablemente eran ellas las que ms llamaban la atencin en toda la
plaza. No haba ms que verlas en el palco abanicndose con negligencia,
mientras una gran parte de los seores del tendido, puestos de pie y
volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de
deseo.

El seor Cuadros estaba orgulloso de su situacin. No poda quejarse de
la vida. Ganaba cuanto quera; pareca un muchacho con su trajecito
claro, corbata roja y el enorme cigarro, al que conservaba la sortija de
papel, para que todo el mundo se enterase de su precio. A un lado tena
a Teresa, tranquila y sin sentir la menor sospecha de infidelidad, y al
otro a doa Manuela, orgullosa de la admiracin que ella y sus nias
despertaban en una parte de la plaza.

Sentase satisfecho de la situacin el seor Cuadros, y las vidas
miradas fijas en el palco parecanle un homenaje a l. No se poda pedir
mayor felicidad. Cumpla con la conciencia y con el placer. A un lado la
esposa legtima; al otro, doa Manuela, la satisfaccin de la carne, el
alimento de su vanidad; y las dos familias de las cuales era l el punto
de unin, contentas, lujosas, llamando la atencin del pblico, todo
gracias a su buena suerte/ que le permita tirar a manos llenas los
miles de pesetas. El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba
mentalmente que Dios es muy bueno, y no saba ya qu desear, pues la
seguridad de que en breve sera millonario tenala por indiscutible.

En el fondo del palco estaban el hijo de Cuadros y los dos de doa
Manuela, con los gemelos en la mano, contemplando el aspecto de la
plaza. En el tendido de sombra, el gradero circular era un
escalonamiento de sombreros blancos que bajaba hasta la barrera. Algunas
capotas cargadas de flores o relucientes peinados, destacndose sobre
los paolones de Manila, rompan la monotona de las hileras de puntos
blancos. Las puertas de los palcos abranse con estrpito, y aparecan
en las barandillas, cubiertas con los colores nacionales, las mantillas
blancas, las caras risueas, los peinados con flores; toda una primavera
que era saludada a gritos por los entusiastas de abajo, puestos en pie
sobre los banquillos de madera.

Enfrente, bajo el sol que agrietaba la piel en fuerza de sacar sudor,
que haca humear las ropas y pona un casco de fuego sobre cada cabeza,
enloquecindola, estaba la demagogia de la fiesta, el elemento ruidoso
que aguardaba impaciente, tan dispuesto a arrojar al redondel los
sombreros en honor al diestro, como los bancos y los garrotes en seal
de protesta. De all partan las palabras infames contra los picadores
que al aproximarse al toro pensaban en la mujer y en los hijos. Esta
mitad de la plaza no tena la regularidad montona del tendido de
sombra. Era un mosaico animado, en el que entraban todos los colores y
que al agitarse variaba de composicin. Las tintas rabiosas de los
trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de
camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de
seda granate que parecan robados de una antigua sacrista, los
gigantescos abanicos de papel movindose con incesante aleteo, las botas
de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas,
los gritos, las protestas porque se haca tarde, todo daba a aquella
parte de la plaza un aspecto de locura orgistica, de brutalidad jocosa.
Y arriba, sobre la doble galera, clavadas en la crestera del tejado,
colgaban lacias e inertes las bandertas rojas y amarillas, palpitando
perezosamente cuando un suspiro fresco, enviado por el mar al travs de
la vega, arrastrbase sobre aquellas gentes aplastadas por la
insolacin, hacindoles dilatar fatigosamente los pulmones. En lo alto,
como bveda del gran redondel, el cielo azul, infinito, sin la ms leve
vedija de vapor, cruzado algunas veces por una serpenteada fila de
palomos, que aleteaban impasibles, sin dar importancia a la extraa
reunin de tantos miles de personas.

Eran las cuatro de la tarde y se impacientaba la gente. Por detrs de la
barrera iban los chulos de la plaza, con sus blusas rojas, abrumados
bajo el peso de las capas de brega, repugnantes andrajos manchados de
sangre; y por los tendidos, haciendo prodigios de equilibrio,
filtrndose por entre el compacto gento, avanzaban los vendedores de
gaseosas con el cajn al hombro, pregonando la limonada y la cerveza, y
los _tramusers_ con un capazo a la espalda, llenando de altramuces y
cacahuetes los pauelos que les arrojaban desde las nayas y
devolvindolos a tan prodigiosa altura con la fuerza de un proyectil.

Son la msica, y un movimiento de ansiedad, de emocin, dio la vuelta a
la plaza, haciendo latir sus corazones.

Esto era lo que ms gustaba a las de Pajares. La lidia las aburra o las
horrorizaba; pero la salida de la cuadrilla las enardeca, y movanse
nerviosamente en sus asientos al ver el desfile de jacarandosas
figurillas, que, a la luz del sol, destacbanse sobre la arena del
redondel como ascuas de oro con el brillo de sus alamares.

Pasada la primera impresin de entusiasmo, cuando las doradas capas
cambironse por sucios trapos y ces de tocar la msica, saliendo el
alguacil del redondel a todo galope, las de Pajares presintieron el
aburrimiento.

El primer toro... bueno! Todava les causaba cierta ilusin el arrojo
de los diestros, el valor de aquellos cuerpos esbeltos, nerviosos y
ligeros que escapaban milagrosamente de entre las curvas astas; pero
apenas comenz la parte brutal del espectculo y cayeron pesadamente
como sacos de arena los infelices peleles forrados de amarillo, mientras
el caballo escapaba, pisndose en su marcha los pingajos sangrientos
como enormes chorizos, las jvenes volvieron la cabeza con un gesto de
asco y no quisieron mirar al redondel. A qu iban all? A lo que van
todas: a ver y ser vistas, a lucirse un rato a cambio de palidecer de
emocin y lanzar angustioso grito cuando la cornuda cabeza bufa en la
misma espalda del torero fugitivo.

Y conforme avanzaba la corrida, la mayora del pblico contagibase del
aburrimiento del espectculo, y hasta los del tendido de sol, si no por
repugnancia por fastidio, callaban, dejando que los lances en la arena
se desarrollasen en medio de un ttrico silencio, como si desearan no
provocar incidentes para que la lidia terminase cuanto antes. Slo los
grupos de los aficionados sostenan el entusiasmo palmoteando, aclamando
a sus respectivos dolos y entablando disputas ruidosas.

La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada,
ruidosa como una invasin. Todos parecan cansados y caminaban con
cierta lentitud y ensimismamiento, como el que acaba de ser vctima de
un engao o ve defraudadas sus ilusiones. Los nicos que mantenan la
algazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salan por las
puertas del sol golpendose amigablemente con las arrugadas botas y las
vacas calabazas, dando a entender a gritos que el contenido de aqullas
se hallaba en lugar seguro y serva para algo. Las dos familias,
sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entre
los jinetes de la Guardia Civil que mantenan el turno en el desfile de
los coches, fueron en busca de los suyos, teniendo las mamas y las nias
que recoger sus faldas de seda, y manchndose las medias con el barro de
la carretera recin regada.

Por fin vieron a Nelet, que guardaba el cochecito del seor Cuadros.
Vesta de blusa, pues la carretela de las seoras era de alquiler y
tena cochero propio.

Iba a subir el seor Cuadros en su pescante y empuar las riendas,
cuando el cazurro muchacho se rasc la cabeza y pareci recordar algo.

--Oiga, don Antonio; don Eugenio me ha dado este papel, encargndome
mucho que no tardase en entregarlo.

Y ofreca un cuadrado de papel azul con el cierre intacto. Era un
telegrama.

Juanito, al ver el despacho, por un instinto de solidaridad, apartse de
su madre, colocndose al lado del maestro.

--Bah!--dijo el seor Cuadros con indiferencia--. Ser un telegrama de
nuestro corresponsal en Madrid.

Pero inmediatamente palideci, dio una patada en el suelo y solt unos
cuantos pecados gordos, de aquellos que hacan ruborizar a Teresa y
fruncir el gesto a doa Manuela, intransigente con tales groseras.
Juanito, que lea por encima del hombro de su principal, estaba plido
tambin y parpadeaba como si creyera en un engao de sus ojos.

--Ya ves, Juanito--dijo con precipitacin el maestro--. Acaba de subir
de un golpe cerca de tres enteros. Qu ser esto? Hay que ver en
seguida a don Ramn. Lo que es por esta vez, se ha lucido! Pero no; l
no se equivoca fcilmente. Aqu hay gato encerrado. De todos modos,
debemos consultar en seguida a nuestro hombre. Cristo! pues apenas
tiene la cosa importancia...!

Y mont en el cochecillo, nervioso e impaciente, con el deseo de llegar
cuanto antes a casa para dejar a la familia y correr en busca del
infalible protector.

Juanito no tuvo tanta presencia de nimo. Plido, sudoroso, hablando y
gesticulando como un sonmbulo, casi ech a correr sin despedirse de la
familia. Iba al despacho del poderoso Morte, a aquella Meca de la
fortuna, y senta una inmensa extraeza al ver que la gente no mostraba
la menor impresin, que el cielo estaba azul, que todo se hallaba como
siempre y no surga la ms leve seal exterior para hacer saber al mundo
que el gran genio se haba equivocado por primera vez aconsejando la
baja.




XI


La derrota fue completa.

A los dos das, ninguno de los bolsistas que tenan por orculo al
famoso don Ramn dudaba de ella. El mismo banquero confesaba que esta
vez se haba equivocado, aunque no por ello dejaba de sonrer,
asegurando que lo mismo que haba ocurrido una alza contra todas sus
previsiones, poda sobrevenir una baja, pues no todos los tiempos son
iguales.

Y aquellos hombres de fe inquebrantable acogan como risuea esperanza
las ambiguas palabras del banquero, prestndoles esto cierta energa
para sobrellevar el golpe. A todos los admiradores de don Ramn les
haba alcanzado la derrota; pero quien ms sufra era el seor Cuadros,
que de un golpe vea desaparecer todas las ganancias de su vida de
bolsista.

Pero l no desmayaba, no seor. Qu gran general no sufre una derrota?
l era soldado fiel de don Ramn y le segua a ciegas, convencido de que
con un hombre as, de tropezn en tropezn, ms tarde o ms temprano se
llegaba a la victoria.

Con el error del banquero, quedaba lo mismo que antes de entrar en la
Bolsa: dueo de la tienda y de unas cuantas fincas sin importancia. Pero
esto mismo le animaba y le haca ser ms tenaz en sus propsitos. Al
fin, qu haba perdido? Igual estaba ahora que antes de entrar en el
negocio. Lo que haba ganado en la Bolsa justo era que en la Bolsa se
perdiese. Adems, que le quitasen lo mucho que se haba divertido
gastando el dinero a manos llenas.... Adelante! El buen carretero
vuelca muchas veces en un bache insignificante.

Y con tantos nimos se senta, que consolaba a Juanito, el cual, sin
perder tanto como su maestro, mostrbase aterrado por el suceso.

--Vaya, muchacho, debes tener ms alma o retirarte del negocio, Crees
t que se pescan millones sin correr peligro? Aqu me tienes a m, que
me he quedado lo mismo que hace un ao: convertido en un tenderillo de
escasa fortuna. Otro se considerara perdido; pero yo me quedo tan
fresco. Que sigue sostenindose el alza? Pues yo a la baja, como antes.
A la baja est don Ramn, y sigo a su lado. No hay cosa que disguste
tanto a la suerte como la inconsecuencia.

Y con estas seguridades, dadas enrgicamente, aunque sin saber con qu
fundamento, el seor Cuadros consegua serenar a Juanito. No tena igual
poder sobre don Eugenio, su antiguo principal. El pobre viejo, al saber
el gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraa actitud,
aproximndose a su antiguo dependiente para darle consejos con tono
paternal.

--Ests a tiempo para retirarte. Lo que te pasa es un aviso de la
Providencia. En realidad, nada has perdido. El dinero mal ganado se lo
lleva el diablo. Lo que ahora tienes es lo adquirido honradamente y a
fuerza de trabajo. Creme, Antonio; a vivir como Dios manda, con
tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de
provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero
hablarte. No tientes a la suerte, que es traidora. Piensa que un segundo
golpe dejara a tu mujer y a tu hijo en situacin de pedir limosna.

Cuadros, a quien la derrota haba privado de fuerzas para discutir su
pretendida infalibilidad en jugadas de Bolsa, contestaba afirmativamente
al viejo y pareca aceptar todos sus consejos; mas no por esto se
hallaba menos decidido a seguir a su grande hombre, sostenindose a la
baja, como medio seguro de conquistar los soados millones. Y tanto l
como Juanito mantenanse firmes, a pesar de que continuaba el alza y no
se vea la menor probabilidad de que pudiesen cumplirse las predicciones
de don Ramn.

Algo ms que el desgraciado negocio preocupaba a Juanito. Una noche, al
retirarse despus de acompaar a Tnica y su amiga en su paseo por la
feria, encontrse en la puerta de casa con su hermano Rafael, que se
llevaba el pauelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba.

Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y las
narices sucias de sangre. El joven elegante, admiracin y orgullo de la
mam, ola a vino, y con palabrotas de las ms soeces explicaba lo que
acababa de ocurrirle. Nada; una cosa de poca importancia. Se haba
peleado con un amigo, dndose de bofetadas y palos en medio del puente
del Real cuando iban a la feria a ltima hora.

No quiso decir ms, aceptando con gruidos de borracho los cuidados
paternales de Juanito, que hizo todo cuanto supo para curarle las
contusiones. El pobre muchacho, al ver a su hermano cruelmente
aporreado, sinti renacer el cario de otros tiempos, cuando ejerca de
niera, sacrificndose en el cuidado de sus hermanitos.

Al da siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud lo
ocurrido; y los calaverillas de la Bolsa, que saban lo de la ria, le
enteraron con una exactitud cruel.

Quien haba aporreado a su hermano era Roberto del Campo. Los dos
cenaron en un _restaurant_ para conmemorar los buenos golpes que haban
dado en la ruleta del _Sportsman Club_. Se haban emborrachado
amigablemente, y al dirigirse despus hacia la feria, surgi la disputa
a consequencia de ciertas afirmaciones infames del elegante Roberto.

Aquel miserable se haba permitido asegurar cosas que hacan enrojecer
al pobre Juanito: intimidades repugnantes con su novia cuando por la
maana hablaban en la escalera; secretos, en fin, que Juanito tena por
calumniosos, y que nicamente poda revelar un canalla como aqul. Su
amigo haba contestado a las confidencias con una bofetada, y despus
ocurri la ria, de la que Rafael sali tan malparado.

Juanito se conmovi por el suceso. Decididamente, su hermano no era
malo; su prontitud en defender la honra de la familia, castigando la
calumnia, hacale simptico. Y el sencillo Juanito, olvidando lo de la
borrachera, consider a su hermano como un hroe. Conmovale el valor
con que haba defendido a Concha, y no pudo callar ante la interesada el
entusiasmo que senta por Rafaelito.

Su sorpresa fue inmensa al ver el poco caso que Concha haca de sus
palabras.

--Mira, chico, todo eso que me dices son los de Rafaelito, y hars bien
no metindote en nada. Yo quiero a Roberto, me entiendes? l me quiere
a m, a pesar de todo cuanto digas, y eso de que se permiti hablar
ciertas cosas es una mentira de Rafael, que, segn me han dicho, iba la
otra noche como una cuba. Vaya que le est bien a ese seorito meter
cisco en la familia! Ms le valdra no emborracharse, o por lo menos que
sus borracheras no las pague yo.

Y la joven se expresaba con serenidad, con frescura, como si se tratase
de la honra de otra y aquel Roberto fuese un infeliz a quien
calumniaban.

Juanito no poda contener su asombro. Dios mo! qu gente aqulla! Y
era su hermana la joven que permaneca tranquila ante suposiciones
ofensivas para su dignidad? Insisti, cada vez ms escandalizado; pero
Conchita cort rudamente sus recriminaciones:

--Cllate! Como eres un tonto, crees que todos los jvenes han de ser
iguales a ti. Roberto es como es y basta. Yo contenta, pues todos
satisfechos.

Y le volvi la espalda desdeosamente.

Entonces acudi a la mam. l no poda permitir que aquella loca, por
amor o despreocupacin, mirase impasible lo que de tan cerca hera el
prestigio de la familia. Doa Manuela le escuch atenta; aparent
indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de
inmensa bondad que tan bien le sentaba:

--Mi pobre Juanito, t eres muy bueno; no conoces el mundo, no tienes
sociedad y te extraan y escandalizan muchas cosas que realmente carecen
de importancia. No tuerzas el gesto, que no intento defender a ese
muchacho, aunque me extraa mucho que un joven distinguido y bien
educado haya podido decir tales infamias. Pero ten en cuenta que tanto
l como Rafaelito estaban algo alegres, y las cosas hay que tomarlas
segn est el que las dice. En fin, Juanito mo, no te preocupes de la
casa, que aqu estoy yo para vigilarlo todo. Adems, ya he dispuesto que
Conchita no salga ms a la escalera. No te parece bastante? Pues hijo,
no hay que echarlo todo a barato. Al fin, Roberto es un buen partido, y
Conchita no va a despedirlo por cuatro palabras dichas como broma
imprudente.

Y doa Manuela, ofendida por la insistencia de su hijo, que tildaba de
quijotesca, se separ de l casi tan huraa y despreciativa como
Conchita.

Ahora s que Juanito senta a su alrededor un triste vaco. Quin
quedaba en aquella casa que pensase como l? nicamente en los hombres
haba que buscar la vergenza. Rafaelito y l eran los depositarios de
la dignidad de la familia. Por esto, l, que hasta entonces haba
tratado a distancia y con cierto despego a su hermano, senta un
recrudecimiento de cario fraternal. Pero a los dos das de ocurrida la
ria le dijeron que Rafael y Roberto iban juntos otra vez, apuntando
sobre el tapete verde en fraternal combinacin. Los dos se comprendan
y compenetraban; eran la yunta viciosa, ligada por el yugo de la
comunidad de gustos y la mutua posesin de secretos poco limpios.

Este golpe acab de anonadar a Juanito. Tambin su hermano desertaba.
Nadie; ya no quedaba en su casa un corazn que pudiera colocarse al
nivel del suyo. Cmo senta ahora su rompimiento con el to don Juan!
El viejo, a pesar de su tacaera y sus manas, era un hombre puro y
recto.

Juanito pensaba ir en su busca como en otros tiempos, pues sus consejos
eran como un bao de dignidad y rgida honradez, que le hacan resistir
mejor la atmsfera de putrefaccin moral de su casa. Cada vez se senta
ms alejado de la familia. Viva como siempre; coma con la mam y las
hermanas a la misma hora, pero las escuchaba como si fuesen seres
extraos encomendados a su observacin; sonrea interiormente al
apreciar sus preocupaciones, indignbase sin romper su silencio, y
apenas terminaba el motivo de esta reunin de familia, escapaba para ir
en busca de Tnica y de la pobre ciega, sintiendo el anhelo de
purificarse, cual si las palabras de los suyos estuviesen agarradas a su
piel como asquerosas manchas.

El pobre muchacho se senta sin fuerzas para seguir viviendo con la
familia. Un obstculo invisible se levantaba entre l y los suyos. Deca
bien su to don Juan. l era de otra raza. Formaba aparte en el seno de
la familia. Todos estaban ligados por la vida comn; pero los otros eran
la burguesa pretenciosa, corrompida prematuramente por la ambicin de
brillar, por el ansia de mentir, encaramndose penosamente a una altura
usurpada; y l era un intruso, el resultado de un encuentro de la
fuerza, cndida y sumisa, con la corrupcin moral, hermosa y
deslumbrante.

No; l no tena madre. Los otros, los de Pajares, eran los legtimos
vstagos de doa Manuela, su fiel retrato en lo moral. l slo era el
hijo de Melchor Pea, con toda la inocencia, la hombra de bien, la ruda
dignidad del montas de Aragn... y Melchor Pea haba muerto. Estaba
solo en el mundo; no tena madre.

Pero a pesar ce su tristeza, Juanito segua adorando a aquel dolo,
ante el cual volva la cabeza para no ver los defectos, recordando slo
lo que le pareca bueno.

Doa Manuela poda parecerle en ciertos momentos falta de dignidad; pero
l echaba la culpa de todo a la maldita ambicin, que la suma en los
enredos y trampas, donde dejaba a jirones poco a poco, por sostener el
boato de familia, aquella altivez que tan bien le sentaba.

Adems--y esto era lo principal para Juanito--, la viuda, dedicada en
absoluto a sus hijos, buscando por caminos engaosos asegurar su
porvenir, no haba dado motivo a la ms leve murmuracin. Tratndose de
dinero, era capaz de mentir y hasta de estafar, tomando prstamos sobre
fincas vendidas muchos aos antes; pero su virtud de mujer apareca
intachable.

Juanito, como esos desesperados que encuentran todava en su miseria
cosas agradables, reconoca en su madre grandes defectos, pero se
extasiaba ante su honradez de mujer.

Un suceso vino o sacarle de la triste preocupacin que le causaban los
asuntos de su familia. Era el ltimo da de la feria. Por la tarde, en
la Bolsa circul una noticia que hizo palidecer a todos los protegidos
de don Ramn Morte. En vez de cumplirse los vaticinios de ste, el alza
continuaba su carrera triunfal, ganando nuevos escalones y arrollando
las mermadas fortunas de los que osaban ponerse enfrente de ella.

Esta vez desapareci por completo la confianza que Juanito tena en la
infalibilidad de su principal y del seor Morte. La ruina era indudable.
El mismo don Antonio le haba dicho que si no sobrevena pronto la baja
saltara l a fin de mes con todos los jugadores que atendan los
consejos del famoso banquero.

El infeliz joven, poco avezado a los azares del juego, e incapaz de
ocultar las terribles impresiones de la ruina, sinti ganas de llorar en
plena Bolsa, ante los corredores y los alcistas, que sonrean con un
gozo feroz viendo la agona de sus contrincantes.

Pero Juanito era de los que en la desgracia aguardan siempre una
inesperada salvacin. Pens que era preciso avisar al seor Cuadros; tal
vez l como hombre experto en los negocios, encontrara el medio de
salir a flote. Extrabale mucho que no estuviera en la Bolsa, siendo
aquella tarde de agitacin y de emociones, y sali inmediatamente en su
busca.

En _Las Tres Rosas_ slo encontr a don Eugenio.

--Qu ocurre?--pregunt el vejete--. Tienes cara de susto.... Que si
est Antonio? No; sali despus de comer. Necesitas verle? es urgente
el asunto? Pues entonces...--y se rasc la cabeza como si dudase--,
entonces puedes buscarlo en tu casa; de seguro lo encontars. No s qu
demonios tiene que hacer, siempre metido all. Es que tu mam juega
tambin a la Bolsa?

Juanito no quiso or ms, y sali a buen paso con direccin a su casa.

Por el camino preocupbanle las palabras de don Eugenio, la triste
sonrisa con que haba acompaado su ltima pregunta. Subi al trote la
escalera de su casa, dando un vigoroso tirn a la campanilla. Abri
Visanteta, y al verle comenz a darle explicaciones antes que l
preguntase. Las seoritas haban salido; estaban en casa de las
magistradas.

--Bien; pero y el seor Cuadros, no est aqu?

Y Juanito mir angustiosamente a la criada que balbuceaba, no sabiendo
qu responder.

La empuj rudamente y entr. Visanteta sin perder su ceuda seriedad,
levant los hombros, hizo un gesto de resignacin, como diciendo: Que
ocurra lo que Dios quiera; y volviendo la espalda al seorito, se fue
hacia el comedor.

No haba nadie en el saln. Bajo el sof sonaba el juguetn cascabeleo
de _Miss_, la perrita inglesa, que al notar la presencia de Juanito sac
a medias, por entre los lambrequines, su cabeza de juguete.

La mirada del joven examin rpidamente el saln, fijndose con estpida
tenacidad sobre el sof, como si viese en l algo extrao que le atraa
sin explicarse la causa. Era una chaqueta blanca arrojada con descuido,
y que causaba en el joven la misma impresin de esos rostros que siendo
amigos tardan mucho en reconocerse.

Llevse la mano a la frente como si fuera a araarse con cruel impulso,
y sus ojos se dilataron con espanto. Fue un momento, un momento de
vrtigo nada ms; pero en tan corto espacio crey que la habitacin
danzaba como una peonza, que el techo descenda hasta apoyar en su
cabeza su peso irresistible; vio obscuridad y luces a un mismo tiempo;
experiment fro y calor; sinti una bola extraa que se le atascaba en
la garganta, y en un instante pasaron por su imaginacin, como
relmpagos lvidos, todas las escenas de novela que haba ledo, con sus
terribles descubrimientos y sorpresas aplastantes.

Bien conoca aquella chaqueta; era la de su principal, la que tantas
veces le haba rozado al descansar paternalmente la manga sobre su
hombro. _Miss_, saliendo de su escondite, frotbase contra sus piernas
gruendo amistosamente.

Pero, en fin, qu era aquello? Nada significaba el pedazo de tela. Pero
dnde estaba el seor Cuadros? Insensiblemente se dej arrastrar por un
espritu de desconfianza que acababa de despertarse en l, y dentro de
su casa, por una precaucin inexplicable, le haca andar de puntillas
como si fuese un ladrn.

Sin darse cuenta de ello, se vio junto al cortinaje que cubra la
puertecilla por donde entraba doa Manuela todas las noches a la hora de
acostarse. El mismo instinto que le haca recatarse fue quien hizo
avanzar su mano levantando levemente un lado de la misteriosa colgadura.

Mir, y sin embargo no sufri la impresin de momentos antes. Todo era
verdad. Ahora comprenda las palabras de don Eugenio, su sonrisa
triste, la mirada de conmiseracin con que haba acompaado su rpida
salida de la tienda.

Y abrumado por la sorpresa, permaneci erguido, con los ojos
desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si
temiera desplomarse. Debi lanzar un suspiro; tal vez choc con
demasiada rudeza contra la pared.

--Quin anda ah?

Y tras larga pausa, contest a esta voz femenil otra de hombre en tono
ms bajo, pero que rasg los odos de Juanito:

--Ser _Miss_, que juega.

No supo cmo sali de all. Lo nico que pudo recordar fue que el
instinto de precaucin le dominaba an, y que al bajar la escalera lo
hizo de puntillas, evitando roces, como si fuera un delincuente y
temiera ser descubierto.

Cuando se vio en la calle sinti un calor insufrible. Ya saba quin le
apretaba con tanta crueldad la garganta. Era la vergenza, que haca
arder en su interior un fuego de infierno, que enrojeca su rostro y
aceleraba la circulacin de su sangre. Crey que todos le miraban, que
los transentes ladeaban el cuerpo para evitar su roce, y anduvo
apresuradamente, como si sintiera tras sus pasos el espectro de su
vergenza que le persegua.

Aire... espacio... libertad; se ahogaba en las calles tortuosas, con sus
paredes que parecan aproximarse para cerrarle la marcha; necesitaba
horizontes inmensos, para no creerse aplastado, para poder ensanchar sus
pulmones y arrojar la cruel madeja de suspiros que se apelotonaba en su
garganta.

Una sensacin fresca le despert de aquella pesadilla, que le haca
caminar como un sonmbulo aterrado. Estaba en las Alamedas de Serranos,
y marchaba con la cabeza inclinada, los brazos a la espalda: la misma
expresin de los tipos casi lgubres que acostumbraban a pasear all.

A lo lejos, tras las cortinas de los rboles que circuan el verdoso
estanque, sonaba el canto de un corro de nias confundindose con el
juguetn parloteo de los traviesos gorriones:

/*
       _Yo me quera casar_,
     _yo me quera casar_
     _con un mocito barbero_....
*/

Juanito senta deseos de llorar como cuando escuchaba las romanzas
italianas de Amparo. Pero ahora no era el amor quien pona en tensin
sus nervios; eran los recuerdos del pasado, que contrastaban penosamente
con su situacin actual.

Le haca dao la inocente melopea infantil. Se vea con la imaginacin
vistiendo el trajecito escocs de su niez, cuando su madre, con tocas
de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las nias, pues su
timidez y debilidad no le permitan alternar con los revoltosos
muchachos. Cuan hermosa estaba con sus negras tocas! Juanito la vea al
travs de los aos como una _Mter dolorosa_, acariciando dulcemente su
cabeza de nio y pensando en el doctor Pajares, a pesar de su reciente
viudez.

Ya no crea en su madre. La fe se haba rasgado en l como una
virginidad irreparable. Le naca dao el canto infantil, y para no
llorar sali rpidamente del paseo, siguiendo el pretil del ro.

Caminando junto a la carretera polvorienta, sin ver otras caras que las
de los carreteros que marchaban perezosamente tras sus vehculos, o las
de los guardias de Consumos sentados ante sus garitas, Juanito se
encontraba mejor. No tena miedo, como el poeta, a encontrarse con su
dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando
con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en
ruidosos suspiros.

Senta en torno de su persona la imagen invisible de un padre que no
haba conocido. El recuerdo del pobre Melchor Pea le inspiraba cierta
conmiseracin. Aqul tambin haba vivido engaado. Am locamente a su
esposa sin conocer su verdadero carcter y muri en el error, como
hubiese muerto l, jurando que su madre era la mejor de las mujeres, a
no haberle conducido la fatalidad al saln de su casa para hacer el ms
terrible de los descubrimientos.

Su madre era una tramposa capaz de todos los enredos y vergenzas para
conservar el falso oropel de su vida; su madre despreciaba las
murmuraciones que heran hondamente el honor de la familia; dejaba a las
hijas que se arrojasen en el peligro, arrastradas por la desesperada
audacia de cazar un novio, y al final se entregaba como una perdida en
brazos de un amigo de su esposo, se venda infamemente cuando estaba
prxima a la vejez, manchando todo su pasado, por una necesidad del
orgullo. Qu era, pues, lo que quedaba a aquella mujer? Nada
absolutamente. Aquel descubrimiento fatal rasgaba el velo de la
credulidad, desvaneca el optimismo del cario; la madre apareca a los
ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral; y Juanito pensaba
con rabia en su antiguo dolo como el devoto que pierde la fe, y en la
imagen milagrosa que antes le arrancaba lgrimas de emocin ve slo un
miserable leo. Por qu haba nacido del vientre de aquella mujer? No
poda tener una madre como lo son todas? Y furioso contra la fatalidad,
que le haba dado por madre a doa Manuela, cerraba los puos como si
quisiera estrangular a alguien.

Levant la cabeza y vio que se haba separado del pretil, siguiendo por
el camino de ronda. Ante l alzaban sus pesadas moles cilndricas las
dos torres de la puerta de Cuarte, con la rojiza costra acribillada por
los profundos agujeros de las granadas francesas y las de las
insurrecciones republicanas.

Contemplaba fijamente los tragaluces angostos y enrejados de los
calabozos donde estaban los presos militares. Pensaba con envidia que
all dentro, en las mazmorras lbregas y hmedas, se estara muy bien,
rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban
la existencia.

Permaneci mucho tiempo mirando fijamente aquellos colosos de argamasa,
hasta que por fin se dio cuenta de que algunos chicuelos del barrio
formaban crculo en torno de l, contemplndolo con curiosidad,
tomndole, sin duda, por uno de esos viajeros que para el vulgo han de
ser forzosamente ingleses.

Juanito huy de aquella pillera, cuya mirada insolente y burlona nada
bueno presagiaba, y sigui por el camino de ronda, sumindose al poco
rato en sus tristes reflexiones. Volva a caminar automticamente, sin
fijarse en las personas que pasaban junto a l. Llevaba abiertos los
ojos, miraba a todas partes, y nada vea. Nada, no; lo real, lo
inmediato a su persona no lograba fijarse en su retina; pero en cambio,
vea siempre, con una tenacidad desesperante, la blanca chaqueta
arrugada brutalmente como la sbana del lecho despus de una noche de
placer, y luego... luego vea tambin la cortina alzada revelando una
parte del atentado vergonzoso, de la degradacin maternal, que era para
l un golpe de muerte.

Oh, cun execrable le resultaba ahora su antiguo dolo! Y sin embargo,
estaba convencido de que todo su odio era una impresin del momento, que
se desvanecera apenas se hallase en presencia de la mam. Es muy
difcil desarraigar un cario de tantos aos; y este convencimiento era
lo que ms desesperaba a Juanito. Sentase avergonzado por tener tal
madre y adorarla, sin embargo, con la dulce ceguera del cario.

--Eh...! a un lado!

Juanito salt hacia atrs instintivamente, al sentir en su rostro el
bufido ardoroso de dos caballos. Haba llegado a la entrada del camino
del Cementerio, y aquellas bestias que casi le atropellaban eran los
jacos huesosos, antipticos y enfermizos que tiraban de un coche
fnebre. El ttrico conductor, con su librea negra y mugrienta, pas,
rociando de injurias al distrado y amenazndole con su ltigo.

Juanito apenas si pudo verle. Sus ojos estaban fijos en el fretro
blanco y dorado que se meca con el traqueteo de las ruedas, dejando en
su memoria la impresin de una nubecilla surcada por rayos de sol.

Tambin deba estarse bien all. Mejor que en los calabozos que antes
contemplaba con envidia. El silencio para siempre, la amarga
satisfaccin del no ser, la grandiosa monotona de la eternidad libre de
toda alteracin. Por qu no iba l dentro de aquella caja? Por qu no
haba cado cuatro aos antes, cuando sufri una pulmona que puso en
conmocin a toda su familia? Al menos habra muerto creyendo en su
madre, y al partir le hubiera consolado un gesto, una lgrima de aquella
mujer. Pero ahora estaba solo. Morira aislado; lo nico que le
fortaleca era la certeza de la muerte como solucin para sus males.

El rostro de una joven asomada a la ventanilla de uno de los carruajes
del cortejo fnebre pareci cambiar el curso de sus ideas. No; era una
locura buscar la muerte. Si no hubiese conocido a Tnica, podra aceptar
tan desesperada resolucin; pero siendo amado por ella, era una locura.
An haba remedio. Una parte de su capital la haba entregado a don
Ramn Morte, no para jugadas de Bolsa, sino para la adquisicin de
valores pblicos. Vendera, aunque fuese con prdida, esta parte segura
de su capital; pagara las deudas importantes que haba contrado por
salvar a su madre, y con lo que le quedase se establecera modestamente,
sera el dueo de _Las Tres Rosas_ o de una tienda ms pequea,
casndose en seguida con Tnica. sta era la verdadera solucin. Nada de
buscar millones; la leccin haba sido dura. Comerciante rutinario y
cachazudo, buen marido y padre virtuoso; sta era la felicidad, lo que
l ambicionaba para el porvenir.

Y cuando con ms entusiasmo forjbase la ilusin de la tranquilidad
patriarcal, un silbido estridente rasg los aires, como si Mefistfeles,
desde las nubes, contestase con su carcajada chillona a los hermosos
planes de virtud domstica. Juanito, sin dejar de andar, despert del
extrao sonambulismo que le haca correr en torno de la ciudad, agitado
a cada instante por los ms diversos pensamientos. Frente a l
perfilbase sobre el cielo de plido azul la plaza de Toros, con su
contorno de circo romano. Entre ella y el joven estaba el paso a nivel
de la va frrea, donde comenzaba a palpitar, lanzando mugidos, una
bestia de hierro.

Juanito viose detenido por la cadena que acababa de tender el guardava.
Este obstculo pareci irritarle. Sinti otra vez dentro de s aquel
compaero misterioso que le haba guiado en el saln de su casa al hacer
los terribles descubrimientos. Algo le deca ahora con acento imperioso.
Le empujaba, y l obedeca automticamente. Olvidaba las ilusiones de
futura felicidad que se haba forjado momentos antes, y el atad
coquetn, aquel fretro de raso blanco y bordados de oro, pareca
brillar ante l, como un astro que le iluminase con su camino. Abrase
su tapa, mostrando el interior mullido y acolchado como el de una caja
de dulces. Unos cuantos pasos ms, y se quedaba dentro para siempre....

De pronto, Juanito se sinti cogido por los brazos, zarandeado y
empujado hacia atrs con tal fuerza, que estuvo prximo a caer.

--Pero adonde va usted? Est usted loco...?

El que le hablaba era el guardava, un mocetn de blusa azul con
iniciales rojas.

Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que,
conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las
vlvulas de escape, sala de la estacin, abofeteando a los ms prximos
con el viento de su rpido paso.

Juanito lo comprendi todo. Haba pasado por debajo de la cadena, y el
empleado acababa de detenerle casi en la misma cabeza del tren que
avanzaba.

El guardava mirbale con ojos interrogantes, en los que era visible la
sospecha de un intento de suicidio. Los curiosos agolpados a ambos lados
de la va daban a entender lo mismo con sus palabras.

Juanito, avergonzado, sigui a buen paso el mismo camino de antes, como
si despus de lo ocurrido le fuera imposible continuar adelante dando la
vuelta completa a la ciudad.

Pas por el lugar donde haba encontrado el fnebre cortejo, y no pens
ya en aquel atad blanco que le obsesionaba con la ms amarga de las
seducciones. Tampoco levant la desalentada cabeza para contemplar las
torres de Cuarte, cuyos rojizos muros adquiran en su parte alta un
tinte de incendio reflejando la puesta del sol.

La frescura que sinti siguiendo el pretil del ro pareci reanimarle.
Comenzaba el crepsculo. En el cauce del ro, las charcas y riachuelos,
reflejando en su fondo el rojo horizonte, brillaban como si fuesen de
encendida lava. En la ciudad, los vidrios de los altos balcones y de las
esbeltas torrecillas destacbanse sobre la masa obscura de los edificios
como placas de fuego. La calma del crepsculo, compuesta de murmullos
imperceptibles, de lnguidos suspiros que exhala la Naturaleza prxima a
adormecerse, invada el ambiente. Desde el pretil veanse rebaos de
obscuras ovejas, que al comps perezoso de las esquilas iban en busca
del corral, mientras que por la parte de arriba, por la carretera
polvorienta, marchaban tambin en retirada los rebaos del trabajo,
gentes de espalda encorvada y blusa vieja, con la cara sudorosa y el
saco de herramientas a la espalda.

La melancola del crepsculo se apoderaba de Juanito. Cuando entr otra
vez en las Alamedas de Serranos, sus piernas flaqueaban, y sinti la
necesidad de dejarse caer en uno de los bancos.

En aquel paseo silencioso, casi desierto, que lentamente se obscureca,
poda forjarse la ilusin de que estaba en un jardn de su propiedad,
donde nadie vendra a turbar la pereza dolorosa, el anonadamiento triste
en que iba sumindose.

En las charcas del ro, las ranas comenzaban a templar sus instrumentos
de dos notas para la interminable sinfona de la noche; en la inmediata
carretera sonaba el chirrido de los carros.

La humedad del sombro arbolado empapaba las ropas de Juanito,
adormecindole. Hubo momentos en que su imaginacin, lanzada en el
camino de la insensatez, hzole pensar que, como en los cuentos
fantsticos, un colosal murcilago le abanicaba con sus alas, para
chuparle la sangre despus de dormido.

De pronto, vio plantadas ante l, mascullando palabras ininteligibles y
extendiendo vergonzosamente las manos, dos nias entecas, dos cabezas
con el pelo revuelto y erizado como espantables Medusas, mostrando las
piernas enflaquecidas y desnudas por debajo de los guiapos que las
servan de faldas. Una profunda conmiseracin invadi el nimo de
Juanito. Aqullas eran an ms desgraciadas que l. Tal vez no haban
conocido a sus madres, y esto era mil veces peor que tener una aunque
fuese como la suya. Olvid repentinamente todas las precauciones de su
carcter econmico, y dej el puado de pesetas que llevaba en el
chaleco en aquellas manecitas, que, asombradas y faltas de costumbre, no
saban cmo oprimir la lluvia de plata. Las pesetas caan al suelo, y
Juanito no se arrepenta de su generosidad.

Indudablemente, all arriba haba alguien vindolo todo: lo mismo lo que
pasaba por las tardes en una alcoba, que lo que ocurra por la noche en
un paseo solitario entre dos mendigas pequeas y un hombre ms nio que
ellas.

La desgracia le persegua. Quin sabe lo que le estaba reservado? Tal
vez algn da, con ms vergenza que aquellas infelices, tendra que
tender la mano a las gentes, sintiendo calor en el rostro y en el
estmago el cruel araazo del hambre. Y como para sellar su pacto con la
desgracia futura, cogi entre sus manos las desmelenadas cabecitas,
besndolas en las sucias mejillas, en los labios cubiertos de costras.

Esto asombr a las mendigas ms an que la generosidad de momentos
antes. Sus ojos cndidos y virginales deshonrronse con una viva chispa
de malicia; tras la inocencia infantil asom la precocidad de la vida
aventurera, las lecciones infames aprendidas sobre el barro de las
calles; y las dos, apretando convulsivamente sus puados de pesetas,
huyeron como si las amenazase un terrible peligro.

Despus pas una mujer pequea y enflaquecida, una pobre obrera de las
que habitan en la otra orilla del ro. Cansada del trabajo, sostena en
un brazo la pesada cesta y un chicuelo mofletudo que se agitaba con
nerviosa alegra, mientras tiraba con la otra mano de un galopn de
cinco aos que se obstinaba en no andar por habrsele desatado el
zapato.

La mujercita salud con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su
mismo banco el pequeo y la cesta, encorvse penosamente para atar el
zapato de su hijo mayor. Despus de acariciarle su enorme cabeza, volvi
a recuperar lo que haba dejado sobre el banco y prosigui su marcha,
siempre abrumada por la fatiga, poseda por triste desaliento, pero
satisfecha y sonriente al mirar a sus dos pequeuelos, cruz abrumadora
que arrastraba en el calvario de la miseria.

Juanito crey despertar ante aquella aparicin. Era una verdadera madre
la mujercita de la dulce sonrisa. En aquel grupo de conmovedora miseria
haba algo que l no haba conocido jams, y los dos pobres chicuelos,
martirizados por el hambre, destinados a vivir como parias de la
sociedad, gozaban lo que l, criado entre lujo y ostentacin, no haba
tenido nunca.

Senta deseos de pedir a Dios que hiciese un milagro, que le convirtiese
en uno de aquellos nios, destinados a ser bestias de carga para el
bienestar de sus semejantes, pero que al menos tenan una madre que los
amaba sin distinguirlos y no se venda a pesar de su miseria. Sinti de
pronto en sus manos la cada de algo caliente que resbalaba sobre su
epidermis. Lloraba. Al alejarse el tierno grupo, las lgrimas haban
asomado a sus ojos, y no haca ningn esfuerzo por contenerlas,
sintiendo al llorar una sensacin voluptuosa, como si sus pulmones, con
extraordinaria dilatacin, hubiesen expelido aquel nudo que le oprima
la garganta.

As pas mucho tiempo: con el sombrero cado a sus pies y la cabeza
apoyada en una mano, dejando que las lgrimas resbalasen a lo largo de
su antebrazo.

Los ltimos transentes que pasaron fueron unas buenas mozas con la
cesta al brazo, moviendo al andar bizarramente sus fuertes caderas.
Deban ser cigarreras que volvan de la fbrica. Miraron entre
compasivas y burlonas al seorito que lloraba, y se alejaron haciendo
comentarios a toda voz. Un hombre llorando! Indudablemente le haba
engaado la novia o haba muerto su madre. A Juanito no le hicieron dao
los burlones comentarios de aquellas muchachas. Haban acertado. Su
madre haba muerto aquella tarde, y por esto lloraba.

Tras el desahogo del llanto, qued fatigado, con los miembros
entumecidos, como si acabase de hacer una larga marcha.

No supo si haba dormido o si el tiempo pas con extraordinaria rapidez;
lo cierto fue que al apartar las ardientes manos mojadas en lgrimas y
erguir su cabeza, vio que era de noche. Por entre el ramaje de los
rboles vease el cielo azul obscuro de las noches de verano, moteado
por el luminoso polvo sideral.

Como un sordo rugido semejante al hervor de lejana caldera, llegaban los
rumores de la ciudad al paseo obscuro y silencioso.

Cantaban las ranas con una monotona desesperante; reflejbanse las
temblorosas estrellas en el fondo de las charcas; en el inmediato
estanque conmovanse con estremecimientos voluptuosos las plantas
verdosas que extendan sus palmitos a flor de agua, y a lo lejos, como
un eco, sonaban los ladridos de los perros del arrabal.

Aquel silencio matizado por los ruidos propios de la noche haca
imaginarse a Juanito que se hallaba en un tranquilo pueblo, lejos de una
vida en la que slo haba encontrado hondos pesares. Su mirada vagaba
errante por entre los puntos de luz, que le parecan impenetrables
jeroglficos trazados en el cielo. Cmo seran aquellos mundos? Y
pensando en esto, recordaba confusamente la poca geografa aprendida en
la escuela, las innumerables consejas que haba odo relatar sobre la
influencia de los astros sobre los hombres.

Crea en lo maravilloso, en la influencia astrolgica, sintiendo que la
calma augusta de la inmensidad se filtraba en su nimo.

Como si le atrajesen aquellos mundos desconocidos, crea elevarse en el
espacio, dejando muy lejos, bajo sus pies, la tierra, llena de miserias.
Su corazn pareca ensancharse, crecer, convertirse en un msculo
gigantesco que ocupaba todo su pecho y lo haca estallar como un saco
angosto. Ya no odiaba a nadie.

Todos los seres de la tierra le parecan pequeos; y sintiendo la tierna
conmiseracin de las almas grandes, sonrea dulce pero compasivamente al
pensar en su madre, en sus hermanas y hasta en la misma Tnica.

Nada le impresionaba ya; todo le era indiferente: amistad, familia y
amor. l no era de este mundo; su verdadera patria estaba arriba. Y
miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la
mejor habitacin para trasladarse a ella.

Pero las impurezas de la realidad le despertaron otra vez de su
sonambulismo. Pasaban misteriosas parejas por detrs de los macizos de
rboles, unidas por dulce intimidad, con paso recatado, cuchicheando
levemente y buscando un lugar a propsito para aislarse de otros a
quienes la cita nocturna llevaba tambin all.

Esto sublev a Juanito. Tena por suyo el paseo, la calma de la noche,
el puro silencio que le envolva; la impdica invasin de libertinos
callejeros y mercenarias ambulantes causbale el efecto de un atentado
contra su propiedad. Un sentimiento de asco le hizo ponerse en pie; y
recogiendo su sombrero, sali de la obscura alameda.

Las campanas de los relojes atrajeron su atencin, haciendo que mirase
el suyo a la luz de un farol.

Eran las diez y media. Le sorprendi la rapidez con que haba
transcurrido el tiempo y continu su camino, dispuesto a vagar sin rumbo
fijo; pero los grupos de gente que siguiendo el pretil marchaban en la
misma direccin le arrastraron, haciendo que insensiblemente se
encaminara a la feria de la Alameda.

Al llegar al puente del Real pas por entre los tranvas y carruajes,
que, parados en la obscuridad, parecan mirar al gento con los
encarnados y redondos ojos de sus faroles.

El magnfico panorama reanim a Juanito. Al otro lado del ro, millares
de luces de colores, en serpenteantes lneas o marcando el contorno de
los pabellones arquitectnicos, desvanecan la obscuridad, produciendo
un rojizo vaho que se extenda por el cielo coma el reflejo de lejano
incendio. Las charcas del ro se poblaban de inquietos peces de fuego.

Atraves el puente sufriendo los codazos de la multitud. Aquella noche
era la ltima de feria. Destacbanse los grupos de soldados, con los
roses enfundados de blanco; los huertanos iban en cuadrilla, cogidos de
las manos por temor de extraviarse; y pasaban las labradoras con su
traje de fiesta, arrastrando tras s un racimo de chiquillos llorones y
cansados, precedidas por los maridos en mangas de camisa, chaleco negro
y el garrote de Liria en la mano, mirando a todos con fijeza, como si
temiesen que los seoritos se burlasen de la familia.

Los farolillos venecianos formaban gigantescos pabellones de una
claridad difusa. En la entrada de la Alameda apelotonbase el gento, y
por entre la masa de espaldas arqueadas y codos en punta pasaban las
floristas con su cesto de mimbres erizado de ramilletes y las chicuelas
desgreadas, con el cntaro en la cadera y el turbio vaso en la mano,
pregonando: _Al aigua fresqueta_!

Juanito viose detenido por la masa apiada ante el tablado de los bailes
populares. Sonaba el agudo cornetn repitiendo montonamente la
contradanza moruna o acompaando las voces de los cantadores, y a su
comps saltaban sobre el tablado las parejas de bailarines, que de lejos
parecan polichinelas.

En aquel lugar bifurcbase la corriente del gento. La gente alegre y
ruidosa, los labradores, la chavalera de gorrilla y tufos o de falda
almidonada y pauelo de seda, segua por el pretil del ro mirando la
larga fila de casetas, en las que se aburran los feriantes esperando al
comprador que nunca llegaba.

Por el lado opuesto, por la avenida central, donde estaban establecidos
los pabellones de baile, marchaba la gente distinguida, con
parsimonia, como en una procesin, mirando con el rabillo del ojo a los
que estaban en las compactas filas de sillas, o detenindose un instante
para contemplar las parejas que danzaban en los pabellones.

Juanito, confundido entre este pblico e insensible a las cosas de este
mundo, lo encontraba todo feo y ridculo con su pesimismo feroz.

Aquellos pabellones, que vistos con un poco de buena voluntad a la luz
artificial recordaban los palacios deslumbrantes de las leyendas,
parecanle ridculas barracas. Y luego, qu asco le producan los
imbciles que en aquellos salones al aire libre bailaban como monigotes,
sin advertir que el gento se diverta con sus saltos!

En uno de aquellos pabellones estara su hermano Rafael. Y el muy
imbcil tal vez se divertira, tal vez estaran con l las hermanitas, y
todos juntos miraran con desprecio a la gente que se pasea por bajo,
sin pensar que de all podra salir un acusador annimo que les gritara:
Todo ese lujo, esa altivez que ostentis, son debidos a la trampa, a
la desvergenza, a que vuestra madre es una...!

No; decididamente, l no poda seguir paseando por aquella parte de la
feria. Volvan a reaparecer las tristes ideas de la tarde; pensaba otra
vez en su madre. Adems, de seguir por cerca de los pabellones, estaba
expuesto a encontrarse con su familia, con el seor Cuadros, con
cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que l tena empeo en
olvidar.

Huy de aquellos sitios, dirigindose al final de la feria, donde
estaban los _restaurants_ al aire libre, las buoleras apestando el
ambiente con el aceite frito de sus fogones, y las rifas, cuyos dueos
atraan con furiosos gritos a la gente, prometiendo una fortuna. Ms
all estaban los vendedores de sandas, voceando tras sus montones de
verdes bombas; las mesas de comida barata, donde cenaban chorizos crudos
y morcillas secas los soldados y los labradores; y al final, los
barracones de espectculos: _El teatro mgico_, _La mujer gorda_, _Los
perros sabios_, con rganos a la puerta que hacan sonar una msica
extravagante, propia de una fiesta de canbales. Juanito, con los
nervios excitados, acab por huir, refugindose en los jardinillos a la
inglesa que la gente llama el Planto.

Volvi a encontrarse como en las Alamedas de Serranos, en una soledad
relativa, mirando desde su banco la agitacin de la feria y contemplando
el cielo a travs de las copas de los rboles, cuyas hojas, baadas por
el reflejo de la luz artificial, cambiaban su tono verde por un plateado
mate.

All, por un extrao capricho de su imaginacin, pens en los negocios.
Recordaba las noticias que le haban dado aquella tarde en la Bolsa. La
ruina era indudable. Bien les haba dejado el clebre banquero con su
pretendida infalibilidad!

Su principal, el seor Cuadros, poda tenerse por hombre al agua. En
cuanto a l, daba por perdida una gran parte de su fortuna, y nicamente
confiaba en los valores del Estado que por encargo suyo haba adquirido
el seor Morte. Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba
encontrar la salvacin.

El optimismo tornaba a apoderarse de su nimo, como una reaccin
necesaria tras tantas horas de insufrible dolor. An tena salvacin. Se
alejara de aquella familia que slo era en apariencia suya, pero a la
cual no le ligaba lazo alguno; se casara con Tnica, buscara una
tienda modesta y emprendera otra vez la conquista azarosa y difcil del
dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los
procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua.

No sera millonario, no soara con palacios en el Ensanche y brillantes
trenes de lujo; pero al llegar a la vejez se paseara por una tienda
acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la
prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el
mostrador, como activos dependientes, y a Tnica, hermosa a pesar de los
aos, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animndole el
arrugado rostro.

Y el pobre muchacho conmovase ante este cuadro de futura felicidad; y
as como antes el dolor le haca llorar, ahora suspiraba con angustia a
causa de la alegra.

Cruz el espacio un silbido rpido, estridente, un ruido semejante al
desgarro de inmensa sbana, y en lo ms alto del cielo, despus de una
detonacin de lejano caonazo, esparcise un haz de puntos luminosos de
diversos colores, que descendieron lentamente, dejando tras s
culebrillas de fuego.

Eran los cohetes voladores que anunciaban el disparo de los fuegos
artificiales. Juanito, con la atencin de un muchacho, segua las
vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro
espacio. Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos
artificiales en un extremo de la feria, l no abandon su asiento.
Estaba molido; sus piernas entumecidas negbanse a obedecerle, y la
debilidad y el cansancio le producan, en ciertos momentos, algo as
como asomos de vrtigo.

Toda la feria adquira un aspecto fantstico alumbrada por las bengalas,
que tan pronto la coloreaban de alegre rosa como daban a las personas un
tinte lvido.

Un rugido de entusiasmo salud el principio de la _traca_, diversin
favorita de un pueblo que ha heredado de los moros la aficin a correr
la plvora. Pendiente de los rboles daba la vuelta al largo paseo
aquella envoltura de papel rellena de plvora, colgando a trechos los
blancos cucuruchos que contenan los truenos.

Durante media hora repiti el eco aquel estruendo de batalla. Las
mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa
curiosidad la nube de humo erizada de relmpagos que se acercaba,
dejando tras s un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas; y
cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubranse los rostros con
los abanicos, hundan la cabeza en el pecho, o sin dejar de rer,
llevbanse las manos a los odos, como si no pudieran resistir el trueno
continuo, cuya intensidad suba o bajaba, llegando en algunos instantes,
con la violencia de la explosin, a hacer el vaco, dejando sin aire los
pulmones.

La fiebre levantina enloqueca a los nietos de los rfenos, y eran
muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudindose la lluvia de
pavesas, corran siguiendo la marcha del fuego, detenindose para silbar
al pirotcnico cuando la _traca_ se cortaba, apagndose por algunos
segundos. Con la violencia de las explosiones saltaban hechos aicos los
globos de vidrio del alumbrado de gas; el azufre colbase por todas las
gargantas, llevando al fondo de los estmagos su sabor insufrible; pero
todo entraba en la diversin, y al final, cuando estallaba el trueno
gordo, haciendo temblar el suelo de la feria, la gente menuda prorrumpa
en estruendosa aclamacin, despertando de la pesadilla belicosa que la
haba enardecido durante media hora.

Al terminar la _traca_, Juanito sali de la feria. Tena prisa en
llegar a casa antes que su familia. Reconocase sin fuerzas para
resistir la presencia de su madre. Careca de costumbre en el
fingimiento, y la expresin de su rostro le hara traicin. Adems,
sentase muy dbil. Como los seres nerviosos que despus de un esfuerzo
extraordinario caen en desaliento mortal, l, tras la tarde de agitacin
y la noche pasada en los bancos del paseo, sufriendo el hmedo relente,
sentase enfermo. Su estmago le atormentaba, recobrando sus funciones
despus de la crisis nerviosa.

Cuando lleg a su casa y Visanteta le abri la puerta, no pudo contener
un gesto de asombro al ver que el saln estaba iluminado.

Entr. All estaban su familia y la del seor Cuadros, pero todos
silenciosos, ceudos, con la cabeza inclinada, como si en la vecina
alcoba hubiese un muerto al que velaban. Juanito husme en el ambiente
algo terrible e inesperado, y se olvid de todo, atento nicamente a
conocer el misterio. Fue a preguntar, pero el seor Cuadros le ataj
ponindose en pie y avanzando con los brazos abiertos, con expresin
paternal y desesperada.

--Ay, hijo mo! Estamos perdidos. Ese Morte es un pillo.

Eh! Qu era aquello...? Pero la extraeza del joven dur muy poco,
pues el seor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperacin.

La cosa haba ocurrido al anochecer. Primero la noticia circul
tmidamente por la Bolsa, pero poco despus la saba toda la ciudad. El
clebre banquero don Ramn Morte haba desaparecido, produciendo la
consternacin en centenares de familias. Unos decan que era un farsante
que haba huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus
clientes con la hipcrita comedia de su sencillez y su filantropa;
otros aseguraban que era un desgraciado, un iluso, que, enloquecido por
anteriores triunfos, se haba empeado en sostenerse a la baja,
perdiendo su capital y el de sus admiradores, para huir al fin, pobre y
avergonzado, sin que su deshonra le valiera nada. Lo cierto era que
desde el anochecer, toda una procesin de clientes, anonadados unos y
amenazantes otros, entraban en las oficinas del banquero, no encontrando
otra cosa que las mesas abandonadas y algunos empleados quejumbrosos y
todava no convencidos de la ruina de su principal.

Juanito qued clavado en el suelo por el asombro, con los ojos
desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada. Los
dems seguan cabizbajos, oyendo por centsima vez la relacin del seor
Cuadros, que pareca enloquecido por la ruina.

--S, hijo mo! Yo tambin he estado all. Aquello es una desolacin.
Estamos a fin de mes y hay que pagar en seguida. Oh, ese hombre! Ese
pillo! Da lstima ver tanto desesperado, tantos padres de familia
dispuestos a matarse o a matar a ese granuja si le pillan! El muy ladrn
debi saber antes que nadie lo de la baja, y... chale un galgo! Dios
sabe dnde estar ahora!

Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible
noticia, pero su principal sigui hablando.

--Y yo, Juanito mo? Cmo me quedo yo...? Arruinado para siempre,
perdido, y lo que es peor, deshonrado. No tengo la cabeza para cuentas,
pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la
tienda ni con mis fincas tendr para pagar la mitad. Qu hago, Dios
mo, qu hago...? Para comer tendr que pedir a algn compaero que me
admita de dependiente; y esto, a la vejez, es para pegarse un tiro.

Y Cuadros tena los ojos vidriosos, faltndole poco para romper a
llorar. No era su prxima degradacin lo que ms lamentaba, sino la
prdida de los placeres con que le haba tentado la riqueza improvisada.

--Pero y yo?--dijo por fin Juanito--. En qu situacin quedo?

--T...? Pareces tonto! La ruina es igual para todos. nicamente
tienes sobre m la inmensa ventaja de ser joven y carecer de mujer e
hijos.... Ay, quin estuviera en tu piel!

--Pero yo--dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una
esperanza--, yo no slo jugaba a la Bolsa. Don Ramn tena en su poder
ms de tres mil duros mos en ttulos del Estado. Qu se han hecho?

Cuadros lanz una carcajada, que, en fuerza de querer ser irnica,
resultaba espeluznante.

--Espera sentado tus tres mil duros--exclam con brutalidad--; eso de
los valores pblicos es una mentira. Ahora se ha descubierto que el tal
don Ramn no compraba papel, y cuando le daban una cantidad con tal
destino la dedicaba a la Bolsa, cuidando de entregar los intereses al
cliente, como si en realidad existiesen los ttulos. Quieres saber que
hay de esos tres mil duros? Pues que los has perdido. No me dijiste que
tu novia le entreg ocho mil reales? Pues los has perdido tambin....
Cristo! Hemos sido unos brutos, y ahora, en justo castigo, nos quedamos
en la miseria, y muchas gracias si en alguna tienda nos quieren admitir
de bestias de carga.

Y Cuadros, furioso, iba de un extremo a otro del saln manoteando,
gozndose cruelmente en pintar a su discpulo toda la grandeza de su
ruina. Juanito estaba inmvil por el estupor. Dios sabe lo que pas en
aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente
abiertos como los de un ciego!

De pronto, doa Manuela abandon su asiento al ver a su hijo vacilar,
llevndose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo.

Intent cogerlo por los brazos; pero el pobre muchacho se estremeci,
lanzando una mirada a su madre, que despert en ella vergonzosas
sospechas.

--No, no me toque usted, mam: lejos...! no necesito a nadie... estoy
bien.

Y cay como un fardo sobre el mismo sof en el que por la tarde haba
visto la arrugada chaqueta como impasible acusadora del adulterio.




XII


Juanito se mora.

Toda la noche la pas tendido en su cama como una masa inerte, con la
pesada cabeza hundida en las sbanas, el rostro envejecido, la barba
alborotada y los ojos cerrados.

El pecho elevbase acelerada y trabajosamente, como si dentro funcionara
una vlvula vieja, y en la alcoba sonaba sin interrupcin un ronquido
silbante, cual si a lo lejos estuviera una locomotora expeliendo el
vapor de sus calderas. La familia pas toda la noche junto a la cama del
enfermo.

Doa Manuela, a pesar de su nimo varonil, estaba aturdida por el
asombro. Pero cundo se cansara Dios de enviar desgracias sobre ella?
Primero la ruina del protector que sostena el prestigio de la casa y la
de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e
inmediatamente aquella enfermedad extraa, rpida como el rayo, que
mataba por anticipado al pobre joven, pues le tena inmvil e insensible
como un cadver, sin otra vida que aquella respiracin angustiosa que
pareca asfixiar a los dems.

La desgracia reanimaba el sentimiento maternal, dormido durante tantos
aos en el pecho de doa Manuela. Contemplaba a Juanito con igual
expresin que cuando era hijo nico y gozaba de todas sus caricias.

Con los ojos enrojecidos por un sordo lloriqueo, iba la madre de un
punto a otro de la alcoba cumpliendo lo dispuesto por los mdicos,
preparando los sinapismos que aplicaba por debajo de las sbanas a las
mseras piernas del enfermo.

Rafaelito habase retirado a su cuarto en la madrugada, y las hermanas
permanecan clavadas en sus sillas, bostezando de cansancio, con un
gesto de extraeza y de miedo, como si presintieran que la muerte
rondaba por la puerta de la alcoba.

La madre indignbase al hablar de los mdicos. Vaya una gente
ignorante! Todo lo echaban en palabrotas raras e ininteligibles. Lo
nico que haba podido sacar en claro era que se trataba de una
congestin cerebral de las peores, y que el enfermo, por haber pasado a
la intemperie gran parte de la noche, se hallaba en... cmo decan
aquellos tipos...? Ah, s! en un medio patognico que haba preparado
el efecto terrible de la mala noticia.

Y no caba dudar que el pobrecito se mora. Ninguno de los mdicos haba
dado a la madre la menor esperanza. A sus preguntas contestaban con
palabras que nada prometan; pero apenas estaban fuera de la alcoba,
meneaban la cabeza con triste expresin, como afirmando que nada les
quedaba que hacer all.

En medio de su dolor, la obsesionaba una idea cruel. Recordaba el
terrible momento en que Juanito haba cado inerte al conocer su ruina.

--No, no me toque usted, mam....

En sus odos sonaban estas palabras como si acabasen de ser
pronunciadas, y vea an el gesto de repugnancia con que las haba
acompaado.

Qu cambio tan rpido era aqul, desde la adoracin idoltrica a una
repulsin instintiva? Sabra algo su hijo? Y la cruel sospecha de que
Juanito pudiera conocer el secreto de aquel lujo que la familia haba
ostentado en medio de la ruina martirizaba a doa Manuela. Slo la
suposicin de que sus sospechas pudieran resultar ciertas la haca
sentir intenso remordimiento. Por una preocupacin extraa, doa Manuela
crea preferible que Rafaelito y hasta sus mismas hijas tuviesen
conocimiento ce su deshonra, antes que aquel buenazo, vivo retrato de
su padre, para el cual cualquier impresin extraordinaria era la muerte.

Quedbase unos instantes inmvil ante el lecho, contemplando fijamente
al enfermo, como si en su rostro enrojecido e inmvil pudiera leer algo
de lo que pensaba al rechazarla con tanta vehemencia. Entreabra los
prpados del enfermo y se fijaba en el ojo amarillento, opaco, sin vida,
no pudiendo encontrar en l un rastro del pensamiento que con tanto
inters buscaba.

As pas toda la maana. Las nias se haban retirado a descansar,
fatigadas por el estertor incesante y penoso que las crispaba los
nervios.

Doa Manuela estaba inmvil, pensando en la sima que se abra a sus pies
y en la que iba a caer irremisiblemente, encontrando al final lo que
tanto la asustaba: la miseria.

Bien adivinaba ella el concepto en que ahora la tenan las familias
amigas. En otras circunstancias, una enfermedad hubiese atrado
inmediatamente innumerables visitas; pero ahora todos deban saber lo de
la ruina, y de la casa que se derrumba todos huyen.

Un asomo de cordura inicibase en aquella mujer dominada por la vanidad
y la soberbia. Se haba arruinado, haba cado hasta en la deshonra por
hacer su papel en la comedia del mundo, y fuera de algunas
satisfacciones de su orgullo, qu haba sacado? Su Rafaelito era un
perdido: ahora lo comprenda; muy elegante, eso s, pero intil para
librar a la familia de la miseria. Sus hijas eran unas seoritas que
slo haban aprendido a figurar como muecas bien educadas en un saln,
y aun esto sin poder evitar cierta cursilera que saltaba a la vista
apenas salan de su esfera. Su Juanito, el paria de la casa, era el que
vala algo, y ahora estaba all, agitando su pecho para escapar del
brazo de la muerte, cansado de sufrir desdenes y olvidos.

Ahora vea claro. Cuan tonta haba sido! Pero todos sus propsitos de
enmienda desaparecieron por la tarde, cuando recibi la visita de su
hermano.

Don Juan haba jurado en todos los tonos no volver a poner los pies en
la casa de su hermana; pero al saber el estado de su sobrino se apresur
a visitarlo. Amaba a Juanito. Su rompimiento con l fue un arrebato de
su carcter atrabiliario; pero por no mostrarse dbil, permaneci
alejado, aunque sin dejar por esto de enterarse de la marcha de sus
negocios. Entr en la alcoba del enfermo con el ademn soberbio, el
cnico sombrero encasquetado y lanzando a su hermana una mirada de
desprecio.

Haca esfuerzos por aparentar rudeza y mal humor, como si se presentase
arrastrado por el deber y no por el cario; pero el cerdoso bigote le
temblaba y los ojillos parpadeaban nerviosamente. El estertor fatigoso,
la inmovilidad del enfermo, las sombras cadavricas que se extendan
sobre el rostro, marcando sus huecos con triste negrura y haciendo
destacar fnebremente el perfil de la nariz, acabaron con la serenidad
del pobre viejo, arrancndole un grito que pareca salirle del alma:

--Juanito...! Nio mo...! No me oyes...? Soy el to Juan....

Y se abalanz al rostro del enfermo, besando la sudorosa frente. Pero la
mscara barbuda y lvida que asomaba por el embozo de las sbanas
permaneci inmvil.

El viejo prorrumpi en sollozos.

--Se acab.... Esto es cosa hecha. Ya me lo ha dicho uno de los mdicos,
pero necesitaba verlo para convencerme. Parece mentira.... Un chico
como un castillo acabar tan pronto...! Ay, cmo me duele ese
ronquido...! Cristo! Parece que me rasgan algo aqu, dentro de los
pulmones. Seor! Qu justicia! Los carcamales como yo, buenos y
sanos, y ese chico que pareca comerse al mundo, camino del cementerio.

Hubo una larga pausa.

--Mujer, ya estars contenta. Al fin has salido con la tuya. Te
estorbaba el chico, por ser hijo de quien es.

--Yo!--grit doa Manuela ponindose en pie, con llamaradas en los ojos
y la majestuosa nariz agitada por la indignacin.

Aquel momento de silencio pareci una larga amenaza. El ronquido
angustioso del enfermo segua sonando, cada vez ms desgarrador.

--S, mujer, t. No te pongas tan soberbia, que no has de comerme. T
sabes que nos conocemos, y a m no me asustas. T... slo t eres la
autora de esa muerte. Crees que no estoy enterado de todo? El chico era
dcil, modesto, haba bebido en buenas fuentes, era de nuestra escuela,
y toda su ilusin consista en conquistarse una posicin sin perder la
honra. Te quera demasiada, hubiera dado su sangre por ti, y eso es lo
que le ha perdido. Primero le hiciste firmar pagars, contraer deudas, y
luego, su imbcil principal y t, con el hambre del dinero, lo habis
metido en esa ladronera que llaman Bolsa. Ha venido la ruina, y...
cataplum! el chico a tierra...! Quin tiene la culpa, mala madre?
Quin ha asesinado al muchacho, perra desvergonzada?

--Juan...! Juan!--grit doa Manuela avanzando un paso con ademn
imponente, extendiendo las crispadas manos como si fuera a araarle.

--Qu hay...? Qu quieres...? No me causas miedo. Los que somos
honrados decimos sin temor la verdad.... Ya veo que has llorado, pero a
m no me engaan tus lagrimitas. No lloras por tu hijo; lo que te
entristece es la miseria que se aproxima, la ruina de tu _buen amigo_
Cuadros.

Don Juan subray con tanta expresin estas palabras, que su hermana dio
un paso atrs, palideciendo y bajando las amenazantes manos.

--Parece que me has entendido. Creas que tambin ignoraba yo esto? Lo
s todo, hija ma, y digo que me avergenzo de que lleves mi apellido.
Tron contigo cuando siendo viuda tuviste aquello con el doctor
Pajares. Entonces an podas justificarte, pues al fin amabas algo a
aquel _perdis_.... Pero lo que no tiene excusa es que te hayas vendido,
que te hayas entregado como un pingajo de la calle. En mal camino ests,
Manuela, y ya es tarde para retroceder. Hay alguien que te castiga,
haciendo que la deshonra no pueda servirte de Dada. Has perdido tu
respetabilidad de mujer y ahora te hallas en los mismos apuros de antes,
pues ese imbcil de Cuadros es hombre al agua. Por cierto que, segn me
han dicho, nadie puede encontrarle. Habr huido, como su maestro el
farsante Morte, convencido de que lo que tiene no alcanza para pagar a
la dcima parte de sus acreedores. Llora, hija ma, llora; de nada te ha
servido caer.

Y doa Manuela lloraba, efectivamente, sin saber con certeza si sus
lgrimas las arrancaba el estado de su hijo, los insultos de su hermano
o aquella ltima noticia de la desaparicin de Cuadros.

El viejo continuaba hablando junto al lecho del enfermo, excitado por la
indignacin, con voz sorda unas veces y gritando otras, de modo que
cubra aquel estertor angustioso.

--Te lo vuelvo a repetir. No cuentes conmigo para nada. Si antes no te
quera porque eras una manirrota, menos te querr ahora que eres una...
no lo quiero decir. El nico que poda esperar algo de m es ese
pobrecito. Los cuatro cuartos que tengo eran para l; pero ahora... se
acab. Nada espero y en nada confo. Gastar lo que me queda; procurar
darme buena vida, y si tengo que hacer por alguien, ya s a quin me
dirigir.

Y volvindose hacia el enfermo, djole con expresin de ternura, como si
pudiera orle:

--Juann...! Hijo mo! Tu to est aqu.... Mrchate tranquilo, que
alguien queda para proteger a los que te amaban y haban de formar tu
familia.

--Qu es eso...? Qu dices?

--Cllate; Juann me entiende, a pesar de que parece muerto. No tardar
en reunirme con l... por eso no lloro... no vale la pena; es una
separacin de un par de aos... un viaje. Pero cuando lo vea otra vez,
tengo la certeza de que me abrazar agradecido y me llamar tito!,
como cuando era pequeo y pasaba los domingos jugando en los porches de
mi casa.

Y don Juan, enternecido por los recuerdos, gimoteaba inclinado sobre
aquella cabeza lvida, en cuya frente caan las lgrimas del viejo,
mezclndose con el agnico sudor.

De pronto debi arrepentirse don Juan de su debilidad; record sin duda
algn detalle irritante de la vida de su hermana aferrado tenazmente a
su memoria, y recobr el gesto de rudeza, mirando fijamente a doa
Manuela.

--Oye bien lo que te digo. Cuando ste salga de aqu, no nos veremos
ms. l era lo nico que me ligaba a vosotros, el que poda obligarme a
venir a esta casa. Andas muy mal, Manuela. Crees que tu ltima locura la
ignoran todos, y cuantos te conocen lo sospechan. Quin sabe si este
pobrecito tambin estaba enterado y se va al otro mundo avergonzado de
su madre...!

--Juan...! Cllate por Dios...! Me matas...! Doa Manuela grit
horrorizada, cubrindose el rostro con las manos. La sospecha que tanto
la molestaba reapareca en boca de su hermano. Y tan grande era su
turbacin, que hasta le pareci ms ruidoso aquel estertor de agona,
como si el moribundo contestase afirmativamente con su fatigoso
ronquido.

--S, Manuela. Adivino lo que piensas. Tu hijo se muere, sin que tengas
la certeza de que marcha a un mundo mejor con su inocencia limpia de
toda sospecha, creyendo en su madre como yo cre siempre en la nuestra.
se ser tu castigo; se ser tu remordimiento.... Vivirs intranquila.
Hasta ahora, el pobre Juanito apenas si ha merecido tu atencin; pero la
muerte despertar en ti los instintos de madre, pensars en l a todas
horas, le vers en sueos, y la sospecha de que tu hijo pudo conocerte
tal como eres amargar tu existencia.... Ay, infeliz! Te compadezco,
pienso con horror en las noches que pasars cuando esta cama est vaca
y creas or en las habitaciones los pasos de Juanito. Cmo llorars
cuando la miseria te acose, y esos cachorros de Pajares, que para nada
sirven, no te puedan dar el pan que Juanito se hubiera quitado de la
boca para ti...!

Ahora s que lloraba de veras doa Manuela. Pensaba en el remordimiento
horrible que le predeca su hermano, y ms an en aquella miseria que
tanto la asustaba.

Tan visible era su desesperacin, que don Juan call, compadecido de su
hermana. Hubo un largo silencio. El viejo habase sentado en una silla
baja, apoyando su espalda en el lecho, y con la cabeza inclinada pareca
sumido en dolorosa reflexin. Doa Manuela, lloriqueando, fijaba sus
ojos con expresin interrogante en el implacable hermano, como si le
pidiera misericordia.

Transcurri ms de una hora sin que el silencio de la alcoba se
interrumpiera con otro ruido que el estertor angustioso y continuo del
enfermo. Doa Manuela levantbase para pasar una mano por la frente
sudorosa del enfermo, cada vez ms fra, y volva a ocupar su asiento,
mirando a lo alto con una expresin desesperada. Al angustioso
movimiento de los pulmones unanse ahora nerviosos estremecimientos,
cada uno de los cuales pareca repercutir en los dos hermanos.

Don Juan palideca como si sufriera los movimientos dolorosos de aquel
cuerpo inerte, y miraba a su hermana con la misma expresin que si fuese
ella la que martirizara al enfermo.

Entraron en la alcoba Amparo y Conchita, y al ver a su to, con el
instinto de jvenes precoces y conocedoras del mundo, se aproximaron a
l, besndole en la frente. Esto caus cierta impresin en el viejo, y
mientras las nias, de pie junto a la cama, contemplaban con el ceo
fruncido y los labios apretados la agona del pobre enfermo, don Juan
dijo a su hermana en voz muy baja y titubeando como si se arrepintiera
de su debilidad:

--yeme, Manuela; por ti no hara nada... no lo mereces; pero a la vista
de esas pobres chicas me siento dbil y no quiero que mi conciencia
cargue con un remordimiento. Son jvenes, estn mal educadas, la
conducta de su madre no puede servirles de buen ejemplo, y acostumbradas
al lujo, es fcil que, al verse en la miseria, se pierdan para
siempre.... No intentes contestarme; no me convencers. Conozco adonde
se llega siguiendo ese camino en que os hallis.... Os proteger, pero
ya sabes quin soy yo. Quiero que vivis, pero sin desrdenes, como
personas juiciosas y honradas. Que todo lo pasado sea como un sueo. No
tengo ahora la cabeza para cuentas, pero creo que arreglando tus
negocios todava salvar algn piquillo de tu embrollada fortuna, y con
esto y lo que yo os dar podris vivir como viven esas personas honradas
y modestas a las que llamis cursis despreciativamente.... Seris
cursis, lo entendis? Ms os prefiero as que convertidas en seoras
tramposas, que pierden hasta su honor por engaar al mundo. Y en cuanto
a ese Rafaelito, o estudiar, hacindose hombre de provecho, o lo
arrojars de tu casa.... Porque eso s, hija ma: yo no mantengo
pigres!

Al anochecer muri Juanito. La vlvula vieja y gastada que pareca mugir
dentro de su pecho fue aminorando lentamente el fatigoso movimiento.
Ces el estertor, como si se cerraran los escapes de aquella locomotora
que sonaba a lo lejos; y al quedar la alcoba envuelta en un silencio
fnebre estallaron sollozos y lamentos en toda la casa. Hasta Visanteta
y la remilgada criadita lloriqueaban en la cocina al pensar que no
veran ms al seorito campechano que alternaba con ellas,
complacindose en obedecer sus mandatos.

Entre cuatro grandes cirios, sobre un tapiz fnebre y tendido en el
acolchado fondo de una caja blanca y dorada como aquella que tanto le
haba seducido, pas Juanito la noche, velado por su hermano y por
Roberto, que de vez en cuando salan al balcn para fumar un cigarro.

A la maana siguiente llegaron las visitas: el desfile de levitas negras
y tupidos velos, el paso por aquella casa de los amigos y conocidos,
todos con la enguantada mano tendida, un gesto de amargura en el rostro
y la palabra de resignacin guardada cuidadosamente para tales casos.

La nica nota tierna de aquella ceremonia fra y rutinaria fue el llanto
de dos mujeres enlutadas que entraron con timidez, apoyadas la una en la
otra. Nadie las conoca, pero iban acompaadas por don Juan.

--No le veo... no le veo...!--gimoteaba tristemente la ms vieja,
moviendo sus grandes ojos mates y sin luz.

La ms joven contemplaba fijamente, con estupor doloroso, la alborotada
barba del cadver.

--No, no te acerques, nia--dijo bondadosamente don Juan--. Sera una
impresin demasiado fuerte.... S lo que deseas. Tendrs su cabello; ya
arreglar yo eso en el cementerio.

Y don Juan, empujando dulcemente a Tnica y Micaela, las sac del saln,
mostrando con ellas una solicitud paternal. Las gentes enlutadas que
estaban en torno del muerto conocan la rudeza del viejo, y extraaban
su bondad. Las buenas burguesas se haban fijado en la dulce belleza de
Tnica, y sin dejar de mover los labios como si rezasen, murmuraron bajo
sus velos negros:

--Ser su querida.

Sonaron en la plazuela el sordo rumor de muchos carruajes y los gritos
de los cocheros. Despus un coro de voces lgubres entonaron la primera
estrofa del _De profundis_.

Ya estaba all la parroquia, Abajo el muerto! Y en el saln sonaron los
golpes del martillo sobre las tachuelas del fretro, que el eco repeta
con extraa sonoridad. En la plazuela, los balcones estaban repletos de
gente, como si esperase el paso de una procesin. En torno de la cruz de
plata agolpbanse los negros bonetes, las rizadas sobrepellices y las
lustrosas chisteras del acompaamiento. All estaba lo mejorcito de la
Bolsa. Alcistas, que respiraban satisfaccin por la reciente victoria;
los partidarios de la baja, mustios y desalentados, y los que ganaban
siempre, los corredores y sus ayudantes, gente joven y amiga de Juanito,
recordando con cierto enternecimiento las bromas que se permitan con
aquel barbudo de corazn de nio.

En todo el camino, hasta la puerta de San Vicente, el fnebre cortejo
fue una sesin ambulante de la Bolsa. Aquellos seores, sin acordarse
del motivo que les obligaba a andar por las calles en procesin,
hablaban de los negocios, de la fuga de Morte, con gran estallido de fin
de mes, y de la desesperada situacin de los discpulos del famoso
banquero.

El nombre de don Antonio Cuadros estaba en todas las bocas. Haba huido
el da anterior, con el convencimiento de que no poda pagar sus deudas,
avergonzado sin duda de su ruina. Unos decan que haba salido en el
expreso para Francia; otros que estara en Barcelona o en Cdiz,
esperando ocasin para embarcarse en algn trasatlntico. En Amrica
est el porvenir de los desesperados y de la gente arruinada. Teresa
deba saber dnde estaba su marido. La fuga era cosa convenida entre los
dos: por eso se mostraba ella tan tranquila. Habase quedado con su hijo
en _Las Tres Rosas_, y a todos los que buscaban a don Antonio les
contestaban lo mismo. Estaba fuera y no tardara en volver para arreglar
sus asuntos.

Era la fuga del banquero Morte copiada en miniatura. Adems, se hablaba
de que el seor Cuadros haba comprometido en su ruina los ahorros de
don Eugenio, confiados a su custodia, y todos se compadecan del pobre
viejo.

Podan esperar sentados los acreedores de Cuadros a que ste volviese.
Pero como entre ellos figuraban corredores de Bolsa, que se vean
gravemente comprometidos de no proceder inmediatamente contra el deudor,
en el cortejo fnebre se hablaba de embargo, aadiendo que tal vez a
aquellas horas estara el Juzgado haciendo el inventario de la tienda.

Y era verdad. A las dos de la tarde entraban en _Las Tres Rosas_ unos
cuantos seores con papeles bajo el brazo, seguidos por un alguacil. En
todo el Mercado, la aparicin de los pajarracos de la ley produjo honda
emocin. El comercio acreditado, slido y a la antigua, que se cobijaba
en obscuras tiendas, experimentaba esa inquietud que la justicia
espaola despierta siempre en los hombres honrados, de tranquilas
costumbres.

Qu aspecto el de _Las Tres Rosas_! Pareca la tienda un ser animado
que acoga la desgracia con un gesto de resignado dolor. La puerta
estaba sin adorno. Slo algunas fajas y tiras de pauelos obscuros
pendan de los balcones, balancendolas el aire como sogas de ahorcado.
El escaparate tena un aspecto de vetustez y abandono; el polvo de tres
das sombreaba los vivos colores de las telas; y hasta el emblema de la
casa, aquel maniqu vestido de labradora, pareca mirar al travs de los
cristales la extensa y alegre plaza con ojos de muerto. En las puertas
de todas las tiendas aparecan las cabezas curiosas de los dependientes,
con la misma expresin que si presenciasen el ltimo acto de un drama.
Los dueos, de pie en la entrada de sus establecimientos, volvan la
espalda a _Las Tres Rosas_ y fruncan el ceo, como si les doliese
presenciar aquella catstrofe.

Apenas el Juzgado tom asiento en la tienda, los pocos dependientes que
an quedaban en ella, como fieles guardianes de la ruina comercial,
abalanzronse a las puertas para cerrarlas, evitando de este modo la
expectacin molesta de los curiosos.

El escribano haba subido al piso principal para hacer ante la esposa de
Cuadros las notificaciones consiguientes antes de comenzar el embargo.
Un hombre sali de la trastienda con paso acelerado, como si le
persiguieran.

--Don Eugenio!--exclamaron los dependientes--. Adonde va usted...?

--Dejadme, muchachos. Ya me ha dicho el seor de arriba que no me
marche.... Pero primero me matan que me quedo. Yo no puedo seguir
aqu... sta no es mi casa.... Dejadme pasar...! Abrid la puerta...!

Y el pobre octogenario, con su arrugado rostro de una palidez de marfil,
tembloroso y flcido, sin el bastn-muleta que le ayudaba ordinariamente
en su marcha, los ojos inyectados de sangre y los ademanes
descompuestos, pareca un pobre loco.

Pas por entre los dependientes de la tienda y del Juzgado,
atropellndolos con su dbil cuerpo, que pareca fortalecido y vibrante
por la indignacin; y empujando con el pie una puerta entreabierta,
sali de la tienda.

A aquella hora, la plaza del Mercado estaba baada por el ardiente sol
de una tarde de verano. Las moscas, revoloteando en la atmsfera de luz,
brillaban como movibles chispas de oro; los tejados destacaban sus
agudos contornos sobre el espacio azul y lmpido. Frente al Principal,
un grupo de soldados coma melones; en las puertas de las tiendas
asomaban los dependientes curiosos; un corro de granujillas del Mercado
jugaba a las chapas frente a los prticos, y el resto de la plaza estaba
solitario, con las aceras limpias de cestones y toldos, tostndose sus
baldosas con aquella luz intensa y deslumbrante que lo caldeaba todo.

Don Eugenio andaba sin saber adonde dirigirse. Le temblaban las piernas,
pasaban tenues nubecillas ante sus ojos y vea confusamente a los dueos
de las tiendas, que le seguan con un gesto de compasin o le llamaban
con amistosas seas.

--No, no ir... Yo no tengo derecho a entrar en vuestras casas. Sois los
hijos, los sucesores de aquellos comerciantes de mi casta, viejos
compaeros que antes moran que faltar a la honradez. No podra entrar
en vuestras tiendas: soy el dueo de _Las Tres Rosas_, un quebrado, uno
a quien embargan y que ningn comerciante honrado puede considerar como
amigo.... Ay, mi pobre tienda...! Te has lucido, Eugenio! Sesenta
aos de honradez inquebrantable, llegar a una edad a que pocos llegan, y
todo para qu? Para ver desmoronarse en un da lo que tanto me cost de
edificar.... Pero en qu tiempos estamos? Qu hombres son estos que se
juegan el porvenir, la tranquilidad de la familia, que pierden la honra
y huyen tan frescos? La maldita ambicin de subir y el salirse de la
esfera los pierde a todos.... sta no es mi poca.... Soy un muerto que
por milagro sobrevive.... Mis compaeros, mis amigos, hace ya muchos
aos que se pudren en la tierra.... All deba estar yo. Juanito, ese
chico, es quien lo ha entendido.... Claro! Aunque dcil, era tambin de
los nuestros, y ha preferido irse. Ay, Seor! Para esto me habis
conservado la vida...? Llevadme, llevadme pronto...!

Y agitado en su interior por estos pensamientos, avanzaba penosamente,
trazando zigzags como si estuviera ebrio, cada vez ms plido y
extendiendo sus brazos al pedir mentalmente que lo arrancasen del mundo.

Haba llegado frente a San Juan, y su mirada, cada vez ms indecisa y
obscura, se fij en la clebre veleta, en el pajarraco que doraba el
sol, dndole el brillo de un ave del Paraso.

--Aqu fue.... Como un perro me dejaron los mos.... He trabajado mucho,
y qu? Pobre y hambriento me abandonaron, y despus de setenta aos me
encuentro igual en el mismo sitio. Hermoso porvenir...! Sea usted
honrado, trabaje usted mucho, para verse arruinado, sin otro recurso que
pedir limosna en la puerta de San Juan a los hijos de mis amigos....
Ay, mi pobre tienda...! Ha naufragado el barco, y el capitn debe
morir. Dnde est la veleta...? Se la han llevado...? Qu aprisa
anochece...! Cmo me rueda la cabeza...! Viejo, que te caes...!
Seor...! Seor...! As!

La cada fue instantnea.

Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel lugar
donde su padre le haba abandonado setenta aos antes; despus cay de
bruces en la acera.

Los que en tropel salieron de todas las tiendas an pudieron presenciar
la agona del ltimo veterano del Mercado.

_Valencia_, _1894_.

FIN





End of Project Gutenberg's Arroz y tartana, by Vicente Blasco (Ibez) Ibanez

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